8


El sol se estaba poniendo, bañando el campo de azules y grises, para cuando terminaron las competiciones. El aire había refrescado y Gabrielle se frotó los brazos desnudos mientras observaba el final de la última carrera, en la que un caballo con los colores morado y amarillo se puso a la cabeza de todos los demás. Al parecer el caballo era del duque Lastay, según indicó su repentino grito de entusiasmo. Gabrielle vio que el jinete frenaba y alzaba el puño en el aire al pasar ante ellos.

Y era un bonito caballo. Era dorado, con la crin y la cola claras, y llevaba la cabeza bien alta. Gabrielle se volvió y miró a Xena. La reina también miraba al caballo, con aire pensativo, casi triste.

—Supongo que no siempre se puede ganar —murmuró la mujer rubia.

Xena soltó aliento despacio.

—Merecía ganar. Es un buen animal. —Se apoyó en el brazo del trono, acercándose más a Gabrielle—. Es de buena cepa.

Gabrielle observó al caballo.

—Es muy bonito.

—Bonita.

Gabrielle se volvió y miró el perfil de la reina.

—¿Conoces a esa yegua?

—Conocía a su madre.

En el poco tiempo que conocía a Xena, era la mayor muestra de emoción que Gabrielle había percibido en su voz. Más incluso que cuando habló de su hermano. Pero no tuvo ocasión de averiguar a qué se debía, porque en ese momento empezaron a sonar unos cuernos. Hizo una mueca dolorida. Xena hizo una mueca aún mayor, cuando uno de los cuernos desafinó horriblemente.

—Ay.

—Sí. —La reina se puso en pie—. Es hora de trasladar la fiesta dentro. —Se aflojó el cinturón, se metió la flor debajo y volvió a ceñírselo. Los nobles se levantaron a su alrededor y se inclinaron apresuradamente mientras su guardia formaba en torno a ella—. Vamos, Gabrielle. —Alargó la mano.

Tras vacilar un instante, la mujer rubia se adelantó y se puso a su lado, agarrando con timidez la mano de dedos largos que se cerró alrededor de la suya. Era algo muy inesperado y más cálido de lo que esperaba, pero Gabrielle no se detuvo a pensarlo más de un segundo. Se vio arrastrada al interior del círculo de guardias al lado de Xena y se sintió muy contenta de quedarse ahí mientras empezaban a bajar las escaleras.

—¡Majestad! —Lastay se acercó corriendo—. Majestad, ¿has visto a mi yegua?

Xena se detuvo y lo miró por encima de las cabezas de los guardias.

—La he visto. Buena raza —afirmó—. Presentaré los premios en la cena de la corte. Aseguraos de que comparecen todos los ganadores. —Puso una mano en la espalda de Gabrielle y echó a andar de nuevo, dejando atrás a los nobles. Cuando llegaron a la plataforma inferior, Stanislaus se reunió con ellos.

Gabrielle se quedó un poco sorprendida. Hacía tiempo que no veía al senescal, y medio se había esperado que Xena lo hubiera desterrado por su conspiración para librarse de ella. Advirtió que se acercaba a la reina con cautela, pero Xena no pareció sorprendida de verlo allí.

—Ama.

—¿Sí? —replicó Xena—. ¿Está preparado el banquete?

—Sí, ama, está preparado —le dijo el senescal—. Tal y como has ordenado.

—Bien —dijo Xena—. Me voy a cambiar y a quitarme toda esta maldita polvareda de encima. —Miró fijamente a Stanislaus—. Quiero todo lo que necesito al lado del trono para cuando llegue allí o empezaré a cortar cabezas.

—Ama. —El hombre se inclinó.

—Y asegúrate de que asiste todo el mundo —gruñó Xena.

Stanislaus se inclinó aún más y se volvió, desapareciendo por otro tramo de escaleras más deprisa de lo que se podía pronunciar su nombre.

Gabrielle se preguntó si a la reina le estaba molestando mucho la espalda. Tanteó el terreno, acercándose más. Xena le pasó un brazo por los hombros y la estrechó, apoyándose en ella disimuladamente mientras caminaban. Contenta de haberlo adivinado, Gabrielle la sostuvo con cuidado alrededor de la cintura, absolutamente agradecida por el calor, pues el aire del anochecer soplaba contra ellas. Al ver las miradas de los guardias y de los nobles que las seguían, supo lo que estaban pensando.

Por alguna razón, ya no le molestaba. Gabrielle se preguntó si no desearía incluso lo que pensaban que era la verdad.

—Ama, concédeme un momento. —Alaran surgió de la nada.

—¿Qué? —El mal humor de Xena era muy evidente en su tono. Hasta Gabrielle, que conocía a la mujer desde hacía muy poco tiempo, lo percibió claramente.

El jefe de seguridad entró en el círculo de guardias y se colocó al otro lado de Xena.

—Vengo de ver a los sanadores —dijo en voz muy baja—. Ama, se trata de Bregos.

Xena lo miró.

—¿Muerto?

—No.

—Porras. —La reina suspiró.

—Ama, se ha ido —le dijo Alaran suavemente—. Se lo han llevado de la enfermería. Nadie... —Hizo una pausa, mirándola con intención—. Nadie ha visto quién se lo ha llevado. —Su rostro moreno estaba muy serio—. Y sus hombres están en el cuartel.

Xena reflexionó pensativa sobre la noticia.

—¿Podemos meter a alguien allí?

—Sería difícil —reconoció Alaran—. Conocen a casi todos mis hombres. —Se pellizcó el labio inferior—. Pero tal vez. Puedo intentarlo. —La miró—. Sus hombres piensan que alguien lo engañó para que te desafiara.

—Efectivamente —dijo la reina con tono apacible—. No es culpa mía que fuera tan estúpido de tragárselo.

—Ama, quiero poner guardias en la torre —dijo Alaran—. No me fío de nada de esto. Tengo los pelos de punta. —Su tono era muy serio—. Nadie pone en duda tus capacidades. Yo nunca lo he hecho y, después de hoy, nadie debería. Pero no merece la pena correr tales riesgos.

Xena caminó en silencio un poco más.

—Vale —contestó—. No es mala idea. Pero asegúrate de que son hombres en los que confías, Alaran. —Una pausa—. O que no te gustan nada y no te importaría verlos muertos si hacen el menor gesto extraño delante de mí.

El jefe de seguridad gruñó y en su cara se dibujó una levísima sonrisa.

—Ama, como siempre, aprecio tu sentido del humor.

—Como siempre, mi sentido del humor es retorcido como una vid —replicó Xena—. Vigila también a los de los encajes, Alaran. Voy a hacer saber que no me han gustado las apuestas de esta mañana —le dijo—. Supongo que tú te has aburrido.

Alaran suspiró.

—Sí, ama. —La miró y luego sus ojos se encontraron con los de Gabrielle—. Pequeña, me aseguraré de que los guardias sepan que deben tratarte con total cortesía.

—Gracias —murmuró Gabrielle.

—O les arrancaré la lengua —añadió Xena amablemente—. Pon algunas personas más en el banquete de esta noche. Quiero enterarme de lo que se dice.

Curiosamente, Alaran pareció animarse ante eso.

—Excelente, ama. Me ocuparé de ello. —Se inclinó elegantemente ante ella y saludó a Gabrielle con la cabeza, tras lo cual se deslizó entre dos guardias y se alejó en dirección opuesta.

Xena estuvo callada durante el resto de la subida por la larga rampa hasta la fortaleza. Parecía sumida en profundas reflexiones y Gabrielle pensó que más valía no interrumpirla. Se limitó a caminar al lado de la reina, dándole todo el apoyo que podía. Daba la casualidad de que su estatura contribuía muy bien a ello. Sus hombros estaban justo al nivel adecuado para que Xena se apoyara en ellos, y se alegró de tener esa excusa para estar cerca de ella.

