Capítulo 15: Porque no pude detenerme ante la muerte


—¡Ayah! —vociferé, levantando la espada por encima de la cabeza para bloquear el ataque por la espalda y apartando de un empujón la hoja metálica de mi cuerpo—. ¡Eh, se supone que me tienes que proteger! —le grité a Atrius.

Me di cuenta de que mi capitán tenía sus propios problemas e intenté no echarme a reír por nuestra situación. Teníamos edad suficiente para haber engendrado a cualquiera de los jóvenes hombres y mujeres que nos rodeaban, pero nos las estábamos arreglando estupendamente para que no nos dieran una paliza demasiado grande. Atrius estaba combatiendo contra dos mujeres soldados, cuya pericia con la espada me habría parado a admirar si no hubiera estado tan ocupada.

—Mira, me cuesta un poco compadecerme de ti en estos momentos —jadeó Atrius—. ¡Francamente, apáñatelas tú sola, Conquistadora! —añadió, al tiempo que recibía un patadón en la mandíbula, cosa que la futura oficial pagó muy cara.

Me eché a reír y seguí adelante, aunque por fin sentía la edad a medida que la fatiga se apoderaba de mis músculos. Aunque sabía que mañana iba a pagar carísimo este exceso de ejercicio, lo cierto era que en este momento estaba disfrutando. Por encima de cualquier otra cosa, era guerrera, y aunque rara vez lo confesaba, casi nada me daba tanto placer como un buen combate.

Trabajaba con dos espadas, atacando con una corta al tiempo que paraba una estocada tras otra con mi espada larga. Lancé una patada hacia la izquierda, sin ver, pero noté cómo mi bota se hundía en carne blanda. Al mismo tiempo, oí un gruñido y un silbido de aire que salía despedido de un par de pulmones. Por el rabillo del ojo vi que un joven soldado caía de rodillas.

Los reclutas por fin se dieron cuenta de que tenían que trabajar juntos. Éste era el motivo de que Atrius y yo sometiéramos nuestro cuerpo a esta agonía. Los aspirantes a oficiales tendían a ser una panda arrogante y a menudo inmadura. Este pequeño ejercicio les enseñaba que uno tenía más posibilidades de alcanzar la victoria si trabajaba con sus hombres. De repente, dos y tres de ellos empezaron a colaborar en sus ataques, y antes de que pudiera evitarlo, me levantaron las piernas por el aire.

Cuando mi espalda golpeó el suelo, el impacto me hizo perder la espada corta, al tiempo que una patada en la mano lanzaba mi otra espada a varios metros de distancia. El joven sonrió victorioso. Más tarde le diría que esto había sido su ruina. Yo estaba tumbada boca arriba, intentando recuperar el aliento, y entonces él alzó la espada con las dos manos para hundir la hoja en mi garganta. Lo único que cabe esperar en esta clase de situaciones es que la adrenalina no pueda con el joven recluta y que éste detenga efectivamente la estocada antes de atravesarte la piel. Observé su estilo y su postura mientras la espada se acercaba a mí y detecté al instante cuál era su punto débil.

Junté las manos de golpe, atrapando la parte plana de la hoja entre las palmas. Me moví rápidamente, antes de que el joven supiera siquiera qué estaba ocurriendo. Con toda la fuerza que logré darles a mis brazos y hombros, empujé bruscamente hacia delante y hacia arriba. La empuñadura de la espada corrió hacia él y lo golpeó en la barbilla.

Giré la espada, agarré la empuñadura y, con la poca agilidad que me quedaba en las piernas, me levanté de un salto del suelo. El hombre seguía retrocediendo a trompicones y apreté la mandíbula por empatía. Seguramente sentía que toda su cara era un inmenso nervio expuesto al aire mientras la sangre manaba de la raja que tenía en la barbilla. Me sorprendería que no se hubiera mordido la punta de la lengua. Agachándome, lancé una de mis largas piernas contra sus pies y cayó al suelo.

Una, dos, tres veces hice girar la espada en la mano, soltando un pavoroso grito de guerra. Al hombre caído se le pusieron los ojos como platos cuando la espada bajó directa a su cabeza. En el último segundo, me torcí a la derecha y hundí la hoja en la hierba blanda, apenas a un pelo de distancia de la oreja del soldado. Mi pecho jadeaba por el esfuerzo, la adrenalina corría por mi organismo y entonces oí los vítores. Los demás reclutas se habían echado atrás y aplaudían.

Inmediatamente hice un gesto para que un sanador atendiera al muchacho caído. Cuando se lo llevaban algo tambaleante del campo de entrenamiento, se detuvo ante mí. Me sequé de la boca el agua que había bebido de un odre cercano y estreché el brazo del muchacho. Éste sonrió, mostrando que le faltaba un diente y tenía la boca ensangrentada.

—Ha sido un honor, Señora Conquistadora. Todo lo que dicen de ti es cierto: eres una gran guerrera. Pero creía que te tenía. —El joven oficial meneó la cabeza, perplejo.

Le estreché el antebrazo y lo felicité.

—Has estado a punto, joven. Nunca dejes que tu adversario vea que sabes que has ganado. Vi esa expresión en tus ojos cuando alzaste la espada. La idea de perder hizo que me esforzara más.

—Sí, Señora Conquistadora. —Sonrió un poco tembloroso y se lo llevaron del campo de entrenamiento.

