21


Tajo, tajo, tajo. Xena movía el brazo metódicamente, cobrando un ritmo de destrucción mientras se abría paso cortando y acuchillando hacia las puertas. Era un blanco y lo sabía. Su cuerpo se alzaba más alto sobre su alto caballo que el de cualquier otra persona de alrededor, y tenía que esquivar flechas y evitar lanzazos con más frecuencia de la que casi le era posible.

Pero no le quedaba más remedio, y eso también lo sabía.

—¡Morid, cabrones de mierda!

Soltó las riendas, agarró la espada con las dos manos y estampó la empuñadura en la cabeza de un hombre que le aferraba la pierna, con lo que le partió el cráneo en dos y llenó la pata de su caballo de sangre y sesos.

No le hizo gracia. Dado el hedor del hombre, a Xena no le extrañó.

—¡Jiaaah! —Clavó las rodillas en el gran semental y éste saltó de lado, pegando coces con las patas traseras y apartando el cuerpo del hombre muerto.

Los hombres de Bregos caían como moscas sobre los suyos y su ventaja en número hacía que la batalla se pareciera más a una masacre, salvo que sus hombres no morían fácilmente.

Xena vio a cuatro soldados enemigos que atacaban a Brendan. Se apartó de dos hombres que la atacaban a ella y puso a Tigre al galope, derribando hombres a su paso y cortándoles la cabeza a los que eran tan estúpidos de intentar echarse encima de ella.

Alcanzó a esos cuatro justo a tiempo de pegarle una patada a uno, destripar a otro y acuchillar a un tercero con el puñal que se había apresurado a desenvainar.

Brendan mató al cuarto. Xena le dio un golpecito en la cabeza con la parte plana de su espada e hizo girar a Tigre sobre las patas traseras, enviándolo de vuelta al galope hacia las primeras líneas.

—¡Gracias, ama! —le gritó Brendan—. ¡Adelante, muchachos! ¡Todos juntos!

Ahora todos se lanzaron hacia ella. Alguien les había dado la idea de que de algún modo ella era la clave de la batalla. Xena se vio rápidamente rodeada de hombres decididos, y un rápido vistazo a las puertas le mostró que allí había una lucha y un caos, pues una masa de siervos impedía que los defensores de la fortaleza pudieran salir.

Habían colocado dos carros en la puerta abierta y lanzaban cosas a los soldados, cajas y suministros, en un torbellino de gritos y cuerpos frenéticos.

Una rabia fría se apoderó de ella.

—Cabroncetes asquerosos —soltó, al comprender la traición. Pero no tuvo tiempo de pensar en ello, pues una docena de hombres la rodeó y se vio en peligro de que la desmontaran de su caballo.


Gabrielle agarraba la crin de Parches y miraba, observando la lucha, sin apartar los ojos ni un momento de la alta figura a lomos del gran caballo negro. El pelo de Xena se agitaba salvaje y su espada se movía como relámpagos mientras luchaba fieramente con los hombres que sitiaban la fortaleza.

Ahogó una exclamación, al ver a Brendan en peligro, y luego consiguió respirar de nuevo al ver que Xena acudía galopando a su rescate. Pero se había formado un grupo de enemigos y vio que avanzaban hacia la reina cuando ésta se volvió.

Le costaba quedarse quieta. Enredó los dedos en la riendas y se dijo a sí misma que lo único que conseguiría si se metía en la batalla sería que la mataran y que Xena se enfadara muchísimo con ella. Eso era algo que no deseaba.

Tampoco quería que Xena resultara herida. Era como si se viera tironeada en dos direcciones distintas por dos fuerzas muy potentes.

Entonces una de las siervas que estaban a su lado soltó una exclamación y señaló, y Gabrielle miró, levantándose un poco sobre los estribos para ver lo que veía la mujer. En la puerta, los soldados de dentro intentaban salir y estaban siendo obstaculizados por...

Por los siervos de la fortaleza.

—¡Oh, no! —gimió Gabrielle—. ¡Tenemos que detenerlos!

—¿Detenerlos... a los soldados? —La mujer se volvió hacia ella—. ¡Nos matarán!

—¡No! —Gabrielle señaló—. ¡A los otros! Tenemos que detenerlos... ¡para dejar salir a los soldados! ¡Si esos hombres mueren, nosotros moriremos de todas formas!

Un momento de indecisión. Luego...

—Tiene razón —dijo uno de los hombres—. ¡Vamos allá! Pase lo que pase, yo estoy con la reina.

—Sí —asintió la mujer en voz baja—. Aunque nunca pensé que lo diría.

Gabrielle soltó las riendas y azuzó a Parches, a la cabeza de los siervos mientras salían de su escondrijo. Escogió un sendero que bordeaba la batalla y dio un azote al poni en la grupa, con la esperanza de que todos los demás la siguieran.


Pega una coz, maldito seas. Xena notó que se estaba cansando, al tiempo que intentaba darle de nuevo la señal adecuada a Tigre. Esta vez la entendió y ella afirmó las rodillas cuando él atacó con las patas traseras, derribando a varios de los hombres que la atacaban.

Los sementales tenían sus ventajas. Eran dificilísimos de entrenar, y que los dioses se apiadaran de ti si había cerca una yegua en celo, pero cuando te estabas jugando el cuello y necesitabas un animal que luchara por ti, podías confiar en ellos.

Bueno, casi siempre. Cuando el jinete tenía la cabeza como debía ser y no estaba a punto de caerse del lomo.

—¡Jiiiaaah! —Xena logró algo de espacio para luchar, pero un movimiento que captó por el rabillo del ojo le hizo girar la cabeza de golpe, y vio a los siervos que corrían por el borde del campo de batalla hacia las puertas—. Hijos de b... —Xena empezó a dar la vuelta a Tigre, luego se detuvo y sus ojos siguieron la dirección hacia la que corrían los siervos.

Hacia los otros siervos. Los que estaban bloqueando a sus hombres. Xena lanzó un revés con su espada y le cortó el brazo a un hombre que estaba a punto de clavarle una lanza en el costado. ¿Se unirían a ellos o...? Xena fue incapaz de no buscar con los ojos la figura montada de Gabrielle en medio del caos, y vio el rostro firme y decidido de la rubia mientras guiaba a su poni hacia el peligro.

—Xena, preocúpate de mantenerte con vida —murmuró la reina, al verse lanzada de lado por dos soldados que saltaron a medias sobre su caballo, agarrándole el brazo con que sujetaba la espada y dirigiendo un destello de acero ensangrentado hacia su corazón.

—¡A la izquierda, muchachos! —le llegó la voz de Brendan desde atrás—. ¡A por ellos! ¡A por los cabrones!

Sí, ya, ya. Xena apartó desesperada el cuchillo, incapaz de maniobrar bien porque los dos hombres le tenían la pierna derecha atrapada contra el caballo.

El instinto la advirtió justo a tiempo y se echó hacia atrás cuando un hombre se tiró contra ella desde la parte trasera de un carro y aterrizó sobre los hombros de Tigre, blandiendo una maza que por accidente le aplastó la cabeza al soldado que le tenía sujeta la pierna.

—¡Gracias! —Xena le arrancó la maza de las manos y lo tiró por el otro lado del caballo. Levantó la maza y la estampó contra la cara del otro hombre, cubriéndolo todo de trozos de carne y sangre. Tigre se movió y soltó una coz, sorprendiéndola al saltar de lado y ganar espacio para los dos.

Sujetó la maza al cuerno de su silla y movió la espada, mirando rápidamente a su alrededor.

Sus hombres se esforzaban todo lo que podían. Los hombres de Bregos los superaban a razón de cinco a uno, pero estaban concentrados en intentar matarla y eso los dejaba a merced de los ataques de sus fuerzas, que trabajaban en equipos tal y como ella les había enseñado.

Pero sus hombres estaban muriendo. Xena sintió una oleada irracional de rabia y dolor e hizo acopio de energías, al ver a un grupo de los cabrones asquerosos de Bregos, y espoleó a Tigre hacia ellos. Soltó un alarido salvaje y los atacó ferozmente, dejando que el odio y la rabia movieran su espada.

Dos y luego cuatro cayeron bajo su ataque. Varios más corrieron para ayudarlos y por fin tuvo que saltar del lomo de Tigre para que no lo tiraran al suelo. Se enfrentó a ellos ahora a su propio nivel y no tardaron en descubrir que les habría ido mejor dejándola allí arriba.

En el suelo, era una pesadilla. Xena se agachaba y giraba, mostrando su auténtico dominio de su arma al encontrarse con sus espadas, que la rodeaban, y desviarlas todas, torciendo las botas para sujetarse mejor al tiempo que afirmaba los brazos y giraba por completo, cortando los cuerpos de los hombres y cercenando por lo menos una mano antes de recoger la espada hacia su cuerpo y cambiar el ataque, enfrentándose al hombre más cercano y clavándole la punta de la espada a través de la armadura hasta las costillas.

—¡Aahhh! —El grito del hombre acabó en un gorgoteo cuando ella torció las manos y tiró hacia arriba y luego apartó al hombre de una patada.

—¡Vamos, cobardes inútiles! ¡Morid! —gritó Xena—. ¡Os voy a matar a todos!

Estampó la empuñadura, sujeta con ambas manos, contra la cara de otro hombre y notó el crujido del hueso bajo el golpe.

Dos de ellos se armaron de valor para atacarla y sintió los golpes, que le estremecieron el cuerpo antes de poder darse la vuelta y clavarle el codo a uno de ellos.

Le fallaron las rodillas de repente cuando el segundo le dio un golpe en la parte de atrás de la cabeza. Xena empezó a caer y todo se puso gris a su alrededor, pero luego se obligó a erguirse por pura fuerza de voluntad. Descubrió que tenía el puñal en la mano y atacó hacia atrás cuando el segundo hombre notó su ventaja y la agarró, y la hoja se clavó en él con la sensación áspera del acero al tocar hueso.

Un grito detrás de ella la hizo girarse en redondo y sintió que le daba un vuelco el corazón al ver que los soldados de la fortaleza salían en manada por una brecha de la barricada, pues medio carro estaba apartado y los siervos que había traído consigo luchaban con los que taponaban la puerta.

Sí. Xena se descubrió sonriendo al oler la victoria, pues las tropas de refuerzo cayeron sobre los hombres de Bregos, que no tuvieron tiempo de reagruparse para detenerlas. Los dos hombres que quedaban frente a ella se dieron la vuelta y huyeron, y Xena hizo un molinete con la espada, soltando un bufido de satisfacción.

Sí.


—¡Alto! —Gabrielle fue la primera en llegar a las puertas—. ¡Alto! ¡Atrás! ¡Dejad que salgan!

Uno de los siervos se volvió y le escupió.

—¡Vete de aquí, puta! —Le tiró un saco—. ¡Lárgate! ¡Vuelve con tu zorra!

