4


Gabrielle siguió a la figura en sombras hasta la habitación interior, cerrando la puerta al pasar. Se dio cuenta de que algo iba mal y cuando Xena fue hacia la ventana y se volvió a medias, sus ojos se posaron en una línea delgada y protuberante que le marcaba la parte de atrás de la toga.

—¿Qué...?

Xena se apoyó en la pared.

—Ven aquí.

—Vale. —Gabrielle obedeció deprisa y se detuvo al percibir el fuerte olor a cobre de la sangre—. ¿Estás...? —Así de cerca, vio cómo se tensaban los músculos de la mandíbula de Xena y oyó su respiración levemente fatigosa—. Herida... yo... qué...

—Gabrielle, cállate —la cortó Xena.

Con un chasquido de dientes, Gabrielle obedeció.

Xena tomó aliento. Qué pocas opciones tenía.

—Tengo una flecha en la espalda —continuó Xena, entre dientes—. Necesito que me la saques.

—Que... —Espontáneamente, Gabrielle se acercó más y entonces vio que la delgada línea era, en efecto, el astil de una flecha—. Por los dioses...

—Ni en sueños —replicó Xena—. Esto es obra de agentes más mortales. Coge esto. —Sacó la mano despacio de la toga y la alargó hacia Gabrielle. En ella había un grado de confianza que no se había permitido desde hacía más años de los que quería recordar.

—¿No debería ir a buscar a un sanador? —Gabrielle alargó la mano para coger aquello y se quedó atónita al notar que sus dedos se cerraban alrededor de la fría empuñadura de un cuchillo. Estuvo a punto de dejarlo caer: el peso era sorprendente y soltaba destellos a la luz de las velas al acercárselo más.

—No. —Xena apoyó el hombro en la pared, notando el frío de la piedra en la mejilla—. Haz lo que te diga. Corta la tela alrededor de la flecha. —Estaba helada por algo más que la pared, bien consciente de la afilada hoja que tenía a la espalda.

Vacilando, Gabrielle obedeció, acercándose más para ver mejor lo que hacía. Despegó con cuidado la toga de la piel y usó el cuchillo para cortarla. El ruido de la hoja al cortar la tela le pareció anormalmente fuerte, hasta que cayó en la cuenta de que se debía a que tanto Xena como ella estaban aguantando la respiración. Soltando el aliento, Gabrielle cortó más la toga y destapó la piel alrededor del astil de la flecha.

Era horrible. La punta de la flecha estaba hundida en la carne de Xena y a su alrededor la piel estaba rota y ensangrentada, teñida de un vivo azul moteado.

—Está...

—Feo —terminó Xena por ella—. ¿De qué color es el astil?

Apartando los ojos del agujero, Gabrielle lo miró con atención.

—Amarillo.

—¿Y las plumas?

No se veía bien a la luz de las velas. Gabrielle se acercó más.

—Azules, creo.

Xena maldijo en voz baja.

—No es mi día de suerte. —Rodeó con la mano un trozo de hierro clavado en la pared y se preparó—. Es de doble punta. Coge el cuchillo y corta alrededor del astil hasta que consigas soltarlas las dos.

Gabrielle estuvo a punto de morderse la lengua.

—¿Que corte... alrededor... dentro de ti? —consiguió decir a duras penas.

Los labios de Xena esbozaron una levísima sonrisa llena de dolor.

—Ahí es donde está la puñetera cosa.

Gabrielle se quedó mirando el punto.

—No sé si puedo hacerlo —susurró.

—Claro que puedes —dijo Xena, controlando apenas su genio—. Tienes imaginación, o eso dices. Imagínate que soy una zanca de cordero que estás cortando.

—Pe...

—Gabrielle. —Xena suavizó el tono—. Preferiría no morirme aquí de pie discutiendo contigo. —Se hizo un silencio detrás de ella y luego notó el roce delicado de una mano en el hombro. Por supuesto, un sanador habría sido la solución más razonable, pero ahora mismo Xena no sabía si tenía uno solo en toda su ciudad que no se hubiera vendido.

¿Estaba segura siquiera de esta chiquilla? Casi se echó a reír. Le había dado a Gabrielle motivos más que sobrados para aprovechar la oportunidad que le estaba brindando y... Xena aspiró con fuerza al sentir que el dolor lacerante empeoraba.

—Busca la pluma que tiene una raya negra —dijo—. Las puntas irán en dirección contraria. —Pero se había quedado sin opciones. O Gabrielle la salvaba o la mataba.

Gabrielle acercó más la vela.

—Pon un ratito la punta del cuchillo en la llama.

Gabrielle advirtió que le temblaba la mano al obedecer. El reflejo de la llama en la hoja rebotaba por toda la habitación. Por fin la apartó y vio que el metal se enfriaba, con un color ligeramente ennegrecido. Marcó dónde estaba la pluma de la raya negra y colocó la punta de la hoja sobre la piel de la espalda de Xena. Notó que la superficie se movía cuando Xena tomó una profunda bocanada de aire, y en ese momento se dio cuenta del poder que tenía en la mano.

Podía matar a Xena. Ahora mismo. Lo único que tenía que hacer era abalanzarse con fuerza y Lila quedaría vengada. ¿Lo sabía Xena? Gabrielle levantó la mirada. Xena tenía la cabeza apoyada en la pared y vio los nudillos blancos de su mano aferrada al trozo de hierro. Sus ojos miraban por la ventana y en el reflejo de esa ventana la mirada de Gabrielle se encontró con la suya.

Xena lo sabía.

Gabrielle intentó sonreír con aire tranquilizador. No le pareció que tuviera mucho éxito, de modo que apartó los ojos de los claros destellos azules y se concentró en la tarea que tenía entre manos.

—Lo... lo voy a hacer —dijo—. Ahora.

Xena se apoyó más en la pared y cerró los ojos.

—Adelante.

Se detuvo, tocando la piel de Xena con la punta.

—¿Por qué confías en mí para que haga esto?

Por un momento, Xena se quedó inmóvil, respirando.

—Porque no hay nadie más —dijo por fin—. Hazlo.

Gabrielle clavó los ojos en la flecha y se obligó a mover la mano, obligó a la hoja a entrar en la carne magullada. Apareció una línea de sangre y sintió que se le atenazaba el estómago, pero la superficie que tenía bajo las manos no se movió, ni siquiera se estremeció, y continuó avanzando con el cuchillo. La punta encontró cierta resistencia y entonces notó un ligerísimo encogimiento por parte de Xena.

—Lo siento.

Torció un poco la hoja y cortó alrededor de la punta, liberándola y provocando otro chorro de sangre.

Le tapaba la vista y tuvo que esperar un momento hasta que se detuvo. Luego hundió la hoja de nuevo, más hondo, buscando la segunda punta. Xena estaba inmóvil como una piedra debajo de ella, pero Gabrielle oía la dificultad con que respiraba y sabía que debía de estar haciéndole un daño espantoso. Le empezó a temblar un poco la mano, pero siguió adelante, notando por fin que el borde de la hoja se deslizaba alrededor de la segunda punta.

Soltando aliento suavemente, se puso a trabajar por el otro lado, echando un vistazo al rostro reflejado en la ventana, donde vio el gesto de agonía plasmado en la mandíbula apretada.

—Ya casi —dijo con suavidad. Xena asintió levemente, pero no habló. Gabrielle cortó por el otro lado, aliviada al descubrir que la punta estaba más cerca de la superficie por este lado. Apartó la carne y buscó la última punta, avanzando a tientas, pues el lento flujo de sangre le tapaba toda la vista.

Se le resbaló la mano y notó que el cuchillo se hundía más de lo que esperaba y el cuerpo de Xena pegó una sacudida debajo de ella.

—No... no pasa nada. —Sacó un poco el cuchillo, que rozó la punta de la flecha y por fin la soltó.

El astil de la flecha se movió en su otra mano al sacarlo con cuidado y la punta cubierta de sangre salió limpiamente del cuerpo de Xena.

—Ya está fuera. —Se apresuró a poner la flecha en el alféizar de la ventana, mientras Xena cambiaba de postura y abría los ojos—. ¿Qué hago ahora? —Dejó el cuchillo al lado de la flecha.

Xena miró cansada las armas, con la mente sobrecargada de hacer frente al dolor. Le dolía respirar. Pensar le dolía aún más, y tardó más de lo que le parecía que tendría que haber tardado en asimilar el aspecto de esa flecha junto a ese cuchillo en el alféizar.

—¿Sangra mucho? —preguntó por fin.

—Sí —contestó la voz suave de Gabrielle.

—Coge esa palangana... hay un paño ahí. Echa agua en el agujero.

Eso era más fácil, al menos. Gabrielle cogió el agua e hizo lo que se le ordenaba, escurriendo el paño una y otra vez encima de la herida hasta que poco a poco dejó de salir sangre.

—Ahora, en ese primer cajón, hay una caja. —Xena tenía los ojos cerrados—. Dentro hay una bolsa de polvo y unos paños. Pon el polvo donde tenga peor aspecto y tápalo con los paños.

Gabrielle dejó la palangana, intentando no ver el contenido rojo. Abrió el cajón y encontró la caja que había mencionado Xena, tocando con los dedos una cubierta de cuero labrada gastada por el uso. Abrió la caja y hasta ella llegó un olor a hierbas, extraño y potente, que estuvo a punto de hacerla estornudar. Sacó la bolsa y los paños. En el fondo de la caja había un juego de cuchillos pequeños y delgadas agujas de hueso, que tintinearon suavemente al mover la bolsa.

Llevó los objetos, sacó un puñado de polvo y lo echó con cuidado sobre la herida, que seguía sangrando. Se mezcló con la sangre y oyó que Xena tomaba aliento con fuerza.

—¿Escuece?

