7


No era frecuente que la pillaran por sorpresa. Xena parpadeó, sintiendo que se le cortaba el aliento. ¿En qué me acabo de meter? Se descubrió incapaz de apartar la mirada de los ojos de Gabrielle, y allí sentada, le pareció que se hundía cada vez más en esa mirada franca y sincera. Entonces el ruido de la multitud penetró la situación y recuperó el control de lo que estaba haciendo. Logró que su cara sonriera con ironía y le dio un pellizquito a Gabrielle en la nariz, luego se reclinó en su trono y fingió observar el combate.

Pero al cabo de un momento, echó un vistazo a Gabrielle. La chica había vuelto a apoyar la cabeza en el trono y rodeaba el soporte con la mano, acariciando delicadamente la madera con el pulgar. Tenía los ojos abiertos, pero hasta Xena se daba cuenta de que estaban desenfocados, y una levísima sonrisa le tensaba la piel a ambos lados de la boca.

Xena respiró hondo e intentó que se le calmara el corazón. La inesperadísima reacción de su cuerpo ante lo que no había considerado más que un gesto sin importancia la sorprendía y preocupaba. A fin de cuentas, Gabrielle sólo era una esclava, sólo era una... Los dedos de Xena se agitaron, formando casi un puño. Maldición, quería volver a hacerlo. Esclava o no, ya no podía seguir negando su atracción por la chica rubia sentada a su lado. Sentía un cosquilleo por todo el cuerpo, y de todos los momentos más inoportunos...

Maldita sea, Xena. A ver si te concentras, se regañó a sí misma mentalmente. ¡Estás en medio de una lucha por tu puñetero trono! ¡Olvídate de la puñetera chiquilla!

Gabrielle escogió ese momento para levantar la cabeza y apoyar la barbilla en el brazo del trono, contemplando con ojos tímidos el rostro de Xena. Ésta la miró a su vez.

—¿Qué? —preguntó, notando con cierta sensación humorística la rendición que se apoderaba de ella—. No me irás a preguntar por qué he hecho eso, ¿verdad?

Gabrielle meneó la cabeza.

—Lo que hay que ver —dijo Xena.

—Yo... mm... —En la voz de Gabrielle se percibía un tono ronco que hizo aguzar el oído a Xena—. Pensaba que era todo parte de la actuación. —Hizo una pausa—. ¿No?

Xena dio vueltas a la idea. Una salida fácil. Buena elección. Además, en realidad no estaba interesada en una pobre chiquilla campesina, ¿verdad? De una aldea sucia y miserable situada en el quinto pino, ¿verdad? Entornó ligeramente los ojos y medio sonrió.

—¿Te ha gustado? —preguntó.

Gabrielle parpadeó.

—¿Qué?

Xena le agarró una oreja y se la examinó.

—¿Te ha gustado que te besara? —preguntó—. ¿Sí? ¿No? ¿Tengo que explicarte lo que es? ¿Hasta ahora sólo tenías experiencia con las ovejas? ¿Qué?

Los neblinosos ojos verdes bajaron la vista unos segundos y luego volvieron a mirarla.

—Sí —dijo—. Me ha gustado.

—Bien. —Xena se echó hacia atrás y se obligó a concentrarse en el campo. Se levantó y se acercó a la parte delantera de la plataforma, cubriéndose los ojos mientras observaba la reanudación del combate. Bregos se había puesto al mando de sus hombres y estaban defendiendo ferozmente la segunda estructura. Calculó que la iba a conservar y que luego haría retroceder a sus hombres, y entonces echó la cabeza hacia atrás y miró hacia el sol con un ligero ceño.

Se dio cuenta de que quería que terminara. Quería que sus hombres hicieran lo que se les había ordenado y combatieran hasta el empate, para que ella pudiera salir ahí fuera, saldar cuentas con él y acabar con todo de una vez. Le dolía la espalda, y las maquinaciones de todos los que la rodeaban le atacaban los nervios, que en estos momentos tenía de punta y muy sensibles.

Por otro lado... vio a dos de los hombres de Bregos saltar por encima de la estructura y aterrizar encima de varios de los suyos en una maniobra valiente y osada. Por otro lado, volver a sus aposentos con la pequeña y bonita Gabrielle en estos precisos momentos probablemente tampoco le convenía. Ella, Xena, podía ser una cabronaza, pero le había dicho a la chiquilla que no violaba esclavas y, maldición, Gabrielle no iba a ser la primera.

Ah. Eso es. Xena vio que sus hombres empezaban a retroceder mientras los hombres de Bregos soltaban alaridos triunfales.

—Ya estamos llegando a alguna parte. —De repente sintió una presencia a su espalda y se volvió para encontrarse a Gabrielle de pie a su lado, mirando el campo. El viento le echaba el pelo claro hacia atrás, descubriendo el vendaje que llevaba en la cabeza. Vestida con los colores de su casa, parecía mucho menos una niña y mucho más la persona compleja y puñeteramente interesante que Xena había ido descubriendo poco a poco.

—¡Oh! —exclamó Gabrielle—. ¡Mira!

Xena así lo hizo y vio a dos soldados, uno suyo y otro de Bregos, enzarzados en feroz combate cerca de la parte delantera del campo. La muchedumbre aclamaba y se echaba hacia delante y la excitación cargaba el ambiente. Éste no era un combate fingido, los dos luchaban muy en serio y se atacaban con espadas largas bien afiladas y templadas.

—Mm.

—¿No habías dicho que sólo era un juego?

Los labios de Xena esbozaron una sonrisa tensa.

—Nunca es sólo un juego, Gabrielle —dijo—. Si metes a un montón de niños con un montón de cosas afiladas en un espacio pequeño y con ganas de alardear, correrá la sangre.

Como si supiera que iba a ocurrir, su hombre soltó un alarido salvaje y brutal y le cortó el brazo a su adversario, del que brotó un chorro de sangre a presión.

—Aprovecha... aprovecha... —murmuró Xena por lo bajo, soltando un leve siseo cuando el soldado aprovechó que su adversario se tambaleaba para hundir la espada en el pecho del hombre.

El hombre de Bregos cayó pesadamente al suelo. Su hombre lo pisó y sacó su arma, alzándola cubierta de una reluciente capa roja.

El ejército de Bregos gritó enfurecido. El hombre de Xena se volvió y los apuntó con la espada.

—¡Eso es lo que le ocurre a un cobarde! ¡Estaba huyendo!

—Buen chico —dijo Xena suavemente.

—¿Tú sabías... que iba a hacer eso? —dijo Gabrielle con un susurro ronco.

—Yo le dije que lo hiciera —replicó la reina.

Bregos cabalgó hacia el hombre. En su rostro se percibía la ira. Pero al acercarse, los hombres de Xena cerraron filas alrededor del que había matado y varios de sus jinetes cabalgaron para cortarle el paso a Bregos.

—¡Vuelve al combate, general! —gritó Xena—. ¡Estás en medio de una guerra!

Bregos hizo girar a su montura para mirarla.

—¡Ha derramado sangre, Majestad!

Xena echó las manos a los lados con un elaborado encogimiento de hombros.

—Si un hombre de mi ejército huyera del combate, lo menos que podría esperar es que sus camaradas lo mataran, no quedarme esperando a que lo hiciera el enemigo —respondió. Un leve ruido de risas flotó por el campo y Bregos se puso congestionado. El hombre volvió de un tirón la cabeza de su caballo y lo espoleó para regresar a la estructura del fondo, que los hombres de Xena habían conquistado y ahora se preparaban para defender contra un ataque.

Gabrielle resopló y se volvió, mirando por encima de la plataforma hacia las montañas que tenían detrás.

—¿Matar gente es de verdad la respuesta?

Xena la miró.

—¿La respuesta a qué?

—¿A todo? —Los neblinosos ojos verdes observaron su cara—. Tiene que haber una forma mejor.

Xena echó la cabeza a un lado y dio vueltas a la idea.

—Pues si la hay, yo no la he encontrado. Buena suerte. —Regresó y cogió el odre de vino del respaldo de su trono, apoyándose en el sillón de madera mientras bebía—. ¿Qué crees que le puedes hacer a alguien, aparte de matarlo? ¿Cortarle cosas? —preguntó—. Ya lo intenté. Eso sólo los cabreaba y al final tenía que matarlos de todas formas cuando intentaban atacarme a mí.

Gabrielle volvió a sentarse en la alfombra, rodeándose las rodillas dobladas con los brazos.

—¿Y no puedes...? —Se quedó pensando—. Podrías encerrarlos.

—¿Y eso es mejor? ¿Alguna vez has visto una mazmorra por dentro? —dijo Xena riendo por lo bajo.

Gabrielle levantó la mirada.

—¿Y tú?

—Sí —asintió Xena, ya sin humor—. Pasé un tiempo en una. Preferiría haber muerto.

—Mm —murmuró la chica.

—La misericordia sólo genera intentos de asesinato, Gabrielle. —Xena volvió a sentarse en el trono—. La misericordia genera desprecio. La misericordia no te lleva a ninguna parte, porque la mayoría de las personas a las que matas no tienen nada más que puedas arrebatarles que tenga importancia para ellas.

—Sólo su vida —dijo Gabrielle.

—Exacto.

—Como yo —susurró la chica—. Eso es lo único que tengo, así que supongo que tienes razón. ¿Qué otra cosa podrías quitarme?

Xena descubrió que tenía un nudo en la garganta de lo más inconveniente y sorprendente. Se apresuró a tragar un sorbo de vino para librarse de él.

—Tú no cuentas —contestó bruscamente—. Nadie te va a matar, al menos mientras yo siga aquí.

Gabrielle se levantó, fue al trono y se sentó a su lado. Se quedó un rato mirándose los dedos entrelazados y luego miró a Xena.

—Espero que sigas aquí mucho tiempo.

—Seguro que lo esperas. —Xena se descubrió sonriéndole. Le pasó el odre—. ¿Tienes sed?

—Un poco. —Gabrielle cogió el odre y bebió un poco—. Gracias. —Tragó—. ¿Xena?

—¿Síííí? —dijo la reina gravemente.

—¿Qué pasaría... si no hicieras algo como...?

—¿Como matar al tipo que te pegó? —Xena adivinó fácilmente la pregunta—. En tu caso, que seguirías siendo un blanco, en peligro de que te volviera a suceder lo mismo cada vez que salieras de la torre. En mi caso... significaría que me habría achantado... que no habría protegido a alguien a quien he acogido en mi casa. Significaría que me habría hecho débil y eso significa que alguien vendría por mí, para ver si eso quería decir que podría matarme fácilmente.

—Mm.

—No se puede evitar, Gabrielle. —La voz de Xena se hizo algo más suave—. Matas a la gente para que la gente no te mate a ti o a las personas que te... a las personas de las que eres responsable. No hay que darle más vueltas. Así es como funciona la naturaleza.

—Pues no es justo —dijo Gabrielle.

—La naturaleza no es justa. La vida no es justa —afirmó la reina con absoluta certeza—. Los fuertes viven y se reproducen, los débiles pierden y mueren —dijo—. Yo soy fuerte y estoy en la cima y tengo intención de que siga siendo así, y si eso significa matar a cualquiera que intente arrebatarme lo que es mío, lo haré. Sin lamentaciones.

