Capítulo 12: Ama, mía


Me metí en la humeante agua del baño, con una mueca de dolor por el escozor que el agua caliente me causó en la delicada entrepierna. Me moví un poco, tratando de ponerme cómoda, pues los arañazos que me cubrían el trasero también me escocían por el agua caliente.

—Por los dioses, esta chica va a acabar conmigo.

Era sin duda un dolor placentero, como indicaba mi sonrisa. Me recliné en el agua cálida, repasando mentalmente los acontecimientos de la noche anterior, y un leve estremecimiento me sacudió el cuerpo. El temblor no llamaba a engaño: se debía al mero recuerdo de cómo habíamos hecho el amor la noche antes. Mi sonrisa se hizo más amplia.

Entreabrí un ojo al oír movimiento en la otra habitación. Sylla entró en la sala del baño, agachándose una y otra vez para recoger el reguero de ropa tirada por el suelo de baldosas.

—Veo que tu Gabrielle sigue dormida —comentó Sylla.

Enarqué una ceja, pero continué con los ojos cerrados.

—¿Y eso cómo lo sabes?

—Porque esa muchacha es ordenadísima. Siempre he sospechado que iba recogiendo detrás de ti. Si se te deja a tu aire, parece que aquí vive un cuartel entero de soldados —refunfuñó mi doncella con humor.

Abrí los ojos y no pude contener la carcajada que se me escapó.

—Sylla, si no fuera tan desastrosa, ¿cómo te ganarías la vida?

—Muy cierto, Señora Conquistadora, muy cierto —reconoció, y siguió recogiendo mi ropa sucia, que metió en un cesto.

Volví a recostarme en el agua, cerrando los ojos de nuevo. Noté que mi doncella se había detenido y estaba esperando en la entrada de la habitación. Volví a entreabrir el ojo en cuestión y vi que Sylla se reía de mí en silencio.

—¿Qué? —pregunté con toda la inocencia que pude.

—Perdóname, Señora Conquistadora, pero ¿me permites que te indique que la gente sabría menos de lo que haces en la intimidad de tus aposentos si intentaras controlar un poquito esa sonrisa? —dijo Sylla, con la cara iluminada por su propia sonrisa pícara.

Cogí una esponja y fingí lanzársela a la mujer más joven.

—¡Fuera! —vociferé, riendo cuando ella se deslizó por las puertas dobles, cerrándolas a su paso.

Pero tenía razón y me di cuenta de que debía de parecer de nuevo ese torpe escolar, con esa sonrisa de idiota. Lo intenté, pero sólo conseguí reducirla a una desquiciante sonrisita muy ufana. Se me volvieron a cerrar los ojos y pasaron unos momentos hasta que oí que las puertas se abrían de nuevo.

—¡Por los dioses, mujer! ¿Has vuelto para oírlo de mis propios labios? ¡Pues sí, anoche eché un polvo! —le dije exasperada a mi doncella.

—La verdad es que eso lo sé ya, más bien... mi señora —me llegó la voz suave y risueña de Gabrielle.

Me incorporé bruscamente, volví la cabeza y vi a Gabrielle plantada ante el cabecero de la bañera. Llevaba sólo la bata, pero ya se había peinado y se había recogido el pelo para apartárselo de la cara. Nunca me había ruborizado por bochorno, vergüenza o pudor, pero en este mismo instante, noté que se me estaba poniendo la piel como un tomate.

—Yo... mm... creía... creía que eras Sylla —respondí débilmente.

—Ya. He venido para ver si querías que te frotara la espalda... ¿tal vez que te lave el pelo?

—Sí, por favor —contesté, agradeciendo que no echara sal en la herida de mi humillación—. Me gustaría.

Mi bella y joven esclava procedió a lavarme el pelo y luego enjabonó con cuidado una esponja, dispuesta a frotarme la espalda. Cuando Gabrielle me apartó con ternura el pelo de un hombro, oí una leve exclamación sofocada.

—Lo siento, perdóname, mi señora —dijo con cierta preocupación.

Volví la cabeza y seguí su mirada hasta mis hombros y los ligeros arañazos que había en ellos. Entonces levanté la mirada y vi su expresión de miedo: no, en los ojos de Gabrielle había literalmente terror.

—Gabrielle... pequeña, tranquila. —Me di la vuelta, le quité la esponja, le cogí la mano y le acaricié el dorso con el pulgar.

Tardó unos segundos en mirarme a los ojos con mirada vacilante.

—Llevo mis cicatrices de combate con orgullo... especialmente éstas. —Le guiñé un ojo, deposité la esponja en sus manos y volví a presentarle la espalda. Supe que mi broma la había tranquilizado en cuanto sentí sus manos sobre mi piel.

Estuvimos un rato charlando de naderías hasta que por fin logré engatusar a Gabrielle para que se metiera en la bañera. Cuando le di el mismo tratamiento que me acababa de dar ella a mí, se volvió y se puso a darme un masaje en el cuello y los hombros, con cuidado de no tocar los arañazos. La sensación era increíble y algunos músculos que llevaba estaciones sin usar gritaron de alivio.

—¿Mi señora?

—¿Mmmm?

—¿Te acuerdas de que te hablé de la madre de Petra... Anya? Me estaba preguntando, mi señora...

