16


Xena se quedó justo dentro de la entrada de su tienda, mirando fuera. A pesar de que, según su reloj interno, estaba amaneciendo, apenas había luz suficiente para ver el otro lado del campamento. Se habían acumulado unos oscuros nubarrones grises durante la noche y un viento frío le daba en la cara.

Arrugó un poco la nariz al percibir el fuerte olor a lluvia y la humedad que hacía que todos los olores que la rodeaban resultaran más potentes que de costumbre.

—Buenos días, ama. —Brendan llevaba puesto un grueso manto encerado—. Cómo ha cambiado el tiempo, ¿eh?

—Ya lo creo —asintió Xena—. El camino va a ser un horror hoy —añadió, repasando mentalmente la ruta—. Estaremos en las montañas hacia mediodía... espero que no se ponga a nevar.

Brendan gruñó.

—Ah, bueno, no podemos dominar el clima. Al menos hemos tenido una noche tranquila.

Los labios de Xena esbozaron una sonrisa.

—Donde yo estaba, no.

Su veterano capitán carraspeó y apartó la mirada.

—Ejem... los cocineros están preparando el desayuno, pero les ha costado encender el fuego con este tiempo —dijo—. Los hombres están recogiendo.

La reina se estiró y luego se puso en jarras.

—Bien —asintió—. Cuanto antes empecemos, antes cruzaremos las montañas.

Brendan asintió.

—Te enviaré a alguien en cuanto esté el desayuno, ama. Anoche quise prepararte las cosas, pero la pequeña me echó. —En su tono se percibía claramente la indignación—. Una lástima si las cosas no estaban como te gustan.

Xena lo miró.

—La verdad es que pensé que lo habías hecho tú —comentó—. Estaba todo perfecto.

Él enarcó las cejas canosas.

—Y es mucho más mona que tú. —Xena sonrió perversamente—. Diles a todos que de mis cosas y mi equipo se ocupa Gabrielle. Ella sabe lo que me gusta.

Brendan soltó aliento.

—Sí, ama. —Le echó una mirada algo desconcertada—. No pretendía ofender a la pequeña... es que...

—Es que los demás eran mero forraje que tiraba por la mañana con el agua del baño —lo interrumpió Xena—. Bueno, pues ésta es distinta. Acostúmbrate.

El veterano asintió.

—Eso ya lo sabía, ama. Es que no estaba pensando —dijo—. Me retiro. Os deseo buenos días a ti y a la pequeña. —Se volvió y se deslizó por el costado de su tienda, desapareciendo en la niebla gris.

Xena gruñó, luego dio la espalda al clima y contempló el interior de su morada temporal, que era más caliente, más acogedora y sin duda alguna estaba más llena de lindas esclavas rubias que el resto del campamento.

Gabrielle se levantó de donde había estado arrodillada al lado del brasero y se acercó a ella, con una taza humeante que olía a bayas y jengibre.

—Gracias por decirle eso —dijo la esclava, ofreciéndole la infusión.

La reina encogió un hombro.

—No es más que la verdad. —Bebió un sorbo de la infusión e inhaló el vapor mientras recorría con los ojos la pequeña figura rubia que tenía delante.

Gabrielle se había puesto su gruesa túnica de lana, las polainas y las botas, y con el pelo claro peinado hacia atrás y todavía húmedo tras el mutuo baño matutino que se habían dado, parecía más un joven soldado que una deliciosa compañera de cama.

Eso estaba bien. A Xena nunca le habían ido los perifollos y le parecía que esa ropa sencilla, pero bien hecha, le sentaba muy bien a su joven amante. Con expresión indulgente, tiró un poco del hombro de la túnica y luego le quitó unas motas de polvo.

—¿Lista para una larga jornada de frío y lluvia?

Gabrielle sonrió ligeramente.

—¿Es que alguien puede estar listo para eso? —preguntó—. Supongo que la forma mejor de verlo es pensando, "Vale, esto es espantoso, pero cuando se acabe, una cama caliente y seca me va a sentar de maravilla".

La reina se rió suavemente.

—Recuerdo una noche de invierno en que hubo una tormenta y el viento abrió la puerta del redil —siguió Gabrielle, sorteando a Xena para empezar a recoger sus cosas—. Se escaparon todas las ovejas y huyeron bajo la tormenta. Mi... padre me mandó a buscarlas.

—¿A ti? —Xena había decidido que quedarse plantada en medio de su tienda bebiendo una infusión mientras Gabrielle trabajaba no era de su agrado. Dejó la taza en la mesa y se puso a recoger sus trastos.

—Bueno... —Gabrielle dobló la primera capa de pieles—. Sí, supongo que porque yo era la mayor.

—¿Eras mayor que tu padre? —Xena soltó un bufido—. ¿Por qué Hades no fue él?

La esclava se quedó callada un momento.

—No lo sé —contestó por fin—. Bueno, el caso es que ahí estaba yo, en plena noche, en medio de una tormenta, buscando ovejas. Lo lógico sería pensar que como estaba todo oscuro, dar con unos animales blancos sería muy fácil, ¿no?

Xena contempló la camisa que sujetaba, que llevaba a su sensible nariz los olores mezclados de las dos.

—Sí —respondió escuetamente—. Fácil.

—Pues no lo es —dijo Gabrielle—. Tardé horas en encontrarlas. Cuando por fin lo conseguí, ¿dónde crees que estaban?

Xena miró por encima del hombro.

—No sé. ¿Dónde?

—En el redil. —Los ojos de la esclava reían con gravedad—. No son tontas —dijo—. Pero yo tenía tanto frío y me sentía tan mal... que fíjate, cerré la puerta y me quedé allí dentro con ellas.

Una ceja oscura salió disparada.

—¿Y dejaste que tu padre sudara tinta china hasta que se hizo de día?

Gabrielle asintió.

—Y entonces las saqué para que todo el mundo las viera.

La reina le sonrió abiertamente.

—Tú tampoco eres tonta. —Dejó su morral y fue hasta Gabrielle, colocó las manos sobre los hombros de la esclava y le dio la vuelta. Xena tomó aliento para hablar y se quedó atrapada en las profundidades de esos ojos verdes, absorbiendo los ecos de la tristeza que veía en ellos.

No lo hagas. Xena estaba casi convencida de que Gabrielle lo había dicho en voz alta. No me lo preguntes.

Bueno.

Xena no había llegado a ser quien era y lo que era a base de escuchar a nadie que no fuera ella misma. Y además ¿qué tenía de especial? Ella había visto cosas mucho peores.

—Tu padre parece que era un cretino. ¿Lo era?

La esclava encogió un hombro, moviéndolo bajo la mano de la reina.

—A veces, supongo.

—¿Las veces en que te daba patadas? —Xena le sostuvo la mirada con firmeza.

Gabrielle se sonrojó y apartó a un lado la mirada.

—No me digas que todavía sientes esa estupidez de lealtad familiar, Gabrielle. Un capullo capaz de pegar a su hija y de dar más valor a las ovejas que a ella no se merece ni un remusguillo de cariño —le dijo Xena con tono firme—. Menos mal que está muerto, porque si no lo estuviera, iría a buscarlo y lo mataría.

—¿Por qué? —preguntó Gabrielle con voz ronca, levantando la cabeza.

¿Por qué? Xena frunció el ceño.

—¿Por qué querrías hacer eso? A ti no te hizo nada —continuó la esclava—. No... no era malo, es que... perdía los estribos, nada más —terminó suavemente—. O se emborrachaba... no sabía lo que hacía.

Xena la miró con ojos astutos y fríos.

—¿De verdad crees eso?

Gabrielle se quedó mirando al frente, moviendo las pestañas despacio.

—Sí —susurró.

La reina suspiró en silencio. Alzó la mano y le levantó la barbilla a Gabrielle, para que los ojos verdes se encontraran con los suyos. Se quedaron mirándose varios segundos.

—Pues si eres tan tonta como para creerte eso, supongo que te creerás que yo le daría una paliza al muy cabrón simplemente porque te hizo daño.

La esclava soltó aliento.

—Irónico, ¿eh? —Xena logró sonreír levemente—. ¿Viniendo de tu simpática y regia maníaca homicida? —Meneó las cejas.

—Violó a Lila —dijo Gabrielle, súbitamente.

Xena parpadeó.

