6


Estaba muy oscuro. Gabrielle abrió los ojos con un esfuerzo, despierta por el dolor de cabeza, y descubrió que había casi tan poca luz como cuando tenía los ojos cerrados. Había un levísimo resplandor gris plateado que entraba por la ventana y un resplandor rojizo igual de leve procedente de la chimenea. Calculó que pasaba con creces de la medianoche y mientras escuchaba, casi oyó el silencio de la fortaleza posándose a su alrededor.

Las sábanas que la abrigaban y la ropa que llevaba estaban secas y, aparte del dolor de cabeza y de pecho, estaba relativamente cómoda. No te sorprendas, Gabrielle, se recordó a sí misma con ironía. Estás en la cama de la reina.

Lo cual le trajo otro pensamiento asustador a la cabeza. ¿Dónde estaba la reina, de cuya cama se trataba? Gabrielle escuchó de nuevo y oyó el ligero crujido de un leño en la chimenea y el suave golpeteo de los cristales emplomados de la ventana y...

Y la respiración de otra persona. Oh-oh. Gabrielle tomó aire nerviosa. La respiración sonaba bastante cerca. Despacio, volvió la cabeza hacia la izquierda, escudriñando la oscuridad para distinguir el difuso contorno de otra persona que dormía en la cama a su lado.

Bueno. Gabrielle tragó. Era bastante razonable que Xena durmiera en su propia cama, ¿no? A fin de cuentas, era una cama muy grande y la reina estaba al otro lado, con espacio de sobra entre las dos. Contempló la figura en sombras. Xena estaba durmiendo boca abajo, con un brazo alrededor de la almohada y el otro sobre la superficie de la cama. Gabrielle veía la curva de su pómulo y el suave movimiento de las mantas que le tapaban el cuerpo.

Las mismas mantas que tapaban a Gabrielle. Por alguna razón, la mera idea le dio calor y al mismo tiempo sintió un pequeño y extraño escalofrío por la espalda. Se agitó un poco, con mucho cuidado, intentando no moverse ni hacer ruido mientras intentaba estirar el cuerpo. Tenía las piernas entumecidas y le dolían las magulladuras de las rodillas, además de las que tenía en los codos. Tenía las costillas muy delicadas, pero todo eso no era nada comparado con el dolor de cabeza.

Sacó la mano de debajo de las mantas y se tocó el punto, notando que el vendaje que lo cubría estaba endurecido por algo que supuso que era sangre seca. La herida le dolía, pero ahora eran más punzadas agudas de dolor que el tenso palpitar que era antes. Gabrielle cerró los ojos e intentó relajarse, pensando que tenía mucho tiempo antes de que amaneciera y tuviera que levantarse y...

¿Y? ¿Esperaría Xena que llevara a cabo sus tareas de costumbre, aunque estuviera herida? Xena lo había hecho, pensó Gabrelle. Había acudido a sus audiencias y había hecho sus inspecciones, aunque le dolía horriblemente la espalda. Sin duda, esperaría lo mismo de Gabrielle, ¿no? Dio vueltas a la idea. Bueno, pues le demostraría a Xena que ella era digna de eso. Se levantaría y haría lo que tuviera que hacer, por muy mal que se encontrara.

Hala.

Gabrielle soltó aliento y movió los dedos de los pies. Luego se detuvo y volvió a moverlos, dándose cuenta de que estaban desnudos. ¿No se había puesto las botas el día anterior? Con curiosidad, bajó una mano y se tocó la pantorrilla para estar segura. No, no estaba calzada con las botas, eso estaba claro. Volvió a subir la mano y la colocó sobre su estómago junto con su compañera. Si sus botas habían desaparecido, ¿dónde se habían metido? Y lo que era más importante, ¿quién se las había quitado?

Volvió la cabeza ligeramente, lo suficiente como para que el perfil dormido de Xena entrara en su visión periférica. ¿Lo había hecho la reina? Gabrielle tamborileó con los dedos sobre su estómago. Por algún motivo, la idea de que Xena le quitara las botas era muy... mm... bueno, por otro lado, Xena la había subido hasta esta habitación y... Le pareció recordar, vagamente, haber hablado con Xena después de eso, pero no estaba segura.

Se sincera, Gabrielle. Ahora mismo no estás segura de un montón de cosas, le dijo su conciencia en voz baja en medio de la noche. Descansa un poco. Seguro que lo vas a necesitar.

Con firmeza, cerró los ojos y se acomodó un poco más en el colchón gloriosamente blando. El edredón de plumas de ganso y seda era ligero como una pluma encima de ella, y decidió aprovechar al máximo esta oportunidad única en la vida. Mañana, volvería a su camastro.

El sueño volvió a apoderarse de ella y una vez más se dejó llevar relajadamente.


Por una vez, a Xena no le hizo mucha gracia ver el amanecer. La débil y pálida luz grisácea le dio en los párpados y los abrió de mala gana, colocando el cuerpo entumecido en una postura un poco más cómoda. Sólo de mover el brazo sintió una puñalada y resopló irritadísima.

Luego bajó los ojos para examinar el perfil de la persona que compartía la cama con ella. Incluso a la escasa luz, las lesiones de la chica eran evidentes, y Xena dejó que eso la distrajera de sus propios problemas. Cabrón. Dedicó un momento para regodearse en el recuerdo de destripar al esclavo que había pegado a la chiquilla. Se lo tenía más que merecido, y si no hubiera estado molesta por la herida, se habría tomado su tiempo y lo habría torturado debidamente.

Le habría cortado la otra mano, tal vez. Luego los testículos. A lo mejor la lengua... una oreja... reflexionó Xena agradablemente. Mm. A lo mejor se lo puedo hacer a Bregos. Se animó ante la idea y volvió a estirar el cuerpo, tirando esta vez de ese punto tenso y doloroso que tenía en la espalda. Notó un chasquido y luego hizo una mueca al notar una humedad cálida en el punto donde había entrado la flecha.

Bueno, ésa era una forma de conseguir que saliera el pus. Con un suspiro, Xena salió de debajo de las mantas y se levantó, observando a su joven compañera de cama un momento antes de darse la vuelta y entrar en silencio en la sala de baño. De todas formas, era hora de prepararse, y podía aprovechar el tiempo de sobra que había conseguido levantándose tan temprano.

Abrió la espita de la cisterna de agua y se quedó mirando mientras el líquido transparente llenaba la bañera de mármol. Dejó que el agua le corriera por la mano y se alegró de que tuviera una temperatura tan buena. No le gustaba bañarse con agua caliente, pero tampoco le gustaba ya tanto bañarse en agua fría como el hielo. Xena esperó a que se llenara la bañera, luego cerró el agua y se quitó la camisa, se metió en la bañera y se puso de rodillas.

Sabía que la mayoría de las personas de su posición habrían tenido siervos para lavarlas. Sabía que la mayoría de sus nobles los tenían. Pero Xena había pasado demasiados años en los campos de batalla para sentirse cómoda con tanta gente tan cerca de ella en una situación tan vulnerable. Y este baño, el baño previo al combate, era una vieja superstición suya y siempre lo tomaba sola. Cogió el jabón que estaba en la jabonera tallada y empezó a frotarse.

Primero las manos y los brazos. Se aclaró la espuma de las muñecas y siguió subiendo por los brazos hasta los hombros, todavía restallantes de músculos aunque sin el bronceado que siempre tenía cuando era soldado. Otro aclarado y luego se lavó el tronco, mirando entre sus pechos para frotarse el jabón en un vientre que se había esforzado por mantener plano, a pesar de las tentaciones de los cocineros y de las distracciones de su corte. Sus sesiones nocturnas en la habitación de arriba le habían proporcionado algo más que una liberación de las tensiones y estaba orgullosísima de saber que cada pieza de su armadura seguía encajando como cuando se retiró del combate, para gobernar el reino.

Se pasó el jabón por los muslos, que eran tan musculosos que si hubiera sido un poco más baja, habrían parecido desproporcionados. Pero le daban potencia, fuerza para equilibrar la velocidad del tronco, y se los frotó con una sensación de cariño irónico, trazando con el dedo algunas de las cicatrices que le marcaban la piel. Ahora que ya había terminado con eso, se sentó en la bañera y metió despacio la espalda y los hombros en el agua, sintiendo el fuerte escozor cuando el líquido entró en el agujero que tenía en la espalda.

Se lavó primero el pelo, frotando la oscura melena y sumergiéndose después para aclararse todo el jabón. Al emerger, se torció y siseó al sentir una puñalada de dolor.

Maldición. Xena intentó llegar al punto, pero la herida estaba en un sitio que no alcanzaba. Maldijo en silencio, luego suspiró y metió los hombros en el agua, esperando que al menos eso hiciera algún bien a la maldita herida.

Aguzó el oído al captar un movimiento en la otra habitación. Roce de sábanas, sí, y el ruido de alguien saliendo de ellas. Oyó el leve roce de unos pies descalzos en el suelo y luego un débil siseo de dolor.

—Gabrielle —llamó.

Una pausa.

