15


Xena fue consciente de dos cosas en el instante mismo en que se despertó. La primera, que estaba sola, y eso no le hizo la menor gracia. La segunda, que por ahí cerca olía como a menta. Con cautela, abrió un ojo e identificó la menta, presente en el vapor que subía tenuemente de una taza de gres colocada en la mesilla junto a su almohada.

—Mm. —Xena rodó y se estiró por completo, notando cómo se deslizaban las sábanas de seda por su cuerpo desnudo con un cosquilleo delicioso. Se incorporó para sentarse con la espalda apoyada en su montón de almohadas y cogió la taza. Al tomar un sorbo, descubrió que no llevaba sólo menta, sino también miel y un toque de naranja, y decidió que esa mezcla le gustaba. Al lado de la taza había un plato pequeño de fruta cortada y se la fue comiendo mientras se permitía el lujo de despertarse despacio.

Era un lujo sin la menor duda. Su costumbre era levantarse de la cama nada más amanecer, bañarse, vestirse y repasar los temas de los que tenía que ocuparse durante ese día que comenzaba. Sentada aquí con sus mullidas almohadas, su taza de infusión y su plato de fruta, vaya si no se sentía casi como una reina.

No tenía la menor duda de dónde habían salido estos regalos matutinos. El detalle era totalmente propio de Gabrielle, aunque se quedó pasmada de nuevo ante la idea de que la esclava hubiera entrado y salido sin que ella se hubiera despertado.

¿Cómo era posible?, se preguntó Xena. ¿De verdad estaba perdiendo facultades, al estar absorta en esto de estar enamorada, o realmente Gabrielle era tan silenciosa?

Agitó los dedos de los pies debajo de las sábanas, moviendo la tela. Tal vez no era tanto que Gabrielle fuera sigilosa. Tal vez era simplemente que ella estaba muy, muy distraída.

—¡Hola, Xena! —Gabrielle entró dando brincos en la habitación, con los ojos verdes iluminados de reluciente interés—. ¡Hace un día precioso! —Fue a la cama y cayó de rodillas, apoyando las manos en las sábanas junto al muslo de la reina.

Ni la he oído llegar, se dio cuenta Xena totalmente conmocionada. No estaba intentando pasar desapercibida.

—Hola.

—Se acaban de marchar todos los nobles —le dijo Gabrielle—. Stanislaus ha dicho que se volvían todos a casa para recibirte durante tu gira.

—Ah... bien. —Xena recuperó la calma y bebió un poco de infusión mientras observaba el rostro de su esclava—. Eso quiere decir que podemos ir a elegir nuestra nueva cueva del placer, ¿eh?

Gabrielle sonrió, con cierta timidez.

—¿Te ha gustado el té? —preguntó, suavemente—. No quería... o sea, sabía que te ibas a despertar muy deprisa, así que pensé que te gustaría tener algo caliente ya preparado.

—¿Llevas mucho tiempo levantada? —preguntó Xena con tono despreocupado.

La esclava negó con la cabeza.

—No, lo acabo de dejar ahí y luego he salido a la muralla... vi que salían todos los carromatos y me he quedado mirando un ratito.

—¿Y dejaste abierta la puerta exterior?

Gabrielle asintió.

—No quería que diera un portazo y te despertara.

Ah. Vale. Xena se sintió mucho mejor, puesto que al mirar hacia abajo vio que Gabrielle estaba descalza y, por lo tanto, no oírla cruzar la alfombra a través de dos puertas abiertas no quería decir necesariamente que ella estuviera tan decrépita.

—Eres un encanto, ¿lo sabes?

Los ojos verdes sonrieron con timidez.

—Y haces una infusión muy rica —añadió la reina, saludándola con la taza—. Escucha, he estado pensando en cómo Tártaro llamarte.

Gabrielle miró a su alrededor y luego la miró a ella de nuevo.

—¿Gabrielle? —preguntó—. No está tan mal, ¿no?

Xena alargó la mano y le pellizcó la nariz.

—He dicho que escuches, no que hables —dijo—. Adorable pero picarona esclava de amor no es realmente el título con el que quiero que te anuncien los guardias, por mucho que yo esté de acuerdo con él personalmente.

—Oh. —Gabrielle se lo pensó—. Sí, es un poco... mm...

—Mm. Así que tenemos que buscar otra cosa para ti —dijo Xena—. ¿Sabes qué? Me lo pensaré mientras estamos en nuestra regia y majestuosa rapiña del reino y lo dejaremos todo arreglado cuando volvamos aquí —decidió—. Ahora, no te me irás a escapar cuando estemos ahí fuera, ¿verdad?

Gabrielle la miró con una expresión conmovedoramente herida.

Eso perturbó a Xena más de lo que se podría haber imaginado en su vida.

—Era broma.

—No lo era, ¿verdad? —dijo la esclava con tono apagado—. Realmente te esperas que me escape en cuanto pueda ¿verdad? —Se levantó y se alejó despacio, hasta llegar a la ventana—. ¿Crees que necesitas comprarme con un título? ¿Que necesito una razón para quedarme aquí?

Xena tomó aliento y se dio cuenta de que no estaba preparada para hacer frente a esta situación.

—Sí, es cierto. —Optó por la sinceridad—. Quiero darte todos los motivos posibles para que te quedes aquí y si eso incluye comprarte, lo haré.

Gabrielle se volvió y se la quedó mirando largo rato, con una expresión que era una mezcla de tristeza y comprensión.

—¿No crees que tú eres motivo suficiente?

La sinceridad volvió a ganar, por algún motivo.

—No, no lo creo —contestó Xena en voz baja—. Pero no importa.

La rubia volvió a su lado y se sentó en el borde de la cama.

—A mí sí me importa —dijo y luego se quedó callada unos instantes—. Crees que estoy mintiendo.

—Yo no he dicho eso. —Xena se sentía algo abrumada por esta repentina situación emocional.

—Sí que lo has dicho —susurró Gabrielle—. Porque te he dicho que tú eres la única razón que necesito y si no lo crees, entonces es que no me crees a mí.

Xena dejó la taza y se pasó los dedos por el pelo.

—Gabrielle.

—No sé cómo querer a alguien para obtener un beneficio personal, Xena —la interrumpió la chica—. Todavía no lo he aprendido y no sé si quiero... mmff. —Los ojos de Gabrielle se dilataron ligeramente cuando una de las poderosas manos de Xena le tapó la boca.

Xena se inclinó hacia ella.

—Te creo —afirmó con claridad.

Los ojos de Gabrielle la miraban por encima del pulgar de Xena.

—Tienes que ser paciente conmigo, Gabrielle —le dijo la reina—. Eres una experiencia totalmente nueva en mi vida y me va a costar un poco acostumbrarme. ¿Me entiendes?

Los ojos se enternecieron.

—Y sé que yo soy una experiencia nueva en tu vida, así que tómatelo con calma —añadió Xena.

Gabrielle asintió.

Xena apartó la mano y luego la usó para revolver el pelo suave y rubio.

—No quiero pensar que te vas a escapar, ¿vale? Es que es lo único que he conocido en mi vida. Todo el mundo tiene un puñal que me apunta al culo.

—Lo sé. —La esclava suspiró suavemente—. ¿Por qué tendría que ser yo diferente, eh?

Exacto. Xena estuvo a punto de asentir. ¿Por qué tendría que serlo? La reina miró a Gabrielle a los ojos y se quedó capturada por las lágrimas que se iban acumulando en ellos sin caer.

—Gabrielle...

—Maldita sea, yo soy diferente —soltó la rubia—. No me digas que no lo soy. —Parpadeó y las lágrimas resbalaron por su cara—. Me podría haber escapado ya dos veces y no lo he hecho. ¿Cuántas veces hace falta, Xena? ¿Para que admitas que estoy diciendo la verdad?

La reina se sintió de repente muy expuesta, como si el corazón le latiera fuera del pecho, en lugar de dentro.

—Creo que... sí... —Le costaba mucho encontrar las palabras—. Creo... que... creo que sí dices la verdad —terminó torpemente, enfadada consigo misma—. Es sólo...

—¿Sólo?

Xena quería levantarse y marcharse. Por desgracia, Gabrielle estaba sentada encima de las sábanas y tendría que tirar a la chica para hacerlo y, por algún motivo, aunque no era la persona más sociable del mundo, no le parecía que eso fuera a mejorar la situación.

En absoluto.

—Gabrielle, he dicho que te creo —afirmó Xena con seguridad.

—¿Me crees de verdad?

—Sí, de verdad —repitió la reina.

Gabrielle observó su cara atentamente.

—¿Quieres decir... que crees que te quiero con todo mi corazón y que jamás te dejaré?

A la luz del sol, el rubor era imposible de ocultar. Xena sintió cómo le calentaba la cara y lo vio reflejado en el cambio de la expresión de Gabrielle cuando lo vio. Respiró hondo una vez y luego otra.

¿Jamás? Nunca hasta entonces había habido un jamás. Siempre había sido elección suya, intereses frívolos que podía dejar de lado por capricho, impermanentes y fugaces. Gabrielle era muy joven, pero Xena tenía la extraña y vaga sospecha de que esto de jamás no eran simples palabras dichas a la ligera por una boca joven.

Muchas personas le habían jurado fidelidad. Muy pocas lo habían dicho en serio.

¿Gabrielle lo decía en serio? Xena miró con cautela a los dulces ojos verdes que la miraban. Quiso poner una señal de alarma en esto, negar el compromiso, apartarse y alejarse de la intensidad que veía en esa mirada.

Y sin embargo.

Y sin embargo, lo deseaba. Dioses, cómo lo deseaba. Xena conocía los riesgos de abrir ese espacio que había en su interior, pero también sabía que si abría esa puerta que llevaba tanto tiempo cerrada con llave y se asomaba, descubriría que Gabrielle ya estaba allí dentro mirándola a su vez.

