14


Hacía una noche preciosa, coronada por un cielo absolutamente negro restallante de estrellas que les hacían guiños mientras bajaban por el silencioso sendero de piedra hacia la torre de la reina. Hacía frío y el viento agitaba los estandartes negros y amarillos de las murallas con un ruido satisfactoriamente vigorizante. Gabrielle aspiró una profunda bocanada de aire, dejando que el frío la despertara un poco y le despejara la mente de la imprecisión creada por el vino.

Xena caminaba despacio a su lado, tranquila por una vez y al parecer sin la tensión inquieta que solía rodearla. Era tarde, hacía tiempo que había pasado la medianoche, y habían sido casi las últimas en dejar el salón del banquete, en lugar de retirarse temprano como Xena tenía por costumbre.

—¿Lo has pasado bien? —le preguntó la reina a su joven acompañante con tono informal.

Gabrielle sonrió.

—Sí —reconoció—. No creía que contar esa historia fuera a tener ese resultado. Ha estado muy bien. —Echó la cabeza hacia atrás y contempló las estrellas, asombrada como siempre por su cantidad—. ¿A que es una preciosidad?

Xena observó el rostro de su esclava, y en el suyo se formó una sonrisa. Alargó la mano y cogió la de Gabrielle cuando la esclava se la ofreció de buen grado, y siguieron caminando sin prisa. Era un contraste muy agradable, el calor de esa mano con el frío de la noche, y casaba con el calor que casi sentía crecer en su interior.

—Me ha gustado la historia.

Gabrielle la miró expectante.

—¿Pero?

—Pero nada —respondió la reina—. ¿Por qué crees que iba a haber un pero?

—Ah, pues... —murmuró la esclava—. Es que normalmente no te... gusta algo sin que no te gusten otras cosas.

Los ojos de Xena se posaron en la cara de Gabrielle y se quedaron clavados en ella.

—¿Estás borracha? —preguntó, medio en broma, deteniendo a Gabrielle y cogiéndole la cara con la mano libre—. No creía que hubieras bebido tanto, ¿no?

Los ojos de Gabrielle, tiernos y amorosos a la luz de la luna, la acariciaron como una pluma suavísima.

—No... lo sé —dijo—. Estoy un poco aturdida. —Sus dedos acariciaron la piel del brazo de Xena—. Pero así es como suelo estar cuando estoy contigo.

—¿Sí? —Xena admiró la curva de la mejilla de la chica, que aún conservaba algo de la redondez de la infancia.

—Sí —dijo Gabrielle suavemente—. Es increíble... te miro y me siento como... —Tomó aliento—. Me siento como si flotara.

La reina la miró desconcertada.

—¿Como si flotaras? —Se acercó más, apoyando los antebrazos en los hombros de Gabrielle y entrelazando los dedos por detrás de la cabeza de la chica—. No quiero que te vayas flotando. Te quiero aquí mismo, en el suelo, conmigo. ¿Comprendes?

Gabrielle apoyó la mejilla en el brazo de Xena.

—Creo que sí que lo comprendo. —Puso las manos en la cintura de la reina y sonrió—. Te quiero.

Xena contrajo las cejas y en su cara apareció una sonrisa chulesca. Le quitaba años de encima y a Gabrielle le resultó encantadora al máximo. La larga velada de comida y vino la había dejado un poco aturdida, pero sus percepciones se agudizaron cuando la reina se inclinó hacia ella y sus cuerpos se rozaron. Era una sensación cálida y muy agradable, y Gabrielle cerró los ojos cuando los labios de Xena tocaron los suyos.

Sabían maravillosamente. Gabrielle abrió la boca un poco y notó la lengua de la reina que la exploraba ligeramente, penetrándola y jugando tiernamente mientras sus pulgares trazaban suavemente la línea de la mandíbula de Gabrielle. Una ráfaga de viento enredó el pelo de ambas, haciéndoles cosquillas en la nariz con el olor a humo de brea de las antorchas del muro que había allí cerca.

No era fácil saber cuánto tiempo estuvieron allí, besándose a la luz de la luna. Gabrielle era consciente del viento frío que daba vueltas a su alrededor, pero el frío no penetraba el calor que se alzó entre ellas cuando sus cuerpos se tocaron y se juntaron, pegando la tripa la una a la otra con tal fuerza que las dos tuvieron que respirar al mismo ritmo.

Xena echó por fin la cabeza hacia atrás ligeramente y su aliento calentó la piel de alrededor de la boca de Gabrielle mientras miraba a su esclava con ojos perezosos.

—¿Sabes qué?

Los ojos de Gabrielle se abrieron despacio.

—¿Qué?

—Creo que será mejor que sigamos andando o vas a acabar de culo en la arena mientras yo hago honor a mi más... que... —Xena la besó ligeramente en los labios—, vigorosa reputación.

—Oh. —Los dedos de Gabrielle trazaron una línea por el costado de la reina—. Creo que una cama bien blanda sería más agradable.

—Lo que yo digo. —Xena le dio un empujoncito hacia la torre—. Vamos. —Rodeó los hombros de Gabrielle con el brazo y echaron a andar de nuevo. Los guardias que había cerca del muro siguieron mirando al frente cuando pasaron ante ellos, sin mover un solo músculo al paso de las dos amantes—. ¿Sabes qué parte de la historia me ha gustado más? —comentó Xena plácidamente cuando llegaron a la puerta de la torre y el guardia se la abrió.

—¿La parte en la que salvas a la princesa? —preguntó Gabrielle.

—Qué va. —La reina se rió entre dientes—. La parte en que esos capullos estúpidos pasaron justo por delante de nosotras en las escaleras —dijo, mientras subían por la amplia escalera circular—. Me reí —añadió—. Lo vi todo de nuevo y me partí de risa.

Gabrielle arrugó un poco la nariz.

—Seguro que a ellos no les haría tanta gracia —dijo—. Se sentirían muy estúpidos.

—Por eso me dio la risa —le informó la reina alegremente—. Qué panda de imbéciles. —Se echó a reír cuando llegaron a lo alto de las escaleras, y cruzaron el espacioso vestíbulo redondo hacia sus aposentos. Los dos guardias que estaban fuera de su puerta se cuadraron y saludaron, inclinándose antes de abrirles la puesta y echarse hacia atrás—. Gracias —dijo Xena—. Ahora fuera de aquí. No quiero que nadie oiga los ruidos que hace mi ratoncito almizclero cuando me lo como. Largo.

Los dos guardias salieron corriendo y bajaron con estruendo metálico por las escaleras de servicio que conducían a la cocina sin echar una sola mirada atrás.

—Je. —Xena esperó hasta que oyó cómo se cerraba la puerta de abajo y el fuerte roce y golpe del cerrojo al correrlo. Echó un vistazo por el vestíbulo circular, posando los ojos en los tapices colgados y en el nicho a oscuras que había sido antes el pequeño espacio de Gabrielle.

Luego se volvió y entró en sus dominios privados, cerrando la puerta al pasar y echando el cerrojo por dentro. Cuando terminó, miró hacia la puerta interior, donde la esperaba Gabrielle recortada por la cálida luz de las velas.

Los ecos suaves de ruidos lejanos la distrajeron y ladeó la cabeza para escuchar, pero sus oídos sólo captaron el roce suave de botas y el golpe de la puerta inferior al cerrarse. Ah. La reina se olvidó del resto del castillo y se concentró en cambio en Gabrielle.

Cruzaron juntas la sala exterior y entraron en la interior. Xena cerró la puerta tras ellas y echó un vistazo a su alrededor, descubriendo que la habitación estaba bien iluminada por velas nuevas y que había una palangana de agua limpia esperando en la que flotaban délicados pétalos de flores. La reina cogió uno con curiosidad y lo examinó, echando una mirada inquisitiva a Gabrielle.

—¿Te has escabullido esta noche del salón para hacer esto? Debo de haber bebido más vino del que pensaba.

Gabrielle se acercó y contempló el agua, apoyando la barbilla en el antebrazo de Xena.

—No he sido yo, no —dijo—. ¿Crees que habrá sido Stanislaus?

Xena resopló.

—Es tan romántico como un cubo de estiércol. No. —Miró más atentamente y vio una botella y dos copas de cristal cerca de la cama—. Ajá.

Gabrielle la siguió hasta allí.

—¿Qué es eso?

La reina quitó el tapón de la botella y la olió.

—Ahmmm... —Su voz bajó en un canturreo grave—. Algo que me encanta y que rarísima vez me permito. —Cogió un trocito de pergamino que había al lado de la botella y lo abrió, riéndose un poco al leer lo que ponía—. Es del salidorro de Jellaus.

Gabrielle miró el pergamino.

—Dulce néctar para el halcón y su ratoncito. —La esclava retrocedió un paso, se puso en jarras, se miró a sí misma y luego miró a Xena—. Sabes, en realidad no soy tan pequeña.

Xena dobló el trocito de pergamino y lo metió debajo de la bandeja.

—Sabes, una vez le dije que había encerrado mi corazón en la mazmorra y había tirado la llave —dijo—. Seguro que se está carcajeando con todo esto. —Sus ojos seguían posados en la bandeja y su tono se había suavizado—. Maldito sea.

Gabrielle se acercó y rodeó el brazo de la reina con ambas manos, apoyando la cabeza en su hombro.

—A mí me gusta.