Mis sentidos se pusieron alerta, pero obligué al resto de mi cuerpo a no traicionarme. Tenía la curiosísima sensación de que se me estaba tendiendo una especie de trampa. Ahora bien, ser el objetivo de triquiñuelas femeninas no era precisamente algo nuevo para mí, pero ser la receptora, al tiempo que Gabrielle era la instigadora... eso sí que era diferente. Me sonreí y en silencio animé a la muchacha a continuar. Vamos, pequeña... a ver cómo lo haces.

—Sí... ¿qué te preguntabas, Gabrielle?

—Pues... todavía no se ha recuperado del todo de su reciente enfermedad y tiene tres niños pequeños. Petra la ayudaría más, pero trabaja de mensajero en palacio y...

—¿Cómo le va al niño, por cierto? —interrumpí. Ahora ya sabía por dónde iba la cosa. Gabrielle se había hecho amiga de la madre del niño y me iba a pedir que se quedaran en el castillo. Muy transparente, pero Gabrielle seguramente no tenía mucha experiencia con la estrategia y el subterfugio.

—Oh, Petra está muy bien y muy sano, mi señora. Trabaja bien y se ha convertido en uno de los mensajeros preferidos del castillo. El capitán Atrius dice que Petra promete como soldado, tal vez incluso como oficial.

Gabrielle seguía dándome el masaje mientras hablaba, pero uno de sus comentarios me llamó la atención, más que los otros.

—¿Cuándo ha dicho eso Atrius? —pregunté con aire inocente. ¿Cuándo Hades había hablado Gabrielle con el capitán de mi ejército?

—Ayer, mi señora, hablé con él cuando vino a ver a An... —La voz de Gabrielle se detuvo a media sílaba.

Noté que se le quedaba el cuerpo paralizado, y cuando me volví para mirar a la muchacha a la cara, alzó la mano para taparse la boca, que seguía abierta por la sorpresa. Apartó inmediatamente los ojos de mi mirada y un silencio plomizo flotó en el aire entre las dos.

—Gabrielle... —Hice una pausa, pero mi esclava se negó a levantar la cabeza—. Gabrielle, ¿me estás ocultando algo?

—Sí, mi señora —contestó derrotada—. No he hecho nada malo, te lo juro, mi señora, pero prometí que...

Volvió a cerrar la boca, pero yo ya sabía de qué se trataba. Una de las razones por las que los esclavos, especialmente la esclava corporal del amo, tienen pocos amigos o ninguno es justamente ésta. A los esclavos no se les permite tener secretos. Cualquier persona, esclava o no, sabía que si se confiaba a la esclava del amo, su secreto no tardaría en ser conocido.

Como siempre que pensaba en la vida que había soportado mi joven esclava, se me dilató el corazón y sentí un dolor espantoso en el pecho. Alargué la mano y le subí la barbilla, observando la tensión de los músculos de su mandíbula mientras se obligaba a no derramar las lágrimas que le llenaban los ojos.

—Pequeña, ¿le has prometido a alguien guardar una confidencia? —pregunté con intención.

Asintió con la cabeza, cosa poco propia de ella, pues al parecer era incapaz de contestar. No pude evitar sonreír levemente.

—Pues no podemos consentir que rompas tu promesa, ¿verdad? A fin de cuentas, ¿cómo quedaría eso... que la mujer que me pertenece rompe su palabra? Creo que eso me haría quedar mal a mí. ¿No estás de acuerdo? —respondí con ternura, con cuidado, como siempre, de no decir mi esclava.

Cuando Gabrielle alzó por fin los ojos para encontrarse con los míos, vi que se animaba al advertir lo que esperaba que viera en ellos. Por los dioses, me pregunto si ya sabía que no podía negarle nada.

—Gracias, mi señora. —Gabrielle me lanzó los brazos al cuello, pegando nuestros cuerpos.

Mis propios brazos la estrecharon con naturalidad y cerré los ojos con dulce placer por la sensación que me producía pegada a mí. Abrí los ojos de golpe cuando sentí sus labios en mi cuello y su lengua y sus dientes me mordisquearon de repente un sensible lóbulo.

—Ah, no, ni hablar —dije riendo y estirando los brazos para apartarla de mi cuerpo. Esa intensidad incendiaria ardía una vez más en esos ojos de esmeralda y me di cuenta de que la pequeña rubia se disponía a darme las gracias como sólo ella podía. Me miró con expresión coqueta y me reí aún más. Estrechándola de nuevo contra mí, le susurré al oído—: Si dejo que me tomes como lo hiciste anoche, no podré montar a caballo durante una semana. —Luego besé el borde de la orejita y noté que la mujer menuda me abrazaba con fuerza.

Cuando quise jugar con la oreja dándole otro beso delicado, la risa cantarina de Gabrielle resonó por el aire, llenando por completo mis sentidos. Todavía no sé por qué, pero su risa era un afrodisíaco más potente para mí que sus besos provocativos. Por un instante, estuve a punto de decir: Al Tártaro con los caballos. Nada me parecía más importante que estar con Gabrielle. Era un sacrificio inmenso, y con muchísimo esfuerzo, aparté a la muchacha, sin dejar de gritar mentalmente: ¡Por los dioses, tómame, mujer!

