Nota de Atalía: En esta parte, Xena le toma el pelo a Gabrielle preguntándole si tiene cerezas y cuando Gabrielle le dice que sí, Xena le contesta que ya no. No he encontrado una forma equivalente de hacer este doble sentido en español, así que lo explico de antemano: en inglés la palabra "cereza", aparte de a la fruta, se refiere al virgo o himen, y existe la expresión, bastante vulgar, "reventar la cereza", que quiere decir "desvirgar". De ahí la broma de Xena, tan fina ella.


13


Xena caminaba despacio por la pasarela, disfrutando del sol en la cara y el viento frío a la espalda. Miró a su acompañante de reojo y sonrió levemente al ver la expresión de interés de Gabrielle.

—¿Qué tal las piernas?

Los neblinosos ojos verdes miraron hacia abajo y luego se volvieron hacia ella.

—Oh, están bien —dijo Gabrielle—. Mm... ¿dónde vamos?

—Abajo —le dijo Xena—. Tengo que ir a la corte y esto me ha parecido más fácil que saltar por la ventana.

—Mm... vale, es que nunca he venido por aquí y me preguntaba... —Gabrielle pasó los dedos por los muros cubiertos de musgo.

—Ahhh... siempre curiosa. —La reina la llevó por un nuevo sendero, donde los muros que tenían a ambos lados se alzaban hacia el cielo y situado entre ambos extremos había un arco de hierro forjado. Xena se detuvo ante el portón, corrió el cerrojo, lo abrió con un chirrido de protesta e hizo un gesto señalando hacia dentro—. Vamos.

Gabrielle la miró y luego entró por el portón. Se detuvo a media zancada y miró encantada y asombrada a su alrededor al descubrirse dentro de un exuberante y hermoso jardín.

—¡Oh! —suspiró, abriendo mucho los ojos. Había flores de todos los colores imaginables y hierbas aromáticas y árboles cargados de fruta que colgaba por encima de los grandes parterres—. ¡Oh, cielos!

Xena se apoyó en el muro, mirándola con una leve sonrisa. Tenían que ir a la corte de la mañana y, de hecho, ya llegaban un poco tarde, pero se había acordado de este lugar mientras caminaban y había decidido enseñárselo a su encantadora compañerita de cama.

El jardín era agradable, suponía. Era donde los cocineros cultivaban todas las hierbas que usaban y la fruta y las verduras para la cocina real. Estaba rodeado por muros y el agua del pozo suministraba humedad a la tierra rica y oscura, de forma que incluso cuando los campos de alrededor morían durante el invierno, esta pequeña parcela de tierra permanecía fértil. El aire estaba cargado del aroma a cosas en crecimiento y era apacible como pocos lugares lo eran en su reino.

Gabrielle atrapó un puñado de flores y acercó la cara a ellas, absorbiendo su aroma y soltando un arrullo. Luego eligió una, la arrancó con cuidado, regresó donde Xena y se la ofreció con timidez.

La reina aceptó la flor, la olisqueó y luego le dio vueltas entre los dedos.

—¿Y esto?

—Porque sí. —Gabrielle se volvió y aspiró una profunda bocanada del aire perfumado—. Este sitio es una preciosidad. —Se acercó a un árbol rebosante de albaricoques y tocó uno, luego se volvió y miró a Xena.

—Adelante. —Xena siguió dando vueltas a la flor mientras observaba cómo elegía la fruta, sabiendo que una parte del suculento objeto no tardaría en llegar a ella. Así era Gabrielle, según había descubierto. A la esclava le encantaba compartir. Lo cual era muy cómodo, porque a Xena no le gustaba nada—. Venga. Vamos a la corte. Podemos volver aquí más tarde si quieres.

—¿Si quiero? —Gabrielle se echó a reír—. Me encantaría vivir aquí. Es increíble. —Dividió el albaricoque en dos y le ofreció la mitad a Xena—. ¿Tú pasas mucho tiempo aquí?

La reina resopló, al tiempo que sostenía el portón abierto.