—¿Sí? —La tímida respuesta era a medias un susurro, a medias habla normal—. Lo siento. No quiero... mm... molestarte. Voy a lavarme y... mm...

—Gabrielle, calla y ven aquí —ordenó Xena.

Se acercaron unos pasos vacilantes y luego apareció en el umbral la figura de una mujer rubia, bajita y desaliñada con la cara magullada y dulces ojos verdes. Por alguna razón, la imagen hizo sonreír a Xena.

—Necesito tu ayuda un momento. Creía que iba a poder hacer esto, pero no alcanzo esa puñetera herida de flecha.

Los ojos de Gabrielle se posaron en la bañera, luego en su cara y de nuevo en la bañera. Un suave rubor coloreó su piel clara.

—Mm... vale. —Cruzó la estancia, rodeando rápidamente la figura sumergida de Xena y apartando la mirada.

—¿Cómo tienes la cabeza? —le preguntó Xena.

—Mm... —Gabrielle cogió el jabón que le tendía Xena y se puso a lavar con mucho cuidado alrededor de la herida—. Me duele.

Xena alzó una mano mojada y tocó la frente de la chica, sobresaltándola.

—Al menos ya no estás delirando como una loca.

El contacto con su espalda cesó.

—¿Eso... eso he hecho? —preguntó Gabrielle.

—Oh, sí. Te pusiste a cantar canciones guarras, intentaste meterme mano... eres una fierecilla cuando tienes fiebre, sabes.

Gabrielle se quedó sin aliento.

—Pe... yo...

—Je —se rió Xena—. Nunca pensé que tuvieras esa faceta, Gabrielle. —Volvió la cabeza despacio y echó una mirada a la chica, que estaba colorada como un tomate y a todas luces mortificada—. Oye... ¡que no he dicho que me importara!

Si acaso, aquello hizo que el rubor de Gabrielle se intensificara y al menos consiguió que Xena dejara de prestar atención a su espalda.

—Más vale que controles eso o te va a empezar a sangrar la cabeza.

—Lo siento —susurró Gabrielle—. Yo... mm... no recuerdo nada de eso. —Bajó la cabeza y se concentró en su tarea—. No sabía... —Y se quedó callada sin saber qué decir.

—Vaya, vaya —se apiadó Xena—. Menuda fiebre ha tenido que ser. ¿Qué tal tengo la espalda?

Las manos de la chica se detuvieron de nuevo.

—Oh —exclamó—. Caray.

—¿Eso es bueno o malo? —Xena la miró, alegrándose de ver que la chiquilla estaba recuperando un color más normal—. Oye, no te irás a desmayar, ¿verdad?

Gabrielle no estaba muy segura. Apoyó las manos en el borde de la bañera y trató de recuperar el aliento. Sólo de pensar en lo que había hecho... lo que había dicho... por todos los dioses. ¿Cómo podía haber hecho una cosa así? Y lo que era más importante, ¿por qué se lo había aguantado Xena? ¡Podría haberla matado! ¡¡¡O algo peor!!!

—¡GABRIELLE!

La voz le hizo pegar un respingo y sofocar un grito. Parpadeó, enfocando de nuevo la mirada en la reina. Xena tenía un codo apoyado en la bañera y la miraba con esos ojos increíblemente azules.

—¡Sí!

—Relájate, ¿quieres? —dijo Xena riendo.

Gabrielle aspiró aire con fuerza, lamentándolo de inmediato cuando sus costillas protestaron enérgicamente.

—Oh. —Se agarró a la bañera, olvidando por el momento el embarazoso episodio—. Ay.

—Vale —le dijo Xena—. Cálmate. Deja de quedarte como lela.

Al cabo de un minuto, el dolor cedió y pudo volver a erguirse. Gabrielle metió el paño en el agua y siguió limpiando la herida de la espalda de Xena. Salía pus amarillo del centro y lo limpió todo con cuidado.

—Está bastante feo —le dijo a Xena.

—Ésa es la sensación —asintió Xena—. Esperemos que tu cabeza no tenga el mismo aspecto. —Apoyó la cabeza en el brazo—. Apriétalo.

—¿Qué?

—¿Te lo he dicho en dialecto micénico o qué? —preguntó la reina, malhumorada—. Esa porquería tiene que salir. Aprieta por los dos lados.

—Oh... eso te va a doler —protestó Gabrielle.

—No, ¿en serio? —soltó Xena—. Tú hazlo.

Gabrielle dejó el paño, se detuvo un momento y luego, vacilando, puso los dedos sobre la piel enrojecida a ambos lados de la herida. Notó el calor bajo los dedos y al presionar ligeramente, vio un leve movimiento cuando los músculos de la espalda de Xena se encogieron.

Pero su cara ni se inmutó, advirtió Gabrielle. Vio que Xena se agarraba al borde de la bañera con la mano y se tensaba mientras esperaba.

—¿Sabes una cosa? —dijo, mientras apretaba con cuidado la herida y veía que del centro brotaba un líquido desagradable.

—¿Qué? —dijo Xena con tono tranquilo.

—Que eres una persona muy valiente. —Gabrielle terminó su tarea, advirtiendo que la hinchazón se había reducido considerablemente.

Xena ladeó la cabeza y se volvió para mirar a la chica.

—¿Sabes una cosa?

Gabrielle se detuvo y la miró con timidez.

—¿Qué?

—Que anoche no te comportaste como una puta —dijo la reina.

—¿No? —exclamó Gabrielle—. ¿En serio?

Oh, qué tentaciones le entraron. Xena observó esos grandes ojos verdes que la miraban con tanta sinceridad.

—No. Era una broma.

El cuerpo de Gabrielle se hundió como reacción, la viva imagen del alivio.

—Ah —suspiró—. Menos mal. No quería que pensaras que era... mm... bueno. —Se concentró en la herida.

Xena observó su perfil y vio que las comisuras de sus labios se tensaban en una sonrisa inconsciente.

Gabrielle aclaró la zona una y otra vez, hasta que desapareció hasta el último rastro de líquido amarillo.

—Creo que ya está.

—Bien. —Xena puso una mano a cada lado de la bañera y se levantó, pasando el cuerpo por el borde. Se sacudió vigorosamente, lanzando una lluvia de agua por toda la estancia y encima de su otra desventurada ocupante.

Gabrielle retrocedió, apartando los ojos y mirando a su alrededor en busca de algo útil como... ah.

—Toma. —Le pasó a Xena una toalla inmaculada, perfectamente doblada. La reina la aceptó y se envolvió el cuerpo con ella. Luego le puso a Gabrielle una mano en la barbilla y le ladeó la cabeza, le quitó el vendaje de la cabeza y la examinó.

—Creo que has tenido suerte, amiguita mía. —Xena pasó un dedo por la zona, que estaba cerrada y parecía estar curándose—. Ojalá yo pudiera decir lo mismo. Debía de haber algo en la punta de esa flecha. —Se volvió y entró en el dormitorio, tirando de Gabrielle—. Vamos. Nos espera un largo día y voy a necesitar ayuda para ponerme mis cosas.

Gabrielle la siguió obedientemente, aunque en realidad no podía hacer otra cosa.

Ni quería hacer otra cosa, se dio cuenta de repente. Confusa por ello, descubrió que estaba sonriendo sin ningún motivo aparente.

Suspiró. A lo mejor sólo necesitaba desayunar.


Se sentaron a la mesa de la habitación exterior, compartiendo el contenido de una bandeja traída personalmente por Alaran y repleta de platos llenos hasta los bordes de sabrosa comida. Fuera, el sol asomaba por el borde de la ventana, iluminándolas con una banda de color dorado.

Gabrielle estaba sentada con las piernas cruzadas en una de las grandes butacas de brazos, cuya superficie casi se la tragaba. Llevaba un nuevo vendaje en la cabeza y Xena un nuevo vendaje en la espalda y las dos escuchaban el informe de situación del jefe de seguridad.

—Bueno —terminó Alaran—. Los hombres están preparados, mi reina. El campo de batalla está dispuesto y, por lo que parece, va a ser un día estupendo para los juegos. Hasta el tiempo ha mejorado: fuera hace fresco suficiente para que mi armadura me resulte cómoda.

—Bien. —Xena apiló trozos de carne y huevos en una rebanada de pan doblada y dio un bocado—. Reúnelos a todos en el cuartel. Cuando me vista, quiero hablar con ellos.

—Ama —asintió Alaran—. Lo agradecerían. —Movió los ojos ligeramente y advirtió la mirada interesada de Gabrielle—. ¿Cómo te encuentras, pequeña?

Pillada con la boca llena, Gabrielle se apresuró a tragar.

—Está bien —contestó Xena por ella—. Me la voy a llevar hoy conmigo. Será mi escudera.

¿Yo? Gabrielle se quedó sorprendida y casi se olvidó de preguntarse qué, exactamente, era una escudera.

—Excelente, majestad —dijo Alaran—. Me tranquiliza saber que vas a tener cerca a alguien en quien confías. —Se levantó—. Voy a reunir a los hombres. Mis espías me dicen que anoche había calma en el lado de Bregos, pero que sus hombres parecen muy... seguros.

