18


Gabrielle se echó a temblar cuando las paredes se cerraron sobre ellos. Apretó la mandíbula, para evitar que le castañetearan los dientes, y se aferró al borde de la camilla de Xena con todas sus fuerzas. Había decidido que iría donde fuera Xena, haría lo que Xena necesitase que hiciera, pero tomar esa decisión y luego enfrentarse a la realidad de la oscuridad eran dos cosas muy distintas.

Una pesadilla pasó gritando por su cabeza, soltando carcajadas. Gabrielle estuvo a punto de tropezar, pero recuperó el equilibrio y siguió adelante.

—Eh.

La voz de Xena que surgía de las sombras la sobresaltó.

—¿S... sí? —balbuceó Gabrielle. Se inclinó y miró a la reina—. ¿Q... qu...?

Los dedos de Xena le rodearon la muñeca, increíblemente cálidos.

—¿Y mi historia?

¿Historia? Gabrielle se estaba preguntando muy en serio si sería capaz siquiera de hablar en este momento, ¿y esta mujer quería que le contara una historia?

—Mm...

—Vamos, vamos... no tengo toda la noche —dijo Xena—. Bueno, en realidad sí que tenemos toda la noche, pero no me voy a quedar aquí tumbada esperando a que me caigan arañas en la jeta. Así que empieza de una vez con esa historia.

Gabrielle descubrió que dedicar su atención a la reina la ayudaba a distraerse de las paredes de piedra. Se volvió a medias y puso la otra mano en el borde de la camilla, calmándose lo mejor que pudo.

—Mm...

—Nada de ovejas.

De algún modo, en el rostro de la chica se formó una sonrisa.

—¿Ni siquiera una sobre una oveja graciosa? —preguntó—. Había... pensado que a lo mejor algo ligero sería...

—Mmmmmmm... —gruñó sordamente Xena, desde el fondo de la garganta—. ¿Qué gracia puede tener una oveja?

—Pues...

Los hombres que cargaban con su camilla se rieron suavemente.

—Más vale que sea graciosísima, porque estos tíos se merecen pasar un buen rato por tener que ir cargando con mis huesos. —Xena soltó aliento.

—Es un honor, ama —contestó el hombre que iba detrás—. Aunque estuviera soltando mi último suspiro, sería un honor.

Xena lo miró en silencio y pensativa. Luego volvió la cabeza y clavó los ojos en Gabrielle.

—¿Y bien, chuletita?

—Vale. —Gabrielle echó una mirada hacia delante. La fila se movía muy despacio por el estrecho pasadizo y la oscuridad parecía sofocar cualquier conversación. Ciertamente, los hombres y mujeres que tenían más cerca se habían callado, y se sintió un poquito cohibida cuando carraspeó y se preparó para contar su historia—. Cuando yo era pequeña...

—Alto ahí —intervino Xena.

Gabrielle logró soltar una risita divertida.

—Vale, vale. Cuando era más joven... mucho más joven...

Los hombres se rieron por lo bajo.

—Un día fui a meter a las ovejas dentro...

—¿De tu casa? Eso explica muchas cosas.

—Xena. —Gabrielle no pudo evitar echarse a reír—. No, dentro de mi casa no. Dentro del redil. Era de noche. Hacía frío.

—Yo creía que tenían...

—Estaban esquiladas —se le adelantó Gabrielle.

Xena cedió, con una débil sonrisa burlona.

—Vale —dijo suavemente—. ¿Y qué hicisteis las ovejas desnudas y tú...?

—Ay ay ay. —La chica meneó la cabeza, a punto de perder el hilo de la historia—. Xena, no... no estaban desnudas. Sólo estaban esquiladas. Con el pelo muy corto. Como él. —Gabrielle señaló al hombre que cargaba con los pies de la camilla de Xena—. ¿Lo ves?

—Mm.

—Vale. —Gabrielle movió un poco las manos y se detuvo cuando Xena pasó la mano de su muñeca a su mano y sus dedos se entrelazaron con fuerza. Miró a la reina y por un momento, a través del humor burlón, percibió la agonía exhausta que había detrás.

La humanidad de aquello la dejó atónita. Por instinto, Gabrielle cerró su otra mano sobre sus dedos unidos, moviendo el cuerpo mecánicamente al lado de la camilla.

Entonces Xena parpadeó y aquello desapareció, sustituido por una ceja enarcada y un labio levemente curvado.

—Así que estamos con esas feas ovejas desnudas y tú. ¿Qué más?

Gabrielle le sonrió un instante y luego volvió a su relato. Sólo que ahora sabía por qué lo estaba contando.

—Un día, metí al rebaño en el redil, para que no pasaran frío y para darles el heno que había sobrado de los campos.

Y mientras lo contaba, se dio cuenta de que muchos de los que la rodeaban, que estaban escuchando, asentían un poco a medida que las escenas que describía les traían recuerdos de su propia vida.

Soldados, sí, pero Gabrielle cayó en la cuenta de que estos hombres de guerra habían sido en otra época gente del campo, igual que ella. Sus ojos se posaron en la cara de Xena. La reina tenía los ojos cerrados y expresión pensativa.

—Y volví a contarlas y ¿a que no te imaginas? Seguía sobrando un cordero —dijo—. Ahora bien, los corderos no crecen en los árboles, de modo que tenía que averiguar de dónde salía este cordero y devolverlo, ¡no fuera que alguien nos acusara de haberlo robado!

—Ah... muy cierto —comentó suavemente el hombre que cargaba con la parte delantera de la camilla.

—El problema es que ¿cómo sabes qué cordero blanco y sucio es el cordero blanco y sucio que sobra dentro de un rebaño de corderos blancos y muy sucios?

—Los matas a todos y cuando llegas a uno por el que no bala ninguna mamá, ¿ése es? —soltó Xena.

—Mm...

—Ah... déjalo. Un desperdicio de lana. Se me había olvidado. —La reina sonrió—. ¿Cómo lo descubriste?

—Bueno... —Gabrielle notó que bajo sus botas el camino iba descendiendo e intentó no pensar en que se estaba adentrando cada vez más en las profundidades de la tierra—. Pensé que si daba de comer a las mamás, los corderos también acudirían a mamar y así uno quedaría suelto.

—Ah. Muy lista —dijo Xena—. La misma idea, pero menos desperdicio. Me gusta.

—Así que lo hice —continuó la chica—. Eché mucho heno rico a las mamás y todas fueron corriendo a comérselo colocándose en fila. Entonces todos los corderos acudieron para cenar. Pero ¿a que no sabes? No sobraba ninguno.

—Mm. —Xena enarcó una ceja.

—Pero entonces me di cuenta de que una mamá tenía dos corderos debajo y ese año no habíamos tenido gemelos. De modo que descubrí a mi cordero. —Agachó la cabeza cuando el techo se hizo más bajo y la roca le rozó la espalda—. Pero entonces se me volvió a perder cuando intenté cogerlo.

La reina se echó a reír muy bajito.

—Así que pensé... —Gabrielle se arrimó más a la camilla y tragó saliva—. Así que pensé que tenía que marcarlo con algo para poder encontrarlo de nuevo.

—Esto se está estrechando —comentó el hombre que iba detrás—. Cuidado, narradora.

—Sí. —La chica soltó aliento, inclinándose.

—Ah... la montaña ejecuta mi plan —susurró Xena, alzando la mano para frotarle la tripa a Gabrielle cuando se pegó más a ella—. Soy dueña de todo cuanto contemplo, incluso las rocas.

Pasaron por una curva cerrada, luego el pasadizo volvió a ensancharse un poco y Gabrielle pudo volver a erguirse.

—Fiuu.

—Porras —dijo Xena—. Y yo que esperaba que acabaras encima de mí y que les daríamos a estos tíos algo de que quejarse de verdad.

Gabrielle logró sonreír al oír aquello. Sus dedos apretaron los de Xena y tardó un momento en controlar la respiración antes de levantar la cabeza y mirar hacia la parte de delante de la fila. Allí delante estaba oscuro y apenas veía el reflejo de las antorchas que llevaban los seis hombres que se habían colocado en cabeza.

Detrás de ellos, se iba alargando el resto de la comitiva de la reina, avanzando penosamente por el accidentado pasadizo y cargando las provisiones a la espalda.

Irguiendo los hombros, Gabrielle adoptó una postura más cómoda para caminar, pero siguió agarrando con firmeza la mano de Xena.

