5


Bueno, Xena. ¿Cuándo fue la última vez que te despertaste con alguien durmiendo en el suelo a quien no hubieras tirado ahí? Xena se entretuvo con la idea, mientras la primera luz del día entraba por sus ventanas. ¿Y que dejaras con vida?

Gabrielle estaba dormida hecha un ovillo sobre la alfombra, con la cabeza rubia sobre la almohada de seda que le había dado Xena y tapada con una túnica de Xena para protegerse del frío.

Xena contempló a la chica unos minutos, tratando de averiguar qué era lo que tanto le fascinaba de la chiquilla. Era una monada. Era valiente y tenía el atractivo de un cachorrito recién nacido. Vale. Y además de esos que tienen las orejas caídas.

—Pero a mí no me gustan los cachorritos —murmuró Xena—. Salvo para comer. —Con un suspiro, volvió a bajar la cabeza y continuó su observación. Gabrielle era pequeña y delgada, pero los ojos guerreros de Xena veían los indicios de fuerza y su cuerpo estaba bien proporcionado para su tamaño.

Xena miró de nuevo. Su cuerpo estaba bien proporcionado con independencia del tamaño. Tenía los hombros rectos y firmes y un tronco esbelto, la cintura delgada y estrecha, pero muslos bien torneados. Sus extremidades eran, por supuesto, más cortas que las de Xena, pero proporcionadas para su cuerpo y con músculos suficientes para ser algo más que meramente funcionales.

Mmf. Vale, es una ricura.

Vale. Xena asintió ligeramente. Te la quieres llevar a la cama. ¿Y por qué no lo haces? ¿Porque le has dicho que no violas esclavas?

Xena estudió la mandíbula ligeramente redondeada. ¿Porque confía en ti?

Una risa irónica. No, porque es una virgencita inexperta que sería tan divertida como darse un revolcón con un maniquí de esgrima. Ah, Gabrielle. Xena se puso de lado con cautela e hizo una mueca cuando su herida protestó. Sintió una acometida de rabia por eso, y contra sí misma, y gruñó un poco.

Lo suficiente como para despertar a la chiquilla, al parecer. Xena miró por encima del hombro y vio una cabeza rubia y despeinada que se alzaba algo alarmada.

—Tranquila.

Gabrielle se frotó los ojos para despejárselos.

—Lo siento, me... mm... me ha parecido oír algo. —Tenía la voz ronca y carraspeó un poco—. Un ruido.

—Pues sí. —Xena se incorporó despacio y apoyó el peso en los codos firmes sobre las rodillas—. Has oído a una vieja guerrera quejándose. —Se obligó a ponerse en pie y se acercó a la ventana. El cielo estaba nublado y al mirar hacia el horizonte, vio unos nubarrones negros que venían hacia ellos.

Por los dioses. Xena soltó un suspiro, moviendo la cabeza. Era justo lo que necesitaba: que el desafío se retrasara un día. Un día más para curarse, para estar más o menos en condiciones de enfrentarse a la conspiración de Bregos. Era como si los mismos dioses estuvieran velando por ella.

—Zeus, te debo una.

Gabrielle se puso a su lado.

—¿Por qué le debes una? —Apoyó las manos en el alféizar de la ventana junto a las de Xena.

—Por eso. —Xena señaló el cielo—. Vamos a tener que retrasar los juegos de guerra —le dijo a la chica—. Así tengo un poco más de tiempo.

—No lo entiendo. —Gabrielle apoyó el peso en las manos y se asomó—. ¿No iban a luchar los hombres entre sí?

—Así es... ¿pero no te das cuenta, Gabrielle? No es entre ellos... es entre Bregos y yo. Si él pierde, pierde su reputación de mala manera y puedo librarme de él sin problemas.

—Vale. —Gabrielle seguía confusa—. Pero...

Xena entornó los ojos y se rió suavemente.

—No puede permitir que sus hombres pierdan. Tendrá que intervenir de su lado... y entonces yo tendré que intervenir del nuestro y estaremos cara a cara —dijo—. Y entonces puedo acabar con él.

Gabrielle se lo pensó.

—Sigo sin entenderlo —confesó—. ¿Por qué no os enfrentáis él y tú desde el principio?

Xena suspiró.

—Porque él no aceptará un desafío directo mío, Gabrielle. Se supone que es mi vasallo. Pero si todo forma parte de los juegos, puede hacer como que está metido en el jolgorio —explicó—. Es todo cuestión de encontrar el momento justo.

—Oh. —Gabrielle se mordisqueó el labio inferior—. Vale.

Xena la miró.

—Parece una estupidez, ¿verdad?

—Bueno...

—Ah-ah. —Xena le dio un golpecito debajo de la barbilla—. Nada de mentiras, Gabrielle. Tengo una corte entera de mentirosos y sólo una como tú. No vayas a cambiar.

Eso le mereció una sonrisa tímida.

—Parece peligroso —dijo Gabrielle—. Para ti, con tu espalda y todo eso.

—Lo es. —Xena volvió a contemplar las tierras—. La vida es peligrosa. Ya deberías saberlo. —Mientras miraba, empezó a llover, una lluvía fría y desagradable, y sintió la humedad en la piel de la cara. Era áspera y fría y le dio la bienvenida.

—Supongo que sí —contestó la chica en voz baja—. Pero si la lluvia hace que sea menos peligroso para ti, me alegro.

El sentimiento la sorprendió, de una forma extraña. Xena agarró la pica de hierro que había junto a la ventana y observó a un halcón que daba vueltas por el cielo, sin hacer caso de la lluvia.

—¿Y por qué, Gabrielle? —Se volvió—. Si yo muero, la vida podría ser mucho mejor para ti —dijo—. ¿A ti qué te importa si me pasa algo?

En lugar de contestar, Gabrielle fue a recoger la almohada, alisando la superficie antes de colocarla en la cama. Dobló la túnica con cuidado y también la dejó, todo ello en medio de un silencio cargado interrumpido únicamente por los truenos. Por fin se volvió y miró a Xena, con expresión turbada.

—No sé por qué es así —dijo—. Sólo sé que me importa.

—¿Ah, sí?

Gabrielle asintió.

—Una esclava a la que le importa si vivo o muero. Lo nunca visto. —Xena se apoyó en el alféizar. Observó mientras la chiquilla bajaba los ojos y un rubor avergonzado le cubría las mejillas—. No sé si me gusta esa idea.

Ahora en el rostro de Gabrielle se advirtió que estaba confusa y herida.

—Lo siento —murmuró—. No sabía que estaba mal que te importe algui... eso.

—¿O es que piensas que soy tu seguro para comer? —Xena la pinchó sin piedad—. Es eso. Si estiro la pata, tú tienes que volver a dormir sobre ladrillos.

Gabrielle se quedó en silencio, con expresión dolorida.

Xena esperó, pero no recibió respuesta.

—O a lo mejor es que me hoy me he levantado con mal pie y estoy siendo una zorra —dijo, intentando con cautela un poco de humor, advirtiendo que sus preguntas no estaban teniendo el efecto que pretendía.

De nuevo, ninguna respuesta.

Xena frunció el ceño y poco a poco se irguió y fue donde estaba la chica. Puso una mano en la mejilla de Gabrielle y le levantó la cabeza, para mirarla a los ojos. Se encontró con tanta confusión e infelicidad que estuvo a punto de abofetear a la chiquilla.

—¿Qué te pasa?

Gabrielle dio un paso atrás, apartándose de ella.

—Creo que será mejor que me ponga a trabajar. —Se dio la vuelta y rodeó la cama, recogió la palangana y fue a buscar agua a la cisterna. Le dio la espalda a Xena mientras la limpiaba y aclaraba los paños que había usado para ocuparse de la herida de Xena.

Frunciendo el ceño, Xena se acercó a ella cojeando y le puso una mano en el hombro.

—Gabrielle.

—¿Sí, Majestad?

La reina enarcó ambas cejas oscuras.

—Oye. —Puso la otra mano en el otro hombro de la chiquilla y la obligó a darse la vuelta—. Creía que te había dicho que no hicieras eso.

Los ojos verdes la miraron.

—Así es como debe dirigirse a ti una esclava, Majestad —replicó suavemente—. No quiero hacer nada más que sea inapropiado.

Era ridículo. Xena se la quedó mirando. La puñetera cría estaba enfadada... ¡enfadada con ella! Gabrielle estaba enfadada con ella porque... Xena tomó aliento. Porque la había tratado como a una basura. Mm. Los esclavos eran basura, ¿no? Así que lo que quería decir Gabrielle, supuso, era que si así era como se la consideraba, así era como iba a actuar.

Pero así no era como la consideraba Xena.

—Discúlpame, Majestad. —Gabrielle se zafó de sus manos y recogió su cubo de limpieza, cruzó la habitación y se marchó. Xena se quedó plantada en medio de su propio dormitorio, pasmada.

—Espera un momento. —Xena alzó las manos—. ¿Cuándo se ha ido todo esto al Hades sin avisar? —se quejó en voz alta—. Anoche todo iba bien, ¿no?

Y entonces recordó ese momento, cuando Gabrielle se echó a reír y estuvieron jugando a las adivinanzas, y se dio cuenta de que había cometido un error muy grave. Había dejado que Gabrielle creyera que había logrado algo que no era cierto. Xena tomó aliento, recordando esos cálidos ojos verdes que la miraban y la sonrisa que le había producido su juego.