—Un poco —murmuró Xena.

Gabrielle dobló los paños y los apretó sobre la herida.

—Ya está.

—Coge ese paño. Véndame con él para sujetarlo todo.

Gabrielle obedeció rápidamente, sujetando el extremo del vendaje y dudando al darse cuenta de que iba a tener que pasar el otro extremo alrededor del cuerpo desnudo de Xena.

—Adelante. No tengo cosquillas —murmuró Xena.

Gabrielle se echó hacia delante, rozando el cuerpo de la reina con el suyo al pasar los brazos a su alrededor, tras lo cual agarró el extremo rápidamente y lo ató bien.

—¿Ya?

—Eso creo. —Gabrielle examinó su labor y luego se echó hacia atrás.

—Bien. —Despacio, Xena se irguió, agarrándose desesperadamente al tiempo que se ponía totalmente blanca. El dolor era increíble, pero ahora podía respirar sin sentir el repugnante tirón de la flecha en su interior. Había otra cosa que también parecía distinta, algo relacionado con el cuchillo que tenía junto a la mano derecha.

Se volvió, apoyándose en la pared mientras observaba la cara pálida y tensa de Gabrielle. Sacó un poco de humor de alguna parte.

—El orinal está en el rincón —dijo suavemente—. No tardes. Podría morir desangrada.

Gabrielle apretó la mandíbula visiblemente y tragó.

—Estoy bien.

Los ojos de Xena recorrieron su cuerpo. Advirtió la ropa que llevaba Gabrielle, pero en ese momento estaba demasiado cansada para preguntar al respecto. Haciendo acopio de sus escasas fuerzas, se apartó de la pared y fue despacio hasta la cama, se detuvo al llegar a ella y se echó después en su blanda superficie.

Se tumbó boca abajo e hizo un gesto a Gabrielle.

—Ven aquí.

Gabrielle se acercó y se acuclilló al lado de la cama.

—Siéntate. —Xena señaló el suelo—. Si llama alguien, si se mueve algo ahí fuera, despiértame.

—Está bien.

Xena puso la cabeza en la almohada, observando el perfil de Gabrielle. Había una mancha de sangre en la mejilla de la chica: su sangre.

—¿Gabrielle?

Los claros ojos verdes, casi ocres a la luz de las velas, se volvieron hacia ella.

—¿Por qué no me has matado?

Con los ojos abiertos de par en par y las pupilas dilatadas, Gabrielle la miró fijamente.

—Tú me has preguntado por qué confiaba en ti, así que... —Xena sintió que el dolor cedía un poco y que un reparador letargo se iba apoderando de ella—. ¿Por qué no has aprovechado la oportunidad? ¿Para vengarte por lo de tu hermana? ¿Probablemente llevarte una recompensa de todos los que están aquí?

Gabrielle se frotó la cara con la mano. Tomó aliento y miró a los ojos curiosos de Xena.

—Porque has confiado en mí —reconoció suavemente—. Y porque matar está mal, sea a quien sea.

Xena la observó con los ojos medio cerrados y entristecidos. Luego el dolor la obligó a cerrarlos del todo y se rindió a él, esperando que su confianza siguiera depositada en buenas manos.


Gabrielle esperó a que su cuerpo dejara de temblar y se relajara antes de levantar la cabeza del brazo y echarse hacia atrás. Habían ocurrido tantas cosas en tan poco tiempo que le parecía que su mundo había vuelto a tambalearse una vez más y que todo lo que la rodeaba era extraño.

Miró de lado y examinó el rostro dormido de la reina, tan cerca de ella. Incluso ahora, veía la tensión en la frente de la mujer y sospechó que el dolor no le permitía descansar por completo.

Gabrielle no podía ni imaginarse soportando esa clase de dolor. Había visto a hombres, en su aldea, con heridas poco importantes causadas por el ganado o por las herramientas, chillando como locos por lesiones que ni podían compararse con lo que tenía Xena.

Había sido muy valiente al quedarse ahí de pie mientras Gabrielle le hurgaba en la carne con ese cuchillo, y con independencia de lo que sintiera por Xena, no había forma de que Gabrielle pudiera negar eso.

Jugueteó con el cordón de la manga de su camisa, manchado de rojo por la sangre de Xena. Xena también había sido valiente al fiarse de ella con ese cuchillo, y había algo en esa muestra de confianza que le llegaba a un punto tan profundo que aún sentía los ecos.

Sabía que podía levantarse e ir en busca de Stanislaus. Probablemente se estaría preguntando dónde estaba, pues sus planes se habían venido abajo en el momento en que ella no se había quedado esperándolo. ¿Vendría aquí a buscarla? ¿Qué le diría ella?

Bueno. Gabrielle se levantó y contempló lo que la rodeaba. Lo primero es limpiar todo esto. Cualquiera que viniera olería la sangre, y tenía la impresión de que Xena no quería que nadie supiera lo que le había pasado.

Primero, la sangre del suelo. Fue a la puerta y se asomó, comprobando que el pasillo estaba en silencio y vacío. Rápidamente, salió y fue a la puerta principal, la abrió con cautela y se asomó al vestíbulo circular. También estaba vacío. Soltó un suspiro de alivio y corrió a su nicho, cogió sus útiles de limpieza y otra túnica y regresó corriendo al aposento de la reina.

Xena seguía dormida y la toga rota dejaba ver el vendaje y gran parte de su espalda.

Gabrielle la miró un momento, luego dejó sus cosas en el suelo y levantó las sábanas de seda, tapando con delicadeza a la reina herida hasta la cintura. Pensó que lo más prudente era que no tuviera nada en la espalda que pudiera apretarle.

Observó la apacible respiración de Xena y luego se volvió y se puso a trabajar para limpiar las manchas de sangre del suelo. Tardó un poco, porque la sangre se había colado en la piedra, pero siguió en ello y por fin las losas volvieron a estar limpias.

Gabrielle contempló el montón de trapos ensangrentados. ¿Y ahora qué? Sus ojos se posaron en la flecha y el cuchillo. Se levantó y los estudió. Metió la flecha con cuidado en el cajón, al lado de la bolsa de hierbas. Limpió el cuchillo y lo envolvió en un paño, colocándolo al lado de la flecha antes de cerrar el cajón con firmeza.

Fue a la palangana, la llevó al excusado y tiró el contenido por el hueco. Luego echó más agua de la jarra y la movió, tirándola después también por el hueco. Recogió todos los trapos manchados de sangre e hizo un paquete con ellos, luego fue a la chimenea y los tiró con cuidado al fuego.

Las llamas devoraron la tela con ansia. Saltaron chispas mientras se consumía la sangre, hasta que del paquete sólo quedaron cenizas. Gabrielle se dio la vuelta, satisfecha con la limpieza. Cogió la túnica limpia que había recogido y se cambió rápidamente y luego hizo una bola con la túnica manchada. Se pasó los dedos por el pelo y dejó a un lado la túnica enrollada, cerca del recogedor de cenizas.

¿Y ahora qué? Gabrielle se mordisqueó el labio por dentro, luego asomó la cabeza a la sala exterior y vio algo de fruta que supuso que había sobrado del almuerzo. Cogió agradecida unas cuantas piezas y se las llevó al dormitorio, luego volvió a sentarse al lado de la cama con las manzanas y las peras en el regazo.

Tomó aliento profundamente y lo soltó, seleccionó una pera y le dio vueltas entre los dedos en busca de un buen punto para hincarle el diente. Por instinto, miró a la derecha antes de morderla y parpadeó sorprendida al descubrir que Xena la estaba mirando, con los párpados entornados.

—Oh.

—Eso lo dices mucho —comentó Xena.

—Supongo. —Gabrielle dejó la pera—. ¿Puedo traerte algo? Eso debe de doler mucho.

—¿Alguna vez te has aplicado una tea ardiente a la piel durante una marca?

—Mm... no.

—Mm —suspiró Xena—. Hay una... —Se calló un momento y cerró los ojos.

Obedeciendo un instinto que llevaba en lo más profundo de su ser, Gabrielle alzó la mano y tocó la mano que ahora aferraba la ropa de cama, sintiendo una sorda compasión por otro ser humano lleno de dolor.

Los ojos azules de Xena se abrieron de golpe y se clavaron en ella. Gabrielle apartó rápidamente la mano y volvió a dejarla en el regazo. Una cosa era la compasión. Otra cosa era que te arrancaran los dedos de un mordisco.

—¿Has quedado con alguien esta noche? —preguntó la reina de repente.

—¿Qué? —Gabrielle arrugó el entrecejo.

—Estás vestida para salir. ¿Dónde ibas? —Los ojos azules estaban llenos de dolor, pero muy atentos. Observaban la cara de Gabrielle intensamente y así de cerca no había forma de ocultarles nada.

Gabrielle se miró las botas.

¿Será ésta la primera mentira?, se preguntó Xena. ¿Tan pronto han llegado a ti, chiquilla?

—La gente dice... que es peligroso para ti que yo esté aquí —dijo Gabrielle—. Así que me iban a sacar y dejarme marchar libre. —Esperó a terminar de hablar para levantar los ojos y mirar a Xena.

—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó Xena—. ¿Stanislaus?

Gabrielle asintió.

Se oyó un resoplido grave y siseante.

—Cabrón.

—Pero... —Gabrielle estaba confusa—. Dijo... es decir, lo que dijo tenía sentido —farfulló—. Y dijo que era...

—¿Mío? —El tono de Xena rezumaba un sarcasmo mortífero—. ¿En cuerpo, corazón y alma? —Cerró los ojos y meneó la cabeza—. Gabrielle, nadie es mío. No tengo amigos y no tengo a nadie en quien confiar. Como mucho, tengo aliados ocasionales y personas que me dicen que me quieren para que no las mate.

