3


La cena la aburría. Xena cambió de postura en la silla por enésima vez, deseando que la velada acabara de una vez. Se había rodeado cuidadosamente de cortesanos que sabía que apoyaban a Bregos, y al propio Bregos le había ofrecido la silla de honor a su derecha.

Lo único que le quedaba por hacer era meterlo en la trampa que había planeado y luego podría dar por terminada la noche y marcharse para dedicarse a machacar algo.

Xena descubrió que eso le apetecía mucho, cosa que hacía bastante tiempo que no sentía. Tal vez era la frustración de tener que ocuparse de Bregos, pero su cuerpo clamaba por liberarse y no paraba de apretar el puño, deseando sentir la empuñadura de la espada en la palma.

¿Era ya el momento? Xena paseó los ojos con pereza por la multitud, calibrando su humor. Satisfecha, aguzó el oído y escuchó la conversación de Bregos con uno de los terratenientes más ricos, Stefan.

—La campaña fue curiosa, sí. —Bregos carraspeó—. Las fuerzas defensivas se habían hecho fuertes en ese valle fluvial y tuve que idear todo un plan para obligarlas a salir.

Es un valle cerrado, pensó Xena distraída. ¿Por qué no prenderle fuego sin más y aplicar en sentido literal la expresión salir echando humo? Habrían huido o habrían muerto y se habría tardado menos que las cuatro lunas que le dedicó Bregos.

—Y en pleno verano, encima. —Stefan meneó la cabeza—. Tiene que haber sido difícil controlar a los hombres.

¡Ah! Xena dedicó una sonrisa afable y cariñosa a su detestado terrateniente. Qué bien me lo ha puesto.

—¿A mis hombres? —Bregos sofocó una carcajada—. Qué va. Son disciplinados hasta decir basta. Con eso no hay problemas.

—¿En serio? —Stefan frunció el ceño—. ¡Qué curioso! Precisamente el otro día oí que...

Xena aplaudió mentalmente.

—Sí... —dijo suavemente, atrayendo su atención—. Stefan tiene razón. Yo misma me enteré el otro día de un problema de mal comportamiento en el cuartel. —Otorgó una cálida sonrisa a Stefan, que se animó como si le hubiera lanzado una moneda—. Muy decepcionante.

Bregos se echó hacia atrás, inmediatamente a la defensiva.

—Ama, seguro que no fue nada. ¡Alguna pelea amistosa que se ha exagerado!

—Así que tú también te has enterado. —Xena se apoyó en el brazo de su silla. Captó la atención sutilmente intensa del resto de la mesa—. Mm... Tengo entendido que fue más que eso. Casi una revuelta, de hecho.

—¡Sí! —intervino Stefan, que no quería perder una oportunidad única—. ¡Sí, Majestad! ¡Eso es exactamente lo que oí yo! ¡Que los hombres se pusieron como locos y destrozaron la mitad del cuartel!

—Mm —asintió Xena sabiamente—. Muy... muy... decepcionante.

Bregos se tiró de la barba, pillado totalmente por sorpresa.

—Ah, bueno, ama... —Se encogió de hombros ostentosamente—. No fue para tanto. Los ánimos estaban un poco alterados. Ya sabes cómo se ponen los hombres, son muy competitivos —dijo—. El orgullo se puso de por medio y ¿qué más puedo decir?

Puedes decir tus oraciones, cerebro de baklava. Xena se acomodó en su asiento, alzando la voz levemente.

—Ah, sí, el orgullo —afirmó—. Puede ser, pero la destrucción de mi propiedad no está sujeta al orgullo ni a ninguna otra excusa, Bregos.

El general la miró con desconfianza.

—Pero, ama...

—Y tampoco podemos dar tanta libertad a los ánimos alterados de los hombres... ¿no estás de acuerdo? —lo apisonó Xena—. Da la impresión de que no podemos controlar a nuestras tropas y ¿qué clase de ejemplo es ése?

Bregos la miró parpadeando, sin saber cuáles eran sus intenciones.

—Pues...

Xena se dio unos golpecitos con los dedos unidos en el caballete de la nariz, dejando que su silencio lo obligara a él a guardar el mismo silencio.

—Tenemos que mantenerlos ocupados —dijo por fin, como si se le hubiera ocurrido la idea en ese mismo instante—. Haremos un torneo. Tus tropas contra las tropas de defensa que se quedaron aquí. Así dejaremos que desgasten su orgullo los unos contra los otros.

—¡Oh! —Stefan se irguió—. ¡Caramba, Majestad, es una idea brillante!

—Por supuesto —replicó Xena, con una sonrisa—. ¿No estás de acuerdo, general?

Bregos se quedó pensativo un momento y luego asintió con firmeza.

—Como dice el buen duque, brillante, ama. Es una idea perfecta y a los hombres les va a encantar —afirmó—. Cuanto más lo pienso, más me maravillo de tu asombrosa capacidad de gobierno.

Alrededor de la mesa todas las cabezas asintieron.

—Un plan excelente, mi reina —dijo Lastay—. ¿Y si lo convertimos en una fiesta? Creo que una celebración sería muy bien recibida.

—¿Por qué no? —Xena le hizo un gesto—. Me encanta una buena fiesta. ¿Stanislaus? —Se volvió y, como esperaba, encontró a su senescal pegado a su hombro—. Haz planes. Usaremos el campo que hay junto al río.

—Como desees, ama. —Stanislaus se inclinó y se fue.

Xena observó cómo se propagaba la noticia, tomando nota de la aprobación y la emoción de los rostros que la rodeaban. ¿Y por qué no? Realmente convenía celebrar una fiesta por el buen año que habían tenido y los éxitos de Bregos, entre otras cosas.

—Una sugerencia excelente de veras, ama —dijo Bregos en voz baja, inclinándose hacia ella—. Agradezco la oportunidad de lucir el talento de mis tropas. —En sus ojos se formó una arruga claramente jactanciosa—. Y sé que mis hombres también disfrutarán.

—Igual que los míos —dijo Xena suavemente—. Les encantan los desafíos.

—Por supuesto, tendremos en cuenta que nosotros llevamos ventaja... —contestó Bregos—. Después de nuestras recientes victorias, es natural que se note nuestra preparación en combate. Pero con todo, será un buen espectáculo. —Cogió su copa y bebió un trago—. Yo estoy deseándolo.

Ya te tengo.

—Mmm... tal vez —concedió Xena—. Pero después de esos incidentes en el cuartel, yo tendría dudas en cuanto a... la disciplina.

—Ama.

—Tú sabes cuánto valoro la disciplina, Bregos. —Xena enfrió ligeramente el tono—. Me perturba pensar que podría haber personas que llevan... mis... colores que carecen de ella. —Se volvió y lo miró de cerca, advirtiendo de nuevo el ligero tic que tenía en el rabillo del ojo izquierdo—. ¿Me entiendes?

Él aspiró por la nariz. Los músculos de su mejilla se tensaron.

—Perfectamente, ama. —Mantuvo la calma superficial de modo admirable—. Me aseguraré... muy bien... de que mis hombres sepan con exactitud cuál es su situación.

Ah. Xena captó el desafío de sus palabras y se entusiasmó.

—Bien. —Se echó hacia atrás, observando afablemente a los siervos que se acercaban con el postre. El más cercano se arrodilló ante ella, ofreciéndole un dulce de aspecto sabroso que relucía de miel—. Mis felicitaciones a la cocinera. Hazlo circular —ordenó, observando al hombre, que se irguió y fue al extremo de la mesa con el siervo que lo acompañaba.

Era una rutina, pero que ella cambiaba inesperadamente. Empezaban por un extremo y luego por el otro, sirviéndole a ella siempre más o menos hacia la mitad. A alguien que intentara envenenarla le costaría adivinar lo que se iba a servir y, como cambiaba constantemente de compañeros de mesa, uno podría acabar envenenando a su patrón si no era muy hábil.

Los siervos llegaron a ella y depositaron un buen pedazo de dulce en su plato inmaculado, haciendo una profunda reverencia antes de seguir adelante. Xena partió una esquina y la mordisqueó, encantada con el dulce sabor a nueces. Se concentró en escuchar a su alrededor, captando palabras y retazos de conversaciones animadas y alegres, que en su mayoría trataban de la fiesta, en un ambiente que se había relajado considerablemente.

Únicamente Bregos, a su derecha, irradiaba una sutil tensión, y Xena advirtió que se tiraba de la manga, un hábito nervioso extraño en un hombre tan grande y robusto. Parecía profundamente pensativo.

Xena le sopló en la oreja, haciendo que pegara un respingo en la silla y sofocara una exclamación. Se rió entre dientes mientras él recuperaba la calma.

