Capítulo 16: Tranquilo era el día...


Estoy aquí tumbada, despierta, mientras la luz previa al amanecer intenta colarse desde detrás de los gruesos tapices que tapan las ventanas. Escucho la respiración regular y noto los mínimos movimientos de los músculos absortos en el sueño de la mujer que está en mis brazos. Aprovecho este momento para dar gracias a los dioses que todavía me favorecen, asombrada por la tolerancia de Atenea ante mis veinte estaciones de ausencia de su templo. Tal vez me convenga aplacarla un poco. Pues sé con toda certeza que sólo el poder de los dioses puede habernos unido a Gabrielle y a mí de esta manera.

Despertarme a mi hora de siempre no me resultó más difícil que de costumbre. Sin embargo, no me apetecía nada dejar el lugar donde me encontraba en ese momento. Ahora tenía una razón para quedarme y remolonear: la sensación del pequeño cuerpo de Gabrielle pegado a mí me impulsaba a quedarme aquí tumbada, un ratito más.

Oí a Sylla en la habitación externa. Sin duda, estaba recogiendo el caos que yo había dejado atrás y que Gabrielle había estado demasiado ocupada para recordar. Mi doncella había decidido que entrar en el dormitorio para despertarme era una tarea demasiado íntima, ahora que ya no estaba sola. Sonreí al recordar todas las veces en que Sylla se llevaba a toda prisa a una ramera adormilada de mi cama, para que yo no tuviera que ver a la mujer al día siguiente. Por los dioses, la cosas que tenía que aguantarme la gente. Agradecía que Sylla mostrara tanto respeto, no sólo por mí, sino también por Gabrielle. El motivo me borró la sonrisa de la cara, sustituida por un ceño. Sylla se mostraba así de cortés con Gabrielle porque ya no consideraba a la joven una esclava. En realidad, muy pocas personas de palacio la veían así. Cuando la gente me hablaba de ella, la llamaban tu Gabrielle. Podrían haber dicho perfectamente tu esclava, pero nadie lo hacía. Al parecer, sólo había una persona que todavía consideraba a Gabrielle una esclava y esa persona era la propia Gabrielle.

Por supuesto, yo perpetuaba esa idea al negarle egoístamente la libertad. Con una sola palabra, podría tener una reina a mi lado y, sin embargo, me conformaba con una esclava. Lo sé... racionalmente sé lo mal que está eso, pero por los dioses, ay de mi corazón. No podría soportarlo si me dejara. Ése es el quid de la cuestión, ¿no? Puede que ahora me diga que me quiere, pero espera. Espera a que la bestia caiga sobre ella y no sobre un enemigo. Si fuera una mujer libre, podría huir, como lo haría cualquier mujer cuerda, ¿no?

He encontrado al amor de mi vida, a la mujer con quien nadie se ha podido comparar ni podrá compararse, y sin embargo, ahí está esa vocecita, en las profundidades. Esa voz que me dice que no merezco ser amada, que con el tiempo, acabaré haciendo daño a esta joven preciosa. Me pregunto cuándo conoceré un día en que me parezca bien que alguien me ame. Solté un gran suspiro y de repente, la mujer que estaba a mi lado se despertó.

—Estás pensando cosas muy serias —susurró con humor, con voz adormilada.

—¿Cuánto tiempo llevas despierta? —pregunté riendo. Estaba tan metida en mis reflexiones que ni había oído el cambio en el ritmo de la respiración de Gabrielle.

—El tiempo suficiente para notar cómo se te agarrotaba el cuerpo con tanta preocupación —contestó—. ¿Xena?

—¿Mmm?

—¿Sigue estando bien... que te llame así? —preguntó Gabrielle, con cierto matiz de preocupación en el tono.

Me volví medio de lado, hasta apoyarme en ella, mirando esa cara preciosa.

—Haría falta algo más que una noche en el reino de Morfeo para hacerme olvidar mi amor por ti, Gabrielle. —Subrayé esa declaración con un profundo y largo beso.

Las dudas desaparecieron del rostro de Gabrielle, al tiempo que mis autorrecriminaciones quedaban relegadas a un rincón de mi mente. Seguía siendo motivo de preocupación, pero Gabrielle tenía una forma especial de disipar la oscuridad de mi corazón y mi mente, por no hablar de la forma absolutamente demoledora en que se dispuso a darme las gracias por no dejar nuestra cama demasiado temprano esta mañana.


Un par de placenteras marcas después, me encontraba recibiendo un masaje en la espalda que me era muy necesario. Me eché a reír por el recuerdo que pasó por mi mente.

—¿De repente tienes cosquillas? —preguntó Gabrielle al oír mi risa.

—Me estaba acordando de la primera vez que me hiciste esto. Sabes cómo acabamos, ¿verdad?

Fue Gabrielle entonces la que soltó una risita, subiendo el cuerpo hasta tumbarse encima de mi espalda. Por los dioses, qué gusto me daba.

—¿Te gustaría una repetición, mi señora? —preguntó Gabrielle con tono burlón, subrayando mi título, para hacerme más consciente de ese hecho.

Me puse boca arriba, riendo por el entusiasmo de su juventud y por descubrirme planteándome siquiera la idea. La estreché entre mis brazos.