—Sí —contestó por fin.

Gabrielle se secó los ojos con el dorso de la mano y sorbió.

—Lo siento mucho —dijo—. No quería ponerme toda... mm...

—Sí. —Xena le echó un brazo por los hombros y tiró de ella hasta que se quedaron tumbadas juntas en medio de la cama—. Estás toda mojada. Menos mal que es lo que me gusta. —Se sentía más que turbada por lo que había ocurrido en los últimos minutos y pensó que unos achuchones podrían contribuir mucho a arreglarlo.

Gabrielle se pegó bien a ella y la complació, rodeando a Xena con los brazos y estrujándola con ganas.

—Ya sé que debo de parecer... o sea, sé que ya debes de haber oído todo esto antes, con toda esa gente que te lo promete todo y eso, pero...

Pero tú eres la única a quien no creer me duele demasiado.

—Sí, bueno... dejemos el tema y sigamos adelante —dijo Xena—. Tenemos habitaciones que elegir, lugares donde ir, gente a la que aterrorizar... no podemos perder el tiempo.

Pero no soltó a Gabrielle durante largo rato. Tal vez sólo por eso de que un abrazo sentaba bien. Por fin echó una mirada aviesa al sol que iba ascendiendo allí fuera y soltó los brazos, dándole una ligera palmada a la rubia en el trasero para que se pusiera en marcha.

—Vamos a armar follón.

Gabrielle salió de la cama y se levantó, recogió la bata de Xena que estaba encima de la butaca y regresó a su lado con ella. Se la presentó cuando la reina salió de debajo de las sábanas y atisbó por encima cuando no la cogió.

Xena estaba ahí plantada, con los brazos en jarras y ambas cejas enarcadas al máximo.

—¿Pasa algo con el panorama que tienes que taparlo?

Con expresión confusa, Gabrielle dobló contrita la bata por encima del brazo.

—Mm... no —dijo—. Es que las ventanas están abiertas y pensé que podrías tener frío.

—Yo... —Xena se acercó a ella y la besó—. Nunca tengo frío. —Le guiñó el ojo a la mujer más menuda, luego la rodeó y se encaminó a la sala de baño, haciendo una pausa para mirar por encima del hombro y sonreír burlona antes de desaparecer.

Gabrielle parpadeó unas cuantas veces y luego soltó aliento.

De algún modo, decidió, le demostraría a Xena que lo que había dicho era absolutamente cierto.

De algún modo.


—¿Esto? —Xena se puso en jarras, vestida ahora con una brillante sobrevesta escarlata que le llegaba hasta las rodillas y gruesas polainas negras metidas por dentro de las botas de montar. Estaba en medio de una habitación inmensa, de techo altísimo abovedado que se extendía hasta una hilera de ventanas de cristales emplomados.

Estaba llena de luz y el brillo del sol se derramaba en su interior y se reflejaba en el suelo de losas de mármol y en las paredes forradas de madera de teca.

—Gabrielle, podría montar a caballo aquí dentro.

La rubia se apartó de las ventanas por las que estaba mirando, que daban a una gran extensión de hierba que había delante de la fortaleza.

—Ya lo creo. —Abrió los brazos y fue girando—. ¡Mira qué sitio, Xena! ¡Es estupendo! ¡Te imaginas el sol poniéndose por esas ventanas, y las estrellas! ¡Se podrían ver las estrellas!

Xena suspiró.

—Es demasiado grande, demasiado ornamentado y desagradablemente ostentoso.

Gabrielle ladeó la cabeza.

—¿Eso es bueno o malo?

La reina sonrió a regañadientes.

—Me estás echando a perder la diversión, ratón almizclero. Yo quería echar de una patada de sus aposentos preferidos a algún cretino culo gordo y estirado. Este sitio no se utiliza desde antes de que llegara yo.

—Pero... es precioso —protestó Gabrielle—. Y va a ser genial... ¡podríamos bailar ahí, cerca de la ventana!

—Podríamos hacer otras cosas ahí, cerca de la ventana —sugirió Xena con una sonrisa burlona—. Eso daría un buen susto a los jardineros.

Gabrielle se puso en jarras a su vez y suspiró. Llevaba un grueso tabardo azul, sujeto alrededor de la cintura con una simple tira de cuero tostado, y polainas oscuras.

La reina se paseó ostentosamente por la habitación, inspeccionando cada rincón, y reconoció de mala gana que tanto espacio abierto casaba muy bien con su idea de bienestar personal. También era silencioso, y las habitaciones delanteras daban a un atrio fácil de guardar, por lo que su sentido de la seguridad también quedaba satisfecho.

Y efectivamente, hasta podía montar a caballo aquí dentro.

—¡Xena! —La voz de Gabrielle reverberó desde la habitación de al lado—. ¡Ven a ver esto!

La reina fue a la puerta y asomó la cabeza por la esquina. Abrió mucho los ojos al ver la inmensa bañera de mármol hundida con sus adornos dorados. Era grotescamente monstruosa y le encantó al instante.

—Está bien. Esto va a funcionar.

—Caray... ¡es tan honda que me cubre! —Gabrielle estaba inclinada por el borde.

—Ah. Así que llega hasta las rodillas, ¿eh? —dijo Xena riendo.

—Xena, no soy tan baja. —La esclava se volvió y le echó una mirada. Se acercó y se plantó al lado de la reina, se puso la mano encima de la cabeza y luego la alargó hasta el cuello de Xena—. ¿Lo ves?

Xena apoyó cómodamente los antebrazos en los hombros de su esclava.

—Está bien. Has elegido unas buenas habitaciones, aunque no pueda echar a nadie. Le diré a Stanislaus que lo prepare todo mientras estamos de gira.

La cara de Gabrielle se iluminó con una alegre sonrisa.

Xena le sonrió a su vez. Luego se irguió y se volvió, pasando el brazo por los hombros de Gabrielle.

—Pongámonos en marcha. Quiero estar a medio camino de las montañas al anochecer antes de acampar.

—¿Eso quiere decir que vamos a dormir al aire libre? —preguntó Gabrielle, con curiosidad.

Xena le echó una sonrisa chulesca.

—Justamente, pero ahora mismo sólo lo sabemos tú y yo.

Se dirigió de nuevo a la habitación más grande y la cruzó, pero se detuvo al llegar justo al centro.

—¿Qué pasa? —preguntó Gabrielle.

—Nada. —Xena contempló el alto techo.

Miró a su alrededor, luego dejó caer el brazo al lado y aspiró aire profundamente hasta el estómago. Abrió la boca, cerró los ojos y emitió una nota clara y pura, sin palabras, solamente un sonido rotundo y bello que llenó la habitación y reverberó por casi todas las superficies.

Xena dejó que el sonido se desvaneciera cuando se quedó sin aliento y cerró la boca, lamiéndose los labios una o dos veces y escuchando cómo se disipaban los ecos.

—Mm. —Miró de reojo y casi se echó a reír al ver la expresión boquiabierta de Gabrielle—. No está mal.

Silbando, salió tranquilamente de la habitación, dejando atrás a Gabrielle, que se había quedado pasmada.


Hacía tanto frío que veía el vaho de su aliento en el aire. Gabrielle se arropó más en el manto sencillo pero grueso que le había colocado Xena sobre los hombros. Estaba montada en su propio caballo, justo detrás del gran caballo negro que montaba Xena.

La comitiva era más grande de lo que se había imaginado, con veintenas de soldados de Xena que las rodeaban junto con dos veintenas adicionales de siervos, palafreneros y otros trabajadores. A Gabrielle le resultaba caótico y confuso, pero en medio de todo ello estaba Xena, sentada con total relajación en su montura, con el largo cuerpo envuelto en su propio manto, bellamente ribeteado.

Se habían congregado delante de la fortaleza y ahora estaban esperando a que la reina diera la orden de emprender la marcha. Los soldados iban todos vestidos con su librea negra y dorada, y Gabrielle casi lamentaba no llevar la suya, pero su atuendo azul era más abrigoso y pensó que se podría cambiar cuando estuvieran visitando las fortalezas de los nobles.

Entretanto, tenía que enfrentarse a este caballo. No se le había ocurrido que iba a tener uno propio y dado que su experiencia como jinete se limitaba a una sola noche, no sabía muy bien qué hacer con él. Al menos era, afortunadamente, más pequeño que el que montaba Xena, por lo que sus piernas no tenían tanto que abarcar y se sentía más cómoda sobre su cuerpo más menudo.

También era bastante mono. Tenía el pelo más largo, con una mezcla de manchas blancas y rojizas. Sobre el cuello tenía una crin espesa y áspera y parecía muy cariñoso. Gabrielle decidió que le gustaba.

—¿Xena?

—¿Eh? —La reina se volvió a medias en la silla y miró hacia abajo.

—¿Cómo se llama? —Gabrielle indicó al caballo.

—Canijo.

Dioses, a esta mujer le encantaba tomarle el pelo.

—Xena.

La reina se rió por lo bajo.

—No lo sé. Yo sólo les pedí que me encontraran un poni tan lindo como tú. —Observó al animal—. Casi lo consiguen. Llámalo como quieras. —Se volvió para reanudar su conversación con Brendan.

Un poni.

—¿Eso es lo que eres? —le preguntó al animal. Éste echó las orejas hacia atrás al oírla y sacudió la cabeza—. ¿Qué tal si te llamo Parches? ¿Te parece bien? —Sus dedos juguetearon con la crin y acariciaron el pelo espeso de sus hombros—. ¿Parches el poni?