Gabrielle bebió un último trago del odre y se lo devolvió. Miró directamente a Xena, alzando ligeramente la barbilla cuando la reina enarcó las cejas.

—Pues entonces creo que tengo suerte —reconoció—. De ser tuya, quiero decir.

Xena no pasó por alto el hormigueo que le subió por la espalda al oír aquello.

—Ahhh... Ya lo has decidido, ¿eh?

Asintió levemente.

—Sí.

—Ya decía yo que eras lista. —Xena acarició con los dedos la mejilla de Gabrielle y no se sorprendió al ver que las claras pestañas se cerraban al sentir la caricia.

Pero un segundo después, volvieron a abrirse y Gabrielle la miró a los ojos.

—Y... mm... ¿Xena?

—¿Mm?

—Nadie besa a las ovejas.

Xena sintió que se le escapaba una carcajada por puro reflejo.

—O sea, ya sé que seguro que has oído historias y a veces los chicos se dejan llevar... pero no hay besos de por medio —explicó Gabrielle, con una sonrisa que le arrugaba la piel alrededor de los ojos—. En serio.

—Ya. —Se sintió encantada al ver que su pequeña esclava daba muestras de un principio de sentido del humor, cosa de la que había estado dudando seriamente—. ¿Me estás diciendo que conoces el tema de la cigüeña, Gabrielle? —Bajó de nuevo la voz, con un tono suave de curiosidad.

Sonrojándose, Gabrielle se encogió un poco de hombros y sonrió.

—Algo así, sí —reconoció—. ¿Sabes cómo se aparean las ovejas?

Xena echó un ojo al campo, donde las tropas de Bregos estaban asaltando la estructura capturada.

—No... ¿cómo? —preguntó, volviendo a mirar a la mujer que tenía al lado.

—Muy maaaaal —baló Gabrielle, con la cara totalmente seria.

Xena se tapó los ojos, sacudiendo la cabeza y riendo.

—Me lo he buscado. —Echó una mirada a Gabrielle—. Nuevo decreto real. Prohibidos los chistes de ovejas. —Descubrió que su mano se alargaba de repente para volver a tocar la cara de la esclava y se detuvo, dándose cuenta con sensación de pasmo de lo natural que empezaba a ser para ella hacer eso.

De cuánto deseaba hacerlo. Extraño, porque nunca había sido muy dada a tocar a la gente, ni siquiera a aquellos con los que se acostaba, más allá de lo estrictamente necesario. Despacio, dejó que su mano volviera al brazo del trono, sintiendo un dolor inusual en el pecho.

¿Qué estaba pasando? Muy seria, Xena observó el rostro de Gabrielle, advirtiendo su inocencia mientras la esclava la miraba. El dolor fue en aumento y decidió que no le importaba gran cosa lo que fuera. Alzó la mano de nuevo y le revolvió el pelo a Gabrielle, absorbiendo la repentina calidez que le llenó los ojos con ese gesto. Era una sensación agradable y Xena decidió que le gustaba.

Se oyó un clamor en el campo de batalla y volvió la mirada, para ver la bandera de Bregos que ahora se izaba por encima de la estructura capturada. Xena vio que sus líneas volvían a formarse y sintió una callada tensión que empezaba a acumularse en sus entrañas, sabiendo que pronto le tocaría a ella estar ahí fuera, oliendo la hierba y la tierra y la sangre. Y a Bregos.

Sus dedos jugaron con el pelo sedoso.

Deseó que ya hubiera terminado.


Estaban sucediendo muchas cosas en el campo y a su alrededor. Pero Gabrielle se contentaba con quedarse sentada en silencio, sin moverse, absorbiendo la caricia rítmica en la cabeza.

Tenía tanta emoción girando por dentro que era muy difícil hacer otra cosa que quedarse ahí sentada. Tenía la sospecha de que si intentaba levantarse, se caería como una zanahoria blanda y acabaría en el mismo sitio.

Era ya todo demasiado. Por su cabeza pasaban mil preguntas y era demasiado agotador intentar desentrañar qué estaba ocurriendo. Era más fácil quedarse apoyada en el trono y aspirar el olor de Xena y recrearse en los recuerdos de un beso y en el consuelo de una caricia despreocupada.

Oh, ya sabía que no quería decir nada. Gabrielle soltó aliento suavemente. A fin de cuentas, era una esclava. Sólo representaba un papel con el que Xena se divertía y que para ella no significaba nada.

Pero nunca se había sentido así. Ni siquiera cuando salía con chicos en casa, las cosas eran así. Pérdicas fue el primero en besarla años atrás y no había sido como esto. Esto era como estar dentro de una llama brillante... esto era como estar rodeada de un torrente de agua... esto era como...

Un suspiro. Oh, Gabrielle, qué idiota eres. Basta ya. Se quedó contemplando el campo, observando a los hombres que corrían de acá para allá, atacando. Retrocediendo. Mamá siempre decía... "Gabrielle, un día te enamorarás y será increíble, ya lo verás". Se acercó un poco más a los soportes del trono de madera. Bueno, mamá... tenías razón. Aunque la verdad es que me alegro de que no estés aquí para verlo.

Papá se avergonzaría muchísimo de mí.

Pero... esto es real, reconoció Gabrielle con tristeza. Yo no pedí que ocurriera. No lo deseaba. O a lo mejor sí, pero no... no así. No... cuando no quiere decir nada.

Seguro que las Parcas se estaban riendo. Burlándose de ella.

—Eh.

Gabrielle alzó la cabeza y volvió a apoyar la barbilla en el brazo del trono, mirando a la reina a la cara. Los ojos azules centelleaban risueños al mirarla a su vez y el corazón de Gabrielle volvió a acelerarse.

—Tú y yo, —Xena le puso un dedo en la nariz—, tenemos que hablar más tarde.

Gabrielle parpadeó.

—¿Sí?

—Sí, en efecto —dijo la reina—. Después de que terminemos con esta charada pedante y yo pase un rato machacando al personal —añadió—. Hablaremos de la cigüeña. —Una sonrisa—. Y de las ovejas. —Una ceja se alzó—. Y de nosotras. —Le revolvió el pelo a Gabrielle, luego se levantó y se colocó bien la túnica—. Vamos.

Gabrielle se levantó a toda prisa y siguió a la reina, que avanzaba hacia el borde de la plataforma. En el campo, vio que ambos bandos volvían a enfrentarse cada uno a un lado de la trinchera central, cuyos bordes se habían desmoronado y estaban salpicados de hoyos llenos de fango. Se detuvo detrás de Xena, mientras la reina se preparaba y se erguía cuan alta era, con el viento echándole el largo pelo oscuro hacia atrás y revelando su perfil anguloso.

¿Nosotras? Gabrielle estuvo a punto de seguir andando hasta quedarse sin plataforma. ¿De verdad ha querido decir...?

—¡¡¡Bregos!!! —La voz de Xena atravesó fácilmente el ruido de la muchedumbre. Abrió los brazos a ambos lados, rozándole el pecho a Gabrielle con la mano derecha—. ¡No he venido aquí para ver un empate!

Gabrielle miró nerviosa a su alrededor.

—Sabes... alguien podría dispararte estando aquí arriba.

—Lo sé —replicó Xena en voz baja—. No te preocupes. Si lo hacen, cogeré las flechas.

—¿En serio?

—¡Majestad! ¡Necesito tiempo para que funcione mi estrategia! —gritó Bregos a su vez, levantándose sobre los estribos—. ¡Sólo es mediodía!

—¡No estás avanzando! —vociferó Xena. Luego bajó la voz—. En serio.

—Pero... ¿cómo consiguieron...? —Gabrielle miró por reflejo la espalda de la reina.

—Tres hombres, tres ballestas, tres flechas. —Xena levantó las manos y agitó los dedos—. Dos de éstas.

—Ahh —suspiró Gabrielle maravillada—. Caray.

—¡Mis hombres están jugando contigo! —Xena levantó la voz de nuevo. Sus tropas respondieron con gritos, saludándola agitando las armas. Xena fue hacia la escalera—. Vamos, Gabrielle. Ya es hora de guarrear con los chicos.

—Mm... vale. —Siguió a Xena hasta la escalera y se mantuvo pegada a ella mientras descendía y pasaba ante la muchedumbre con paso majestuoso.

Los nobles se inclinaban a su paso y ella pasó ante ellos sin mirarlos, hasta que llegó a la primera fila de espectadores, cerca del borde del campo. Aquí, la plataforma estaba a pocos metros del suelo. Los guardias hicieron sitio a Xena, apartando bruscamente a hombres y mujeres bien vestidos para que la reina tuviera espacio.

Aquí, Gabrielle olía de verdad el campo, un olor rico y penetrante. Vio a algunos de los soldados, cubiertos de barro y algunos de sangre, metidos a cada lado de la trinchera. Había hombres tirados en el suelo cerca del borde del campo y algunos se movían, otros no.

—Tu problema, Bregos, —Xena se puso cómoda—, es que tus hombres no están en forma, no tienen suerte y están descolocados. No puedes tomar la trinchera desde este lado, porque el ángulo está en tu contra y nosotros tenemos el terreno elevado. —Señaló.

La cara entera de Bregos se contrajo.

—Majestad, no veo que a tus fuerzas les vaya mucho mejor.

La multitud empezó a murmurar. Algunos miraron rápidamente a Xena. Algunas de las miradas no eran favorecedoras.

Xena lo notó. Dobló las manos. Alzó un brazo e hizo una señal.

Con un alarido, sus tropas salieron disparadas de la trinchera y atacaron. Bregos apenas pudo quitarse de en medio y rodeó al galope la retaguardia de sus líneas, exhortando a sus hombres a gritos. Retrocedieron unos cuantos metros, defendiéndose de los atacantes, a quienes seguían superando en número.

Un lado de la línea se vino abajo. Bregos galopó hacia ese punto, golpeando y cortando con la espada la masa de soldados enzarzados. Uno de los hombres de Xena se estampó con su caballo y él atacó al hombre, golpeándolo en la cabeza y tirándolo al suelo cubierto de sangre.

Gabrielle volvió la cabeza e intentó no ver ni oír.

Bregos se esforzó, pero una sección de sus hombres se tambaleó y se derrumbó bajo el ataque. Volvieron a retroceder.

Xena oía las quejas que empezaban a correr a su alrededor en voz baja. Observó la carnicería con aire tranquilo e indiferente. Hasta que bajó la mirada y vio a su pequeña acompañante, que estaba blanca como una sábana y temblorosa.

—¿No puedes detener esto? —susurró Gabrielle.

—No. Pero él sí. —La reina le rodeó los hombros con un brazo. Alzó la otra mano e hizo una señal y unas tropas de reserva atravesaron el agujero que había en las líneas de Bregos, obligándolas a retroceder paso a paso.

Él se dio cuenta. Bregos se apartó de la línea que ya no podía seguir manteniendo y cabalgó hacia ella.

—¡Ama!

Xena lo dejó sin saber qué iba a hacer durante un momento, luego se puso dos dedos entre los dientes y soltó un fuerte silbido. La batalla se detuvo y sus hombres se quedaron alerta, armas en ristre, pero conservando el terreno.

—¿Sííííí?

—¡Estoy disfrutando muchísimo! —dijo Bregos.