¿O sí lo había logrado? Se vio obligada a reconocer que, queriéndolo o no, había dejado que Gabrielle penetrara un poco en la personalidad interna que mantenía estrictamente oculta a todos los demás.

—Por Hades, Xena. Le has dado tu propia almohada y tu túnica, ¿y ahora le dices que no es más que una vulgar guarra? ¿Pero qué te pasa? ¿Tan pronto has olvidado cómo se reina, dado que ya no lo haces?

Mascullando una maldición, fue a la puerta y la abrió, sobresaltándose ligeramente al encontrarse allí con Gabrielle, que iba cargada con el cubo lleno de agua.

—Entra aquí. —Le hizo un gesto para que pasara.

—Sí, señora. —Gabrielle entró, fue a la sala de baño y dejó sus útiles en el suelo.

—Gabrielle. —Xena se acercó cojeando y la agarró—. Deja eso. —Sostuvo a la chica para que no se moviera—. Mírame.

Despacio, los neblinosos ojos verdes se alzaron y esperaron, ensombrecidos por un dolor que Xena realmente no comprendía.

—Yo no le importo a nadie, Gabrielle. No sé qué hacer con alguien que dice que le importo —le dijo Xena—. Salvo preguntarme por qué o qué saca de ello.

Un leve gesto de asentimiento.

—Lo sé —admitió Gabrielle—. Pero no puedo evitarlo, es lo que siento y la verdad es que no sé por qué... tal vez tengas razón. Tal vez sólo estoy mirando por mí. —Se le cayeron los hombros, sin que se le hundieran del todo, pero casi—. No sabía que estuviera tan mal sentir una cosa así.

¿Mal? Xena suspiró.

—No está mal —dijo—. O al menos, para ti no está mal —se corrigió—. Así que anímate, ¿quieres? No eres una esclava cualquiera. Yo no le doy mi almohada a cualquier esclava.

Gabrielle se irguió un poco.

—Y desde luego que no dejo que cualquier esclava tenga mi vida en sus manos —siguió Xena, en un tono más serio—. Así que ve a buscar una bandeja de desayuno y luego podemos cambiar estos puñeteros vendajes. Hoy las audiencias van a ser largas.

Con aire un poco más alegre, Gabrielle asintió.

—Vale —dijo—. Ahora mismo vuelvo.

Xena la miró marchar, frunciendo el ceño por el nudo que tenía en la boca del estómago. La puerta se cerró tras la chica con un chasquido terminante que no hizo nada para aliviárselo.

¿Qué Hades le estaba pasando? Tenía medio ejército sublevado, un general que se preparaba para arrebatarle el trono y aquí estaba, preocupada por los sentimientos heridos de una pequeña esclava a la que apenas conocía.

—Debo de estar perdiendo la cabeza —suspiró quejumbrosa, meneando la cabeza—. A lo mejor debería empezar a jugar otra vez a las cartas. —La idea le gustó y a ella se le sumó la imagen de una compañera de juegos. Podría enseñar a jugar a la chiquilla. Es más lista que los dos últimos duques con los que lo intenté.

De mucho mejor humor, se dirigió a la sala de baño.


Era difícil saber qué sentir. Gabrielle bajó de dos en dos las escaleras hasta la cocina. Por un lado, todavía se sentía mal por lo que le había dicho Xena, pero por otro, era interesante saber por qué se lo había dicho y, en cierto modo, algo triste.

Yo no le importo a nadie. Gabrielle sintió una punzada en el pecho al recordar esas palabras. Xena no parecía molesta por eso, pero qué cosa tan horrible de creer: que no le importabas a nadie en el mundo entero y que si alguien decía que sí, sólo era porque quería algo de ti.

¿Era eso cierto? Se examinó por dentro atentamente. ¿Simplemente quería algo de Xena... le estaba haciendo la pelota como lo hacían los aprendices de Potedaia con sus maestros? ¿Para conservar una posición cómoda para sí misma?

Bueno, a lo mejor sí. Gabrielle notó que fruncía el ceño. A lo mejor sólo lo hacía por su propio interés.

Pensó mucho en eso mientras bajaba el último tramo de escaleras. Por alguna razón, no le parecía que estuviera haciendo eso. A pesar de todos los motivos que sabía que tenía para congraciarse con Xena, en lo más profundo de su corazón sabía que había dicho lo que había dicho porque era lo que creía de verdad.

Sí que le importaba. Estuviera bien o mal, ya fuera algo inteligente o increíblemente estúpido, lo cierto era que había una parte de ella que no quería ver sufrir a Xena porque... bueno, no sabía muy bien por qué, pero a lo mejor tenía algo que ver con que no quería ver sufrir a nadie.

Pero eso no era todo. Gabrielle se alisó la falda con manos nerviosas, sabiendo que había otra verdad debajo de todo aquello. Había algo más que se agitaba en su interior y que era extraño y muy nuevo. Algo que le hacía cosquillas en la boca del estómago sólo con oír la voz de Xena. Algo que le aceleraba el corazón cada vez que estaba cerca de Xena.

Algo que le dolía por dentro cuando Xena despreciaba sus palabras.

Con un suspiro, Gabrielle dejó a un lado la idea al llegar al pie de las escaleras. Ya tendría tiempo más tarde para pensar en ello. Lo primero era lo primero y el desayuno estaba esperando. Sólo de pensarlo, le rugió el estómago.

Pero al entrar en la cocina, no tuvo tiempo de pensar en nada, pues unas manos bruscas la agarraron y la tiraron al suelo.

—¡Eh! —gritó Gabrielle por puro reflejo.

—¡Cállate, putita traidora! —contestó una voz airada, antes de que la levantaran en volandas y se la llevaran.


Xena se apoyó en el tocador, mientras sus dedos jugaban distraídos con uno de los paños. Seguía con las entrañas atenazadas, no obstante, y se puso a hacer pequeños nudos en el trapo.

Alguien llamó a su puerta interna y frunció el ceño.

—Más vale que sea Gabrielle o algo igual de bueno. —Dolorida, fue a la puerta y la abrió, para encontrarse a Alaran—. ¿Qué?

—Ama. —Alaran parecía preocupado—. ¿Puedo hablar contigo, por favor?

A regañadientes, Xena se echó hacia atrás y abrió la puerta.

—Es temprano y no estoy de buen humor. Que sea rápido.

Su jefe de seguridad entró y se puso en jarras.

—Majestad, con perdón, ¿pero qué Hades estás haciendo?

Xena enarcó una ceja bruscamente.

—¿Qué?

—Me he pasado todo el día de ayer escuchando a mis espías contarme historias que corren desbocadas por toda la fortaleza sobre ti. Que has matado a un soldado y luego has obligado a una esclava a hacer lo mismo por lo que lo mataste. ¿Es eso cierto?

Alaran era, de todos sus súbditos, el único que se atrevía a hablarle de esa manera y el único al que Xena se lo toleraba. Era responsable de su seguridad y hacía tiempo que le había dado permiso para plantarse ante cualquier cosa que pensara que afectaba a ese tema.

Sin embargo. Con un rápido movimiento, Xena lo cogió de la garganta y lo empujó contra la pared, pillándolo por sorpresa e inmovilizándolo. Había preguntas y había preguntas.

—¿Y si es así? —gruñó Xena, apretando la mano.

Alaran jadeó, verdaderamente sobresaltado.

Xena lo soltó.

—Lo que hago en mis aposentos privados no es asunto de la plebe, del ejército o tuyo.

Él se irguió y volvió a colocarse bien la túnica.

—Mis más profundas disculpas, ama. No quería faltarte al respeto —dijo suavemente—. Es sólo que eso ha causado mucho resentimiento entre las filas y me preocupa, me preocupa mucho que la influencia que tiene Bregos con ellos se vea afianzada con esto —explicó—. Eso es algo que cuesta contrarrestar.

Sí. Xena suspiró y volvió a la ventana, mirando obsesivamente por sus cristales emplomados. A veces detestaba este lugar. Había momentos en los que deseaba volver a ser una señora de la guerra salvaje y fiera, llevando a sus tropas de un campamento a otro, libre de cambiar sus planes por mero capricho.

Éste era claramente uno de esos momentos. Pero qué harta estaba hoy de las intrigas de la corte.

—Dicen que te has vuelto contra los hombres. —Alaran bajó la voz.

—No me he vuelto contra nadie —dijo Xena con aspereza.

—Ama, conozco tu norma, pero si tú...

Xena se volvió y lo miró.

—No he incumplido ninguna de mis propias normas, Alaran —le dijo—. Necesitaba una razón para que Gabrielle me atendiera personalmente y si las cosas han salido así, que así sea. Qué le vamos a hacer.

Alaran parecía confuso.

—Ama, no lo entiendo.

Y debería entenderlo, reconoció Xena. Tendría que haberlo sabido cuando ocurrió. Era su jefe de seguridad y una de las poquísimas personas en las que sabía que podía medio confiar. Se lo había ganado.

—Ya sé que no lo entiendes —suspiró.

—Ama, si deseas llevarte a alguien a la cama, como tú dices no es asunto mío, pero...

Xena se volvió.

—No lo he hecho —lo interrumpió.

—¿Ama?