—No. Me muero de aburrimiento, pero sabía que a ti te iba a gustar. —Mordisqueó la aromática fruta mientras seguía a Gabrielle al interior del pasillo y apoyó el antebrazo en el hombro de la esclava mientras caminaban—. Escucha... cuando dejemos instalado a mi presunto heredero, haremos una visita a todo este lugar. Ya va siendo hora de que haga una inspección.

—Vale. —Gabrielle dio un bocado al albaricoque, que estaba jugoso y muy dulce—. Me gustaría ver todos los rincones y recovecos. Seguro que se cuentan historias de este sitio. —Y añadió—: ¿Podemos hacer una comida campestre en el jardín?

—Claro —replicó Xena sin pararse a pensarlo. Entonces se dio cuenta de lo que había dicho y frunció el ceño. ¿Ella iba a hacer una comida campestre en el jardín?

—Caray... sería estupendo —dijo Gabrielle—. ¿Crees que a los nobles les molestará lo de Lastay? Parece que a muchos les cae bien, por lo que les oí decir a sus siervos la otra noche.

Comida campestre. Xena soltó aliento.

—No creo que se lo esperen —dijo—. Además, eso les va a bajar los humos a los capullos que más ganas tienen de quitarme de en medio. Uno de los motivos de más peso que tienen para agitar las aguas es que no tengo heredero —explicó, cuando entraban en la parte principal del castillo—. Así que les voy a dar uno... y no es lo que se esperan.

Gabrielle reflexionó sobre lo que había dicho la reina mientras la seguía hacia la gran escalera que llevaba a la sala de audiencias formal. En lugar de su túnica negra, hoy llevaba una abrigosa camisa de lana de Xena, con un cinturón de cuero repujado alrededor de la cintura que convertía a la camisa más bien en un vestido de buen corte que le llegaba hasta las rodillas. Le daba una sensación agradable y olía a Xena y mientras caminaba iba tocando el tejido y sonreía.

Las cosas estaban mejorando. Cuando estaba cruzando el pasillo superior mientras Xena se ponía su bella toga, había oído hablar a dos de los siervos, que cuchicheaban emocionados sobre el rescate de la esposa de Lastay. Oyó cómo mencionaban el nombre de Xena y, por primera vez desde que estaba en la fortaleza, el tono al decirlo no era como si fuese una maldición. Se lo había dicho a Xena y, aunque la reina se limitó a soltar un resoplido risueño, le dio la impresión de que a Xena le parecía estupendo.

Y ahora había visto el jardín más bonito que se podía imaginar. Se terminó el albaricoque y se lamió el jugo de los dedos, pensando ya con ilusión en la comida campestre y en la idea de pasar unos momentos de paz con la reina a la sombra de esos árboles.


La sala ya estaba atestada cuando entraron. Xena avanzó con aire imponente y el gentío se apartó como de costumbre, pero detectó un matiz de respeto añadido en las reverencias, y su ego sonrió encantado. Subió sin esfuerzo los escalones que llevaban hasta su trono y se volvió, dejando que los pliegues de su toga giraran a su alrededor al tomar asiento en el centro exacto del trono.

Despacio, volvió la cabeza para observar a la multitud y posó los ojos por fin en la pequeña figura de Gabrielle, situada con los demás siervos cerca de la pared del fondo. Xena se llevó dos dedos a la boca y emitió un penetrante silbido y sonrió cuando la cabeza de su esclava se volvió de golpe y los neblinosos ojos verdes se fijaron en ella. La reina alzó una mano y dobló el dedo índice indicándole que se acercara.

Gabrielle fue hacia allá, abriéndose paso con timidez entre la masa de nobles, ajena a todas las miradas posadas en ella. Subió trotando los escalones hasta llegar al lado de Xena y apoyó una mano en el brazo del trono, ladeando la cabeza con curiosidad.

—¿Deseabas algo?

Xena le sonrió.

—A ti, constantemente —ronroneó—. Coge tu hoja de nenúfar y siéntate, ratón almizclero.

