9


Gabrielle se metió en su nuevo cubículo, aguzando un oído para oír las órdenes que estaba dando Xena al personal de fuera. Se detuvo en el centro de la estancia y miró a su alrededor, sorprendida pero contenta por el espacio que la rodeaba. El techo era alto y la habitación, aunque reconoció que más bien era un armario, era casi cuadrada, y en las paredes había numerosos estantes pequeños y nichos donde poner cosas. Mientras que su anterior espacio era evidentemente una simple curva olvidada de la pared, éste tenía luz y hasta una alfombra gastada pero respetable que cubría buena parte del suelo de piedra.

Su camastro estaba junto a la pared, así como el pequeño baúl, y fue a él para empezar a quitarse la librea.

Pero su mente no paraba de volver a la cena, y se descubrió reviviendo la horrible escena con que había terminado: no tanto la visión de Xena matando al duque como el grito desgarrador de la esposa que había dejado atrás. Resonaba dentro de ella y le recordaba intensamente al momento en que vio cómo la flecha atravesaba el pecho de Lila, y le estaba costando mucho volver a superar esa imagen, a pesar de que sabía que Xena había hecho lo que había creído necesario.

Como con Lila. Gabrielle alisó el halcón amarillo con los dedos, atrapada una vez más en la paradoja en que se estaba convirtiendo rápidamente su vida.

En justicia, la naturaleza de Xena y su despiadada afición a las matanzas deberían repelerla. Y sin embargo, Gabrielle se sentía cada vez más atraída por la peligrosa y mortífera reina, a pesar de que la lógica indicaba que debía ser al contrario. Incluso verla eliminar al duque sólo le había hecho sentir compasión por la esposa del hombre, en lugar de horror ante la muerte misma del hombre. ¿Se estaba empezando a acostumbrar? Gabrielle se sentó y se quitó las botas. ¿Tenía razón Xena? ¿Empezaba incluso a gustarle toda esa agitación?

Se levantó y se quitó las polainas, luego se quitó la clara camisa dorada, la dobló pulcramente y la puso encima del tabardo. Las paredes de piedra conservaban un frío que le puso la carne de gallina por toda la piel desnuda y se frotó los brazos distraída mientras intentaba encontrarle sentido.

Y se dio cuenta de que no podía encontrárselo, al menos en ese momento. Detestaba la violencia y los juegos mortíferos de la corte. Pero aunque Xena era el centro de todo ello, Gabrielle sabía que no podía odiar a la reina.

Todo lo contrario. Cerró los ojos en un gesto de tranquila confirmación. ¿Podía odiar todo lo que representaba Xena y querer a la propia Xena? Sus oídos captaron el ruido que hacía Xena al entrar en la sala de baño y notó que el corazón le saltaba en el pecho.

Bueno, eso que se agitaba en sus entrañas no era miedo. Virgen o no, hasta ahí llegaba.

Suspiró, metió las botas debajo del camastro y se levantó, pasándose los dedos por el pelo mientras iba a su pequeño baúl para sacar una camisa de dormir. Se la metió por la cabeza y guardó su librea bien doblada, luego se detuvo cuando se iba a levantar al ver una cajita de aspecto olvidado en un rincón de la estancia.

Curiosa, se acercó y se agachó a su lado, levantó el cierre y abrió la tapa para mirar dentro.


Por una vez, quería agua caliente. Xena metió un dedo en el líquido que humeaba suavemente y asintió con aprobación a los dos esclavos que habían traído los cubos.

—Estupendo. Ahora fuera —les dijo y se quedó mirando mientras el guardia se los llevaba por la puerta hasta el pasillo. Esperó a que se cerrara la puerta y luego volvió a entrar en la sala de baño y apoyó los brazos en el borde de la bañera de mármol—. Mm. —Xena se quedó mirando el agua un momento. Luego fue al nicho de piedra excavado en la pared y cogió un frasquito, le quitó el tapón y olió con cautela—. Oye —murmuró—. Mejor que flores. —Volvió y espolvoreó parte de las sales de baño en el agua, llenando el aire de un ligero aroma a sándalo y especiada canela. Dejó el frasco en su sitio, fue a su armario y se soltó el cinturón ornamentado de la toga, advirtiendo la salpicadura de sangre que manchaba la tela en un reguero que iba del hombro a la cadera.

Con una mueca, se quitó la toga y la dejó encima de un perchero de madera del armario. Examinando lo que tenía, eligió una corta bata de seda y se la deslizó por los hombros, atándose el delgado cordón de hilos entretejidos alrededor de la cintura sin apretar. Contempló su imagen en el espejo y luego se pasó una mano por el pelo para ahuecarse un poco el flequillo.

Una ceja se enarcó con absoluto sarcasmo.

—Ohhh... qué fuerte te ha dado —acusó a su reflejo—. La última vez que te acicalaste fue para tu caballo.

Sacudiendo la cabeza con aire medio asqueado, dio la espalda al espejo. Descalza, entró en silencio en el dormitorio y se apoyó en una cornisa fuera de la puerta que daba a la estancia donde había ordenado poner las cosas de Gabrielle.

Era un espacio muy reducido, más bien un armario que ella nunca había usado y donde los anteriores ocupantes del castillo habían guardado sus montañas de ropa lujosa y objetos personales. Pero era más grande que el nicho de fuera y tenía un candelabro de pared para una lámpara de aceite que iluminaba el interior con un agradable y cálido resplandor.

Dentro todo estaba en silencio. Xena desplegó los brazos que tenía cruzados y fue a la puerta, atisbando dentro. Gabrielle estaba sentada en su camastro, apoyada en la pared con las piernas dobladas debajo del cuerpo. Tenía un trozo de pergamino en las manos y lo estaba leyendo, al parecer totalmente absorta por lo que ponía.

Xena sonrió al verla. Luego se puso los dedos entre los dientes y soltó un penetrante silbido que hizo que Gabrielle estuviera a punto de salir levitando del camastro y cayera al suelo.

—¡Uaauu! —exclamó la esclava, agarrándose el pecho—. ¡Oh!

—Je je. —Xena entró y miró a su alrededor, con las manos sobre las caderas escasamente cubiertas—. Bueno, es mejor que el escobero de ahí fuera.

Gabrielle recuperó el aliento y volvió a perderlo al mirar a los oscurecidos ojos azules que la miraban.

—Ahm... sí... es... me gusta.

—¿Sí? —Xena se acercó y se sentó a su lado en el camastro, haciendo crujir el colchón y chirriar las tiras de sujeción de debajo—. ¿Qué es eso? —Señaló el pergamino.

—Oh. —Gabrielle miró el escrito—. Me lo he encontrado en esa caja de ahí. Es un poema. —Se lo ofreció a Xena—. Es precioso. ¿Lo has escrito tú?

—¿Yo? —La reina soltó una carcajada sardónica—. Gabrielle, antes prefiero despellejar ratas con los dientes que escribir poesía. —Pronunció la última palabra como si fuera una palabrota—. ¿Poesía? ¿Yo?

La esclava dejó el pergamino en su regazo y se rascó la mandíbula.

—Lo siento —se disculpó con voz suave—. Tiene una "X" al final y por eso pensé...

Xena le arrebató el pergamino y lo miró.

—Esa X debe de ser por anónimo —dijo por fin, tirándole el pergamino de vuelta—. Nunca lo había visto.

Gabrielle toqueteó el pergamino.

—¿Me lo puedo quedar?

La reina se cruzó de brazos y la miró detenidamente.

—No es mío. ¿A mí qué más me da? —Vio la sonrisa que se empezaba a formar en el rostro de Gabrielle y decidió cambiar de tema—. Tengo un baño caliente esperando.

La esclava dobló el pergamino cuidadosamente y lo metió en su baúl.

—¿Quieres que te lave el hombro? —preguntó.

—Quiero que te metas en la bañera conmigo y me laves entera —contestó Xena, con un brillo pícaro en los ojos. Vio que los ojos verdes que la miraban se dilataban hasta un tamaño casi cómico y que los músculos a ambos lados de la cara de Gabrielle se aflojaban y se le abría la mandíbula. Con una sonrisa burlona, alargó la mano y echó la cabeza de la esclava a un lado—. Creo que se te está saliendo el cerebro. Ten cuidado.

Gabrielle cerró la boca con un ligero chasquido al entrechocar los dientes. Sin embargo, se quedó en silencio, con los ojos como platos y casi asustados.