—Decía que yo no era lo bastante bonita —continuó la esclava, con un tono suave y pensativo que sonaba cansado y al mismo tiempo aliviado en cierto modo—. Se quedó embarazada. Lo d... descubrimos justo antes de llegar aquí.

Xena parpadeó de nuevo, se echó hacia delante y miró a Gabrielle fijamente.

Los labios de Gabrielle se curvaron ligeramente.

—La vida es asquerosa a veces, ¿eh?

Había muy pocas ocasiones en que Xena se quedaba sin habla. Ésta era una de ellas.

—Sabes, sigo sin poder odiarlo —confesó la esclava—. Era mi padre.

Y eso por fin le dio a Xena la pista que necesitaba, la diminuta pieza de rompecabezas que había notado que le faltaba y que le permitía entender cómo era posible que Gabrielle la quisiera con tal facilidad.

Era el carácter de la chiquilla. Querer era parte de su naturaleza, y sólo los dioses sabían qué haría falta para cambiar eso. Xena sacudió la cabeza varias veces.

—Sabes, eres una cosita absolutamente increíble.

Gabrielle echó una mirada hacia la entrada de la tienda cuando un trueno rugió en lo alto.

—Gracias —dijo—. Creo. —Irguió los hombros—. Supongo que será mejor que me ponga en marcha... ¿eh?

Xena la contempló pensativa. Tenía la mirada huidiza y se le había formado una arruguita en la frente, justo encima de la nariz. ¿Qué podía querer decir eso? La reina dio vueltas a la pregunta. Vacilando, colocó la mano en la mejilla de Gabrielle, observando atentamente cuando su compañera de cama se pegó a la caricia de forma inconsciente. Xena acarició la piel suave con el pulgar y poco a poco, la tensión que rodeaba la boca de Gabrielle fue cediendo y sus labios se curvaron levemente hacia arriba.

Vale. Por ahora vamos bien. Pero la arruguita seguía allí. La reina planeó un ataque táctico y pasó el otro brazo por los hombros de la esclava, acercándola y dándole un abrazo. Al cabo de un momento, sintió que Gabrielle se relajaba contra ella y le devolvía el abrazo, calentándole a Xena la piel del cuello con su aliento.

¿Y ahora qué?

Xena reflexionó. Ah. Palabras. Sí, podía probar con eso.

—Tienes razón —le dijo a su esclava—. La vida sí que es asquerosa a veces.

—Mm —asintió Gabrielle.

¿Más palabras?

—Pero... ah... —tanteó la reina con ternura—. La vida es mucho menos asquerosa cuando tienes a alguien a quien le puedes contar las mierdas y luego te da un abrazo.

Notó que Gabrielle sonreía. Los músculos de su cara se movieron sobre la piel desnuda de Xena y los brazos de la esclava se ciñeron a su alrededor con algo muy próximo al entusiasmo.

Mm. Xena ladeó la cabeza y observó la cara de Gabrielle. La arruguita había desaparecido. Tenía lágrimas en las mejillas, pero sonreía. La reina lo sumó todo y decidió que lo había hecho bien.

Gabrielle sorbió y carraspeó.

—Qué dulce eres —murmuró.

A Xena casi se le salieron los ojos de las órbitas.

—Intento ser agradable, ¿¿¿y eso es lo que consigo??? —farfulló indignada—. ¡Ratoncito almizclero!

Estalló otro trueno encima de ellas y la tienda se balanceó al ser azotada por el viento. Xena ladeó la cabeza y escuchó, y no le gustó lo que oyó.

—¿Sabes qué? —dijo con tono resuelto—. Luego seguimos. —Le dio un beso rápido a Gabrielle en la cabeza y luego una palmada en el trasero—. Ese viento no es bueno.

Fuera sonó un cuerno y oyeron relinchar a los caballos.

Xena cogió su manto.

—Sigue recogiendo. Ahora mismo vuelvo —ordenó, y en ese momento otra ráfaga de viento agitó violentamente el faldón de la tienda—. Espero. —La reina salió por la entrada de la tienda y desapareció.

Gabrielle se quedó mirando el lugar vacío que había ocupado hacía un momento y luego salió de su trance y se puso a trabajar.

Pero era todo pura rutina. Sus pensamientos ya habían dejado la tienda y trotaban detrás de Xena, perseguidos por una sonrisa maravillada.


Los caballos estaban demasiado nerviosos para montar en plena tormenta. Xena se ajustó mejor la capucha alrededor de la cabeza y se echó hacia delante, sujetando con la mano izquierda la brida de su gran montura mientras avanzaba penosamente por el fango frío y espeso.

¿A que era divertido? Acabó sonriendo al oír detrás los improperios de los hombres y, detrás de ellos, de los siervos. No les quedaba más remedio: no había lugares donde guarecerse, y quedarse al pie de las laderas con esta cantidad de lluvia era arriesgarse a verse atrapados por una riada procedente de las montañas.

Además, un poco de barro nunca le había hecho mal a nadie. Miró un momento atrás, donde Gabrielle seguía su ritmo bravamente. La esclava rodeaba firmemente con los dedos el estribo que se balanceaba vacío junto al costado del caballo.

Llevaba uno de los mantos de Xena, recogido en la cintura para evitar que fuera arrastrando por el barro y acabara deteniéndola por el peso. Tenía el pelo mojado por la lluvia y la cara reluciente, pero en sus labios también se advertía una leve sonrisa y parecía estar hablando sola.

Qué propio de ella. Xena se soltó una bota de un montón de fango succionante, la sacudió y luego siguió adelante.

—Eh.

Gabrielle la miró y sus ojos verdes parecieron extrañamente vivos en medio del gris paisaje.

—¿Tienes alguna historia interesante que no trate de cerdos, de ovejas o de mí? —preguntó la reina.

—Mm... —Gabrielle se esforzaba por mantener el equilibrio en el terreno agrietado por el agua—. Bueno, supongo que puedo... aaujj.

Xena la observó. Entonces se detuvo, parando al caballo y olvidándose de avisar a Gabrielle, que se le echó directamente encima. Rodeó los hombros de la esclava con un brazo y levantó la mano.

—¡Alto!

Todos se detuvieron pesadamente, tan cubiertos de agua y fango que le costaba distinguir a los soldados de los siervos y de los caballos.

Y de las mulas.

Qué desastre.

—Descanso. Un cuarto de marca —gritó la reina. Luego se volvió, soltó las riendas del gran caballo y se dirigió trabajosamente a una espesura. A medio camino, se volvió y señaló a Gabrielle—. ¡Quédate!

La esclava se miró las botas y luego levantó los ojos hacia la reina.

—Vale, pero creo que me estoy hundiendo —comentó, mientras el barro le cubría los tobillos protegidos por el cuero y subía hacia sus pantorrillas—. Espero que sepas nadar.

—¿Y tú? —dijo la reina riendo y caminando de espaldas con infinita agilidad.

Gabrielle alzó una mano y la movió de lado a lado.

—Muy propio del ratón almizclero. —Xena alcanzó su objetivo y se volvió, observando las ramas que estaban a su alcance. Vio la que quería y sacó la espada de la vaina—. Nunca pensé que iba a usar esto para hacer una cosa así. —Golpeó la rama con mano experta hasta que la cortó del árbol, luego la peló tranquilamente y regresó al camino.

Gabrielle había despegado las botas prudentemente del fango cada vez más abundante y había saltado a un pequeño montículo. Miró a Xena cuando ésta se acercaba, usando la mano para quitarse la lluvia de los ojos.

—Oh —dijo—. Un bastón. Qué idea tan buena.

—Me alegro de que te guste. —Xena se lo lanzó y no se sorprendió cuando rebotó en los brazos que Gabrielle había alzado apresuradamente antes de que la esclava lograra atraparlo en el aire—. Puesto que es para ti.

—¿Para mí? —Gabrielle miró parpadeando el largo y delgado objeto.

Xena fue al costado de su caballo y sacó su odre de agua, que en realidad era un odre de sidra. Lo destapó y bebió un trago antes de responder.

—Para ti. ¿Recuerdas que te dije que te iba a enseñar a usar un palo?

La esclava examinó su nueva adquisición. Era más alto que ella, pero su mano lo rodeaba cómodamente.

—Pues... mm... pensé que te referías a un palo palo. No a un poste de cercado.

La reina se inclinó hacia ella y le escupió un buche de sidra. Sobresaltada y en el último momento, Gabrielle sacó la lengua y atrapó parte, parpadeando cuando el resto le dio más o menos de lleno en la cara.