Los demás oficiales se congregaron alrededor de Atrius y de mí y les ofrecimos un comentario sobre su rendimiento. Fue entonces cuando lo oí, y la sangre se me heló en las venas.


Gabrielle pasó unas cuantas marcas escribiendo en sus pergaminos después de que la Conquistadora la dejara, para ocuparse de unos asuntos. La joven esclava ya sabía cuando vio a Nicos cuál era la noticia. Conocía, como casi todos los esclavos de palacio, el astuto plan de su señora para atrapar al administrador, Demetri. La mayoría de los hombres y mujeres libres no eran como su ama. Trataban a los esclavos como a ganado, como a una propiedad de la que se podía hacer caso omiso hasta que se la necesitaba. Por ello, hablaban sin tapujos delante de sus esclavos, sin darse cuenta de que había seres humanos inteligentes dentro del cuerpo de aquellos sometidos a esclavitud. Los esclavos sabían más de lo que ocurría en este palacio que la propia Conquistadora. Gabrielle ya sabía que Demetri había huido. La joven tenía sentimientos muy encontrados a este respecto.

La verdad de lo que había hecho ese hombre afectaba a esta pequeña esclava por motivos muy personales, pero nunca se lo había contado a nadie. ¿Para qué molestarse? Al fin y al cabo, era una esclava, la esclava de la Señora Conquistadora... muy apreciada, pero esclava no obstante.

La pequeña rubia caminaba ahora por el conocido pasillo que llevaba a las habitaciones de Anya. Reflexionaba sobre la idea de pertenecer a Xena y sobre todo lo que hacía tan poco que había averiguado acerca de lo que sentía la Conquistadora por ella. Gabrielle no osaba decirle a su ama que estaba perdidamente enamorada de ella. Sin embargo, por un momento, cuando estaban a solas en su habitación, estuvo segura de que Xena estaba a punto de declarar esto mismo.

Por los dioses, ¿estoy perdiendo la cabeza? Xena la Conquistadora, con lo bella que es, jamás se enamoraría de alguien como yo... ¿Verdad? Además, ¿no olvidas que eres su esclava?

Las reflexiones de Gabrielle la llevaron a la noche anterior. Había llorado muchísimo, pero cuando Xena no pudo expresar sus sentimientos, a la joven esclava le pareció mal, por no decir hasta peligroso, ser la primera en confesarlo. Si la Conquistadora no era capaz jamás de reconocer esos sentimientos, Gabrielle estaba condenada a una vida de soledad. Amando y siendo amada, pero sin poder decirlo nunca... Gabrielle había soñado toda su vida con alguien que le dijera esas palabras. Sabía que fuera cual fuese el curso que Xena eligiera para su relación, ella serviría y a amaría a la Conquistadora de buen grado.

A menudo sus sueños resultaban proféticos, nunca de una forma exacta, pero desde que era pequeña, absorbía detalles de su estancia en el reino de Morfeo que ocurrían cuando estaba despierta. A veces pasaban muchas estaciones entre visión y visión, pero desde que había entrado en el palacio de Corinto, había empezado a tener revelaciones que la dejaban muy confusa. Nunca hasta ahora había tenido una premonición con un objeto, pero eso también se había producido. Había soñado con la amabilidad de esta mujer conocida como la Conquistadora, con su delicadeza. Hacía poco, Gabrielle había visto a Xena declarándole su amor mientras yacían juntas, pero como eso no había sucedido, ahora ponía en duda la fiabilidad de sus sueños. Una pesadilla, en concreto, la asustaba de una forma inimaginable. Lo había achacado al intento por parte de Morfeo de alterar su sueño, pero la desconcertante escena se repitió el día en que sostuvo el puñal de Xena entre sus manos. Al llevar la daga a su ama, Gabrielle vio de nuevo su pesadilla, esta vez con todo lujo de detalles en su mente. Vio que Xena, de espaldas a la pequeña esclava, se volvía de repente y se abalanzaba con el puñal contra la garganta de la rubia.

Gabrielle trató de olvidar esa imagen mental. Ahora mismo, era feliz como no recordaba haberlo sido nunca. Xena era muy buena con ella, y la alta mujer había reconocido que había algo más entre ellas que una mera relación entre ama y esclava. Xena hacía realidad las esperanzas y los sueños de la pequeña rubia al darle materiales y libertad para escribir. Tal vez, con el tiempo, pensó Gabrielle, podría convencer a la Conquistadora para que le hablara de su vida. El mayor regalo de Xena no había sido material, en opinión de Gabrielle. El mejor regalo había sido darle a Gabrielle conciencia de sí misma. Algunos lo llamarían seguridad, incluso orgullo, pero fuera lo que fuese, la joven esclava gozaba de la sensación de que tenía cierta valía, aunque sólo fuera para su poco comunicativa ama.

La joven esclava estaba tan enfrascada en sus reflexiones que no vio a la figura que le bloqueaba el paso hasta que casi se chocó con ella.

—Ahhh, la puta de la Conquistadora.

La voz detuvo a Gabrielle en seco. Alzó la mirada aterrorizada hacia el hombre que tenía delante. Sus ojos se movieron por todo el pasillo, como en busca de alguien que pudiera ayudarla. Atenea, por favor, no me dejes morir... aún no... no ahora que estoy tan cerca.

—No te molestes en buscar ayuda, putilla bonita... aquí no encontrarás a nadie dispuesto a ayudarte.