No era eso lo que quería Xena.

—Oye. —Le dio unas palmaditas a Gabrielle en la mejilla—. Ha sido un día muy largo y la verdad es que estoy demasiado cansada para violarte en plan sádico. Tranquilízate. —Observó el expresivo rostro de la chica—. ¿Gabrielle?

Gabrielle soltó aliento.

—Mm... lo... siento. Es que... me ha sorprendido.

Xena frunció los labios.

—Ven. —Se levantó del camastro y alargó la mano—. No pido agua caliente a menudo y sería un crimen desperdiciarla.

Tímidamente, Gabrielle se levantó y cogió los dedos que se le ofrecían, agarrándolos mientras seguía a Xena a través del dormitorio hasta la sala de baño.

La bañera desprendía un delicado vapor que olía maravillosamente. Gabrielle estaba asustada y excitada, y el corazón le empezó a dar vuelcos en el pecho al sentirse arrastrada hacia la bañera de mármol.

—No es más que un baño. —Xena le cogió la mejilla con delicadeza—. No te desmayes cuando te metas, porque te ahogarás y eso me echará a perder el día, ¿vale?

El humor la ayudó. Gabrielle bajó los ojos, sabiendo que se estaba sonrojando, pero asintió.

Xena contuvo una risa irónica, desató los cordones de la camisa de la esclava y se la quitó por encima de la cabeza. Momentos después, añadió su propia bata y tiró ambas prendas a un lado. Luego pasó por encima del borde de la bañera, metiéndose en el agua agradablemente caliente y guiando a Gabrielle para que hiciera lo mismo.

Lo cual fue difícil, puesto que la chiquilla seguía con los ojos cerrados. Xena aprovechó la oportunidad para estudiar su cuerpo desnudo, advirtiendo las bonitas proporciones y, cosa sorprendente, las escasas cicatrices, aparte de la que tenía en la pierna. La chica tomó aliento con fuerza y sus costillas se expandieron, bien visibles bajo la clara piel.

Xena alargó la mano y tocó un ligero bulto que había en una de ellas, lo cual hizo que a Gabrielle se le escapara una exclamación sofocada. Sin embargo, la reina decidió que no era el momento de indagar para encontrar las piezas de este rompecabezas concreto.

Ya habría tiempo para eso.

—Oye. —Xena le dio una palmadita a Gabrielle en la mejilla y vio el aleteo de las claras pestañas al abrirse—. Que no soy un perro lazarillo. —Señaló hacia abajo—. Siéntate.

La bañera tenía tamaño más que suficiente para las dos y, una vez instalada, Gabrielle pareció relajarse un poco. Miró a su alrededor, tocando el costado de la bañera con una sensación de maravilla.

Y bien podía sentirse así. Era de mármol rosa y sin duda la bañera más bonita a este lado de Roma. Xena apoyó el hombro en la piedra y cogió el jabón de la jabonera, dejando caer un poco de espuma al agua. Jugando, sopló algunas burbujas hacia Gabrielle y cuando le tocaron el pecho, la chica por fin levantó la vista y la miró a los ojos.

—Bueno.

Al parecer, Gabrielle había superado la vergüenza.

—Bueno —respondió, con la voz algo ronca.

—Pues aquí estamos. Desnudas, en una bañera llena de agua caliente, con velas románticas al lado... —Xena se acordó de sonreír para que la chiquilla supiera que hablaba en broma.

—Es precioso —contestó Gabrielle suavemente—. Nunca me había bañado en agua caliente. Es estupendo. —Sacó la mano del líquido y dejó que le resbalara por los dedos—. Yo era... en nuestra familia yo era la mayor, así que acababa lavándome con agua bastante fría, en un barreño de madera y con mi hermana.

—Yo acababa en arroyos helados la mayor parte del tiempo —reconoció Xena, riendo por lo bajo—. Hasta que conquisté a todo el mundo y me hice con este sitio. Ahora puedo tener agua caliente siempre que quiera y voy y nunca la pido. —Alargó la mano, capturó la de Gabrielle y se la frotó ligeramente con el jabón—. Además, es un aburrimiento bañarte sola en esta bañera.

Vale. Gabrielle notó que el corazón se le calmaba y se dedicaba por fin a la tarea de mover la sangre por su interior en lugar de intentar salírsele por la garganta. No es más que un baño, como ha dicho, Gabrielle. Estás aquí, es agradable, está jugando... tranquila. Se le relajó el cuerpo y decidió probar a jugar un poco ella misma.

Gabrielle se acercó un poco y cogió el jabón, formó un poco de espuma con los dedos y le lavó la mano a Xena con ella.

—Tienes unas manos muy bonitas.

Xena enarcó las cejas.

—Tengo unas zarpas del tamaño de las de un oso con las que puedo cascar nueces o estrangular a un caballo, Gabrielle. —Abrió la mano, mostrando la palma musculosa y los largos dedos.

—Pero son bonitas. —Gabrielle no hizo caso de lo que decía y siguió enjabonando el apéndice en cuestión—. Te pegan... son del tamaño adecuado para ti. Me acuerdo de una señora que vivía en Potedaia... era bastante bajita.

—Como tú.

—Más baja.

—Ah. Una enana. —Los ojos de Xena chispearon aún más.

—Bueno, tenía las manos casi del mismo tamaño que las tuyas —continuó Gabrielle—. Eran rarísimas. —Examinó su obra—. Pero las tuyas son perfectas.

Xena alargó un dedo y dejó una raya de jabón en la nariz de Gabrielle.

—Si tú lo dices. —Vio que los ojos de la chica casi se ponían bizcos para mirarle el dedo—. ¿Sabes qué?

—¿Qué? —Gabrielle sopló unas burbujas por el agua con distraído deleite.

—Que eres una ricura.

Los ojos verdes, que se habían puesto redondos, la miraron parpadeantes.

—¿Sí?

Xena le acarició la mejilla, notando el calor que brotaba bajo sus dedos.

—Sí —contestó con seriedad—. Eres adorable y eso me gusta mucho.

Gabrielle se encontró con serias dificultades para hablar.

Los labios de Xena esbozaron una sonrisa.

—Ahora tú tienes que decirme algo agradable a mí —la instruyó con humor—. Y que no sea sobre mis manos, eso no cuenta.

La chica rubia abrió los labios, luego se detuvo y respiró hondo.

—Mm...

—¿Mm?

—Eres la persona más bella que he visto en mi vida.

Xena meneó las cejas.

—Mm... buen comienzo —felicitó a su compañera de baño—. Bueno, vamos a lavarnos para que podamos continuar la conversación en un lugar más seco.

Gabrielle se preguntó seriamente, después de eso, si era posible que hubiera salido flotando de la bañera, porque ella no recordaba haber hecho ningún esfuerzo para salir.


Acabaron delante de la chimenea, sentadas en la gruesa alfombra en lugar de las butacas para ahorrarle a Xena la presión en la espalda. Ahí sentada, con su bata tejida y las largas piernas cruzadas por debajo del cuerpo, la reina tenía un aspecto mucho menos imponente, con una copa de sidra caliente en las manos.

Gabrielle sospechaba que simplemente se estaba adaptando al torbellino en el que ahora vivía. En lugar de preocuparse por lo que estaba pasando y, lo que era más importante, lo que iba a pasar, se limitó a sentir el tacto de la alfombra de piel de carnero, el sabor de la sidra y la visión de esta bella e interesante mujer que tenía la rodilla casi pegada a la suya.

Le gusto. Gabrielle casi podía saborear la dulzura de las palabras. Le parezco mona. Ni siquiera Pérdicas, allá en casa, que había sido lo más parecido que había tenido a un novio, la había mirado como la miraba Xena en ese mismo momento.

Claro, que Xena estaba mucho más guapa toda despeinada y desaliñada de lo que lo podría haber estado Pérdicas en su mejor día, y Gabrielle estaba segurísima de que ella tampoco había mirado a Perdi como miraba a Xena.

Por un momento, se preguntó qué habría sido de Pérdicas. No estaba en Potedaia el día que los atacaron los traficantes de esclavos, y se sintió algo mal de pensar que hubiera regresado a casa para encontrarse con que todo había desaparecido. Miró a Xena, que contemplaba el fuego, profundamente ensimismada.