—Ya. —Xena se metió una uva en la boca—. Panda de perdedores.

Alaran sonrió, saludó y se fue.

Xena volvió la cabeza y contempló a su compañera de mesa.

—¿Hay suficiente para ti? —Apoyó los codos en la mesa y la barbilla en los puños.

Gabrielle se lamió los labios por reflejo y tragó.

—Mm... sí, gracias —dijo—. Está buenísimo.

Xena resopló, levantando la cabeza y frotándose las sienes.

—Normalmente estaría de acuerdo contigo —reconoció—. Pero ese agujero de flecha me está desquiciando y me quita el apetito. —Jugó con otra uva. La herida también le estaba dando fiebre, lo sabía por los ligeros escalofríos que le corrían por la piel.

Cogió su copa de cerveza matutina y bebió un buen trago, luego la dejó y tomó con decisión otro bocado de huevos.

—¿Xena?

Levantó la mirada.

—¿Sí?

—Mm... ¿por qué no les dices simplemente que esperen un par de días más? —preguntó Gabrielle—. Tú eres la reina y todo eso.

Ah. La reina y todo eso siguió masticando su bocadillo improvisado, mirando por la ventana mientras reflexionaba sobre la pregunta.

—Podría —dijo—. Pero ahí fuera se está preparando una gran tormenta, Gabrielle. La noto. Si espero... la tormenta podría estallar en el momento en que le viniera bien. No puedo permitirlo. Tiene que ser en un momento que a mí me venga bien... aunque eso sea incómodo para mí personalmente en este momento.

Gabrielle mordisqueó un bollo cubierto de huevos.

—Oh.

—Así que, —Xena se terminó su bocadillo—, hoy corto de cuajo las ambiciones de Bregos. —Se bebió la copa de un trago—. Y esta noche, lo celebramos. —Se levantó y se estiró y luego se puso a pasear por la estancia pública para entrar en calor.

Gabrielle sabía que esa celebración se refería a Xena y su corte. No a gente como ella. Pero estaba de acuerdo con que se alegraría mucho si la reina conseguía lo que quería, porque eso parecía más seguro para todo el mundo. No se fiaba de Bregos en absoluto: hasta ahora todas las personas que defendían sus intereses y a las que había conocido o la habían insultado o le habían dado una paliza. Tampoco la gente de Xena había sido mucho mejor, pero al fin y al cabo, aquí estaba sentada a la mesa con la reina, comiendo bollos y una mermelada de moras muy buena y huevos en su compañía.

—¿Qué hace una escudera? —preguntó.

—¿Has terminado? —le preguntó Xena.

Gabrielle examinó su plato vacío y luego levantó la mirada con humor para encontrarse con los ojos de Xena.

—Sí.

—Vamos. Te voy a enseñar lo que hace una escudera. —Xena le hizo un gesto, esperando a que se levantara y se reuniera con ella en la puerta que daba a la habitación interior antes de pasar dentro.

Xena fue al baúl que estaba pegado a la pared y lo abrió. De él salió ese mismo olor a aceite y cuero e hizo una pausa, con una leve sonrisa en la cara, antes de retirar las pieles que tapaban el contenido y tirarlas al suelo.

Gabrielle se arrodilló al lado del baúl y miró dentro. Sintió un cosquilleo de intriga en la piel mientras observaba a Xena sacando varios objetos y mirándolos.

Primero, unas cosas de cuero. Gabrielle sabía que eran de cuero, pero tenían lengüetas y piezas que escapaban a su comprensión. Xena depositó esas cosas de cuero en el respaldo de la silla y continuó. Luego, sacó su espada, envainada, y se la pasó a Gabrielle.

—Pon eso en la mesa de ahí.

Gabrielle la cogió y se sorprendió por el peso. Miró con curiosidad la empuñadura de bronce y la funda de cuero antes de depositar el arma en la mesa. Se volvió y vio a Xena sujetando la desgastada bolsa de cuero que ya había visto antes, pero la reina tenía una expresión extraña. Fue al lado de Xena.

—¿Qué es eso?

Xena desató la bolsa y la abrió, revelando un reluciente círculo metálico. Lo cogió y lo sacó y se quedó mirándolo con silenciosa admiración. Gabrielle notó que tenía el borde afilado y un dibujo grabado a ambos lados. Por un lado también llevaba piedras de colores brillantes.

Era precioso.

—Caray —dijo—. Es increíble.

—Sí que lo es —asintió Xena suavemente.

—¿Qué es?

La reina entrecerró los ojos.

—Es un chakram —contestó—. Es... muy especial. —Al cabo de un momento, lo volvió a meter en la bolsa y la cerró y luego se la pasó a Gabrielle—. Ponlo con la espada.

Gabrielle así lo hizo, consciente del peso que descansaba sobre sus manos al depositarlo. Se volvió y regresó a toda prisa y vio que Xena estaba sacando unas cosas de metal. Bronce, pensó, placas con hebillas y más trozos de metal. Xena lo puso todo también en el respaldo de la silla, junto con más placas y otras cosas más.

Se quedó al lado del baúl, apoyando las manos en el borde. El desayuno le había aliviado la sensación de náusea y el dolor de cabeza que tenía, y ahora una sutil sensación de expectación la empezaba a distraer de sus propias lesiones. Observó mientras Xena sacaba una prenda de lino bien doblada y luego retrocedió un paso cuando la reina cerró la tapa del baúl y dejó la prenda de tela encima.

—Bien. —Xena se puso en jarras y pensó un momento—. Lo primero es lo primero. Tráeme un nuevo vendaje y una tira larga de tela.

Gabrielle controlaba ya perfectamente esa tarea. No tardó en tener los objetos solicitados. Al volver con ellos, Xena se quitó la túnica de los hombros y cayó grácilmente sobre una rodilla ante ella.

—Pon el nuevo vendaje encima de la herida y pásame el trozo largo alrededor del cuerpo todas las veces que puedas, apretando mucho.

—¿No te lo cambio? —preguntó Gabrielle—. El vendaje, me refiero.

—No. Lo quiero como protección.

Gabrielle frunció el ceño y luego se le despejó la cara al caer en la cuenta de lo que pretendía Xena. Dobló el vendaje para hacer un cuadrado más pequeño y lo colocó encima de la parte peor de la herida. Luego puso encima el extremo de la tira de lino y vaciló.

Xena se rió por lo bajo, cogió el extremo de tela, se lo pasó alrededor del cuerpo y se lo dio de nuevo cuando ya estaba al otro lado.

—Gracias. —Gabrielle lo cogió y lo situó con cuidado encima del vendaje. Pasó la tela por la espalda de Xena y se detuvo de nuevo.

—Vamos. —Xena la miró por encima del hombro—. No te voy a morder.

Con una levísima sensación de vergüenza, Gabrielle se acercó más y rodeó a Xena con los brazos.

—Lo sé... es que no tengo los brazos muy largos —explicó—. Así es un poco...

Xena sintió el calor en los hombros cuando la chica se pegó a ellos. Sonrió con aire burlón.

—Sí, sí que lo es, ¿verdad? —comentó, mientras la tela se ceñía alrededor de su pecho. Oyó a Gabrielle soltar aliento y sintió una caricia de calor inesperado cuando el aliento de la chica le rozó la piel del cuello. Vale, la regañó su conciencia. Deja ya de jugar con la chiquilla, viejo putón verbenero.

—Ya está. —Gabrielle completó la tarea y se echó hacia atrás—. Creo que aguantará.

Xena se levantó y movió los hombros dentro de su nuevo vendaje.

—Un rato —gruñó—. Sí. —Soplando para apartarse un poco de pelo de los ojos, observó su entorno. Luego cogió la prenda doblada de encima del baúl y se quitó la túnica, cambiándola por la capa interna de su armadura—. Vale, tráeme eso. —Señaló.

Gabrielle fue a la silla, cogió la cosa de cuero y se la llevó. Era flexible y aunque llevaba guardada no sabía cuánto tiempo, la superficie estaba bien cuidada y maleable. Se la entregó a Xena con mucho cuidado.

—¿Qué es eso?

Xena se la metió por abajo y tiró para subirla. Se deslizó por su cuerpo y quedó colocada en su sitio, cubriéndole la mayor parte del tronco. Se ajustó los tirantes con cuidado.

—Armadura. Comprueba la espalda, asegúrate de que me tapa ese punto.

Gabrielle la rodeó y así lo hizo, metiendo el borde del vendaje de lino debajo de la superficie de cuero.

—La parte de arriba tapa justo donde está.

Ay. Xena notó la presión, que distaba mucho de ser agradable.

—Ya lo noto. —Tomó aire con fuerza, conteniéndolo mientras el dolor iba en aumento y por fin cedía. Molesto, pero decidió que podía arreglárselas. Hizo unos últimos ajustes en los tirantes y luego señaló—. Ahora eso.

Gabrielle se acercó a las cosas de metal y cogió la más grande. Regresó con ella, contemplando a la alta figura que tenía delante. Xena ya parecía muy distinta. La armadura de cuero era oscura y ceñida y delineaba su cuerpo de una forma que no tenía nada que ver con las togas que llevaba normalmente.