Gabrielle reprimió su propia sonrisa cohibida, cogió su escabel, lo colocó al lado del trono de la reina y se sentó en él. Le dolían las piernas sin la menor duda, pero el masaje de Xena había hecho maravillas y si estiraba las botas un poco hacia afuera y cruzaba los tobillos, estaba bastante bien.

Los dedos de Xena jugueteaban con el pelo de su esclava mientras la reina contemplaba a su público y hacía una señal al mayordomo para que abriera la sesión. Las caricias relajaron a Gabrielle, que observó con profundo interés cuando el mayordomo golpeó el suelo con su larga vara.

—Atención, atención —proclamó el hombre—. Su Majestad, Xena la Despiadada, os ha convocado a todos aquí para anunciar algo muy importante. —Se volvió a medias y miró a Xena, que le hizo un gesto con los dedos de la mano libre—. Su Majestad va a hablar.

Todos los ojos se volvieron hacia Xena. Se hizo un silencio expectante que fue en aumento cuando ella se irguió en su asiento y paseó la mirada por encima de todos ellos.

—He decidido —dijo gravemente—, tras meditarlo bien...

Gabrielle observó los distintos grupúsculos de nobles que estaban juntos. Vio a Lastay a un lado de la sala, esperando apaciblemente. Al otro lado de la sala estaban algunos de los hombres que sabía que habían respaldado a Bregos y que miraban a la reina con desconfianza y atención.

—Nombrar a un heredero —terminó Xena despacio, arrastrando las palabras.

La sala se quedó estupefacta. Gabrielle se dio cuenta de que era lo último que se esperaban que dijera y también vio que no todos estaban contentos.

—¿Un heredero, Majestad? —preguntó el más anciano de los duques, dudando—. Sin duda no tienes necesidad de nombrar a un heredero, dada tu belleza.

Xena le echó una mirada tolerante, pero severa.

—Ah, Jeren, lo cierto es que soy tan increíblemente bella que ningún hombre podría estar jamás a mi altura. Así que... ¿qué puedo hacer?

Un murmullo bajo fue extendiéndose por la sala. Xena esperó a ver si alguien más tenía algo inteligente que decir, luego pensó que le iban a salir canas si seguía esperando y continuó.

—Me gustaría que todos asistierais a un gran banquete esta noche, donde tengo intención de nombrar oficialmente a mi heredero y sucesor. Podéis traer regalos.

Todos los duques se miraron entre sí.

—¿Es uno de nosotros, Majestad? —preguntó Jeren, con tono quejumbroso.

—¿Uno de vosotros? Por supuesto que no. Es mi pequeña Gabrielle —contestó Xena—. Le gusta la fruta y la ropa bonita. No os olvidéis de traer montones.

Un silencio sepulcral, acompañado de la mirada desorbitada de Gabrielle.

—Estúpidos. Sí, uno de vosotros —bufó la reina—. ¿Acaso creéis que la castigaría con el suplicio de vuestra presencia? Ni en esta vida ni en ninguna otra. —Colocó una mano en el hombro de Gabrielle—. De modo que tenéis todo el día para haceros a la idea. Habéis querido que os dé un futuro, muy bien, pues cuidado con lo que pedís.

La noticia había causado revuelo, sin duda alguna. Xena se reclinó, satisfecha de sí misma. Estaba claro que había pillado desprevenidos a los secuaces de Bregos.

Sin embargo.

—Majestad. —Evgast se acercó pesadamente—. Quisiera llamar tu atención sobre un suceso horrible, sin ánimo de menoscabar tu excelente y felicísimo anuncio.

—¿Ah, sí? —Xena cruzó los tobillos—. Dime.

—Majestad, mi castillo fue atacado anoche —afirmó Evgast—. Por una legión.

Xena recorrió su propio cuerpo con la mirada, luego volvió la cabeza y miró a Gabrielle. Se le escapó la risa.

—¿Una qué?

—Una legión de hombres, Majestad. Invadieron mi hogar y mataron a mis hombres. Exijo justicia.

La reina apoyó la barbilla en el puño, mirándolo en silencio. Dejó que el silencio se alargara y se apoderara de toda la sala, consciente del profundo interés, sobre todo por parte de los partidarios de Evgast.