¿Cómo sería ver cómo mataban a tu familia, siendo pequeña? Gabrielle se concentró e intentó recordar cómo eran las cosas cuando ella era pequeña, cuando su mundo era sencillo: simplemente mamá y papá, el bebé que había sido Lila y mantas cálidas y sol.

Contempló el perfil de Xena, con sus rasgos fuertes y sus ángulos inflexibles, y trató de imaginársela de niña. No era fácil.

Como si percibiera la observación, Xena se libró de sus profundas meditaciones y se volvió para mirar a Gabrielle a los ojos. Alzó la copa y bebió de ella y luego la alargó en silencio hacia la chica.

Gabrielle tocó un lado con su propia copa y las dos bebieron. Xena se giró para que pudieran mirarse cara a cara y sus rodillas rozaron las de Gabrielle.

—Bueno. Pues aquí estamos.

—Aquí estamos —repitió Gabrielle, con una leve sonrisa—. Estoy... mm...

—¿Asustada?

—No... en serio, no.

Xena enarcó las cejas.

—¿En seeerioooo? —dijo despacio, alargando el sonido—. ¿Ya no tienes miedo de mí, Gabrielle? No me lo creo.

Bueno... La rubia cambió de postura y se concentró en su copa, cuya superficie levemente humeante le traía el rico aroma a manzanas. Oyó que Xena se movía y cuando se quiso dar cuenta, los dedos de la reina se estaban deslizando por su pelo, dándole un tironcito.

—No lo estoy. —Gabrielle echó un vistazo a la que antaño la había atormentado—. Asustada... Sólo estoy un poco... mm...

—¿Mm? —Xena trazó indolente el contorno de una de las orejas de la esclava, un apéndice bien formado de un bonito color rosa—. ¿Un poco qué? —Deslizó el pulgar por el pómulo de Gabrielle y notó la presión casi imperceptible cuando ésta se arrimó un poco más a la caricia.

—Ne... nerviosa —balbuceó Gabrielle suavemente.

—Ahh —rió Xena, casi en un susurro—. ¿Por qué estás nerviosa, Gabrielle? ¿Ya has estado escuchando otra vez esos cuentos de vieja sobre los grandes misterios de... "ahí abajo"? —bromeó—. ¿Tienes miedo de lo que podría hacerte? ¿Es que crees que te podría acabar saliendo otra cabeza o algo así?

Gabrielle no pudo evitar reírse, un poquito, al imaginárselo. Se obligó a relajarse y miró a Xena a los ojos. La luz del fuego suavizaba el azul glacial y de nuevo vio unos destellos de humanidad allí al fondo.

—No, la verdad es que no. Es decir... —Toqueteó la copa y sonrió—. Tengo diecisiete años, no doce.

—Ahh —repitió Xena—. Sabes, normalmente no tengo estas conversaciones con mis conquistas núbiles —comentó relajadamente—. La paciencia no es una virtud mía.

Las cejas de Gabrielle se contrajeron.

—Ya me he dado cuenta —dijo, estudiando la cara de Xena—. Sé que puedes hacerme lo que quieras y que yo no puedo hacer gran cosa al respecto. —Vio que los ojos de la reina se nublaban con un escudo de cautela—. Así que, ¿por qué no lo haces?

Xena se quedó callada un momento, bebiendo la sidra mientras reflexionaba.

—Porque ya te he dicho que yo no violo a las esclavas, y es cierto. No lo hago.

—Oh. —La rubia se mordisqueó el labio inferior y luego se sonrojó ligeramente—. Bueno, ¿y es realmente una violación... si a la otra persona le parece bien? —Tartamudeó al decir esto último y el rubor se intensificó. Echó un vistazo al rostro de Xena y en él vio una mezcla de emociones que la sorprendió.

—Depende de si la esclava dice la verdad... o sólo quiere obtener mi favor... o tiene demasiado miedo para decir que no —replicó Xena apaciblemente—. ¿De qué se trata, Gabrielle? —Clavó una mirada en la esclava, ahora feroz e intensa.

Gabrielle frunció levemente el ceño y luego ladeó la cabeza con aire pensativo.

—¿Y bien? —La voz de Xena se transformó en un gruñido.

—Estoy intentando averiguar... —dijo la esclava—, si intentas asustarme, —cogió la mano de Xena—, o ahuyentarme. —Sosteniéndole la mirada a Xena, le levantó la mano y le besó delicadamente los nudillos—. ¿De qué se trata, Majestad?

Y Xena se vio pillada. Se quedó mirando a Gabrielle largo rato, petrificada.

—No quiero nada de ti salvo lo que tú quieras darme. —El tono de Gabrielle era serio y sincero—. Sí, estoy asustada y nerviosa, y no tengo ni idea de en qué me estoy metiendo, pero... —Miró la mano de la reina, inmóvil en la suya.

La mano se alzó despacio, sin que ella dejara de sujetarla entre sus dedos, y se posó en su mejilla. Gabrielle sintió el pulgar de Xena que le acariciaba el pómulo y con la ternura de ese gesto, cobró valor para volver a mirar a aquellos insondables ojos azules.

—Pero quieres hacerlo de todos modos. —Xena sonrió despacio.

Gabrielle asintió vacilante.

La reina rodeó la mano de Gabrielle con sus dedos y se la apretó, la levantó y la estudió con una intensidad oscura y fiera. Su conciencia se tambaleó al borde del abismo durante un segundo y luego se precipitó con una sensación de vuelo vertiginoso.

Apretó más la mano y miró a su esclava.

—Yo también —dijo, con una sonrisa—. Así que, dado que no vas a salir huyendo...

Oh-oh. Gabrielle tomó aliento, notando la creciente emoción entre las dos.

—Ven aquí. —Xena le puso la mano a Gabrielle en la nuca y la acercó, echándose hacia delante para besarla. Las palabras eran una cosa, pero Xena sabía mejor que casi nadie que la auténtica verdad se encontraba más a menudo en los silencios que había entre ellas.

Notó que Gabrielle se apoyaba en ella, una rendición relajada ante sus caricias que provocó un incendio en sus propias entrañas. Exploró los labios de la rubia, saboreando la manzana especiada que había en ellos al tiempo que sus dedos trazaban los contornos de la cara de Gabrielle.

Su cuerpo gruñó, con un deseo que palpitaba en su interior mientras profundizaba el beso, dejando que su otra mano tocara el costado de Gabrielle. Las costillas que tenía bajo los dedos se expandieron bruscamente y notó la levísima explosión de aire entre sus labios.

El contacto se hizo más sólido y el calor del cuerpo de Gabrielle se filtró a través de la tela mientras subía explorando, acariciando cada costilla que se notaba claramente a través de la piel, hasta que llegó a la firme curva del pecho de la esclava.

De la garganta de Gabrielle surgió un ruidito medio sorprendido. Xena se rió suavemente por lo bajo y exploró más hondo con la lengua, a punto de soltar su propio graznido refinado cuando la mano de Gabrielle le acarició delicadamente la parte superior del muslo.

La caricia era tan reverente que se sintió hechizada.

Xena se apartó para tomar aire y observó mientras los párpados de Gabrielle se abrían aleteando, revelando unos neblinosos ojos verdes que se habían puesto casi de color avellana por la pasión. Con una sonrisa, la reina frotó su nariz con la de ella, sorprendiendo a la joven, que soltó una risita al tiempo que intentaba recuperar el aliento.

Xena se dio cuenta de que a ella también le costaba un poco respirar y que su cuerpo la instaba a continuar, y sus dedos trazaron una línea lenta sobre el pecho redondeado de Gabrielle y notaron cómo se tensaba el pezón en el centro bajo la ligera camisa.

—¿Te va gustando? —preguntó.

—Ahm. —Gabrielle tuvo que tragar antes de poder responder—. Es... mm...

—¿Intenso? —le susurró Xena al oído, mordisqueándole el lóbulo, y oyó el aire que se escapaba del pecho de Gabrielle en un gemido apenas audible—. Mmm... me gusta que alguien aprecie lo que hago.

Gabrielle se acercó más, alargó la mano y se detuvo.

—¿Puedo...?

—Nooo —le dijo Xena, con perversa alegría—. Que te rompo los dedos. —Mordisqueó la punta de la nariz de Gabrielle y la miró a los parpadeantes ojos verdes—. Es broma... adelante.

Gabrielle sonrió, un poquito, y le acarició el brazo a Xena al tiempo que ladeaba la cabeza para recibir otro beso, más apasionado.