Gabrielle atrapó el saco con un gruñido y se lo lanzó de nuevo.

—¡Estáis cometiendo un grave error! —Miró las caras y no vio la menor simpatía en ellas—. ¡Ella no es vuestra enemiga!

—¡Cállate! —exclamó una voz conocida. Gabrielle levantó la mirada y vio a Toris entre los de la barricada, dirigiéndolos contra los soldados que golpeaban los carros—. Putilla... ¡vete de aquí!

Llegaron los demás siervos y empezaron a forcejear con los que bloqueaban las puertas. Gabrielle era la única que iba a caballo y veía a los soldados detrás de los carros, golpeándolos desesperados con hachas. Pero Toris lo había planeado bien y los carros estaban llenos a reventar de cajas pesadas, empotrados en la abertura y taponándola eficazmente.

Miró hacia atrás y sólo vio una carnicería y a Xena en medio de ella luchando por su vida.

—¡No me voy! —gritó, y se bajó de Parches y lo llevó hacia el carro. Un hombre intentó agarrarla, pero ella lo esquivó y lo golpeó con el hombro.

Ay. Qué daño. Pero consiguió echarlo a un lado y logró colarse entre otro hombre y él y agarrar el grueso arnés de cuero que colgaba del carro.

Cuántas cosas había aquí que la confundían. Cuántas cosas que estaban fuera de su experiencia y más allá de su escasísimo conocimiento.

Pero esto... esto sí lo conocía.

—¡Que no se acerquen a mí! —les gritó a tres de los siervos de Xena—. ¡Yo tiraré de los carros!

—¡Ve! —gritó el hombre más próximo a ella—. ¡Yo te cubro!

Gabrielle tiró de Parches para acercarlo, intentando desesperada darle la vuelta para poder echarle el arnés por el lomo.

—Venga, Parches... ¡tienes que ayudarme! —Colocó las cinchas de cuero por encima de los hombros del poni y las ciñó con manos expertas—. Ya sé que esto no es lo tuyo, pero sabes qué... nada de esto es lo mío, pero he aprendido.

Parches le soltó un relincho.

—¡Gabrielle! ¡Vete!

Eso vino de dentro de la fortaleza. Gabrielle reconoció la voz del duque y supo que la había visto. Con dedos temblorosos, ató la última hebilla, la que iba en el hombro y que aguantaría el grueso del peso del carro.

—¡Rápido!

Corrió a la cabeza de Parches y agarró la brida, tirando de él hacia delante al tiempo que un montón de rocalla empezaba a caer sobre ella.

—¡Vamos, chico! —Su poni era más pequeño con diferencia que la bestia que normalmente tiraba de ese carro, pero se echó hacia delante valientemente, tirando de la pesada carga—. Venga... ¡yo te ayudo!

Era una locura y lo sabía. Tenía tantas posibilidades de tirar del carro como de saltar por encima de la fortaleza. Pero afirmó bien las botas y ciñó los dedos alrededor del cuero, echando su peso hacia atrás y tirando con toda la fuerza de su cuerpo.

El cuero crujió, pero parecía como si estuviera tirando de la fortaleza misma.

—¡Vamos! —le rogó a Parches. El poni resopló y se lanzó hacia delante, arrancando terrones de barro con las pezuñas.

Gabrielle oía un caos salvaje detrás de ella y gritos. Siguió tirando y, tras un momento interminable, notó que aquello empezaba a avanzar.

—¡Sí! ¡Sí! —Tiró con frenesí y se le resbalaron las botas en el suelo blando, pero recuperó el equilibrio y siguió avanzando.

Se oyó un fuerte crujido detrás de ella, luego notó que algo le golpeaba la espalda y por fin oyó que se elevaba un grito de triunfo. De repente, el carro se movió más deprisa y se dio la vuelta para ver un agujero negro en las puertas, lleno ahora de soldados que salían corriendo.

Las hachas subían y bajaban, derribando a los siervos, que ahora se volvieron y huyeron chillando cuando los guerreros salieron en tropel y atacaron a los hombres de Bregos.

Su carro se quedó con las ruedas bloqueadas por la rocalla y dejó de moverse, pero ya había hecho lo que tenía que hacer. Gabrielle detuvo a Parches y se volvió, buscando a Xena con ojos ansiosos.

Entonces alguien la agarró por la nuca y la estampó contra el carro con una fuerza espantosa. Unas manos bruscas le dieron la vuelta y parpadeó para quitarse las estrellas de los ojos y vio a Toris delante de ella, aferrándole la túnica con las manos.

—Moriremos todos. Pero tú morirás primero. —Le pegó un bofetón en la cara y ella se tambaleó y cayó al suelo, aturdida por el golpe. Él se quedó encima de ella y levantó un hacha con los brazos, con cara de odio puro al descargarla contra ella.


Xena empujó hacia delante a dos de sus hombres, dirigiendo la batalla ahora que se les habían unido tropas de refuerzo desde la fortaleza. Un anillo de sus propios hombres la rodeaba y localizó los grupos de rebeldes, enviando a sus hombres a exterminarlos con despiadada eficacia.

Algo la agarró.

No físicamente, pero así y todo se sintió impulsada hacia las puertas y sus ojos observaron la zona sobresaltados y confusos.

El campo de batalla se quedó inmóvil. Vio que alguien agarraba a Gabrielle y la tiraba y la golpeaba.

Vio el hacha.

No recordó dejar la batalla. No recordó echar a correr por el terreno ensangrentado y destrozado.

Sólo supo, en los segundos previos a lanzar su cuerpo entre el hacha y esa pequeña figura, que parecía que el maldito oráculo había tenido razón después de todo.

Pero no importaba.

Cubrió de un salto la última distancia y sus piernas la lanzaron por el aire hasta caer sobre el cuerpo de Gabrielle una fracción de segundo antes de que bajara el hacha. Una fracción de segundo para encontrarse con los asustados ojos verdes y sonreír.

El impacto le dio en la espalda con una fuerza demoledora, pero...

Pero seguía moviéndose, y por la gracia caprichosa de los dioses, la hoja golpeó la placa de armadura que le cubría la espalda y se torció lo suficiente como para evitar que se clavara en su cuerpo.

Xena siguió el movimiento y se volvió cuando el hacha se hundió en el suelo a su lado. Lanzó una pierna y separó de una patada las botas del hombre que estaba por encima de ella y lanzó la otra y lo alcanzó directamente en la entrepierna.

El hombre cayó al suelo. Xena sacó su puñal y saltó encima de él, sentándose a horcajadas sobre su cuerpo y levantando el arma.

Él la miró a los ojos. Xena sonrió sin el menor atisbo de humor.

—Hola, Toris.

Gabrielle se acercó a ella gateando y se agarró a la armadura de Xena, jadeando.

—Xe...

—Ah-ah —la hizo callar la reina—. Nunca me interrumpas en medio de una buena ejecución, Gabrielle. —Bajó el puñal hasta su garganta y empujó y la punta atravesó la piel y le hizo sangre—. Sobre todo cuando me resulta tan placentera.

—Xena, espera.

La reina volvió la cabeza.

—Gabrielle. —Su voz se hizo mucho más grave.

—No... creo que sería... —Gabrielle estaba casi sin aliento y la cabeza le daba vueltas del golpe que le había dado Toris—. Debería verlo todo el mundo. Ha estado todo el tiempo en tu contra.

Ante su sorpresa, Xena se echó a reír.

—Ha estado en mi contra desde que nací. —Se volvió y miró a su prisionero. Luego levantó la mano y la bajó, rápida como el rayo, acompañada de un sonoro golpe.

Toris se desplomó y se quedó totalmente inmóvil.

Xena se limpió las manos en los muslos y colocó el puñal en la vaina, escupiendo deliberadamente al hombre sobre el que estaba sentada.

—Pero tienes razón, amiga mía. Debería ser en público. Lo destriparé en el gran salón de baile.

Gabrielle soltó aliento.

—Te conoce —susurró, agotada.

—Por desgracia. —Xena se levantó del cuerpo ahora inmóvil de Toris y se sentó en el barro al lado de Gabrielle—. Es mi hermano.

Gabrielle parpadeó. Luego dejó caer la cabeza sobre el hombro de Xena e intentó no vomitar.

—Gracias.

—¿Por qué? —Xena observó el campo de batalla y vio que sus hombres daban caza lejos de la fortaleza a lo que quedaba de las tropas de Bregos—. ¡Matadlos a todos! —gritó a pleno pulmón—. ¡Que mueran todos!

Gabrielle cerró los ojos.

—Por salvarme.

—Es lo menos que podía hacer después de que me desobedecieras una vez más y estuvieras haciendo un trabajo estupendo para lograr que te mataran. —Sin embargo, el tono de la reina era apacible—. Bonita maniobra con el carro.

—¿Podemos ir dentro?

—Todavía no. —Xena dobló una mano—. No sé si me puedo levantar.

Gabrielle abrió los ojos y la miró alarmada. El perfil de la reina estaba marcado por el agotamiento.

—Yo tampoco —reconoció suavemente—. Pero ¿y si nos ayudamos mutuamente?

Xena le ofreció una mano.

—Es lo mejor que me han propuesto en todo el día.

Se pusieron de pie despacio y a la vez, usando el arnés de Parches para erguirse. A su alrededor, la batalla estaba terminando y el suelo estaba cubierto de muertos, moribundos y heridos.

Pero las puertas estaban abiertas, señalando el camino a casa.


—¡Apartaos! —Uno de los boyeros de la fortaleza guiaba al tiro que ahora estaba enganchado al carro que quedaba, apartándolo de las puertas para que pudieran cerrarse. El carro rodó por encima de surcos, trozos de ariete y más de un cuerpo al pasar traqueteando junto a Xena, Brendan y Gabrielle.

Se estaba cavando una fosa. Los hombres de Xena arrastraban a los muertos hasta allí y los tiraban dentro, mientras otros soldados les quitaban a los muertos y moribundos las armas y la armadura, tirándolas a la parte de atrás del carro que Gabrielle y Parches habían tenido el detalle de sacar al camino por ellos.

—¿Cómo estás, ama? —preguntó Brendan, levantando la mirada hacia su alta reina—. Ha sido una batalla inesperada.

Xena asintió. Estaba plantada con un brazo apoyado en el lomo de Parches y el otro sobre los hombros de Gabrielle.

—Estoy bien —contestó—. No hemos cogido a Bregos.

—Ama, no sabemos si el cabrón estaba aquí —dijo Brendan—. Dadas sus heridas, lo dudo.

La reina asintió de nuevo.

—Encontradlo. —Se volvió y miró directamente a su capitán—. Tendría que haberlo matado en el campo. No lo hice. Fallo mío. Ahora quiero su cabeza en la alfombra delante de mi trono.

—Ya no tiene ejército —señaló el veterano soldado.

