Capítulo 10: Tiempo devorador, embota las garras del león


Estábamos las dos sentadas en mi cama, Gabrielle detrás de mí, desenredándome el pelo. Me resultaba extraño que le gustara hacer eso, pero al parecer así era. Lo hacía despacio y yo aguantaba sus tiernos cuidados, procurando que mi impaciencia innata no saliera a la superficie.

—¿Gabrielle?

—¿Sí, mi señora?

—Estas historias que quieres escribir en pergaminos, ¿las cuentas también en voz alta? O sea... ¿eres bardo, Gabrielle? —le pregunté a la joven. Sus manos se detuvieron, y sentí que la había ofendido o que la había obligado a pararse a pensar.

—Nunca he recibido formación como bardo, mi señora —contestó, reanudando su anterior actividad.

—Pero... ¿cuentas historias? —insistí.

—Sí, mi señora, las cuento.

Sonreí.

—Bien —contesté, doblando las piernas y colocando los codos sobre las rodillas—. Cuéntame una historia, Gabrielle. —Hubo un momento de silencio—. ¿Por favor? —añadí suavemente.

No lo veía, pero si Gabrielle era fiel a sí misma, ahora me estaría mirando con una sonrisa confusa. Cuando empezó a hablar, fue como si su voz perteneciera a otra persona. Había poder y carisma en esa voz y yo me había pasado la mayor parte de mi vida alentando a los soldados en el campo de batalla con poderosas arengas, de modo que reconocía una buena capacidad oratoria cuando la oía. Cerré los ojos y podría haber estado en una taberna, escuchando a un bardo ambulante, o incluso en un banquete, escuchando a Safo o a Eurípides.

—Había una vez un león grande y fuerte que reinaba en cierta jungla, protegiéndola de todos cuantos quisieran hacerle mal. Un día, el poderoso animal estaba cazando para cenar y un conejito marrón pegó un salto y cruzó corriendo ante el león. En cuanto el animalito vio a la inmensa bestia, no pudo seguir adelante. Su miedo lo dejó paralizado en el sitio. Hasta el pequeño conejito había oído hablar del Gran León. Era conocido como el rey de los animales y reinaba sobre todas las cosas de la jungla.

«El león se preguntó por qué el animalito no seguía corriendo. Era la primera vez que el león se daba cuenta de que podía dar miedo a otros. El caso es que el león lucía un ceño feroz la mayor parte del tiempo, debido al dolor constante que sufría. El dolor procedía de una gran espina que tenía clavada profundamente en la zarpa trasera. Llevaba allí muchas estaciones, pero por mucho que lo intentara, el animal no conseguía quitarse la espina. Por lo tanto, se había resignado a llevar una vida colmada por el recordatorio constante de una necedad que cometió cuando era un león mucho más joven.

«De modo que el animal se acercó al conejo, que seguía temblando asustado, sin poder correr. El león agitó la gran melena de un lado a otro, removió el suelo con las zarpas y hasta soltó un rugido que se oyó por toda la jungla. Sin arredrarse, el conejo siguió en su sitio.

«—Serás mi cena si no huyes —dijo el león, acercándose cojeando para sentarse delante del conejo.

«—Pero me atraparías de todas formas, majestad, así que, ¿de qué me serviría huir? —contestó el conejo.

«—¿Así que prefieres que te coma, sin defenderte siquiera?

«—Podría ofrecerte un trato, majestad —contestó el conejo rápidamente.

«El conejo no era un animal estúpido, pero era, efectivamente, uno de los más pequeños de la jungla. Su tamaño y su posición, en el mundo animal, le daban una desventaja constante. Sin embargo, había aprendido a usar su ingenio para sobrevivir.

«—¿Qué podrías ofrecerme, conejito, que no pueda arrebatarte sin más? —preguntó el león.

«—Amistad —contestó el animalito al instante—. Si me prometieras no comerme jamás, te ofrecería mi amistad a cambio.

«—¿Y de qué me puede servir esta amistad tuya? —preguntó el león, soltando una bocanada de aire caliente por encima del animalito.

«—Si fuera tu amigo, podría acabar con tu dolor quitándote la espina que tienes en la zarpa. Verás, mis dientes están hechos para tareas como ésa, mientras que los tuyos no.

«El león se lo pensó un momento. Tenía bastante hambre, pero esta cosita no iba a alimentarlo gran cosa. Sin embargo, llevaba tanto tiempo viviendo con la molesta espina que casi se había olvidado de lo que sería caminar sin el dolor constante. De modo que el gran rey asintió con su gran cabeza y se tumbó de lado, dejando que el animalito se acercara a él. El gran león observó mientras el conejito cumplía lo prometido y le quitaba la espina incrustada, agarrándola con sus fuertes dientes y tirando con todas sus fuerzas. Después, el gran animal se quedó sentado en silencio, asombrado por la confianza que mostraba el animal más pequeño.

Yo estaba muy quieta, con los ojos cerrados, inmersa en la historia que me estaba contando mi esclava. Sabía que Gabrielle no tenía la edad suficiente para conocer el período de mi vida en que me llamaban la Leona de Anfípolis, pero me parecía que la historia era una analogía de la vida que ella y yo llevábamos juntas. Tal vez estaba dándole demasiado mérito a mi pequeña esclava. Gabrielle sabía leer y siempre era posible que hubiera encontrado la referencia en un pergamino en algún momento. De repente, me di cuenta de que Gabrielle ya no me estaba cepillando el pelo, pero me pareció que la historia aún no había terminado. Tal vez pensaba que me había quedado dormida.

—¿Y qué pasó entonces? El león se lo comió, ¿a que sí? —pregunté, tan cínica como siempre.

—Oh, no, mi señora —se apresuró a responder Gabrielle—. El león se atuvo al acuerdo y dejó libre al conejito, sin llegar a comprender nunca cómo el animalito había conseguido atravesar la dura fachada exterior del león. Muchas estaciones después, cuando el león era viejo y frágil y estaba a punto de morirse de hambre porque ya no tenía fuerzas para cazar, volvió a encontrarse con el conejo.

«El conejo era más grande y más gordo, pero seguía siendo mucho más pequeño que el gran león. El gran animal alcanzó al lento y pequeño animal y supo que esta comida lo mantendría con vida hasta que pudiera encontrar algo más adecuado que comer. Justo cuando el león estaba a punto de devorar al animal más pequeño, el conejo levantó la mirada y suplicó.

«—Pero prometiste que nunca me comerías —rogó el conejo.

«El león hurgó en su memoria, que siempre había sido muy buena, y recordó al animalito que le había ofrecido su amistad en aquel día de verano tanto tiempo atrás. El león cumplió su palabra y dejó de nuevo al conejo en el suelo, no por obligación, sino por amistad.

«—Tienes razón, viejo amigo. Pero ahora debo despedirme, pues si no como, sin duda moriré esta noche.

«El conejo miró al león, que estaba tumbado de lado. Al gran animal se le notaban las costillas por debajo de la piel y el conejo sintió una profunda punzada de lástima por su viejo amigo.

«—He cambiado de idea. Creo que deberías comerme —afirmó el conejo tajantemente.

«—¿Por qué has cambiado de idea? —preguntó el león débilmente.