Xena se descubrió gozando inmensamente del momento. Tenía la sospecha de que iba a seguir gozándolo, y su cuerpo iba despertando a la sensación de las caricias inseguras de Gabrielle. La mitad de su conciencia todavía tenía sus dudas, pero otra parte mayor de sí misma iba tomando el control, deseando esta intimidad con una fuerza que, con franqueza, le resultaba sorprendente.

Tal vez fuera por la inocencia de Gabrielle. Xena soltó los cordones de la camisa de la esclava. O tal vez fuera por la forma en que respondía a las caricias de Xena, como si estuviera tocando un arpa y los murmullos de la esclava fueran su música.

—Caray —murmuró Gabrielle, cerca de su oreja—. Qué bien sabes.

O tal vez fuera porque era una ricura absoluta. Xena sintió que sus dudas saltaban por la ventana.

—Gracias. —Apartó la camisa de un hombro de Gabrielle y alcanzó la piel desnuda—. ¿Pero sabes qué?

Gabrielle había encontrado el hueco que había en la parte delantera de su bata y pasó un dedo curioso por el ombligo de Xena.

—¿Qué?

La reina inhaló con fuerza.

—Que sabría mucho mejor en la cama.

—¿En serio?

Xena la rodeó con el brazo y la estrechó, regodeándose en el calor cuando sus cuerpos se tocaron.

—Créeme. —Se levantó despacio, levantando a Gabrielle con ella.

—Te creo —replicó Gabrielle con sencillez—. Pero no sé muy bien...

Xena acalló sus palabras con un beso, pegando su cuerpo al de la esclava y acariciando con la mano el costado de Gabrielle.

—No te preocupes —le susurró al oído—. Yo te enseño.

La cama las acogió. Xena se estiró cuan larga era y luego planificó su ataque.


Gabrielle observó la silueta de Xena iluminada por la luz de las velas mientras se acomodaba en la blanda superficie de la cama, sintiendo un hormigueo por todo el cuerpo. El miedo que la había embargado ya estaba desvaneciéndose, sustituido por la excitación y una emocionante expectación.

Xena tenía la bata medio abierta. Gabrielle se preguntó si debía soltarle el cinturón, y alargó la mano y cogió la suave tela justo en el momento en que notó que Xena se arrimaba más a ella.

Lo siguiente que sintió fue una caricia de aire frío cuando su camisa se izó por encima de sus caderas y el calor sólido, casi sorprendente, de la mano de Xena al tocarle la piel de debajo. Se le empezó a acelerar la respiración de nuevo, lo cual hizo que se sintiera un poco mareada. No soltó el cinturón de Xena cuando la reina la hizo rodar suavemente y así consiguió su propio objetivo, que era abrir esa bata.

Ooh. De repente, Gabrielle se encontró a Xena inclinada sobre ella. Vio un destello de luz y entonces cayó en la cuenta de que Xena tenía un puñal en la mano. Se le contrajo la garganta y sintió que se le desorbitaban los ojos al mirar a la reina, preguntándose por unos largos y horribles instantes si no habría cometido un terrible error.

Xena debió de verlo en su cara. La cabeza de la morena se ladeó, moderando la intensidad de su mirada, y le guiñó un ojo a Gabrielle con gesto tranquilizador.

Pero el cuchillo se acercó y Gabrielle no pudo evitar cerrar los ojos al notar la presión de la hoja en la tripa.

Oyó el ruido del cuchillo al penetrar la tela de su camisa, un suave chasquido que le cortó la respiración por completo. La presión subió por su cuerpo, pero tras ella no llegó el dolor, hasta que oyó un ligero ruido cuando la hoja cortó los cordones cerca de su garganta.

Luego hubo silencio.

Siguió con los ojos cerrados y el corazón tan acelerado que no conseguía contar las palpitaciones. Había dejado de ser divertido y, por supuesto, había dejado de ser excitante.

Le entraron ganas de llorar.

—Gabrielle. —El tono de Xena era inesperadamente tierno.

Atemorizada, se obligó a abrir los ojos. El cuchillo había desaparecido y Xena se inclinaba por encima de ella.

—Tengo un agujero en la espalda. Hacer un esfuerzo para quitarte la ropa no entraba dentro de mis planes —le dijo la reina.

Gabrielle soltó el aliento.

—Oh.

—¿De verdad creías que iba a echar a perder todo ese jugueteo previo para cortarte en pedazos? —preguntó Xena, y en su voz se percibía un tono extraño.

Gabrielle se sintió un poco tonta.

—Lo siento —susurró—. No sabía qué estaba pasando.

Xena se colocó a su lado, rozando el cuerpo de la esclava con el suyo. Metió una mano bajo la cabeza de Gabrielle y se acercó a ella, hasta pegar casi su nariz a la de ella.

—Escúchame. —Se apoderó de los ojos de la esclava, dando ligera rienda suelta a su propia personalidad—. No te voy a hacer daño.

Gabrielle soltó aliento, notando que se le pasaba parte de la tensión. Estaba deseosa de creer a Xena, y al mirar a esos ojos azules iluminados por las velas, algo dentro de su corazón le aseguró que podía hacerlo. Vacilando, alzó la mano y acarició la mejilla de Xena, explorando esos fuertes rasgos con curiosidad al tiempo que notaba la sonrisa de la reina bajo los dedos.

—Vale.

—¿Me crees? —preguntó Xena, apartando la camisa cortada y pasando la mano por la tripa ahora desnuda de Gabrielle.

Gabrielle asintió, notando que su cuerpo respondía con fuerza a las caricias.

La reina bajó la cabeza y mordisqueó ligerísimamente a su esclava en la clavícula y luego se irguió para mirarla de nuevo a los ojos.

—Podría hacerte daño, si quisiera.

—Lo sé —susurró Gabrielle.

—Pero no quiero —dijo Xena—. Quiero hacer que te sientas bien. —Cogió el pecho de Gabrielle y le pasó delicadamente el pulgar por encima del pezón—. Quiero que disfrutes con esto y que no me tengas miedo. ¿Crees que lo conseguirás?

Gabrielle acarició los labios de la reina con los nudillos, pues su cuerpo ya conocía su propia respuesta. Asintió y la necesidad de perderse de nuevo en esos preciosos ojos se convirtió en el centro de sus pensamientos. El miedo se disipó y el frío que había dejado desapareció cuando los labios de Xena tocaron los suyos, devolviéndole ese dulce sabor.

El cuerpo de Xena se apretó contra el suyo. Gabrielle rozó la cadera de la reina con la mano al tiempo que notaba las caricias de Xena subiendo por su tripa, explorándola con curiosidad.

Le daba gusto. Gabrielle inhaló aire, tragando para humedecerse la garganta, que se le había quedado repentinamente seca. Los labios de Xena bajaron y le chuparon la base de la garganta al tiempo que la reina metía una rodilla entre las suyas. Eso le dio mucho gusto y soltó aliento, haciendo vibrar las cuerdas vocales inesperadamente con un sonido grave.

Xena se echó a reír suavemente y su aliento calentó la piel de Gabrielle.

Gabrielle sintió que ese mismo calor le envolvía el pecho y luego una descarga estuvo a punto de lograr que se le salieran los ojos de las órbitas, cuando los labios de Xena jugaron con ella y la mordisquearon. Era una sensación increíble, como si le cayeran pequeños rayos por toda la piel, y quiso sentir más.

Xena parecía dispuesta a ello, porque mientras continuaba haciendo lo que estaba haciendo, también se puso a acariciar a Gabrielle por la parte interna de la pierna y eso...

Gabrielle notaba un fuego que le ardía en las entrañas, cálido y extraño y más irresistible que cualquier cosa que hubiera sentido hasta entonces. Le aceleraba el corazón y apenas lograba controlar las reacciones de su cuerpo. Enredó los dedos en el pelo oscuro de Xena y se echó hacia delante, hundiendo la cara en la piel con aroma a especias del cuello de la reina.

Otra sensación de fresco, cuando sus paños menores fueron retirados, y las caricias de Xena se hicieron de lo más personales. Gabrielle notó una presión que iba en aumento en su interior y que era casi insoportable y soltó un quejido.

—¿Te hago daño? —le dijo la voz ronca de Xena en la oreja, acompañada de un lametón y unos mordisqueos en el lóbulo.

—N... aujj... n... —Gabrielle no sabía qué estaba haciendo Xena, pero tenía el cuerpo entero como si estuviera a punto de tener un ataque de convulsiones—. ¡Oh!