Parches resopló. Gabrielle lo interpretó como un sí y ahora que se había ocupado de esa cosa tan importante, agarró las riendas y trató de usarlas como lo hacía Xena. La reina sujetaba las suyas entre los dedos de la mano derecha y estaba colocada en la silla como si estuviera sentada en un asiento comodísimo, con el cuerpo totalmente relajado.

Gabrielle deseó poder estar la mitad de cómoda. Tiró de la cabeza de Parches un poco hacia la derecha y lo apretó con las rodillas, contenta cuando el animal tuvo en cuenta su petición y la obedeció. Bueno. Llevaba su morral atado detrás de ella, tenía el cuerpo lo más arropado posible con el manto y más o menos creía saber cómo poner en marcha al poni.

Estaba preparada.

—Majestad, todo listo. —Brendan había llevado a su caballo a un lado para hablar con uno de los carreteros y ahora volvió con ellas—. ¿Qué dirección les digo que tomen?

Xena llevó hábilmente a su caballo hacia delante y los hombres se apartaron a su paso mientras ella hacía bailar al gran animal. Se colocó al frente del séquito real y tocó al caballo en los costados con los talones, haciéndolo girar en el sitio para ponerse de cara a todos los presentes.

Su capa giró con ella, cayendo sobre su cuerpo como algo vivo al tiempo que ella se levantaba a medias sobre los estribos.

Espontáneamente, todos los hombres soltaron un rugido. Y luego, como una marea creciente, se pusieron a cantar su nombre.

Xena dejó que siguieran unos minutos, sonriendo mientras se regodeaba en la adulación. Luego alzó las manos, deteniendo los gritos, y todo el mundo se echó hacia delante para escucharla.

—Tenemos que ponernos en marcha —dijo la reina—. Brendan, que avancen las tropas. ¡Vamos hacia el norte!

—Por las pezuñas de una oveja, cómo no. —Brendan suspiró con humor por lo bajo—. Nuestra ama nunca opta por el camino más fácil. —Se arropó un poco más con el manto y soltó un silbido—. ¡Ya habéis oído a Su Majestad! ¡Adelante!

Los soldados se dividieron en dos columnas y emprendieron la marcha, pasando junto a Xena a cada lado e inclinándose ante ella. Detrás de ellos, irían los carros, y tras estos, los siervos y un contingente de guardias del castillo para vigilar a todo el mundo.

Xena esperó a que pasara el último soldado, luego dio la vuelta al caballo y le hizo un gesto a Gabrielle para que se reuniera con ella.

—Vale, Parches. Vamos allá. —Gabrielle arreó a su montura, contenta cuando captó la idea y avanzó hacia la reina—. Vamos a correr una gran aventura y volveremos con muchas historias estupendas.

—¿Qué has dicho? —preguntó Xena, cuando la rubia se colocó a su lado, y puso en marcha a su propio caballo.

—Le estaba diciendo a Parches...

—¿Parches? —Xena soltó una risilla.

Gabrielle conservó un aire digno.

—¿Ves? ¿Eso no son parches blancos y marrones? —Señaló el costado del caballo—. Bueno, pues le estaba comentando lo bien que lo vamos a pasar.

Xena lo asimiló.

—No va a dormir en la cama con nosotras —afirmó—. Me da igual lo lindo que sea.

La esclava se echó a reír.

Xena se rió también por lo bajo, al cabo de un momento. Se apartó el pelo de los ojos y se acomodó en la silla, observando las filas bien alineadas de soldados con mirada satisfecha. Era un gusto estar en el camino, fuera de esa maldita fortaleza, sintiendo otra vez el viento que le azotaba el cuerpo.

Esta vez avanzaba como dueña de todo lo que veía, y vaya si no se lo iba a recordar a todos con precisión. El hecho de que todos sus nobles hubieran salido corriendo para prepararse para su llegada la hacía sonreír por dentro, y ya estaba planeando cómo iba a torturar a los peores de ellos.

Los secuaces de Bregos. Decidió que iban a lamentar haberse puesto de su parte cuando terminara. Llenaría sus carros hasta los topes con todo lo que le dieran para intentar hacerse con su favor y les haría pagar todos los meses que los había mantenido bien alimentados a su lado mientras ellos conspiraban.

Se inclinarían y se humillarían ante ella y darían de comer a sus hombres... Xena miró hacia la izquierda, donde Gabrielle iba montada en silencio, mientras sus ojos lo observaban todo con infinito interés y deleite. Y también se inclinarían ante su consorte.

Xena sonrió. No era una expresión muy agradable.

—Oye, Xena. —Gabrielle volvió la cabeza y levantó la mirada—. Eso que cantaste era increíble.

—No estaba cantando.

—Sí que estabas. Yo te oí.

—Eso no era cantar. —La reina estiró las piernas en los estribos, flexionando los muslos y aguzando un oído para captar el leve murmullo de conversaciones a su alrededor—. Si te portas muy bien, más tarde te enseñaré lo que es cantar.

Gabrielle se agitó muy contenta.

—¿Cuando estemos acampando? Caray... va a ser estupendo. Todas esas estrellas y tú cantando.

Xena alargó la mano y le clavó un dedo en el hombro.

—¿Qué te pasa a ti con las estrellas? —preguntó.

—Es que son tan bonitas —dijo Gabrielle—. Y puedes crear imágenes con ellas y a veces historias completas.

—¿Imágenes?

—Sí, es como un juego.

Xena miró a su alrededor y asintió complacida cuando el paso se aceleró un poco.

—¿Un juego? Me gustan los juegos —dijo—. Tendrás que enseñarme.

Gabrielle sonrió.

—Tranquila. Te enseñaré.

La reina gruñó satisfecha. Prometía ser un viaje muy interesante.


Se dirigieron a las prósperas aldeas que se apiñaban al pie del monte donde estaba la fortaleza. A cada lado del camino se extendían campos recién segados y el olor a heno cortado flotaba como un perfume fresco en el viento. El sol ya pasaba del cenit y cuando llegaron a la primera aldea, el borde del camino se llenó de aldeanos curiosos congregados para mirarlos.

Gabrielle se sentía muy extraña al mirarlos. Iban vestidos de forma parecida a ella, con buenos tejidos resistentes y cuero bien cuidado, y notaba sus ojos posados en ella al pasar. ¿Qué estaban pensando? ¿Sentían envidia? ¿O lástima? Un par de ojos garzos le llamó la atención, volvió la cabeza y vio que una joven alta y morena que se parecía muchísimo a Lila la estaba mirando.

Sintió un escalofrío por la espalda y cuando la joven le dio deliberadamente la espalda y se alejó, Gabrielle sintió que el frío se apoderaba de ella y se le asentaba con firmeza en las entrañas.

Los soldados que llevaban a cada lado mantenían los ojos al frente y la mayoría cabalgaba con una mano en la espada o en la culata de una ballesta con aire deliberado, pero informal. No resultaba amenazador, exactamente, pero Gabrielle vio que los ojos de la gente se posaban en los hombres y luego se apartaban algo incómodos.

Cerca de las afueras del pueblo, un grupo de ancianos salió al camino, bloqueándoles el paso. Gabrielle echó un vistazo rápido a Xena y advirtió la expresión de alerta cauta que se había apoderado del rostro de la reina.

Brendan, que iba en cabeza, se detuvo y alzó la mano haciendo una seña a los hombres que iban detrás de él al llegar a la barrera improvisada, haciendo avanzar a su caballo ligeramente hacia los ancianos.

Xena mantenía su propia mano a la altura de la cintura.

—Quédate aquí —le dijo a Gabrielle, y avanzó con el caballo al trote hacia la tormenta inminente.

—Es la reina —le informó Gabrielle a Parches—. Le gusta que la obedezcan.

Parches movió las orejas hacia ella.

—Ya, a mí tampoco se me da muy bien eso de obedecer. —Gabrielle suspiró, apretó los costados del caballo con las rodillas y fue detrás de Xena—. Por eso siempre tenía problemas en casa, Parches.

—¿Qué ocurre? —preguntó Brendan, mirando a los ojos al líder de los ancianos. Eran de la misma edad, pero de mundos totalmente distintos—. Su Majestad avanza por este camino.

El anciano miró por encima de su hombro y se puso pálido.

—Sí... sí... sólo queríamos hablar con ella, si le place.

—¿Y si no? —preguntó Xena, deteniendo a su caballo—. ¿Queréis que os aplastemos?

Hubo un murmullo inquieto entre la gente que bordeaba el camino, pero Xena estaba acostumbrada a eso.

—¿Y bien? —preguntó, clavando un par de ojos gélidos en el anciano.

—M... M... Majestad... —balbuceó el hombre.

—¿Qué? —ladró Xena.

—Qué caja tan bonita. —Gabrielle asomó la cabeza por detrás de los cuartos traseros del gran caballo negro.

La reina se volvió muy despacio y fulminó a la rubia con una mirada severa.

—G... gracias, señora. —El anciano miró agradecido a Gabrielle.

—¿Es un regalo para Su Majestad? —preguntó Gabrielle, intentando no levantar la mirada.

—¡Sí! ¡Sí! —asintió el hombre—. ¡Majestad, sólo queríamos demostrarte nuestro aprecio con este pequeño regalo! —Avanzó temeroso con el objeto cuadrado, que tenía una tapa de cuero bien repujado con unos adornos grabados en ella.

Con un suspiro apenas audible, la reina soltó las botas de los estribos, pasó la pierna derecha por encima del cuello del caballo, se deslizó por el lomo y aterrizó ágilmente en el camino. Brendan se apartó para dejarla pasar y ella fue hasta el anciano, a quien superaba en estatura por bastantes centímetros.

Estaba temblando. Xena dejó que se preguntara qué iba a hacer hasta que calculó que estaban a punto de fallarle las rodillas, luego alargó la mano y lo miró enarcando las cejas.