—Mi corazón dice que sí, sin la menor duda, mi cuerpo, sin embargo, dice que si tengo un orgasmo más esta mañana, me voy a desmayar. Pero tomo nota del ofrecimiento para más tarde —añadí con una sonrisa.

Tras besarla una vez más, me aparté de mala gana para levantarme, pero la sensación de ese pequeño cuerpo entre mis brazos me obligó a dejarme caer de nuevo sobre las almohadas. Nos quedamos echadas un rato, cada una pensando por separado, pero algo me decía que las dos estábamos repasando mentalmente los acontecimientos del día anterior.

—¿Gabrielle? —pregunté vacilante.

—¿Sí, Xena? —contestó, incorporándose sobre un codo para mirarme.

De repente, se me secó la boca. Estaba inclinada sobre mí y sobre el hombro le caía el pelo dorado, cuyos mechones me hacían cosquillas en el brazo. Era una visión, y su corazón me pertenecía, igual que yo le había entregado el mío para que lo custodiara.

—Por los dioses, cuánto te quiero —solté de golpe, y al instante me sentí avergonzada por mi pobre técnica a la hora de expresar mis emociones.

Su sonrisa me dijo más que un pergamino completo. La iluminaba desde dentro y prácticamente relucía por la cualidad etérea del efecto. Ahí estaba yo, contemplando el rostro de una mujer lo bastante joven como para ser mi hija que me miraba con una expresión que desmentía su edad. Me comunicaba tal cariño y compasión, con esa sola sonrisa, que por un momento me quedé sin voz.

—Qué preciosidad —dije por fin, alzando la mano para acariciarle la mejilla.

Se me cruzó una idea negra por la mente y sentí la necesidad de despejar cualquier incertidumbre.

—Gabrielle... lo que le dije a Demetri... tú sabes que sólo lo dije para...

Levantó la mano y me puso los dedos sobre los labios, para hacerme callar.

—Lo sé —contestó simplemente.

—Tenía que dejarme ir, para apartarte de él, tenía que convertirme... convertirme en algo...

—¿Oscuro? —dijo Gabrielle, expresando lo que a mí me costaba tanto.

—Sí, oscuro. Gabrielle, no sé cómo explicarlo, pero me pierdo cuando ocurre eso. Tengo miedo de llegar a ponerme así estando contigo. Jamás te haría daño a propósito, pero tengo miedo de poder llegar a hacerlo algún día. No podría vivir conmigo misma si eso ocurriera. Y casi ocurrió, por los dioses, Gabrielle, si no te hubieras apartado de mi puñal tan deprisa, podría habértelo clavado a ti.

Observé las diversas emociones que se cruzaban por su cara. Me pregunté si se estaba replanteando todo esto... su relación conmigo. Gabrielle parecía debatirse con una decisión desconocida. Por fin pareció tomarla y habló.

—Lo sabía —afirmó en voz baja.

—¿El qué sabías?

—Sabía que te ibas a volver con el puñal... lo vi... en un sueño —terminó despacio.

Mi primer impulso fue echarme a reír por la broma de la joven, pero la expresión de Gabrielle indicaba que no bromeaba en absoluto. La expresión me dijo que se esperaba... bueno, no sé el qué, pero algo. Bajó los ojos y se hizo un silencio pesado entre las dos, hasta que caí en la cuenta. Gabrielle se estaba arriesgando muchísimo al revelarme esto.

Cuando era joven, los oráculos eran personas temidas, pero respetadas, benditas por los dioses, o malditas, según se viera su situación. El mundo era ahora un sitio diferente. Los dioses rara vez se mostraban, aunque yo todavía recibía visitas con regularidad de los más molestos. A medida que el mundo había ido cambiando, también lo habían hecho sus habitantes. La gente ya no era tan abierta ni aceptaba fácilmente lo que no comprendía, sino que dejaba que el miedo dominara su vida. A causa de este comportamiento, las personas dotadas con la visión habían desaparecido, incluido el oráculo de Delfos, pues habían sido asesinadas o se habían aislado voluntariamente y ya no hablaban de sus visiones.

Hasta el día de hoy recuerdo maravillada a la única vidente auténtica que he conocido en mi vida. Se llamaba Beve y la conocí no mucho después de que mi ejército arrasara Atenas en la última etapa de la victoriosa conquista del Imperio Griego. Me negué a hacer de Atenas la capital de mi nuevo imperio por lo que sus habitantes le habían hecho a mi tierra natal, durante la Guerra del Peloponeso. Ordené crucificar a Pericles y a la mayoría de los estadistas y derribar y destruir muchos de los edificios atenienses. Sentí que mi destino encajaba en su sitio el día en que vi destruida la arquitectura de mármol de mis enemigos.

Atrius, que había oído a la mujer contar sus visiones, trajo a Beve a mi tienda aquella noche. Sus predicciones le parecían suficientemente reales para hacerla merecedora de mi atención. Mientras estaba sentada delante de ella, con una sonrisa de diversión, producto del vino, en la cara, me dijo cosas que me parecieron imposibles y otras que me parecía simplemente imposible que ella supiera. Curiosamente, todas y cada una de las cosas que me dijo esa mujer acabaron cumpliéndose con el paso de los años.