—Lo voy a interpretar como un no —dijo Xena riendo y agachó la cabeza y empezó a bajar por el cuerpo de Gabrielle besuqueándolo. Notaba que las manos de la esclava le aferraban el pelo y se puso a explorar el esbelto cuerpo con una sensación de alegre placer. Era como si hiciera lo que hiciese, tocara donde tocase, aquello fuera justo la acción y el punto adecuados para volver loca a su pequeña amiga.

Nunca hasta entonces había tenido a nadie que reaccionara de tal manera con ella y el poder era, incluso para una persona tan acostumbrada al poder como Xena, embriagador.

—Aujjj. —Esta vez el quejido brotó de las entrañas de Gabrielle.

Xena notó que el cuerpo de Gabrielle se arrimaba más a sus caricias, tensándose a medida que esas caricias se hacían más insistentes. Penetró un poco más y al hacerlo, un brazo fuerte le rodeó el cuello, sorprendiéndola con su fuerza, al tiempo que el cuerpo de Gabrielle se arqueaba hacia ella.

La esclava soltó un alarido.

Xena pensó vagamente que eso era mucho más agradable que un grito de terror.

Gabrielle se sentía como si la piel se le estuviera volviendo del revés. Agarró a Xena, olvidándose por completo del miedo, y se aferró a ella mientras su cuerpo se estremecía por las convulsiones fruto de una sensación tan poderosa que por un momento dejó de oír, hasta percibir únicamente el trueno de su propio corazón.

No se detuvo, sino que alcanzó la cima y se precipitó sobre ella, atravesándola y haciendo que se le pusieran de punta los pelos de la nuca con un extraño escalofrío cuando el aire de la habitación se coló entre ellas. Por un largo instante, lo único que sintió fue calor y luego su cuerpo empezó a respirar de nuevo a medida que la sensación se suavizaba y se iba deteniendo, y los labios de Xena volvieron a capturar los suyos juguetonamente y se apoderaron de su aliento.

Dioses. Gabrielle sólo pudo corresponder débilmente, acariciando la mejilla de Xena con los dedos.

—Aujj.

—Mmmm... ¿Eso es bueno o malo? —La voz de Xena envolvió su mente.

—Bb... m... uau.

—Mm... a mí me parece que bueno. —La reina siguió acariciándola y el cuerpo de su esclava se relajó pegado a ella.

Gabrielle se acurrucó en el cuello de Xena, aspirando su aroma.

—Incre... íble —soltó—. Caray.

Xena se detuvo un momento y la miró como si de repente se le hubiera ocurrido una cosa.

—¿Te ha gustado? —Sintió que Gabrielle asentía—. Bien.

Una caricia indecisa en la tripa la sorprendió un poco. Xena notó que los dedos de la chica la exploraban con vacilante curiosidad.

—¿Me enseñarás a hacer eso? —susurró Gabrielle.

Xena se rió por lo bajo.

—Oh, eso espero —dijo—. Lo haremos despacito y con calma. Tenemos mucho tiempo.

—Mm. —Gabrielle le dio un abrazo repentino y algo inesperado—. Había oído tantas historias de miedo... no ha sido así en absoluto.

—Claro que no. —Xena la besó, segura ahora de sus derechos—. En esas historias había hombres.

—Mm... sí —asintió la esclava, dibujando los labios de Xena con el pulgar—. No saben lo que se pierden, ¿eh?

La reina soltó una risa malévola, una carcajada grave y plena que le resonó por todo el pecho.

—Oh... qué rápido aprendes. Qué suerte tengo. —Se rió suavemente—. ¿Lista para la primera lección?

Gabrielle se echó a reír con ella, preguntándose por qué había tenido miedo.


Pero había sido un día muy largo y Xena decidió postponer su pequeña sesión de instrucción cuando un movimiento imprudente con el hombro le trajo bruscamente el recuerdo de la herida que había sufrido. Se conformó con un período de besos cálidos y lánguidos y lentas caricias con las manos mientras reposaban juntas apaciblemente.

Estaba claro que Gabrielle había comprendido la idea de decirle cosas bonitas. Xena no recordaba la última vez que le habían dicho tan a menudo lo guapa que era.

Y por boca de alguien que lo decía de verdad. La reina contempló el techo, reconociendo su propia vanidad con una sonrisa irónica. Pero no tenía sentido negar que eso le gustaba y que su ego apreciaba la atención bastante más de lo que ella pensaba que debía.

Ahora estaban en silencio, salvo por el leve chisporroteo de los leños en la chimenea, y a oscuras. Xena estaba tumbada de medio lado, con un brazo alrededor del cuerpo relajado de Gabrielle mientras contemplaba los débiles destellos rojizos que flotaban por la habitación.

Estaba cansada y casi soñolienta. No tardaría en cerrar los ojos y dejar que la oscuridad se apoderara de ella, pero era agradable estar simplemente echada en la cama y no estar sola, por primera vez desde hacía mucho tiempo.

Gabrielle estaba hecha un ovillo, con el cuerpo pegado al de Xena, y la reina notaba el calor constante de la respiración de la chica en las costillas. A la escasa luz, veía el perfil de Gabrielle, medio tapado por el pelo alborotado, y al ver la sonrisa apenas visible, en la cara de Xena se formó una sonrisa parecida.

Gabrielle. Xena dio vueltas al nombre en su cabeza, disfrutando de su ritmo.

Había tenido muchas relaciones de una sola noche en el pasado. Xena prefería encontrar a alguien de buen aspecto y llevárselo a la cama, liberar la energía sexual que tenía acumulada y luego echarlo de una patada en el culo antes de que se consumieran las velas.

Pero esta vez no. Xena frotó un mechón de pelo rubio entre los dedos. No tenía el menor deseo de echar a Gabrielle de su cama, de sus aposentos o de su vida. Esta chiquilla le gustaba. Le gustaban su coraje y su inocencia y el fuerte corazón que Xena percibía bajo la capa de juventud.

Quería quedarse con ella. Xena suspiró con satisfacción. Y siempre conseguía lo que quería.


Durante un rato, Gabrielle se quedó allí tumbada con los ojos cerrados.

Habían ocurrido tantas cosas que quería tener tiempo de estudiar cada una de ellas antes de dejar que la vida siguiera fluyendo a su alrededor, y esta tranquila oscuridad parecía un buen lugar para hacerlo.

Notaba el brazo de Xena a su alrededor y el calor del cuerpo de la reina en el aire fresco de la habitación era muy reconfortante, al igual que ese olor que empezaba a serle familiar y que parecía formar parte de ella.

Gabrielle pensó un momento en dónde estaba. La sensación surrealista de todo ello casi hacía que la cabeza le diera vueltas. Lo que le había pasado la noche anterior casi hacía que la cabeza le diera vueltas.

Recordar lo maravilloso que había sido casi hacía que otras partes le dieran vueltas.

Bueno, pues...

Pues ahora ya era de verdad lo que todo el mundo pensaba que era. Gabrielle lo meditó con total seriedad. La compañera de cama de la reina.

Le temblaron un poco los hombros cuando se le escapó una risita inesperada. Todos lo decían como si fuera una especie de horror. Gabrielle sospechaba ahora que, lejos de ser un papel despreciado, todo el mundo lo envidiaba en secreto. Xena tenía razón: era una mujer bellísima y prácticamente chorreaba sensualidad, hasta tal punto que Gabrielle notó que de nuevo sentía un hormigueo por dentro sólo de pensarlo.

No se parecía en nada a lo que había ocurrido en el cuartel. Xena no la había tratado como a un animal de cuadra en absoluto: la había tratado como...

Gabrielle abrió los ojos y la escasa luz que entraba por la ventana y la de la chimenea le mostraron los contornos desnudos del cuerpo de Xena a pocos centímetros de su nariz. Costaba recordar que hasta hacía muy poco tiempo había sentido terror ante esta mujer.

Xena la había tratado como a alguien a quien valorara. Alguien cuyo bienestar era importante para ella.

Era una sensación muy especial. Gabrielle sabía que nunca la había experimentado hasta entonces. En casa sólo había sido una más de las chicas de la aldea, otro par de manos, otra boca que alimentar.

Era raro que hubiera tenido que convertirse en esclava para saber lo que era esto. Le parecía muy mal, muy al contrario de como debía ser, pero daba igual: era la verdad, y se alegraba de saber ahora lo que se sentía al ser apreciada sólo por ser ella misma.