Gabrielle se fijó en la expresión de los ojos de Demetri. Ya había visto esa expresión, una mezcla de locura y risa, una mezcla explosiva. Miró de nuevo a su alrededor, pensando en una forma de escapar, incluso una forma de apaciguarlo. Estaba tan cerca de Xena. Las columnas abiertas del segundo piso daban a un parapeto que recorría todo el muro del palacio. Oía los ruidos de la ciudad y de los soldados que entrenaban en el campo, justo debajo.

Antes de que pudiera moverse, Demetri alargó la mano y la agarró del cuello, apretando hasta que Gabrielle empezó a boquear sin aire, intentando apartarle la mano. La soltó, dio la vuelta a la muchacha y se la pegó al pecho. Apretó su sexo contra su trasero con gesto provocativo.

—Ahora te voy a hacer mía, esclavita —dijo con lascivia.

Gabrielle cerró los ojos con fuerza. Ya la habían tomado hombres como éste en otras ocasiones, pero sólo dolía un rato y luego se acababa. Si le daba a Demetri lo que quería, tal vez no hiciera nada más. Notó que el hombre le toqueteaba el pecho, intentando abrirle la blusa que llevaba. No era que la tocara con brusquedad: cosas peores había sufrido. Tampoco era la idea de ser tomada contra su voluntad: eso también le había sucedido. Era el fuego que de repente prendió por todo su ser. La sensación de que esto estaba mal.

De repente, Gabrielle sintió las llamas que salían de su interior. Era como un calor que había empezado con una pequeña chispa hasta convertirse en un incendio. Intentó ceder y dejar que ocurriera, intentó separar su mente de su cuerpo hasta que pasara la humillación. No pudo. A lo lejos, oyó una voz que empezaba a acompañar a ese fuego que tenía en el vientre. La voz le decía que no tenía por qué aceptar esta suerte, que no merecía ser tratada así. Al fin y al cabo, era la esclava personal de la Señora Conquistadora. Todo ocurría muy deprisa, pero la vocecita interna no tardó en convertirse en la voz de Xena. Las cosas que había dicho Xena... que le había enseñado...

Permite que te lo deje muy claro, Gabrielle. Me perteneces... La próxima vez que alguien... cualquiera, se propase contigo... te toque de cualquier manera, quiero que grites, des patadas, luches, lo que te haga falta para llamar mi atención. Entonces yo me ocuparé de la situación. ¿Comprendes, Gabrielle?... Así es, Gabrielle, me perteneces... ¿¡Es que no sabes defenderte!?

Las palabras que le había dicho Xena se agitaban revueltas en su interior, frases y retazos de conversaciones que tenía grabados en la memoria. Por fin, la joven esclava sintió que el fuego explotaba transformado en indignación. Ella pertenecía a Xena... a Xena y a nadie más. ¡Nadie más tenía este derecho!

—¡No! —Gabrielle clavó el codo en las costillas de Demetri y el hombre le soltó el brazo.

Lo repentino de la acción, sobre todo por parte de esta esclava, pilló al hombre totalmente desprevenido. Gruñó cuando el codo lo alcanzó con fuerza por segunda vez.

Pegando una patada hacia atrás con el talón, Gabrielle notó que su pie entraba en contacto con la espinilla del hombre. Demetri aulló de dolor y soltó del todo a la muchacha. Gabrielle no esperó y corrió directa al muro exterior.

Notaba lo cerca que estaba Demetri y veía que el muro exterior se estaba acabando. Cuando se estaba quedando sin terreno, miró por fin hacia el patio del palacio. Allí, en el campo de entrenamiento, estaba Xena con sus soldados. Consciente del riesgo que corría con lo que estaba pensando, Gabrielle sabía que podía sufrir un castigo seguro o la muerte a manos de Demetri. Justo cuando Gabrielle llegó al final del muro, Demetri la alcanzó, le rodeó la cintura con el brazo y tiró de ella hacia dentro. Ella se aferró con las manos al borde de piedra y gritó con todas sus fuerzas.

—¡Xeeennnnaaa!

El agudo grito reverberó por los muros circundantes.


El sonido me congeló la médula y cuando dirigí la mirada hacia su origen, vi a Gabrielle inclinada sobre el parapeto y a Demetri que la agarraba y la arrastraba al interior del palacio.

Eché a correr antes de que se desvaneciera el último eco. Oí la palabrota que soltó Atrius antes de alcanzarme, seguido por nuestra clase de reclutas. Perdí todo vestigio de pensamiento racional. No podía ni pensar ni maldecir: sólo podía concentrarme en llegar hasta Gabrielle. Subí los escalones de tres en tres y de cuatro en cuatro hasta llegar al segundo piso.

Allí estaba Demetri, con el paso cortado por unos soldados que estaban al otro extremo del pasillo. De repente, casi todos los soldados de palacio se estaban congregando en este punto y eso me preocupó. Mi ex administrador sujetaba a Gabrielle pegada a él, apuntándole al cuello con un puñal. Si no conseguía que algunos de estos soldados retrocedieran, Demetri podría matar a Gabrielle por pura diversión.

Obedeciendo a un rápido gesto de mi mano, todos aflojamos el paso, mientras Demetri se volvía de un lado a otro y Gabrielle intentaba soltarse. Eso me sorprendió bastante, pero supuse que le había enseñado bien. Como no tenía dónde ir, Demetri acabó arrinconado contra la pared de piedra. Se fue deslizando por ella, hasta colocarse delante de una gran puerta de madera, y agitó el picaporte, pero descubrió que estaba cerrada con pestillo por el otro lado.