Deseó que la caminata durara un poco más. Pero terminó en la torre y soltó de mala gana el brazo con que rodeaba a la reina cuando los guardias les abrieron la puerta. Xena entró en la cámara interior, frenó cuando apenas había cruzado la puerta y se detuvo.

Se volvió y miró a Gabrielle con seriedad. Luego señaló a uno de los guardias.

—Coge todo lo que hay ahí. —Indicó el pequeño cubículo de Gabrielle—. Y llévalo ahí dentro. —Señaló con la barbilla el pasillo interior.

El guardia y Gabrielle se miraron, mientras la reina desaparecía en sus aposentos interiores.


Xena cruzó la habitación pública y fue a la ventana. Apoyó una mano a cada lado y miró fuera, tomando una profunda bocanada de aire para calmar la agitación que sentía por dentro. Al cabo de un momento, se sentó en el alféizar y se apoyó con cuidado en la pared sobre la parte ilesa de su espalda.

Dejó caer la cabeza contra la piedra con un leve golpe. Alzó una mano y se frotó un lado de la cara, al tiempo que se sacaba la flor del cinturón y se quedaba mirándola.

Sólo era una flor. Sus dedos le dieron vueltas. Podía tirarla y, sin embargo, se la había quedado: su aroma ligero y especiado y su vivo color le habían llamado la atención.

Se descubrió preguntándose por qué. ¿Por qué se la había dado Gabrielle? Xena frunció el entrecejo mientras contemplaba el cielo oscurecido. No era que nunca hubiera recibido regalos. Sus súbditos se los daban a la más mínima excusa, para comprarle un favor o para que se fijara en ellos.

Pero Gabrielle ya contaba con su atención y la chica era lo bastante lista como para saberlo. Así que, ¿por qué una flor? La reina se planteó la posibilidad de que simplemente fuera cosa del carácter de la esclava, puesto que parecía ser de naturaleza abierta y generosa.

Tal vez.

Sabes, Xena, podrías preguntárselo sin más si no tuvieras tanto miedo de la respuesta, se burló de sí misma. ¿Qué es lo que quieres que signifique esta cosa? Miró la flor, recordando la expresión de los ojos de Gabrielle cuando se la ofreció.

Un regalo de un corazón sincero. ¿Cuándo había sido la última vez que le habían ofrecido eso?

Un conocimiento se posó sobre ella, íntimo e ineludible. ¿Cuándo fue la última vez que quisiste dar algo a cambio?

Xena cerró los ojos y en su cara se formó una sonrisa irónica. Muy bonito. El reino entero quiere que te cases con Bregos y vas tú y para fastidiar, lo conviertes en eunuco y te enamoras de tu doncella. Hay que reconocértelo, Xena. Eres original.

Ah, en fin. La reina contempló la aparición de las primeras estrellas titilantes. Alguna vez tenía que ocurrir, ¿no? El sentido común le decía que tenía que poner fin a aquello. Su propio sentido del honor, el poco que tenía, no veía con buenos ojos que la chiquilla no tuviera elección, que no tuviera más opción que hacer lo que ordenaba Xena.

Miró la flor. Pero Gabrielle no había tenido que hacer eso, ¿verdad? Nadie la había obligado a elegir la flor, nadie le había ordenado que se la diera.

Nadie había forzado la expresión cargada de emoción de sus ojos cuando se la ofreció.

¿O era sólo una buena actuación? Xena soltó aliento, volvió la cabeza y se quedó parada al descubrir de repente a Gabrielle en el umbral de la habitación interior, mirándola en silencio. Cuando sus ojos se encontraron, la reina sintió la atracción innegable que había entre ellas y supo, supo con certeza que fueran cuales fuesen los motivos...

Esto, al menos, era real.

Había una verdad entre ellas que trascendía a los papeles que representaban.

Bueno.

—¿Todo listo? —preguntó Xena—. Con tanta confabulación, no estoy dispuesta a que te quedes en el pasillo esperando a que un imbécil sin sentido común y con menos cerebro intente atacarte.

Gabrielle sonrió y asintió. Se acercó y se quedó junto a la ventana, apoyando el hombro en la piedra.

—¿Quieres que ponga eso en agua? —preguntó, mirando la flor—. Así durará más.

Los ojos de Xena soltaron un destello risueño. Había aprendido que la vida hacía lo que hacía y si eras lista, aceptabas lo que te daba.

Ella era lista. De una dentellada, arrancó la flor y la masticó, notando el sabor dulce y algo picante de los pétalos en la boca.

—Qué va. —Se la tragó y vio que los ojos de Gabrielle parpadeaban por la sorpresa—. A mí me van los placeres instantáneos. Podemos conseguir más en la cena.

Se levantó, le echó un brazo por los hombros a Gabrielle simplemente porque sí y la llevó de vuelta al dormitorio.


—Creo que está mejor. —Gabrielle examinaba la espalda de Xena—. Ya no está tan rojo y no está hinchado.

—Ya —murmuró Xena, con los ojos cerrados—. Después de lo que me hiciste antes, espero por Hades que no.

Gabrielle limpió cuidadosamente alrededor de los puntos, observando la tranquila respiración de Xena.

—Sé que te dolió mucho, pero al menos ha servido de algo —dijo, tocando ligeramente con la yema de los dedos la contusión oscura causada por el golpe de Bregos que ahora cruzaba el omóplato de la reina.

Incluso con la lesión, Gabrielle veía la belleza que había debajo. La piel de Xena era lisa y suave y cubría a la perfección los huesos y la llamativa musculatura que había debajo. Su columna vertebral se curvaba bajo la mano de Gabrielle, arropada entre dos gruesas fajas de músculos a cada lado.

Xena tenía la toga suelta alrededor del cuerpo de las caderas hasta abajo y un brazo doblado alrededor de la almohada mientras esperaba a que Gabrielle terminara.

El resto de su cuerpo estaba desnudo, y a Gabrielle cada vez le resultaba más difícil concentrarse en su tarea, a medida que se hacía cada vez más consciente del cuerpo tumbado ante ella. Consciente de su simetría y de la maravillosa escultura de sus proporciones.

—Yo creo que es que tienes talento con las manos.

Gabrielle levantó la mirada y las manos en cuestión se quedaron inmóviles.

—¿En serio?

—Sí. —Xena siguió con los ojos cerrados, pero mostró media sonrisa—. Tienes un toque delicado. La mayoría no lo tiene.

—Bueno, es que intento no hacerte daño —dijo Gabrielle—. Sé que te tiene que doler mucho. —Siguió trabajando un poco más—. ¿Te... han herido así en alguna otra ocasión? —Le resultaba un poco raro preguntarlo, pero no sabía muy bien qué otro tipo de charla intrascendente podía mantener con la reina.

—Mmm. —Xena dio vueltas a la pregunta—. Unas cuantas veces, sí —contestó—. Tengo una cicatriz, en la parte inferior de la espalda, que cruza la columna. ¿La ves?

—No... ah, sí. —Gabrielle tuvo que apartar un poco la toga—. Caray.

—Iba a caballo con mis hombres, atacando una ciudad que está al oeste de aquí —dijo Xena—. Nos encontramos con una banda de espartanos.

—Ooh.

—Una lucha dura —reconoció Xena—. Eran buenos esos tipos. Alcanzaron a uno de mis capitanes y lo cortaron en dos y luego fueron a por mí. Acabé con los cabrones que mataron a mi hombre, pero dos de ellos me vinieron por detrás y trataron de derribarme de la silla de un mandoble.

—¿Eso es... de una espada? —Sin pensar, Gabrielle alargó la mano y pasó un dedo por la cicatriz.

Los ojos de Xena se abrieron de par en par. Volvió ligeramente la cabeza y los músculos del vientre se le contrajeron por la inesperada caricia.