¿Pero cuánto durará? Gabrielle soltó aliento. ¿Se cansará de mí ahora? Ahora que Xena había conseguido lo que quería, ¿enviaría a Gabrielle de vuelta a las cocinas y eligiría a otra persona?

—Eh.

Gabrielle estuvo a punto de saltar de la cama al notar una ligera palmadita en el trasero.

—Errrgrr. —Logró sofocar un grito y se colocó boca arriba, levantando la mirada hacia Xena—. Mm... Hola.

—¿Por qué no estás durmiendo? —preguntó Xena.

—Mm... es que estaba...

Xena le tapó los labios con los dedos.

—Deja que demuestre mi regia omnipotencia. Estabas pensando, ¿a que sí?

Gabrielle asintió.

—¿En qué?

¿En qué? ¿Debía decírselo a Xena o a la reina le parecería una impertinencia? Gabrielle se mordisqueó el labio mientras pensaba. Algo de la oscuridad y de la íntima situación le quitó cualquier miedo.

—En lo que va a pasar ahora.

Xena se rió por lo bajo.

—¿No puedes esperar a que se haga de día? Vaya, vaya.

Gabrielle se dio cuenta de cómo sonaba lo que había dicho y tuvo que sofocar una risita.

—No era eso lo que... quería decir.

—Mm. —La voz grave de la reina le zumbó en los oídos—. ¿Quieres decir qué pasa ahora que te he seducido vilmente y me he acostado contigo?

Esto del sonrojo empezaba a ser molesto de verdad. Gabrielle se frotó la cara.

—Que te tiro al vertedero para que te usen como trapo para secar los platos —le dijo Xena—. Y yo paso a la siguiente conquista.

Gabrielle la miró y vio un brevísimo destello de luz en sus ojos.

—¿En serio?

Xena sonrió.

—No.

De algún modo, una parte de ella ya lo sabía. Gabrielle encontró la mano de Xena desplegada sobre su tripa y la cogió, entrelazando los dedos con los de la reina.

—No encuentro muy a menudo gente a la que pueda tolerar y mucho menos que me guste. A esas personas me gusta mantenerlas a mi lado todo el tiempo posible —continuó Xena—. Así que no te preocupes por eso.

—Vale. —Gabrielle se arrimó más—. Me alegro.

—Ah, te alegras, ¿eh? —Xena se descubrió riendo—. Sí, yo también. —Inesperadamente, sintió una necesidad impulsiva y se rindió, cogió a Gabrielle entre sus brazos y la estrechó. Oyó el gorgoteo de sorpresa que soltó la chiquilla y entonces Gabrielle le devolvió el abrazo con bastante entusiasmo.

Curioso. Aquello hizo que el corazón se le acelerara casi tanto como con las tímidas caricias de Gabrielle la noche antes. Xena sintió una emoción cálida y desconocida que crecía en su interior, dulce como la miel, y que se intensificó cuando Gabrielle le puso la cabeza en el hombro y le dio un beso ligero, casi como la caricia de una pluma, en la parte alta del pecho.

Xena apoyó la mejilla en la cabeza de Gabrielle y se hundió en la sensación. Era tan distinta de todo lo que había conocido en su vida, no el fuego de la sensualidad, sino algo mucho más tierno y amplio.

Le gustaba. Se sentía bien por razones que en realidad no tenían nada que ver con el sexo. Con una mano, acarició la espalda de Gabrielle. La chica tenía un brazo alrededor del estómago de Xena y lo tensó para darle un ligero achuchón.

—Tú sigue haciendo eso y te tendré a mi lado durante el resto de tu vida.

Gabrielle levantó la cabeza, con los ojos visibles a la luz de la luna, y miró a Xena sorprendida.

Xena la miró enarcando una ceja.

A la esclava se le puso carita de felicidad y luego bajó la cabeza de nuevo y volvió a abrazar a Xena.

Xena dejó que se le cerraran los ojos y, sumida en el calor de esta novedosa sensación, permitió que el sueño se apoderara de ella por fin.


Gabrielle llevaba la cabeza bien alta cuando bajó los últimos escalones hasta la cocina. Iba vestida con una de sus túnicas azules de trabajo, pero la llevaba encima de las polainas y las botas para protegerse del frío de la fortaleza. El tiempo había vuelto a cambiar antes del amanecer y fuera hacía un día nublado y tormentoso.

Muchas cabezas se volvieron cuando entró en la sala y se detuvo un momento para echar un vistazo alrededor en busca de alguno de los esclavos que habían llegado con ella y para aspirar el aire cargado del olor avellanado de las gachas de avena.

Al no ver a ninguno de sus amigos, Gabrielle se volvió y fue a la chimenea, consciente de que la gente se apartaba de ella mientras cruzaba la abarrotada cocina.

—Hola —saludó a la cocinera en voz baja—. Necesito el desayuno para Su Majestad.

La mujer, la misma que con tanta crueldad los había tratado a ella y a los demás cuando llegaron, se secó las manos a toda prisa y asintió.

—Sí, por supuesto. ¿Qué le apetece a Su Majestad?

Oh. Gabrielle contempló las cosas que había. Buena pregunta. Se preguntó si a Xena le gustaban las gachas, que a la propia Gabrielle nunca le habían hecho demasiada gracia. Tal vez fuera la versión de su madre, que sabía bastante parecida al engrudo que usaba el carpintero para sellar las juntas de los muebles que hacía allá en Potedaia.

Sin embargo, podía añadir fruta y frutos secos, sobre todo esas nueces negras que ella misma había recogido a menudo en el bosque, y pensó que una hogaza de pan recién hecho compensaría con creces si resultaba que Xena sentía lo mismo que ella por las gachas. Observó a la cocinera mientras ésta sacaba una bandeja de plata y dos personas más dejaron sus tareas y se acercaron para ayudar.

Colocaron en la bandeja unos cuencos de plata, primorosamente pulidos. Gabrielle eligió una jarra al azar de entre las jarras de plata que había ahí cerca y fue al barril de sidra, pensando que la costumbre de Xena de comer lo mismo que comía todo el mundo era probablemente una idea de lo más inteligente.

Stanislaus entró por el otro extremo de la cocina. La vio y se apresuró a acercarse, inspeccionando la bandeja con ojo de lince.

—Buenos días, Gabrielle —la saludó—. ¿Su Majestad está despierta, pues?

—Sí, está despierta —contestó Gabrielle, incapaz de reprimir del todo una sonrisa.

El senescal la miró atentamente.

—Ya —murmuró—. Tengo su programa para el día de hoy. Debo repasarlo con ella. —Se marchó dándose aires de importancia, sintiendo al parecer que su posición había vuelto a quedar confirmada gracias a los hechos del día anterior.

Gabrielle lo miró mientras se iba, luego miró a su alrededor y se dio cuenta de que el ambiente era, efectivamente, distinto al que había sido unos días antes. Había una quietud... una vigilancia que le ponía los pelos de punta y le hacía preguntarse qué se había conseguido en realidad con la derrota de Bregos.

Vigiló a los cocineros mientras llenaban el cuenco de gachas humeantes y se acercó con su jarra de sidra al tiempo que cogía un plato con una hogaza de pan caliente y mantequilla de hierbas y lo dejó todo al lado de las gachas, que ya estaban servidas.

—Un poco de esa fruta, por favor. —Señaló.

Una de las que la estaban ayudando le trajo un cuenco y ella lo puso en la bandeja. Luego cogió las asas de la bandeja de plata y se volvió. Vio que todas las miradas se apartaban de ella cuando cruzó la cocina hasta la puerta guardada, donde dos de los hombres de Xena estaban plantados con las piernas separadas a cada lado del pie de la escalera.

Nadie se acercó a menos de un cuerpo de distancia de ella. Un silencio incómodo rodeaba a Gabrielle cuando pasó entre los guardias y emprendió la subida, sin que ellos le impidieran el paso o comentaran nada.

Llegó al final de las escaleras a tiempo de ver a Alaran cruzando el vestíbulo redondo. Llevaba puesta su ropa cortesana y parecía algo preocupado.

Se acercó a ella e inspeccionó la bandeja, con un breve gesto de asentimiento.

—¿Has vigilado los cuencos? —preguntó secamente.

Gabrielle asintió.