Xena se metió la cosa de metal por la cabeza y dejó que le cayera sobre el pecho. Gabrielle se dio cuenta de que estaba diseñada para protegerle los hombros y el pecho durante el combate.

—Ven aquí. —La reina la miró—. Abróchame esas correas debajo del brazo.

Gabrielle se acercó y agachó la cabeza de lado para estudiar los cierres. Los agarró, pasó la lengüeta por la hebilla y se detuvo al darse cuenta de que había varios agujeros.

—¿Cuánto aprieto?

—El segundo agujero —murmuró Xena, ocupada con una pieza de metal.

Pues en el segundo agujero. Le parecía un poco flojo, pero no iba a discutir con Xena por ello. Gabrielle pasó al otro lado y repitió el proceso, consciente del fuerte olor metálico del bronce y del rico aroma almizcleño del cuero.

Arrugó la nariz. Era como estar cerca de un caballo ensillado, salvo que la propia Xena olía mejor.

—Vale. —Se echó hacia atrás.

Xena movió los hombros y soltó aliento, al tiempo que se ponía unas bandas de cuero en los brazos que iban encima de los bíceps. Al ponérselas, Gabrielle advirtió que la reina, de hecho, tenía unos bíceps impresionantes. Era una observación interesante, pero duró poco porque entonces la reina añadió unas protecciones de cuero para la parte inferior de los brazos que llevaban cordones. Alargó un brazo hacia Gabrielle.

—Ata.

Gabrielle así lo hizo. Apretó con cuidado los cordones de cuero, cerrando los extremos de la cosa de cuero.

—¿Qué son estas cosas?

Xena la miró.

—Brazales —replicó, doblando las manos. El cuero se tensó a su alrededor, una sensación en otro tiempo familiar que ahora le resultaba un poco extraña. Se sentó en la cama y se puso las botas, abrochando los pesados cierres—. Intentas protegerte las partes importantes del cuerpo o las partes que tienden a recibir muchos cortes.

—Oh. —Gabrielle observó mientras Xena se colocaba unas cosas metálicas en las rodillas y se las abrochaba y luego se colocaba otras tiras alrededor de las pantorrillas. Luego se levantó de nuevo y se puso de puntillas, dejando caer el cuerpo con un ruido suave y ligero de metal y cuero.

Levantó la espada y se la deslizó a la espalda, metiéndola en las correas diseñadas para sujetarla. Por fin, cogió el chakram y se quedó mirándolo, antes de colgárselo de la cadera con un gancho casi oculto. Se volvió de cara a Gabrielle y señaló su cuerpo.

—¿Qué te parece?

Era... Gabrielle notó que la imagen de la mujer le colmaba los sentidos y que de repente la capa de armadura hacía que una figura que ya era más grande que la vida misma pareciera inmensa. Se sintió diminuta al lado de Xena y un poco abrumada por la aureola de poder que ahora flotaba a su alrededor.

—Distinto de la seda, ¿eh? —Xena se cruzó de brazos.

—Mm... caray. Sí. —Gabrielle tomó aliento—. Estás muy... mm...

Xena alargó las manos y enarcó ambas cejas.

—Heroica —terminó la chica, en voz baja.

Xena soltó un resoplido.

—No... en serio —insistió Gabrielle—. Yo... bueno, una de las historias que contaba en casa era sobre una gran guerrera, que luchaba contra todos los gigantes y defendía a la gente insignificante y tú eres justo como pensaba que sería esa guerrera.

La reina se la quedó mirando un momento, luego alargó la mano y agarró con firmeza a Gabrielle por la mandíbula, levantándole la cara.

—Escúchame bien —dijo, en un tono muy serio—. Yo no soy una heroína, esclavita.

Las pestañas claras de Gabrielle se agitaron por el sobresalto.

—Soy una carnicera —dijo Xena, mirándola directamente a los ojos—. He matado a hombres sólo porque me molestaban. He incendiado aldeas. He pasado a cuchillo a mujeres y niños y eso no me quita el sueño por las noches. Hay tantas probabilidades de que yo salve a una persona insignificante como de que salte por encima de la luna.

La chica tomó aliento.

—Soy una asesina y una persona brutal y no cometas el error de pensar otra cosa —terminó Xena—. ¿Me entiendes, Gabrielle?

Los hombros de Gabrielle se movieron y se irguieron.

—Creo que sí —replicó en un tono muy suave—. Y puede que seas todo eso.

—¿Puede? —ladró Xena.

—Pero mi corazón ve en ti más que eso —dijo la chica—. Puedes decirme que me equivoco, pero creo que no.

Despacio, Xena dejó caer la mano. Sus instintos le exigían que mandara de un bofetón a la chiquilla al otro lado de la estancia por esa impertinencia. Podía hacerlo, lo sabía. Bien sabían los dioses la cantidad de veces que lo había hecho con otros. De hecho, sus dedos se doblaron y los músculos de su hombro se tensaron, a la espera del estallido de violencia.

Tal vez hasta Gabrielle se lo esperaba.

Como el ataque de una serpiente, se movió, echó el brazo hacia atrás y lo descargó directo contra la cabeza de la chiquilla. Los ojos verdes no vacilaron, no se encogieron, y cuando el movimiento se detuvo y se hizo más lento y pasó de un golpe a una tierna caricia, Xena no supo cuál de las dos se quedó más sorprendida.

—Tú, —puso un dedo en la punta de la nariz de Gabrielle—, me vas a dar problemas.

En la cara de la chica apareció una levísima sonrisa.

—Venga, Gabrielle. Vamos a ver cómo mueren hombres y a ver si tengo oportunidad de manchar mi espada de sangre. —Xena fue a su armario y sacó una túnica de seda cargada de brocados. Se puso la prenda por encima de la armadura y se la abrochó. Luego contempló a la chica—. No puedes ir con eso.

Gabrielle parpadeó.

Xena fue al baúl y lo abrió, se inclinó y sacó algo de dentro. Se quedó mirando un momento la tela doblada, luego se volvió y se la lanzó a Gabrielle.

—Ponte eso. —Se dio la vuelta y desapareció en el interior de la sala de baño.

Tardó sólo un momento. Gabrielle se puso las gruesas polainas negras y la pálida camisa de color dorado cremoso, que se metió por dentro antes de ponerse la pesada túnica por encima de la cabeza. La sensación era... muy extraña. El olor de la ropa era el mismo olor a bronce, el mismo olor a cuero que había olido en Xena, pero esto era...

Se colocó bien la túnica y la miró. En el pecho llevaba una cabeza dorada de halcón, con un siniestro ojo negro.

Xena volvió a entrar y se quedó mirándola.

—Servirá. —Se acercó y abrochó el cinturón de la túnica, ciñéndola al cuerpo de Gabrielle.

La chica pasó los dedos por encima del halcón.

—Los hombres del cuartel llevaban esto... ¿qué significa?

La reina le pasó un dedo por el pómulo, provocando un hormigueo no del todo desagradable por la espalda de Gabrielle.

—Significa que eres mía —le dijo—. ¿Lo eres, Gabrielle?

El corazón le hacía cosas muy raras en el pecho. Gabrielle tuvo que tragar varias veces antes de poder contestar. Volvió a mirar a aquellos ojos azules.

—No lo sé —contestó, con toda la sinceridad que pudo—. No sé lo que eso significa.

Y, sorprendentemente, eso hizo sonreír a Xena.

—Buena respuesta —dijo, felicitando a la chica y dándole un pellizquito en la nariz—. Vámonos.

Era desconcertante. Gabrielle se sentía como si estuviera en uno de esos empinados senderos de montaña de su casa, resbalándose por la superficie de guijarros sueltos, manteniendo apenas el equilibrio mientras iba derecha al borde del precipicio.

Qué miedo.

Pero qué emoción, curiosamente.

Gabrielle se atusó el pelo con los dedos y siguió a Xena por la puerta, preguntándose qué les traería el día a las dos.


Se detuvieron en la entrada de la fortaleza. Gabrielle levantó la mirada y vio banderas de colores a lo largo de la gran avenida de piedra que bajaba hasta el campo de batalla, y por primera vez se dio cuenta de lo enorme que era aquel sitio.

No era fácil hacerse una idea, con lo poco que había visto. Los muros de piedra se extendían leguas y más leguas a ambos lados, y en este lado de la fortaleza, el camino principal pasaba junto a los ondulados campos que iban a usar para los juegos y seguía hacia grupos de poblaciones que se veían a lo lejos.

Potedaia, admitió con tristeza, habría cabido en un minúsculo recodo del camino.

Llevaban una guardia personal de soldados, situados cuidadosamente a ambos lados de Xena, todos ellos ataviados orgullosamente con el mismo tabardo que llevaba ella. Gabrielle miró a derecha e izquierda, observando a los altos y fornidos hombres y... miró con más atención. Uno de los soldados era una mujer, casi tan alta como Xena, con un cuerpo tan musculoso que casi no había manera de distinguirla de los hombres.