—Tienes que relajarte más, Bregos. Uno de estos días te va a dar una fiebre de tanta preocupación.

Con una sonrisa forzada, Bregos cogió un trozo de su postre e hizo un esfuerzo visible por olvidarse de sus problemas. Se volvió para atender a una pregunta de su vecino de mesa, apartándose un poco de la silla de Xena.

Cómo mejora el ambiente. Xena se terminó su porción de dulce y se lamió delicadamente los dedos. En esa pausa momentánea, de repente se le ocurrió una cosa. ¿Qué estará haciendo Gabrielle? Se lamió el pulgar, curiosa por su curiosidad. Seguro que ha encontrado otro armario que limpiar. Sus ojos se trasladaron a la puerta y se rió por lo bajo. Espero que no se encuentre ningún esqueleto inesperado.


Gabrielle se desplomó en su camastro, apoyando la cabeza húmeda en la pared con alivio agotado. Había trabajado mucho todo el día y justo antes de cenar se quedó desconcertada al ver a Stanislaus, que llegaba para inspeccionar lo que había hecho, recorriendo los aposentos de la reina con mirada meticulosa.

Mirada que por fin se volvió hacia ella.

—Lo has hecho bien —le dijo Stanislaus, con tono bastante sorprendido—. Está contenta contigo.

Sin saber muy bien qué responder a esto, Gabrielle se limitó a asentir.

—Increíble. —Stanislaus meneó la cabeza. La llevó a un baúl de madera fajado en bronce metido en un hueco del rellano interior y lo abrió. Metió la mano, hurgó dentro un momento y luego sacó un lío de ropa y se lo entregó—. Ha dicho que te diera esto. Al parecer, Su Majestad piensa que limpias con tanta diligencia que vas a necesitar más ropa.

Dicho lo cual, se marchó.

Gabrielle echó la cabeza a un lado y alargó la mano, apoyándola en el montón de ropa que había dejado en el camastro. Eran dos juegos más de túnicas y delantales resistentes, aunque de un intenso color azul. También había encontrado dos pares de abrigosas polainas para llevar debajo y, lo más increíble, un par de botas de cuero en buen estado, aunque usadas.

—Qué raro —le dijo a la pared vacía que tenía en frente—. Tengo más ropa ahora de la que he tenido en toda mi vida y soy una esclava. —Sus dedos acariciaron la tela y le llegó a la nariz un leve aroma a ropa limpia secada al sol—. Esto no es como se supone que tiene que ser, ¿verdad?

Su mente regresó a lo que le había dicho Xena, sobre que si trabajaba, se le daría comida, ropa y cuidados.

—Bueno. —Gabrielle agitó un poco los pies descalzos y el aire fresco le puso la piel recién bañada de gallina—. En cierto modo, tenía razón, pero se olvidó de mencionar los pequeños detalles, como que te entreguen a los soldados para que se acuesten contigo y que te den de latigazos por hablar demasiado.

Se había sentido aún más fuera de lugar abajo, durante la cena con Toris y los demás. Era evidente que hasta ellos le tenían rabia y que su experiencia era mucho más desagradable que la de ella.

Por una parte deseaba poder lamentarlo, pero por otra pensaba que en realidad no tenía elección, ¿no? Ella no se había elegido a sí misma para venir aquí arriba, y aunque podría haber hecho un trabajo pésimo para que la devolvieran a las cocinas o algo peor...

—¿Por qué debería hacerlo? —Gabrielle miró dolida al techo—. Esto no es una fiesta. Trabajo mucho —dijo—. Tengo que aguantar amenazas de descuartizamiento si no hago las cosas bien y visitas pavorosas de Su Majestad.

Pero. Gabrielle se puso en pie y se cambió la áspera túnica de trabajo por un camisón, dobló cuidadosamente la camisa y la metió en su baúl. Se sentó, se acercó la ropa nueva y se puso una bota con curiosidad para ver cómo le quedaba.

—Mm. —Agitó los dedos de los pies. Le resultaba raro y bastante agradable sentir los límites del cuero alrededor y, aunque gastadas, las botas estaban bien hechas y eran resistentes. Se quitó la bota y la dejó en el suelo, luego se volvió y levantó la tapa de su baúl, donde guardó la ropa nueva.

Luego se volvió y se echó en el camastro, soltando un suspiro de alivio de poder quedarse quieta sin hacer nada. Daba gusto sentir el colchón relleno bajo la espalda, calentándole la piel y hundiéndose un poquito al adoptar una postura más cómoda. Se tapó con la manta y se relajó, dejando que su mente divagara un poco por primera vez, quizás, desde que había sido capturada.

Sus pensamientos se centraron ni más ni menos que en Xena. Se disgustó y trató de no pensar en eso, concentrándose en cambio en sus pobres amigos de abajo y en su hermana. Cerró los ojos e intentó recordar la voz de Lila, su cara... y se quedó de piedra al descubrir cuánto le costaba. Los recuerdos de su hermana ya se estaban desvaneciendo un poco, no mucho, y no era que fuera a olvidarla, pero incluso el horror de su violenta muerte estaba perdiendo impacto mientras ella misma se concentraba en seguir con vida.

Gabrielle no sabía si debía sentirse avergonzada por eso. Quería a su hermana y la echaba de menos horriblemente, aunque, por supuesto, a veces se habían peleado y habían tenido las discusiones típicas que tienen las hermanas. Si ahora mismo hubieran estado en casa, ¿qué habrían estado haciendo?

Las antorchas que estaban fuera de su rincón se agitaron.

—Dormir —susurró Gabrielle—. Dormir, con mamá y papá en la habitación de al lado y los corderos fuera. —Sus ojos recorrieron el techo. Aunque a lo mejor ella habría estado despierta. Al ser la mayor, a veces aprovechaba esos momentos, a altas horas de la noche, después de un duro día de trabajo, para liberar sus pensamientos por el mundo de la fantasía e imaginar un mundo distinto, una vida distinta para sí misma.

Había querido ser viajera. Una narradora errante, viendo el mundo y vagabundeando por sus límites.

—Y aquí estoy. —Gabrielle oyó el tono burlón de su propia voz—. Quería ir a un sitio distinto y mira dónde he acabado. Esto sí que es distinto.

Oyó el ligero roce de unos pasos que se acercaban y se quedó en silencio escuchando. Los pasos eran ligeros y rítmicos, acompañados de un levísimo roce de tela. Gabrielle sintió que se le aceleraba el corazón y se preguntó si sería Xena que volvía de cenar.

Los pasos se detuvieron fuera de su rincón. Gabrielle volvió la cabeza y miró hacia la puerta, donde vio a una figura alta y morena apoyada en ella, mirándola.

Vale. ¿Y cuál era el protocolo cuando la reina aparecía en tu dormitorio y tú estabas en camisón? ¿Levantarse de un salto? ¿Hacer una reverencia? ¿Salir rodando de la cama?

—Hola —murmuró Gabrielle, sin saber qué era lo que se esperaba de ella.

—¿Estabas hablando sola? —preguntó Xena.

Notó que se sonrojaba.

—Mm... sí, creo que sí.

—¿Crees? —La reina enarcó las cejas.

—Eso hacía —reconoció Gabrielle—. Estaba... pensando. Contándome cuentos, esas cosas.

—Ah. —Xena entró un poco más y se apoyó en la pared—. No me digas que cuentas historias. ¿Es así?

Estar tumbada la tenía en demasiada desventaja. Gabrielle se sentó en la cama y se envolvió en la manta, mirando a Xena.

—Oh, no... es decir, historietas, cosas de niños... —explicó—. Sólo para entretener a mis... —Tuvo que hacer una pausa—. A mis amigos... en casa. A mi hermana, cuando estábamos fuera cuidando de las ovejas.

—Mm. —Xena parecía moderadamente intrigada.

Gabrielle se seguía sintiendo un poco rara. No tenía sillas, por lo que no podía pedirle a Xena que se sentara y, la verdad, ¿acaso las reinas se dedicaban a vagabundear por los pasillos visitando los alojamientos de los esclavos? Miró a la alta mujer, advirtiendo la elegancia ágil y felina que tenía al moverse.

—No era nada.

—Probablemente no —asintió Xena—. No tienes edad suficiente para conocer nada interesante de verdad.

Gabrielle frunció levemente el ceño.

—Pero ha sido un día muy largo —continuó la reina—. Tenía otros planes, pero me voy a quitar esta pesadez de ropa y tú, amiguita, te vas a inventar una historia para contármela. —Xena le sonrió.

