17


Seguía nevando a la mañana siguiente. Salieron de la cueva de todas formas, azuzados por la determinación de Xena de que ninguna tormenta les iba a cortar el paso ni una marca más.

Gabrielle miró hacia la derecha al salir y al instante lamentó haberlo hecho. El hombre que Xena había mandado dejar fuera la noche antes había muerto y su cuerpo congelado colgaba de un par de tiras de cuero clavadas en las rocas.

Mientras pasaban, se balanceaba rígidamente contra la piedra, y ella se obligó a bajar la vista y apartar la mirada de su rostro de ojos vidriosos.

Xena ni se molestó en mirarlo dos veces. Guió a su gran semental sendero abajo y se detuvo en la intersección del sendero principal, ahora cubierto de nieve. Mientras observaba, los copos de nieve le salpicaban el pelo oscuro, por lo que sacudió la cabeza para librarse de ellos. Esperó a que hubiera un puñado de gente detrás de ella y entonces pasó al sendero principal y echó a andar cuesta arriba, aplastando la nieve virgen con la botas con un sonoro roce.

Nadie más se movió. Gabrielle miró alrededor, desconcertada, hasta que cayó en la cuenta de que estaban esperando a que ella fuera primero.

—Perdón. —Avanzó—. Vamos, Parches, en marcha. —Guió a su poni detrás de Xena, observando cómo colocaba los cascos con cuidado sobre las resbaladizas piedras. Pero sus botas se afianzaban con firmeza, y adquirió un poco más de seguridad cuando empezaron a subir por la cuesta.

Intentaba no pensar en el hombre que habían dejado atrás, pero le costaba. No era agradable y casi había logrado que mataran a otro, pero así y todo... Gabrielle soltó aliento, que apareció como una tenue nube ante ella. Así y todo, sólo era malintencionado y estúpido, a fin de cuentas. ¿Realmente eso era motivo para morir?

¿Había realmente algún motivo para morir, a menos que no te quedara más remedio?

Moviendo levemente la cabeza, Gabrielle se echó hacia delante y avanzó un poco más rápido, alcanzando casi a Xena cuando llegaron a un ligero recodo del sendero. Caminó a la sombra de la reina, con la cabeza gacha mientras la nieve la cubría de una capa helada.

Ascendieron durante marcas en relativo silencio, rodeadas por el trueno sordo de los cascos de los caballos y las ruedas de los carros mientras se adentraban en un mundo que se iba sumiendo en un sueño blanco y frío.

Gabrielle levantó la mano y se frotó la nariz, cuya punta empezaba a estar un poco insensible por el frío. Las manos también empezaban a dolerle y se las metió por debajo del manto cuando terminó de calentarse la cara. Delante de ella, Xena iba caminando como si hubiera salido a dar un paseo por el jardín, y Gabrielle decidió distraerse observando en cambio a la reina.

Tenía una forma de andar muy bonita, decidió la esclava. Era potente y muy rítmica, levantando las botas totalmente de la nieve antes de volver a hundirlas en ella, casi como si estuviera desfilando.

Se sorprendió al advertir también que Xena tenía las piernas ligeramente arqueadas, lo cual la hacía caminar con un leve contoneo sexi. Gabrielle llegó a la conclusión de que debía de haber pasado mucho tiempo montada a caballo con su ejército. También la postura del tronco era un poco distinta, ligeramente torcida hacia un lado.

Tenía unos hombros estupendos. Gabrielle los veía moverse debajo del manto y eran lo bastante anchos como para sujetar la prenda bien colocada en su sitio sin que se resbalara.

Mientras caminaba, su cabeza estaba en continuo movimiento, observando sin parar de un lado a otro mientras abría camino y los llevaba hacia arriba. Eso era realmente asombroso: ella se esperaba que aquí fuera los soldados rodearan a la reina y en cambio, parecía ser al contrario. Xena era la persona a la que todo el mundo acudía en busca de protección.

Era, en todos los sentidos, una dirigente.

Gabrielle soltó aliento. Y los dirigentes a veces tienen que hacer lo que tienen que hacer, ¿no es eso lo que ella te diría?

Haciendo más esfuerzo, se acercó más a la reina, tanto que Xena notó su presencia, miró hacia atrás y sus labios se curvaron en una sonrisa que descubrió sus blancos dientes cuando sus ojos se encontraron.

—¿Qué, ya estás congelada?

Gabrielle subió la mano y volvió a frotarse la nariz.

—Más o menos. —Tenía los ojos llorosos por el viento frío y húmedo que bajaba soplando por la montaña.

—Ése es el precio que pagas por ser mi consorte —le dijo la reina alegremente y señaló detrás de ellas—. Ahí atrás se está bien calentito con todos esos malditos animales.

La esclava miró atrás y luego volvió a mirar a Xena.

—Prefiero el frío —afirmó, sonriendo a la reina con terquedad—. Además, me gusta ver por dónde voy. —Hizo una pausa—. ¿Dónde vamos, por cierto?

Xena aflojó un poco el paso y señaló hacia delante.

—¿Ves ese paso de ahí arriba? ¿Esa brecha en las rocas?

Gabrielle guiñó los ojos, protegiéndoselos de la nieve.

—Mm... más o menos.

—Créeme, está ahí —le aseguró la reina—. Cuando lo atravesemos, bajaremos al siguiente valle. El tiempo mejorará y podremos hacer algo útil.

—¿Es la única manera de llegar allí?

Xena señaló hacia abajo.

—El camino, pero se tarda un día más y de todas formas al final tienes que cruzar ese maldito paso. Si dejáramos que se llenase de nieve, nos podríamos quedar atrapados.

—Oh. —A Gabrielle eso no le hizo gracia—. ¿Llegaremos a tiempo?

La reina se rió por lo bajo.

—Sí. Sólo nieva desde anoche. El paso tarda días en llenarse. —Flexionó las manos, aspirando una profunda bocanada de aire frío, y pareció regodearse en la húmeda incomodidad—. Ah, esto es mucho mejor que esa maldita fortaleza.

La esclava levantó la mirada.

—¿Sí?

Xena siguió caminando, con el rostro repentinamente pensativo.

El sendero se iba haciendo cada vez más empinado, y Gabrielle acabó jadeando y consciente de una capa de sudor que se le iba formando bajo la ropa a pesar del frío. Miró atrás y vio a la primera fila de soldados que las seguían impertérritos, mientras el frío traicionaba el esfuerzo que ellos mismos estaban haciendo por los chorros de vaho que exhalaban al jadear.

Eso hizo que se sintiera un poco mejor, sobre todo porque Xena ni siquiera parecía estar haciendo un esfuerzo.

Le temblaban muchísimo las piernas cuando por fin llegaron al paso, y se sintió muy agradecida de contar con su bastón al apoyarse en él. La nevada era ahora más espesa, y ahora tenía insensible no sólo la nariz sino también parte de la cara, además de las manos.

