Nota de Atalía: En este capítulo, Gabrielle le pregunta a Xena cómo van a sujetar unos troncos. Xena le contesta que con corteza, ante lo cual Gabrielle se pone a ladrar y a Xena le da la risa. La explicación es la siguiente: en inglés la palabra "corteza" y la palabra "ladrar" son iguales, "bark". Cuando Xena dice "corteza", Gabrielle entiende "ladra" y de ahí la confusión. Como no es posible traducir este juego de palabras por algo equivalente sin cambiar por completo el contexto, lo explico de antemano.


19


La siesta le había hecho un mundo de bien. Xena se quedó echada con los ojos cerrados y dio vueltas a este viejo dicho con la mente medio despierta, medio dormida. ¿Un mundo de bien? ¿Eso sería como un país entero lleno de Gabrielles? ¿Qué sería un mundo de mal? Un país lleno de ella, evidentemente.

A Xena le gustó el concepto. Era simétrico. Su nariz le informó de que fuera seguía lloviendo, y a su alrededor oía sobre todo silencio, salvo por algún que otro ronquido, por lo que llegó a la conclusión de que probablemente era plena noche.

Abrió un ojo y confirmó su conclusión. Sólo se veía el resplandor del fuego, y eso la dejaba en paz para pensar en su situación.

Había cometido algunos errores, eso lo sabía. Xena sepasó sus acciones con su típica y brutal franqueza. No se había tomado en serio este viaje y eso les había costado la vida a varias personas. De hecho, casi le había costado la vida a ella misma. Si hubiera sido una de esas personas, al ver cómo había estado dirigiendo la misión, seguro que a estas alturas ya se habría asesinado a sí misma.

¿Acaso había olvidado todo lo que había aprendido en su vida? Contempló los rincones oscuros del techo por encima de su cabeza. ¿Tan arrogante se había vuelto? En su rostro asomó una sonrisita irónica de autorreconocimiento. Vale, ¿tanto más arrogante? ¿O simplemente era que estaba tan distraída por la nueva faceta de su vida que no prestaba el grado de atención que debía a lo que estaba haciendo? Era un hecho que una vez supo que había actividad de salteadores en la región, debería haber vuelto a la fortaleza a buscar más tropas o debería haber pasado el tiempo enviando espías por el territorio para averiguar qué estaba ocurriendo.

No se debería haber adentrado en las montañas, a pesar de su deseo de llegar a las haciendas de sus rebeldes antes de que ellos estuvieran preparados para recibirla.

Xena asintió levemente. Bien, reconocía su fallo. Ahora su trabajo consistía en conseguir que todos regresaran a casa y reconsiderar la seguridad de su reino. Habría que enviar tropas y aplicar medidas correctoras. Se derramaría sangre, pero recuperaría el control de todos los pedacitos de su mundo que se le habían ido escapando en los últimos años. Nada se iba a interponer en su camino para lograrlo.

Gabrielle se movió un poco en sueños y su mano bajó un poco, hasta posarse en la cadera de Xena.

Ni siquiera Gabrielle se interpondría, ahora que estaba segura de lo que sentía de verdad la chica por ella.

Xena contempló el perfil redondeado, su piel suave besada por la leve luz rojiza. Recordaba, difusamente, el viaje a través de la montaña y lo que se habían dicho. Descubrió que le apetecía mucho gobernar con Gabrielle a su lado, el único punto de confianza total del que podía fiarse por encima de cualquier otro.

Al diablo con los nobles, pensó. Convertiría a Gabrielle en su consorte y luego todos podrían venir a besarle los pies.

A fin de cuentas, la reina era ella, ¿no? Xena rodeó con los dedos la cintura de Gabrielle, notando el leve movimiento de la respiración de la chica. Era una sensación extraña, estar así de pegada a alguien y que no le importase. Era casi como si hubiera estado toda su vida esperando esto, echándolo de menos, sin ni siquiera saber qué era.

Asombroso.

Se acordó, allá en los viejos tiempos, de un capitán suyo que, por azar, se había enamorado cuando marchaban hacia la conquista de la tierra que ahora era suya. Melen acudió a ella una noche, ya tarde, cuando estaba cansada tras un largo día de marcha, y le dijo que se iba.

Como era uno de sus mejores guerreros y un hombre de lo más útil, le dio la oportunidad de explicar por qué, en lugar de matarlo sin más. ¿Era por dinero? ¿La chica le había ofrecido tierras, posición, qué?

No, le dijo él. No era por nada de eso. Simplemente se había enamorado de ella y no quería dejarla para seguir con el ejército. No era rica, su familia tenía una pequeña granja y él trabajaría la tierra para el padre de ella como pago por el matrimonio. Con el tiempo, tal vez se convertiría en el hijo de aquel hombre, puesto que no tenía otros, y algún día hasta podría conseguir su propia parcela de tierra.

La idea le resultó tan incomprensible que Xena casi se ahogó con el hueso de una fruta y a punto estuvo de poner fin a su sangrienta carrera de un modo absolutamente indigno.

Pero se recuperó tras muchas toses y se acomodó para decidir qué hacer con el tipo. Los hombres no desertaban de su lado y Melen lo sabía. Su esperanza de vida habría sido mayor si se hubiera limitado a escabullirse por la noche y desaparecer. Desde luego, ella nunca lo habría buscado debajo... o detrás... de unas ovejas en el interior de la región.

Por un lado, admiraba su valor al acudir a ella. Por el otro, dejarlo ir habría sentado un precedente peligroso para su causa.

Lo mató.

Ahora, tumbada en la oscuridad, por fin lo comprendía, y lamentaba lo que había hecho, pues por fin tenía un punto de referencia en el que apoyarse para entender por qué él había hecho lo que había hecho. Se preguntó, también, qué habría sido de la chica, en aquella pequeña aldea del camino hacia la capital.

Se habían detenido allí, al salir esta vez, y no se había acordado de nada de esto hasta ahora. Ah, en fin. Xena cerró los ojos y se relajó, dejando los planes para la mañana. Todavía le dolía la cabeza y era más fácil quedarse aquí tumbada bajo las mantas, regodeándose en el reconfortante calor de su compañera de cama.

Sonrió. Un momento después, se sorprendió al notar que los labios de Gabrielle le mordisqueaban el hombro delicadamente y se movió un poco, ladeando la cabeza para ver el levísimo cortorno de las pestañas de la chica que se abrían aleteando.

—Estás despierta.

Gabrielle asintió, estrechándola un poco más y soltando un suspiro.

—¿Por qué?

Encogimiento de hombros.

—Porque sí —susurró Gabrielle—. Estaba pensando en todo lo que ha pasado en los últimos días.

—¿No sería más provechoso que durmieras? —preguntó Xena, pragmáticamente.

—Probablemente —reconoció la chica—. Pero han sido tantas cosas increíbles... pavorosas... que no paro de verlo todo en mi cabeza.

—Mmff. —Xena se dio cuenta de que ella no tenía ese problema. Los recuerdos del horror por el que había pasado se estaban disolviendo al fondo, pues estaban en el pasado y no eran en absoluto tan importantes para ella como el aquí y ahora o lo que pasaría mañana—. No se puede cambiar lo que ha ocurrido —dijo—. Sólo lo que va a ocurrir.

—Lo sé —dijo Gabrielle—. Pero quiero asegurarme de que lo recuerdo todo bien.

Xena acarició con la nariz el pelo de su compañera de cama.

—¿Para poder contárselo a todo el mundo?

La chica asintió.

—¿Me vas a hacer quedar bien?

Gabrielle se echó a reír muy bajito.

—Xena, tú sola te has hecho quedar bien.

La reina se rió por lo bajo.

—Ibas a morir, para que pudiéramos escapar —murmuró la chica—. Todo el mundo lo sabe.

Aunque sólo fuese eso, Xena era sincera consigo misma. No creía que tuviera ningún sentido serlo menos con Gabrielle.

—Esos cabrones no os buscaban a vosotros. Me buscaban a mí y caí directamente en sus manos. Me habría dado demasiada vergüenza hacer otra cosa.

Gabrielle alzó la cabeza y se movió, para poder levantar la vista y ver la cara de Xena.

—¿En serio?

—Sí. —La reina la miró a los ojos con franqueza—. Puede que sea una zorra despiadada, pero limpio mis propios estropicios.

—Eso no cambia lo que has hecho.

—No —dijo Xena—. Pero eso tampoco me convierte en una impecable virgen heroica... de modo que no lo pintes así.

Gabrielle se lo pensó un momento.

—Bueno —murmuró por fin—. Creo que ni siquiera el gran bardo de Atenas podría pintarte como una virgen, Xena.

Eso le hizo gracia a la reina, que se echó a reír en silencio.

—Pero... lo que hiciste fue valiente y heroico, con independencia de los motivos, así que... —concluyó Gabrielle—. Eso es lo que le voy a contar a todo el mundo en mi historia. —Volvió a bajar la cabeza y soltó aliento, calentando la piel de Xena por debajo de la camisa que llevaba—. Tienes alma de heroína, ¿sabes?

Xena abrió los ojos de par en par, invisibles en la oscuridad.