Sentí una tristeza impropia de mí el día en que me enteré de que la habían lapidado, junto con una mujer llamada Hipatia. Creo que parte del motivo de su innecesaria muerte podría haber sido que eran mujeres populares en una sociedad dominada por los hombres, pero sobre todo estoy convencida de que las asesinaron porque sus visiones del futuro las hacían ser diferentes. Daba miedo pensarlo, pero en la sociedad actual ser diferente provocaba el miedo, luego el enfado y por fin la rabia y solía despertar las pasiones del populacho.

—¿Es que eres un oráculo? —le pregunté a Gabrielle, que seguía esperando pacientemente algún comentario mío.

—Oh, no, sólo tengo... sueños, a veces, y a veces las cosas acaban sucediendo como en mis sueños, pero no siempre —contestó Gabrielle.

La besé en la frente.

—No pasaría nada si fueras vidente. Lo sabes, ¿verdad?

—Gracias, Xena. —La joven soltó un profundo suspiro de alivio al oír mi respuesta—. Sé lo que opina la gente sobre estas cosas. Cuando era pequeña, le conté a mi madre un sueño que había tenido y que se había hecho realidad. Me dijo que no volviera a hablar de ello nunca más. Después de que me vendieran como esclava, cuando tenía estas visiones, siempre me las callaba, por miedo a que me consideraran sacerdotisa de Hécate.

—Gabrielle, ya no tienes por qué callarte estas cosas. Yo siempre te escucharé y nadie más tiene por qué saberlo. —Le sonreí.

—Cuánto me alegro de que me digas eso, Xena. Cuando era adolescente, vi cómo los hombres de una aldea de Ambracia ahorcaban a una mujer por sus visiones. Siempre me ha dado demasiado miedo contarle a nadie mi secreto, hasta ahora —terminó, mirándome a los ojos. Vi amor y confianza en esa mirada y se me llenó el corazón de dolor por las estaciones de sufrimiento que había tenido que soportar esta mujer encantadora.

—La gente puede ser a veces muy estrecha de miras. Sólo quieren saber lo que siempre ha ocurrido hasta el momento, lo que siempre ha existido. El cambio les da miedo, Gabrielle, cualquier cosa distinta los asusta —comenté.

—Eso se aplica mucho más a los esclavos, Xena.

Observé el rostro de la joven, pero Gabrielle no me había dicho esto por maldad o como recriminación. Era evidente que ella aceptaba mejor nuestra relación esclava/ama, tal vez estaba más resignada ante lo que consideraba el destino, que yo. Y aquí estaba: la primera mención que hacíamos al tema que pendía pesadamente entre las dos. ¿Qué podía decir yo con sinceridad que no fuera una mentira? Pues eso era algo que no quería hacerle. Sin embargo, no me había pedido la libertad, ¿no?

—Tú sabes, Gabrielle... que yo... que yo no te considero así... una esclava —dije, intentando transmitirle lo que sentía.

—Y sin embargo... lo soy —contestó Gabrielle suavemente, sin el menor atisbo de rencor o rabia en el tono. Simplemente estaba afirmando un hecho.

Mi joven amante, al contrario que yo, aceptaba con resignación la realidad de que estaba enamorada de y era amada por una mujer que era su dueña, una mujer que, a la hora de la verdad, era su ama. No había mucho más que pudiéramos decir tras esa sencilla frase. Yo pasaría el resto de mis días en este reino mortal maldiciendo mi propio egoísmo y las consecuencias que iba a tener.


Gabrielle y yo disfrutábamos de nuestros días, por no hablar de nuestras noches juntas. Seguía siendo un dechado de cortesía en público, pero en privado era cada vez más abierta y dada a la risa e incluso había averiguado que podía tomarme el pelo. Seguía derrotándome constantemente cuando jugábamos a los Hombres del Rey y mi orgullo me impedía preguntar cómo era capaz de hacer una cosa así con tal contundencia. Cuando por fin acepté a regañadientes que la mente de Gabrielle era más hábil para este juego que la mía, le pregunté cómo desarrollaba su estrategia. Lo que me sorprendió bastante fue que me ganaba siempre no porque supiera lo que iba a hacer en los seis movimientos siguientes, sino porque sabía lo que iba a hacer yo. Me estudiaba a , no el tablero. En términos muy sencillos, me dijo que mi arrogancia hacía que mis movimientos fueran previsibles, una vez mi rey corría peligro. Lo más irónico es que esta misma habilidad era lo que me había permitido conquistar Grecia. Yo era capaz de interpretar y prever lo que iba a hacer la gente, igual que Gabrielle parecía capaz de hacer. Sólo que, en algún punto del camino, yo había perdido el contacto con la gente y, por tanto, la capacidad de llegar a conocerla.

Disfrutaba de su creciente amistad con Anya, Sylla y Delia. Yo no hacía ni decía nada para coartar las relaciones que estaba formando. Sabía que las amistades eran importantes para la joven, que eran una experiencia nueva y, según estaba descubriendo muy deprisa, a mi Gabrielle le encantaban las nuevas experiencias. Su vida como esclava le había dejado poco tiempo, y aún menos deseo, de hacer amigos. Yo me callaba mis opiniones y esperaba que fuera lo bastante avispada como para saber que debía tener cuidado con las personas que querían hacer amistad con ella. Siempre había gente que estaría dispuesta a hacerle daño o incluso a utilizarla para llegar a mí.