Xena entró en el paso, con todos los sentidos alerta. La nieve recién caída tapaba cualquier huella, pero inclinó la cabeza hacia arriba para captar el viento, en busca de cualquier sonido u olor fuera de lo normal.

No los había. La reina siguió adelante, alegrándose por dentro de estar en terreno relativamente llano. Por muy en forma que estuviera, la caminata le había agotado las energías más de lo que se esperaba y eso la fastidiaba más de lo que estaba dispuesta a admitir ante nadie que no fuera ella misma.

Aunque nadie se habría atrevido a preguntárselo, por supuesto.

—¿Vas bien? —Gabrielle se materializó a su derecha, ahora que el sendero era lo bastante ancho para que las dos pudieran caminar la una al lado de la otra.

Si, bueno. Casi nadie.

—¿Yo? Yo estoy bien. Tú pareces a punto de desplomarte —comentó Xena—. Las ovejas no caminan mucho, ¿verdad?

—No, a menos que no les quede más remedio —reconoció Gabrielle—. Por lo general, se quedan por ahí pastando la hierba. Lo de trepar montañas se lo dejan a las cabras. —Miró hacia delante, estudiando el paso. Era largo y estrecho, y la salida volvía a elevarse en cuesta antes de desaparecer por el borde de la montaña. Se dio cuenta de que, efectivamente, lleno de nieve lo bastante alta podría resultar mortífero.

Se alegró de saber que no tardarían en cruzarlo. Las altas paredes llenas de ecos le producían una leve inquietud. Por instinto, se acercó más a Xena, controlando apenas el impulso de coger la mano de la reina. En lo alto del paso, el viento había amainado, interrumpido por las altas paredes cortadas a pico que lo desviaban en forma de extraños remolinos que les agitaban las capas, envolviéndoselas alrededor de las piernas.

Agradecida, flexionó las manos y alzó una para frotarse la cara, que empezaba a picarle al recuperar la sensibilidad.

—Brr.

—¿Frío? —preguntó Xena.

Gabrielle la miró, sin saber si lo preguntaba en serio. ¿Cómo no iba a tener frío?

Sin tropezar, Xena se inclinó, la agarró de la mandíbula y la besó con pasión sincera y absoluta. Al cabo de un momento infinito, soltó a su esclava y se irguió, lamiéndose los labios y soltando un ruido de placer.

Gabrielle se tambaleó y luego recuperó el equilibrio al tiempo que una acometida atronadora de sangre le calentaba hasta el último centímetro de su cuerpo. La repentina pasión fue pura y muy inesperada y su vientre ardió con el deseo de proseguir el contacto, a pesar de las circunstancias.

—¿Ya tienes más calor? —preguntó Xena, con una sonrisa burlona.

La esclava tragó saliva, reprimiendo su libido sorprendentemente agresiva.

—Mm... sí, gracias.

La reina se rió entre dientes y luego, poco a poco, su risa fue desvaneciéndose cuando algo... le acarició los sentidos, trayéndole una advertencia difusa cuyo origen aún no había localizado. Aflojó el paso y levantó una mano, apretando el puño por encima de la cabeza.

Los hombres que iban detrás de ella se detuvieron en seco y se quedaron inmóviles. Sólo los carros traquetearon unos segundos más a medida que los carreteros detenían a los caballos, y luego se hizo el silencio.

Xena sintió un repentino nudo en el estómago. En el momento mismo en que se oyó el primer grito, supo que acababa de meterse en una trampa y su mano alcanzó su espada al tiempo que soltaba un alarido de alarma.

Al instante, el paso se sumió en el caos. En lo alto de las paredes aparecieron cabezas y una lluvia de piedras y restos cayó sobre ellos.

Xena agarró a Gabrielle por la parte delantera del manto y la empujó contra la pared detrás de ella, gritándo órdenes al mismo tiempo. Los soldados respondieron rápidamente, pegándose a la piedra y saltando para ponerse a cubierto debajo de los carros.

—¡Proteged la retaguardia! —vociferó la reina.

—¡No! ¡Ama! ¡Allí! —Brendan disparó su ballesta hacia el repecho de arriba y señaló hacia delante—. ¡Mira!

Xena miró. Por el otro lado del paso bajaba una legión de hombres cubiertos de armadura. Lo único que había entre ellos y sus soldados... entre ellos y Gabrielle, era ella.

Y las cosas se quedaron en silencio para Xena y todo pareció moverse despacio a su alrededor, dándole tiempo para comprender lo que estaba a punto de ocurrir, y se sintió abrumada por la decepción al darse cuenta de que nadie tenía la culpa de la situación en la que se encontraba salvo ella misma.

Saber eso casi le dio paz. Al fin y al cabo, había vivido según sus propias normas.

—¡Muy bien! —Xena salió de su trance—. ¡Media vuelta todo el mundo y a CORRER!

—¡Nos alcanzarán! —gritó uno de los hombres más cercanos a ella, cuando la legión empezó a aproximarse y las ballestas empezaron a disparar.

—No, para nada. —Xena le dio un empujón y los hombres empezaron a moverse—. ¡RÁPIDO! ¡¡¡¡AHORA!!!!

Algunos de sus soldados se arrodillaron junto a los carros y dispararon hacia las paredes, intentando desesperadamente mantener el camino despejado mientras los siervos de la retaguardia iniciaban la desbandada a trompicones hacia las paredes interiores del paso.

Xena se giró en redondo, calculó el número de hombres que se aproximaban, luego se volvió a medias y agarró a Gabrielle, empujándola para que siguiera a los últimos soldados.

—¡Vete!

Gabrielle estaba medio muerta de miedo. Notaba las flechas que pasaban silbando a su lado y estuvo a punto de chillar cuando Xena atrapó una en el aire justo delante de sus ojos. Se aferró al manto de la reina, desesperada por no separarse de ella.

—¡Tú deberías ir primero! ¡Eres la reina!

Xena retrocedió, sujetándola rodeada con un brazo, y movió los ojos de un lado a otro, calculando la distancia y los ángulos.

—Quiero que te vayas con Brendan.

—No.

—Gabrielle —gritó Xena a pleno pulmón—. ¡VETE! —La empujó de nuevo hacia los hombres que corrían, desviando flechas en el aire con la espada.

—Me quedo contigo.

Xena blandió la espada con mano experta, salvándoles a las dos la vida en un abrir y cerrar de ojos.

—Yo no voy —le dijo a Gabrielle ásperamente—. Voy a defender el paso para que los demás podáis SALIR PITANDO DE AQUÍ. —Empujó a Gabrielle—. ¡ASÍ QUE VETE!

Gabrielle se estampó con la espalda de dos hombres, oyendo los gritos, oliendo la sangre, percibiendo la carnicería.

—No.