—¿Exiges justicia? —dijo con tono burlón—. Evgast, eres un imbécil, ¿o es que esta mañana te has apretado demasiado la faja?

—¡Majestad! —El noble estaba claramente ofendido.

—No fue una legión, cretino. —Xena se levantó y se fue acercando a él—. Fui yo. —Se señaló el pecho con el pulgar. Luego hizo una pausa y miró por encima del hombro—. Y mi amiguita de ahí.

Evgast se quedó mirándola.

—¿Quieres justicia? Te voy a dar justicia. —Xena desenfundó su puñal y lo agarró del cuello—. Traidorzuelo asqueroso.

—¡No! ¡Majestad! —El duque le agarró la mano y se la sujetó desesperadamente—. ¡Eres injusta conmigo! El atacado he sido yo, ¿recuerdas?

Xena echó un vistazo a los demás nobles. Los partidarios de Evgast estaban cabreados. Les sonrió.

—Secuestraste a una duquesa —dijo en tono bajo—. La tuviste presa para hacerte con el apoyo de su duque. A mí eso no me pareció bien.

Evgast la miró fijamente, luego volvió la cabeza y miró furioso a Lastay.

Lastay le sonrió amablemente.

—¿No te habías dado cuenta de que ya no estaba? —preguntó Xena—. Me aseguré de cerrar la puerta al salir.

El duque entornó los ojos.

—No estaba presa. Estaba bajo mi protección, Majestad. Por su propia voluntad. ¡Huía de él! —Evgast señaló a Lastay—. ¡La maltrataba cruelmente!

—¿No me digas? —dijo Xena con tono ligero—. ¿Cómo se maltrata a alguien cruelmente, Evgast? —Su mano hizo un movimiento vertiginoso y le atravesó la lujosa túnica hasta clavarse levemente en su carne—. ¿Así?

—¡¡¡¡Auuuujjjjj!!!! —chilló el hombre.

—Enclenque. —Xena dio la vuelta al puñal y lo golpeó—. No es más que una herida superficial. —Lo soltó y lo miró mientras caía al suelo—. Guardias, llevadlo a las celdas —ordenó—. Dictaré su sentencia esta noche. —Alzó los ojos y miró a la pasmada multitud—. Qué bien lo vamos a pasar, ¿eh?

Hizo un molinete con el puñal y lo enfundó de nuevo en la vaina oculta, luego se volvió y regresó a su trono, se sentó y los miró a todos. Tenía una sensación de energía nerviosa que llevaba un tiempo echando en falta, y ardía en deseos de recuperar el control que sus duques le habían ido esquilmando y devolver a su reino la organización que le había dado originalmente.

Gabrielle se movió un poco y la miró.

Bueno, con una ligera diferencia.

—¿Sííííí?

—¿Alguna vez te han dicho que eres muy graciosa? —preguntó la esclava.

—No —contestó Xena con aire digno—. Maté a la última persona que lo llegó a insinuar.

Se miraron.

—Eres muy graciosa —dijo Gabrielle, con una sonrisa ligeramente traviesa en los labios.

—Mm. Una esclava picarona. Mi clase preferida. —Xena le sonrió a su vez y luego se dirigió al gentío que seguía murmurando y esperando—. Eso es todo. Se acabó la corte. —Se volvió hacia el mayordomo, que seguía allí al lado en silencio—. Dile al personal que voy a hacer una inspección. Si alguien quiere salir huyendo, ahora es el momento. —Se levantó—. Venga, Gabrielle. Vamos a buscar follón.

—¿Buscarlo? —murmuró la esclava, mientras trotaba detrás de la alta reina—. A mí me parece que ya lo armamos nosotras.

Xena se echó a reír.


—Ama, han venido algunos hombres pidiendo alistarse —dijo Brendan suavemente mientras la seguía por el cuartel—. En vista de que todos los hombres de Bregos se han ido, no nos vendrían mal algunos reclutas nuevos.

—Mm. —Xena observó los barracones ahora impolutos y asintió con regia satisfacción—. Si lo piden por los motivos adecuados y no porque sean unos malditos espías.