—Pero... —Gabrielle empezó a protestar, pero se encontró mirando la pared vacía. Xena se había desvanecido sin hacer el menor ruido, dejando atrás un leve aroma a miel y salvia—. ¡Pero no me sé ninguna historia que te pueda contar!

Sólo le pareció oír el eco de una risa como respuesta.


Poco después, de algún modo, Gabrielle se encontraba sentada en una pequeña banqueta almohadillada al lado de la chimenea que había limpiado ese mismo día. Su agotamiento había desaparecido oportuna y temporalmente a causa del terror nervioso y se alegraba de tener unos minutos para poner en orden sus ideas mientras Xena se desvestía.

Ella había hecho lo contrario. Gabrielle había aprovechado su ropa nueva y se había puesto un par de polainas con una de las túnicas azules por encima y el calor hacía que se sintiera un poco mejor.

Justo cuando se estaba relajando, había llegado Xena y tuvo que volver a ponerse en marcha. Gabrielle sintió un vago resentimiento por verse arrastrada a entretener a la reina después del día tan largo que había tenido. Un leve ruido le hizo levantar la cabeza y vio a Xena saliendo de su vestidor, ataviada con una delicada bata atada con descuido a la cintura con un cinturón.

Gabrielle parpadeó un poco. Nunca hasta entonces había conocido a nadie que tuviera unas piernas tan largas.

Xena se dejó caer en una butaca junto al fuego, colgando una de las mencionadas piernas por el brazo y apoyándose en la otra.

—Muy bien. Diviérteme.

Gabrielle tomó aliento. Luego lo soltó.

—¿Qué... mm... qué te parece divertido?

No era la respuesta que Xena esperaba, al parecer. Enarcó ambas cejas oscuras.

—¿A qué te refieres?

—Bueno. —Gabrielle metió los pies descalzos por debajo del cuerpo y apoyó los antebrazos en las rodillas—. Cuando les contaba historias a mis amigos, a veces lo que a mí me hacía gracia, a ellos no se la hacía.

—Ah. —Xena la miró atentamente—. Prueba.

Qué difícil era. Gabrielle intentó volver al pasado y entrar en contacto con esa niña que sabía que había sido en otra época, la que contaba historias en el granero. Pero al hacerlo, le volvieron imágenes de su casa y de su familia con una vívida intensidad y en lugar de humor, lo único que sintió fue dolor.

Era abrumador. Se mordió el labio por dentro y parpadeó, con los ojos llenos de lágrimas. Al cabo de un momento, supo que no iba a poder y alzó la cabeza de mala gana, mirando al otro lado de la chimenea para ver a Xena observándola con expresión de curiosidad.

—Lo siento. No puedo.

—¿No puedes? —preguntó Xena.

Gabrielle tomó aliento temblorosamente y se pasó la manga por los ojos.

—No —murmuró—. Me... mm... —Sorbió—. Me recuerda a mi casa.

Se oyó un ligero crujido cuando Xena se movió en la butaca.

—Creía haberte dicho que te olvidaras de todo eso.

—Lo sé. —Gabrielle la miró—. Pero... no es tan fácil. Ojalá pudiera olvidarlo. —Sintió que se le escapaban las palabras—. Ojalá pudiera cerrar los ojos y no ver morir a mi hermana ni oír a mis padres gritando mientras se quemaban, pero no puedo hacerlo. —Notó que se le volvían a acumular las lágrimas y se calló.

Xena se levantó. Gabrielle se encogió por instinto y se echó hacia atrás, mirando a la mujer que se acercaba con una mezcla de miedo y preocupación.

Pero Xena sólo se acuclilló a su lado, tan cerca que Gabrielle vio las chispas de la luz de las velas en la claridad de sus ojos.

—¿Tu hermana era la que estaba en la fila justo delante de ti?

En silencio, Gabrielle asintió, atrapada en su mirada.

Xena se levantó y pasó a su lado, luego al lado de la mesita y llegó a las ventanas, ahora cerradas. Abrió los postigos y miró fuera un momento, luego se volvió y se sentó en el alféizar. Gabrielle se había vuelto a medias para mirarla y ahora se quedaron mirándose la una a la otra desde cada extremo de la larga habitación.

Xena se cruzó de brazos, con el rostro frío e impasible.

—Yo vi cómo mataban a mi madre —comentó, casi con tono familiar—. No fue algo que se me haya olvidado.

Gabrielle se quedó casi sin aliento. Justo cuando estaba totalmente convencida de que no había ni un solo hueso humano en el cuerpo de esta mujer, iba ella, hacía un quiebro y decía una cosa como ésta.

—Entonces... —Oyó el tono ronco de su propia voz—. ¿Por qué hiciste eso?

—¿El qué? —preguntó Xena.

Gabrielle se la quedó mirando, consciente de que le caían lágrimas por la cara.

—¿Ordenar que os mataran a todos? —La mujer morena soltó un resoplido. Se apartó de la ventanta y regresó a su butaca, se acomodó en ella y se colocó bien el borde de la bata con dos largos dedos—. No te corresponde a ti preguntarme eso, esclava.

Gabrielle consiguió sostenerle la mirada.

Los labios de Xena amagaron una sonrisa.

—Porque no me servíais para nada y no estaba dispuesta a pagar la manutención de bocas inútiles.

Despacio, los ojos de Gabrielle fueron bajando y se posaron en el suelo.

—Mi padre dijo eso una vez —susurró—. Sobre una camada de perritos.

Xena se quedó en un silencio total durante tanto rato que Gabrielle por fin levantó la cabeza de nuevo para ver qué estaba haciendo la mujer.

Pero estaba allí sentada simplemente mirando a Gabrielle. Por fin habló.

—Y porque si el tratante se os hubiera llevado de aquí, la siguiente parada habría sido para venderos a todos a una casa de putas del río, donde os habrían follado hasta mataros en menos de una luna.

Gabrielle se quedó paralizada.

—Así que lo maté para que no trajera más niños aquí y decidí que podíais morir de una forma mejor que de inanición en medio de la nada. —Xena se arregló de nuevo el borde de la bata, mirándose distraída las rodillas—. Por eso. —Observó la cara de Gabrielle con interés cuando la chica bajó los ojos despacio y se quedó pensando.

—Oh —murmuró Gabrielle.

—Podría estar mintiendo —comentó Xena—. A lo mejor lo hice por diversión, para oír los gritos.

Gabrielle la miró.

—El poder te lleva a hacer esa clase de cosas, Gabrielle. —Xena levantó la mano y cerró despacio el puño—. A lo mejor lo hice para torturaros —sugirió—. Tú tienes que decidir cuál es la verdad.

Gabrielle se abrazó las rodillas y se meció ligeramente, poniendo en orden sus caóticas ideas. Era todo demasiado después de un día tan largo y se dio cuenta de que le resultaba prácticamente imposible concentrarse.

Xena se levantó de nuevo, pero esta vez Gabrielle no se echó hacia atrás.

—Vete —le dijo a la chica—. Te daré otra oportunidad alguna otra noche.

Ni siquiera se lo pensó. Gabrielle simplemente se sentía agradecida por el indulto y se levantó e hizo lo que se le ordenaba y, con la cabeza gacha, llegó a la puerta y salió por ella.

Xena se quedó mirando un momento la puerta cerrada y luego soltó el aliento que, curiosamente, estaba aguantando. Toda la escena la preocupaba, y dedicó un rato a sentarse de nuevo en su butaca y tratar de averiguar por qué.

Se quedó muy sorprendida al descubrir que no podía.


Gabrielle se hizo un ovillo en su camastro, todavía vestida con la ropa que se había puesto para ir a los aposentos de Xena. Tenía frío y la ropa no lograba evitar que temblara, como tampoco lo lograba la manta en la que se había arrebujado. Pero al cabo de un rato, sintió que se le iba pasando el frío y se le relajó el cuerpo en el colchón.

Poco a poco, fue deshaciendo la maraña de sus pensamientos. ¿Qué había pasado ahí dentro? Le dolía el pecho por el torbellino de recuerdos que le había traído la escena. Las palabras de Xena la habían herido como pedacitos de pizarra y le sangraba el alma por su causa.

Tú tienes que decidir cuál es la verdad. Gabrielle oyó el eco en su cabeza.

—¿Cómo puedo decidir cuál es la verdad? Podrías decir lo que te diera la gana. ¿Cómo podría saberlo yo?

Gabrielle pensó en lo que había dicho Xena.

Pensó en Lila.

Pensó en su casa.

Pensó en esa niña que contaba historias.

Gabrielle sabía que nunca podría recuperar nada de aquello. Lila había desaparecido, su casa había desaparecido y ya no podía imaginarse siquiera siendo esa niña.