—No puedes escapar, Demetri —dije con calma—. Te convendría que todo esto te resultara lo más indoloro posible. Suelta a la chica —continué con tono tranquilo.

—Ah, no, Señora Conquistadora... —dijo, y advertí la expresión vidriosa de la demencia escrita en sus ojos—. Primero vas a ver cómo muere desangrada.

Vi que empujaba ligeramente con la punta del puñal, rompiéndole la piel. Un lento y fino reguero de sangre empezó a manar por debajo de la barbilla de Gabrielle, resbaló por su cuello y se perdió en el escote oculto bajo la blusa desgarrada. Ella hizo una mueca de dolor y cuando me miró, vi el miedo en sus ojos.

Ni me dio tiempo de controlar a la bestia. De repente, ahí estaba, la oscuridad que me rodeaba, consumiéndome y controlando mis actos. La sangre del cuello de Gabrielle y su ropa desgarrada me hundieron en ese abismo. Pero esta vez quedaba una mínima parte de mí. Iba a necesitar un desapego total, una gelidez incluso, para llevar esto a buen fin. Iba a necesitar todo mi ingenio para engañar a un loco.

Una vez más, con la mano, le hice un gesto a Atrius, quien inmediatamente se puso a susurrar órdenes. Sólo podía ser yo, nadie más. Si quería salvar a esta mujer, la única en toda mi vida que se había apoderado de mi corazón, iba a tener que jugar con su vida. Y así, aparté lo último que quedaba de Xena y me entregué a todo lo que había llegado a detestar de mí misma.

—No creerás en serio que te voy a dejar marchar sin más, ¿verdad, Demetri? —pregunté al tiempo que avanzaba despacio.

El hombre echó la mano hacia atrás, exponiendo más el cuello de Gabrielle.

—¡Le voy a cortar el cuello, lo juro!

—Olvídate de ella —repliqué, haciendo un gesto displicente con la mano—. Estoy hablando de ti. Vale, matas a la esclava. Mira a tu alrededor. —Hice una pausa mientras él obedecía—. ¿Qué sensación crees que se tiene cuando te despellejan vivo, Demetri? —pregunté, con una sonrisa malévola en los labios.

—Tanto significa para ti, ¿eh? —Sonrió ahora, pensando que la chica me importaba tanto que me ocuparía de que él muriera de una forma lenta y dolorosa.

—¡Me importa un bledo la puta esclava! —le grité. Ahora estaba a un metro de distancia—. Me has robado... ¡A MÍ!

De repente, se quedó confuso, como advertí en sus ojos. Se preguntaba si a fin de cuentas apoderarse de la muchacha había sido una maniobra tan inteligente. Era como si pudiera leerle la mente. Sabía los derroteros que seguiría su cerebro antes que él. Ahora, estaba pensando que era un truco. Me iba a poner a prueba.

Me quedé ahí plantada, cruzada de brazos, clavándole una mirada malévola. Alzó la mano y recé en silencio a cualquier dios a quien no hubiera ofendido en exceso en los últimos veinte veranos para que le evitara un sufrimiento excesivo a Gabrielle y para que ésta me perdonara cuando todo esto hubiera terminado. Hizo un corte rápido con el puñal en el brazo de Gabrielle, donde tenía la blusa desgarrada. La joven gritó de dolor por el corte de diez centímetros, que empezó a sangrar profusamente.

Me quedé allí inmóvil, controlando todos los músculos de mi cuerpo. Ni siquiera apreté la mandíbula ni cambié el ritmo de mi respiración... nada. La bestia era tan inmune a las emociones como un cadáver y ahora estaba totalmente suelta. Lo miré parpadeando con ojos inexpresivos y vi que en los del hombre aumentaba el terror. Pero aún no estaba seguro.

—¡La mataré! —afirmó, con mucha menos vehemencia que antes.

—Pues mátala —respondí sin más.

—¡Lo haré! —Ahora estaba histérico, y con razón. Se daba cuenta de que se acercaba el fin y se preguntaba cómo podía haber calculado tan mal las cosas.

—¿Me has oído? —grité a pleno pulmón, dando la espalda al loco y levantando las manos con gesto efectista—. ¡Mata a esa zorra!

—¿Qué? —exclamó Demetri.

Sólo iba a tener esta oportunidad y, ahora que estoy aquí sentada escribiéndolo, sé que parece que tardé una eternidad en lograrlo, pero nada podría estar más lejos de la verdad. Sólo hizo falta un instante. Sabía... o más bien, la bestia sabía lo que iba a hacer Demetri. Era un sentido sobrenatural: ya fuera una cualidad innata o una maldición de los dioses, era algo que seguramente nunca averiguaría.

Demetri se detuvo un instante, preguntándose cómo era posible que su plan hubiera funcionado tan mal. Bajó ligeramente la mano que sostenía el puñal con que apuntaba al cuello de Gabrielle y en ese solo instante, en ese pliegue del tiempo, supe que tenía que actuar.

Estaba de espaldas al loco y entonces me volví. Al tiempo que me volvía, me llevé la mano al cinto y con un movimiento veloz, saqué mi sempiterno puñal de su funda. El movimiento fue rápido, demasiado rápido para detenerlo o para que la víctima se lo esperara. Como le había estado dando la espalda, no estaba segura de dónde estaba situado, sólo lo percibía. Durante todo este tiempo, recé para que Gabrielle fuera tan avispada como me parecía.