—Aah... sí. —Carraspeó—. Un espadón. Estuve chorreando sangre durante todo el trayecto de vuelta a nuestro campamento. Suerte que eso no nos echara encima a los lobos.

—Parece horrible. —Gabrielle frunció el ceño.

—Fue una gran historia para contar alrededor del fuego —dijo Xena, en desacuerdo—. Aunque tardé una vida en curarme. Yo... —La reina soltó aliento con aire irónico—. Teníamos un viejo, un sanador que habíamos recogido en alguna parte. Me dijo que no montara a caballo y menudo caso le hice.

Gabrielle siguió limpiando despacio, pues no quería que el momento terminara demasiado pronto.

—Yo creo que la herida más grave que he tenido en mi vida fue cuando me mordió nuestra cerda —le dijo a Xena—. En la rodilla.

Xena se rió por lo bajo.

—También sangré mucho, pero no es una historia tan interesante para nada —dijo la esclava—. Cogí a uno de sus lechones, para jugar con él, y no le hizo mucha gracia.

—Seguro que no —dijo la reina—. Yo odio a los cerdos. Un año me atacó un jabalí fuera de Tracia. El maldito me clavó un colmillo justo aquí. —Xena se tocó la pierna, apartando la toga para destapar una cicatriz rugosa.

—Ay.

—Sí. —Xena se miró la vieja herida—. Me cabreé. Solté las armas, lo agarré y forcejeamos en el barro hasta que le rompí el apestoso cuello —recordó—. Lo asamos para cenar. Hacía media luna que no comíamos tan bien.

—¿Pasaste mucho tiempo ahí fuera con tu ejército? —preguntó Gabrielle con curiosidad—. Parece que has tenido muchas aventuras.

Xena volvió la cabeza para mirarla.

—El tiempo suficiente para conquistar las tierras desde las montañas que hay al norte de aquí hasta el mar. —En sus ojos asomó un destello—. Fue un camino muy largo desde donde salí hasta llegar a este montón de almohadas hedonistas.

Gabrielle terminó y contempló su trabajo con satisfacción.

—Vale —dijo—. Creo que ya no puedo hacer más.

—¿Estás segura? —preguntó la reina.

La rubia esclava asintió.

—Pues entonces ven aquí y siéntate. —Xena dio unas palmaditas en la cama.

Gabrielle se levantó y llevó la palagana a la sala de baño. Luego volvió, rodeó la cama y se posó con cuidado en su superficie de cara a Xena. Estaba descalza y llevaba una de sus túnicas de trabajo, y decidió sentarse con las piernas cruzadas.

—La cena será larga, aburrida y posiblemente peligrosa —dijo la reina—. Lo que quiero que hagas es que te quedes sentada y observes a todo el mundo. Escucha lo que dice la gente.

—Está bien. —Gabrielle apoyó los codos en las rodillas—. Pero yo creía que ya se habían acabado los problemas.

Xena resopló.

—Ah, adorable amiguita mía... los problemas nunca se acabarán mientras yo siga aquí. No lo olvides.

¿Adorable? Gabrielle aguzó las orejas.

—Intentaré recordarlo.

La reina gruñó y entrecerró los ojos. Sus pestañas largas y oscuras aletearon y luego alargó la mano despacio y tocó la pierna de Gabrielle.

—¿Ésa de qué es?

¿Eh? Al cabo de un momento de mirarla como tonta, la esclava se miró su propia pierna al sentir hormigueos eléctricos alrededor del punto donde Xena tenía apoyada la mano.

—Oh. —Los recuerdos la inundaron, llenándola de desolación—. Nada interesante.

Xena contempló la irregular línea blanca, en la parte interna del muslo de su esclava. Levantó la mirada y vio el eco de una pena antigua en el rostro de Gabrielle, un vacío silencioso en sus ojos que, francamente, la sorprendió.

Gabrielle dejó a un lado sus pensamientos, buscando algo que desviara la curiosidad que advertía en esos claros ojos azules.

—Sabes, tu historia sobre los espartanos me ha recordado algo que oí una vez en casa, en la posada.

Tiene un secreto. Xena observó las emociones que pasaban por el expresivo rostro de Gabrielle. ¿Dejo que se lo guarde? Xena percibía que no era nada relacionado con ella. Pero sí era algo del pasado de la chica. Y dado lo joven que era, ¿cúanto pasado podía tener sobre el que ocultar secretos?

—¿Sí? ¿Y qué es? —Decidió esperar a ver si Gabrielle se lo revelaba.

—Era sobre un guerrero, un espartano que se había visto separado de su ejército y acabó vagando errante por la tierra buscando una forma de volver a casa...

Mientras Xena escuchaba, vio que la cara de Gabrielle cambiaba sutilmente y que su voz, siempre suave y algo melódica, se hacía más profunda a medida que hablaba.

—Un día fue capturado por una tribu de feroces guerreros y...

Xena se olvidó del secreto y se dejó llevar por la historia.

—Pero era tan valiente, le hicieran lo que le hiciesen, que se ganó el respeto de los guerreros. Se ganó su respeto, pero también atrapó la imaginación de la hija del jefe de la tribu...

El dolor de la espalda fue desapareciendo y simplemente se concentró en disfrutar del relato, observando mientras Gabrielle se erguía y empleaba las manos para trazar una figura en el aire, describiendo un escudo. Captaba la admiración en el tono de Gabrielle al hablar del guerrero, narrando su valor y el honor con el que obtuvo el afecto de la muchacha, pero que lo condenó como enemigo de la tribu.

Se preguntó si el guerrero de la historia sabía la suerte que tenía de ser recordado y recreado por innumerables jóvenes, impresionados por el romanticismo del relato.

¿Qué historias contarían de ti, Xena?, se burló de sí misma en silencio. ¿Sobre cuántos hombres masacraste?

—Y el soldado decidió aceptar el desafío, pero dijo que si ganaba, la tribu tendría que dejarlo marchar. Aceptaron, pues sabían que lo iban a vencer, y entonces empezó el combate...

Xena suspiró por dentro.

—Duró todo el día, porque el soldado era espartano, y de todos los pueblos de la tierra, los espartanos conocen la guerra mejor que nadie.

—Mm.

—Y perdió —dijo Gabrielle—. Porque al final, él era sólo uno y los de la tribu eran muchos, y lo que aprendió fue que sin amigos, hasta el mejor de los guerreros puede ser derrotado. —Juntó los dedos y se los miró—. Pero incluso en la derrota, su valor impresionó tanto a la tribu que emprendieron un gran viaje, para llevar su cuerpo de vuelta a Esparta.

Xena sintió un repentino nudo en la garganta.

—Y lo llevaron a casa —terminó Gabrielle, en voz baja.

Las dos se quedaron calladas un momento. Por fin Xena se movió y soltó aliento.

—Buen trabajo, narradora.

Gabrielle se había estado contemplando las manos unidas, al parecer profundamente ensimismada. Ahora levantó la cabeza y miró a Xena, con cara de sorpresa. Tomó aliento para responder y luego lo soltó, cerrando los dientes con un chasquido al final.

Xena dio unas palmaditas a la esclava en la pierna.

—Sabes, yo... —Gabrielle hizo una pausa—. No creía que conservara eso dentro de mí. —Arrugó el entrecejo—. Recuerdo la última vez que... —Se calló—. Bueno, de todas formas, me alegro de que te haya gustado.

—Ya sabía yo que si esperaba lo suficiente, me contarías una historia digna de oírse —le dijo la reina, con una leve sonrisa en los labios—. Tendremos que buscarte algo más que contar.

En la cara de Gabrielle apareció una sonrisa de contento.

—Bueno, seguro que si me quedo aquí, encontraré muchas —le dijo a la reina—. Y mucho más interesantes que una cerda furiosa, eso seguro.

Xena enarcó una ceja.

—Ah, ésas serán historias para asustar a los niños. —Sofocó una carcajada—. ¡Historias de Terror de Gabrielle, recién salidas del horno, dos dinares el ejemplar!

