2


Gabrielle se encontraba en una antecámara de piedra, tras haber sido empujada a su interior por el noble que se la había llevado de la cocina y que le había dicho que se quedara allí. Desorientada y confusa, decidió obedecer y encontró una pequeña banqueta cerca de una pared donde se sentó.

Sus ojos recorrieron la pequeña cámara, cuyas paredes estaban cubiertas de tapices que le hacían cosquillas en la nariz con el olor a lana. Eran de colores apacibles, azules y rojos, con diseños solemnes, y acabó estudiándolos, puesto que poca cosa más tenía que hacer.

Salvo preocuparse, por supuesto. Gabrielle apoyó las manos en las rodillas y soltó un suspiro. Justo cuando empezaba a tener una mínima sensación de que podía aprender a hacer frente a su nueva vida, se la arrancaban de debajo de los pies y la metían en otra cosa aún más extraña y, por la reacción de los otros esclavos, más peligrosa.

En fin. Apoyó la cabeza en la pared e intentó calmarse el estómago revuelto. La cosa no podía empeorar, ¿verdad?

El noble regresó. Llevaba varias telas al hombro y se detuvo para mirarla con ojos cansados e irónicos.

—¿Cómo te llamas?

—Gabrielle.

El hombre asintió.

—Gabrielle. Bueno, al menos eso no lo tenemos que cambiar. Es adecuado. —Dejó las telas en el suelo—. Yo soy Stanislaus, senescal de Su Majestad.

Gabrielle supuso que debía sentirse impresionada por el título. No tenía ni idea de cómo reaccionar correctamente, de modo que se limitó a mirarlo con aire interrogante.

—No tienes la menor de idea de por qué estás aquí, ¿verdad?

Ella hizo un gesto negativo con la cabeza.

El senescal meneó la cabeza con evidente irritación.

—Levanta.

Gabrielle así lo hizo, levantándose de la banqueta despacio e irguiéndose cuando él se acercó a ella. Se encogió un poco cuando alargó la mano y la cogió de la barbilla, y tensó el cuerpo preparándose para el golpe que tan vívidamente se imaginaba en su mente.

—Estate quieta —le ordenó Stanislaus—. No te voy a hacer daño.

Lo observó mientras la examinaba, y pegó un ligero respingo cuando le echó los labios hacia atrás y le comprobó los dientes como si fuera una mula. Por fin la soltó y retrocedió, mirándola de arriba abajo.

—Ven conmigo. —La llevó por un angosto pasillo y subieron por unas escaleras. Las paredes eran estrechas y sólo podrían haber subido en fila india, pero estaban bien cuidadas y limpias—. Ésta es la escalera de los siervos. Debes usar siempre esta escalera. ¿Comprendes?

—Está bien —contestó Gabrielle, en voz baja, profundamente desconcertada—. ¿Qué es lo que voy a hacer que requiere que suba y baje por aquí?

El senescal se volvió para mirarla por encima del hombro.

—La doncella de Su Majestad ha tenido un accidente esta mañana. Tú la sustituirás. —Siguió subiendo por la escalera.

Gabrielle se quedó mirando su espalda totalmente pasmada.

—Pero...

Él se volvió y la miró de nuevo.

—¿Qué?

—No sé cómo hacer eso.

El senescal suspiró y volvió a menear la cabeza.

—Ya lo sé. Pero aprenderás, niña. Aprenderás.

Su Majestad. Gabrielle recordó, con un estremecimiento de frío, a esa figura oscura y distante de pie en la pasarela, allá en lo alto. Concediendo la vida o la muerte a capricho.

Recordó el grito de Lila. Gabrielle cerró los ojos un instante y el grito se fundió con el agudo silbido que había impedido cruelmente que la flecha llegara a su propia garganta.

¿Y ahora iba a servir a este ser? A Gabrielle se le tensaron los músculos de la mandíbula y se obligó a abrir los ojos. Las Parcas seguro que se estaban riendo.

Siguieron en silencio durante el resto de la subida, hasta que salieron a una cámara redonda con tres puertas y una entrada abierta de piedra justo a la derecha. Dentro de la entrada de piedra, se veía la espalda de un hombre y cuando cruzaron la cámara se irguió y se volvió.

—Mi señor. —El hombre cogió una caja—. Ya he sacado todas las cosas de la anciana.

El senescal examinó la caja y luego hizo un gesto con los dedos.

—Tíralas al estercolero. —Le puso una mano a Gabrielle en el hombro y la empujó hacia la entrada de piedra—. Ése es tu espacio. Debes tenerlo ordenado y limpio siempre. —Le puso las telas en el hombro—. Lávate la cara y ponte esto. Date prisa. Estaré esperando aquí, pero si te entretienes, yo mismo te arrancaré la piel a base de frotar y te llevaré desnuda ante Su Majestad.

Gabrielle se encontró en una habitación pequeña y estrecha de techo alto. En una pared había un camastro, que ahora sólo era un saco de paja sobre una estructura de madera con un juego de sábanas de lino dobladas en un extremo. Al lado había una mesa de madera con una palangana de agua, una jarra y un baúl de madera de longitud y anchura iguales a sus brazos extendidos. En la mesa había un tosco cepillo y un pequeño trozo de espejo. Cerca de la jarra había un trozo redondo de jabón y un raído paño doblado.

Haciendo caso de la advertencia del senescal, no perdió el tiempo explorando. Dejó la tela y se quitó los andrajos que llevaba, fue a la palangana y se lavó rápidamente la cara y los brazos.

—No lo pienses, Gabrielle. No lo pienses —se susurró a sí misma, obligando a su cuerpo a moverse. Se puso la ropa que le había dado, descubriendo rápidamente una falda, una blusa y un delantal, todos bien hechos. Le resultaba rarísimo estar vestida con ropa abrigosa e intacta, de tela que olía a sol y colada y le recordaba intensamente a su casa.

Le temblaban las manos al atarse el delantal. Las apoyó un momento en la mesa, luego cogió el cepillo e intentó peinarse por primera vez desde hacía semanas. Tenía nudos en los nudos de los enredos, pero se los cepilló rápidamente, hasta que consiguió acicalarse hasta cierto punto. Oyó unas botas en la puerta, se volvió y vio al impaciente senescal que entraba en la estancia.

—Estoy...

Él la miró con curiosidad, ladeando la cabeza.

—Presentable. Asombroso. —Alargó la mano—. Ven.

Gabrielle dejó el cepillo y obedeció, sabiendo que no tenía elección. Dejó que la cogiera de la mano y la llevara fuera, hacia la puerta más grande de la cámara, la que estaba flanqueada por dos guardias bien armados que la miraban con ojos fríos y desconfiados.


—Pero, ama, sin duda podrás entendernos. —Los duques la miraban—. Claro que agradecemos las nuevas tierras, ¿quién no? Pero tememos el día en que los que las tenían antes que nosotros vuelvan para recuperarlas. Estamos en la frontera, como sabes, y eso es motivo de preocupación.

Xena estaba sentada en su gran trono, situado en la pequeña tarima de su cámara de audiencias. Juntó los dedos y contempló a los hombres.

—¿No queréis las tierras? Puedo encontrar a alguien que sí las quiera.

—¡No! —protestó el más cercano—. Ama, nos interpretas mal. Aceptamos tu generosidad encantados, todos lo hacemos.

Los demás asintieron.

—Sólo nos preocupa el futuro, eso es todo —continuó el hombre—. Nuestros vecinos del norte sin duda se sentirán ultrajados. Estaría bien que se los disuadiera de intentar recuperar sus tierras.

Xena perdió la poca paciencia que tenía.

—¿Qué es lo que sugerís? —Su tono se hizo más duro—. ¿Que les declaremos la guerra?

—N-no... ama.

—¿Queréis que vaya a buscar a una docena de sus duques y los clave a unos postes cerca de la frontera? ¿Qué? —Se levantó y se acercó a ellos, que retrocedieron atropelladamente para apartarse—. Soltad de una vez lo que queréis decir o marchaos con vuestros lloriqueos a otra parte.

El duque Lastay alzó rápidamente las manos con gesto apaciguador.

—Ama... lo único que nos preocupa es cómo evitar un futuro derramamiento de sangre. Habíamos pensado que tal vez si... es decir, el buen general Bregos tiene muy buena reputación en el campo de batalla, tal vez...

Xena se puso en jarras.

—Tal vez debería casarme con él, llevármelo a la cama y hacerlo mi consorte, para que podamos usar su buena reputación para mantener limpias nuestras fronteras, ¿es eso?

El duque tuvo la decencia de parecer incómodo.

—Majestad.

Xena alargó las manos a los lados.

—¿Es eso? —Les clavó a cada uno una mirada. Ninguno de ellos le hizo frente—. ¿Lo es? —Su voz se hizo más profunda y subió de volumen.