Todo ocurrió con un solo movimiento, sin aparente esfuerzo. La mano con que sujetaba el arma fue por delante y, al girar el cuerpo, el puñal fue directo a Gabrielle. Por los dioses, esta muchacha es verdaderamente la otra mitad de mi alma, recuerdo que pensé cuando echó la cabeza a un lado, dejando que mi puñal se hundiera en la garganta de Demetri.

Su puñal cayó al suelo de piedra y recuerdo que usé toda mi fuerza para hundirle la daga en el cuello. Tosió y jadeó, se le pusieron los ojos en blanco y su sangre saltó a borbotones sobre Gabrielle y sobre mí. Recuerdo que me temblaba todo el cuerpo mientras seguía clavándole el puñal, aunque ya no podía ir más lejos. Oía ruidos a mi alrededor, pero estaba atrapada en las garras del poder que aún no me había soltado. Lo único que me daba vueltas por la mente era que este hombre había intentado quitarme lo que era mío.

Noté una mano en el brazo y sentí un gruñido que subió retumbando por mi pecho.

—¡Gabrielle, no! —Oí la voz de mi capitán, pero la mano que me rodeaba el brazo me lo apretó.

La mano se trasladó a mi cara y oí esa voz suave.

—¿Xena? ¿Xena?

Esos dedos suaves me tiraban de la barbilla, y tensé la mandíbula, luchando con la sensación. Me rendí y la mano logró volverme la cara. Por fin, mis ojos enfocaron la mirada, como si captaran esta visión por primera vez. Unos profundos ojos verdes me atrajeron y me sujetaron, al tiempo que notaba que alguien me soltaba los dedos de la empuñadura de la daga.

—Gabrielle —conseguí decir, y la respuesta fue una leve sonrisa.

Me dio igual lo que pareciera. Agarré a la mujer y la estreché con fuerza. Mientras tiraba de mí, me volví y vi el cuerpo de Demetri, suspendido en la muerte, clavado a la puerta de madera con mi puñal.

Asentí a Atrius, que tenía cara de incredulidad total.

—Llamad al sanador —dije, acordándome del brazo de Gabrielle, y luego me la llevé, de vuelta a nuestras habitaciones.


Empecé a sentirlo en el momento en que la estreché entre mis brazos, el estremecimiento de los músculos, el calor abrasador que surgía de mi vientre hasta posarse entre mis piernas. Noté que el ritmo de mi respiración cambiaba, y en cuanto estuvimos en la intimidad de nuestros aposentos, me pegué a ella.

Gabrielle se apoyó en la puerta y la besé. No se parecía a ningún beso que nos hubiéramos dado hasta entonces. Era poderoso y urgente, brusco e intensamente descarnado. Noté la mano de Gabrielle a mi espalda, agarrando un puñado de la tela de mi camisa, apretándolo con fuerza en el puño. Sólo tenía un deseo, una meta, y cuando me detuve un instante para dejar que mi cerebro alcanzara a mi libido, reconocí la sensación: lujuria de combate.

¡Por los dioses, cuánto tiempo hacía que no sentía algo así! Me di cuenta de que era porque hacía mucho tiempo que no luchaba con pasión por algo, que no libraba una batalla, arriesgando la vida, por nada que deseara de verdad o creyera que era mi destino manifiesto obtener y poseer. Ésta era la oscuridad que siempre surgía en mi interior. Por mucho que me esforzara, nunca lograba vencer al demonio cuando acudía a saciar su lujuria después de un combate.

El cuerpo de Gabrielle se puso tenso contra el mío y de repente, apartó la cara de mis labios y me empujó con los brazos.

—¡Xena, te amo! —exclamó.

Las palabras fueron como un golpe, y retrocedí un paso tambaleándome por la fuerza del ataque. Gabrielle cayó de rodillas y oí miedo en su voz, miedo y una gran tristeza.

—Perdóname, mi señora.

Sentí que la marea de ardor y pasión desaparecía de mi cuerpo al instante. Por todos los dioses, ¿quién se lo iba a imaginar? ¿Quién se podía imaginar que después de todas las estaciones que había pasado sufriendo, intentando controlar mi lado oscuro, la cura se hallaba en esta pequeña esclava que tenía a los pies? La subida de adrenalina se calmó y noté que la bestia se perdía en la nada.

—¿Que te perdone por decirlo... o por sentirlo? —pregunté con un hilo de voz.

Agachó aún más la cabeza, sin duda esperándose el castigo inmediato que parecía segura de que iba a caer sobre ella.

—Por sentirlo, mi señora.

Me quedé ahí plantada unos segundos, casi sin querer creerme su respuesta. Me arrodillé despacio y la enderecé, mostrándome más cuidadosa con su brazo herido que antes. La estreché un momento entre mis brazos y la besé ligeramente en la frente.

—Gabrielle, creía que te había dicho que me llamaras Xena —dije suavemente, sonriéndole.

Intentó sonreírme, pero yo sabía que sólo había una cosa que podía decir capaz de calmar su miedo. Era la única cosa de la que estaba segura en esta vida.

La abracé más, frotando mi mejilla sobre la suave textura de su pelo.

—Te amo, Gabrielle —le susurré—. Con todo mi corazón, te amo.