—Bien. —Alaran la condujo hacia la sala exterior de la reina. Abrió la puerta y se echó a un lado para dejarla pasar, luego la siguió al interior y cerró la puerta detrás de ambos.

Stanislaus estaba esperando en la sala, mirando por la ventana y observando el día, que estaba empeorando. A Xena no se la veía por ninguna parte, lo cual no era extraño, puesto que Gabrielle había dejado a la reina en la cama. Pasó junto al senescal y fue a la puerta interior, empujándola ligeramente con la cadera para abrirla.

—Disculpadme. —Les sonrió levemente y se metió en el dormitorio de dentro, dejándolos ahí fuera con una sensación de placer irónico.

Xena levantó la mirada cuando entró. La reina seguía echada en la cama, con el cuerpo desnudo tapado por la sábana superior de seda, y estaba repasando un pergamino.

—Qué rápido.

—Bueno. —Gabrielle depositó la bandeja—. No es que haya tenido que cocinarlo yo.

La reina se rió por lo bajo.

—¿Sabes?

—¿Cocinar? —Gabrielle apartó la mirada de su tarea—. Claro.

Xena se puso de lado y apoyó la cabeza en una mano.

—No me digas. Mm. —Se quedó pensando—. Pues creo que esta noche me vas a hacer la cena. —Hizo una pausa, observando la sonrisa tímida y contenta que iluminaba el rostro de Gabrielle—. Dos veces.

La chica rubia detuvo lo que estaba haciendo y atisbó por encima del hombro. Tenía cara de duda.

—Sí, estaba hablando de sexo —dijo Xena con indolencia—. Sabes, Gabrielle, tienes que superar esa mentalidad de pastora.

Gabrielle arrugó la nariz y acabó sonriéndole tímidamente.

—Tienes visitas ahí fuera. —Indicó la puerta.

—Pues qué pena —dijo Xena—. A ver si lo adivino, ¿Alaran y Stanislaus?

—Sí.

Xena se colocó boca arriba y se puso una mano detrás de la cabeza.

—Si los dejo ahí esperando el tiempo suficiente, a lo mejor hasta se les ocurre algo útil que contarme —decidió—. ¿Eso son gachas?

—Sí. —Gabrielle echó trocitos de fruta y nueces. Luego derramó un poco de miel encima de las espesas gachas.

—Las odio.

—Yo también —reconoció Gabrielle—. Pero si les pones muchas cosas, no están tan mal.

—Mmmm... —Xena meneó la cabeza—. No, no... no podrías poner nada en ese cuenco que me animara a probarlo, Gabrielle. —Hizo una pausa, pensativa—. Ni siquiera si tú te metieras dentro, creo yo.

Los hombros de Gabrielle se estremecieron de risa.

—¿Acaso pones en duda mis habilidades culinarias? —preguntó—. Bueno, también he traído pan y fruta.

—Vaya. ¿Tan fácilmente te rindes? —Xena descubrió que estaba disfrutando inmensamente de esta conversación en broma—. Venga, que puedes hacerlo mejor.

La esclava cogió uno de los cuencos, se acercó y se arrodilló en la alfombra al lado de la cama con su ofrenda.

—¿No podrías probarlo al menos?

—Grrrrrr... —Xena hizo una mueca.

Gabrielle sonrió.

—¿Por favor?

—Si no me gusta, ¿te puedo cortar un dedo? —La reina estrechó los ojos y se le puso un aspecto extraordinariamente fiero para tratarse de una mujer desnuda bajo una sábana de seda.

—Mm. —Gabrielle se encogió y dobló las manos—. Supongo, si de verdad quieres hacerlo.

Xena la dejó esperando unos segundos y por fin habló.

—Vamos, a ver si te atreves. —Abrió la boca y alzó las cejas con gesto de invitación.

Animada, Gabrielle cogió la cuchara.

—Ah ah ah. —Xena movió la cabeza con aire de advertencia. Agitó los dedos.

—Oh. —La esclava dejó la cuchara y luego cogió con cuidado un poco de gachas con el dedo índice. Esperó un segundo para asegurarse de que no se le iba a caer y luego alargó la mano osadamente y depositó las gachas en la boca a la espera de la reina.

Los dientes de Xena se cerraron inmediatamente sobre su dedo y lo sujetaron con fuerza.

A Gabrielle se le dilataron los ojos.

La reina sonrió pérfidamente, sujetándola al tiempo que su lengua lamía la pequeña porción de gachas. Al cabo de un momento, abrió la mandíbula y soltó el dedo de Gabrielle, luego tragó con cara de auténtica sorpresa.

—Mm. —Se chupó los labios—. ¿Qué le has puesto?

—¿Te ha gustado? —Gabrielle se examinó la mano, donde ahora se veían leves pero evidentes marcas de dientes.

—No, me da asco y quiero asegurarme de que nadie vuelve a hacer una cosa con ese sabor —comentó Xena con humor—. ¿Qué le has puesto?

Gabrielle adivinó que le estaba tomando el pelo.

—Manzana, nueces, canela y miel. —Le ofreció una cucharada a Xena—. ¿Te ha dado suficiente asco como para probar otro poco?

—Dame eso. —Xena le arrebató el cuenco y se sentó en la cama, apenas tapada por la sábana—. Tú ponte lo que quieras.

Gabrielle se levantó y regresó a la bandeja, satisfecha con su éxito. En casa había sido su única y modesta habilidad, puesto que prácticamente cualquier otro tipo de tarea doméstica se le daba fatal. Se preparó un cuenco y lo dejó a un lado, luego cortó unas rebanadas de pan y las untó de mantequilla de hierbas. Sirvió sidra en una de las copas de cristal y la llevó, junto con el pan, a la cama de Xena.

Xena la miró cuando volvió a arrodillarse.

—¿Sabes cuál es tu problema? —preguntó de repente—. Que llevas demasiada ropa puesta.

—P... —Gabrielle se mordió la lengua sin querer—. Ay. Mm... hace frío.

—Aquí dentro no. —Los ojos de Xena chispeaban por encima del cuenco de gachas. Se echó a reír por lo bajo al ver la cara de Gabrielle y luego se inclinó hacia ella—. ¿Qué tal tengo el agujero de la espalda?

Gabrielle dejó el pan y la sidra en la mesa y apoyó una mano en el hombro de la reina, observando la herida de la espalda.

—Oh. —Murmuró sorprendida. La irritación inflamada de la piel se había reducido mucho y la parte donde había cosido la herida para cerrarla tenía costra y parecía intacta—. Nada mal, la verdad.

—Mm. —Xena flexionó un poco el brazo—. Lo noto mejor. —Se irguió y volvió a sus gachas—. Sólo necesitaba descansar un poco... de hecho, creo que voy a decretar que el día de hoy sea un día para quedarse en la cama. —Cogió con la cuchara lo último que quedaba de gachas y se lo tragó—. ¿Qué te parece, esclava?

—Pues... —Gabrielle cogió el cuenco—. ¿Yo también me puedo quedar en la cama? —preguntó, tartamudeando ligeramente.

Xena pasó un dedo por la costura interna de las polainas de Gabrielle, subiendo por el interior del muslo.

—Por supuesto —dijo—. ¿No te gusta pasar los días de lluvia en la cama, Gabrielle?

Gabrielle se volvió y miró por la ventana, donde la lluvia racheada hacía vibrar los cristales.

—No, nunca he podido hacerlo —reconoció—. No nos dejaban quedarnos en la cama después del amanecer, porque había muchas cosas que hacer. Yo me encargaba de los animales.

—Pues parece que éste es tu momento de experimentar cosas por primera vez, ¿no? —Xena bebió de su copa—. Tú desayuna. Yo voy a librarme de esos bichejos de la otra habitación y luego podemos hacerte miembro del club de los que duermen de día.

Sintiendo una mezcla de excitación sensual y vergüenza, Gabrielle volvió a la bandeja de la mesa y cogió su cuenco, se sentó en la silla acolchada que había junto a la mesa y cogió una cucharada. Sabía que Xena se estaba levantando de la cama y entrando en la sala de baño, pero logró obligarse a sí misma a clavar los ojos en su desayuno, en lugar de quedarse mirándola con la boca abierta.

Poco después, Xena salió vestida con una bata escarlata de tejido grueso adornado con una tira de suave piel blanca. Se ciñó el cinturón alrededor de la cintura y fue a la puerta, guiñándole un ojo a Gabrielle antes de pasar por ella.