—Cómo no. —Los labios de Xena esbozaron una sonrisa—. Tú le gustas a él casi tanto como le gusta tomarme el pelo a mí por tu causa. —Levantó la botella y sirvió un poco de líquido en las dos copas. Era de un intenso color ámbar y absorbió la luz de las velas cuando le pasó una copa a Gabrielle, revelando un matiz caoba y carmesí en sus profundidades—. Venga, pruébalo.

Gabrielle se llevó con cautela la copa a los labios, deteniéndose cuando el licor le acarició la nariz con su aroma poco familiar. Bebió un sorbito y parpadeó cuando el intenso sabor le hizo cosquillas en la lengua casi de inmediato.

—Caray.

Xena la observó, dando vueltas al líquido en su copa unas cuantas veces antes de beber su propio sorbito. Luego cerró los ojos, cuando el sabor le trajo recuerdos agridulces y dentro de ellos apareció el rostro de su hermano.

La última noche que lo vio con vida, habían compartido un poco de esto. Liceus había descubierto un alijo del licor en las profundidades de los sótanos del castillo, oculto durante por lo menos una generación antes de que el hombre al que había derrocado hubiera venido a vivir aquí.

Qué orgulloso estaba de sí mismo cuando se lo trajo. Se sentaron delante del fuego y bebieron de la misma copa y se rieron juntos al comentar lo lejos que habían llegado dos mocosos pobres como las ratas hijos de una posadera.

Se había convertido en un buen guerrero, recordó Xena con tristeza. Pero no lo bastante bueno como para sobrevivir a la traición de las masas dispuestas a destruirla a ella.

—¿Xena?

La reina abrió los ojos, absorbiendo la imagen de otro brillante punto de luz situado bajo esa misma nube.

—¿Sí?

—¿Qué es esto? Sabe a la sensación del terciopelo.

Xena dejó que los recuerdos se desvanecieran y examinó en cambio su copa.

—Ni idea —reconoció—. Cada vez que lo bebo, creo que sabe a una cosa distinta. Flores. Naranja. Setas... ¿tú a qué crees que sabe? —Se sentó en la cama y dio una palmadita en la superficie a su lado. Cuando Gabrielle se sentó, rodeó la cintura de la chica con el brazo y esperó la respuesta.

Gabrielle saboreó otro sorbo, dándole vueltas en la boca con curiosidad antes de tragarlo. Tras reflexionar un momento, miró a Xena.

—A pasión.

La reina enarcó ambas cejas bruscamente.

—No... mm... —La esclava se sonrojó levemente—. No a eso... es... ejem... —Carraspeó—. Lo que quiero decir es que quienquiera que hiciera esto, lo hizo con mucho esfuerzo y amor.

—Ahhh. —Xena se terminó su copa y examinó el fino residuo color miel que quedaba en el cristal—. Así que puedes distinguir eso, ¿eh? —replicó, con tono suave—. A mí sólo me sabe a fruta.

Gabrielle dejó su copa y se levantó, deslizó una rodilla entre las de la reina y con osadía, con ternura, cogió la cara de Xena entre sus manos. Con lenta deliberación, mientras se miraban, Gabrielle se echó hacia delante y rozó los labios de Xena con los suyos mientras se concentraba en la profundidad de lo que sentía por dentro.

Al cabo de un momento se apartó y descubrió unos ojos oscurecidos hasta un tono casi añil que la miraban.

—¿Lo distingues ahora?

Apareció un brillo seductor. Xena se lamió los labios, dejando que la punta de la lengua asomara ligeramente entre los dientes.

—Eeeehhh... casi. Hazlo otra vez —ronroneó.

Gabrielle obedeció y aspiró un poco de aire al notar que las manos de Xena le exploraban el cuerpo, desatando los cordones del vestido que llevaba. El beso se hizo más intenso y de repente sintió que la levantaban ligeramente cuando Xena la rodeó con los brazos y la habitación rotó cuando la reina se tumbó boca arriba, colocando a Gabrielle encima de ella.

Hicieron una breve pausa para respirar y Xena se rió suavemente.

—Ahora sí lo distingo. —Cogió el pecho de Gabrielle provocativamente—. A ver qué otros sabores descubro.

Gabrielle agarró con los dientes los cordones que cerraban el corpiño de la reina y tiró de ellos, preguntándose qué nuevas sensaciones descubrirían juntas esta noche.

Por el momento, parecía ser el final perfecto para un día prácticamente perfecto.


Estaba tumbada en la oscuridad y sólo la escasa luz de las estrellas que entraba por la ventana evitaba que la habitación estuviera sumida en una negrura total. Era muy tarde y Xena sabía que si se quedaba allí un poco más empezaría a ver los primerísimos indicios del cercano amanecer en el cielo.

Por ella, podía tardar todo lo que quisiera en llegar. Xena soltó aliento ligeramente, absorbiendo la paz y escuchando el ruido de la respiración de Gabrielle junto a ella. La esclava estaba acurrucada a su lado y sus cuerpos desnudos estaban pegados el uno al otro en el calor de la cama.

La mayor parte de su vida había estado sola, reflexionó la reina. Eso era lo que le gustaba. Nadie que la molestase, nadie de quien tuviera que responsabilizarse... si quería quitarse la ropa y bailar desnuda encima de la cama, nadie que la mirara como si se hubiera vuelto loca... era agradable y relajado y muy cómodo.

Entonces, ¿cómo era posible que la presencia constante de Gabrielle se hubiera convertido tan rápido en una parte tan natural de su vida? Xena miró hacia abajo al notar que la esclava se agitaba en sueños, se pegaba más y, advirtió la reina enarcando las cejas, le pasaba un brazo posesivo por encima y acomodaba la cabeza en el hueco del hombro de Xena.

—Oye. —Xena frunció el ceño—. Xena la Despiadada no es una almohada.

Profundamente dormida, Gabrielle se limitó a soltar un murmullo de felicidad, estrujando a Xena por la cintura antes de relajarse por completo pegada a ella.

Xena se la quedó mirando totalmente perpleja. Luego meneó la cabeza y rodeó la espalda de Gabrielle con el brazo, siguiendo con un dedo la tenue línea de pelillos que le bajaba por el centro de la columna. El amor, decidió, te hacía cosas indecentes.

En algunas cosas te volvía estúpida. Como en el terreno de la dignidad personal. Sus ojos siguieron el contorno apenas visible de la cabeza de Gabrielle. Y del espacio personal.

Pero también sabía que en su vida había habido muy pocas ocasiones en las que se hubiera podido considerar de verdad feliz, y ésta era una de esas ocasiones. Gabrielle era la causa. Estar enamorada era la causa. Xena permitió que se le dibujara una sonrisa en la cara. Ser amada a su vez era increíble.

A lo mejor mañana salía a cabalgar con Gabrielle, reflexionó la reina, después de pasar un rato entrenando con sus hombres por la mañana. Luego a lo mejor cogía a un escuadrón y salían a hacer una gira por el reino, para volver a recordarle a todo el mundo quién era la jefa.

Una gira real. A Xena le iba gustando cada vez más la idea cuanto más lo pensaba. La idea de obligar a esos cabrones a rendirle honores y hacerle pleitesías y servirla a ella y a sus hombres, en lugar de tenerlos aquí en su castillo, bien contentos y orondos, alimentándose con su ganado y atendidos por sus siervos.

Sí.

A lo mejor encontraba a Bregos y a su escoria merodeando allí fuera. Los ojos azules de Xena soltaron destellos de alegría. Podría darles caza y librar al reino de esa plaga al tiempo que restablecía su control sobre los nobles y aumentaba sus fuerzas armadas al conseguir reclutas impresionados por el espectáculo.

Sí.

Buena estrategia. Xena soltó aliento satisfecha. Arrasar un poco, aplastar a algunos nobles, conseguir unos cuantos regalos... en total, una forma estupenda de pasar unas cuantas semanas antes de que llegara el frío de verdad. El invierno siempre era un suplicio para ella... encerrada la mayor parte del tiempo y teniendo que escuchar los susurros conspiradores que se propagaban en el aburrimiento sofocante provocado por los cortos días.

El muslo de Gabrielle se deslizó por encima del suyo, disparando una descarga sensual que le dilató las aletas de la nariz. Xena sospechaba que este invierno no iba a ser ni mucho menos tan aburrido como los anteriores.

Al menos para ella.

Su mente divagó un momento, agradablemente inmersa en el cuerpo compacto y caliente pegado al suyo, y luego recuperó el hilo y volvió a plantearse el papel que quería que desempeñara Gabrielle en su reino.

Puesto que el papel de Gabrielle en la vida de Xena ya estaba establecido. La reina pegó la mano abierta sobre la espalda de la esclava con gesto posesivo. Ésta es mía. Cierto, en el sentido de que todos los esclavos eran suyos, por supuesto, pero también cierto en el sentido de que esta esclava significaba más para ella que cualquier otra persona en toda su vida.

Xena reflexionó sobre eso un momento. Luego echó la cabeza hacia atrás y se quedó mirando el dosel de la cama, la única frivolidad extraña que se había permitido en sus aposentos.

Para atrapar arañas, por supuesto. Detestaba que le cayeran encima desde el techo.

Gabrielle era su esclava. Ya no tenía elección en la vida. Pero, ¿y si la tuviera? Xena parpadeó. ¿Elegiría quedarse aquí con Xena o se marcharía para vivir su propia vida, libre de la tensión y los peligros de su corte?

¿Debería darle esa elección?

Xena sintió la repentina fragilidad de la felicidad que hacía tan poco que había descubierto. Para ser algo que nunca hasta entonces había tenido, se había convertido en algo más importante para ella de lo que esperaba y ahora que lo tenía, no tenía la menor intención de perderlo.