«—Porque sin comida, morirás, y yo he tenido una vida larga y feliz gracias al día en que me dejaste libre —contestó el conejo.

«—Ahhh, pero yo también. En cuanto me quitaste la espina de la zarpa, me sentí diez estaciones más joven. Siento que he tenido dos vidas enteras —respondió el león.

«El conejo se dio cuenta de que así no iban a llegar a ninguna parte y se alejó brincando lo más deprisa que le permitieron sus viejos huesos. El otrora feroz león bajó la cabeza y suspiró. Se sentía asombrado de sí mismo, pues no le había costado soltar al conejo antes de llegar a comérselo. Realmente había empezado a ver al generoso conejito como a un amigo.

«Momentos después, el animalito regresó, brincando de emoción.

«—Te he encontrado comida, amigo mío. Nada más pasar esa arboleda, hay un pequeño antílope. El pobrecillo es deforme, por lo que no puede caminar y sin duda sufrirá mucho antes de morir. Ha dicho que si acabas rápidamente con su agonía, se entregará a ti de buen grado para alimentarte.

«El león cobró fuerzas suficientes para llegar hasta el animal penosamente tullido y el antílope dio su vida con valor por el rey. Más tarde, cuando el conejo y el león saciado estaban sentados el uno junto al otro, el león le preguntó a su pequeño amigo por qué había estado dispuesto a renunciar a su vida, cuando hacía tantas estaciones que no se veían. El conejo miró a su gran compañero y contestó con sencillez.

«—Porque eres mi amigo —dijo el conejo.

Oí la última frase, pero no tuve fuerzas, yo, Xena la Conquistadora, para responder verbalmente a la historia. Me encontraba en un estado patético, con los ojos arrasados de lágrimas. No recordaba la última vez que había llorado, la última vez que algo me había conmovido hasta tal punto. Al principio, no estaba segura de que Gabrielle estuviera relatando una analogía para trazar un paralelismo con mi vida. Ahora, siento en lo que queda de mi corazón oscuro que me contó esta historia precisamente por ese motivo.

Bajé la cabeza y noté que las lágrimas que tenía en el borde de los ojos se derramaban y resbalaban por mis mejillas. Hace tanto tiempo. ¿Por qué no he llorado así hasta ahora? ¿Qué tiene esta pequeña esclava que se mete en mi interior y se mofa de todas las barreras que con tanto cuidado he levantado en torno a mi corazón?

No soportaba mostrarle a Gabrielle esta debilidad suprema. En lugar de volverme para mirarla, alcancé la mano que tenía apoyada en la cama. La levanté y deposité un beso tierno en su palma y luego seguí sujetándola, en mi regazo. Un silencio largo, pero no demasiado incómodo, colmó el aire y, de repente, noté su mano en mi espalda, frotándomela suavemente, como para tranquilizarme. Cuántas cosas inexpresadas había entre nosotras. En mi caso, porque era incapaz, en el caso de Gabrielle, porque no se le permitía. Me pregunté si siempre sería así, y supe que si quería que fuera distinto, tendría que ser yo la que más se esforzara. Era yo sola quien tenía la libertad de entregar mi corazón a esta muchacha o simplemente mantenerla como esclava. Ambas posibilidades me daban miedo y sentía que tal vez no estaba capacitada para enfrentarme al desafío de ninguna de las dos. Me sequé las lágrimas de la cara y me volví hacia mi joven esclava.

—Tengo hambre, Gabrielle. ¿Tú tienes hambre?

El rostro de Gabrielle se inundó de alivio, y entonces caí en la cuenta de que podía haber pensado que mi silencio era indicación de mi rabia. Asintió rápidamente con la cabeza.

—Sí, mi señora. ¿Voy a ver a la cocinera y te traigo algo? —Gabrielle empezó a levantarse.

—No —dije riendo, al verla vestida tan sólo con una mis camisas blancas de seda. Me levanté, me quité la bata y me puse unos pantalones limpios y una camisa—. Ya bajo yo, tú ve a tu habitación y ponte una bata. Si tengo que mirarte desde el otro lado de la mesa vestida sólo con eso, jamás terminaré de cenar. No te entretengas por los pasillos, no quiero que mis soldados te vean vestida así. —Asentí, indicando la prenda que llevaba.

Mientras me calzaba las botas, ella miró la camisa que llevaba y advertí el color sonrosado que le teñía las mejillas y que le daba un aire absolutamente encantador.

—Sí, mi señora —la oí contestar con una leve sonrisa justo cuando salía de la habitación.


—Buenas noches, Señora Conquistadora.

—Delia, ¿qué Hades haces en las cocinas ahora? —contesté a la mujer de más edad. Estaba removiendo una olla de la que salía un olor divino.

—¿En qué otra cosa me puedo entretener? —respondió con tono práctico.

Me asomé por encima de su hombro y metí un dedo en la olla que estaba removiendo. Sabía a estofado de venado con una espesa salsa al vino. Cuando quise más, ella alargó la mano y, antes de que me diera cuenta, me dio un golpe en los nudillos con un cucharón.

—¡Ay! —exclamé, frotándome la mano.

Me hizo callar y me empujó para que me apartara, hasta que me quedé sentada en una banqueta alta. Siguió fulminándome con la mirada, y ahora que tenía la cabeza por encima de la mía, me sentía como una niña castigada al rincón.

—Todo esto es mío, que lo sepas —añadí débilmente, notando que se me empezaba a formar un puchero.

Ella se cruzó de brazos y me miró enarcando una ceja: maniobra que era mía, debo indicar.

—Cuando yo intente meter los dedos en tu olla... entonces podrás pegarme una torta.

Sonrió por fin y no pude evitar sonreír a mi vez.

—Eres peor que yo. —Me quedé sentada, meneando la cabeza al pensar en el doble sentido de sus palabras.

—Bueno, ¿la cena para ti y para tu Gabrielle? —preguntó, sabiendo por qué estaba allí.

—Sí, si eres tan amable —bromeé.

Su expresión, mi Gabrielle, me sonaba muy bien. Me pregunté cuántos más sabían ya lo que sentía por mi joven esclava.

Mientras Delia colocaba nuestra cena en una bandeja, me puse a fisgar por la cocina. Esta pequeña estancia era el dominio de Delia. Los demás cocineros sabían que no debían meterse en esta zona privada suya. Advertí que tenía una mesita con cosas para escribir en un rincón de la estancia. De repente, se me ocurrió un plan.

—Delia... necesito tu ayuda.

—¿Sí, Señora Conquistadora? —Se volvió hacia mí, frunciendo las cejas con expresión interrogante.

—Necesito que prepares una cosa, si puedes, esta noche. Quiero una mesa como ésta en las habitaciones de Gabrielle, además de pergaminos y útiles de escritura. Ya sabes —dije respondiendo a su expresión desconcertada—, tinta y plumas y esas cosas.

Se me quedó mirando largos instantes y entonces se volvió de nuevo a la bandeja que estaba llenando. Sin embargo, vi sus ojos antes de que me diera la espalda y me di cuenta de que por fin había hecho algo que ni siquiera Delia se esperaba. De repente, tuve necesidad de darle explicaciones.