—¡Baaf!

Xena se echó a reír por lo bajo, volvió a taponar la sidra y apoyó las manos en la silla. Seguía lloviendo, un incordio omnipresente y frío que le tamborileaba en los hombros, pero a pesar de todo, descubrió que estaba de muy buen humor.

Apoyó la barbilla en el cuero cubierto, contemplando pensativa a su desdichada caravana de seguidores. Luego volvió la vista hacia Gabrielle, que estaba examinando su gran palo. La esclava pasaba las manos por la superficie cubierta de áspera corteza y lo levantaba, dejando caer el extremo al suelo con un golpe.

Por supuesto, la chiquilla no tenía ni idea de qué hacer con eso. Xena sonrió por dentro. Pero la tendría, cuando Xena acabara con ella.

—No lo pierdas —le advirtió a Gabrielle—. Úsalo para caminar. Del resto nos ocuparemos más tarde.

—Vale —asintió Gabrielle de buen grado—. Me gusta. Una vez oí una historia sobre un mago que tenía un palo igual que éste. Sólo que él lo llamaba vara.

—¿Un mago? —Xena le echó una mirada.

La esclava asintió.

—¿Quieres oírla?

Xena se guardó bien en el corazón el conocimiento de que tenía una estupenda historieta en perspectiva mientras contemplaba al resto de los viajeros.

—Sí, pero espera a que nos volvamos a poner en marcha. —Le pasó las riendas—. Sujétalo. Voy a comprobar las filas.

Gabrielle se quedó mirando las tiras de cuero mojado que tenía en la mano.

—¿Que te sujete? —Miró curiosa al gran animal—. Si echas a correr, ¿de verdad se piensa que te voy a detener?

El caballo volvió el cuello y le empujó la tripa con el hocico.

—Iría botando por el camino como un conejo chiflado. —Le rascó las orejas, colocándose su nueva vara en el pliegue del codo—. Eres bonito, ¿lo sabes?

El semental le mordisqueó el cinturón. Gabrielle se inclinó y le dio un beso en la frente y luego le acarició la gran mejilla plana.

—Siempre me han gustado los caballos —le confió—. Mucho más que las ovejas.

El caballo resopló.

—Sí —asintió Gabrielle—. Me hacían estornudar como loca, así que me escapaba y me escondía en la cuadra por las tardes. Teníamos los caballos más limpios en cien leguas a la redonda.

El animal sacudió la cabeza y luego decidió intentar chupetear el borde de la capucha de su manto. La esclava admiró sus grandes y relucientes ojos oscuros mientras le hacía cosquillas en las sienes. Llegó a la conclusión que su pelaje era más o menos del mismo color que el pelo de Xena y se imaginó el aspecto que tendría con los ojos azules de ella.

—Puah. —Gabrielle sacudió un poco la cabeza—. Eso sería rarísimo —decidió, sacando una vez más las botas del barro. El agua corría camino abajo a su lado y se dio cuenta de que iba a quedar poco camino si seguía lloviendo, salvo por un pequeño arroyo. A este paso les iba a costar mucho subir la montaña, y se preguntó si Xena habría pensado en otras alternativas—. Seguro que sí —le dijo Gabrielle al caballo—. Al menos por ahora es sólo lluvia.

La azotó una ráfaga de viento helado y soltó un gritito cuando la lluvia se transformó por un momento en aguanieve. El caballo le echó una mirada aviesa, soltando otro resoplido y moviendo los cascos.

—Vale... vale... ya me entero. Que me calle —le susurró la esclava en una oreja—. ¿Sabes qué? Me sé una historia estupenda sobre un poni. ¿Quieres oírla?

—¡Gabrielle!

Gabrielle rodeó al caballo, porque era incapaz de ver por encima del él, y se protegió los ojos de la lluvia. Divisó la figura inconfundible de Xena no muy lejos de allí, de pie al lado de un gran carro.

—¡Aquí estoy! —gritó a su vez.

—¡Tráelo aquí!

Complaciente, echó a andar hacia la reina, tirando suavemente del gran caballo.

—Vamos, bonito. Vamos a ver a tu mamá.

El caballo hizo un ruido que estuvo a punto de hacer tropezar a Gabrielle. Usó su nueva vara para recuperar el equilibrio y siguió adelante, reprimiendo una sonrisa al acercarse a la alta figura de Xena.

—Aquí lo tienes —dijo, al llegar al lado de la reina—. ¿Qué ocurre?

—Nada. —Xena señaló un pequeño sendero casi tapado por los árboles—. Que he encontrado un camino mejor. —Se volvió—. ¡A los caballos! ¡Cambiamos de dirección!

Gabrielle miró el sendero que estaba al otro lado del carro y que desaparecía entre el espeso follaje. Se dio cuenta de que eso evitaría el viento y la lluvia y les daría un poco de abrigo.

—Ah —murmuró—. ¿Es un atajo?

—No. —Xena la rodeó y cogió las riendas—. Seguro que nos perdemos en una ciénaga y acabamos cenando ranas. ¿Quieres volver?

—No. —Gabrielle la siguió—. Me gustan las ranas. —Descubrió que estaba animadísima, cosa inesperada. El día anterior se había sentido un poco insegura de sí misma, intimidada por el ejército y por el viaje al que no estaba acostumbrada. Pero hoy, a pie, y a pesar de la lluvia, se sentía mucho mejor.

Se había dado cuenta de que aquí fuera tenía la oportunidad de demostrarle a Xena no sólo lo dispuesta que estaba a compartir las penalidades de la reina, sino también lo ingeniosa que podía ser al enfrentarse a lo inesperado. A fin de cuentas, no era tonta, la misma Xena lo había dicho, y agradecía la oportunidad de demostrar que sabía hacer otras cosas aparte de cocinar y...

Bueno.

Cocinar. Gabrielle notó que se ruborizaba, de forma invisible, casualmente, y agarró su vara con más fuerza. Le daba gusto sujetar el palo, y mientras avanzaba por el terreno desigual, cubierto de un barro que los carros habían removido hasta convertir en un cenagal pegajoso, lo usaba para mantener el equilibrio e ir tanteando el camino.

Alcanzó a Xena cuando la reina sacaba a su caballo del camino y subía por una pequeña cuesta en la que ya se podía caminar muchísimo mejor. La idea le empezaba a parecer cada vez más buena, y mientras el resto de los soldados y los siervos las seguían, oía sus voces que expresaban esa misma opinión.

Se dirigieron al hueco que había entre los árboles y pasaron por debajo de las gruesas ramas a un sendero fresco y sombrío donde la lluvia casi ni existía. Gabrielle se irguió aliviada y se quitó la capucha, contenta de poder mirar ahora a su alrededor sin estorbos.

El ruido de los caballos y los carros pasó de un chapoteo al tamborileo suave y regular de los cascos sobre la tierra, y aceleraron la marcha, contentos de pisar por fin terreno seco.

—Caray. Buena elección —dijo Gabrielle, colocándose detrás de Xena, que caminaba a largas zancadas—. Esto es genial.

Xena sonrió.

—Bueno. —Se apartó un poco, para que Gabrielle tuviera sitio para caminar a su lado—. ¿Qué pasa con ese mago?

—Érase una vez... —empezó Gabrielle.

Su voz se alzó y flotó hacia atrás, pues las gruesas hojas amortiguaban ahora el ruido de la lluvia. Las sonoras palabrotas se fueron apagando, los oídos se aguzaron y hasta el trueno rugió con más delicadeza.


—Brr. —Gabrielle mantenía cerrados los bordes del manto húmedo con una mano y usaba la vara para ayudarse a subir por la cuesta cada vez más empinada que tenía delante. La lluvia había ido amainando, pero también se había hecho mucho más fría, y ahora le daba la impresión de que unos trocitos de hielo le atacaban la piel sin ton ni son.

Probablemente porque así era. Gabrielle soltó el manto y atrapó uno, examinó el duro objeto y vio cómo se derretía entre sus dedos.

Pasaba ya con creces de mediodía. El sendero que había encontrado Xena probablemente había salvado a la mayoría de ellos de desplomarse o incluso de medio ahogarse, y habían llevado un ritmo bastante bueno al avanzar por el sendero protegido. Al menos Gabrielle pensaba que era un ritmo bastante bueno, porque Xena no parecía demasiado impaciente.