—Oye, no nos pasemos.

Gabrielle la estrujó.

La reina se puso de lado, rodando en el pequeño espacio y manteniendo el cuerpo de Gabrielle pegado al suyo. Acabaron cara a cara, con las piernas entrelazadas en una postura íntima y cómoda. Xena le tocó la nariz a Gabrielle con la punta de un dedo y luego, en lugar de hablar, se echó hacia delante y la besó en los labios.

No hubo vacilación en la respuesta de Gabrielle. Pegó su cuerpo al de Xena y le devolvió el beso, deslizando una mano y trazando un ligero dibujo por la espalda de la reina.

Ahí había un ansia que a Xena le provocó un cosquilleo por toda la piel. Metió los dedos por debajo de la camisa de Gabrielle y exploró su cuerpo, cogiendo el pecho de la chica con la mano y frotando un pezón erecto con el pulgar. Eso hizo que Gabrielle emitiera un suave gemido desde el fondo de la garganta, y se planteó si debía continuar hasta una conclusión muy lógica y satisfactoria.

La mera idea le quitó todo el dolor, sustituyéndolo por una pasión que casi escapaba a su control.

Casi. Xena terminó el beso, se echó un poco hacia atrás y vio cómo los ojos de Gabrielle se abrían despacio, oscurecidos como reflejo de esa misma pasión.

—Aunque me encantaría hacerte chillar como a una oveja perseguida por Hércules, chuletita... mañana tienes que enfrentarte a toda esa gente a la hora de desayunar.

Inesperadamente, Gabrielle sonrió, luego apoyó la cabeza en la clavícula de Xena y sus costillas se contrajeron al soltar un pequeño suspiro.

—Qué caca.

—¿Dónde? —Xena miró a su alrededor con desconfianza.

—No... quiero decir...

Xena le frotó la nuca y sonrió.

—Sí, ya sé lo que quieres decir. —Miró el fuego medio apagado por encima de la cabeza de Gabrielle: las brasas relucientes las teñían apenas de rojo.

Al cabo de un momento de silencio, Gabrielle se movió un poco.

—¿Xena?

—¿Mm?

—¿Sigo siendo libre?

Xena parpadeó y se le cortó la respiración ante la inesperada pregunta. Luego se relajó y siguió moviendo la mano despacio por debajo de la camisa de Gabrielle.

—Te dije que lo eras, ¿no?

Gabrielle carraspeó.

—Sí, ya lo sé, pero quemé tu nota.

La reina recordó ese momento. Ese momento clarísimo en el que, a través del dolor y el miedo y la desesperación de su corazón, la verdad de la devoción de Gabrielle le quedó manifiesta.

—Sí. Tanto esfuerzo para escribir con mi mala letra, hecho humo. Qué mala eres. —Xena oyó el tono ronco de su voz y sintió que se le encogía la garganta. Hizo una pausa y luego siguió—. Me lo tengo merecido por intentar tener un gran detalle.

—Eso pensé que estaba haciendo yo —confesó Gabrielle—. Quería que supieras que prefiero morir contigo antes que vivir sin ti.

Xena cerró los ojos.

—Así que... me parece... bien, o sea, me parece bien si te vuelves atrás... —La chica hablaba a trompicones, en voz baja—. No me importa ser esclava, mientras sea tuya.

Oh, chiquilla. Xena se movió para que pudieran mirarse de nuevo a los ojos. Se quedaron contemplándose el alma largos segundos y entonces las palabras ásperas que la reina ya tenía en la punta de la lengua se disolvieron, dejándola momentáneamente sin habla.

—En serio —susurró Gabrielle.

Los ojos de Xena se enternecieron.

—Sigues siendo libre —dijo por fin.

La chica se pegó más a ella y la abrazó con fuerza.

—Por supuesto... —comentó la reina, con tono irónico—, ya no sé qué soy yo. —Paladeó la extraña verdad de lo que acababa de decir y volvió a pensar en la predicción que le había hecho el oráculo. Abre tu corazón y te verás destruida. ¿Era eso más cierto de lo que estaba dispuesta a admitir? Xena contempló el techo sordo y posiblemente lleno de arañas.

Ah, en fin.

Gabrielle la soltó y luego depositó unos besos suaves en cualquier trozo desnudo de la piel de Xena que conseguió encontrar. Al cabo de un minuto de dicha actividad, volvió a apoyar la cabeza en la almohada.

—Oh... ¿cómo estás?

—Cachonda. ¿Y tú? —contestó la reina.

Tras una pausa cohibida, Gabrielle levantó la vista.

—Sí —confesó—. Pero me refería a tu cabeza.

—Ah. —Deseó que los demás ocupantes de la choza desaparecieran. Aunque estaban hablando en susurros, era muy consciente de todos los cuerpos que las rodeaban—. Mejor —dijo—. Pero creo que mejorará aún más con un poco más de esto. —Ladeó la cabeza y besuqueó los labios de Gabrielle—. Así se me sube la sangre a la cabeza... se cura más deprisa.

—¿En serio? —Gabrielle parecía dispuesta a tragarse el cuento.

—Totalmente.

—Mm.

Después de eso no se oyeron más sonidos verbales inteligibles.


Por la mañana, por fin... por fin había dejado de llover. Gabrielle salió de la choza a los primeros rayos de sol, formando con el aliento una clara niebla en el aire gélido. La tormenta había aplastado la vegetación que los rodeaba y había dado un aspecto aún más decrépito a los pobretones refugios de pastor.

Pero aparte de todo eso, el sol asomaba ahora por encima de las copas de los árboles e inundaba la zona, trayendo consigo un agradable calor y empezando a secar los senderos que llevaban al pequeño claro.

Gabrielle se quedó ahí plantada un momento, absorbiendo la paz salvaje que la rodeaba. Los únicos ruidos que oía, aparte de los soldados y siervos en la gran choza que tenía detrás, eran los suaves trinos de los pájaros y el suspiro del viento entre las ramas.

El crujido de unos pasos detrás de ella hizo que se volviera, y sonrió al reconocer a Brendan.

—Buenos días.

El viejo soldado se detuvo a su lado y se frotó las manos con energía.

—Buenos días, Gabrielle —dijo—. ¿Cómo va Su Majes?

La chica asintió.

—Creo que está bien, ¿sabes? Creo que todavía le duele, y eso no es bueno, pero sigue con nosotros.

Brendan asintió ahora a su vez.

—Escucha, Gabrielle... allá en el paso... —Se quedó mirando hacia el bosque—. Estaba seguro de que los estaba distrayendo. No se me ocurrió pensar que fuese a...

—¿A morir por vosotros? —Gabrielle observó su cara con curiosidad. Estaba llena de profundas arrugas, pliegues y dolor antiguo.

El viejo soldado encogió un hombro.

—Es la reina.

—Eso es cierto —asintió la chica—. Eso pensaba yo también. Que ella debía escapar y todos vosotros cubrirla, no al revés.

Brendan sonrió con ironía.

—No es su estilo —reconoció—. Por alguna razón, se me había olvidado.

Gabrielle le puso una mano en el brazo.

—Por malvada que parezca en ocasiones, creo que os quiere mucho —dijo—. Sois muy importantes para ella.

En la cara del hombre se formó una sonrisa descarada.

—Ni mucho menos tanto como tú, pequeña.

Gabrielle bajó la vista con timidez.

—Llevo muchos años sirviendo a Su Majes. —El tono de Brendan se hizo más serio—. Me llena de alegría verla por fin con un poco de felicidad. —Carraspeó—. Me alegro de que encontráramos un modo de salir de esa maldita montaña... se merece más que un poco.

—¿De verdad piensas eso? —interrumpió una voz desconocida. Gabrielle y Brendan se volvieron y descubrieron a una de las siervas de más edad detrás de ellos—. ¿Después de todo lo que ha hecho?

Brendan observó a la mujer.

—Sí —contestó, simplemente—. Es dura, pero en el fondo es justa.

Gabrielle pensó que era un resumen muy atinado.

—Pero le gusta la sangre. —La mujer meneó la cabeza.

Y eso también era atinado.

—Creo que así es como son los gobernantes —dijo Gabrielle, suavemente—. Toda esta gente, todos esos hombres tan bien vestidos... son iguales. Sólo que ella lo hace mejor.

La mujer reflexionó sobre lo que acababa de decir. Luego gruñó, encogió un hombro y volvió a entrar en la choza. Pegó un respingo al llegar a la puerta, luego se echó a un lado y se tocó la frente.

Gabrielle no se sorprendió al ver salir a Xena, envuelta en las pieles de dormir como si fuesen un manto real. El pelo oscuro de la reina estaba echado hacia atrás y recogido en un moño informal y su palidez era penosamente evidente a la brillante luz del día.

Pero los ojos azules se animaron al verla y Xena salió con un paso tolerablemente firme para reunirse con ellos fuera de la choza.

—Ah. Aquí está mi ratón almizclero —dijo roncamente.

Brendan echó una mirada a la sonrojada Gabrielle y se rió entre dientes.

—Buenos días, ama —saludó a la reina—. Ha cambiado el tiempo.