—Sabe leer y escribir y cuenta muy buenas historias. Creo que le gustaría escribirlas.

—Cuida muy bien de esta joven, Xena —declaró Delia.

Qué raro se me hacía oír mi nombre. Nadie lo usaba nunca, pero de vez en cuando, el tono de Delia se hacía más suave, me miraba como podría hacerlo una madre y usaba mi nombre con cariño.

—Merece que alguien la cuide —contesté, dándole las gracias a la mujer mayor y haciéndole prometer que se ocuparía de que unos hombres instalaran los muebles necesarios esta noche. Cuando salí por la puerta principal de la cocina, podría haber jurado que oí a la mujer riendo por lo bajo.


A veces se tarda un solo instante en echar a perder lo bueno. Subí en silencio el último tramo de escalones de piedra que llevaban a mis aposentos y cuando doblé la esquina, los vi en el rellano de arriba. Gabrielle se había puesto una bata, pero un joven teniente de mi ejército la sujetaba con firmeza. La estaba manoseando y le aferraba el trasero con una mano. Esto bastó para que me empezara a bullir la sangre. Lo que hizo que me hirviera fue que Gabrielle estaba allí plantada dejando que se lo hiciera. Se agitaba un poco por la fuerza con que la apretaba, pero ni siquiera se debatía.

Estaban dando la espalda a las escaleras cuando llegué al rellano y dejé la bandeja sin hacer ruido en el último escalón. El terror de los ojos del hombre cuando lo agarré por la garganta no bastó en absoluto para saciarme. Eché el puño hacia atrás y le rompí la nariz con el primer golpe. La mesa con la que tropezó se inclinó y el jarrón que había en ella cayó por las escaleras con estrépito. El ruido no sólo trajo a los guardias a la carrera, sino también a Atrius. Más tarde me preguntaría qué estaba haciendo en este piso, pero no descubriría la verdad hasta mucho después.

Para cuando vi a Atrius al pie de las escaleras, me disponía a asestar el golpe final. Cuando lancé el puño y alcancé la mandíbula del joven, le solté el cuello de la túnica. Noté que se le rompía la mandíbula por el impacto y oí su grito segundos después. Lo tiré por las escaleras y Atrius y dos de los guardias de palacio lo atraparon. Tenía la cara ensangrentada y yo también tenía la mano cortada y llena de sangre.

—¡Apartadlo de mi vista antes de que le rompa las piernas! —bufé desde lo alto de las escaleras.

Respiraba agitadamente, pues la descarga de adrenalina seguía corriendo por mi interior. Me volví y me planté ante Gabrielle, concentrando ahora toda mi rabia sobre ella. Me temblaban los músculos por el esfuerzo de controlarme, pues intentaba refrenarme y no golpearla, pero no pude detener las palabras que solté como si fueran golpes.

—¿¡Es que no sabes defenderte!? —grité furiosa. Me di la vuelta, sin esperar respuesta, y entré en mis habitaciones, cerrando la puerta de golpe al pasar. Justo antes de que se cerrara la puerta, mi oído sobrenatural captó la tenue respuesta de Gabrielle.

—No —dijo suavemente.


Las lágrimas se derramaban de los ojos de la joven esclava apoyada en la pared mientras se dejaba resbalar por ella hasta quedar sentada en el escalón superior. Se abrazó las piernas contra el pecho, con aire de niña pequeña y asustada.

Atrius conocía a la Conquistadora, conocía su genio y sus berrinches, cuándo mantenerse apartado y cuándo interceder. Dejó al necio del teniente con los guardias para que llevaran al muchacho a la enfermería y luego subió despacio las escaleras para agacharse y hablar con la chica. Ésta le despertaba la curiosidad. Más que nada, se preguntaba qué era lo que tenía que había hechizado tanto a la Conquistadora. Durante más de veinte estaciones, había sido testigo de la peor conducta a la que podía rebajarse un ser humano. Ahora, últimamente, pensaba que estaba siendo testigo de la mejor. La Conquistadora había empezado a cambiar, pero desde hacía poco, desde que la muchacha estaba con ella, resultaba casi benévola.

—Pierde los estribos, pero luego siempre lo lamenta —le dijo Atrius a la pequeña esclava.

La muchacha se secó las lágrimas de la cara, pero no miró al capitán.

—Tienes que desarrollar más callo para estar con ella, chica. Además, seguro que ahora está ahí dentro, intentando buscar una forma de conseguir que vuelvas sin quedar como una idiota. Te apuesto lo que quieras a que ya se siente peor que tú por haberte gritado.

Gabrielle sonrió al oír eso. Por lo que había averiguado hasta ahora de su nueva ama, sabía que hacer daño a Gabrielle nunca parecía ser su intención.

—Vamos... entra con la bandeja de comida y te lo aseguro, ella será la primera en hablar.

Atrius cogió la bandeja mientras la muchacha se levantaba y se la puso en los brazos. Se adelantó y abrió la puerta que la Conquistadora había cerrado de golpe poco antes. Cuando Gabrielle entró en la habitación, el alto capitán cerró la puerta suavemente tras ella. Meneó la cabeza maravillado y regresó a sus propios aposentos.


Oí cómo se abría la puerta de la habitación externa y por el rabillo del ojo vi que Gabrielle depositaba la bandeja en la mesa. Me senté en mi silla, una butaca de madera de respaldo alto hecha a mi medida y que era el único mueble que me encantaba. Estaba colocada de cara a la ventana abierta que, ahora que era de noche, estaba tapada con un grueso tapiz. La silla estaba situada de manera que me permitiera contemplar el amanecer, al que últimamente me había aficionado. Gabrielle seguía allí de pie y en silencio.

No sabía cómo expresar por qué me había enfadado tanto con la muchacha. ¿Acaso debía decirle que tenía permiso para defenderse de quien la atacara, fuera quien fuese? ¿Acaso debía disculparme... era capaz siquiera de disculparme? ¿Cómo se hacía una cosa así?

Doblé la mano dolorida y por primera vez vi los nudillos magullados y ensangrentados. Por los dioses, qué paliza se estaba llevando mi cuerpo hoy. Oí que Gabrielle se movía y de repente, apareció ante mí, con un cuenco de agua y un trapo en las manos. Se arrodilló en el suelo y, sin decir palabra, humedeció el paño y cogió mi mano herida. Lavó y limpió los cortes a fondo, sin que ninguna de las dos dijera nada. Me fijé, por primera vez desde hacía mucho tiempo, en las pequeñas líneas blancas que entrecruzaban mis nudillos en esa mano. Eran pequeñas y finas cicatrices, de los años pasados sujetando una espada con esa mano... de eso y de pegar puñetazos a la gente como había hecho esta noche.

—No tienes por qué hacer eso, Gabrielle —le dije por fin.

—Quiero pedirte disculpas, mi señora. Siento haberte enfadado —dijo, sin levantar la mirada hacia mí.

—No estoy enfadada contigo, Gabrielle. —Alargué la mano libre, le acaricié la mejilla y pasé los dedos por el pelo dorado. Me puse en pie—. Levanta, Gabrielle.

Crucé la habitación hasta la ventana y aparté el tapiz.