Gabrielle apoyó la barbilla en el brazo, sintiéndose un poco estúpida.

Xena contempló el joven perfil.

—Eso explica lo de esos caballos de fuera —se dio cuenta.

La cabeza rubia se alzó y se volvió.

—¿Caballos?

—Mm. —Un gesto de asentimiento—. Qué puñetera ironía —murmuró Xena—. Creo que me he llevado tu flecha. Los cabrones estaban esperando a quienquiera que fuera a marcharse con esos caballos.

Los ojos verdes se dilataron.

—¿No creerías de verdad que te iban a dejar salir por las puertas sin más, verdad? —El tono de la reina estaba teñido de un cinismo irónico—. Otra esclava fugada, una flecha en la espalda. Ni siquiera lo habrían recogido en el informe de guardia.

Gabrielle volvió a bajar la cabeza, sintiéndose ahora estúpida de verdad. Contempló el fuego sombríamente, detestando sobre todo el tono desdeñoso de Xena.

—No lo sabía —susurró. Stanislaus la habría llevado ahí fuera y entonces...

Y entonces habría muerto, probablemente. Echó un vistazo a Xena, que había vuelto a cerrar los ojos, visiblemente dolorida. En cambio, por alguna razón, Xena había decidido salir y ahora sufría lo que podría haber sufrido Gabrielle si las cosas hubieran sido distintas por un mero instante.

Alargó la mano y volvió a cubrir la de Xena, pero esta vez, cuando los ojos azules se abrieron y se fijaron en ella, no se movió.

—Lo siento. Pensaba que estaba haciendo lo correcto.

Xena soltó un suspiro. Stanislaus, no sabes la suerte que has tenido esta noche.

—Ya te había advertido sobre lo de pensar, ¿no?

Inexplicablemente, Gabrielle le sonrió. Por primera vez, una sonrisa auténtica, que le iluminó la cara e hizo chispear sus ojos verdes.

Xena se preguntó cuándo había sido la última vez que alguien le había sonreído de verdad. No conseguía recordarlo. Sintió que el dolor volvía a apoderarse de ella y quiso cerrar los ojos, pero si lo hacía, dejaría de ver esa sonrisa tan interesante.

Y ahora, con ese agujero en la espalda, sus problemas se habían agravado muchísimo. Tendría que cambiar sus planes y parecía que la joven Gabrielle acababa de convertirse en una parte importante de ellos.

Débilmente, Xena le devolvió la sonrisa. Con flecha o sin ella, se alegraba de haber deshecho la pequeña conspiración de Stanislaus.

Ahora sólo le quedaba decidir qué iba a hacerle por ello.


Gabrielle se terminó la segunda manzana, mordisqueando alrededor del corazón hasta que no quedó nada salvo el núcleo duro de las semillas y las semillas mismas. Ya era cerca de medianoche y Xena se había vuelto a quedar dormida, con el cuerpo totalmente relajado por fin y la respiración pausada y profunda.

Todo estaba en silencio y muy apacible. Gabrielle se levantó y llevó los restos de la fruta a la bandeja, luego se lavó las manos y se las secó. Contuvo un bostezo y miró a su alrededor, intentando pensar en lo que debía hacer para montar guardia toda la noche.

Aunque... Gabrielle sonrió con ironía. La idea de que ella pudiera montar guardia era muy graciosa. Sabía que en realidad no estaba guardando a Xena, sino más bien dándole un aviso rápido en caso de que sucediera algo. Xena podía cuidar de sí misma, a juzgar por lo que había visto en el cuartel, aunque ahora que estaba herida...

Gabrielle contempló la figura inmóvil de la cama y suspiró. Se sentía muy confusa: sus emociones saltaban de acá para allá como un cordero lechal y empezaba a tener dolor de cabeza.

¿Ocurriría algo? Gabrielle paseó un poco por la habitación, estirando las piernas entumecidas por haber estado sentada tanto tiempo junto a la cama de Xena.

Un golpe suave en la puerta puso fin a sus especulaciones. Gabrielle se colocó bien la túnica y fue a la puerta, la abrió ligeramente y se asomó.

Al otro lado, Stanislaus la miró.

—Ah. Así que estás aquí. —Estrechó los ojos—. Ya puedo decirle a la guardia que deje de buscarte. Encontré tu celda vacía y supuse que te habías hartado de esperar.

Ay, madre. Gabrielle controló su ataque de pánico.

—La reina me pidió que hiciera una cosa —contestó en voz baja.

—¿Ah, sí? ¿Y de qué se trataba? —quiso saber el senescal.

Gabrielle lo miró fijamente.

—Una tarea —contestó por fin.

—Tal vez debería preguntárselo a ella. —Puso la mano en la puerta y empujó, pero el cuerpo de Gabrielle estaba apoyado en la parte de dentro y, aunque pesaba poco, no se movió.

De repente, la idea de dejarlo pasar y ver la herida de Xena no le pareció nada buena.

—Es... mm... tarde. No creo que quiera que la molesten —le advirtió Gabrielle suavemente.

—¿Y si dejamos que lo decida ella? —Empujó con más fuerza—. Apártate o te aparto yo.

Gabrielle se mantuvo firme.

—No te conviene hacer eso —le dijo, con insistencia—. No le va a gustar.

—¿Quién eres tú para decir lo que le va a gustar o no? —contestó Stanislaus, con tono furioso—. Pequeña zorra... ¡apártate!

—No. —Gabrielle notaba el dolor agudo que le hacía la puerta al incrustarse en su pierna, pero se apoyó en ella con todo su peso—. No me voy a apartar. Ha dicho que no quería que la molestaran. ¿Es que no tienes que respetar sus deseos, o todo ese discurso sobre lo de "cuerpo, corazón y alma" no era más que una mentira?

Los empujones cesaron. El hombre se echó hacia atrás y la miró.

—Si esos son sus deseos —dijo—. Podrías estar mintiendo.

—Elegiría una mentira mejor —le contestó Gabrielle.

—¿Ah, sí, eh? —murmuró el senescal—. Tal vez sí.

Gabrielle se relajó un poco, pero siguió vigilándolo y bloqueando la puerta con el muslo.

—Bueno —especuló Stanislaus con tono frío—. Tu tarea para la reina... debe de haber sido... muy entretenida.

—Pues sí —replicó Gabrielle con cautela.

—¿Y ahora? —Su actitud parecía haber cambiado por completo—. ¿Está...?

—Y ahora está durmiendo —contestó Gabrielle.

En el rostro de Stanislaus se formó una mueca de entendimiento. Alzó la mano e hizo un gesto rápido, como si tirara una toalla usada.

—Pues que así sea. —Se quitó una mota de polvo del hombro y se acercó—. Sin embargo, te ordené que me esperaras —declaró—. Y no lo has hecho.

—Ella me ordenó otra cosa. —Gabrielle mantuvo la mirada firme—. No soy tan estúpida como para no saber a cuál de los dos debo obedecer. —Se preguntó, de repente, si de verdad él formaba parte de la conspiración que había acabado clavándole una flecha en la espalda a Xena. ¿O era también una víctima? ¿Por qué se comportaba de una forma tan extraña?

Él se cruzó de brazos.

—Yo quería librarte de sus atenciones, Gabrielle. Es una desgracia que el destino haya decidido otra cosa —dijo el senescal, con un suspiro—. Demasiado poco, demasiado tarde, al parecer.

¿Eh? Gabrielle dio vueltas a esas inesperadas palabras. ¿Pero no era ya objeto de la atención de Xena?

—Lamento que tu plan no haya funcionado. Pero tal vez haya sido lo mejor.

Sorprendentemente, él se echó a reír, con cierto tono desagradable.

—¿Para ti? Tal vez sí. Tal vez no. —Y entonces se dio la vuelta y se marchó, cerrando la puerta exterior al salir con un firme chasquido.

Gabrielle hizo lo mismo con la puerta interior, apoyándose en ella y tomando aliento muy temblorosa. Sacudió la cabeza, levantó la mirada y se sobresaltó un poco al ver que Xena la miraba desde la cama con sus intensos ojos azules. Pero esta vez logró sofocar la exclamación.

—Mmrff.

—Buen trabajo —dijo Xena—. Ven aquí.

Respirando hondo e irguiendo los hombros, Gabrielle obedeció. Dio la vuelta a la cama y se sentó al lado con las piernas cruzadas.

Xena cambió de postura con dificultad, apoyando la cabeza en el brazo doblado para mirarla.

—Has conseguido la respuesta a una pregunta que me estaba haciendo y ahora no tengo que romperle el brazo para conseguir la respuesta yo misma. Qué bien.

—¿Eso he hecho?

Xena asintió ligeramente.

—Le has hecho pensar que me he aprovechado de ti y ha destapado sus cartas. Bien hecho.

Gabrielle contrajo las cejas rubias sobre los ojos verdes.

—¿Eso he hecho?

Xena se rió por lo bajo.

—Sí, eso has hecho.

Gabrielle frunció el ceño, con el rostro muy pensativo. Por fin, volvió a sacudir la cabeza y levantó la mirada.

—La verdad es que no sé de qué estaba hablando —reconoció—. Y sigo sin saberlo.

Por el rostro de Xena pasó una expresión que era una mezcla de diversión irónica y leve mortificación.

—¿Cuántos años tienes?

—Diecisiete —dijo Gabrielle.

—Virgen, ¿a que sí? —Los ojos azules chispearon cansados.

Ante la inesperada pregunta, Gabrielle notó que le subía un rubor que le calentaba la piel.

—Yo... mm... —Carraspeó—. Tenía un... bueno, sólo que nunca, aah... —Miró a Xena—. Sí.

Xena alzó una mano y se frotó el caballete de la nariz.