—Ya era puñetera hora. —Xena miró a su alrededor—. A lo mejor hasta dura uno o dos días. —Contempló el bosque salvaje—. Vamos a tener que seguir el río hasta la fortaleza. Volver por el paso sería mala idea.

—Sí —asintió el soldado—. ¿Te encuentras mejor, ama?

Una ceja oscura se alzó en su dirección.

—Estoy viva. —Apoyó el brazo libre en el hombro de Gabrielle—. Mi intención es seguir así. —Contempló el horizonte con ojos oscurecidos—. Preparaos para marchar.

Brendan asintió y se volvió, regresando a la choza sin decir nada.

Gabrielle esperó a que entrara en el edificio antes de mirar a la reina.

—¿No te vendría mejor descansar un poco más?

Xena ladeó la cabeza y bajó la mirada.

—Sí —asintió con franqueza—. Pero si tengo que pasar un minuto más en esa choza de cabras infestada de pulgas, voy a perder los estribos y me voy a poner a cortar las cabezas de los cuerpos más cercanos. ¿Quieres verlo?

Hubo una larga pausa.

—Mm... no... la verdad es que no —dijo Gabrielle por fin.

—Ya me parecía a mí. —La reina suspiró—. Me preocupa que alguien pueda atraparnos aquí. No sería bueno —dijo—. Será mejor que nos vayamos y bajemos la montaña. —Cerró los ojos un instante y alzó una mano para frotarse la sien—. Aaj.

Gabrielle la rodeó con un brazo.

—¿Sabes lo que echo de menos?

—Me tienes a mí —respondió Xena—. ¿Qué más puedes querer?

—Echo de menos a Parches —confesó la chica—. Si tuviéramos caballos, podríamos hacer un carrito para que fueses montada en él —dijo—. A lo mejor podemos hacerlo de todas formas y los hombres pueden tirar de él... mmfff. —Gabrielle levantó la vista sobresaltada cuando los dedos de Xena le atraparon los labios y se los cerraron.

—Escúchame bien, ratoncito almizclero —le susurró Xena al oído—. ¿De verdad piensas que yo estaría dispuesta a permitirlo? —Esperó y luego apartó la mano.

Los neblinosos ojos verdes la miraron solemnemente.

—Sí —dijo Gabrielle—. Si yo te lo pidiera de muy buenas maneras, creo que lo harías.

—¿Eso crees?

—Sí —asintió Gabrielle—. Porque así podrías echarme a mí la culpa. —Sonrió—. Decir que estabas dándole un capricho a tu... mm...

—Sexi, deliciosa e inesperadamente inteligente compañerita de cama —terminó Xena, con un leve brillo risueño en los ojos—. Caramba, Gabrielle. Estás empezando a ser muy ladina.

—Compañera de cama —La chica se sonrojó un poco—. ¿Eso es más que esclava de amor?

Xena le revolvió el pelo con brusco cariño.

—Ya no eres esclava, ¿recuerdas?

—Entonces... ¿ahora sólo es verdad a medias? —respondió Gabrielle.

La reina la llevó hacia la choza, se detuvo antes de llegar a la entrada y se volvió para mirarla, con una expresión inesperadamente seria.

—¿Sabes qué?

—¿Qué?

—Que yo también echo de menos a mi caballo —dijo Xena—. Era un buen amigo.

Gabrielle la miró.

—¿Cómo se llamaba?

La reina miró a su alrededor con cautela y luego bajó la voz.

—Tigre.

—Qué nombre tan bonito. —Gabrielle apoyó la cabeza en el hombro de Xena y entraron juntas en la choza—. Seguro que consigue volver a ti. ¿A que sería una historia estupenda?

—Gabrielle, no es un perro parlante —dijo la reina—. Probablemente ya es pasto de los peces.

—Apuesto a que vuelve.

—¿Sí? ¿Cuánto?

—Mm...

—Ja... te he pillado. —Xena se rió por lo bajo—. Si lo creyeras de verdad, apostarías incluso sin tener dinero.

—Cien dinares.

—No tienes cien dinares, ratoncito almizclero.

—Los tendré.

—¡Ajá! —rió la reina—. Ya lo veremos.


Ya era media mañana cuando se pusieron en marcha. Los soldados cargaban con la mayor parte de los pertrechos, sujetos sobre los hombros en paquetes improvisados que incluían las escasas cosas que habían conseguido salvar y objetos que habían cogido de las chozas.

A Gabrielle esto último no le había parecido muy bien, pero Xena se limitó a echarle una mirada y menear la cabeza cuando estaban saliendo.

—¿No crees que...?

—No —dijo la reina con firmeza—. La puerta estaba abierta. Todo lo que se hayan dejado atrás, no pensaban volver a verlo.

Bueno, vale. Eso tiene sentido, tuvo que reconocer Gabrielle por dentro, mientras seguía a Xena hasta el exterior. Al final, la reina se negó a dejarse engatusar para que la llevaran en brazos. Por el contrario, se apoderó del bastón de Gabrielle y lo usó para sostenerse, manteniendo un paso lento pero decidido en medio del sendero.

Dos hombres que iban delante llevaban una camilla plegada, con dos varas y unas pieles envueltas alrededor, por si acaso. Gabrielle tenía la esperanza de que no tuvieran que usarla, pero sabía que en realidad Xena no se encontraba muy bien, de modo que convenía ser prudentes.

Caminaba al lado de la reina, contenta de que el suelo más seco le ofreciera un camino cada vez más sólido sobre el que andar sin que se le hundieran las botas.

Ni a Xena.

Pero estaba deseando que terminara el viaje. Gabrielle decidió que, a partir de ahora, correría aventuras en pequeñas dosis, sin desear que de ellas salieran grandes historias. Esta historia sería importante, pero no tenía la menor gana de repetirla si podía evitarlo.

El camino avanzaba en pendiente continua, y al cabo de un rato empezó a seguir la orilla de un río de veloz corriente. El ruido del agua resultaba reconfortante y agradable, y el paso lento de la caminata permitía que los hombres y mujeres se relajaran un poco y empezaran a hablar entre sí.

Gabrielle alargó la mano cuando pasaron junto a un matorral bajo y arrancó una bonita flor morada. Reconoció en ella el mismo tipo de flores que tenían en el jardín de la fortaleza y, tras hacerla girar entre los dedos y oler su delicado aroma, se volvió y se la ofreció a Xena.

La reina le echó una mirada.

—¿Qué se supone que tengo que hacer con eso?

—Bueno. —Su compañera echó la cabeza a un lado—. La última te la comiste. ¿Tienes hambre?

Xena cogió la flor con la mano libre y la miró, luego se la puso detrás de la oreja y miró a Gabrielle con las cejas enarcadas.

—¿Qué tal?

Gabrielle sonrió.

—Muy bonito. —Se acercó un poco más—. ¿Cuánto nos queda de camino?

La reina rodeó con cuidado un surco del sendero.

—¿A este paso? Serás abuela antes de que lleguemos. —Suspiró, apoyándose en la vara—. Por partida doble. —Un brazo la rodeó para darle apoyo y ella no lo rechazó, pues el dolor y el vértigo hacían que incluso este simple paseo le resultara difícil.

—¿Eso quiere decir que al final vamos a tener hijos? —preguntó Gabrielle, con aire inocente—. Caray.

Xena resopló suavemente, meneando la cabeza con cierta diversión.

—Eso sí que será un gran historia.

—¿Te estás haciendo la graciosa? —preguntó la reina, y vio cómo asentía su compañera—. Suelta una historia divertida. Necesito algo que me distraiga de... —Los ojos de Xena se posaron un instante en los hombres y mujeres que las rodeaban—. Las cosas —terminó.

—Vale —dijo Gabrielle—. ¿Los camellos te parecen graciosos? Me sé una historia que le oí una vez a un comerciante en Potedaia.

—Camellos. —Xena soltó aliento—. Seguro que son más graciosos que las ovejas. Venga.

Gabrielle comenzó su historia, y su voz joven y clara se alzó por encima del suave gorgoteo del río, entreteniendo a una escasa fila de gente que se movía despacio y cuyos oídos se aguzaron para oírla.


—Ay.

Aferrando la vara con las manos, Xena se detuvo y se volvió al oír el ruido, y descubrió detrás de ella a Gabrielle cojeando, o más bien saltando a la pata coja, agarrándose una bota.

—¿Qué? —soltó bruscamente, pues no quería dejar de concentrarse en su propia lucha por mantenerse erguida.

—Creo... una piedra... ay...

Con un suspiro, Xena soltó una mano de la vara y se puso dos dedos entre los dientes, hizo acopio de un poco de energía, tomó aliento y emitió un estridente silbido. La fila se detuvo y todo el mundo volvió la cabeza para mirarla con aire interrogante.

—Descanso —dijo, escuetamente.

Con un murmullo de alivio, la fila se rompió y la gente se dispersó a la búsqueda de sitios donde descansar fuera del sendero. El suelo ya estaba seco, y muchos sacaron un poco de tasajo para comer y agua mientras descansaban.