—Demasiado bobos para ser espías, Majestad —replicó el soldado—. Pero podrían estar bien como piqueros.

—Está bien —asintió Xena—. Escucha, vamos a organizar un combate de entrenamiento para mañana, para remachar la idea de que no quiero más división de lealtades.

—Sí, ama.

Xena llegó al borde del patio y se detuvo, contemplando los carros de suministros bien alineados y los maniquíes de entrenamiento apoyados en los muros. Colocó una mano en la piedra y notó el calor, arrebatado celosamente al sol y conservado a pesar del frío de la noche.

Aún recordaba cuando, largo tiempo atrás, tenía que acurrucarse pegada a las piedras del pozo de una pequeña aldea para conseguir que dejaran de castañetearle los dientes y con la esperanza de que a algún aldeano se le hubiera caído un trozo de pan que se pudiera comer.

Ahora contempló la fortaleza que tenía delante, sólida a la brillante luz del día y bien próspera, y asintió con seriedad por dentro.

Mía.

—¿Alguna noticia de Bregos? —Volvió la cabeza y miró a Brendan.

El soldado se quedó pensativo.

—No, pero esta mañana llegó un comerciante y se puso contar una historia extraña sobre unos hombres que lo habían sacado del camino y se habían llevado su mercancía. Pero no sé si sólo nos estaba tomando el pelo.

Xena meditó sobre esa noticia.

—Búscalo —decidió—. Tráemelo.

—Ama. —Brendan se tocó el pecho y retrocedió, se giró y se dirigió a las puertas por las que se bajaba a la ciudad.

La reina se quedó a solas. Se apoyó en el muro y disfrutó un rato del panorama, repasando los resultados de su inspección. No había sido ni mucho menos tan nefasto como se temía. Su visita a las cocinas había sacudido a todo el mundo y tenía la sospecha que desde entonces se había fregado mucho.

Había descubierto muchas cosas, pequeños detalles, que se habían dejado pasar, y ahora que estaba a solas tranquilamente en un rincón de sus dominios, tenía que plantearse cuánto de todo eso era culpa suya. ¿Su reclusión en sus aposentos había sido un poquito excesiva?

—Me alegro de ver a Su Majestad por aquí fuera.

La voz de Jellaus la sorprendió y se volvió para ver al juglar allí cerca, con el arpa metida en su funda de cuero colgada del hombro.

Xena lo miró con los ojos entornados antes de asentir ligeramente.

—Se me ha ocurrido merodear un poco para dar un ataque de nervios a todo el mundo. Hacía tiempo que no lo hacía.

El músico sonrió y se apoyó en el muro a su lado.

—El aire del castillo se ha renovado en estos últimos días, Majestad. Eso es bueno —dijo—. Y hoy estoy oyendo toda clase de historias descabelladas sobre el ataque de anoche contra el castillo de Evgast.

La reina sonrió.

—Cretino. —Se rió entre dientes—. Hacía tiempo que no lo pasaba tan bien, eso lo reconozco. —Miró al músico—. Voy a hacer que Gabrielle se lo cuente a todo el mundo esta noche.

—Ah. —Jellaus sonrió—. Tu florecilla dorada —dijo—. Es dulce y encantadora... un alma verdaderamente buena, como rara vez he visto.

Xena le sonrió a su vez.

—Es estupenda —reconoció la reina en voz baja—. A veces las Parcas te tiran un hueso y ni siquiera te das cuenta hasta que llevas un tiempo royéndolo. —Se quedó contemplando el vacío, con un brillo tierno en los ojos.

Jellaus la observó en silencio un momento y luego se apartó del muro.

—Ah. Así que el halcón está totalmente prendado del ratoncillo, ¿eh? —dijo, tomándole el pelo levemente.

Xena se quedó callada y luego se limitó a asentir ligeramente. Le dio al músico una palmada en la espalda y se alejó hacia los corrales a paso tranquilo, aspirando una bocanada de los aromas de la tierra con un risa suave y pensativa.

Jellaus se la quedó mirando y luego se volvió cuando Brendan entró por la puerta a su lado.