—Qué suerte la mía —comentó—. Con diez mil posibles esclavas ahí fuera y acabo con ésta. —Alzó los ojos para mirar a Gabrielle—. ¿Recuerdas lo que le estaban haciendo a tu amiguita en el cuartel?

Desconcertada por el cambio de tema, Gabrielle se puso rígida.

—Sí.

—Pues eso es lo que mi viejo, querido, dulce y leal amigo Stanislaus piensa que te estoy haciendo yo.

Gabrielle sintió un frío enfermizo al oír aquello. Se quedó mirando a Xena sin saber qué decir, intentando interpretar la fría expresión de su rostro.

—P... —Notó un mal sabor en la boca—. ¿Por qué iba a pensar eso? —preguntó—. ¿Es que tú...?

Xena escuchó las palabras que acabaron en silencio. Su momento de diversión desapareció, ahuyentado por los serios ojos verdes que la miraban. Se quedó pasmada al darse cuenta de que su respuesta no sólo importaba de verdad a esta chiquilla, sino que a ella le importaba que le importara.

Mala señal.

—¿Que si violo a la gente? —terminó por fin la pregunta de Gabrielle—. No. —Observó un estremecimiento que movía la ropa por todo el cuerpo de la chiquilla cuando se relajó—. Nunca he tenido que hacerlo —añadió Xena, con una sonrisa muy irónica—. Por lo general acuden de buen grado. No soy fea, y acostarse con la reina nunca viene mal, ni para tu carrera ni para tu reputación.

Gabrielle asintió.

—Eso lo entiendo —replicó gravemente—. Eso es lo que quiere Bregos, ¿verdad?

—Pues sí —murmuró Xena con aprobación—. Pero los rumores se propagan de todas formas —dijo—. Sobre todo cuando me intereso por lindas esclavitas rubias y no consiguen entender qué me traigo entre manos.

Sorprendentemente, Gabrielle se ruborizó de nuevo, hasta las raíces de su pelo claro.

Xena enarcó una ceja ligeramente.

—Que hablen. Así es más fácil para mí tenerte a mi lado para que me cambies estos malditos vendajes —dijo—. Creo que esta noche el objetivo auténtico era Stanislaus y de paso pensaban quitarte a ti de en medio para asegurarse.

Gabrielle tragó con dificultad.

—Bregos quiere dar un golpe. —Xena bajó la voz—. Tiene al ejército de su lado y se está trabajando a la nobleza. A menos que lo aplaste totalmente, tiene posibilidades. Tú me vas a ayudar a detenerlo.

—Pe...

—¿Por qué no lo mato sin más? —Los ojos de Xena se movieron inquietos por la habitación—. ¿Y convertirlo en mártir? No. Tengo que cortarle las alas de cuajo... destruir su imagen... su reputación, lo primero —dijo—. Luego lo mataré.

Gabrielle sintió el peligro que flotaba a su alrededor y supo que se encontraba en una situación muy mala. Suspiró despacio, sabiendo también que tenía muy pocas opciones a las que agarrarse. Si se volvía contra Xena, estaba muerta. Si no lo hacía y el plan de Xena fracasaba, estaba muerta. Si el plan de Xena salía bien... bueno, de todas formas seguro que acababa muerta, porque ¿de qué le serviría a Xena después?

Lo único que sabía, después de lo que había visto en el cuartel, era que desde su punto de vista, al menos, estaba del lado adecuado, incluso a pesar de lo que le había ocurrido a Lila. Y ¿quién podía saberlo? En el peor de los casos, a lo mejor moría y volvía con su familia antes de lo que pensaba.

¿Eso sería tan malo? Gabrielle se contempló las manos, notando una mancha de sangre que le había quedado en el pulgar.

—Gabrielle.

La voz le puso de punta los pelos de la nuca, un poquito. Gabrielle miró a la reina.

El rostro de Xena estaba muy serio.

—No lamento la decisión que tomé —afirmó, con tono claro—. Y no me disculpo por ello. —Su expresión cambió un poco y apareció un ligerísimo ceño en su frente mientras sostenía la mirada de Gabrielle—. Pero lamento que perdieras a tu hermana por ello.

Atrapada por esos ojos, por esas palabras, Gabrielle sintió que algo cambiaba en su interior, alterando su visión de la mujer que tenía delante de una forma extraña.

No cambiaba la muerte de Lila. No hacía a Xena menos responsable: de hecho, la reina parecía aceptar esa responsabilidad y cargar con ella directamente, sin intentar buscarle excusas.

Se quedó pensando en eso. Tal vez ésa fuera la diferencia. No había excusa. Tal vez eso hacía que el hecho de que Xena lamentara causarle dolor a Gabrielle fuera algo más profundo.

Quería decir que ella significaba algo para Xena. Ella. Gabrielle. Ahora lo único que le quedaba a Gabrielle por decidir era... si eso era bueno o algo muy, muy malo.

Soltó el aliento que había estado aguantando.

—Gracias —susurró—. Yo también lo lamento.

Las dos se quedaron en silencio un rato.

—Haré todo lo que pueda para ayudarte —dijo Gabrielle de repente—. La razón de que Stanislaus intentara sacarme... esta noche... es porque abajo han empezado a tantearme. —Miró a Xena, advirtiendo lo atentos que estaban sus ojos—. Creo que querían que los ayudara a hacerte daño.

Xena parpadeó.

—Tan pronto —murmuró—. Maldición.

—Les dije que eran unos estúpidos.

Xena la miró.

—Seguro que eso no les sentó bien.

—No, la verdad —dijo Gabrielle—. Creo que querían matarme. —Frunció el ceño—. Parece que hoy es una idea popular.

—Mm. Pues me alegro de que no lo hicieran. —Xena sintió que el dolor de su espalda aumentaba de nuevo y recordó cuánto odiaba estar herida—. Habría tenido que matarlos si lo hubieran hecho y en estos momentos no estoy en condiciones.

Gabrielle levantó la vista al oír eso. Advirtió la mueca de dolor que Xena no conseguía disimular del todo y alargó la mano por reflejo y luego la dejó caer.

Xena frunció los labios con gesto irónico.

—Hay una botella de vino en la cómoda. Tráela.

Gabrielle se levantó y recogió la botella y una copa que encontró al lado y las llevó a la cama. Sirvió un poco de vino en la copa, un líquido espeso y rojo incómodamente parecido a la sangre que se había pasado marcas limpiando.

Luego miró a Xena.

—Mm.

—Sí. —Despacio, la reina se incorporó y pasó las piernas por el borde de la cama. Se detuvo un momento con los ojos cerrados, con la cara presa de una estoica concentración. Luego se irguió y abrió los ojos—. Deja eso. Coge la otra copa.

Gabrielle hizo lo que se le ordenaba y volvió con la segunda copa. Xena cogió la botella con la mano izquierda y sirvió un poco de vino en ella. La botella le temblaba en la mano y sofocó una maldición al volver a dejarla. Alzó la copa que había servido Gabrielle y miró a la chica.

—Bienvenida al Hades, Gabrielle. —Se echó hacia delante y entrechocó su copa con la que sujetaba Gabrielle—. Tú quédate a mi lado y trataré de que no te echen de comer a Cerbero demasiado pronto. —Bebió un sorbo de vino y enarcó las cejas, esperando.

Despacio, Gabrielle se llevó la copa a los labios y bebió, haciendo una ligera mueca por el extraño sabor. Al cabo de un momento, tragó y descubrió que no estaba tan malo como había pensado al principio. Era fuerte y potente y provocaba un claro estremecimiento en las entrañas. Se lamió los labios pensativa.

De hecho, un poco como la propia Xena.

Gabrielle contempló su copa y se preguntó si realmente sabía en lo que acababa de meterse.


Xena se sentó con cuidado en su silla de la estancia exterior pública. Llevaba una toga suelta y holgada de tela ligera, pero hasta ese peso en la espalda le resultaba casi intolerable. El vino le había permitido dormir la noche anterior, pero despertarse por la mañana había sido doloroso y aunque Gabrielle había hecho todo lo que había podido, el cambio de vendaje había estado a punto de acabar hasta con la estoica resolución de Xena.

Pobre chiquilla. Xena echó un vistazo a la puerta interior, donde Gabrielle se estaba ocupando de sus habituales tareas de limpieza.

Pero había un cambio: Xena le había ordenado que se mantuviera lejos de las cocinas. Había ordenado al siervo que le traía la bandeja por las mañanas que duplicara la cantidad y le dijo a Gabrielle que así seguirían las cosas hasta que averiguara qué Hades estaba ocurriendo y en quién exactamente podía... bueno, no confiar.

Por alguna razón, a Xena no le pareció que eso le importara demasiado a Gabrielle. De hecho, la chica parecía muy aliviada por ello, y tomó nota mental para descubrir lo que había ocurrido de verdad allí abajo.

Bueno. Pasemos a otros temas menos divertidos. Como estar sentada. Xena respiró hondo y cerró los ojos, concentrando su voluntad hacia dentro y obligando al dolor a desaparecer de su consciencia. Al cabo de un momento, alzó la cabeza y abrió los ojos.

Luego cogió una campanilla y tocó.

Casi al instante, se abrió la puerta y entró Stanislaus.

—Ama. —Inclinó la cabeza, pero ella advirtió que sus ojos la estudiaban rápidamente al hacerlo.

—Stanislaus. —Xena apoyó las manos en los brazos de su silla—. Quiero que me des una explicación.

Él se puso rígido.

—Quiero saber por qué has intentado quitarme a mi esclava —siguió Xena—. Sobre todo cuando sabes lo contenta que estoy con ella.

—Ama.