—Bueno. —Carraspeó—. Tenía que buscar una manera de marcar al cordero.

Ahora sí que iban cuesta abajo. Gabrielle sintió que las paredes la oprimían, como si con cada paso que daba, el aire pesara más.

—De modo que cogí un cubo de brea...

Xena hizo un ruido que era una mezcla de risa y gemido.

—Ay, madre. —El hombre que iba detrás se echó a reír.

Gabrielle sonrió ligeramente.

—Y mi brocha de brea y yo fuimos a la búsqueda y captura de aquel cordero —continuó, mirando por el rabillo del ojo a los hombres y mujeres que caminaban detrás de ellos, con los oídos aguzados, escuchando lo que iba a decir.

Se le ocurrió pensar que no era sólo la capacidad para luchar lo que definía la utilidad de una persona. Las espadas aquí no servían de nada, pero sus palabras sí.

La chica se dio cuenta de que Xena lo había sabido desde el principio, y estrechó la mano de la reina. Los ojos azules inyectados en sangre la miraron, con una calidez que la oscuridad de la caverna no conseguía empañar.

No tenía que demostrar su valía ante Xena. Ya no. Xena lo sabía.

Gabrielle suspiró. Ahora sólo tenían que salir de allí y volver a casa.

A casa. Se quedó atónita al darse cuenta de que realmente era así como consideraba la fortaleza de la reina. Su casa siempre había sido la pequeña granja de tres habitaciones que había construido su padre en Potedaia. La habitación principal, con su suelo bien barrido y los cacharros cuidadosamente acumulados por su madre cerca del fuego, y los dos dormitorios, el de sus padres y el más pequeño, que era de Lila y suyo.

Eso era todo lo que había conocido.

Qué curioso, cómo era la vida. Gabrielle meneó la cabeza. Curiosísimo.


—¿Qué pasa? —Xena notó que la camilla se detenía y alzó la cabeza para ver. Al instante se arrepintió de ese movimiento y sólo por pura fuerza de voluntad logró evitar un ataque de arcadas. Dejó caer la cabeza mientras Gabrielle se apartaba de su lado y se adelantaba para averiguar qué estaba pasando.

—Hay algún problema ahí delante, ama —dijo el hombre que cargaba con la parte trasera de la camilla.

Xena reprimió un comentario sarcástico, más que nada porque para eso habría tenido que usar la energía que necesitaba para no vomitar. Obligándose a ser paciente, esperó a que volviera Gabrielle y notó la presencia de la chica a su lado cuando se arrodilló. Despacio, echó la cabeza a un lado y abrió los ojos.

Oh-oh. A Xena ni siquiera le hizo falta oír las palabras. Lo supo sólo con mirar a la chiquilla.

—¿Bloqueado?

Un movimiento afirmativo con la cabeza.

—Es... creo que se han caído unas rocas y parte del techo se ha hundido.

Cómo no.

—Llevadme hasta ahí. Quiero verlo —les ordenó Xena a sus porteadores. Recogió las manos sobre el estómago mientras avanzaban con la camilla y los hombres que iban delante se pegaban a las paredes para dejarla pasar.

Las antorchas revelaban un problema inmenso en forma de granito. Xena observó el desprendimiento, calculando mentalmente el tiempo que llevaban viajando.

Sus labios esbozaron una mueca irónica.

—Está bien. Vamos a tener que hacerlo por las bravas. —Sus ojos contemplaron la pila de rocas y con un gesto mental, lanzó los dados con la esperanza de tener razón—. Empezad a quitar piedras. Dejadme ahí y moveos.

Sin decir palabra, los dos hombres que llevaban la camilla hicieron lo que decía y la depositaron con tanta delicadeza y cuidado que apenas notó el contacto en la espalda. Con un gruñido, Brendan avanzó por la fila, preparándose para dirigir el tráfico.

—Muy bien, muchachos. En fila. Las iremos pasando hasta la curva y construiremos una barrera detrás de nosotros.

Gabrielle se movió para colocarse en la fila, pero descubrió que no podía mover el pie. Se volvió y vio que Xena la estaba mirando, de modo que retrocedió.

—¿No debería ayudar?

—No —dijo Xena—. Tu trabajo es estar conmigo. Ven aquí y ponte a trabajar.

La chica se acomodó a su lado mientras los hombres empezaban a mover las pesadas piedras.

—¿Y si...?

—Sshh —le advirtió la reina—. No hay tiempo para dudar, Gabrielle. Pasaremos. Cuenta con ello. —Intentó ponerse un poco más cómoda—. Bueno, estabas a punto de hacer algo muy embarazoso con la brea. Desembucha.

Gabrielle recogió las piernas por debajo del cuerpo, apoyó los codos en las rodillas y aspiró una profunda bocanada de aire.

Cuenta con ello.


Brendan se enjugó la frente y su manga le dejó una mancha de mugre. Miró hacia delante, escudriñando por el agujero oscuro del que estaban quitando piedras afanosamente. Habían progresado bastante, pero no había señales de que el desprendimiento terminara, y se empezaba a preguntar si tendrían que excavar un túnel a través de media montaña para salir.

Sus ojos se posaron en un lado del pasadizo, donde yacía la figura magullada de Xena, con Gabrielle sentada en silencio a su lado agarrándole la mano. Si tenían que atravesar la montaña a base de cavar, pues lo harían sin más. Brendan vio que Gabrielle alargaba la mano y le apartaba el pelo a Xena con una caricia tierna y amorosa que le puso un nudo en la garganta.

Nadie había tocado jamás a su ama de esa forma. Es decir, nadie que hubiera conservado las extremidades. El veterano soldado suspiró y se volvió para seguir trabajando. Pero claro, Gabrielle no era como los demás, ¿verdad? Hasta ahora, al ama siempre le había ido la gente grande y lasciva, gente que vivía con tanto vigor como ella.

¿Y esta niña? Brendan echó otra mirada a Gabrielle. Ah. La vida sin duda podía llegar a sorprender, cuando uno menos se lo esperaba.

—Vamos, muchachos, seguid —ordenó a la fila—. Estamos llegando donde tenemos que llegar.

Los hombres de delante gruñeron y siguieron pasando piedras hacia atrás. Los caprichos del destino habían partido la roca curiosamente frágil en pedazos de un tamaño que resultaba fácil de mover... casi como si los hubieran amontonado allí a propósito. Brendan cogió un trozo y lo examinó, luego se acercó más a la antorcha y guiñó los ojos.

—Ah.

—¿Qué? —La voz de Xena sonaba baja y tensa, pero se impuso al ruido de las tareas.

Brendan se acercó y se arrodilló a su lado, ofreciéndole la piedra.

—¿Ves este lado, ama?

Xena levantó la mano y tocó la piedra, pasando la sensible yema de los dedos por el borde.

—Un martillo.

—Sí.

La reina asintió.

—Ya me parecía demasiado planeado —comentó—. Me pregunto qué habrá ahí detrás. —Sus ojos agotados soltaron un destello oscuro—. Supongo que lo vamos a descubrir.

Brendan se levantó y la saludó inclinando enérgicamente la cabeza.

—Lo haremos, Majestad. —Se volvió y regresó a la cabeza de la fila, para ayudar a mover las piedras un poco más deprisa—. Vamos. A lo mejor descubrimos algo más que una forma de salir de aquí, ¿eh?

Le respondieron unas risas cansadas.

Gabrielle observó la abertura con interés.

—¿A qué se refiere?

Xena tenía los ojos cerrados. Ahora los abrió y miró a Gabrielle.

—Sólo los idiotas y la gente que tiene cosas que ocultar meten diez metros de roca dentro de un túnel —dijo—. ¿Tú qué crees que ha sido?

—Mm. —Gabrielle apoyó la barbilla en las rodillas levantadas—. ¿Y si es algo que no te conviene descubrir?

—¿Como qué?

La chica se encogió de hombros. Cogió un odre de agua.

—¿Quieres un poco de agua?

—Quiero que alguien me corte la cabeza con una pica bien afilada, pero eso te decepcionaría, así que me conformaré con el agua —contestó Xena—. Ven aquí.

Gabrielle le levantó con cuidado la cabeza a la reina y la sostuvo con un brazo, llevándole el odre a los labios con la otra mano.

—¿Te duele la cabeza?

Por un momento, Xena no respondió, y luego asintió levemente. Bebió del odre, manteniendo una expresión tranquila, casi desinteresada.