El duque Lastay se armó de valor y se acercó a ella, hincando una rodilla en tierra ante ella en señal de humildad.

—Mi reina. —Levantó la vista para mirarla valientemente—. También estamos pensando en ti.

Xena se señaló el pecho con un pulgar.

—¿En mí? —Soltó una carcajada seca—. No me digas que te preocupan los asuntos de mi corazón, Lastay. No tengo, ¿recuerdas?

El duque miró a ambos lados y luego bajó la voz.

—No, mi reina. —Su tono era serio—. Pero el general, por mucho talento que tenga, debería recordar siempre de dónde procede su autoridad.

Xena lo miró y luego a los demás hombres. Estos contemplaban atentamente el suelo de mármol.

—¿Qué estás diciendo, Lastay? ¿Pones en duda la lealtad del general? —Se acercó más y con un veloz movimiento, en su mano apareció un puñal. Apoyó la hoja en la barbilla de Lastay y se la levantó, viendo el movimiento debajo del afilado acero que producía él al tragar—. ¿Es así?

—Lo... que digo, mi reina, es que conviene ser prudente —contestó el duque con la voz tensa—. Donde hay poder, existe la tentación de usarlo.

Xena presionó con la hoja, obligándolo a levantarse o a correr el riesgo de que le cortara la garganta. Estudió su cara atentamente, observando el tic que se le formaba en el ojo derecho. Luego sonrió e inclinó la cabeza elegantemente, besándolo en los labios antes de apartar el puñal y darle un ligero empujón en la barbilla con la empuñadura.

—Gracias, Lastay. Aviso recibido.

Al hombre casi se le pusieron los ojos en blanco antes de recuperar el aliento y el equilibrio. Se le puso la cara de un intenso color escarlata, lo cual hizo que su barba destacara vívidamente, mientras ella se reía por lo bajo.

—Ama.

Xena le dio una palmadita en la mejilla con la mano.

—De Bregos me ocupo yo —les dijo—. Vosotros no os ensuciéis las manos y no os interpongáis en mi camino.

—Ama. —Lastay inclinó la cabeza. Los demás hicieron lo mismo. Tras echarse unas miradas furtivas, retrocedieron hasta la puerta y se marcharon.

Xena fue a su mesa y cogió la copa que había en ella. Bebió un trago del contenido y se aclaró la boca con él antes de tragarlo, lamiéndose los labios con una leve mueca de asco.

—Hombres —murmuró.

Un golpe en la puerta. Xena se giró y en su cara se formó un ceño.

—¿Sí? —ladró, esperándose el regreso de sus leales súbditos.

Sin embargo, la puerta se abrió y apareció Stanislaus.

—¿Ama? ¿Tienes un momento?

Xena dio vueltas al vino que tenía en la copa.

—¿Para?

—El arreglo doméstico que solicitaste, ama.

Ah. Su nuevo esclavo. Xena tomó un sorbo de vino.

—Está bien —asintió—. Adelante.

Stanislaus entró, sujetando la puerta abierta y haciendo un gesto a alguien para que lo siguiera. Una pequeña figura pasó dentro y él cerró la puerta tras ella. Avanzó, cogiendo a la recién llegada del brazo y obligándola a caminar.

—Tal y como pediste, ama.

Se pusieron a la luz de la ventana y Xena se encontró cara a cara con una chica joven de pelo rubio que empezaba a hacerse mujer adulta. Tenía la cara algo redondeada y franca y unos ojos verdes, intensos y profundos, que atraparon los de Xena en un momento inesperado de intimidad. Captó fugazmente una sensación de miedo cauto y luego la mirada se cortó cuando Stanislaus se cruzó entre las dos.

—Ama, ésta es Gabrielle. Se encargará de las tareas de Iridia —dijo el senescal—. Me temo que no tiene la menor formación. —Extendió las manos—. Pero es lo que deseabas.

—Sí, efectivamente. —Xena dejó la copa y se acercó a su nueva sierva, rodeándola con curiosidad. Vio que los hombros de Gabrielle se encogían cuando pasó por detrás de ella y percibió la expresión alarmada de los ojos de la chica cuando la rodeó y volvió a quedar ante ella—. Ya veo. —Estudió la esbelta figura, cuya cabeza apenas le llegaba al hombro—. Bueno, al menos no tenemos que quitarle a base de golpes las malas costumbres aprendidas, ¿verdad?

Los ojos verdes se movieron y se encontraron con los suyos. Xena descubrió en ellos miedo y un valor que no se esperaba, una extraña combinación que no hizo sino aumentar su interés.

—¿Verdad? —preguntó de nuevo, directamente.

Los labios de Gabrielle se movieron varias veces antes de articular palabra.

—Espero que no. —Tenía la voz suave, pero con un tono subyacente grave y vibrante.

Stanislaus tomó aliento para reprenderla, pero Xena lo cortó con un gesto brusco. Volvió a su mesa y se apoyó en ella.

—Me servirá, Stanislaus. Gracias.

—Ama. —El senescal inclinó la cabeza con elegancia—. Me la llevaré para instruirla en la forma de servirte. —Agarró a Gabrielle del brazo.

—No —lo detuvo Xena—. Déjanos —añadió con tono despreocupado. Vio que su nueva sierva tragaba saliva con dificultad y apretaba ligeramente los puños—. Ya le doy yo su primera lección.

El senescal dudó y luego asintió.

—Como desees, ama. Llámame cuando quieras que me la lleve a su alojamiento. —Stanislaus se inclinó y salió de la habitación, dejándolas a las dos a solas.


Gabrielle notaba que el corazón le latía con tal fuerza dentro del tórax que le sorprendía que no se viera. Era hiperconsciente de la mujer alta y morena que la observaba desde el otro lado de la estancia, y por mucho que lo intentara, ella misma no podía evitar mirarla a su vez.

Con el sol detrás, no era fácil ver detalles. Gabrielle sólo veía bien el contorno de un cuerpo vestido de seda que se movía con un poder y una elegancia como nunca había visto hasta entonces.

Y los ojos. Claros como el hielo, apenas teñidos de azul, te atravesaban como un cuchillo. Gabrielle sintió que su resolución se disolvía, dejando a su paso un estremecimiento de miedo y aprensión ante lo desconocido. Se dio cuenta de que esta mujer podía hacerle cualquier cosa y que ella no podía hacer nada al respecto.

—Bueno. —La voz de Xena la sobresaltó—. ¿Cuánto miedo tienes?

Gabrielle obligó a sus ojos a encontrarse con los ojos fríos y casi burlones que la miraban. Había algo de halcón en la expresión de la mujer y Gabrielle se sentía igual que un ratoncillo a la espera de ser atacado.

—Tengo... mucho miedo —reconoció suavemente.

Los labios de Xena esbozaron apenas una sonrisa.

—Te llevas un punto por ser sincera —dijo—. ¿De dónde eres?

Gabrielle parpadeó.

—De Potedaia.

—Lo conozco —dijo Xena—. Es un pueblucho de mala muerte.

Eso le dolió. Gabrielle desvió la mirada hacia el sol que entraba por la ventana.

—No, ya no. Lo quemaron.

Xena vio el destello de las lágrimas contenidas que había en los ojos de la chica.

—Pues así acabaron con las pulgas, supongo —comentó con despreocupación, observando cómo esos ojos se cerraban en un gesto silencioso de dolor—. No me digas que lo echas de menos.

A Gabrielle le entraron ganas de salir corriendo. Pero sabía que no podía, tenía que quedarse allí y hacer frente a esta bruja fría y torturadora que parecía deleitarse en pincharla donde más le dolía por simple diversión. Respiró hondo y volvió a mirar a Xena.

—Era mi casa —contestó—. Cuando es lo único que tienes y te lo quitan... sí. Supongo que lo echas de menos. Yo sí.

Xena se echó hacia delante y apoyó los codos en la mesa. Se apretó el labio inferior con los nudillos y observó a Gabrielle.

—Está bien —dijo—. Lo mejor que puedes hacer es olvidarte de todo eso. Aquí no te vas a morir de hambre. Si trabajas duro, tienes comida, tienes ropa, tienes un techo que te proteja y encima sin goteras. Eso es mejor de lo que podrías haber esperado allí, ¿no?

Gabrielle toqueteó la tela de su delantal, pero no respondió. Las cosas no estaban mal en casa. Sí, a veces pasaban hambre, pero la agricultura te ponía a merced del clima, al fin y al cabo. Y en su casa había muy pocas goteras.

—Regla número uno. —Xena rodeó la mesa y se acercó a ella—. Cuando se te pregunte algo, responde.

—Perdón —dijo Gabrielle—. Es que lo estaba pensando.

—Los esclavos que piensan son peligrosos. No lo conviertas en una costumbre.

Gabrielle la miró, ahora que estaba cerca, tapando la luz, y podía ver detalles.