Era, de un modo bastante retorcido, algo deliciosamente irónico. Xena, en sus años más jóvenes y salvajes, había mantenido una reputación cuidadosamente cultivada sobre sus actividades en la cama de la que todavía hoy se hablaba en susurros. Lo que se suponía sobre Gabrielle era, por supuesto, prueba de ello.

—No me la he llevado a la cama.

Alaran la miró parpadeando, pillado como rara vez lo pillaban, por sorpresa.

—¿No? ¿Majestad? —Miró a su alrededor, claramente desconcertado—. Pero...

Xena había descubierto, últimamente, que en momentos de gran tensión su sentido del humor tendía a hacer acto de presencia de formas muy inesperadas.

—He decidido interesarme por la alfabetización de los campesinos. Le estaba enseñando a leer —le dijo Xena, con la cara muy seria—. Es un poco lenta, pero va aprendiendo. —Decidió que era divertido ver cómo los ojos de Alaran se movían por todas partes, menos hacia los suyos—. Le cuestan las bes.

Su jefe de seguridad carraspeó.

—Ah... ehm... bueno, ama, eso es... mm...

Qué mala eres. Xena se apoyó en el alféizar, quitándose presión de la espalda horriblemente dolorida.

—Al parecer, nuestro amigo Stanislaus comparte tu preocupación —le dijo, perdiendo su expresión divertida—. La otra noche intentó sacar de la fortaleza a mi rubia amiguita.

—Ah. —La expresión de Alaran indicaba que lamentaba que el plan hubiera fallado.

—Al parecer, alguien pensó que estaríamos mejor sin él. —El tono de Xena se hizo glacial—. Por suerte para él, pero no para mí, encontré sus caballos antes de que pudiera usarlos, y los que lo esperaban me encontraron a mí.

Alaran se quedó boquiabierto por el pasmo total.

—¡Ama!

—Así que, —Xena se apartó un mechón de pelo de los ojos con un resoplido—, o echaba a perder la reputación de Gabrielle o me arriesgaba a que se supiera que me habían clavado una flecha en la espalda. —Enarcó una ceja sardónicamente—. No ha sido una de mis decisiones más difíciles. Mala suerte para Gabrielle, pero sospecho que sobrevivirá.

—Por los dioses —exclamó Alaran—. Pero ¿y el combate? ¿Estás malherida? Ama, no puedes...

—Puedo —cortó Xena—. Estaré bien. No fue un disparo tan malo. La chiquilla hizo un buen trabajo vendándomelo. Mientras Bregos no sepa que tiene una ventaja, estaremos bien. —Se volvió a medias, en el momento en que un trueno estremecía las paredes—. ¿Lo ves? Los dioses están de nuestra parte, Alaran. Hasta me han dado un día más.

Alaran se reunió con ella en la ventana.

—Ama, te arriesgas mucho —murmuró, evidentemente consternado—. Si esto se sabe, Bregos será la menor de nuestras preocupaciones. Detrás de esto hay algo más.

Xena contempló la tormenta.

—Alguien que intenta desesperadamente llegar a mí, sí —asintió—. Alguien tan desesperado que intenta eliminar a aquellos que piensa que están más cerca de mí y conseguir otra oportunidad.

—¿Otra, ama?

Los claros ojos azules se volvieron y lo miraron atentamente.

—Las ancianas resbalan, Alaran, pero rara vez en el momento más oportuno.

Una ráfaga de viento echó hacia atrás los cortinajes, introduciendo un frío gélido en la habitación.


—¡Basta! —Gabrielle forcejeó en las manos del que la tenía capturada—. ¡Suéltame!

—¡Cállate! —El hombre se metió en un hueco y la tiró contra la pared—. Ya está... ya la tenemos.

Gabrielle cayó al suelo, atontada, y rodó, pero unas manos la aferraron y unas botas se estamparon contra sus costillas. Por instinto, se hizo un ovillo y agachó la cabeza. Unos viejos recuerdos cobraron espantosa y vívida presencia y se estremeció por reflejo.

—¿La tienes? Bien —intervino una nueva voz y Gabrielle sintió unas manos que tiraban bruscamente de ella. Intentó soltarse, pero la volvieron a estampar contra la pared y unos dedos duros la agarraron por la barbilla y la obligaron a levantar la cabeza.

Parpadeó intentando enfocar la cara de un hombre, un rostro desaliñado y con barba en el que había una mueca de rabia.

—¿Qu... qué queréis? —exclamó Gabrielle—. ¡Yo no he hecho nada!

El hombre apretó más la mano.

—Tú eres la nueva puta de la reina, ¿verdad?

Gabrielle tragó con dificultad, atrapada entre la verdad y lo que Xena quería que se supiera.

—¿Verdad? —repitió el hombre, más fuerte.

—Soy su doncella —contestó por fin Gabrielle, con voz áspera—. Sí.

—Doncella —dijo el hombre riendo—. Sí, ésa es una forma de llamarlo. —La agarró con más fuerza—. Escúchame, putita. Tienes información que quiero y me la vas a dar, ¡ahora mismo!

—No sé a qué te refieres...

—¡Cállate! —El hombre le pegó de repente una bofetada en la cara—. Yo hablo, tú respondes. ¿Entendido?

Estaba en un lío. Gabrielle sintió que el corazón se le aceleraba. Estaba metida en un buen lío y aquí no había nadie que pudiera sacarla de él salvo ella misma.

—¿Qué quieres?

—Eso está mejor. —El hombre se inclinó más sobre ella—. ¿Qué sabes?

Gabrielle tragó, alzando una mano para protegerse de la figura amenazadora que se cernía sobre ella.

—Nada...

—¡¡Respuesta equivocada!! —El hombre la abofeteó violentamente. La cabeza de Gabrielle chocó con la pared y vio las estrellas. Sintió que le apretaban la camisa alrededor de la garganta y de repente la levantaron, medio ahogada—. Está bien. —El hombre estaba cara a cara con ella, echándole encima el aliento, que apestaba a algo aqueroso—. Ahora escucha, puta. Vas a hablar, y bien deprisa, o te parto en dos.

Gabrielle intentó respirar, luchando con sus manos.

—Pe...

—Está ocurriendo algo en los aposentos de esa bacante con la que te han llevado y quiero saber lo que es. ¿Qué oculta? —El hombre la acercó de un tirón, clavando sus ojos en los suyos—. ¡Dímelo!

La mano que le apretaba el cuello se aflojó ligeramente.

—Pe... yo no... —Gabrielle sintió que el pánico empezaba a apoderarse de ella.

—¡Sí que lo sabes! —El hombre la zarandeó con violencia—. ¡Lo sabes y sabes que lo sabes, puta!

—¡¡Eh!! —interrumpió una nueva voz—. ¿Qué estás haciendo? ¡Para!

Toris. Gabrielle intentó mirar por encima del hombro de aquel tipo.

—¡Toris!

—¡Vete de aquí, idiota! —gritó el hombretón—. ¡No te he dicho que vengas! —Se volvió y pegó una patada, alcanzando a Toris es la rodilla y tirándolo al suelo. Luego se volvió y estampó de nuevo a Gabrielle contra la pared—. ¡Habla, zorra! ¡Llevas días ahí arriba y sabes lo que trama!

—¡No! —Gabrielle notó que le caía sangre por la barbilla—. ¡No sé de qué estás hablando!

—¡Mientes! —El hombre la golpeó otra vez, y otra.

El dolor era increíble. Era como si le ardiera la cabeza.

—¡NO!

—¿Qué está pensando? ¿Qué está haciendo? —le gritó el hombre, salpicándole la cara de saliva—. ¡Lo sabes, tienes que haberla oído hablar! ¡Ha tenido reuniones con su gente! ¡¡Dímelo!! ¡¡¡Dímelo!!!

—¡NO! —le gritó Gabrielle—. ¡No lo sé! ¡No habla conmigo!

—¡Mientes!

Esta vez el golpe le sacudió hasta el último hueso del cuerpo. Gabrielle sintió que se quedaba sin aliento y se hundió entre sus manos.

—No —susurró esta vez, con la boca llena de sangre.

—¡Dímelo! —La voz chocaba contra ella con más fuerza que cualquier golpe.

—¡Basta! —interrumpió Toris de nuevo—. ¡No sabe nada!

El hombre soltó a Gabrielle y se volvió contra Toris. Lo agarró de la camisa y lo empujó contra la pared.

—Pedazo de idiota. ¡Claro que lo sabe!

Gabrielle supo que sólo tenía un momento. Sólo un momento mientras el hombre estaba distraído. Se dio la vuelta y se arrastró a lo largo de la pared, oyendo las voces enfurecidas que cada vez gritaban más detrás de ella. Le dolía todo el cuerpo y le parecía que la cabeza le pesaba demasiado. Fue palpando el camino, mientras los sonidos empezaban a crear un eco desagradable. Sus dedos tocaron la fría piedra y luego el calor de la madera.

—¡He dicho que la dejes! ¡Sólo es una pobre desgraciada! ¡Xena se ha quedado con ella y la ha convertido en su compañera de cama, no en su confidente! —vociferó Toris—. ¿Y yo soy un idiota? ¡El idiota eres tú! ¡Podíamos haberla usado para introducirnos en los aposentos de Xena!