¿O sí?

Tú tienes que decidir cuál es la verdad. Cerró los ojos y siguió pensando.

Tal vez la verdad era que todo había cambiado y que si quería vivir, tenía que adaptarse a esos cambios. En cierto modo, la crueldad de Xena al ordenarle que dejara atrás el pasado tenía en el fondo un grano de bondad.

De verdad. Lo mismo que la crudeza de Xena al hablar de su crueldad tenía ese mismo grano de verdad que se le metía bajo la piel y le hacía cosquillas en la consciencia.

¡Maldición! Gabrielle golpeó el colchón con los puños. Ardía en deseos de odiar a Xena. Quería culparla de todo lo malo que le había sucedido y concentrar en ella, en ese cuerpo alto y superior, toda la rabia acumulada en su interior.

Pero.

Tú tienes que decidir cuál es la verdad. Odiar a Xena no le devolvería nada. Ni a Lila, ni su casa, ni su vida. Odiar a Xena sólo empeoraría su vida. De modo que si tenía que decidir cuál era la verdad, también tenía que decidir cómo iba a aceptar esa verdad.

Podía aceptar el odio o podía aceptar la verdad y seguir adelante.

Gabrielle sintió que se iba quedando dormida con una sensación de inevitabilidad. Decidió que la verdad tendría que esperar hasta mañana.


Y así fue. Gabrielle se despertó a la mañana siguiente sintiéndose sorprendentemente descansada. Levantó rápidamente la cabeza y miró hacia la puerta, temerosa de haberse despertado tarde, pero la escasa luz que entraba por la alta ventana de la torre le aseguró que todavía no había amanecido.

Se levantó, frotándose los brazos por el frío, y se calzó las botas nuevas antes de ponerse en pie. Ahora que las plantas de los pies desnudos no tocaban la piedra fría pudo entrar en calor un poco mientras se movía por su pequeño nicho.

—Brr. —Gabrielle se lavó la cara y las manos y se pasó el peine de madera por el pelo. Observó los claros mechones con mala cara y luego decidió recogérselos.

Era tan temprano que tenía tiempo de pasear un poco por su pequeño reino de la torre, de modo que después de arreglarse la ropa, salió por la estrecha puerta de su nicho y entró en la torre misma. Todo estaba en silencio y el único indicio de ruido era el chisporroteo de las antorchas casi agotadas. Incluso la escalera que llevaba a los niveles inferiores estaba oscura y silenciosa, con la puerta de abajo firmemente cerrada para evitar intrusos.

Gabrielle recorrió el perímetro de la torre, tocando los tapices colgados con dedos curiosos. Olían a años y lana, pero los colores con los que estaban tejidos todavía eran brillantes y agradables para la vista. La torre misma, no tardó en darse cuenta, sólo tenía tres entradas. Una era la estrecha escalera que bajaba a la cocina. Las otras dos daban a unas pasarelas que conectaban la torre con el resto de la fortaleza. Los aposentos de la reina estaban, en todos los sentidos, aislados en esta isla de piedra.

¿A propósito? Gabrielle miró un momento la puerta reforzada con hierro que daba al pasillo interior que llevaba a las habitaciones de Xena. ¿Para quedarse aparte, en su torre, lejos de los terrores sobre los que presidía?

Gabrielle pasó los dedos por la madera mientras pensaba en su encuentro de la noche anterior. Acabó en la puerta de la pasarela y comprobó el picaporte, algo sorprendida al ver que cedía sin problemas al tocarlo. Abrió la puerta empujándola y aspiró una bocanada de aire fresco y frío.

Al otro lado de la puerta se extendía la pasarela de piedra, que terminaba en otra entrada bloqueada al otro extremo. Gabrielle salió y caminó por ella, echando la cabeza hacia atrás para ver el cielo oscuro que poco a poco iba dando paso al leve gris del amanecer en el horizonte.

Fue al borde del muro y apoyó los codos en él, mirando al otro lado. Por este lado, los muros daban a un precipicio: la falda de la montaña sobre la que estaba construida la fortaleza caía hasta encontrarse con un río que corría furioso allá abajo. Todo era verde, y contempló campos y pastos con una extensión de leguas que rodeaban pequeños grupos de casas.

Parecía... bonito. Gabrielle apoyó la barbilla en las muñecas. La tierra parecía rica y bien cuidada y tenía un aspecto ordenado que le resultaba muy atractivo.

Qué distinto de su casa. Potedaia era una aldea de granjeros establecida entre la maleza sobre una pedregosa extensión de tierra que entregaba sus recursos de muy mala gana. Su familia y las demás habían luchado contra la naturaleza y el destino cada año para arrancar los medios de subsistencia suficientes para seguir con vida. Las ovejas eran su recurso más preciado, pues los animales conseguían sobrevivir con los hierbajos mucho mejor que las vacas y los cerdos que habían intentado criar algunos de sus vecinos.

Y estaban tan solos. Sólo había unas pocas aldeas cercanas y casi todas en la misma situación penosa. Todas ellas sometidas a los ataques de cualquier banda de salteadores locales que estuviera cerca y quisiera una comida gratis o un revolcón gratis bajo las pieles.

Si hubiera estado en casa... si su casa aún existiera, ¿qué habría estado haciendo? Gabrielle resopló en el aire cargado de rocío y vio el ligerísimo vaho de su propio aliento delante de ella. Habría estado recogiendo agua, bajo la mirada crítica de su padre, y Lila estaría trayendo la leña y las dos tendrían la esperanza de conseguir desayunar sin llevarse una regañina.

Bueno.

Gabrielle miró a su alrededor, contemplando los altos muros de piedra y la riqueza de la tierra. ¿Esto era mejor o peor? Se quedó pensando, luego se dio la vuelta y fue al muro interior para mirar al otro lado. Desde aquí veía la parte interna de la fortaleza, los patios y las zonas de trabajo. Pero el patio de la cocina no, y tampoco el matadero donde había muerto su hermana. Se asomó y vio salir a los mozos de cuadra, dos de los cuales guiaban a unos caballos grandes y hermosos, evidentemente bien cuidados.

Se oyó una voz suave y melodiosa cuando uno de los mozos se puso a cantarle a su animal y Gabrielle vio cómo las grandes orejas negras se inclinaban para escuchar. Más allá, vio que estaban descargando un carro cerca del almacén y ahora el aire le trajo los ruidos de la fortaleza al despertarse y comenzar el día.

Gabrielle volvió a apoyar la barbilla en las muñecas.


Xena estaba sentada en el alféizar de la ventana de su sala de entrenamiento. Observaba a la esbelta figura que estaba en la pasarela e iba de un muro al otro, mientras intentaba descifrar qué demonios estaba haciendo la chiquilla.

Incapaz de dormir, se había levantado varias marcas antes y había decidido hacer ejercicio para librarse de su agitación, en lugar de quedarse dando vueltas en la cama. Ahora, cansada y libre de la energía nerviosa, se encontraba ante el enigma que era el causante de su inquietud.

Xena se reclinó en la piedra y apoyó la espada sobre la rodilla alzada. La empuñadura le rozaba la barbilla y captaba el olor ácido del bronce y el cuero. Le dolían los hombros y notaba el sudor que se le secaba en la piel. Quería darse un baño y sin embargo, estaba aquí sentada observando a esta pequeña criatura rubia, queriendo saber qué hacía y, lo que era más importante, qué pensaba.

Tal vez ésa fuera la diferencia. Xena sopló suavemente a una araña, apartándola de su cabeza y haciendo que huyera hacia su tela. En la cabeza de Gabrielle ocurría algo, algo que ella no lograba descifrar.

Eso la fastidiaba. No paraba de pensar que tenía calada a Gabrielle, que sabía cuáles eran sus motivaciones y cómo iba a reaccionar a continuación, y la maldita cría no paraba de demostrar que se había equivocado.

Xena reflexionó sobre el objeto de su atención, observando a Gabrielle cuando ésta se apartó del muro y echó la cabeza hacia atrás, volviendo los ojos al cielo. Incluso desde aquí, captaba la pregunta del movimiento, mientras Gabrielle buscaba un sentido en los cielos igual que ella la miraba buscando lo mismo.

El comienzo del amanecer destacaba el perfil de la chica, que a Xena le pareció que tenía una agradable simetría. También tenía una dulzura que la monarca al acecho descubrió que le gustaba.

Luego la chica enderezó los hombros y respiró hondo, doblando los puños y relajándolos a continuación. Se volvió y se dirigió a la puerta, ajena a los ojos que la observaban.