—¿Por qué querrías tener a alguien cerca que nunca piense en nada? ¿No es eso más peligroso? —Soltó la pregunta antes de pensárselo de verdad, con los ojos prendidos de las facciones elegantes y los pómulos altos del rostro de Xena.

Xena se cruzó de brazos.

—Podría ser —reconoció—. Pero en un ejército, si te paras a pensar demasiado, puedes acabar muerto.

Gabrielle se las arregló para mantener la mirada firme.

—Mi hermana y mis amigos de casa... no pensaban en nada y acabaron muertos de todas formas —dijo—. A lo mejor si nos hubiéramos juntado a pensar, ella aún estaría viva y yo no estaría aquí.

La figura vestida de seda volvió a rodearla.

—¿No te gusta estar aquí, Gabrielle?

—No.

Xena se detuvo justo detrás de ella. Vio cómo los pelillos rubios de la nuca de la esclava se erizaban y en su cara se formó una sonrisa curiosa.

—Tienes la mala suerte de poseer un cerebro útil. Eso podría ser muy peligroso. Tal vez debería enviarte de vuelta a los establos y dejar que te entierren en estiércol.

Los hombros de Gabrielle se estremecieron, pero guardó silencio.

—¿Es eso lo que quieres? ¿En lugar de estar aquí arriba vestida con ropa decente, con una cama en vez de un montón de palos?

Xena se movió a un lado, observando el perfil de la chica. Despacio, los ojos se volvieron para encontrarse con los suyos.

—¿Y bien?

La chica rubia tomó aliento.

—No —dijo, en voz baja.

Los ojos azules rieron maliciosamente.

—Olvida el pasado. No puedes volver a él. —Regresó a su mesa y se volvió—. Cuanto antes aprendas eso, mejor.

Gabrielle se lo pensó. Era cierto, lo sabía, pero decirlo y conseguir que sucediera, con todo el dolor de sus recuerdos, era una cosa bien distinta. Movió la cabeza bruscamente para asentir, cerrando la mandíbula con fuerza para evitar responder.

Xena se rió entre dientes. Luego se colocó delante de Gabrielle y se apoyó en la mesa. Se miraron un momento. Xena señaló la habitación.

—Ésta es la habitación pública. Ésa es la privada. No me gusta que las cosas estén fuera de su sitio y no me gusta el desorden.

Los ojos de Gabrielle se movieron por la habitación. A pesar de la ornamentación, la estancia sí que estaba muy bien ordenada.

—Vale.

—Aquí tengo audiencias por la mañana. Puedes ocuparte entonces de la habitación privada y de ésta después de comer.

Gabrielle se dio cuenta de que esto no era tan malo como había esperado.

—Vale.

Xena se acercó más, sacando provecho de su estatura.

—Dos cosas. —Puso un dedo en la barbilla de Gabrielle y se la levantó—. Como hables de cualquier cosa que veas aquí, te mato.

A Gabrielle se le cortó la respiración. La expresión de Xena era glacial y absolutamente mortífera. Se dio cuenta de que creía, hasta lo más profundo de su alma, en la verdad total de esa afirmación.

—Y dos, Stanislaus te instruirá sobre la manera adecuada de dirigirte a mí —continuó la voz grave—. Te dirá que me llames Majestad o ama o mi reina.

Gabrielle captó su olor, un aroma que era una curiosa mezcla de especias y seda. Asintió levemente para indicar que comprendía, sabiendo que iba a tardar un poco en adquirir una costumbre que para Stanislaus ya formaba parte natural de su forma de hablar.

—Bien.

Xena se inclinó, hasta que quedaron casi nariz con nariz.

—Pues no. —Enunció las palabras con precisión.

Gabrielle parpadeó, incapaz de apartar la mirada de esos gélidos ojos azules a escasos centímetros de ella.

—¿N... no?

—No. —Xena regresó a su silla y tomó asiento grácilmente, apoyando las manos en los brazos y metiéndose los pies calzados con zapatillas por debajo del cuerpo—. Eso le producirá un fastidio inmenso. Tienes que decidir si quieres fastidiarlo a él y que te dé un capón o fastidiarme a mí. —Miró a la chica ladeando la cabeza—. ¿Qué decides, Gabrielle?

Qué extraño sonaba su nombre pronunciado por esos labios. Tenía un leve deje vibrante y se descubrió ensayándolo mentalmente.

—Pues... mm... —Se lo pensó—. Haré lo que tú quieres.

El rostro anguloso se iluminó con una sonrisa.

—Sabia decisión.


Gabrielle regresó a la zona pequeña y sin adornos que le habían asignado y se sentó en la cama, agarrándose las manos entre las rodillas. El corazón todavía le latía desbocado en el pecho y los martillazos le estaban levantando dolor de cabeza, cosa que no contribuía a calmar el torbellino de ideas que intentaba captar su atención.

¿En qué lío se había metido? Ser esclava ya era bastante malo, pero en las cocinas con los demás había sido anónima. Ahora se encontraba bajo el ojo de una persona que probablemente la mataría sin motivo y en una situación que apenas conocía y en la que cometer errores sería horriblemente fácil.

—Vale —susurró—. Puedes hacerlo. No es más que limpiar un poco y mantener el orden. Como en casa.

Pero no era así y lo sabía. Sólo de pensar en volver a entrar ahí bajo esa mirada vigilante y fría, se ponía mala.

Y sin embargo.

Gabrielle apoyó la barbilla en las manos, contemplando la pared de piedra que había al otro lado de su cama. A pesar del terror, también había algo... interesante... en esa figura regia y temible.

Había una inteligencia que no se esperaba. Una concentración cambiante y poderosa que la había dejado muda, pero llena de curiosidad. Xena tenía algo que la intrigaba, hasta el momento en que recordaba que ésta era también la voz que había ordenado matar a su hermana.

Entonces Xena dejaba de ser interesante y empezaba a ser detestable. Gabrielle recordó sus burlas sobre Potedaia y apretó la mandíbula.

Zorra, escupió su mente.

El roce de unas botas en la piedra le hizo levantar la mirada. Stanislaus apoyó una mano en la entrada de su escondrijo y se asomó, localizándola.

—Ah. Bien. —Chasqueó los dedos—. Ven. Te voy a enseñar dónde se guardan las cosas y cómo le gusta a la reina que se haga todo. Espero que lo aprendas rápido, antes de que mande que te ejecuten de pura frustración.

Gabrielle soltó aliento y se puso de pie. Se colocó bien el delantal y lo siguió, resignándose a pasar un día largo y difícil.


La palangana volvió a rozar el suelo cuando la hizo avanzar un poco más, aclaró el paño y siguió fregando. Gabrielle se alegraba, al menos, de que Stanislaus la hubiera dejado por fin, convencido al parecer de que poco daño podía hacer fregando el suelo de piedra. Volvió a aclarar el paño y luego miró dentro de la palangana. A pesar de que llevaba más de una marca limpiando, el agua no estaba muy turbia y era evidente que el suelo no estaba tan sucio, para empezar.

De hecho... Se volvió y se sentó un momento, descansando las rodillas doloridas. La habitación entera no estaba tan sucia. Ahora estaba en la estancia privada, cuyo techo alto y elevadas ventanas se cernían sobre ella con un silencio crítico. La primera impresión que le había dado el sitio era su pulcritud: aunque tenía un aspecto regio y ornamentado, la habitación tenía una sencillez limpia con su escasez de mobiliario y su suelo amplio y despejado.

Miró hacia atrás, comprobando que había llegado a todos los rincones y grietas de la piedra. Se puso en pie y estiró el cuerpo magullado y cansado. La puerta se abrió con un crujido y se quedó paralizada y luego suspiró al reconocer la cabeza morena de Toris.

—Hola.

Él se coló dentro y cerró la puerta y luego corrió hasta ella.

—¡Caray! Te he encontrado. Me han dicho lo que pasó. ¿Estás bien?

Gabrielle señaló en silencio la habitación y luego se encogió de hombros.

—Al menos te han dado ropa. —Toris le tiró de la manga—. Eso no es tan malo.

—Cierto —asintió ella—. Y un sitio medio decente para dormir, pero me parece que como cometa un solo error, me van a tirar al estercolero por la ventana.

Él hizo una mueca irónica de comprensión.

—No puedo quedarme mucho, se van a dar cuenta de que no estoy. —Toris bajó la voz—. Ojalá hubiera estado ahí... a lo mejor me habrían elegido a mí y no a ti.

—Ha sido mala pata —suspiró Gabrielle—. Este sitio es escalofriante y esa mujer es todavía más escalofriante. Qué zorra.

Toris asintió solemnemente.

—Lo sé. —Le puso una mano en el hombro—. Aquí todo el mundo lo sabe. Todos quieren que ese otro tipo coja las riendas.

—¿Qué otro tipo?