Sin embargo, a Gabrielle se le daba bastante bien juzgar el carácter de las personas. Por ello, ni se me ocurría preguntarle con quién exactamente pasaba tanto tiempo. Estaba aprendiendo a confiar, y eso me sorprendía, por el simple hecho de que era algo muy nuevo para mí. Sin embargo, nunca me gustó su amistad con Carra.

Carra era una esclava, pero eso tenía poco que ver con mi animadversión hacia ella. Había sido capturada cuando era muy joven, como parte del botín de guerra tras una de las numerosas batallas que habíamos librado mi ejército y yo, en las lejanas tierras del norte. ¡Dioses, qué país! La tierra era hermosa durante tal vez dos o tres lunas al año y luego se tornaba fría y helada. La nieve, que hasta entonces yo sólo había visto en las cumbres de las montañas, cubría el territorio entero durante los inviernos. Sin duda la diosa de sus habitantes sufría un destino similar al de Perséfone, pero el dios que la raptaba no debía de ser tan afable como Hades, pues no le permitía regresar a la tierra durante media estación. Fue una campaña brutal, y los hombres y mujeres que componían sus ejércitos eran gente inmensa y fornida, a quienes el frío gélido no parecía afectar. Sus armas eran más fuertes y más grandes, pero sus estrategias de combate eran penosas. Eso fue lo único que me condujo por fin a la victoria. Me marché de aquel país sin añadirlo a mis dominios cada vez más extensos. Me llevé esclavos, provisiones y un riquísimo botín, pero dejé aquella tierra inhóspita, jurándome no regresar jamás si podía evitarlo.

Carra tenía una expresión en los ojos que transmitía no sólo el dolor que sufría, sino también el dolor que le gustaría causar. No era una expresión nueva para mí: yo misma había pasado la mayor parte de mi vida con esa mirada ardiente en los ojos azules. Era una sed de venganza. Sin embargo, Gabrielle veía a una persona necesitada de amistad, y a mí me costaba cada día un poco más, debo confesar, negarle nada a mi pequeña.

Carra era una mujer morena, alta y fuerte, y yo achacaba mis sentimientos más a los celos que a otra cosa. Era su forma de mirar a Gabrielle lo que no me gustaba, pero me callaba, pues no quería parecer una amante celosa. Tal vez si hubiera manifestado mi preocupación, Gabrielle habría estado más al tanto, no habría sido tan confiada. Si hubiera roto mi silencio, es posible que Gabrielle no hubiera sufrido tanto, no sólo por culpa de Carra, sino también por la mía.

Mis días empezaron a estar totalmente dominados por el juicio contra Kassandros y sus hombres. Podría haberlos declarado culpables sin más: a fin de cuentas, todos habían confesado, y de muy buen grado, debo decir, una vez se les mostró el cuerpo sin vida de Demetri. Pero tenía pensado someterlos a juicio por la trata ilegal de esclavos, a un juicio justo e imparcial, no a una farsa legal, y usar el juicio como precedente para abolir e ilegalizar la esclavitud en el Imperio Griego.

Habría que prepararlo con cuidado. No quería una sublevación a causa de este tema, de modo que pasaba largas horas con mis consejeros, enviando mensajes por todo el imperio a hombres y mujeres que poseían altos cargos y poder y que sabía que me eran leales. Pasó una luna entera hasta que por fin recibí las respuestas que necesitaba. A excepción de unos pocos contrarios a la idea, que de todas formas me apoyarían, la mayoría de las personas que tenían algún tipo de poder en el territorio estaban de acuerdo con mis intenciones.

No iba a ser tarea fácil. Había quienes de verdad creían que el destino convertía a algunas personas en esclavos porque no eran capaces de cuidar de sí mismos, porque no eran tan inteligentes ni tan capaces como sus amos. Era por esto por lo que no le había contado a nadie mi plan, salvo a mis consejeros y a las personas clave del imperio. Ni siquiera Gabrielle me había oído pronunciar palabra sobre el plan.

Pensaba que sería de verdad el regalo definitivo para ella si pudiera proclamar no sólo su libertad, sino también el fin de la esclavitud en todo el territorio. Me preparé lo mejor que pude para la posibilidad de que Gabrielle quisiera dejarme. Era una mujer joven y tenía toda la vida por delante. Yo, por el contrario, estaba llegando al final de mi viaje y por fin me daba cuenta de que mi amor por Gabrielle no me permitiría encerrarla en una jaula como a una mascota.

Fue una cosa que me dijo Delia lo que me indicó el camino a seguir. La mujer de más edad me daba la lata todos los días con respecto a la libertad de Gabrielle. Una vez le expresé todos mis miedos, me recordó al águila dorada que aún vivía en las colinas y los bosques que circundaban mi palacio.

Una flecha fortuita abatió al animal unas quince estaciones atrás. Habíamos salido de caza y la enorme sombra que cayó sobre nosotros espantó a los caballos y pegó un susto horrible a un joven arquero. Su flecha se desvió, pero alcanzó en el ala al ave, que cayó del cielo. Con la intención de ahorrarle el sufrimiento, bajé del caballo, pero me di cuenta de que, con unos cuidados, era posible que la herida no resultara mortal.