La joven esclava se echó a reír.

—No serán historias de terror —protestó, bajando la mano sin darse cuenta para agarrar la de Xena—. Serán sobre ti.

Eso las pilló a las dos por sorpresa y durante largos segundos, se quedaron en silencio.

Interrumpido por el gruñido grave de la reina.

—Gabrielle. —Xena le echó una mirada sardónica, pero no apartó la mano—. Yo no soy material para historias —dijo—. Al menos, no soy material para historias a no ser que estés inventando relatos para asustar a los niños para que se porten bien.

Gabrielle ladeó la cabeza y sus neblinosos ojos verdes atraparon la luz danzante de la vela mientras examinaba el rostro de Xena.

—Bueno —dijo por fin, suavemente—, supongo que entonces tendré que aceptar lo que haya.

Interesante forma de expresarlo. Xena volvió a pensar en lo agradable que era tener a alguien con quien charlar. Aunque ese alguien en realidad no tuviera elección.

Casi tan agradable como tener a alguien que te cogiera la mano.


—Me quedo con eso. —Gabrielle sonrió y le quitó de las manos la jarra de vino blanco al sorprendido sirviente. Vestida de nuevo con su elegante librea negra, hasta ahora había pasado el tiempo al lado de Xena o moviéndose por la sala con los oídos bien atentos.

Xena había querido vestirla de gala y sentarla a su lado a la mesa, pero Gabrielle le había señalado que si lo que buscaba era información, sería difícil obtenerla de esa manera.

Xena había puesto mala cara. A Gabrielle le dio la sensación de que la reina estaba debatiéndose de verdad entre lo que quería hacer y lo que sabía que se debía hacer, y había tardado más de lo que se esperaba en decidir aceptar su sugerencia.

La librea del halcón era cómoda y le gustaba llevarla. Se había echado un vistazo furtivo en el espejo y había decidido que el atuendo destacaba su color de piel y pelo y que el tabardo con cinturón le sentaba bien. Hacía que se sintiera parte de algo, y cada vez que pasaba ante uno de los hombres de Xena que montaban guardia, captaba una sensación de camaradería que la llenaba de emoción.

Regresó con la jarra de vino, elegida al azar entre los sirvientes que circulaban por la sala, a la mesa elevada de Xena, un largo trayecto a través de la inmensa sala del banquete.

Ésta era la primera vez que veía esta estancia, que Xena había descrito como la "mayor cueva de putas de la tierra". Se había dado cuenta de que Xena tenía un sentido del humor muy peculiar, pero al observar a las masas de nobles que se acercaban para postrarse a los pies de Xena, ofreciéndole pequeños regalos y pleitesía, Gabrielle se hizo una idea de lo que quería decir la reina.

La sala era aproximadamente el triple de grande que el comedor normal que ya había visto, y el techo era tan alto que no conseguía ver bien los adornos que lo circundaban. Unas lámparas de aceite colgantes iluminaban el interior con una cálida luz dorada y el suelo de piedra estaba cubierto de gruesas alfombras tejidas a mano que apagaban lo que sin duda habría sido una reverberación horrible sin ellas.

Las paredes estaban cubiertas de alegres tapices y las mesas estaban dispuestas en un semicírculo inmenso, dejando un amplio espacio abierto ante el asiento elevado de Xena, y los escalones de mármol que llevaban hasta él también estaban cubiertos de alfombras salpicadas de pétalos de flores.

Había mucho ruido y los olores de los diversos platos de la cena flotaban en el aire. A un lado tocaba un grupo de músicos de la corte, para deleite de Gabrielle. Le encantaba la música, y como ella misma era totalmente incapaz de producirla, rara vez había tenido ocasión de oírla.

Los dos guardias del fondo de la sala, que bloqueaban el acceso a los escalones que subían a la mesa de Xena, se echaron a un lado cuando se acercó para dejarla pasar. Uno era el veterano, Brendan, que además le guiñó el ojo. Gabrielle le sonrió y subió trotando los escalones.

El ornamentado trono de Xena le daba la espalda, pero veía la curva del hombro de la reina y su brazo, apoyado en el del trono. El hombro se movió y apareció el perfil de Xena cuando se acercó, pues al parecer la había oído llegar.

—Ah. Gabrielle —comentó Xena—. ¿Qué golosina me traes ahora? —Se volvió a medias, dejando de prestar atención al grupo de hombres ricamente vestidos reunidos ante ella—. ¿Eso es vino?

—Sí. —Gabrielle se arrodilló a su lado y le mostró la jarra—. Es ese blanco y dulce.

—Ooh... qué deprisa aprendes —la felicitó Xena—. Dame. —Alargó su copa de plata y cristal, vaciada recientemente, y observó mientras Gabrielle se la llenaba limpiamente. Luego se acomodó de nuevo y miró a los nobles, amigos de Lastay, que acababan de regresar de un viaje al sur—. Habladme de la provincia, caballeros. —Colocó la mano libre ligeramente sobre la espalda de Gabrielle, que seguía de rodillas, y movió los dedos trazando un leve dibujo.

Gabrielle dejó ambas manos en la jarra, gozando de la caricia que sentía en la espalda mientras escuchaba lo que decía el hombre más cercano, un duque alto de pelo plateado, vestido elegantemente de granate y gris. Contó una historia sobre cómo se habían encontrado con unos viajeros del lejano oriente, que estaban interesados en entablar relaciones comerciales con ellos.

—¿De dónde venían? —preguntó Xena con tono tranquilo—. He oído hablar mucho de los misterios de esas regiones.

—Eran muy diferentes, Majestad —asintió el duque—. Hablaban con un tono musical y sus ojos eran oscuros y carecían de párpados. —Subió con cautela los escalones y se arrodilló ante ella, ofreciéndole una cajita—. Tenían cosas de gran belleza para comerciar.

Xena dejó su copa en la mesa que tenía al lado. Cogió la caja y la examinó. Era de una sustancia sorprendentemente pesada, de un blanco cremoso, tallada de una forma increíblemente intrincada.

—Interesante. —Abrió la tapa con el pulgar y enarcó las cejas al ver que estaba llena de perlas multicolores.

—Un regalo para ti, mi reina —murmuró el duque—. Los viajeros nos dijeron que habían oído hablar de nuestro reino y que ellos también venían de un lugar gobernado por poderosas reinas, y que tal vez podríamos encontrar otras similitudes y comerciar con ellos.

—Mm. —Xena estaba realmente bastante impresionada con el regalo. No era ostentoso, pero daba una idea del tipo de recursos que había detrás—. ¿Qué es lo que querrían recibir a cambio? ¿Si tienen esta clase de riquezas? —preguntó, mirando al duque con interés.

—Majestad, no lo dijeron. —El duque parecía mortificado—. Aunque intentamos preguntárselo, con delicadeza.

—Vaya, vaya. —Xena se apoyó en el brazo de su trono y le mostró la caja a Gabrielle—. ¿Qué te parece?

Gabrielle estudió la caja, secándose la condensación de la jarra que tenía en la mano antes de tocar la talla con un dedo pasmado.

—Es preciosa —murmuró—. ¿Eso son animales? Nunca he visto nada igual.

—Yo tampoco —murmuró a su vez Xena—. Jelas, lo has hecho muy bien. Gracias —le dijo al duque, que sonrió satisfecho bajo su bigote gris bien recortado—. Tendremos que investigar más a fondo esta oportunidad para el comercio. Enviaré una delegación para averiguar más cosas sobre estos viajeros y ver dónde nos llevan. —Miró a Jelas con aprobación—. Hazme saber si conoces a alguien interesado en dirigir esa delegación, ¿de acuerdo?

Jelas sonrió de oreja a oreja.

—Majestad, yo mismo lo haré encantado, pues sabes que presumo de tener alma de aventurero, y me encantaría representar tus intereses de esa forma.