Hacía un día realmente maravilloso. Era fresco y soleado, y al contemplar los campos que tenía delante, vio que ya había mucha gente congregada allí. A un lado, habían levantado graderíos de madera y asientos para la gente importante. En ellos ya había personas elegantemente vestidas conversando y la elevación les ofrecía una vista excelente de los campos.

En el camino, los comerciantes hacían buen negocio vendiendo sidra y alimentos, y cuando Gabrielle aspiró con fuerza, captó el aroma a nueces y canela procedente del más cercano. Todo era alegre y vistoso, y sin embargo...

Y sin embargo. Gabrielle se preguntó si el hecho de que ella conociera las luchas que se estaban desarrollando entre bastidores era la causa de que percibiera una oscuridad al fondo de toda esa alegría. No por parte de los comerciantes ante los que pasaba, ni por parte de los plebeyos que paseaban por allí, sino por parte de los soldados que la rodeaban.

—Parece una gran fiesta, ¿verdad? —comentó Xena, en voz baja. Saludaba asintiendo con elegancia a las personas que se inclinaban a su paso.

—Sí —murmuró Gabrielle.

—A la gente le encanta la sangre —dijo la reina—. Si les das un buen espectáculo, se olvidan de sus propias frustraciones durante un rato.

Gabrielle siguió caminando detrás de Xena, intentando seguir el ritmo de sus largas zancadas. Cuando estaba a punto de poner en entredicho lo que acababa de decir la reina, se acordó de los inviernos en Potedaia. Esos largos días, cuando se tenían que quedar metidos en sus chozas, haciendo todo lo posible para no morir congelados. Había mucha tensión y...

Estallaban los ánimos. La chica asintió en silencio por dentro. Tal vez era entonces cuando el control de su padre se... pero en cualquier caso, siempre era peor en invierno. Y, en los peores momentos, los dirigentes del pueblo se reunían y organizaban a los chicos y a los hombres para que boxearan o pelearan y declaraban al campeón del pueblo. Las mujeres unían su talento y sus recursos y tejían tal vez un gorro, tal vez una camisa si tenían suficiente para ello, para dárselo al que ganara.

Todo el mundo lo pasaba bien, viendo pelear a los hombres. Gabrielle lo recordaba claramente, recordaba su orgullo cuando fue su regalo, cuando fue ella la que entregó un cuchillo con mango de hueso al ganador del último invierno. Había encontrado la vieja hoja, la limpió primorosamente, la afiló y le puso el mango, hecho con el grueso fémur de una oveja sacrificada, después de que su padre lo hubiera tallado para que encajara en la mano de un hombre.

Al hombre se le iluminó la cara y le dio un beso, de pura alegría.

Qué bien se sintió ella. Gabrielle dejó vagar la vista por el gentío, que iba aumentando a medida que se le sumaban más personas que venían por los caminos desde los pueblos, y asintió de nuevo. Se dio cuenta de que Xena tenía razón, sólo que aquello era a una escala mucho mayor de lo que Gabrielle se había planteado nunca, pues aquí competían ejércitos, en lugar de granjeros con los puños desnudos.

Pero la gente era igual en todas partes.

—Eh. —La voz de Xena la sobresaltó un poco—. ¿Qué Hades estás mascullando?

Gabrielle carraspeó.

—Lo siento. Estaba pensando.

—Ya estamos otra vez. —La reina hizo una mueca.

¿Era posible que apenas unos días antes ese tono la hubiera dejado estremecida? Gabrielle soltó aliento, maravillada de lo rápido y lo mucho que había progresado todo. Ahora una parte de ella comprendía que la provocación era el estilo de Xena, que pinchaba y picaba para ver qué clase de reacción obtenía.

Había una larga caminata hasta los campos. A Gabrielle le dolía la cabeza y se preguntó cómo se sentiría Xena, con tanta sacudida en la espalda. Echó una mirada furtiva a la cara de la reina y la vio totalmente relajada, sin dar muestras de molestia alguna. Xena caminaba tranquilamente, disfrutando al parecer de las pleitesías de la gente sin una sola preocupación en el mundo.

Sin embargo, llegaron donde estaban los vendedores y Xena aflojó el paso, mirándolos atentamente.

El panadero la miró a su vez, nervioso. Xena se detuvo y lo contempló con ojos fríos.

—Majestad... ¿te desagrada este puesto? —preguntó el hombre con temor.

—Mm. —Xena sacudió la cabeza—. Odio el amarillo y el negro. Mala combinación.

Gabrielle, por puro reflejo, se miró a sí misma y luego a los soldados que las rodeaban. Levantó la vista hacia Xena.

—¿Sabes qué? Puedes conservar la cabeza si le das aquí a mi pequeña Gabrielle el pastel de nueces más grande que tengas —prosiguió Xena alegremente—. Y que sea rápido. Tengo que iniciar una batalla.

El comerciante hurgó entre sus mercancías y corrió hasta ellas, inclinándose y encogiéndose al ofrecerles un pastel envuelto.

—¡Un honor, Majestad! ¡¡¡Un honor!!!

Xena examinó la ofrenda.

—¿Ése es el mejor que tienes? —preguntó con aire escéptico.

El hombre calló de rodillas.

—Majestad.

—¿A ti qué te parece, Gabrielle? —La reina se volvió hacia su hasta entonces silenciosa sombra. Apoyó el antebrazo despreocupadamente en el hombro de la chica.

Gabrielle era consciente de que tenía todas las miradas encima. Miró el pastel y luego a Xena.

—A mí me parece estupendo —dijo, encogiéndose ligerísimamente de hombros, consciente también de lo cerca que tenía a Xena y de la mano relajada cerca de su barbilla.

—Ah. —Le acarició la mejilla ligeramente—. Eres demasiado fácil. Está bien. Levanta —le ordenó al comerciante.

El hombre se apresuró a levantarse y le entregó el pastel a Gabrielle, con evidente alivio.

—Gracias, Majestad... ¡gracias! —Retrocedió hasta su puesto y se puso detrás, algo tranquilizado por su escasa protección.

—Gracias. —Gabrielle le sonrió, aceptando la golosina que tan bien olía. Miró a Xena—. Gracias —repitió, en voz más baja.

¿De verdad soltaron un destello pícaro esos ojos azules?

—El primer trozo es para mí —respondió Xena—. Venga, date prisa y pártelo.

Era justo. Gabrielle obedeció y partió un buen trozo del pastel de hojaldre, cubierto de una capa de miel, nueces y canela. Se lo ofreció a Xena y entonces estuvo a punto de tragarse la lengua cuando, en lugar de cogerlo con la mano, la reina echó la cabeza hacia delante y se lo quitó de los dedos, lamiéndole un instante las puntas de los mismos al retirar el pastel.

—Mm. —La reina soltó un ruido de aprobación—. No está mal. —Se enderezó y rodeó los hombros de Gabrielle con el brazo—. ¿Puedes comer y caminar al mismo tiempo?

En medio del torbellino de emociones que la embargaba, Gabrielle sacó fuerzas de flaqueza para asentir.

—Bien. —Xena echó a andar y la escolta se cuadró y mantuvo el paso con ella.

Lo único que Gabrielle sentía era el calor del brazo sobre sus hombros y el cuerpo pegado al suyo a la izquierda y las pequeñas descargas de sensación que seguían haciéndole cosquillas en los dedos y por todo el brazo. Siguió caminando mecánicamente, escuchando el inesperado trueno de su propio corazón, y se preguntó qué podía estar pasándole.

—¿Te vas a comer eso? —preguntó Xena—. ¿O lo vas a seguir agitando para saludar a la gente?

Gabrielle cortó un trozo y se lo metió en la boca.

—Escucha. —Xena bajó la voz—. Se supone que eres mi nueva esclavita de amor, así que intenta no ponerte colorada cada vez que me acerco a ti, ¿vale?

Como era de prever, Gabrielle se puso colorada. Xena se rió por lo bajo y luego su voz se apagó en un suspiro. Gabrielle notó que apoyaba un poco más el peso en sus hombros y al echarle una mirada rápida, vio el gesto de dolor que pasó por el rostro de Xena, disimulado rápidamente.

Ah. Ahora todo empezaba a tener sentido. Con sensación de alivio, Gabrielle se pasó con cuidado el pastel a la mano derecha y rodeó con aire despreocupado la cintura de Xena con el brazo izquierdo, para sostenerla todo lo posible. La respuesta fue un leve tirón de pelo cuando Xena notó la presión, y soltó aliento, contenta de haberse dado cuenta de todo y haber hecho lo que debía.

Mordisqueó el pastel mientras avanzaban, captando las miradas atentas de la gente cuando sus ojos dejaban a Xena y se posaban en ella. En ellos había una mezcla de lástima y envidia, una mezcla extraña, y a veces un asco evidente. Esto por parte de los de más edad, de los más acaudalados, y Gabrielle llegó a la conclusión de que seguramente no les gustaba la idea de que una esclava tuviera trato con su reina.

Pues bueno. Ése no era su problema y tampoco lo había elegido ella.

Al ir acercándose a los campos, el gentío iba en aumento, y el paso de Xena aumentaba también el caos, pues nobles y plebeyos se esforzaban por llamarle la atención con profundas reverencias y extravagantes gestos de pleitesía. Al pie de la rampa que subía hasta el graderío, seis soldados montaban guardia, para dejar pasar únicamente a los notables.