—Habla o muere. —Xena subió una mano hasta la barbilla y en sus dedos se materializó una daga, con cuya empuñadura se acarició suavemente la barbilla. Advirtió el pasmo absoluto de sus ojos y vio cómo la sólida certeza que tenía del puesto que ocupaba con ella se desplomaba hecha cenizas. Con frialdad, le sostuvo la mirada—. Estoy esperando.

Xena observó que el hombre temblaba. Se acercó a ella y cayó de rodillas a sus pies, agachando la cabeza.

—Vi un peligro para ti, ama.

—No me digas —comentó Xena.

Él alzó la cabeza ligeramente.

—La vi como una debilidad... una forma de llegar hasta ti por parte de tus enemigos —dijo—. Los otros saben cómo manejarla.

Posiblemente cierto, reconoció Xena.

—Sólo creían saberlo —dijo—. Igual que tú sólo creías conocer lo que piensa.

Stanislaus levantó la mirada.

—Ama, es un peligro para ti —afirmó suavemente, con tono convincente.

Xena sonrió por dentro, observando la empuñadura de la daga.

—Ah, sí, Stanislaus. Lo es —murmuró la reina—. Pero no como piensas —terminó, y adoptó un tono severo—. Déjala en paz. Si alguien, ya seas tú o cualquier otro, vuelve a meterse con ella, os cortaré el cuello y ni siquiera lo sentiré.

Él tragó con dificultad.

—Ama.

Xena se echó hacia delante, eliminando de su mente la sacudida de dolor en la espalda.

—Díselo a todo el mundo, Stanislaus —dijo con voz ronca—. Es mía.

Los hombros del senescal se hundieron un poco.

—Sí, ama —asintió sumisamente.

Xena se levantó y lo rodeó, luego lo agarró del pelo y lo puso en pie de un tirón. Sólo su férreo control logró que ella misma siguiera en pie, pues una descarga de dolor al rojo vivo estuvo a punto de hacerla caer de rodillas. Tomó aliento.

—No vuelvas a hacerlo jamás —le gruñó al oído—. Jamás hagas cosas a mi espalda, aunque pienses que estás haciendo lo correcto. ¡¡¡¡Comprendido!!!!

Él asintió, una vez.

—Anoche estuviste a punto de morir —le dijo Xena—. ¿Lo sabías?

Stanislaus la miró con evidente miedo.

—¿A... ama?

—Te estaban esperando fuera, Stanislaus. A ti y a la pequeña Gabrielle y a quienquiera que hubieras obligado a seguir tus planes. Unos hombres con ballestas.

Él dejó de respirar. Se le dilataron los ojos por completo y se quedó mirándola espantado.

Xena lo apartó de un empujón, manteniendo apenas su propio equilibrio.

—Más vale que vuelvas a repasar quiénes son tus amigos, ¿mm? —dijo con tono burlón—. Porque creo que te has equivocado por lo menos una vez.

Él se estiró las mangas, con expresión confusa.

—Ama... yo... te lo juro, sólo quería ayudar.

—Mm. —Xena regresó a su silla y se sentó agradecida—. Sí, a ti mismo sobre todo, pero sí, eso lo sé. —Soltó aliento con cuidado—. Si no, estarías descuartizado en la puerta —dijo—. Déjame.

Él se inclinó profundamente.

—Ama.

Lo miró mientras se marchaba, bien erguida en la silla hasta que se cerró la puerta. Entonces se apoyó en uno de los brazos de la silla, para quitarse presión de la espalda, al tiempo que de sus labios brotaba una maldición en voz baja.

—Maldita sea. —Notaba que le caía el sudor por la nuca y por un momento, la habitación dio vueltas a su alrededor.

Cerró los ojos.

Oyó unos pasos pesados que se acercaban y una voz grave y sonora fuera. Dolorosamente, volvió a erguirse en el momento en que se oyó un leve golpe en la puerta. Tardó un momento, pero logró controlar su respiración lo suficiente para responder:

—Adelante.

Entró Bregos. Avanzó con seguridad, se detuvo ante la silla e inclinó la cabeza con elegancia. Hoy llevaba un sobrio atuendo cortesano, una túnica bien cortada y polainas ceñidas que destacaban su excelente figura.

—Majestad —la saludó.

—Bregos. —Xena notó la tensión de su propia voz.

—Me gustaría hablar contigo sobre el tema de mi capitán.

—Tu difunto capitán —dijo Xena.

Bregos vaciló, observándola atentamente.

—Así es. —Frunció los labios—. Un desafortunado accidente.

—No. —A Xena casi le hizo gracia—. Bregos, como mi general, sin duda te darás cuenta de que no es posible cortarle el cuello a un hombre por accidente —dijo—. Ese cabrón infringió mis normas y ha pagado por ello. Cualquier otro que quiera intentarlo... bueno... tengo muchos granjeros que solicitan fertilizante.

Bregos se acercó a la ventana y miró fuera. Xena se apoyó despreocupada en el brazo de su silla, como si se volviera para mirarlo.

—Ama, no era lo que parecía.

—Bregos, corta el rollo —suspiró Xena—. ¿Qué parte del cuerpo violado de una mujer crees que no conozco? El cabrón podría haber usado al menos su propio miembro, no lo que usara para excavar una zanja en la mujer del tamaño de una pata de buey.

El general suspiró.

—Ama, no era más que una esclava.

—Era mi esclava —le dijo Xena—. Mi propiedad, con tareas, con un propósito elegido por mí que no incluía servir de juguete sexual para soldados aburridos.

—La vida de ese hombre... —Bregos se volvió, enderezando los hombros—, valía más que la de ella, Majestad. Es un crimen contra el pueblo malgastar de esa forma la vida de uno de sus soldados.

—Es un crimen contra mí infringir mi norma —replicó Xena—. Y para mí, su vida no valía más que la de la chica.

—Los hombres no lo comprenden.

—Pues explícaselo en términos más sencillos. —Xena sintió que su paciencia, que nunca era muy abundante, empezaba a escasear—. ¿Qué es lo que les cuesta entender de "no podéis violar a las siervas del castillo"? Si tanta necesidad tienen, diles que se monten los unos a los otros.

Él se volvió para mirarla.

—Majestad, los hombres no lo aceptan.

Xena echó la cabeza a un lado y lo miró.

—¿Estás diciendo que estás de acuerdo con ellos, Bregos?

—Valoro a mis hombres.

—Bueno. —Xena cruzó despacio los tobillos, metiéndolos debajo de la silla—. Pues entonces tendré que quitarte el cargo.

Él parpadeó sorprendido.

—¿Majestad? —Su tono sonaba incrédulo.

Xena juntó las manos sobre el estómago.

—Mis normas no cambian. O las obedeces y me apoyas, o dejas de estar a mi servicio.

—No puedes...

Xena se echó a reír.

—Claro que puedo. —Luego su tono se hizo serio—. Y lo haré. —Se echó hacia delante—. Bregos, ¿merece la pena jugarte el puesto?

Él se mordisqueó el labio por dentro, un gesto curiosamente infantil para un hombre de su tamaño.

—Majestad... ¿no ves las razones?

—En esta habitación, por ninguna parte. —Xena lo miró fijamente—. Elige con prudencia lo que vas a hacer, general.

Sacudiendo levemente la cabeza, Bregos le hizo una reverencia apresurada, luego fue a la puerta y se marchó, sin mirar atrás.

Xena cerró los ojos despacio y sintió que la habitación se alejaba un poco y que los ruidos de fuera le zumbaban en los oídos como un eco molesto.

Un suave carraspeo estuvo a punto de hacerle dar un respingo. Abrió los ojos, volvió la cabeza y vio a Gabrielle en el umbral mismo de la puerta interior, con una jarra y una copa en las manos.

—He pensado que te apetecería beber algo. —Gabrielle levantó la jarra—. Y... mm... —Sus ojos se posaron en la espalda de Xena—. Estás sangrando.

—Ah. —Xena hizo una mueca—. Ya me parecía a mí que era demasiado caliente para ser sudor. —Miró la jarra—. ¿Qué es eso?

—Vino frío.

Xena logró sonreír ligeramente.

—Gabrielle, vales tu peso en oro. —Asintió—. Dame. Voy a beber un poco de eso y luego puedes ponerme otra capa de vendajes en ese agujero que tengo en la espalda.

Gabrielle le sirvió una copa y se la pasó y luego dejó la jarra.

—¿Lo que ha dicho el general es cierto?

—¿Qué parte? —Xena bebió agradecida unos cuantos tragos del vino frío.

—Lo de que los hombres valen más que los esclavos.

Xena dio vueltas al vino en la copa.

—Si lo miras de cierta manera, sí —asintió—. Un soldado que lucha, jugándose la vida por el territorio... que está entrenado, está preparado... se le podría considerar de más valor. —Vio que el expresivo rostro de Gabrielle adoptaba un gesto pensativo, con una arruga en el entrecejo—. Pero para mí eso no tenía nada que ver. Infringió una norma y Bregos lo sabe. Lo que intenta hacer ver es que a él y a los que están con él no les gusta esa norma.

—Mm. —Gabrielle se quedó reflexionando. Miró a Xena—. Creo que volverá a infringirla, sólo para ver hasta dónde puede llegar.

En los ojos de Xena apareció un leve destello risueño.

—Creo que tienes razón.

Los labios de Gabrielle esbozaron una ligera sonrisa y luego se relajaron.

—Le has dicho a Stanislaus que yo era un peligro para ti —dijo suavemente—. ¿Qué querías decir con eso? ¿Es que no has creído lo que te he dicho?

Xena apoyó la barbilla en el puño, con una expresión muy irónica.

—Sí —dijo—. Pero sabía que él no comprendería lo que quería decir y tú tampoco.

—Oh.

—No te preocupes por eso, Gabrielle. —Xena vació la copa y se levantó dolorida de la silla—. Porque a mí no me preocupa. —Despacio, fue cojeando al dormitorio—. De hecho, ahora mismo es la menor de mis preocupaciones.