—Yo también —asintió Xena.

—Pero... ¡hoy hemos perdido buenos hombres! —El general se hinchó—. Tienes razón. ¡Este empate debe terminar!

—¿Ahora que estás perdiendo? Anda ya, cerebro de mierda —murmuró Xena por lo bajo—. Debería dispararte sin más —añadió, volviéndose a un lado cuando Alaran llegaba apresurado hasta ella—. Ah. Aquí estás. Justo a tiempo para el espectáculo.

—Majestad... lo sabe —susurró Alaran—. ¡Sabe lo de tu herida!

Gabrielle lo miró con los ojos entornados, olvidada al otro lado de Xena.

—Lo intentará. —Xena lo apartó de un empujón—. ¿Y bien, Bregos? —Alzó la voz—. ¿Tenías algo que proponer? Mis hombres esperan.

—¡Majestad! —siseó Alaran.

—¡No hay necesidad de que mis... nuestros preciados soldados corran más riesgos! —gritó Bregos—. ¡Yo mismo dejaré zanjada la cuestión! ¡Me ofrezco, Majestad! ¡Me ofrezco a defender el honor de mis hombres, en combate singular, contra el campeón que tú elijas!

La multitud rugió, respondiendo al noble gesto. Los hombres de Bregos corearon su nombre, visiblemente aliviados.

—Majestad, deja que luche yo con él —dijo Alaran con voz ronca—. ¡No caigas en su trampa!

Xena alzó la mano y esperó a que se hiciera el silencio. No tardó en llegar. Juntó las manos a la altura de la cintura.

—Está bien —asintió—. Bregos, acepto tu valiente, generoso y noble ofrecimiento de zanjar esta cuestión con tu propio... cuerpo.

Algo sorprendido, claramente, ante sus palabras, Bregos se inclinó noble y elegantemente en la silla.

—Majestad, me haces un honor del que no soy digno.

—Ah, tú lo has dicho —soltó Xena.

—Aguardo tu decisión, ama. Nombra a tu campeón y presentaremos nuestra vida y nuestro honor ante ti y nuestro noble pueblo.

—¡Ama! —Alaran llegó a tirarle de la manga—. ¡Por favor!

Xena se volvió y lo miró, con una expresión fría como el hielo.

—Vete —le ordenó—. Éste es mi sitio.

Alaran hizo un evidente esfuerzo para no responder, obligó a su cuerpo a hacer una reverencia y luego retrocedió para colocarse cerca de la guardia, hirviendo de rabia en silencio.

—Xena —susurró Gabrielle.

—¿Tú también quieres luchar con Bregos? —La reina se volvió hacia ella, enarcando ambas cejas.

—Mm... —La chica miró al otro lado de Xena—. Ah... no, pero... Alaran y yo éramos los únicos que sabíamos lo de tu espalda. Si Bregos lo sabe...

Xena la miró con resignación, casi tristeza.

—Ya te dije que tú eras la única excepción a la regla, ¿no? —Le apretó el hombro a Gabrielle y se volvió para mirar a Bregos—. Acepto, Bregos.

Él se inclinó.

—Llama a tu campeón, ama.

Xena se soltó tranquilamente el cierre de su túnica de seda y se la quitó. Una ola de pasmo recorrió a la muchedumbre cuando aparecieron su armadura y sus armas y ella se irguió cuan alta era.

—Ya te lo dije —dijo en medio del silencio—. Yo no necesito un campeón personal.

Dejó que el eco de sus palabras se desvaneciera, luego se volvió y le entregó su túnica a Gabrielle.

—Guárdame esto, ¿quieres?

Gabrielle la cogió como si fuera una joya.

—Ten cuidado —dijo—. Ese hombre da repelús.

Xena sintió los ojos del gentío clavados en ella. Paseó la mirada despacio por la multitud y luego posó los ojos en Gabrielle. Con estudiada calma, inclinó la cabeza y cedió de nuevo a un impulso, notando que Gabrielle se echaba hacia delante cuando sus labios se tocaron. Esta vez dejó que durara más que un instante, luego se apartó y le guiñó un ojo a la esclava.

—No veas cómo voy a ser la primera en salir caminando de ese campo. —Le dio una palmadita a Gabrielle en la mejilla, luego se volvió y saltó de la plataforma, aterrizando en el suelo sin el más mínimo traspiés.

Los soldados rompieron las líneas cuando Xena se acercó, avanzando ágilmente a largas zancadas por el suelo desigual. Se detuvo a cierta distancia del caballo de Bregos y lo miró, apoyando las manos ligeramente en los muslos.

—¿Vas a bajar aquí o tengo que tirarte de ese feo jamelgo? —Notó que perdía el barniz de la realeza y que empezaba a resurgir la luchadora despiadada que había sido toda su vida.

Él notó la diferencia. Desmontó despacio y dio una palmada a su caballo en la grupa para que se alejara trotando. Las tropas formaron un círculo a su alrededor, la mitad de ella, la mitad de él, y sobre el campo de batalla flotó un espectro, cuya risa sacudió las banderas y estandartes que bordeaban la hierba.

Xena dedicó un momento a mirar a su alrededor. El campo entero estaba rodeado por el populacho y los graderíos estaban cargados hasta los topes de más nobles de los que creía tener en el reino. Los ojos de todos la miraban. Ojos hambrientos, y se dio cuenta de que había muchos entre la multitud que no querían que dejara el campo de una pieza. La odiaban. Lo sabía. La única seguridad que tenía era el anillo de hombres que tenía detrás.

Y el único amor que podía encontrar estaba de pie en uno de los bordes, con una túnica de seda sobre los hombros.

—Xena. —Bregos estaba tan cerca que podía hablar en voz baja—. Si te gano, tendré tu mano y compartiré ese trono.

Xena se limitó a sonreír.

—Si me ganas, estará vacante. Será todo tuyo.

A él se le endureció la expresión.

—Que así sea. —Sacó la espada y la movió hacia ella con una reverencia exagerada—. Me inclino humildemente ante los deseos de mi ama —dijo en voz alta—. Y sólo quiero cumplir su voluntad.

Xena se centró. Hizo acopio del dolor que le atravesaba el cuerpo y lo desechó, despejándose la mente para el inminente combate. Colocó su cuerpo sobre su centro de equilibrio y sacó la espada de la vaina, girándola con indiferencia en la mano para apuntarla hacia atrás, recogida en el brazo. Dobló ambos dedos índices.

—Vamos —ronroneó, terminando con una risa baja—. Ven a por mí, pomposo carnicero de pacotilla.

Y él así lo hizo.


Al principio pensó en simplemente arrollarla, aprovechando su estatura y su peso para pasar por encima de ella y acabar rápido el duelo. Xena apenas tuvo tiempo de colocarse antes de que atacara, y sus estocadas rápidas y competentes le dejaron claro que no se iba a andar con delicadezas. Pero eso estaba bien, puesto que ella tampoco lo iba a hacer, y paró su estocada inicial y se coló limpiamente por debajo de su brazo, pegándole una patada en el trasero al volverse con un ágil movimiento.

Su hombres se echaron a reír.

Xena deseó poder reír. Por mucho que quisiera disfrutar de esta pequeña escaramuza, la herida le estaba echando a perder la diversión y sabía que no iba a poder alargarlo mucho tiempo antes de que empezara a afectarla de forma peligrosa. Esperó a que Bregos se volviera y la siguiera y entonces tuvo que agacharse cuando él lanzó una estocada feroz contra su cabeza.

—Chico malo. —Paró su espada y la volvió, haciéndolo retroceder en la otra dirección y continuando el movimiento con un giro elegante que colocó su arma en la posición adecuada para darle en la parte delantera de la armadura, cortando profundamente la cota metálica que le cubría el pecho.

Eso le paró los cascos. Probó otra estrategia, pasando de la fuerza bruta a la habilidad. Era buen espadachín, y ahora la atacó con estocadas ágiles, rápidas y cortantes. Xena sonrió. Esto le gustaba mucho más. Entró en el baile con una sensación de auténtico disfrute, parando su ataque y dándole la vuelta, anticipándose a sus movimientos y esquivándolos, bloqueando sus golpes y contrarrestando cada una de sus estocadas con las suyas.

Notaba la magia que estaban tejiendo. Incluso en los ojos de la joven Gabrielle, que observaba fascinada desde la plataforma inferior. Xena sonrió ferozmente y continuó el ataque, consciente de esa atención embelesada. La fiebre del combate estaba ahora eliminando el dolor, y cogió la empuñadura de la espada con las dos manos y movió la hoja trazando una apretada red de estocadas, soltando destellos que flotaban por todo el campo cuando el sol daba en el borde de la espada.

Bregos se movió para bloquearla y ella retrocedió un paso, luego se agachó ligeramente y cuando él le lanzó una patada en redondo, ella se desplegó y salió despedida del suelo, saltando casi su propia altura por el aire y dando una voltereta hacia delante al tiempo que golpeaba con la espada hacia atrás, desviando la de él, que estuvo a punto de hundir la punta en la hierba.

Se giró en medio del aire y aterrizó, sin detenerse siquiera: simplemente aprovechó el impulso y lanzó una patada perfectamente calculada que lo alcanzó en la mandíbula.

Él retrocedió tambaleándose, sin llegar a perder el equilibrio, pero aturdido.

Xena se echó a reír e hizo un molinete con la espada en la mano. Avanzó con ligereza y atacó, y a punto estuvo de arrebatarle la espada de las manos. Él tuvo que agarrarla deprisa para no perderla y ahora la cara se le puso roja de rabia y vergüenza.

—Esto. —Xena cortó hacia el campo, movimiento que él paró—. Te queda. —Volvió hacia atrás y él paró, pero ella se detuvo casi a mitad de estocada y atacó hacia abajo y hacia la izquierda, esquivando su hoja y haciéndole un profundo corte en el muslo—. Muy grande.

—Eso es lo que tú te crees. —Bregos se recuperó y se lanzó contra ella. Conservó la espada en la mano y atacó con furia—. Se acabaron los juegos.


Gabrielle sentía que el corazón se le había quedado encajado para siempre en la garganta. Aferraba la túnica de Xena, que tenía colocada en torno al cuello, mientras veía a los dos combatientes girando el uno alrededor del otro. Le costaba creer lo que veía: esta Xena era muy distinta de la Xena a la que más o menos se había acostumbrado en los últimos días. Utilizaba la espada con tal poder y tal elegancia que era casi como ver un baile, sólo que este baile era mortal.

Cuando Xena saltó por encima de Bregos y dio una voltereta en el aire, Gabrielle casi soltó un grito. ¡Era increíble! Por un momento, se olvidó de lo grave que era la situación, mientras sus ojos seguían ese cuerpo esbelto y musculoso en su ágil vuelo.

Ahora, sin embargo, estaba preocupada. Bregos atacaba de verdad a Xena, golpeándola con su espada más grande al tiempo que soltaba gruñidos que le hacían parecerse mucho a un cerdo grande y gordo. Gabrielle se daba cuenta de que intentaba empujarla hacia atrás, pero Xena no cedía terreno, con las piernas firmes sobre el suelo desigual y los músculos protuberantes en claro relieve bajo la piel mientras paraba una estocada tras otra.