Había empezado a notar cosas interesantes sobre Xena. Como que no paraba quieta. No parecía tener mucha paciencia cuando las cosas salían mal y su línea de acción habitual consistía en hacer pedazos cualquier cosa que la detuviera hasta que dejaba de hacerlo.

Podía ser un árbol, el clima, un arroyo... Gabrielle soltó aliento suavemente. En lo que llevamos de viaje no ha sido ninguna persona.

Todavía.

Se preguntó cuánto más iban a tener que seguir. No habían hecho una parada para comer y era incómodamente consciente de que su estómago estaba gruñendo por eso. Ayer, Xena los había tenido en marcha hasta bien caída la noche y, al mirar hacia delante, Gabrielle no veía el fin del largo y tortuoso sendero, cada vez más arduo de subir.

Le dolían las piernas. Era un dolor distinto al de montar a caballo: era un dolor sordo en la parte superior de los muslos y en la entrepierna y la espalda. No estaba acostumbrada a trepar montañas, eso seguro.

Pero allí delante, el sendero parecía nivelarse durante un trecho, y estaba deseando descansar un poco de la pendiente. De modo que se esforzó y se echó un poco hacia delante, tratando de alcanzar a Xena, que avanzaba sin esfuerzo.

Xena parpadeó para quitarse el hielo de los ojos por enésima vez, recordando una vez más cuánto odiaba esa sensación. Contempló la pendiente del sendero con mirada aviesa, sabiendo que allí cerca no había un lugar donde poder hacer una parada siquiera.

Ah, en fin. La reina echó la cabeza ligeramente hacia atrás y miró el cielo gris, que se veía a retazos a través de las ramas de los árboles. Al menos estaban algo protegidos, no como lo que habría sido quedarse en el camino, y estaban avanzando.

Al cabo de unos minutos, llegó a un trecho más llano del sendero y aflojó el paso, mirando hacia delante con curiosidad. Aquí el suelo del bosque se extendía y el sendero seguía subiendo por una cuesta aún más empinada al otro lado de un gran roble. Pero otro sendero se desviaba hacia la derecha, adentrándose en la montaña y con huellas de un uso largo y continuado.

Xena se volvió, apartando a su caballo de los soldados que iban llegando.

—Alto —gritó—. Descansad aquí un momento. —Eso fue bien recibido, lo cual no era de extrañar, pero no hizo caso de los murmullos de alivio cuando pasó junto a los primeros hombres y se puso a explorar esa desviación.

Se detuvo a los pocos pasos al oír un leve crujido detrás de ella. Sin embargo, no captó ningún peligro inminente, y al mirar atrás no se sorprendió de ver a Gabrielle pisándole los talones. Ah. ¿Así que era eso? ¿El ratoncito almizclero podía sorprenderla porque ella sabía que estaba a salvo?

—¿Dónde crees que vas? —preguntó, con una sonrisa.

—Donde tú vayas —contestó Gabrielle sin vacilar, atisbando por encima de su hombro—. Caray... qué bonito es todo esto.

Xena la miró.

—No, no lo es —replicó—. Está todo mojado, hace frío, la mitad de las hojas están muertas y tienes una babosa en el hombro.

Gabrielle pegó un respingo y se sacudió el brazo, luego se calmó y miró a la reina.

—Eres mala.

—Ooh... aduladora —dijo Xena riendo alegremente y se inclinó hacia un lado y le dio un beso—. Pero qué cosas tan bonitas me dices.

La reina se volvió y prosiguió con su investigación, apartando las hojas mojadas a un lado mientras subía de lado por el sendero infestado de maleza. Divisó una pared de roca y musgo y gruñó, luego apartó una rama y encontró lo que estaba buscando.

Maldición.

Con un suspiro indignado, Xena levantó la mirada hacia el cielo gris. La alcanzaron unas gotas de aguanieve y luego unas cuantas más, a un volumen cada vez mayor acorde con el aumento del viento.

No habían avanzado lo suficiente. Había querido estar ya al otro lado de la montaña, pero el mal tiempo y el largo ascenso les habían impedido realizar el tipo de marcha forzada que ella quería lograr.

Si seguían adelante, podían o no encontrar un lugar donde descansar esa noche aprovechando las pocas horas de luz diurna que les quedaban.

Sin embargo. Xena se puso en jarras. Aquí, tenía a mano una cueva, con una boca lo bastante grande como para que pudieran pasar los caballos y los puñeteros carros. Ofrecía refugio de la tormenta y una buena posición sólida y defendible donde no tenía que preocuparse de que los fueran a atacar.

Maldición.

—¿Qué hay ahí? —Gabrielle se deslizó a su lado y atisbó por la oscura abertura—. ¿Eso es una cueva?

—Dime que eres una virgen de las cuevas —dijo Xena con tono de guasa—. Venga.

—Bueno... —Gabrielle exploró un poco más—. Ésta es la primera grande que veo.

—No me extraña. Tienes tendencia a empezar por lo más alto. —La reina se dio la vuelta y echó a andar sendero abajo—. No te pierdas. Vamos a parar aquí para pasar la noche. —No esperó a que le respondiera y, en cambio, siguió hasta donde estaban esperando sus hombres—. Muy bien —rugió—. ¡Escuchad!

Todos los soldados se volvieron y la miraron. Detrás de ellos, los siervos se apiñaban junto a los carros, claramente exhaustos. La miraban con ojos cansados y desconfiados.

—A partir de aquí, a correr —ladró Xena.

Y esperó. Sus hombres lograron gemir sin hacer ni un ruido ni mover un solo músculo. Los siervos que estaban detrás se limitaron a mirarla estupefactos.

—Es broma —les sonrió la reina—. Habéis tenido suerte. He encontrado refugio. Ahí arriba. —Señaló hacia el sendero—. Vamos a dejar que pase esta tormenta y, cuando termine, seguiremos adelante. Me da igual si es en medio de la noche.

Brendan se apartó un mechón gris de los ojos con un resoplido.

—En marcha. —Xena se volvió y se encaminó de nuevo al sendero, agarrando las riendas de su caballo y guiándolo hacia la cueva. Seguía sin hacerle gracia tener que parar tan pronto, pero Xena tampoco era tonta, y sabía que continuar viajando en estas condiciones no era buena idea.

Sólo hacía falta que un boyero cansado cometiera un error y se le fuera un carro hacia atrás para perder provisiones, animales valiosos y seguramente también a algún que otro siervo. Xena detestaba perder el tiempo, pero detestaba el despilfarro aún más.

Así que se detendrían.

—Brendan, pon a alguien fuera de la cueva. Quiero saber cuándo se termina este puñetero mal tiempo —ordenó, cuando su capitán la alcanzó—. Ahí arriba somos presa fácil y con cada marca que pasa esos cabrones ganan más tiempo para conspirar contra mí.

—Sí, ama —asintió Brendan enérgicamente—. Así lo haremos. —Miró hacia arriba—. Va a hacer frío cuando pase. Será mejor encender hogueras para secarlo todo.

—Sí, sí. —Xena se agachó por instinto al entrar en la cueva, aunque la boca era más que suficiente para alguien de su estatura. Dentro, parpadeó y se detuvo, para dejar que se le adaptaran los ojos a la oscuridad, y luego siguió adelante al ver a Gabrielle plantada en el centro del gran espacio.

—Caray —dijo simplemente su esclava, mirando hacia arriba—. Qué bonito es.

—Ya estás otra vez. —Xena miró hacia arriba y no vio nada más que estalagmitas colgando del techo—. Gabrielle, no es más que una cueva.

Detrás de ella, el espacio se estaba llenando con su ejército y el resto de los viajeros. Xena cogió a Gabrielle del brazo y le dio un empujoncito hacia el fondo de la caverna.

—Venga. Vamos a ver si encontramos un sitio que no huela a mula.

Gabrielle miró en la dirección hacia donde la llevaba y no vio más que sombras y más oscuridad.

—Mm... —Guiñó los ojos—. Está oscuro.

—Nenaza. —Xena tiró de ella mientras sus botas crujían levemente sobre el suelo salpicado de piedras y arena. El fondo de la cueva seguía hacia delante, con las paredes cada vez más estrechas. Dobló una esquina y descubrió lo que estaba buscando, un hueco más que suficiente para las dos, acogedor y muy, muy oscuro.

—Ah.

—Ah —susurró Gabrielle levemente.