—¡HE DICHO QUE TE VAYAS! —A Xena se le había agotado la paciencia. Los hombres estaban casi a su alcance y ellos estaban cerca de la entrada del paso. Agarró a Gabrielle, la levantó en volandas y la lanzó hacia la brecha—. ¡Brendan, llévatela!

Dio la espalda a la entrada del paso y afirmó las botas en el suelo, tejiendo una red de acero a su alrededor ahora que las flechas se concentraban en ella. Los hombres la vieron y lanzaron un grito sanguinario.

Un grito que clamaba por su sangre.

La guerrera que habitaba dentro de Xena se despertó. Casi fue un alivio sentir cómo ascendía ese energía feroz, mientras asimilaba la certeza de que por muy buena que fuese, no iba a sobrevivir a esta lucha.

Pero no importaba. Sus hombres sí sobrevivirían.

Gabrielle sí sobreviviría.

A lo mejor Gabrielle se lo contaba a todo el mundo. A lo mejor hasta acababa siendo una heroína, después de todo.

Xena casi se echó a reír. Oyó cómo los últimos carros salían del paso y se deslizó hacia atrás, colocándose justo en medio de la abertura. Con las piernas firmes, soltó un salvaje rugido de batalla y señaló con la espada a los hombres que se acercaban.

—Venid a pillarme, chicos. Hoy es un gran día para morir.

Justo como le había dicho el oráculo. Xena dedicó una sonrisa a su destino. Deja que alguien entre en tu corazón y eso te destruirá, Xena. Será tu fin.

Tenía razón. Xena se preparó, moviendo las manos tan deprisa que su espada sólo era un borrón que le quitaba de encima las flechas.

El muy estúpido ni se había molestado en comentar que iba a merecer la pena morir por ello.

La primera línea la alcanzó.

—Adiós, ratón almizclero —susurró Xena y entonces se entregó a la matanza.


—¡No! —Gabrielle se debatía entre los brazos de Brendan mientras huían por el paso—. ¡Suéltame!

—¡Tranquila, niña! —jadeó el soldado—. Vendrá detrás de nosotros dentro de nada, sólo nos está dando ventaja, nada más.

Gabrielle alzó la cabeza, sin dejar de mirar la figura de Xena. Vio que la reina se preparaba, clavando los talones de las botas, lista para hacer frente a la oleada que se dirigía hacia ella. Unos cincuenta hombres por lo menos corrían hacia ella, por no hablar de los que estaban en las paredes, y algo en el interior de Gabrielle le dijo que por muy increíble que fuese Xena como luchadora, eran simplemente demasiados.

Volvió a debatirse, lanzando el peso del cuerpo hacia un lado y haciendo perder el equilibrio a Brendan.

—¡SUÉLTAME! —le gritó en la oreja. Dando un tirón con todas sus fuerzas, se soltó del soldado y se lanzó de nuevo hacia el paso.

—¡NIÑA! —Brendan la cogió del brazo—. ¡Vamos!

La esclava se volvió hacia él.

—¡Necesita ayuda! ¡Cómo podéis huir sin más!

Brendan miró por encima de ella.

—¡Gabrielle, es parte de su plan! ¡No le pasará nada!

—¡Son cientos! —Gabrielle se soltó de nuevo—. Si tú quieres huir, adelante. Yo voy a volver para luchar con ella.

—Dioses. —El soldado la agarró del manto—. Eso es lo último que... ¡niña! ¡Usa la cabeza! ¡Son órdenes de la reina! ¡Quiere que estés a salvo!

Desesperada, Gabrielle se desató el manto y se lo quitó, liberándose. Salió corriendo sendero arriba, sin notar apenas que Brendan corría tras ella. Llegó a la cima, medio temerosa de volverse cuando él la alcanzó. Alargó la mano para atraparla de nuevo, pero ella se escabulló y buscó angustiada a la reina y por fin descubrió su alta figura casi sumergida en un mar de mortífero acero.

Los hombres de las paredes estaban bajando, soltando gritos de triunfo.

—Maldición —susurró Brendan—. Nosotros les damos igual.

—No. —A Gabrielle se le cayó el alma a los pies—. Sólo quieren matarla a ella. —Echó a andar hacia delante—. Vete. Huye y sálvate.

—¡Gabrielle! —Por última vez, la agarró del brazo.

Ella se volvió y lo miró a los ojos.

—Yo sé cuál es mi sitio. —Señaló con el dedo hacia el combate. Luego se apartó de las rocas y echó a correr.


Iba a ser una muerte interesante. Xena levantó una bota y pegó una patada a un hombre, esquivando la espada de otro al tiempo que estampaba el cuerpo contra el mango de la lanza de un tercero. A su alrededor el suelo ya estaba empapado de sangre.

Por ahora, se mantenía firme, y eso los estaba cabreando. Xena se echó a reír y esquivó otra estocada, sacó su puñal y se lo clavó al hombre en el vientre, tras lo cual lo sacó de golpe acompañado de un chorro de sangre caliente.

Ninguno de ellos había conseguido escabullirse hacia la entrada del paso.

Xena mató a otro hombre y recibió una fuerte patada en el costado antes de darse cuenta de que ninguno de ellos lo intentaba siquiera. Casi tropezó al caer en la cuenta, al comprender que se había metido casi corriendo en una trampa específicamente diseñada para ella.

Se puso tan furiosa que le cortó la cabeza al atacante que tenía más cerca y de su garganta brotó un alarido de pura rabia. Detrás del hombre los demás empujaron contra ella, y por un instante se sintió asqueada de sí misma. Su espada vaciló un instante y eso estuvo a punto de costarle la vida.

Maldita sea.

Recuperó el equilibrio y volvió inexorable a su tarea, decidiendo que si iba a morir aquí, pillada en una trampa que debería haber visto, al menos se iba a llevar a muchos de ellos consigo.

Alzó ambos brazos y descargó la espada hacia abajo, abriéndole la cabeza a un hombre, tras lo cual tiró de lado para soltar la hoja del hueso. Se echó a un lado y luego soltó una patada para hacer retroceder a los dos hombres más cercanos, consciente de otros dos que se le acercaban por la espalda.

Xena se agachó y se abalanzaron encima de ella y luego otro hombre le cayó encima desde un lado y ella perdió pie.

Qué mal.

Notó unas manos que la agarraban y un doloroso golpe en la cadera al rodar bajo el peso de los hombres, pero su cuerpo más delgado y flexible le daba una ventaja inesperada, y se escurrió, pegando patadas a todo lo que se le ponía por delante.

Se liberó por los pelos y se puso en pie junto a las rocas a tiempo justo de hacer frente a una nueva oleada de atacantes.

Se puso de espaldas a la roca y rodeó la empuñadura de su espada con las dos manos, usándola como arma y como escudo mientras se defendía de la marea de hombres que la atacaba.

