20


Era glorioso. El sol salió restallante de detrás de las nubes e iluminó el río con un millón de matices de azul y verde cuando doblaron un curva cerrada y rápida y salieron a la llanura que se abría ante ellos. Gabrielle notó que se le aflojaba la mandíbula y se le pusieron los ojos como platos ante aquella belleza: el bosque y los prados que se extendían cortados por el río y luego, a lo lejos, las altas torres de la fortaleza sesteando al sol.

—Oh, caray.

—¿Qué? —Xena levantó la mirada de donde estaba arrodillada, con una mano extendida para equilibrarse sobre la superficie de la balsa—. ¿Tienes que hacer pis o algo así?

—No. —Gabrielle posó una mano en el hombro calado de la reina—. Es precioso. —Soltó aliento—. Como una tierra de fantasía.

Xena hizo un visaje con sus ojos azules.

—Gabrielle, te quiero, pero si vuelves a decir eso, voy a tirar tu lindo culito por la borda y darte de comer a los salmones.

Su compañera sonrió, ligeramente.

—¿Lo harías? —preguntó—. ¿Los salmones son grandes aquí?

La reina miró a los demás ocupantes de la balsa. Casi todos estaban bien agarrados, con expresiones que mostraban diversos grados de alivio y agotamiento. Con una leve sonrisa burlona, se puso de rodillas y flexionó la mano sobre la que había estado apoyada, luego miró un instante el agua y se abalanzó y hundió la mano en el río sin previo aviso.

—¡Eh! —Gabrielle la agarró del manto como acto reflejo.

Xena sacó el brazo y, ante el pasmo absoluto de Gabrielle, resultó que sostenía un pez. Con una risilla, la reina le lanzó el pez y ella tuvo que soltarse e intentar atraparlo, haciendo saltar al ofendido pescado con manos torpes.

—¡Ay! ¡¡¡Ay!!! ¡Aaaj!

La reina se echó a reír.

Gabrielle se cayó de culo y agarró al pez, abrazándolo contra su pecho con los ojos muy redondos.

—¡Santa Hera!

Xena se sacudió el agua y una escama errante de los dedos y volvió a acuclillarse, balanceándose con el movimiento de la balsa mientras seguían corriente abajo.

—¿Te parece lo bastante grande?

—¿Cómo has hecho eso? —exclamó la chica—. ¡Has metido la mano y lo has cogido sin más!

Las pestañas oscuras se agitaron coquetas.

—Soy hábil con las manos —dijo la reina con tono de guasa—. O... eso me han dicho.

Gabrielle miró a las caras cansadas pero risueñas que la miraban. Al instante se puso tan rosa como el pescado que sostenía. Éste se agitó. Ella lo miró y echó una mirada suplicante a Xena.

—¿Y ahora qué?

—Si le das un buen golpe en la cabeza, palmará —sugirió Xena.

—Puuaaj.

La reina volvió hacer un visaje.

—O puedes tirarlo por la borda. Saben nadar —dijo—. Al contrario que ciertos ratones almizcleros que conozco. —Alargó la mano y tiró de la punta de la bota de Gabrielle—. No es que podamos cocinarlo aquí y no me apetece comer pescado crudo. —Una pausa—. En este momento.

Gabrielle la miró rápidamente, convencida en el fondo de su alma de que ahí debía de haber un chiste sexual, a juzgar por las risas disimuladas que oía a los hombres.

—Bueno. —Examinó a su presa, que era un buen ejemplar de salmón, grande y pesado, justo al inicio de su ascenso a la montaña—. Si nos lo quedamos, me sé una forma estupenda de cocinarlo.

Xena se rió por lo bajo.

—Podemos tardar, Gabrielle —dijo—. Todavía nos queda medio día de viaje por el río antes de llegar a las puertas.

—Mm. —Como no quería renunciar a su inesperado premio, Gabrielle dio vueltas al problema. Miró a su alrededor, luego se acercó a un trozo suelto de corteza que los hombres habían puesto a bordo antes de partir para hacer reparaciones sobre la marcha.

Deprisa, consciente de los ojos que la observaban, logró meter un extremo por la boca del pescado, lo sacó por las agallas y lo ató, luego tiró el salmón al agua y agarró el otro extremo de la corteza.

—Hala —dijo, enrollándose el extremo de la corteza en la mano mientras el pez nadaba tras ellos en contra de su voluntad—. Como que voy a renunciar a la cena tan fácilmente.

La reina sonrió al ver la cara de triunfo de su compañera de cama. Luego meneó la cabeza y se volvió, sentándose por fin sobre la cubierta mientras el río se ensanchaba y la corriente se hacía más lenta. Lo habían conseguido.

Maldición, qué cansada estaba. Xena sabía que estaba en las últimas en materia de energía, y dedicó un momento a alegrarse de haber durado tanto. Lo cierto era que sólo quería tumbarse en la balsa y cerrar los ojos, pero sabía muy bien que antes se vería a sí misma bailando desnuda sobre el tocón de un árbol que haciendo eso delante de todos estos ojos que ahora la miraban con respeto.

Aunque tener al menos algo en lo que apoyarse estaría bien. Xena se movió y se puso un poco más cómoda.

Entonces estuvo a punto de saltar de la balsa cuando algo muy caliente se pegó a su espalda.

—Hijo de... —Se tragó la exclamación al darse cuenta de que se trataba de Gabrielle, que se había acercado a rastras para sentarse con ella espalda con espalda.

—Perdón —dijo Gabrielle—. No quería asustarte.

—¿Asustarme? —La reina resopló—. Sigue soñando, ratón almizclero. —Se relajó, pues el inesperado apoyo le resultaba agradable y lo agradecía, a pesar de todo. Se preguntó si Gabrielle lo había hecho a propósito y luego pensó que aunque la muy picarona era lista, leer la mente de Xena era algo que por suerte todavía no había conseguido.

—Bueno... ¿cómo lo has hecho? —preguntó Gabrielle, en voz baja.

—¿Lo de coger el pescado?

—Sí.

Xena se examinó una mano, cerrando a medias los dedos largos y fuertes.

—No es más que algo que aprendí a hacer —dijo—. Cuando tienes hambre, aprendes muchísimas cosas. Yo tenía hambre. Aprendí. —Notó la presión cálida cuando su amante pegó la mejilla al omóplato de Xena—. Sabes dónde están y vas a por ellos. —Cerró el puño.

—Pues me parece increíble. En Potedaia, pescaban en el río, pero nadie era capaz de hacer lo que has hecho tú —contestó Gabrielle—. Así que te prometo que te voy a preparar el mejor salmón del mundo, cuando volvamos a estar en tierra firme.

Xena casi podía saborearlo. Daba igual cómo estuviera preparado, aquello sabría igual que los demás platos de Gabrielle: condimentado con el delicado sabor de un amor auténtico y sincero por el que se le hacía la boca agua.

Aaaj. La reina se dio un bofetón en la cabeza. Tengo que dejar de pensar esas cosas. Me voy a quedar ciega.

—¿Estás bien? —susurró Gabrielle.

—Lozana como un melocotón.

La mujer más joven se contempló las botas, cuyo cuero se había puesto casi negro por el agua.

—Ojalá tuviera uno.

Xena enarcó bruscamente las cejas.

—¿Un qué?

—Un melocotón.

—Tienes un salmón.

Gabrielle suspiró y se movió un poco.

—Bueno, sí, pero ahora tengo hambre y me apetece comer pescado crudo tanto como a ti. Si tuviera un melocotón, me lo podría comer entero ahora mismo.

—No, no podrías.

La rubia volvió la cabeza y levantó la mirada.

—¿Por qué no?

—Porque yo me quedaría con la mitad, ¿no?

Una risa suave resonó por encima del gorgoteo del río.

—Eso es cierto. —Gabrielle miró a su alrededor y captó la mirada del soldado más cercano, que aferraba una rama preparada para empujar contra la orilla si se acercaban demasiado. El hombre le sonrió y le hizo un gesto con el pulgar hacia arriba. Ella imitó el gesto, esperando que fuese tan amistoso como le parecía.

Al parecer, lo era. Al volver a mirar a su alrededor, se dio cuenta de que en los rostros que la miraban ya no había cautela ni desconfianza, sino en cambio simple aceptación.

Gabrielle pensó que era una sensación extraña. Casi como si hubiera superado una especie de prueba y hubiera sido aceptada en el seno de esta extraña familia formada por los hombres y su dirigente. Uno de los soldados bebía despreocupado de un odre de agua y, mientras ella miraba, terminó y se lo ofreció.

Ella lo aceptó, pues tenía sed a pesar del agua que la rodeaba, y bebió, devolviéndoselo cuando terminó.

—Gracias.

El hombre se limitó a sonreír y le pasó el odre a otro soldado.

Aquí sentada, en una tosca balsa, con astillas en lugares que ni siquiera deseaba identificar, Gabrielle dejó de sentirse una intrusa por primera vez. Éste era su sitio. Miró a los hombres y a los siervos que estaban a su lado.

Ésta era su casa.

—Oye, ratón almizclero.

Ésa también era su casa.

—¿Sí, Majestad?

Xena carraspeó con intención.

—Bueno, no te voy a llamar ratón almizclero a ti, ¿verdad?

—No, a menos que desees que te presente a los primos de ese pez por las bravas —contestó Xena—. Nadie me llama ratón almizclero y sigue con vida.

—Por supuesto que no —asintió su compañera.

—Efectivamente.