Tembloroso, le entregó la caja.

Xena la examinó, dándole vueltas en las manos. Estaba primorosamente hecha, forrada de cuero prensado con imágenes grabadas de hojas y frutas entrelazadas alrededor de una imagen muy bien hecha de su escudo real. Pasó un dedo por la superficie y luego miró al anciano.

—Muy bonito.

El hombre parecía a punto de desplomarse. Xena le sonrió.

El hombre se desplomó, levantando una nubecilla de polvo cuando su cuerpo cayó a tierra. Xena enarcó bruscamente las cejas.

Los otros ancianos avanzaron vacilantes.

—¿Ase? —dijo la mujer más anciana con voz temblona—. ¿Estás muerto?

El humor de la situación le hizo gracia a Xena. Se echó a reír, meneando la cabeza, al tiempo que se volvía y regresaba donde su caballo esperaba pacientemente y entonces alargó el paso con las dos últimas zancadas y saltó por el aire.

Agarró el arzón de su silla con una mano y se montó, colocando bien las piernas mientras el caballo relinchaba y se medio encabritaba.

—Sacadlo del camino antes de que lo aplastemos —les dijo a los ancianos—. Gracias por la caja.

Los residentes de la aldea salieron por fin de su absoluto estupor y empezaron a murmurar entre sí. Dos de los hombres más fornidos se acercaron y levantaron al anciano entre los dos, sacándolo del camino y del paso de la comitiva real.

Xena se puso la caja debajo del brazo y silbó por lo bajo. Brendan captó la señal y puso a la columna en marcha de nuevo haciendo chasquear la lengua.

—¡Inclinaos todos ante Su Majestad! —vociferó y los soldados desenvainaron las espadas y soltaron un grito.

Los aldeanos se unieron prudentemente a los vítores y algunos hincaron la rodilla en tierra cuando Xena pasó ante ellos.

Gabrielle la siguió en silencio, observando a la gente que observaba a la reina, contenta de que Xena no hubiera rechazado su humilde regalo. Tampoco pensaba que Xena lo hubiera hecho: había notado que este tipo de cosas le solía gustar, pero creía que esta gente se la había querido entregar de verdad como símbolo de lo que sentían por ella.

—Gabrielle.

Ah. La esclava azuzó un poco a su caballo, para cabalgar al lado de Xena.

—¿Sí?

—¿Qué parte de "quédate aquí" no te había quedado clara? —preguntó Xena. Su tono era frío, y Gabrielle se dio cuenta de que su desobediencia pública no había sido bien recibida.

—Bueno. —Se movió un poco—. No dijiste cuánto tiempo tenía que quedarme ahí.

Xena volvió la cabeza y la miró.

Gabrielle la miró a su vez parpadeando con inocencia.

—No tenía intención de interponerme. Sólo quería ver esa caja. Es tan bonita. —Se acercó un poco más—. Lo siento.

Xena tamborileó en la silla con los dedos.

—Odio que queden resquicios. —Meneó la cabeza—. No hagas eso delante de los hombres, Gabrielle.

Gabrielle echó un vistazo a los soldados que las rodeaban. Uno de ellos la miró a su vez y le guiñó un ojo.

—Vale —asintió suavemente—. Ya sé que no quieres que nadie piense que puedes ser simpática.

—Tú lo has dicho —dijo Xena—. Sobre todo gente que podría ser comprada por el primer cretino con medio dinar que quiera causarme problemas. —Recogió de nuevo las riendas con una sola mano y se volvió a medias, buscando un sitio donde guardar su nueva caja.

—¿Quieres que la lleve a uno de los carros? —preguntó Gabrielle.

—Sí. —Xena se la pasó—. Hazlo.

Gabrielle cogió el regalo y detuvo a su caballo, esperando a que la alcanzaran los carros mientras Xena seguía adelante. Una parte de ella sabía que la reina tenía razón, pero una parte más grande se sentía muy dolida por la regañina y quería pasar unos minutos a solas para calmarse antes de reunirse con la reina.

—Es la reina, Gabrielle. —Suspiró y en ese momento la alcanzó el carro con mucho traqueteo. Dos de las siervas de más edad iban montadas en la parte de atrás, y les entregó la caja—. ¿Podéis poner esto con las cosas de la reina, por favor?

—Sí, señora —dijo la mayor de las dos, una mujer bastante arrugada—. Qué cosa tan bonita.

—Sí, ¿verdad? —Gabrielle dejó que su caballo caminara junto al carro mientras la admiraba con las otras siervas—. Mirad cómo la han teñido... es precioso. —Sonrió—. Va a ser la segunda caja más bonita que tiene la reina... tiene una de madera que hizo ella misma que es impresionante.

—¿Ella misma? —La mujer miró a la alta y regia figura que cabalgaba por delante—. ¡Je! Qué maravilla.

Gabrielle siguió su mirada y trató de dejar a un lado el dolor.

—Sí que lo es. —Irguió los hombros y sonrió a la mujer—. Gracias.

La mujer inclinó la cabeza ligeramente y Gabrielle se apartó del costado del carro y regresó al frente de la columna. Puso a Parches a un paso o dos por detrás del caballo de Xena y se apoyó un poco en el arzón delantero, notando ya la tensión poco habitual de montar en las piernas y la espalda.

El camino empezaba a subir un poco en cuesta y se entretuvo contemplando el paisaje. A su lado, Xena guardaba silencio, con los ojos entornados y taciturnos mientras avanzaban.

Pero al cabo de un ratito, Gabrielle acabó mirando más a Xena que el entorno que iba pasando.

No hablaban, y el camino no tardó en pasar serpenteando por otro pueblo grande, que estaba atestado y lleno de actividad. En una parte de la plaza central se agitaban estandartes y les llegó flotando un retazo de música cuando se acercaban, indicándoles que parecía haber una fiesta.

—Ah, han hecho una fiesta y no me han invitado —comentó Xena—. Qué maleducados.

Gabrielle se acercó un poquito más.

—Mm... no creo que supieran que ibas a venir.

—Probablemente no —asintió la reina.

Xena se quedó callada unos momentos, luego volvió la cabeza y miró a Gabrielle.

—¿Qué tal las piernas?

—Bien —replicó Gabrielle en voz baja, observando el pueblo al que se estaban acercando—. Gracias por preguntar.

Los ojos azules la contemplaron ceñudos y Xena acercó su caballo, a punto de contestar. Entonces un sonido les hizo levantar la mirada y causó un estremecimiento por la columna de soldados.

Un grito.

—Eso no parece tener nada que ver con una fiesta —murmuró Xena.

Otro grito y el trueno de cascos de caballos. Xena desenvainó la espada y llamó a Brendan.

—¡Problemas! —Se volvió y señaló a Gabrielle con la espada—. Quédate aquí hasta que yo vuelva.

Gabrielle soltó aliento y asintió.

—Así me gusta. —Xena colocó bien las botas y cabalgó a través de los hombres, colocándose en cabeza—. ¡Adelante! —Puso al caballo al galope y se dirigió hacia el estruendo, que ahora se oía muy bien—. ¡¡¡¡Yijaaa!!!!

El resto de la comitiva se juntó en el camino, apiñándose y murmurando entre sí mientras los soldados salían al galope. Gabrielle se quedó sola en silencio, con los ojos clavados en los jinetes que se alejaban a toda prisa.

Flexionó las manos sobre las riendas. El caballo se movió debajo de ella, captando su inquietud.

Quedarse aquí estaba mal. Lo notaba en los huesos.

Lo notaba en el alma.

Los gritos se mezclaron de repente con el ruido del combate. Un caballo relinchó y el ruido desgarró los nervios de Gabrielle y sus músculos se contrajeron.

Parches salió disparado, obedeciendo a una voluntad inconsciente que se había impuesto a la consciente, y galopó hacia el ruido de la carnicería mientras Gabrielle se sujetaba con todas sus fuerzas.

Pero así y todo, su corazón sonreía triunfal y feroz.


Xena sintió la placentera acometida de la sed de sangre al llevar a sus tropas por encima de la pequeña colina hacia el pueblo. Veía gente corriendo, tropezando, gritando... veía fuego allí delante, una cabaña incendiada que soltaba una espiral de espeso humo negro en el aire.

Le trajo recuerdos igual de oscuros, y sintió que se le escapaba un alarido al tiempo que su cuerpo recordaba lo que era causar esos incendios y ver cómo se apartaban los cuerpos a su paso chillando de miedo.

Al cruzar atronadoramente la sencilla y recia entrada del pueblo, vio hombres a caballo que hacían lo que ella misma recordaba haber hecho con tanta claridad en sus sueños.

Eligió al más grande y cabalgó hacia él, alzando la espada y conduciendo a sus hombres a la batalla desde la otra cara de esa moneda oscura.

Por un instante, sintió una profunda punzada de lástima por haber dejado a Gabrielle atrás. Quería que la esclava viera esto, que la viera defendiendo este pueblecito costroso para que pudiera contarle a todo el mundo lo increíble que era Xena. ¿Por qué la había dejado?

Por puro despecho. Xena torció el gesto y desechó esos pensamientos, pues necesitaba concentrarse en matar gente. Ya habría tiempo más tarde para volver y llevarse a Gabrielle a un sitio tranquilo y privado y hablar de obediencia.

El asaltante, pillado cuando le estaba partiendo el cráneo a un hombre, levantó la mirada y se encontró con sus ojos.

El demonio que llevaba dentro salió a la superficie y cuando Xena alzó la espada y la descargó contra él, su parte más oscura se pensó mejor las cosas y se alegró de que Gabrielle no estuviera allí.

—¡Muere, cabrón!