—Mientras siga vivo, es un foco —afirmó Xena—. No me lo puedo permitir. Hemos perdido demasiados hombres.

Brendan miró a su alrededor y se le hundieron un poco los hombros.

—Sí.

—¿Quién los dirigía?

Brendan dudó y luego meneó levemente la cabeza.

—No lo vi, ama. Me pareció oír órdenes que salían de esa colina, pero... —Señaló un altozano, ahora vacío.

—Aaaj. —Xena se apartó con esfuerzo del cálido costado de Parches—. Está bien. A lo mejor fue tan estúpido que se presentó a los de dentro. Vamos, princesa del poni. —Tiró un poco del pelo rubio de Gabrielle—. Hemos conquistado. Vamos a saquear.

Gabrielle ya hacía tiempo que había soltado el arnés de Parches, y ahora agarró la brida para llevarlo de vuelta a la fortaleza. El poni la siguió de buen grado, haciendo ruiditos huecos con las pezuñas al levantarlas del barro.

Costaba creer que todo había acabado. La batalla se había desarrollado tan deprisa, la vida y la muerte se habían resuelto a tal velocidad que los detalles casi parecían un sueño. Gabrielle aspiró hondo y levantó la mano para tocarse el lado de la cabeza. Salvo que Toris le había hecho daño, y la prueba era dolorosamente evidente.

Su odio la había dejado atónita. Le había dolido más que el golpe físico... ¿y encima saber que era hermano de Xena?

Demasiado. Gabrielle se concentró en cambio en mantener las botas fuera de los peores barrizales, hasta que un chapoteo que se acercaba le hizo levantar la mirada y vio a uno de los mozos de cuadras de la fortaleza que venía hacia ella. Detrás de él, vio que se llevaban al semental de Xena, y le cedió la brida de su poni al muchacho al tiempo que le sonreía cansada.

—Está bastante sucio.

—Sí, señora. —El chico dio unas palmaditas en el hocico del poni—. Yo te lo limpio. —Luego, vacilando, sus ojos se posaron en el rostro de Xena, donde la reina estaba esperando—. Majestad, nos encerraron en el establo. No queríamos tomar parte en eso.

Xena lo miró atentamente y luego sonrió.

—No pensé que quisierais —comentó—. Todo el mundo sabe que trato a mis mozos de cuadras mejor que a mis cortesanos. Largo. —Lo miró mientras se llevaba a Parches y luego continuó avanzando penosamente hacia las puertas.


Xena entró en el vestíbulo principal de la fortaleza y se detuvo, con una imagen mental extraña al recordar vívidamente la primera vez que entró en este espacio desde el campo de batalla tantos años atrás.

Se miró a sí misma y vio la misma armadura, la misma sangre, la misma mugre y el mismo estiércol de caballo, luego levantó la cabeza y contempló el único cambio importante del vestíbulo que tenía delante.

Ya era suyo. Eso y el enorme retrato de sí misma que colgaba cerca de un extremo. Bajó la mirada. Y la chiquilla rubia que estaba pegada a ella.

Extraño. Xena suspiró y se volvió al ver que el duque se acercaba a ella. Lo saludó con una sonrisa y alargó la espada aún desenvainada para darle un golpe en las costillas cuando llegó a su lado.

—Enhorabuena. Has aprobado.

Él se quitó un poco de barro de la frente y echó la cabeza a un lado.

—Ha faltado poco, ama. Qué cabrones. Se presentaron apenas unos días después de que te fueras y dijeron que aceptarían a todo el que quisiera unirse a ellos.

Los ojos azules de la reina se endurecieron.

—¿Y?

—Agitaron a los de abajo —dijo el duque, sucintamente—. Unos elementos perturbadores.

Xena frunció el ceño.

—Deberías haberlos cosido a flechas —dijo—. Es lo único que comprenden.

El duque parecía muy incómodo.

—Estaba desbordado, Majestad —dijo, con tono de disculpa—. No pensé que fuesen a... —Se quedó callado un momento—. Ocurrió todo muy deprisa.

—Mm. —Xena se apoyó la espada en el hombro. Estaba rebozada en sangre, y meterla de nuevo en su vaina en ese estado era impensable—. Sí. —El dolor de la batalla empezaba a dejarse sentir—. ¿Está todo despejado ahí fuera?

—Casi todo, sí —asintió él—. La mazmorra se está llenando.

Xena enarcó las cejas.

—Creía que había dicho que los matarais a todos. —Frunció el ceño—. No quiero perder el tiempo y el dinero con prisioneros.

—Son los de aquí dentro, ama —contestó el duque—. Y hubo algunos que se rindieron fuera cuando llegaste tú.

—Oh, está bien. —La reina soltó un suspiro cansado—. Supongo que puedo buscar muchos métodos divertidos para matarlos más tarde. —Echó un vistazo a la atípicamente silenciosa Gabrielle, que seguía pegada a su costado—. Ahora mismo, la princesita y yo nos vamos a quitar la mierda de caballo de la cara.

El duque arrugó la cara, pero asintió y se inclinó, con una expresión que era una mezcla de decoro y mortificación.

—Si me permites que lo diga, las dos habéis estado extraordinarias —dijo, vacilando—. Majestad, tu estrategia ha sido brillante.

Xena lo golpeó de nuevo con la hoja plana.

—Mi estrategia ha sido un asco. No empieces a hacerme la pelota o mando que te desnuden y te echen a la pocilga —advirtió—. Hemos tenido suerte. Ahora vuelve a tu habitación y escribe todos los detalles: quién era, con cuántos hombres, cuándo apareció... Lo quiero para cuando convoque la corte.

Escarmentado, el duque bajó la cabeza y se inclinó, retrocedió y desapareció por el arco norte.

Xena resopló y meneó la cabeza al tiempo que echaba a andar hacia las anchas escaleras centrales.

—¿Sabes qué, princesa? —le comentó a Gabrielle—. Te deben de haber guiado las Parcas al elegir nuestro nuevo acuartelamiento.

—¿Por qué?

—Porque no podría subir las escaleras de esa torre —confesó la reina—. Con éstas ya voy a tener más que suficiente.

Gabrielle estaba totalmente de acuerdo con eso. La cabeza todavía le daba vueltas y tenía el estómago revuelto del golpe que le había dado Toris, así como del miedo de la batalla. Subió despacio los escalones curvos de mármol, reflexionando distraída sobre el último mote que le había puesto Xena.

Princesa.

Mm.

—¿Xena?

—¿Mm? —La reina parecía divertirse viendo cuánto barro y estiércol conseguía quitarse de las botas en cada escalón de reluciente superficie.

—Creo que me gusta más ratón almizclero.

De repente, a Xena se le enterneció la cara.

—¿Sí? —preguntó—. Lo que hiciste con el carro fue perfecto, sabes —añadió.

—Gracias. —Gabrielle sólo quería sentarse—. Y sí, lo prefiero. No creo que tenga mucho de princesa.

Cruzaron el vestíbulo de arriba, donde los soldados corrían a sus puestos para protegerlas, algunos recién salidos del campo de batalla. Xena los miró desconcertada, pero se limitó a devolverles los respetuosos saludos agitando la mano.

No se veían siervos por ninguna parte. Xena se detuvo e hizo un gesto al soldado más próximo para que se acercara.

—Asegúrate de que la gente que ha venido con el ejército recibe cuidados —ordenó—. Ahora son mi gente.

El hombre asintió.

—Sí, ama. —Se puso la mano en el pecho, inclinando la cabeza, se volvió y bajó por las escaleras al trote.

Volviéndose, Xena abrió de golpe la puerta de sus nuevos aposentos.

—Tranquila —suspiró—. Ahora mismo yo no tengo mucho de reina. Tendremos que aguantarnos.

A Gabrielle se le ocurrió algo que la animó, cuando Xena cerró la puerta tras ellas. Ahora podrían ver si esa bañera era realmente tan increíble como parecía.

Lo único que esperaba era que no acabaran quedándose dormidas dentro.


Gabrielle alzó la mirada al oír que llamaban suavemente a la puerta, luego se levantó y fue a la puerta. Abriéndola un poco, atisbó fuera y se encontró a uno de los hombres que la habían ayudado a tirar del carro allí plantado con una gran bandeja.

—Oh. Hola. —Advirtió que se había puesto una túnica limpia, adornada con un parche recién cosido que llevaba la enseña de Xena.

—Señora, he traído esto. He pensado que os vendría bien —dijo el hombre—. Abajo estaba todo hecho un desastre, pero ya lo tenemos todo funcionando.

—Oh, estupendo —dijo Gabrielle, abriendo más la puerta—. Gracias... puedes dejarlo ahí. —Señaló una alacena tallada. Ella misma estaba vestida con una túnica ligera de lino azul y se había frotado la piel hasta dejársela rosa para quitarse toda la mugre. Xena seguía en el baño, pues tenía más piel que frotar, y había enviado a Gabrielle fuera para que le eligiera algo que ponerse—. ¿Estáis todos bien?

El hombre depositó la bandeja.

—Dentro de lo que cabe, señora.

—¿Podrías...? —Gabrielle carraspeó—. ¿Podrías llamarme Gabrielle sin más?

—No, señora. —El hombre sonrió para quitarle hierro—. A menos que Su Majestad lo desee. —Se estiró la túnica, posando la mirada sin darse cuenta en el nuevo parche—. Hoy nadie quiere ir en contra de sus deseos.

—Vale —dijo Gabrielle—. Bueno, gracias. Sé que a la reina le vendrá muy bien una buena comida. —Esperó a que el hombre se marchara, luego se acercó a la alacena e investigó el contenido de la bandeja—. Mm. —No era sólo a la reina a la que le vendría bien comer algo. Sentía el estómago totalmente vacío, pero resistió la tentación de coger algo, volvió a colocar las tapas y regresó en cambio a su tarea.

Habían traído todas las cosas de Xena de los anteriores aposentos de la reina en unos inmensos baúles llenos de adornos mientras estaban fuera, pero el ataque había impedido un orden mayor. De modo que Gabrielle acabó hurgando entre las telas de una vida entera en busca de algo para que se pusiera la reina.

Un baúl entero estaba lleno de togas. Gabrielle lo desechó. El siguiente baúl era de ropa cortesana más corriente, cargada de sedas y encajes. Gabrielle lo desechó también, cerrando la tapa y pasando cansada al siguiente.

—Ah. —Se arrodilló y examinó la ropa y por fin sacó una suave bata de franela de un desvaído color rojo. No llevaba adornos, pero le resultaba agradable sobre la piel, por lo que también lo sería sobre la de Xena, que tenía tantos arañazos y cortes que costaba encontrar un solo punto donde no hubiera ninguno.

Con un gruñido satisfecho, cogió la bata y se levantó, agarrándose al borde del baúl cuando su propio agotamiento estuvo a punto de tirarla de nuevo al suelo. Sin embargo, tras un momento de vértigo, se volvió y se dirigió a la sala del baño.