Buen chico. Xena le hizo un gesto elegante de asentimiento.

—Esperaba que dijeras eso. Ven a verme mañana a la corte y hablaremos.

—Majestad. —Jelas hizo algo más que una reverencia. Se postró grácilmente a sus pies, tocándole el calzado con la frente, y luego se alzó para reunirse con el pequeño grupo arrodillado detrás de él. Se detuvo un momento y luego la miró a los ojos—. Lamento profundamente no haber cruzado las puertas de la ciudad hasta ahora mismo, mi reina. Es un dolor haberme perdido lo de esta mañana.

—Seguro —comentó Xena con humor, y vio cómo se daba la vuelta y regresaba con sus seguidores, que se levantaron y se apiñaron muy emocionados a su alrededor. Meneó la cabeza ligeramente y volvió a mirar la caja, la abrió y metió un dedo curioso en el montón de perlas. Eligió una, de un bonito color gris plateado, y la sacó—. Mm.

Gabrielle soltó aliento. Nunca había visto nada tan bonito: la luz del aceite parecía recogerse dentro del brillo de la perla y reflejarse en sus profundidades.

—Caray.

—Mm —murmuró Xena de nuevo—. Siempre me han gustado las perlas —dijo—. Coges una cosa tan fea como una ostra, le metes dentro un poquito de arena molesta, ¿y qué obtienes? —Sus dedos dieron vueltas a la perla delicadamente—. Una de las paradojas más interesantes de la vida. —Sus ojos miraron de lado, para observar el rostro de Gabrielle—. Un poco como tú. Toma. —Le entregó la perla.

Vacilante, Gabrielle la cogió. Se quedó con la perla en la palma de la mano un momento antes de mirar a Xena con aire interrogante.

—No te la tragues —le aconsejó la reina, con tono apacible—. Y tampoco la lengua.

Gabrielle cerró la mano alrededor de la perla y sonrió con expresión incrédula.

—Gracias —susurró, consciente periféricamente de los ojos curiosos que las miraban. Pero los ruidos de la sala se desvanecieron cuando se miraron a los ojos y el corazón se le aceleró al ver la inesperada ternura en la mirada de Xena.

Y entonces la reina parpadeó y aquello desapareció y el caos volvió a filtrarse.

—Eso es por encontrar una buena jarra de vino en este sitio —dijo Xena con tono indiferente, reclinándose en su trono. Cogió un ala de pato de su plato y le dio un bocado.

Sonrió mientras masticaba. La reina alargó entonces la mano y le ofreció el ala a Gabrielle, con cierto brillo travieso en los ojos mientras esperaba a ver qué hacía la esclava.

Pillada en el momento en que guardaba la perla para no perderla, Gabrielle se quedó unos instantes mirando aquel objeto con aire sobresaltado.

—Oh... ah...

—¿No te gusta el pato? —preguntó Xena con aire inocente.

—Nunca lo he probado —confesó Gabrielle.

—Siempre hay una primera vez. —Más brillo travieso—. No podemos consentir que seas virgen del pato... también.

Gabrielle se puso muy colorada, pero tomó aliento y se echó hacia delante, mordisqueando el ala con cautela. El sabor era muy distinto a lo que se esperaba y se lamió los labios.

—Mm. —Observó la cara de Xena, no vio más que indulgencia divertida y se inclinó para dar otro bocado, esta vez acercándose osadamente a los dedos de la reina.

—Vaya, eso promete —dijo Xena, recuperando su ala e hincándole el diente.

¿Promete? Gabrielle masticó su bocado de sabroso pato y se lo tragó. ¿Promete qué? Dejó la jarra de vino en el suelo y se colocó en una posición semisentada. Intentó concentrarse en las voces que la rodeaban, pero por alguna razón sus oídos parecían estar sintonizados con la alta figura sentada a su izquierda. Cada crujido de la toga de Xena le resultaba anormalmente fuerte.

Cada movimiento de la toga de la reina le cortaba la respiración.

La voz de Xena era lo que anhelaba oír, no el necio parloteo de los cortesanos.

Gabrielle contempló la sala, intentando desentrañar la pasión que notaba que iba creciendo en su interior. Le resultaba salvaje y fuera de control, y lo único que pudo hacer fue quedarse sentada sobre las pantorrillas y escuchar al arpista derramando notas tintineantes por encima del zumbido de la sala.

Vamos, Gabrielle. Se supone que estás haciendo algo importante. Ahí podría haber gente planeando todo tipo de maldades.

El aroma a carne especiada la hizo parpadear de repente y enfocó la mirada en un trozo que tenía justo delante de la nariz. Oyó la risa suave de Xena cuando se echó hacia delante y lo cogió con la boca y, antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, se lo echó hacia la parte de atrás de la boca y lamió los restos de salsa que habían quedado en los dedos de Xena.

La risa de Xena se desvaneció bruscamente y Gabrielle tardó un momento en hacer acopio de valor para mirarla, descubriendo tan sólo una expresión de intriga e interés en su cara. En ese silencio cargado, tragó y se chupó los labios, sintiendo que le faltaba el aliento.

—Mm... —Era incapaz de apartar la mirada de los ojos de Xena—. Interesantes especias.

Por primera vez, en la sonrisa que le lanzó Xena no había nada de control. Era una sonrisa amplia que le iluminaba los ojos y la hacía parecer muchos años más joven. Gabrielle sintió que la cautivaba y prácticamente se la tragaba entera.

Era mucho más embriagadora incluso que el vino de la jarra que tenía entre las rodillas.

—Muy interesantes. —Xena interrumpió el momento bruscamente—. De hecho, tengo que averiguar qué le ha puesto la cocinera. —Tras dirigir una larga mirada a Gabrielle, se volvió y apoyó la barbilla en el puño, contemplando a un grupito más de nobles.

Gabrielle recogió las manos en el regazo, sintiendo una sobrecarga emocional. Se obligó a prestar atención a las mesas cercanas, donde vio expresiones que iban del escándalo a la rabia y a la indulgencia. Un hombre la señaló y meneó la cabeza.

Gabrielle controló apenas el impulso de sacarle la lengua. Dejó que se le calmara el corazón y luego se concentró en escuchar los retazos de conversación que oía rebotando en las paredes y que los que hablaban no tenían intención de que ella oyera.

Allí había mucha rabia. Gabrielle lo había comprendido mientras se movía entre el gentío. Muchos de los nobles habían respaldado a Bregos, y encima bastantes de ellos habían perdido dinero en beneficio de los nobles que se habían mantenido leales a Xena.

También había miedo. Miedo de que Xena supiera quién había desertado y miedo de lo que la reina fuera a hacer al respecto.

Gabrielle había oído una historia, mientras esperaba con el resto de los siervos para recoger las toallas calientes para que sus amos y amas se limpiaran antes de cenar. Uno de los hombres de más edad le estaba contando a todo el mundo la historia de un duque que había decidido hacerse con el trono y había intentado asesinar a Xena durante un baile de celebración en la misma fortaleza donde ahora estaban. Les contó que Xena lo había descubierto y cuando todo el mundo llegó para el baile, la cabeza del traidor era uno de los adornos y había partes de su cuerpo colgadas en lo alto girando como farolillos de papel.

Gabrielle se creía esa historia.

El arpista se estaba acercando, alzando ahora la voz con una alegre melodía al ritmo de los dedos que se movían por las cuerdas de su arpa. Sus ojos se encontraron con los de ella por un instante y sonrió. Ella le devolvió la sonrisa, disfrutando de su talento.

—Jellaus —llamó Xena, haciendo un gesto al músico para que se acercara—. Ven aquí.

El hombre terminó su canción, se inclinó ante los aplausos y luego llegó rápidamente al trono de Xena. Se arrodilló ante ella, aferrando el arpa contra el pecho, e inclinó la cabeza.