Gabrielle era muy joven. Lo bastante joven como para no comprender que no siempre se debían hacer las cosas basándose en lo que pensaban otras personas o por alguna estúpida razón moral. Era capaz de elegir la libertad sólo por pensar que eso era lo que debían hacer los esclavos.

Xena tragó con dificultad. No podía arriesgarse. De modo que no, no le daría esa elección a Gabrielle. La mantendría a salvo y a su lado y no dejaría que le pasara nada. Así las dos serían felices. La reina sintió que se le relajaban las entrañas y la paz de la noche volvió a apoderarse de ella.

Además, Gabrielle era feliz aquí. Xena lo sabía. Más feliz de lo que lo había sido en casa, ¿no? ¿Acaso esta lujosa cama, dentro de un recio castillo, no era mejor que un pequeño camastro dentro de un redil de ovejas? ¿No lo era? Aquí estaba bien cuidada, tenía comida en cantidad, no tenía que ordeñar corderos en invierno...

Xena no tenía ni idea de si los corderos necesitaban ser ordeñados, pero le parecía algo que Gabrielle podría haber hecho. Estaba convencida de que la esclava tenía una vida mucho mejor aquí, con ella. Aquí podía ser alguien.

Aquí podía vivir sin temor a morirse de hambre.

Aquí tenía a alguien que la quería. Xena soltó aliento suavemente. Aunque ese alguien fuera una arpía manchada de sangre haciéndose pasar por una reina vestida de seda. Te quedarás conmigo para siempre, ¿verdad, Gabrielle?, le preguntó a la chica en silencio. Yo cuidaré de ti. No como con Liceus. Pensé que tenía fuerza suficiente para cuidar de sí mismo y mira lo que le ocurrió. A ti no te ocurrirá eso, te lo prometo.

Xena cerró los ojos, una vez tomada la decisión. Se sentía cómoda con ella... y decidida a seguir juntas y felices durante muchísimo tiempo.

Gabrielle murmuró en sueños y sonrió. Xena sonrió a su vez en la oscuridad. Aunque tuviera que sufrir la indignidad de hacer de almohada de vez en cuando.

No estaba tan mal, en realidad.


Gabrielle cogió una manzana de la bandeja que había en la estancia exterior y luego salió trotando por la puerta rumbo a las escaleras de la cocina. Xena se estaba bañando, y se le había ocurrido aprovechar la oportunidad para sorprender a su reina con una bandeja de desayuno antes de que tuviera que empezar con las audiencias privadas.

Iba vestida con su túnica negra y dorada y estaba de un humor magnífico. Xena la había besado y abrazado al despertarse y le había dicho que la quería. Ese cariño cálido y auténtico había hecho que el corazón de Gabrielle alzara el vuelo, y luego se encontró enzarzada en un combate de lucha libre que las dejó a las dos muertas de risa en medio de la cama.

Qué divertido había sido. Gabrielle pensaba que Xena no había tenido muchas ocasiones de divertirse en su vida, porque había reaccionado con una sonrisa absolutamente increíble. También había sido un poquito terrorífico, porque en medio de todo ese forcejeo se había dado cuenta de que la reina era muchísimo más fuerte que ella, y por un instante se preguntó si Xena le haría daño, sin querer.

Pero no, la reina la había acunado tiernamente, ganando el combate al atrapar a Gabrielle contra las sábanas y besarla hasta dejarla casi sin sentido.

Jo, eso había sido una gozada. Gabrielle mordió su manzana alegremente mientras bajaba las escaleras. Estaba crujiente y dulce y el sabor le parecía inusitadamente maravilloso. Se quedó pensándolo mientras llegaba al pie de las escaleras y corría el pestillo de la puerta, para abrirla de un empujón y entrar en la cocina.

Su llegada llamó la atención, cosa poco sorprendente. Gabrielle captó las rápidas miradas, desviadas apresuradamente también, que se posaron en ella, y el ambiente de leve inquietud que se creó cuando los siervos de la cocina la reconocieron. Con un suspiro, irguió los hombros y se acercó al puesto de la cocinera, sin hacer caso de los susurros que se oían al fondo.

—Buenos días.

—Buenos días, señora —contestó la cocinera, manteniendo la mirada un poco por debajo de la barbilla de Gabrielle. Lo cual no era fácil, dado que la mujer le sacaba una cabeza de estatura, pero lo consiguió—. ¿La reina desea el desayuno?

—Sí, pero no te preocupes. Ya cojo yo lo que necesita —replicó Gabrielle—. ¿Tienes queso de cabra?

La cocinera le lanzó una mirada furtiva, luego asintió y se dirigió a la despensa.

—Sí, lo tengo. No tardo nada.

Gabrielle se terminó la manzana, tiró el corazón al cubo de la basura, luego se sacudió las manos y se puso a examinar las posibilidades que había para el desayuno. Todo el mundo le daba la espalda, pues los siervos habían vuelto al trabajo, lo cual a ella le parecía estupendo.

—A ver...

Había dos cestos con fruta ahí cerca y fue allí primero, seleccionando algunas manzanas y peras de otoño. Las puso aparte y cogió unos bollos, llenos de semillas y cargados del dulce aroma de la miel. Al lado había un cacharro de barro forrado lleno de huevos, redondos y preciosos, y eligió varios, que añadió a su bandeja.

—No están hechos, señora —le dijo con voz ronca uno de los hombres de más edad, otro cocinero.

—Ya lo sé. —Gabrielle le sonrió—. Ya me ocuparé arriba.

El hombre ladeó la cabeza mirándola con interés.

—¿Tú cocinas?

—Sí.

—Tiene mucho talento.

Gabrielle se volvió al oír la voz conocida y se quedó sorprendida al ver a Toris a su lado. Iba vestido con ropa relativamente buena y llevaba el pelo esmeradamente recortado y la cara llamativamente bien lavada.

—Hola —dijo, con cierta desconfianza, dada su última conversación—. Hacía tiempo que no te veía.

Toris asintió reconociéndolo.

—Me han destinado al servicio del duque Lastay —dijo, escuetamente.

Ah. Eso explicaba la ropa. Gabrielle se relajó un poco y le sonrió.

—Me alegro de oírlo. Me cae bien el duque. —Se volvió cuando se acercó la cocinera, con un taco de queso bien envuelto en un paño—. Gracias. —Cogió el queso y luego se volvió de nuevo hacia Toris.

—El duque también habla bien de ti, Gabrielle —comentó Toris—. Parece ser que has logrado la atención de la reina e incluso más, y eso ha mejorado la situación de todos nosotros.

—Bueno, hago lo que puedo. —Gabrielle levantó la bandeja. Toris se apartó rápidamente para dejarla pasar y se inclinó a medias, señalando el camino hasta las escaleras con un gesto muy elegante. Tenía mucho mejor aspecto, y ella no pudo evitar alegrarse por él—. Gracias.

Se encaminó hacia la puerta y él siguió a su lado, sujetándole la puerta cuando empezó a subir.

—Gabrielle —dijo Toris de nuevo, esta vez en voz más baja—. Si subo más tarde, ¿podemos hablar?

Ella se detuvo y lo miró.

—Claro —replicó—. Si no estoy haciendo nada para Su Majestad.

Él le dio una palmadita en el brazo y se dio la vuelta, dirigiéndose a la mesa de provisiones a paso ligero. Gabrielle se lo quedó mirando un momento y luego se volvió y subió las escaleras, repasando la conversación.

Se preguntó qué estaría tramando ahora Toris.

Y lo que era más importante, ¿de qué quería hablar con ella?

Con un suspiro, meneó la cabeza y se concentró en lo que tenía que hacer. Las explicaciones de Toris no tardarían en llegar y primero ella tenía que pensar en unos huevos.

Esperaba recordar cómo se cocinaban.


Gabrielle metió las botas por debajo del cuerpo al agacharse junto al muro del patio de entrenamiento, con los ojos como platos al contemplar el combate que se desarrollaba delante de ella.

Dos docenas de los guardias de Xena se enfrentaban entre sí, y a ella le parecía que atizaban mandobles al azar a cualquier cosa que se moviera. Sabía que eso no era cierto, pero le costaba desentrañar qué estaba ocurriendo en medio de todo ese caos.

Los hombres gruñían y gritaban y todo aquello le parecía muy brutal y le recordó de repente a la matanza de ganado que se hacía a cierta distancia de Potedaia todos los inviernos.

Su padre le había explicado con brusquedad que no había alimento suficiente para mantener a todo el ganado. De modo que los animales viejos, los que ya no tenían edad para aparearse o los que estaban un poco enfermos eran trasladados a un corral situado lejos de la aldea y allí los mataban. Los cuerpos se usaban como comida y las pieles para muchas cosas... hasta las pezuñas se hervían para hacer algo con ellas.

Así eran las cosas y Gabrielle lo sabía. Los animales morían para que ella pudiera vivir y, como hija de granjero, sabía que no debía ponerse sentimental. Pero con todo, a veces se preguntaba si los demás animales pensaban en ello, al ver cómo se llevaban a sus prójimos, o si los echaban de menos.

En fin. Gabrielle volvió a prestar atención al forcejeo de los hombres. Un movimiento le llamó la atención y vio una puerta del fondo que se abría, dejando que Xena saliera al campo de entrenamiento.