Xena estaba sentada en el borde de la bañera, contemplando apaciblemente su cuerpo magullado. Tenía cortes por todas partes, algunos de los cuales goteaban algo de sangre por haberse frotado, haciendo que le escociera la piel en numerosos puntos. Tenía la rodilla izquierda totalmente cubierta por una contusión hinchada. El costado derecho lo tenía igual, por encima de lo que decidió que eran unas costillas magulladas, pero no rotas.

Pero lo que más le dolía era la cabeza. Aparte de la lesión original, había recibido por lo menos tres golpes más durante la batalla y se le había abierto el corte que tenía en un lado del cráneo. También había perdido el oído por ese lado y esperaba que fuese algo temporal.

Levantó la mirada al oír el roce de unos pies descalzos sobre la piedra y vio a Gabrielle que volvía a entrar en la estancia.

—He oído voces.

La rubia cogió una toalla, se acercó con ella y se puso a secar delicadamente las gotas del agua del baño que cubrían la piel de Xena.

—Han traído algo de comer... la gente que estaba con nosotros ha tomado el mando ahí abajo, creo.

—Ah. —La reina reflexionó sobre lo agradable que le resultaba el contacto con Gabrielle. Cerró los ojos y se limitó a esperar, aspirando el aroma del cuerpo limpio de su compañera y el olor casi cosquilleante de la túnica que llevaba puesta mientras Gabrielle se movía a su alrededor.

—Oh, Xena —una suave exclamación—. Tu cabeza...

—Me duele. Mucho —confesó la reina—. Seguro que encima parezco una gorgona.

Una caricia delicada le apartó el pelo mojado de la herida y hasta esa leve presión hizo que le diera vueltas la cabeza.

—Me vas a tener que hacer un favor, ratón almizclero —murmuró—. Mantenerme despierta.

Unos dedos le acariciaron la mejilla y abrió despacio los ojos, encontrándose con la cara preocupada de Gabrielle que la miraba.

—¿Por qué? —preguntó Gabrielle—. ¿No quieres descansar?

Dioses, vaya si quiero. Xena levantó un poco la mano y se señaló la cabeza.

—Si me quedo dormida con esto, podría no despertarme. —Vio que los ojos de su compañera se dilataban de pasmo y pánico—. Oye... oye... tranquila. Tengo toda la confianza del mundo en tu capacidad para evitar que me pase eso.

Gabrielle notó que se le formaban lágrimas irracionales en los ojos y se echó hacia atrás un momento para recuperar la calma. Soltó un suspiro tembloroso al mirar a Xena a los ojos.

—L... lo siento. —Se pasó el dorso de la mano por la cara—. Cada vez que creo que estamos bien, todo se pone fatal otra vez.

Xena alargó una mano y se la puso en el muslo.

—Gabrielle. —Esperó a que volviera a levantar los ojos—. Estamos bien —le aseguró a su compañera—. Después de toda la mierda por la que acabo de pasar, que me ahorquen si no voy a vivir para disfrutar de un montón de noches hedonistas contigo.

Gabrielle sorbió y logró sonreír cohibida.

—Lo siento —dijo—. Ha sido un día muy largo. —Le ofreció a Xena la bata que había elegido—. He pensado que esto te resultaría agradable.

Xena se levantó y, sin hacer caso de la bata, estrechó a Gabrielle en un abrazo.

—Esto... esto sí que es agradable —dijo, ignorando los numerosos y variados dolores y molestias—. Al Tártaro la ropa.

La ventana de la sala del baño daba a la parte de atrás de la fortaleza, con una vista de las altas montañas y el límpido cielo azul. Entró una brisa que les puso a las dos la carne de gallina mientras seguían abrazadas en silencio.

Un momento robado de paz, en el que recrearse.


Xena estaba sentada en la gran butaca acolchada que casi parecía un trono cerca de las ventanas, de cara a la brillante luz del sol para que la molestia la mantuviera despierta. A su lado, Gabrielle estaba sentada en un enorme y mullido cojín, con las piernas cruzadas por debajo.

—Toma. —Xena pinchó un trozo de pato asado con la punta de su cuchillo y se lo ofreció a su compañera—. Si sigues lamiendo el plato, voy a tener que mandar que los vuelvan a dorar.

Con un leve rubor, Gabrielle aceptó el trozo, quitándolo del cuchillo y mordiéndolo.

La reina la miró con indulgencia.

—Voy a tener que pedir que te examinen a ver si tienes lombrices.

Los ojos verdes se posaron en su cara sobresaltados.

—¿Lombrices?

—Sí —dijo Xena—. Eres como un caballo que come todo el día, pero se le siguen viendo las costillas. Eso quiere decir que tiene lombrices dentro que se lo comen todo.

Poco a poco, los ojos de Gabrielle bajaron hacia su estómago y luego se alzaron, muy redondos.

La reina se echó a reír suavemente.

—Es broma. —Revolvió el pelo de Gabrielle. Advirtió que su joven amiga estaba apoyada en la butaca y, si se protegía los ojos de la luz, se notaba que Gabrielle estaba un poco más pálida que de costumbre—. Oye.

—Oh, lo siento. —Gabrielle se frotó los ojos—. Estaba intentando pensar en una buena historia.

Xena le tocó el lado de la cabeza y le levantó un poco la cara.

—¿Estás bien?

Tras un momento de silencio, la rubia meneó un poco la cabeza.

—No mucho —reconoció—. Pero no se puede comparar con cómo te debes de sentir tú, así que...

No, eso era cierto, pensó Xena por dentro. Pero ella también tenía mucha más experiencia para soportarlo.

—¿Te duele algo?

Un suspiro.

—Más o menos. La cabeza un poco.

Oh-oh.

—¿Te ha pegado alguien? —preguntó la reina, algo molesta consigo misma por no haberse dado cuenta antes. Examinó la cabeza de la rubia, pasando los dedos ligeramente por el cuero cabelludo hasta detenerse, al tocar un bulto caliente—. Hijo de bacante.

—Ay. —Gabrielle hizo una mueca de dolor—. Ahí es.

Xena se acercó más y apartó el espeso pelo rubio.

—No te puedo dejar sola ni un minuto, ¿verdad? ¿Esto te lo ha hecho ese pedazo de mierda inútil que es mi hermano?

Gabrielle dudó.

—Tranquila —murmuró la reina—. Lo voy a matar de todas formas. Esto sólo hará que me resulte mucho más placentero. —Oyó que a Gabrielle se le cortaba la respiración—. Venga, ratón almizclero. No me digas que sientes lástima por él.

—Es... —Gabrielle encogió un hombro—. ¿De verdad es tu hermano?

—Mm. —Xena levantó un poco la barbilla de Gabrielle—. Cierra los ojos. —Vio cómo se cerraban obedientemente las pestañas rubias. Mientras contaba hasta diez, admiró los delicados rasgos de su compañera de cama—. Vale, ábrelos.

Aparecieron los ojos verdes y la piel que los rodeaba se tensó cuando, al parecer, la luz molestó a su dueña.

—Ah. —La reina suspiró, al ver que una pupila oscura seguía dilatada—. Bueno, parece que tú tampoco vas a dormir. Es un mal golpe. —Observó a la pequeña figura—. Súbete aquí.

—¿Dónde?

Xena se echó a un lado.

—Aquí. Este trasto es tan grande que cabemos seis.

Gabrielle se levantó y se subió a gatas a la enorme butaca con la reina, pegándose a su lado. Había estado temblando un poco, pero el calor del cuerpo de Xena hizo que se sintiera mejor de inmediato, aunque su conversación había hecho que se sintiera infinitamente peor.

—Sí, es mi hermano de verdad —le dijo Xena—. Ese cabronazo traidor e inútil. —Le ofreció a Gabrielle otro trozo de carne—. No me puedo creer que haya tenido cojones para venir aquí... tenía que saber que si lo pillaba, era hombre muerto.

—Lo odias de verdad.

—¿Que si lo odio? —Xena soltó una carcajada seca y amarga—. ¿Te dijo quién era?

—No —susurró Gabrielle—. Sólo... dijo que te conocía. Dijo que destruiste su casa.

Xena resopló.

—¿Lo hiciste?

—Oh, sí. —Los ojos de la reina parecían fríos y distantes—. Un pueblecito de nada... habíamos ido allí para... —Dudó—. Para comerciar un poco. Pensamos que era un sitio tan adecuado como cualquier otro para gastar unos cuantos dinares.

Gabrielle observó su perfil en silencio.

—No queríamos hacer daño a nadie... —Xena reclinó la cabeza en el respaldo de la butaca—. Nos vendió por una bolsa de dinares y la promesa de un cargo de oficial. Trajo al ejército mientras dormíamos... lo único que nos salvó fue un puñetero gallo que dio la alarma cuando entraron a hurtadillas.

—Oh.

—El pueblo entero estaba en el ajo. Pensaron que ganarían un dinero fácil a costa de nuestro pellejo. —El tono de Xena era tranquilo—. Así que sí, cuando logramos evitar que nos masacraran y el ejército se fue en busca de presas más fáciles, regresamos y quemé aquel maldito lugar hasta los cimientos.

Gabrielle se quedó callada un momento.

—¿Él sabía quiénes erais?

La reina asintió.

—Ya lo creo. —Otra carcajada amarga—. No paraba de decir lo contento que estaba de vernos. A su única familia. —Sus labios hicieron una mueca—. Y yo fui tan estúpida que me lo creí.

Los recuerdos de su infancia se posaron sobre ella como alas de murciélago.

—Es... duro cuando tu familia te hace daño —dijo Gabrielle por fin.

—Sí —asintió Xena. Luego tomó aliento profundamente y lo soltó—. Pero bueno... se supone que nos tenemos que animar mutuamente y mantenernos despiertas. Vamos a olvidarnos de tanto recuerdo lacrimógeno y empecemos a besarnos.

—Vale —asintió Gabrielle con sorprendente diligencia—. Pero...

—¿Por quéééé sabía yo que iba a haber un pero? —Xena echó la cabeza hacia atrás y contempló el techo—. ¿Qué pasa, ratón almizclero?

Con ternura, Gabrielle alargó la mano y acarició la mejilla de Xena con el dorso de los dedos.

—Sabes... a pesar de todas las cosas malas que nos hizo mi padre... seguía siendo mi familia —dijo.

—¿Y?

—Pues... que él te ve de cierta forma, Xena. A lo mejor puedes demostrarle que se equivoca.

Los claros ojos azules adquirieron un brillo casi grisáceo cuando la reina la miró. Despacio, alzó una mano y tocó el bulto que tenía Gabrielle en el lado de la cabeza e, igual de despacio, Xena hizo un gesto negativo con la suya.

—No —dijo, con voz ronca—. No se equivoca. —Trazó una línea por la cara de la rubia—. ¿Qué te ofreció?

Gabrielle la miró a los ojos con total franqueza.