—Venga, fuera —dije, riendo de nuevo al ver que la cara de Gabrielle formaba algo parecido a un puchero.

No cabía la menor duda... esta muchacha iba a acabar conmigo.


Terminé de vestirme y me calcé por fin las botas, mientras Gabrielle estaba sentada ante la mesa donde comíamos, sirviendo una taza de té caliente para cada una. Conversamos un poco durante el desayuno. Le conté a Gabrielle lo que iba a hacer ese día y ella me dijo que Anya iba a darle otra lección de costura. A mí se me había olvidado por completo el comienzo de nuestra anterior conversación.

Estaba tragándome lo que me quedaba de té, preparándome para ceñirme la espada al cinto, cuando capté lo que decía Gabrielle.

—Seguramente va a ser la última vez que Anya pueda enseñarme, al menos durante un tiempo. El trabajo que hace es duro y como aún se está recuperando de su enfermedad... no quiero quitarle tiempo.

—¿En qué trabaja? —pregunté, cayendo directa en la trampa sin darme cuenta siquiera de que ahí estaba, preparada para mí.

—Trabaja en la lavandería de palacio, mi señora —contestó Gabrielle. En su rostro no se percibía en absoluto el menor atisbo de manipulación.

—¿Qué? —Me volví de cara a Gabrielle—. ¿Me estás diciendo que la mujer que fue aprendiza de Messalina trabaja en mi lavandería? ¡Es una locura! —grité.

—¿Tal vez a ti se te ocurre algo más adecuado para ella, mi señora? —preguntó Gabrielle con aire inocente.

—Ya lo creo. Sería mucho más útil trabajando como costurera para mí que como lavandera —repliqué.

—Una idea excelente, mi señora —dijo Gabrielle sonriéndome.

Me quedé paralizada. ¿Qué otra cosa podía hacer al darme cuenta de que acababa de ser manipulada como una cuerda de la lira de Terpsícore? Por las tetas de Hera, qué buena es esta chica.

Le di la espalda, crucé la habitación y me detuve ante una pesada mesa de mármol que usaba para jugar a los Hombres del Rey. No me llegaba más que a las rodillas y no era muy grande: era cuadrada con un diseño geométrico incrustado en la superficie. Hicieron falta tres hombres para traerla hasta aquí, pero ya rara vez tenía a alguien con quien jugar.

—Gabrielle, ven aquí —ordené, y la joven apareció al instante a mi lado. Sin mirarla siquiera, solté un ligero suspiro de derrota y continué—. Gabrielle, ¿alguna vez has jugado a los Hombres del Rey? —pregunté, cogiendo una de las piezas del juego. Eran todas trozos de jade tallados con diversas formas, guerreros, centauros y caballos, divididos en dos conjuntos iguales, uno de jade verde y el otro de jade lavanda.

Examiné con aire indiferente la pieza que tenía en la mano y por fin posé la vista en el rostro confuso de mi esclava.

—No, mi señora —contestó.

—Esta noche empezaré a enseñarte los movimientos y luego pasaremos a los matices del juego. Tengo la curiosa sensación, pequeña, de que vas a ser magnífica. —Volví a colocar la pieza en la mesa y me quedé mirando a la joven, con una sonrisa sardónica.

—¿Por qué tienes esa sensación, mi señora?

—Porque, —bajé la voz y me agaché hasta pegar casi mi nariz a la suya—, requiere astucia y estrategia, dos cualidades que creo que posees en abundancia. —Dicho lo cual, cubrí la distancia que quedaba y besé a la muchacha en la punta de la nariz. Le sonreí y Gabrielle agachó la cabeza para ocultar su sonrisa.

Volví a subirle la cabeza con ayuda de dos dedos bajo la barbilla. Nos miramos a los ojos y quise que Gabrielle supiera que esta vez podía haberme vencido, pero que yo sabía que me había manipulado. Mientras contemplaba esos exuberantes ojos verdes, creo que Gabrielle comprendió que lo sabía.

Me agaché y deposité un beso en la coronilla de esa cabeza rubia.

—Gabrielle... te has convertido sin duda en una digna adversaria.

Gracias a los dioses que la muchacha tuvo al menos la decencia de mirarme con expresión mortificada.


Me apoyé en la pared de piedra del pasillo, escuchando su risa tras la puerta de madera que tenía enfrente. Podría haberlo dejado pasar, pero había adivinado sin dificultad el secreto que guardaba Gabrielle, y aunque estaba implicado un amigo de confianza, no quería que nadie de mi palacio pensara que podía librarse por completo de mi atención. De modo que esperé pacientemente fuera de los aposentos de Anya, aguardando el momento oportuno.

Las hijas de Anya se estaban convirtiendo en las mascotas de palacio, sin duda alguna. Creo que los niños siempre han sido mi debilidad... Bueno, y también las rubias menudas, pensé con una sonrisa. Con el paso de los años, había permitido que los niños se tomaran unas libertades en mi presencia que a pocas personas había concedido jamás. Me reí por lo bajo al recordar lo que había ocurrido esa misma mañana.