El ruido de los cuerpos al forcejear le causaba un impacto casi físico. Gabrielle se levantó centímetro a centímetro, hasta que notó el picaporte de la puerta bajo los dedos. Cayó hacia atrás y tras un largo y terrible momento en que se negó a moverse, de repente se abrió hacia dentro acompañada de una ráfaga de lluvia fría.

La atravesó a rastras y salió a los elementos. Las piedras heladas bajo sus dedos estaban mojadas y se resbaló en ellas, le fallaron las rodillas y cayó boca abajo por las escaleras dando tumbos duros y dolorosos hasta el patio de abajo.

Aturdida, se quedó allí tumbada un momento, intentando recuperar el aliento. Oyó voces por encima de ella, gritando en la tormenta, y eso la azuzó. Se puso dolorida a cuatro patas y se alejó a rastras, doblando la esquina del corral de ganado y desapareciendo de la vista de la puerta.

¿Y ahora qué? Gabrielle se llevó una mano a la frente y sintió calor y cuando se miró la palma, vio la mancha roja que se llevaba la lluvia. Necesitaba ayuda. Alzó los ojos y miró a su alrededor, sin ver nada más que los desnudos muros grises. No había ayuda para ella, pensó su mente sin emoción. Echó la cabeza ligeramente hacia atrás y miró hacia la torre.

No había ayuda. Aquí estaba sola. No podía confiar en nadie. Ni siquiera en Toris. La había ayudado, sí, pero sólo para poder usarla para sus propios fines.

Un dolor agudo le atravesó la cabeza y gimió, incapaz de contener el ruido. Luego clavó los ojos en las estrechas escaleras que subían hasta la pasarela de la torre y empezó a arrastrarse penosamente. Sabía que sólo había un lugar donde podía esconderse.

Un lugar donde tal vez no vinieran a buscarla.


La puerta se cerró tras la alta figura de Alaran. El jefe de seguridad le había prometido seguir el rastro de los arqueros y con mucha delicadeza, con mucha cautela, había reñido a Xena por no decírselo antes.

—¿Se lo tendría que haber dicho? —preguntó Xena al techo—. Se supone que tiene que saberlo todo.

Pero no lo había sabido. Lo cual, bien pensado, no era malo, porque si él no lo sabía, tal vez nadie más lo sospechaba tampoco.

Ya, ya. Da igual. Xena echó una mirada fulminante a la puerta, notando que empezaba a enfurecerse. Ceñuda, miró la vela, que se había consumido casi una marca entera desde que se había marchado Gabrielle. ¿Tanto follón había en las cocinas?

Sintió un escalofrío por la espalda. Irritada, se volvió y cerró las ventanas.

A lo mejor Gabrielle le estaba preparando algo especial. Parecía de las que hacían ese tipo de cosas, razonó Xena. Un poco de melón, tal vez. O más hidromiel. Chasqueó los dedos. Seguro que era eso.

La vela siguió ardiendo, consumiéndose más.

Sin ni siquiera darse cuenta, Xena había empezado a dar vueltas. A pesar del dolor que la sacudía a cada paso, sentía el impulso de moverse, empujada por algo inefable dentro de ella que clamaba por salir. A la ventana, de vuelta a la puerta, de vuelta a la ventana. Se apoyó en la ventana, casi sin aliento, contemplando la lluvia. Fuera, el mundo era gris e informe, pues la lluvia hacía casi invisibles las estructuras.

Y luego se volvió, con toda esa confusión hecha un nudo centrado en sus entrañas en torno a un solo pensamiento. ¿Dónde estaba Gabrielle? Con un leve suspiro de irritación, recorrió una vez más la habitación y esta vez no se detuvo en la puerta. La abrió de un tirón y salió por ella, dirigiéndose a las escaleras que bajaban a la cocina. Cuando ya había bajado dos escalones, un ruido la detuvo.

Echó la cabeza a un lado y escuchó atentamente, pero no volvió a oírlo. Xena se volvió y reemprendió la marcha, pero algo la detuvo, se dio la vuelta una vez más y subió de nuevo al vestíbulo circular. Se colocó en el centro mismo, bajando la cabeza ligeramente para concentrarse.

Nada. Xena frunció el ceño, preguntándose si había perdido la cabeza. Respiró hondo y entonces sus instintos la envolvieron suavemente, empujándola hacia la puerta exterior. Los siguió como siempre hacía, confiando en ellos cuando no podía confiar en nada más. Su mano se posó en el picaporte y lo movió, abrió la puerta y salió a la pasarela azotada por la lluvia. El frío gélido le dio en la cara y estuvo a punto de retroceder, pero ese mismo instinto la impulsaba a seguir, y a pesar de la agonía que le suponía cada paso, salió a la lluvia.

Agachó la cabeza y apartó la cara de lo peor del aguacero y sus ojos se posaron en la puerta interior de madera que llevaba al patio de debajo. Vaciló y entonces sus oídos captaron de nuevo el sonido que la había alertado.

Un gemidito. Como un cachorrito que se hubiera perdido y estuviera llamando a su madre. Xena fue a la puerta y la abrió, mirando los escalones de piedra. Parpadeó para quitarse la lluvia de los ojos y divisó una pequeña figura acurrucada hacia la mitad de la escalera. Una oleada ardiente de sangre le calentó la piel y un ataque de urgencia hizo desaparecer el dolor en cuanto Xena echó a correr escalones abajo, manteniendo el equilibrio más por un milagro de agilidad innata que por un esfuerzo consciente.

Al alcanzar a esa pobre figurita acurrucada, ésta alzó la cabeza, con el pelo claro oscurecido por la lluvia lacerante, y la miró, con unos neblinosos ojos verdes asustados que al encontrarse con los suyos perdieron el miedo al tiempo que una mano temblorosa se alargaba hacia ella con gesto de súplica.

—Xe...

Y así sin más, bajo aquella lluvia fría, Xena sintió que algo cambiaba en su interior. Un muro que había levantado a lo largo de años de penalidades se vino abajo al caer de rodillas en los escalones y agarrar esa mano que se alargaba hacia ella, tirando de Gabrielle al tiempo que un trueno estremecía el cielo por encima de ellas. Envolvió a la chica en sus brazos protectoramente, notando que las manos de Gabrielle se aferraban a su túnica.

—Tranquila —se oyó decir a sí misma.

—E... —La chica luchaba por hablar—. F... ff...

—Ya te tengo —le dijo Xena—. Ya estás bien.

Gabrielle temblaba, y se pegó más a ella y hundió la cara en la túnica de Xena.

Xena miró a su alrededor, agachando la cabeza para escapar del diluvio mientras repasaba sus opciones. Sí. Tenía a Gabrielle. Ahora la pregunta era: ¿qué iba a hacer con ella? Sus ojos subieron por las escaleras y luego volvió la cabeza para contemplar a la figura silenciosa que tenía prácticamente subida a su regazo.

Maldición.


Xena abrió la puerta de una patada, sacudió la cabeza para quitarse el pelo mojado de los ojos y cruzó la habitación hasta la cama. Depositó con delicadeza sobre las sábanas el cuerpo chorreante que llevaba en brazos y luego cayó de rodillas a su lado cuando el dolor se impuso por fin a su resistencia. Sus manos aferraron las sábanas, dejando manchas rojizas, y se quedó allí de rodillas, jadeando largo rato.

—Aaajj —Por fin soltó un resoplido de hartazgo y levantó la cabeza, con la agonía controlada.

Lo primero era lo primero. Se puso de pie, fue a la puerta y la cerró. Luego se quitó la túnica empapada que llevaba y se puso una camisa, se pasó los dedos por el pelo con impaciencia al tiempo que cruzaba de nuevo la habitación y sacó su equipo del baúl. Regresó a la cama y se acomodó al lado en el suelo, apoyando los codos en la superficie y examinando a su pequeño y empapado premio.

Gabrielle tenía los labios azules y temblaba visiblemente. Abrió los ojos con dificultad y se encontró con la cara de Xena, fijó en ella la vista y se le dilataron los ojos un poco.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Xena con firmeza.

Los labios se abrieron para responder, pero a Gabrielle le castañeteaban los dientes demasiado para decir nada inteligible y al cabo de un momento cerró la boca con fuerza y a continuación los ojos. Con impaciencia, Xena la tapó con las mantas, envolviéndola en seda y plumas de ganso. Vio unas contusiones en la cara de la chica y por lo menos un corte en el cráneo, cuya sangre manchaba su pelo rubio de un marrón rojizo. Ella misma apretó la mandíbula al ver estas lesiones. Parecía que a la chiquilla la hubiera arrollado un carro de provisiones.

Cogió la cara de Gabrielle entre las manos. Notó el frío gélido en las palmas y oyó un leve suspiro de alivio que brotaba del pecho de la chica cuando sus manos le calentaron la piel fría.

—Eh. —Xena bajó la voz. Los músculos rígidos que notaba bajo los dedos se relajaron un poco. Frotó delicadamente las mejillas de Gabrielle con los pulgares y al cabo de un momento, abrió los ojos de nuevo y se le llenaron de una extraña emoción que Xena no reconoció.

Pero era curioso el calor que sintió ella por dentro al verlo.

—¿Mejor? —preguntó Xena.

Gabrielle asintió débilmente.