—Gabrielle, mira ahí fuera. ¿Ves eso? —ordené y pregunté al mismo tiempo. Se había hecho de noche, pero todavía quedaba un vestigio del ocaso y más allá de los muros de palacio se veían las aldeas, situadas en las lejanas colinas onduladas—. Gabrielle, todo eso, hasta donde te alcance la vista, durante leguas y más leguas, y más allá incluso, me pertenece. —Señalé con la mano. Luego solté el tapiz y fui al centro de la habitación—. Todo lo que te rodea, el palacio y sus habitantes... todo ello me pertenece. Y como me pertenece, significa algo para mí. Ocupa un lugar dentro de mí y no dejaré que nadie me quite lo que es mío. ¿Y tú qué, Gabrielle? ¿Sabes qué lugar ocupas en medio de todo esto? —Gesticulé con ambas manos.

Gabrielle me miraba y con esa última pregunta, vi que la luz de la comprensión se encendía esperanzada en sus ojos.

—¿Te pertenezco? —preguntó en lugar de responder.

—Así es, Gabrielle —sonreí por fin. Tiré de ella y besé la coronilla de esa cabeza rubia—. Me perteneces.

Vi el cambio en sus ojos inmediatamente y me di cuenta de que comprendía por qué había usado esas palabras. No había dicho que fuera su dueña, lo cual habría relegado al instante nuestra relación a la de ama y esclava. Le había dicho que me pertenecía. Con ello no quería decir simplemente que fuera una preciada posesión, y creo que lo comprendió. Le estaba diciendo que su corazón era mío, igual que sentía que el mío había llegado a ser suyo.

—¿Pero no sigo siendo esclava, mi señora?

Bueno, ahí me había pillado. ¿Cómo podía decirle a Gabrielle que no había nada que deseara más que liberarla? ¿Cómo podía explicarle el terror que sentía al saber que lo primero que haría sería marcharse? Por ello, guardaba silencio al respecto, intentando construir una relación cuando hasta yo sabía que tenía una ventaja injusta. No podía renunciar a ese último vestigio de control.

—Gabrielle, tú tienes una posición y un rango en este palacio, tanto si eres consciente de ello como si no. Eres esclava, sí, pero al ser mi esclava personal, estás por encima de todos los demás en este palacio. Porque en materia de confianza, deposito más en ti que en todos mis consejeros juntos.

Sus ojos mostraron su sorpresa y continué.

—Por ello, Gabrielle, tienes derecho a protegerte de cualquiera que intente tocar lo que es mío. Tienes que saber que nadie te castigará jamás por obedecerme, pequeña. La próxima vez que alguien... cualquiera, se propase contigo... te toque de cualquier manera, quiero que grites, des patadas, luches, lo que te haga falta para llamar mi atención. Entonces yo me ocuparé de la situación. ¿Comprendes, Gabrielle?

Tenía la cabeza gacha y le levanté la barbilla para mirarla a la cara. Sus ojos verdes hicieron esa maniobra habitual de mirar a todas partes menos a mis propios ojos.

—¿Comprendes, pequeña? —pregunté de nuevo, con más delicadeza esta vez.

—Creo... creo que sí, mi señora, pero yo... —balbuceó Gabrielle.

—¿Pero qué, Gabrielle?

—No... no sé cómo, mi señora —contestó en voz tan baja que apenas era un susurro.

Vi que se le llenaban los ojos de lágrimas y, como siempre, aquello me partió el corazón. Notaba cada lágrima que le caía de los ojos como un puñal que me atravesara el pecho. La abracé y le sequé las lágrimas, estrechándola en mis brazos durante unos instantes antes de volver a hablar.

—Gabrielle, sé que hay cosas que te resultan difíciles a causa de la vida que te has visto obligada a llevar, pero debes aprender algunas cosas si vas a ser mi... si vas a estar conmigo.

Cambié de rumbo al decir esto último. No quería decir "esclava", pero tampoco podía decir "consorte", ¿verdad? La abracé otro poco y la solté.

—¿Te gustaría que te enseñara lo que espero de ti, si vuelve a ocurrir algo como lo de esta noche?

Asintió rápidamente con la cabeza.

—Sí, mi señora.

—Pues vamos a empezar —dije con una sonrisa, olvidando nuestra cena.


—Bueno, ¿estás preparada para poner a prueba todo esto de forma real? —le pregunté a Gabrielle.

Se nos habían pasado tres marcas en un suspiro mientras yo le enseñaba a mi joven esclava lo que era la agresión. Me di cuenta de que no era simplemente el hecho de que Gabrielle llevara tanto tiempo viviendo como esclava sumisa lo que la hacía tan poco dispuesta a contraatacar cuando se la agredía. Descubrí que la pasividad parecía formar parte de la naturaleza misma de la muchacha. Siempre quería ver el lado bueno de las personas que estaban dispuestas a hacerle daño. Por fin tuve que decirle que dejara que Hades se encargara de su trabajo y evaluara la vida de la gente al final de su viaje mortal, pues el trabajo de ella consistía en pensar en sí misma.

Salimos y pasé a propósito junto al campo de entrenamiento donde se habían levantado hileras de tiendas para que vivieran los soldados, mientras su cuartel era ocupado por los aldeanos. Le expliqué a Gabrielle que me quedaría entre las sombras y que si me parecía que la cosa iba mal, intervendría. Sonrió valientemente, pero vi que le temblaba un poco el labio inferior.

—Puedes hacerlo, Gabrielle.

Me sonrió débilmente y siguió caminando por el sendero. Al poco pasó un soldado y le silbó al pasar. Cuando ella no mostró el menor interés y agachó la cabeza, él pensó que lo tenía fácil. ¿Por qué se lo tienen tan creído los hombres?, me pregunté. Se dio la vuelta y regresó junto a ella y, antes de que me pudiera dar cuenta, tenía agarrada a Gabrielle, pero era como si ésta se hubiera olvidado de todo lo que le había enseñado. Tardé dos segundos en llegar a su lado y pegarle un puñetazo en la sien al soldado. Se quedó tirado en el suelo sin moverse y comprobé que seguía respirando... no había querido golpearlo tan fuerte, pero al ver cómo le ponía la mano encima a Gabrielle, por los dioses, perdí los nervios por completo.

—Gabrielle —fue lo único que pude decir, pero cuando miré a la muchacha, parecía aterrorizada. Empezaba a pensar que debía olvidarme de todo este asunto y dejar que la chica fuera como le resultara más cómodo. No me sentía mejor que ese soldado tirado en la hierba por obligarla a hacer esto. Entonces habló.

—Me... me da mucho miedo, mi señora.

—Gabrielle —repetí, cogiéndola entre mis brazos. Estaba temblando y la estreché con fuerza contra mí, acariciándole el pelo hasta que se calmó un poco—. Pequeña, ¿es que no sabes que todo el mundo tiene miedo? —pregunté.

—Tú no, mi señora —replicó, y no pude evitar sonreír ligeramente.

—Todo el mundo, Gabrielle, hasta yo. Sólo los necios y los niños no sienten miedo. A ellos los protegen los dioses, pero los mortales normales y corrientes necesitamos el miedo, para protegernos de nosotros mismos. Nos dice cuándo no debemos meternos en una situación imposible. Hay veces, sin embargo, en que hay que superar ese miedo, en que hay que poner a prueba sus límites para ver qué es posible de verdad —expliqué.