Después de dejar a Gabrielle en mis habitaciones, me dirigí a la gran sala pública de palacio. Había llegado a detestar este sitio y me había jurado que esta estación iba a esforzarme más para cambiar su aspecto. Se trata de la gran sala donde el público se reúne para verme tomar decisiones sobre los asuntos del reino. La única razón auténtica por la que detesto esa sala es porque fue decorada en una época en que estaba bastante pagada de mí misma. Todo estaba dispuesto para darme el aire de una soberana poderosa. Tras veintitantas estaciones como Conquistadora, había aprendido que las apariencias son lo último que hace poderoso a un gobernante. Ah, ¿por qué estas lecciones sólo se aprenden con la edad?

La sala contaba con una tarima, sobre la cual se alzaba un trono muy historiado. En estaciones anteriores, me gustaba la imagen que aquello creaba. Sin embargo, al cumplir los cuarenta, hice que se llevaran esa monstruosidad de trono y la quemaran. Ordené que instalaran una de las butacas más cómodas de mis aposentos privados, lejos de la tarima, debo añadir, y concedía audiencias desde allí. Era más informal y menos amenazador para los campesinos sin educación que a menudo recorrían grandes distancias para presentarme una petición. Actualmente, no era inusual ver niños corriendo por la sala o escondidos tras las faldas de sus madres. Tal vez por eso las dos niñas de Anya escaparon tan fácilmente a la atención de los guardias.

Demetri, mi administrador, a quien últimamente tenía muy vigilado, no paraba de hablar con tono monocorde sobre una petición relacionada con un grupo de esclavos que se habían amotinado a bordo de un barco que viajaba de Anfípolis a Corinto. Algunas personas aseguraban que algunos de esos esclavos eran ciudadanos libres capturados ilegalmente. Como sabía que Demetri estaba implicado aquí en Corinto con los tratantes ilegales, no me sorprendió que fuera él el portavoz de los dueños del barco de mi ciudad natal.

A mi administrador se le desorbitaron de repente los ojos, y perdí el hilo de mis reflexiones sobre por qué había declarado ilegal matar a idiotas como éste. Me parecía que así se resolverían muchísimos problemas. Bajé la mirada, sorprendida al ver a las dos niñas de Anya pegadas a mis rodillas, sonriendo de oreja a oreja y tirándome de las perneras del pantalón.

Se hizo un largo y profundo silencio en toda la gran sala y vi que algunos esperaban atemorizados para ver qué iba a hacer a continuación. Mi temperamento todavía me precedía y, en justicia, la mayor parte del público no había tenido oportunidad de ver cómo había cambiado en las últimas estaciones. Al mirar a estas preciosas niñas, sin embargo, ni se me pasó por la cabeza regañarlas. Sus sonrisas confiadas eran tan balsámicas para el alma de esta vieja guerrera como las que recibía de Gabrielle.

—Te conocemos —dijo la niña mayor, con una sonrisa radiante.

Detuve con un gesto al guardia que había corrido a intervenir y me subí a las niñas al regazo. Pobre Demetri. La cara que se le puso, cuando le dije que continuara, no tuvo precio. Estaba tan distraído por las niñas, que se agitaban, reían y lo señalaban, que empezó a tartamudear. Por mi parte, debo confesar que estaba sorprendida por mi propia reacción. Recuerdo claramente el terror absoluto que había sentido la primera vez ante la idea de estar cerca de estos tesoritos. Ahora, no sólo no tenía miedo, sino que apenas me daba cuenta de que una niña me tiraba suavemente del pelo y la otra jugaba con los cordones de mi camisa. Entretanto, escuchaba atentamente la monótona diatriba de Demetri sobre la esclavitud y la ley de Grecia.

Una de las niñas se puso a clavarme el dedo en las costillas y dio con un punto donde tenía muchas cosquillas, lo cual me hizo soltar una carcajada, que disimulé fingiendo carraspear. Agarré las manos que me atacaban, pero ahora aquello era un juego para la niña. Dándome cuenta rápidamente de que empezaba a tener un aspecto muy poco regio en mi actual situación, di por concluida la sesión de la mañana.

—Libera a los esclavos y devuelve el barco a sus dueños —interrumpí.

—Señora Conquistadora, sin duda...

—¿Qué parte de mi orden no te ha quedado clara? —le pregunté a Demetri, levantándome de la butaca y haciéndoles un gesto a las niñas para que se quedaran donde estaban. Las dos se callaron al instante y se quedaron sentadas obedientemente en la butaca que yo acababa de dejar.

—Pero son esclavos, Señora Conquistadora... y los dueños del barco...

—El tema de su esclavitud parece estar en entredicho —dije bruscamente, avanzando hasta plantarme delante del hombre. Reconozco que siempre disfruto haciendo estas cosas. Era casi una cabeza más alta que cualquiera de los hombres de mi corte y de vez en cuando, la intimidación física era lo único que comprendían hombres como éste—. Libera a todos y cada uno de los esclavos y dales diez talentos de plata del tesoro de palacio. Devuelve el barco a sus dueños y se acabó.

—Pero, Señora Conquistadora, sin duda los dueños del barco merecen también una compensación —dijo Demetri con tono quejumbroso.

Ya me había dado la vuelta para marcharme, pero volví a colocarme delante de él, para amedrentarlo, y bufé con tono grave:

—Su compensación es que les devuelvo el barco sin apropiarme de él. Además de que no voy a enviar a una unidad de soldados para arrestarlos a todos por comercio ilegal de esclavos. Hemos terminado. Escucharé más peticiones esta tarde —dije, dándome la vuelta.