Bregos lanzó una estocada contra su costado derecho y Xena la paró, bajó la hoja al pasar junto a Bregos y giró, manteniéndolo delante de ella cuando él también giró. Él se pasó la espada a la otra mano y atacó: justo contra su hombro herido.

En lugar de parar el golpe, Xena se dejó caer sobre una rodilla y luego se alzó inesperadamente, agarrando la espada con ambas manos, y lo golpeó en el pecho, empujándolo hacia atrás con una exhibición de pura fuerza bruta. Él se tambaleó y, cuando ella estaba recuperando el equilibrio, vio la oportunidad y pasó a su lado de un salto, se giró y la golpeó en la espalda con todas sus fuerzas.

Gabrielle casi sintió ella misma el horrible dolor. Vio que Xena se quedaba clavada en el sitio, por un instante, y estaba tan cerca que hasta vio cómo cerraba esos ojos claros tan deprisa que casi se lo podría haber imaginado. Pero sabía que no era así, y se le puso un nudo en las entrañas, soltando un gemido grave como reacción inconsciente.

Y entonces Xena se volvió. Arqueó el cuerpo, bajó la cabeza echándola hacia delante ligeramente y toda la diversión desapareció de su ser. Clavó los ojos en Bregos y avanzó hacia él, sin hacer el menor intento de protegerse de su espada. Ella llevaba la suya aferrada en la mano y la hacía girar mientras avanzaba, a velocidades cada vez mayores a medida que se acercaba a él.

—¿Tienes un problema, Majestad? —se burló Bregos—. ¿No te encuentras bien, tal vez? —Levantó la espada y la atacó, pero apenas tuvo oportunidad de preparar el arma antes de que ella se le echara encima, con un ataque tan rápido y tan duro que el ojo casi no podía seguirlo. Golpeó su espada contra la de él al tiempo que de su garganta brotaba un gruñido grave, su arma cortó el acero que él llevaba y se lo retorció en las manos. Tiró con fuerza y la espada salió volando de las manos del hombre.

Éste retrocedió un paso e intentó sacar el puñal. Xena se giró y lanzó una estocada a la altura de la cintura, alcanzándolo en el brazo y destrozándole el hueso al atravesarle el brazo.

Él gritó espantado. Xena terminó de sacar su puñal medio desenvainado y siguió avanzando mientras él retrocedía, bajó el puñal y atacó, hundiéndole la hoja en la entrepierna.

Él cayó de rodillas y luego se desplomó a sus pies. Sin hacer ni una pausa, Xena lo tumbó boca arriba de una patada y levantó la espada, dándole la vuelta y cogiendo la empuñadura con ambas manos después de soltar el puñal, y se preparó para atravesarlo como a un cerdo.

Tomó aliento y eso le hizo levantar la cabeza lo suficiente para que sus ojos pasaran por encima de los soldados pasmados y estremecidos y se fijaran en un par de neblinosos ojos verdes desorbitados de horror que estaban clavados en ella.

Xena bajó la vista y miró al hombre ahora indefenso que yacía a sus pies. La sangre manaba a chorros de su entrepierna, de su brazo y del corte que tenía en el muslo. Se retorcía de agonía. De su garganta surgían gritos de dolor casi como los de un niño. El olor de la sangre subió hasta sus sentidos y se los colmó. La muerte estaba aquí y ella sabía que debía aprovecharla. Esta vida era suya.

Miró su espada, manchada ya de esa misma vida.

Xena paseó la mirada por la multitud: la mayoría de pie, muchos horrorizados, todos a la espera de que lo matara. Todos sabían que lo iba a hacer, lo percibía en sus rostros. En los rostros de los hombres de Bregos. En los rostros de sus propios hombres. Todos los sabían.

Menos Gabrielle. Xena sintió que la invadía una extraña sensación de curiosa paz y retrocedió, dio la vuelta a la espada que tenía en la mano y se apoyó la hoja en el hombro. Se quedó mirando a Bregos con expresión impasible.

—Fracasado —dijo, y luego se volvió y se enfrentó al círculo de hombres. Primero, miró a los capitanes de Bregos—. Lleváoslo. —Señaló al general caído con la espada—. Yo empezaría con un torniquete en el brazo. —Vio que se la quedaban mirando—. ¡MOVEOS! —vociferó.

Dos de ellos avanzaron, con mucha vacilación. Xena no les hizo ni caso y se volvió hacia sus propios hombres. Estos sacaron las armas y las alzaron y se inició un cántico. Música para sus oídos. Su nombre. Alzó su propia espada y los saludó, aceptando la aclamación.

Luego se volvió hacia el populacho. Ahí no había alegría. Sabía que la mayoría había apostado por Bregos, contaba con Bregos, y ahora... veía la rabia en los rostros de los nobles.

Bueno, al Hades con todos ellos. Ella no les había dicho que eligieran el bando equivocado. Su plan había funcionado, pero en realidad no había dado el resultado que esperaba. Y ahora tenía la espalda atravesada de dolor, donde él la había golpeado durante el combate.

Pero su ejército estaba agrupado detrás de ella, coreando su nombre, y ante tal fuerza armada el populacho se unió, hasta que el campo tembló con el sonido de su victoria, azotándola mientras salía del campo caminando con majestuosa dignidad hacia la plataforma.

Se detuvo justo delante y alzó la mano con que llevaba la espada, sujetándola en alto.

—Nuestro reino es fuerte —gritó—. Que nuestros enemigos... —Hizo una pausa deliberada, recorriendo a los nobles con la mirada—. Tomen nota.

La marea dio la vuelta y el populacho la aclamó. Xena sintió que se animaba mientras regresaba a la plataforma, a la chica rubia que la esperaba allí. Reprimiendo el dolor salvajemente, subió las escaleras hasta arriba y volvió a levantar la espada, girando y recogiendo la adulación.

Gabrielle la miró cuando se dio la vuelta.

—¿Estás bien? —preguntó la chica, en voz baja.

No. Xena soltó aliento, envainando la espada y saludando al gentío, que seguía gritando y aclamándola, y a sus guerreros, que seguían coreando su nombre.

—Ah, me siento como si tuviera una pica clavada en el omóplato derecho, tengo un dolor de cabeza que podría tumbar a un semental en celo y hasta he tenido que tocarle la bragueta a ese hombre —soltó entre dientes—. Nunca he estado mejor, Gabrielle. ¿Y tú?

—Me alegro de que se haya terminado.

—¿Terminado? —Xena sonrió tensamente—. Por ahora. —Agitó la mano, saludando a la multitud—. ¡Que empiecen los combates singulares! —ordenó en voz alta—. ¡Tengo dinares que regalar!

Los soldados aplaudieron, los suyos como locos, los de Bregos de muy mala gana, y los encargados de las listas empezaron a dividir a los combatientes.

—¿Quieres... quieres sentarte? —susurró Gabrielle.

—No. —Xena reconoció que estaba mareada—. Quiero tumbarme. Gracias a los dioses que soy la reina y puedo hacer lo que me salga de las narices. —Le puso a Gabrielle el brazo sobre los hombros con aire despreocupado—. Vamos. —Alzó un poco la voz para que la oyera la gente—. Te voy a enseñar de qué va eso de la lujuria de combate, nena.

Gabrielle vio las miradas, pero le dio igual. Rodeó con cuidado la cintura de Xena con el brazo y se alejó con ella del campo rumbo a la torre, dejando la carnicería atrás.

—Me alegro de que no lo mataras.

—Yo no. —Xena suspiró con fastidio.

—La gente quería que ganara él.

—Lo sé —dijo la reina.

—Creo que si lo hubieras matado, lo habrían convertido en un héroe.

Xena miró a su joven acompañante, dándose cuenta de que tenía razón.

—No es ningún héroe.

—No. Pero a lo mejor ahora ya lo saben —dijo Gabrielle—. La heroína eres tú.

—No empieces.

—Alguien tiene que ser el héroe.

—Yo no.


Subieron hasta los aposentos de la reina, donde el clamor del campo llegaba apenas flotando por las ventanas abiertas. Hacía fresco y había silencio en las habitaciones, y Xena se apoyó agradecida en la pared mientras se soltaba las hebillas de la armadura.

Notó una caricia en el otro lado y bajó la mirada para ver a Gabrielle soltando las de ese costado, con el ceño fruncido por la concentración.

—Bueno, ¿qué piensas?

—¿Qué pienso? —Gabrielle consiguió desabrochar el cierre y levantó la mirada—. ¿De qué?

—Cómo no. —La reina medio sonrió—. Por una vez que quiero que pienses y no lo haces —comentó—. Del combate.

—Oh. —Gabrielle frunció el ceño—. ¿El grande con todos los hombres o el tuyo?

—El mío. —Xena se sacó la armadura por encima de la cabeza, usando el brazo bueno. La dejó con cuidado encima del baúl—. Ya te he dicho que siempre se trata de mí.

—Me dio miedo —reconoció Gabrielle.

—Miedo. —Xena se sentó en el baúl, estirando las piernas hacia delante—. No creía que estuviera tan oxidada.

Gabrielle se arrodilló a su lado y luchó con las tiras que sujetaban la protección de las piernas, moviendo las extrañas hebillas.

—No... tú me has parecido increíble. Es sólo que tenía miedo de que te hiciera daño.

—Y me lo ha hecho —admitió Xena en voz baja—. El muy cabrón sabía exactamente dónde, además.

—No creo que se haya dado cuenta nadie. —La chica quitó la armadura y la estudió con curiosidad y luego la dejó al lado del peto—. Creo que pensaron que te habías puesto furiosa sin más.

El dolor la atacó de golpe. Xena se echó hacia delante y apoyó los codos en las rodillas, hundiendo la cara entre las manos un buen rato. Los largos días de lucha con el dolor estaban agotándola: se dio cuenta de que ya no estaba acostumbrada a vivir con la necesidad de hacer eso, y por un segundo estuvo a punto de volver a enfurecerse.

Entonces una mano le tocó el brazo y unos dedos se lo rodearon, mientras el pulgar de Gabrielle le acariciaba la parte interna del antebrazo consolándola sin decir nada.

Tampoco estaba acostumbrada a eso. Cuando estaba ahí fuera con su ejército, los sanadores no perdían el tiempo consolando a los pacientes. A veces, ni siquiera perdían el tiempo hablando. Si tenías suerte, te advertían antes de empezar a coserte. Xena levantó la cabeza y apoyó la barbilla en los puños.

—¿Qué aspecto tiene? —Hizo un gesto con la barbilla para indicarse la espalda, sin dejar de advertir la intensidad de los ojos de la chica mientras la miraba.

Gabrielle trasladó la mano del brazo de Xena a su hombro y se inclinó por encima de ella para mirar. Inhaló hondo ante lo que vio.

—Oh, Xena.

La reina arrugó la frente y luego hizo una mueca.

—A ver si lo adivino. Eso quiere decir que no me estás felicitando por la bella disposición de mis omóplatos.

—Es... —La propia Gabrielle hizo una mueca—. Creo que cuando te golpeó, la parte de atrás de esa cosa de metal...

—Mi armadura —comentó Xena.

—Se clavó donde tienes la herida. —Gabrielle se inclinó más—. Está... sangrando mucho. —El borde de la parte donde iba sujeta la espada de Xena se había incrustado en el agujero ya torturado que tenía en la espalda, abriéndolo y añadiendo una nueva raja justo debajo. Tenía el traje de cuero empapado de sangre y a Gabrielle le dolía sólo de mirarlo.