—¿Y tú, mi señora? —preguntó Gabrielle.

—¿Crees que cuando corro a la batalla no siento miedo? Como he dicho antes, todo el mundo lo siente, sobre todo yo. Tal vez sea eso lo que hace que sea mejor guerrera que la mayoría, porque siento el miedo de diez hombres. Es ese miedo lo que me hace esforzarme más, ser más fuerte y más inteligente. Es mi miedo a perder lo que tengo lo que me empuja a hacer las cosas que hago.

—Pero nunca pareces asustada —comentó Gabrielle, reflexionando sobre lo que le estaba diciendo.

—Ésa es la clave, el secreto mismo de mi vida, Gabrielle, y lo comparto sólo contigo —repliqué, y vi que en sus labios aparecía una pequeña sonrisa. Comprendía lo que significaba averiguar la vulnerabilidad de un adversario; también sabía el grado de confianza que hacía falta para revelar voluntariamente tales vulnerabilidades—. El miedo es bueno, recuérdalo siempre, pequeña, pero el secreto que hay detrás consiste en admitir ese miedo y no dejar que tu adversario vea que existe en tu interior. Si lo consigues, has ganado. Te puedo garantizar que si diriges una mirada fría como el hielo a un hombre y luego usas ese pequeño movimiento que te he enseñado, al tiempo que te desgañitas gritando... lo más seguro es que se detenga en seco. O al menos se quedará petrificado hasta que yo pueda llegar a ti. —Sonreí—. Bueno, ¿quieres volver a intentarlo? —pregunté.

—Sí, mi señora. —Gabrielle asintió con la cabeza y vi cómo apretaba los dientes, dispuesta a luchar contra el miedo. Dioses, esta muchacha iba a ser algo grande algún día.

Una vez más, echamos a andar por el sendero que llevaba a las cuadras, yo en las sombras y Gabrielle a la luz de la luna menguante, y esperamos durante lo que me pareció una eternidad hasta que, de nuevo, un joven soldado se encontró con la bella y joven esclava. El único problema era que éste era cortés. Por los dioses, ¿pero qué le pasa a este hombre?, me pregunté cuando dejó cortésmente a Gabrielle con la advertencia de que no estuviera fuera sin escolta.

Salí de la oscuridad y sorprendí tanto al joven como a Gabrielle. Lo agarré del cuello y lo arrastré hasta colocarlo de nuevo delante de Gabrielle.

—Bésala —ordené.

El soldado me miró como si me hubiera vuelta loca y luego se paró a pensar quién era yo. Estaba segura de que recordaba las historias de algunos soldados sobre mis curiosos espectáculos sexuales en público, por lo que decidió ser valiente y se inclinó para besar delicadamente a mi joven esclava.

Lo aparté de un empujón y volví a agarrarlo del cuello.

—Así no, hombre, ¿quién crees que es, mi hermana? Es una ramera, ¡así que ve y coge lo que quieres con un par! —grité.

Eso pareció ponerlo en marcha. Me preparé para apartarlo de Gabrielle de un tirón, pero ante mi deleite y mi gran sorpresa, la pequeña rubia aplicó a rajatabla la lección que le había enseñado. En cuanto el hombre le puso una mano en el brazo, Gabrielle gritó a pleno pulmón.

—¡NO! —vociferó.

El soldado no se lo esperaba y soltó a Gabrielle lo suficiente para que ésta pudiera asestarle un rodillazo entre las piernas. Gemí identificándome con el pobre muchacho, al tiempo que Gabrielle lo apartaba de un empujón y él se desplomaba en el suelo, agarrándose lo que quedaba de su virilidad.

Yo ya me estaba lanzando cuando el soldado cayó al suelo. Aparté a Gabrielle y la estreché contra mí, notando el ritmo acelerado de su corazón y viendo cómo subía y bajaba su pecho al tomar profundas bocanadas de aire. Cuando me miró, la besé.

—¡Fantástico! —sonreí. Fue entonces cuando lo vi.

Sus ojos ardían con un fuego que nunca habían tenido hasta ahora, al menos no en mi presencia. Parecían dos esmeraldas relucientes, y sentí una acometida de excitación sexual al pensar que esta joven podría algún día tener este aspecto en nuestra cama. La besé de nuevo y me agaché para atender al joven, que estaba empezando a notar de nuevo el suelo que tenía debajo. Lo ayudé a levantarse y le di una palmada en la espalda.

—Bien hecho, puedes retirarte. ¿Puedes andar bien? —pregunté.

—Sí, Señora Conquistadora —gimió como respuesta, y se alejó cojeando, no sin que yo viera la expresión de su rostro que me indicó que, efectivamente, pensaba que la Conquistadora había perdido por fin la cabeza.


—Será mejor que comas algo —dije, mirando el estofado ahora frío—. Toma, al menos come un poco de queso y pan.

—Creo... que tengo más cansancio que hambre, mi señora —contestó Gabrielle suavemente.

—Y yo —sonreí—. Hemos tenido un día lleno de emociones —añadí, abriendo los brazos para dejar que la joven se metiera entre ellos—. Pero creo que ahora mismo nada me gustaría más que pasar una buena noche durmiendo.

—¿Deseas que te deje para que te acuestes, mi señora? —murmuró Gabrielle contra mi pecho. Me animé porque no parecía que la idea le hiciera más gracia que a mí.

—No, pequeña. Ya hemos hablado de esto, ¿recuerdas? Tus habitaciones son tuyas para tu tiempo libre y tus pertenencias, pero deseo que pases las noches aquí. ¿Por qué, es que te cuesta dormir en mi cama? —añadí rápidamente, mostrando un poquito de mi propia inseguridad.

—No, mi señora. Duermo muy bien en tu cama. Es que... me temo que... duermo tan bien cuando estás cerca de mí que me temo que no... que no pueda despertarme fácilmente cuando tengas necesidad de mí.

Sonreí ligeramente por el temor infundado de Gabrielle.

—No temas, Gabrielle. Si tengo necesidad de ti en medio de la noche, créeme, no dejaré que sigas durmiendo sin enterarte. —Sonreí de lado para demostrarle que estaba bromeando y que su temor era innecesario—. Creo que es una cuestión de seguridad —dije al cabo de un momento, cuando en realidad quería decir que era una cuestión de confianza. Yo me sentía igual de segura y sólo conseguía dormir bien cuando sabía que Gabrielle estaba echada a mi lado por la noche.

Nos preparamos para dormir y animé a mi joven esclava a que se echara a mi lado para poder rodearla con los brazos. Otra costumbre que estaba adquiriendo. Si era una mala costumbre o no, sabía que sólo el tiempo lo diría. Supe que Gabrielle estaba cansada porque su respiración se hizo profunda y pausada al cabo de unos instantes, con la cara bien colocada bajo mi barbilla y su suave mejilla apoyada sobre mi pecho.

—¿Gabrielle? —pregunté en voz baja.

—¿Sí, mi señora? —contestó una voz cansada.