Volví con las niñas, las cogí rápidamente en brazos y me las llevé de la gran sala. Sus risas se oían por los pasillos, y gocé muchísimo con las miradas de asombro que iba recibiendo.


—Hola, Atrius. —Sonreí al ver la cara de sorpresa total de mi capitán cuando cerró la puerta de las habitaciones de Anya.

—Señora Conquistadora. —Inclinó la cabeza, con una fugaz sonrisa preocupada—. ¿Así que tu Gabrielle te lo ha acabado diciendo?

—¿Gabrielle? —pregunté sorprendida, para proteger a mi joven esclava—. No, la verdad. Verás, es que no paraba de preguntarme por qué fuiste el primero en aparecer esa noche en que le pegué una paliza a aquel joven teniente. Empecé a atar cabos y me di cuenta de que tendrías que haber estado aquí por alguna razón. No es propio de ti recorrer los pasillos de palacio sin un motivo. Entonces caí en la cuenta de que, efectivamente, podías tener un propósito... aquí, en las habitaciones que están debajo de las mías.

—En ningún caso pretendía faltar al respeto a la señora Anya ni a ti, Señora Conquistadora —dijo Atrius secamente. Me di cuenta de que se estaba preguntando si se había metido de verdad en un lío o no.

Me aparté de la pared donde había estado apoyada. Pegándole una palmada al soldado en la espalda, me eché a reír.

—Vamos, amigo mío. Vamos a beber algo, ¿te parece? —dije, y guié a Atrius escaleras arriba hacia mi propio estudio.


—Bueno, ¿y cuándo empezó todo esto? —le pregunté a Atrius, mientras servía unas copiosas copas de oporto.

Atrius meneó la cabeza y me identifiqué totalmente con su expresión. Su cara me decía que también él se hacía esa misma pregunta.

—Fui allí para acompañar a Petra después de enseñarle la zona de los mensajeros aquel primer día. La vi, tan pequeña y débil, y... bueno, no sé ni cómo explicar lo que sentí.

Crucé la habitación, le pasé al capitán una de las pesadas copas de plata y me quedé allí plantada mientras reflexionaba sobre su respuesta. Sí, comprendía perfectamente sus sentimientos. Al parecer, yo misma había caído víctima de la misma dolencia mientras me alojaba en un castillo de Ambracia, cuando me quedé mirando a una pequeña esclava con los pies descalzos. Sacudí físicamente la cabeza para regresar al presente.

—Bueno, querido capitán —empecé—, en vista de que Anya vive aquí bajo mi protección, considero mi deber asegurarme de que su reputación no se ve mancillada. ¿Qué intenciones tienes hacia esa mujer? —pregunté, pero cuando vi que Atrius empezaba a irritarse, me di cuenta de que no había captado la broma.

—No he hecho nada que pueda poner el honor de la mujer en entredicho, Señora Conquistadora —dijo entre dientes, levantándose de la silla.

—Calma, amigo mío. —Le puse una mano en el hombro y lo empujé de nuevo a la silla—. Lo decía en broma, Atrius. —Sonreí al hombre.

El capitán sonrió entonces, meneando la cabeza. Por fin, un silencio pesado flotó entre los dos, y cuando lo miré, él tenía la vista clavada en mí.

—Has cambiado mucho, Señora Conquistadora.

—¿Para bien o para mal? —respondí riendo levemente.

—Es para bien... para mucho bien. Cuando te conocí, fue tu habilidad como guerrera lo que me llevó a luchar a tu lado. Tras casi veinte estaciones, he sido testigo de lo mejor y lo peor de ti, pero siempre he estado dispuesto a morir con una espada en la mano por tus ideales. Estaba presente en la época en que la gente te llamaba Leona y siempre he creído en ti y en las razones por las que luchabas para que Grecia siguiera siendo nuestra. No tengo inconveniente en pedir ayuda y he rezado a Atenea, en más de una ocasión, para que algún día volvieras a los ideales de la Leona. Me alegro de saber que los dioses aún escuchan las oraciones de un viejo soldado —terminó, y me volví hacia la ventana parpadeando para controlar las repentinas lágrimas.

—No estoy orgullosa de la mayor parte de mi vida, Atrius —contesté.

—No voy a intentar decirte que presentarte ante Hades vaya a ser fácil para ti, cuando llegue el momento. Me gustaría que supieras que en el curso de todo ello, te has ganado mi respeto como guerrera. En las últimas estaciones, te he visto adquirir un conocimiento de ti misma que todos agradecemos. Siempre me he sentido orgulloso de llamarte Señora Conquistadora, pero desde hace poco me alegro de llamarte también amiga.

—Gracias, Atrius. Ese nombre me honra más que cualquier otro —contesté, todavía de espaldas a él—. Dime pues, amigo —pregunté, cambiando de tema—, ¿qué sientes por esta joven, por Anya?

—Pues... bueno, supongo que la quiero —respondió Atrius algo cohibido. Lo comprendí, ¿pero a quién más iba a preguntarle una cosa así?

—¿Y ella siente lo mismo por ti?