—Perfecto —decretó Xena—. Sólo le hace falta un buen montón de pieles blandas y una botella de vino.

La esclava soltó aliento y se acercó un poco más a la reina.

—Mm...

—Vale, una botella de vino y un par de filetes de venado —bromeó Xena—. Te oigo rugir.

Gabrielle intentó no perder el control de la respiración.

—Ah... no, no es... —Sintió que las paredes se le echaban encima y trató con todas sus fuerzas de no hacer caso de esa sensación—. Es que... mm...

La mano de Xena le tocó la mejilla, que estaba muy caliente.

—Gabrielle. —La voz de la reina surgió directamente de la oscuridad—. No tendrás miedo de la oscuridad, ¿verdad?

Hubo un larguísimo silencio, en ese rincón de la cueva, donde los ruidos del ejército montando el mejor campamento posible creaban ecos alrededor de las dos.

—Sí —contestó Gabrielle por fin—. Me da miedo —añadió, con voz temblorosa—. Los sitios pequeños y oscuros... es que... lo siento.

Xena no lograba imaginárselo. ¿Cómo era tener miedo de algo?, se preguntó.

—¡Brendan! —alzó la voz—. ¡Tráeme una puñetera antorcha!

—¡A la orden!

Xena le pasó a Gabrielle un brazo por los hombros.

—¿Sabes de qué tengo miedo yo?

Gabrielle respiró hondo varias veces antes de contestar.

—No —dijo—. No me imagino que puedas tener miedo de nada.

—De las arañas —confesó la reina, en un susurro—. Las odio.

—¿De verdad? —susurró Gabrielle a su vez.

—Sí. —Xena se volvió cuando apareció Brendan, junto con una goteante antorcha naranja que creaba sombras extrañas por todas partes—. Gracias.

—No hay de qué, ama —le dijo el capitán—. He tenido que usar la brea para encenderla... pero la mayoría están empapadas. Va a ser un Tártaro lograr secarlas.

—Haced lo que tengáis que hacer. Secadlo todo lo mejor que podáis —ordenó Xena—. No quiero que nadie pille la enfermedad de la tos. Como alguien empiece con eso, le corto el cuello. ¿Entendido?

—Ama. —Brendan inclinó la cabeza y desapareció, dejándolas en medio de un resplandor naranja.

—Bueno. —Xena levantó la antorcha, examinando el pequeño espacio—. ¿Qué te parece?

Gabrielle abrió despacio los ojos y luego soltó un suspiro de alivio. El pequeño espacio cerrado que se había imaginado resultó ser una cámara de tamaño decente, aunque de techo bajo, con el suelo blando y arenoso y unas paredes en las que se entreveía algo brillante. Incluso tenía un pequeño repecho de piedra a un lado donde se podían poner cosas.

—Oh. —La esclava se relajó—. Es agradable —dijo—. Bueno, dentro de lo agradable que puede ser una cueva de piedra, quiero decir.

Xena encontró un lugar en la roca donde encajar la antorcha y así lo hizo. Sus ojos siguieron atentos el humo, viendo cómo corría por el techo y luego escapaba a la cámara más grande.

—Podría ser peor —reconoció—. Al menos no tengo que preocuparme de que se me eche encima un cretino en medio de la noche.

Gabrielle se había acercado a la pared y la tocó, admirando el suave brillo. Al oír lo que decía Xena, se volvió.

—Yo nunca lo permitiría —dijo con firmeza.

Xena se la quedó mirando.

—Chillaría muy fuerte, al menos —añadió la esclava, con la cara muy seria.

—¿Eso ha sido un chiste?

Gabrielle alzó la mano y la movió de lado a lado. Luego fue hasta la reina y la abrazó.

—Gracias por comprenderlo —dijo—. Lo de que me dé miedo.

La reina arrugó la nariz.

—No lo comprendo —reconoció—. Pero una antorcha es una solución bien fácil. Venga. Vamos a ponernos cómodas. —Rodeó a Gabrielle con un brazo y se dirigió hacia la caverna principal—. Y esperemos que pare esta maldita lluvia.


Pero no paró. Gabrielle se buscó un lugar cerca de la entrada y se acurrucó pegada a las rocas para mirar mientras el aguanieve dura y pétrea se iba transformando poco a poco en nieve. El tamborileo cesó cuando empezaron a caer los copos, que se colaban por la entrada hasta la cueva.

El aire que entraba con la nieve era frío, y se metió las manos debajo de los brazos. La luz gris del exterior se estaba apagando y supo que no tardaría en hacerse de noche. Aunque la espera fastidiaba a Xena, ella se alegraba de que estuviera nevando, como todos los demás de la cueva.

Estaba cansada. Gabrielle apoyó la cabeza en la roca y se lamió un poco los labios. Al menos tenía la tripa llena de estofado y había dejado las cosas de la reina bien colocadas en el hueco que había elegido, pero ahora apenas tenía fuerzas para levantar la cabeza.

Las aventuras, decidió, tenían sus pegas.

Observó los copos que caían, dejando que esa especie de ritmo que tenían la embargara de una sensación de paz. Al verlos, casi podía creer que estaba de nuevo en casa, en un día de invierno, en el establo después de haber hecho todas sus tareas.

Era entonces cuando tenía un poco de tiempo que era todo suyo, antes de cenar, cuando se podía sentar y dejar correr la imaginación por donde quisiera. Cuando se le ocurrían las historias, como viejas amigas que se colaban para hacerle una visita y animarla.

—Érase una vez una bella princesa. —Gabrielle murmuró las palabras con una sonrisa irónica—. ¿Te acuerdas de esa historia que le contabas a Lila? ¿Sobre la princesa que salía al mundo en busca de su príncipe perfecto?

Cómo discutían sobre lo que era perfecto.

—Eh.

Gabrielle se volvió, levantó la mirada y se encontró a Xena detrás de ella, apoyada en la pared. La alta figura de la reina estaba iluminada por detrás por la hoguera que ardía con mucho humo en el centro de la caverna y le dejaba la cara medio en sombras. Pero sus ojos destacaban como siempre.

—Hola.

—¿Algún motivo para que estés sentada aquí? —preguntó Xena—. No te tenía por una solitaria.

La esclava se rodeó las rodillas con los dos brazos.

—No, no lo soy. Es que eso está muy lleno y me escocían los ojos por el fuego —dijo—. Así que se me ha ocurrido descansar aquí un rato.

Xena se volvió y pegó la espalda a la pared, contemplando la nevada con cara de pocos amigos.

—No nos hace gracia —comentó.

—¿No? —Gabrielle se acercó ligeramente, lo suficiente para que su hombro tocara la rodilla de Xena. El calor era gozoso y el cosquilleo intangible que sentía en presencia de la reina era aún mejor—. A mí la nieve me parece mucho más bonita que la lluvia helada, ¿a ti no?

—No. —Xena meneó la cabeza—. Me impide conseguir lo que quiero. Nada que me impida conseguir lo que quiero es bonito. ¿Queda claro?

Gabrielle apoyó la cabeza en el muslo de la reina, contemplando la nevada, que ahora caía con más fuerza.

—Yo antes atrapaba copos de nieve con la lengua —dijo—. ¿Sabías que cada copo es diferente? No existen dos iguales.

Xena se rascó la nariz. Luego miró a Gabrielle.

—Muy propio de ti saber eso.

La esclava soltó aliento.

—¿Querías que hiciera algo? —preguntó—. Creo que ya tengo arregladas todas tus cosas.

—No —replicó la reina—. Ya he terminado de acosar a mis hombres y de asustar a todos los siervos. Me aburría. Te echaba de menos.

Gabrielle apoyó la mejilla en la rodilla de Xena y levantó los ojos hacia ella, al tiempo que en su cara se formaba una sonrisa.

—¿En serio?

Entonces le tocó a la reina quedarse contemplando un ratito los copos de nieve.

—¿Sabes? —contestó Xena por fin—. Ésa sí que es una buena pregunta. —Alargó la mano hacia abajo—. Venga. Vamos a descubrir la respuesta.

Gabrielle le cogió la mano y acabó levantándose sin apenas esfuerzo por su parte. Se detuvo para estirar las piernas doloridas y luego siguió a Xena mientras cruzaban la caverna.

En el centro había una hoguera con una olla aún humeante con los restos del estofado que había dado de comer a todo el mundo. Los siervos estaban sentados alrededor, terminando lo que quedaba en los platos de madera y rascando hasta los últimos restos con trozos de pan de viaje.