—Ese grandote, el general. Ha ganado unas batallas y esas cosas. Quieren que consiga el poder o que se case con ella y la obligue a portarse como es debido.

Gabrielle recordó el fuego de esos gélidos ojos azules.

—No creo que eso vaya a funcionar.

Toris bajó la voz.

—Tú mantén los ojos abiertos. Si hacen algo, a lo mejor podemos ayudar. Hoy he hablado con un par de tipos.

Gabrielle sintió un escalofrío de desazón por la espalda.

—¿Ayudar a qué? —susurró—. Toris, somos esclavos. Aunque ese otro tipo consiga el poder, seguiremos siendo esclavos. ¿Qué más da?

—¿Seguiremos? He oído que ese otro tipo no cree que deba haber esclavos aquí —respondió el chico en otro susurro—. ¿Es que no quieres ser libre?

Gabrielle se lo quedó mirando.

—¿Es eso cierto? —La idea de la libertad la atravesó de parte a parte, sin pretenderlo en absoluto. Los dos oyeron unos pasos que se acercaban y aguantaron el aliento.

Él asintió.

—Tú ten cuidado. Agacha la cabeza. Observa. —Y con eso, salió a toda prisa.

Gabrielle esperó a que la puerta se volviera a abrir, pero los pasos siguieron por delante de la puerta y se alejaron. Volvió a contemplar la habitación, observándola consternada, y se descubrió planteándose por primera vez una forma de salir del hoyo en el que había caído.

¿Libertad?

¿Realmente podría ser cierto? Se apoyó en la pared, con la cabeza llena de ideas. Un pensamiento serio la obligó a reflexionar. Si era libre, ¿entonces qué? Gabrielle cruzó los brazos sobre el dolor que sentía en el pecho.

No le quedaba nada a lo que volver.


—Maldita sea. —Xena cerró la puerta al pasar y cruzó a largas zancadas la habitación iluminada tan sólo por tres velas. La cena había durado demasiado y había pasado el rato observando a su general mientras éste se dedicaba a sus juegos políticos. Fue a la ventana y puso las manos a cada lado del alféizar, apoyándose en él. Bregos había pasado el día cortejando a los cortesanos, acumulando apoyos de las muchas personas que se sentían mucho más cómodas tratando con su buen carácter masculino que con ella, y había dedicado la noche a estar atentísimo con ella.

Cruzó la habitación externa y abrió de un empujón la puerta de la estancia interior. Su dormitorio también estaba iluminado sólo por unas pocas velas, creando una calma relajante que le acarició los alterados nervios mientras se quitaba las joyas.

Una sensación repentina de que había algo distinto la detuvo de pronto y se quedó donde estaba, cerca del gran espejo, mientras recorría la habitación con los ojos. Todo estaba en su sitio, a primera vista, pero... Xena ladeó la cabeza, escuchando atentamente, pero todo estaba en silencio. Cogió el candelabro y giró despacio en círculo, examinando la habitación con cauta atención.

Ah. Se acercó a la cama con dosel, envuelta en encajes semitransparentes. Las sábanas estaban limpias: olía el sol en ellas. Pero las esquinas, los dobleces, estaban hechos de una forma que sabía que jamás se había visto en este palacio. Bajó la mano para tocar la tela, notando con los dedos la superficie ligeramente rugosa. Reanudó su registro, advirtiendo leves diferencias en la colocación de un jarrón o en cómo estaba puesta una palangana. Después de tantos años, Iridia había desarrollado una rutina invariable como la muerte y ahora esa rutina había desaparecido y en su lugar había algo nuevo.

No era desagradable. Xena contempló la habitación con aprobación. La chiquilla había hecho un trabajo aceptable. Estaba segura de que Stanislaus había machacado prácticamente a la chica al inspeccionar el trabajo: a fin de cuentas, la responsabilidad final era de él. Pero estaba satisfecha.

Gabrielle. Xena dejó el candelabro y fue a su tocador. Cogió el peine de plata que había allí y lo examinó y luego lo dejó en su sitio. Se había descubierto pensando en su nueva sierva durante el día y ahora que el largo día había acabado, reconoció que sentía curiosidad por la chiquilla.

Se soltó la toga que llevaba y se la quitó, la tiró encima del biombo de cuero fino que estaba al lado del espejo y se puso una bata de seda.

Se le ocurrió una idea y dejó asomar una leve sonrisa. Fue a la mesita que estaba cerca de las ventanas del balcón, cogió un trozo de pergamino y una pluma y escribió una cosa rápidamente. Luego, descalza, caminó por las alfombras hasta la puerta. Salió a la habitación exterior, fue a la puerta de fuera y la abrió.

Aquí, en sus aposentos, no había guardias. Todo el que estaba dentro de las inmensas puertas se consideraba de confianza. Xena sabía que eso suponía un riesgo, pero tropezar con guardias armados cada vez que decidía dar una vuelta por el pasillo no era algo con lo que estuviera dispuesta a vivir.

Todo estaba tranquilo, a estas horas de la noche. Oyó a los guardias en los rellanos inferiores, moviendo las botas mientras montaban guardia. Abriendo la puerta que daba a la cámara superior redonda, se detuvo a escuchar. La cámara estaba vacía y las estrechas escaleras que bajaban hasta las cocinas estaban oscuras y silenciosas. La puerta de abajo estaría cerrada con llave y guardada, lo mismo que la escalera principal que terminaba a su derecha.

Volvió a escuchar y ahora captó el suave sonido de una respiración. En silencio, se acercó a la sencilla entrada abierta y se asomó. Apenas visible a la luz de las antorchas de la cámara, distinguió la figura dormida de Gabrielle, echada en el camastro con aire de agotamiento.

Su sentido del humor, que a veces era algo peculiar, salió a la superficie y pensó en soltar un alarido que despertara a la chica, trajera a los guardias y creara el caos en los pasillos.

No. Vamos a dejar que la chiquilla tenga una noche tranquila, al menos, decidió, recorriendo con los ojos el perfil juvenil e inocente. Ya tendría tiempo de sobra para aterrorizarla por la mañana. Con una última mirada, Xena dejó el trozo de pergamino en la tosca mesa de madera y se fue.

Una vez hecho esto, regresó a sus habitaciones y se metió en la cama, deslizándose bajo las ligeras mantas y descansando la cabeza en la almohada.

Mañana, decidió, tendría que hacer algo con Bregos. Había que cortar de cuajo su pequeño plan o si no, tendría que plantearse seriamente cortar de cuajo al buen general. Era demasiado peligroso permitir que creara esa base de poder por afinidad que estaba buscando.

La ambición estaba bien. Eso lo comprendía. Pero había personas como Bregos que nunca estaban satisfechas con lo que tenían y, en cambio, se veían empujadas constantemente a conseguir más y más y más. Xena reconocía que ella también era así, en cierto modo, pero también sabía que sólo podía haber una persona en la cima, una persona que lo tuviera todo.

Ésa era ella.

Y no tenía la menor intención de compartir.

Con un ligero suspiro, cerró los ojos. Un olor leve y nuevo llegó hasta ella y movió la nariz. Sus labios se curvaron en una breve sonrisa antes de dejar que el sueño se apoderara de ella.


Gabrielle se despertó antes del amanecer y sus ojos recorrieron el entorno desconocido con vaga confusión. Al cabo de un minuto, sin embargo, recordó dónde estaba y suspiró, escuchando el silencio de la cámara interrumpido únicamente por el suave aleteo de las antorchas.

Rodó a un lado y estiró un poco el cuerpo, sintiéndose culpable y agradecida por el colchón relleno de paja que la había protegido durante la noche. La sencilla manta de lana que la tapaba también era de agradecer y por primera vez desde que su vida quedó destruida por los tratantes de esclavos, se despertó con la sensación de haber recuperado cierto grado de equilibrio.

Stanislaus le había dado un horario muy meticuloso. Sabía que tenía que bajar temprano a las cocinas para desayunar. Luego limpiaría los aposentos internos de la reina mientras los exteriores estaban ocupados. Cuando la reina se fuera a la sala principal del consejo, limpiaría la habitación exterior y luego bajaría de nuevo a la sala de trabajo para ocuparse de cualquier cosa pequeña que hubiera que hacer.

Se había dado cuenta, al bajar a cenar la noche anterior, de que su ascenso había provocado resentimiento entre los demás siervos. Por supuesto, sabían que ella no había elegido el puesto, pero había muchos que llevaban largo tiempo de servicio y que pensaban que debían haber tenido la oportunidad de conseguir lo que, según empezaba a darse cuenta, se consideraba un puesto privilegiado.

Gabrielle se arropó con las mantas y bostezó. Todavía tenía algo de tiempo antes de tener que levantarse y ponerse en marcha y le parecía un lujo desmedido poder estar aquí tumbada con relativa comodidad.