—Eso creo, Señora Conquistadora. La verdad es que nunca nos lo hemos dicho, pero... bueno, ya sabes cómo es... es como una sensación.

Quise decirle a Atrius que no sabía cómo era, que por eso estaba aquí plantada, sin duda con aspecto de idiota, preguntándole a un soldado cosas sobre el amor. Lo último que me hacía falta o quería era quedar como una imbécil. Me pregunté si valía la pena intentar dilucidar qué era lo que sentía por mi joven esclava. No era posible que una bella joven se fuera a enamorar de la Conquistadora del mundo conocido, ¿verdad? Además, lo que yo sentía por Gabrielle no era amor, ¿verdad? Sólo habría una forma de averiguarlo. Tenía que decidir si una relación con Gabrielle, por ridículo que sonara, merecía pasar por una leve humillación.

Me volví y coloqué una silla pequeña delante del hombre sentado. Le di la vuelta y me puse a horcajadas en el asiento, apoyando los brazos en el respaldo de la silla, delante de mí. Abrí la boca para hablar, antes de acobardarme y salir huyendo.

—Atrius, ¿cómo lo sabes?

—¿Saber qué, Señora Conquistadora?

—Si lo que sientes... si lo que ella siente... o sea, ¿si es de verdad amor? —Ya era tarde para retroceder, la pregunta había quedado planteada, y por ello lo miré con firme determinación, con la esperanza de que fuera lo bastante listo para no obligarme a darle explicaciones.

Por fin, la luz de la comprensión iluminó sus ojos marrones y asintió con la cabeza, al tiempo que sus labios esbozaban una leve sonrisa de entendimiento.

—Ya veo —dijo por fin. La importancia de las personas implicadas había acabado por hacer mella en él—. No es muy fácil de explicar, es por lo que siento cuando estoy con ella, pero más que eso, es por lo que siento cuando no está a mi lado. Si está lejos de mí, me preocupo por ella, y cuando está conmigo, me preocupa hacer algo estúpido delante de ella. Es por la especie de dolor que siento cuando espero todo el día para verla y entonces, en el instante en que estoy con ella, el dolor continúa porque sé que dentro de poco tendré que dejarla. Es por saber que todo lo que dice o hace me resulta fascinante. Es porque tengo que recordarme a mí mismo que debo respirar cuando me sonríe. Sobre todo, —Atrius tomó aliento por fin y advertí que sus ojos adoptaban una expresión tierna al hablar de Anya—, es por saber que seguramente quedaré como un cretino absoluto, delante de ella, pero que no se dará cuenta y, si se da cuenta, puedes estar segura de que no le dará importancia. Ya sé que nada de esto es muy concreto, pero el único modo en que puedo expresarlo es que ella me completa.

Justo cuando terminaba de expresarse de una forma que no era nada propia de un soldado endurecido por el combate, oí chillidos seguidos de carcajadas que llegaban de fuera. Me levanté, fui al balcón que daba a mis jardines y me quedé mirando mientras Gabrielle le tapaba las piernas a Anya con una manta pequeña, pues la mujer ligeramente mayor estaba sentada en uno de los bancos de piedra. La joven esclava se volvió entonces y se lanzó sobre una de las niñas, la levantó en volandas y se puso a dar vueltas acompañada de las carcajadas de deleite de la pequeñina.

Ésta era la más pequeña, la que siempre se las arreglaba para encontrarme, como hizo una vez más. Cuando señaló con un dedo regordete hacia el balcón abierto, Gabrielle alzó los ojos y se encontró con los míos. Sonrió y me descubrí, tal y como había predicho Atrius, recordándome a mí misma que debía respirar. La niña me saludó agitando la mano alegremente y no pude evitar agitar los dedos para saludar a mi vez, y entonces me detuve en seco y miré a mi alrededor, cohibida, para ver si había alguien mirando. Carraspeé e intenté parecer severa una vez más, pero creo que las mujeres de debajo comprendieron que era todo fachada.

Gabrielle besó una mejilla regordeta y la niña se soltó de sus brazos y se adentró corriendo por el laberinto de senderos de piedra que serpenteaban por el bello jardín. No sé si esas flores habían oído risas alguna vez antes de ahora, y menos la risa de un niño. Nunca se permitía a nadie la entrada a mis jardines privados, pero dado que Gabrielle tenía libertad para moverse por toda la zona, los guardias sabían que no les convenía negarles el paso a ella y a sus nuevas amigas.

En cuanto la pequeña rubia soltó a la risueña niña, Gabrielle levantó la cabeza para mirarme de nuevo. Con esa sola mirada, todo lo que Atrius acababa de decir cobró sentido completo.

¿Es eso lo que siento, pequeña? ¿Es por eso por lo que me preocupo cuando no estás conmigo y me siento cautivada por tu encanto inocente e involuntario? ¿Es cierto? ¿Estoy sintiendo algo que Xena la Conquistadora pensaba que nunca sería para ella?

El contacto de nuestros ojos no duró más que unos segundos, pero para mí fue como una eternidad. Al contemplar esos ojos en los que siempre parecía haber algo más que lo que el resto del mundo veía, reconocí la verdad. Gabrielle, tú me completas.