Xena encontró su propio tronco caído bajo las largas ramas y se sentó en él con cuidado, dejando caer la vara al suelo a su lado al tiempo que apoyaba los codos en las rodillas. Su dolor de cabeza iba en aumento de nuevo y se sentía mareada y con náuseas. La inteligencia la instaba a parar y descansar, pero el orgullo tenía inmovilizada a la inteligencia y por lo tanto seguía avanzando más que nada por terquedad pura.

Gabrielle se sentó a su lado y empezó a desatarse la bota, dedicando un momento a desenredar los cordones de cuero antes de quitarse el calzado y sacudirlo con gran vigor.

Xena se limitaba a mirarla.

Al cabo de un minuto de esfuerzo, Gabrielle se puso la bota en la rodilla y se sacudió el pie. Luego se calzó de nuevo la bota y volvió a atarse los cordones.

—Bueno, ¿dónde está la piedra? —dijo Xena con tono de guasa.

—Ya ha salido.

—No, no es cierto.

Gabrielle señaló.

—Claro que sí... ¡ahí está!

—Ésa ya estaba ahí.

—No, no es cierto. Al menos, creo que no, ¿o sí?

—¿Sabes lo que creo? —La reina apoyó la barbilla en el puño—. Creo que te has inventado lo de la piedra para obligarme a dejar de caminar.

Gabrielle terminó de atarse los cordones y bajó el pie, apoyó los codos en las rodillas, imitando la postura de la reina, y la miró.

—Bueno. —Se mordisqueó el labio—. Ha... mm... funcionado.

—Mm. —La reina cerró los ojos un instante.

Gabrielle vaciló, al ver la cara ojerosa de la mujer más alta.

—¿Nos podemos quedar aquí un rato?

Aparecieron unos ojos azules.

—¿Por qué?

—Pues... mm... —Tomó aliento—. Es que estoy muy cansada. Me gustaría descansar un rato.

Xena se la quedó mirando.

—Eres una mozuela descarada, ¿eh? —Logró sonreír levemente—. Tenemos que seguir, Gabrielle. Yo tengo que seguir. No podemos arriesgarnos a que nos pillen en campo abierto y todavía nos queda mucho trecho hasta que podamos ponernos a refugio.

—Pues deja que te lleven —dijo la chica, en voz baja—. No les importa.

—A mí sí. —La reina se enderezó—. No pienso hacerlo.

—Dejaste que te llevaran en la montaña.

Xena se quedó mirando al vacío, con la cara ceñuda.

—Eso era distinto. —Se volvió de nuevo para mirar directamente a Gabrielle—. Me estaba muriendo. —Se le puso la voz ronca—. Después de eso no habría importado.

A la chica se le cortó la respiración.

—Pero...

—No —repitió Xena, con firmeza.

Gabrielle le cogió la mano y se la aferró, frotando la carne helada con los dedos.

—Vale.

—Esto no era un debate —replicó la reina, malhumorada—. Y se acabaron las piedras falsas. —Vio que la chica se agachaba, cogía la piedrecilla y se la acercaba para que la viera bien. Era dura y de aspecto quebradizo y estaba atravesada por una fina vena roja.

De la cueva. Xena miró a la chica sin dar crédito.

—Estaba en la bota de verdad —reconoció Gabrielle, con tono apacible—. Y me estaba haciendo daño de verdad. Gracias por dejarme parar para quitármela. —Se metió con cuidado la piedra en la faltriquera, que más bien era una tira de cuero plegada que había sacado de uno de los baúles del castillo.

—Mmff —gruñó la reina.

Brendan se acercó y se arrodilló, sacudiéndose las manos.

—Ama, se avecina terreno difícil —le dijo sin andarse con rodeos—. Llevamos todo el día caminando y no tardará en anochecer. Creo que los civiles están casi en las últimas. No me gustaría que tuvieran que cruzar lo que viene.

A Xena la pilló por sorpresa. Miró al grupo de siervos que estaban descansando, calculando el grado de cansancio que se veía en sus rostros, luego echó la cabeza hacia atrás y observó la posición del sol.

El anochecer no estaba próximo ni por asomo y Brendan lo sabía. Xena lo miró enarcando una ceja, pero su capitán se limitó a mirarla a su vez, con expresión benigna.

—No tenemos refugio —replicó—. No podemos detenernos aquí.

—Cierto —asintió Brendan—. Tendríamos que construirlo. Los hombres están dispuestos. Tardaríamos muy poco en hacer una choza.

Xena miró a Gabrielle, que estaba ahí sentada, con los brazos alrededor de las rodillas y un aire totalmente inocente. La chica la miró parpadeando, sin el menor atisbo de sonrisa en la cara. Tenía la fuerte sensación de que se la estaban llevando de la manita y con los ojos vendados, pero al mirar a estos dos a los ojos le costaba intentar creer siquiera que el rapto estuviera motivado por algo que no fuese...

Gabrielle se arrimó más y apretó la mejilla contra el hombro de Xena, mirándola con dulce adoración.

Por las pelotas de un toro.

—Está bien. —Xena habría alzado las dos manos si hubiese tenido energía—. Hacedlo.

Brendan asintió bruscamente.

—A tus órdenes, ama. Ahora mismo nos ponemos. —Se levantó y se alejó, levantando la voz para gritar órdenes a los hombres que iban al frente.

Xena ladeó la cabeza y miró a Gabrielle a los ojos.

—Lo habéis planeado.

La chica negó solemnemente con la cabeza.

La reina suspiró. Quería enfadarse con los dos, pero no tenía ánimos ni para intentarlo. En cambio, sintió un alivio inmenso al saber que podía seguir sentada en su tronco, deseosa de tumbarse en un rincón del tosco refugio que consiguieran construir los hombres.

—Pero lo habría hecho, si se me hubiese ocurrido —confesó Gabrielle—. Hemos avanzado, ¿verdad?

Xena miró en la dirección por la que habían venido y calculó las distancias. El terreno bajaba en cuesta, y se dio cuenta de que llevaban un tiempo ascendiendo imperceptiblemente. No era de extrañar que la caminata se hubiera hecho más ardua. Pero la ladera ascendente quería decir que se estaban acercando a la meseta que por fin los llevaría a casa y, de hecho, habían avanzado más de lo que se había imaginado.

—Sí —gruñó, meditando sobre la ruta que seguirían al día siguiente.

Bueno, había logrado superar este día: superaría el siguiente. Entretanto... La reina se arrimó un poco más al calor de Gabrielle, contenta de quedarse sentada en agradable silencio con su compañera de cama.

Amante.

Astuto ratoncito almizclero.

A Xena se le desenfocó un poco la vista y en sus labios se dibujó una ligera sonrisa.

—Eh. —Empujó un poco a Gabrielle—. Gracias por darme apoyo.

Gabrielle deslizó las botas por la capa de hojas, examinándose las puntas, manchadas por el viaje, al extender las piernas por delante de ella. Al cabo de un momento, miró a Xena, encogiéndose levemente de hombros.

—Eso es lo que hacen los amigos —replicó—. Se apoyan mutuamente.

—¿Eso hacen? —preguntó la reina.

—Claro.

—Je. —Xena extendió a su vez las piernas y sus botas acabaron a bastante distancia de las de su compañera—. Cada día se aprende algo nuevo.

Gabrielle volvió a cogerle la mano y se la apretó, como subrayando el concepto con un punto de exclamación. Y al paso que aprendo, seré un genio para cuando volvamos, pensó la reina, con ironía.

Un genio total.


El fuego crepitaba suavemente, en respuesta al viento que silbaba por el tosco refugio bajo el que estaban todos apiñados. No había espacio para la intimidad, ni espacio para la turbación. Todos estaban pegados unos a otros en un círculo alrededor del fuego, dando la espalda al viento lo mejor que podían.

Xena estaba sentada con la espalda apoyada en uno de los troncos que formaban parte de la pared, con las largas piernas estiradas hacia delante. Gabrielle estaba sentada entre ellas, con las botas recogidas por debajo del cuerpo, mientras escuchaban a uno de los soldados, que se puso a cantar una melodiosa canción en voz baja cuando empezaron a salir las estrellas.

El hombre tenía talento. Tenía los ojos clavados en el suelo y daba vueltas a un palito entre los dedos, y toda su postura indicaba que se estaba disolviendo de timidez y mortificación al estar cantando ante su reina.

A cada lado de Xena estaban sentados Brendan y uno de sus capitanes más veteranos, proporcionándole una tenue línea de protección humana que la separaba del resto de la gente. Pero el espacio era tan reducido que si la mayoría de los presentes hubiera querido atacar, apenas habrían tenido que inclinarse hacia delante para hacerlo.

Xena no parecía preocupada. Escuchaba con los ojos medio cerrados, rodeando con los brazos flojos la cintura de Gabrielle. Habían echado todas las sobras en la única olla que habían logrado salvar y el guiso se estaba cocinando, junto con trozos de pan de viaje que se estaban haciendo sobre unas piedras calientes al lado del fuego.

—¿Majestad?

Xena levantó la mirada cuando acabó la canción, mirando al joven cantante a los ojos.

—¿Mm?

—¿Te gusta la canción?

—¿Estás vivo? —preguntó la reina, con suave tono de guasa.

El hombre asintió, inseguro.