El odio era casi tangible. Xena apartó con fuerza a un hombre que intentaba destriparla y liberó el brazo de un hacha que le dejó una larga línea roja en la piel. Los hombres percibieron que estaban ganando ventaja y se lanzaron hacia delante, dejándola aprisionada en el sitio mientras subían y bajaban las armas, desviadas tan sólo gracias a la habilidad de Xena y a una reserva de fuerza que se había pasado una vida entera acumulando.

Pero había límites, incluso para eso.

Vio que dos hombres alzaban sus ballestas y las disparaban, y entre que paraba una espada y esquivaba una maza, de algún modo tuvo tiempo de desviar las flechas. Pero eso hizo que su espada quedara fuera de sitio, y supo que no iba a poder atrapar la segunda lluvia de flechas cuando el más cercano levantó su arma y la apuntó con ella.

Cuando estaba a punto de apretar el gatillo, pegó una sacudida repentina y la flecha voló de lado. Se llevó la mano a la cara y miró a su alrededor, desconcertado y furioso.

Xena esquivó otro golpe, deslizándose hacia un lado y dejando que la maza golpeara en cambio la roca. El hombre echó el brazo hacia atrás y entonces él también se tambaleó y se llevó una mano a la cabeza.

Ella estaba demasiado ocupada para preguntarse qué ocurría. La masa se le echó encima y al instante tuvo que luchar por su vida, aplastada bajo una ola de hedor, puños y armas que caían sobre su cuerpo.

En los aledaños de su consciencia, oía una voz que gritaba y cuya tonalidad tocó algo en su interior que la impulsó a dar patadas frenéticas y a empujar a los hombres, hasta despejar un poco de espacio donde poder luchar mientras sus ojos miraban a su alrededor.

Buscando.


Gabrielle rodeó las rocas y se detuvo patinando, contemplando la marea de hombres airados durante un instante de consternación. Su deseo frenético de estar al lado de Xena la impulsaba a seguir, pero ahora que estaba tan cerca, ¿qué podía hacer para ayudar? Ni siquiera tenía su palo, aunque en realidad no habría sabido qué hacer con él.

Desesperada, miró a su alrededor y luego corrió hacia delante, haciendo acopio de piedras mientras corría. Cuando estuvo más cerca, se puso a lanzar las piedras contra los hombres, apuntando y lanzando con una habilidad que nunca había pensado que iba a tener que usar para otra cosa que no fuera entretenerse.

El miedo le daba fuerzas. Cogió todas las piedras que pudo y siguió tirándolas contra la gente, temiendo no conseguir nada.

Uno de los hombres a los que había alcanzado se volvió y la vio. Alzó la espada y corrió hacia ella con un grito de rabia y ella vio que en un instante se iba a encontrar cara a cara con una muerte muy desagradable. Con un gritito, le tiró su última piedra y se apartó justo a tiempo de evitar que la partiera en dos.

—¡Zorra! —El hombre se giró y la atacó de nuevo. Gabrielle trepó a una roca y saltó por encima, aterrizando casi en plancha cuando se le resbalaron las botas.

Eso le salvó la vida. La espada del hombre se estrelló en la roca por encima de su cabeza con tal fuerza que se le escurrió y la pesada arma de metal cayó sobre los hombros de Gabrielle y aterrizó en el suelo. Por instinto, ella la cogió y se zafó del hombre medio a rastras, medio corriendo, para acabar estampándose con la espalda de un hombre que acababa de girarse y de golpear algo con su maza.

Con un alarido de triunfo, alzó las manos aferrando el arma y arqueó la espalda, preparado para asestar un segundo golpe, éste con mucha más fuerza que el primero.

Gabrielle retrocedió tambaleándose y se dio cuenta de que el hombre ni se había enterado, de lo inmenso que era. Tomó aliento y entonces se le despejó la vista y vio lo que estaba a punto de golpear.

Xena estaba sujeta a la roca por al menos seis hombres, cuyo peso le inmovilizaba el brazo con el que sujetaba la espada, y estaba alzando la mano libre en un intento inútil de protegerse la cabeza de la maza.

—¡¡¡XENA!!! —Gabrielle sintió que le arrancaban el nombre de la garganta.

Como si todo se moviera más despacio, los ojos de la reina se posaron atónitos en su cara en el momento en que Gabrielle hacía lo primero que se le vino a la mente y lanzó lo que tenía en las manos contra el hombre.

Una carcajada. Amarga.

La mano de Xena atrapó la empuñadura de la espada y al instante la hundió en el cuerpo del que blandía la maza, moviendo el brazo desde abajo con fuerza suficiente para clavarle el arma en el pecho hasta la empuñadura.

El hombre se derrumbó hacia delante, soltando la maza, pero su cuerpo cayó encima de Xena y la derribó, enterrándola bajo los hombres que se debatían y maldecían. Luchó por liberarse, empujando contra la roca, casi ajena a la lluvia de golpes que le caía encima.

Consiguió volver a soltarse un brazo y dio zarpazos en el aire, haciendo saltar trozos de armadura, sangre y entrañas al tiempo que caía al suelo bajo el peso acumulado de los hombres, y por fin tocó una mano que aferró la suya con fuerza desesperada.

Oyó su nombre, oyó el miedo y el dolor de la voz de Gabrielle, y en ese momento supo que por fin había encontrado ese único y raro ejemplo de auténtica lealtad que demostraba lo que siempre había pensado.

Ironía, tu nombre es Xena.

Un golpe demoledor la alcanzó en la cabeza y todo se puso oscuro, tan deprisa que ni siquiera le dio tiempo de que le doliera.

—¡NO! —Gabrielle aferró la mano que se había quedado floja en la de ella y se resbaló y cayó sobre las piedras ensangrentadas mientras los hombres empezaban a darse abrazos y a gritar con tal fuerza que no oyeron el ruido de las ballestas, y ella tampoco.

Lo único que le importaba era que los cuerpos se movían, apartándose y dejando que llegara a la figura inerte y ensangrentada que yacía inmóvil y machacada en el suelo en medio de un charco creciente de un rojo intenso.

Cogió a Xena entre sus brazos, sin oír siquiera el ruido renovado del combate ni el caos que la rodeaba. Lo único que podía hacer era sujetarla, y acunó la cabeza de la reina contra su pecho, susurrando su nombre una y otra vez.

—Eh.

Atragantándose casi del sobresalto, Gabrielle bajó la mirada sin poder dar crédito y vio una rendija mínima de ojo azul que la miraba desde la masa de suciedad y sangre.

Temblando, le hizo un levísimo guiño.

La batalla pasó a su lado cuando los hombres de Xena hicieron retroceder a los atacantes con una carga desesperada, que bastó para rodearlas a las dos cerca de las rocas y sacarlas a ambas de allí para ponerlas frágilmente a salvo antes de batirse de nuevo en frenética retirada.


Estaba oscuro y hacía frío y estaba muy, muy asustada. Gabrielle estaba sentada con la espalda apoyada en las rocas y el cuerpo de Xena entre los brazos mientras oía a los soldados haciendo un intento desesperado por proteger su posición.