—¿Qué ha pasado? —dijo Xena, volviendo a su primer objetivo—. ¿Qué Hades hacías ahí fuera? ¿Huías?

La chica asintió de nuevo.

—¿De qué? ¿De mí? —preguntó la reina, encogiéndose por la extraña punzada que sintió en el pecho al preguntar eso.

—N... no... —balbuceó Gabrielle—. F... fui a l... —Volvieron a castañetearle los dientes—. Lo ss... siento. Frío.

Xena la arropó mejor.

—Fuiste a la cocina y te atacaron —adivinó.

Gabrielle asintió.

—¿Por qué? —insistió Xena. Sabía que había que ocuparse de las heridas de la chica, pero primero necesitaba la información.

—Querían saber tu secreto —le dijo Gabrielle.

¿Mi secreto? Xena frunció el ceño.

—¿A qué se referían?

Gabrielle meneó la cabeza.

—No sé —susurró—. Sólo dijeron que estaba pasando algo y que yo tenía que decirles lo que era.

Ah. Xena maldijo por dentro. Con lo bien que creía que lo estaba ocultando. Minúsculos cambios en su programa, pequeñas alteraciones en su modo habitual de hacer las cosas: eso había bastado para que empezaran a circular rumores, y encima ella misma les había dado alas al quedarse con la pequeña Gabrielle.

—Así que se lo dijiste —resumió—. Está bien. —Su cerebro se puso en marcha, cambiando sus planes de acuerdo con estos nuevos y desagradables acontecimientos.

La chica la miró débilmente. Sacó la mano de las mantas y cogió la de Xena.

—No —dijo—. No se lo dije.

Los procesos mentales de Xena se pararon en seco.

—¿Qué? —Miró con más atención a su joven paciente—. ¿Qué quieres decir con que no se lo dijiste? Te pegaron, ¿no? ¿O es que todo eso te lo has hecho cayéndote por la puñeteras escaleras?

Los ojos de Gabrielle se abrían y cerraban con dificultad.

—No se lo dije —susurró—. No... lo juro... —Alzó la voz—. Les dije... les dije... que no hablabas conmigo —consiguió decir con voz ronca—. Y entonces... —Se llevó la mano a la cabeza.

Xena se la cogió y se la sujetó.

—Y entonces te pegaron.

—Sí —asintió Gabrielle suavemente—. Ay.

Oh, chiquilla. Xena suspiró.

—Está bien. —Abrió su equipo—. A ver qué te han hecho. —Examinó la cabeza de Gabrielle con cuidado, deteniéndose al oír la rápida exclamación sofocada cuando sus dedos tocaron una gran inflamación justo encima de la oreja derecha de la chica. Apartó la mano y vio que la tenía cubierta de sangre—. Qué bonito. —Torció el gesto—. Cabrones estúpidos. Me pregunto si por esto debería abrirlos en canal primero y arrancarles los intestinos después o meterles la mano por la garganta y hacerlo desde dentro.

Gabrielle tragó sonoramente.

Xena la miró.

—No me irás a decir que sientes lástima por ellos, ¿verdad? —preguntó—. No me decepciones, Gabrielle. —Sus manos se movieron por la cabeza de la chica, limpiando la herida y el pelo pegado de alrededor. Se acercó más para ver mejor y parpadeó al notar la corriente cálida del aliento de Gabrielle a través de la tela ligera de su camisa—. No... me decepciones —repitió, con tono más suave.

Gabrielle se quedó callada unos segundos.

—Si les haces daño por hacerme daño a mí... ¿quién gana en realidad? —preguntó por fin.

—No se trata de ti —le dijo Xena, haciendo una mueca al examinar una larga raja que tenía Gabrielle encima de la oreja—. Se trata de mí. Siempre se trata de mí. Recuérdalo. —Decidió que darle puntos mientras la chiquilla estaba consciente no era algo que quisiera hacer y se conformó con limpiar bien la herida y vendarla—. He hecho correr la voz de que eres mía. Si te hacen daño y no reciben un castigo por ello, la que pierde soy yo. —Le dio un golpecito a Gabrielle en la barbilla—. Y no me gusta perder.

—Oh.

—¿Qué más? —preguntó Xena bruscamente.

Gabrielle frunció el ceño y alzó vacilante la mano para tocarse la cabeza.

—Mm...

Xena volvió a cogerle la mano y se la bajó a la cama.

—No te toques. ¿Qué más te duele? —Dio la vuelta a la mano de la chica y le examinó el brazo y luego el otro. Tenía moratones y rasguños cerca de los codos por la caída, pero nada que pareciera serio.

Gabrielle la miró desconcertada, pero no hizo nada para protestar por el tratamiento.

—Te he mojado las sábanas —murmuró.

—Pues sí. Unos azotes con un fideo blando y a la cama sin cenar. —Xena continuó examinándola—. ¿Te duele ahí?

—Ay.

—Parece que sí. Parece que te has fracturado una costilla. —Xena meneó la cabeza—. Cabrones. —Se echó hacia atrás y apoyó los codos en la cama.

Se quedaron mirándose un rato en un silencio algo incómodo.

—Gracias por venir a ayudarme —dijo Gabrielle por fin, mordisqueándose el labio inferior—. Subir esas escaleras era bastante difícil.

—Mmm. —Xena la miró atentamente—. Podías haberte metido en los almacenes —dijo—. O haber salido al patio por la puerta exterior desde allí. ¿Por qué se te ocurrió subir las escaleras? —Esperó a que Gabrielle respondiera, curiosa por saber qué iba a decir la chica.

Los dedos manchados de sangre trazaron despacio un dibujo al azar sobre las sábanas de seda y Gabrielle lo siguió con los ojos casi como hipnotizada, hasta que por fin echó la cabeza a un lado y levantó la mirada.

—Yo... —Dudó—. Sabía que necesitaba ayuda.

Xena enarcó las cejas bruscamente.

—¿Y se te ocurrió subir aquí? No tengo fama de ayudar a las esclavitas con problemas, Gabrielle —le dijo a la chica—. Grave error.

Pero esta vez, los cálidos ojos verdes no se amedrentaron. Bajaron a la superficie de la cama y luego subieron despacio hasta el pelo de Xena, empapado por la lluvia. En la cara de Gabrielle apareció una leve sonrisa, casi pícara.

—Pero estaba en lo cierto, ¿no?

Xena estrechó los ojos y se acercó.

—¿Eso crees? —preguntó, con tono peligroso.

—Sí —susurró Gabrielle, sin dejar de sonreír.

—Pues te equivocas —dijo Xena—. Había salido a dar un paseo y tú estabas en medio. Tenía que apartarte.

Gabrielle miró hacia la ventana, azotada por la lluvia.

—Me gusta pasear bajo la lluvia. ¿Algún problema con eso, esclavita?

Gabrielle volvió a mirar a Xena a la cara.

Xena suspiró y apoyó todo su peso sobre los codos encima de la cama. Prácticamente pegó la nariz a la de la chica.

—Escúchame bien —gruñó—. Si alguna vez le dices a alguien que he hecho esto, te convierto en abono para ovejas. ¿Entendido? —Miró ferozmente a Gabrielle, indignada cuando en los ojos que la miraban apareció un leve destello risueño.

—Vale —asintió Gabrielle suavemente—. Jamás se lo diré a nadie, lo prometo.

Seguían nariz con nariz. Xena advirtió por primera vez unas pequeñas motas doradas en las profundidades de los ojos de Gabrielle.

—Pues muy bien —dijo—. A ver si nos entendemos.

Gabrielle respiró hondo un par de veces antes de responder.

—Nos entendemos.

—Bien. —Xena se irguió, sofocando un improperio cuando su espalda protestó. Se puso en pie despacio y recogió su equipo, pero luego lo dejó otra vez donde estaba—. Podríamos necesitarlo más tarde —le dijo a Gabrielle—. ¿Te duele la cabeza?

—Eh... sí —dijo Gabrielle—. Me duele casi todo.

—Te han sacudido en la cabeza —le dijo Xena—. Dentro de nada, te vas a encontrar mucho peor.

—Mm. —Gabrielle ya se sentía peor. Tenía el estómago atenazado y le empezaba a subir un lento dolor ardiente por el costado, donde se había chocado con las escaleras—. Y ni siquiera te he traído el desayuno.

Sorprendentemente, Xena se echó a reír por lo bajo.

—Baja la cabeza y relájate. Yo me ocupo del desayuno. —Hizo una pausa y el humor desapareció de su rostro—. Y de otras cosas. —Puso la mano sobre la cabeza de la chica y le pasó los dedos ligeramente por el pelo rubio casi seco—. Como me has mojado las sábanas, te toca dormir en ellas. Quédate aquí. No te muevas.

Mojada o no, eso le pareció maravilloso.

—Está bien —asintió Gabrielle.

—Era una orden, no una petición, Gabrielle. —Xena le tiró suavemente de un mechón de pelo—. Intenta recordar que soy una mujer despiadada, sin corazón y con conocidas tendencias homicidas, ¿vale?

—Sí, señora. —Obedientemente, Gabrielle cerró los ojos y dejó que se le relajara el cuerpo en la blandura de la cama.

—¿Gabrielle?

La chica la miró.

—¿Cómo se llamaba?

Gabrielle meneó la cabeza.

—No lo sé —contestó con sinceridad—. Nunca lo había visto —añadió—. Era... mm...