—Buena señal —terminó Xena, con media sonrisa—. ¿A ti te ha gustado, ratón almizclero?

Gabrielle se movió un poco y luego posó las manos sobre las pantorrillas de la reina.

—Me ha gustado mucho. Es muy bonita... creo que ya había oído algo parecido que cantaban los hombres que guiaban a los rebaños al cruzar Potedaia —dijo—. Pero es una canción muy triste.

—Sí. —El cantante inclinó la cabeza reconociéndolo—. Es la canción de un boyero, señora. Está triste porque tiene que dejar a su familia para poder darles de comer.

—¿Tú tuviste que hacer eso? —preguntó la chica—. ¿Dejar a tu familia?

El soldado miró a su alrededor y luego a ella de nuevo.

—Mi familia está aquí, señora. Desde hace ya mucho tiempo.

A Xena pareció agradarle lo que había dicho. Le frotó distraída la tripa a Gabrielle con el pulgar y meneó una bota, contenta de estar descansando a pesar de la incomodidad del refugio.

—Lo comprendo —dijo Gabrielle—. Mi familia también está aquí ahora.

La reina abrió más los ojos y bajó la mirada cuando Gabrielle se volvió para mirarla. Por el rabillo del ojo veía las expresiones curiosas de la gente, que las miraban a la espera de lo que iba a decir ella.

Lo que iba a decir ella.

Bueno. Xena frunció el ceño por dentro. ¿Y qué iba a decir? Absorbió el dulce cariño que se veía en el rostro de Gabrielle y se alegró de que su armadura le impidiera derretirse en el sitio.

—Eso es cierto —se oyó contestar a sí misma, y entonces se volvió para mirar a la gente—. Ahora ella es sangre de mi sangre.

Gabrielle arrugó la nariz, un poquito.

—Qué arte tienes al hablar —soltó suavemente—. ¿Ahora es cuando nos pinchamos los dedos y los juntamos?

Xena soltó un resoplido de risa.

—¿Ama? —dijo una de las siervas, en voz baja—. ¿Vamos a volver a casa? ¿A la fortaleza?

—Ésa es la idea —replicó Xena—. Entonces podré enviar un ejército para buscar a los cabrones que nos atacaron y asegurarme de que nunca más vuelva a ocurrir.

—Ama... ¿el general Bregos podría formar parte de todo esto? —preguntó el joven cantante, de repente.

—Muchacho —le advirtió Brendan.

—Es una pregunta muy buena —contestó la reina con tono tranquilo—. Yo no reconocí a ninguno de ellos. ¿Y tú? —le preguntó al soldado y luego paseó la mirada por el resto de la gente—. ¿Alguno de vosotros?

Al cabo de un momento de incertidumbre, la mayoría dijo que no con la cabeza.

—Bueno —comentó Xena—. Pues a mí sí me reconocieron.

Murmullos bajos.

—Seguro que reconocen a la pequeña, la próxima vez —dijo Brendan—. Después de haberlos molido a pedradas. —Sus palabras provocaron risas cansadas.

La reina ladeó la cabeza.

—¿Pedradas? —Tiró de un mechón del pelo claro de Gabrielle.

Su compañera parpadeó y se encogió de hombros con timidez.

—Bueno, pensé que mi palo no me iba a servir de nada y además no lo tenía... así que... cogí todas las piedras que conseguí encontrar y se las tiré a los tipos que te estaban atacando.

Xena enarcó la ceja derecha.

—Eso hiciste, ¿eh?

—Menudo brazo tiene —comentó Brendan.

Gabrielle se volvió hacia él.

—Me dedicaba a tirar piedras a los árboles para entretenerme cuando estaba en los pastos —reconoció.

—¿Por qué no tirabas piedras a las ovejas? —preguntó Xena—. Al menos habrían sido blancos en movimiento.

—¿A las ovejas? —Su amante miró a su alrededor—. ¡Eso habría sido una maldad!

Hasta la reina se echó a reír al oír aquello. Meneó la cabeza y rascó ligeramente a Gabrielle en la espalda. Como respuesta, la mujer más menuda se echó hacia atrás, acurrucándose contra ella y soltando un suspiro satisfecho. Xena cobró conciencia, con sobresalto, de la intimidad emocional de su postura, pero no se le ocurría una forma fácil de remediarlo, salvo levantando a Gabrielle y lanzándola fuera sobre la hojarasca.

La reina no estaba segura de estar en condiciones de hacer eso. Al mirar el círculo de caras, supo que en este momento había permitido sin querer que más gente la conociera más íntimamente que en cualquier otro momento previo de su vida. Eso era peligroso. Pero no veía peligro alguno en los ojos que la observaban y, por primera vez desde hacía mucho tiempo, no percibía peligro alguno y muy poco miedo en los hombres y mujeres que la rodeaban.

Asintiendo levemente, Xena rodeó a Gabrielle con los brazos y aceptó el momento.

—Eh, chico —le dijo al joven soldado—. ¿Te sabes otra canción, o ésa es la única?

Los soldados se rieron por lo bajo. Los siervos se les unieron, tras un instante de vacilación. El joven cantante se sonrojó, luego asintió y carraspeó. Hizo una pausa, luego tomó aliento y se puso a cantar de nuevo, con una voz suave y clara que pareció inundarlos con otra antigua canción de la tierra.

—Mm —murmuró Gabrielle suavemente, en voz baja.

Xena acercó más la cabeza.

—También te sabes ésa, ¿eh? —La cabeza rubia asintió—. Yo también —confesó la reina, alzando la cabeza un poco y dándole vueltas a una idea. Tras encogerse levemente de hombros, esperó a que el soldado terminara la primera parte de la canción y cuando empezó la segunda, se unió a él.

Al ver que los ojos estaban a punto de saltársele de las órbitas, casi se detuvo. Pero tras un temblor incierto en la voz, el hombre se recuperó y su inverosímil dúo siguió adelante. Xena recordaba la letra sin dificultad, y descubrió que estaban bien acoplados en tono y calidad.

Sonaba aceptablemente agradable, incluso para sus agudos oídos. También era consciente de la expresión de deleite y encanto totales de Gabrielle, y los demás ojos desorbitados que la rodeaban perdieron importancia.

El cielo encima, la tierra debajo, el viento que lleva nuestra voz a lo alto.
Trabajamos mucho, nuestras manos se unen al suelo que nos alimenta.
De la tierra venimos, de la tierra vivimos, a la tierra volvemos cuando Caronte nos lleva.
Los reyes nos gobiernan, los dioses nos exigen, nuestra vida es dura.
Pero la tierra siempre nos abrirá sus brazos, devolviéndonos,
Recibiéndonos en casa.

Cuando la canción terminó, se hizo un silencio. Xena apoyó la cabeza en la áspera corteza del árbol, notando su superficie irregular a través de la tela de la capucha del manto que llevaba puesta. Observó a la gente que la rodeaba, examinando sus rostros callados y maravillados.

Era un silencio casi reverente.

Xena lo odiaba.

—También sé hacer trucos de cartas. ¿Queréis verlos? —lo interrumpió, con una sonrisa pérfida.

Todos se movieron y se oyeron algunas risas. Gabrielle la estrujó un momento y meneó la cabeza.

—Ama —intervino la misma sierva de antes—. ¿Puedo preguntar una cosa?

La reina se lo pensó y luego encogió un hombro.

—Claro. ¿Por qué no?

—El general Bregos... —La mujer vaciló, incluso después de haber recibido permiso—. Nos prometió la libertad.

Xena resopló suavemente.

—Es cierto —dijo otro hombre—. Dijo que sería un gobernante justo.

—Eso es lo que oí yo también —dijo Gabrielle—. Sabéis, la gente intentó convencerme para que dejara que le pasara algo malo a Xena porque pensaban que el general decía la verdad.

—Es lo que él decía —dijo la mujer.

Gabrielle se movió de nuevo y se incorporó, mirando a la gente.

—Creo que lo decía porque sabía que era lo que queríais oír —dijo—. Es decir... ¿qué otra cosa podía prometeros? ¿Lo habríais creído si hubiera dicho que os daría una bolsa de oro a cada uno?

La mujer se mordisqueó el labio por dentro.

—Desde luego, era lo que yo quería oír —dijo Gabrielle, con voz suave—. Salir de este sitio al que me habían traído en contra de mi voluntad.

Xena se mantuvo en silencio e inmóvil. Los siervos murmuraron entre sí.

—Pero lo rechazaste —dijo un hombre mayor—. Nos enteramos.

Gabrielle asintió.

—Sí, lo rechacé —dijo—. Porque pensé en lo que una persona muy inteligente me dijo al respecto: que lo que hacemos, alguien lo tiene que hacer. Da igual quién gobierne el reino. —Levantó una rodilla y apoyó el antebrazo en ella—. Y al menos estábamos en un sitio abrigado y con buena comida, que era más de lo que tenía la gente en Potedaia.

—Pero eran libres.

—Pero se estaban muriendo —contestó Gabrielle—. Y pasaban hambre y miseria. ¿De qué les servía?

—Pero a nosotros nos podían matar por capricho —dijo la mujer—. El de ella.