—Ah. —Xena volvió a dejar caer la cabeza entre las manos y se frotó la cara—. Eso explica que lo tenga como lo tengo. —Con un hondo suspiro, plantó bien los pies y se obligó a levantarse—. Dioses, qué harta estoy de esto. —Se dirigió penosamente hacia la sala de baño—. Si sangra tanto, vas a tener que coserlo.

Gabrielle la había seguido obedientemente. Ahora se paró en seco.

—¿Coserlo? ¿Te refieres a ti?

Xena la miró por encima del hombro. Una de sus cejas se alzó hasta el nacimiento del pelo.

—Olvídalo. He dicho una estupidez. —La chica sacudió la cabeza—. Es que no se me da muy bien coser.

Xena se desató el traje de cuero y se lo quitó con cuidado, encogiéndose cuando un trocito del cuero cortado se desprendió de la raja que tenía en la espalda.

—Échame agua ahí.

Gabrielle fue a la palangana y metió un paño de lino de buen tamaño. Xena se acercó y se quedó a su lado, apoyada en la encimera de mármol.

—Bueno.

—¿Bueno? —Gabrielle aclaró con cuidado la herida recién abierta.

—Dime lo increíble que he estado —dijo la reina—. Consigue que me olvide de esto y de que tengo que volver ahí fuera más tarde y ponerme de celebraciones con todos esos cabrones.

Gabrielle se concentró en su tarea un momento. El daño que había sufrido la espalda de Xena era ahora evidente, una vez lavada la sangre, y vio que aparte del nuevo corte, el golpe también había penetrado la vieja herida profundamente, abriéndola de nuevo. Dentro, había una sustancia desagradable y la lavó con cuidado.

—Creo que se te ha abierto algo que tenías dentro de la primera herida.

—¿Sí? —Xena no parecía fastidiada y, de hecho, la reina volvió la cabeza y miró a Gabrielle con interés—. ¿Está saliendo porquería?

Gabrielle asintió.

—Ja —resopló la reina—. Ese cabrón estúpido hasta puede que me haya hecho un favor —dijo—. Ya me parecía a mí que había algo que no se estaba curando. Normalmente no tarda tanto.

—¿Quieres decir... que esto es bueno?

Ahora le tocó a Xena asentir. Volvió a apoyarse en la encimera, repasando el combate mentalmente, recordando sus movimientos y reviviendo los momentos buenos y los malos. Pensó que la primera parte había ido bastante bien. El manejo de la espada por parte de Bregos era aceptable, aunque no podía compararse con el de ella. Habían combatido de una forma bastante decente y entonces...

¿Por qué la había golpeado Bregos en la espalda? Xena se concentró en esa pregunta, tratando de dejar a un lado el creciente dolor. Ganar sin poner en evidencia la debilidad de ella le habría hecho quedar mejor... ¿fue simple frustración? ¿O era que sabía que iba a perder?

Pensaba que había sido muy lista al tenderle la trampa al general. Pero ¿y si...? Xena entrecerró los ojos, recreando la atmósfera extraña y tensa que rodeaba el campo de batalla. ¿Y si él hubiera planeado lo mismo, sólo que no se esperaba que fuera ella la que se enfrentara a él?

—Vale —dijo Gabrielle, por fin—. Creo que ya está.

Con el ceño fruncido, Xena se irguió y luego se agarró a la cómoda cuando una acometida de vértigo estuvo a punto de hacerla caer al suelo. Oh-oh, esto no es bueno.

—Vale. —Recuperó el control con gran esfuerzo—. Ha llegado el momento de darle a la hierba de lo lindo.

Con cuidado, soltó la encimera de mármol, le hizo un gesto a Gabrielle para que fuera delante de ella y siguió a la chica hasta el dormitorio.

—Vale. —Xena se miró las botas cubiertas de barro y luego miró las sábanas de seda. Esbozó una leve sonrisa burlona y luego echó el cuerpo en la cama, deslizando las manos hacia delante y soltando aliento—. Trae aquí esa maldita caja.

Gabrielle cogió la caja del escritorio y se la llevó.

—Ya la tengo.

—Vale —repitió Xena—. El paquete ése de polvos blancos. Échalo todo por encima de todo lo que está abierto. —Calmó la respiración, consciente de lo que estaba pidiendo.

—Creía que escocía.

—Y yo creía que era la reina y daba las órdenes.

Gabrielle le puso una mano en la nuca. Era agradable, ese contacto. Xena cerró los ojos y esperó, oyendo el crujido del pergamino. Es bueno para ti, Xena. Es bueno para ti. Es bueno para ti... es... ¡¡¡¡hijo de bacante!!!! Cerró los ojos con fuerza y mordió, saboreando la sangre dentro de la boca al morderse el labio inferior. Era como si alguien hubiera prendido fuego a su carne. Apretó las manos sobre las sábanas, cerrando los puños que aferraban la tela con tal fuerza que la seda rechinó. Aguantó la respiración y los músculos de los muslos se le contrajeron mientras su cuerpo reaccionaba al dolor.

Gabrielle rodeó con la mano el puño de Xena y se quedó mirando, impotente, mientras la reina yacía sufriendo. En su espalda, el polvo blanco borboteaba y siseaba, con un aspecto casi vivo al mezclarse con la sangre que salía de la herida.

Por fin, notó que el cuerpo de Xena se relajaba. Miró el perfil anguloso y a la polvorienta luz del sol vio los indicios de humedad en las pestañas cuando abrió los ojos claros.

—Va... vale. —Xena tenía la voz ronca y carraspeó—. Al fondo de la bolsa, hay... agujas de hueso. Hilo.

—¿Estás segura de que quieres que lo haga ahora? —Gabrielle metió la mano en la bolsa y sacó los delgados trozos de hueso, que tintinearon suavemente en su mano.

—Gabrielle... deja que te diga una cosa que he aprendido a la fuerza —dijo Xena—. Si tienes que hacer algo desagradable, hazlo deprisa y de una sola vez. No lo alargues. —Respiró hondo—. Intenta hacer los puntos pequeños. Detesto las cicatrices desiguales.

Gabrielle enhebró una de las agujas con un poco de hilo y se detuvo, examinando la espalda de Xena.

—Este ángulo es un poco incómodo —murmuró—. No puedo... debería hacerlo desde arriba y...

Xena se incorporó penosamente sobre los codos.

—Siéntate. —Indicó la cama y esperó a que la esclava lo hiciera, balanceándose ligeramente cuando la cama aceptó el peso de la chica—. De cara a mí. —Gabrielle se giró a medias—. Vale. ¿Qué tal así? —Xena se echó hacia delante y le puso la cabeza en el muslo, echando el brazo por encima de las rodillas de Gabrielle—. ¿Mejor?

—Perfecto. —A Gabrielle se le quebró la voz.

A pesar del dolor, eso hizo sonreír a Xena.

—Pues muy bien, adelante. —Notó el primer pinchazo vacilante de la aguja y suspiró.

—Tienes muchas cicatrices en la espalda.

Los recuerdos la invadieron.

—Lo sé —dijo Xena—. Todos esos trucos tan estupendos los aprendí a fuerza de golpes. —Se concentró en respirar con regularidad—. Yo era de una aldea no muy lejos de la tuya, sabes.

—¿En serio?

—En serio —murmuró la reina—. Mi madre era posadera. No era una posada grande, pero era un buen sitio para vivir —dijo—. Un día pasó un señor de la guerra... no debió de gustarle, supongo. Así que sus hombres y él arrasaron el sitio.

—Oh...

—Madre intentó impedírselo. Absurdo. —Xena meneó la cabeza—. La hicieron pedazos y la tiraron al camino. Mis hermanos y yo huimos al bosque.

Gabrielle se quedó en silencio. La voz de Xena incluso había cambiado, haciéndose más profunda y un poco más suave, y se preguntó si la reina se daba cuenta. Se esforzó por ser lo más delicada posible, dejando a un lado el torrente de emociones que hacía que la cabeza le diera vueltas.

—Nos separamos. Li y yo... fuimos tirando durante un tiempo, pero él era tan pequeño... al final nos cruzamos con un cerdo cabrón llamado Cortese que nos atrapó a los dos y nos echó a un foso como cebo para sus guerreros. —Xena resopló—. O aprendías a luchar o morías. Yo aprendí.

Era espantoso. Gabrielle no lograba imaginarse pasando por una cosa así y encima siendo tan pequeña.

—¿Te escapaste?

La reina se rió suavemente.

—No —dijo—. Crecí y sobreviví hasta que fui lo bastante buena como para enfrentarme a Cortese. Fue la primera persona a la que maté. —Sus ojos parpadearon despacio—. Me apoderé de su ejército y el resto...

—¿Y tu hermano? ¿Qué fue de él?

—Mi hermano —murmuró Xena—. Mi único amigo. —Se quedó callada un momento—. Vivió el tiempo suficiente para ver cómo subía al trono. —Su pulgar se movía despacio por encima de la tela oscura de las polainas que llevaba Gabrielle—. Entonces se dieron cuenta de que él era mi punto débil.

Gabrielle cerró los ojos y dejó las manos quietas un momento.

—Lo degollaron y dejaron su cuerpo en el patio donde lo encontré, aquella bonita mañana de verano. —La voz de Xena era tranquila, casi pensativa—. Maté a treinta y dos de ellos por eso. Los destripé y dejé que murieran empalados por toda la avenida principal.

Incapaz incluso de hablar, Gabrielle se mordió el labio inferior y vio que una lágrima que le resbalaba por la mejilla caía en el hombro de Xena.

—Pobre Li —susurró Xena—. Lo único que quería era ser soldado y llevar mis colores. —Sus dedos tocaron la tela oscura—. Esto era suyo. Tú eres más o menos de su tamaño. —Oyó un ruido extraño y volvió la cabeza para levantar la mirada. Gabrielle tenía los ojos cerrados y la cara bañada en lágrimas—. Oye. ¿Por qué lloras?

Gabrielle abrió los ojos y tomó aliento temblorosamente.

—Porque tú no lo haces.

Xena se la quedó mirando largo rato, luego volvió a bajar la cabeza y suspiró, sombríamente maravillada.

—Oh.

Gabrielle dejó la aguja. Puso a un lado la bolsa y la caja y luego, con mucho cuidado, rodeó los hombros de Xena con los brazos y la estrechó.

Xena notó la presión y parpadeó, un poco sorprendida.

—¿Qué haces?

—Mm... —Gabrielle sorbió—. Te abrazo.

Era... Xena sintió el calor que la rodeaba de una forma más que física. Era relajante, y descubrió que le gustaba.

—Ah. Contigo todos los días aprendo algo nuevo, ¿verdad? —Notó el movimiento cuando Gabrielle respiró hondo y su tripa le presionó la parte de atrás de la cabeza—. ¿Ya has terminado con la espalda?

—Sí, eso creo —contestó Gabrielle, sorbiendo de nuevo—. Está todo cerrado.

—Bien. —Xena, sin embargo, no tenía la menor gana de moverse—. Voy a darle un minuto para que pase de un dolor horroroso a un dolor normal y luego tenemos que volver a salir ahí fuera.