De repente, Xena quiso saber cuál era la decisión que había tomado. Se bajó de su asiento y fue a la puerta oculta de su atalaya para regresar a sus aposentos.


Gabrielle se puso una de sus túnicas de trabajo y se quitó las botas. Ahora ya hacía suficiente calor dentro, o se había movido lo suficiente para quitarse el frío, por lo que la piedra le resultaba fresca bajo los pies, no fría. Dobló con cuidado las polainas y las guardó en su baúl, luego se cepilló de nuevo el pelo y fue a las escaleras que bajaban a las cocinas.

Algo la hizo detenerse, en el primer escalón. Se paró y se volvió, intentando dilucidar qué era. ¿Un ruido? Con curiosidad, regresó a la puerta que daba a los aposentos de la reina y apoyó la mano en ella, echándose hacia delante y escuchando con atención.

De repente, la puerta se abrió hacia dentro y pegó un respingo cuando una figura alta y vestida de negro se recortó contra el umbral, dando la impresión de estar hecha de sombras y fibra.

—¡Oh! —Gabrielle retrocedió, alzando las manos por el susto.

La figura se detuvo.

Salió el sol y entró luz por las ventanas superiores, ahuyentando las sombras y revelando que el rostro que había en la oscuridad era el de Xena.

—Calma. No te voy a hacer daño —afirmó Xena en voz baja.

Gabrielle recuperó el aliento, parpadeando mientras miraba a la reina. En lugar de sus túnicas de seda y sus elegantes togas, Xena iba vestida con una sosa y práctica túnica negra acolchada, con hebillas que le ceñían la tela al cuerpo. Llevaba las piernas al aire, lo mismo que los brazos, y estaba cubierta de sudor, el mismo sudor que le empapaba el pelo y se lo pegaba a la cabeza. Apoyada en el pliegue del brazo, llevaba una espada con una gastada vaina de cuero.

Poco a poco, el corazón se le fue calmando. Gabrielle dejó caer las manos a los lados cuando se le pasó el susto.

—Me pareció oír un ruido —dijo, suavemente.

—He golpeado la antorcha con esto. —Xena indicó la espada—. ¿Dónde vas?

—Abajo... mm, abajo a las cocinas. Para ayudar y desayunar algo —replicó Gabrielle—. Estaba... me he despertado un poco temprano y he estado pensando en lo que dijiste anoche.

—¿Y? —dijo Xena con tono controlado.

Gabrielle se sentía inquieta, como siempre. Pero se obligó a calmarse y pensó la respuesta.

—No puedo cambiar lo que ha pasado —dijo por fin—. No puedo olvidarlo, pero no puedo cambiarlo. Lo único que puedo cambiar es el futuro.

Xena se relajó, mínimamente.

—Buena decisión —alabó a la chica.

—Gracias. —Gabrielle carraspeó un poco, mirando por el pasillo vacío—. Lo siento si te he molestado.

—No me has molestado —dijo Xena, apoyándose en la puerta—. Me estaba librando de mis frustraciones.

Gabrielle la miró con curiosidad. Había algo que no conseguía localizar que era distinto en Xena en ese momento. Alzó los ojos y quedaron capturados por los claros ojos azules de la reina, que chispeaban bajo el sol naciente.

Algo. Casi un eco de algo profundamente enterrado en sus recuerdos. Una resonancia que era muy familiar.

—Eh. —Xena chasqueó los dedos ante los ojos de Gabrielle—. ¿Sigues dormida?

Gabrielle se sobresaltó un poco.

—Mm... no. —Meneó la cabeza—. Sólo estaba pensando.

Xena descubrió que le gustaba este encuentro mañanero.

—¿En qué?

—No sabía que las reinas llevaran espada —soltó Gabrielle—. Creía que para eso tenían guardias.

—Ah. —Xena se apartó de la pared y retrocedió, abriendo más la puerta—. Pasa. ¿Ya estás lista para contarme una historia?

Gabrielle miró hacia atrás, pero el pasillo seguía vacío. Siguió vacilante a Xena al pasillo interior.

—No lo sé.

—Entonces te contaré yo una. —Xena abrió de una patada la puerta de su dormitorio y entró, esperando evidentemente que Gabrielle la siguiera. Se volvió al tiempo que dejaba la espada y vio a la chica en el umbral mirándola. La expresión de sus ojos era... indescriptible—. Gabrielle —dijo Xena, bruscamente.

Los ojos de la chica se posaron en los suyos con cautela.

—¿Qué estás pensando ahora mismo? Dímelo —ordenó Xena.

Despacio, Gabrielle ladeó la cabeza pensativa.

—Estaba... estaba pensando que vestida así pareces... —Paseó la mirada por la alta figura.

Las cejas oscuras de Xena se enarcaron sardónicamente.

—¿Menos reina? —dijo con una sonrisa burlona.

—Más real —respondió Gabrielle suavemente, mirándola a la cara—. Como si ésta fueras tú de verdad.

Desprevenida ante la verdad descarnada de esas palabras, Xena no supo qué contestar. Y las dos se quedaron en silencio, mirándose desde cada lado de la habitación hasta que por fin Xena salió de su parálisis y metió la espada en su cajón.

—Bueno —dijo—, desde luego, eso es algo muy discutible.

Gabrielle guardó silencio.

Xena se dirigió a su sala de baño.

—Siéntate, Gabrielle. Puedes escandalizar al senescal compartiendo mi desayuno, si te atreves.

Oh, cielos. Gabrielle soltó despacio el aliento que llevaba mucho rato aguantando. Empezaba a ser un día muy peligroso.


Pero el desayuno no fue tan malo como se esperaba. Gabrielle se sentó en su banquetita cerca del fuego, agradeciendo el calor en la piernas desnudas. Xena tenía abiertas las ventanas de cristales emplomados y una brisa fresca agitaba las telas de la habitación.

Tomó un huevo con un bollo de pan. Gabrielle descubrió que le gustaba mucho, ya que los huevos habían sido un manjar poco frecuente en su vida, pues los pocos que ponían sus gallinas iban todos directos a la venta. Mordisqueó el bollo despacio para que le durara, observando en silencio mientras Xena revisaba unos pergaminos que había traído el senescal junto con la bandeja del desayuno. La mirada que le había echado a Gabrielle, por supuesto, podría haber cortado el pequeño vaso de leche que tenía Xena junto a la muñeca derecha, pero la reina le dijo simplemente que dejara la comida para las dos y que ella se encargaría de seguir instruyendo a Gabrielle.

Era una sensación muy rara. A Gabrielle le había dado la clara impresión de que al senescal no le hacía gracia que estuviera allí y que no le gustaba la atención que le prestaba Xena. Pero no podía decir nada, de modo que hizo lo que se le ordenaba y las dejó en paz.

Xena se había quitado el gastado atuendo negro y se había puesto una bata de seda y dejaba que la brisa le secara el largo pelo negro. Ésta era la primera oportunidad que tenía Gabrielle de mirarla de verdad más de un segundo y descubrió sorprendida que tenía muchas cosas interesantes que no había advertido hasta entonces.

Como el hecho de que era mucho más joven de lo que había creído Gabrielle al principio. Sentada frente a ella, leyendo en silencio los pergaminos, sin la habitual energía impaciente que crepitaba a su alrededor, Gabrielle vio que no tenía arrugas alrededor de los ojos y que los firmes contornos de la juventud eran evidentes, ahora que se había echado el pelo hacia atrás para secárselo. Tenía los pómulos altos, una mandíbula fuerte y las cejas de arco más perfecto que había visto Gabrielle en su vida.

—Más indisciplina. —Xena sacudió la cabeza—. Maldita sea, ¿pero qué Hades pensaba ese hombre que estaba haciendo con esos soldados? ¿Es que también ha dejado que corran como salvajes por el campo?

Gabrielle se dio cuenta correctamente de que la pregunta no iba dirigida a ella y, sin embargo, le hizo pensar en una cosa que la inquietaba desde la noche anterior.

—Tú dijiste que no te gustaba lo que hacían en la ciudad del río con los niños esclavos.

Xena levantó la mirada, con una expresión atenta e interrogante en sus penetrantes ojos azules.

—¿Sí?

—Entonces, ¿por qué permites que los soldados les hagan eso a las esclavas que hay aquí? —preguntó Gabrielle—. No comprendo cuál es la diferencia.

El alto cuerpo que estaba frente a ella se quedó inmóvil.

—¿Qué? —dijo Xena, en voz baja y ronca.

Gabrielle parpadeó.

—Algunas de las que llegaron conmigo, las... han... —Fue hablando más despacio cuando Xena se levantó y se acercó a ella—. Enviado al c... cuartel.