Todos hincaron una rodilla en tierra cuando Xena se acercó. Su guardia de honor se separó y se colocó a ambos lados de la rampa, girándose y cuadrándose. Xena los saludó agitando la mano con descuido al empezar a subir la rampa, al final de la cual las esperaba Alaran.

Gabrielle se terminó el pastel mientras subían y reservó el último bocado para ofrecérselo a Xena cuando llegaron donde estaba el jefe de seguridad. La reina se rió por lo bajo y lo aceptó, quitándoselo una vez más a Gabrielle de los dedos con la boca.

—Ama. —Alaran las miraba con aire indulgente—. Los hombres esperan, como has pedido.

—Bien. —Xena se tragó el bocado y se quitó con la lengua un pedacito de hojaldre de los labios—. Vamos allá. —Quitó el brazo de los hombros de Gabrielle y se colocó bien la túnica, esperando a que Alaran empezara a andar delante de ella y siguiéndolo hasta una pequeña plataforma situada en el graderío principal.

Gabrielle los siguió, con los hombros mucho más ligeros y más fríos. Pero el pastel había estado muy bueno y todo ese interludio parecía haberle aliviado el dolor de cabeza. Caminó por las planchas de madera detrás de Xena, pasando entre dos grupos de postes y bajando dos toscos escalones hasta una pequeña extensión cuadrada situada justo encima de donde estaban reunidas las tropas.

Había muchos hombres cerca de la plataforma, cientos de ellos, todos vestidos con pieles y armadura de color oscuro, con armas en las manos o sujetas a la espalda. Llevaban cascos, en su mayoría abollados por el uso, y escudos igualmente marcados.

Como ella, todos llevaban también tabardos negros con la cabeza de halcón dorada. Vio que la primera fila de soldados la miraba y luego miraba a Xena, aceptando al parecer su presencia sin cuestionarla. Era una sensación muy rara.

—Hola, chicos. —Xena se apoyó en el soporte de madera que sujetaba la plataforma.

Se levantó un griterío, al principio ininteligible y poco a poco reconocible como el nombre de Xena. Gabrielle estuvo a punto de taparse los oídos como reflejo, de lo fuerte que era. Miró más allá de los soldados reunidos, hacia el otro lado de la plataforma, donde Bregos estaba reunido con sus hombres. Más de uno había vuelto la cabeza para mirar.

—Bonito día para luchar, ¿verdad? No como algunos de los que teníamos ahí fuera —dijo Xena, y le respondieron unas risas irónicas y algunos gritos—. Sólo quería que supierais que hoy he apostado bastantes dinares por vosotros. Ya sabéis que detesto perder.

—¡No vamos a perder, general! —gritó uno de los hombres de la primera fila.

Todos miraban a Xena. Gabrielle aprovechó para mirarlos a todos y vio sobre todo rostros duros y avejentados, algunos con cicatrices visibles. Estos eran guerreros veteranos, y la expresión que veía en sus ojos mientras miraban a la reina era, en su humilde y juvenil opinión, lo que tenía que ser. Estos hombres admiraban a Xena. La idea hizo que Gabrielle se sintiera mucho mejor, puesto que casi había empezado a creer que en este sitio no había nadie que estuviera de parte de Xena.

Estos hombres sí.

—¿Sabéis qué? —les dijo Xena—. Quien gane en combate singular... se lleva la paga entera de un año.

Gritos enardecidos.

—Y cuando hoy ganéis... todos os llevaréis algo especial de mi parte —añadió Xena—. ¡Así que salid ahí fuera a machacar!

Los hombres levantaron las armas en el aire y gritaron:

—¡Xena! ¡Xena! ¡¡¡Xena!!!

Tan fuerte que la plataforma de madera se estremeció. Xena alzó una mano como reconocimiento, luego se dio la vuelta y se dirigió a los escalones que llevaban a sus asientos.

Gabrielle se unió a ella.

—¿Qué les vas a dar si ganan? —preguntó con curiosidad.

—A ti —replicó Xena. Luego la miró—. Es broma.

Ya la había vuelto a pillar. Gabrielle soltó aliento. Vio que Bregos dejaba a sus hombres y subía para reunirse con ellas en la plataforma de arriba del todo donde estaba el trono de Xena y que estaba cubierta con una gruesa alfombra. Las gradas y los campos se estaban llenando y había humanidad hasta donde alcanzaba la vista. Al subir detrás de Xena, también vio el campo de batalla que se extendía ante ellas.

Era un campo ondulado, salpicado de montículos. Había unas estructuras de madera a cada lado y trincheras recién cavadas en la tierra.

Captó el olor de la tierra oscura y de la hierba. El viento le refrescaba la cara y el sol caía sobre sus hombros y bañaba el campo. Gabrielle se movió y miró a Xena, que estaba de pie a su lado delante del trono.

La reina contemplaba el campo. Sus manos se doblaron y apretó los puños. Por un intante, cuando las tropas empezaban a moverse por la hierba, bajó la guardia y en su cara apareció una expresión de pena y pérdida.

Eso despertó la curiosidad de Gabrielle.


Xena se acomodó en su trono, controlando una mueca de dolor cuando la espada que llevaba debajo de la túnica le presionó la herida de flecha. Sin embargo, el fastidio que le causaba el dolor iba más allá de la molestia física, porque quería decir que no iba a poder disfrutar como era debido de los combates del día y eso la cabreaba muchísimo.

—Un día estupendo para esto, ¿eh, Majestad? —Bregos estaba sentado en una silla más pequeña a su lado, con las botas sobre la rica y gruesa alfombra que cubría la superficie de madera—. Creía que íbamos a tener que abrirnos paso a través del barro, pero la lluvia se ha parado en el momento justo.

—Yo estaba deseando estar aquí sentada bajo la lluvia helada —comentó Xena—. El sol es un aburrimiento. —Cruzó los tobillos y entrelazó los dedos, contemplando distraída el campo de batalla. Los hombres de Bregos superaban en número a los suyos, eso lo sabía, y observó sus organizadas maniobras mientras se colocaban por el campo para el comienzo de la batalla.

Bregos miró hacia donde estaban sentados los nobles, en bancos con cómodos cojines y siervos que los atendían.

—Están corriendo los dinares.

—Eso espero, desde luego.

Él la miró, pues no se esperaba ese comentario.

—Sin duda, habrá algunos que se van a llevar una decepción, Majestad.

—Sólo si han apostado indebidamente. —Xena se rió entre dientes, desde lo más profundo de la garganta.

—Efectivamente —asintió Bregos suavemente, recostándose en su silla. Sus ojos se posaron en Gabrielle, que observaba en silencio y estaba sentada con las piernas cruzadas a los pies de Xena.

—¿Un nuevo miembro de tu casa, Majestad?

Xena acarició distraída el pelo rubio de Gabrielle, que era suave y de textura más bien sedosa.

—Algo así —asintió—. Gabrielle ha demostrado ser un elemento de gran encanto y mucho talento para mis aposentos. —Volvió la mirada hacia Bregos y vio la expresión fría y especulativa de su rostro.

—Curiosos ojos —comentó el general—. ¿Ha sufrido alguna... desgracia? Veo que está magullada, Majestad.

La acusación velada estuvo a punto de hacerle recibir un codazo que bien podría haberle roto la mandíbula. En cambio, Xena se limitó a soltar otra risa entre dientes.

—Pásate por la puerta... —Comprobó la altura del sol—. Después de comer, tal vez.

Gabrielle apoyó la cabeza en el trono de la reina, parpadeando un poco bajo la brillante luz del sol. Tenía las costillas delicadas y muy doloridas y todavía le dolía un poco la cabeza. La presión de los dedos de Xena sobre su cuero cabelludo era, sin embargo, curiosamente reconfortante.

Al ver a Bregos de cerca sólo confirmó la opinión que ya tenía de él. Gabrielle se acordó de un hombre, un comerciante de Potedaia que se parecía mucho a él. De puertas para fuera, tenaz y alegre, un pilar de la comunidad, pero en realidad se dedicaba a robar los dinares a todo el mundo y a tener líos con las esposas de otros a su espalda.

Rastrero.

Esperaba que Xena tuviera mucho cuidado. Deseó poder hablar con Toris y decirle lo equivocado que estaba... lo necios que eran los esclavos por depositar sus frágiles esperanzas en este hombre.

Sonó un cuerno.

—Allá vamos —comentó Xena. Vio que uno de los escuderos de la batalla subía trotando a su plataforma, portando un gran cuadrado rojo de tela. Se levantó cuando llegó ante ella y aceptó la bandera, dándole un golpecito con ella en la cabeza antes de alzar los brazos y levantar la bandera en el aire.

Los hombres del campo soltaron un grito.

Xena se quedó así un momento, consciente de todas las miradas centradas en ella y consciente también de lo expuesta que parecía estar. Cualquier ballestero decente situado cerca del borde del campo o un arquero desde algo más lejos podría alcanzarla.