Oooh... Gabrielle dio un bocado al pan. Xena caminaba de una forma muy sexi, y se preguntó por qué no se había dado cuenta hasta ahora.


—Muy bien. —Xena fue a su gran silla y se sentó en ella, encarándose a sus dos servidores—. Hablad rápido. Tengo planes para hoy en los que no estáis incluidos ninguno de los dos.

Alaran se inclinó hacia Stanislaus.

El senescal bajó la cabeza cortésmente.

—Ama, se me había ocurrido consolidar tu victoria convocando a los nobles leales para que coman hoy contigo.

—No. —Xena meneó la cabeza—. Nada de audiencias para hoy. No voy a asistir a la corte ni al salón de baile para cenar.

—Pero...

—¿Estás duro de oído? A lo mejor eres demasiado viejo para ocuparte de estas cosas —dijo la reina con tono tajante.

—Ama... —intervino Alaran—. Mi estimado colega ha tenido una idea excelente. Los leales se sentirían más unidos a ti gracias a ello.

—Me importa un bledo —dijo Xena—. Convocadlos para mañana si queréis. Hoy no. —Señaló hacia la ventana—. ¿Creéis que les gustaría viajar hasta aquí con la que está cayendo? Me pasaría el resto del invierno eliminando la peste a lana mojada de mis aposentos.

—Casi todos se han quedado en la fortaleza, ama —murmuró Stanislaus.

—Bien. Pues que les sirvan en sus aposentos, con atentos saludos de mi parte —dijo la reina—. Que el personal ponga algo bonito en la bandeja, como rosas o tal vez una rata muerta. Algo que demuestre mi gentil aprecio por su lealtad.

Stanislaus se toqueteó la perilla. Luego asintió.

—Eso estaría bien, ama —afirmó—. Les prepararé algo maravilloso —dijo—. Pero que no aparezcas hoy...

—Tendrá que ser un hecho aceptado. Si alguien pregunta, diles que estoy pasando el día repasando las apuestas que hizo todo el mundo según me han informado mis espías, para ver qué medidas correctoras podría aplicar.

Stanislaus gruñó, parpadeando mientras asimilaba el mensaje.

—Eso les hará pensar.

—Lo dudo, a menos que se quiten los pantalones para airear el cerebro. —Xena torció el gesto.

—Muy bien, ama. ¿Le digo entonces al servicio que te traiga la cena? —preguntó el senescal—. Creo que la cocinera ha conseguido faisán, que sabe que te gusta.

Xena sonrió.

—Ya tengo planes para la cena. Dile a la cocinera que no, gracias.

Frunciendo el ceño, Stanislaus se rindió. Hizo una reverencia.

—Muy bien, ama. —Se giró con elegancia y se dirigió a la puerta exterior, metiéndose las manos en las mangas de la túnica.

Xena esperó a que cerrara la puerta. Luego se volvió para mirar a Alaran.

—¿Y bien?

El jefe de seguridad se cruzó de brazos.

—Los hay que están muy descontentos, mi reina, pero son pocos y tienen miedo de tus hombres —declaró—. El festejo de anoche en el cuartel fue prodigioso. Los hombres están muy satisfechos y cuentan historias sobre tu victoria contra Bregos en cada esquina.

—Bien. —Xena se relajó—. Ya pensaba yo que el combate había puesto fin a muchas cosas. Pero mantén vigilados a esos malditos liantes que apoyaban a Bregos. Son demasiado estúpidos para no querer seguir agitando el cotarro.

Alaran asintió.

—Es posible, mi reina. Aunque después de la cena de anoche, la mayoría lleva camisa de cuello alto.

Los dos se rieron entre dientes. Xena dobló la mano.

—Ah... hacía mucho tiempo que no hacía una cosa así. Qué gusto me dio —reconoció—. Qué gusto me dio todo.

—Y fue muy impresionante, señora, como lo recordábamos todos. —Alaran le sonrió—. Ha sido bueno, muy bueno que los que no han estado contigo sobre el terreno vieran esa destreza. Muchos se han quedado sorprendidos.

—Mm. —Xena asintió—. Viene bien recordárselo de vez en cuando. —Cambió de postura y se apoyó en un brazo de la silla—. ¿Algo más?

—¿Te encuentras bien, mi reina? —preguntó Alaran en voz baja—. Me pareció que ese cabrón te alcanzaba durante el combate. —La observó atentamente, sin que lo pareciera.

—Nunca me he sentido mejor —replicó Xena, con tono suave e indolente—. Gabrielle me ha estado cuidando muy... muy bien. —Estiró los brazos por encima de la cabeza y luego entrelazó los dedos detrás de la nuca. El tirón le dolió, pero no tenía nada que ver con lo que había sido el día antes. Una buena noche de descanso, efectivamente—. Mantén los ojos abiertos, Alaran. Hay algo que no me huele bien.

—Como desees, mi reina —murmuró Alaran—. Aunque creo que lo que has hecho ha puesto fin de verdad a las conspiraciones más oscuras.

Los claros ojos de Xena lo observaban como los de un halcón.

—Ah. Bueno, me alegro de oírlo. —Sonrió—. Tal vez ahora podamos pasar a actividades más provechosas. Como expandir los territorios del este y encontrar ese misterioso reino que me ha regalado esa caja tan bonita.

Alaran sonrió a su vez.

—Efectivamente, mi reina. Hay cosas mucho mejores a las que dedicar tu atención. —Se inclinó profundamente—. Te dejo para que descanses, pues. ¿La pequeña también está bien? Muchos advirtieron su presencia a tu lado durante todo el día.

—Gabrielle es espectacular —le dijo Xena—. Y puedes hacer correr la voz por mí de que verla a mi lado es algo a lo que todo el mundo ya puede ir acostumbrándose.

Alaran enarcó las cejas.

—¿Sí, Majestad?

—Sí —replicó Xena.

El jefe de seguridad pasó la punta de la bota por el suelo de piedra de la sala, frunciendo los labios antes de hablar.

—Majestad, si me permites la osadía... uno de los temas que provocó el débil intento de insurrección por parte de Bregos es la incertidumbre que sienten los nobles acerca de la continuidad de tu reinado.

—Que se aguanten —dijo Xena—. Diles que dejaré el trono al burro más bonito del corral si me da la gana. No estoy dispuesta a tolerar que dicten cómo debo vivir mi vida, Alaran.

—Ama...

—¡FUERA! —Xena se enfureció con una brusquedad pasmosa—. ¡Déjame!

Alzando las manos, Alaran no insistió.

—Como desees, ama. —Retrocedió hasta la puerta y salió de la habitación, sin apartar los ojos de la mujer enfurecida sentada en la silla junto a la ventana.

Xena se quedó ahí sentada hasta que se le pasó el ataque de rabia. Las manos le temblaban sobre los brazos de la silla y cerró los ojos, intentando librarse de la descarga de emoción que le había provocado la protesta de Alaran.

La puerta interior se abrió despacio y la cabeza rubia de Gabrielle asomó por el borde.

Xena se levantó y se colocó bien la bata, luego se apartó de la silla y se dirigió a la puerta interior.

—Bueno, ya está.

—¿Sabes una cosa? —Gabrielle le abrió la puerta y se echó a un lado para que pudiera pasar—. Creo que no me gustan esos tipos —le dijo a Xena—. No me gustan nada.

Xena la rodeó con el brazo y la estrechó, encantada cuando esa agradable sensación se produjo de nuevo.

—Tienen su utilidad, Gabrielle —le dijo a la chica—. No te preocupes por ellos. Bueno. ¿Dónde estábamos? Creo que te había dicho que te libraras de la ropa, ¿no?

El aguanieve hacía vibrar los cristales de la ventana y las dos la miraron. Xena se olvidó de la irritación que había sentido momentos antes y se concentró en la cercana presencia de Gabrielle. Alaran era un maldito obsesivo, desde hacía años. Los nobles podían refunfuñar, pero Xena sabía que a la hora de la verdad, no tendrían agallas para enfrentarse a ella.

¿Acaso lo ocurrido con Bregos no lo había demostrado? ¿Qué más daba lo que quisieran?

—Ven aquí. —Xena agachó la cabeza y besó a Gabrielle en los labios, saboreando la sidra que quedaba en ellos. Ella tenía lo que quería, aquí mismo.

Que se fueran todos al Hades.


PARTE 10


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