Ahora los ojos se posaron en la silenciosa reina, cuyo perfil anguloso estaba pintado por el fuego con sombras y planos carmesíes.

—No os sintáis mal —comentó Xena, casi con indiferencia—. Mato a todo el mundo por capricho. Al menos, vosotros no pagáis impuestos por ese privilegio.

Hubo un momento de silencio pasmado. Entonces la mujer se rascó la mandíbula y suspiró.

—Eso es cierto.

—¿Por qué? —preguntó el joven soldado de repente.

—¿Por qué no pagan impuestos? No tienen sueldo —dijo Xena, con media sonrisa—. ¿O por qué mato a la gente?

Alrededor de la hoguera surgió una repentina sensación de peligro. Tal vez los siervos se dieron cuenta de que se había cruzado una línea. Tal vez se dieron cuenta los soldados. Brendan y Gabrielle tomaron aliento al mismo tiempo para empezar a hablar, pero Xena alzó una mano y los detuvo a ambos.

—Porque si no, tendría que llenar la mazmorra de la fortaleza de gente que ha hecho estupideces. Tendría que ponerles una guardia y limpiarlos y darles de comer. Eso cuesta dinero y recursos que prefiero dedicar en cambio a mejorar el reino y comprar comida decente para vosotros. ¿Queréis hacer un cambio?

Todos se miraron entre sí, parpadeando.

—¿Hay alguien que desee expresar un poco de egoísmo? —preguntó la reina—. ¿Alguien?

—Pero... ¿y si te equivocas? ¿Y si...?

—Si me equivoco y mato a alguien que no se lo merecía, pagaré el precio —replicó Xena—. Lo que me estoy jugando es pasar la eternidad en el Tártaro. Lo acepto. Eso no cambia lo que pienso. No cambia mi forma de gobernar.

Silencio total.

—Éste es mi reino. Mis decisiones —continuó Xena—. Mi ley. —Hizo una pausa—. Os aguantáis.

Mientras la gente lo digería, Gabrielle decidió echarse hacia delante y remover un poco el guiso.

El humor negro volvió a surgir en la reina.

—Mucha fanfarronada para una tullida medio sonada que tiene que dormir debajo de un árbol, ¿eh? —se burló Xena, con travieso humor.

—Es lo que has hecho siempre, ama —comentó Brendan imperturbable—. Esos cursis llenos de seda de la capital nunca lo han entendido —añadió—. Siempre han creído que habían pagado para poder pinchar y cortar.

—Mmff —resopló Xena, adoptando de nuevo su postura relajada apoyada en el árbol. La sensación de peligro había pasado, pero no la sensación de intimidad casi intrusa con el grupo que la rodeaba. Observó mientras Gabrielle empezaba a llenar los pocos cuencos toscos que habían conservado y los iba pasando, reservando uno que fue el último que llenó y le llevó a Xena junto con un trozo de pan de viaje.

Olía bien. Xena se dio cuenta de que tenía hambre por primera vez desde que había resultado herida, y eso la animó, al reconocer un buen síntoma. Gabrielle partió en dos el pan de viaje y le pasó un trozo, y luego compartieron el cuenco en agradable silencio durante un rato.

—¿Sabes qué? —lo interrumpió Gabrielle, aceptando un trozo de algo que había en el guiso y que estaba pinchado en la punta del puñal de Xena.

—¿Qué? —contestó la reina, con la boca llena de pan.

—Que tienes una voz preciosa —dijo la rubia—. Es tan bonita como todo lo demás que tienes.

Pillada a medio masticar, Xena echó un vistazo a la gente y se apresuró a tragar.

—Sshh. Estás echando a perder la imagen de zorra salvaje que tanto me he esforzado por recuperar —murmuró—. Descarada.

Gabrielle lamió un poco de guiso del puñal y sonrió.


Al día siguiente a mediodía se encontraban cerca del estrecho valle que atravesaba las colinas hacia la capital. Aquí, el río que habían estado siguiendo cortaba la roca profundamente, y habían llegado a un punto donde el sendero simplemente desaparecía y el agua era el único camino hacia delante.

Brendan y los soldados se agruparon alrededor de las escarpadas peñas y se apartaron cuando Xena se adelantó despacio para reunirse con ellos.

—Ama, ahí delante tenemos unos rápidos muy turbulentos.

La reina observó el agua que corría velozmente, aprisionada por la roca.

—Ya lo creo —asintió—. Será mejor construir balsas para atravesarlos.

—¿Balsas? —preguntó su capitán—. ¿Entonces no vamos a cruzar?

—No. —Xena apoyó las manos en su bastón robado—. Estoy harta de andar. Vamos por el río a través de los rápidos, pasamos esa última colina y salimos directos a los puñeteros muelles de la ciudad.

Brendan observó el agua blanca que tenían delante.

—Ama, discúlpame, pero... —Hizo una mueca—. Va a ser muy movido.

La reina asintió.

—Lo sé —dijo—. Pero la primera parte es la peor. Cuando pasemos esa punta estrecha de ahí... —señaló—, ya no estará tan mal.

—¿Tú lo has hecho? —Gabrielle asomó la cabeza por detrás de Xena—. ¿En serio?

—Sí —reconoció Xena—. Mi hermano y yo huíamos de Cortese. No teníamos mucho donde elegir... pensamos que el río nos daría una muerte mejor que él.

Brendan la miró.

—Pe... ¡si sólo erais unos críos!

La reina asintió de nuevo.

—Unos críos estúpidos. Nos atrapó de todas formas. Pero fue un viaje genial.

El viejo soldado meneó la cabeza, pero se apartó de las rocas y se dirigió hacia los árboles cercanos.

—Vamos, muchachos. Manos a la obra.

Xena se quedó en las peñas mientras los soldados y algunos de los siervos seguían a Brendan hacia el bosque, hablando en voz baja entre sí mientras caminaban. Miró a un lado cuando Gabrielle se reunió con ella en las rocas, contenta de que la chiquilla por fin hubiera captado el mensaje y no intentara irse con ellos para ayudar.

Se quedaron de pie la una al lado de la otra un rato, contemplando el río embravecido.

—¿Estás pensando en tu hermano? —preguntó Gabrielle.

—No —replicó Xena. Luego, tras una pausa, carraspeó—. Sí.

Gabrielle rodeó a la reina con el brazo para consolarla sin palabras.

—Yo estaba pensando en Lila —dijo—. Ella nunca habría tenido el valor de hacer esto.

—¿De hacer el qué? —preguntó Xena—. ¿Bajar por el río o acostarse conmigo?

A pesar del sonrojo, Gabrielle sonrió.

—Las dos cosas —confesó—. Decía que yo era... la loca valiente de la familia. —Se preguntó si sería cierto. O sólo lo de loca. Se imaginó lo que diría Lila si pudiera hablar con ella ahora, al verla aquí a punto de hacer una cosa tan espeluznante que casi se le cortaba la respiración de pensarlo.

La espuma del agua le humedecía la piel, y decidió arrodillarse, para comprobar lo fría que estaba de verdad. Sus dedos tocaron el agua y sintió cosquillas, por lo que retiró la mano con un poco de agua y bebió.

Estaba fría y dulce.

—Eh —sonó la voz de Xena, algo fuerte para que se oyera por encima del rugido del agua—. Usa esto.

Gabrielle se volvió y aceptó la taza de madera. La llenó y se la ofreció a la reina. Xena bajó la cabeza con elegancia y bebió un sorbo mientras ella sostenía la taza, luego se irguió e hizo un gesto con la cabeza, indicando que el resto era para su compañera.

La reina rodeó los hombros de Gabrielle con un brazo mientras ésta bebía, contenta de poder estar quieta mientras su plan se ponía en práctica detrás de ella.

—¿Sabes qué fue lo primero que pensé de ti?

Gabrielle estuvo a punto de tragarse el agua por la nariz. Miró rápidamente a Xena y luego se pasó el dorso de la mano por la boca.

—¿El qué?

Xena echó la cabeza a un lado.

—Pensé... ¿qué hace esta esclava loca sacando a rastras un pilón de agua?

—¿Un pilón? —La rubia frunció el ceño, arrugando la frente al pensar—. ¿Cuándo fue eso?

—El día que llegaste... tal vez al día siguiente.

Gabrielle intentó recordar aquellos días horribles, pero le costaba conectar con la persona desolada y doblada por la pena que había sido en aquella época. Si se concentraba, recordaba apenas aquella horrible noche y el dolor, la frustración absoluta que había hervido en su interior hasta desbordarse y...

—Me viste atacando ese poste.

Xena asintió.

—Cogí un trocito.

—Después de darle un paliza del Tártaro, sí —asintió la reina.

—Sabía... —Gabrielle notó que se le cerraba la garganta—, que parte... de Lila estaba en esa madera. Quería conservar un trozo. —Se quedó contemplando el río—. Era lo único que tenía. —Se le agitó el pecho al tomar aliento con fuerza—. Parece una tontería, supongo.

—No, no lo parece —le dijo Xena, en voz baja. Se apoyó el bastón en el hombro y hurgó en la pequeña faltriquera que le colgaba del cinto, de donde sacó una cosa y se la puso en la palma de la mano.