La espada atravesó su apresurada defensa y le cortó el cuello, lanzando su cabeza disparada cuando ella aprovechó la inercia que llevaba y su fuerza para cortarle la columna.

Sus hombres pasaron al galope a su lado, cayendo sobre los asaltantes con gritos de júbilo. Pillados por sorpresa, los asaltantes apenas tuvieron tiempo de montar una defensa antes de que los soldados de Xena empezaran a destriparlos.

Brendan tiró a un hombre del caballo embistiéndolo con una pica, luego golpeó de revés con el arma a otro asaltante que pasaba al galope sujetando a una mujer sobre el cuello de su caballo. El hombre gritó y se agachó, pero conservó la montura y siguió adelante.

Xena hizo girar a su caballo sobre las patas traseras y salió disparada tras él. El gran animal negro que montaba ganó velocidad muy deprisa y ella cambió de rumbo a través del pueblo para interceptar al asaltante. Se echó a reír al saltar con su caballo por encima de un carro volcado y su espada golpeó al cabrón justo por encima de las orejas.

La parte superior de su cráneo salió volando en una dirección y el cuerpo en otra y el poco cerebro que tenía salpicó el costado del establo del pueblo con el que su caballo intentaba frenético no chocarse. Xena se apiadó del animal y, agachándose, atrapó las riendas que se agitaban al viento y tiró con fuerza, arrancando casi al caballo del suelo para que tomara una nueva dirección.

Se detuvieron y la chica que iba tumbada en el lomo del animal se dejó caer a la tierra revuelta. Se arrastró por debajo del caballo hasta esconderse detrás de un abrevadero mientras Xena soltaba las riendas y se giraba rápidamente para volver al combate. Dio un azote al animal en los cuartos traseros con la espada para apartarlo de su camino y miró hacia el abrevadero antes de elegir a su siguiente víctima.

Los ojos de la chica se encontraron con los suyos por un instante, desorbitados y aterrorizados, pero en ese solo instante también profundamente agradecidos.

Xena sintió un extraño cosquilleo por la espalda. Luego lo olvidó y se dirigió hacia un hombretón inmenso que se enfrentaba a dos de sus soldados y los estaba superando. Ya olfateaba una buena presa en el aire, y soltó un grito de batalla que hizo volver la cabeza al gran asaltante para ver qué era lo que llegaba y hacía tanto ruido.

Giró la cabeza de su caballo y apartó a sus hombres a un lado como si fueran niños, luego soltó su propio berrido y espoleó al animal para correr hacia ella.

El desafío implícito en ese movimiento despertó el salvajismo que llevaba dentro y se olvidó de ser reina cuando la guerrera que habitaba en el interior de su alma despertó y olió el aire frío impregnado de sangre.

Apretó las rodillas y echó el cuerpo hacia delante, preparándose mientras el asaltante se lanzaba contra ella blandiendo un hacha inmensa que usaba en lugar de espada. Ya estaba cubierta de sangre y la manejaba con facilidad al descargarla sobre ella.

Xena recordó casi demasiado tarde que no llevaba armadura. El asaltante sí, unas gruesas placas de cuero y bronce que le protegían la parte superior del cuerpo. Soltó las riendas y confió en la fuerza exclusiva de sus piernas al tiempo que rodeaba la empuñadura de su espada con la otra mano y hacía frente a su ataque.

Fue como intentar parar la caída de un árbol. Xena sintió el esfuerzo inmediatamente en los hombros y torció las manos salvajemente cuando su hoja se quedó pillada en la empuñadura del hacha. El movimiento bastó para que la inmensa arma le pasara justo por encima del hombro.

Dejó que pasara y soltó una mano de la espada, la alzó rápidamente, cerró el puño, echó el brazo hacia atrás y lo descargó hacia delante, golpeando al hombre en un lado de la cabeza.

—¡Gaah! —El asaltante rugió de rabia y le lanzó un revés brutal con el hacha.

Xena se agachó ágilmente, soltó una bota de un estribo, disparó la pierna y le pegó una patada en las costillas cuando pasó atronando a su lado. El hombre volvió a bramar indignado y ella se echó a reír, haciendo girar a su caballo sobre las patas traseras mientras él frenaba y se volvía para atacarla de nuevo.

Sacó un puñal y se lo lanzó. Xena se agachó e hizo girar la espada, torció el cuerpo y paró su hacha de nuevo cuando se juntaron. El mayor peso del hombre cayó sobre ella y se vio atrapada por un momento, enfrentando su fuerza a la de él cuando sus armas se encajaron.

—¡Zorra! —le escupió a la cara.

Xena enganchó su brazo con el de él y evitó un corte del hacha por los pelos. Le pegó un puñetazo desde arriba, volviéndole la cara a un lado, y sufrió un golpe en el cuello a cambio.

Se separaron y ella se limpió la mano en las polainas, movió a su caballo de lado para tener un mejor ángulo de ataque y en ese momento él la sorprendió al saltar de su silla y estamparse con ella, rodeándola con el brazo al tiempo que intentaba cortarle el cuerpo con el hacha.

Xena lo sorprendió a su vez al no caerse de la silla. Consiguió meterle un brazo entre las piernas, sujetó la espada debajo de una rodilla, lo agarró del cuello con la otra mano y lo levantó por encima de su cuerpo para tirarlo al suelo al otro lado.

Maldición, cómo apestaba. Xena soltó su espada y la agarró, luego le pegó una patada en la cabeza cuando él intentaba levantarse. El hombre absorbió la patada y luego la atacó salvajemente con el hacha, apuntándole a la pierna. Xena se inclinó y bloqueó el hacha con la espada, torciendo el cuerpo para ayudarse a compensar la desventaja que tenía desde ese ángulo.

Consiguió superarlo, pero él la atacó de nuevo y ella se dio cuenta de que montada a caballo le resultaba demasiado difícil protegerse del arma que usaba. Por ello, saltó al suelo y se enfrentó a él, con toda la intención de acabar con este molesto y torpe combate.

Él rugió triunfalmente y levantó el hacha, descargándola con un golpe desde arriba que aprovechaba muy bien la ventaja de su estatura, y que le habría partido a ella la cabeza en dos si se hubiera quedado allí para pararlo.

Por desgracia para el asaltante, no se quedó allí. Xena lo esquivó ágilmente y giró, superó su defensa con la espada y lo alcanzó en el pecho. Su peso dio más fuerza a la estocada, que atravesó el cuero y el metal y se hundió en su esternón con un crujido.

Movió las manos violentamente y la hoja destrozó el hueso al salir. Se giró en la otra dirección y afirmó los brazos cuando él empezó a caer y esta vez descargó la espada sobre su nuca y prácticamente le cercenó la cabeza del cuerpo.

El hombre se desplomó. Xena empezó a erguirse y recuperarse de su propia inercia y en ese momento oyó su nombre y sus sentidos la alertaron casi al mismo tiempo.

—¡Al suelo!

Ese aviso le dio más información que sus instintos. Xena se dejó caer al suelo y sintió que algo grande pasaba por encima de ella y un calor sorprendente le quemó los pelos de los brazos al pasar. Rodó hecha un ovillo, encontró un espacio libre, se levantó agachada y recuperó la orientación en el momento en que un choque atronador resonó por el pueblo asediado.

Se le dilataron un poco los ojos al ver que el granero estallaba en llamas gracias a un carro lleno de asaltantes, cuyos cuerpos quedaron totalmente envueltos en fuego y que chillaron y murieron cuando el edificio de madera casi explotó y ardió.

Gritos.

Ruido de carreras cuando los asaltantes que quedaban, los pocos que seguían vivos, escaparon a través del humo a lomos de caballos aterrorizados o por su propio pie.

Xena apoyó la espalda en la pared donde había acabado y recuperó el aliento, recorriéndolo todo con los ojos y haciendo un recuento de todos sus hombres.

Luego volvió la cabeza y localizó el origen de ese oportunísimo aviso, una voz clara y potente que había atravesado la bruma del combate y le había llamado la atención como pocas cosas podrían haberlo hecho.

Gabrielle la miraba, pálida y asustada, con una mancha de sangre en una mejilla.

Me ha vuelto a desobedecer. Xena sintió una punzada de algo en el vientre al darse cuenta de la causa del miedo de Gabrielle.

Ella. Bueno, Xena... siempre has dicho que la única manera de sobrevivir a la desobediencia es tener razón, ¿no?

Con todo el caos que la rodeaba, Xena notó una sensación de paz que se posaba sobre sus hombros. Soltó aliento mientras sus hombres desmontaban de los caballos y alargó la mano hacia Gabrielle, con la palma hacia arriba.

Los aldeanos empezaron a salir de sus escondrijos en el momento en que Gabrielle echó a correr hacia ella. Los vítores empezaron a elevarse por el aire en el momento en que la esclava la alcanzó, y Xena se llevó la impresión doblemente extraña de ver ojos agradecidos posados en ella y recibir un abrazo feroz al tiempo que todo su mundo se volvía del revés.

¿Pero qué Hades...? Xena miró a los aldeanos, con los ojos como platos cuando una mujer se arrodilló a sus pies.

—Nos has salvado. Te han enviado los dioses. —La mujer le besó la bota.

¡Sólo estaba disfrutando de un buen combate! Xena estuvo a punto de soltar verbalmente sus pensamientos escandalizados.

—Ha sido increíble. —Gabrielle la abrazó de nuevo—. Has estado impresionante.

¡Espera un momento, maldita sea!

—Gracias. —Otro aldeano se arrodilló a sus pies—. Gracias, Majestad.

¡Sólo me estaba divirtiendo! ¡Esto no ha sido por ninguno de vosotros! ¡Ha sido sólo por mí! Xena abrió la boca para decirles a todos que se fueran a paseo y que se quitaran de la cabeza la idea de que había hecho esto por algo que no fuera la oportunidad de derramar un poco de sangre.