Hacia el final de la tarde, todas las audiencias del día se habían agotado, lo mismo que yo. Busqué a Gabrielle y, al no dar con ella, le pregunté a uno de los guardias que estaban apostados en esta planta del palacio.

—Está ayudando en la escuela, Señora Conquistadora —contestó.

—No sabía que tuviéramos una escuela —respondí algo confusa.

—La organizó la señora Delia, Señora Conquistadora, y le ha pedido a tu Gabrielle que la ayude.

Me eché a reír al oír eso. Dioses, lo que me faltaba, que Gabrielle pase más tiempo con Delia. Este plan es muy propio de las dos.

Como no sabía cuándo volvería mi joven esclava conmigo, decidí dejarle una nota y sacar a Tenorio para dar un paseo relajante. Repaso ahora lo que hice y me siento intrigada. ¿Y si no hubiera decidido dejarle una nota a Gabrielle? ¿Qué habría sucedido entre nosotras si no hubiera acudido a sus habitaciones y no hubiera descubierto el pergamino, fuera de su estuche sobre su escritorio? Algunos días no paro de preguntármelo, pues aquel día, la cosa se hizo oficial. Aquel día, perdí el corazón.

Me llamo Gabrielle. Soy esclava y pertenezco a Xena la Conquistadora...

Así empezaba el pergamino, pero yo iba ya mucho más adelantada. Había leído ya más de la mitad. Estaba haciendo algo horrible, invadiendo la intimidad de mi joven esclava al leer el pergamino. Estaba totalmente enrollado, pero fuera de su estuche, como a la espera de ser terminado. Quise parar. Me regañé y me insulté a mí misma, pero no pude dejar de leer. Era como si Gabrielle estuviera hablándome por fin. Me estaba contando sus pensamientos más privados e íntimos y, como la gran criminal que soy, cedí a la llamada de la tentación.

¿Qué es lo que tiene para hacer que mis numerosos temores se derritan, como el hielo del invierno bajo el calor del sol de mediodía? ¿Por qué siento que soy mucho más que una mera esclava cuando estoy en su presencia? Una pregunta más adecuada podría ser, ¿por qué insiste en que soy más que una esclava?

Incluso cuando no la veo, noto su poderosa mirada azul sobre mí, intentando extraer mis secretos de los recovecos ocultos de mi corazón. No sabe lo que es ser esclava, pero no diré que no sabe lo que es el miedo. Yo misma la tenía por la mujer más libre de miedos que había conocido en mi vida, pero la noche en que me enseñó a defenderme, averigüé que no sólo conoce el miedo, sino que a menudo es su compañero más íntimo.

No pude, y no puedo aún, explicar lo que aquella noche supuso para mí. Me dio permiso para defenderme. ¿Me ha salvado o me ha condenado? Me ha llamado esclava una sola vez, cuando he estado en su presencia. Ahora utiliza la expresión "Me perteneces". Podría interpretarlo como la forma que tiene mi ama de afirmar su propiedad, pero siento que hay algo más. Me pregunta si le pertenezco y siento que me está preguntando mucho más que eso. A menudo, cuando hace esa pregunta, en su voz se advierte cierta tristeza, incluso inquietud.

Me ha obligado a hacer algo que me había jurado que jamás ocurriría. Me prometí a mí misma, todos los segundos de cada día, durante casi once veranos, que no lo haría, pero ha sucedido. Ha ocurrido lo impensable y no sé cómo reparar el daño, y peor aún, no sé si quiero. Se llama Xena la Conquistadora y es un nombre adecuado, ¿verdad? Ha atravesado las barreras que me he pasado la mitad de mi vida levantando y, de todas las cosas que juré que jamás ocurrirían, ella sola ha logrado provocar ésta. Me ha hecho sentir.

Mi problema es que no sé qué siento. ¿Es amistad, compasión... por los dioses, amor? ¿Cómo se ve la diferencia, si nunca se han experimentado esas emociones? El dolor y la humillación han sido mis compañeros constantes desde la primera vez en que me subieron al estrado de las subastas. ¿Qué sabe esta mujer de estas cosas, cuando nunca ha sufrido la degradación de ser poseída como ganado? ¿Cómo es posible, pues, que sepa justo lo que debe decir para calmar mis temores constantes? ¿Cómo sabe cómo tocarme, para que sienta sus caricias no sólo en la piel, sino en lo más hondo de mi alma?

No sé por qué o cómo me conoce tan bien en ocasiones. Somos muy distintas, ¿no? Cuántas preguntas hay y qué pocas respuestas. Tengo una educación mejor que más de la mitad de los habitantes de este castillo, pero hay muchas cosas que aún no he experimentado. He sido bien instruida y mis propios conocimientos son enormes, pero se me ha mantenido protegida de muchas cosas. ¿Por qué me siento totalmente a salvo en sus brazos? ¿Me engaño a mí misma al pensar que puede haber un vínculo... me atrevo a decir cariño, que está creciendo entre nosotras?

¿Sabe ella la inquietud que esto me causa? Esta mujer, que me parece omnisciente, ¿sabe que me despierto por la noche al oírla susurrar mi nombre en sueños? ¿Se da cuenta de que, cuando no mira, la contemplo y me quedo asombrada por su belleza? ¿Comprende que las suyas son las primeras caricias placenteras que he recibido en mi vida?