—¿Grande y feo? —sugirió Xena.

—Algo así, sí —dijo Gabrielle—. Tenía... tenía barba. Olía mal.

Xena torció el gesto.

—Recuérdame que empiece a pedir más esclavas pequeñas y bonitas —murmuró—. ¿Algo más que notaras? ¿Algo que dijeran?

Gabrielle trató de recordar.

—Sólo que sabían que ocultabas algo... uno de ellos... entró y trató de detener al tipo grande. Dijo que podrían haberme usado para entrar aquí, para llegar a ti. —Miró a Xena—. Pero yo nunca les habría dejado.

La reina la miró desde arriba con una sonrisa triste.

—¿En serio? —Volvió a revolver el pelo rubio de Gabrielle—. Seguro que los habrías parado en seco, ¿eh?

Gabrielle reconoció lo improbable que era con su propia sonrisa.

—Descansa —ordenó Xena con firmeza.

Las pestañas rubias se cerraron despacio.

Xena se quedó mirándola un momento, con los dedos aún enredados en el pelo de Gabrielle. Luego movió los hombros y retrocedió un paso, con un ceño pensativo.

Sus ojos se pusieron fríos como el hielo. Flexionó las manos y se dirigió a su vestidor.


Los esclavos estaban todos alineados en el patio del ganado, bajo la lluvia. Temblaban, mirando asustados a los guardias apostados junto a los muros, cada uno de ellos con una ballesta bien engrasada.

Hombres de Xena, todos ellos. Llevaban la característica insignia de la cabeza de halcón en la parte derecha del pecho, un siniestro blasón amarillo que los señalaba como su guardia personal.

La puerta de las cocinas se abrió de golpe y apareció Alaran, que avanzó y miró a su alrededor antes de volverse y asentir. Seguía bajo el alero del tejado, pero apenas, y algunas gotas de lluvia oscurecían su armadura de cuero.

Silueteada a la luz de las antorchas, apareció Xena.

Se colocó en el umbral y se detuvo, mirándolos a todos con ojos fríos.

—Esto va a ser muy sencillo —dijo—. También puede ser breve o durar toda la tarde. A mí me da igual. Depende de vosotros.

Se la quedaron mirando.

—Uno de vosotros ha pegado a mi doncella —dijo Xena—. O el que lo ha hecho da un paso al frente o lo empujáis vosotros, o empiezo por este extremo de la fila y os voy matando a todos hasta que aparezca o estéis todos muertos.

Las figuras empapadas se movieron y se miraron entre sí. Varios de ellos gimotearon.

—Estoy esperando. —Xena juntó las manos con serenidad—. Voy a contar hasta diez. —Miró a Alaran—. ¿Tienes la ballesta preparada?

Alaran alzó el arma, apoyó la culata en la rodilla y la amartilló.

Estalló un trueno.

—A lo mejor tenéis suerte y Zeus me indica la dirección correcta —comentó Xena—. Moriréis más rápido si lo hace él.

Nadie se movió.

—Muy bien —sonrió Xena—. Empieza por ése. —Señaló a un hombre fornido y con barba.

—Ama. —Alaran levantó el arma y se colocó la culata en el hombro. Apuntó y luego apretó el gatillo con un tirón curiosamente delicado.

La flecha alcanzó al esclavo en la garganta. Cayó con un áspero gorgoteo, aferrando la flecha con las manos. Pataleó, salpicando a los de alrededor de agua fangosa.

Xena observó, esperando a que los gruñidos y el gorgoteo terminaran antes de devolver su atención a los esclavos.

—¿El siguiente? —preguntó, con tono humorístico. Todos temblaban, grises por la lluvia y casi indistinguibles—. ¿No? Vale. —Señaló de nuevo—. Ésa. —Su dedo señalaba a una mujer mayor.

Alaran terminó de amartillar la ballesta, luego la alzo y apuntó, con el rostro frío como una máscara.

—Ama.

Justo en ese momento un cuerpo pesado tropezó hacia delante y cayó a los pies de Xena, salpicándola de barro. Ella bajó la mirada.

—Ah.

El hombre se dio la vuelta rodando y miró enfurecido hacia atrás.

—¡Cabrones! —gritó—. ¡Traidores asquerosos! Malditos, maldi...

Xena se hartó del ruido y le pegó una patada en la cabeza. El hombre volvió a caer boca abajo en el barro. Lo miró con un leve desconcierto.

—Y yo que pensaba que primero tendría que cargarme a media docena. Parece que no te querían tanto como creías. —Sus ojos se posaron en sus hombres—. Levantadlo.

Los soldados obedecieron al instante, agarraron al hombre y lo pusieron en pie, sujetándolo quieto al tiempo que le daban la vuelta para mirar a Xena.

—Zor...

—Ah-ah. —Xena se movió como el rayo que centelleaba encima de ellos. Lo agarró de la garganta y tensó los dedos, cortándole el habla. Miró por encima del hombro a los esclavos reunidos y tiró de él hacia un lado, para que vieran bien—. ¿Todo el mundo está mirando?

—Ama. —Alaran se acercó—. Permíteme.

Xena se limitó a mirarlo. Luego se echó a reír y dejó que su otra mano surgiera de la manga, revelando su puñal preferido.

El esclavo empezó a forcejear. Xena le clavó la mirada con ferocidad.

—Ah... así que ahora tienes miedo, ¿eh? —se burló—. Cuando no se trata de una chiquilla bonita a la que estás pegando.

Él soltó un gruñido grave.

—Mi chiquilla bonita —gruñó a su vez Xena—. Ponedle la mano en la pared.

Los soldados le estiraron el brazo y obedecieron. Xena le incrustó el puñal en la muñeca, sintiendo la conmoción que atravesaba el cuerpo del hombre. Empujó con más fuerza, luego tiró hacia abajo y hacia arriba, cortando huesos y tendones. Sacando el puñal de un tirón, se lo entregó al soldado, luego agarró la mano del esclavo y se la arrancó directamente del cuerpo.

Con gesto descuidado, la tiró por encima del hombro.

—Ahora. —Le soltó la garganta—. ¿Quién es tu papá?

El hombre chilló. Xena alzó la mano y le pegó un puñetazo en la boca. Él dejo de chillar.

—Repetimos —dijo ella—. ¿Quién te ha comprado?

Él sacó la lengua con gesto agónico.

—¿Quieres perder eso también? —preguntó Xena.

—B... —dijo el hombre medio ahogado—. Bregos.

—Vaya —suspiró Xena—. Y yo que esperaba que fuera la cocinera. —Volvió a agarrarlo de la garganta—. Me estoy hartando de sus recetas.

Él tenía los ojos casi desorbitados. Con la rapidez de un halcón, Xena le pegó una puñalada en la cara: la hoja entró y salió de su ojo en un instante. La sangre salió despedida hacia fuera y el hombre intentó gritar. Los soldados lo mantuvieron inmovilizado. Xena atacó de nuevo, cortándole el otro ojo.

La sangre le caía por la cara, empapando la mano que todavía le aferraba la garganta.

—Pe... te... te lo he dicho...

—Ya. —Xena se rió entre dientes—. Pero yo no te he dicho que te fuera a dar nada por ello. —Apretó la mano, aplastándole la tráquea.

Ya no podía ni gritar, pero su pecho seguía moviéndose.

Xena bajó el cuchillo, luego dio un paso hacia delante y hundió la punta en su tripa. Lo giró despacio y luego tiró hacia arriba, haciéndole un agujero y arrancando un grito torturado de su pecho a pesar de la mano que seguía sujetándolo.

Entonces lo soltó y alargó la mano con el cuchillo bajo la lluvia, dejando que le limpiara la sangre.

—Colgadlo en la puerta —le ordenó a Alaran, antes de volverse de nuevo hacia los esclavos—. Allí morirá bien despacio. Podéis mirar, si queréis. —Les sonrió—. Hoy está lloviendo, así que podéis aprovechar el entretenimiento gratuito.

Los esclavos estaban apiñados muertos de terror, negándose a mirarla a los ojos. Dos de los más cercanos sollozaban histéricamente.

—¿No? —Xena sacudió las últimas gotitas de sangre de su puñal—. Bueno, ya no voy a tener que preocuparme de que nadie vuelva a molestar nunca más a mi amiguita, ¿verdad? —Paseó su mirada de halcón por la muchedumbre. Todos agacharon la cabeza—. Bien —dijo—. Porque si alguien lo hace, haré que lo que le ha pasado a él parezca un chiste.

Dejó que sus palabras causaran efecto. Luego lamió una gota de lluvia de la punta del puñal y se rió entre dientes.


Gabrielle se despertó al oír un fuerte trueno. Abrió los ojos parpadeando y miró a su alrededor totalmente confusa por un momento, incapaz de reconocer su entorno.

Entonces sintió el dolor y lo recordó.

Con un quejido, volvió a apoyar la cabeza con precaución en la almohada, aspirando una bocanada de aire llena de olores poco conocidos. La herida del cráneo la estaba matando. Se la tocó con la mano y sus dedos palparon con cautela los contornos bajo el vendaje que le había puesto Xena.