Era una piedrecita. Con curiosidad, Gabrielle la cogió y la miró, y vio unas manchas oscuras y desvaídas que atravesaban la superficie de la piedra casi como si fueran herrumbre.

Herrumbre. Miró a Xena.

—De donde lo encontré muerto, sí —contestó la reina—. Así que cuando te vi hacer eso, pensé... "anda, mira. Otra chiflada como yo".

Gabrielle le puso la piedra de nuevo en la mano y le cerró los dedos alrededor de ella.

—Salvo que esta vez yo era la persona que te había puesto a ti en esa situación —añadió Xena—. Y creo que ése fue el momento en que me di cuenta de hasta qué punto había dejado que me conviertieran en alguien como ellos.

—Xena...

—Oh, no justo en ese momento. —La reina se echó a reír—. En ese momento sólo pensaba en lo rara que eras y me preguntaba si estarías chiflada. —Suspiró, tras una leve pausa—. Lo otro fue mucho tiempo después. —Se dio la vuelta y se llevó a Gabrielle consigo, bajando con cuidado por las rocas rumbo al ruido de los trabajos que se estaban realizando.

Gabrielle se guardó lo que pensaba, mientras acompañaba a la reina por el sendero cubierto de pinocha y sus pasos hacían crujir las hojas secas y hacían subir el aroma de los pinos hasta su nariz. Los trabajadores ya habían empezado a talar árboles, y junto con el aroma a pino se percibía el olor a madera recién cortada.

¿Cómo lo harán?, se preguntó. Harían falta muchas balsas para llevarlos a todos y no tenían cuerdas con que atar los troncos.

—¿Xena? ¿Cómo van a unirlo todo?

Xena se detuvo y se quedaron cerca de un matorral frondoso observando la actividad.

—Corteza —dijo la reina.

—Guau —contestó Gabrielle, obedientemente—. Guau, guau guau.

Justo cuando estaba a punto de tomar aliento para continuar su explicación, Xena acabó soltando en cambio una carcajada. Se apoyó en la vara para sostenerse, incapaz de dejar de reír durante un buen rato.

—No me refería a eso —dijo por fin, con un suspiro.

—Bueno, has dicho... —Gabrielle estaba secretamente encantada de oírla reír y, a juzgar por las caras asombradas que veía por el rabillo del ojo, no era la única—, ladra. Y lo he hecho.

Xena se sacó el puñal del cinto y se volvió hacia el árbol más cercano, lo cortó a lo largo y arrancó una tira de corteza. Se lo enseñó a Gabrielle.

—Corteza de árbol —dijo—. Mira. —La dobló entre los dedos, mostrándole a su compañera las resistentes hebras que había dentro—. No es tan bueno como una cuerda, pero servirá.

—Oh. —Gabrielle cogió la corteza y la retorció, se la llevó a la nariz y aspiró el aroma a pino—. Ya lo entiendo. —Se volvió para observar a los hombres que estaban cerca de los árboles talados y que ahora les estaban quitando la corteza. Aquello empezaba a tener sentido. Otros soldados estaban cortando las ramas e igualándolas en longitud—. ¿Para qué son ésas?

—Para ponerlas encima, así tenemos algo más sólido para sostenernos —dijo Xena—. Y las grandes las usaremos para empujar por los lados... para seguir el curso.

Gabrielle asintió despacio.

—Caray... es estupendo. —Miró a la reina—. Pero no veo barandillas.

Los labios de Xena amagaron una sonrisa.

—No las hay —contestó.

—Ah.

—¿Algún problema?

Gabrielle se mordió el labio por dentro.

—No, si me tienes bien agarrada.

Al oír eso, la reina sonrió, rodeó de nuevo los hombros de Gabrielle con el brazo y se la acercó.

—Gabrielle, mi adorable ratoncito almizclero, no te preocupes. Si te caes por la borda, yo voy contigo —la tranquilizó—. Eres mía.

—Soy tuya —asintió Gabrielle—. Pero, ¿sabes qué?

—¿Qué? —preguntó Xena.

—Que tú también eres mía —dijo la rubia—. ¿Verdad?

Xena sonrió un momento en silencio, luego exhaló, agitando el pelo de Gabrielle con su aliento.

—Sí —dijo—. Pero no se lo digas a nadie o te despellejo —advirtió—. ¿Te enteras?

—Vale —dijo Gabrielle, notando no obstante que la cara se le estiraba en una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Cómo te encuentras? —Cambió de tema, al notar que el brazo que le rodeaba los hombros no estaba ahí sólo por cariño.

—Cansada —reconoció la reina, en voz baja—. Sólo tengo ganas de dormir. Eso no es buena señal. —Movió la cabeza, con una mueca de dolor—. Necesito una cama blanda y unos mimos absolutamente decadentes, con mucha compañera de cama rubia y monísima como componente añadido.

Gabrielle decidió que a ella también le apetecería eso, lo cual quería decir que cuanto más rápido bajaran por el río, mejor iría todo. ¿Verdad? Observó a los hombres que construían las balsas y rezó para que fuesen tan resistentes como parecían, porque no tenía la menor gana de acabar, con reina o sin ella, en esa agua tan fría.

Beberla estaba bien. Meter el cuerpo en ella le daba escalofríos sólo de pensarlo.

—Está bien, chicos, vamos a arrastrarla, haced sitio —ordenó Brendan, ayudando a los hombres a arrastrar la primera balsa hacia delante y hacia el río.

—Terminadlas y luego decidiremos quién va en cada una —dijo Xena. Echó la cabeza hacia atrás y contempló el cielo—. Quiero acabar con esto antes de que anochezca. Hay un sitio en el que quiero estar cuando salgan las estrellas esta noche.

Gabrielle se acordó de repente de sus nuevos aposentos, con las ventanas que daban al cielo. Luego se volvió para mirar a los hombres y las balsas y le pareció que el trabajo progresaba demasiado despacio para su gusto. Era curioso cómo el río le daba mucho menos miedo, ahora que era un camino rápido que la iba a llevar a un sitio en el que le apetecía mucho estar.


La balsa daba saltos, y Gabrielle se alegraba de estar de rodillas en el centro, con el fuerte brazo de Xena firmemente ceñido a su alrededor. Diez de los soldados y cuatro siervos se colocaron tambaleándose a su alrededor y, cuando el último estuvo bien agarrado, soltaron la balsa.

Oh... dioses. Gabrielle se encontró mirando de frente a un muro de agua blanca, mientras las altas rocas pasaban a toda velocidad a cada lado. La espuma saltó por encima de la balsa y los mojó, haciéndole tomar aliento con brusquedad al sentir el choque del agua helada.

La balsa se estremeció al golpear una roca sumergida y ella salió lanzada hacia delante, pero recuperó su sitio gracias al fuerte brazo de la reina, que tiró de ella.

—Caray.

—Divertido, ¿eh? —Xena iba apoyada en una rodilla, con la otra pierna sujeta contra un nudo de la madera y la mano firmemente aferrada a uno de los tocones de ramas que los hombres habían dejado como asideros en su improvisado medio de transporte. Su brazo libre, por supuesto, rodeaba el cuerpo de Gabrielle, sujetándola ahora con fuerza en el sitio.

—Mm. —Gabrielle se afanaba por dar con un asidero, notando la áspera corteza que le arañaba las manos—. Pues...

—Virgen balsera. —La reina parecía estar de un humor sorprendentemente bueno.

—Eso seguro. —La balsa giró hacia un lado, zarandeándolos a todos, y luego se enderezó con un fuerte tirón y estuvo a punto de tirar por la borda a varios de los hombres que más cerca estaban de la misma—. ¡Eeeyy!

Gabrielle miró hacia atrás y divisó la siguiente balsa que iba dando botes tras ellos. Se preguntó si ellos parecían tan aterrorizados como la gente de esa otra balsa, y entonces levantó la mirada y vio que Xena tenía los ojos clavados al frente y que su perfil era la encarnación de un valor salvaje y natural que hacía que en comparación esta aventura pareciera un paseo.

Debe de ser estupendo. El agua empujó la parte delantera de la balsa, amenazando casi con ponerla de pie. Gabrielle soltó un grito al deslizarse hacia atrás, arañando la madera con las botas para intentar sujetarse. Luego el agua que tenían detrás subió de golpe y ella cayó hacia delante casi de bruces.

—¿C... cuánto falta?

—Acabamos de empezar. —Xena soltó una carcajada entre dientes—. Venga... relájate. ¡Esto es divertido!

Divertido. Gabrielle se agarró al brazo de la reina y logró enderezarse, justo a tiempo de salir lanzada de lado cuando la superficie que tenía bajo los pies se inclinó.

—Sí... Divertidísimo... —chilló—. Como limpiar caca de oveja.

—Oye... ¿eres mi valerosa amante o un ratón almizclero chillón? —preguntó Xena, soltando su asidero de la balsa para poder sujetar mejor a Gabrielle, rodeando a su compañera con los brazos y estrechándola con fuerza—. ¿Cuál de las dos cosas? —le dijo con voz ronca, justo al oído.

Ooh. Buena pregunta. Gabrielle se estremeció, y no enteramente a causa del frío.