—Ah, viejo amigo. Las cosas están cambiando otra vez, ¿eh?

—Ya era hora —gruñó el veterano soldado—. Ha hecho falta media revolución para llamar la atención de Su Majes, pero no ha olvidado cómo meter a la gente en cintura, te lo aseguro. —Se rió entre dientes—. Qué gusto me ha dado. Ha vuelto a su ser.

El juglar seguía contemplando a la figura que se alejaba.

—Tal vez, Brennie, tal vez, pero yo creo que no es tanto que haya vuelto a su ser como que últimamente ha encontrado un nuevo interés en la vida. —Se rió irónicamente—. Intervención de las Parcas, eso seguro.

—Ah —gruñó Brendan—. ¿Te refieres a la pequeña?

Jellaus asintió.

—Tiene agallas esa niña —dijo el soldado—. Jamás pensé que una mocita como ella pudiera gustarle a Su Majes.

—Más que gustarle, amigo mío. —Jellaus echó a andar siguiendo los pasos de la reina—. Más que gustarle.


—Comida campestre —se dijo Xena a sí misma, al terminar su inspección de la armería y doblar la esquina del pasillo que conducía al jardín—. Xena la Despiadada, asesina de millares, va a hacer una comida campestre. —Llegó al portón de hierro forjado y se detuvo, rodeando los gruesos barrotes con las manos y mirando a través de ellos.

El sol ya estaba en lo alto e inundaba el jardín, atravesando los árboles con sus rayos dorados y avivando los colores de las flores y los frutos. Xena aspiró hondo y captó la presencia de algo asado y especiado allí dentro que sospechaba que no había crecido en los arbustos.

También oía, levemente, a alguien que canturreaba.

—¿Qué diablos se hace en una comida campestre? —se preguntó la reina, al tiempo que abría el portón y entraba como si fuera la dueña del lugar.

Cosa que, por supuesto, era. Avanzó sigilosamente por entre los ricos parterres, acechando despacio a su presa, que se movía en el centro mismo del jardín justo delante de ella. Acercándose a los arbustos sin hacer ruido, apartó con cuidado algunas de las olorosas ramas y atisbó a través de ellas.

Gabrielle estaba en el centro, arrodillada sobre un cuadrado de lujosa tela extendido sobre la blanda hierba. Sobre la tela había platos y una bandeja llena de cosas ricas.

Xena se lamió los labios, apreciando la selección y apreciando aún más la luz del sol que se colaba por la fina tela que cubría a Gabrielle, delineando su esbelto cuerpo.

La esclava no era consciente al parecer de su presencia y canturreaba suavemente para sí misma mientras colocaba fruta recién cogida en la fuente que tenía delante. Levantó los ojos cuando terminó y miró a su alrededor, con una sonrisa franca y llena de alegría que le iluminó la cara y los ojos.

Xena soltó aliento, dejó las ramas, rodeó el arbusto y miró a Gabrielle, sonriendo a su vez.

—Vaya, vaya, vaya... ¿qué tenemos aquí?

Gabrielle sonrió aún más al verla.

—Una comida campestre —dijo—. Te gustan, ¿verdad?

La reina se acercó y se dejó caer sobre la tela, estirándose de lado y apoyando la cabeza en una mano.

—No tengo ni la más remota idea —le dijo a su esclava con franqueza—. Nunca había hecho ninguna.

—¿En serio?

—En serio —dijo Xena—. Pero sí he comido en el suelo, a caballo, en cumbres de montañas, en el agua y en lo alto de un árbol.

—¿En serio? —Gabrielle arrugó la nariz—. No parece muy divertido.

—No lo era. —Xena alargó la mano y capturó una uva que soltó de su tallo y se metió en la boca—. Esto es mucho más agradable —reconoció—. ¿Qué es eso?

Gabrielle estaba sacando una mullida almohada de seda. La colocó y le dio unas palmaditas.

—Bueno, es para ti.

Xena la examinó.

—Ya lo creo que sí... es mi almohada. —Se arrastró hasta ella, se puso boca arriba, bajó la cabeza y estiró el cuerpo con deleite. Por encima de ella, los manzanos formaban un arco, que les daba sombra y la bañaban en el dulce aroma de su fruta—. Mm... qué gusto.