Con una delicadeza sorprendente, Xena la agarró de los hombros y la puso en pie, observándole la cara con mucha atención.

—¿Cuándo? —preguntó, en un tono muy bajo.

Desconcertada, Gabrielle resopló.

—Ayer, pero...

Xena la soltó y volvió a sentarla en su banqueta. Luego volvió a su sitio y cogió uno de los pergaminos, lo levantó y lo examinó con curiosidad.

—No me digas —dijo—. ¿Amigas tuyas?

Por alguna razón, Gabrielle sintió un escalofrío por la espalda.

—Una de las chicas que fue capturada conmigo, sí. Nos habíamos hecho más o menos amigas.

—¿La han violado?

Gabrielle recordó el aspecto de la chica y vio los moratones que tenía en la cara y las profundas ojeras.

—Eso creo.

—Mm. —Xena fue a la puerta y la abrió—. ¿Rejas? ¿Puedes bajar al cuartel y avisar a Brendan? Dile que quiero verlo. —Hizo una pausa y su voz adquirió un tono duro y frío—. Ahora.

—Majestad. —El guardia se inclinó y se fue corriendo.

Xena se quedó en la puerta, intentando controlar la ira que le revolvía las tripas. Tomando aliento varias veces, se volvió y regresó a su silla, se sentó y juntó las manos. Gabrielle la miraba alarmada, con parte del bollo todavía en la mano, olvidado.

—Termina de desayunar —le aconsejó Xena—. No están tan buenos si se quedan fríos.

Gabrielle se relajó un poco y se puso a comer de nuevo.

—No estaba mintiendo.

Los labios de Xena se tensaron en una sonrisa.

—Lo sé. —Volvió a quedarse en silencio y Gabrielle siguió comiendo.

Al cabo de un minuto, se oyeron pasos apresurados en el pasillo y un ligero golpe en la puerta.

—Adelante —dijo Xena en voz alta.

Se abrió la puerta y entró Brendan, que cruzó la habitación e inclinó la cabeza.

—¿Ama? El guardia me ha dicho que deseas verme.

—Aquí Gabrielle... —contestó Xena—, me ha dicho que una de las esclavas de abajo fue enviada ayer al cuartel y usada para el placer sexual de los hombres —dijo—. ¿Es eso cierto, Brendan?

Su viejo capitán se quedó sin saber qué decir. Se le cayó un poco la mandíbula y le fue subiendo un rubor desde el cuello.

—Ah... ama...

—¿Lo es? —preguntó Xena de nuevo, esta vez con tono frío.

Brendan vaciló y luego asintió.

—Sí, ama, lo es.

No parecía posible, pero el tono de Xena se hizo aún más glacial.

—Eso es muy triste, Brendan. ¿Cómo ocurrió?

El veterano resopló.

—No fue algo... el capitán de Bregos lo ordenó y al imbécil del chico al que envió no se le ocurrió pensar que no debía hacerlo y el más imbécil del guardia de las cocinas no tuvo el sentido común de impedírselo —dijo—. Cuando nos dimos cuenta de lo que estaba pasando, sus hombres estaban diciendo que así es como se tiene que dirigir un ejército y que... —Brendan carraspeó y Xena se levantó y se acercó a él—. Que sienten lástima de nosotros porque tú tienes esa norma.

—¿Sabes qué hombres lo hicieron? —preguntó Xena con tono tajante.

Brendan la miró.

—Sí.

—Bien —asintió Xena—. Sal. No te muevas. Ahora mismo salgo. —Lo empujó hacia la puerta y esperó a que saliera, luego fue a su guardarropa y sacó unas prendas—. Ya me has dicho dos cosas muy valiosas, Gabrielle. Estás demostrando ser toda una joya.

Gabrielle la miró cuando pasó a su lado a grandes zancadas.

—Gracias —murmuró, totalmente desconcertada—. Pero qué...

—Sshh. Tú espera. —Xena se metió en su vestidor—. Tú espera y verás.

Vale. Gabrielle se tragó lo que le quedaba del bollo e hizo lo que se le ordenaba. Fuera lo que fuese, tenía la sospecha de que no iba a ser agradable.


Xena miró a su alrededor al tiempo que avanzaba por el estrecho pasillo hacia el cuartel. Sabía que Brendan y Gabrielle la seguían de cerca y notaba la furia que hervía en sus entrañas. Llegaron a una puerta pequeña y poco llamativa y se detuvo apoyando la mano en ella antes de abrirla.

—Guardad silencio, a menos que os diga que habléis —les dijo.

Ambos asintieron. Abrió la puerta y entró. El cuartel estaba fresco y, a esta hora, bastante oscuro. Había un grupo de hombres congregado en un extremo, y a pesar de la estrechez del lugar, la estructura estaba bien cuidada y ordenada.

Xena oyó que Gabrielle tomaba aliento bruscamente y examinó el interior, tratando de ver lo que le había provocado esa reacción. Sus ojos se posaron en un catre cerca de la pared del fondo, donde una pequeña figura estaba allí tirada como se podría haber hecho con una muñeca de trapo.

Sin hacer ruido, Xena se volvió y miró a Brendan. Éste se negó a mirarla a los ojos. Xena señaló la cama y empujó ligeramente a Gabrielle para que fuera allí. Esperó a que su joven esclava estuviera con la figura inerte y luego se volvió y contempló la estancia. Nadie la había visto aún y tuvo un momento para planificar su ataque.

Cerca de la puerta principal había un hombre alto y fornido, que no paraba de reír. Tenía el cinturón colgado de los hombros y los botones de los pantalones desabrochados.

—¿Ése es el capitán de Bregos? —le preguntó Xena a Brendan.

—Sí —contestó Brendan susurrando—. Ama...

—Ni te molestes. —Xena lo apartó. Se preparó y avanzó hacia la puerta, dando varios pasos antes de que advirtieran su presencia. Todo el mundo se apresuró a formar, inclinándose y haciendo reverencias, y el hombre que estaba cerca de la puerta se abrochó los botones rápidamente y se pasó una mano por el pelo alborotado.

—Ama —murmuraron varios de los soldados, pero nadie la miraba directamente.

Lo sabían.

El capitán de Bregos se irguió y tras vacilar un instante, la saludó.

—Majestad.

Xena se detuvo a corta distancia de él. Se volvió y miró hacia atrás.

—¿Gabrielle?

La mujer rubia la miró con expresión de sufrimiento.

Xena asintió y luego volvió a fijarse en el capitán.

—¿Qué es eso? —preguntó con tono apacible, señalando la cama por encima del hombro.

Los ojos del hombre se posaron en el cuerpo y luego regresaron a ella.

—Una simple diversión, Majestad —dijo—. Nada más.

Xena lo miró directamente a los ojos.

—¿Sabes lo que eres, capitán? —En su cara se formó una sonrisa indolente.

Él la miró enarcando una ceja con gesto arrogante.

—No, Majestad. ¿El qué?

Xena dejó caer el brazo derecho al costado y cerró los dedos alrededor de la empuñadura del cuchillo que cayó en su mano. Afirmó el cuerpo y atacó, con un movimiento veloz como el rayo que cruzó el cuerpo del hombre y le cortó el cuello de oreja a oreja. La sangre salió a borbotones y él se tambaleó hacia atrás, atragantándose y ahogándose con su propia sangre hasta morir.

Xena le pegó una patada en la entrepierna y observó cómo se desplomaba en el suelo, sobre un charco de intenso color rojo que se iba extendiendo debajo de él.

—Eres una simple diversión. —Le dio la vuelta con el pie, contemplando su agonía espasmódica con rostro impasible—. Nada más.

Con un último gorgoteo, el hombre murió. Xena dio la vuelta al puñal y lo limpió en la manga del soldado más cercano, que estaba petrificado de pasmo a su lado. Miró al resto de los hombres.

—Los esclavos que hay aquí... son míos —dijo—. Si alguno de vosotros vuelve a tocar a uno de ellos, os abriré en canal y os colgaré en el patio de la cocina. —Enunciaba las palabras despacio y con claridad—. ¿Me comprendéis todos?

—Ama —susurraron como respuesta.

—Bien. —Xena miró a su alrededor y se fijó en algunos de sus propios hombres que estaban allí—. El hecho de que vosotros os quedarais a un lado y dejarais que ocurriera esto me llena de asco. No sois mejores que él. —Entrecerró los ojos—. Y lo recordaré. —Se volvió, dejando que su capa flotara a su alrededor, y regresó a la puerta interior. Al llegar a la altura de Gabrielle y la cama de la pobre esclava, se detuvo—. ¿Está muerta?

Gabrielle la miró.