Anoche le di placer por segunda vez de un modo que ningún hombre o mujer me ha enseñado jamás. Era puro instinto y algo primitivo que sentía encerrado dentro de mí. Era poderoso y exigente y, aunque sé que la exitación de mi ama era grande, también lo era la mía. Eso me sorprendió y me asustó. La toqué así no sólo porque a ella le daba placer, sino también porque a mí me encantaba. En casi once estaciones, nunca he obtenido la menor satisfacción con los actos que he realizado o de los que he sido víctima. Esta mujer, sin embargo, puede susurrarme al oído y siento un calor agazapado en el vientre. Cuando me toca, me humedezco al instante y aguardo el contacto que siempre promete que no se detendrá hasta que experimente esa satisfacción.

Anoche, me quedé atrapada en ese placer, no sólo el suyo, sino también mi propio placer. Me senté a horcajadas sobre su cuerpo, pegué mi centro húmedo a su musculoso abdomen y, de repente, noté que mis propias caderas se agitaban para pegarse a su tripa. Me sentí mortificada, pues sabía que el castigo sería instantáneo, pero no lo hubo. Sus grandes manos me agarraron las caderas y se puso a guiar mis movimientos. Tiró de mí hacia abajo, pegando mi necesidad a su piel con más fuerza, y mi propia humedad hizo que me fuera más fácil deslizarme sobre esos duros músculos, cubiertos de sedosa piel. Dentro de mi cabeza, sabía que mi comportamiento no era el de una esclava, y cuando se puso a gemir y a animarme con sus palabras, supe que el suyo no era el comportamiento de un ama.

Me eché hacia delante, apoyada con las manos en la cama, y seguí agitando el cuerpo, concentrada únicamente en mi creciente necesidad. Los ruidos que hacía me atravesaban de placer y entonces noté que sus manos subían por mi cuerpo y me cogían los pechos. Pellizcó y tiró de las sensibles puntas y esto hizo que me agitara con fuerza contra ella. No tenía el menor control sobre mis actos y me sentía aterrorizada y gratificada al mismo tiempo. Cuando por fin me eché hacia atrás, gritando en silencio por el orgasmo, sentí que esos largos dedos se deslizaban dentro de mí. Antes de que mi cuerpo pudiera recuperarse, volvió a provocarme esas sensaciones una y otra vez. Su voz... dioses, qué voz. Se incorporó y me rodeó con un brazo, mientras seguía llenándome con el otro, sin parar. Me habló, con ese tono grave y seductor, diciéndome todo lo que me iba a hacer, todo lo que deseaba de mí. Eran palabras dulces, sensuales, a veces vulgares, pero el sonido, unido a la idea de que podría hacerlas realidad, me hizo caer por un precipicio del que pensé que no podría volver jamás. Lo único que pude pensar, mientras yacíamos juntas mucho después, fue que éste no era el comportamiento de un ama y su esclava, sino más bien de dos amantes.

Una noche me desperté, gritando aterrorizada por una pesadilla que no sufría desde hacía muchas estaciones. Esta gran mujer me cogió entre sus brazos y parecía angustiada de verdad, pensando que había hecho algo para desencadenar la inquietante visión. Me abrazó y me susurró cosas tiernas hasta que sentí que mi corazón recuperaba su ritmo normal. Fue entonces cuando lo supe. Una vez más, no es algo que pueda explicar con lógica, sólo una sensación que tengo. Esa noche supe que haría cualquier cosa por mí. Pasaría hambre con tal de darme de comer, sufriría el frío con tal de darme calor. También me di cuenta de que se dejaría cortar por una espada antes de dejar que me sucediera daño alguno. La otra sensación que soporto es que ella no sabe por qué siente estas cosas. Pero me pregunto, ¿las siente también? ¿Lo sabe?

Sin embargo, saber no es comprender. ¿Qué será de mí si me equivoco?

Cuando me di cuenta de que me costaba leer por la falta de luz, levanté la vista alarmada al ver que se estaba poniendo el sol. Coloqué rápidamente el pergamino en la mesa, exactamente en la misma posición en que lo había encontrado, y me dirigí en silencio a mis propios aposentos. Mientras, las manos casi me temblaban por lo que había descubierto.

Si no hubiera estado tan absorta en mis propias reflexiones, es posible que hubiera visto a la pequeña rubia que estaba acurrucada en un nicho de la escalera de piedra. Y es posible que hubiera visto algo que acabaría descubriendo sólo cuando nuestra relación estaba mucho más avanzada. De haber sido una pequeña mosca posada en la pared, habría visto cómo Gabrielle entraba sigilosamente en sus propios aposentos, encendía una vela e iba derecha a su escritorio. En sus labios se dibujó una dulce sonrisa cuando acercó el pergamino a la luz de la vela. Tras colocar de nuevo el pergamino en la mesa, se arrancó un largo pelo dorado de la cabeza. Con cuidado, la joven volvió a enrollarlo alrededor del pergamino. Justo antes de apagar la vela, por su rostro cruzó una expresión que parecía una mezcla de miedo teñido de expectación. Suspirando con determinación, la joven salió de la estancia, para llamar suavemente a la puerta del otro lado del pasillo.


PARTE 13


Volver a La Conquistadora
Ir a Novedades