—Vale, pues... deja que... —Gabrielle deslizó las piernas por debajo del tronco de Xena y se la apoyó en el regazo, sosteniéndole la cabeza con manos delicadas—. Ojalá pudiera hacer más.

Xena se planteó lo que debían de estar pensando los hombres que las veían. Aquí estaba, dejándose mimar como un bebé, mientras ellos sudaban la gota gorda.

Contempló el techo y sonrió. Era estupendo ser la reina, a veces. Sobre todo cuando tenías jóvenes hermosas que te cuidaban. Cerró los ojos y se movió un poco, sintiendo un ligero alivio del creciente dolor que le palpitaba dentro del cráneo gracias a la nueva inclinación del cuerpo.

O tal vez sólo era gracias al estupendo almohadón en el que estaba apoyada. Xena notaba la curva del pecho de Gabrielle en la mejilla y, si escuchaba atentamente, casi oía los latidos de su corazón debajo.

Mi corazón. Xena se permitió una levísima sonrisa.

Se desvaneció un segundo después, cuando dos de los hombres situados casi al final de la fila llegaron corriendo y apartando a los hombres de en medio.

—¡Brendan! —jadeó uno de ellos—. ¡Los he oído entrar!

—Fabuloso. —Xena abrió los ojos, de mala gana—. Más vale que os deis prisa, chicos. Sólo podemos ir en una dirección.

El ritmo se aceleró notablemente y las piedras empezaron a volar.

—¿Habéis bloqueado el paso ahí atrás? —gritó Brendan.

—¡Sí, casi!

—¡Casi no basta! —Xena alzó la voz, para asegurarse de que la oían—. ¡Vais a estar casi vivos si no lo hacéis bien!

Gabrielle sintió que se le quedaba la garganta seca. La agitación creciente de los hombres era algo que notaba incluso desde donde estaba y el cuerpo de Xena también estaba tenso. Advirtió que la reina apretaba y abría ahora las manos y de repente se le ocurrió pensar que si los atacantes conseguían abrirse paso, habría una carnicería caótica y sangrienta dentro del túnel.

Su cuerpo la instaba a huir. Quería coger a Xena en brazos y llevársela, a través de las rocas, a través de ese maldito e inoportuno bloqueo, y salir al aire libre lo más deprisa que pudiera.

Por supuesto, nada de eso era posible. Lo único que podía hacer era quedarse ahí sentada preocupándose y esperar con todo su ser que las cosas se solucionaran y ellas estuvieran bien.

Tarea difícil. Gabrielle soltó aliento.

—Xena, ¿puedo...?

—Quédate aquí sentada —dijo Xena, bruscamente—. Les estorbarías.

Aunque sabía que la reina tenía razón, le escoció.

—Vale. Sólo quería...

Xena le cogió la mano y la miró a los ojos.

—Nadie quiere salir de aquí más que yo. Me mata tener que estar aquí tirada. Así que compláceme, ¿eh? —murmuró, en voz muy baja.

Gabrielle se mordió el labio y asintió.

—Lo comprendo.

Los ojos azules rieron levemente.

—¿Sí?

—Eso creo —dijo la chica—. Nadie puede hacer las cosas tan bien como tú, así que tener que dejar que las hagan ellos te desquicia un poco.

—Ooh. —La reina logró sonreír—. Buena respuesta.

Gabrielle la abrazó y observó a tres hombres que se abrían paso, sacando piedras del montón y alejándose a la carrera con ellas. Xena tenía razón en una cosa: tener que quedarse aquí sentada mirando era casi insoportable. Quería levantarse y ayudar y sin embargo...

Y sin embargo, sabía que su sitio era éste. Con un suspiro, se puso a frotar suavemente los hombros de Xena, apretando con los dedos los tensos músculos a cada lado del cuello de la reina.

Por donde habían venido, ahora oía ruidos. Ruidos de hombres que movían piedras y, algo más ominoso, el ruido de gritos lejanos y roces.

¿Tenía miedo? Si los malos los alcanzaban, la matarían con toda seguridad, lo mismo que a Xena.

Una verdad salió a la superficie y casi se quedó de piedra al contemplarla.

—Oye. —La voz de Xena interrumpió su revelación.

Gabrielle miró hacia abajo, a los ojos de la reina.

—¿Sí?

—Escucha —susurró Xena—. Si esto sale mal... —Se calló y apretó la mandíbula un momento antes de continuar—. Gracias.

—¿Por qué? —contestó la chica, arrugando la frente—. No he hecho nada... bueno, aparte de contar una tontería de historia y sujetarte la cabeza.

Xena levantó las manos que seguían entrelazadas y besó los nudillos de Gabrielle.

—Gracias por enseñarme lo que... habría sido formar parte de la humanidad.

A Gabrielle se le inundaron los ojos de lágrimas que se derramaron, resbalándole por las mejillas.

—No llores —dijo la reina—. Eso es bueno.

Tenía la garganta tan encogida que sencillamente no podía hablar. Gabrielle cogió en cambio a Xena entre sus brazos y la estrechó. Los ruidos eran ahora más fuertes y los hombres estaban cada vez más frenéticos, pero apartó todo eso de su mente y se concentró sólo en este momento.

Sólo en esta mujer.

Sólo en esta sensación.

Saber esto convertía a la muerte en una dulce irrelevancia. El miedo la abandonó, así como la sensación de impaciencia frenética, y se quedó en un remanso de cariño que tenía a Xena en el centro. Hundió la cara en el pelo de la reina y sintió que fluía por encima de ella, por encima de las dos, aislándolas del caos.

—Gracias —susurró al oído de Xena.

—¿Por?

Gabrielle soltó un suspiro tembloroso.

—Por todo.

Xena se quedó mirando por encima de su hombro, experimentando una sensación de paz a pesar de las labores desesperadas de los hombres. Sabía que ahora el futuro ya no estaba en sus manos, y por primera vez en su vida, se conformó con dejar que las Parcas lanzaran sus dados caprichosos a sus pies, para que mostraran la cara que quisieran.

Tomó aliento y se puso a cantar suavemente, una cancioncilla de nada, una que recordaba de hacía mucho tiempo. Tenía una letra sencilla y sin sentido y una melodía pegadiza.

Totalmente carente de profundidad.

Y sin embargo, por alguna razón, encajaba con el momento.

Pero vaya si no hizo llorar a Gabrielle de nuevo.


—¡Hemos pasado! —vociferó Brendan—. ¡Empujad! ¡¡Empujad!! ¡¡Moveos!!

Gabrielle soltó el aliento que había estado aguantando desde hacía varios minutos, según creía, desde que había oído los ruidos de lucha detrás de ellos. Xena y ella llevaban un rato en silencio mientras la reina simplemente descansaba en sus brazos y las dos contemplaban el trabajo de los hombres.

Ahora, Xena tomó aliento y asintió ligeramente, frotando un poquito el brazo de Gabrielle y dándole una palmadita.

—Vale, ratón almizclero —dijo—. Parece que estamos preparados para seguir.

—¡Sí! —El grito de Brendan fue repetido por los hombres que estaban a su lado—. ¡Coged al ama! ¡Rápido! ¡Rápido!

Moviéndose deprisa, Gabrielle salió de debajo de Xena y la volvió a acomodar en la camilla. Se apartó rápidamente cuando los dos porteadores de la camilla llegaron corriendo, con la cara cubierta de hollín de las antorchas y trocitos de piedra. Levantaron a la reina con cuidado y emprendieron la marcha.

Gabrielle los siguió, mordiéndose el labio al ver el pequeño espacio por el que tenían que colarse. Los hombres de delante lo estaban agrandando, pero la urgencia obligaba a los soldados a empujar hacia delante sin más, a medida que los ruidos que se oían detrás se hacían más amenazadores.

Se deslizó detrás de los que llevaban la camilla, notó el roce del granito en la piel al pasar por un tramo muy estrecho y de repente le dio de lleno una ráfaga de aire más fresco.

Aire que olía a tierra y a agua y a cosas en crecimiento. Sorprendida, Gabrielle aspiró una bocanada, atisbando por encima de los hombros del soldado que tenía delante para ver lo que había allí.

Pero no tuvo tiempo de mirar, pues una masa de cuerpos la empujó por detrás y estuvo a punto de caerse de bruces. Se agarró al espaldar de la armadura del porteador y se sujetó mientras los hombres y mujeres pasaban corriendo a su lado, empujando y tropezando.