Pero cuando estaba formando las palabras, sus ojos se posaron en la cara de Gabrielle y se quedaron clavados ahí y en cambio se le escapó el aliento de entre los labios.

¿En qué Tártaro se había metido? Atrapada en un cepo de heroísmo estúpido. La reina soltó un quejido indignado. Maldición.

MALDICIÓN.

Las Parcas debían de estar mirándola y partiéndose el culo de risa.


Gabrielle se sacudió las manos y se apoyó en un carro volcado, observando a Xena mientras ésta observaba a todos los demás. La reina estaba montada en su caballo, en un pequeño altozano un poco apartado. Claramente un poco apartado, pues Xena se había distanciado a propósito de las tareas de limpieza tras el ataque.

Qué callada y distante parecía allí fuera. Gabrielle apoyó la barbilla en un antebrazo y deseó que Xena regresara y dejara que los aldeanos volvieran a hacerle fiestas. Sabía que a la reina no le gustaban esas cosas, pero también sabía que lo que había hecho Xena era algo importantísimo para este pequeño pueblo y que sus habitantes estaban abrumados por el hecho de que su reina los hubiera rescatado de un desastre seguro.

Los soldados y los siervos de Xena estaban ahora ayudando a los aldeanos a arreglar las cosas, antes de emprender de nuevo la marcha, y la reina había huido a su pequeño altozano para quedarse mirando y tal vez para reflexionar sobre lo que había hecho.

Qué genial. Gabrielle cerró los ojos y volvió a repasar las imágenes mentalmente, lo que había visto mientras Parches la llevaba a las afueras del pueblo y cuando ella misma casi se había metido en la batalla antes de lograr detener al caballo.

Había tardado un poco en encontrar lo que estaba buscando: con el humo y los hombres que gritaban y los aldeanos que corrían había estado a punto de ser arrollada. Pero siguió adelante, ató a Parches a un trozo roto de madera y se bajó de él para continuar a pie.

Estaba aterrorizada. A su alrededor todo era lucha y muerte y en el centro vio a Xena luchando por su vida con un hombre tan inmenso que Gabrielle se preguntó si no sería en realidad un gigante de las leyendas. La reina parecía muy pequeña comparada con él y sin embargo se enfrentaba a sus ataques con aparente facilidad.

Gabrielle tuvo el corazón en un puño todo el tiempo. Se encogía con cada golpe, y se mordió la lengua cuando Xena desmontó para luchar con el hombre en tierra.

Ocurrían tantas cosas a su alrededor que sólo en el último momento vio que los caballos aterrorizados salían disparados con el carro en llamas sujeto a ellos y apenas tuvo tiempo de gritar el nombre de Xena y un aviso.

Mentalmente, aún veía la reacción instantánea del cuerpo de Xena al oír su voz y la falta absoluta de duda al obedecer su aviso.

Impresionante.

¿Y cuando Xena la llamó? Aún más impresionante.

Gabrielle se sonrió por dentro, sabiendo que lo había hecho bien y que la reina lo sabía. Sospechaba que incluso bastaba para que Xena la perdonara por no obedecerla.

Una vez más.

—¿Hola?

Gabrielle volvió la cabeza y vio a un joven que se acercaba a ella vacilante. Era una cabeza más alto que ella, pero tenía el mismo pelo claro y sus ojos eran de un gris dulcemente risueño.

—Hola —lo saludó ella a su vez.

—Tú estás con la reina, ¿verdad?

—Así es —asintió Gabrielle, con una sonrisa.

El rubio le mostró un odre que gorgoteaba suavemente.

—¿Crees que le gustaría algo de beber? No es nada especial, sólo sidra, pero tenemos algunas de las mejores manzanas del reino.

—Claro. —Gabrielle echó a andar hacia el altozano de Xena—. Vamos.

—¡Oh, ah! —farfulló el hombre—. No, yo no... tú... se lo puedes dar tú, ¿verdad?

La esclava se detuvo y se volvió para mirarlo.

—¿No quieres dárselo tú?

—Ah...

—No tendrás miedo, ¿verdad?

El hombre miró a Gabrielle y luego sus ojos miraron por encima de su hombro a la reina. Logró hacer una mueca humorística al volver a posar su mirada en ella.

—Sí —contestó, como si hubiera tenido que ser evidente.

Gabrielle siguió su mirada y vio a Xena, que los miraba con cara de pocos amigos. O al menos, al hombre le debía de parecer cara de pocos amigos. A Gabrielle simplemente le parecía que la reina quería algo.

—Tranquilo, te lo prometo. Tú ven conmigo.

El hombre suspiró, pero la siguió con timidez cuando ella echó a andar por el terreno destrozado. Rodearon el pozo, cuya cubierta estaba hecha pedazos, y luego emprendieron el ligero ascenso hasta el montículo donde estaba el caballo de Xena.

Gabrielle levantó la cabeza y miró a Xena a los ojos al acercarse y vio el leve movimiento de los labios de la reina al intentar disimular una sonrisa. Supuso que podría parecer una mueca ceñuda, si no se la conocía, y le dio una palmadita a su temeroso acompañante en el hombro cuando estuvieron más cerca.

—¿Sííííí? —gruñó Xena, cuando llegaron al lado de su gran caballo.

Gabrielle se acercó más y puso la mano en la bota de Xena.

—Mi nuevo amigo tiene sidra y se preguntaba si te gustaría tomar un poco.

La reina estudió deliberadamente al hombre de pies a cabeza con una mirada inflexible.

—¿Sidra?

—S... sí... M... Mm... Mmm... Majestad. —Al hombre le castañeteaban los dientes al hablar.

Xena se lamió los labios y enarcó una ceja. Levantó una mano y dobló un dedo llamando al hombre.

—Ven aquí.

Parecía clavado en el sitio, con los ojos como platos, y a Gabrielle le habría hecho gracia si no hubiera recordado, en el último momento, su propio terror, en un pasado no tan lejano.

—Tranquilo. —Soltó la pierna de Xena y se acercó a él, alargando la mano—. No te va a hacer daño.

Xena hizo un ruido que sonaba como una risotada contenida.

El hombre miró a Gabrielle parpadeando, pero como no tenía mucha elección, le cogió la mano y dejó que lo llevara hasta la alta amenaza que se cernía sobre ellos. Gabrielle se detuvo al llegar donde había estado antes y volvió a levantar la mirada, contemplando con confianza la cara de Xena.

Los labios de la reina volvieron a amagar otra sonrisa y Xena alargó de nuevo la mano.

—Si me vas a dar eso, hazlo ya o te envío de una patada por donde has venido.

El hombre se apresuró a ofrecerle el odre, con una mano visiblemente temblorosa.

—T... toma... Majestad.

Xena lo aceptó y examinó el odre, que estaba muy gastado, pero meticulosamente cuidado.

—¿Tuyo? —le preguntó al hombre.

Éste asintió bastantes más veces de las necesarias.

La reina quitó el tapón del odre y lo olió, observándolo atentamente con fríos ojos azules.

—Abre la boca —ordenó de repente.

Él se quedó boquiabierto, logrando lo que ella quería a una velocidad no intencionada.

Xena le lanzó un chorro de sidra dentro con puntería infalible.

—Traga.

Casi atragantándose, él así lo hizo y se secó la boca con el dorso de la mano, mirándola muy desconcertado.

Ella esperó, viendo cómo se lamía los labios y observando su expresión confusa y preocupada. Al cabo de un momento soltó un gruñido satisfecho y ella misma bebió un sorbo. La sidra era fresca y aromática y la sorprendió con su agradable sabor.

Le dio vueltas en la boca y tragó.

—No está mal —felicitó al hombre.

Todavía desconcertado, el hombre se relajó un poco.

—G... gracias, Majestad —contestó con timidez—. Hemos tenido una buena cosecha este año —añadió—. Los árboles estaban cargados de fruta y ha hecho buen tiempo.

—Y habéis tenido paz para poder hacer la cosecha —dijo Gabrielle.

El hombre asintió.

—Sí, cierto, hasta esta última luna —dijo.

—¿Esto ya había ocurrido? —preguntó Xena, señalando la destrucción con el odre—. ¿Por qué no nos hemos enterado?

—Fue la semana pasada, Majestad. —El hombre parecía ir cobrando confianza, al parecer seguro de que la amenazadora figura a caballo no le iba a arrancar las tripas—. Llegaron de no se sabe dónde y atacaron la caravana de un comerciante por el camino. Pensamos que no eran más que unos cuantos rufianes que buscaban provisiones para el invierno.

—Ah. —Xena bebió un poco más de sidra—. Bueno, esta banda ya no os volverá a molestar. —Repasó la pila de cuerpos que había allí cerca. Advirtió con gran satisfacción que ninguno de los asaltantes había logrado escapar—. Y además habéis conseguido unos cuantos caballos.

—Gracias a Su Majestad, sí —dijo el hombre.

—Sí. —Xena le echó una mirada—. Recordadlo. —Lo miró enarcando una ceja.

—¡Claro que sí!

Xena hizo un gesto con los dedos despidiéndolo.

—Dile al jefe de mi caravana que he dicho que compre unos cuantos barriles de esto para el viaje. —Indicó el odre—. No le cobres de más o me encargaré de que esos burros medio lelos que os han atacado parezcan una camada de gatitos.

—¡Majestad! —El hombre retrocedió apresuradamente y estuvo a punto de tropezar al llegar a los agujeros creados en el suelo por los caballos. Se alejó corriendo y desapareció tras las ruinas del granero mientras ellas lo miraban.

Gabrielle soltó aliento y se dispuso a seguirlo.

—Eh —dijo Xena con un gruñido grave—. ¿Dónde crees que vas?