Si alguna vez había deseado contemplar el rostro de un ángel, mi deseo se hizo realidad cuando me aparté ligeramente. La cara de Gabrielle era la encarnación de la alegría y en sus ojos verdes había un nuevo resplandor.

Pasé rápidamente de la idea del sexo al simple deseo de estar cerca de Gabrielle. La llevé al dormitorio y usé con delicadeza un paño húmedo para limpiarle la sangre que le había salpicado la cara. La ayudé a quitarse la ropa y ponerse la bata y luego me dispuse a limpiarle la herida del brazo. Unos golpes en la puerta exterior interrumpieron mis labores.

—Adelante —grité para que se me oyera en la otra estancia.

El joven guardia de palacio, Aristes, entró en la habitación. Se detuvo ante la puerta abierta del dormitorio, probablemente asombrado de verme arrodillada ante Gabrielle, ocupándome de su herida.

—El capitán Atrius desea saber si necesitas ayuda, Señora Conquistadora.

—Pues sí. ¿Dónde está Kuros? —pregunté, pues quería ver a mi sanador.

—Está atendiendo al señor Demetri, Señora Conquistadora.

Cuando me levanté, vi que Aristes retrocedía, preparándose para la que se avecinaba.

—¿Atendiendo a Demetri? ¡A la mierda, ya no puede ayudarlo! ¡Dile que venga aquí inmediatamente, donde está la paciente viva! —Fui levantando el tono de voz a medida que me acercaba al joven.

Aristes se marchó corriendo de la habitación y volví muy ceñuda con Gabrielle, arrodillándome de nuevo ante ella.

—Xena... —Gabrielle alargó el brazo sano y me puso la mano en la mejilla—. Estoy bien.

Sonreí cohibida.

—Ya lo sé. —Volví la cara para darle un beso en la palma de la mano.

—Señora Conquistadora... —se oyó la voz de Kuros detrás de mí.

—Su brazo. —Le hice un gesto al hombrecillo para que entrara en la habitación—. Un puñal —le expliqué escuetamente.

Acomodamos a Gabrielle con unos almohadones en la cama y el sanador examinó la herida con atención.

—Sí, parece que necesita unos puntos. —Me miró expectante.

—Bueno, —le hice un gesto con las manos—, pues ponte a ello.

Sabía por qué me lo preguntaba así. La gente no siempre se molestaba en dar tratamiento médico a los esclavos. A menudo era más fácil y más barato, a la larga, comprar otro esclavo sano que tratar a uno enfermo o herido.

Me puse a dar vueltas por la habitación con nerviosismo, y cada murmullo de dolor de Gabrielle me hacía volver a la cama para mirar. Detestaba tener que reconocerlo, pero ver así a Gabrielle me daba miedo. Me demostraba lo deprisa que podía desaparecer todo. La última vez que me acerqué para situarme detrás del sanador, debí de empujarlo sin darme cuenta con la rodilla. Oí su suspiro de exasperación justo antes de que levantara la mirada hacia mí.

Murmuré algo ininteligible y me aparté de nuevo, hasta que oí el leve gemido de Gabrielle. Me incliné por encima del hombro de Kuros para ver lo que estaba haciendo.

—¡Señora Conquistadora! —El hombrecillo renunció por fin y se detuvo.

—¿Qué? —intenté decir con aire inocente.

—¿Le importaría a la Señora Conquistadora no taparme la luz? —dijo con bastante vehemencia.

—Qué quisquilloso... —dije en voz baja, pero creo que los dos me oyeron.

—Xena, por favor, ven aquí —me pidió Gabrielle, indicando el otro lado de la cama.

Alargó la mano y la cogí entre las mías, sentándome con cuidado en el otro lado de la cama. Observé los puntos diminutos y precisos que le iban cosiendo la piel y recordé lo que dolía. Pero me alegré al pensar que Kuros sentía suficiente estima por Gabrielle para aplicarle el tipo de puntos que dejaban la cicatriz más pequeña.

—Duele, ¿verdad? —pregunté suavemente.

—La verdad es que casi no lo noto desde que Kuros me ha puesto el ungüento —contestó.

—¿Qué ungüento? —Miré al sanador esperando la respuesta.

—Adormece temporalmente la zona. Lo uso para los niños y la jóvenes bonitas. —El hombre mayor sonrió a Gabrielle con aire paternal.

—¿Tienes un ungüento que hace eso? —Enarqué una ceja todo lo posible, mirando iracunda al hombre—. ¿Por qué nunca me lo has puesto a mí?

—Bueno, tú eres una guerrera, Señora Conquistadora, y con franqueza, es dificilísimo de hacer. Si lo usara cada vez que necesitas puntos, no quedaría nada.

—Escucha, Kuros...

—¿Xena? —interrumpió Gabrielle.

Mi actitud cambió al instante.

—Sí, Gabrielle... ¿puedo hacer algo por ti... traerte algo?

—Xena, ¿harías una cosa por mí si te lo pido?

—Claro, amor. —Hice una pausa y besé la mano que seguía sosteniendo entre las mías.

—¿Me lo prometes?

—Sí —dije, riendo levemente por sus preguntas—. Sólo tienes que pedirlo.

—Vale. ¿Quieres esperar en la otra habitación hasta que termine? —preguntó Gabrielle, con tanta sinceridad que tardé un par de segundos en darme cuenta de que lo decía en serio.

Sentí que se me aflojaban los músculos de la cara y de repente me sentí como una niña a la que hubieran reñido.