—¡Eh! —ladró Xena rocamente—. ¡Calma!

Los hombres que la transportaban echaron a correr, dejando el espacio libre tras ellos, y se abalanzaron por la oscuridad haciendo caso omiso de su propia seguridad. Allí delante se agitaba una antorcha, que señalaba el camino, y mientras corrían, detrás de ellos el túnel se fue llenando de cuerpos asustados y nerviosos.

—¡Fuego!

A Gabrielle se le encogió el corazón.

—¡Corred!

Una mujer gritó, justo detrás de ella. Notó un calor que llegaba desde atrás. También notó el pánico que iba en aumento. Amenazaba con sofocarla.

Iban a morir. Lo sabía. Todos lo sabían.

Otro grito, éste más grave, y el ruido de tela desgarrada cuando un hombre perdió el control y se puso a atacar a los que tenía más cerca.

Gabrielle tenía el corazón desbocado.

—¡ALTO!

Una voz atronadora pasó a través de ellos, reverberando en las rocas, y hasta el aire se paró en seco. Gabrielle obedeció sin pensarlo, con los ojos desorbitados cuando la luz mortecina aumentó e iluminó el contorno de una alta figura que ahora estaba de pie en medio de ellos.

Vacilante, pero sólida. Exigiendo su atención por pura fuerza de voluntad.

Xena volvió a tomar aliento.

—TODO EL MUNDO EN FILA. EN FILA DE A UNO. CONTRA LA PARED —Señaló—. ¡¡¡¡AHORA!!!!

Y todo el mundo obedeció. Incluso Gabrielle.

—Está bien. —Xena los miró a todos. La palidez de su piel era casi invisible a la escasa luz y lo único que veían era el destello de sus ojos claros mientras los miraba allí plantada, con las piernas separadas—. Avanzad, hacia allí. Vosotros seis, echad todo lo que tengáis en ese agujero. —Bajó la voz y miró a Gabrielle—. Y tú, ven aquí.

Gabrielle se colocó a su lado, estremeciéndose un poco cuando el brazo de la reina le cayó sobre los hombros.

—Moveos —ordenó Xena, con calma—. Cuando os diga que corráis, CORRED.

La fila empezó a avanzar. Brendan los fue contando, dándole a cada uno un empujón cuando llegaban a la siguiente abertura y desaparecían por ella.

—¿Ama? —dijo—. Ve. —Vaciló—. Si puedes.

Xena se volvió y se dirigió a la abertura, sin dejar de sujetar a Gabrielle.

—Idiotas —murmuró.

—¿Estás bien? —susurró Gabrielle. Notaba el temblor del cuerpo pegado al suyo y por un instante se preguntó si de verdad iba a tener que intentar llevar en brazos a Xena.

—No —fue la respuesta—. Pero alguien tiene que ser la reina.

—¿Quieres que llame a los...?

—No. —Xena miró hacia atrás y estuvo a punto de tropezar—. Sigue andando. —Vio una luz que iba en aumento por donde habían venido y soltó aliento—. Idiotas.

Gabrielle también miró.

—¿Por intentar quemarnos?

—Han encendido un fuego tan grande que ahora no pueden cruzarlo hasta nosotros. —Xena soltó una risotada seca en forma de tos—. Si nos hubieran perseguido sin más, ahora estaríamos muertos.

Oh. Gabrielle se esforzó por seguir adelante, cargando sobre los hombros con todo el peso de la reina que le era posible.

—Huele a hierba —dijo, arrugando la nariz al volver a captar el olor del mundo exterior. Era un tormento y casi una burla para ella en medio de esta oscuridad cerrada.

—Huele a libertad —dijo Xena—. Yo también la huelo. Dioses, cómo la deseo. Con algo de suerte, podremos derrumbarles este maldito túnel encima y convertirlos en carne picada.

Gabrielle parpadeó para quitarse el sudor de los ojos. Dentro de la montaña ahora hacía calor, y percibía el olor a madera quemada. Le empezó a llegar el ruido del fuego, un rugido grave y ominoso mezclado con estallidos y crujidos de la roca recalentada.

Quiso chillar. Pero se mordió el labio por dentro y siguió adelante, esforzándose por no hacer caso del dolor de todos sus músculos.

—¡Cabrones! —gritó uno de los hombres que iban detrás de ellas—. ¡¡¡Aaaujjj!!!

Empezó a volverse, pero el brazo de Xena le apretó los hombros y se lo impidió.

—No —dijo la reina—. No puedes ayudarlo.

—¡Rueda! ¡Rueda! —resonó la voz de Brendan—. ¡Por el suelo, estúpido!

Gabrielle tragó con dificultad cuando un hedor pasó flotando a su lado, una peste a carne y pelo quemados tan espesa que se le quedó pegada a la garganta. Se le revolvió el estómago y apretó la mandíbula con todas sus fuerzas.

No podía ayudarlo.

Xena tuvo que detenerse un momento, con la mano apoyada en la roca y los ojos cerrados.

—¿Xena? —Gabrielle sintió un estallido de calor que le golpeó la espalda.

—Lo sé. —La reina se irguió y se apartó de la pared, mostrando su voluntad de hierro a la luz del fuego que creaba sombras sobre su mandíbula firme y decidida—. Vamos, vamos, vamos. Esos estúpidos cabrones no nos van a alcanzar.

Gabrielle asintió y avanzó esforzadamente, mientras el humo empezaba a invadirle los pulmones. Tosió violentamente y luego estuvo a punto de caerse cuando las piedras se deslizaron bajo sus botas. Recuperó el equilibrio justo antes de que Xena pudiera hacer amago de ayudarla y siguió adelante.

—Vamos, vamos, vamos —repetía en voz baja—. A casa, a casa, a casa.

La reina sofocó una risa, con un levísimo resoplido.

Un grito. Esta vez de triunfo. Xena tomó aliento al percibir la abertura que estaba allí delante.

—¡CORRED! —vociferó a su vez—. ¡CORRED! ¡Estamos FUERA!

Le respondieron voces entrecortadas y sin aliento.

Una fría ráfaga de viento, que le apartó el pelo empapado de la cara y que sabía a lluvia cuando lo inhaló. Gabrielle notó cuerpos a ambos lados que tropezaban y se empujaban al salir despedidos de la piedra a un muro sólido de agua que amenazaba con hacerles perder pie.

—Psha. —Xena escupió, tiró de ella hacia un lado y se estamparon contra la pared de un cañón cortado a pico. Por el suelo ya corría una riada que giraba alrededor de sus botas, mientras sus hombres seguían saliendo en tropel—. ¡Seguid avanzando! —Señaló el valle de abajo.

Gabrielle echó la cabeza hacia atrás, empapándose de la lluvia limpia. Era fría y caía con fuerza, pero si escudriñaba mucho a través de ella, veía nubes en movimiento y... sí, ahí había una estrella, que parpadeó rápidamente y desapareció detrás de un jirón de niebla.

Los últimos siervos pasaron corriendo junto a ellas y Xena se apartó de la roca, tras haber recuperado el aliento. Le temblaba todo el cuerpo y le dolía tanto la cabeza que veía estrellas de un tipo totalmente distinto a las de Gabrielle.

Pero estaban fuera.

—¿Nos van a perseguir? —preguntó Gabrielle, jadeando.

Xena ladeó la cabeza y escuchó. Le llegó un trueno grave y apagado y sonrió con una amargura extraña y fría.

—No.

Gabrielle miró atrás y vio a unas pocas figuras que salían por fin corriendo de la abertura y luego, casi invisible en la oscuridad, algo que parecía casi como una nube de niebla salió despedida tras ellas. Vio, bajo el resplandor de un rayo, que el último hombre en salir era Brendan.

Luego miró de nuevo al frente y se concentró en mantener los pies dentro del agua arremolinada, sometida a una tensión casi insoportable al luchar por sostener el peso de ambas. No tenía ni tiempo ni fuerzas para preguntarse qué había sido de los hombres que los perseguían.

Lo pensaría más tarde. Cuando estuvieran a salvo en algún sitio.

—Será mejor que salgamos de esta maldita torrentera —gruñó Xena—. No estoy de humor para nadar.

Nadar. Gabrielle intentó recuperar el aliento.

—Ah... ¿Xena?

La reina se sacudió el pelo empapado de los ojos.

—Dime que no sabes.