Gabrielle se acomodó a su lado.

—Eso me ha parecido.

Una ceja oscura se enarcó en su dirección.

—¿Y ahora qué?

—Pues... —Gabrielle cogió un racimo de uvas y eligió una, que inspeccionó antes de ofrecérsela a la reina—. Soy tu sierva personal, así que... te voy a servir.

—Ah, ¿en serio? —Los ojos azules de Xena soltaron un destello risueño.

—En serio.

Sus días se estaban llenando de experiencias nuevas, ¿verdad? Xena reflexionó sobre su situación, sintiéndose en una posición muy vulnerable ahí tumbada prácticamente a merced de Gabrielle. Sin embargo, le había dado a la esclava verdadera ventaja sobre ella en un momento de gran incertidumbre y había demostrado su valía una y otra vez, de modo que...

—Está bien. —Xena cruzó las manos sobre el estómago y las piernas por los tobillos—. Sírveme. —Cerró los ojos y esperó, segura de que Gabrielle no intentaría hacerle una guarrada como meterle una zanahoria en la boca.

Un ojo azul se abrió y contempló a la esclava. ¿O sí?

Gabrielle miró la fuente y seleccionó un trozo de pato frío, lo mojó en una salsa oscura y especiada y lo acercó a los labios de la reina. Estos se abrieron y sus dientes blanquísimos se cerraron sobre la ofrenda, mientras Xena la miraba perezosamente con un ojo.

Era un poco como dar de comer a un gato salvaje. Gabrielle esperó a que Xena masticara el pato, con la esperanza de que contara con la aprobación de la reina.

Apareció una lengua rosa, acompañada de una sonrisa.

—Más.

Gabrielle sonrió aliviada y volvió a la fuente.

—Ah-ah. —Xena le atrapó la mano—. Sin dedos.

La esclava la miró parpadeando, algo confusa.

—¿Sin dedos?

—Sííííí —ronroneó la reina, enseñando los dientes y chasqueándolos.

Gabrielle la miró y luego miró la fuente. Se lamió los labios.

—Quieres que te...

—Mm-mmmmmmm...

—Te voy a poner perdida.

—No importa. —Xena sonrió con aire provocativo—. Para eso tienes la lengua. —Hizo una pausa—. Bueno, para eso tienes la lengua además. —Estudió la viva coloración resultante—. Oh, eso me recuerda... ¿tienes cerezas?

Gabrielle suspiró y se frotó la cara.

—Sí. —Alargó la mano hacia un montón de esas frutas rojas.

—No, no tienes.

La esclava se detuvo con un puñado de ellas.

—Mm... sí que tengo.

—Ya no. —Xena soltó una risilla por lo bajo—. Vamos... dame una de ésas y te enseño un truco.

Gabrielle, desconcertada pero complaciente, se puso una cereza entre los dientes y se inclinó, mordiéndola ligeramente cuando los labios de Xena se encontraron con los suyos y la reina arrancó la mitad que le correspondía de la fruta. Entonces el contacto se transformó en un beso y no le entró ninguna prisa por echarse hacia atrás cuando la mano de Xena le sujetó la nuca y sus lenguas se exploraron mutuamente.

—Mm —susurró Gabrielle—. Qué truco tan estupendo.

—A que sí. —Xena le mordisqueó el labio—. Creo que me podría aficionar a las comidas campestres, a este paso. —Volvió la cabeza ligeramente y escupió el hueso de la cereza, totalmente mondo, en los arbustos. Luego regresó a Gabrielle—. ¿Y ahora?

Gabrielle le enseñó un trozo de melocotón.

—Con esto vamos a tardar un poco.

La reina sonrió al compartir la fruta.

—Bien.

Comidas campestres. Su mano libre subió por el muslo de Gabrielle. Había cambiado de opinión sobre las comidas campestres. Una uva se introdujo en su boca y los labios de Gabrielle mordisquearon los suyos mientras la compartían.

Ah, sí.