—Todo menos lo único que quería de verdad.

Una ceja oscura se alzó en arco.

Gabrielle puso un dedo sobre la nariz de Xena.

Xena parpadeó unas cuantas veces y bajó la mirada antes de volver a encontrarse con los ojos de Gabrielle.

—¿Recuerdas lo que te dije sobre las familias?

—Lo recuerdo.

—No lo olvides —dijo la reina—. Sobre todo cuando estemos en la corte y yo haga lo que tengo que hacer.

Despacio, Gabrielle asintió comprensivamente.

—Sólo he pensado que...

—Sshh. Lo sé. —Xena puso los dedos sobre los labios de Gabrielle—. Eso está bien. Es parte de ti. Lo sé. —Se acercó más—. Pero no es parte de mí. —Su voz se transformó en un susurro—. ¿Lo comprendes?

Atrapada en el círculo de los brazos de Xena, Gabrielle sólo tenía una respuesta para esa pregunta.

—Sí.

—¿Me odiarás por ello?

—No —susurró Gabrielle a su vez—. Sólo espero que tú no te odies a ti misma por ello.

Xena se quedó callada, largo rato.


—Había una vez un pequeño corderito. —Gabrielle notó que le temblaba la voz al empezar su tercera historia.

—No se llamaría Chuletita, ¿verdad? —interrumpió Xena.

—No. —Gabrielle cogió su taza y bebió—. Se llamaba Boris.

—Boris —repitió la reina—. Es broma, ¿verdad?

La luz había empezado a desvanecerse y allí fuera empezaba a formarse un ocaso azulado.

—No, en serio —dijo Gabrielle—. El corderito se llamaba Boris, y un día, cuando su pastor lo sacó a él y a su familia a pastar, le ocurrió una cosa increíble.

—¿Lo despellejaron y lo convirtieron en un par de zapatillas?

Gabrielle sonrió, apoyando la dolorida cabeza en el hombro de Xena.

—No, descubrió que podía volar.

—Fiuu. Pensé que iba a empezar a hablar. —La reina soltó aliento—. Maldita sea, ratón almizclero. Me siento como una boñiga de caballo de hace seis días.

—Mm. Yo también.

Xena notaba que el sueño la llamaba con insistencia, y al ver los ojos medio cerrados de Gabrielle, supo que la rubia oía la misma llamada.

—Vamos. Tengo una idea —dijo—. Vamos a coger unos mantos y a dar un paseo por tu puñetero jardín.

Acabaron poniéndose algo más que unos mantos, pero por fin cruzaron juntas el vestíbulo hacia los patios exteriores. Los pasillos estaban ahora llenos de guardias y todos ellos presentaban armas al paso de la reina.

Se veía a muy pocos siervos.

—Esto me recuerda a cuando tomé este sitio la primera vez —comentó Xena—. Sólo estaban mis hombres. —Echó un vistazo por un largo pasillo—. Creo que me gusta. Es más tranquilo.

—A mí también. —Gabrielle cogió la mano de la reina y la apretó mientras caminaban—. Recuerdo las primeras noches que pasé aquí... me parecía todo tan ruidoso.

El guardia les abrió las puertas cuando se acercaron y cambiaron el calor relativo de la fortaleza por el aire frío de fuera. Sus pasos resonaban con fuerza por el sendero de piedra y se quedaron solas, efectivamente, cuando giraron hacia las puertas del jardín.

Gabrielle ya lo olía, el rico aroma de las hierbas y los árboles de dentro. Abrió el portón empujándolo con ganas y se apartó para dejar pasar a Xena, cerrando la puerta de hierro forjado tras ellas. Los últimos rayos de la puesta del sol pintaban de rojo la parte superior de las plantas, y se acercó a un rosal y olió una flor con placer.

La reina se la quedó mirando un momento y luego pasó ante el rosal y encontró un matorral pequeño y frondoso cerca de un viejo tocón de árbol cubierto de musgo.

—Ah. —Se sentó en el tocón y arrancó unas cuantas hojas de la planta, las dobló y se las metió en la boca.

Eran velludas. Estoicamente, Xena las masticó, intentando no pensar en orugas, y Gabrielle se acercó a ella, con su rosa.

—¿Te estás comiendo esa planta?

—Mmmm —asintió la reina—. Lo demás te lo has comido tú. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

Gabrielle se arrodilló y le ofreció la rosa.

—¿Te apetece merendarte esto? Seguro que sabe mejor.

—Mm. —Xena arrancó un pétalo de la rosa y se lo metió en la boca—. Tienes razón, sabe mejor —asintió—. Pero esto otro me ayudará con la cabeza. Tal vez.

—Oh. —Gabrielle se sentó en el suelo y examinó la planta—. ¿Puedo probar?

Sin decir nada, la reina le pasó una hoja, observando con ojos benévolos y traviesos mientras se la metía en la boca y la masticaba muy dudosa.

Al instante, arrugó la cara.

—Aaajj —chilló Gabrielle—. Ezzz... ezzz... —Sacó la lengua, cubierta de materia verde y peluda.

Xena se echó a reír suavemente.

—Sí, es asqueroso. Pero trágatelo, te sentará bien.

Gabrielle volvió a meter la lengua y con aire de esfuerzo supremo, se tragó los trocitos verdes y velludos. El sabor era amargo y algo mohoso y deseó tener algo de beber para ayudarse a tragarlo.

—Mm... —Vio una manzana y se levantó, rodeó a la reina y la arrancó. Se sentó de nuevo y pegó un mordisco y luego le ofreció el otro lado a Xena.

Xena se inclinó y la fue empujando hasta que apareció la marca del mordisco de Gabrielle y entonces clavó los dientes en ella, torciendo un poco la cabeza para arrancar un trozo.

Estaba crujiente y fría y, si se concentraba mucho, captaba el sabor de Gabrielle en ella.

La reina se lamió los labios.

—Me parece que sólo querías una excusa para asaltar el manzano.

Gabrielle se quedó quieta y bajó los ojos. Le ofreció a Xena el resto de la fruta.

—Lo siento.

Mm. Xena frunció el ceño.

—Se suponía que era un comentario gracioso. —Esperó a que los ojos verdes se alzaran de nuevo y frunció el ceño otra vez cuando no lo hicieron—. ¿Gabrielle?

—Mm. Ya lo sé. —Ahora la rubia sí que levantó la mirada, algo avergonzada—. Es que antes me... —Se detuvo—. En casa, me refiero. Así es como... nos castigaban cuando nos portábamos mal. Nos mandaban a la cama sin cenar... cosas así. —Sus ojos se posaron en los de Xena—. Yo me portaba muy mal.

Sin pararse a pensarlo, Xena alargó la mano y la puso en la mejilla de Gabrielle, sorprendentemente horrorizada ante el daño involuntario que habían causado sus palabras.

—Eh. —Acarició con el pulgar las arrugas de dolor que asomaban a la cara de su compañera—. Lo siento.

Gabrielle parpadeó.

Xena saboreó la absoluta extrañeza de esas palabras en sus labios.

—Escucha. —Tomó aliento, sintiendo un dolor en el pecho al mirar a los ojos dulces y confiados de Gabrielle—. Si quieres comerte el puñetero jardín de cabo a rabo, adelante.

—Oh, no quería decir... —La rubia arrugó el entrecejo—. Creo que es que estoy muy cansada y mi mente no para de hacer cosas raras.

Xena se contempló la punta de las botas.

—Sí, a lo mejor a mí me pasa lo mismo —reconoció, incapaz de explicar de otra forma la turbación que sentía por dentro—. Venga. Vamos a ver qué botín conseguimos aquí. Lo podemos coger nosotras antes que las heladas.

—No tenemos por qué.

—No —asintió la reina—. Pero lo vamos a hacer. —Se levantó y alargó una mano—. Ven, amiga mía.

Gabrielle le cogió la mano y caminaron juntas bajo la puesta del sol, arrancando la última cosecha de los árboles frutales, compartiéndola en agradable silencio hasta que la luz desapareció del cielo por completo.


La mazmorra era oscura, fría y húmeda. Xena se quedó en la puerta de atrás, que no se usaba desde hacía mucho tiempo, al pie de unas escaleras estrechas de caracol que pocos en la fortaleza conocían siquiera.

Ella sí. Xena se había ocupado de recorrer su nueva conquista hasta que vio cada centímetro cuadrado.

Ahora, dejó que se le acostumbrara la vista a la oscuridad y ladeó la cabeza para escuchar los ruidos del miedo y el dolor que reverberaban suavemente por las severas paredes de piedra. Frunciendo el ceño, alzó una mano para frotarse el oído que no le funcionaba, luego suspiró y empezó a avanzar despacio pegada a la pared.

Era un sitio asqueroso. Siempre había habido una razón por la que Xena prefería matar a sus enemigos antes que meterlos aquí. Una forma de misericordia, en realidad. La reina echó un vistazo a las fosas que había a cada lado del pasillo principal, llenas de suciedad, agua y numerosos insectos.

Esta vez estaban atestadas de ocupantes. Oía los sollozos de las mujeres y hasta ella llegó flotando el susurro de una oración, por lo menos.

Xena se detuvo a escuchar. Luego pasó a otra celda, ésta llena de soldados vencidos. Aquí no se oían oraciones, estos hombres sabían lo que los esperaba y la mayoría estaban acurrucados en silencio. De pie entre las sombras, la reina los observó, sabiendo que como mucho pensarían que era un guardia más.

Por fin, pasó a la zona donde estaban las celdas más pequeñas, unas cámaras diminutas diseñadas para un solo ocupante y llenas de instrumentos de tortura.

Apestaban.

Xena se detuvo ante la última de la fila y contempló al prisionero encadenado a unas picas oxidadas dentro de ella. Toris estaba dormido o inconsciente y apenas se distinguían sus rasgos a la escasa luz de las antorchas colocadas en la pared.

Hacía años que no lo veía. Dos años mayor que ella, era alto como ella y tenían el mismo pelo espeso y oscuro y los mismos ojos azules. Pero ahí terminaba el parecido. Él era flaco, de piernas y brazos excesivamente largos y un rostro más aplastado y bruto que no tenía ninguno de los rasgos angulosos de ella.

¿Cómo no se había dado cuenta de que estaba aquí? Xena vio sangre en varios puntos de su ropa de lino propia de un siervo y por el ángulo de un codo, supuso que lo tenía dislocado.

Doloroso, sin duda.

Xena se apoyó en la pared, dándose cuenta de repente de que estaba demasiado cansada para sentir siquiera el odio que sabía que sentía por él. Aquí estaba, el cabrón de su hermano, ¿y mañana?

Mañana estaría muerto y ella sería la última de su familia que quedaría en el mundo.

La reina se volvió y pasó por la puerta delantera de la mazmorra, en forma de arco, y torció a la derecha por un pasillo oscuro y polvoriento en lugar de subir por las escaleras que la llevarían de vuelta a la fortaleza. Al final del pasillo había una puerta.