Le hacía gracia estar ahí plantada, ofreciéndose como blanco, y ver si alguien se atrevía a disparar. Detrás de ella, oyó que Bregos se movía en su silla. ¿Estaba haciéndole una señal a alguien?

¿La iba a atacar él mismo? Xena sabía que tenía guardias detrás, pero se podía comprar a cualquiera.

—Ten cuidado, señor. Hay un bulto ahí, delante de ti.

Xena oyó la voz de Gabrielle, algo más fuerte de lo que era necesario, y sonrió tensamente. Casi a cualquiera.

—Gracias, chica —respondió la voz de Bregos, con tono irritado—. Sólo estaba estirando la rodilla.

Con ademán triunfal, Xena dejó caer la bandera. Luego se quedó mirando, observando a las primeras filas de soldados que avanzaban unas contra otras, corriendo y sorteando las zanjas, y por fin retrocedió los pocos pasos que la separaban de su trono y se sentó.

Miró a la derecha. Gabrielle vigilaba a Bregos con la expresión más peligrosa que era capaz de poner con esa carita tan preciosa que tenía. Xena alargó la mano y acarició con los nudillos la mejilla de la chica. Gabrielle la miró rápidamente y ella le guiñó el ojo, sonriendo ligeramente.

Alaran apareció en la plataforma, se acercó y se arrodilló a su lado.

—Ama...

Xena lo miró por encima de la cabeza de Gabrielle. Los ojos de su jefe de seguridad se posaron en el perfil de Bregos y luego volvieron a mirarla. Xena le sonrió. Luego volvió la cabeza y prestó atención al campo. Las primeras líneas cargaban una contra otra en el primer choque de la batalla.

Sin decir palabra, Alaran se alzó y se situó detrás del trono, apoyando una mano en el respaldo y quedándose inmóvil y vigilante.

Gabrielle apoyó los codos en las rodillas, con el corazón todavía acelerado en el pecho. Al ver que Bregos se levantaba y miraba la espalda desprotegida de Xena, había estado segura de que le iba a hacer algo. Tenía una expresión tormentosa y amenazadora, aunque no tenía armas en las manos.

Y la mirada que le había echado a ella cuando le llamó la atención. Gabrielle se estremeció. Casi palpaba el peligro que la rodeaba. Al contemplar el caos del campo de batalla, se preguntó cuál de los dos sitios era en realidad más peligroso.

No era fácil distinguir lo que estaba pasando. En esos momentos chocaban dos líneas de hombres, a caballo. Oía los gritos de los animales y los alaridos de los hombres y al fijarse, vio el vivo reflejo del sol en las armas.

¿Se iban a matar de verdad los unos a los otros?, se preguntó de repente. ¿Estaba a punto de ver...? Oh, dioses. Gabrielle volvió la cabeza y se apoyó en el trono, con el estómago revuelto. La imagen de los dos hombres, uno de los cuales blandía una enorme arma redonda sujeta a un palo con la que golpeaba al otro, se le quedó grabada en la mente. El segundo hombre salió despedido a un lado y cayó inerte al suelo.

—Eh. —Xena le dio un tironcito en la oreja.

De mala gana, Gabrielle alzó la cabeza y la miró.

—¿Van a morir todos? —susurró, mirando a los ojos claros de Xena—. ¿Por un juego?

—¿Morir? —Xena enarcó las cejas y miró rápidamente hacia el campo y luego a Gabrielle de nuevo—. ¿Esos hombres? No, a menos que sean mucho más descuidados y estúpidos de lo que deberían. La norma es incapacitar al adversario, no matarlo. Los hombres saben cómo se hace. Si te dan en el casco, te tiras al suelo y te quedas ahí, así funciona. ¿Por qué?

Gabrielle soltó un suspiro de alivio.

—¿De verdad creías que iba a dejar que todo mi ejército cascara ahí fuera? —Xena parecía no dar crédito.

—No sabía qué pensar —contestó Gabrielle—. Nunca he visto nada como esto.

—Ah. —La reina le puso una mano en la cabeza y se la volvió, obligándola a mirar el campo—. Yo te lo explico. ¿Ves esos edificios? —Señaló las estructuras—. Seis a cada lado. Cada ejército tiene que capturar los del otro e izar su bandera en ellos. El primer bando que capture todos los edificios del otro, gana.

—Oh. —Gabrielle veía ahora a los hombres metidos en las trincheras que rodeaban cada estructura. Las dos grandes líneas de soldados del frente se esforzaban por ganar terreno, avanzando y retrocediendo—. Así que... ¿los de los caballos hacen como un agujero y luego los demás hombres pasan por él?

—Eso es —asintió Xena—. Ahora mira. Esos seis tipos de delante, ¿ves cómo se están organizando? —dijo—. Van a abrir brecha en la línea y luego esos hombres que están detrás de ellos entrarán por esa brecha y se dividirán a ambos lados, atacando al enemigo por detrás.

—¡Oh! —Gabrielle observó mientras los caballos cargaban. Los jinetes llevaban largos escudos con los que golpeaban a los hombres que luchaban cerca de las trincheras, apartando a algunos de los jinetes enemigos y pasando por encima de los hombres de a pie. Los jinetes que abrían brecha llevaban unas cosas redondas y grandes sujetas a unos palos y al pasar, golpeaban al enemigo en la cabeza con ellas, provocando un fuerte estrépito metálico por todo el campo de batalla—. ¡Pero eso tiene que doler!

—Bueno, es la guerra —comentó Xena—. No te preocupes. Les gusta el dolor.

—¡Maldita sea! ¡Vigiladlos! —gritó Bregos de repente, agarrando los brazos de su silla.

Xena se rió entre dientes.

—Has perdido la línea, Bregos. Descuidado. Muy descuidado. —Observó cuando una legión de soldados de infantería entró como un torrente por la brecha, mientras los jinetes mantenían abierto el espacio suficiente para que ellos entraran a la carrera. Se iban dividiendo al pasar, la mitad hacia un lado y la mitad hacia el otro. Corrieron por el barro a toda velocidad y atacaron la línea de Bregos por detrás—. ¡Ja!

—Estúpidos. —Bregos rechinaba los dientes. Gabrielle oía el ruido desde donde estaba. Observó a los soldados que luchaban, encogiéndose cuando se golpeaban con las armas, segura de que por lo menos algunos estaban sufriendo lesiones con todo aquello. Y efectivamente, los capitanes de Bregos hicieron sonar un cuerno y los soldados que luchaban empezaron a retirarse hacia la primera de las estructuras fortificadas.

El plan de Xena parecía estar funcionando. Observó el rostro de la reina, que sonreía mientras sus manos apretaban y soltaban inquietas los brazos del trono.

—¿Tú antes hacías esto? —le preguntó Gabrielle.

Xena se quedó inmóvil un instante y luego la miró.

—Sí —reconoció—. Mucho mejor que él. —Indicó al furibundo Bregos—. ¡Bregos! Los de tu avanzadilla... ¿es que están ciegos? ¡Mira eso! —Alzó la mano y señaló el punto donde un grupo de hombres desaparecía bajo una emboscada—. ¿De qué granja has sacado a estos borregos? —añadió con desprecio.

—Maldito sea el Hades. —Bregos se levantó de un salto—. Discúlpame, Majestad. Tengo que hablar con mis capitanes. ¡¡¡Son demasiado blandos con tus hombres!!! —Fue al borde de la plataforma y bajó a la carrera por los escalones, echándose a un lado la capa al pasar junto a algunos de los nobles sentados.

—Ah. —Xena se reclinó—. Ahora huele mejor por aquí, ¿no crees?

—Ama, cuídate de su furia —murmuró Alaran—. Podría ordenar a sus hombres que no hagan caso de las normas de combate.

Xena asintió.

—Baja y haz circular la voz —le dijo al jefe de seguridad—. Si los cretinos de Bregos derraman sangre mortal, se acabó lo que se daba y tienen mi permiso para matarlos.

Alaran vaciló.

—Majestad, aquí estás muy expuesta —protestó suavemente—. Y los guardias...

—Tranquilo. —Xena lo empujó hacia los escalones—. Gabrielle me protegerá. Vete.

De mala gana, Alaran se marchó de la plataforma, echando una dura mirada a los guardias antes de desaparecer escalones abajo.

Se hizo el silencio cuando se marchó y se quedaron observando la marcha del combate. Los hombres se habían situado detrás de la primera de las fortificaciones de Bregos y los hombres de Xena planeaban un ataque.

—No creo que yo pudiera protegerte gran cosa —dijo Gabrielle.

Xena se rió suavemente.

—Alaran se olvida de que soy más que capaz de protegerme yo solita —dijo—. De hecho, parece que mucha gente lo ha olvidado. —El tono humorístico desapareció y se hizo más amenazador—. Tengo sed. Ve a ese segundo nivel de ahí y tráete un odre de ese vendedor —le dijo a Gabrielle.

Gabrielle se levantó, se colocó bien la túnica negra y se dirigió al borde de la plataforma. A medio camino se detuvo y se volvió.

—Mm...

Xena le lanzó una cosa.