Gabrielle tardó un poco en responder.

—Me hundo.

Xena se agarró a las paredes de piedra, con la esperanza de no desplomarse. Estaba tan mareada que el mundo parecía moverse sin ton ni son a su alrededor.

—S... sácame de aquí —logró decir—. Yo te enseñaré a nadar. Prometido.

Gabrielle notó otros cuerpos a su alrededor, levantó la mirada y vio a Brendan detrás de ella y a otros dos hombres al lado de Xena y ella.

—Perdóname, ama. —Brendan dudó y luego agarró el otro brazo de la reina—. Joss, coge a la pequeña de la mano.

—Tranquilo. —Xena logró soltar una risa grave—. Ya te mataré luego.

El cielo se iluminó y Gabrielle miró hacia el valle y vio el agua turbulenta de abajo llena de gente que avanzaba con dificultad. Pero también vio la entrada que había allí delante, donde terminaban las altas paredes y empezaba otra cosa.

Una cosa que parecía mucho más abierta.

Seguramente eso no quería decir que estuvieran a salvo, pero sólo con verlo Gabrielle sintió que su corazón alzaba el vuelo. Habían escapado de Hades, y si eso suponía zambullirse en los dominios de Poseidón, pues...

Pues tendría que aprender a nadar. Gabrielle abrazó el cuerpo empapado pegado al suyo. Al menos tendría una buena maestra.

Estalló un rayo y rugió un trueno, que sonó casi como una risotada que retumbó por las rocas.


El único refugio que lograron encontrar era un estrecho saliente. Pero era largo y cabían casi todos debajo, con la espalda pegada a la roca, mientras la lluvia caía como una cortina fría. Gabrielle se arropó en su manto mojado y miró muy preocupada a Xena, que estaba apoyada en la piedra con los ojos cerrados.

Habían perdido la mayor parte de las provisiones y todos los carros y animales. Lo único que les quedaba eran las armas personales de los soldados y unos pocos sacos que algunos de los siervos habían conservado a la espalda.

Gabrielle tuvo una sensación de pérdida casi irracional, al saber que probablemente nunca volvería a ver a Parches. Lo conocía desde hacía sólo unos días y, sin embargo, en ese corto período de tiempo, le había cogido cariño por su carácter dulce y lo rico que era.

En fin. Soltó aliento. Al menos ellas estaban bien. Al menos, esperaba que estuvieran bien.

—¿Xena? —Cogió la mano de la reina, notando el frío en la piel—. ¿Por qué no te sientas?

La reina volvió la cabeza y abrió un ojo, incoloro a la débil luz.

—Es que me voy a mojar los pies.

Gabrielle miró las piernas de ambas, totalmente empapadas y cubiertas de barro.

—Mm...

Xena se inclinó y apoyó la mejilla en la cabeza de Gabrielle.

—Estoy bien. Me encuentro mejor si estoy de pie. Menos presión en mi duro cráneo.

—Tienes un cráneo muy bonito —respondió la chica en voz baja, casi sin pensar. La lluvia caía a cántaros ante ellas y, a pesar del saliente, la neblina la envolvía por completo. Se lamió los labios, saboreando su dulzor, y se preguntó qué les iba a pasar ahora.

—Ooh... qué cosa tan increíble he descubierto —murmuró Xena—. Puedo mostrarte en la corte... me voy a forrar. —Alborotó el pelo mojado de la chica con el pulgar—. Un raro ratón almizclero adulador de pelo amarillo.

Gabrielle sonrió, a pesar de la incomodidad. Se arrimó más y sintió algo de alivio cuando su calor corporal combinado combatió el frío.

—¿Dónde estamos?

—Yo en el Elíseo. Tú no sé dónde estás —contestó Xena, pegándola más a ella y dándole un sorprendente mordisquito en la nuca.

—¿En el Elíseo? —susurró Gabrielle, al tiempo que una oleada de sangre la calentaba de la cabeza a los pies.

—Estoy viva. Tú estás viva, casi todos los nuestros están vivos, casi todos los suyos están muertos. Mi versión del Elíseo —replicó la reina—. Tengo gustos sencillos.

—Oh.

El estallido de un trueno estremeció las rocas que las rodeaban.

—Hemos atravesado ese maldito paso por las bravas —dijo Xena, contestando a su pregunta original—. Estamos al otro lado de la montaña.

—Mm.

—Lo cual quiere decir... —La reina suspiró—. Que tenemos que volver por donde hemos venido, porque seguir adelante por este lado no nos conviene nada. —Miró por encima de la cabeza de Gabrielle, contemplando la hilera de hombres y mujeres, la mayoría de los cuales le echaban miradas furtivas a su vez. Herida o no, se dio cuenta de que era responsabilidad suya llevarlos de vuelta a casa y también se dio cuenta de que todos los presentes lo sabían.

Como había dicho, alguien tenía que ser la reina. Xena cerró los ojos cuando una oleada de náuseas y vértigo hizo que le temblaran las rodillas. Y a veces, ser la reina era un asco. Soltó un ligero suspiro cuando Gabrielle coló una mano por una abertura de su manto y rodeó el estómago de Xena con el brazo.

Era una tirana megalomaníaca adulta y ciertamente no necesitaba estar envuelta en rubias adorables para sentirse mejor, ni siquiera en una situación asquerosa, fría y lluviosa como ésta.

—Mm. —Gabrielle la abrazó tiernamente—. Tú conseguirás que todo salga bien. Llegaremos.

Por otro lado, si eras una tirana megalomaníaca y estabas envuelta en una rubia adorable, ¿por qué te ibas a quejar?

—Sí, llegaremos. —Volvió la cabeza y miró a Brendan, que estaba acurrucado a su lado—. ¿A que esto es como en los viejos tiempos?

El rostro del viejo soldado se torció con una sonrisa irónica.

—Ah, ama, ya lo creo —reconoció—. Sólo que yo soy mucho más viejo y tú estás mejor acompañada.

Xena movió una ceja y luego su cara se relajó un poco, casi con una sonrisa.

—Eso sí que es cierto —dijo, echando una mirada a la cabeza rubia que ahora descansaba en su hombro—. Vale. —Apoyó la cabeza en la roca fría y húmeda—. Lo primero es lo primero. Necesitamos encontrar un refugio de verdad y hacer recuento de lo que tenemos.

—¿Tiene que ser una cueva? —murmuró Gabrielle.

—¿Qué? —Xena la miró.

—Odio las cuevas.

La reina parpadeó.

—Ahora.

—Mm.

—No tenemos mucha elección. —Xena guiñó los ojos cuando una ráfaga de lluvia le dio en la cara. Entonces se le ocurrió una idea—. A menos... —Unos recuerdos antiguos y polvorientos salieron a la superficie—. Brendan, ¿no había un refugio de pastores al pie de las montañas, para el pastoreo de verano?

Brendan se lo pensó, colocándose la mano por encima de la cabeza para protegerse la cara de la lluvia.

—Sí, ama, pero sólo es una choza o dos. Abandonadas, en esta época del año.

Xena notó que le empezaban a fallar las rodillas.

—Bueno. —Logró mantener un tono de voz normal—. Es mejor que lo que tenemos y yo... —Se le empezó a poner visión de túnel—. Creo que me...

—¿Xena? —La voz de Gabrielle atravesó el aturdimiento—. ¿Estás bien?

—No —replicó la reina débilmente, y en ese momento el túnel se hundió y ella también, desplomándose contra la roca, y casi habría caído al suelo si Gabrielle no la hubiera tenido bien sujeta.

Brendan agarró a la reina por los hombros mientras Gabrielle la aferraba con todas sus fuerzas.

—Creo que más vale que vayamos a ese sitio de las chozas —dijo la chica—. Y deprisa. —Miró a Xena y advirtió la palidez de su piel incluso con la escasa luz—. Oh, dioses.

—Podemos ir por ahí, Bren —señaló uno de los hombres que estaban a su lado—. Bajando por esa ladera de ahí, y cuando estemos protegidos por ella, la cosa será más fácil.

—Sí. Aquí tengo un manto, vamos a tapar a Su Majestad —dijo uno de los siervos—. Si caminamos muy juntos, podemos protegerla de la lluvia.

Un montón de cuerpos se apiñó a su alrededor, sin hacer caso de la lluvia, concentrándose en Xena. Gabrielle tuvo un momento para desear que la reina hubiera estado despierta para ver el empeño y la preocupación de unos ojos que normalmente la miraban con temor o cautela.