Ooh. De repente, los hombres del patio aceleraron el ritmo y se pusieron a combatir con todas sus ganas. Gabrielle observó a la reina mientras ésta cruzaba por en medio del combate, ataviada con su gastada túnica de entrenamiento, cuya tela ceñida delineaba su cuerpo y producía un cálido cosquilleo en el vientre de Gabrielle.

Jo, estaba estupenda, incluso con ese viejo andrajo, porque dejaba al aire mucha piel y se había recogido el pelo en un moño y estaba... Gabrielle cayó en la cuenta de que estaba divagando mentalmente. Suspiró y apoyó la barbilla en las muñecas.

Los ojos de Xena se encontraron con los suyos por un instante y volvió a sentir que le ardían las entrañas. La reina le guiñó un ojo y luego alargó el brazo e hizo girar la espada trazando un ocho a la perfección, tan deprisa que Gabrielle apenas lograba ver el movimiento de la hoja. Por otro lado, sí que veía cómo se movían los músculos de la reina, y decidió que la figura larga y esbelta de Xena era muchísimo más sexi que los hombres junto a los que pasaba.

Claro, que probablemente ella no era del todo imparcial, reconoció Gabrielle. Pero, la verdad, ver cómo se movía Xena era como ver una danza, por el equilibrio y el garbo que tenía.

—Está bien. —La reina se alzó con el protagonismo—. ¿Quién es mi primera víctima?

Y además tenía unos modales tan encantadores... Gabrielle tuvo que sofocar una carcajada, al ver las expresiones de mortificación consciente de los soldados. Se reunieron en círculo alrededor de Xena, mostrando su adoración por ella, y la reina lo notó y en su cara apareció una sonrisa mientras esperaba.

—¿Y bien? —dijo Xena con tono de guasa.

—Ha pasado tiempo, ama. —Brendan apareció por la puerta del fondo, sujetando en las manos nudosas la espada enfundada en su vaina de cuero—. Dales a los chicos una oportunidad para que recuperen el aliento.

Xena alargó la espada y le dio un azote en el trasero con la hoja plana cuando pasó a su lado.

—Demasiado tiempo —reconoció—. Me estoy hartando de jugar conmigo misma... así que un poco de caña, chicos. —Dio un paso, luego agachó el cuerpo y giró en círculo, moviendo la espada en una espiral cerrada mientras giraba delante de ellos—. ¡Pilladme!

Gabrielle estaba embelesada. Observó pasmada cuando Xena se enfrentó a todos ellos, moviendo el cuerpo con tal agilidad y a tal velocidad que parecía desenfocado. Los hombres se lanzaron contra ella, pero sus espadas se veían desviadas con una serie de movimientos vertiginosos que sólo dejaban el susurro del acero en el viento.

—¡Yiiijaaaa! —Xena soltó un alarido y su potente voz atravesó el aire—. ¡Vamos, lentorros!

Los soldados redoblaron sus esfuerzos, pero apenas lograban colar una estocada mientras Xena se movía por el interior del círculo, enfrentándose a tres o cuatro de ellos a la vez al tiempo que esquivaba el ataque de otros tres o cuatro.

Brendan se acercó a donde estaba Gabrielle agachada y se dejó caer a su lado.

—Es increíble, ¿eh?

Gabrielle no podía apartar los ojos de aquel torbellino. Casi sentía el palpitar del corazón de Xena y veía el brillo profundo y apasionado de sus ojos al pasar ante ella.

—Caray.

—Sí —asintió Brendan suavemente—. He visto maestros de esgrima del mundo entero. Pero ninguno de ellos ha logrado tocarla jamás. —Señaló—. ¿Ves eso?

Si era algo referente a Xena, Gabrielle lo consideraba visto. En realidad no estaba prestando mucha atención a nadie que no fuera la reina.

—¿El qué?

—¿Ves ese movimiento? Cambia de dirección en menos tiempo del que se tarda en pensarlo. Nunca sabes por dónde va a venir.

¿Y no era eso cierto? Gabrielle asintió despacio.

—Es... una belleza —susurró, casi capaz de dejar de lado la verdadera razón que había tras esa belleza... la brutalidad mortífera que dejaba esa hoja limpia y plateada llena de sangre roja al ser impulsada por la voluntad inimitable de Xena.

Era una paradoja.

Xena saltó por el aire, increíblemente, y dio una voltereta sin dejar de desviar las espadas de los hombres, y luego aterrizó limpiamente sobre sus pies, para a continuación dejarse caer sobre una rodilla y parar la estocada conjunta de tres espadas que caían directas hacia su cabeza.

Se echó a reír y se levantó de un salto, lanzando a los hombres hacia atrás.

Gabrielle captó un destello de movimiento detrás de los hombres y miró al otro lado del patio, donde vio las sedas de colores de varios nobles que se habían congregado al otro extremo, para mirar. Le dio un codazo a Brendan en las costillas y los señaló con un dedo.

—Sí —dijo el viejo soldado—. Ya era hora de que volvieran a ver lo que es. Llevaba demasiado tiempo encerrada en esa torre.

Gabrielle pensó en esa figura solitaria que había visto a primera hora del amanecer, cubierta de sudor tras un combate librado entre la reina y sus propias sombras. Se preguntó por qué Xena no había bajado aquí, con estos hombres que era evidente que la adoraban, que compartían con ella el amor por este arte mortífero.

¿Por qué se había aislado, incluso de este contacto? ¿Y por qué ahora salía de nuevo a la luz?

Gabrielle levantó la mirada y se encontró directamente con los ojos de Xena, cuando la reina le echó un vistazo para ver si estaba mirando. Le sonrió, obtuvo una sonrisa a cambio y luego Xena volvió a la refriega.

—No ha perdido ni un ápice. —Brendan suspiró—. Ojalá yo pudiera decir lo mismo. —Se levantó con un quejido y se dirigió al combate meneando la cabeza.


Xena terminó de jugar con sus hombres y a continuación decidió hacer una pequeña serie de complejas maniobras con la espada sólo para lucirse. Le gustaba lucirse. La ayudaba, por supuesto, el hecho de tener realmente algo con que lucirse... darse un golpe en la cabeza o tropezar sería muy embarazoso.

Xena jamás se daba golpes en la cabeza ni tropezaba en público si podía evitarlo, de modo que estaba cómoda en medio de su círculo de admiradores mientras repasaba algunos de los movimientos más avanzados que se había inventado por pura necesidad y algo de aburrimiento, encerrada en su torre a altas horas de la noche.

Si no tenías a nadie con quien practicar, tenías que inventarte otra forma de mantener tu habilidad en forma, ¿no? Además, le divertía ver la cara de Gabrielle mientras la esclava miraba cómo se lucía, y se alegraba de que la chica viera otra faceta de su destreza marcial, la que no suponía gente muerta ni cantidades inmensas de sangre en el suelo.

Era una habilidad, una habilidad que se había esforzado mucho por adquirir y de la que se sentía muy orgullosa.

Xena bailoteó hacia atrás hasta un poste, del que colgaban tiras de tela. Soltó una y la lanzó al aire, luego alzó la espada y atravesó la tela con una serie de movimientos increíblemente mínimos, afirmando las muñecas y concentrándose todo lo posible.

La hoja era un borrón. Luego bajó los brazos, soltó una mano de la empuñadura al tiempo que con la otra hacía un molinete con la larga arma y atrapó la tela cuando cayó flotando cerca de sus rodillas.

La levantó.

Parecía un copo de nieve de encaje. Xena esperó. Al cabo de un momento de pasmo, el círculo de hombres se puso a soltar vítores y gritos enardecidos. La reina fue pavoneándose hasta el muro y dejó caer la tela encima de la cabeza de Gabrielle, sobre la que se posó limpiamente, colgando sobre su nariz y dejando unos agujeros por los que asomaban sus ojos verdes.

—Toma.

—Caray. —Gabrielle sopló, ahuecando un poco la tela—. Ha sido increíble.

—Lo sé. —Xena se volvió y señaló a los hombres agitando la espada—. Venga, moveos. Os hace mucha falta el entrenamiento si no podéis manteneros a la altura de una vieja ex señora de la guerra. —Los miró severamente hasta que cogieron las armas de nuevo, esperó a oír el choque de las espadas flotando por el patio y luego se volvió y se deslizó por el muro hasta acuclillarse al lado de Gabrielle, sujetando con las manos la empuñadura de su espada.

Gabrielle apartó la tela para poder ver bien a su reina. Xena tenía la piel acalorada y cubierta de sudor y el pelo oscuro aplastado sobre la frente y, sin embargo, tenía un aspecto absolutamente maravilloso ante los ojos reconocidamente predispuestos de la esclava.

—Oye, Xena.

—¿Sííííííí? —dijo la reina con tono de guasa, sonriéndole ligeramente.

—¿Me puedes enseñar a hacer eso?

Las cejas oscuras de Xena se contrajeron.

—¿A hacer qué? —Echó una mirada a la empuñadura de su espada—. ¿Esto?

Gabrielle asintió.

—Ha sido como magia.

La reina se quedó mirando su espada un momento y luego miró de nuevo a la esclava.

—No. —Su voz adquirió un tono más suave al ver el ceño de Gabrielle—. No te conviene aprender esto, Gabrielle.

—Sí que me conviene —protestó Gabrielle.

—No. —Xena apartó una mano de la empuñadura y se la puso a Gabrielle en el hombro—. Escucha. —Hizo una pausa—. Si coges una de éstas, te conviertes en objetivo.