—Además no te pareces nada a un ratón almizclero.

—¿Y tú qué sabes? —preguntó la reina—. Tuve que explicarte lo que era. —Hizo una pausa y luego se volvió para observar el perfil de Gabrielle, azotado por el viento—. ¿Qué soy? —Sus ojos observaron atentamente el rostro de su amante, con curiosidad y desafiándola a contestar.

Gabrielle la miró sin vacilar.

—Xena, me he criado en una granja de ovejas. No me preguntes eso.

Por un instante, la reina no pudo evitar quedarse pasmada. Luego se echó a reír.

—En serio... ¿qué tipo de animales crees que conozco?

Xena se rió aún más, a pesar de lo que le dolía la cabeza y del agotamiento de su cuerpo. Los demás viajeros de la balsa se unieron a ella, riendo más por ver a su reina así de alegre que por el extraño chiste.

—Ovejas, cabras, vacas, caballos... gallinas... —siguió Gabrielle—. Patos.

—Cuac —logró soltar Xena.

—Ardillas.

—Basta. —La reina se volvió con cuidado y le tapó la boca a Gabrielle con la mano—. Vas a conseguir que me caiga al puñetero río. —Esperó, para dejar que se le pasara la risa, y luego apartó los dedos—. Pastorcilla chiflada.

Gabrielle sintió que sus labios se estiraban en una amplia sonrisa. Luego volvió a apoyar la mejilla en el omóplato de Xena.

—Qué ganas tengo de llegar a casa.

Las cejas oscuras se alzaron de golpe.

—¿Pasa cocinar tu pescado?

—Para eso también.

—Ooh. —Xena descubrió que ella también tenía muchas ganas—. Jo, qué rápido aprendes.

—He tenido a la mejor maestra.

La reina se volvió de nuevo y concedió la derrota, pues su habilidad militar le bastaba para saber que había sido vencida por el momento.

Pero seguía sonriendo, y le pareció que el río no los llevaba a la velocidad suficiente.


Fue Xena, herida como estaba, la primera que lo advirtió. Se puso de rodillas cuando las balsas doblaron la última curva antes de llegar a la fortaleza y su aguda vista captó algo que le arrancó una palabrota de los labios.

—¡Detened las balsas!

Sin saber qué pasaba, Gabrielle se levantó de un salto cuando Xena se lanzó hacia la orilla cercana, agarrando a la reina en el momento en que la reina agarraba una rama que colgaba por encima y se las arreglaba para detener la balsa a base de pura fuerza.

Tras ellos, las demás balsas se apresuraron a seguir su ejemplo y los hombres estiraron los brazos por encima del agua para llevar las balsas a la orilla y evitar que siguieran bajando por el río. Por suerte, la corriente era más floja aquí y nadie acabó con el brazo arrancado y tampoco se cayó nadie al agua.

—¿Qué ocurre? —jadeó Gabrielle, esforzándose por agarrar la ropa de Xena—. ¡Xena!

—Sshh. —La reina se irguió del todo, contemplando la fortaleza, protegiéndose los ojos con una mano, ahora que los soldados se habían apresurado a sujetar la balsa por ella—. ¿Veis eso? —Señaló.

Todo el mundo miró. Por un momento, los hombres se miraron entre sí, pues nadie veía nada, y entonces Brendan soltó un ruido a caballo entre un ladrido y un grito y señaló también.

—¡Está sitiada! —exclamó—. ¡Por las pelotas de Ares!

Ahora veían, apenas, en contraste con las nubes bajas, lo que los ojos de Xena habían divisado primero: humo y una creciente polvareda ante las lejanas puertas.

—Hijos de bacante. —La reina parecía medio asqueada, medio divertida—. Estúpidos cabrones.

Gabrielle sintió que se le caía el alma a los pies. Justo cuando parecía que ya casi habían llegado, pasaba esto.

—Oh. —Se volvió para mirar a Xena—. ¿Qué es eso?

Las demás balsas habían atracado en la orilla, en medio del chasquido de ramas rotas y el crujido de la madera. Xena se volvió despacio y contempló a su pequeña armada, luego meneó la cabeza y soltó un profundo suspiro.

—Un desastre —contestó—. Un maldito desastre.

La reina apoyó una mano en una rama y contempló la lejana batalla.

—Bueno, lo primero es salir de estas puñeteras balsas. Tendremos que hacer a pie el resto del camino. Las orillas son demasiado anchas en esta parte: si nos ven llegar y no podemos detenernos, acabaremos todos como pasto de los peces.

—Aaaj —exclamó Brendan—. Cierto, ama. —Alzó la voz y repitió las órdenes para que se transmitieran entre los hombres.

Mascullando palabrotas, los hombres empezaron a atar las balsas a los árboles y dos de los soldados de su embarcación sacaron sus cuchillos para empezar a abrir un sendero por entre la espesa vegetación de la orilla y que pudieran desembarcar.

Xena se quedó mirando un momento, luego fue al frente, dio la espalda a las tareas y se quedó contemplando la fortaleza. Tras dudar un instante, Gabrielle se reunió con ella, colocando la mano dubitativamente en la espalda de la reina.

—Gabrielle. —Xena se cruzó de brazos, manteniendo el equilibrio gracias a una habilidad misteriosa, ya que la balsa se balanceaba de un lado a otro bajo su peso—. Esto no nos hace gracia.

—No, desde luego que no nos la hace —Gabrielle suspiró—. ¿Qué puede estar pasando?

—Mm. —Una ceja oscura salió disparada hacia arriba—. Si fuese aficionada a apostar, que lo soy, yo diría que los secuaces de Bregos y el resto de ese penoso ejército de desechos que tenía están intentando tomar la ciudad.

—Oh.

—Yo diría que ha esperado a que me marchara y ha atacado —añadió la reina—. Y diría que la única razón de que siga ahí fuera es que mi amigo el duque se ha mostrado digno del terciopelo que le protege las pelotas y se ha puesto de verdad a mi lado.

—Caray. —Gabrielle miró con respeto a su amiga—. Es como si estuvieras allí. Sabes exactamente lo que ha pasado.

En el rostro de Xena se formó una mínima sonrisa de autodesaprobación. Echó una leve mirada hacia atrás y luego inclinó la cabeza.

—Lo planeé yo —dijo, en voz baja.

Gabrielle parpadeó. Luego volvió a parpadear. Luego se volvió y miró a Xena con la cara contraída.

—¿Qué?

Xena se echó a reír suavemente.

—Un ejemplo de mi brillante estrategia. Hacer salir a Bregos y poner a prueba a mi heredero, todo de una sola vez, antes de que caiga la primera nevada.

—¿Tú lo planeaste?

—Mm. —Encogió un hombro—. Bueno, lo calculé y preparé las maniobras adecuadas. Y ha funcionado. —Se dio una palmada en la pierna—. Vaya si ha funcionado.

Su compañera se frotó la cara con una mano.

—Pero... nosotros estamos aquí fuera y...

—Ah, sí, pero. —Xena soltó aliento—. Sí, no conté con la posibilidad de que me dieran una paliza y de acabar fuera con un puñado de hombres, unas cuantas armas y un adorable ratón almizclero, sin un plan, no.

—Oh. —La reina tenía una expresión agridulce que intrigó a Gabrielle—. ¿Cuál era tu plan, entonces? ¿Acudir cabalgando al rescate?

Los ojos azules se movieron y la miraron.

—Era eso, ¿verdad?

—Algo así —confesó Xena—. Ahora, sigo teniendo que hacerlo, pero sin caballos y con la cabeza lela. —Suspiró—. Los pequeños desafíos de la vida. Qué encanto. —Contempló el lejano caos—. Aunque da gusto tener razón con respecto a alguien. —Sus ojos se posaron en los de su compañera—. Ya van dos seguidos. Qué racha llevo.

Gabrielle no pudo evitar sonreír, a pesar de esta nueva y algo preocupante complicación. El tono de las últimas palabras había sido más suave y reflexivo y la expresión de Xena era algo que le encantaba.

—¿Yo he sido la primera? —preguntó, aunque en realidad ya conocía la respuesta.

—Sí —asintió Xena despacio—. Has sido... la primera desde hace mucho tiempo. —Inesperadamente, cogió a Gabrielle entre sus brazos y la estrechó con fuerza, luego la soltó con la misma brusquedad y le dio un empujoncito hacia la orilla—. Vamos.

Con la cabeza dando vueltas aún por la intensidad del contacto, Gabrielle la siguió, enredando la mano en el manto de Xena mientras la reina salía de la balsa y se adentraba en tierra firme.

Le resultó extraño, cuando cobró la presencia de ánimo suficiente para sentir algo, y por un momento le pareció que el suelo se balanceaba bajo sus pies, de tanto tiempo que llevaban en el agua. Pero al cabo de unos minutos recuperó el equilibrio y siguió a la reina a través de los espesos matorrales, subiendo por una empinada cuesta que se alejaba del río.

Se reunieron en el punto más despejado que lograron encontrar, entre dos grupos de árboles achaparrados y pelados. Brendan dio órdenes a los soldados, enviando a dos de los que llevaban una de las pocas cajas de madera llenas de pertrechos hacia el pie del árbol situado en lo más alto.

—Ponedla allí, muchachos —les dijo—. Nos hará falta como mesa.

—¿Qué tal como trono? —Xena apartó cuidadosamente con la bota a los hombres y se sentó en la caja, ahuecando su manto a su alrededor con regia elegancia, a pesar de que estaba cubierta de barro del río y seguía medio empapada.