—Vamos. —Uno de los tenientes de Brendan trajo una lanza. Colocaron el manto encima y ataron las esquinas a otras cuatro picas y así crearon la mejor cubierta que fueron capaces. Seis hombres se cogieron de los brazos y Brendan y otros dos levantaron con cuidado el cuerpo inerte de Xena y lo pusieron encima y, con su cubierta improvisada, empezaron a bajar por la ladera.

Gabrielle los seguía de cerca, en medio de un puñado de cuerpos que se cerró a su alrededor. Todo el mundo se cogió del brazo y hasta la fuerza de la lluvia fue incapaz de frenar su avance.

—Estaremos bien —le dijo una de las mujeres—. Y vas a tener una historia estupenda que contar, ¿verdad, niña?

Gabrielle soltó aliento, intentando quitarse de encima el peso de la preocupación que le caía sobre los hombros como un manto.

—Seguro que sí —replicó, sin apartar los ojos ni por un instante de la cara pálida e inmóvil que viajaba debajo del manto—. Siempre y cuando tenga un final feliz.


Xena se despertó totalmente confusa y se quedó mirando sin aliento el entorno desconocido durante largos segundos hasta que Gabrielle apareció entre la hoguera y ella y se arrodilló a su lado.

—Ah —susurró débilmente, al tiempo que sus dedos reconocían la sensación de las ásperas pieles que tenía debajo—. ¿Q...?

—Tranquila —le dijo Gabrielle—. Estamos en esas chozas que nos dijiste. Es... mm... —Volvió la cabeza y miró el rústico espacio—. No es gran cosa, pero hemos arreglado la mayoría de los agujeros del techo, así que está bastante seco.

—Mm. —Xena miró por encima de ella y vio cuerpos que se movían difusamente al otro lado del fuego—. ¿Cuánto tiempo...? —preguntó—. ¿He estado sin sentido?

La chica la miró directamente, con la frente tensa.

—Demasiado. Me has dado un susto.

Una regia ceja se contrajo.

—Mmm.

Gabrielle se movió, agarró bien el paño que tenía en la mano y le secó la frente a Xena con él.

—Brendan está haciendo una lista de lo que tenemos y esas cosas —dijo—. ¿Quieres algo... algo que puedas tomar para lo que te duele?

Xena meneó la cabeza, mínimamente.

—No —murmuró—. Me han sacudido la sesera. —Alzó la mano y se tocó el lado de la cabeza, cerca de la oreja—. El daño está todo ahí dentro. No se puede tomar nada. No se puede hacer nada. Sólo esperar a que se pase.

—Oh.

—Pasar varios días en una cama blanda y cómoda ayuda —añadió Xena, echando una leve mirada irónica a su entorno—. No te tienes que mover ni hacer gran cosa.

Gabrielle se mordió el labio por dentro, no muy segura de si Xena hablaba en serio o no.

—¿De verdad?

—De verdad —dijo la reina—. Pero casi siempre me ha ocurrido en medio de una batalla, así que nunca he puesto a prueba la teoría. —Se puso boca arriba y echó una mirada al techo de paja. Se le dilataron las aletas de la nariz—. Seguro que ahí arriba hay arañas.

—No, no hay —replicó Gabrielle inesperadamente—. Lo he comprobado.

Xena volvió la cabeza y la miró.

—¿Sí?

La chica asintió.

—Había un ratón, pero no me pareció que eso contara, así que lo dejé.

Los labios de la reina se tensaron y luego esbozaron una tenue sonrisa. Luego miró por encima de Gabrielle al resto de los ocupantes de la choza. La mayoría eran sus hombres, pero algunos eran siervos de la fortaleza. Todos estaban ocupados con alguna tarea, y mientras los miraba, se dio cuenta de que no percibía ese miedo intranquilo tan habitual y que siempre notaba a su alrededor, incluso en los soldados a los que dirigía.

Era un cambio inesperadamente agradable, sobre todo porque en este momento se sentía tan enferma que realmente no estaba de humor para mostrarse dogmática y regia como era debido. Xena soltó aliento. Ni siquiera le apetecía matar a nadie.

Patético.

—¿Quieres unas galletas saladas y un poco de queso? —preguntó Gabrielle—. Tengo.

Xena arrugó la nariz con gesto expresivo.

—No están tan mal.

—Sólo agua —replicó la reina—. Cualquier otra cosa va a acabar en el suelo, de todas formas. —Observó en silencio cuando Gabrielle se levantó y cogió una taza y luego fue a la puerta, la abrió y sacó la mano bajo la lluvia—. Eso sí que no va a estar envenenado, a menos que los dioses me la quieran jugar.

—¿Ama? —Brendan se acercó—. ¿Necesitabas algo?

Xena reflexionó sobre la pregunta.

—No —contestó—. Estoy bien. Diles a todos que descansen todo lo que puedan hasta que deje de llover de una puñetera vez.

—A la orden.

—Y entonces nos iremos a casa.

—A la orden —repitió Brendan—. Descansa tranquila, ama. Nosotros cuidaremos de ti —le dijo, muy serio.

Xena lo miró con las cejas enarcadas, pero en ese momento Gabrielle regresó con su taza y tuvo que concentrarse en incorporarse para recibir el contenido. Decidió que más tarde tendría que ocuparse de Brendan y todo eso de "cuidarla".

Era perfectamente capaz de cuidar de sí misma.

Gabrielle le pasó un brazo por los hombros y le llevó la taza a los labios.

Bueno, reconoció la reina. Salvo cuando era mucho más agradable dejar que otra persona lo hiciera. Pero eso era otra historia totalmente distinta. Xena arrugó un poquito la frente. ¿No?

Mmm.


El suelo era incómodo. Era de tierra y tenía la superficie llena de hoyos tras años y años de duras botas y patadas descuidadas. El montoncito de paja y la fina manta que Gabrielle había conseguido para sí misma no lo mejoraban mucho, pero no habría cambiado su sitio junto a el camastro de Xena por nada del mundo.

Ni siquiera por la lujosa cama rellena de plumón de los aposentos de la reina.

Fuera seguía lloviendo, pero con el fuego y un poco de suerte habían conseguido secar la mayoría de sus cosas. Todo el mundo había contribuido con sus provisiones y lo que descubrieron fue mejor de lo que se esperaban.

Alguien, descubrió Gabrielle con asombro, había recogido incluso su palo y lo había traído. Ahora estaba guardado detrás de ella, debajo del camastro para que no estorbara. Había suficiente en los sacos para que todo el mundo obtuviera una comida poco refinada compuesta de muchas cosas, y con la ayuda de una olla vieja y mellada, lo que quedaba se estaba cociendo para añadir una sopa espesa.

Gabrielle estaba sentada en su pequeño nido, cruzada de piernas y con una taza de agua tibia en las manos. Se había quitado las botas, que se estaban secando junto con las de Xena a los pies del camastro: les había quitado las costras de barro y había dejado las cosas de Xena lo más ordenadas y recogidas que permitían las circunstancias.

No creía que esto le importara a Xena en estos precisos momentos, pero sabía que a la reina le importaría y, lo que era más importante, a ella le importaba. No sólo porque Xena fuese la reina y ella fuese su...

Gabrielle se rodeó la rodilla levantada con las manos y se quedó mirando el fuego. ¿Y qué era ahora exactamente? Xena le había dado la libertad... ¿no? Aunque ella hubiera quemado el pergamino, la intención de la reina estaba muy clara.

Así que si no era la sierva personal de Xena, ¿qué era? ¿Su consorte? Así la había llamado Xena en algunas ocasiones, pero Gabrielle arrugó la nariz al pensar en el término. No se sentía como una consorte. Aunque le daba bastante vergüenza reconocerlo, la verdad era que le gustaba que Xena la llamara su esclavita de amor picarona, pero...

—Bueno, pues sí que... —Gabrielle acabó riéndose de sí misma—. A ver si encuentras algo realmente importante de que preocuparte, ¿vale? —Se apoyó en el borde del camastro de la reina y se volvió para observar los leves movimientos del rostro de Xena mientras dormía.

Eso. Eso era algo más importante. Gabrielle alargó la mano, tiró un poco de la piel andrajosa y arropó el hombro de la reina con el extremo. Le había quitado a Xena casi toda la ropa y debajo había descubierto no sólo contusiones, sino además dos cortes profundos, cuya sangre le había endurecido los paños menores, tiñéndolos de un vivo color rojo oxidado.