Los soldados estaban acampados alrededor del fuego, salvo por media docena que estaban apostados justo al lado de la entrada de la caverna. Detrás de ellos, cerca de las paredes, los siervos habían colocado sus pobres petates, al lado de donde estaban agrupados los animales.

No olía tan mal como podía parecer, reconoció Gabrielle. Al fin y al cabo, los animales se habían estado bañando todo el día con la lluvia y ella estaba acostumbrada al olor a estiércol. Pero creaba una mezcla rara con el estofado de venado, y arrugó la nariz al captar estos olores extrañamente contrapuestos que la asaltaban cuanto más se adentraba en la caverna.

Pero lo que sí notó era que nadie parecía andarse con muchas ceremonias en la cueva. Aunque Xena estaba pasando entre ellos, el avance de la reina no iba precedido ni seguido de pleitesías ni reverencias.

Y no era que no estuvieran todos mirando a Xena, por supuesto. Gabrielle captó las miradas furtivas mientras caminaba detrás de la reina. Era más bien como si la formalidad de la corte hubiera quedado en suspenso mientras estuvieran de viaje. Se preguntó si eso era una norma que había impuesto Xena o era otra cosa.

Esperaba que fuese una norma. Le parecía algo muy de sentido común y le gustaba pensar que, por mucho que dijera, Xena realmente era una persona con mucho sentido común. Incluso cuando hacía cosas horribles, parecía tener algún tipo de motivo interno para hacerlas, y aunque a Gabrielle a menudo le costaba aceptar las cosas que hacía, el hecho de que las hiciera al menos por sus propias razones le resultaba reconfortante.

Pasaron entre dos hileras de carros cuidadosamente aparcados, que formaban una especie de barrera que separaba la caverna principal del lugar donde Xena había elegido para descansar. Delante de los carros había una fila de guardias y cuando pasaron a través de la fila, Gabrielle cayó en la cuenta de que estaban allí para protegerlas.

¿Del resto del ejército y de los siervos? Miró a Xena cuando doblaron la esquina de roca y entraron en su zona.

—¿Xena?

—¿Síííííí? —La reina ajustó una de las antorchas y asintió satisfecha—. Así está bien.

Gabrielle cambió de idea y decidió hacerle otra pregunta.

—Aquí estamos muy seguras, ¿verdad?

Xena se puso en jarras y fue girando en círculo y luego se encogió de hombros.

—Depende de lo que consideres estar seguras —contestó—. Brendan está todo contento porque puede poner a unas cuantas babosas ahí fuera y fingir que me protege.

—Hoy te ha dado por las babosas, ¿eh?

La reina se rió por lo bajo.

—Me encontré dos en la silla cuando subíamos hacia aquí. El tiempo. —Sacudió la cabeza—. Qué asco me dan —añadió—. Así que desde ese punto de vista, estamos seguras. Por otro lado, si hay un desprendimiento, eso sí que puede ser una soberana jodienda.

—Ah.

Xena se echó a reír de nuevo.

—No te preocupes. Si tienes que morir bajo un montón de rocas conmigo, al menos haré que te valga la pena.

Gabrielle lo digirió.

—Entonces... —Carraspeó—. ¿Ahí es donde entra lo de la soberana jodienda?

La reina, que estaba sacando algo de su alforja, se detuvo a medias y volvió la cabeza para mirar a su esclava.

—Eso —señaló—, ha sido un chiste, y no sólo un chiste, sino además un chiste sexual. Te estoy haciendo mella.

La esclava notó que se sonrojaba, pero sonrió, preguntándose si Xena sabía lo infamemente cierto que era lo que acababa de decir.

—Entonces... ¿esos soldados de ahí fuera están de adorno?

Xena se apoyó en el repecho de piedra y cruzó las piernas por los tobillos.

—Sí... la verdad es que no creo que vaya a atacarme nadie en medio de la noche con un cuchillo de trinchar —dijo—. Pero nunca se sabe, Gabrielle. Mucha de la gente de las cocinas estaba de parte de Bregos y ¿si tienen la oportunidad? ¿Por qué no?

—Oh.

—Bueno. —Xena cogió la vara de Gabrielle, que había dejado recogida junto a su pequeña pila de pertenencias—. Venga. Coge esto. —Se la lanzó a la esclava.

—¿Ahora? —Gabrielle logró agarrarla sin que se le cayera.

—Sí, ahora. —Xena cogió una lanza, sin punta, de un nicho de la pared y se acercó a ella—. Querías aprender a luchar, así que levanta ese palo, ratón almizclero. Te voy a enseñar.

Oh, cielos. Gabrielle intentó cobrar fuerzas. Le costó, pero respiró hondo varias veces, apretó los puños un par de veces y levantó el palo, encarándose a Xena con cautela.

—Vale —dijo—. Pero no creo que lo vaya a hacer muy bien.

—¿No? —Xena la miró atentamente—. ¿Por qué no? —Se apoyó en su lanza—. El palo es del tamaño adecuado y no eres tan flojucha, ¿verdad?

Gabrielle apoyó el extremo de la vara en el suelo.

—Generalmente no... pero estoy... mm... —Soltó aliento, echó hacia atrás los hombros y volvió a levantar el palo—. Estoy lista.

Xena le arrancó la vara de las manos con un movimiento tan veloz que ni siquiera lo vio.

—No, no lo estás —comentó la reina apaciblemente—. Deja que te diga una cosa. —Recogió la vara caída levantándola de una patada y luego se la lanzó de nuevo a la esclava—. Las luchas no esperan a que estés lista. Si puedes hacer esto cuando estás agotada, hacerlo cuando estás descansada resulta muchísimo más fácil.

Oh. Gabrielle sacudió las manos, que le escocían mucho, y levantó la vara de nuevo.

—Eso tiene sentido, más o menos.

—¿Más o menos? —Xena se acercó a ella, dejando la lanza a un lado—. Vale, primera lección. —Agarró la vara y ajustó su nivel, levantando el extremo derecho un poco más que el izquierdo—. Abre las piernas.

Gabrielle miró hacia abajo y luego subió la mirada. Enarcó las cejas.

—Para equilibrarte —dijo Xena riendo—. No todo lo que hago tiene que ver con el sexo, ratoncito almizclero. —Separó los pies de Gabrielle con la bota hasta que la distancia que los separaba igualó la anchura de sus hombros y tiró de ella un poco hacia delante—. Tienes que equilibrar el cuerpo de dos formas. Izquierda y derecha y adelante y atrás. Para poder moverte en cualquier dirección si lo necesitas.

Gabrielle frunció el ceño.

—No sé...

—Imagínate una gran piedra —la interrumpió Xena con impaciencia—. Tienes esa piedra en la tripa —dijo—. Ése es el centro de tu equilibrio. Cuando des con ello, te mueves desde ahí.

¿Una piedra? La esclava se tambaleó un poco, intentando dilucidar a qué se refería Xena. Era algo tan ajeno a cualquier cosa que hubiera hecho en su vida que no sabía ni por dónde empezar.

—Dobla un poco las rodillas. —Xena le tocó el lado de la rodilla con la lanza—. Échate hacia delante.

Obedientemente, así lo hizo y al echarse hacia delante, algo... qué cosa tan extraña. Su peso cayó sobre los músculos de los muslos, su espalda se irguió y se sintió...

Bien. No tenía palabras para describirlo. Era casi como el eco de un recuerdo de algo que sabía que no había hecho nunca.

—¡Bien! —la felicitó Xena—. ¡Creo que ya lo tienes!

Ya. Gabrielle logró sonreír. Pero la pregunta era... ¿qué iba a hacer ahora con ello? Al ver la cara sonriente de Xena, tuvo la sospecha de que lo iba a averiguar en breve.


Oh, Xena, ¿en qué Hades te has metido? La reina se lavó las manos en la palangana de plata pulcramente colocada en el repecho de piedra y se secó los largos dedos con el paño que había al lado. Enseñar a Gabrielle a luchar iba a ser como enseñar a un cerdo a cantar, y ella detestaba que alguien desafinara.

La chica no tenía ni idea. Xena se había dado cuenta casi nada más empezar de que a su joven alumna le faltaba lo único que tenía que tener un luchador para luchar: agresividad. De modo que cambió de táctica y en cambio enseñó a Gabrielle a sujetar la vara para poder defenderse de alguien que la atacara a ella.