—Mi reina, ¿en qué te puedo servir? —preguntó, mirándola.

Xena miró a Gabrielle.

—¿Te gusta la música?

—Mucho —contestó Gabrielle al instante—. Todos los años íbamos a la gran fiesta del mercado y lo mejor era oír las canciones y ver los bailes. Me encanta.

Jellaus le echó una sonrisa radiante.

—¡Una joven de gustos muy finos! —dijo riendo—. Ya veo que, como siempre, Su Majestad ha sabido elegir bien a quien la sirve. —Tocó un acorde en el arpa cuyo tono perfecto resonó con belleza—. Ya que eres una amante de la música... ¿le has pedido ya a Su Majestad que te dé una muestra de la que es una de las mejores voces del reino, Gabrielle?

Gabrielle ladeó la cabeza, luego se volvió y miró a la reina, que tenía una expresión irónica, casi peligrosa.

—Jellaus —gruñó Xena suavemente.

—Sólo digo la verdad, mi reina. —Jellaus se inclinó, poniéndose una mano sobre el corazón.

—Entonces, ¿qué tal si tocas algo que nos distraiga de todo este estiércol? —le dijo Xena—. Antes de que acabemos enterrados en él.

El músico aceptó la reprimenda con una sonrisa e hizo una pausa antes de ponerse a tocar el arpa. La nueva melodía que eligió era más lenta y de tonalidades delicadas.

—Muy bien, ama —dijo—. Da la casualidad de que acabo de terminar una nueva canción y sería un inmenso honor para mí que fueras la primera en oírla.

—¿Tiene por lo menos una decapitación? —inquirió la reina—. ¿O un ejército rindiéndose en masa?

—Aahm... —Jellaus moduló su acordes—. Mi reina, en esta canción, tal vez se pierde la cabeza y sin duda se pierden los corazones, en una rendición de distinta índole. —Dicho lo cual, se lanzó a cantar, sacando una pierna para equilibrarse al tiempo que se apoyaba en la rodilla derecha.

Gabrielle escuchó, embelesada. La canción trataba de un halcón solitario que se pasaba los días guardando un risco rocoso que era su hogar. Un día el halcón fue a cazar y se encontró un ratón y se lanzó sobre él, pero en lugar de matarlo y comérselo, lo llevó de vuelta a su nido y lo cortejó.

Gabrielle pensó que eso no parecía muy propio de un halcón, pero la canción era muy bonita.

Al cabo de un momento, se miró el pecho y se sintió como una idiota mientras prestaba atención a las palabras y caía en la cuenta de lo que decía de verdad la canción.

No se atrevía a mirar a Xena. Entonces oyó suspirar a la reina y tuvo que mirarla, atisbando por el rabillo del ojo. Xena tenía la barbilla apoyada en el puño y el rostro pensativo y distante. Pero al poco, la reina notó su mirada y se volvió.

—Si te pones a soltar chilliditos, te pongo sobre mis rodillas y te doy una azotaina delante de la sala entera —advirtió a Gabrielle, pronunciando las palabras casi sin sonido.

—Yo nunca haría eso —susurró Gabrielle a su vez.

—Bien. —Xena sonrió.

—Pero sé mover la nariz. —La chica rubia se lo demostró, añadiendo de paso unos ruiditos agudos.

La reina se tapó la cara con una mano y sofocó una carcajada. Levantó la mirada cuando Jellaus terminó con un melódico rasgueo de dedos.

—Jellaus, ésa ha sido la canción más estúpida que te he oído jamás —lo acusó.

—Gracias, mi reina. —El músico le hizo una profunda reverencia—. ¿Puedo cantar otra?

Xena echó un vistazo al gentío, valorando el ambiente.

—Claro —dijo—. Que sea menos estúpida esta vez.

—Sí, mi reina, así será —dijo Jellaus sonriendo. Volvió a colocar el arpa y se puso a tocar de nuevo, esta vez una conocida balada. Xena volvió a acomodarse para escuchar, después de levantar la mano y hacer una breve señal. Al fondo de la sala, Alaran asintió y salió por la puerta.

Gabrielle se dejó absorber por la música, contenta de que hubiera acabado el día y llena de una excitación curiosa y alegre por lo que todavía estaba por venir.

Parecía que el día había salido bien después de todo.


Xena dio vueltas al rico hidromiel de su copa. Delante de ella había filas de soldados, algunos con heridas vendadas, y los demás ganadores de la fiesta. Dar premios era una de sus actividades preferidas, y la tarea le apetecía casi tanto como la que venía después, en la que daría su castigo a aquellos que le parecía que habían cometido alguna falta.

Hasta la espalda le estaba dando un respiro. O tal vez las cuatro copas de hidromiel la habían convencido de que la espalda le estaba dando un respiro. En cualquier caso, no iba a protestar por la disminución del dolor que llevaba días atormentándola.

Sus oídos detectaron a alguien acercándose por detrás de ella y notó que en su cara se formaba una sonrisa muy inesperada. ¿Qué le traería ahora su pequeña e inteligente Gabrielle? ¿Más cotilleos? ¿Más hidromiel? ¿Su sola presencia, que a Xena le empezaba a resultar más que atractiva?

Se volvió hacia la derecha cuando apareció su esclava, que se sentó en el pequeño escabel acolchado que Xena había pedido para ella. Tenía el pelo rubio ligeramente revuelto, algunos de cuyos mechones se le metían en los ojos, y movió la cabeza para apartárselos al tiempo que le ofrecía a Xena la bandeja que llevaba.

—He encontrado esto. He pensado que te gustaría.

Xena examinó los delicados pasteles.

—Ya. —Apoyó la mandíbula en la mano—. ¿Y por qué has pensado eso, sesuda amiguita mía?

—Pues —dijo Gabrielle—, más que nada porque sé que te gusta mucho la fruta dulce, así que... —miró la bandeja—, me he arriesgado.

—Ooh... cada vez más valiente, ¿eh? —Xena eligió un pastel y se lo metió en la boca, recreándose en el sabor—. El riesgo ha valido la pena. Me encantan. —Señaló la bandeja—. Prueba.

Gabrielle cogió el pastel más pequeño y le dio un mordisquito.

—Oh. —Parpadeó, sorprendida—. Caray, qué bueno.

—Sí. —Xena alargó la mano con indolencia y le pasó los dedos a Gabrielle por el pelo suave—. Escucha —dijo—. Ahora viene la parte divertida. Puedes ver cómo reparto los premios, pero después de eso quiero que subas a la torre.

Gabrielle disfrutó de la caricia, pero no de las palabras.

—¿Por qué?

—Porque lo digo yo y soy la reina —le dijo Xena—. Porque voy a hacer cosas muy desagradables que no quiero que veas —dijo—. A ver si procuramos recordar que la que manda soy yo, ¿vale?

La chica parpadeó.

—Vale —contestó Gabrielle suavemente.

—Bien. —Xena cogió otro pastel y se lo comió.

—Pero me gustaría quedarme.

La reina dejó de masticar y la miró. Los neblinosos ojos verdes la miraron a su vez, dulces e inocentes.

—¿De verdad crees que me importa lo que quieren los esclavos, Gabrielle? —preguntó con un tono áspero rayano en la ira.

—No —contestó Gabrielle con sinceridad—. Pero no soy una niña y me quiero quedar.

Xena miró a su alrededor. El grupo de nobles más cercano estaba a cierta distancia y nadie estaba lo bastante cerca como para haberlas oído. Sus instintos le decían que estaba en peligro. Su reacción ante un desafío estaba profundamente arraigada en su interior, tan sólida como el suelo de piedra sobre el que descansaba su trono.

Gabrielle debía ser castigada. En su mente no había la menor duda al respecto.

¿O sí? Xena sintió una extraña confusión al intentar dar forma a una reprimenda. A lo mejor era el hidromiel, razonó. Había bebido una copa o dos más de lo que solía y había sido un día muy largo, al fin y al cabo, así que...