Gabrielle se frotó el cuero cabelludo y luego miró a la reina.

—Ya soy un objetivo —replicó, suavemente—. Quiero aprender a luchar, como ellos. —Indicó a los hombres.

Xena se apoyó la espada en la barbilla. Reflexionó un rato, siguiendo con los ojos los movimientos de los soldados que luchaban ante ellas.

—Gabrielle. —Se volvió por fin hacia la esclava—. Yo te protegeré.

—Ya lo sé. —Gabrielle presentó sus argumentos—. Pero yo quiero saber cómo protegerte a ti.

La reina enarcó bruscamente las cejas oscuras.

—Bueno, nunca se sabe. —Los labios de la esclava esbozaron una sonrisa a regañadientes—. Por favor, enséñame.

Xena frunció el ceño, pues la propuesta le resultaba de lo más desagradable. Sin embargo, tenía que reconocer que Gabrielle tenía algo de razón, puesto que Xena no podía estar con ella todo el tiempo.

¿O sí? Mmm, pensó la reina.

—Esto no. —Xena cruzó las manos en torno a la empuñadura de la espada—. Para empezar, eres demasiado pequeña y... si coges esto, tienes que ser capaz de utilizarlo. —Sus ojos se clavaron en los de la esclava—. ¿Puedes hacer eso, Gabrielle? ¿Hundir esto hasta el codo en la tripa gorda de un tipo y dejar que su sangre te corra por el brazo?

Gabrielle se encogió con una mueca.

—Ya. —Xena soltó un resoplido—. Veré si se me ocurre otra cosa con la que puedas probar.

Gabrielle se sentó cruzada de piernas.

—¿Como eso? —Señaló a uno de los soldados, que había cogido una lanza y atacaba a un compañero con ella.

—Yo estaba pensando más bien en un palo.

—¿Un palo?

Xena asintió.

—Eso no parece muy peligroso.

Los labios de la reina se curvaron en una sonrisa.

—Espera y verás. —Limpió la hoja de su espada en el costado de su túnica y la envainó con una risa suave—. Espera y verás.


—Esta noche tráeme la cena a mis aposentos. —Xena señaló juguetonamente a Stanislaus con la espada cuando se lo encontró en el vestíbulo—. ¿Ya está hecho el equipaje?

—¿El equipaje, Majestad? —El senescal se acercó corriendo, con cara de desconcierto—. ¿Es que nos vamos a algún sitio?

—Ya te lo he dicho, Stanislaus. —Xena lo miró frunciendo el ceño—. Nos vamos de gira real. Antes de que lleguen las nevadas, voy a visitar todas las puñeteras fortalezas del reino.

—¿Que me lo has dicho, ama...? —Stanislaus frunció el ceño a su vez—. Te pido disculpas, ama. No lo debo de haber oído.

—Pues límpiate las orejas —le aconsejó la reina—. Quiero que una tropa completa y todo lo que necesitemos para viajar estén listos para mañana. Date prisa.

El hombre de más edad asintió, tras dudar un momento.

—Como desees, Majestad —murmuró—. ¿Vas a ir hacia el norte o hacia el sur primero? Cuántas cosas hay que hacer... —Ahora parecía preocupado—. Hay que encargar suministros... cielos...

Se lo dije, ¿no? A Xena le entró la duda de repente. Ah, en fin. Tampoco la iba a pillar confesando que se había equivocado.

—Bueno, pues ponte en marcha —gruñó—. Prepara muchos carros. Voy a traerme muchos regalos.

El senescal se escabulló hacia la puerta de salida de la torre, que cruzó casi a la carrera. Xena se apoyó la espada en el hombro y se lo quedó mirando, luego se encogió de hombros y fue hacia las escaleras.

Un buen día, decidió mientras subía los escalones de piedra de dos en dos. Había trabajado con los hombres hasta bien pasado el mediodía y luego había visitado los establos y había pasado un rato allí causando estragos mientras inspeccionaba las condiciones de sus animales preferidos.

¿Por qué los habían tenido tan abandonados? Los mozos de cuadra sabían sin lugar a dudas lo mucho que le importaban los animales. Xena meneó la cabeza al llegar a lo alto de las escaleras y entrar en el vestíbulo redondo. Luego se detuvo. ¿Había estado tan absorta en sus actividades solitarias que los hombres simplemente se habían acostumbrado a no tener las cosas perfectas? Despacio, siguió adelante, recorriendo con los ojos los altos tapices colgantes mientras llegaba a las enormes puertas de sus aposentos. Se detuvo y apoyó la mano en el pestillo de la puerta antes de correrlo. Sí, a lo mejor era cierto.

Abrió la puerta y entró en el pasillo interior, cerrando la puerta al pasar y mirando alrededor con ojos renovados.

El espacio estaba limpio, sí, y despejado. Al fin y al cabo, Gabrielle se había estado ocupando de todo durante varios días antes de que empezaran una relación. Pero de repente a Xena el pasillo le pareció tristón y carente de interés, y se preguntó por qué se había conformado siempre con estos pocos espacios limitados del castillo.

Con un leve ceño, abrió la puerta de la estancia exterior y pasó. Se detuvo nada más cruzar la puerta, dio el mismo repaso a la habitación y vio la misma fealdad sosa que hasta entonces simplemente había pasado por alto. Los muebles eran caros y bien hechos, las paredes estaban bien cuidadas y la alfombra inmaculada, salvo por alguna que otra salpicadurilla de sangre demasiado incrustada en el tejido para poder quitarla.

—¿Sabes qué? —le dijo Xena a la habitación—. Este sitio es un puñetero aburrimiento.

Con un resoplido, dejó la espada en la mesa y se soltó las correas de su túnica de entrenamiento, rascándose la clavícula al notar el picor del sudor seco. Tenía la intención de darse un baño y lavarse, luego cenar un poco y después entregarse con la joven Gabrielle a una noche de voraces deleites sensuales.

Con un ligero bostezo, Xena abrió la puerta de su dormitorio con un hombro y contempló la cama y lo que la rodeaba.

—Sí. —Sacudió la cabeza—. Un aburrimiento. Hay que hacer algo con este sitio.

Trasladarse, tal vez, a unos de los grandes aposentos del pasillo principal que todos los nobles codiciaban.

—¿A quién podría echar, mm? —se preguntó a sí misma mientras estiraba los hombros, y se detuvo cuando el dolor de su reciente herida le impidió el movimiento—. Maldita sea. Se me había olvidado. —Se bajó la túnica de entrenamiento y dio la espalda al espejo, mirando hacia atrás para examinarse la zona.

La herida se había cerrado y lo único que quedaba ahora era una línea delgada y oscura, con una serie de moratones alrededor que se iban difuminando alrededor del omóplato. Probó a flexionar el brazo y notó la sensibilidad y el dolor al tirar de la piel.

El dolor la fastidió. Sin embargo, reconoció que podía ser mucho peor y al menos la herida ya se estaba curando. Había hecho un gran esfuerzo toda la mañana y supuso que sentir una ligera molestia era de esperar. Colocándose de nuevo la túnica, se volvió de cara al espejo, advirtiendo con una sonrisa sardónica las manchas de barro que le salpicaban los pómulos y que le daban más aire de bribona que de costumbre. Alzó la mano y se quitó una mancha, luego se pasó los dedos por el pelo endurecido de sudor y contempló el perfil anguloso que se revelaba. Decidió que los hombres habían disfrutado con su presencia. No porque les gustara que les dieran una paliza... Bueno, a algunos sí, pero en fin. Xena se echó a reír en silencio. Se alegraban de que estuviera allí porque su presencia indicaba lo importantes que eran. Eran sus hombres, ella era su reina, y el hecho de que pasara tiempo con ellos los hacía especiales.

Lo cual eran, asintió mirando su reflejo. Por alguna razón, se había olvidado de eso en los últimos años y eso, más que nada, era lo que le había dado a Bregos la ventaja a la hora de atraer a los hombres.

Bregos comprendía su carisma y había decidido imitarlo. Como los hombres a los que alistaba no la tenían siempre a ella delante, acudían a él como fuente de poder, del mismo modo que los hombres de Xena le eran fieles a ella.

Bregos.

¿Dónde estaba ese cabroncete? Xena sospechaba que se lo habían llevado del reino a las tierras de fuera, para sobrevivir si podía y recuperar toda la salud que alguien en su estado podía esperar.

Que no era gran cosa, como bien sabía Xena.

—Debería haberlo matado —le dijo la reina a su imagen.

—¿Y por qué no lo hiciste?

Xena se giró en redondo, con los instintos de punta, hasta que sus ojos confirmaron lo que sus oídos ya le habían dicho. Se relajó cuando Gabrielle entró en la habitación, llevando algo en un recipiente.

—¿Qué?

—Estabas hablando de Bregos, ¿verdad? —preguntó la esclava—. No lo mataste... pero todo el mundo se esperaba que lo hicieras. Los oí hablar detrás de mí.

Xena retrocedió un paso, desconcertada al ver que Gabrielle prácticamente la había alcanzado a hurtadillas sin que la reina se diera cuenta.

—¿Cuánto tiempo has estado ahí fuera? —preguntó bruscamente.

Gabrielle depositó su carga y se volvió, echando la cabeza ligeramente a un lado.

—¿Fuera dónde?

—En la otra habitación.

—No estaba ahí —replicó la esclava, con tono de desconcierto—. Acabo de entrar por la puerta grande, he cruzado la habitación exterior y he entrado aquí y te he oído hablar.