—Vale —susurró Gabrielle, que se quedó sentada en silencio y apoyó las manos en los brazos de Xena. Las dos se quedaron unos minutos escuchando los ruidos que entraban por la ventana. Luego tomó aliento—. ¿Xena?

—¿Mm? —La reina tenía los ojos cerrados.

—Me gustaría ser tu amiga.

Apareció un ojo azul que se clavó en su cara.

—No eres tan estúpida —le dijo Xena—. No tienes deseos de morir, ¿verdad?

—Sí que lo soy. —Gabrielle sonrió levemente—. Y a lo mejor sí los tengo. —Miró a la reina sin arredrarse—. ¿Me dejarás?

Xena se concentró en el cielo que se veía por la ventana, sabiendo en el fondo de su corazón que la decisión ya no dependía de ella. No había forma de dar marcha atrás. El riesgo estaba asumido, la suerte estaba echada y sólo quedaba descubrir qué precio iba a tener que pagar por ello. Qué precio iba a tener que pagar Gabrielle. Dio una palmadita suave a Gabrielle en la pierna.

—Ya lo he hecho. No paso mucho tiempo en el regazo de mis enemigos —le dijo a la chica—. Aunque por qué ibas a querer como amiga a una megalómana homicida es algo que no comprendo.

Gabrielle la miró con tiernos ojos verdes.

—De algún modo tienen que mejorar su situación en el mundo las pastorcillas vírgenes e ignorantes.

Xena sacó una sonrisa de alguna parte.

—¿Sabes qué, Gabrielle? —Cerró los ojos y se relajó—. Cada vez me gustas más.

Se volvió a hacer el silencio, mientras Gabrielle veía cómo la respiración de la reina se iba haciendo más regular y lenta. Se sentía como si todo su mundo estuviera, una vez más, cambiando ante sus ojos.

Pero esta vez, era para mejor.

—Lo mismo digo —susurró, encontrando su propia sonrisa, en lo más profundo de su ser, que iluminó una parte de ella que era totalmente nueva—. Lo mismo digo.


Xena durmió un rato. Gabrielle se había recostado contra el cabecero intrincadamente tallado de la cama y pensó que también debía de haberse quedado dormida, puesto que el sol había cambiado claramente de inclinación cuando miró por la ventana.

Se sentía mejor gracias a eso. Se le había pasado el dolor de cabeza y la molestia que sentía en las costillas también había cedido. Gabrielle reprimió un bostezo y se miró distraída la mano, que de algún modo había acabado enredando los dedos en el pelo de Xena. Frotó un mechón entre el pulgar y el índice y descubrió que tenía una textura espesa y fuerte.

Eso tenía sentido, razonó Gabrielle. Todo lo demás de Xena era fuerte, así que ¿por qué iba a ser distinto su pelo? Era de un negro profundo y reluciente y decidió que era bonito y que le gustaba. Aunque en realidad qué más daba lo que opinara ella, pensó sonriendo con cierta tristeza. No le parecía que Xena prestara mucha atención a ninguna opinión que no fuera la suya, y si una mañana se despertaba y decidía que quería tener el pelo verde, pues se lo teñiría de verde como la hierba y aquí paz y después gloria.

Intentó imaginarse a Xena con el pelo verde, pero sólo consiguió reírse. El color oscuro le sentaba bien y hacía que el color claro de sus ojos resultara aún más llamativo. Se lo había dejado suelto durante el combate y cuando se movía, se agitaba en torno a su cabeza y parecía flotar en el aire.

El combate. Gabrielle observó el perfil de la reina, relajado al dormir. Había estado nerviosa durante el combate, pero en cierto modo también había sido emocionante. Xena se movía con tanto poder y elegancia, era tan increíble de ver que casi se te olvidaba que se trataba de un combate a muerte. Era evidente que superaba a Bregos con creces: hasta Gabrielle, que nunca hasta entonces había visto un combate a espada, se había dado cuenta de ello.

O a lo mejor sólo era que estaba predispuesta. Gabrielle dedicó un momento a reconocer la poderosa atracción que sentía por Xena y se confesó a sí misma que seguramente estaba influida por un enamoramiento bastante serio. Le daba un poco de vergüenza, pero también era agradable sentirse llena de algo que no fuera miedo y desesperación.

Una parte de ella intentaba seguir recordándole que era una esclava y que tenía poca importancia. Pero al resto de ella le costaba mucho aceptar esa idea con la cabeza de Xena descansando sobre su regazo y el brazo de la mujer enrollado a su alrededor. ¿Realmente ella era importante para Xena? Gabrielle creía que sí, aunque no sabía hasta qué punto.

Xena era importante para ella. Y tampoco era sólo porque en estos momentos controlaba la existencia de Gabrielle. Contra todo pronóstico, había descubierto que la reina le caía bien de verdad, aunque normalmente pasaba de darle unos sustos mortales a dejarla sin habla de la vergüenza y de ahí a...

Gabrielle frunció los labios con ironía, recordando esos besos que le había dado. Pero pensaba que eso formaba parte del papel que estaban representando ante la gente, fingiendo para hacerla pasar por lo que al parecer toda la fortaleza daba por supuesto que era.

Ah, bueno.

Justo entonces, estuvo a punto de salir levitando de la cama cuando una caricia lenta y provocativa en la parte interna del muslo le puso todos los nervios del cuerpo de punta.

—¡Yaaayy! —intentó controlar el grito sobresaltado.

—¿Cosquillas? —preguntó Xena, con una risa suave.

Gabrielle recuperó la lengua, que se le había perdido por alguna parte en el momento en que sus sentidos se despertaban rápidamente.

—Mm... un poco, sí.

Poco a poco, la reina fue estirando el cuerpo y al moverse sus músculos se agitaron visiblemente bajo la piel suave. Levantó la cabeza y se colocó medio de lado, flexionando las manos al tiempo que miraba hacia la ventana. Enarcó una ceja al ver el ángulo del sol.

—Parece que nos hemos perdido parte de la fiesta —comentó—. Menos mal que soy la reina y no tengo que mandar que nos azoten por ello, ¿eh?

Gabrielle sofocó una carcajada.

—¿Cómo tienes la espalda?

Xena reflexionó sobre la pregunta, doblando el brazo ligeramente. Le dolía. Por Ares en el Olimpo, cómo le dolía, pero por primera vez desde que le habían disparado, esa sensación de profunda inquietud interna había desaparecido y la palpitación malsana que la acompañaba había quedado sustituida por una agonía normal.

—No está mal —informó, al tiempo que se sentaba en la cama y se contemplaba las largas piernas, estiradas encima de las sábanas. Sabía que debía ir a ocupar el puesto central en las festividades.

El problema era que no le apetecía nada. De hecho, había una serie de cosas que habría preferido hacer en cambio, la mayoría de ellas relacionadas con comida, vino y cuerpos desnudos.

Sin embargo.

Con un suspiro casi silencioso, Xena se apartó de la cama y se levantó, sintiéndose mucho mejor después de su siestecilla. Fue a su guardarropa y lo estudió. Ante ella colgaban en silencio bellas prendas, cargadas de bordados y, en algunos casos, chorreantes de hilos y encajes de oro.

Gabrielle se unió a ella en silencio, quedándose a un lado mientras la reina decidía qué ponerse.

—Esto es muy bonito —murmuró, alzando una mano para tocar la manga de un vestido reluciente de tela suave y envolvente.

—¿Eso crees? —Xena la miró con atención.

La chica asintió.

—¿Qué más hay previsto para hoy? ¿Sólo los combates?

Xena estudió el vestido con ojo crítico. Luego lo descolgó y se lo tiró a Gabrielle con descuido, depositándolo encima de su cabeza, y se quedó mirando con aire divertido mientras se desenredaba.

—No son sólo los combates. —Eligió una prenda distinta para ella misma—. Habrá actuaciones y canciones, todas esas frivolidades artísticas.

Gabrielle frunció el ceño, mirando el vestido que tenía en las manos y luego a Xena.

—¿Querías hacer algo con esto? —preguntó, con tono de duda.

—Sí. —Xena dejó su elección en el respaldo de una silla cercana—. Quería vértelo puesto. —Apoyó la mano en la jamba de la puerta de la sala de baño—. Por fin voy a poder asistir a una de estas estupideces con alguien con quien hablar que tiene más que un dedal de cerebro. Date prisa.

Desapareció.

Gabrielle se quedó allí plantada un momento, sintiendo el peso de la tela increíblemente suave colgada sobre sus brazos.

—Oh —dijo por fin, hablando con el aire—. Gracias. —Meneando ligeramente la cabeza, fue al viejo baúl y dejó ahí el vestido, luego se quitó la librea negra y dorada y la colocó sobre el baúl con delicada reverencia.

Ajustándose un poco los paños menores, tomó aliento y luego se colocó el seductor vestido alrededor del cuerpo y se lo ató. Se echó un vistazo en el espejo, mordiéndose el labio al contemplar el resultado.

—Mm. —Parpadeó al verse, sorprendida por su inesperado y elegante aspecto—. ¿Sabes qué, Gabrielle? Tienes ahora mismo más dinares en la espalda que toda Potedaia en una estación completa.

Jugueteó con el nudo del hombro, que sujetaba el vestido al tiempo que dejaba al descubierto buena parte de su espalda y hombros. Pensó en lo mucho que le habría gustado a Lila llevar algo así. Al cabo de un momento, miró de mala gana a los ojos verdes del espejo que la miraban a su vez, sintiendo una punzada de dolor sordo.

Debería echarlos más de menos. Debería pensar más en ellos, la reprendió su conciencia. Ellos ya no están y yo estoy aquí, riendo y pasándolo bien. Qué mal está eso.

Contempló su reflejo. ¿Verdad?

No oyó absolutamente nada que la advirtiera, pero levantó ligeramente los ojos y de repente se encontró con los penetrantes ojos azules de Xena que la miraban en el espejo.

—Oh. Mm...

La reina la agarró por los hombros y le dio la vuelta hasta que quedaron cara a cara.

—Sabes —comentó Xena—, esto no te queda ni la mitad de mal de lo que pareces creer a juzgar por esa expresión.

Gabrielle logró sonreír levemente.

—Mm... no, no es eso. Es que estaba... —Se calló.

—A ver si lo adivino. Pensando —dijo Xena—. ¿De qué se trata esta vez?

La reina iba vestida con una bella toga, toda bordada con fantásticos dragones. Las colas de los dragones se entrelazaban y formaban un cinturón atado elegantemente en torno a su cintura. Gabrielle lo admiró un momento antes de decidir cómo contestar.

—No es nada. Es que me están ocurriendo tantas cosas tan deprisa últimamente... me cuesta saber qué es lo que debo sentir.

Xena ajustó un poco la tela reluciente que la envolvía.

—No lo intentes —le aconsejó—. Vive el momento en el que estás. —Un gesto de asentimiento—. Me gusta. A mí este trapo me llega por aquí y escandaliza a los nobles. —Se señaló la parte superior del muslo—. Además, mostrar mi espalda en estos momentos es una pésima idea.

Gabrielle se miró las rodillas, casi tapadas por el vestido. Pensó en lo que había dicho Xena y se dio cuenta de que en la situación en la que se encontraba, en realidad no había nada más que tuviera sentido.