Habían retrocedido hasta la cueva, pero los atacantes los habían descubierto, y únicamente parecía cuestión de tiempo que sus fuerzas, muy superiores en número, arrasaran las barreras levantadas a toda prisa en la entrada de la cueva.

No tenía antorcha. Sólo un trocito de vela de sebo colocado en el repecho cercano, que le daba apenas luz suficiente para ver la cara magullada que estaba intentando lavar con un pedazo de paño mojado con el agua de su odre. Habían llevado a Xena hasta aquí, tres hombres cuya actitud, a pesar del caos, era conmovedoramente respetuosa con la figura inerte que depositaron con delicadeza entre sus brazos.

Sabían que se estaba muriendo.

Gabrielle lo sabía. Oía la respiración de la reina, que se iba haciendo cada vez más fatigosa, y la sensación de desolación que iba creciendo en su interior sólo era equiparable a la impotencia que sentía, pues lo único que podía hacer era reconfortar a la mujer con escasa habilidad.

Se inclinó y besó a Xena en la frente.

—Te quiero —susurró—. Por favor, no me dejes.

Las pestañas oscuras se estremecieron, levísimamente. Al cabo de un momento angustioso, Xena abrió los ojos y la miró.

Nunca en su vida había sentido Gabrielle nada parecido. Todo el cinismo oscuro había desaparecido y ahora lo único que había en esos ojos era otro ser humano, lleno de dolor, a quien ella amaba por completo.

—Xena.

—Te di... je que corrieras —susurró Xena.

—Y yo te dije que me quedaría contigo, pasara lo que pasase. —Gabrielle notó una lágrima que le caía por la cara.

En el rostro ensangrentado de Xena apareció una leve sonrisa.

—Y lo has hecho.

Gabrielle la estrechó un poco más, con cuidado, pero con una intensidad de emoción tan profunda que era como si se ahogase. La meció dulcemente, simplemente amándola.

—Y yo que... —dijo Xena—, quería darte una buena historia...

Gabrielle se echó a llorar, con sollozos sonoros que le estremecían el cuerpo.

—N... no quiero una historia —balbuceó—. S... sólo te quiero a ti.

A pesar del dolor, Xena tuvo una sensación de paz que nunca hasta entonces había tenido. Supo que se encontraba en un estado de gracia tan inmerecido como inesperado, pero eso no le impidió gozar de él mientras yacía en brazos de Gabrielle y comprendía lo que era ser amada de verdad.

Esta chiquilla la amaba de verdad. Hiciera lo que hiciese Xena, Gabrielle veía más allá de ello y le entregaba una devoción auténtica y sincera.

El oráculo le había dicho que eso nunca ocurriría. Xena hizo mentalmente un gesto obsceno, puesto que físicamente no podía. Bueno, ahora podía dejar que Caronte se la llevara al Tártaro, ahora que podía llevarse consigo este recuerdo.

Un sollozo entrecortado le hizo levantar la mirada de nuevo. A la débil luz de la vela, vio el rostro de Gabrielle, bañado en lágrimas, tenso con una angustia que le puso el corazón en un puño inesperadamente.

—Eh.

Gabrielle la abrazó con más fuerza.

—Vamos —logró decir Xena—. Ahora puedes ser una bardo famosa.

—No —dijo la esclava sin aliento—. No... no... no...

Xena se sintió triste. Sabía que se estaba muriendo. Sabía que Gabrielle lo sabía. Estaba preparada para ello, qué Hades, con el dolor que tenía, lo agradecería. Le ocurría a todo el mundo, ¿no? Había durado más de lo que pensaba y había llegado más alto de lo que nadie había esperado jamás.

Lo había hecho todo.

Así que, ¿por qué estar triste? Había formas peores de morir que luchando como la elegida de Ares, manteniendo a raya a todo un puñetero ejército, ¿no?

Gabrielle le acarició la mejilla tiernamente con dedos temblorosos.

—No me dejes.

¿Que no la deje? Xena miró a los ojos verdes inyectados en sangre que estaban por encima de ella. Ah. Claro. Es esclava. Eso va a ser un problema para ella, ¿verdad?

—No te preocupes —susurró la reina—. Te daré la libertad. No te obligarán a lavar platos.

Gabrielle se echó a llorar más fuerte.

El dolor empezaba a ser insoportable. Xena apoyó la mejilla en el pecho de Gabrielle y deseó que todo terminara. Le costaba respirar y pensaba que sería mejor si simplemente...

Se rendía.

—¿Xena?

Maldita chiquilla.

—¿Sí?

—Te quiero —dijo Gabrielle, con la voz quebrada—. No quiero vivir sin ti.

A través del dolor, Xena repasó esas palabras.

—Oh —logró decir—. Va a ser un problema.

Gabrielle le volvió a limpiar la sangre de la cara y las dos se quedaron en silencio mientras el ruido del combate entraba flotando desde la caverna exterior. Los gruñidos y el choque del acero resonaban de repente muy altos y ominosos.

—Por otro lado... tal vez no —murmuró Xena.

Gabrielle alzó la cabeza y la volvió para contemplar las sombras de la pared. De repente cayó en la cuenta de lo que quería decir Xena: que las dos podían morir aquí, cuando los hombres fueran superados por sus atacantes.

Debería tener miedo y lo sabía. Pero en lugar de miedo, una sensación casi de alivio se apoderó de ella y su pánico se calmó sólo de pensarlo.

—¡Jamás nos venceréis! —resonó de repente la voz de Brendan, llenando la caverna—. ¡Por nuestra ama! ¡¡¡¡¡Yiiiiijaaaaaaa!!!!!

Xena soltó aliento, y sus dedos se agitaron ligeramente.

—Ellos también te quieren —dijo Gabrielle—. Han vuelto por nosotras.

Idiotas. Xena sintió que se le cerraban los ojos en contra de su voluntad y el ruido se fue desvaneciendo en un suave eco a medida que el sonido del corazón de Gabrielle lo iba ahogando.


Brendan se apoyó en la roca, enjugándose la sangre de la cara. Tenía la parte frontal de la armadura destrozada, y cojeaba.

—Los hemos ahuyentado, por ahora —le dijo a Gabrielle.

La esclava levantó la mirada, con un paño húmedo en la mano, pues estaba terminando de limpiar las heridas de Xena por enésima vez.

—¿Estás bien?

El viejo soldado se acercó cojeando y se dejó caer sobre una rodilla a su lado.

—Viviré. —Miró a la reina—. ¿Cómo está?

Xena tenía los ojos cerrados y la piel pálida. Yacía en el regazo de Gabrielle y su pecho se movía tan poco que casi tuvo que ponerle la mano encima para detectarlo.

—Ay, muchacha.

—Se pondrá bien. —Gabrielle echó el pelo oscuro hacia atrás con gesto amoroso—. Sólo necesita descansar un poco.