Xena. Los pensamientos de Gabrielle viraron y siguieron por un camino totalmente distinto. Su inverosímil salvadora. Sabía que Xena debía de haber cargado con ella escaleras arriba y Gabrielle sabía que eso debía de haberle dolido. Si cerraba los ojos, casi recordaba el trayecto, con su cuerpo tembloroso de frío pegado al de Xena mientras la reina subía corriendo las escaleras.

Qué fuerte era, recordó haber pensado Gabrielle. Los brazos que la sujetaban no temblaban y el corazón que oía por tener la oreja pegada a Xena sonaba firme.

Qué segura se había sentido.

De qué forma tan delicada la había tocado Xena, al calentarle las mejillas.

Qué sensación tan extraña. Gabrielle se quedó ahí tumbada, llena de diversas emociones que alejaron el dolor por un instante. Ni siquiera sabía qué era lo que sentía, salvo que le cortaba la respiración con un dolor que parecía surgir de su misma alma.

Era como tener hambre, pero sin saber de qué.

Deseó que Xena regresara y al pronunciar esas palabras mentalmente, Xena regresó. La puerta se abrió y ella se puso de lado con mucho dolor, para ver a la reina que avanzaba vestida con una túnica suelta de seda negra.

Xena fue a la palangana de agua que estaba sobre la cómoda y se lavó las manos, usando el jabón de olor ligeramente especiado que había al lado.

—Bueno —le dijo a Gabrielle—. ¿Cómo te sientes?

Gabrielle se chupó los labios, que tenía secos y ásperos.

—Sedienta.

Xena la miró por encima del hombro, con los claros ojos azules aún inmersos en una tormenta que iba cediendo.

—Ah. —Fue a coger un odre lleno de algo que gorgoteaba y volvió a la cama—. Se me olvidó dejarte esto.

—¿Cómo te sientes tú? —preguntó Gabrielle con timidez, cogiendo el odre.

—Como una persona a la que le han disparado una flecha en la espalda y ha tenido que pasarse el día cargando con lindas esclavitas rubias. ¿Por qué? —Los labios de Xena esbozaron una sonrisa divertida al ver cómo se sonrojaba Gabrielle. Se sentó en una silla al lado de la cama y poco a poco fue soltando la fiera tensión, contemplando con fascinación distraída cómo se agitaban y doblaban sus dedos por su propia voluntad.

Gabrielle aspiró por la boquilla del odre y tragó el agua con sensación de alivio. Sus ojos vagaron un poco y de repente advirtió una mancha seca de color rojo en el brazo de Xena.

Sangre.

Miró el perfil de Xena, cuyas facciones destacaban a la luz apagada y tormentosa que entraba por la ventana.

—¿Has...? —Vaciló, pues no sabía qué preguntar, ni si quería saberlo.

Xena volvió despacio la cabeza y la miró.

—¿Que si he hecho qué, Gabrielle? —preguntó con tono frío—. ¿Que si he encontrado al que te atacó? —Vio el parpadeo de la chica—. Ah, sí. Lo he descubierto. ¿Quieres saber lo que le ha pasado?

Gabrielle tragó, deseando retirar la pregunta. No quería saberlo. Sabía que era algo malo, sabía que era culpa suya. Entristecida, se limitó a levantar la cabeza y mirar a Xena en silencio.

Y se quedó pasmada al descubrir no una burla, sino una apacible y distante compasión en los ojos de la reina.

—Muchas de las cosas que hago, las hago porque es lo que tengo que hacer para conservar el poder en mis manos, Gabrielle —dijo Xena—. No voy a mentirte diciéndote que no me gusta. Sí que me gusta —añadió—. Pero todo es por una razón. Si tengo que sacrificar unas cuantas vidas para mantener el control, lo haré.

Gabrielle tomó aliento y lo soltó.

—No se trataba de ti —insistió Xena en voz baja—. Tú no has causado el destripamiento de este hombre ni su muerte. Lo he hecho yo, y lo he hecho porque lo que hizo iba en contra de mi voluntad y eso no lo puedo tolerar. ¿Me comprendes, Gabrielle?

La chica asintió en silencio.

Xena alargó la mano y le tocó el pelo, notando que la chica se encogía. Le sorprendió lo mucho que le dolía el gesto y frunció el ceño, turbada por el remolino de emociones que sentía por dentro.

—¿Gabrielle?

Los ojos verdes se posaron despacio en los suyos.

Xena le tocó el vendaje.

—No quería que volviera a pasarte esto.

Gabrielle soltó aliento, mordisqueándose el labio por dentro.

—Todo tiene un precio, ¿verdad?

—Sí, efectivamente.

La chica asintió.

—Lo comprendo.

Xena se relajó un poco.

—Pero no te gusta —adivinó, tirando ligeramente del pelo rubio.

—No —contestó Gabrielle con sinceridad—. No me gusta.

—No pasa nada —dijo la reina—. No tiene por qué gustarte. —Apoyó la mano en la cabeza de la chica, haciendo una leve mueca al notar el calor bajo la palma—. ¿Te duele la cabeza?

—Sí.

Xena quitó la venda y descubrió debajo la inflamación que esperaba.

—Bueno, te propongo una cosa, amiga mía. Ya que sigues coherente, si me echas una mano con mi espalda, veré qué puedo hacer con esto. ¿Vale?

Amiga mía. Gabrielle volvió a sentir el confuso torbellino de emociones. ¿Lo era?

¿Quería serlo?

Miró a Xena y de repente, por primera vez, al mirar a esos ojos distantes, consiguió atravesar el hielo, por un segundo, y descubrió otra cosa allí al fondo que la miraba a su vez.

Una persona.

—Vale. —Gabrielle tomó su decisión—. Pero date prisa. No me encuentro muy bien.

Xena se levantó y se quitó la túnica, luego se arrodilló al lado de la cama, presentando su espalda desnuda a los ojos de Gabrielle. Le pasó el equipo que tenía en la mesa y apoyó los codos en la rodilla, frotándose con los dedos la sangre seca del brazo y observando las escamas rojizas que caían al suelo.

Gabrielle trabajó en silencio unos minutos, tocando la piel de Xena con delicadeza y suavidad.

—Mm... ¿Xena?

—¿Sí?

—Lo tienes otra vez todo rojo.

Maldita sea.

—Sí, eso me parecía.

—Estamos las dos hechas un desastre, ¿eh?

Xena suspiró.

—Sí. —Se volvió y miró por encima del hombro—. Pero lo superaremos.

Sorprendentemente, para ella, Gabrielle sonrió a pesar del evidente dolor que sufría. De la misma manera, Xena le devolvió la sonrisa.

Fuera, la lluvia seguía cayendo, lavando la sangre que manaba de la figura colgada en la puerta, cuya cabeza ya se había doblegado a la muerte.


—Ama, hay mucho malestar. —Stanislaus se retorció las manos.

—¿Y? —Xena estaba sentada en su silla, en la estancia pública. Toqueteó sin ganas un racimo de uvas—. Es el tiempo. Después del torneo de mañana, todo se calmará.

—Pero, ama...

—Stanislaus. —A Xena se le habían agotado sus siempre escasas reservas de paciencia—. Lo sé. Déjalo —le ordenó—. Sé lo que trama Bregos. Mañana, me ocuparé de ello, y si alguien sigue sintiendo malestar después de eso, más le vale sentir ese malestar muy, muy lejos de aquí.

—Los esclavos están agitados, ama. Después de lo de esta mañana. —Stanislaus se enfrentó a su genio, cosa rara en él—. Estoy preocupado.

Xena lo miró.

—Vale. —Contempló una uva—. Ve abajo y diles que si vuelvo a oír que están molestos, volveré a bajar en persona y les daré motivos para que se sientan molestos de verdad. —Lo miró con frialdad—. No estoy de humor, Stanislaus.

Él suspiró.

—Ama.

Un ligero golpe en la puerta señaló una agradable interrupción.

—Adelante.

Se abrió la puerta y entró Alaran, que echó una mirada severa a Stanislaus mientras cruzaba la estancia y doblaba la rodilla ante Xena.

—Ama, tengo noticias. —Llevaba una bandeja, que dejó en la mesa cuando se alzó.

Xena lo miró enarcando una ceja.

—Mis hombres han sabido algo de los hombres que estaban en las murallas.

Xena sintió un picor en los omóplatos.

—Ah. —Juntó los dedos—. ¿Y?

—Han escapado, ama. Huyeron de la fortaleza esa misma noche. —Alaran parecía decepcionado—. Mis espías me dicen que no sabían si su misión había tenido éxito o no.

Algo que había salido bien. Xena se relajó en su silla.

—Está bien. ¿Has enviado a alguien tras ellos?

—Sí, ama. Dos de mis mejores hombres —le aseguró su jefe de seguridad—. Los traerán de vuelta. Vivos o hechos pedazos, según se presenten las cosas.

Stanislaus se encogió disimuladamente.

—Buen trabajo —dijo Xena, felicitando a Alaran—. Comunícame cualquier noticia que recibas.

—Muy bien, ama —asintió Alaran—. No eran soldados —añadió—. Eran de las provincias exteriores y llegaron aquí unos días antes que Bregos.

—No me digas —murmuró Xena—. ¿De las zonas recién conquistadas?

—No. —Alaran meneó la cabeza—. De Tracia.