Con un ligero movimiento de dedos, se arregló el flequillo y esperó a que los hombres y mujeres se agruparan despacio a su alrededor.

—Está bien —les dijo la reina, cuando se quedaron quietos y en silencio—. Parece que tenemos un problema.

Brendan carraspeó.

—Ama, ¿es Bregos? —preguntó uno de los soldados—. Parece una cobardía propia de él.

—¿Esperar a que yo me fuera? —preguntó Xena y vio las cabezas que asentían a su alrededor—. Sí. —En su rostro se dibujó una leve sonrisa—. No tiene agallas. Sabe que a mí no me puede, así que parece que lo ha intentado por la vía fácil.

—No me sorprendería descubrir que él es el cabrón que manejaba a esos rufianes de las montañas —intervino Brendan—. Como para mejorar sus posibilidades.

La reina se quedó pensativa al oír eso.

—Tal vez. —Echó la cabeza a un lado—. Ahora ya no importa. Olvidémoslo. Ahora tenemos que ocuparnos de esto.

Gabrielle se había sentado junto a la caja trono de Xena y se rodeaba las rodillas dobladas con los brazos. Sabía que tenía muy poco que aportar a la situación y estaba resignada a esforzarse todo lo posible en lo que sí se le daba bien.

Notó que una de sus cejas se enarcaba al pensar esto. ¿Y qué se le daba bien? ¿Sobre todo en medio de lo que parecía que iba a ser un gran combate?

Tenía el hombro pegado a la pierna de Xena y captaba el olor de la humedad del río que emanaba de su ropa. También notaba los temblores del cuerpo de la reina, y se dio cuenta de que la fachada fría, relajada y controlada que presentaba Xena era solamente eso, una fachada.

Vale, pues se le daba bien cuidar de la reina, ¿no? Eso es lo que haría. Gabrielle apoyó la mejilla en la rodilla de Xena y obtuvo a cambio la sensación de unos largos dedos que le acariciaban suavemente el pelo.

Dioses, cómo le gustaba esa sensación. Era una de las primerísimas cosas que le había hecho Xena, una de las primeras indicaciones que había tenido de que empezaba a gustarle a la reina, y todavía sentía un hormigueo especial en las entrañas cada vez que lo hacía.

—De modo que éste es el plan —dijo Xena—. Lo primero es lo primero. Tenemos que descubrir cómo está la situación y qué es lo que tiene.

—Sí, ama. Seis muchachos y yo ya estamos preparados. Iremos en cuanto termines —dijo Brendan con confianza—. No te preocupes, lo averiguaremos todo por ti. —Carraspeó—. Lo mejor es que los demás se queden aquí, escondidos. No vayamos a echar a perder la sorpresa.

Xena lo miró y luego se echó a reír con seco humor.

—¿Y a qué Tártaro estás esperando? Mueve ese culo. —Le hizo un gesto para que se fuera—. No tenemos todo el día. Estoy hasta las narices de estar mojada y de mal humor. Lo que quiero es un baño caliente, una cama caliente y a mi compañera de cama tórridamente apasionada en ese orden exacto.

Gabrielle se limitó a cerrar los ojos y a hacer como que las risas eran por causa de un pobre castor que había tropezado y se había caído de narices. Se oyó el roce de mucho movimiento, luego abrió los ojos y vio que los soldados se marchaban y que el resto del grupo se dividía para montar una especie de campamento mientras estaban fuera.

Echó la cabeza hacia atrás y miró a Xena.

—¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó, con sinceridad.

Xena se apoyó en el árbol y se relajó.

—Dispararme.

—Ni hablar.

La reina suspiró.

—¿Qué tal algo caliente de beber, entonces? —La fachada se quebró un poco—. Y si hay algo seco en mi puñetero equipo, te daría un palacio por ello.

—Ahora mismo. —Gabrielle le dio un beso en la rodilla, luego se levantó y flexionó las manos. El viento frío se las había dejado entumecidas y, si ella se sentía mal, sólo podía imaginarse cómo debía de sentirse la reina, que ya estaba herida. Contempló la cara pálida que estaba a su lado y, siguiendo un impulso, la cogió entre las manos, se inclinó y besó a la reina en los labios con dulce pasión.

Notó que la piel que tenía bajo los dedos se iba calentando, y Xena le rodeó los muslos con las manos, acercándola más. Los ojos que miraban le daban igual, y se concentró en la fuerza maravillosa y salvaje que notaba crecer en su interior, prendiendo un fuego en sus entrañas que ahuyentaba el frío como por arte de magia.

A lo mejor también tenía el mismo efecto en Xena. Gabrielle apartó un poco la cabeza para respirar y vio que los ojos de la reina se abrían despacio y la miraban con una expresión indescriptible.

—Ha sido... mm... ¿más rápido que frotar dos palos? —susurró.

—Ya lo creo —susurró la reina a su vez—. Sigue así y el calor me secará la ropa. —Dejó que su mano resbalara despacio por la pierna de Gabrielle—. ¿Quién Hades necesita fuego?

A Gabrielle no le hizo falta otra invitación. Volvió a inclinarse y exploró los labios de Xena con los suyos, al tiempo que sus dedos seguían delicadamente los pómulos de la reina y se enredaban en su espeso pelo oscuro.

Por los dioses, qué gusto daba. Gabrielle sintió que algo parecido a un gruñido se escapaba de su garganta, cuando Xena la acercó aún más y sus cuerpos se pegaron el uno al otro.

Absurdamente, se preguntó si vería una nube de vapor sobre sus cabezas si miraba.

Luego decidió no mirar.

—Mmmmm... Pero qué estupendo es ser la reina —dijo Xena, entre tiernos mordiscos de amante.


Cayó la noche y los hombres aún no habían vuelto. Los soldados que quedaban y los criados se habían acomodado en los matorrales, montando el mejor campamento posible, con pequeñas fogatas carentes de humo tapadas con paredes para que no se viera la luz desde la fortaleza.

El frío había ido en aumento a medida que oscurecía, pero al menos la mayor parte de su ropa se había secado, y ahora estaban apiñados en pequeños grupos, en una mezcla de soldados y siervos sin tiranteces entre sí.

Bajo un árbol nudoso y medio muerto situado en el centro del grupo estaba la caja, y sentada delante de la caja, apoyada en ella, estaba Xena. Sus largas piernas estaban extendidas hacia el fuego, con las botas cruzadas despreocupadamente por los tobillos, y sostenía con ambas manos una taza de viaje de la que salía humo.

Los cuerpos más próximos a ella estaban muy cerca y el codo de un hombre casi le rozaba la pierna. Pero no había la menor tensión en el aire y, ya fuera por el agotamiento común o por una creciente sensación de confianza, en el campamento reinaba una evidente y tranquila paz.

Por desgracia, la paz no afectaba a la figura alta y morena que estaba en medio. Los dedos de Xena se movían y agitaban alrededor de la taza y, de haber estado de pie, sin duda habría estado dando golpecitos impacientes con la punta de la bota.

—A lo mejor es sólo que están moviéndose con mucho cuidado —murmuró Gabrielle, bebiendo un trago de su propia taza. Tenía la voz algo ronca, pues acababa de contar una historia para pasar el rato—. Eso es bueno, ¿verdad?

—Pues se están pasando de cuidadosos —gruñó la reina—. Quiero que vuelvan, maldita sea, ahora mismo.

Gabrielle observó el perfil de la reina.

—¿Quieres que vaya a buscarlos? —propuso.

Xena la miró.

—Dime que estás de broma.

—Pues no.

—Pequeña chiflada —la regañó la reina—. Está oscuro. No tienes ni idea de dónde están y no serías capaz de seguir el rastro de una vaca a través del bosque.

—¿Y? —Gabrielle la miró parpadeando con inocencia.

—¿De verdad piensas que te dejaría dar un paso fuera de mi vista? —El tono de Xena era incrédulo.

Una sonrisa.

—No.

Xena resopló.

—Justamente.

—Pero sé que es lo que tú quieres hacer, así que he pensado que al menos debía ofrecerme. —Gabrielle bebió otro sorbo de la infusión caliente de hierbas que tenía en la taza, difrutando de la humedad que le calmaba la garganta—. Estoy segura de que están bien.

—Pues yo no. —La reina frunció el ceño—. No debería llevarles tanto tiempo. Si hubiera ido yo... —Dejó las palabras en suspenso y soltó aliento—. Vamos a besarnos otra vez. Eso me distraerá.

Gabrielle le acarició el brazo con gesto reconfortante.

Xena se quedó enfurruñada y en silencio un rato y luego, cuando uno de los hombres atizó el fuego, levantó la cabeza y de su garganta salió un ladrido bajo y apremiante.

Todo el mundo se quedó petrificado. El ruido de las llamas al consumir la pinocha sonó de repente como una avalancha en medio del repentino silencio.

Entonces se oyó claramente el crujido suave y continuo de unos pasos que se acercaban. La mitad de los soldados que había en el claro se levantó de un salto, sacando las espadas, mientras la otra mitad se apresuraba a colocarse entre lo que estaba acercándose y los siervos.

—Muy bonito —comentó Xena, despreocupada—. Una idiotez, pero muy bonito.

Uno de los hombres se volvió.

—¿Ama?

—¡Preparaos! —bufó otro—. ¡Ya llegan!