—Pues no... —Xena se calló y meneó la cabeza—. Olvídalo. ¿Qué tienes ahí? —Señaló el recipiente.

—Pétalos. —Gabrielle destapó el cuenco. Estaba lleno de flores de vivos colores e intenso aroma que llenaban el aire de un perfume ligero y delicioso—. He pensado que te gustaría echarlos en tu baño.

Xena arrancó un pétalo y lo olió.

—¿Estás insinuando que apesto?

—Mm... no...

—Ah... yo creo que sí.

—No, en serio. —Gabrielle se acercó y apoyó la cara en la túnica salpicada de barro de Xena. Inhaló y levantó la mirada, agitando levemente las claras pestañas—. No apestas.

Xena colocó el pétalo en la cabeza de la chica y le echó una sonrisa apaciguada.

—Está bien, trae esas puñeteras cosas ahí dentro, a ver si funcionan. —Se soltó las correas de la ropa al tiempo que se dirigía a la sala de baño.

Gabrielle cogió el cuenco y la siguió, lo dejó y rodeó a Xena para inclinarse totalmente y colocar el tapón en su sitio, tras lo cual cogió el primer cubo de agua tibia y lo echó.

—¿No lo quieres caliente?

Xena se apoyó en la bañera.

—Tú ya me pones bien caliente. El agua ya sería un exceso.

Gabrielle se detuvo a medias y la miró, al tiempo que una oleada de rubor teñía su piel a una velocidad asombrosa.

—Ahora... dime la verdad. ¿Estabas intentando pillarme por sorpresa ahí fuera? —Xena pasó la punta del pulgar por la mejilla encendida de Gabrielle.

Gabrielle dijo que no con la cabeza.

—¿De verdad?

—No, de verdad —dijo la esclava—. ¿Eso he hecho?

Xena suspiró.

—Sí. No recuerdo cuándo fue la última vez que me pasó eso —confesó—. No me gusta. Tengo que confiar en que soy capaz de saber si alguien hace algo así. —Un poco turbada, cogió otro cubo de agua y lo vació.

—Bueno. —Gabrielle cogió un tercer cubo—. Estabas concentrada... a lo mejor sólo es que estabas pensando mucho. Yo a veces lo hago. Me enfrasco tanto en un poema o en un pájaro o... —Se le apagó la voz cuando Xena se quitó la túnica y se quedó desnuda ante ella—. O... mm...

—Ya veo —dijo Xena, sofocando una risa.

—Sí. —Gabrielle no apartó los ojos y esbozó una ligera sonrisa burlona—. Yo también.

La reina la miró.

—¿Qué?

Los ojos verdes se alzaron inocentes.

—Nada. —Se inclinó para coger otro cubo.

Xena suspiró.

—A lo mejor es que me estoy haciendo vieja. —Probó el agua, que estaba agradablemente fresca al tacto—. Los reflejos no pueden durar para siempre, ¿eh? —La reina cogió el cuenco de flores, las echó dentro y se quedó mirando desconcertada mientras se esparcían agitadas por toda la superficie del agua—. Flores en mi baño, esclavas adorables que me pillan por sorpresa... mis aposentos son un aburrimiento... la vida se está yendo al Hades, ¿verdad?

—Mm.

Xena se metió de un salto en la bañera, salpicándolo todo de agua y pétalos, echándole una ola de agua encima a Gabrielle y dejándola chorreando en el sitio. Alargó la mano, le quitó de la nariz a la chica un pétalo empapado y sonrió.

—Más tarde vas a practicar acercarte a mí a hurtadillas, a ver si estoy perdiendo facultades. No olvides quitarte las botas.

Gabrielle sopló para apartarse el pelo mojado de los ojos y miró hacia abajo.

—Algo más que las botas.

—Ooh. Acecho al desnudo. Todavía mejor. —Xena se puso a frotarse los brazos, tras haber recuperado el buen humor—. Va a hacer calor en el tocador de la reina esta noche. —Lanzó un puñado de agua a Gabrielle, que ésta no esquivó.

Xena se rió por lo bajo, se reclinó y observó las flores flotantes que se acumulaban contra sus pechos.

Volvió a reírse.


—¿Qué opinas, Gabrielle? ¿A que este sitio es un aburrimiento? —Xena estaba tumbada boca arriba sobre la gruesa alfombra de piel de oso y el fuego crepitaba alegremente a su lado.

Gabrielle se apartó a medias de la chimenea, lamiéndose los dedos, y miró a la reina con aire inquisitivo.

—¿Un aburrimiento? —preguntó—. ¿Esto? ¿Contigo aquí? —dijo con tono incrédulo.

Los ojos azules de Xena la miraron risueños, con su tonalidad clara oscurecida hasta el añil a la escasa luz.

—Vaya, Gabrielle. Qué aduladora.

—Bueno. —Gabrielle la miró parpadeando—. Es cierto. Si esta habitación fuese seis veces más grande, seguirías llenándola de pasmo. —Se reclinó junto a la reina y se apoyó en el codo, observando el parpadeo de las oscuras pestañas de Xena al reaccionar ante lo que había dicho—. ¿Te estás poniendo colorada?

—No —replicó Xena automáticamente.

—Yo creo que sí. —Gabrielle alzó la mano y le tocó la mejilla a la reina—. Estás toda caliente.

—Es el fuego.

Gabrielle tocó osadamente los labios de la reina con la punta de los dedos y no le sorprendió que Xena le mordisqueara la piel.

—A mí no me parece que esto sea aburrido, pero sí creo que podrías tener un sitio que fuera más como tú.

—Ah. —Xena pasó la mano por el muslo desnudo de la chica—. Sí, tal vez —asintió—. Un par de potros de tortura en el rincón, cadenas colgando del techo, una mancha de sangre o dos en las paredes... acogedor, ¿eh?

—Tsss. —Gabrielle decidió arriesgarse un poco. Las manzanas se estaban asando al fuego, desprendiendo un leve aroma a canela caliente por el aire, y lo aspiró al tiempo que se tumbaba despacio, apoyando la cabeza en la tripa de Xena y contemplando a la reina por encima de la elevación de su pecho—. Yo creo que tus habitaciones deberían tener unos tapices grandes y llenos de colores... con escenas maravillosas, de caballos, árboles...

—Batallas —bromeó Xena.

—Pájaros y flores —respondió Gabrielle—. Y muchos paisajes bonitos.

Los labios de la reina esbozaron una leve sonrisa. Volvió la cabeza sobre la blanda almohada que tenía detrás para mirar el fuego y luego miró de nuevo la cara de Gabrielle.

—Mañana, tú y yo haremos un recorrido de esta ratonera y elegiremos un nuevo alojamiento. Luego tú lo decoras. ¿Qué te parece?

Gabrielle parpadeó un poco sorprendida. No le parecía una decisión para la que Xena necesitara su opinión, pero estaba muy contenta de que le pidiera que formara parte de ello.

—Vale. —Sonrió de oreja a oreja.

—Nada de fruncidos y volantes. —Xena le puso un dedo en la nariz.

—Jamás. —Gabrielle negó solemnemente con la cabeza.

—Nada de corderos haciendo cabriolas por ahí.

—¿Ni siquiera uno? —bromeó la esclava—. Ah, vamos, Xena. Haré que pinten uno en el rincón más oscuro. Ni siquiera lo notarás.

La reina se rió suavemente.

—Me has convencido —dijo—. Pero el nombre se lo pongo yo. —Le resultaba muy extraño estar hablando así, compartiendo esta decisión concreta con otra persona como lo estaba haciendo con Gabrielle. Dándole a elegir dónde iban a vivir las dos.

Las dos.

Nosotras. Los pensamientos de Xena se perdieron en el tiempo. Nunca hasta entonces había habido un "nosotros". Ni siquiera con Liceus, a pesar de la intimidad que había tenido con su hermano pequeño, había habido un "nosotros".

—¿Xena?

—¿Mm? —La reina se olvidó de ese pensamiento y bajó la mirada a lo largo de todo su cuerpo.

—Hoy he estado hablando con Jellaus y me ha dicho que podía enseñarme a ser bardo —dijo Gabrielle—. Me gustaría mucho aprender eso también.

Xena recordó la noche anterior.

—No sé cuánto podría enseñarte o cuánto desea que le enseñes tú a él —comentó, con una sonrisa—. Pero Jell es un buen hombre. Consigue todo lo que puedas de él.

—Le caes bien.

—Sí, es cierto —reconoció la reina—. Una de las poquísimas personas que hay en el mundo a las que les caigo bien, sin tener muchos motivos para ello. Su padre era el juglar que había aquí cuando me hice con el control.

—Oh. —Gabrielle se preguntó qué había sido de él—. ¿Y él heredó su puesto?

Xena se quedó callada un momento.

—Su padre se encariñó con Liceus. Lo usaron para atraer a Li al patio la noche en que lo mataron. —Cogió la mano de Gabrielle y la sujetó, entrelazando los dedos con los de la chica—. Se mató cuando descubrió lo que había pasado. Yo nunca lo culpé, pero dio igual.

—Oh.

—Fue uno de los pocos del régimen anterior que se adaptaron al cambio —dijo Xena—. Puse a la madre de Jell en mi nómina y me aseguré de que estuviera bien cuidada hasta que él fue mayor y ella murió. Buena gente. —Hizo una pausa—. No me los merecía.

Gabrielle oía el latido del corazón de Xena, al tener la oreja pegada a la tripa de la reina. Xena levantó los ojos y se encontró con los suyos.