Brendan la miró con ternura y lástima.

—Gabrielle. —Le puso una mano en el hombro—. Me alegro de que te haya conocido.

Una lágrima resbaló por la cara de la esclava.

—No digas eso. No renuncies a ella.

El soldado le tocó la cara, quitándole la lágrima con los dedos.

—Están ahí fuera, planeando cómo volver a atacarnos, pequeña. Los hombres están preparando comida y agua. Te traeré un poco.

—Trae también para ella —insistió Gabrielle, con terquedad—. ¿No podemos pedir ayuda? No estamos tan lejos de casa.

Brendan soltó aliento.

—Lo primero que hice fue enviar a un chico por el camino, muchacha. Los dioses sabrán si ha logrado llegar. Yo no. —Se levantó cansinamente—. Va a ser una noche larga.

Gabrielle asintió, escurrió el paño y siguió con su paciente tarea.

—¿Qué... qué tal si te cuento una historia, Xena? ¿Te gustaría? —preguntó, examinando la cara de la reina con los ojos en busca de la más mínima reacción—. Intentaré pensar en una muy buena. Ya sé que no te gustan las historias tontas.

Uno de los soldados entró y depositó un pequeño plato de madera tosca con fruta y carne seca y un odre de agua. Se puso la mano en el pecho y luego se marchó sin decir palabra.

Gabrielle se movió, dejó el paño y cogió el odre de agua. Lo destapó y bebió un poco, sintiendo casi un escalofrío cuando el frío líquido le llegó al estómago vacío. Luego dejó el odre y echó hacia atrás el flequillo de Xena, húmedo tras su cuidadosa limpieza del bulto horriblemente hinchado y amoratado que tenía en el lado de la cabeza.

Por lo demás, sus heridas, aunque numerosas, no parecían tan graves. Tenía los brazos cubiertos de cortes y arañazos y dos heridas donde algo afilado, Gabrielle no sabía si flechas o cuchillos, le habían penetrado el tronco. Era la contusión de la cabeza lo que...

Gabrielle cerró los ojos. Lo que la estaba matando. La idea la atormentó, y con fiera determinación, se la sacó de la cabeza y trató de despertar de nuevo a Xena delicadamente.

—¿Xena?

¿Había movido el párpado? ¿O sólo se hacía ilusiones?

—¿Xena? Por favor... —Gabrielle levantó un poquito el muslo, alzándole la cabeza a la reina—. Venga, tengo un agua estupenda. Sé que quieres un poco.

No hubo respuesta.

—¿Xena? —Gabrielle le abrió los labios a la reina con cuidado y con infinita lentitud, le echó un poco de agua en la boca—. Vamos. —Cuando el líquido alcanzó el fondo de la garganta de Xena, ésta tragó por reflejo—. Eso es... estupendo. ¿Qué tal un poco más?

La cara inmóvil seguía sin expresión.

Gabrielle se inclinó y la besó, derramando toda la emoción que sentía en ese acto. Notó que los labios que estaban debajo de los suyos se calentaban poco a poco y saboreó las leves bocanadas de aliento que salían de ellos. Le devolvió su propio aliento vital, imaginando que en él iba todo su amor.

Luego levantó la cabeza y volvió a echar agua, unas pocas gotitas de cada vez.

Tardó mucho, pero le dio igual. No tenía que ir a ninguna parte.

—¿Xena? —la llamó por fin, tratando de obligar a la reina a responder, convencida de que la cara pálida se había movido ligerísimamente.

De que las aletas de la nariz se habían dilatado y aspiraban el aire inhalando con más fuerza.

Inesperadamente, los ojos azules se abrieron y la miraron.

—¿Sigues aquí?

Gabrielle sintió que una sonrisa le invadía la cara.

—Te estaba dando de beber. —Le mostró el odre—. ¿Quieres un poco más?

Xena asintió levemente.

La esclava se estremeció de esperanza apenas consciente y levantó el odre. Llevó la boquilla a los labios de Xena, pero la reina alzó despacio la mano y la apartó, luego enganchó los dedos en la camisa de Gabrielle y en cambio tiró de ella con escasa fuerza.

Por un momento, Gabrielle se quedó desconcertada, luego, a medida que aumentaba la presión, se dio cuenta de lo que estaba haciendo Xena y estuvo a punto de echarse a reír. Entonces se inclinó y volvieron a besarse, manteniendo la oscuridad a raya al menos un ratito más.


—Lo han dejado por esta noche —le dijo Brendan—. Han intentado lanzar bolas de fuego, pero habíamos mojado la barrera y lo único que han conseguido es que los viéramos y los abatiéramos con flechas —dijo, agachándose al lado de donde yacía Xena.

Gabrielle había conseguido las pieles de la reina y le había hecho un nido lo más cómodo posible. La cabeza de Xena descansaba ahora sobre una de sus almohadas de seda y estaba arropada con una suave manta. La reina tenía los ojos cerrados, pero cuando Brendan se inclinó un poco, notó que respiraba con algo más de facilidad que antes.

Gabrielle se había levantado para estirar el cuerpo y ahora estaba acurrucada al lado de Xena, masticando la carne seca que le habían dejado antes. Era evidente que la chica estaba agotada, tanto física como mentalmente, pero no daba muestras de querer renunciar a su vigilancia de la figura dormida de la reina.

—¿Atacarán por la mañana? —le preguntó Gabrielle.

—Sí, seguramente. —Brendan suspiró—. Ellos saben y nosotros sabemos que no podemos mantenerlos a raya para siempre. —Miró a Gabrielle con aire de disculpa—. Sólo estamos alargándolo, muchacha.

Ella asintió levemente.

—Me conformo con el tiempo que sea —reconoció con voz ronca—. Porque nunca se sabe, Brendan. Todavía podría ocurrir algo bueno.

Brendan le dio unas palmaditas en la mano. Luego se levantó, salió del pequeño nicho, meneando la cabeza levemente, y desapareció.

Gabrielle sabía lo que estaba pensando. Pero la verdad era que le daba igual. ¿Qué tenía que perder por esperar y pensar cosas positivas? ¿Mejoraría la situación poniéndose lúgubre?

No, decidió. Además, le había prometido a Xena que le iba a contar una historia. De modo que ahora tenía que pensar en una historia bien buena que contarle. Se lo pensó mientras terminaba la carne seca y bebía varios tragos de agua.

Eso hizo que se le ocurriera otra cosa. Se levantó, un poco sorprendida de lo entumecida y dolorida que estaba, y recogió los odres de agua. Colgándose las cuerdas del hombro, rodeó la pared de piedra y salió a la caverna principal.

Todo el mundo la miró. Gabrielle se había acostumbrado a eso, pero aunque estaba cansada, se dio cuenta de que esta vez era diferente. Varios de los soldados se acercaron a ella y se ofrecieron a coger los odres y llenarlos, y dos de las siervas le trajeron más comida, incluida una pequeña olla de algo que parecía una simple sopa.