La esclava se detuvo y miró atrás.

—Mm... ¿a ayudar? —preguntó—. Están intentando levantar esa parte del granero. He pensado que podría...

—¿Aplaudir para animarlos? —Xena se volvió a medias en la silla, echó la pierna por encima del arzón de la silla y se relajó—. Deja que los chicos ejerciten los músculos. Así se sienten bien. —Le ofreció la sidra a Gabrielle—. Toma.

Sin lamentarlo en absoluto, Gabrielle volvió al lado de la reina, cogió el odre y bebió un sorbo de sidra.

—Caray... está estupenda. —Contempló la boquilla y luego miró a Xena—. ¿Debería haberlo probado yo primero, antes de decirle que te lo diera?

El rostro de Xena se quedó inmóvil largos segundos. Luego relajó un poco los hombros y soltó aliento.

—No.

—¿No?

La reina le acarició la mejilla, tras echar un rápido vistazo alrededor para ver quién había mirando.

—Lo último que quiero en este maldito mundo es que te mate alguien que va por mí —dijo, con un ligero matiz ronco en la voz—. Ya te lo he dicho, puedo cuidar de mí misma, Gabrielle.

Gabrielle la miró, luego volvió la cabeza y miró el granero incendiado y los restos del carro que había estado a punto de arrollar a Xena y que estaba incrustado en las llamas. Luego se volvió y levantó de nuevo la mirada hacia el rostro de Xena.

—Vale —contestó.

Xena echó una mirada al granero. Sus labios esbozaron una sonrisa de mala gana.

—Bien. Ahora que ya hemos dejado eso claro, vamos a hablar de por qué no escuchas ni una puñetera palabra de lo que te digo. —Sus ojos estudiaron a la rubia.

Gabrielle tomó aliento.

—Eso no es cierto —contestó—. Escucho todo lo que me dices. Eres la persona más importante de mi mundo.

Xena parpadeó.

—Es que... —continuó la esclava—. A veces mi corazón no obedece a mi cerebro y... mm... —Una ligera sacudida de cabeza—. Supongo que hago lo que me sale de forma natural.

La reina se apoyó en el muslo.

—¿Y salvarme el pellejo te sale de forma natural?

Ahora le tocó a Gabrielle parpadear y así lo hizo. ¿Eso era así? Intentó recordar cómo había decidido estamparse con el guardia de la torre de Evgast y se dio cuenta de que no había decidido nada. En un momento dado estaba escondida y al instante siguiente estaba corriendo por el pasillo, con los brazos extendidos, sin planteárselo.

De modo que a lo mejor sí que le salía de forma natural. Ciertamente, amar a Xena le había salido así.

—Sí —dijo Gabrielle por fin, con tono suave y pensativo.

La reina le revolvió el pelo inesperadamente y la acercó más a ella, se inclinó y la besó en la cabeza.

Al Tártaro con los espectadores.


No consiguieron llegar a las montañas esa noche, aunque Xena los mantuvo en marcha hasta bien pasado el anochecer. La parada en el pueblo había consumido demasiado tiempo y ahora se veían obligados a acampar en una zona relativamente aislada y expuesta.

Xena no estaba contenta. Dio vueltas a caballo por el pequeño seto donde por fin se habían instalado, comprobando el denso bosque que se extendía detrás colina abajo. Era un buen escondrijo para cualquier número de bandoleros y no le hacía gracia tener que poner tantos guardias en alerta toda la noche.

Eso quería decir que no servirían para nada al día siguiente, cuando esperaba atravesar una de las pocas zonas realmente turbulentas del reino, los altos pasos de las montañas que separaban a la capital de las fortalezas de los hombres más íntimamente asociados con Bregos.

Eso suponía un posible peligro. Sin embargo, Xena no era estúpida en absoluto, y había elegido esta ruta a propósito para que los conspiradores tuvieran el menor tiempo posible para tramar algo antes de que cayera sobre ellos. Si hubiera ido hacia el sur primero, a las agradables tierras de Lastay, sólo los dioses sabían qué se les habría ocurrido a estos cabrones antes de que ella partiera hacia el norte.

De modo que acampar a campo relativamente abierto no le hacía gracia. Llevaba buenos hombres consigo, pero también tenía siervos y esclavos y, aún más importante, Gabrielle también iba con ella.

De los hombres, los siervos y los esclavos podía prescindir.

Xena señaló otro punto para colocar a un centinela y volvió la cabeza del caballo hacia los ruidos del campamento.

—Vamos, Tigre. —Le dio unas palmadas en el hombro sudoroso—. Ya sé que hoy te he dado una paliza. Vamos a darte unas friegas.

El caballo le relinchó. Xena se rió secamente y estiró la espalda para quitarse la rigidez provocada por haber pasado un día entero montada a caballo. Se imaginó cómo se debía de sentir Gabrielle.

Esa idea la hizo reflexionar. Intentó recordar si alguna vez se había parado siquiera a pensar cómo se sentían otras personas durante una campaña. Lo cierto era que daba por supuesto que sus hombres podían seguir su ritmo y alguien que no pudiera no duraba en su ejército mucho tiempo.

Nada de lloriqueos. La regla de Xena número uno. Había gobernado su reino de la misma manera y todos los que hoy viajaban con ella lo sabían. Le importaban un bledo las molestias y los dolores. Todo el mundo se aguantaba y hacía su trabajo.

Xena asintió. Justo. Luego frunció el ceño, cuando su mente volvió a divagar. Entonces, ¿por qué se estaba imaginando cómo se debía de sentir Gabrielle, después de este día tan largo? ¿Podía llegar a imaginarse siquiera cómo se sentía Gabrielle, dado lo distintas que eran?

¿Traerse a Gabrielle consigo era buena idea siquiera? Xena sintió que la invadía la inusual mezcla de emociones. ¿Había realmente un sitio para ella con el ejército, incluso con la masa de siervos de la caravana? Nunca había tenido una sierva personal durante una campaña, en aquel entonces ni siquiera se habría planteado tener a alguien a su alrededor.

Gabrielle no sabía qué hacer ni cómo actuar... lo más probable era que acabara estorbando. La reina soltó aliento y sus dedos jugaron con unos mechones de la crin de Tigre. ¿Por qué Hades me la he traído?

Ah, en fin. Ahora ya no tiene remedio. Xena llevó a su montura al campamento y desmontó, asintiendo con aprobación al atento mozo de cuadra que corrió hasta ella.

—Dale un baño y un cubo de cebada. Se lo ha ganado.

—Ama. —El hombre inclinó la cabeza y cogió las riendas del caballo—. Quedará inmaculado.

—Ya es inmaculado. Si lo frotas tanto que le salen máculas, te arranco el cuero cabelludo —contestó Xena—. Vamos.

El mozo se apresuró a llevarse al gran caballo. Xena se quedó un momento parada a la luz del fuego y luego se dirigió a la tienda erigida sobre el terreno elevado que era la suya. Rodeada de gruesos robles, la tienda estaba montada con la entrada de cara al fuego y dos de sus hombres ya estaban haciendo guardia a cada lado de la entrada, con las lanzas apoyadas en el pliegue del codo.

Aquello le produjo satisfacción. El campamento estaba organizado justo como a ella le gustaba, pues al parecer la memoria de Brendan no se había difuminado con el paso del tiempo. Dio su aprobación al orden, con la zona de las tropas dispuesta como debía ser y los criados en una zona interior más protegida.

Estaban haciendo la cena y desde la zona de los soldados se elevaban rudas canciones. Con una sonrisa, Xena se volvió hacia su tienda. Llegó a la entrada y los guardias la saludaron. Uno apartó el faldón para que pasara y ella le gruñó al agacharse para entrar.

Dentro, la asaltaron los olores del campamento y de casa. En el centro de la tienda estaba encendido un pequeño brasero, cuya leña menuda daba un ligero aroma ahumado al aire. A un lado estaba colocada su cama, una estructura de recios postes de madera y correas de cuero, cubierta de gruesas pieles. Al otro lado del espacio estaba su baúl personal, con su armadura y sus armas.

Justo como a ella le gustaba.

—Mm. —Xena se puso en jarras—. Qué bien.

El techo de la tienda era apenas lo bastante alto para que ella cupiera erguida, pero le traía recuerdos de cuando estaba con su ejército sobre el terreno, y esos recuerdos, aunque eran sanguinarios y duros, eran buenos en su mayor parte. Xena suspiró y bajó la mirada, advirtiendo las esteras de juncos colocadas en el suelo. Estaba todo limpio y bien ordenado, y se sintió inmensamente satisfecha al descubrir que sus hombres no habían olvidado cómo le gustaba que se organizaran las cosas.

Aunque en realidad no había pensado que lo hubieran olvidado. Xena sonrió por dentro.

Al oír unas pisadas suaves detrás de ella se irguió y se volvió y vio cómo se abría el faldón y entraba Gabrielle con los brazos cargados de cosas.

—Ah. Aquí estás —dijo la reina, con energía.

Gabrielle logró sonreír, sopló para apartarse un mechón de pelo de los ojos, rodeó la alta figura de Xena y depositó su carga cerca del brasero. Cojeaba visiblemente e hizo una mueca de dolor al arrodillarse sobre las esteras.

—¿Está todo bien? Me han dicho que estabas preocupada por la situación del campamento.

En ese momento, Xena descubrió que estaba preocupada por una cosa completamente distinta. Se acercó donde estaba Gabrielle y se dejó caer sobre una rodilla a su lado, poniéndole una mano en la espalda y frotándosela un poco.

—Nos las arreglaremos —contestó—. Si pongo suficiente gente a montar guardia.

—Oh. —Gabrielle la miró y le sonrió con cansancio—. Bueno, me alegro mucho. He intentado... —Miró a su alrededor—. Organizar todas tus cosas.