—Y no te merezco a ti. Pero ahí está él, aquí estás tú... —El tono de Xena era suave y pensativo y encogió un hombro—. He matado y hecho daño a tanta gente que supongo que ya da igual lo que me pase en esta vida. Mi barca va a atracar en la orilla del Tártaro de todas formas.

Gabrielle nunca había visto a nadie que pareciera tan solo como lo parecía Xena en ese momento.

—Eso no lo sabes con seguridad —soltó, con la voz un poco ronca—. Tienes toda la vida por delante, Xena. No sabes el bien que puedes hacer.

—La gente como yo no tiene una vida larga, Gabrielle —le dijo Xena—. Si se puede hacer el bien, serás tú quien lo haga. No yo. Yo no hago el bien. Sólo hago lo que tengo que hacer, hago lo necesario para mantenerme en la cima.

—No me lo creo —dijo Gabrielle.

—Ya lo sé. —La reina suspiró—. Jellaus tampoco. Debéis de estar emparentados.

Gabrielle se incorporó y se sentó, les dio la vuelta a las manzanas y volvió a tumbarse.

—A lo mejor, en cierto modo —dijo—. Los dos escuchamos nuestros sueños.

Xena soltó una leve carcajada.

—Yo no sueño —dijo—. Si oyes suficientes gritos, dejas de soñar al cabo de un tiempo. —Tomó aliento y miró a su alrededor, claramente incómoda—. Se suponía que a estas alturas teníamos que estar en pelota picada y embadurnadas de miel. ¿Qué ha pasado? —se quejó.

Gabrielle dobló la mano y frotó la tripa de la reina con la yema de los dedos, consolándola sin decir nada. Pero al observar la cara de Xena, se dio cuenta de que la fachada fría regresaba sólo a medias y comprendió que se había colado un poco más dentro del enigma que era Xena la Despiadada.

Decidió no insistir.

—Bueno —dijo Gabrielle con tono despreocupado—. Tengo un poco de miel, pero está en las manzanas y están bastante calientes.

—Ahh... —Xena se relajó ligeramente—. Perverso, pero este año no me va eso de marcar a fuego. —Echó una mirada hacia la chimenea—. Por otro lado, huelen bien. Sácalas.

La esclava le soltó la mano de mala gana y se sentó para recoger las golosinas. Metió con cuidado las manzanas asadas en un cuenco de madera y retrocedió a rastras hasta donde estaba reclinada Xena, llevándose una cuchara.

—Mm. —Xena se puso de lado y levantó las rodillas, creando un pequeño nicho para que Gabrielle se sentara, y luego se enrolló alrededor de la chica—. ¿Qué tenemos aquí?

Gabrielle se apoyó en su prestigioso respaldo y cogió una cucharada de manzana, que le ofreció a Xena con gesto incitante.

—Prueba.

La reina se echó hacia delante y mordió un poco de lo que había en la cuchara. Volvió a su posición y masticó pensativa.

—Ja.

—¿Y bien?

—Horrible —dictaminó Xena.

Gabrielle se quedó mirando el cuenco confusa y consternada. Había estado segura de que a la reina le iba a gustar el dulce, uno que su madre les hacía a menudo a Lila y a ella durante las largas y frías noches de invierno.

—Es una pena, pero voy a tener que asegurarme de que no te expones a esto. —Xena alargó la mano y se apoderó del cuenco, atrayéndolo hacia ella—. Voy a tener que comérmelo yo todo. —Alcanzó la cuchara—. Dame.

—Oh. —Gabrielle se echó a reír, le pasó el cubierto y se quedó mirando a la reina mientras ésta atacaba el dulce—. Qué graciosa eres a veces.

—Tú sigue así y puede que te dé un poco —le dijo Xena con la boca llena. Hizo una pausa y miró a Gabrielle, con un brillo risueño claramente visible en los ojos—. Es broma. —Cogió un poco de manzana y se lo ofreció a la chica—. Toma.

Gabrielle lo tomó y luego se arrimó un poco más, apoyando el codo en el costado de Xena mientras compartían el cuenco, sin hablar y dejando que la música del fuego derramara su paz sobre ellas.

Pensó en lo que le había dicho Xena y pensó en lo que le había dicho Xena sin palabras. Se preguntó si lo que había dicho la reina era realmente cierto... que había hecho tantas cosas en la vida horribles y violentas que estaba destinada a pasar la eternidad en las llamas ardientes del Tártaro.

Gabrielle no se lo creía. Al contemplar el perfil de Xena, iluminado por el fuego, veía su nobleza empañada y sabía, maldita sea, en el fondo sabía que había algo bueno dentro de Xena que saldría a la luz si la reina lo permitía.

Por supuesto, la pregunta era: ¿lo permitiría? ¿O su propia creencia en su maldad le arrebataría esa posibilidad? No, decidió Gabrielle. Sólo necesita un poco de ayuda.

Metió el pulgar en la manzana caliente, lo sacó y untó un poco la nariz de Xena, sorprendiendo a la reina.

—Ooh. —Se inclinó y se la limpió besándola, luego bajó un poco y besó a Xena en los labios para asegurarse.

Las dos se echaron a reír y Xena meneó la cabeza, tras lo cual siguió compartiendo la manzana.

Sólo un poco de ayuda.

¿Y dónde, la pinchó de repente su conciencia, vas a acabar tú, Gabrielle?

Gabrielle masticó un bocado y en ese momento los ojos de Xena se alzaron de repente y se encontraron con los suyos y por primera vez sintió que había algo entre ellas. ¿Era un entendimiento? Contempló el alma claramente visible que la miraba a su vez y se dio cuenta de que lo que le pasara a Xena en última instancia y dónde acabara eran cosas que le importaban mucho.

Mucho.

—¿Te queda algo de miel? —ronroneó Xena—. Se me ocurren otros rinconcillos donde me gustaría echarla.

Mucho.

Gabrielle señaló una jarrita cerca del fuego y sonrió.


Era tarde. Gabrielle estiró los brazos, saboreando la relajación sensual de su cuerpo al salir al vestíbulo circular para dar un paseíto y pensar. Fue rodeando la circunferencia de la gran estancia, deteniéndose con frecuencia para contemplar los gruesos tapices colgantes.

¿Qué escenas debían tener en su nuevo alojamiento? Gabrielle se detuvo para estudiar la imagen de una batalla cerca de la amplia escalera, cuyos colores se habían transformado en marrones y ocres por la luz vacilante de las antorchas. Deberían tener imágenes de cosas bonitas, decidió. Todos esos caballos en fila tenían un aire muy regio, pero sabía que lo siguiente que iba a ocurrir era que cargarían los unos contra los otros y la gente y los animales sufrirían y morirían.

¿Por qué celebrar eso?

Decidió que un buen tapiz de la fortaleza de Xena, rodeada de las bonitas y ricas tierras y el fértil valle de debajo sería mejor. Se sentó en uno de los austeros bancos almohadillados y dirigió la mirada hacia el cubículo donde había vivido hasta hacía poco.

Su vida había cambiado para bien. Ahora ya no le cabía la menor duda. Gabrielle apoyó la cabeza en la fría pared de piedra y se frotó los brazos desnudos con las manos al tiempo que su cuerpo saciado sentía un profundo contento. Pensó que tal vez la de Xena también había cambiado para bien, y se preguntó qué pensaba la reina de verdad sobre ellas dos.

Ellas. Gabrielle sintió un vértigo de felicidad por estar incluida en los planes de mudanza de la reina. No sólo incluida, sino con la responsabilidad de elegir las cosas. Le daba una sensación de tener un sitio propio en esta extraña unión entre las dos, algo que iba más allá de lo que era ella y lo que era Xena y de lo que eran sus respectivas posiciones.

Era agradable.

Gabrielle bostezó, luego subió las rodillas y se quedó un rato contemplando los tapices, preparándose para regresar a los aposentos de la reina, donde había dejado a Xena terminándose lo que quedaba de las manzanas después de que hubieran hecho una pausa muy larga en el curso de la cual habían acabado poniéndose absolutamente perdidas.

Para ser alguien que había empezado con tan poquísima experiencia, se estaba aficionando mucho y muy rápidamente a hacer el amor. Gabrielle sonrió con sorna al descubrirse preguntándose si podría convencer a la reina para emprender otra sesión. Sólo de pensarlo... Cerró los ojos.

—Gabrielle.

La voz masculina le hizo levantar la cabeza y mirar bruscamente a la izquierda para descubrir a Toris al final de la escalera ancha.

—Oh. —Recordó lo que le había dicho horas antes—. Hola.

Él cruzó el vestíbulo y se sentó a su lado en el banco.

—Es tarde.

Gabrielle asintió.

—Sí. Estaba a punto de volver dentro. Creo que mañana vamos a tener un día muy ajetreado.

Toris se rió por lo bajo.

—Eso es cierto. El duque tiene a todo el mundo de cabeza preparando sus caballos para la gira real. ¿Tú vas?

—Sí. ¿Y tú?

—Eso creo —dijo—. ¿Sabes qué dirección van a tomar? ¿O dónde van a ir primero?

Gabrielle repasó lo que sabía.

—No —dijo—. Xena no ha dicho nada. ¿Por qué?

—Me preguntaba si tenía que guardar mi manto más abrigoso o llevarlo puesto. —Toris se echó a reír de nuevo—. Hacia el sur, el camino es más fácil y hace más calor. Hacia el norte, están las montañas y el invierno llega antes.