Con cara de desconcierto, Gabrielle recogió la jarra y la siguió.

—Vale —suspiró—. Si tú lo dices.

—Ooh —dijo Xena despacio—. Alguien que de verdad hace lo que yo digo. Mi corazón no lo va a poder resistir. —Se tumbó en la cama boca abajo y soltó aliento, a la espera del tacto delicado de Gabrielle.

Deseándolo.

Sus labios se curvaron en una sonrisa irónica.


Gabrielle se dejó caer en su camastro, estirando las piernas y relajándose con un suspiro. Había limpiado los aposentos de la reina y Xena se había ido a las audiencias de la tarde.

Se preguntó si eso era en realidad buena idea. Para ella era evidente que Xena estaba sufriendo mucho, y aunque había descansado después de la visita de Bregos, le había costado levantarse y marcharse.

Gabrielle se tocó el delantal manchado de sangre y reconoció que estaba preocupada por la mujer. No conseguía explicarse por qué, pero eso era lo que sentía y no podía negarlo.

—Por mi propio interés —dijo en voz alta—. Sé que si le pasa algo, estoy frita.

Tamborileó con los dedos en el borde del camastro y contempló el techo. Luego suspiró.

—Sí, ya.

—Psss.

A Gabrielle casi se le paró el corazón. Aferró el borde de la cama y se echó hacia delante, pero sólo vio la cabeza de Toris que asomaba despacio por la esquina de su nicho.

—Ah, eres tú.

—Sshh. —Toris se deslizó dentro y se acercó a ella, acuclillándose al lado de su camastro—. Caray. ¿Estás bien? —Tenía los ojos clavados en su delantal.

—Sí. —Gabrielle le observó la cara.

—Me he enterado de lo que ha pasado. —Toris la miró con lástima—. Lo siento.

En la frente de Gabrielle se formó un pequeño surco.

—¿Lo ves? Tendrías que haberte quedado abajo. Ya sé que ese tipo daba miedo, pero te habríamos mantenido lejos de ella —le dijo Toris—. Él no lo decía en serio... sólo tenía miedo.

—Dijo que me iba a matar —dijo Gabrielle, despacio.

—No... no. —Toris le puso una mano en la rodilla—. Gabrielle, te necesitamos. —La miró muy serio—. Necesitamos que nos ayudes. Ahora que ya sabes cómo es en realidad, nos ayudarás, ¿verdad?

—¿Cómo es en realidad?

—Lo que te ha hecho, Gabrielle. No es distinto de lo que hizo ese soldado en el cuartel y ella lo mató por eso. Pero no pasa nada si lo hace ella. ¿Es eso justo? ¡Ahora ves por qué todo el mundo está en su contra!

Gabrielle se quedó mirando al vacío un momento y luego lo miró.

—¿Qué es lo que queréis que haga?

En la cara de Toris apareció una sonrisa.

—Sabía que te unirías a nosotros. —Soltó un suspiro de alivio—. Ven abajo, esta noche, y te lo enseñaremos —dijo—. Y lo haremos deprisa, para que no tengas que seguir sufriendo con ella. —Meneó la cabeza—. Pero qué zorra. Cómo ha podido hacer eso después de lo que le hizo a tu hermana... ¡¡¡¡delante de ti!!!!

Gabrielle notó que se le ponía un nudo en la garganta. Bajó la vista al suelo.

—Lo siento —dijo Toris con tono más suave—. Escucha, ven esta noche y te lo prometo... será la última noche que tendrás que preocuparte por ella.

—Vale. —Gabrielle siguió con la cabeza gacha—. Ahí estaré.

Él le apretó el hombro.

—Bien —dijo. Alzó una mano y le tocó la mejilla delicadamente—. Todo irá bien, Gabrielle —le prometió, luego se levantó y salió del nicho.

Gabrielle apoyó los codos en las rodillas y la barbilla en las manos entrelazadas.


Xena caminaba despacio por el jardín, deteniéndose con frecuencia para mirar por encima del muro. Para todos los que la observaban, parecía que estaba simplemente enfrascada en una costumbre conocida, que era inspeccionar las distintas zonas de la fortaleza con aire despreocupado.

Lo cierto era que cada paso era una agonía. Xena apoyó las manos en el muro de piedra y observó una sesión de entrenamiento que se estaba llevando a cabo en ese momento. Varios de sus hombres estaban agrupados en un extremo del campo de entrenamiento y al cabo de un momento, la vieron allí de pie.

Xena aguantó la respiración, estudiándolos. Luego se relajó, cuando empezaron a moverse en su dirección. Brendan salió del cuartel, la vio también y dirigió inmediatamente sus pasos hacia ella.

—Ama. —Brendan llegó el primero, puso las manos en el muro y saltó por encima—. ¿Puedo hablar contigo?

Xena se apoyó un poco más en el muro, volviéndose a medias hacia él.

—Adelante.

Él vaciló y luego se arrodilló.

Tal vez fuera el dolor. Xena sintió un levísimo nudo en la garganta.

—Ama, esto es lo que ha pasado —dijo Brendan—. Nosotros sabíamos que estaban haciendo algo malo. Pero... —Hizo una pausa—. Nos dieron un golpe bajo. Nos dijeron...

—¿Os dijeron que si me lo contabais, erais una panda de nenazas? —adivinó Xena.

Él la miró furtivamente.

Xena sonrió a medias.

—¿Y que así era como funcionaban los ejércitos de verdad?

Brendan suspiró.

—Sabéis que no es así —comentó Xena.

—Sí —asintió el soldado veterano—. Pero, ama... no fue culpa de los hombres.

—¿No?

Él levantó la mirada.

—Fue culpa mía. Yo sé más que la mayoría. Debería haber acudido a ti. —Despacio, sacó su puñal y se lo ofreció, con la empuñadura por delante—. Te he fallado.

Xena cogió el puñal y lo examinó. Era consciente, por su visión periférica, de que sus hombres y algunos de los de Bregos estaban observando la escena. Brendan tenía razón, por supuesto, y ella lo sabía. Comprendía el orgullo que le había impedido hacer lo que sabía que ella quería, pero eso no cambiaba el hecho de que al no tomar medidas había hecho que la situación se prolongara.

Por eso, según lo había decretado ella, el castigo era la muerte y él lo sabía. Ésa era su ley.

Xena alargó la mano libre y enredó los dedos en su pelo gris, agarrándolo bien y echándole la cabeza hacia atrás. Él la miró con tranquila aceptación, con los ojos desbordantes de tierna confianza.

Se afianzó y luego blandió el puñal que tenía en la otra mano, cortándole el pelo con un zumbido audible.

Luego levantó la mano y examinó su obra.

—Con eso basta. —Le entregó el puñado de pelo, que le había dejado la parte superior de la cabeza extrañamente rapada—. Tu orgullo te ha metido en esto, así que tendrás que soportar tener este aspecto hasta que te vuelva a crecer. —Luego dio la vuelta al puñal y se lo devolvió.

Él tragó y lo cogió.

—Ama.

—Lo siento. Sé que tenías muchas ganas, pero hoy no me apetece matar a nadie. —Xena le revolvió el pelo corto de la cabeza—. Vamos. —Se volvió a apoyar en el parapeto mientras él se levantaba—. Tenemos que estar preparados para mañana, Brendan —dijo en voz baja—. Va a intentarlo.

—Sí —asintió el veterano—. Lo estaremos. —La miró tranquilamente a los ojos—. Gracias, Xena.

Eso la hizo sonreír de verdad, a pesar del dolor. Le hizo un gesto para que se fuera y siguió paseando, aguzando el oído para captar los susurros bajos y emocionados que dejaba atrás. Mejor. Xena asintió por dentro, tratando de decidir si debía ignorar el dolor creciente que tenía en la espalda.

Una idea estúpida, probablemente. Examinó sus opciones y eligió un sendero que la dejaría cerca de la pequeña puerta que daba a las escaleras de la torre.

De todas formas, ya era hora de ver qué estaba haciendo Gabrielle.


—Está muy rojo —murmuró Gabrielle.

—Seguro que sí —murmuró Xena a su vez—. Es lo que parece.

Gabrielle contempló descontenta la herida, preguntándose si había hecho algo mal. La zona por donde había entrado la flecha estaba hinchada y caliente al tacto.

—Maldición. —Xena apoyó la barbilla en la muñeca—. Está bien. Coge el cuchillo que usaste anoche.

De mala gana, Gabrielle se levantó y se acercó a la cómoda, abrió el cajón y sacó la afilada daga. Regresó a la cama y volvió a arrodillarse al lado de Xena.

—Vale.

Xena cogió unos pliegues de las sábanas y los apretó con el puño.

—Hay una línea oscura donde entró la flecha, ¿verdad?

—Sí.

—Corta ahí.

Gabrielle vaciló.

—¿Qué? —preguntó—. ¿Estás segura? Así se va a volver a abrir.

Xena enarcó una ceja en su dirección.

—¿Ahora eres sanadora? —preguntó—. Tú haz lo que te digo, ¿vale?

Confusa, Gabrielle limpió la hoja con cuidado y la colocó, luego se mordió el labio por dentro y apretó sobre la línea oscura. La hoja atravesó la piel de Xena con un chasquido casi audible y al cortar, un líquido de color rojo claro mezclado con un amarillo sucio empezó a manar de la herida.

—Oh.

Terminó y se echó hacia atrás y entonces miró a Xena. La reina estaba absolutamente inmóvil y sólo los nudillos totalmente blancos que rodeaban la ropa de cama indicaban lo que estaba sufriendo.

—Ya está. —Gabrielle le puso la mano a Xena en el brazo.