—No —dijo—. Pero seguro que desea estarlo.

Xena asintió.

—Brendan, que la lleven a la enfermería. Diles a los sanadores que debe recibir los mejores cuidados.

—Ama —susurró el veterano.

—Luego ven a verme —añadió Xena.

El hombre hundió los hombros.

—Sí, ama.

Xena echó un último vistazo a su alrededor y sacudió la cabeza.

—Gabrielle. —Sostuvo la puerta abierta—. Vámonos.

—Ama. —Brendan se atrevió a alzar la cabeza—. ¿Qué le digo a Bregos?

Por la mente de Xena pasaron varias cosas muy selectas que estuvo a punto de decir en voz alta.

—Dile que necesita un nuevo capitán —soltó—. Entre otras cosas. —Se volvió y siguió a Gabrielle por la puerta, cerrándola de golpe al salir con tal fuerza que desprendió una pequeña piedra que había en la pared encima de ella. La piedra rodó por el pasillo y se detuvo, balanceándose—. La respuesta a tu pregunta, Gabrielle, es que no lo permito.

Gabrielle soltó un leve suspiro de tristeza. Por furiosa que estuviera ante el horror al que habían sometido a la otra esclava, nunca se había esperado que Xena aplicara semejante castigo al que lo había hecho. La vida no significaba nada para Xena, ¿verdad?

—Oh —logró decir.

Xena ladeó la cabeza y la observó a la luz de las antorchas del pasillo.

—¿Contenta de haber terminado de desayunar antes de que hiciera eso? —preguntó, con humor negro.

Los atónitos ojos verdes la miraron desconcertados.

—Vamos —suspiró Xena, perdiendo ese momento de humor—. La verdad es que no tiene gracia. He dejado pasar demasiadas cosas. —Frunció el ceño y echó a andar por el pasillo, arrastrando un remolino de polvo tras ella.


Gabrielle notó el silencio a su alrededor al entrar en la cocina. Respiró hondo y siguió avanzando, con la cabeza alta mientras rodeaba las cajas y llegaba a la sala común. Se puso en la cola con los demás y guardó silencio, consciente de los ojos clavados en ella.

—Es la chica de la reina.

Apenas captó el susurro. Gabrielle cogió un plato de madera y aceptó la gruesa rebanada de pan que a continuación fue cubierta por un estofado de cordero aún más espeso. Hacía ya tiempo que había pasado el mediodía y el desayuno parecía haber quedado perdido en el pasado, teniendo en cuenta todo lo que había ocurrido. Cogió su plato y una jarra de sidra y se dirigió a los bancos, donde se sentó, colocándose el plato en las rodillas.

Nadie se sentó a su lado. Gabrielle frunció el ceño, pensando que lo que hacían no era muy justo, pero al menos podía comer algo tranquila. Tranquilidad que se vio interrumpida, por supuesto, cuando Toris se sentó a su lado y estiró en el suelo los pies incrustados de mugre.

—Hola —lo saludó—. ¿Seguro que te quieres sentar aquí? Creo que llevo la peste escrita en la frente.

Toris dejó su jarra y sorbió.

—Qué va. —Miró a su alrededor—. Sólo están celosos. —Cogió un trozo de cordero y se lo comió—. Además, todo el mundo se ha enterado de lo que ha ocurrido hoy en el cuartel. —Le dio un ligero codazo—. Así que te entiendes bien con ella, ¿eh?

Gabrielle recordó lo que había dicho sobre Bregos.

—¿Que me entiendo con ella? —Mantuvo la mirada gacha—. No me parece. Sólo estaba en el sitio equivocado en el momento equivocado. Hice una pregunta y resultó ser más importante de lo que creía.

Toris comió en silencio durante unos minutos.

—Bueno, pues esa pregunta podría haber inclinado por fin la balanza. —Bajó la voz—. Hasta sus hombres están furiosos. ¡Bien hecho!

De repente, el cordero perdió su atractivo.

—¿Qué quieres decir?

—Escucha. —Toris la agarró de la muñeca—. No necesitas saberlo. Si no sabes nada, no puedes decirle nada y meternos a todos en un lío.

Gabrielle dejó el pan y se volvió para mirarlo.

—¿Entonces por qué estás aquí hablando conmigo? ¿Por qué no te vas y finges que soy una especie de gusano como hacen todos los demás? No me hace falta que te sientes aquí para decirme que sabes cosas pero que no puedes contármelas. —Se soltó la muñeca—. ¡Estoy hartísima! ¡Yo no pedí que me llevaran allí, así que podéis coger vuestra actitud y metérosla por donde os quepa! —dijo alzando la voz, que resonó por la amplia estancia, en medio de un repentino silencio.

—¡Vale! ¡Vale! —la apaciguó Toris—. ¡Sólo intento ayudarte!

—¿Ayudarme? —Gabrielle volvió a levantar la voz—. ¡Anda ya! Estáis todos tramando cosas contra la reina... y deja que te diga que ha sido ella la que nos ha defendido hoy y que ha sido ella la que ha salvado a una de nosotras de ser violada una y otra vez. ¡No tu general! No me estás ayudando, ¡ni siquiera te estás ayudando a ti mismo si crees que él nos dejaría marchar!

—¡Gabrielle! —Toris le tapó la boca con la mano—. ¡No lo comprendes!

Gabrielle empujó el plato a un lado y le apartó la mano de un tirón.

—No, el que no comprende eres tú.

—¡Sshh! —Toris volvió a taparle la boca—. ¡¡¡Cállate antes de que nos maten a todos!!!

Gabrielle miró a su alrededor y descubrió un círculo de rostros amenazantes que los rodeaban.

—Será mejor que nos libremos de ella. Está al tanto —dijo uno de los hombres más altos.

—¡No! —lo contradijo Toris con severidad—. ¡Dejadla en paz! ¡Es la única llave que tenemos para llegar allí, recordadlo!

—¡Está hechizada por la reina, idiota! ¡Es que no te das cuenta! —contestó el hombre alto—. ¿Es que quieres morir? Dame a esa moza. ¡Yo me ocuparé de ella y la cortaré bien para que la cocinera le dé de comer su cuerpo a esa bruja de arriba!

Gabrielle se preparó para luchar, comprendiendo de repente lo apurada que era su situación. Plantó los pies en el suelo, a pesar de que Toris la tenía agarrada, y se lanzó hacia delante, arrastrándolo con ella al tirarse contra las piernas del hombre alto. Éste cayó por encima de ellos y soltó una maldición, al tiempo que ella rodaba hasta soltarse. Se levantó de un salto y salió corriendo hacia la escalera, derribando a dos de los cocineros que entraban corriendo para ver qué pasaba. Notó una mano que le agarraba la camisa al llegar a las escaleras, pero llevaba tanta velocidad que logró soltarse y subió las escaleras corriendo de dos en dos.

Una vez en lo alto se detuvo para recuperar el aliento y se volvió, atisbando angustiada por la oscura escalera. Oyó unos gritos que venían de abajo y luego se hizo el silencio. Jadeando, se apoyó en la pared y notó que le empezaban a temblar las piernas como reacción de su cuerpo ante lo que había ocurrido.

O lo que había estado a punto de ocurrir. Sintiéndose revuelta, entró tambaleándose en su pequeño nicho y se desplomó en su camastro, sin saber si vomitar o llorar.

Oyó unos pasos que se acercaban y se aferró al costado del camastro, contemplando la abertura que daba a su espacio con los ojos desorbitados. Pero quien apareció era Stanislaus, que se detuvo un momento antes de entrar y acercarse a ella. Gabrielle se puso tensa, pero Stanislaus levantó la mano con gesto tranquilizador y se acuclilló a su lado.

—Tranquila.

La respiración acelerada de Gabrielle resonaba en el silencio.

—Tranquila, Gabrielle. No pasa nada —le dijo el senescal, con tono amable—. No pasa nada.

Los ojos verdes lo observaban con atención.

—¿Tú también estás con ellos? —preguntó Gabrielle.

—No. —Stanislaus meneó la cabeza—. Yo soy de Xena, en cuerpo, corazón y alma. Siempre lo he sido. —Le puso una mano en la rodilla—. Pero tú estás en una posición peligrosísima, pequeña.

Gabrielle hundió los hombros.

—Ya lo sé —susurró—. ¿Pero qué puedo hacer?

Sorprendentemente, el senescal se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y apoyó los codos en los muslos.

—Ésa es la cuestión, ¿verdad? Tienes que saber, Gabrielle, que en esta fortaleza ha habido conspiraciones desde que mi ama empezó a reinar. Siempre se cuece algo. No tienes por qué preocuparte por ello.