Pero era duro, porque la normalidad misma de la sensación le recordaba a su hogar. Se preguntó cuánto tardaría esta realidad en eclipsar a esa otra, hasta que los recuerdos de su familia se desvanecieran y dejaran de dolerle tanto.

¿Llegaría a ocurrir?

Se sincera, Gabrielle, se dijo por dentro. Siempre quisiste salir de Potedaia. ¿Cuántas veces intentaste escaparte de casa? Se dejó inundar por una apagada sensación de vergüenza. Echaba de menos horriblemente a su hermana, pero no lo suficiente como para pintar su vida anterior de dorada perfección. Bueno, pues ya tienes lo que querías, ¿no?

Ahora vive con ello.

Sintió dudas sobre las respuestas que le había dado a la reina el día anterior. ¿Habría sido mejor regresar abajo, donde al menos tenía, si no amigos, sí gente que conocía? Aquí arriba se sentía sola. Ahora que la habían trasladado, los demás siervos parecían apartarse de ella también, incluso cuando bajaba a las cocinas y los ayudaba.

Gabrielle palpó el borde de la almohada con el pulgar. Pensó en su aterrador encuentro con la reina. Xena daba miedo, y por lo que había oído comentar abajo, era fríamente despiadada. Pero también era la persona más real y más viva que Gabrielle había conocido en su vida.

¿Qué pensaba la reina de ella?

—Mm. —Gabrielle decidió dejar de pensar. Apartó las mantas y se sentó, poniendo los pies en el frío suelo de piedra—. Oouu. —Fue una suave exclamación gutural. Se levantó y se frotó los brazos para calentárselos mientras iba a la palangana. La había llenado de agua la noche anterior y la había tapado con un paño, y al apartar el paño, vio un trocito de pergamino en la mesa.

Desconcertada, lo cogió, no recordando haberlo puesto ahí por la noche. Había algo escrito en él, pero con la escasa luz costaba verlo. Gabrielle acercó el pergamino a la entrada, donde las antorchas daban un poco más de luz, y acercó la cara.

Buen trabajo. Me quedo contigo. X.

Su cuerpo entero se estremeció por el sobresalto y se le cayó el pergamino. Intentó cogerlo desesperada, lo atrapó en el aire a la altura de las rodillas y lo levantó de nuevo. Miró a su alrededor, pero sólo la miraban las paredes cubiertas de tapices, incapaces de compartir su pasmo.

¿Era una broma?

Frotó una letra con el dedo, pero siguió firme en su sitio. La tinta parecía espesa y rica y las letras estaban bien formadas con una inclinación particular.

—Esto es una locura —susurró Gabrielle, retrocediendo y sentándose en su camastro—. Esto no lo puede haber escrito ella, ¿verdad? ¿Para una esclava? ¿Por qué se iba a molestar?

Volvió a estudiar el pergamino.

—Buen trabajo —repitió en voz baja—. ¿Cuándo fue la última vez que oíste eso, Gabrielle?

Se quedó mirando el pergamino un poco más, luego se levantó, fue al baúl cuadrado de madera, se arrodilló y lo abrió. Dentro estaban los dos camisones y los dos juegos de ropa que le habían dado. Dobló el pergamino con cuidado y lo metió debajo de la ropa, alisando las capas de lino por encima con dedos cuidadosos. Luego se levantó y fue a la palangana.

No era fácil saber qué sentir y admitió su propia confusión. Una parte de ella odiaba a Xena. Una parte de ella recordaba lo que le había dicho Toris el día anterior y sentía el hormigueo seductor de ser libre. Pero otra parte de ella, una parte insaciablemente curiosa, no estaba tan segura. Eso le daba dolor de cabeza.

—Vale —dijo por fin en voz alta—. Primero vamos a superar un día más.

Metió un dedo en la palangana y se encogió por el frío, luego se armó de valor y empezó a lavarse la cara.


—Muy bien. —Xena examinó los pergaminos—. Brendan, ¿qué ocurre en el cuartel?

Un hombre canoso y tuerto ataviado con media armadura carraspeó.

—La cosa está tensa, jefa —reconoció—. El sitio está lleno a reventar y los hombres de Bregos están tan hinchados de orgullo que se les salen las nalgas por las ventanas.

Xena contrajo las cejas al imaginárselo.

—¿Están dando problemas? —preguntó.

El hombre se encogió levemente de hombros.

—Nada que se les pueda echar en cara. Sólo hablan —dijo—. Dándose bombo, despreciándonos, ya sabes.

La mujer morena asintió.

—Sí. Me lo imagino. —Se reclinó en la silla. En su habitación exterior estaban dos hombres con los que había luchado codo con codo, en quienes confiaba todo lo que le era posible confiar en alguien vivo—. ¿Qué van soltando?

—Estiércol —afirmó secamente Alaran, su jefe de seguridad—. Hemos tenido varias peleas y anoche casi un duelo.

—¿Quién ganó el duelo? —preguntó Xena, con una sonrisa.

Alaran bajó la cabeza con modestia.

—Creemos que incluso con sus reclutas, estamos más o menos a la par —dijo Brendan—. Alar pensaba que tal vez deberíamos alojarlos en otra parte, pero hemos pensado que cuando oyes a una rata es más fácil darle una patada.

—Buena decisión —dijo Xena—. Cuenta con el apoyo de la mayor parte de la corte, y no es que me importe un bledo, pero políticamente se ha colocado en buena posición. —Se levantó y se puso a dar vueltas, con zancadas largas y poderosas que contrastaban totalmente con el vestido largo que se le pegaba al cuerpo—. Preferiría no tener que matarlo, pero necesito una manera de forzar un enfrentamiento que lo derribe. —Hizo una pausa, pensativa—. Si pierde los apoyos y lo hago desaparecer, a nadie le importará. Si lo hago ahora, las cosas podrían complicarse.

Los hombres asintieron.

—Sí —gruñó Brendan.

—¿Y cuál es el plan? —preguntó Alaran—. La ventaja la tiene él. La sangre vende.

En el rostro de Xena se formó una sonrisa no muy agradable.

—Ah, eso ya lo sé. —Hizo una pausa dándoles la espalda, se apoyó en la ventana y miró un momento fuera. Luego se volvió—. Pues les daremos sangre. Bregos dice que no puede resistirse a un desafío, así que lo manipularé para que acepte uno. Sus tropas contra las mías.

Alaran casi no consiguió ocultar una sonrisa fiera.

—Por pura diversión, ¿no es así, señora? —dijo despacio y suavemente.

—Pura —sonrió Xena a su vez.

—A los hombres les gustará —asintió Brendan con aprobación—. Ya va siendo hora. He oído a algunos refunfuñando que están perdiendo forma.

—Así que los derrotamos y hacemos unas risas —dijo Alaran—. ¿Qué pasa con Bregos?

—Qué pasa con Bregos —repitió Xena—. El querido y encantador general Bregos. —Frunció los labios—. Su orgullo no le permitirá quedarse a un lado si sus hombres van perdiendo. Luchará —dijo—. Y en el fragor de la batalla, puede pasar cualquier cosa.

Alaran se rascó la mandíbula.

—Será un bonito entierro de estado —comentó suavemente—. Seguro que está guapo con un sudario.

Xena lo miró.

—Seguro que parece una salchicha de cordero con un sudario.

—Se me quitarían las ganas de comer cordero —siguió Alaran con la broma—. Ya lo creo.

—Mm. —Ella controló una sonrisa.

—¿Y si no pica, jefa? —preguntó Brendan—. Es un tipo astuto.

Xena se sentó y cruzó los tobillos, jugando con una mano con el puñal delgado y mortífero que usaba para abrir pergaminos.

—Entonces tendré que tomar medidas más directas.

Los dos hombres asintieron.

—Prepararé bien a los hombres, jefa —dijo Brendan con voz áspera—. Sabes que no te decepcionaremos.

—Lo sé. —Xena lo miró directamente—. Diles que quiero una gran victoria, Brendan. Si algunos de los cachorros de Bregos acaban muertos, bien.

El veterano canoso cayó sobre una rodilla y se puso el puño sobre el corazón, luego se alzó y giró al mismo tiempo, dirigiéndose a la puerta. Alaran se quedó, esperando a que se cerrara la puerta exterior antes de cruzarse de brazos y carraspear.

—¿Sí? —dijo Xena despacio.

—Es ambicioso, mi reina. —El cambio de Alaran al título formal indicaba su seriedad—. Lo bastante ambicioso como para intentar algo estúpido, como tomar él mismo medidas directas.

Los ojos azules como el hielo lo miraron atentamente.

—Tú eres mi jefe de seguridad, Alaran. ¿No es eso problema tuyo?

Él inclinó la cabeza en un gesto de reconocimiento.

—Así es, ama. Si hay un plan, lo descubriré. Es que... —Hizo una pausa—. Desearía que tuvieras más cuidado que de costumbre.

—Mm.