Despacio, los ojos azules se abrieron parpadeando.

—Lávalo bien —dijo Xena con tono ronco y casi lejano.

Gabrielle obedeció, mojando el trapo que había estado usando para lavar la herida y escurriéndolo encima de la espalda de Xena. Repitió el proceso una y otra vez, hasta que la herida quedó limpia y vio que estaba mucho menos hinchada.

—Tiene mejor aspecto.

—No me digas —masculló Xena. Le echó una mirada a Gabrielle.

—Lo siento —se disculpó la chica rubia—. Sólo hago preguntas porque no comprendo y quiero hacerlo.

—Ya. —Xena cerró los ojos—. Echa ahí mucho polvo de ése antes de poner el vendaje. A lo mejor tengo suerte y no tienes que volver a hacerlo. —Abrió despacio la mano, que se le estaba quedando dolorosamente rígida de aferrar las sábanas. Maldición, pero qué dolor.

Gabrielle secó delicadamente la zona, luego cogió las hierbas en polvo y cubrió la herida con ellas, asegurándose de que entraban en la zona recién cortada. Luego sustituyó el vendaje por uno limpio y volvió a atar los extremos de la tela alrededor del cuerpo de Xena.

—¿Qué es ese ruido? —preguntó Xena de repente, al oír un leve rugido.

Las manos de Gabrielle se detuvieron a mitad de la operación.

—Mm. —Se miró a sí misma algo avergonzada—. Lo siento... creo que soy yo —explicó—. Que tengo hambre, supongo.

Xena miró hacia la ventana y vio que ya se había puesto el sol.

—Sal y dile al guardia que esta noche voy a cenar en mis aposentos. Paso de la corte —dijo—. Con esto y el humor que tengo, seguro que uso los pinchos de carne para clavar a sus sillas a los cortesanos que me molesten.

Gabrielle recordó la promesa que le había hecho a Toris.

—Yo podría traerte la bandeja, si quieres.

—No. —Xena meneó la cabeza—. Díselo al guardia. Él sabe lo que tiene que hacer —dijo—. Dile que mande subir una bandeja doble... si no, me voy a pasar toda la noche en vela con ese ruido.

Cuando se estaba levantando, Gabrielle se detuvo y miró a Xena con inseguridad. ¿Le estaba tomando el pelo?

Un ojo azul la miró seriamente.

Gabrielle recogió la palangana y fue a la puerta. Decidió que Toris tendría que esperar a otra noche.


—Gracias —murmuró Gabrielle, cuando el guardia depositó con cuidado la bandeja en la habitación exterior—. Caray, eso es mucho.

El guardia, un hombre mayor con una fina cicatriz que le cruzaba la cara desde el ojo hasta la mandíbula, sonrió levemente.

—Su Majes ha pedido doble, ¿no?

—Pues sí.

—Pues eso es lo que hay. —El guardia se sacudió las manos y salió de la habitación, dejando que Gabrielle se ocupara de los diversos platos.

—Mm. —Olisqueó con placer—. No creo que pueda dejar nada de todo esto. —Agarró las asas y consiguió levantar la bandeja—. ¡Uuuf! —Se le escapó un gruñido—. Esperemos que no acabe tirándolo todo por la habitación.

Con cuidado, cruzó la habitación exterior y se alegró de haber dejado la puerta interior ligeramente entornada. La empujó con el pie, se metió en la habitación interior y logró llegar a la mesa de trabajo sin tirar nada.

—Ah. —Xena volvió la cabeza cuando la chica dejó la bandeja en la mesa. Gabrielle estaba delineada por la luz de las velas de pie junto a la ventana. ¿Cómo era esa expresión que había oído en una ocasión? Una alegría para la vista. Nunca había sabido realmente qué quería decir, pero ahora sospechaba que quería decir que podías mirar a alguien mucho tiempo sin cansarte—. ¿Eso que huelo es cordero?

—Chuletas —confirmó Gabrielle.

—¿Te molesta? —preguntó Xena.

La chica rubia apartó la mirada de su tarea.

—¿Que si me molesta el qué?

—Comer chuletas de cordero. Con eso de que creciste como pastora.

—Mm... no. —Gabrielle le llevó un plato y lo dejó con cuidado en la mesilla de noche—. Los corderos parecen muy monos, pero no lo son —explicó—. Te muerden en cuanto pueden. Así que nunca me ha importado comérmelos, aunque normalmente no lo hacíamos, a menos... mm...

—Que uno palmara. —Xena se puso de lado y examinó el plato con poco interés—. Ya. —Cogió una chuleta por el hueso y la mordió, masticando pacientemente—. ¿Vas a comer conmigo o te vas a quedar ahí sentada?

Gabrielle vaciló.

—No sabía qué... —Frunció el ceño.

—Gabrielle, no existe un protocolo para comer con la reina cuando está echada en la cama y tú estás sentada en el suelo a su lado, así que olvídalo y cógete unas puñeteras chuletas —le dijo Xena de mal humor.

La chica rubia se levantó sin decir nada y fue a la bandeja.

Xena mordisqueó su chuleta de cordero mientras observaba a Gabrielle sirviéndose la cena.

—No tengo mucha hambre, así que más vale que compenses —le dijo—. Si no, empezarán las habladurías abajo.

Gabrielle se detuvo y miró por encima del hombro.

Xena se limitó a enarcar las cejas.

—Vale. —Gabrielle regresó y se sentó en el suelo cruzada de piernas, colocándose un plato lleno en el regazo. Jugueteó un momento con una larga judía blanca, por fin la cogió y la mordió—. Tienes unos cocineros estupendos.

—Tengo que tenerlos. —Xena arrancó pulcramente los últimos restos de carne de una chuleta, la dejó en el plato y eligió otra—. De lo primero que se empieza a quejar un ejército es de la comida. No merece la pena buscarse problemas.

—¿Es por eso por lo que los esclavos comen lo mismo?

—Pues sí. —Xena la observó—. Es una putada de vida y además incomodísima, pero no mucho peor de lo que era antes para ellos.

—Pero no eres libre. —Gabrielle la miró muy seria.

Los labios de Xena se curvaron irónicamente.

—Nadie lo es —dijo—. Piénsalo. ¿Lo es Bregos? ¿Lo son esos malditos nobles pelotilleros? ¿Lo es el ejército? Nadie lo es, Gabrielle. Todo el mundo es esclavo de algo en algún momento.

Gabrielle nunca lo había pensado de esa forma. Reflexionó un momento y luego levantó la vista.

—¿Incluso tú?

Los ojos azules se dilataron y se endurecieron ligeramente.

—¿Yo?

Gabrielle asintió.

—Has dicho todo el mundo... ¿eso te incluye a ti? —Se puso a roer un hueso.

Xena dedicó un momento a examinar la pregunta, alegrándose de que al menos la conversación la distrajera del dolor que tenía en la espalda. Hacía mucho tiempo que no tenía a alguien con quien conversar que no estuviera constantemente en guardia y midiendo cada palabra.

Le daba un gusto loco y no tenía ni idea de por qué. Tal vez no fuera más que aburrimiento.

—Yo soy la única que me controla —dijo Xena por fin—. Y me gusta que sea así.

Gabrielle masticó el cordero despacio, pensando a su vez.

—Yo creo que he tenido que tomar más decisiones propias desde que estoy aquí que en toda mi vida —dijo, con un leve matiz de sorpresa en el tono—. Qué raro.

—Así que... ¿eres más libre ahora, como esclava, que cuando eras una campesina libre?

Gabrielle dejó el hueso y frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—No. —Xena inhaló con fuerza al sentir una aguda punzada de dolor—. Pero es cierto y lo sabes. —Apartó un poco su plato—. ¿Qué hay en esa jarra?

Al ver las facciones de Xena tensas de dolor, Gabrielle dejó su plato, se puso en pie a toda prisa y se acercó a la mesa. Olisqueó la jarra.

—Hidromiel.

—Ahh. —Xena ya estaba saboreando la miel—. Tráelo aquí.

Gabrielle llenó una copa grande y se la llevó, parpadeando un poco por el olor fuerte y especiado de la bebida.

—Caray.

Xena bebió un sorbo, dándole vueltas en la boca antes de tragar.

—Muy bueno —murmuró—. El primer lote del año... no creía que estuviera ya listo. —Miró a Gabrielle, que se había sentado de nuevo en la alfombra y había vuelto a coger su plato—. Toma. Prueba. —Le alargó la copa.

Gabrielle levantó despacio la mano y cogió la copa, se la llevó a los labios y bebió un sorbo con cautela. Le devolvió la copa y tragó, arrugando la frente. Era dulce y fuerte y le picaba un poco en la boca. Incluso después de haber tragado, el sabor seguía allí, llenándole la nariz con su rico aroma.

—Mm.

Xena movió la copa despacio y bebió otro trago.

—¿Te gusta?

No estaba muy segura.

—Creo que sí —reconoció Gabrielle—. Lo único que teníamos en... casa... era cerveza. —Arrugó la nariz—. No era muy buena cerveza.

—En ese caso, toma un poco, pero no demasiado —le advirtió Xena.

Gabrielle se levantó y cogió la jarra, sirviéndose una pequeña cantidad en la segunda copa de la bandeja. Llevó la jarra, la puso en la mesilla y se sentó. Contemplando su plato de chuletas a la brasa y judías y su copa, pensó que la comida era probablemente la mejor que había tenido en su vida. Pensativa, bebió un poco de hidromiel, reflexionando en silencio sobre los otros esclavos que estaban abajo en la sala común.

—Bueno. —La voz de Xena interrumpió sus reflexiones y la obligó a levantar la mirada—. ¿Qué hacíais para divertiros, allá en la granja?

Gabrielle comió otro poco de cordero y por fin sintió que las quejas de su estómago iban cediendo.