—¿Te sientes... segura cuando estás aquí conmigo? —pregunté.

—Sí, mi señora, mucho.

Me bajé un poco para depositar un ligero beso en la coronilla de suave pelo rubio.

—Espero que siempre sea así, pequeña —contesté, sin saber si Gabrielle me había oído o si ya había sucumbido a la llamada de Morfeo.


Me levanté antes que el sol, como era mi costumbre, y dejé a Gabrielle durmiendo profundamente en nuestra cama. Cuando me solté de sus brazos, coloqué una almohada en el hueco cálido que había dejado mi cuerpo. La joven rodeó su blandura con los brazos y me pareció oír un suspiro de contento que se escapaba de sus labios.

Crucé el pasillo hasta las habitaciones de Gabrielle, para ver si Delia había podido completar la tarea que le había pedido. Debería haber sabido que la mujer mayor no me fallaría. El pequeño sofá había desaparecido, pero en su lugar, junto a la ventana, había un pequeño escritorio ornamentado, del tipo que se encontraría en la sala de estar de una dama. Al lado del escritorio había una gran estantería llena de pergaminos y encima de la estantería había varias cajas de madera con tapas con bisagras. Al echar un vistazo, descubrí que estaban llenas de plumas y tinta.

Salí de la habitación con una sonrisa, preguntándome cómo se sentiría mi esclava al ver convertido su sueño en realidad.

—Buenos días, Gabrielle —le dijo Sylla a la pequeña rubia.

Vi por la puerta entreabierta de mi estancia de baño que los ojos de Gabrielle me buscaban de inmediato. Se levantó de la cama, poniéndose la bata, y dio los buenos días a mi doncella. Carraspeé y salí del baño a la pequeña estancia donde guardaba mi ropa. Al advertir por fin mi presencia, la joven esclava ayudó a Sylla a colocar el desayuno en la mesa.

Comimos en relativo silencio y le conté a Gabrielle mis planes para esa mañana.

—Esta mañana me tengo que reunir con mis consejeros, Gabrielle —dije, levantándome de la mesa para empezar a vestirme—. Estaré en mi estudio casi toda la mañana, pero si me necesitas, debes esperar aquí, no debes interrumpirme. ¿Comprendes?

—Sí, mi señora.

—Tal vez deberías ir tú también a vestirte, ¿eh? —Le acaricié la mejilla cuando se levantó de la silla. Me sonrió y se marchó en silencio.

Me sonreí al pensar en la sorpresa que aguardaba a Gabrielle. De repente, me preocupé. ¿Y si no le gustaba? Casi había terminado de vestirme, cuando oí unos golpecitos suaves en la puerta que usaba Gabrielle para entrar en mi habitación. Intenté borrarme la sonrisa de la cara y parecer inocente.

—Adelante.

Gabrielle entró corriendo en la habitación y se detuvo. Yo le daba la espalda mientras me metía la camisa por los pantalones y cuando me volví, me recibió la sonrisa más grande que había lucido Gabrielle jamás.

—Gabrielle, pero si todavía no te has vestido —la reñí, más como broma que otra cosa.

—Mi señora, yo... o sea, es... nunca he...

—Gabrielle, si quieres ser bardo, vas a tener que ser capaz de terminar una oración completa, eso lo sabes, ¿verdad?

Mi joven esclava corrió hasta mí y cayó de rodillas a mis pies, me cogió la mano y se llevó mis dedos a los labios. No sé si puedo describir lo que sentí ante esto.

—Gabrielle, no hagas eso —le dije a la joven en voz baja, tirando de su cuerpo postrado para ponerla en pie.

Gabrielle levantó la vista hacia mí y por primera vez, me miró a los ojos, directamente a los ojos. Fue un momento poderoso, cuando esta pequeña mujer me miró, tan poderoso, de hecho, que retrocedí medio paso por la intensidad y el fuego que me alcanzaron con su mirada. Cuando se adelantó y se puso de puntillas para cubrir la distancia que nos separaba, me debería haber imaginado lo que iba a suceder. La rubia se acercó más y luego me besó.

Al principio, se me cerraron los ojos por la placentera sensación, luego sentí que la presión de su boca sobre la mía cambiaba y abrí los ojos de golpe por la descarga de deseo que me alcanzó hasta lo más profundo de la entrepierna. Con todo, Gabrielle no me soltaba los labios y ahora su lengua exigía paso al interior de mi boca, cosa que recibió. No hubo ningún combate para establecer un dominio: Gabrielle tenía todo el poder y, desde luego, lo estaba usando. Al darme cuenta de lo que era la presión que notaba en los brazos, quedé atrapada de inmediato en una ola arrasadora de excitación sexual. Gabrielle me tenía los brazos sujetos a los costados. Cuando pegó todo su cuerpo al mío, me vi empujada hacia atrás, hasta que mi trasero se posó en el borde de la mesa.

Cien emociones diferentes atacaron mi cerebro y mi cuerpo al mismo tiempo. La pasión y el deseo eran evidentes por mis gemidos, que Gabrielle se tragaba con su propia boca. Estaba más que excitada por su forma de controlarme, pero aterrorizada por la misma idea. ¡Ella me estaba tomando a !

Por fin me solté los brazos lo suficiente para poder tomar una bocanada de aire que necesitaba con creces. Eso no detuvo a Gabrielle, pues sus labios y su lengua encontraron mi cuello y tiraron de los cordones de mi camisa de seda.

—Gabrielle... Oh, dioses... Gabrielle. —Conseguí que me atendiera, a base de sujetarla con los brazos estirados.

Respiré hondo varias veces y casi me vine abajo cuando la miré a la cara.

—No tienes por qué hacer esto —dije—. No es por eso por lo que te he dado...

La explicación se me quedó atravesada en la garganta cuando Gabrielle se puso a chuparme suavemente la piel del cuello y su mano subió por mi cuerpo y capturó un pezón muy erecto entre sus dedos.

—Oh, dioses... —gemí.

Las rodillas se me aflojaron al instante por la sensación y no me quedó más remedio que bajar hasta sentarme encima de la mesa o deslizarme hasta el suelo. Ahora que estaba sentada, abrí las piernas y Gabrielle se colocó entre ellas, con la cabeza a la misma altura que la mía. Hundió ambas manos en mi pelo y tiró de mí para darme otro beso que me dejó sin aliento.

—Gabrielle —jadeé, apartándome para poder respirar—. No espero de ti que me pagues por el regalo, así no.

Gabrielle calmó la intensidad de su ataque, pero siguió acariciándome los labios con la lengua, derramando besos por mi cuello y jugando con mis pezones a través de la suave tela de mi camisa. Cuando habló, apenas pude creer que ésta fuera la mujer con la que llevaba viviendo todo este último ciclo lunar. ¿Acaso los dioses estaban haciéndome víctima de una especie de engaño?

—Pero, mi señora... ¿no gozas con mis besos? —Subió y atrapó mi labio inferior, chupando la carne con delicadeza y mordisqueando un poco la piel cuando se apartó.

—Oh... —gemí.

—¿Con la sensación de mi cuerpo pegado al tuyo? —Gabrielle se pegó bien a mi sexo y noté lo húmeda que me estaba poniendo, gracias al mero sonido de su voz.