—Supongo que ser baja tiene sus ventajas en ocasiones. —Levantó la mirada—. ¿Pero no se escandalizarán de todos modos al verme vestida así?

—Pues no. —Xena apoyó ligeramente las muñecas en los hombros desnudos de Gabrielle—. Esperan de mí que vista a mis consortes con la ropa adecuada. Normalmente no las saco con andrajos de cocina.

Gabrielle cobró intensa conciencia del poder de la presencia de la reina, al tiempo que asimilaba sus palabras. ¿Consorte? Eso era de cara al público, seguro.

¿No?

—Vale. —Soltó aliento y notó que se le cerraban un poco los puños como respuesta a la tensión de su cuerpo.

Xena echó la cabeza a un lado.

—¿Esa gente te da miedo?

—No —dijo Gabrielle.

—¿Estar aquí te da miedo?

Gabrielle frunció levemente el ceño.

—No...

—¿Entonces qué te da miedo? —preguntó la reina—. ¿Yo?

Un suspiro.

—No tengo miedo.

Xena se echó hacia delante y la besó, esta vez con una intensidad lenta y relajada muy distinta a la anterior. Cogió la cara de Gabrielle con una mano y bajó la otra por su espalda, pegando más sus cuerpos.

Gabrielle ni siquiera tuvo tiempo de pensar en qué debía hacer. Su cuerpo reaccionó al contacto y una oleada erótica le produjo un cosquilleo por toda la superficie de la piel.

Xena se detuvo y apartó un poco la cabeza, mirándola con los ojos medio cerrados.

—¿Ahora tienes miedo? —Observó los oscurecidos ojos verdes que la miraban.

Gabrielle estaba sin aliento. Se limitó a decir que no con la cabeza.

—Ahh —sonrió la reina—. Ya me parecía a mí que tu reacción de antes no era la de una esclava oprimida obligada a hacer esto por las apariencias. Así que te gustó de verdad, ¿eh?

Aún sin habla, Gabrielle asintió tímidamente.

—Gabrielle, a pesar de esos cuentos de vieja, esto no hace que te salga pelo en las manos ni te deja muda —le dijo Xena—. Pero al parecer sí que hace que te pongas colorada.

Notaba el calor y por fin recuperó el aliento.

—Sí... bueno, yo... mm... no me esperaba que fueras a hacer eso y... supongo que cuando me llevo una sorpresa... mm...

—Te pones colorada como un tomate.

—Sí. —Gabrielle por fin tuvo las agallas de mirar a Xena a los ojos. Las profundidades visibles en ellos, que veía por primera vez, la sorprendieron. Era como si se hubiera abierto una puerta y pudiera ver más allá de la fachada oscura y gélida, un poquito. Seguían muy pegadas y notaba el calor del cuerpo de Xena a través de la fina tela que la cubría.

Xena alzó la mano y acarició la mandíbula de Gabrielle con la punta de los dedos.

—Yo... —Gabrielle se armó de valor—. Creía que sólo intentabas engañar a la gente.

La reina sonrió.

—Yo nunca hago nada por el simple beneficio de otros —dijo, con un tono más profundo—. Si mato a alguien... es porque quiero hacerlo. —Su pulgar se detuvo y acarició el labio inferior de Gabrielle—. Y si beso a alguien, es porque realmente quiero hacerlo.

Gabrielle sintió que se le paraba el corazón literalmente. Desde luego, se le cortó la respiración, antes de recuperarla con un ligero jadeo.

—Así que por eso te dije que tenemos que hablar —terminó Xena, dándole un pellizquito en la nariz—. Y lo haremos, cuando termine toda esta puñeta y haya acabado con la insurrección de Bregos. —Se echó hacia atrás y contempló a su joven esclava con aire de aprobación—. Vámonos. Si me quedó aquí mucho tiempo, empezarán de nuevo las habladurías y no necesito más complicaciones.

Fue al largo tocador de mármol y cogió el peine de plata que había en él, luego se volvió y se lo ofreció a Gabrielle.

—¿Te importa hacer esto por mí? Levantar tanto el brazo es como un grano en el culo y en otras partes en estos momentos.

¿Importarme? Gabrielle casi tropezó al obligar a su cuerpo a moverse y coger el peine de la mano de Xena, y se puso a peinar con cuidado las largas guedejas oscuras mientras Xena se acomodaba en el borde del baúl. Eso le dio un respiro para pensar en lo que acababa de ocurrirle.

Pero a los pocos segundos, Gabrielle se dio cuenta de que tardaría media vida en pensar en lo que acababa de ocurrirle. De modo que lo dejó todo a un lado y se limitó a disfrutar de la sensación del pelo de Xena en las manos y del cosquilleo que aún sentía en la piel y del cálido y dulce conocimiento de que las emociones que se agitaban en su interior no eran sólo suyas.

Xena estaba sentada en silencio. El dolor que tenía en la espalda estaba empeorando, hasta el punto de que le costaba ignorarlo. Su pequeña escena con Gabrielle la había distraído un poco, pero ahora se iba filtrando en su conciencia inmediata.

Lo único que deseaba era volver a meterse en la cama y meter en ella a Gabrielle. Las ganas de abandonar la tensión y el caos de las fiestas de fuera y explorar esta nueva, interesante y cada vez más absorbente distracción que en estos momentos la estaba peinando bastaban casi para superar su dedicación al deber.

Pero...

Tenía gente a la que machacar y confabulaciones que destruir. Las esclavas rubias con adorable tendencia a sonrojarse tendrían que esperar hasta después del baño de sangre. Con un suspiro levemente irritado, se levantó y le quitó el peine a Gabrielle de la mano. Echando una mirada al revuelto pelo rubio, Xena sonrió ligeramente y luego pasó por él las púas de plata.

Sólo mucho más tarde, mucho después de que hubieran salido de la torre y bajado a la fiesta, cayó en la cuenta de lo que había hecho exactamente.

Y para entonces, empezaba a comprender por qué.


Gabrielle siguió a Xena y a la guardia que habían recogido en el momento en que salieron de la torre para regresar a los terrenos de la fiesta. Desde lo alto del camino, veía jinetes, gente a caballo que iba y venía, y oía los gritos emocionados de la multitud. Advirtió que los hombres de Xena parecían estar por todas partes y que sus túnicas negras y amarillas llamaban la atención en las plataformas de espectadores, pero los hombres de Bregos parecían haberse disuelto en la bruma.

Se descubrió sonriendo burlonamente y sin piedad. A medida que se acercaban, también advirtió que los nobles, que habían rendido corteses pleitesías a Xena anteriormente, ahora se mostraban mucho más serviles y saludaban a su paso con mucha más ceremonia. Dos de los duques llegaron incluso a arrodillarse y le ofrecieron acompañarla hasta lo alto de su atalaya. ¿Se lo permitiría Xena? A Gabrielle le parecía buena idea, sólo para conseguir que todo el mundo estuviera más amable y tranquilo después de lo de esta mañana. Aunque supiera, y Xena supiera, y toda esta gente supiera que habían tenido la esperanza de que ella perdiera y, como no había sido así, ahora tenían que volver a enfrentarse a ella... con todo, pensaba que tal vez Xena sacaría más de todo aquello si no daba muestras de rencor.

—Ah, así que como no han podido conmigo, ¿ahora queréis que volvamos a ser amigos? —La voz de Xena resonó por encima de los ruidos del campo.

Ah, vaya. Gabrielle arrugó la nariz como reacción. Adiós a esa idea.

—Ama, ¿cómo puedes decir algo así? ¡Todos contábamos con tu victoria! —protestó el duque—. ¡Nadie se esperaba otra cosa! ¡Pero si nos ha parecido horrible que el general aceptara luchar! ¡Horrible! ¡Se ha llevado su merecido!

—¡Sí, ama! ¡Justo! —Varios de los demás nobles se habían apiñado cerca de él.

Xena los contempló a todos con mirada gélida.

Gabrielle se acercó a ella por la izquierda, juntando las manos con timidez y llamando la atención de Xena.

—Majestad... —Vio que las cejas oscuras se enarcaban—. Hubo mucha... mm... consternación durante el combate. —Hizo una pausa—. Yo lo... oí.

—Ah, ¿en serio? —Xena captó el mensaje sin mucha dificultad—. Vaya, eso enternece ese corazón mío cuya existencia tanto se pone en duda.

—Sí, mi reina —murmuró Gabrielle, sin dejar de advertir el brillo risueño de esos ojos tan azules. Tampoco le pasó desapercibida la repentina y fascinada atención de los nobles, que estaban pendientes de ella con el ansia de un saco lleno de sanguijuelas.

—Está bien —cedió Xena—. Vamos. Quiero ver las carreras. —Emprendió el ascenso de las escaleras, con Gabrielle trotando tras ella. Los nobles las siguieron sumisamente y todos llegaron a la plataforma superior donde estaba el trono de Xena. La reina fue hasta él con paso majestuoso, se volvió y se sentó, al tiempo que su toga hacía un giro y se posaba a su alrededor con un sonoro susurro. Colocó bien las manos sobre los brazos del trono y los observó a todos mientras se acercaban a ella.

Gabrielle eligió un sitio y fue a sentarse a los pies de Xena, sorprendiéndose cuando la reina sacudió un dedo ante ella.

Xena señaló a un guardia.

—Trae eso. Ponlo aquí. —Indicó un mullido asiento, que el soldado cogió de inmediato y colocó al lado del trono—. Siéntate. —Miró a Gabrielle mientras ésta obedecía y se alisaba la tela suave y blanda por encima de las rodillas. El sol, que ya había superado su punto más alto y se dirigía hacia el horizonte, la bañaba en su luz y se reflejaba en su pelo rubio. Al cabo de un momento, la chica la miró—. ¿Consternación?

Gabrielle la miró parpadeando con inocencia.

—Bueno, la había —murmuró suavemente.

—Porque yo iba ganando —susurró a su vez Xena, apoyándose en el brazo del trono.

—¿Serviría de algo restregárselo en las narices? —preguntó Gabrielle.

—Serviría para que yo me sintiera mejor. —La reina suspiró y se reclinó en el trono, pero con cuidado de no presionar su herida contra el tapizado—. Y ya te he dicho que siempre se trata de mí, ¿no?

—Sí, me lo has dicho —asintió Gabrielle. Observó a los nobles que se estaban acomodando en los asientos alrededor de Xena y una ráfaga de aire le trajo el olor a carne a la parrilla. Vio que los siervos de los nobles se dirigían al origen del olor y se levantó—. ¿Te gustaría un poco...?

—Sí. —Xena parecía divertida—. Y una jarra del vino más fuerte que encuentres. —Le dio a Gabrielle una palmadita en la cadera—. Ten cuidado —añadió, en tono más bajo—. Puede que parezcan sapos, pero tienen muchas verrugas desagradables. —Observó a Gabrielle mientras ésta alcanzaba a los demás siervos y se unía a ellos. Xena se dio cuenta de que desconfiaban de ella, pero a los pocos minutos de la charla que les estaba dando la chica rubia, su lenguaje corporal se relajó.

El duque Lastay tuvo las agallas de ocupar el que había sido el asiento de Bregos justo a su lado. Xena volvió la cabeza y lo miró, admitiendo que de todos sus duques, Lastay era el que le resultaba menos molesto. Y encima no era feo.