—A veces jugábamos a la pelota... o saltábamos a la cuerda —dijo—. O si hacía mal tiempo, juegos de palabras.

Juegos de palabras. Xena detectó una posible distracción para no pensar en su espalda.

—¿Qué clase de juegos de palabras? —preguntó.

—Mm... —Gabrielle se chupó los dedos—. Adivinanzas, sobre todo. —Se sintió un poco tonta—. Una persona pensaba en algo, como... un animal o una planta. Y los demás intentaban adivinar lo que era haciendo preguntas.

—Mmm. —Xena dejó su copa en la mesa—. ¿Sabes qué? —Notaba que el dolor empezaba de nuevo y por dentro se maldijo a sí misma, a los arqueros, al destino y a la mala suerte que había hecho que fueran tres hombres los que habían tendido la emboscada en lugar de dos—. Cámbiame este maldito vendaje y luego jugaremos a tu juego.

Gabrielle se quedó pasmada. ¿Xena quería jugar a su juego de infancia? Algo desconcertada, se levantó y retiró el plato de Xena, dejando el suyo aparte para acabárselo más tarde. Fue y cogió la palangana y los paños, fue a la cisterna de agua y llenó la palangana de agua fresca y limpia. Regresó con la palangana y la dejó en el suelo, arrodillándose al lado de la cama.

Xena ya se había puesto boca abajo y Gabrielle vio una mancha de sangre y pus en la parte de atrás de su túnica. Soltó un ruidito de consternación, apartando la tela de la herida con cuidado al tiempo que bajaba el hombro de la túnica y descubría la espalda de Xena.

Su piel, aparte de la zona que estaba dañada, era lisa y suave. Gabrielle escurrió el trapo y limpió la zona, que aunque hinchada, no parecía tan irritada como antes.

—Parece un poco mejor —le dijo a Xena, que tenía la barbilla apoyada en la muñeca.

—Pues la sensación es que está peor —murmuró Xena—. Maldita sea. —Entornó los ojos—. Si pillo al cabroncete que me alcanzó le voy a arrancar los testículos despacio antes de destriparlo.

Gabrielle, prudentemente, no contestó a eso. Continuó su labor, apoyando una mano en el hombro de Xena mientras se concentraba en limpiar la sangre seca y las manchas amarillas.

De repente se dio cuenta de lo cerca que estaba de Xena.

Ahora que había limpiado toda la sangre, también se dio cuenta de que la piel de la reina tenía un olor agradable, levemente especiado.

—¿Gabrielle?

Casi dio un salto.

—¿Sí?

—En ese baúl de ahí, al fondo, hay una caja. Tráela.

—¿Quieres que termine esto primero?

—No. —Xena resopló—. Esas hierbas no funcionan. Quiero probar con otra cosa.

Gabrielle enjugó la herida por última vez.

—Vale. —Dejó el paño en la palangana y se levantó, secándose las manos en el delantal mientras iba al pesado baúl reforzado en bronce que estaba pegado a la pared sin llamar la atención. Soltó el cierre y abrió la tapa y al instante una extraña vaharada de olores le invadió los pulmones.

Dentro, en la parte de arriba, había pieles. Las apartó con cuidado y descubrió cuero y una armadura de bronce, todo ello bien engrasado y cuidadosamente doblado. Encima de ello había una bolsa de cuero fina y desgastada más o menos del tamaño de su cabeza. Gabrielle la tocó, inclinada sobre el baúl, y sus dedos detectaron un objeto duro y circular en su interior.

—¿La caja tiene cuadrados oscuros en la tapa?

—Eso es.

Gabrielle la sacó con cuidado. La caja era de madera y al mirarla de cerca, se dio cuenta de que estaba hecha con trozos de madera de distintos colores hábilmente encajados unos con otros. Era impresionante: una obra maestra de artesanía que hasta sus ojos inexpertos reconocían.

—Caray. Es increíble. —La llevó donde estaba tumbada Xena—. Qué bonita es.

Xena echó una mirada a la caja que Gabrielle sujetaba reverentemente entre las manos. En su cara apareció una expresión curiosa.

—Gracias —murmuró—. La hice yo. —Y añadió—: Hace mucho tiempo.

Gabrielle la depositó con cuidado, soltó el cierre de bronce y abrió la caja. La tapa se alzó silenciosa sobre sus bisagras de clavija y reveló unos trozos de pergamino doblados, cada uno con algo garabateado y desvaído encima.

—¿Cuál?

—Déjame ver. —Xena tocó varios paquetes y por fin seleccionó uno. Se lo acercó a la nariz y lo olió, haciendo una mueca por el fuerte olor—. Sí, es éste. —Se lo dio a Gabrielle—. Espolvoréalo, sólo un poquito. —Bajó de nuevo la cabeza mientras Gabrielle abría el pergamino, que crujía por el paso del tiempo. Le vinieron recuerdos de la época en que hizo esos paquetes y se perdió en ellos un momento.

Gabrielle cogió con cuidado una pequeña cantidad de la hierba desmenuzada y seca y, acercándose mucho, la espolvoreó sobre la herida. Ante su sorpresa, la hierba pareció disolverse y apareció una espuma blancuzca, que no tardó en borbotear hasta desaparecer. Miró la cara de Xena, que tenía una curiosa expresión soñadora.

—Vale... ¿eso es todo?

Despacio, los claros ojos azules se alzaron y llegaron a los suyos.

—¿Se ha disuelto?

Gabrielle asintió, con una ligera mueca.

—Bien. —Xena resopló—. La puñetera ha conservado el efecto. Vale, ahora déjalo así.

—¿Sin vendar?

—Sí. —La reina se movió un poco—. Si lo tapas, a veces se pone peor.

Gabrielle tomó nota de eso para usos futuros. Volvió a meter el paquete en la bonita caja y cerró la tapa. Fue al baúl y guardó la caja, tapándola cuidadosamente con las pieles antes de cerrar la tapa. Pero además de la caja, percibía que en ese baúl había historia, y el cuidado con que estaba todo colocado en su interior la llevaba a comprender que se trataba de partes de Xena que tenían mucha importancia para ella.

Más misterios.

Gabrielle regresó junto a la cama y se paró al ver una de las almohadas de la reina en el suelo donde antes se había puesto de rodillas. Fue a recogerla, pero la mano de Xena le sujetó la muñeca.

—Oh...

—Déjala. Siéntate en ella. —Xena señaló la almohada—. Más vale que te pongas cómoda.

Gabrielle miró parpadeando el suave y blando objeto, forrado de rica seda.

—¿Quieres que me siente en tu almohada?

Por alguna razón, a Xena eso le hizo gracia. Sus hombros se estremecieron ligeramente mientras se reía en silencio. Luego suspiró.

—Siéntate —ordenó, señalando la almohada—. Es hora de jugar. Tú primero.

Más que nerviosa, Gabrielle obedeció y se sentó en la almohada de cara a la reina. Al estar ahora al mismo nivel, advirtió los pequeños destellos de humor que flotaban en los ojos de Xena y se permitió relajarse.

—Vale. —Frunció los labios y pensó un momento—. Ya he elegido algo.

—Muy bien. —Xena estiró el cuerpo un poco, obligándose a no pensar conscientemente en la incomodidad—. Más vale que sea algo bueno.

—Creo que lo es.

—Más vale que no sea una oveja —le advirtió Xena y la chica no pudo evitar sonreír levemente.

—No lo es —contestó Gabrielle—. Sabía que tenía que ser algo muy bueno para que tardes un poco en adivinarlo.

—¿Ah, sí? —Una ceja oscura se movió ligeramente—. ¿Y eso por qué?

Apareció otra sonrisa, esta vez más relajada.

—Porque eres muy lista.

Se miraron a los ojos y no apartaron la mirada. El silencio se alargó, hasta que Xena lo rompió con un suspiro.

—No lo bastante lista como para evitar que me clavaran una flecha en la espalda, Gabrielle —dijo—. ¿Animal? —Hizo un movimiento descuidado y se le cortó la respiración.

Gabrielle alargó la mano por instinto y cogió la mano de Xena, que descansaba cerca del borde del colchón. Sus dedos se juntaron y se apretaron, hasta que por fin el cuerpo de Xena se relajó cuando el dolor cedió.

—Sabes... cuando estaba escuchando a esos hombres de abajo hablar de lo estupendo que era ir a la guerra... no hablaban de estas cosas.

Xena abrió los ojos con cansancio y la miró.

—No —dijo—. Si lo hicieran, nadie querría luchar, ¿no? ¿Si supieran que se iban a pasar días... semanas... llenos de dolor, y eso si no morían directamente?

—Mm. —Gabrielle meneó la cabeza ligeramente—. Tal vez sería mejor que lo supieran. Así habría menos gente para luchar... y morir. —Miró a Xena—. Ésa no puede ser la mejor manera.

Xena miró sus manos, que seguían unidas, y luego a Gabrielle.

—Los humanos matan por naturaleza, Gabrielle. Eso no lo puedes cambiar. —Pero su tono era amable—. Aunque es una idea bonita. —Carraspeó un poco—. ¿Animal?

Gabrielle se dio cuenta de que no le iba a soltar la mano.

—Mm... no —dijo—. No es un animal.

—¿Vegetal?

—No.

—¿Mineral?

—No.

—Gabrielle, tiene que ser una de esas cosas.

—Lo siento, pero de verdad que no.

Un suspiro.

—¿Vivo o muerto?

—Vivo.

—Ya estamos llegando a algo. ¿Tiene cerebro?

—No creo.

—Ah, eso reduce las posibilidades. ¿Bregos?

Por otro impulso repentino, Gabrielle descubrió que se estaba riendo.

Le dio una sensación extrañísima.


PARTE 5


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