—Vale. Lo haré por ti. —Alargué la mano con delicadeza y le aparté el flequillo dorado de la frente, para darle un tierno beso—. Pero no lo hago por él. —Señalé a mi sanador con el pulgar.

Gabrielle soltó una risita y me apretó la mano, y pensé que con tal de ser objeto de tal cosa, me daba igual que Kuros pensara que estaba totalmente dominada. Ni siquiera me importaba que soltara ese cotilleo por todo el palacio.

Me levanté para hacer lo que Gabrielle me pedía y me detuve en el umbral que separaba el dormitorio de la habitación externa. Me volví una vez más.

—A lo mejor necesitas algo, ¿estás segura de que quieres que me...?

—¡Sí! —dijeron los dos a la vez.

Intenté hacer acopio de toda la dignidad posible, me erguí y pasé a la otra habitación.

—A mí nunca me pone ungüento —refunfuñé por lo bajo.


—Parecemos un par de sujetalibros —le dije en broma a la joven sentada delante de mí en la gran bañera.

Señalé nuestros brazos: el mío con una cicatriz que ya se estaba curando, el de Gabrielle, el opuesto, con sus puntos. Sonrió, pero advertí el cansancio en sus ojos. Decidimos quedarnos en el baño una vez terminamos de limpiarnos y lavarnos el pelo. Tiré de Gabrielle para que se reclinara contra mi pecho.

—Ten cuidado de no mojarte mucho el brazo —le advertí.

—Qué bien cuidas de mí —contestó Gabrielle, apoyada en mi hombro.

—Hoy no lo he hecho muy bien —respondí.

Gabrielle se volvió ligeramente, para poder ver la expresión de mi cara. Creo que quería saber de verdad si lo decía en broma o no. Para mí no era ninguna broma.

—Xena, hoy me has salvado la vida.

—Gabrielle, el peligro que has corrido ha sido culpa mía. Me temo que al quererme, no vaya a ser la última vez —contesté, acariciando suavemente su precioso rostro.

—Es un precio que estoy dispuesta a pagar... si me lo permites —añadió, cogiendo mi mano con la suya y llevándosela despacio a los labios.

Me incliné y sustituí mi mano por mis labios. Dioses, qué suavidad. El tierno beso se alargó y se convirtió en dos y luego en tres. ¿Quién habría pensado que la mera ternura podía despertar tal pasión? Nunca habría creído posible que pudiera sentirme tan absolutamente saciada con unas caricias tan amorosas y compasivas. Hasta que llegó Gabrielle.

—Te quiero de verdad, Gabrielle —susurré, besándola de nuevo—. Quiero demostrarte cuánto. ¿Te parece bien? —pregunté por fin.

Gabrielle asintió con la cabeza y la levanté en brazos sin dificultad al alzarme y salir de la bañera. Nos turnamos para secarnos la una a la otra y luego volví a coger a la mujer menuda en brazos.

—Xena —dijo riendo—, puedo andar.

—Sí, pero esto da mucho más gusto —contesté con una sonrisa de medio lado.

—Mmmm, sí que lo da —replicó, pegando inmediatamente los labios a mi cuello.

Deposité a Gabrielle en la gran cama y me tendí cuan larga era a su lado, acariciándole la piel con los dedos, pasando por todo su hermoso cuerpo, deteniéndome para excitar y acariciar las zonas que sabía que le daban placer. Gabrielle arqueó el cuerpo con las caricias, cerrando los ojos, confiándome su placer por una vez. Cuando bajé la cabeza para rozar sus labios con los míos, pegué mi cuerpo a ella y empecé a preguntarme para quién era este placer.

—Por los dioses, qué maravillosa eres. —Continué acariciándola despacio, dejando que mis dedos fueran bajando.

Mis labios recorrieron su mandíbula, bajaron por su cuello y regresaron a su oreja, donde mordisqueé y chupé un lóbulo perfecto. Deslicé la mano por sus costillas, le cogí el pecho por debajo y pasé el pulgar por encima de su pezón, cuya carne se endureció rápidamente con la leve caricia.

—Xena... —dijo con un suspiro jadeante, y me llené de emoción al oír mi nombre pronunciado con un tono lo más parecido a un gemido que había emitido Gabrielle jamás.

Coloqué mi cuerpo encima del de Gabrielle, acomodando mi peso encima, pero apoyando la mayor parte de dicho peso en los codos y los brazos. Gabrielle arqueó el cuerpo para pegarse a mí y gemí en voz alta por las dos. Una vez más, bajé la cabeza y para tomar los labios de Gabrielle con los míos, recreándome en el sabor de la joven. Deslicé despacio la lengua por el labio inferior de la mujer: una simple promesa de los placeres que podía ofrecerle con esa lengua. Cuando me aparté, Gabrielle subió las manos, las enredó en mi pelo mojado y me atrajo para besarme otra vez con pasión.

—Ah, ah, ah... —Sonreí, soltándome del abrazo de la mujer menuda. Gabrielle se quedó confusa hasta que le coloqué los brazos por encima de la cabeza, evitando con cuidado la zona herida, y le hice sujetar el cabecero de madera con los dedos—. Recuerda, amor... si te sueltas, paro. —Le sonreí.

Sonrió y bajé por su cuello, usando los labios, la lengua e incluso los dientes para avanzar por su garganta. No pude evitar sentirme satisfecha al notar lo rápido que le latía el pulso.