—Por... —gemí por segunda vez.

—¿Con mis caricias? —Su maniobra final en este juego de seducción fue subir con los dedos y acariciar con las puntas la suave seda de mi camisa, rozando una y otra vez mis sensibilísimos pezones.

—¡Los dioses! —solté por fin junto con una larga bocanada de aire que me indicó que llevaba conteniéndola demasiado tiempo—. Gabrielle... oh, sí... yo... yo... oh, sí, justo ahí... hay unos hombres en el estudio, Gabrielle, que me están... aaajjj... esperando —farfullé y balbuceé, pero Gabrielle era implacable, y supongo que podría haber fingido que esto no era justamente lo que deseaba, que el comportamiento agresivo de Gabrielle no era justamente lo que había soñado, pero habría estado mintiendo y mi cuerpo físico estaba revelando la verdad de la situación.

—Tú me has dado mi sueño, mi señora... yo quiero darte el tuyo —susurró Gabrielle, con seriedad.

Con el último vestigio de autocontrol que me quedaba, aparté un poco a la mujer menuda, mirándola con evidente confusión. Me oí soltar un gemido de pura necesidad cuando vi esos ojos de esmeralda que me miraban a su vez, ardientes y firmes. Me inundó una oleada de profunda excitación y sentí el calor, junto con la increíble humedad, atrapados entre mis piernas.

—¿Sueño? —pregunté confusa.

—Aquel día, mi señora, me preguntaste cuál era mi sueño. —Gabrielle me abrió la camisa con ternura y me besó la clavícula—. Luego me contaste tu sueño. Tú has hecho realidad mi sueño, mi señora, hoy... y en mi corazón sé que yo puedo hacer realidad el tuyo.

Seguí mirándola confusa, recordando aquella tarde, cuando apenas nos conocíamos.

—Me dijiste que tu mayor deseo era que algún día te tocara porque quisiera hacerlo y no porque tú me lo ordenaras —contestó Gabrielle, y se quedó allí plantada, mientras sus manos me acariciaban sin darse cuenta las caderas, la espalda y los hombros, al parecer dispuesta a esperar mi reacción para siempre.

—¿Y quieres? —pregunté, vacilante, aguantando el aliento descontrolado, mientras esperaba la respuesta.

—Sí, mi señora... oh, sí —contestó Gabrielle rápidamente, y me quedé casi muda por el brillo apasionado que cubrió sus ojos.

Pegó la boca a mi pecho y se puso a jugar y dar lametones a un pezón oscuro a través de la suavidad de la camisa. Envolvió la protuberancia endurecida con los labios y chupó y tiró y por fin mordisqueó la sensible carne con los dientes.

—¡Por los dioses, mujer!

Arqueé la espalda, incapaz de aguantar más, sin saber muy bien por qué había querido hacerlo para empezar. Enredé los dedos en el espeso pelo dorado, pegándola bien a mi pecho. Agité las caderas al ritmo que ella marcaba mientras me chupaba el pecho. Cuando por fin se apartó para ver los efectos de su obra, la camisa mojada se me pegó al pecho, causándome un estremecimiento, y el pezón se alargó aún más por la excitación.

Me quedé mirando a la mujer más menuda mientras se lamía los labios sin dejar de mirarme el pecho.

—Fuera, por favor —rogó Gabrielle con voz ronca, sacándome la camisa de los pantalones.

Entendí esto como una oportunidad y decidí que luchar contra esto era una solemne idiotez y no me tenía a mí misma por una idiota. Me pregunté un momento qué estarían haciendo o pensando los hombres que estaban en mi estudio, cuando estaba bien claro que en la habitación de al lado se estaba desarrollando una seria sesión de placer.

Levanté los brazos y Gabrielle me ayudó a quitarme la camisa ligera por encima de la cabeza.

—Ven aquí —ordené y tiré de ella para darle un beso feroz, que ella igualó en intensidad. Le quité la bata de los hombros, dejándola caer al suelo, recorrí la suave espalda con las manos, agarrándole el trasero y pegándola a mí.

Noté sus pequeñas manos en los cordones de mis pantalones y cuando los tenía medio desatados, deslizó la mano dentro y esos dedos increíbles se metieron entre los pliegues empapados.

—Por los dioses, cómo estás de... de mojada —dijo Gabrielle roncamente y no esperó respuesta, sino que se inclinó para envolver un pezón con labios suaves y muy calientes.

No sé si fue el placer físico, lo que decía o el hecho de que esas palabras tan excitantes procedieran de Gabrielle. Sólo sé que yo estaba intentando bajarme los pantalones por las piernas para poder abrirlas más y ella no paraba de provocarme hasta el punto de que me encontraba al borde de un orgasmo y en ese momento, aflojó el ritmo. En cuanto recuperé el aliento, reanudó su tortura implacable y exquisita.

Gabrielle bajó por mi cuerpo, tirando de mis pantalones para bajarlos por mis piernas. Noté sus pechos, pegados a mi piel recalentada, noté la tensión de su propia excitación cuando las puntas se alargaron y se endurecieron por el contacto. Por tercera vez, Gabrielle se apartó y sentí que el orgasmo crecía dentro de mí, aunque se me negaba la descarga una y otra vez. Húmedo no podría describir el estado en que se encontraba mi sexo: empapado... calado... esos eran los únicos términos que podría aplicar a mi estado en ese momento. Nunca en toda mi vida había suplicado para tener sexo, ni siquiera en una situación romántica, pero por los dioses, mis sentidos me decían que si no me corría pronto, me iba a morir. Lo siguiente que me decían era que Gabrielle era la única que podía darme esa liberación. Daba igual que la idea fuera cierta o no, era lo que creía.

—Gabrielle —jadeé.

La rubia estaba ahora arrodillada entre mis piernas y con la lengua plana me lamía la parte interna de los muslos, capturando la humedad que manaba de mí. Besó con ternura la mata de pelo oscuro, dejando que sólo la punta de su lengua rozara los labios externos de mi sexo, por mucho que yo me empeñara en empujar las caderas hacia ella.

—Gabrielle... por favor, dioses, por favor —gemí, suplicando por fin, tal y como pensaba que iba a hacer. Conocía la sensación que me produciría esa lengua, conocía la habilidad que tenía al usarla, y lo único que podía hacer era quedarme ahí, medio de pie, medio sentada, gimoteando y suplicando.

—Dime. Dime qué te gustaría. Sea lo que sea, lo haré, Xena —murmuró Gabrielle sobre mi piel.

Sentí que se me desorbitaban los ojos y que se me contraían los músculos del estómago con fuerza cuando un orgasmo estalló dentro de mí, causado por unas simples palabras. Fue el sonido de la voz de Gabrielle, que me preguntaba seductora qué me apetecía, y por fin el catalizador que me hizo caer por el precipicio de la pasión: el sonido de mi propio nombre. Sentí sobresalto y placer al mismo tiempo al ver esos ojos verdes, oscurecidos de pasión, mirándome y susurrando mi nombre. Por un instante, vi miedo en los ojos de Gabrielle, pero mientras seguía temblando por los efectos de mi orgasmo, le sonreí por su osado comportamiento. Cuando apenas había recuperado el control de mi respiración, sentí que mi necesidad volvía a surgir con insistencia.