Xena. Su conciencia le dio un golpecito en la cabeza. Corta el rollo. Si dejas pasar esto, vas a abrir una trampilla por la que te acabarás cayendo. Se acercó un poco más y miró a Gabrielle directamente a los ojos, preparándose para atacar.

La esclava estaba ahí esperando, mirándola con ojos confiados y la mano posada en el brazo del trono.

Bueno, ¿y por qué no dejar que se quede? Xena se debatió por dentro. ¿Es que te importa que te vea destripando a alguien, Xena? Descubrió la verdad reflejada en la mirada tranquila de Gabrielle y se quedó pasmada. Sí, me importa.

Me importa.

Xena bajó los párpados y dedicó un momento a serenarse. Luego se enderezó y volvió a mirar a su esclava.

—¿Por qué?

Gabrielle ladeó la cabeza con aire interrogante.

—¿Por qué quieres quedarte a mirar? —preguntó Xena—. ¿Es que empieza a gustarte la sangre?

—N... no. —La chica meneó la cabeza—. Es que... no quiero que pienses que me da miedo ver cosas. No soy una cría. —Afirmó la mandíbula—. Además, forma parte de la vida en este sitio, ¿verdad?

¿Verdad? Xena se sintió cansada de repente. Se recostó en su asiento y paseó la mirada por la sala.

—Sí, supongo que sí —murmuró—. Está bien. Quédate si quieres.

Gabrielle se movió, levantó la mano y la posó en el brazo de Xena, con dedos cálidos y reconfortantes.

—Gracias —susurró—. Creo que seguramente lo voy a lamentar, pero gracias de todas formas.

Xena sintió que las cosas se le iban de las manos.

—Creo que yo también lo voy a lamentar, pero de nada —suspiró—. Pásame esa bandeja. Ya que voy derechita al Hades, bien puedo disfrutar por el camino.

Desconcertada pero complaciente, Gabrielle obedeció.


Xena estaba de pie ante su trono. Alaran se acercó y se arrodilló, llevando en sus manos la espada de ella envainada. Respetuosamente, se la ofreció presentándole la empuñadura. Ella la rodeó con la mano y la desenvainó, con un susurro metálico al salir del cuero.

A las lámparas de aceite se habían sumado antorchas en las paredes y el interior de la sala estaba ahora lleno de sombras oscilantes. El gentío se había acomodado, todo el mundo había consumido vino e hidromiel en grandes cantidades y ahora se notaba un ambiente tirante e inquieto.

—Muy bien. Todo el que haya ganado una condecoración, un paso al frente —ordenó Xena.

Con cierta emoción, los ganadores de las carreras y el tiro con arco se adelantaron despacio. Xena fue a una mesilla colocada cerca del borde de su estrado y contempló los objetos que había en ella. Deslizó limpiamente la espada por la hilera de condecoraciones y las levantó, cintas de tela de vistosos colores de las que colgaban medallones de metal.

Los medallones llevaban su cara estampada. Xena se los quedó mirando mientras se balanceaban. Los detestaba. Quien hubiera forjado esas malditas cosas le había dado aspecto de gorgona, y Xena tenía vanidad más que suficiente para sentirse molesta.

Había perseguido al escultor, pero el muy cabrón había huido de la ciudad antes de que pudiera atraparlo.

Xena tomó notal mental para ordenar que volvieran a forjar los medallones, luego se acercó a la hilera de hombres y mujeres y alargó la espada, desafiándolos a que cogieran una medalla de la hoja.

La misma hoja que había derrotado a Bregos. La misma hoja que llevaba desde que se hizo por primera vez con el mando de un ejército y pudo permitirse tener un arma forjada a mano para ella. La espada estaba manchada con la sangre de por lo menos mil adversarios, y aunque sabía que la hoja era de un tono plateado que relucía apagadamente, a menudo veía en ella un tono rojizo al mirarla.

—Vamos... moveos o empiezo a ponéroslas con esto.

Una joven, miembro de los jinetes, fue la primera en adelantarse. Llegó hasta Xena y se arrodilló y luego quitó con cuidado la primera medalla de la espada.

—Mi reina.

Xena alargó la mano y le revolvió el pelo.

—Bien hecho. Cómo no, tenía que ser una chica la única con agallas.

Sorprendida, la mujer se sonrojó y casi tropezó al retroceder, a punto de chocarse con el siguiente ganador que avanzaba despacio.

Todos tenían miedo, pero también estaban emocionados, y Xena aprovechó el momento para mirarlos a todos a los ojos.

Algunos se negaban a mirarla. Tomó nota de ellos.

Otros se atrevían a encontrarse con su mirada, pero con desconfianza y cautela. También tomó nota de esos.

Luego había unos cuantos que recogían su condecoración con una mezcla de maravilla y deleite y cuyos rostros se iluminaban con tímidas sonrisas cuando los miraba.

Esos pocos obtenían un guiño y una sonrisa de su carismática reina y sin darse cuenta quedaban atados a ella en un abrir y cerrar de ojos. Poquísimos, suspiró Xena. Tengo que empezar a reclutarlos más pronto. Últimamente he estado ganduleando y eso es lo que obtengo.

Una vez entregadas todas las medallas, Xena se apoyó la espada en el hombro y contempló la sala.

—Los ganadores de la batalla, venid aquí.

Desde los rincones de la sala, sus hombres se adelantaron, cruzando con seguridad la estancia hasta reunirse delante de ella. No todos ellos, por supuesto, sino los oficiales que regresarían al cuartel con las felicitaciones. Xena esperó a que se alinearan y luego hizo un gesto a Stanislaus para que se acercara.

El senescal del castillo llevaba en los brazos un adornado cofre de madera que llevó hasta ella. El peso era evidente por lo que le costaba andar.

—Brendan —llamó Xena.

El veterano capitán dejó su puesto de guardia y rodeó el estrado del trono para colocarse ante Xena. Cayó de rodillas sin vacilar y se puso el puño sobre el corazón.

—Majestad.

—Brendan, te prometí un premio especial si tus tropas se alzaban con la victoria.

—Sí, Majestad... pero el premio de llevar tu estandarte a la victoria era la recompensa que todos queríamos —dijo Brendan—. No queremos más.

—Encantador, pero el altruismo nunca ha sido uno de mis defectos, y tampoco os he entrenado para eso —comentó Xena con seco humor—. Da la casualidad de que he podido hacer unas cuantas apuestas sobre la batalla gracias a los buenos oficios de algunos de nuestros invitados. —La reina señaló el cofre con la espada y luego señaló a Brendan—. Dáselo. Compártelo con los hombres, Brendan. Se lo han ganado.

A Brendan se le quedó la cara petrificada del pasmo y se apresuró a levantarse para recoger el cofre.

—Ama. —Abrazó el cofre de madera—. Tu generosidad no conoce límites.

Xena alargó el brazo y le dio un golpecito en la cabeza con la hoja de la espada.

—Mi generosidad es esporádica y ecléctica en el mejor de los casos, y todo el mundo lo sabe. Vamos, llévate eso de aquí antes de que te caigas y salgan monedas rodando de aquí a las puertas exteriores. —Se volvió y contempló la sala—. Estoy segura de que todo el mundo estará de acuerdo con que sus dinares han ido a parar a buenas manos, ¿mm?

Había rostros malhumorados que la miraban desde bastantes puntos de la sala. Notó que un humor frío se apoderaba de ella.

Xena sonrió.

—Es una lástima que nuestro general no pueda reunirse aquí con nosotros, ¿es eso lo que estáis pensando? —preguntó con sorna—. ¿Los que lo empujabais para que intentara derribarme de esa gran silla roja de ahí atrás?

Se elevó un grave murmullo.

—¿Como tú, duque Edagar? —Xena lo señaló con la espada. Edagar era un hombre corpulento y con barba a quien ella llamaba el lameculos barbudo de Bregos.