—Él ve una forma de lograr su objetivo a través de ti —continuó el jefe de seguridad—. Si lo bloqueas, buscará otra forma y, contrariamente a tu real persona, sus métodos no incluyen el honor como prioridad.

—Lo cual quiere decir que va a intentar meterme una víbora en la cama —comentó Xena con seco humor—. A lo mejor me conviene hacerme amiga de mi nueva doncella, ¿mm?

—Iba a proponer sustituirla por alguien de los míos —dijo Alaran—. Resulta inquietante que tengas a alguien tan cerca de ti y tan desconocido.

Xena cogió una uva y se la metió en la boca, masticándola pensativa. Hizo una pausa y luego, soplando bruscamente, escupió la pepita y alcanzó el candelabro, haciendo que resonara muy levemente.

—Déjala —dijo.

—Mi reina.

—He dicho que la dejes. —Xena lo miró directamente—. Así es problema mío.

De mala gana, él inclinó la cabeza.

—Como desees. —Saludó y se marchó, dejando ver su irritación sólo por el chasquido exagerado de los tacones de sus botas en el suelo.

El silencio cayó sobre la habitación. Xena lo absorbió, organizando sus ideas antes de marcharse para ocuparse de sus audiencias públicas. Volvió la cabeza al oír un leve roce y observó cuando la puerta interior se abrió, revelando la figura algo desaliñada de Gabrielle.

La chica se quedó paralizada al darse cuenta de que la habitación no estaba vacía y en sus labios empezaron a formarse disculpas.

Xena sonrió y la llamó doblando el dedo.

—Justo a quien quería ver.


Gabrielle tragó.

—Perdón. Creía que te habías ido. —Dejó la palangana en el suelo y se secó las manos en el delantal, acercándose despacio a la silla donde estaba sentada Xena.

Xena la observó mientras se acercaba. La chica tenía tiznajos en la nariz y en los dos brazos y un arañazo en una muñeca.

—¿Qué hacías ahí dentro?

Gabrielle parpadeó, un poco confusa.

—Limpiar —contestó suavemente.

La reina ladeó la cabeza morena.

—¿Limpiar el qué?

—Debajo de la cama.

Interesante. Xena entrelazó los dedos.

—Nadie mira debajo de la cama —comentó.

La mujer rubia se encogió levemente de hombros.

—Eso no quiere decir que no esté sucio.

Mm. Xena apoyó la barbilla en los pulgares.

—¿Estabas escuchando lo que decíamos aquí dentro?

Vacilando, Gabrielle hizo un gesto negativo con la cabeza.

—¿Por qué no? —La voz grave se hizo algo más profunda.

Gabrielle se sintió un poco tonta, pero contestó.

—Tenía la cabeza debajo de la cama —explicó—. No oía nada.

Xena se levantó y la rodeó.

—A los de seguridad los tienes preocupados, Gabrielle.

—¿Yo?

—Tú.

Gabrielle se miró las manos arañadas y la ropa sucia y luego volvió a mirar a Xena con ojos interrogantes.

—¿Por qué?

Xena se acercó a la ventana. La brisa le echó el pelo oscuro hacia atrás.

—Porque saben que mis enemigos están buscando un punto débil en mis defensas y creen que ese punto débil eres tú. —Miró a Gabrielle por encima del hombro—. Creen que se te puede usar contra mí. ¿Es así?

Gabrielle no tenía ni idea de qué contestar. Tomó aliento y antes de poder soltarlo, se vio atrapada y sujeta por una mano de hierro. Los ojos de Xena se clavaban en los suyos con fiera intensidad. Se quedó totalmente sin habla.

—¿Es así? —volvió a preguntar Xena.

—Yo... —Gabrielle no podía apartar la mirada de esos ojos—. Espero que no. No quiero hacer daño a nadie. —Le pareció una estupidez descomunal decir eso cuando se encontraba indefensa y a merced de esas poderosas manos.

—Te ofrezcan lo que te ofrezcan, Gabrielle... no merece la pena —le dijo Xena suavemente—. Sólo te estarán utilizando y lo único que conseguirás es un billete para la tumba.

No supo muy bien cuándo tomó la decisión o si era en realidad una decisión. Gabrielle se descubrió diciendo de repente:

—Han dicho que el otro tipo dejaría libres a los esclavos. ¿Es eso cierto?

Esto pilló por sorpresa a Xena y se le notó. Se le dilataron los ojos y arqueó el cuello como reacción.

—Así que ya han acudido a ti —dijo por lo bajo.

—N... no. —Gabrielle menó la cabeza—. Fue sólo... dijeron que estuviera preparada para ayudar si pasaba algo.

Xena la soltó bruscamente.

—¿Es cierto? —preguntó Gabrielle—. ¿Que nos dejaría libres a todos?

Xena se volvió y fue a la ventana. Este ángulo de ataque no se lo esperaba en absoluto. Había cientos de esclavos en la fortaleza, en su mayoría anónimos, callados...

De confianza.

—Lo... he pensado y... mm... la verdad es que no creo que lo hiciera —intervino la voz suave de Gabrielle.

—¿No?

—Pues no, porque al fin y al cabo, alguien tiene que hacer estos trabajos, ¿no?

Xena la miró por encima del hombro.

—Y no son trabajos agradables. Nadie se quiere pasar el día limpiando porquería —continuó Gabrielle—. O recibiendo golpes o durmiendo sobre palos. —Movió un poco los hombros—. Así que no creo que se fuera a librar de las únicas personas a las que puede obligar a hacerlo.

La mujer morena contempló a la figura menuda y rubia que estaba en el centro de la habitación. Luego se enderezó el vestido, cogió el puñal de la mesa y se encaminó hacia la puerta. Se detuvo con la mano en la madera y se volvió.

—Tienes razón.

Y luego se marchó, dejando a Gabrielle sola en la habitación exterior.


Estaba nerviosa.

Xena odiaba estar nerviosa. Hacía mucho tiempo que algo la pillaba por sorpresa de esta forma. Pasó por la entrada interior y salió al parapeto, donde no había nada ni nadie, salvo un cuervo posado en el muro picoteando un bicho.

Xena apoyó los brazos en el muro y se quedó mirando los patios. El viento frío soplaba a su espalda y le opuso resistencia, dejando que sus pensamientos se fueran tranquilizando tras el inesperado encuentro.

Si Bregos ya estaba seduciendo a los esclavos, su plan estaba más avanzado de lo que ella creía. Las palabras habían sido de tipo general... y eso casi resultaba sospechoso. ¿Le estaba diciendo la verdad Gabrielle? ¿O ya la habían comprado y la chica sólo estaba a la espera?

Xena frunció el ceño por la extraña sensación de desilusión. Repasó las palabras de Gabrielle mentalmente y las estudió, escuchando en su recuerdo el tono y la actitud de la chica. Esos ojos verdes se habían encontrado impávidos con los suyos y en ellos Xena había visto lo que pensaba que era sinceridad.

—Está bien —le dijo Xena al cuervo, que la miró con un ojo negro y reluciente—. Suponiendo que diga la verdad, alguien ha estado hablando con los esclavos. No es Bregos, ése se perdería tratando de encontrar las cocinas y acabaría en el establo. Así que, ¿quién es?

—Graac. —El cuervo saltó hacia ella con curiosidad.

Xena alargó la mano velozmente y atrapó al animal, sujetándolo mientras se debatía. Al cabo de un momento se calmó, jadeando con el pico abierto y mirándola fijamente.

—Eso es. —Le acarició la cabeza con el pulgar—. ¿Eres como esos esclavos de ahí dentro? ¿Me obedeces porque estás en mis manos?

Notó el corazón bajo los dedos, latiendo rápidamente. Tan rápidamente como el de Gabrielle, se dio cuenta. Y sin embargo, seguía con la sensación de que la chica le había contestado con sinceridad, un instinto que a Xena le había salvado la vida en más de una ocasión.

¿Qué debía hacer? Xena cerró un momento los ojos y cuando volvió a abrirlos despacio relucían fríamente a la débil luz del sol.

—Has tenido suerte. —Abrió las manos y soltó al cuervo. Éste se alejó a saltitos irregulares, luego abrió las alas y salió volando.

Xena lo siguió con la mirada. Luego se volvió y se encaminó con decisión hacia la puerta.


El caos de la cocina retumbó en los oídos de Gabrielle cuando llegó al pie de la escalera y entró en la sala común de los esclavos. Todavía tenía el corazón un poco acelerado y notaba algún que otro temblor que le recorría las manos. Se cruzó de brazos para disimular y miró a su alrededor.

Toris la vio y levantó una mano, haciéndole gestos para que se acercara.

Gabrielle se sentía rara. Vio a los otros dos con los que había pasado su primera noche en este lugar y sus rostros conocidos deberían haberla animado. En cambio, las palabras de Toris resonaban en sus oídos y se dio cuenta de que no los consideraba del todo amigos.