Eso había tenido más éxito. Pero así y todo, iba a tardar muchísimo. Xena miró hacia atrás. Gabrielle estaba sentada en el repecho de piedra cerca de ella, sujetando la vara y mirándola ceñuda, haciendo unos leves movimientos que indicaban que estaba intentando desentrañar lo que le había dicho Xena.

—Oye, Xena. —Gabrielle se puso de pie y volvió a levantar la vara. La sujetaba con las manos separadas a la altura de los hombros y la movió hacia arriba y hacia abajo delante de ella—. ¿Me dices cómo sabes si los malos te van a atacar desde arriba o desde abajo?

Esto ha sido idea tuya, recuérdalo. Xena se acercó y se encaró con ella.

—Tienes que averiguar lo que está haciendo el malo. —Levantó las manos como si blandiera una espada—. Si te voy a cortar las piernas, haré esto. —Se equilibró y lanzó las manos hacia abajo y hacia la izquierda.

Vacilando, Gabrielle bajó la vara, para parar el arma imaginaria. El extremo del gran palo acabó a la altura de sus rodillas, coincidiendo con la línea trazada por las manos de Xena.

—Exacto. —Sorprendida, Xena se irguió—. Pero si te quisiera partir la cabeza, haría esto. —Levantó las manos unidas por encima de la cabeza y las lanzó hacia abajo.

Gabrielle abrió mucho los ojos, levantó la vara y dio un paso atrás por instinto.

—Pero... —Pegó un ligero respingo cuando los puños de Xena golpearon su arma y rebotaron un poco cuando la flexible vara se enderezó tras el golpe.

—Oye, no está mal —la felicitó la reina—. Ahora hasta puede que sobrevivas un minuto más —añadió—. Has hecho bien en retroceder un paso. Eso te ayuda a aguantar el golpe y mantener el equilibrio.

—¿Sí? —Gabrielle miró hacia abajo—. No lo he hecho a propósito.

Xena se rió socarronamente. Tocó la vara con las manos.

—Si te sale natural, hazlo.

Gabrielle se lo pensó. Bajó la vara y examinó la superficie.

—¿Pero la espada no la atravesará? —preguntó la esclava—. Sólo es madera.

Ah. No era una mala pregunta. Xena contempló la vara.

—Tendremos que endurecerla —dijo—. Pero el truco consiste en no dejar que los filos se claven en ella. Tienes que moverla más deprisa que las babosas que te atacan. —Le quitó la vara—. Así.

Gabrielle se echó hacia atrás y se quedó mirando, con los ojos como platos, cuando la reina realizó una serie de movimientos, a una velocidad tan increíble que hacía vibrar el aire dentro de la caverna.

—Por el culo de un cerdo —soltó, mientras el extremo de la vara salía lanzado hacia delante y hacia atrás, golpeando en la cabeza a un atacante invisible.

Los ojos azules de Xena la miraron risueños.

—Bloquear solamente no te va a servir de mucho, ratón almizclero. Tienes que devolver el golpe. —Le pasó la vara a Gabrielle—. Si no, es como si te quedaras ahí sentada esperando a que te hagan pedazos.

La esclava cogió el palo, notando el calor de las manos de Xena en la madera al rodearla con los dedos.

—No sé si puedo hacer eso —confesó—. No me gusta hacer daño a la gente.

—Ya. —Xena le revolvió el pelo enérgicamente—. Ya lo veo. Pero si quieres aprender esto, o lo superas o conviertes eso en leña. Tú eliges. —A pesar de todo, Xena reconoció por dentro que se había divertido con la lección más de lo que se esperaba.

Tal vez era esa cosa de enfrentarse a una página nuevecita y en blanco. Siempre le habían ido las vírgenes.

—Bueno. —Gabrielle dejó la vara en un rincón—. En cualquier caso, es un buen bastón. Gracias por enseñarme a usarlo, Xena.

—De nada. —La reina sonrió por dentro.

Un griterío repentino en la caverna exterior las distrajo. Xena tiró la toalla que había vuelto a coger y se dirigió a la entrada, alarmada por la furia del tono.

Gabrielle se quedó paralizada durante un segundo y luego recogió su gran palo y la siguió. Oyó cómo aumentaba el ruido al alcanzar a la reina, que se movía muy deprisa, y salieron de entre los carros a tiempo de ver a dos soldados cerca del fuego que sujetaban con fuerza por los brazos a uno de los siervos.

—¡Ladronzuelo! ¡Te voy a sacar los dinares con fuego! —gritó uno de los soldados, acercando más al hombre a las llamas. El hombre se debatía y gritaba, pero no podía con los dos soldados—. ¡A ver si vuelves a robarnos, canalla!

Xena se detuvo y apoyó la mano en el borde del carro, observando con interés. Notó que algo la golpeaba entre los hombros y cuando se quiso dar cuenta, Gabrielle ya estaba asomando la cabeza por su lado derecho, aferrando su vara y contemplando el enfrentamiento.

—¿Me acabas de pegar con eso?

—¡Xena, mira! —Gabrielle le agarró el brazo—. ¿Qué hacen?

—Aplicar la justicia militar —le dijo la reina, impertérrita.

La esclava sofocó un grito cuando obligaron al hombre a caer de rodillas.

—¿No los vas a detener?

Xena la miró.

—¿Por qué debería hacerlo? —preguntó—. Han pillado a ese idiota robando, así que se merece lo que le pase.

Gabrielle observó la escena. Los otros siervos habían huido de la hoguera y alrededor del hombre sólo había soldados.

—Pero... —Buscó un motivo, una excusa...—. ¿Y si no es culpable?

—Gabrielle, lo han pillado robando. —La reina frunció el ceño—. Estos tíos no tienen imaginación. Por eso les gustan tus historias, ¿recuerdas?

—Pero...

—Sshh.

—¿Pero no puedes asegurarte? —susurró la esclava.

Xena echó la cabeza hacia atrás y contempló con aire quejumbroso el techo tiznado ahora de humo. Luego sacudió la cabeza y salió de las sombras, se puso los dedos entre los labios y soltó un silbido mientras avanzaba.

Cuando estaban a punto de meterle la cabeza al siervo en el fuego, los soldados se quedaron paralizados al oír ese sonido. Se irguieron y retrocedieron cuando Xena entró en el círculo de la hoguera, enderezaron la espalda y se cuadraron.

—¡Majestad!

—La misma. ¿Qué pasa aquí? —preguntó Xena secamente.

El siervo, con el pecho agitado por el pánico y los ojos desorbitados de terror, mantuvo la cabeza gacha y los ojos apartados de ella. Iba vestido con la ropa de un boyero y tenía las piernas arqueadas propias de un jinete de toda la vida.

—Ese cabrón vino a escondidas y me robó el equipo, Majestad —declaró el soldado de la izquierda. Le mostró el equipo—. Lo encontré con sus cosas.

Xena cogió el equipo. Llevaba su sello estampado y vio otro idéntico en prácticamente todos los petates de los soldados al mirar a su alrededor. Lo abrió y miró dentro. Llevaba la típica mezcla de pedernal y yesca, piedras de afilar y demás detalles de la vida de un guerrero. Sus ojos se posaron en el boyero.

—Levantadle la cabeza. Detesto hablar con piojos.

Con una mueca, el soldado enganchó el pelo del hombre con los dedos y le echó la cabeza hacia atrás, obligándolo a mirar a la reina.

Xena le mostró el equipo.

—¿Has robado esto? —Era consciente, en los aledaños de su percepción, de que Gabrielle se estaba acercando y la observaba desde detrás del primer círculo de hombres.

—Nunca l... lo había visto —dijo el hombre entre dientes.

La reina sopesó el equipo.

—Entonces, ¿le salieron patas, se fue andando hasta tu petate y se acostó allí porque hueles como su mamá? —Le lanzó el equipo a su dueño.

El hombre se limitó a mirarla taciturno.

Xena fue hasta él y atacó como una serpiente, agarrándolo por el cuello, y lo levantó hasta ponerlo de puntillas.

—Te... —gruñó—, he hecho una pregunta. —Tensó los dedos y las venas que notaba debajo sobresalieron palpitantes—. ¿Has... robado... esto?

El hombre luchaba por respirar, con las piernas temblorosas.

—Yo...