—Gracias. —Gabrielle lo aceptó todo—. Creo que podría lograr que Su Majestad tome un poco de esto.

La mujer se sonrojó.

—¿Entonces el ama está un poco mejor, señora?

—Gabrielle a secas. —La esclava le sonrió amablemente—. Cuesta saberlo, pero eso creo. Gracias por preguntar. —Esperó a que el soldado volviera con los odres llenos y regresó al lado de Xena, angustiada hasta que vio el movimiento regular del pecho de la reina.

Entonces se volvió a acomodar en el pequeño montón de pieles que había colocado al lado de Xena y volvió a la tarea de cuidar de la reina y pensar una historia. Cuando acababa de ponerse cómoda, Xena se movió ligeramente y se despertó.

—Hola.

Los ojos azules se posaron en su cara, llenos de dolor. Pero se animaron al reconocerla y eso hizo sonreír a Gabrielle. Alargó la mano y tocó la mejilla de Xena y se sintió mejor al notar que el sudor frío de antes había cedido.

—Brendan dice que cree que no van a volver a atacarnos hasta mañana.

Xena la miró con silenciosa tristeza.

—No los mantendrán a raya mucho tiempo.

—Nunca se sabe, Xena. Al fin y al cabo, tú los estuviste manteniendo a todos a raya mucho tiempo —protestó Gabrielle muy seria—. A lo mejor se cansan o les entra frío...

Los labios de la reina casi esbozaron una sonrisa.

—¿Por qué pensar lo peor, cuando se puede pensar lo mejor?

Xena soltó aliento, levemente.

—Porque lo peor es lo que suele pasar.

—Me da igual. —Gabrielle le acarició la mejilla con ternura—. Yo creía que me había ocurrido lo peor y resultó ser lo mejor. —Sacó la mandíbula con terquedad—. Hala.

Esta vez Xena sí que sonrió y meneó la cabeza, un poquito.

—Ratón almizclero chiflado. —Alargó la mano hacia el odre de agua y la dejó caer cuando Gabrielle lo cogió en su lugar y le ofreció la boquilla. Bebió el fresco líquido, tragando sonoramente en el silencioso espacio.

—¿Te encuentras algo mejor? —preguntó Gabrielle, con suavidad.

La expresión de los ojos de Xena sólo se podría describir como humorística.

—Bueno. —Se lamió una gota de agua del labio inferior—. No estoy muerta.

Gabrielle le cogió la mano y se la estrechó.

—Estaba a punto de contarte una historia.

—Ahh. —Xena asintió un poco. Una forma tan buena como otra cualquiera de pasar el rato, pensó. Si todavía no se había muerto del golpe que tenía en la cabeza, lo más probable era que no se fuera a morir, aunque eso no le iba a servir de mucho. En cuanto el ejército que había fuera consiguiera entrar, la matarían en un abrir y cerrar de ojos.

También matarían a Gabrielle, puesto que la chiquilla seguro que hacía alguna estupidez como intentar protegerla.

Xena soltó aliento. Al menos sería rápido.

Aunque morir en combate habría sido una historia muchísimo mejor, reflexionó la reina. En lugar de estar aquí tirada teniendo que pensar en lo idiota que había sido de caer en una trampa como ésta y hacer que los mataran a todos. Si al menos ella hubiera muerto en el paso y los demás hubieran escapado...

Ah, en fin. Xena miró a su enfermera. El resplandor de la vela iluminaba la cara sucia de Gabrielle y un largo arañazo que tenía en una mejilla. Seguía con el borde de los párpados hinchado y enrojecido, y mientras la reina la miraba, parpadeó con evidente agotamiento.

—Oye.

Gabrielle la miró interrogante.

—Échate una siesta —le ordenó la reina.

—He...

—Ah-ah —susurró Xena—. Como le mientas a la reina, te corto la lengua.

Gabrielle bajó los ojos y permitió que una sonrisa vacilante le curvara los labios.

Xena dio una palmadita en las pieles que le cubrían la tripa.

—Abajo la cabeza.

Obedientemente, por una vez, la esclava se acurrucó de lado e hizo lo que se le decía. Se miraron por encima del tronco de Xena.

—Si me duermo... —preguntó Gabrielle—. ¿Estarás aquí cuando me despierte?

Esa mirada casi pudo con Xena.

—Aquí estaré.

Confiada, Gabrielle se rindió y cerró los ojos, y su cuerpo se relajó casi al instante, salvo por los dedos con los que aferraba la mano de Xena.

Xena se quedó ahí tumbada un rato, mirándola mientras dormía e intentando asimilar una experiencia que le había cambiado la vida y de la que ni siquiera había sido consciente.

Se dio cuenta de que ya no era responsable sólo de sí misma. De sus necesidades, sus deseos, sus decisiones. Por Hades, ni siquiera podía morirse sin más si le daba la gana, porque todo aquello le importaba, maldita sea, a esta pizca de pastorcilla, apenas una mujer, que estaba durmiendo encima de ella.

Y que Gabrielle muriera le importaba mucho a Xena. No quería que ocurriera.

Bien.

Los ojos de Xena se elevaron hacia el techo de la caverna, perdidos en la oscuridad que había encima de ella. ¿Cómo salimos de aquí?

Los minutos se fueron alargando mientras pensaba.


Gabrielle se despertó y se encontró a Xena y Brendan hablando en voz baja a su lado. Seguía tumbada con la cabeza encima de la tripa de Xena y seguía sujetando la mano de la reina, mientras el pulgar de Xena le acariciaba distraído los dedos.

Brendan asintió y se levantó, inclinándose antes de desaparecer por la esquina de piedra, dejándolas a solas de nuevo.

No tenía ni idea de cuánto tiempo había estado durmiendo, pero se sentía mucho mejor. Ya no le dolía la cabeza y ya no sentía que le ardían los ojos. Con el oído que tenía apoyado en las pieles encima de Xena oía el corazón de la reina, y se quedó escuchándolo un buen rato.

Había soñado un poco y ya estaba olvidando los detalles de un prado verde y soleado por el que corría. No era algo que tuviera conciencia de haber hecho nunca, pero recordaba risas y una sensación de felicidad que la hizo sonreír ahora por reflejo.

Xena lo notó.

—Ah. —Su voz parecía tensa—. Estás despierta.

—Hola. —Gabrielle carraspeó para aclararse la voz. Advirtió que la reina parecía muy cansada. Los ojos se le abrían y cerraban y tenía la frente arrugada de dolor—. ¿Qué tal vas?

La reina guardó silencio unos segundos. Luego frunció un poco el ceño.

—No muy bien.

Gabrielle se incorporó y se echó hacia delante.

—¿Te puedo ayudar? —preguntó—. ¿Tienes algo en tu bolsa o...?

Xena descansó la cabeza en la almohada.