Tras buscar un poco más encontró algunas tiras pequeñas de lino que podía usar como vendas y limpió los cortes lo mejor que pudo antes de taparlos con cuidado. No tenían agujas, ni nada con que coser, de modo que sólo podía esperar que las vendas contribuyeran a curarlos con el tiempo.

Se preguntó por qué Xena ni lo había mencionado. No era algo que se pudiera olvidar sin más. Al menos Gabrielle no creía que uno se pudiera olvidar de una cosa así, pero por otro lado, no tenía mucha experiencia con heridas de espada, así que, ¿quién podía saberlo?

¿Quién podía saberlo? Gabrielle rodeó con los dedos la mano que Xena tenía fuera de las mantas y notó que, incluso dormida, se la estrechaba como respuesta al contacto.

Pero al cabo de un momento, Xena abrió los ojos y miró adormilada a Gabrielle.

—¿Me has quitado la ropa?

Inesperadamente, Gabrielle se sonrojó.

—Sí.

—¿Y has dejado que siguiera dormida? Niña mala. Te quedas sin baklava —dijo Xena suavemente—. ¿Cómo va la cosa? —Movió un poco el cuerpo, mirando por encima de Gabrielle—. Sigue lloviendo, ¿eh?

Gabrielle le acercó la taza, al ver que la reina se lamía los labios secos.

—Creo que vamos bien. —Observó a Xena mientras ésta se incorporaba despacio sobre un codo y tomaba un sorbito—. Estamos haciendo una sopa... ¿crees que podrías tomar un poco?

Xena volvió a bajar la cabeza y apoyó la barbilla en la muñeca.

—Tal vez —contestó, tras un breve silencio—. ¿Qué lleva? No estarás cociendo mi bota ahí dentro, ¿verdad? —Soltó un ligero gallo con la última palabra y frunció el ceño—. Je. El mundo no está preparado para verme pasar otra vez por los cambios, eso seguro.

Gabrielle sofocó una risita.

—Parece que te encuentras mejor.

La reina encogió un hombro.

—No me encuentro peor. —Alargó la mano y cogió un mechoncito de pelo de Gabrielle, dándole un ligero tirón—. Me has atado.

—Te he puesto algo en esos cortes grandes, ¿te refieres a eso?

Xena asintió.

—¿Mucha sangre?

La chica asintió a su vez.

—Ah. —Xena se volvió ligeramente y metió la mano bajo las mantas, palpando las vendas. Luego volvió a acomodarse, medio boca abajo, medio de lado. La piel se escurrió un poco, dejando al descubierto un hombro desnudo y se detuvo para examinar la contusión que le cubría la mayor parte—. Mm.

Gabrielle tocó ese punto, rozando con los dedos la superficie redondeada.

—Eso tiene que doler.

—No —respondió Xena—. No lo piensas cuando estás luchando. A veces, tampoco lo piensas después. —Flexionó la mano, observando el músculo que se movía bajo la piel—. Supongo que sí duele, sólo que no le prestas atención.

Despacio, Gabrielle se inclinó y le dio un beso en ese punto. Luego apoyó la mejilla en él y se quedó mirando a Xena, expresando con los ojos algo para lo que todavía no tenía palabras.

Xena le sonrió, como si por un momento fueran las dos únicas personas presentes en la estancia. Entonces notó las miradas que había a su alrededor y apartó los ojos, duros como el acero al moverlos por la estancia.

Por alguna puñetera razón, todo el mundo le sonrió. Xena soltó un pequeño resoplido de indignación. Se planteó levantarse y pegar a alguien, pero entonces se dio cuenta de que hacerlo desnuda seguramente causaría más impacto del que realmente pretendía.

Una de las mujeres que estaban al lado del fuego se levantó y fue hasta ella, con un tosco cuenco de madera. Se arrodilló al lado del camastro y se lo ofreció.

—Ama, no es gran cosa, pero está caliente.

Xena observó el humo que desprendía. Miró por encima del cuenco a la mujer, una sierva de mediana edad cuyo nombre no creía haber sabido nunca.

No, espera. Xena cerró los ojos con un aleteo de pestañas y luego los abrió.

—Gracias, Mariah —dijo, con tono apacible.

La mujer había apartado la mirada, pero ahora la levantó y se le agrandaron los ojos, y en su cara se formó una expresión de sorpresa y placer.

—Dáselo a Gabrielle... lo compartiremos —continuó Xena.

—Sí, ama. —Mariah entregó el cuenco y se puso en pie, deteniéndose un momento para hacer una reverencia antes de retroceder. Todavía sonreía cuando se reunió con el grupo de siervos sentados junto al fuego y su sonrisa creció cuando todos inclinaron la cabeza hacia ella susurrando muy excitados.

Gabrielle olisqueó el cuenco, luego cogió una cuchara y dio vueltas al contenido. Miró a Xena y se encontró con que la reina la miraba a su vez con media sonrisa.

—Me parece que le acabas de alegrar el día —murmuró.

—Mm —gruñó la reina—. ¿Me siento y les alegro el día a todos los demás? —preguntó, con un ligero brillo travieso en los ojos.

—Xena. —Gabrielle sofocó una carcajada.

—¿Sííííííííí, Gabrielle? —soltó la reina gravemente—. No me vas a dar de comer con esa cuchara, así que o me siento o vas a tener que buscar otra manera de meterme esa sopa en la boca.

Mm. La chica se quedó un momento contemplando la sopa con la cara muy seria. Luego cogió la cuchara y se metió el contenido en la boca. Levantó la cabeza, miró a Xena y dejó el cuenco en el suelo, tras lo cual se puso de rodillas y se inclinó por encima de la reina, juntando sus labios.

Demasiado sorprendida para hacer otra cosa, Xena abrió la boca y recibió a la vez un cálido chorro de líquido y una lengua que exploraba con timidez. Se tragó la sopa a toda prisa, para librarse de ella y poder concentrarse en lo segundo, levantando una mano para rodear el cuello de Gabrielle y acercársela más.

A la mierda la sopa. Xena notó que su cuerpo reaccionaba, dejando de lado las molestias, sustituidas por una oleada de pasión. Por fin tuvieron que hacer una pausa para respirar y soltó a Gabrielle, mirándola a los ojos cuando la chica se irguió un poco.

—Habría sido menos escandaloso si les hubiera enseñado el pecho sin más.

Gabrielle tomó aliento y se puso colorada como un tomate.

—Ahora vas a tener que convencerlos de que no se van a quedar ciegos.

—Lo s... siento.

—Yo no. —Xena logró soltar una débil carcajada—. ¿Dónde está mi sopa? Me muero de hambre.

Gabrielle se preguntó qué le había entrado. Entonces vio la mirada seductora de párpados entornados que le dirigía la reina y decidió que conseguirle una camisa seguramente sería una idea muy, muy buena.

Salvo que eso quería decir que tenía que volverse y hacer frente a la estancia para poder llegar donde tenían sus cosas. Gabrielle casi sentía los ojos pegados a su espalda, y echó una mirada suplicante a Xena.

La reina la miró con ojos chispeantes.

Gabrielle se armó de valor y se levantó, alegrándose de que la escasa luz que había allí dentro disimulara su sonrojo. Se volvió y se dirigió al rincón donde estaban las alforjas, viendo a medias las sonrisas que la iban siguiendo.

Xena se relajó en su camastro, contemplando la estancia con aire benigno. Había mucho silencio.

Demasiado silencio.

—Esto de ser la reina es estupendo, ¿eh? —comentó en voz alta—. Tendríais que ver lo que sabe hacer con la fruta.

Era difícil saber, con esa luz, cuál de todos ellos se puso más colorado. Satisfecha con sus diabluras por el momento, Xena volvió a apoyar la cabeza en el brazo y cerró los ojos.


Por fin dejó de llover. Gabrielle se había levantado para quitarse los calambres que tenía en las piernas por la incómoda postura y notó el silencio. Caminó de puntillas con cuidado por entre los cuerpos dormidos de cualquier manera en el suelo a su alrededor y asomó la cabeza por la puerta.

El guardia que estaba fuera se volvió hacia ella de inmediato y luego se relajó al reconocerla.

—Señora.