—Oh, muy lógico. —Sonrió—. Ojalá te lo pudiera decir... supongo que mañana lo averiguaremos.

Toris miró a su alrededor y sonrió a medias.

—Efectivamente.

Hubo un breve silencio y luego Gabrielle carraspeó.

—Bueno... mm... ¿de qué querías hablarme?

Toris echó un poco las botas hacia delante, apoyando las manos en sus polainas bien ajustadas.

—Las cosas están cambiando —dijo—. Quería decirte que lamento haberte presionado tanto antes. No fue justo.

Ah. Gabrielle le echó una sonrisa más amistosa.

—Tranquilo. Creo... creo que simplemente estabas haciendo lo que te parecía correcto. Yo también.

Él asintió despacio.

—Sigo creyendo que hacía lo correcto —continuó—. Sé que piensas que estás en un buen sitio, Gabrielle, pero te equivocas. Sólo es cuestión de tiempo que se vuelva contra ti, y creo que eres lo bastante lista como para saberlo.

Gabrielle contempló sus recuerdos, esa alma lejana que la miraba tristemente desde esos ojos azules.

—¿Por qué dices eso, Toris? Tú no la conoces.

—Sí que la conozco —susurró Toris—. Mejor de lo que te puedes llegar a imaginar. Créeme, Gabrielle. Es cierto. Te usará para su propio placer hasta que se canse de ti y entonces te quedarás sin nada.

¿Era cierto? Gabrielle se daba cuenta de que la naturaleza inquieta e impaciente de Xena se podía llegar a cansar de las cosas, y de todas formas ella no tenía mucha experiencia para poder juzgar.

—¿Toris?

—¿Sí? —Se acercó más a ella, animado por el tono pensativo de su voz.

Gabrielle se volvió y lo miró directamente a los ojos.

—¿A ti qué te importa? ¿Es que quieres acostarte con ella y tienes celos o qué?

Era lo último que se esperaba oír y se quedó claramente boquiabierto.

—Es decir, no es que me conozcas, así que, ¿de qué vas? —preguntó Gabrielle con franca curiosidad—. Incluso si lo que dices es cierto, sería una idiota si le diera la espalda, así que, ¿qué es lo que esperas de mí?

Él se la quedó mirando.

—Escúchame. —Gabrielle alargó la mano y lo agarró de la túnica, acercándolo—. No puedo preocuparme por el futuro, Toris. No puedo cambiarlo. Lo único que sé es que ahora mismo, estoy donde quiero estar, y si intentas fastidiarme, me voy a enfadar mucho contigo.

—Gabrielle. —Toris soltó aliento—. Estoy intentando salvarte la vida.

Gabrielle lo miró a la cara intensamente.

—Es mi vida —respondió por fin—. Me la jugaré.

Meneando la cabeza, él se soltó de su mano y se levantó.

—¿Te ha pegado ya, Gabrielle? ¿Te ha atado? ¿Se ha entretenido cortándote con su puñal? Ésa es la clase de persona que es. ¿Y tú?

Gabrielle se levantó y lo rodeó, dirigiéndose a la puerta de la reina.

—En realidad, acabamos de terminar unas manzanas asadas y creo que voy a ver si la convenzo para hacer una pelea de almohadas. —Se detuvo ante la puerta y se volvió para mirarlo—. Te equivocas, Toris. No la conoces en absoluto. Ni por asomo como la conozco yo.

Abrió la puerta y se deslizó dentro, cerrándola al pasar con sólida finalidad.

—Necia ciega. —Toris soltó aliento, sacudiendo la cabeza, y se dirigió a la escalera—. Estúpida necia ciega.


Gabrielle se pasó los dedos por el pelo mientras trotaba por la estancia exterior y entraba en la interior, en cuyo aire aún se percibía el aroma a canela. Xena estaba despatarrada en su gran butaca cerca del fuego, con la cabeza apoyada en el puño y los ojos perdidos en las llamas.

Estaba vestida con una simple camisa, cuyas sencillas líneas hacían honor a su alta figura, y llevaba el pelo suelto y caído por los hombros.

Xena levantó la cabeza y la volvió cuando Gabrielle se acercó.

—Ah... ahí estás. Estaba a punto de hacer sonar las alarmas.

Gabrielle se acomodó en la alfombra al lado de la butaca.

—¿Por qué? ¿Crees que me escaparía?

La cara de Xena se contrajo levemente y echó la cabeza a un lado.

—N... no —dijo—. Creía que a lo mejor te había raptado alguien.

—Yo no me escaparía —le dijo la esclava.

—No lo harías —asintió Xena—. Está llegando el invierno y no eres estúpida. Aquí hace calor y tienes tres comidas completas al día.

Gabrielle apoyó la cabeza en la rodilla de Xena. Notó que la mano de Xena le tocaba la cabeza y no tardó en llegar la sensación relajante de sus dedos al frotarle ligeramente el cuero cabelludo.

—¿Xena?

—¿Mm?

—Incluso si estuviéramos a mitad del verano y sólo tuvieras pan duro para comer, me quedaría aquí. —Se volvió y miró a la reina—. Quiero estar contigo.

—¿Sí?

Gabrielle asintió.

—Estar contigo me hace muy feliz. —Observó la cara de la reina—. Me gustas mucho.

—¿Te gusto? —Xena alzó las cejas.

—Es distinto. —Gabrielle rodeó la pierna de Xena con un brazo y le recorrió la piel suave con los dedos—. Es distinto de querer a alguien.

—Es ser amigas —dijo Xena, suavemente.

Gabrielle asintió.

—Ah —reconoció la reina—. Es... muy distinto tener una amiga. —Se quedó callada largo rato, mientras contemplaban juntas las llamas—. Pero creo que me gusta —susurró por fin la reina.

—A mí también.

—¿Aunque tu nueva amiga sea una maníaca homicida?

La esclava se volvió y levantó la mirada hacia ella.

—Bueno, es que lo soy —dijo Xena con tono de guasa, curvando los labios en una sonrisa sardónica.

—No siempre lo tienes que ser, ¿verdad? —preguntó Gabrielle—. La violencia no es la mejor forma de solucionar las cosas.

La reina suspiró.

—Es la más rápida —se quejó.

Gabrielle se limitó a mirarla a los ojos.

El expresivo rostro de Xena hizo una mueca irónica.

—Ah, está bien. Me lo pensaré —concedió—. Ahora que ya he machacado a unos cuantos y he metido a los conspiradores en cintura. —Sus dedos se deslizaron hacia abajo y siguieron el contorno de la cara de Gabrielle—. Qué Tártaro. Siempre estoy dispuesta a probar algo nuevo. —Una pausa—. Incluso a una pastora virgen. Menuda racha llevo este año.

Gabrielle cerró los ojos y frotó la rodilla de Xena con la nariz. Acarició la parte interna de la pierna de la reina y oyó una risa suave y grave detrás de ella.

Bueno, no era un gran comienzo, pero era un comienzo. Gabrielle se irguió y se volvió, se deslizó entre las rodillas de Xena y depositó un beso delicado en la parte interna de su muslo. Se echó hacia delante cuando la reina entrelazó los dedos por detrás de su nuca y rodeó la cintura de Xena con los brazos cuando Xena tiró de ella para besarla.

—Mmmm... —murmuró la reina en los labios entreabiertos de Gabrielle—. Por ahora está siendo una racha estupenda.

Gabrielle se dejó llevar por la necesidad de estar cerca de ella y metió las manos por debajo de la ligera camisa, notando el calor de la piel de Xena en las palmas al acariciarla delicadamente. Debajo de esa piel, los músculos se movieron, agitándose y flexionándose cuando el acero que había debajo del terciopelo hizo acto de presencia y Xena se levantó, cogiéndola en brazos y acunándola como si fuera una niña.

La fuerza de Xena era impresionante. Gabrielle notó la facilidad con que la reina la levantaba, en el momento en que Xena se dio la vuelta y se encaminó hacia la gran cama, sin tropezar ni una sola vez, aunque estaban en medio de un apasionado beso.

Gabrielle sabía que si Xena quisiera, le podría hacer todo lo que le había dicho Toris y más.

Podría. ¿Pero querría?

—¿X... xena?

La reina se lanzó hacia la cama, saltando por el aire y aterrizando con ella en un revoltijo de cuerpos y extremidades en el centro de las sábanas. Dio la vuelta a Gabrielle y le lamió la clavícula y siguió subiendo para mordisquearle los labios, y por fin la miró a los ojos.

—¿Síííííííí?

Por un instante, Gabrielle contempló los ojos llenos de pasión que la miraban desde arriba, seductores y listos para llevarlas a las dos al éxtasis. Y entonces pensó que ya tenía la respuesta, al menos por ahora.

—¿Eres una hedonista?

—Aaaabsolutamente. —Xena se quitó la camisa por encima de la cabeza y bajó el cuerpo, frotando su piel desnuda contra la de Gabrielle—. ¿Quieres que te enseñe eso también?

—Aahn. —Gabrielle rodeó la espalda de Xena con los brazos y la pegó más a ella, deseosa de sentir su cuerpo sobre cada centímetro del suyo. Era tan gozoso que casi no podía respirar. Deslizó las manos hacia arriba y acarició los pechos de Xena cuando la reina pegó su tripa a la de ella.

—¿Mm? —Xena le mordisqueó el cuello.

—S... sí.

—Eso me parecía a mí que querías decir. Ven aquí.


PARTE 15


Volver a La Conquistadora
Ir a Novedades