—¿Tracia? —Xena tamborileó con los dedos sobre el brazo de la silla—. ¿Quién será su dueño, me pregunto? —dijo pensativa—. Da igual. Lo averiguaremos —decidió—. Quiero dos hombres fuera de la puerta de mis aposentos privados, Alaran, durante la cena.

Él asintió.

—¿Para proteger a la pequeña?

Xena vio que Stanislaus fruncía los labios.

—Sí. —Volvió a juntar los dedos—. Sé que ningún esclavo se acercará a ella, pero hay suficientes incertidumbres como para andarse con cautela.

—Ama... —intervino Stanislaus—. ¿Merece la pena hacer algo así por una como ella? —preguntó—. Ya hay tanta alteración...

Alaran carraspeó.

—Su Majestad ya ha contestado a esa pregunta —dijo—. ¿O es que te has perdido la diversión de esta mañana? —dijo con tono áspero.

—No —dijo el senescal—. Ahora mismo le estaba hablando a Su Majestad del malestar de los esclavos por eso.

—¿Malestar? —Alaran se echó a reír—. Tienen suerte de estar vivos para contarlo. ¡Díselo! ¡Idiotas! ¡Mira que hacer caso de las tentaciones de Bregos! —Se puso las manos en las escurridas caderas—. Me parece a mí que ya se han olvidado. Se han acostumbrado a la beneficencia de Su Majestad.

Mm. Xena ladeó la cabeza. La beneficencia de Su Majestad. Sonaba bien.

—Tiene razón —afirmó tajantemente—. Todo el mundo se ha apoltronado y Bregos se ha aprovechado de ello. Ya es hora de reestructurar las cosas, y el combate de mañana será sólo el principio.

Stanislaus irguió los hombros.

—Muy bien, ama. Haré lo necesario para que circule la voz —le dijo—. Tal vez es lo que todos necesitan oír. —Hizo una profunda reverencia, se volvió y fue en silencio a la puerta, la abrió y salió rápidamente.

Xena resopló.

—Qué pedazo de cretino —masculló—. Te juro que ese hombre tiene el cerebro de una babosa del Egeo.

Alaran tosió, controlando una sonrisa.

—Ama, ¿cómo está la pequeña? Mis espías me dicen que la trataron cruelmente.

—Sí, pobrecita —suspiró Xena—. Le dieron una paliza del Hades, pero cerró la boca y no les dijo nada. —Se levantó y, llevada por una sensación de inquietud, se puso a pasear delante de la chimenea—. Se pondrá bien.

Alaran la miraba con ojos curiosos.

—¿Y tú, mi reina?

Xena respiró hondo, sintiendo las cuchilladas de dolor en la espalda.

—Viviré —dijo—. Y mañana, haré lo que tenga que hacer —añadió—. ¿Has comprobado la bandeja?

—Personalmente, ama —le aseguró Alaran.

—Bien. —Xena apoyó las manos a ambos lados de la bandeja, contemplando el contenido tapado—. No tiene sentido tentar al destino. —Levantó la mirada—. ¿Dónde está Bregos?

—En sus aposentos, ama. Esperando a que deje de llover. Sus capitanes y él estuvieron entrenando temprano. Parecían de buen humor. —El jefe de seguridad titubeó—. Los hombres se están empezando a enterar de lo que ha sucedido esta mañana.

—¿Y? —Xena mantuvo la vista clavada en la bandeja.

—Lo que he oído, ama, es que celebran el regreso de la dirigente que conocíamos.

Xena sonrió. Levantó la cabeza y miró a Alaran.


Gabrielle se agitaba en la cama, con el pelo empapado de sudor pegado a la frente. Era evidente que estaba medio perdida en la fiebre y de su garganta salían con dificultad palabras suaves y guturales.

—Maldición. —Xena empujó la puerta para cerrarla y dejó la bandeja en el tocador. Fue a la cama y se sentó, poniendo una mano en el hombro de la chica—. ¿Gabrielle?

—¿Mamá? —susurró Gabrielle—. ¿Eres tú? —Se agarró a los dedos de Xena—. He soñado que estabas muerta. Todos... papá y... —Abrió los ojos parpadeando y miró fijamente a Xena a la cara—. ¿Mamá?

—No —le dijo Xena—. No soy tu madre. —Vio cómo cambiaba la expresión de sus ojos—. No estás en casa.

A Gabrielle se le puso la cara triste y su mirada recorrió la habitación.

—No era un sueño... —Se le quebró la voz—. ¿Verdad? Se han... ido todos. —En su cara apareció una expresión de desesperación y desamparo—. Todos se han ido.

—Sí, se han ido —dijo la reina—. Pero tú estás aquí y... yo estoy aquí. —Colocó la mano libre en la cabeza febril de Gabrielle—. Y en estos momentos estás totalmente ida.

—¿Sí? —gorjeó Gabrielle suavemente—. Me siento rara. —Miró a Xena—. ¿Tú eres mi amiga?

Vaya, muy buena pregunta. Xena observó a la chiquilla con seriedad. Desde luego, ella no era amiga de nadie.

Sin embargo.

—Sí —le dijo Xena—. Ahora mismo, soy lo más parecido a una amiga que tienes aquí, Gabrielle.

Eso pareció apaciguar a la chica. Se tranquilizó, sin dejar de sujetar la mano de Xena, mientras sus ojos verdes inyectados en sangre parpadeaban despacio a medida que se relajaba.

—Vale.

—Yo cuidaré de ti —dijo Xena—. Así que no te preocupes.

La respiración de Gabrielle era más pesada que antes.

—Echo de menos a mamá —susurró—. Nos hacía galletas.

Las palabras la conmovieron de una forma inesperada y le trajeron recuerdos que creía que llevaban muchísimo tiempo enterrados en el polvo.

—Sí. —Xena acarició el pelo mojado de sudor—. La mía también —siguió hablando en voz baja—. Sabes, las estaba haciendo el día que llegaron los soldados y la mataron.

Gabrielle la miró.

—Era mi cumpleaños —añadió Xena, permitiéndose sentir de nuevo aquel horror por un breve instante.

—Oh. —La chica pareció comprender—. Qué horrible.

—Sí, lo fue —asintió la reina—. Ya no celebro mi cumpleaños, desde entonces. —Liberó los recuerdos deliberadamente, desterrándolos de nuevo a las profundidades de su experiencia.

—¿E... echas de menos a tu mamá? —preguntó Gabrielle.

Xena se lo pensó. Luego meneó despacio la cabeza.

—La verdad es que no la recuerdo.

—Oh. —Gabrielle sorbió un poco—. Ojalá yo tampoco.

Xena trazó una línea por la frente de la chica, alisando las arrugas que le marcaban la piel.

—Algún día —prometió—. Un día te despertarás y el pasado habrá quedado en el pasado y tú seguirás adelante.

Gabrielle se aferró a su mano, acercándola y pegando la mejilla a los nudillos de Xena.

—Me duele —dijo—. Todo me duele.

—Sí, lo sé —le dijo Xena—. A ver qué puedo hacer al respecto. —Se soltó con delicadeza la mano de los dedos de la chica y fue a su equipo, sacó varios paquetes de hierbas y los llevó a la bandeja. Destapó la jarra y olió el contenido, gruñendo con aprobación. Echó una porción de los tres paquetes en una de las copas y añadió una cantidad de vino, dándole vueltas para mezclar las hierbas.

Lo olió de nuevo y tomó un trago para probarlo, juzgando el sabor antes de regresar a la cama y sentarse.

—Está bien. —Xena pasó un brazo por debajo del cuerpo de la chica y la levantó—. Ven aquí. Tienes que beberte esto. —Acercó la copa a los labios de Gabrielle—. Vamos. No querrás que me enfade, ¿verdad?

Temblorosa, Gabrielle cogió la copa, se la llevó a los labios y bebió.

—¿Qu... qué es? —preguntó, lamiéndose los labios.

—Vino de moras —le dijo Xena—. ¿Te gusta?

—Mm. —Gabrielle rodeó la copa con la mano—. Bueno.

—Eso es. —Xena cogió la copa cuando terminó y la puso en la mesa. Sonrió ligeramente al ver las manchas moradas que tenía la chica en los labios. Ya se le estaban cerrando los ojos por las hierbas y su cuerpo se relajó por completo apoyado en el de Xena—. Cuando te despiertes, te sentirás mejor. Prometido.

—Prometido —farfulló Gabrielle, apoyando la cabeza en el hombro de Xena.

Durante un rato, Xena se quedó ahí sentada, asimilando la extraña sensación de sujetar a alguien contra ella. A pesar del dolor que tenía en la espalda, le resultaba raro y nuevo tener a esta pizca de esclava a quien cuidar, y Xena quería examinar la sensación.

Era como tener una mascota, decidió por fin. Como el perrito que recogió cerca de Esparta y que tuvo con ella durante una campaña entera hasta que el maldito animal murió destrozado por un jabalí. Recordó que se puso furiosa consigo misma por sentirse mal por ello.

Recordó que se puso furiosa consigo misma por echar de menos al estúpido animal.

Xena miró la cabeza rubia acurrucada en su hombro y recordó el solemne juramento que se había hecho a sí misma de no volver a sentir cariño por nada nunca más. No merecía la pena, se había dicho a sí misma.

¿Y esto merecía la pena?

La mirada turbada de Xena se paseó por la habitación y se posó en la lluvia que golpeaba las ventanas.


PARTE 6


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