—Más rápido. —Xena lo zarandeó bruscamente, haciendo que le chocaran los dientes—. La paciencia es una virtud. Todos sabemos lo virtuosa que soy.

—Yo... ¡yo no lo he hecho! —dijo el hombre, medio ahogado—. ¡Estaba ahí... cuando volví de la hoguera! ¡Lo juro!

Su aliento era repugnante. Xena le pegó un fuerte puñetazo con la mano libre y le soltó el cuello y él cayó a tierra inconsciente. Entonces se hizo el silencio mientras los hombres esperaban, mirándose entre sí al tiempo que ella se limpiaba las manos en la camisa y se ponía en jarras.

Gabrielle se coló a través de la fila de hombres y llegó a su lado, rodeó su nueva vara con las manos y se apoyó en ella, mirando al boyero.

—Ha dicho que él no lo cogió —murmuró.

Xena arrugó la nariz expresivamente.

—Si yo te tuviera sujeta por la garganta, estrangulándote, y tú supieras que robar significa morir y yo te preguntara si habías robado algo, ¿qué dirías?

—¿Si de verdad lo hubiera robado? —preguntó Gabrielle—. Creo que lo diría.

—Cómo no.

—Quiero decir, ¿cómo iba a saber él que no lo ibas a matar de todas formas? —Gabrielle bajó la voz hasta hablar casi en un susurro—. Si mintiera, lo matarías, ¿verdad?

Xena se agitó.

—Sí.

—Así que... si yo fuera a morir de todas formas, creo que preferiría morir diciendo la verdad.

La reina observó el círculo de hombres a la espera.

—Yo también... pero este tío tiene el cerebro de una cabra y no es tan inteligente ni tan ético como tú. —Miró a la víctima del robo—. ¿Cómo lo descubriste?

—Al volver de lavarme, ama. Vi que había desaparecido y nos pusimos a buscar —informó el soldado sucintamente. Sus ojos se encontraron con los de Xena con tranquila sinceridad—. Max lo encontró ahí, medio tapado debajo del petate de éste. —Señaló—. No quedaba mucho más que decir... no te íbamos a molestar por una cosa así, Majestad.

Gabrielle soltó aliento.

—Parece que está muy claro, ¿no? —reconoció.

Los ojos azules de Xena se endurecieron.

—¿Sí? —Empezó a caminar despacio alrededor del círculo, examinando a los soldados—. Sabes, Gabrielle... deliciosa amiguita mía, se me ocurre pensar que aunque ese pingajo de boyero no tiene mucho cerebro, la verdad es que no parece un suicida.

Su mirada se encontró con la de cada hombre y se la sostuvo.

—De hecho... ¿sabes a qué me huele esto, Gabrielle?

—Mm... no.

—Me huele a un gato que lleva tres días encerrado.

Gabrielle se apoyó en su vara y mantuvo la boca cerrada.

Cara tras cara, ojo tras ojo, fue recorriendo el círculo despacio, buscando.

Por fin. Un par de ojos que se negaban a encontrarse con los suyos.

—¿Sabías que mucha gente cree que puedo leer la mente, Gabrielle? —preguntó Xena, con tono tranquilo—. ¿Que si miro a alguien a los ojos, sé lo que está pensando?

—¿En serio?

—En serio. —Xena alargó la mano hacia atrás—. Mira, préstame tu palote. Te voy a enseñar un truco muy chulo.

Gabrielle se irguió y le alargó la vara, se quedó mirando mientras la cogía y luego la siguió para ver qué iba a hacer con ella.

Xena se deslizó la madera entre las manos, luego echó el extremo superior hacia atrás y golpeó hacia delante con el extremo inferior, alcanzando a su presa de ojos huidizos entre las piernas con un golpe tan fuerte que hasta sonó un chasquido cuando le dio.

El hombre se desplomó en el suelo con un graznido, agarrándose la entrepierna desesperado con las manos. Xena le puso el extremo de la vara en la garganta y se apoyó en ella, dejándolo sin respiración.

—Bueno, ¿lo ves, Gabrielle? Ya son dos cosas que puedes hacer con esto —le dijo—. No me gustan los ladrones, pero las víboras me gustan todavía menos. —Se volvió para mirar al boquiabierto soldado que había perdido su equipo—. ¿Sois amigos?

—Pu... Majestad, sí, es un viejo amigo. Nos...

—¿Ponéis vuestros petates el uno al lado del otro?

El hombre asintió.

—Traedme al jefe de caravana —ordenó Xena. Esperó hasta que llegó el hombre mayor, que la miraba con nerviosa cautela—. Stevan.

—Ama.

—Un camino duro el de hoy, ¿eh?

El hombre encogió un hombro.

—Pasable, ama. Nos las hemos apañado.

Xena se apoyó en la vara y le clavó los ojos.

—Tienes que comunicarle a Brendan si tus hombres tienen problemas con mis hombres, Stevan. No lo has hecho.

Él bajó la mirada.

—Sólo fue una trifulca, ama. Nadie salió herido.

Gabrielle lo observaba todo absolutamente fascinada. Xena se había dejado llevar tan sólo por su instinto y todo el rato parecía saber perfectamente qué había ocurrido.

¿Cómo lo hacía? ¿A base sólo de conocer a esta gente?

—Fue sólo que ése de ahí quería manzanas, ama. No me pareció que mereciera la pena comentarlo —dijo Stevan, sumisamente.

—Pues casi le cuesta a ése la vida. —Xena señaló al boyero que estaba en el suelo—. La próxima vez, cumple mis normas o te tiro por el acantilado, ¿comprendido?

Él miró al boyero y asintió tembloroso.

—Sí, ama.

—Llévatelo de aquí —le ordenó Xena al jefe de caravana. Luego se volvió y miró al soldado que estaba en el suelo—. Bueno, ¿qué hago contigo? —se preguntó—. ¿Qué hago con un imbécil como tú que no tiene disciplina y encima es idiota?

Al cabo de un momento, se volvió y le lanzó la vara a Gabrielle. La miró a la cara unos instantes.

—¿Quieres ir a buscar algo de beber?

Gabrielle comprendió. Atrapó la vara y la rodeó con las manos, tomando aliento despacio. Luego hizo un gesto negativo con la cabeza.

Xena aceptó la respuesta. Se volvió y dobló las manos, repasando sus opciones. Muy poco tiempo, muchas torturas posibles. La reina suspiró.

—¿Cómo me apetece divertirme hoy?

Y entonces ocurrió algo curioso. Xena echó despacio la cabeza a un lado. Se quedó muy sorprendida al darse cuenta de que en realidad no tenía ganas de malgastar el tiempo aquí, castigando a un hombre que no significaba nada para ella. Lo que de verdad tenía ganas de hacer era ir a relajarse en las pieles con Gabrielle.

¿Eso era malo?

Bueno... reconoció Xena. Nada le impedía tenerlo todo.

—Desnudadlo y atadlo fuera.

—Ama, está nevando. —Brendan había llegado hacía un rato, aunque había guardado silencio hasta ahora—. Morirá congelado antes del amanecer.

—Bien —dijo Xena—. Si no se congela, a lo mejor es que vale algo. —Le dio una patada en el trasero, dándole la vuelta en el suelo, donde se quedó gimoteando—. Dejadle las polainas y las botas.

—Sí, ama —asintió Brendan—. Yo me ocupo de ello.

—Seguro que sí. —Xena le lanzó una mirada—. Como vuelva a ocurrir una estupidez como ésta, la próxima vez no seré tan amable. —Se volvió y pasó al lado de Gabrielle, regresando a su zona aislada.

Gabrielle se detuvo, mirando al boyero mientras lo levantaban. Sus ojos se encontraron con los de él. El hombre alzó una mano temblorosa y se tocó la frente y luego se alejó cojeando con Stevan hacia donde estaban apiñados los demás siervos, a la espera.

—Jo —murmuró el hombre a quien le habían robado el equipo, pasándose una mano por el pelo—. Nunca se me habría ocurrido.

—Por eso ella es la reina y tú no eres más que un perro rastrero. —Brendan lo apartó de un empujón—. Venga, fuera de mi vista. Ya has causado suficientes problemas esta noche.

Gabrielle vio cómo se llevaban al otro soldado hacia la entrada de la cueva, arrastrando sus botas por el suelo. Luego se dio la vuelta y siguió los pasos de Xena, con la cabeza gacha y profundamente pensativa.


PARTE 17


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