—Estoy muy decepcionada —le dijo.

—Majestad. —Lastay se inclinó más hacia ella, maniobra valiente dadas las circunstancias—. No todo es lo que parece. Yo intenté avisarte.

, reconoció Xena con justicia. Eso era cierto. Efectivamente, lo había hecho.

—El hombre se lo tenía demasiado creído —le dijo el duque—. Hizo muchas promesas.

—Mm. —Xena contempló el destello de colores cuando cuatro hombres cruzaron a caballo el campo, ahora libre de trincheras y obstáculos—. Tendría que haberlo matado. —Por su tono se veía que lo lamentaba de verdad—. Era un idiota.

—Pero un buen soldado —dijo Lastay—. Y, Majestad, hablé con él cuando acababa de llegar. Creía de verdad que iba a ser bien recibido por ti. Tu rechazo fue un golpe terrible para él.

Xena volvió la cabeza y lo miró.

—¿Estás diciendo que todo esto es culpa mía por no haber dejado que ese cabrón se metiera en mi cama? —dijo con voz airada.

—¡Ama! ¡Por favor! —exclamó el duque—. Tú eres dueña de tu voluntad, eso lo saben todos.

Xena hizo una mueca.

—Lastay, cuando termine de soportar esta estúpida fiesta, colocaré cabezas sobre picas a lo largo del camino del río cuando descubra quién respaldaba a Bregos en esto. Haz llegar eso a tus compinches —espetó esto último, escupiendo las palabras como si fueran clavos—. Considérate afortunado porque intentaste advertirme y lo recuerdo.

Las manos de Lastay aferraron los brazos de su asiento, pero asintió.

—Ama, lo comprendo —murmuró—. Me ocuparé de que se conozca tu voluntad.

Y de que todos los que iban vestidos de seda y terciopelo se cagaran de miedo. Se iban a pasar días limpiando la ropa. Xena soltó un gruñido satisfecho y entrelazó los dedos.

—Bueno. ¿Cómo está tu mujer?

—¿Majestad?

—Tu mujer. —Xena admiró a uno de los caballos, un bayo alto y saltarín de crin y cola oscuras—. He visto que no está contigo.

Lastay se relajó un poco.

—Ah... está en casa, Majestad. Nos acabamos de enterar de que está esperando un hijo. —Sonrió por puro reflejo.

—¿Sí? —Xena lo miró—. ¿Tuyo?


Los camareros que estaban junto a las parrillas de carne no estaban listos todavía, de modo que Gabrielle tuvo que esperar con el pequeño grupo de siervos de los nobles a poca distancia.

—Así que tú eres la nueva... acompañante de la reina.

Gabrielle correspondió a la leve sonrisa de la mujer baja y musculosa que estaba a su lado.

—Sí, así es —asintió con calma—. Me llamo Gabrielle. —Le ofreció la mano.

Tras vacilar un momento, la mujer le estrechó la mano.

—Alavaria. Soy la sierva personal del duque Lastay —le dijo—. Éste es Banren. —Su compañero saludó con desconfianza a Gabrielle inclinando la cabeza—. Sirve al duque Sigland.

Gabrielle se dio cuenta de que ésta era una jerarquía de esclavos muy distinta a la de las cocinas inferiores.

—Encantada de conoceros —replicó cortésmente. Los siervos que la acompañaban iban todos muy bien vestidos, con la librea de sus amos o con ropa igualmente elegante. Le recordaban un poco a Stanislaus, por la forma en que se mantenían distantes, como si quisieran ser considerados como algo más que los esclavos que en realidad eran todos.

—Nuestra reina siempre ha sido conocida por sus decisiones drásticas —dijo Banren. Tenía un tono engolado y pretencioso—. Tú llegaste en la partida de esclavos de la semana pasada, ¿verdad?

Gabrielle era consciente de toda la gente que estaba escuchando.

—Así es —asintió.

—Menuda experiencia para estrenarte —murmuró Alavaria—. Un puesto difícil, sin duda.

—Bueno, —Gabrielle tenía público y no iba a desperdiciarlo—, al principio yo también lo pensé. Pero estaba equivocada. La reina ha sido muy cortés y más que amable conmigo. Creo que tengo mucha suerte.

Todos se la quedaron mirando como si le hubiera salido otra cabeza debajo del brazo y se hubiera puesto a cantar.

—Damas, caballeros, ya estamos listos. —El encargado de la cocina se reunió con ellos, apretándose las manos muy tenso—. Por favor, permitid que os ayudemos.

Por un momento, nadie se movió. Luego todos miraron a Gabrielle, esperando evidentemente a que ella avanzara la primera.

Fue entonces cuando cayó en la cuenta de lo que había conseguido Xena al darle ese reconocimiento aparentemente sin importancia. La había colocado en la cima de la pirámide, y como sierva personal de Xena tenía precedencia sobre todos los demás esclavos del reino. Había pasado de lo más bajo a lo más alto, y las personas que la rodeaban no estaban muy contentas con ello. Gabrielle carraspeó y pasó con cuidado ante Alavaria, recordando la advertencia de Xena sobre los sapos.

El encargado de la cocina se inclinó ante ella y la condujo a las mesas donde estaban instaladas diversas bandejas de comida.

—¿Qué le apetece hoy a la reina, señora?

—¿Aparte de ella?

El oído de Gabrielle captó el comentario. Levantó la vista y miró detrás de las mesas, pero nadie se atrevió a mirarla a los ojos. Reconoció a algunos, pero no había señales de ninguno de los otros cautivos de la partida de esclavos. Meneando ligeramente la cabeza, se concentró en elegir el almuerzo de Xena. Había asados enteros y en lonchas. Señaló un par de cada clase y añadió a la bandeja una hogaza recién hecha de grueso pan y mantequilla con miel.

—Unas judías verdes, por favor. —Paseó la vista por todo lo que había—. Y un cuenco de fruta.

Las mesas estaban decoradas con flores recogidas de los campos que daban un rico y fuerte aroma al aire. Impulsivamente, Gabrielle seleccionó varias de las más bonitas y las colocó en la bandeja antes de cogerla.

—¿Hay...? —Se calló cuando un hombre alto ataviado con la librea de la corte se acercó a ella y se inclinó ligeramente.

—Soy el vinatero del castillo, señora —dijo el hombre con tono suave—. ¿Desea la reina un buen vino con la comida?

—Sí, por favor. —Gabrielle observó mientras él iba a un cofre y seleccionaba una botella—. ¿Quieres traerla? —preguntó, viendo que la botella estaba sellada.

Con una sonrisa muy feliz, el hombre asintió y se inclinó. Se metió la botella debajo del brazo y la siguió mientras subía de nuevo por las escaleras.

—¿Puedo llevar eso por ti, señora? —se ofreció—. Parece que pesa.

Pesaba y no era fácil subir las escaleras con todo aquello. Gabrielle le entregó la bandeja con una cálida sonrisa.

—Gracias. —Estaba un poco sorprendida por el ofrecimiento, pero lo atribuyó a que éste era uno más que quería congraciarse con Xena, y lo siguió hasta el nivel superior.

Allí vio que habían colocado soportes de metal en la plataforma, espaciados para recibir las bandejas. El vinatero dejó la bandeja en los más cercanos a Xena, se alzó, se inclinó primero ante ella y luego se volvió y se arrodilló ante la reina.

—Majestad.

Xena le hizo un gesto para que se levantara y se acercara.

Pero a Gabrielle no le pasó desapercibida la rápida mirada en su dirección ni la sonrisa de medio lado. Le devolvió la sonrisa y luego se arrodilló junto a la bandeja y se dedicó a organizar el contenido. A su alrededor, oyó a los demás siervos que regresaban y hacían lo mismo y, echando un rápido vistazo, vio a Alavaria a un lado y a Banren, más corpulento, al otro. La estaban mirando y notó la envidia que teñía esas miradas.

Le recordaba un poco al círculo de mujeres que había en Potedaia. Usaban uno de los cuartos traseros de la posada común, y en los meses de invierno todas las mujeres se reunían allí y se dedicaban a coser, a hacer calceta y a las pequeñas artesanías que sacaban adelante a sus pobres hogares. En la mesa siempre había habido una jerarquía, por la cual las esposas de los hombres más poderosos, como el alcalde, el herrero o los comerciantes más ricos, se sentaban al fondo de la mesa, más cerca del fuego. Cuanto menos importante eras, más frío era tu asiento.

Gabrielle miró las sillas colocadas en la plataforma, con Xena en su trono central con la mejor vista. La gente, pensó, es igual en todas partes, ¿verdad? Preparó un plato para Xena y lo cogió, sujetándolo con una sola mano. Luego cogió otra cosa de la bandeja y se levantó, acercándose hacia donde estaba sentada la reina.

Xena acababa de recibir una copa de vino del vinatero y daba vueltas al espeso líquido rojo mientras observaba a Gabrielle acercarse. El vinatero se había echado a un lado para hablar con Lastay y Gabrielle tenía el camino despejado hasta ella y, acercándose y arrodillándose con toda la gracia posible, le ofreció el plato.

Xena lo aceptó, con una sonrisa divertida. Puso el plato en la pequeña mesa de madera colocada junto a su trono y le guiñó un ojo.

Entonces Gabrielle levantó la otra mano y le ofreció a Xena la flor que tenía en ella.

Con un parpadeo sobresaltado y una ceja bruscamente enarcada, Xena alargó la mano y la cogió, examinando la alegre flor con desconcertado asombro. Gabrielle se limitó a esperar, observando el sutil baile de emociones que pasaba por el rostro de la reina. Pensó que o Xena aceptaba la flor o se la tiraba a la cara, y sonrió cuando la reina eligió hacer lo primero y se la llevó a la nariz para oler su fragancia.

Luego alargó la mano y le dio un golpecito a Gabrielle en la cabeza con la flor.

—Ve a coger tu comida.

Gabrielle obedeció, regresando a la bandeja y seleccionando lo que quería de ella. Cuando terminó y volvió a su asiento al lado de la reina, se encontró con que Xena seguía examinando la flor con ojos curiosos, dándole vueltas con los dedos de una mano mientras bebía su copa de vino.

Se metió los pies por debajo del cuerpo y se alegró de que el sol le calentara la espalda. Se había vuelto a levantar una brisa fresca que agitaba las banderas, y mordisqueó un trozo de carne mientras observaba a dos hombres que cargaban el uno contra el otro montados a caballo. Se le pusieron los ojos redondos cuando se pusieron de pie sobre las sillas de un salto y aún más redondos cuando saltaron al pasar el uno al lado del otro, aterrizando en el caballo contrario sin caerse.

—¡Caray! —exclamó, mirando a Xena—. ¡Qué increíble!

Xena tenía la barbilla apoyada en la mano, sin soltar la flor, con una leve sonrisa bailándole en los labios.

—Ya lo creo —asintió—. Hoy están pasando aquí muchas cosas increíbles, ¿verdad?

—¿Sí? —preguntó Gabrielle, atrapada en esa mirada.

—Pues sí. —La reina volvió la cabeza y contempló los campos, la muchedumbre y las banderas ondeantes—. Desde luego que sí.


PARTE 8


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