—Nada que pueda ayudarme con esto —reconoció—. Escucha. —Su mano apretó un poco más la de Gabrielle. Todo rastro de su habitual humor cáustico había desaparecido—. Algunos de los hombres han descubierto un pasadizo, allá al fondo. No tenemos ni idea de dónde conduce.

Gabrielle soltó aliento, mirándola a la cara atentamente.

—No tenemos tiempo de comprobarlo. O lo seguimos o nos quedamos aquí a esperar a que nos muramos de hambre o nos maten —dijo Xena.

—¿No podemos luchar con ellos? Xena, tú los mantuviste a raya...

—No puedo luchar. —La confesión misma pareció dolerle. Ciertamente, Xena hizo una pausa después de decirlo—. Tienen cinco hombres por cada uno de los míos. Nos hemos quedado casi sin flechas y estamos escasos de provisiones.

—Oh —murmuró la esclava—. ¿Entonces ésa es nuestra mejor posibilidad?

—Es nuestra única posibilidad —dijo Xena—. Pero te voy a dar otra. Te puedes quedar aquí, detrás de esas rocas. No te verán. —Sus ojos observaron el rostro de Gabrielle—. Quédate. Vive. No tienes que meterte en ese agujero con nosotros.

Gabrielle tomó aliento para responder, pero se detuvo cuando Xena le ofreció un trozo de pergamino. Lo cogió mecánicamente, con ojos interrogantes.

Xena esperó, pacientemente.

La esclava abrió el pergamino y lo miró, y tuvo que leer las palabras varias veces hasta que consiguió asimilarlas. Miró a Xena.

—Eres libre —dijo la reina—. No tienes por qué morir aquí.

El rostro de Gabrielle se contrajo, con una expresión de desconcierto herido.

—¿Quieres que te deje?

Por su propio bien, Xena sabía cuál debía ser la respuesta. No había necesidad de que las dos se adentraran en esa oscuridad. Los soldados... ellos irían con ella porque no tenían más remedio. Cualquiera de ellos que saliera ahora resultaría muerto, tanto si se rendía como si no.

Eran los hombres de Xena.

Sin embargo, al mirar a Gabrielle a los ojos, al ver ese dolor, sintió una profunda puñalada donde no se lo esperaba. Estuviera bien o no, descubrió que no podía mentirle.

—No —le dijo Xena—. Pero sí quiero que tengas una vida, Gabrielle. Eso es importante para mí.

Se preguntó si el sonido de la fractura de una parte de sí misma se podía oír fuera de su propio corazón. A lo largo de su vida, rarísima vez había dejado de lado sus propios deseos por los de otra persona, y ahora que notaba el dolor que eso producía, comprendió por qué.

Gabrielle pareció comprender lo que intentaba decir. Volvió a leer el pergamino.

—Puedes marcharte después de que entren y descubran que nos hemos ido. O nos persiguen o se van. Baja hasta el valle —le dijo Xena—. Vuelve a ese primer pueblo. Dales esta nota. Ellos cuidarán de ti.

Dedicó un momento a imaginarse a la chica de vuelta en un mundo que comprendía, lejos de los peligros de la corte de Xena, y la imagen la hizo sonreír con tristeza.

—Ponle mi nombre a una de tus hijas.

—¿Mis hijas? —susurró Gabrielle mecánicamente.

—Oye... conmigo nunca tendrías, así que... —intentó bromear Xena débilmente—. Un punto por la libertad, ¿eh?

La libertad. Gabrielle tomó aliento bruscamente, pensando en lo que eso significaba para ella. Lo comparó seriamente con lo que Xena significaba para ella. Pensó en todas las cosas que le había enseñado Xena, en tan poco tiempo, y pensó en su futuro.

Xena la observaba en silencio.

Por fin, Gabrielle alargó la mano y sostuvo el pergamino encima de la llama de la vela, parpadeando un poco cuando prendió y ardió. Cuando la línea roja le alcanzó la punta de los dedos, soltó la última esquina, que cayó revoloteando al suelo de piedra esparciendo apenas unas pocas chispas doradas.

Durante un buen rato, se quedó contemplando los restos rizados y calcinados. Luego se volvió y miró a Xena a los ojos.

—Gracias.

Los labios de la reina amagaron una sonrisa.

—Supongo que eso no ha tenido mucho sentido —reconoció Gabrielle—. A lo mejor es que no estoy... no creo... —Se quedó callada un momento—. Prefiero quedarme contigo, aunque eso suponga arrastrarme dentro de un agujero negro y no volver a salir nunca más.

Xena parpadeó varias veces.

—Tienes razón —suspiró—. No tiene mucho sentido. —Contrajo las cejas—. ¿Estás segura?

Ahora, Gabrielle sonrió.

—Estoy segura.

—Eres una tonta.

—Lo sé. —Gabrielle se contempló las manos unidas—. Pero soy una tonta feliz.

La reina le cubrió las manos con las suyas.

—Está bien, amiga mía. Pues prepara tus cosas. Van a venir dentro de nada a recoger mi culo inútil para ponernos en marcha.

Gabrielle se inclinó y la abrazó.

Xena aceptó el abrazo, agradecida de que la escasa luz y la postura de Gabrielle le impidieran a ésta ver las lágrimas repentinas que le llenaron los ojos.


Gabrielle aferraba con firmeza el borde de la camilla donde habían colocado a Xena. La oscuridad ya se estaba cerrando a su alrededor: los soldados habían apagado las antorchas de la caverna principal y todos avanzaban arrastrando los pies por el estrecho pasadizo hacia el agujero que había encontrado uno de los hombres.

Tenía miedo. Tampoco era la única, pues oía los sollozos sofocados de algunos de los siervos que habían decidido como ella adentrarse en lo desconocido en lugar de quedarse atrás a merced de los atacantes.

Avanzaron y ahora vio el oscuro agujero negro al que se dirigían. Le empezaron a temblar las rodillas y trató de controlar su terror.

Una mano tocó la suya y estuvo a punto de saltar hasta el techo bajo de roca antes de darse cuenta de que se trataba de Xena. Unos dedos le rodearon la muñeca.

—¿Sigues estando segura? —La voz de la reina surgió suavemente de las sombras.

Gabrielle tomó prestada parte del valor de Xena y respiró hondo para calmarse. Vio que Brendan se agachaba para entrar por el agujero y el corazón le empezó a latir con fuerza.

—S... sí —respondió en un susurro—. P... pero no me sueltes, ¿vale?

Incluso en la oscuridad, incluso a través del terror, percibió la sonrisa que adornaba el rostro de Xena.

—Jamás —dijo la reina—. Ahora eres realmente mía.

Era asombroso lo reconfortantes y cálidas que podían resultar esas palabras, para los oídos adecuados. Gabrielle irguió los hombros y se tragó el miedo cuando las paredes se cerraron a su alrededor y se adentraron en la negrura de la montaña.


PARTE 18


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