Xena se cruzó de brazos y se quedó donde estaba, cómodamente relajada. Gabrielle miró a los hombres sin saber qué hacer y luego decidió que el sitio más seguro que se le ocurría era justo donde estaba, acurrucada contra el costado de Xena. De modo que se quedó quieta.

Los matorrales se apartaron. Uno de los soldados soltó un grito y los hombres del claro se abalanzaron para atacar... y les recibieron unas voces conocidas que les ordenaban parar.

—¡Vale ya, estúpidos! —dijo la voz bienvenida de Brendan—. ¡Atrás!

Gabrielle se asomó por detrás del hombro de Xena y lo saludó agitando la mano.

—¡Jo, cómo nos alegramos de veros!

Su barricada protectora enarcó ambas cejas y le echó una mirada.

—¿Nos? —dijo—. Lo dirás por ti. Yo estoy aquí sentada preguntándome por qué han tardado un día entero en ir hasta la orilla del río y volver. —Dirigió la mirada a Brendan—. ¿Y bien?

El viejo soldado se adelantó y se arrodilló al lado de Xena. Tenía la ropa manchada de barro y cubierta de estrechas franjas verdes, como si se hubiera frotado con hojas. También llevaba la cara manchada, no se sabía muy bien si a propósito o por accidente.

Tras él, el resto del grupo de exploración fue entrando en el claro, cubierto igualmente de barro y evidentemente cansado. Se sentaron junto a las pequeñas hogueras y aceptaron agradecidos las tazas calientes que les pasaron los siervos cercanos.

—Hemos tenido que dar un rodeo, ama —dijo Brendan—. Se nos pusieron unos cuantos a la cola cerca del camino y no queríamos traerlos hasta aquí.

—¿Quieres decir que no los matasteis? —preguntó la reina—. Qué pérdida de tiempo.

Brendan vaciló.

—Era un escuadrón entero, ama —contestó, casi con tono de disculpa—. Con caballos.

—Mmff. —Xena dejó el tema agitando la mano—. ¿Qué habéis descubierto?

Gabrielle había rellenado su taza y ahora la alargó por encima de Xena, ofreciéndosela al cansado soldado.

—Toma. Parece que te vendría bien tomar algo caliente.

—Gracias, muchacha. —Brendan cogió la taza agradecido.

—Gabrielle, estás interrumpiendo mi sesión informativa. —Xena se echó hacia delante y le mordió la mano a Gabrielle, que no logró escapar a tiempo—. Chica mala.

Brendan logró soltar una carcajada.

—No hemos visto gran cosa, ama. Es Bregos, creo, aunque a él no lo hemos visto. Sí que reconocimos a algunos de sus hombres. Están machacando la puerta principal y parece que ha habido algunos incendios en las torres.

Xena frunció el ceño.

—¿La puerta aguanta?

—Sí, pero no mucho más, creo —le dijo el soldado—. Tienen arietes y mucho soldado forzudo.

La reina se recostó contra la caja, inclinando la cabeza para apoyarla en la madera.

—Maldición.

—Sí —asintió Brendan en voz baja—. Calculo que serán unos doscientos.

Gabrielle echó un vistazo al pequeño grupo. Quedaban tal vez unos cincuenta soldados y dos veintenas de siervos, doloridos, cansados, sin pertrechos ni transporte. Seguro que no podían enfrentarse a un ejército. Sus ojos se posaron en la cara de Xena y observaron cómo se movían y tensaban esos marcados rasgos, mientras Xena entornaba los ojos y apretaba la mandíbula al pensar.

Despacio, Xena soltó aliento, agitando el flequillo oscuro que le caía sobre los ojos.

—Bueno —murmuró por fin—. Pues no va a ser un paseo.

Brendan soltó una risotada.

—Está bien. Nos acercaremos más mañana y ya veremos qué plan se nos ocurre —siguió la reina—. No pensaba que ese cabrón estúpido fuese capaz de obtener tantas tropas.

—Les ha pagado con promesas. —Brendan resopló, meneando la cabeza—. Imbéciles. —Con un suspiro, se levantó—. Me voy a quitar esta mugre, ama. Hemos conseguido algunas provisiones por el camino, las compatiremos.

—Gracias —murmuró Xena, distraída—. Repártelas a los demás. Yo ya he comido. —Miró a Gabrielle, que también estaba pensativa y con el ceño fruncido—. Gabrielle me ha hecho el pescado más rico del mundo.

Unos sorprendidos ojos verdes levantaron la mirada.

—Oh... no, lo único que he hecho ha sido...

Xena posó los dedos sobre los labios de su compañera.

—Vamos a trabajar eso de que yo soy la reina, ¿mm? —Se volvió para mirar a Brendan—. Ve a descansar. Lo vas a necesitar.

Asintiendo en silencio, el hombre se volvió para marcharse.

—Brendan.

La cabeza canosa se volvió.

—Buen trabajo —dijo Xena—. Todos vosotros.

En la cara del hombre asomó una sonrisa cansada y la saludó, inclinando la cabeza antes de volverse y dirigirse al río.

Gabrielle esperó a que desapareciera y luego puso la mano sobre la de Xena, que estaba posada sin fuerza en el muslo de la reina.

—Las noticias no son muy buenas, ¿eh?

—No —reconoció Xena—. Son noticias asquerosas. Pero al menos han vuelto todos de una sola pieza. —Volvió la cabeza hacia Gabrielle—. De verdad que no contaba con esto. Maldición, cómo odio las sorpresas.

—Ya se te ocurrirá una forma de vencerlo —le dijo Gabrielle con confianza.

Un resoplido.

—Sí, después de que se me ocurra una forma de bajar todos por el río sanos y salvos, con las pocas cosas que nos quedan. Tal vez. —Cogió una piedra y la tiró al fuego—. Qué estupidez.

—¿La de esos tipos?

—La mía.

Xena volvió a levantar la cabeza y alzó una mano cuando Gabrielle estaba a punto de protestar. Con un rápido movimiento, se puso dos dedos entre los dientes y soltó un corto silbido, dejando de nuevo al campamento en absoluto silencio.

Gabrielle se preguntó cuál era la diferencia entre el ladrido y el silbido. El resultado le parecía el mismo.

Hacia la izquierda, en medio de la oscuridad, se oyó un leve crujido, cuando algo se acercó. Dos de los soldados sentados al lado de Xena se levantaron de un salto, desenvainando las espadas por instinto.

Xena le pasó su taza a Gabrielle y se levantó también, irguiéndose por encima de los dos hombres al tiempo que apoyaba la mano en la caja para equilibrarse. Se le dilataron los ojos cuando los crujidos aumentaron de volumen y sacó su propia espada y soltó un grito de advertencia.

Fue el caos. Los hombres se lanzaron sobre sus armas y los siervos trataron de ponerse a cubierto cuando de los matorrales surgió una explosión de movimiento y las sombras estallaron en un remolino de cuerpos y el olor a...

—¡¡Jiiiiaaaahhh!! —Xena se abrió paso entre los hombres y alzó los brazos con gesto imperioso—. ¡¡¡Sooo!!!

Caballos. El animal que iba al frente se alzó sobre las patas traseras por encima de la reina y sus pezuñas le rozaron peligrosamente la cabeza antes de caer de nuevo al suelo y soltar un sonoro relincho. Luego olisqueó el pecho de Xena y resopló.

Xena le rascó el morro.

—Hola, chico —susurró, antes de volverse y mirar al resto del campamento. Alzando las manos, abrió los brazos para señalar a los caballos y sonrió satisfecha.

Se oyó un murmullo grave y asombrado, seguido de varios silbidos.

—¡Bien hecho, ama! ¡Por la bragueta de Hades!

Gabrielle se levantó a toda prisa y corrió hacia delante, al ver una cabeza peluda que asomaba por detrás del semental negro.

—¡Parches! —Le echó encantada los brazos al cuello y sus ojos se encontraron con los de Xena—. Te lo dije —dijo sin voz.

Xena sonrió y le hizo un gesto levantando el pulgar.

Era como si los dioses hubieran dado una palmada y les hubieran otorgado una bendición, cambiando la calamidad en una posible esperanza en menos de un minuto. Gabrielle siempre había desconfiado de los dioses, pero ahora empezaba a sospechar que tal vez, sólo tal vez...

Les caía bien.

Xena se echó a reír cuando los hombres se adelantaron para sujetar a los animales.

—Ocupaos de ellos. Comprobadles las patas... sabrán los dioses dónde Tártaro han estado. —Asintió con aprobación cuando Brendan se acercó para coger a Tigre y se llevó al gran semental. Luego se volvió y le guiñó un ojo a Gabrielle, meneando la cabeza llena de asombro—. Me encanta.

Y sin duda, decidió, a los dioses les caía bien Xena. Gabrielle abrazó a Parches. A lo mejor era la actitud.

Xena posó las manos en el lomo del poni, se inclinó y besó a Gabrielle en los labios. Se detuvo y la miró a los ojos.

—Vamos a volver a casa —susurró—. No voy a dejar que ese cabrón de mierda nos lo impida.

Gabrielle se echó hacia delante para darle otro beso.

—Xena, donde tú estés, ésa es mi casa para mí —susurró a su vez—. Así que estoy en casa.

Parches resopló.

La luna salió de detrás de las nubes y cayó sobre ellos, derramando una luz plateada que ahuyentó las sombras e iluminó las figuras con tonos dorados, alegrándoles el corazón.

Salvo a dos, que ya poseían un fuego que quemaba toda oscuridad.