Así empezó un viaje para la joven ave y para mí misma. Me tenía a mí misma por una buena halconera e inicié el condicionamiento necesario para preparar al ave para el entrenamiento, pero esta águila no se iba a dejar entrenar tan fácilmente. Sus heridas se curaron, pero sólo obedecía la mitad de mis órdenes y el resto del tiempo no me hacía ni caso. Al cabo de una estación completa, me di cuenta de que el ave se parecía mucho a mí. Así me comportaría yo en cautividad, ¿no? Había nacido libre y jamás podría olvidarlo, ni someterme por completo a nadie. A causa de esta revelación, saqué un día al águila y, apesadumbrada por perder a un animal tan magnífico, le quité el capirote, desaté las bandas que le sujetaban las pihuelas a las patas y por fin le quité la correa. Era la primera vez desde que había sido capturada que no tenía correa y no sabía muy bien cómo comportarse. Parecía una niña a punto de tirarse de cabeza por primera vez en la parte profunda de una charca.

Por fin, la lancé al aire y levantó el vuelo. Estuvo dando vueltas largo rato, acercándose para ver si le tiraba el cebo como cuando la entrenaba. Al cabo de un tiempo, se alejó volando. Me quedé ahí bastante rato por si acaso, pero ahora era libre y capaz de elegir por su cuenta. En ese momento de mi vida, ese profundo pensamiento me dejó marcada. Aunque pasarían muchas estaciones hasta que volviera a aprovechar la idea.

El día en que hablé con Delia sobre Gabrielle, la mujer de más edad me recordó lo que ocurrió al día siguiente, una fría mañana de otoño. El grito de la enorme ave me sacó del castillo, con el guante bien calado en la mano. Cuando levanté el brazo, el águila bajó grácilmente hasta él y los músculos de mi brazo se tensaron para aguantar el peso del ave, cuyas alas tenían una envergadura cercana a la longitud total de mi cuerpo. Se quedó ahí posada mirándome y aceptó unos cuantos trocitos de carne de mi mano: era perdiz, lo que más le gustaba. El águila remontó el vuelo de nuevo, pero giró en torno al castillo una vez, como para decir que sabía que éste era su hogar. Delia dijo que me estaba comunicando que su corazón siempre estaría aquí y que, por tanto, siempre regresaría.

Le construimos un refugio adecuado fuera de los muros del castillo y ella iba y venía como quería. Fue el recuerdo de esa época lo que me hizo tomar una decisión sobre Gabrielle. Una noche, ya tarde, mientras yacíamos juntas en la cama, decidí dejar volar libre a Gabrielle. Sabía, sin embargo, que al contrario que el águila que todavía acudía a mi mano enguantada, era posible que mi pequeña esclava eligiera no regresar. También comprendía que aunque había podido hacer frente a la pérdida de esa magnífica ave en mi vida, las cosas no me irían tan bien si Gabrielle se marchaba. Si se iba, sabía que en mi vida jamás volvería a haber alegría, y si se quedaba, jamás volvería a experimentar mayor felicidad.


El juicio se prolongó mucho más de lo que me esperaba. Terminaba mis días totalmente agotada de tener que escuchar y emitir fallos sobre las cuestiones que los dos magistrados no paraban de discutir. Por supuesto, dado que éste era el caso que iba a utilizar como precedente para poner en vigor mi nueva ley, tenía que acudir una y otra vez a mis bibliotecas en busca de pergaminos de referencia. Cuando un día agoté el límite de mi paciencia, mandé a un mensajero en busca de Gabrielle, diciéndole que buscara dos pergaminos concretos y me los enviara. Me llevé cierta sorpresa al ver que no sólo había encontrado los pergaminos, sino que además lo había hecho en la mitad de tiempo que habría tardado yo. La joven acabó siendo imprescindible a la hora de buscar materiales de referencia, y no tardé en descubrir que por las noches pasaba a limpio en pergaminos los apuntes que yo tomaba durante el juicio, para que pudiera leerlos con más facilidad al día siguiente. Lo irónico de la intervención de Gabrielle era que, aunque sus habilidades me habrían venido muy bien en la Gran Sala, donde se estaba celebrando el juicio, a los esclavos no se les permitía entrar en la sala a menos que estuvieran directamente implicados en el juicio.

Por ello, no es de sorprender que se me pasara por alto el cambio que se fue produciendo en el comportamiento de Gabrielle. En los últimos días había notado que estaba más callada que de costumbre, pero sonreía quitando importancia a mi preocupación. Si mi mente no hubiera estado tan concentrada en el maldito juicio, es posible que hubiera averiguado la verdad antes de que el palacio se sumiera en el caos.

Una mañana me levanté más temprano incluso de lo habitual y pasé un rato en mi estudio con los pergaminos que Gabrielle me había transcrito la noche anterior. Sonreí al darme cuenta de que por una vez había sido yo la que se había quedado dormida, esperando a que Gabrielle viniera a la cama. Se había quedado levantada hasta tarde, copiando mis notas a la luz de la vela, y las había dejado en medio de mi mesa, para que yo las viera nada más entrar por la mañana.

Cuando el sol aún no había salido, se oyeron gritos, no sólo por el palacio, sino también en el patio. Cogí las armas y salí al pasillo y estuve a punto de chocarme con un joven soldado.