—Toma. Aunque si le dijeras que es para mí, no tendrías que pagar. No se lo digas.

Gabrielle atrapó la moneda y se la guardó en el puño mientras reemprendía la marcha. Bajó de la plataforma y vio al vendedor que le había indicado Xena y que le daba la espalda observando la batalla. Había varias otras personas alrededor y notó una sensación de emoción que iba en aumento cuando los hombres de Xena lanzaron su ataque.

—Les ha hecho creer que lo tienen atrapado.

—Es astuto. Ahora los rodeará y atacará por detrás.

—El general no va a dejar que sus chicos pierdan para nada. Para nada.

Gabrielle dio un golpecito al vendedor en el hombro.

—Disculpa.

El hombre, que era el que había dicho lo último, se volvió.

—¿Eh? Qu... ¡ah! ¡Perdón, señora! —Miró nervioso a su alrededor—. ¡No te he visto llegar en absoluto! En absoluto... ¿qué se te ofrece?

—Uno de esos, por favor. —Gabrielle señaló los odres de vino que llevaba colgados del hombro.

Él se descolgó uno y se lo entregó.

—Aquí tienes, señora. Dos dinares, por favor.

Gabrielle le dio la moneda y esperó pacientemente mientras él la estudiaba con los ojos como platos. Al cabo de un momento, hurgó en la bolsa que llevaba al cinto y contó el cambio, entregándoselo con manos temblorosas. Ella aceptó las monedas.

—Gracias.

—Dime... dime si el vino no es de tu agrado, señora. —El vendedor la miró parpadeando.

—Vale. —Gabrielle asintió, retrocediendo unos pasos antes de darse la vuelta y regresar a la tosca escalera de madera. Cuando llegó a ella y alargó la mano para empezar a subir, oyó que alguien susurraba su nombre con insistencia.

—¡Gabrielle!

Se detuvo y miró a su alrededor y luego miró debajo de la plataforma. Vio un par de ojos claros que la miraban a su vez.

—¿Toris? —susurró—. ¿Eres tú?

—Sshh. —Toris asomó la cabeza con cautela por debajo de los soportes de madera—. No debo estar aquí. He venido para ver si podía hablar contigo antes de...

—¿Antes de qué? —Gabrielle se hizo a un lado y se apoyó en los soportes, tapándolo para que nadie lo viera.

Parecía sucio, cansado y desesperado.

—No puedo decirte nada —le advirtió—. Estás demasiado cerca de ella y no puedo arriesgarme a que lo descubra... podría morir más gente.

—¿Más gente?

—Sshh. Tú escúchame. Necesito saber una cosa, Gabrielle. Necesito saber si... si vengo y te pido que hagas algo, ¿puedo contar contigo?

—¿De qué se trata?

—No te lo puedo decir.

Gabrielle lo miró.

—¿Es contra ella?

Él no respondió de inmediato.

—Mató a tu hermana ante tus propios ojos, Gabrielle. Recuérdalo. Recuerda cómo gritó. Recuérdalo. Ve a la puerta y verás lo que queda de Malcom. Pregúntale qué sintió al cortarle los ojos.

Gabrielle se lo quedó mirando, con una sensación de náusea en las entrañas.

Toris la agarró del brazo.

—Si vengo y te lo pido, ¿puedo contar contigo, Gabrielle? —preguntó, con ferocidad.

Tras un instante de parálisis, Gabrielle le cogió la mano y lo miró intensamente a los ojos.

—No.

Él hizo una mueca, mostrando los dientes.

—Entonces morirás con ella, Gabrielle. Morirás, igual que tu hermana.

—Pues moriré —replicó Gabrielle—. Últimamente he estado tantas veces a punto de morir que ya me da igual. Pero escúchame tú, Toris. —Esta vez fue ella quien lo agarró a él—. Te has equivocado de bando. El que podría morir eres tú.

Él se soltó y se echó a reír, pero no resultó muy convincente.

—Adiós, Gabrielle. Lo siento. —La miró por última vez y se metió por debajo de un soporte, desapareciendo en la oscuridad de debajo de las plataformas.

Gabrielle soltó aliento y apretó las manos temblorosas. Se irguió y volvió a poner la mano en la escalera, pero sofocó un grito cuando alguien se la cogió y la sujetó.

Allí estaba Alaran. La examinó un momento y luego sonrió.

—Deja que te ayude a subir, pequeña —dijo—. Y tú puedes hablarme de tu amigo.

—No es mi amigo —susurró Gabrielle.

—No, no lo es —asintió el jefe de seguridad—. Desde tu punto de vista. Pero desde el mío, te acaba de hacer un gran favor. —Empezó a subir y esperó a que ella lo alcanzara—. Ha contestado a las preguntas que me hacía sobre si una joven tan encantadora como tú, que se ha ocupado de entablar una relación tan estrecha con mi ama, podría convertirse en una víbora que la picara.

Gabrielle sintió que tiraba de ella para subirla por la escalera hasta la plataforma superior. Miró al otro lado de la superficie de madera, donde Xena estaba sentada en su trono, observándolos.

—Ama —la saludó Alaran, al acercarse.

Gabrielle le dio a Xena el odre y el cambio y se sentó en la alfombra a su lado, sintiéndose mareada y confusa.

—¿Se han puesto en contacto con ella? —preguntó Xena.

—Sin la menor duda, ama —dijo Alaran.

Gabrielle alzó la cabeza y miró a Xena.

—¿Y?

Alaran suspiró, pero se quitó una bolsa del cinto y se la entregó.

—Ama, ya debería saber que no debo apostar contra tu parecer.

—Sí, deberías saberlo. —Xena dejó caer indolentemente la bolsa en la alfombra al lado de Gabrielle—. ¿Ya estás satisfecho?

Alaran la saludó inclinando la cabeza y luego se volvió cuando alguien lo llamó. Al borde de la plataforma había un hombre de librea que le hacía gestos con cierta insistencia.

—Disculpa, Majestad.

Xena lo despidió agitando los dedos. Esperó a que Alaran se marchara con el soldado antes de volverse y contemplar a Gabrielle.

—Gracias.

Totalmente desconcertada, Gabrielle sólo pudo quedarse mirándola.

Se oyó un rugido de la multitud. Xena se levantó y se acercó al borde delantero de la plataforma, observando el campo. Levantó una mano y soltó su propio alarido, cuando una bandera amarilla y negra se izó sobre la primera estructura de Bregos. Luego se volvió y regresó, tomó asiento y se apoyó en el brazo del trono.

Gabrielle se frotó las sienes.

—¿Todo eso era un truco? —murmuró—. ¿Sólo para ver si yo...?

—No —la interrumpió Xena—. Alaran era el que necesitaba pruebas. Yo no.

—¿De verdad le has cortado a alguien los ojos?

Xena se echó hacia atrás.

—Sí, así es —dijo—. Y le corté la mano y le saqué las tripas y lo dejé en las puertas para que muriera. —Sacó el tapón del odre y bebió un sorbo—. Y me gustó hacerlo.

Helada, Gabrielle se quedó contemplando el campo de batalla, donde ahora los hombres estaban agrupados en torno a una segunda estructura. Vio que Bregos entraba en el campo, montado a caballo. Gritó a sus hombres y cabalgó hacia la estructura sitiada. Sus tropas lo vieron y lo aclamaron y los espectadoras también soltaron sonoros gritos de apoyo.

—Ahora les dará una patada en el culo y si tiene suerte, lucharán hasta que ninguno de los dos bandos pueda seguir avanzando y entonces yo tendré que luchar con él para resolver el empate —comentó Xena—. O si no la tiene, perderá y le ofreceré luchar con él para salvar su honor —dijo—. En cualquiera de los dos casos, ya es mío.

—¿Y si ganan sus hombres?

—No ganarán —le dijo Xena—. Él tiene más hombres, pero yo me he quedado con los listos.

—¿Y si gana él si lucháis?

—No ganará —susurró Xena.

—Pero tú estás herida...

—No importa. —La reina contempló el campo de batalla—. Siento su vida en mis manos.

Poco a poco, Gabrielle se dejó caer contra el trono. Había hecho su elección y en el fondo de su corazón, esperaba que fuera la correcta, pasara lo que pasase en ese campo o... Echó la cabeza hacia atrás y miró a Xena. La reina la estaba mirando, bebiendo del odre.

—¿Por qué me has dado las gracias?

—Detesto perder —dijo Xena—. Hasta ahora, cada vez que he confiado en alguien, he perdido. —Su rostro esbozó una breve sonrisa—. Ha sido agradable ganar por una vez. —Se inclinó por encima del brazo del trono y cogió a Gabrielle de la barbilla, le levantó la cara y la besó suavemente en los labios—. Así que gracias.

Y en ese momento, Gabrielle encontró su corazón y perdió el alma. Ocurrió rápidamente, entre una inhalación y la siguiente, y cuando Xena se apartó de ella y se miraron a los ojos, lo único que pudo hacer fue esperar que los dioses no se estuvieran riendo demasiado de ella.

Seguro que ya lo hacían las Parcas.


PARTE 7


Volver a La Conquistadora
Ir a Novedades