Xena quería, ardía en deseos de partir inmediatamente. Pensaba que acercarse a la fortaleza en plena oscuridad mejoraría sus posibilidades de atacar por sorpresa y sin duda satisfaría su ansia de hacer algo.

Lo que fuese.

Estaba impaciente por redimirse, ante sí misma. Pero estaba oscuro y hacía frío, y llevar a sus hombres y a los siervos a través de un terreno abrupto en esas condiciones no era buena idea. También tenía que pensar en su propio estado. Xena había descubierto que su lesión la había dejado por el momento sin mucho sentido del equilibrio, y caerse del caballo delante del enemigo no era algo a lo que pudiera enfrentarse con dignidad.

De modo que volvió a sentarse junto al fuego y se resignó a esperar a la mañana, sabiendo que al menos sus zarrapastrosos seguidores estarían mejor tras el descanso.

—Oye, Xena. —Gabrielle surgió de las sombras y se dejó caer junto a ella, acomodándose con las piernas cruzadas a su lado—. ¿Cómo nos han encontrado?

Xena la miró un poco confusa.

—¿Brendan? Es un rastreador. Más le vale ser capaz de encontrar el camino de vuelta en medio del bosque.

—No... no... los caballos —replicó Gabrielle—. Es decir, nosotros hemos cruzado la montaña y hemos bajado por el río... ¿cómo nos han seguido?

Mm. Xena inclinó su odre de agua y bebió un largo trago, para ganar tiempo y pensar en una respuesta. El vino habría sabido mejor, pero no tenían, y tampoco estaba segura de que emborracharse con la cabeza medio partida fuese una buena idea.

—Cómo nos han encontrado —repitió la pregunta, secándose los labios con el dorso de la mano—. Pues sabes, ratón almizclero... si fuese aficionada a apostar, me apostaría la ropa interior a que no tengo ni idea de cómo lo han hecho.

Gabrielle parpadeó, asimilando la respuesta.

—¿En serio?

—En serio —contestó la reina—. ¿Tienes alguna idea?

La rubia frunció las cejas.

—¿Yo?

—Tú. —Xena alargó la mano y le retorció la nariz—. Tú eres la narradora. Dime tú cómo lo han hecho.

Gabrielle se echó hacia atrás, con expresión pensativa.

Xena bebió otro sorbo de agua, conforme con quedarse ahí sentada esperando, pues el constante dolor de cabeza empezaba a sacarla de quicio con su molestia. Cerró los ojos y trató de pensar en una forma de acercarse mañana a la fortaleza. Los caballos cambiaban inmensamente el panorama: ahora tenía movilidad y velocidad, así como la capacidad de transportar sus pertrechos. Pero como desventaja estaba el hecho de que era más difícil moverse en secreto si se iba a lomos de unos animales grandes y a menudo intratables.

Con todo, estaba absolutamente feliz de tenerlos de vuelta. Aunque sólo fuese por ella misma, dado que Tigre le permitiría seguir el ritmo del ejército a pesar de su lesión.

—Pues pienso...

Xena abrió un ojo y vio que Gabrielle juntaba las manos y apoyaba la barbilla en ellas, con una expresión de intensa concentración.

—¿Ah, sí? —preguntó—. Y yo que creía que no eras más que un bonito adorno para mi silla de montar —le tomó el pelo.

—Pienso que nos han olido.

La reina torció el cuerpo de lado y contempló el campamento. Con delicadeza, olisqueó y luego hizo una mueca.

—¿Cuatro veintenas de cuerpos mojados, sucios y cubiertos de cuero y pieles que usan todos el mismo agujero en el suelo para hacer caca? —Meneó una mano—. Eeeehhh... puede ser —admitió—. ¿Pero cómo Hades han sabido que éramos nosotros?

Gabrielle se puso de rodillas y se echó hacia delante, olisqueando a la reina con una cara muy seria que casi hizo reír a Xena. Se fue acercando cada vez más, hasta que pegó la nariz al pecho de la reina.

Aspiró profundamente.

Xena no pudo aguantar más. Se echó a reír, agarró a Gabrielle y la sacudió como a un cachorrito.

—¿Qué haces?

—Bueno. —Gabrielle sonrió—. Si yo sé que eres tú, seguro que esos caballos lo saben.

—No lo sabes.

—Sí que lo sé.

Xena la miró atentamente, sin dejar de sonreír.

—¿Estás diciendo que apesto?

—No. —Gabrielle se acomodó a su lado, apoyada en la caja—. Me gusta cómo hueles —dijo, posando la cabeza en el hombro de Xena y enredando los dedos en el pelo de la reina—. Me gusta todo lo tuyo.

Un comentario jocoso murió en labios de Xena antes de ser expresado. Tal vez fuese la dulzura del tono de Gabrielle o la suave caricia de sus nudillos, que ahora rozaban la mejilla de Xena. Mientras la miraba, su compañera se apoyó en ella y advirtió lo cansada y ojerosa que tenía la cara Gabrielle.

—Oye.

Los ojos verdes se movieron y se posaron en ella.

—¿Mm? ¿Necesitas algo? ¿Qué tal un poco más de té?

—No necesito un té de mierda —le dijo la reina—. Necesito que descanses un poco.

—Estoy bien —protestó Gabrielle—. En serio.

—Una mierda. —Xena estiró las piernas y luego se señaló el muslo—. Pon ahí la cabeza o te la clavo.

—Pero... —Gabrielle se calló, luego se tumbó de lado y se acurrucó junto a Xena, colocando la cabeza en el punto señalado y rodeando con la mano la rodilla de la reina. La tensión del largo día la tenía agarrotada, aunque no sabía cómo se había dado cuenta la reina. Aunque el suelo estaba duro, pensó que no había sitio más cómodo que éste.

Xena puso una mano en la espalda de su compañera y notó la tensión. Sin decir palabra, acercó la otra mano y emprendió un profundo masaje, moviendo los dedos por el tenso cuerpo de Gabrielle. Al cabo de unos minutos, notó que los nudos empezaban a aflojarse y oyó que Gabrielle suspiraba de alivio.

Una vez más, sintió esa curiosa mezcla de alegría y consternación y ese dolor vago en lo más hondo de sus entrañas al cuidar de esta otra persona que ahora estaba en su vida. Mientras sus dedos masajeaban los rígidos músculos, descubrió que se estaba relajando y obteniendo más placer del que se habría imaginado nunca por este simple acto.

—Creo que se supone que soy yo la que tiene que cuidar de ti —comentó Gabrielle, con tono humorístico.

—Cállate —contestó Xena—. Tú quédate ahí tumbada y deja que me divierta.

Gabrielle se movió para acomodarse mejor y se rindió, aceptando agradecida el masaje. Captó el ritmo de las manos de Xena y su pulgar lo copió, acariciando ligeramente la tela de punto que cubría la pierna de la reina.

—Gracias.

Xena se limitó a reír por lo bajo.

—Sabes... creo que en mi familia yo era siempre la que hacía cosas por todos los demás —dijo Gabrielle, de repente—. Tanto si quería como si no.

—Mm.

—Es muy agradable saber que alguien quiere hacer algo por ti.

—¿He dicho yo que estuviera haciendo esto por ti? —protestó la reina—. Ya te he dicho que me estoy divirtiendo. No se trata de ti, se trata de mí.

Gabrielle se quedó contemplando la hoguera, observando las sombras que bailaban a través de ella.

—Es mucho más agradable cuando sabes que esa persona te quiere de verdad.

Xena sintió que se le ponía un estúpido nudo en la garganta, que le impedía contestar.

—Ésa sí que es una sensación muy especial. —La voz de la rubia se transformó en un susurro.

Sí que lo era, asintió la reina en silencio.

—Los caballos... —Tuvo que parar y carraspear para librarse de una insólita ronquera—. Probablemente han seguido a Brendan hasta aquí. Dos de los hombres que iban con él son mozos de mis cuadras militares.

—Oh.

—Pero seguramente los olieron —añadió Xena—. Así que tenías razón. —Bajó con las manos por la columna vertebral de Gabrielle—. Igual que tenías razón al decir que iban a volver.

—Sólo era una suposición.

—Ha sido una suposición acertada. —La reina se acercó más—. Me alegro de que tuvieras razón. —Detuvo las manos un momento—. Me alegro de que estés aquí.

Gabrielle sintió que las molestias de su cuerpo se disolvían, sustituidas por un calor satisfecho. No tenía ni idea de cómo iba a conseguir Xena que superaran los próximos días, pero lo hiciera como lo hiciese, Gabrielle tenía toda la intención de estar allí con ella.

Costara lo que costase. Fuera cual fuese el riesgo.

Cerró los ojos y se quedó dormida sin dificultad.

Xena tiró del borde de su manto y lo echó sobre el cuerpo de su compañera, arropándola bien con él. Luego alzó la vista y la dejó clavada en el fuego, adoptando una expresión tranquila e impasible mientras decidía cómo iba a empezar el baño de sangre.


Dormir le había sentado maravillosamente. Gabrielle se despertó antes del amanecer, en esa hora quieta en la que todo el mundo parecía paralizado y silencioso a su alrededor.

Tenía el cuerpo entumecido y se dio cuenta de que no se había movido en absoluto mientras dormía: de hecho, sus dedos seguían rodeando la pierna de la reina bajo el grueso manto que las cubría a las dos. Pero hacía calor debajo del manto y no le apetecía moverse a pesar de las molestias.