—Oh —dijo Gabrielle—. Es tan confuso.

—Efectivamente —asintió Stanislaus—. Y tú te has puesto de por medio, porque mi ama te ha tomado cariño. Eso no es bueno para ti, me temo.

Te ha tomado cariño. Gabrielle dio vueltas a esa idea en su cabeza.

—Pero no es culpa mía.

—Claro que no —asintió él—. ¿Cómo puede serlo? Sólo intentas sobrevivir, como hacemos todos. Pero hay algo en ti que le ha llamado la atención, poderosamente —dijo—. Eso es peligroso para las dos. Para ti, porque sólo eres una esclava y, por lo tanto, sacrificable. Para ella, porque les abres un camino para penetrar sus defensas que si no, no tendrían.

Gabrielle se encogió ante la verdad de esta afirmación.

—¿Qué debo hacer?

Stanislaus pareció reflexionar sobre la pregunta.

—Porque quiero a mi reina, voy a hacer lo siguiente. Te voy a sacar de aquí, Gabrielle, y te pondré en el camino de tu libertad —le dijo, con gran seriedad—. Esta noche nos iremos de aquí. Un amigo de confianza te llevará aprovechando la oscuridad y jamás tendrás que volver a ver este sitio.

Libertad.

Gabrielle sintió una oleada de vértigo.

—¿Sabe la reina que estás haciendo esto? —preguntó.

—No. —Stanislaus meneó la cabeza—. Y se pondrá furiosa conmigo cuando lo descubra. Pero es lo mejor para las dos, ¿lo comprendes, Gabrielle?

Ella asintió.

—Lo comprendo.

Él soltó un suspiro casi de alivio.

—Quédate aquí. No hagas ruido. Cuando se haga de noche, vendré a buscarte.

—Muy bien —le contestó Gabrielle—. Gracias.

Él alargó la mano y le revolvió el pelo, luego se puso en pie y se sacudió los ropajes de terciopelo.

—Te estás arriesgando mucho, ¿verdad? —preguntó Gabrielle de repente.

Stanislaus la miró desde arriba.

—Más de lo que te puedes imaginar. —Inclinó ligeramente la cabeza y luego salió por la puerta y se alejó, sin que sus botas hicieran apenas ruido sobre las piedras.

Gabrielle. Vas a ser libre. Dejarás todo esto atrás. ¿No es increíble? Parpadeó, muy sorprendida al descubrir que le caían lágrimas por las mejillas y que el corazón le pesaba como un trozo de plomo en el pecho.


Xena se detuvo cerca de la pared y escuchó. Regresaba de la corte vespertina, donde Bregos se había hecho notar por su llamativa ausencia. Problemas de estómago, había dicho su mayordomo en su defensa, disculpándose sentidamente ante Xena en su nombre. Lo más probable era que se le hubiera puesto mal el estómago por la muerte de su capitán y, haciendo alarde de prudencia, en opinión de Xena, quería dar tiempo a su reina para que se calmara antes de enfrentarse a ella.

Eso dio una alegría perversa a Xena. Sin embargo, al regresar a sus aposentos, captó un olor extraño que salía del pasillo principal y fue a investigar. Olisqueó y siguió adelante, rastreando el olor hasta una pequeña puerta rara vez usada cuyo cerrojo estaba casi soldado por la herrumbre.

Casi. Xena movió el mecanismo, que olía a grasa de cerdo, aplicada recientemente. Se le pusieron los pelos de punta y abrió la puerta con cuidado, acercó el ojo a la rendija y atisbó fuera.

Ah. Ante ella vio la grupa de un caballo, el origen del olor que había estado siguiendo. Si huele a caca de caballo, tiene que haber un caballo cerca. Abrió más la puerta y salió a la luz del sol poniente. Había dos caballos atados a una pica de hierro incrustrada en la pared, totalmente equipados y cargados con pertrechos de viaje en el lomo.

—¿Qué tenemos aquí? —murmuró Xena.

Se levantó la brisa. Con ella se le pusieron de punta los pelos de la nuca y se quedó rígida, volviendo la cabeza mientras intentaba localizar la amenaza que le había indicado su instinto.

El levísimo ruido de una cuerda tensada fue el único aviso que tuvo y se giró en la penumbra cada vez mayor y alargó las dos manos como un relámpago, cerrando los dedos alrededor de los astiles de dos flechas de ballesta.

Y entonces una puñalada de fuego abrasador le atravesó la espalda y se tambaleó hacia delante, cayendo casi sobre los cuartos traseros de los caballos. Se giró en redondo por puro instinto, bloqueando el dolor lo suficiente como para esconderse detrás de uno de los caballos, protegiéndose el cuerpo de cualquier otra flecha.

¡Maldición! El dolor era increíble. Notaba la punta de la flecha profundamente incrustrada dentro de ella, y mantuvo la serenidad con voluntad de hierro. ¡Cabrones!

Oyó el ruido de unas armas al caer y luego pasos a la carrera. Estaba demasiado oscuro para ver nada, pero por la misma razón, sabía que estaba demasiado oscuro para que sus atacantes la vieran a ella. De hecho, no sabía con quién estaba más furiosa, si con los hijos de bacante que le habían disparado o con ella misma por caer en la trampa.

Tres ballestas. Una más que las manos que tenía para atrapar las flechas y un disparo afortunado. Maldiciendo suavemente, se apoyó en el caballo y echó la mano hacia atrás, rozando con los dedos el astil de la flecha que le salía de la espalda. Sólo por tocarlo se tuvo que morder con fuerza el labio inferior y notó el sabor de la sangre en los labios.

Obligándose a conservar la calma, tomó aliento varias veces y dejó que se le tranquilizaran los nervios. Vale. Tenía problemas. Xena trazó un recorrido en su cabeza. Tenía que volver a sus aposentos y sacarse esta maldita cosa. ¿Cómo? Dejó eso para cuando llegara y despacio, con dificultad, emprendió el largo camino de regreso.


Estaba vestida con su ropa más abrigosa. Las polainas, metidas en las botas de cuero, una camisa y la túnica azul por encima. Gabrielle estaba sentada en su cama, rodeándose las rodillas con los brazos, esperando. Sabía que había algo que quería hacer. Sabía que salir de aquí, dejando atrás a Xena sin una palabra, era algo que la atormentaba por motivos que ni siquiera comprendía.

Sabía que tenía la notita que le había dejado Xena oculta dentro de la camisa, un trocito precioso de nada que para ella tenía un valor inexplicable. En la mesa, al lado de la palangana, había dejado a cambio un trozo doblado de pergamino, su única posibilidad de dejar a esta mujer extraña, que le daba un miedo casi mortal, unas pocas palabras, por insignificantes que fueran.

No te conozco. Tú no me conoces. Pero serás una parte de mi vida que nunca olvidaré, por razones malas y buenas a la vez. Tú me quitaste todo lo que tenía en el mundo y, sin embargo, me diste una parte de mí misma que de otra forma jamás habría descubierto. Buena suerte. Que te vaya bien. G.

Con un suspiro, Gabrielle se abrazó más las rodillas, intentando calmar el dolor que sentía en el pecho. Echó un vistazo a la puerta y vio los últimos restos de luz y al hacerlo, oyó el leve roce de unos pasos que se acercaban. Enderezando los hombros, se irguió y posó las manos en las rodillas. Clavó los ojos en la puerta y esperó, oyendo los pasos que se acercaban cada vez más.

Y entonces se detuvieron. Gabrielle se levantó, echando un último vistazo a su pequeño espacio. Apretó ligeramente los puños y luego los relajó abriendo las manos sobre la gruesa tela que le cubría los muslos, lista para salir en cuanto entrara Stanislaus.

La luz de las antorchas quedó bloqueada y dio un paso hacia la puerta, pero se detuvo cuando la oscura silueta se transformó no en la figura baja y fuerte del senescal, sino en una figura más alta y más esbelta que se plantó vacilante ante ella.

—Gabrielle. —La voz de Xena sonaba ronca.

Casi se le salió el corazón del pecho.

—¿Sí? —susurró Gabrielle.

—Necesito tu ayuda.

Todos sus pensamientos sobre Stanislaus la abandonaron de golpe.

—Claro... ¿qué ocurre?

—Ven conmigo. —Xena se volvió y regresó por donde había venido, con movimientos vacilantes.

Gabrielle la siguió, deteniéndose en la puerta al oír unos pasos más pesados que subían por las escaleras de atrás.

Stanislaus.

La libertad.

Les dio la espalda y desapareció por el pasillo interior de la reina, oyendo cómo se cerraba la puerta tras ella con una sorprendente falta de pesar.


PARTE 4


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