Se sacó una llave del cinturón y la abrió, con un sonoro roce de la cerradura metálica, empujó la puerta, bajó por otro tramo de escaleras y llegó a una cancela.

Era muy sencilla. Nada más que hierro forjado que formaba un diseño simple pero claro gracias al trabajo de unas manos cuidadosas. Xena puso esas manos encima y lo abrió de un empujón, volviéndose para colocar la antorcha que llevaba en un candelabro de pared que había dentro.

No tenía nada de ostentoso. Las paredes carecían de adornos, pero estaban limpias, lo mismo que el suelo. En el centro de la estancia había dos sarcófagos de piedra, uno vacío, el otro no.

Contra la pared había un banco tallado. Xena fue hasta él y se sentó, apoyando los codos en las rodillas y reposando la barbilla sobre las manos entrelazadas. Delante de ella el sarcófago sellado esperaba pacientemente, con una enseña y unas tallas sencillas casi invisibles a la escasa luz.

De todas formas, ella conocía hasta el último centímetro. Cada curva de la piedra, cada ángulo y letra cincelados los había hecho ella, en los largos y solitarios días que siguieron a la muerte de Liceus. Éste era el único lugar de la fortaleza que era totalmente de ellos: no había sido más que un almacén olvidado hasta que ella lo encontró.

—Sabes, Li —dijo Xena en voz baja—. A veces creo que de nosotros dos tú fuiste el afortunado. —Contempló el nombre tallado con ojos pensativos—. Pero tenía que bajar a decirte... ¿recuerdas esa gran discusión que teníamos siempre? ¿Cuando no parabas de tomarme el pelo sobre lo que me pasaría si alguna vez me enamoraba? ¿Te acuerdas?

Le contestaron los ecos de su propio discurso.

—Ya, pues... —Xena suspiró—. Tenías razón. —Hizo una breve pausa, frotándose el nudillo con el pulgar—. Tenías razón. Ojalá pudieras estar aquí para verlo.

Se quedó ahí sentada unos minutos más y luego, con un suspiro, se levantó y se acercó al sarcófago, posando las manos sobre la tumba de su hermano. Cerró los ojos y se quedó inmóvil unos segundos. Luego se irguió y le dio una palmadita al sarcófago, al rodearlo y dirigirse hacia la cancela de hierro.

Por fin había llegado el momento de descansar. Xena cerró la cancela al salir y empezó a subir las escaleras, de vuelta a la amplia y espaciosa extensión de sus nuevos aposentos, donde la estaba esperando Gabrielle, junto con el cordero Boris.

Mañana sería un nuevo día.


Gabrielle se despertó a tiempo de ver la primera luz del amanecer tiñendo las ventanas. Tuvo una extraña y breve sensación de desorientación, luego recordó dónde estaba y en su cara se dibujó una dulce sonrisa.

Su nueva cama, con su blando colchón forrado de plumas, había sido una sorpresa para las dos. Xena había dado por supuesto que trasladarían los muebles de sus anteriores aposentos de la torre, pero no tardaron en caer en la cuenta de que, por el contrario, el mayordomo del castillo había recuperado la cama que en otros tiempos había estado aquí.

Pasó los dedos por la rica y gruesa tela y por la sábana de seda que las cubría y que relucía levemente con el nuevo amanecer. Formaba pliegues encima de Xena, y al cabo de un momento, Gabrielle se arrimó un poco más, pegando su cuerpo al de la reina, con una sensación de calor y seguridad.

Xena estaba dormida. Pero Gabrielle notaba cómo respiraba, cómo se movía su pecho bajo el brazo con que había rodeado a su compañera de cama, y oía el lento y rítmico latido de su corazón.

Era una sensación muy apacible. Gabrielle movió un poco la mandíbula y se animó al descubrir que el golpe de la cabeza le dolía mucho menos. Había sido un gusto poder dormir por fin la noche anterior, mucho después de que Xena hubiera vuelto de su paseo, mucho después de que ella hubiera terminado su última historia y de que hubieran cenado juntas.

Qué cansada estaba. Demasiado cansada incluso para hacer nada una vez se metieron en la cama, aparte de acurrucarse pegada a Xena y dejar que el agotamiento que llevaba toda la tarde manteniendo a raya la venciera por fin. Le parecía recordar haber oído la voz de Xena cantándole hasta que se durmió, pero no sabía muy bien si era realmente un recuerdo o una simple ilusión.

A fin de cuentas, la reina estaba agotada, y encima herida. Y parecía tan callada y como deprimida antes de que se fueran a dormir.

Gabrielle vio que los paneles de la ventana empezaban a adquirir un ligero resplandor rosa. Ayer podría haber muerto. La idea le causó un leve escalofrío. Pensé que iba a morir. Había visto el odio en el rostro de Toris y el brillante destello del sol sobre el hacha cuando bajaba hacia ella.

Había ocurrido demasiado deprisa para poder sentir miedo, pero no tan deprisa que no le diera tiempo de sentir una repentina puñalada de pena abrasadora.

De desilusión. Todavía no estaba preparada para morir. Gabrielle escuchó la música del corazón de Xena. No estaba preparada para que el viaje de su vida se acabara tan pronto, ahora que la senda la había llevado a caminar al lado de alguien a quien había entregado su corazón.

Xena le había salvado la vida. Gabrielle alzó la cabeza para contemplar el perfil de la reina. Xena no sólo la había salvado, sino que además se había jugado su propia vida para hacerlo, y había corrido ese riesgo conscientemente.

Esos ojos azules clavados en los suyos, durante esos pocos segundos, habían reflejado ese conocimiento.

Y entonces... sintió miedo. Pero Gabrielle no tuvo tiempo de pensarlo, porque al segundo siguiente, Xena había derribado a Toris y todo estaba bien.

Todo estaba bien. Levantó la mirada y vio que los párpados de Xena se agitaban con un sueño y que en sus labios se iba dibujando una levísima sonrisa al mismo tiempo. ¿Con qué estaba soñando?, se preguntó Gabrielle. ¿Era el mismo tipo de sueño que había tenido ella, un remolino de color e imágenes y el sabor a pétalos de rosa?

Dioses, cómo la amaba. Gabrielle se regodeó en esa intensidad, deseando una vida entera de mañanas iguales a ésta.

Y sin embargo, ¿qué traería el resto del día? No lo sabía. Sería estupendo si pudieran pasar un tiempo en paz, pero sabía que el final de este día seguramente acabaría con el color rojo de la sangre, en lugar de los suaves y alegres rosas y naranjas del amanecer.

¿Pero eso estaba mal? Al haberse enfrentado ella misma a la punta de una espada, por fin comprendía que había cosas que uno quería, gente a la que uno quería, por las que merecía la pena ejercer la violencia para protegerlas. Se sintió extraña al pensar eso, como si parte de ella hubiera cambiado y se hubiera transformado en otra persona.

Bueno, tal vez era así. Gabrielle reflexionó sobre eso durante un rato. No era que quisiera ver a la gente sufrir daño o morir, decidió, era más bien que ahora comprendía bastante bien por qué Xena hacía lo que hacía.

Gabrielle se quedó pensando sobre lo que quería decir aquello. ¿Sentía eso sólo porque amaba a la reina y eso hacía que sus acciones le parecieran bien? ¿Y si una de las siervas que se habían rebelado hubiera sido ella... y ahora estuviera en las mazmorras? ¿Cómo se sentiría entonces?

Fatal, probablemente. Suspiró. Pero no era así, aunque podría haberlo sido. Ella había elegido un camino diferente. La gente de la mazmorra también tenía una elección. Nadie los había obligado a hacer lo que habían hecho, aunque tenía la sospecha de que Toris los había convencido de que estarían mejor si lo hacían.

Bueno, pues él se había equivocado. A veces la vida era así. A veces tomabas malas decisiones y acababas en una mazmorra apestosa, y a veces tomabas buenas decisiones y acababas en una cómoda cama con alguien que te quería.

Eso era bastante duro, lo reconocía, pero también era cierto. A veces simplemente tenías suerte.

Xena se movió en sueños, rodeando a Gabrielle con los brazos y estrechándola con un ruido grave de contento.

¿Y qué habría hecho si no hubiera tenido suerte? Gabrielle acarició la piel del hombro de la reina con el borde del pulgar. ¿Y si Xena hubiera perdido la batalla y ahora fuese ella la que estuviera en la mazmorra en lugar de Toris y los hombres de Bregos?

¿Habría ido con Xena?

Gabrielle se lo imaginó. Pensó en cómo sería estar en la mazmorra, enfrentándose juntas a la muerte.

—Mm. —Miró a Xena a la cara, justo en el momento en que los ojos de la reina se abrían parpadeando soñolientos—. Oh.

—¿Oh, qué? —preguntó Xena, con la voz ronca—. ¿Oh, por los dioses, estoy durmiendo con una gorgona?

—Oh, estás despierta —contestó Gabrielle suavemente—. Ahora hace una mañana perfecta.

Los labios de la reina esbozaron una levísima sonrisa.

—Lo dices en serio —comentó—. ¿Verdad?

Gabrielle asintió.

Xena le acarició la cara, apartándole mechones de pelo rubio de los ojos con una ternura entrañable.

—Sabes, esta noche he soñado contigo.

—¿Conmigo?

—Mmmm —murmuró Xena—. Tú y yo solas, junto a un lago, pescando.

—¿Nosotras solas?

—Nosotras solas —confirmó la reina—. Un día de verano, mariposas...

—Parece perfecto.

—Lo era. —Xena echó un vistazo debajo de las sábanas—. Pero esto también está muy bien. —Acarició la cadera desnuda de su compañera de cama—. Eres algo estupendo con lo que despertarse, ratón almizclero. Me alegro de que estés aquí.

Gabrielle se arrimó más a ella y la abrazó.

—Yo también me alegro de estar aquí —susurró—. Me alegro de haber venido aquí.

Xena se quedó callada unos segundos. Luego le devolvió el abrazo, estrechando con fuerza a Gabrielle.

—Hoy tenemos cosas que hacer, ratón almizclero.

—Lo sé —murmuró Gabrielle, contra la piel del cuello de Xena.

—Es un camino asqueroso —advirtió la reina—. Es un camino oscuro. Está lleno de sangre y muerte.

Un momento de silencio.

—Pero lo vas a recorrer.

—Sí.

Gabrielle no aflojó su abrazo ni un ápice.

—Pues llévame contigo.

Xena hundió la cara en el pelo de Gabrielle y se limitó a abrazarla, inmersa en la bendición de una entrega que jamás se había esperado. Era un regalo precioso y, a pesar de su historia, lo sabía. Gabrielle iría donde ella fuese y sufriría lo que ella sufriese, y Xena sabía en el fondo de su corazón que la responsabilidad de aquello pesaba única y exclusivamente sobre sus propios hombros.