Xena la rodeaba con el brazo, un peso ligero que caía sobre su hombro y su costado, y advirtió que sus manos se habían encontrado y unido mientras dormían y que tenían los dedos entrelazados con firmeza. Era agradable. Poco a poco, para no despertar a la reina, Gabrielle se movió y se puso boca arriba, conteniendo un quejido cuando su cuerpo protestó.

Pero se sintió mejor en cuanto volvió a acomodarse, esta vez de modo que pudiera ver el perfil de Xena a la débil luz de la hoguera cercana.

La reina se había quedado dormida con la cabeza sobre un paño doblado, apoyada en la caja. Su pelo oscuro se agitaba desordenado con la brisa, tapándole a medias la cara, pero aún así, Gabrielle se quedó embelesada al ver la belleza en sombras que estaba contemplando.

Tenía moratones en un lado de la cabeza, que le oscurecían la piel del pómulo, y una línea delgada y oscura marcaba el arañazo que le cruzaba la mandíbula desde la punta hasta casi la oreja. Con todo, eso no echaba a perder los rasgos regulares ni restaba un ápice del poderoso carácter.

Una cosa que Gabrielle sí advirtió fue que, relajada al dormir, habiendo bajado la guardia vigilante, Xena parecía mucho más joven que cuando estaba despierta. Eso le hizo preguntarse cuántos años tendría su actual almohada, dado todo lo que ya había logrado en la vida.

Por no hablar de lo que había hecho para cambiar la de Gabrielle, en tan poco tiempo.

Gabrielle lo estuvo pensando un rato, tumbada boca arriba mientras los olores del campamento flotaban por encima de ella. De todos los sitios donde se había imaginado alguna vez que acabaría estando, éste era sin lugar a dudas el último que se le habría ocurrido, en medio de la nada con un escuadrón de soldados a punto de romper un asedio.

Por lo que le había oído decir a Brendan, había muchos más soldados atacando la fortaleza que los que tenían ellos aquí. ¿Podrían hacerlo? Observó a la mujer dormida que tan cerca estaba de ella con ojos tranquilos y curiosos. Sabía que todo el mundo contaba con que Xena lograse que todo saliera bien. Había oído hablar a los hombres.

No tenían ni idea de cómo iban a lograrlo, pero todos confiaban en que Xena lo sabía y que encontraría una manera de ganar. Gabrielle sospechaba que Xena también sabía eso, y se preguntó cómo sería saberse responsable de las expectativas de todo el mundo.

No sólo de sus vidas. La vida no tenía gran importancia para Xena, como había llegado a comprender. Era el ego y la reputación de Xena lo que estaba en juego aquí, al enfrentarse a este dificil problema que tenía que resolver.

En cuyo caso, razonó Gabrielle, en realidad tenían muy poco de que preocuparse. Volvió a cerrar los ojos. Xena encontraría un modo, con suerte pronto. Aparte de que el bosque era frío e incómodo, ni por asomo tan romántico como le podrían haber hecho creer las historias, descubrió que estaba deseando que todo esto terminara por una razón muy distinta y algo desconcertante.

Su cuerpo deseaba las caricias de Xena. Aunque su experiencia en la cama había sido a todas luces limitada, pensaba en ella y en lo bien que se había sentido con inesperada frecuencia.

Ah, en fin. Con una carcajada muda e irónica, Gabrielle se quitó esos pensamientos de la cabeza. Un momento después, tuvo la fuerte sensación de que alguien la miraba y abrió de nuevo los ojos para ver quién era.

—¿Cómoda? —dijo Xena con tono de guasa, muy bajito.

Gabrielle apoyó la mejilla en la tripa de la reina y sonrió.

—Sí.

Xena se la quedó mirando unos instantes y luego sonrió a su vez.

—Pues qué pena —dijo—. Me voy a levantar para darme un baño. ¿Quieres venir?

Gabrielle echó un vistazo a la oscuridad que las rodeaba, frunciendo el ceño.

—Xena, hace un frío que pela.

—Mmmm.

—¿Te vas a dar un baño... en el río?

—Mmmm.

—¿Aunque esté helando?

—Sí.

—¿Te vas a... quitar la ropa?

Xena se echó a reír por lo bajo.

—Claro. —Acarició el pómulo de Gabrielle con los nudillos—. Venga. Será divertido.

—¿Divertido? —Gabrielle parecía escéptica.

—Tú, yo, desnudas... —Las cejas oscuras se enarcaron sugestivas—. Seguro que evito que te mueras congelada.

Gabrielle arrugó la cara.

—Vale —aceptó, con cierta duda—. Supongo que cualquier cosa donde haya desnudez no puede no ser divertida, ¿eh?

Xena tuvo que pensárselo un momento para decidir que aquello era un comentario positivo.

—Vamos —dijo—. Además, tengo que ponerme de pie y estirarme. La espalda me está matando. —Esperó a que Gabrielle se incorporara, luego apartó el manto que las cubría a las dos y se levantó, apoyándose en la caja para equilibrarse.

—Podría frotarte la espalda —se ofreció Gabrielle, mientras rodeaban los árboles y atravesaban la brumosa penumbra.

—Puedes frotarme algo más —le aseguró Xena, con una risa suave.

—Ooh.


Pero al llegar al río, Gabrielle descubrió que empezaba a tener dudas. Xena la llevó a un sitio donde la orilla bajaba en ladera hasta el agua y una curva del río había formado una tranquila y pequeña cala. Plantada en la hierba, veía una leve neblina que se alzaba de la superficie. El aire estaba más que helado, y se frotó los brazos al notar que el viento le levantaba el pelo y le soplaba por la nuca.

—Brr.

Xena se acercó tranquilamente al borde y se arrodilló, metió la mano en el agua, luego la sacó y se sacudió las gotas.

—Ah... justo como a mí me gusta. —Atisbó por encima del hombro—. Gélida.

—Jeje.

La reina se levantó y se quitó el manto, que colgó informalmente de una rama cercana. Luego se apoyó en el árbol y empezó a desatarse las botas.

—Venga.

Con un suspiro, Gabrielle fue hasta ella, se arrodilló a su lado y le desató los cordones que le sujetaban las botas a las pantorrillas.

—Sabes, Xena, ahora que estamos aquí... mm... hace muchísimo frío.

—Venga. —Xena le tiró del borde del manto—. Cuanto antes te quites todo, antes nos metemos en el agua.

—Eso es lo que me temo.

—Gabrielle. —Xena se quitó una bota y la dejó caer y luego clavó una intensa mirada en su compañera—. ¿Has hecho esto alguna vez?

—Mm... no. No, claro que no.

—Pues por eso deberías hacerlo. —Xena dejó caer su segunda bota y se irguió. Le ofreció una mano a Gabrielle—. Vamos. Vive.

—Vive. —Gabrielle repitió la palabra, justo antes de agarrar los dedos que se le ofrecían—. Yo creía que eso era lo que estaba haciendo. —Notó el suelo frío y duro bajo los pies y se encogió al sentir el frío del rocío en los dedos—. ¿No era así?

—Haz que cada segundo cuente —le dijo la reina, repentinamente seria—. Porque nunca se sabe cuándo se te van a acabar.

Se quedaron mirándose en silencio, mientras la niebla se alzaba y se arremolinaba alrededor de sus piernas.

Bueno, vale, pues muy bien. Gabrielle se acercó más, llevó las manos al cinturón de la reina y lo desabrochó en silencio mientras Xena soltaba el cierre que le sujetaba el manto en la garganta y le quitaba la protección que le cubría los hombros.

El aire frío soplaba contra ella, pero los dedos de Xena se estaban moviendo sobre ella, soltando la túnica que llevaba ceñida al cuerpo gracias al cinturón de cuero, y agachó la cabeza para besarla tiernamente en los labios.

El corazón le empezó a latir con fuerza. Metió las manos por debajo de la camisa de Xena y encontró los cordones que le sujetaban las polainas con firmeza a la cintura, sin darse cuenta siquiera de que su propia camisa se había deslizado por encima de su cabeza, dejándole el cuerpo expuesto al frío.

Los dedos de Xena le acariciaron el pecho y notó que su cuerpo respondía con una ferocidad que le disparó sangre caliente en todas direcciones, haciendo que entrara en calor y que casi agradeciera el frío aire nocturno.

—Mm. —Notó que las polainas se soltaban y sus manos tocaron la piel, al tiempo que los labios de Xena se hacían algo más insistentes y sus cuerpos se juntaban.

Desató los suaves cordones de tela de la camisa de Xena y notó que caía entre las dos y la reina dio un paso atrás para dejar que cayera al suelo. Entonces sus cuerpos se volvieron a pegar y Gabrielle descubrió que le costaba respirar.

Cuando se quiso dar cuenta, tenía los pies mojados. Movió los dedos, sorprendida al descubrir qu el agua estaba más caliente que el aire. Pero no le dio tiempo de pensar, pues el muslo de Xena se deslizó entre los suyos y su cuerpo se echó hacia delante, ansiando el contacto.

Se adentraron en el agua más profunda, cuya suave corriente se arremolinó a su alrededor e incendió la piel ya sensible de Gabrielle. Aquí el lecho del río era de guijarros, pero eran pequeños y redondos y consiguió mantenerse en pie con facilidad, mientras la reina y ella giraban en un lento círculo, inmersas la una en la otra del mismo modo en que se estaban sumergiendo en el agua.

La mano de Xena bajó por su cadera y le tocó la tripa, al tiempo que Gabrielle bajaba dando besitos por el pecho de la reina, hasta detenerse y mordisquear alrededor de sus pechos.