—¿Qué Hades ocurre? —grité.

—Los esclavos, Señora Conquistadora... algunos están alborotados y unos pocos ya han conseguido escapar de palacio.

—¿Cuántos son algunos? —pregunté rápidamente.

—Veinticinco... tal vez cincuenta —contestó, con aire nervioso y alterado.

Media docena de esclavos era un alboroto, cincuenta... bueno, cincuenta era una sublevación. ¡Por las pelotas de Ares! ¿Por qué ahora? Con lo cerca que estaba, esto podría echarlo todo a perder. Agarré al joven por la camisa y lo lancé de un empujón en la dirección opuesta.

—Ve a buscar al capitán Atrius...

—Sí, Señora Conquistadora —oí la conocida voz que ya estaba detrás de mí.

Me volví y vi a Atrius acompañado de seis miembros de la guardia real y Delia.

—Aquí, aquí y aquí. —El capitán indicó las entradas de nuestras habitaciones, colocando a los guardias en cada punto.

—He venido para estar con Gabrielle —se limitó a decir Delia, y supe que no tenía sentido pararme a discutir.

Atrius, Delia y yo entramos en la habitación exterior y abrí la puerta del dormitorio, donde encontré a Gabrielle poniéndose la bata.

—He oído gritos —dijo Gabrielle con cara preocupada.

—Tranquila, amor. Al parecer, algunos esclavos han iniciado una pequeña rebelión...

—¡Oh, no! —exclamó Gabrielle.

Estreché su cuerpo tembloroso entre mis brazos.

—Sshh, no es tan grave. Tengo que bajar, Gabrielle, pero Delia está en la otra habitación, ha venido a hacerte compañía, y hay guardias en todas las puertas de nuestras habitaciones. No te preocupes. —La besé en la frente—. Voy a hacer todo lo posible para que nadie resulte herido.

La abracé y salí por la puerta a la habitación exterior, mientras Gabrielle me seguía atándose la bata. No era propio de la mujer menuda olvidar que había otras personas en la estancia, pero cuando abrí la puerta para marcharme, exclamó:

—Xena.

Me volví y vi tal expresión de miedo en su cara que regresé para estrecharla de nuevo entre mis brazos. La besé una vez más.

—No pasará nada, pequeña —dije y la empujé hacia Delia. Salí de la habitación y me volví para mirar a mi joven esclava, que tenía la cara bañada en lágrimas.


Dos marcas. Dentro de las rebeliones de esclavos, ésta probablemente había sido la más corta de la historia. No estaban muy organizados y no tenían armas. Unos cuantos guardias sufrieron una soberana paliza, pero salvo por unos pocos cortes y magulladuras, no hubo bajas en ninguno de los dos bandos. Me había mostrado tajante al dar la orden de que ningún esclavo sufriera daño alguno. Sé cómo funcionan los soldados, y por eso me aseguré de que todos los hombres y mujeres que formaban los seis pelotones estuvieran al tanto de mi orden.

Me senté con cansancio en la butaca de la Gran Sala que hacía las veces de trono. Una sirvienta me trajo una taza de té caliente y me quedé sentada, a solas y en silencio, mientras salía el sol. Mientras el carro de Apolo tiraba del ardiente astro por el cielo, observé cómo se alejaban las sombras del suelo, hasta que toda la estancia quedó bañada en su luz brillante. Detrás de mí se oyó ruido de pisadas y maldiciones y supe que la traían ante mí para que pronunciara sentencia. Los esclavos, al contrario que las personas libres, no tenían derecho a juicio. O eran culpables o no, y en este caso, por una parte me alegraba y por otra me maldecía a mí misma por lo que estaba a punto de hacer. Por fin salí de mi trance, levanté la mirada y vi a Atrius y a cuatro guardias que sujetaban a la prisionera encadenada ante mí. No me sorprendió en absoluto que la cabecilla de la rebelión de los esclavos fuera Carra, la amiga de Gabrielle.

Tenía un ojo hinchado y varios cortes pequeños por el cuerpo, pero nada de lo que no pudiera recuperarse. La empujaron para que se arrodillara ante mí y me escupió en las botas.

—¡Puedes creer que eres mi dueña, pero no lo eres! —bufó.

Respiré hondo, intentando que las palabras de la mujer no me afectaran. ¿Cómo puedo condenar o castigar a los esclavos ahora que tengo a Gabrielle? Sentí que cada decisión que tomara tendría un impacto emocional en la relación que había entre la pequeña rubia y yo.

—Bueno, ¿qué voy a hacer ahora contigo, Carra? —pregunté con seriedad.

Creo que mi tono de voz la dejó confusa. Frunció el ceño y siguió mirándome furiosa.

—Ya no se puede confiar en ti como esclava dentro de este palacio, pero pocas personas estarán dispuestas a aceptar a una mujer, sobre todo a una que incita a los demás esclavos a sublevarse. Me dejas poca elección.

—Pues venga, crucifícame —espetó—. Sé que te mueres por hacerlo. Pero seguro que no te das tanta prisa en clavar a tu juguetito a una cruz.

—¿Y eso qué quiere decir? —pregunté, suponiendo que se refería a Gabrielle.

Entonces se echó a reír y me miró con aire desafiante.