Bueno, pues muy bien.

—Vamos. —Dio un último achuchón a Gabrielle—. Ven a ayudarme a ser la reina.

El sol naciente entraba por las ventanas, trayendo consigo una luz purificadora y devolviendo las sombras a la nada.


La gran sala estaba llena hasta los topes. Alineados junto a las paredes estaban los soldados de Xena, totalmente armados. Mirándolos con desconfianza había una gran multitud de cortesanos y nobles. Los mensajeros enviados a los caminos los habían convocado a todos a la fortaleza y por eso ahora, al anochecer del segundo día tras el regreso de Xena, estaban aquí, esperando.

El trono de la sala estaba, por ahora, vacío. A cada lado de la gran silla ornamentada habían colocado dos tronos más pequeños y los tres estaban decorados con una imponente tela dorada y flores de otoño. Había dos soldados a cada lado, firmes como estatuas, cuya armadura soltaba destellos a la luz de las velas esparcidas por la sala para darle una iluminación poco habitual.

Las dos puertas de la pared del fondo se abrieron y golpearon la piedra. El gentío se volvió y se quedó en silencio, observando mientras entraban más soldados, arrastrando a los prisioneros con ellos. Hombres con la armadura medio rota, algunos ensangrentados, otros atados, cayeron de rodillas en una zona despejada ante los tronos. Detrás de ellos venían los siervos, asustados y sollozantes, a quienes tiraron de rodillas detrás de los hombres de guerra.

El espacio despejado se llenó rápidamente, pues los soldados seguían trayendo más prisioneros. Por último, trajeron a Toris encadenado, con una mordaza de cuero atada a la boca. Llevaba una cuerda al cuello y los soldados lo arrastraron como a un perro ante los nobles que miraban antes de obligarlo a arrodillarse en el primer escalón.

Brendan entró en la sala por la otra puerta. En los brazos llevaba la espada de Xena, pulimentada hasta extremos inauditos y metida en su gastada vaina de cuero. Con apacible dignidad, subió despacio los escalones y colocó la espada en el trono de Xena con aire reverente.

Luego rodeó el trono y se colocó detrás, con la cara barbuda casi reluciente de orgullo al ocupar ese puesto de honor.

Una sensación de expectación tensa se apoderó ahora de la sala. Y sin embargo, las enormes puertas principales seguían cerradas.


Xena masticaba pulcramente una pata de faisán, sentada en el asiento de la ventana mientras contemplaba la puesta del sol. Estaba sola en la antecámara, pues había despedido a Brendan después de que el capitán le trajera una bandeja de la cocina.

Fuera, el aire frío y vigorizante separaba la luz en capas de tonos pastel sorprendentemente delicados, robándole al cielo el fuego sangriento que se esperaba.

Con todo, era impresionante. Xena observó apaciblemente mientras los rayos atravesaban el cristal emplomado, derramándose sobre su piel y tiñéndola de color.

Había pasado el día convocando audiencias a medida que llegaban sus nobles, despellejándolos verbalmente y sacándoles uno a uno la información que necesitaba. Ahora, había convocado la última corte del día, y todo el mundo sabía que se avecinaba el final para aquellos a quienes ella había decidido juzgar.

La puerta de su pequeño refugio se abrió, pero Xena siguió mirando por la ventana, sabiendo con un sentido que iba más allá del oído o el olfato quién era el intruso.

—Hola, ratón almizclero.

Gabrielle cruzó la habitación y llegó a su lado. Xena se volvió y miró a su rubia compañera de arriba abajo algo sorprendida.

—Sé que te he lanzado algo más bonito que eso —comentó, toqueteando el hombro de la túnica que llevaba Gabrielle—. No tienes por qué ponerte eso.

Gabrielle se irguió un poco dentro del uniforme.

—Ya lo sé —asintió suavemente—. Pero quería ponérmelo. —Tocó la cabeza de halcón que llevaba sobre el pecho—. Dice algo sobre quién soy.

Xena enarcó una ceja oscura.

—¿Una rubita adorable y sexi con un gusto horroroso en el vestir?

Gabrielle bajó la mirada y sonrió.

—Vale. —Xena alargó la mano y le ofreció un dulce relleno de fruta de su bandeja de golosinas—. Toma. —Esperó a que unos limpios dientes blancos le quitaran el dulce de los dedos. Cogió una copa de la bandeja, bebió un trago del rico vino blanco y luego acercó la copa a los labios de Gabrielle—. Bueno. Vamos a ocuparnos de los asuntos.

Gabrielle alzó la mano para secarse los labios, pero la reina se lo impidió al inclinarse y quitarle las gotitas de vino de una forma muy meticulosa e intensa. Dejó caer la mano hasta posarla en el muslo de Xena, notando su fuerza bajo la gruesa tela de su vestimenta real.

Se separaron por fin y se miraron. Xena le ofreció la mano y se levantó de su asiento, dirigiéndose a las puerta de su gran sala. Siguió agarrando los dedos de Gabrielle incluso cuando llegaron a las puertas y, con un gesto muy historiado, el guardia las abrió de par en par.

Pom. Pom. Pom. El senescal golpeó su vara contra el mármol.

—¡Todos de rodillas ante Xena la Despiadada!

Xena se quedó absolutamente inmóvil y sólo sus ojos se movieron recorriendo a la multitud mientras ésta hacía lo que le ordenaba el senescal y caía de rodillas sin hacer caso de su elegante ropa. A los pies de la tarima, el duque también se arrodilló, inclinando la cabeza y llevándose además el puño al pecho.

La reina esperó a que todo el mundo estuviera de rodillas. Luego echó a andar a través de la masa, agarrando la mano de Gabrielle mientras se dirigían a sus tronos. Nadie se atrevió a mirarla al pasar.

Subieron los escalones, pasando ante el duque arrodillado. Cuando Xena llegó a lo alto de la tarima, le hizo un elegante gesto a Gabrielle indicándole el trono colocado a la derecha del suyo y esperó a que su compañera se instalara en él. Luego bajó tranquilamente los escalones y le dio una patada al duque en la espalda, llamándolo con el dedo cuando se volvió para mirarla.

Algo dubitativo, se levantó, la alcanzó y ella tiró de él escalones arriba y lo sentó de un empujón en el otro trono.

Luego se volvió para mirar a la multitud y se puso en jarras.

Se palpaba el miedo. Xena lo notaba y absorbió la sensación de poder que le daba.

—Os he convocado a todos aquí para dejar unas cuantas cosas claras. —Hizo una pausa, para dejar que su voz reverberara en las paredes—. Últimamente he estado aguantando muchas chorradas y estoy harta. Se acabó. —Ladró las dos últimas palabras.

Como esperaba, nadie la interrrumpió. De hecho, nadie se atrevía a mirarla siquiera. Xena se puso a dar vueltas, moviéndose por su tarima delante de los tronos.

—Sé que en esta sala hay quienes apostaban a que nunca volvería aquí —dijo—. ¡HABÉIS PERDIDO! —rugió—. ¿CUÁNTA gente tiene que morir para que APRENDÁIS?

Se detuvo y se cruzó de brazos, fulminando a la atestada sala con la mirada. Pero el efecto se perdió bastante, puesto que todo el mundo seguía con la cabeza gacha y sin mirarla.

—Vamos a averiguarlo. —Regresó a su asiento y sacó su espada de la vaina, comprobando la hoja para ver si tenía abolladuras o manchas de sangre dejadas por descuido.

Estaba impoluta y afiladísima. Sus ojos se posaron en Brendan y le concedió una sonrisa por el meticuloso trabajo, sobre todo dado el estado en que estaba la pobre cuando se la dio. Luego se volvió y se acercó al borde de la tarima.

—Traedlo. —Señaló a Toris con la espada.

Sus hombres pusieron en pie a Toris y lo arrastraron escalones arriba. Lo sujetaron ante ella y dedicó un momento a observar su rostro sucio y magullado.

En sus ojos no había más que odio hacia ella. Xena lo aceptó, comprendiendo que en ella no había nada que sintiera a su vez cariño por él.

—Ésta es la segunda vez que intentas matarme, Toris —comentó, casi como si mantuviera una charla informal—. La última vez, yo quería cortarte en mil pedazos, pero Li me convenció para que no lo hiciera.

Si pudiera haberla insultado, lo habría hecho. Xena vio cómo se movía su garganta y cómo agitaba los labios alrededor de la mordaza.

—Sé lo que están pensando todos. Que debería apiadarme de ti porque eres mi hermano.

La multitud se agitó.

—Pero tú no te apiadaste de mí, ¿verdad? —Xena le puso la punta de la espada en el vientre—. Habrías estado tan contento de vernos arder a los dos y llevarte tu bolsa de dinares, ¿verdad?

Él se debatió contra los guardias, atravesándola con la rabia de sus ojos. Xena lo miró intensamente, tratando de encontrar algo de lo que tenían en común a través de todo ese odio.

Bruscamente, se echó hacia delante, le agarró la cabeza con la mano libre y se lo acercó. Le susurró algo al oído y luego, con un movimiento brutal, le incrustó la espada en el pecho hasta la empuñadura.

Él se estremeció un momento, luego fue quedándose quieto y le fallaron las rodillas. Xena lo apartó de ella y soltó la espada de un tirón, haciendo un gesto a los soldados para que lo soltaran cuando cayó al suelo.

Debajo de él se formó un charco rojo. Xena mostró su mano izquierda a la multitud, manchada con el mismo color. Sus ojos recorrieron la sala, absorbiendo el horror de sus rostros.

—Ésta es mi justicia —dijo, con un gruñido ronco—. Nadie escapa a ella.

Esperó a que la conmoción calara en ellos. Luego dejó caer la mano e hizo un molinete con la espada, lanzando un pequeño chorro de gotitas de sangre que mancharon el suelo de mármol.

—El siguiente. —Señaló al primero de los soldados cautivos.

Una capa de terror cayó sobre la sala. Xena oía el llanto apagado y sofocado de los siervos al notar que la muerte se paseaba entre ellos, y el prisionero al que sus hombres hacían avanzar venía casi a rastras, pues no le funcionaban las piernas.

Llegaron ante ella y pasó por encima del cuerpo de Toris, agarró la barbilla del soldado con la mano manchada de sangre y lo obligó a levantar la cabeza para que la mirara.

Tenía los ojos llenos de lágrimas. Respiraba tan fuerte y a tal velocidad que casi no parecía humano. Xena ladeó la cabeza y lo miró atentamente, observando cómo se le estremecía el cuerpo entero por el miedo que le producía su contacto.

Al cabo de un momento, volvió la cabeza para mirar por encima del hombro. Gabrielle estaba sentada donde la había dejado, con las manos juntas y apretadas delante de la boca y los ojos firmes, pero relucientes de lágrimas que todavía no se habían derramado.