—Por los dioses, mujer... no pares —dije a duras penas.

El alivio inundó su rostro. No hubo una tierna seducción: Gabrielle sabía lo que yo necesitaba y procedió a dármelo. Oh, y cómo me lo dio. Ni en mis días más salvajes recuerdo haber recibido un trabajo con la lengua como el que recibí ahora. No tardé mucho en volver a echar la cabeza hacia atrás y aullar por el orgasmo.

Necesitaba sentirla y por eso tiré de Gabrielle para levantarla y la besé, saboreándome a mí misma en su boca. Los besos eran apasionados, pero ya no eran tiernos. Aquello era brusco y descarnado y lo que más me excitaba era que Gabrielle era la instigadora de todo ello.

—¡Santa Atenea! —exclamé, al notar que la mano de Gabrielle se metía en mi interior. Solté a la rubia y me agarré al borde de la mesa mientras la joven esclava metía los dedos y por fin toda la mano dentro de mí, sacando una y otra vez la pequeña mano para lubricarla con mis propios jugos, para meterla luego otro poco más. Crucé esa línea invisible entre el placer y el dolor y ahora sólo sentí el placer del acto físico. Subí las caderas y Gabrielle metió la mano del todo. Se quedó así un momento hasta que me acostumbré a la increíble plenitud que tenía dentro. Se echó sobre mi cuerpo y me tumbó encima de la mesa, dejando que mis piernas colgaran por los bordes. Movió la mano dentro de mí y solté un gemido de deleite. Entonces, inclinada sobre mi cuerpo tumbado, me devoró los pechos y mi cerebro estuvo a punto de desconectarse. Sus labios, sus dientes y su lengua me causaron un nuevo chorro de humedad que cubrió la pequeña mano que había en mi interior y empecé a mover las caderas contra ella.

—Xena... —susurró la pequeña esclava.

Gabrielle se apartó de mi pecho y oí un gimoteo que se escapó de mi garganta. No sabía si era por la pérdida de su boca, que me chupaba, o por la forma en que susurró mi nombre.

—Por favor... por favor, Gabrielle —le imploré para que acelerara el ritmo de su mano, subiendo las caderas una y otra vez.

—Xena... —Me atormentó de nuevo acariciándome el clítoris con la lengua. De repente, se puso a chuparme el órgano hinchado, agitando la lengua para recorrerlo entero.

—Oh, dioses, sí... así... aaannjjj —la animé.

Por fin, la mano se movió y grité cuando la lengua desapareció, pero no tardé en caer en el delirio, perdida en el éxtasis que creaba la mano de Gabrielle al moverse sin parar dentro de mí.

—Sí... dioses, oh, sí, fóllame más fuerte... más hondo... —grité.

Estaba en un lugar donde no existía el pensamiento, sólo las sensaciones. No tenía que ser la Conquistadora, no tenía que controlarlo todo, lo único que tenía que hacer era existir en el placer. El deleite sensorial estaba llegando a y yo sólo tenía que quedarme ahí tumbada y dejar que esta bella mujer me lo regalara. Mis caderas se agitaban con furia y cuando abrí los ojos, vi el sudor que pegaba el pelo de Gabrielle a su cara. Cuando nuestros ojos se encontraron, Gabrielle se inclinó y acercó sus labios a mi oreja.

—Córrete por mí, Xena. —Entonces me mordió el lóbulo y se metió la tierna carne en la boca. La sensación me llegó hasta la mano que se agitaba dentro de mí.

La obedecí. Me corrí por ella... una y otra vez.


Me até los cordones de cuero que me cerraban los pantalones. Gabrielle estaba sentada mirándome, sospechosamente callada, y ahora me maldije a mí misma por haber cedido. Tendría que haberme mostrado más fuerte, porque ahora la muchacha se sentía usada.

—Gabrielle...

—Mi señora...

Las dos hablamos a la vez y luego las dos sonreímos inseguras.

—Gabrielle, ¿estás bien? —pregunté.

—Perdóname, mi señora, no sé qué... nunca he...

Me di cuenta de cuál era el problema y sentí un agradable alivio. Por los dioses, al menos no se trataba de mí.

—Gabrielle —dije suavemente, levantándola de la silla donde estaba sentada—. Ha sido maravilloso —dije, murmurando las palabras en el suave pelo rubio. Me estremecí ligeramente cuando su cuerpo entró en contacto con el mío. Tal vez estaba recordando la experiencia excepcionalmente satisfactoria de hacía unos momentos—. Nunca en toda mi vida había sentido nada tan maravilloso.

—Pero yo...

—Te has comportado con una pasión que agradezco mucho y que espero volver a ver. Sólo que no muy pronto. —Mi sonrisa se transformó en una mueca cuando me alejé un paso. Me daba la impresión de que me iba a pasar un par de días andando raro tras el placer de esta mañana.

—Nunca me había sentido así, mi señora —respondió Gabrielle, como dando vueltas a sus propios pensamientos.

—Bueno, eso seguramente es culpa mía. —Volví a estrechar a mi joven esclava entre mis brazos, pues no quería renunciar a esta sensación todavía—. Seguramente por toda la adrenalina que te quedaba dentro por lo de anoche.

Una nube oscura de lo que interpreté como miedo nubló los rasgos de Gabrielle. Supe al instante qué era lo que temía y la tranquilicé, como esperaba hacer muchas veces, hasta que se sintiera cómoda con aquello.

—Gabrielle, no tienes motivo para temer una represalia por tus actos. Jamás te castigaré por traer este ardor a nuestra cama ni por hacer lo que debas para protegerte físicamente. ¿Comprendes?

—Sí, mi señora —contestó, esta vez con una sonrisa.


Entré en mi estudio y todos los hombres que eran mis consejeros estaban allí sentados. Por los dioses, ¿puede haber algo más embarazoso que esto? Había diez hombres sentados ante mí y, mientras avanzaba, con cierta delicadeza, podría añadir, hacia la gran mesa que era la mía, vi la risa que asomaba a sus ojos. Uno o dos de ellos hasta empezaban a amagar una sonrisa.

No podía ocultarlo, ¿verdad? Los diez acababan de oír mis expresiones verbales de deleite carnal, mientras mi pequeña esclava me llevaba a un viaje de ida y vuelta al Elíseo. Me habían oído —y muy bien, estoy segura— suplicando como si me fuera la vida en ello. No me quedaba más remedio que hacer de tripas corazón, fulminarlos con la mirada como Hades e intimidarlos todo lo posible.

Abrí los rollos y las hojas de pergamino que iba a necesitar para esta reunión. Sin apartar los ojos de los papeles que tenía delante, me saqué del cinto mi perpetuo puñal y lo puse encima de la mesa, a la vista de todos.

—El primero que se ría se marcha de aquí con un miembro menos de un total de tres —comenté con tono bajo y amenazador.

Todos los hombres presentes perdieron de repente las ganas de sonreír, pero les entraron unas ganas increíbles de cruzar las piernas. Sonreí con aire triunfal. Carraspeé e inicié la reunión.


PARTE 11


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