Era increíble. Sentía un hormigueo por todo el cuerpo. Gabrielle notó que el agua le cubría el pecho y que su sorprendente calor le acariciaba la piel al tiempo que las caricias de Xena se hacían más íntimas. Se pegó más y la necesidad de su cuerpo casi hizo que se estremeciera violentamente cuando la reina empezó a acariciarla.

—¿Sigues con frío? —le susurró Xena al oído, tomándole evidentemente el pelo.

—Aaahgg. —Gabrielle soltó un pequeño quejido y obtuvo otro como respuesta al intensificar su mordisqueo. Bajó la mano deslizándola entre las dos, notando cómo se contraían los músculos de la tripa de Xena y cómo se tensaba su cuerpo cuando su mano bajó aún más.

Era una locura. La niebla del río se arremolinaba a su alrededor y Gabrielle sentía que cada movimiento del agua aumentaba el fuego que ahora ardía en su interior. Soltó un ligero gruñido mientras sus manos exploraban el cuerpo de Xena y perdió la noción de dónde estaba cuando las propias caricias de la reina se hicieron más intensas y ella se pegó aún más, deseando más.

El brazo de Xena la rodeó y ahora sus labios quedaron capturados, al tiempo que sus atenciones aumentaban de nuevo en intensidad. Estaba casi jadeante, con el pecho agitado, y notó que la respiración de Xena seguía a la suya cuando juntaron las tripas y la pasión se apoderó de ellas por completo.

La presión creció tan deprisa que casi no tuvo tiempo de jadear cuando se le contrajo el vientre y la intensidad alcanzó un nivel que le arrancó un grito ronco de la garganta, rápidamente sofocado por los labios de Xena, al tiempo que ella agarraba a la reina con ferocidad mientras sentía las poderosas contracciones, notando que Xena la agarraba con la misma fuerza cuando sus caricias llevaron a la reina al otro lado de la cumbre casi al mismo tiempo.

Se sostuvieron mutuamente y Gabrielle notó que las piernas le temblaban tanto que sabía que si hubiera estado en tierra firme habría estado tirada en el suelo, incapaz de mantenerse en pie. Ahora el roce del agua le devolvió algo de energía y trazó un dibujo tiernamente erótico sobre la piel de Xena al tiempo que la reina le acariciaba la garganta con la nariz y le daba un mordisquito.

—Mmm. —Hundió la cabeza y se llenó la boca de agua, luego tragó un poco y dejó que el resto resbalara de sus labios sobre el pecho de Xena, donde lamió las gotitas que iban cayendo.

—Mmm —respondió Xena, tirando de ella un poco hacia atrás, al recostarse contra un tronco medio sumergido—. Bueno, ¿tenía razón o no?

Los dedos de Gabrielle acariciaron la suave piel del muslo de Xena.

—¿Sobre qué? —Levantó la mirada, con desconcertada inocencia.

Xena se rió y la besó.

—Oh, el agua. —Gabrielle soltó una risita, hundiendo la cara en los pechos de Xena—. ¡Está caliente!

La reina se rió suavemente.

—Allí hay un manantial caliente. No es un baño, pero... sí.

—¡Tú lo sabías!

—Claro —asintió la reina alegremente—. Sólo quería ver si tenías agallas.

Gabrielle soltó aliento y se permitió fundirse en el estrecho abrazo.

—Me alegro de haberlas tenido.

Xena saboreó el momento, viviéndolo al máximo, como le había dicho a Gabrielle que hiciera. Porque realmente nunca se sabía, y ella lo sabía mejor que la mayoría, cuándo vendría Hades a darte un golpecito en el hombro y entregarte la moneda para cruzar el Estigia.

Vive. Estrechó a Gabrielle contra ella. Saboréalo.


Se reunieron en la pequeña colina que daba a la llanura que llevaba a la fortaleza. En un grupo de árboles de denso follaje al que la helada todavía no había afectado, se formó una estrecha fila de caballos, cuyos jinetes sujetaban las riendas con manos en su mayoría expertas mientras la escena que tenían delante iba quedando clara.

Xena apoyó el peso en los codos, que descansaban sobre la parte delantera de la silla. Observó el caos que se estaba desarrollando y repasó sus opciones, sabiendo que eran escasas, en el mejor de los casos.

Bregos, si realmente era él quien dirigía las cosas y no había muerto de las heridas que le había infligido, lo había planeado bien. Había por lo menos doscientos soldados apostados alrededor de la fortaleza, tras gruesos bastiones de madera y paja, a salvo de los arqueros de las murallas.

También se veían los instrumentos de un asedio, dos arietes colocados a un lado de las puertas y una torre de asalto casi completa más cerca del bosque. A juzgar por el aspecto de las puertas, los arietes se habían usado hacía poco, y Xena se permitió un instante de orgullo al ver que la resistente madera parecía dañada, pero no rota.

Esas puertas las había diseñado ella, para sustituir a las que había destrozado al tomar la ciudad. Ahora, al parecer, habían resistido el esfuerzo inicial del ejército de Bregos, aunque no creía que fuesen a durar mucho más, sobre todo si los cabrones tenían intención de provocar un incendio, como indicaban las torres de asalto.

Bueno. Xena dobló las manos y acarició las riendas de Tigre con el pulgar. En un enorme agujero, detrás de un altozano y fuera del alcance de la vista de las murallas, había una hoguera, y vio pilas de antorchas cubiertas de brea que estaban prendiendo como preparativo. Despedían humo que subía girando como advertencia aceitosa hacia el cielo nublado.

Había cuatro escuadrones principales de hombres, todos bien armados con ballestas detrás de cada punto elevado. Xena hizo un repaso de las armas y llegó a la conclusión de que echárseles encima al galope, por muy satisfactorio que pudiera ser desde el punto de vista emocional, era un suicidio.

Xena no tenía planeado suicidarse hoy.

Miró hacia la izquierda, donde se movía la cabeza peluda de un poni, e intercambió una sonrisa rápida con Gabrielle. La chiquilla estaba trenzando parte de la crin del animal, y una imagen de esos hábiles dedos dedicados a un uso más personal hizo que la sonrisa de la reina se hiciera más amplia.

Qué mañana tan loca. Xena aún sentía los ecos de ese placer. Habían seguido hasta casi el amanecer y ahora podía decir sinceramente que, como resultado, estaba tan limpia y relajada como le permitía la situación.

La vida era estupenda, a pesar de que su lesión de cráneo hacía que montar a caballo le revolviera el estómago, y ahora tenía que encargarse de derrotar a un ejército cuatro veces más grande que su pequeña fuerza sin otra cosa más que redaños y suerte.

—¿Ama?

—¿Mm? —Xena se volvió y vio a Brendan a su lado—. Parece que están a punto de hacer una parrillada.

—Sí —asintió el viejo soldado—. Los hombres han hecho todas las flechas que han podido durante el viaje. Tenemos unos cuantos arcos decentes, pero no como esos. —Señaló las ballestas, que eran mucho más potentes—. Casi todos tienen algún tipo de hoja o una maza... pero eso es todo. No tenemos lanzas.

No. Xena soltó aliento. Y la distancia entre el ejército y donde ellos estaban era demasiado grande. Había mandado despejar los bosques para evitar que alguien pudiera acercarse a la fortaleza a cubierto: ahora esa decisión se volvía contra ella, pues se daba cuenta de que cualquier intento de acercarse furtivamente a los atacantes sería prácticamente imposible.

Una pequeña acometida de vértigo la llevó a sujetarse mejor a la silla y a cerrar casi los ojos. Eso había ido empeorando durante el trayecto a caballo, y empezaba a darse cuenta de lo mucho que le iba a dificultar las cosas en un combate.

Eso no era bueno.

—Está bien. —Xena dejó que se le pasara el mareo, luego se irguió y enderezó los hombros—. Esperaremos a que ataquen.

—¿Ama?

—Vamos a dejar que estén totalmente empeñados. Vamos a dejar que huelan la victoria —dijo la reina—. Y entonces los atacamos.

—¿Desde aquí detrás? —preguntó Brendan—. ¿Sorprendiéndolos?

—Sí —asintió Xena—. Empezaremos a arrasarlos por detrás y, con un poco de suerte, nos verán desde las murallas y saldrán a luchar. —Estiró las piernas, soltando las botas de los estribos, y dejó que le colgaran por los flancos de Tigre.

Brendan observó a los soldados, luego asintió y volvió la cabeza de su caballo, para adentrarse entre sus tropas y empezar a dar órdenes.

Gabrielle esperó a que se hubiera alejado, luego guió a Parches hacia Tigre y logró su propósito sin chocarse con el animal más grande. Contenta con su éxito, imitó a Xena, soltando las botas de los estribos y dejando colgar los pies, estirando los doloridos músculos de las piernas, que no estaban en absoluto acostumbradas a montar.

—Ahí hay muchísimos hombres.

—Lo sé —contestó la reina—. Pero están entre una cama caliente y seca y yo, así que se tienen que ir. —Fingió un talante relajado, haciendo acopio de su seguridad y colocándosela sobre los hombros como un segundo manto.

No le cabía la menor duda de que le iba a hacer falta hasta el último centímetro.

Gabrielle miró a todos los soldados y sintió un estremecimiento de horror. Volvió la cabeza y levantó la mirada.

—Oye, Xena.

—¿Sí? —La reina la miró a los ojos con tranquilidad.

—¿Crees que nos irá bien?