Xena se volvió de nuevo hacia su víctima.

—Te rendiste —le dijo al soldado—. ¿Por qué?

Durante un segundo, no contestó, atónito al ver que le dirigía la palabra en lugar de destriparlo.

—N... —Le castañeteaban los dientes—. No quería m... morir.

La reina le levantó un poco más la cabeza y le puso la espada en el hombro, rozándole el cuello con el filo.

—Nos superabais a razón de cinco a uno y teníais cómplices dentro del castillo. ¿Tan seguro estabas de que ibais a perder?

En silencio, él asintió.

Xena cerró las largas pestañas y luego las abrió, revelando los brillantes ojos azules.

—Tal vez sea cierto. —Lo soltó y se echó hacia atrás, apartando la espada de su cuello y colocándosela sobre su propio hombro—. Está bien. —Se dirigió a varios de sus hombres, que montaban guardia alrededor de los prisioneros—. Llevaos a los que depusieron las armas de vuelta al cuartel.

Hasta sus hombres se quedaron de piedra.

—Tratadlos como a reclutas nuevos. Que barran los suelos hasta que demuestren que no son tan estúpidos como parecen por haberse ido con Bregos para empezar.

Tras una pausa atónita, sus hombres se pusieron en marcha, levantando a los prisioneros. Los hombres perdonados se tambalearon, apenas capaces de creer que no iban a morir. Se los llevaron, dejando sólo a los siervos en el círculo rodeado de guardias.

—Daremos caza a Bregos hasta encontrarlo —comentó Xena—. Él no va a necesitar a esos hombres y yo puede que sí. —Hizo una pausa y luego bajó despacio los escalones y se enfrentó a sus últimas víctimas. En la primera fila había dos mujeres, abrazadas la una a la otra. Se detuvo a su lado y bajó la mirada.

Se echaron a temblar. Xena les dio un golpecito en la cabeza con la espada.

—Eh.

Aterrorizadas, levantaron la mirada hacia ella.

—¿Qué os prometió? —preguntó la reina.

—La l... libertad —susurró la mayor de las dos.

—Ya. —Xena examinó su espada—. La muerte es una especie de libertad —dijo—. A lo mejor tenía razón.

Volvió a hacerse un repentino silencio, una neblina de horror creciente tras la inesperada buena suerte de los soldados. Pero Xena volvió a retroceder un paso y se dirigió al senescal.

—Cogedlos a todos y dejadlos fuera de las puertas —ordenó—. ¿Quieren libertad? Muy bien. Que la encuentren en el camino en pleno invierno.

Con eso, les dio la espalda y subió de nuevo los escalones, pasando ante el cuerpo de Toris, ante las manchas de sangre, hasta el escalón superior donde aguardaba su trono.

Donde la esperaba Gabrielle.

Xena se volvió y se sentó, apoyando la punta de su espada en la piedra y colocando las manos manchadas de rojo en los brazos del trono.

—La reina ha muerto —dijo, con un tono medio desconcertado, medio maravillado. Levantó la mirada al notar un calor que le cubría la mano derecha y vio un destello de piel clara cuando los dedos de Gabrielle cubrieron los suyos—. ¿Viva la reina?

En contra de su voluntad, sus ojos se posaron en el cuerpo tirado en el suelo y reconoció la punzada de pena que le atenazaba el corazón.

Ah. El precio de la humanidad.

En medio de todo aquello, Xena descubrió algo por lo que sonreír.


—Bueno. —Xena estaba repantingada en la gran butaca de sus aposentos, con una pierna por encima del brazo y el cuerpo cubierto con una túnica azul sin mangas de tela basta, atada a la cintura—. ¿Qué piensas, Gabrielle?

Vestida aún con su túnica, Gabrielle dejó los ropajes que se había quitado Xena y se acercó donde estaba sentada la reina.

—¿Qué pienso de qué? —preguntó.

Xena echó la cabeza a un lado y la miró.

—La corte —dijo—. Esta noche. —Se movió en la butaca y dio unas palmaditas incitantes en la superficie—. Has estado como un ratoncito silencioso desde que hemos vuelto.

—Bueno. —Gabrielle se sentó en el borde del asiento—. Es que estaba pensando.

—Ahh. Eso es lo que me temía. —Ahora que la corte había terminado, Xena se descubría pensando en el futuro y en cómo sería la vida ahora que tenía a alguien absolutamente decidido a compartirla con ella—. Oye, ¿sabes qué?

—¿Qué? —Gabrielle se apoyó ligeramente en Xena.

—Esa puerta de ahí da a otro par de habitaciones —señaló la reina—. Mete tus cosas ahí, así tendrás un espacio donde poder... pensar. —Sonrió un poco—. ¿Te gusta la idea?

Los ojos de Gabrielle se posaron en la puerta y luego volvieron al rostro de la reina.

—Tú siempre me has dado un espacio propio. —Acarició con los dedos la piel del brazo de Xena—. Nunca lo tuve en casa.

—Creo que yo tampoco —contestó Xena en voz baja—. A lo mejor por eso... Me acuerdo de cuando elegí esas habitaciones de la torre para mí misma. Todo ese espacio... y Li sólo quería tener un sitio donde poder poner todas sus cosas y no tener que volver a recogerlas cada dos por tres.

—Éste ha sido tu primer hogar de verdad, ¿no?

La reina se quedó callada unos momentos y luego asintió.

—Supongo que sí.

Gabrielle levantó una pierna y se la puso sobre la rodilla.

—Sé lo que sientes —dijo—. Recuerdo cuando me llevaron arriba y me dieron ese pequeño cubículo de fuera en la torre. —Un leve suspiro—. Era la primera vez que tenía hasta mi propia cama.

Xena soltó una carcajada seca.

—Esos ricachones no entienden nada, ¿verdad?

—No, la verdad es que a veces no lo entienden.

—Bueno. —La reina posó la mano en la rodilla de Gabrielle—. ¿Te gusta esa idea? ¿Esas habitaciones? ¿Son lo bastante grandes? Ve a mirar.

Gabrielle se levantó obedientemente y fue a la puerta, en la que en realidad no se había fijado hasta entonces. La abrió y asomó la cabeza, observando con curiosidad el espacio que había al otro lado.

Parpadeó. Luego volvió a meter la cabeza en la gran habitación y se volvió para mirar a Xena. La reina estaba echada sobre el brazo de la butaca, con la barbilla apoyada en la muñeca, mirándola.

—Hay... muchas cosas ahí dentro.

—Mmmm.

Despacio, Gabrielle se señaló a sí misma.

—Mmmm. —Xena sonrió contenta. Se levantó y se acercó, empujando a Gabrielle por la puerta para que entrara en la nueva habitación. Dentro, puso las manos sobre los hombros de su compañera de cama mientras las dos miraban a su alrededor.

No era una habitación inmensa, pero tenía muchas ventanas. Xena supuso que había sido el solario de la reina anterior. Había mandado traer un par de cómodas butacas de madera tallada, con mullidos almohadones, y que las colocaran cerca de la pared de cristal. A un lado había un escritorio, atestado de pergaminos y plumas, y a su lado, un enorme armario con toda la ropa que le había dado a Gabrielle y más.

—Ooh.

Cerca del fondo había una cómoda cama turca y a su lado, en ambos extremos, unos estantes bellamente tallados para pergaminos.

Gabrielle fue al escritorio y cogió una pluma, cuyas plumas blancas inmaculadas relucían a la luz de las velas. Se volvió hacia Xena.

—¿Todo esto es para mí?

Xena asintió.

—Pensé... —Se sentó en una de las butacas con un aire curiosamente inseguro, sujetándose las manos entre las rodillas—. Quiero que seas feliz aquí.

Gabrielle paseó la mirada por todo el espacio, elegido con tanto cuidado y lleno de cosas tan atentamente pensadas para ella. Luego se acercó y abrazó a Xena.

—Sería feliz durmiendo en una cesta a los pies de tu cama —le dijo a la reina con sencilla franqueza—. Pero esto es maravilloso. Gracias. —Con ternura, besó a Xena en la mejilla y luego hundió la cara en el cuello de la reina.

Mm. Xena se reclinó en la butaca y se puso a Gabrielle en el regazo, cobrando su recompensa tras un día largo y en muchos sentidos difícil.

Había sido un día que había visto la mano de su justicia. Había sido un día que había visto cómo recuperaba su autoridad, de una forma que nadie podía interpretar equivocadamente.

Un día que había visto cómo nombraba a una consorte y cómo liberaba públicamente a Gabrielle.

Un día que había visto a unos hombres llorar de alivio, mientras fregaban los suelos del cuartel del ejército.

Un día que había visto a unas mujeres llorar de desesperación al salir a la fuerza por las puertas de la fortaleza y adentrarse en el frío de una noche de finales de otoño.

Había sido un día que había visto la muerte de su hermano, por su propia mano.

—¿Te ha costado hacer lo que has hecho esta noche? —preguntó Gabrielle, suavemente—. ¿Con Toris, me refiero?

—No —contestó Xena, tras dudar un momento—. Lo miré a los ojos y sólo vi a un animal lleno de odio que me miraba a su vez. —Echó una mirada a la mujer que tenía entre los brazos—. No habría dejado de intentar hacerme daño... de hacer daño a cualquier cosa cercana a mí.

Gabrielle alzó la mano y le tocó la mejilla.

—Pero estás triste.

Xena se apoyó en la mano, sintiendo la verdad de esa afirmación.

—Sí —confesó—. Es como tú decías... incluso después de todo eso, el cabrón seguía siendo mi hermano.

—Mm. —Gabrielle se acurrucó pegándose más a ella.

—Li me dijo... —siguió la reina, inesperadamente—. Dijo que cuando me... enamorara... eso me cambiaría. —Vaciló, observando el rostro de Gabrielle, vuelto hacia ella para mirarla atentamente—. Tenía razón. El oráculo tenía razón.

—¿El oráculo? Pero yo creía que había dicho que abrir tu corazón acabaría destruyéndote.

—Mmmm —asintió la reina—. Tú me has destruido. —Sonrió con ternura al ver que los ojos de Gabrielle se dilataban y se ponían muy redondos—. Tranquila. Me ha gustado.

—Pero...

—En serio, me ha gustado. —Xena se echó hacia delante y la besó—. No sé en qué me vas a acabar convirtiendo, Gabrielle, pero sabes, va a ser divertido descubrirlo.

Gabrielle miró por las ventanas emplomadas hacia las estrellas titilantes que había al otro lado. ¿Le estaban haciendo guiños? En lo alto, una cinta de blanco lechoso serpenteaba a través de ellas, como un camino fantasmal que conducía a un lugar que todavía no había imaginado.

—Bueno... —Le echó a Xena los brazos al cuello y le devolvió el beso—. Intentaré no ser muy dura contigo.

Las dos se echaron a reír.

Tal vez hasta las estrellas se rieron.


FIN


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