Indignado, Edagar se levantó.

—¡Majestad, protesto! ¡Soy un súbdito de lo más leal!

Xena avanzó hacia él, desafiándolo a que se mantuviera en el sitio. Por el rabillo del ojo vio a Gabrielle situada detrás del trono, mirándola.

—¿Leal? No creo que sepas siquiera cómo se deletrea leal, Edagar —dijo con indolencia.

—Majestad.

Xena notó que el miedo de la sala iba en aumento. La espada que llevaba al hombro era una poderosa amenaza y lo sabían.

—¿Te crees que no conozco tu pequeño plan? —Se acercó más—. ¿Te crees que no conozco las mentiras que has propagado, los cuentos que te has inventado?

A Edagar le temblaban las rodillas y Xena se dio cuenta. Sus ojos se clavaron en los de él. Lo castigaría de modo ejemplar y, con suerte, sólo habría que tirar un conjunto de partes corporales delante de las puertas. El fuego oscuro prendió en su interior y el ansia de matar, mantenida a raya todo el día, salió a la superficie.

Edagar lo vio en sus ojos. Cayó de rodillas y luego boca abajo, tapándose la cabeza con las manos.

Xena se plantó por encima de él.

—No sólo eres un traidor, encima eres un cobarde. —Volvió la cabeza hacia Alaran, que estaba muy atento a su lado—. Levantadlo.

Alaran y uno de sus hombres así lo hicieron, levantando al duque por los brazos y sujetándolo en volandas entre los dos.

—Agachaos —comentó Xena con indiferencia. Los dos hombres agacharon la cabeza y ella atacó, con una fuerte estocada de revés que le cortó la cabeza limpiamente y la mandó volando al otro lado de la mesa del banquete.

Su esposa gritó. Xena la miró impasible. Se cayó de la silla y siguió chillando presa de un terror absoluto, emitiendo un alarido que atravesaba la sala en espeluznante contrapunto con el chisporroteo de las antorchas.

Xena paseó la mirada despacio por toda la sala.

—¿Todo el mundo comprende lo que estoy... apuntando? —Tuvo que sonreír ante el macabro humor.

Aparte de los gritos de la mujer, el silencio era total.

—Bien. —Xena limpió su espada en la sobrevesta de lino de Edagar. Se dio la vuelta y subió los escalones hasta su trono, haciendo molinetes distraídos con la espada en la mano. La voz de la mujer se quebró en sollozos histéricos, pero Xena no se volvió. Se sentó en su trono y se puso la espada en las rodillas.

Sólo entonces, tras respirar hondo, miró a la derecha, donde estaba sentada Gabrielle.

La esclava tenía la mirada clavada al frente, con los labios apretados contra las manos recogidas.

—¿Me vas a escuchar la próxima vez? —preguntó Xena.

Gabrielle asintió ligeramente.

Xena jugueteó con la empuñadura de la espada, notando una sensación de náusea en la boca del estómago. Normalmente se sentía bien después de matar, pero al ver el temblor de las manos de Gabrielle, le costaba sentir algo que no fuera una leve depresión.

Observó a los guardias que sacaban a rastras el cuerpo de Edagar y a la mujer de éste.

Le dolía la espalda.

Xena hizo un gesto a Jellaus para que empezara a tocar de nuevo y los susurros rompieron por fin el silencio. El sonido del arpa era casi surrealista, pero le resultaba relajante, de modo que se recostó en su trono y escuchó.

Al cabo de unos minutos, Gabrielle se irguió y apoyó las manos en las rodillas, tomando aliento con fuerza y soltándolo después. Se volvió para mirar a Xena.

Xena le devolvió la mirada.

—¿Cómo sabías que era él quien estaba detrás de todo? —preguntó Gabrielle, con voz suave.

—No lo sabía —le dijo la reina—. Le he dado un castigo ejemplar para que los demás cabrones que estaban confabulados se lo piensen dos veces antes de volver a hacerlo.

La esclava asintió ligeramente.

—¿Sabes quiénes son?

—Sí.

Otro ligero asentimiento.

—Entonces se lo podrías haber hecho a todos, ¿no?

—Tendría que haber afilado esto un par de veces, pero sí. —Xena sonrió inexorable—. Podría haberlo hecho. Pero si los matas a todos, te quedas sin base para los impuestos.

—Oh. —Gabrielle se frotó los ojos.

Xena sólo podía imaginarse la visión que intentaba borrarse de ellos.

—¿Sabes qué?

—¿Qué? —La esclava la miró.

—Ya he tenido suficiente por una noche. Vámonos. —Xena se levantó, haciendo un gesto a Alaran para que se acercara con la vaina—. Quiero quitarme esta maldita toga y lavarme la peste de este sitio. —Cogió la vaina de cuero y deslizó la espada dentro—. ¿Te has ocupado de todo?

—Sí, Majestad. —Alaran parecía casi relajado—. Los hombres... estaban muy contentos con tu regalo —le dijo—. Y mis espías me dicen que... los que apoyaban a Bregos lo lamentan muchísimo.

—Mm... más les vale —gruñó Xena—. Me voy a la torre. Si alguien se emborracha, mételo en las mazmorras durante siete días y cóbrale una multa de cien dinares.

—Ama. —Alaran se inclinó—. Ha sido un día muy provechoso.

Xena vio que Gabrielle se colocaba en silencio a su lado, con los ojos cargados de evidentes y dolorosas sombras.

—Sí. —La reina se pasó la espada a la mano izquierda y apoyó la derecha en el hombro de Gabrielle. Medio se esperaba que la chica se encogiera, y sintió un pequeño destello de calor cuando no lo hizo—. Yo me he forrado. Venga, niña. Vamos a ponernos cómodas.

Gabrielle se irguió y consiguió sonreír dulcemente.

—¿Estás bien, Majestad? —preguntó Alaran de repente, acercándose más—. Lo cierto es que me había olvidado de que estabas herida.

—¿Eso? No es más que un rasguño. —Xena echó el brazo por los hombros de Gabrielle y empezó a bajar los escalones—. Ahora al menos podemos dejar toda esta historia detrás y seguir adelante.

—Tienes razón, Majestad. —Alaran se quedó mirándolas mientras se iban—. Sí que podemos.

Gabrielle esperó hasta que salieron de la sala y echaron a andar hacia la gran escalera antes de hablar.

—¿Sabes una cosa?

Xena suspiró.

—¿Que soy una una puta zorra asesina, fría y despiadada, sin sentido de la moral y aún menos conciencia?

—Mm... —Gabrielle carraspeó un poco—. No... que ese Alaran me da grima.

—Es un espía. Es grimoso.

—Oh.

Xena avanzó por el pasillo, agradecida por la brisa fresca tras el calor sofocante de la sala de banquetes.

—¿No piensas que sea una puta zorra asesina, fría y despiadada, sin sentido de la moral y aún menos conciencia?

—No. —Gabrielle la rodeó con el brazo—. Simplemente una persona muy fuerte que hace lo que cree que tiene que hacer.

Xena la miró.

—Creo que me acabas de proponer matrimonio —comentó, sintiendo que se aclaraba una pequeña parte de la tiniebla—. Muy impulsiva eres tú, ¿no?

Gabrielle soltó aliento y se le relajaron los hombros.

—Me alegro mucho de que todo haya terminado.

—Bonito cambio de tema. —Incluso a oscuras, Xena notó el rubor. Desterró el largo día de su mente y se concentró en el futuro. Bregos estaba eliminado. La rebelión estaba aplastada. Tenía una chica bonita en sus brazos y, con suerte, ahora podría dedicar un tiempo a curarse en paz.

Y a conocer a Gabrielle un poco mejor, ahora que parecía que la chica no había salido huyendo despavorida tras el entrenimiento de la velada.

Todavía.


PARTE 9


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