Del todo seguros.

Pero conocía a muy poca gente y por eso fue hasta ellos. Gabrielle advirtió las miradas de soslayo que le dirigían los demás, pero lo dejó de lado al saludar a Toris.

—Hola.

Alras le sonrió.

—Hola. ¿Qué tal arriba?

Gabrielle se sentó en el banco a su lado.

—No está mal. —Se encogió de hombros.

Celeste, la chica, se pasó una mano manchada de hollín por la frente.

—¿Que no está mal? Seguro que está mucho mejor que este sitio. Yo estoy agotada y sólo es la hora de comer.

—Sí —asintió Alras—. Y te dan ropa decente.

—También tiene que enfrentarse a Medusa —les recordó Toris—. ¿Queréis cambiárselo?

Los dos echaron una mirada a su alrededor y luego dijeron que no con la cabeza.

Toris se levantó.

—Vamos a coger algo de comer —dijo—. Luego podemos ir a nuestra zona y hablar.

Gabrielle sintió una punzada de aprensión, pero los siguió hasta las mesas de caballete y cogió su cuenco, lleno esta vez de un guiso espeso y sustancioso. Encima le colocaron un trozo de pan negro que olía a nueces y se alegró de recogerlo junto con la jarra y retirarse a la pequeña zona de atrás que les había encontrado Toris.

Se sentaron en los camastros de ramas entretejidas y se quedaron callados un rato, concentrados en comerse el guiso. Gabrielle descubrió que estaba hambrienta, puesto que apenas había desayunado antes de tener que empezar a trabajar. Devoró los gruesos pedazos de carne, agradecida de que en esto, al menos, a los esclavos no se les trataba mal.

—Bueno, ¿y cómo es? —preguntó Alras, al cabo de un rato—. Medusa, me refiero.

Gabrielle aprovechó un bocado de pan untado como excusa para pensarse la respuesta.

—Pues... mm... —Tragó y, como antes, tomó una decisión sin intención consciente de hacerlo—. No la veo mucho. Alguna vez de pasada. Estoy ahí cuando ella no está.

Toris la miraba, estudiando su cara con sus ojos oscuros. Gabrielle le devolvió la mirada sin achantarse.

—Supongo que no habla con gente como nosotros —comentó él—. Somos como los perros del patio.

—Mm. —Gabrielle siguió comiendo.

—Dicen que en realidad es una bacante y que merodea por la noche provocando pesadillas —susurró Celeste.

Gabrielle parpadeó, recordando de repente un trozo doblado de pergamino.

—Tal vez —dijo—. He estado demasiado cansada para soñar. No lo sé. —Se terminó el pan, mojándolo en el poco guiso que aún le quedaba.

Toris partió tranquilamente la mitad de su pan y lo lanzó al cuenco de Gabrielle. Le sonrió cuando ella lo miró sorprendida.

—Todavía me queda —le explicó—. Venga.

Gabrielle le devolvió la sonrisa.

—Gracias —dijo—. Bueno, ¿y vosotros qué habéis estado haciendo?

Alras soltó un resoplido.

—Limpiar las cuadras. —Agitó los dedos de los pies, manchados de un desagradable color marrón. Miró a Celeste—. ¿Y tú?

Se quedó callada un momento.

—Me han enviado al cuartel. —Tenía los ojos clavados en el cuenco—. Para los soldados.

Todos se quedaron en silencio. Gabrielle la miró con lúgubre comprensión, fijándose ahora en las marcas visibles que tenía en la muñeca y la garganta.

—Oh.

Celeste la miró.

—Debes tener cuidado, Gabrielle. Lo que he oído ahí abajo... tú estás en un lugar peor que yo. —Carraspeó un poco—. Al menos lo único que querían esos tipos era... mm...

—Ya. —Gabrielle se sentía muy inquieta—. Bueno, hasta ahora no he tenido problemas.

—Aún —susurró Toris—. Hay que parar esto de alguna manera. —Bajó aún más la voz—. Pararla a ella.

El ruido de conversaciones agitadas en la sala común les llamó la atención. Toris dejó su cuenco y se levantó para ver qué ocurría, asomó la cabeza por la esquina y desapareció luego entre la gente.

Gabrielle se terminó lo que le quedaba de pan, escuchando atentamente e intentando distinguir las palabras que se oían al otro lado de la pared.

Pero unas súbitas carcajadas aliviaron la tensión y Toris regresó, dejándose caer en el camastro con un bufido apagado.

—Una de ellas ha acabado en la cama del general —dijo.

—¿Y? —preguntó Alras suavemente.

—Que el arma no estaba afilada.

Gabrielle notó que se le ponían las orejas calientes al ruborizarse.

—Mm.

—Supongo que está practicando para Medusa —dijo Alras con una risita burlona—. Menuda conquista va a ser ésa.

Jamás en la vida. Las palabras surgieron en la mente de Gabrielle inopinadamente.

Ni siquiera en la próxima.


Xena entró con paso majestuoso en la gran sala pública del trono, sin hacer caso de los nobles que le hacían reverencias mientras ella avanzaba por el suelo de piedra hasta la tarima. Se volvió e hizo un remolino con el vestido largo que llevaba al sentarse, dejando que los pliegues se posaran elegantemente sobre sus rodillas al mirar a la gente.

Bregos entró y se inclinó ante ella y luego se colocó en el último escalón que llevaba a su trono, como si ocupara un lugar de honor.

Los dedos de Xena se agitaron.

Stanislaus se acercó a ella y se arrodilló, alargándole un pergamino.

—Noticias de la frontera oriental, ama.

Xena cogió el pergamino y lo abrió.

—Ah. —Enarcó las cejas y sonrió—. Parece que hoy tenemos buenas noticias que comunicar —le dijo al puñado de nobles reunidos para hacerle la corte—. Se han expandido a través de dos valles más hasta el mar.

—Ah. —Bregos aplaudió con aprobación—. Ésas son tierras ricas, mi reina.

—Sí que lo son —asintió Xena, dándose golpecitos en la barbilla con el pergamino, enrollado de nuevo—. Tierras muy ricas, efectivamente, y justo en la costa.

—Se podría hacer un buen puerto comercial, ama —asintió el general con aire sabio—. La desembocadura de ese río tiene una buena dársena justo al norte.

Xena sonrió.

—Como siempre, mi buen general, tus ideas son buenas. Tendré que pensar en cómo podemos sacar el mejor provecho de esto. —Dejó que su mirada se deslizara hasta él—. Llevo mucho tiempo pensando en establecer una fortaleza en la costa, tal vez haya llegado el momento.

Los ojos de Bregos se encontraron curiosos con los de ella.

—¿Una fortaleza, ama? No hemos recibido amenazas de esa zona.

—Todavía —dijo Xena suavemente—. Pero con haciendas tan cerca, es sólo cuestión de tiempo. Sí, creo que una fortaleza en la costa sería muy... buena... idea. —Se apoyó en el brazo del trono—. Hay que pensarlo.

—Como tú digas, ama. —Bregos se acarició la barbilla—. Podemos celebrar la buena noticia en el banquete de esta noche.

—Sí, podemos —concedió Xena—. Tenemos mucho que celebrar, de hecho. —Sonrió a los nobles reunidos, que se agitaron, asintiendo y devolviéndole la sonrisa—. ¿No es así?

—Muchas cosas, ama —asintió Bregos, con una amplia sonrisa—. Muchas cosas.

Xena se echó hacia atrás, con expresión pensativa. Al cabo de un momento, se rió por lo bajo.

—Pero primero, tenemos que ocuparnos de unos asuntos. ¿Alguacil?

Un hombre vestido con la librea real se acercó rápidamente y se inclinó.

—Majestad.

—Presenta tus casos.

Era una de sus ocupaciones preferidas. Xena observó cuando los guardias trajeron a cuatro hombres y una mujer, encadenados. Entrelazó los dedos y miró a los presos, todos los cuales parecían bastante maltrechos.

El alguacil desenrolló un pergamino y lo consultó y luego hizo un gesto para que hicieran avanzar al primer hombre.

—Éste es un desertor, ama. La guardia lo pilló huyendo por el bosque, con su equipo.

Xena examinó al hombre con rostro impasible. Supuso que era un granjero que se había dejado llevar por el entusiasmo del combate y se había alistado por capricho. Una vez dentro, se había dado cuenta de que se había equivocado.

Daba igual.

—Tal vez convendría dejarlo marchar, ama —intervino Bregos—. No necesitamos a esta clase de gente.

Xena volvió la cabeza y lo miró.

—Nadie deserta de mi ejército, Bregos —le dijo—. Aunque ése no sea su sitio para empezar —añadió—. Su sentencia es la muerte. Lleváoslo. —Sus ojos volvieron a posarse en el preso, que empezó a debatirse aterrorizado—. Amordazadlo —le dijo al alguacil—. Es de los que chillan. Eso no lo soporto.