—¿Es que no te acuerdas, Conquistadora? Tu preciosa Gabrielle también es esclava. Si los esclavos se sublevan, ¿de verdad crees que tu esclava personal no lo sabría?

El comentario me pilló totalmente desprevenida. Ni me había planteado que Gabrielle pudiera saberlo. De repente, recordé la reacción de terror de la joven al oír la noticia. No había parecido sorprendida... únicamente asustada.

—Ahora sí que lo estás pensando, ¿verdad, Conquistadora? ¿Te has planteado qué otras cosas hemos hecho juntas tu zorra y yo?

Me levanté despacio de mi asiento. Me alcé por encima de la mujer, todavía de rodillas, recordando cómo había ordenado que le quitaran las cadenas a Kassandros, para poder hacerle pagar sus comentarios sobre Gabrielle. Abrí la boca para hablar y me di cuenta de que esta esclava había estado a punto de vencerme. Había estado a punto de hacerme perder los estribos junto con la concentración. Tendría que haber sido inmune a sus pullas infantiles, pero por un momento, había dejado que me superara.

Volví a dejarme caer en el asiento y en su rostro volvió a aparecer esa expresión confusa. Fue entonces cuando dejé que la idea que rondaba por mi cerebro, esa molesta semilla de verdad a medias que esta esclava había plantado en mi mente sobre Gabrielle, se apoderara de mí. La idea no tardó en germinar y, como las raíces de una planta tenaz, se aferró a mi mente consciente.

—Lleváosla de aquí —ordené entre dientes.

Los guardias miraron a Atrius.

—¿Su castigo, Señora Conquistadora?

—¿Me habéis oído ordenar un castigo? —grité a pleno pulmón—. ¡Metedla en una celda y apartadla de mi vista!

Cuando se la llevaron a rastras de la sala y me quedé una vez más en silencio, bajé la mirada y vi que mis uñas habían dejado marcas en los brazos de madera de mi butaca. Me quedé ahí sentada bastante rato, al principio sin pensar en nada, y por fin pensando demasiadas cosas distintas, todas ellas en torno a Gabrielle. Creo que pasó mucho tiempo hasta que oí un ruido a mi lado y me di cuenta de que era Atrius. Como siempre, sabía por intuición cuándo debía dejarme en paz y cuánto tardaría en superar mi ira inicial.

—¿Señora Conquistadora? —inquirió respetuosamente.

—¿Sí? —contesté en voz baja.

—Creo que debo ser yo quien hable contigo de este asunto... por dos razones —dijo Atrius con formalidad.

—¿Y qué tienes que decir? —Me negué a mirarlo a los ojos.

—No es la única que lo dice, Señora Conquistadora —dijo por fin Atrius con tono cansado—. Otros dos de los que hemos capturado han dicho que han oído lo mismo. Los esclavos de palacio están hablando y para cuando caiga la noche, dado cómo vuelan los rumores por aquí, todo el mundo se habrá enterado.

Solté un profundo suspiro, intentando reducir la rabia que sentía en mi interior a un nivel controlable. Me subía por la garganta como la bilis y me empezó a doler la cabeza por el esfuerzo de reprimirla. Me levanté y fui a una de las ventanas para mirar fuera. Hacía un día precioso: costaba darse cuenta de que mi amor y mis sueños se estaban haciendo añicos dentro de mí.

—¿Atrius?

—Sí, Señora Conquistadora.

—¿Cuáles eran? Has dicho que había dos razones por las que tenías que ser quien me lo dijera —pregunté, buscando una explicación.

—Porque sabía que la tentación de matar al mensajero iba a ser muy grande. Tenía la esperanza de que, después de veinte estaciones, a mí me fuera mejor —dijo con una sonrisa sardónica—. La otra razón es que esa chica me gusta de verdad. Creo que si Gabrielle lo sabía, debía de tener un buen motivo para no revelarlo —contestó mi capitán.

—¿De verdad crees eso, Atrius? —le pregunté.

—Sí, Señora Conquistadora, de verdad lo creo.

Me aparté de la ventana y pasé a su lado para salir de la sala. No sé si oyó lo que dije cuando pasé junto a él.

—Me alegro... no sé si yo lo creo.


Me quedé delante del balcón abierto de la habitación exterior, contemplando el paisaje, pero sin ver nada en realidad. Había enviado a un guardia a buscar a Gabrielle en cuanto entré en los aposentos y descubrí que no estaba. No pasó mucho tiempo hasta que oí el ruido de la puerta al abrirse. Pero no pasó el suficiente, porque no estaba preparada en absoluto para hacer esto. Yo preguntaría y ella respondería y así acabaría todo. ¿Cómo me había permitido abrirme hasta el punto de sufrir este dolor? Mi ego maltrecho y mi corazón herido hacían que me sintiera enferma y apenada por mí misma. Esa sensación estaba siendo rápidamente sustituida por la rabia. Gabrielle había hecho su elección: tendría que vivir con las consecuencias. Como una niña sin la menor capacidad de razonar, yo veía la situación bajo una sola luz. Sólo sabía que Gabrielle había elegido a sus amigos esclavos antes que a mí, y cuando me volví, cruzada de brazos y posando mi mirada iracunda sobre ella, se dio cuenta de que lo sabía.

Observé cómo su expresión pasaba de la preocupación amorosa al miedo y por fin a la resignación.