—Hola —susurró Gabrielle—. ¡Jo, mira qué estrellas! —Salió y echó la cabeza hacia atrás, contemplando un cielo azul de medianoche totalmente despejado de nubes y restallante de puntitos luminosos. El aire también se había limpiado y le produjo una sensación fría y vigorizante en los pulmones al aspirarlo.

—Sí, está bonito —asintió el guardia—. Yo también me he alegrado de verlas, después de tanta agua.

—Ya lo creo —sonrió Gabrielle—. ¡Oh, mira! —Dos bandas de luz pasaron a toda velocidad por encima de su cabeza y desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos—. Ésa es una señal estupenda. Seguro que ahora las cosas van a ir mucho mejor.

El guardia se rió por lo bajo y luego carraspeó.

—¿Cómo está Su Majestad?

Mm. Buena pregunta.

—Creo... —Gabrielle se lo pensó cuidadosamente—. Creo que se va a poner bien. Creo que ya se encontraba mejor antes de que nos acostáramos todos.

El hombre asintió.

—Es una mujer durísima —dijo—. Harían falta muchos más que esos para dejarla tirada mucho tiempo.

Gabrielle se apoyó en la madera de la jamba de la puerta, notando la áspera superficie que le rozaba un poco la piel del hombro.

—¿Estuviste con ella antes?

Él no tuvo ni que preguntarle antes de qué.

—Sí. —Se apoyó a su lado—. Me uní a ella cuando tenía dieciséis años. No tenía ni idea de lo que hacía. —Sonrió un poco y el movimiento tiró de una larga cicatriz irregular que le bajaba desde el rabillo del ojo izquierdo hasta la mandíbula—. Tuve suerte de durar la primera luna.

—¿Por qué te fuiste de casa?

Se cruzó de brazos y soltó aliento.

—Era el cuarto hijo. —La miró, con expresión irónica—. No quería pasarme la vida cavando la tierra.

—Mm. —Gabrielle se preguntó, por un instante y por primera vez, cuál habría sido su futuro si los traficantes de esclavos no la hubieran capturado y no hubieran quemado la aldea. ¿Una vida cuidando del rebaño de ovejas? ¿O un matrimonio acordado con ese cerdo amigo de su padre que la deseaba desde que murió su primera esposa?

—Sí —le dijo al guardia—. Yo me sentaba junto a la ventana por la noche y contemplaba el mundo, preguntándome qué había ahí fuera y si alguna vez llegaría a verlo.

—¿Alguna vez pensaste en marcharte?

Gabrielle asintió.

—Tenía miedo. —Miró al guardia—. Tenía miedo de lo que me podría pasar si me capturaban.

—Ah —gruñó el hombre—. Es distinto para las chicas.

—Sí —asintió ella—. Creo que eso hace que Xena sea aún más especial.

El guardia volvió a reírse entre dientes.

—Muchacha, hay más cosas que la hacen especial. Estuve hablando con algunos de esos tíos tercos que estaban con Bregos y lo que les tocaba los... ah... lo que los sacaba de quicio era que fuese una mujer.

—Ya me parecía —asintió Gabrielle—. Creo que gran parte del problema viene de ahí. Los hombres están acostumbrados a mandar. Ella echa eso por tierra, porque si ella puede estar al mando, ¿por qué no podrían las demás mujeres?

El hombre reflexionó un momento, con la cara en sombras. Era bastante joven y tenía el pelo más o menos del mismo tono que ella.

—Sí, tal vez —murmuró por fin—. Cada vez que recibíamos a un chico nuevo, en los viejos tiempos, lo primero que hacía ella era quitarle el orgullo a tortazo limpio. Así se mantenía el orden.

Gabrielle asintió de nuevo.

—Al principio me preguntaba por qué era siempre tan violenta. Ahora... —Soltó aliento—. Creo que comprendo por qué. Tenía que serlo.

—Sí —asintió el hombre, de acuerdo con ella—. Pero esos tipos de las sedas... ellos no la respetan. No sé si es porque es mujer o porque no somos más que una panda de labriegos que les han quitado sus tierras.

Gabrielle suspiró.

—Sí.

—Y ella dejó que la instalaran en esa torre, lejos de nosotros —continuó el guardia—. Sólo se tenía a sí misma, después de que mataran al muchacho.

—¿A Liceus? ¿Su hermano?

—Sí —dijo él—. Sola allí arriba, sin nadie en quien confiar. Debía de estar medio loca. —Ahora sonrió—. Tú nos la has devuelto.

Gabrielle lo miró asombrada.

—¿Yo?

—Sí, tú —intervino una nueva voz. Ambos se volvieron y vieron a Brendan justo detrás de Gabrielle, con una dulce sonrisa en su ajado rostro—. Y te lo agradecemos, pequeña.

Ella levantó la vista hacia las estrellas y luego los miró de nuevo.

—Yo sólo quiero que sea feliz.

Se hizo un breve silencio incómodo entre ellos. Gabrielle apretó los labios y luego se volvió y entró de nuevo en la choza, regresando al lado de la reina.

Con un ligero suspiro, se sentó de nuevo en su fina manta, plantó los pies descalzos en el suelo de tierra y apoyó la espalda en el borde del camastro. Puso los codos en las rodillas dobladas y se preguntó si merecía la pena intentar volver a dormir.

Todavía faltaban horas para que amaneciera, cosa que sabía por el cielo, pero el suelo era tan incómodo que le costaba mucho encontrar una postura que le permitiera relajarse. Con un suspiro, colocó la barbilla sobre las muñecas.

Un dedo le tocó la espalda y subió trazando una línea hasta su nuca. Gabrielle volvió la cabeza, miró por encima del hombro y no se sorprendió al descubrir los ojos medio cerrados de Xena que la miraban.

—Hola.

—Hola. —La voz de Xena era suave y ronca.

—Ha dejado de llover.

Apareció un leve brillo risueño.

—Estupendo. Levanta a todo el mundo. Nos vamos.

Gabrielle parpadeó consternada, mirando a las figuras dormidas que las rodeaban.

—Ah... q...

—Te lo has tragado. —La reina sonrió de medio lado—. Es broma.

Algún día, aprendería. Gabrielle le devolvió la sonrisa, bastante aliviada. Aunque no pudiera dormir, tampoco tenía la menor gana de levantarse de un salto y emprender la marcha. Tenía el cuerpo cansado y dolorido de la larga noche que había pasado agachada junto a la reina y, además, no creía que a los demás les fuera a hacer gracia tampoco.

—Qué graciosa eres a veces.

—¿Sí? —Xena sacó una mano de debajo de las pieles y le tocó la cara a Gabrielle—. ¿Hace frío ahí fuera?

Gabrielle asintió.

—Ya no llueve, pero hace bastante frío. —Se frotó los brazos con las manos—. Menos mal que aquí dentro tenemos fuego.

Los claros ojos azules la observaron un momento.

—¿Sabes lo que creo?

—¿Mm? —Gabrielle se volvió a medias, para poder estar más cerca—. ¿El qué?

—Creo que necesito un fuego aquí dentro. —Xena apartó las pieles y dio una palmadita en la escasa superficie del camastro—. Arriba.

Los ojos de Gabrielle se trasladaron al resto de la estancia y luego volvieron a ella, redondos e interrogantes.

—Xena, yo...

—Yo... —Xena se señaló a sí misma—, soy la reina. Me importa un carajo lo que piensen los demás. Arriba. —Dio otra palmadita en la superficie.

—P...

—Nada de peros. —La voz de Xena adoptó un tono enérgico.

Gabrielle se levantó y se acostó en el camastro, con la esperanza de que no acabaran las dos en el suelo. No había mucho espacio en absoluto y lo único que pudo hacer fue pegarse a Xena al tiempo que la reina colocaba las pieles por encima de ambas.

Después de pasarse todas esas horas temblando en el suelo, la sensación era como tomarse un tazón de sopa caliente en una noche gélida. Gabrielle notó que Xena la rodeaba con el brazo y se pegó más a ella, rodeándola a su vez con el brazo mientras sus cuerpos se acoplaban y acomodaban.

Ni siquiera recordó haber cerrado los ojos.

Xena miró afablemente a la figura ahora relajada y acurrucada a su lado.

—A lo mejor ahora las dos conseguimos descansar un poco —comentó a la oscuridad que la rodeaba—. Porque tengo la sensación de que nos va a hacer falta para mañana.

El fuego le contestó con un destello, una chispa que saltó y subió flotando hasta desaparecer.


PARTE 19


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