—Sí, ama. —Los guardias se llevaron al hombre a rastras.

—¿El siguiente? —dijo Xena, con tono humorístico—. ¿Podemos ver algo más interesante que una deserción? ¿Algún ladrón? Nada como unas cuantas manos cortadas para empezar bien el día. —Sus ojos se posaron en los presos—. ¿Qué ha hecho ésa?

El alguacil consultó sus informes.

—Mató a un soldado, ama.

Xena hizo un gesto con un dedo al guardia, quien arrastró a la mujer hacia delante. La mujer la miraba por entre las greñas. Tenía la cara cubierta de arañazos y por todo su cuerpo se veían grandes moratones.

—Has matado a uno de mis hombres, ¿eh?

—El cabrón se lo merecía. Me violó —dijo la mujer con voz ronca—. ¡Era un animal!

Ah. Esto exigía pensar un poco. Xena se levantó y bajó los escalones, acercándose a la mujer. Se quedó un momento contemplando a la figura magullada.

—Eso dices tú.

—¡Es cierto!

—Pero él no puede contar su versión, ¿verdad? —dijo Xena—. Tal vez te violó o tal vez tú te lo llevaste a la cama y luego le cortaste el cuello.

—¿Por qué iba a hacer eso?

Xena la agarró de la barbilla y se la apretó.

—A lo mejor te gusta matar —sugirió—. A mí me gusta.

La mujer intentó soltarse la cabeza.

—¡No!

Con un rápido movimiento, Xena la obligó a arrodillarse y se quedó por encima de ella, sujetándole la garganta con los dedos. Apretó despacio, oyendo cómo la respiración de la mujer se iba haciendo cada vez más dificultosa. La mujer la miraba llena de angustia y terror y empezó a ahogarse.

Xena miró atentamente a los ojos de la mujer.

—¿Cómo te violó?

—Me... —jadeó la mujer—. Atrapó... cerca del pozo. Me... arrastró... ¡¡¡ahh!!!

—¿Qué pozo? —inquirió la tranquila voz.

La mujer tosió y su pecho se agitó, pero la presión de la garganta no se aflojó.

—Estab...

Xena la soltó, flexionó la mano y luego se limpió los dedos en el vestido.

—Soltadla. —Se volvió y regresó a su trono, sentándose y colocándose bien los pliegues de la falda—. Dadle veinte dinares y decidles a los hombres que más vale que no vuelva a enterarme de una cosa así.

—Pero... ¡Majestad! —objetó Bregos—. Sin duda la vida de un hombre leal...

Xena lo miró con frialdad.

—¿Pones en duda mi juicio, general? —Su tono era suave, pero glacial.

—Jamás, ama, pero...

—Bien. —Xena volvió la cabeza y dejó de prestarle atención. Vio a la presa que la miraba conmocionada por la sorpresa, con una mano en la garganta. Los guardias se la llevaron, tropezando, sin dejar de volverse para mirar hacia la tarima hasta que la puerta se cerró tras ella—. ¿El siguiente?


Gabrielle se pasó el antebrazo por la frente sudorosa y se apoyó un momento en la pala que estaba usando. Miró dentro de la chimenea y por fin vio aparecer a la luz de la tarde la pared de ese espacio largo tiempo sin limpiar.

Después de comer, había consultado obedientemente con Stanislaus y resultó que no tenía nada con que ocuparla, por lo que era libre de subir y hacer lo que quisiera.

Había elegido la chimenea del dormitorio privado. Pensó que éste sería el último sitio donde entraría Xena antes de que fuera de noche, lo cual le daba tiempo de sobra para eliminar años de hollín y astillas viejas y medio quemadas.

Se procuró un cubo y sacó el polvo acumulado y luego barrió lo que no se había podido llevar con el cubo. La gruesas piedras estaban ahora casi limpias, después de haberlas fregado, y se quedó sentada hecha un guiñapo cubierto de hollín examinando su trabajo con una sensación de contento agotado.

—¿Qué Hades estás haciendo?

Si Gabrielle hubiera podido subir de un salto por la chimenea, lo habría hecho. Pero pegó un respingo donde estaba al oír la voz y se volvió, encontrándose a Xena apoyada en la puerta que daba a la estancia exterior, mirándola.

—¡Oh! —dijo casi como un chillido—. Estaba... limpiando —dijo—. Limpiando la chimenea... No esperaba que fuera a venir nadie hasta más tarde.

Xena pasó dentro y se sentó.

—¿Quién te ha dicho que lo hagas?

Gabrielle se frotó los dedos nerviosa.

—Nadie —reconoció.

—¿Por qué haces cosas que nadie espera que hagas, Gabrielle? —preguntó la mujer morena—. Los esclavos no van por ahí buscándose más trabajo. —Hizo una pausa—. O problemas. Tú sí. ¿Por qué?

Muy buena pregunta, admitió Gabrielle en silencio. ¿Por qué lo hacía?

—La verdad es que no lo sé —contestó con sinceridad—. A lo mejor es que aquí me siento tan perdida que estoy intentando encontrarle algún sentido a todo esto... a mi vida.

Xena apoyó la barbilla en el puño.

—Y yo que pensaba que simplemente me estabas haciendo la pelota para obtener privilegios y tal vez vender mis secretos al mejor postor.

Gabrielle se la quedó mirando un momento.

—Oh.

—Cualquier otro lo haría —comentó Xena—. ¿Por qué ibas a ser tú diferente?

—A lo mejor no lo soy. —Gabrielle se miró las manos ennegrecidas—. Y es sólo que todavía no lo sé. —Levantó la cabeza—. Supongo que no me gusta ser esclava. Tal vez he pensado que si te demostraba que podía ser útil, me buscarías algo mejor que hacer.

—Ah... Un poco de interés propio no altruista. Ya estamos llegando a alguna parte —rió Xena—. Eres demasiado sincera. Eso te va a matar.

Gabrielle la miró con aire desdichado. Se sentía atrapada dentro de una caja cada vez más honda de oscuridad, donde fuera cual fuese su respuesta, estaba mal. Con la sinceridad no ganaba nada salvo burlas, pero no tenía la menor gana de mentir a Xena. De modo que se quedó en silencio y esperó.

Xena arrugó la frente al observar a su pequeño enigma rubio. El lenguaje corporal de la chica había cambiado por completo, pasando de cauteloso aunque abierto a hosco y desalentado. No pensaría que Xena se iba a creer sin más lo que decía, ¿no?

Xena se esperaba mentiras. En su vida todo el mundo quería algo de ella o tenía algo contra ella. La verdad era algo que había aprendido laboriosa y a veces dolorosamente a extraer poco a poco y a la fuerza. La confianza era algo que ni siquiera existía en su vocabulario.

Contempló a la figura cubierta de hollín sentada en las losas. No había razón para confiar en ella.

De modo que ¿por qué, se preguntó Xena, quería hacerlo? ¿Era por su cara redonda e inocente? ¿Por esos bonitos ojos verdes con su peligrosa franqueza? ¿Porque le había contado a Xena el plan de Bregos? Eso bien podía haber sido una estratagema para ganarse la confianza de Xena.

—Gabrielle.

La mujer rubia alzó la cabeza y la miró.

Entonces Xena supo por qué. Porque en esos ojos no había ni miedo ni odio, y en toda justicia debería haber habido ambas cosas. Al parecer, Gabrielle quería confiar en ella, y eso era triste y muy, muy peligroso.

Ah, en fin.

—Tal vez haya algo mejor para ti —dijo Xena despacio—. En algún momento.

Gabrielle parpadeó y tomó aliento.

—No cuentes con ello. No es una promesa —dijo Xena—. Pero tienes más redaños que la mitad de mi ejército y más cerebro que la otra mitad. Vaya si no voy a poder buscarte algo más útil que hacer que limpiar chimeneas.

Con mucha cautela, Gabrielle sonrió.

Era una sonrisa interesante, según descubrió Xena, porque no era falsa. Los ojos de la chica se llenaron de una visible calidez.

—Claro, que puedes acabar lamentando haberlo pedido. Ponerse de mi parte puede ser peligroso.

Gabrielle miró a su alrededor, luego se miró a sí misma y por fin levantó los ojos de nuevo para mirar a Xena.

—Yo... mm... yo creo que es mucho más peligroso ponerse en tu contra.

—Mm. —Xena estrechó los ojos—. Lástima que no haya más gente que esté de acuerdo contigo. —Se levantó y se estiró—. Ten cuidado, Gabrielle. Estás atrapada entre mí y los que están contra mí. Más vale que agaches la cabeza. —Se dirigió a la puerta y salió de la habitación.

—Gracias —murmuró Gabrielle al vacío—. Intentaré tener cuidado.


PARTE 3


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