—Mi señora. —Agachó la cabeza con gesto sumiso.

Una parte de mí esperaba que fuera por arrepentimiento, pero esa pequeña parte se iba haciendo cada vez más minúscula. Notaba esa antigua ira que bullía bajo la superficie, a la espera de poder alzarse y tragarme entera. La bestia se paseaba como una pantera en una jaula de hierro.

Apreté la mandíbula con fuerza, alzando la cabeza para mirar al techo, al tiempo que respiraba hondo varias veces.

—Gabrielle, he oído algo muy preocupante y quiero que lo confirmes o lo niegues —dije con un tono grave y ominoso que estoy segura de que nunca hasta entonces me había oído usar, por lo menos dirigido a ella—. ¿Estabas al tanto de la rebelión de los esclavos, antes de que ocurriera? —pregunté, con la voz firme y controlada.

—¿Ha habido heridos? —preguntó ella apresuradamente.

—¿Lo sabías? —pregunté de nuevo, entre dientes.

Gabrielle levantó la mirada y vi que se le llenaban los ojos de lágrimas, que se derramaron resbalando por sus mejillas. En circunstancias normales, eso habría hecho que se me partiera el corazón, pero ahora sólo sentía ira. Estoy segura de que era evidente, incluso para Gabrielle, que la Xena a quien amaba estaba siendo pisoteada y superada por la Conquistadora.

—Sí —contestó suavemente, agachando la cabeza de nuevo.

—¿Y tanto te importa Carra, tanto más que yo, que no quisiste avisarme?

—No. —Gabrielle levantó la cabeza de golpe—. Xena, yo te amo...

Me limité a enarcar una ceja al oír eso mientras ella intentaba seguir adelante.

—No sabía qué hacer... no podía... no podía contarlo. Ella... tenía que demostrarle que... que era su amiga.

Le di la espalda rápidamente y golpeé la mesa con los puños.

—Gabrielle, ¿sabes lo que has hecho? Trabajo día y noche para preparar un juicio que me permita aprobar unas leyes para acabar con la esclavitud, ¡y ocurre esto! —Fui alzando la voz a medida que hablaba y supe que si me daba la vuelta, Gabrielle estaría mirándome muy sorprendida—. Ahora, ¡¿cómo le digo a la gente que los esclavos no son distintos de ellos, que no quieren hacerles ningún mal, después de una cosa así?! —Volví a golpear la mesa con el puño hasta que se me quedó insensible, notando que la furia se acercaba cada vez más a la superficie.

Cuando me volví, Gabrielle se quedó mirando a alguien a quien apenas podía reconocer. Lo vi en su cara.

—No sabía qué hacer —exclamó—. Quería que tuviera una amiga... demostrarle que podía confiar en mí —terminó.

—¿Confiar? ¡Yo confiaba en ti! —le grité a mi vez—. No creías que hubiera cambiado, ¿verdad? Pensabas que la Conquistadora caería como una tromba y clavaría a esos esclavos en unas cruces, ¿verdad?

Fue entonces cuando me miró con una expresión de infinita tristeza. No hacía falta que contestara: vi la verdad reflejada en sus ojos. Acorté la distancia que nos separaba, sintiendo que me temblaba todo el cuerpo de rabia.

—Tienes razón —contestó—, pero mi falta de confianza en ti no es más de lo que tú todavía sientes hacia mí, Xena.

—¡Te he entregado mi vida! —grité.

—Pero no la libertad.

Dio su respuesta con tanta calma, con tanta suavidad, que parecía una mujer ya condenada, como así era. No pude seguir conteniendo al demonio que llevaba dentro. La bestia gritaba para que liberara la furia al rojo vivo que era la verdad de mis actos. Me iba a sentir culpable durante cada segundo de cada día por lo que hice a continuación.

Ya no controlaba mi cuerpo, y me quedé mirando como si estuviera fuera de mí cuando mi brazo salió disparado y golpeó a Gabrielle en la mejilla. El remordimiento me atravesó al instante y me quemó como un metal al rojo vivo, incluso nada más ver la mano en movimiento, pero no tenía control suficiente para detenerla.

No fue un puñetazo, y supongo que intenté refrenarme lo suficiente para que sólo fuera un bofetón, pero la cosa ya estaba hecha. Gabrielle se quedó ahí plantada, negándose resueltamente a caer de rodillas. La expresión de sus ojos parecía burlarse de mí, diciéndome que sabía que algún día la golpearía.

Jadeante, me aparté bruscamente de ella, con el pecho como un fuelle mientras intentaba recuperar el aliento y los ojos clavados en la mano que sostenía ante mí. Sólo pude quedarme ahí mirándome la mano derecha: cinco estaciones de control tiradas a la basura en un segundo. No recuerdo cuánto tiempo me quedé así, mirándome la mano, pero sabía que ni siquiera podía mirarla a ella a los ojos. El peso de lo que había hecho me aplastaba, y seguí contemplando esa mano, como en trance. Doblando por fin los dedos para cerrar el puño, bufé:

—¡Vete!

Justo antes de oír cómo se cerraba la puerta, Gabrielle echó sal en la herida abierta al pronunciar las palabras más crueles que le había oído decir nunca.

—Sí, Señora Conquistadora.


PARTE 17


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