—Quiero que todo el mundo sepa que me perteneces —gruñí, y me metí la tierna carne en la boca, chupando largo rato con fuerza.

Gabrielle empezó a jadear.

—¡Oh, dioses, sí! —exclamó.

El sonido de la pasión de Gabrielle nos sorprendió a ambas. Le sonreí.

—¿Debo entender que te gusta?

Asintió, con la cara sonrojada por una mezcla de deseo y vergüenza.

Empecé a excitarla delicadamente, pasándole los dedos por los pezones erectos. Le besé el pecho alrededor de la punta endurecida, tocándole la carne prieta únicamente con mi cálido aliento.

—Xena... —Gabrielle se agitaba bajo mis caricias.

—¿Es esto lo que quieres, amor? —pregunté.

Sin esperar respuesta, me metí uno de los pezones endurecidos en la boca y lo chupé, primero despacio, acariciando la sensible carne con la lengua, y luego chupando con firmeza. Gabrielle gimoteó levemente, pues no estaba acostumbrada a expresarse verbalmente. Por los dioses, podría correrme sólo de escuchar los ruidos maravillosos que estaba haciendo. Antes de pasar al otro pecho, subí y me acerqué a su boca, donde deposité un tierno beso.

—Puedes hacer todo el ruido que quieras, amor —le aseguré.

Me tomó la palabra cuando empleé la rodilla para separarle las piernas delicadamente y pegué mi muslo a la cálida humedad que había allí.

—¡Dioses, Xena! —gimió.

—Qué mojada estás —contesté—. Por los dioses, ¿sabes el gusto que me da?

Fui bajando, deslizando la boca y la lengua por la superficie plana del estómago de Gabrielle, cuya piel satinada se tensaba y relajaba por la expectación. Le separé más las piernas apretándole la parte interna de los muslos con la mano, y acomodé los hombros entre ellas. Inhalé profundamente, dejé que se me hiciera la boca agua por el aroma embriagador de la pasión de Gabrielle y moví la cabeza, primero a la derecha, luego a la izquierda, besando la parte interna de los muslos de Gabrielle. Mi propio cuerpo temblaba de deliciosa expectación ante la idea de saborear por fin este regalo que para mí valía más que el tesoro sumerio.

Puse las manos bajo las caderas de Gabrielle, atrayéndola hacia mi boca ansiosa. Pasé la lengua por todo su sexo y noté cómo se le estremecía el cuerpo al tiempo que sus manos aferraban la barra de madera de debajo del cabecero con más fuerza.

Gabrielle abrió más las piernas para animarme y ya no pude contenerme más: hundí la lengua en esa dulzura. Las caderas de Gabrielle se levantaron inmediatamente para pegarse a mi lengua. Dejé que moviera las caderas contra mi boca por unos instantes y luego la bajé con delicadeza hacia la cama, abierta de par en par para mi placer, y también el suyo.

Dejé que mi lengua se moviera explorando los delicados pliegues y me regodeé en los gemidos constantes de placer que soltaba Gabrielle. Me recreé en sus texturas y su sabor y noté que sus caderas empezaban a moverse siguiendo su propio ritmo. Me di cuenta de que mis propias caderas se mecían contra el colchón y gemí sobre la suave carne húmeda que tenía en la boca cuando mi clítoris rozó la sábana de seda.

Empecé a acariciarle suavemente la protuberancia oculta, ahora hinchada de necesidad. Noté que el cuerpo de Gabrielle empezaba a temblar descontroladamente, que abría más las piernas y que los músculos de sus muslos se estiraban cargados de tensión. Metí un dedo y luego dos, penetrando sin parar las profundidades empapadas de Gabrielle, sin dejar de mover la lengua sobre su centro.

—Dioses, por favor... más... —exclamó jadeante.

Controlé férreamente los deseos de mi propio cuerpo y noté un calambre en los músculos abdominales, por el esfuerzo de evitar la explosión que notaba inminente. Penetré a Gabrielle con tres dedos y ella intentó empujar con todo su cuerpo contra mí, para alcanzar el orgasmo.

Por fin noté cómo arqueaba la espalda y la rodeé con un brazo fuerte para controlar sus caderas, hundiendo más la cara y chupando con fuerza, al tiempo que mi lengua se movía rápidamente sobre el clítoris hinchado.

Gabrielle gritó mi nombre una y otra vez cuando las olas del orgasmo cayeron sobre ella y se contrajo sobre los dedos que tenía dentro de ella, al tiempo que el cuerpo de la joven se estremecía convulsivamente cuando un segundo orgasmo estalló rápidamente en su interior. No tardé nada en alcanzar mi propio orgasmo al oír a Gabrielle gritar de pasión por primera vez. Las dos nos derrumbamos cuando los últimos vestigios de energía desaparecieron de nuestros agotados músculos.

Mientras Gabrielle yacía exhausta, por fin subí y la besé con ternura, abrazándola. Gabrielle me acarició el cuello con la nariz, al parecer incapaz de hablar. Lo intentó un par de veces, pero acabó por rendirse.

Me reí suavemente, echando la sábana por encima de las dos.

—Lo sé, amor mío... lo sé —dije en respuesta a la emoción que no lograba expresar.

La puse más cómoda y sonreí y di gracias a los dioses que aún pudieran seguir en mi vida cuando oí la voz adormilada de Gabrielle susurrar sobre mi pecho:

—Te quiero, Xena.


PARTE 16


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