Xena se quedó en silencio unos segundos, con muchas ganas de mentir, pero descubrió que simplemente no le salía.

—No lo sé —dijo por fin, volviendo la cabeza y contemplando el campo de batalla—. Eso espero —añadió, tras tomar aliento—. Yo quiero que todo vaya bien.

En ese momento se dio cuenta de lo cierto que era aquello. Xena tragó con dificultad, preguntándose cuándo había dejado de importarle la vida. ¿Fue tras haber logrado su último objetivo? ¿Su propio reino?

Después de eso, muchas cosas habían dejado de importarle. Tras haber logrado lo que quería y haber perdido a Liceus al obtenerlo. Ahora podía mirar atrás y darse cuenta de ello, con el conocimiento de que las cosas habían cambiado y que vivir era algo que tenía muchos deseos de seguir haciendo.

—Yo también —susurró Gabrielle, al oír una seriedad en el tono de Xena que nunca había captado hasta entonces—. Los hombres te apoyan hasta el final.

—Lo sé. —Xena se miró las manos, apoyadas en la silla—. No estoy preocupada por ellos. —Sus ojos volvieron al rostro de Gabrielle—. Voy a dirigir la carga. —Algo ignoto en su interior la obligó a hacer esa confesión, que nunca se habría imaginado hacer ante nadie, y mucho menos antes esta pequeña compañera de cama suya.

¿Por qué?

Por instinto, Gabrielle alargó la mano y le tocó la pierna a la reina.

—¿Te encuentras bien?

¿Por qué, efectivamente? Una carcajada suave e irónica.

—Gabrielle, apenas me sostengo en esta puñetera silla y se me nubla la vista continuamente. Claro que estoy bien. ¿Y tú?

Gabrielle abrió mucho los ojos por la alarma.

—Pues deberías quedarte aquí —dijo—. Puedes decirles lo que tienen que hacer.

—No puedo. —Xena alzó una mano y se frotó los ojos.

—Pero Xena...

—Pero nada. —La reina se irguió y se bajó del lomo del caballo, agarrándose a la silla y dejando que se le estirara el cuerpo. Se le revolvió el estómago y apoyó la cabeza en el hombro de Tigre hasta que se le pasaron las náuseas, con la esperanza de que los ruiditos y gruñiditos que oía tuvieran como resultado al menos un abrazo reconfortante.

Luego se sintió avergonzada de sí misma por desearlo.

Y entonces los brazos de Gabrielle la rodearon y la vergüenza se evaporó, dejándola sobre todo confusa.

—Tengo que salir ahí —dijo—. Yo soy su foco. Lo único que creen tener para inclinar la balanza a nuestro favor.

Gabrielle le frotó la espalda.

—Pero... si estás mala, si no puedes... Xena, ellos saben lo malherida que estás. No querrían que corrieras el riesgo de ponerte aún peor, estoy segura.

La reina dejó caer la mano sobre el muslo, soltando aliento por pura frustración.

—Estoy tan cabreada conmigo misma que podría chillar —dijo—. Maldita sea, maldita sea, maldita sea. —Volvió a golpearse la pierna con la mano—. Maldita sea yo.

Gabrielle no sabía qué hacer ni qué decir, de modo que se limitó a abrazar de nuevo a Xena.

Durante unos minutos se quedaron así, mientras el resto de las tropas se colocaba a su alrededor, disponiéndose a esperar a que empezara el inminente ataque. Xena apoyó la mejilla en la cabeza de Gabrielle y los observó por encima del lomo de Tigre, fijándose en sus rostros tranquilos por la confianza y firmes por la determinación.

Les había dicho que iban a ganar y, por eso, lo creían. Podrían dudar de sí mismos, pero tanto si era una estupidez como si no, de ella no iban a dudar. Xena suspiró. Y por supuesto, ésta era la única ocasión en la que sí que deberían dudar.

Estaba cansada, estaba enferma, y el dolor y el vértigo estaban empeorando. Sabía que la batalla que se avecinaba iba a ser dura y dolorosa y sabía que realmente no estaba en condiciones. En ese momento, odiaba a Bregos más que a cualquier otra cosa en toda su vida y deseó en vano no haber hecho caso de sus instintos más bondadosos y haberlo destripado como a un cerdo cuando tuvo la oportunidad.

—¿Cómo puedo ayudar? —preguntó Gabrielle, con un hilito de voz—. Déjame hacer algo.

Xena aspiró una bocanada de aire frío, cargada del aroma del bosque y de la mujer pegada a ella. Percibía el miedo en el tono de Gabrielle y saber que lo había causado ella la estabilizó de una forma extraña.

—Tranquila. —Rascó suavemente la nuca de su amante—. Me va a ir bien, si tú haces lo que te voy a decir y te quedas aquí, detrás de este puñetero árbol, escondida.

—Pero...

—Nada de peros, Gabrielle. —Xena le cogió la barbilla y la obligó a levantar la cabeza, mirándola a los ojos—. Necesito saber que estás a salvo. ¿Me comprendes?

—Ama —se oyó apenas la voz de Brendan—. Se mueven.

—¿Me comprendes? —repitió la reina, sin apartar los ojos de los de Gabrielle—. Quédate aquí.

Gabrielle alzó la mano y le tocó la cara, apoyando la palma en su mejilla.

Los labios de Xena amagaron una sonrisa.

—¿Por favor?

—Sólo... —Gabrielle se detuvo y tragó con dificultad—. Sólo si me prometes que volverás aquí a recogerme.

La expresión de los ojos de Xena era casi tierna.

—Jo, vaya si tenemos que trabajar eso de que yo soy la reina. —Agachó la cabeza y le dio un ligero beso a Gabrielle. Luego se detuvo cuando empezaba a apartarse, con los labios pegados a la oreja de Gabrielle—. Te lo prometo —susurró—. Pero como se lo digas a alguien, te dejo en cueros y te obligo a cantar en público.

—Vale. —Gabrielle parecía aliviada, y se echó hacia atrás cuando Xena se irguió y se volvió hacia Tigre. Observó a la reina cuando ésta puso las manos en la silla, luego vio cómo hacía acopio de fuerzas y se subía y echaba la pierna por encima del lomo del semental, recogiendo las riendas con una mano al tiempo que echaba la otra hacia atrás por encima del hombro para comprobar su espada—. Ten cuidado.

Xena logró oírla por encima del ruido de la creciente batalla que tenían delante. Se volvió, enderezando los hombros y colocando bien las botas en los estribos.

—Mantén la cabeza gacha —dijo—. Tendré tanto cuidado como tú. —La apuntó con el dedo y luego la reina dio la vuelta al caballo y lo hizo avanzar hasta la parte delantera de sus líneas, observando atentamente por encima de la cabeza del animal.

Con un suspiro, Gabrielle regresó al lado de Parches. Llevaba su bastón, que le había devuelto Xena, sujeto al costado y ahora puso la mano en el extremo y sintió la solidez de la madera en la piel.

—Supongo que podemos asegurarnos de que todos los que se quedan aquí están bien, ¿verdad, Parches?

El poni levantó la cabeza, con unas briznas de hierba colgando de los labios, y la miró.

—Podemos proteger a todo el mundo, hasta que Xena diga que podemos salir. —Gabrielle rodeó con los brazos el cuello del poni y clavó los ojos en la alta figura de Xena—. ¿Pero sabés qué, Parches? Preferiría estar ahí fuera con ella. Me da igual lo peligroso que sea.

Parches resopló y siguió pastando la hierba.

Con curiosidad, Gabrielle se acercó un poco más a los árboles, para ver lo que estaba pasando. Los hombres que atacaban la fortaleza habían terminado esas cosas altas de madera y ahora las empujaban hacia las puertas, ocultos tras ellas mientras avanzaban.

Sonó un cuerno.

Uno de los atacantes hizo bocina con las manos y gritó, pero el viento se llevó las palabras antes de que ella pudiera oírlas.

Le contestó un grito desde las murallas. Guiñando los ojos, a Gabrielle le pareció reconocer al duque allí arriba y, como para demostrar su desafío, hubo una descarga de flechas que se clavaron en las cosas de madera con sólidos golpes.

Entonces todos los atacantes cogieron antorchas y varias filas echaron a andar detrás de las cosas de madera. Otros atacantes se quedaron detrás de sus parapetos y se pusieron a disparar flechas contra las murallas, arrancándoles pedacitos de piedra y haciendo que la gente que estaba arriba se agachara.

Una de las flechas hizo blanco, porque uno de los hombres fue demasiado lento, y observó horrorizada cuando cayó por encima de la muralla y se estampó en el suelo, en medio de las aclamaciones de los atacantes.

Gabrielle se encogió y se volvió para mirar en cambio a Xena. La reina estaba sentada muy erguida en su caballo, con la espada desenvainada en la mano, haciendo molinetes inquietos con ella mientras esperaba.

Todos los atacantes empezaron a avanzar, tal y como había pensado Xena que harían. Gabrielle notó movimiento detrás de ella, volvió la cabeza y vio al resto de los siervos formando un círculo a su alrededor. Uno de los hombres de más edad le dio una palmada a Parches en el lomo y soltó aliento, pero guardó silencio.

Volvió a sonar un cuerno y empezó el ataque.

Entonces se oyó un grito, de triunfo, y a Gabrielle se le dilataron los ojos al darse cuenta de que las puertas de la fortaleza se estaban abriendo.

Su grito y el de Xena podrían haber salido de la misma garganta.

Luego no hubo más que muerte y caos.


PARTE 21


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