—Te tengo —dijo la reina—. Confía en mí, Gabrielle.

Está aquí. Estoy a salvo. La rubia se agarró a uno de los tocones de madera y decidió disfrutar del viaje tanto como parecía hacerlo Xena. El agua se arremolinaba por delante de ellos, lanzando la balsa de un lado a otro y, bien agarrada, Gabrielle percibió que aquello casi tenía un ritmo.

Y entonces, sin más, dejó de encontrarse a merced del agua y pasó a cabalgarla, inmersa en la excitación y la emoción de la experiencia.

Tal vez fuese la proximidad del cuerpo de Xena, cuya cálida longitud iba pegada a ella.

Tal vez fuese el peligro.

Gabrielle se echó a reír suavemente. Tal vez, después de todo, sí que era la loca valiente. Bajaron deslizándose por la ladera de una ola coronada de espuma blanca y soltó un grito, echándose hacia delante y adelantándose a la inclinación y el giro cuando la balsa viró a un lado, luego volvió a enderezarse y cabalgó sobre la siguiente ola.

—Así se hace —la alabó Xena—. Si la vida te da un limón, Gabrielle... exprímelo y escúpeles las pepitas a tus enemigos.

Gabrielle volvió la cabeza y miró a la reina con desconcierto.

—¿Qué?

La reina se acercó más a ella y la besó en los labios al tiempo que giraban bruscamente y la espuma las calaba a las dos.

—Esto es vivir —dijo, apartándose para mirar a Gabrielle a los ojos—. Saboréalo.

Y entonces cayeron casi en vertical durante largos momentos, para salir lanzados como una hoja al viento cuando el río se precipitó entre dos paredes de roca cortadas a pico. Gabrielle tomó aliento bruscamente por la sorpresa cuando el río desapareció de debajo de ellos y por un momento interminable supo lo que era volar. El corazón se le puso en la garganta y luego volvió al lugar que le correspondía cuando volvieron a tocar el agua y se deslizaron de lado y hacia abajo con un chapuzón estruendoso.

—Eeeyy. —Esta vez la exclamación fue de Xena, que sacudió la cabeza para apartarse de los ojos el pelo oscuro ahora empapado. Miró al chorreante ratoncito almizclero que tenía entre sus brazos y depositó un beso en la cabeza rubia que tenía bajo la barbilla—. Ésa ha sido buena.

—¡¡¡Eh!!! —gritó de repente Gabrielle, agitándose en brazos de Xena y metiéndose la mano por la pechera de la camisa—. ¡Ay! ¡Ay!

La reina abrió mucho los ojos, desconcertada.

—¡¡Puuaaajj!! —Estremeciéndose, Gabrielle se sacó algo de la camisa y lo sostuvo en alto—. ¡Xena!

—¿¡Eso estaba en tu camisa!? —quiso saber la reina—. Trae, que le corto la cabeza.

Fue a coger el pez, pero Gabrielle adivinó sus intenciones y tiró al pequeño pez lo más lejos que pudo, haciendo que rebotara en el soldado más cercano y que cayera al agua.

—No lo ha hecho a propósito.

—¡¡Eso no es excusa!! —le respondió Xena gritando—. ¡Como lo vuelva a intentar, lo hago filetes para la cena! ¡Nadie enreda dentro de la camisa de mi ratón almizclero mientras yo esté aquí para atraparlo!

Un recuerdo surgió ante los ojos de Gabrielle, de su padre y su hermana y de cómo no había habido nadie que dijera eso por Lila cuando más lo necesitaba.

Entonces no tuvo tiempo de saborear el momento, porque la balsa giró de lado y de repente estaban bajando por otra larga cuesta.

—¡¡¡¡¡Yaaahhhh!!!!!

—¡Sí! —rió Xena, disfrutando al máximo del viaje. Los bruscos movimientos y el agua helada la habían distraído por completo de su lesión y estaba, como le había dicho a Gabrielle, saboreando la experiencia. El viento le echaba el pelo hacia atrás y el frío contrastaba con el fuerte calor que notaba en los puntos donde su cuerpo y el de Gabrielle estaban pegados, y la reina decidió que la vida rara vez era tan buena.

La balsa bajó la cuesta a toda velocidad, luego subió con la ola, salió volando por encima del agua y cayó de nuevo envuelta en un chorro de agua blanca.

Gabrielle miró atrás y esperó que todo el mundo estuviera muy bien agarrado. Sabía que ella misma hacía tiempo que habría salido por la borda de no ser por la poderosa sujeción de Xena. Oía gritos y alaridos de alarma, pero la balsa volvía a girar debajo de ella y no tuvo tiempo de seguir mirando.

El río corría ahora a toda velocidad, bajando entre dos altos acantilados, y su estruendo tapaba cualquier otro sonido. El sol estaba en lo alto y los reflejos que producía en las rocas, el agua y las gotitas cristalinas que cubrían la mejilla de Xena se grabaron en la imaginación de Gabrielle con una claridad vívida y casi violenta.

—Ahora viene lo difícil —comentó la reina alegremente, señalando un estrecho paso.

—¿Ahora? —dijo Gabrielle jadeante, cuando una ola fría estuvo a punto de hundirlos.

—Agárrate.

—Ya lo hago.

—A mí.

Gabrielle soltó el tocón y se volvió a medias, rodeando a Xena con los brazos lo más fuerte que pudo. La reina metió una bota debajo de una correa y se enrolló una vez más la tira de piel alrededor de la mano. La balsa se inclinó y giró y durante un largo y peligroso momento se puso de lado hasta tal punto que estuvo segura de que iban a volcar.

Las paredes se estrecharon rápidamente y los ojos se le pusieron como platos al calcular la anchura de la balsa comparada con el agujero hacia el que se dirigían.

—¿¿¿Lo vamos a conseguir???

—De un modo u otro —contestó Xena—. ¡Agárrate!

Gabrielle renunció a su buen juicio y cerró los ojos con fuerza, hundió la cara en el hombro de Xena y se limitó a hacer lo que se le decía. Se agarró las muñecas y confió en que la fuerza de la reina las llevara a casa.

Sintió una violenta sacudida hacia la derecha, luego otra hacia la izquierda y oyó un crujido, al tiempo que la balsa se quedaba casi parada.

Luego un fuerte crujido le dio un susto y de repente empezaron a moverse de nuevo, salieron despedidos por la abertura y cayeron inesperadamente por el aire.

Gabrielle gritó, aunque el sonido quedó apagado por el tabardo de Xena, al tiempo que el estómago se le subía y estaba a punto de salírsele por las orejas. Y entonces se acabó y aterrizaron en el agua con tal fuerza que notó que el cuerpo entero de Xena saltaba y caía de golpe y la reina la estrechó tanto que casi era doloroso.

La balsa se inclinó hacia arriba y notó que subían.

—Oh-oh.

Gabrielle abrió los ojos de par en par y tomó aliento, pues esa única exclamación de Xena le daba más miedo que una legión completa de ríos y balsas desvencijadas.

—¡Qué!

—Creo que voy a estornudar.

¿Lo decía en broma? ¿Lo decía...? A Gabrielle se le pasaron mil preguntas por la mente y entonces...

Y entonces, se acabó. La balsa se precipitó una vez más y se estabilizó, sin dejar de moverse deprisa, pero estable sobre la superficie del agua. Gabrielle sintió que se le calmaba un poco el corazón y luego empezó a respirar más despacio. Al cabo de un momento, algo le dio unos golpecitos en la cabeza.

—¿Mm?

—Ya puedes salir.

Abrió un ojo, miró hacia arriba y vio a una mujer empapada pero guapísima que la miraba a su vez. Despacio, volvió la cabeza y vio que el río corría ahora sin turbulencias debajo de ellos, en pendiente hacia abajo, pero a un ritmo muchísimo más lento.

—¿Lo hemos conseguido?

—Lo hemos conseguido —confirmó Xena—. No sé si no habremos perdido gente... —Soltó a Gabrielle y se apartó el pelo mojado de los ojos. Se volvió y contempló a las otras personas que ocupaban su balsa, que estaban estremecidas y a todas luces aterrorizadas, incluso los soldados—. ¿Todo el mundo bien?

Hubo un momento de duda.

—Creo que sí, ama —dijo por fin uno de los soldados—. Pero eso ha sido la cosa más increíble que he hecho en mi vida.

Se oyó un murmullo de asentimiento, mientras los temblorosos hombres y mujeres soltaban los asideros de la balsa de madera a los que se habían aferrado. Un hombre fue a la parte de delante, donde un gran pedazo del primer tronco había sido arrancado.

Gabrielle se sentó en la balsa e intentó relajar sus extremidades temblorosas. Había sido algo increíble, efectivamente, pero ¿y qué? Lo habían conseguido. Soltó un resoplido, agitando el pelo mojado que le cubría la frente, y asintió.

Lo habían conseguido.

Xena le revolvió el pelo, sentándose en la balsa a su lado.

—Gracias por confiar en mí —comentó.

Gabrielle sonrió.

—Siempre —contestó—. ¿Ahora seguimos hasta casa?

—Sí —dijo la reina—. Directos a casa.


PARTE 20


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