Xena la miró.

—¿Esto lo has hecho tú? —Indicó el espacio con la mano libre.

La esclava asintió.

—Algunos de los hombres intentaron entrar para hacerlo ellos, pero... mm... los eché, más o menos. —Se encogió ligeramente de hombros—. Creo que se han enfadado conmigo.

Xena se vio incapaz de hacer el más mínimo comentario jocoso.

—Antes se peleaban por el... ah... honor de preparar mi tienda —explicó, con un ligero matiz cohibido en el tono—. Pensé que habían sido ellos... —Miró a su alrededor—. Mm.

—Oh. —Gabrielle también miró alrededor—. ¿Lo he hecho bien?

La reina vio una muda de ropa limpia doblada y lista sobre la cama y su jabón y su paño preparados junto a una palangana llena de agua colocada sobre una banqueta plegable.

—Está perfecto —murmuró—. ¿Cómo lo has hecho?

La esclava soltó un sonoro suspiro.

—Gracias. —Colocó una pequeña olla sobre el brasero y echó agua dentro con cuidado, por encima de las cosas que ya estaban dentro—. Pues... he puesto las cosas donde me gustaría tenerlas a mí si me retirara a un sitio como éste después de un día muy... muy largo.

Xena la miró atentamente.

—Sé que me gustaría tener una cama cómoda y ropa limpia —siguió la esclava—. Un sitio donde poder lavarme... ya sabes.

—Sí —asintió Xena suavemente. Observó a la esclava mientras ésta movía el contenido de la olla—. Gabrielle, están haciendo la cena ahí fuera.

—Ya lo sé. —Gabrielle echó el último puñado de ingredientes—. Pero todavía tardará un rato en estar lista... He pensado que hasta entonces a lo mejor te apetecía tomar un poco de sopa después de cambiarte.

Xena miró lo que había en la olla y luego miró a su esclava.

—¿A ti te gusta esto?

Gabrielle dudó y luego asintió.

—¿Estás dolorida?

—Un poco —reconoció Gabrielle, con una levísima sonrisa irónica—. Con Parches no voy tan mal.

—Está bien. —Xena se levantó, una vez decidido su plan de batalla—. Esto es lo que vas a hacer ahora.

Gabrielle se puso las manos en la rodilla y esperó en silencio. A decir verdad, estaba agotada y le dolía el cuerpo de la cabeza a los pies. Pero los cambios que percibía en Xena, la dinámica de los hombres y del ejército y el entorno desconocido le estaban provocando un poco de miedo y nerviosismo y no estaba dispuesta a quejarse de nada ante la reina.

Xena alargó la mano.

—Vas a venir aquí y te vas a desnudar conmigo para que podamos lavarnos.

Mm. A Gabrielle se le aguzaron los oídos. Levantó la mano, cogió la de Xena y se puso en pie cuando la reina tiró de ella.

—Vale.

—Luego vas a... —Xena se inclinó hacia ella, cogió el borde de la oreja de Gabrielle con los dientes y se lo mordió ligeramente—. Decirme dónde te duele, para que pueda ocuparme de ello.

Ooh. Se le aguzó todo lo demás, ahuyentando el cansancio y la preocupación del día. Gabrielle sintió que se relajaba, al comprender que por ahora, al menos, estaba haciendo bien las cosas. Sin embargo, le remordió la conciencia.

—¿No tienes... mm... cosas más importantes que hacer? ¿Como con el campamento y eso?

—Sí —le dijo Xena, deslizando los brazos alrededor del cuerpo de Gabrielle y acercándosela más—. Y las haré, pero a mí me van los placeres inmediatos y, ahora mismo, quiero sentir placer. Inmediatamente. —Besó a Gabrielle en los labios—. Así que ya te estás quitando la ropa, ratoncito almizclero, o te la arranco con los dientes.

—Pero... ¿qué pasa con...?

—Sshh. —Xena la hizo callar con otro beso—. Tenemos que trabajar la idea de que yo soy la reina y se hace lo que yo digo.

Gabrielle no estaba en absoluto por la labor de discutir. Al fin y al cabo, si Xena no sabía lo que se hacía, ¿quién lo iba a saber? Se soltó la hebilla del cinturón mientras Xena la llevaba a la palangana de agua que acababa de llenar. Las manos de la reina se deslizaron por su cuerpo y sus dedos acariciaron y masajearon suavemente los puntos doloridos de su espalda al tiempo que le quitaba la túnica por encima de la cabeza.

Los ruidos extraños de fuera se desvanecieron. Gabrielle despojó el cuerpo de Xena de la túnica carmesí y se acercó más a ella, acariciándole los pechos con la nariz al tiempo que la piel de ambas se rozaba ligeramente. Oyó el suave tintineo del agua y luego notó su caricia fresca en los hombros. Abrió los ojos y vio los de Xena, oscurecidos a la luz del fuego, que la miraban.

—Creo que soy yo la que debería hacerte esto a ti —le recordó a la reina.

—Y yo creo que deberías hacer lo que yo te diga. —Xena escurrió el paño y continuó con su tarea, limpiando el polvo del día de viaje y el hollín del pueblo incendiado de la piel clara de Gabrielle. Las costillas de la esclava se expandieron con sus caricias, pero no contestó.

Xena se tomó su tiempo explorando. Pasó los dedos por encima del bulto que tenía la rubia en las costillas y al mirarse a los ojos, sintió de nuevo curiosidad por ese tema.

—¿De qué es esto?

A Gabrielle se le puso la cara triste.

—De una patada que me dio alguien —confesó en voz baja.

—¿Por qué?

—No lo sé.

Xena bajó lavando por el centro de la tripa de Gabrielle y advirtió que la concavidad casi dolorosa había empezado a llenarse un poco.

—¿Era alguien que conocías?

—Sí.

Xena volvió a escurrir el paño y le lavó el cuello a Gabrielle con cuidado, obligando a la esclava a mirarla cuando le levantó la cabeza para lavarla debajo de la mandíbula.

—Dime quién fue y lo mataré por ti.

La expresión de Gabrielle era indescriptible.

—¿Lo harías?

—Claro —replicó la reina.

La esclava soltó aliento.

—Bueno, fue hace tiempo y ya no sirve de nada. Ya no está.

—Porras. —Xena le sujetó la cabeza y agachó la suya para darle a Gabrielle un tierno beso—. Lo siento. Que te den una patada no tiene la menor gracia, da igual quién lo haga. —Llevó la mano de Gabrielle a una zona de su propio costado, para que tocara un punto donde el hueso de una de sus costillas estaba hundido—. ¿Notas eso?

—Sí. —Gabrielle acarició el punto—. ¿Te lo hiciste luchando?

—No —contestó Xena—. Me lo hizo una cabra.

La esclava sofocó una carcajada sorprendida.

—¿En serio?

—No. —La reina le lavó la cara y le humedeció el pelo claro con el agua—. Pero he pensado que te haría reír —confesó—. Fue una patada en el estómago que me pegó un tipo en los fosos de Cortese, casi nada más haberme capturado. Me hizo un daño espantoso.

—Sí. —Gabrielle la miró—. Así es. —Tocó ese punto del costado de Xena—. Pero lo superas. —Se inclinó y besó la piel que cubría esa zona, rozando con el pelo la parte inferior del pecho de Xena.

Xena aspiró una bocanada de aire, cuando su cuerpo reaccionó. Las dos estaban allí de pie, vestidas tan sólo con las polainas y las botas, y de repente tuvo una imagen mental de lo que ocurriría si alguien era lo bastante estúpido como para abrir el faldón de la tienda.

Se echó a reír, con una carcajada repentina y explosiva.

Gabrielle levantó la mirada hacia ella y luego probó a hacerle cosquillas en el costado, cerca de ese punto.

Xena se echó a reír de nuevo, esta vez por una razón totalmente distinta.

—¡Eh! —Atrapó la mano de Gabrielle—. Deja eso para más tarde —le dijo—. Date la vuelta.

Obedientemente, Gabrielle así lo hizo.

La reina le lavó los hombros y por primera vez vio las marcas levísimas de unas finas cicatrices diagonales, antiguas y muy desvaídas por el tiempo. Frunciendo ligeramente el ceño, se echó el paño por encima del hombro y aplicó en cambio las manos, apretando los tensos músculos con los dedos.

Gabrielle dejó caer la cabeza hacia delante y soltó un suspiro de alivio.

Xena terminó, se colocó detrás de ella y la rodeó con los brazos, pegando sus cuerpos mientras le chupaba el cuello a Gabrielle, mordisqueándola con cuidado hasta la mandíbula al tiempo que subía las manos por el tronco de la esclava y le acariciaba los pechos delicadamente.

—Tienes... —La voz de Gabrielle sonaba ronca—. Tienes unas manos increíbles.

—¿Sólo las manos? —ronroneó Xena, aflojando los brazos para que Gabrielle pudiera darse la vuelta entre ellos y mirarla de nuevo—. Ahora me lavas tú, porque huelo como una manta vieja de caballo.

Con una sonrisa, Gabrielle le quitó a Xena el paño del hombro y lo aclaró.

—Además, lo divertido viene después —añadió Xena, alargando una mano para meter un dedo por la cinturilla de las polainas de Gabrielle y tirar de ella—. A ver si los chicos se acuerdan de la regla de Xena número dos.

Gabrielle se puso a trabajar, usando algo más que el paño.

—¿Y cuál es?

Por un instante, la reina se quedó sin habla. Luego recuperó el aliento.

—No acudáis llamando si la tienda está bailando. —Se echó a reír suavemente, mandando a paseo toda precaución.

Y esperando con todas sus fuerzas que de verdad se acordaran.


PARTE 16


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