Gabrielle contempló en silencio a una abeja muy atareada en la selección de la flor perfecta sobre la que posarse y totalmente ajena a la persona que la observaba con tanta atención. El aire fresco agitaba la hierba y, allí sentada, pensó que rara vez, por no decir ninguna, había experimentado un momento más apacible que éste.

Xena había colocado su almohada en la pierna de Gabrielle y estaba relajada entre sol y sombra, con los ojos cerrados y una mano sobre el brazo de la esclava que le rodeaba el estómago.

Era muy agradable. El pulgar de Xena le acariciaba despacio la piel del antebrazo y ella estaba en la posición perfecta para contemplar el rostro de la reina y admirarlo.

Y vaya si había cosas que admirar. Gabrielle observó embobada la sombra de una hoja que se deslizaba por el caballete de la bonita nariz de la reina y dejaba manchas moteadas de sol sobre sus párpados cerrados. La simetría de su cara era muy evidente desde este ángulo, y se quedó maravillada por lo guapa que era su reina.

Su reina. La frente de Gabrielle se frunció levemente. Le había dicho alegremente a Xena que era "suya"... y era cierto, pero en el fondo de su corazón sabía que acababa de reconocer ante sí misma lo cierto que era eso también a la inversa.

—Gggggaaabbbrrieeelle —ronroneó Xena. Uno de sus ojos se abrió y miró a la esclava.

—¿Sí? —Gabrielle le sonrió—. ¿Cuáles son los deseos de mi reina?

—Mmmmm... —De la garganta de la reina brotó una risa suave—. Desearía que estuvieras desnuda y cubierta de miel. —Los ojos azules se abrieron con fingida inocencia esperanzada—. ¿Se va a cumplir mi deseo?

—Mm. —Gabrielle se miró a sí misma—. Jo, para eso haría falta mucha miel.

Xena se echó a reír.

—Sí, ya lo creo... y acabarías con palitos y piedrecitas por todas partes. Pero es una idea divertida. —Levantó la mirada hacia Gabrielle—. Tal vez en otro momento.

Con mucha ternura, Gabrielle puso la mano en la mejilla de Xena.

—Vale.

Una ceja de Xena fue ascendiendo despacio.

—¿Puedo preguntarte en qué estás pensando ahora mismo?

Gabrielle asintió.

—Estoy pensando en lo increíblemente guapa que eres —dijo—. Y en lo bonitas que son tus cejas y en lo preciosos que son tus ojos y...

Xena sonrió ampliamente.

—Tú sigue —la animó—. Estoy disfrutando de lo lindo.

La nariz de la esclava se arrugó con una sonrisa maravillosa.

—Ah, Gabrielle. —Xena cerró la mano alrededor de la de la esclava y la sujetó—. ¿Sabes una cosa? —Observó atentamente el rostro de su esclava y vio los restos de la sonrisa alrededor de sus ojos—. Me gustas muchísimo.

Gabrielle ladeó la cabeza con leve aire interrogante.

—¿Te gusto?

La reina asintió despacio.

—Me gustas —dijo—. Me gusta tenerte a mi alrededor, con independencia de que seas una monada y que no estés mal en la cama.

La esclava se quedó muy pensativa durante largos segundos.

—Eso no es lo mismo que querer, ¿verdad?

—Mm-mm. —Xena negó con la cabeza—. No es lo mismo en absoluto. —Examinó la mano de Gabrielle, frotando los nudillos de la chica con el pulgar—. ¿Sabes cuánto tiempo hace que no tenía a alguien que me gustara?

Gabrielle fue a negar con la cabeza, pero dudó.

—¿Tu hermano?

—Y encima eres lista. —Xena se rió suavemente—. Sí. —Su rostro se puso pensativo—. Él también era el único con el que podía hablar de verdad. —Una pausa—. Dioses, cómo lo echo de menos.

Tras una leve vacilación, Gabrielle volvió a tocar la cara de Xena, dándole compasión sin palabras.

—Creo... —Reflexionó en silencio un momento—. Creo que tú tenías una relación mucho más íntima con tu hermano que yo con Lila —confesó la esclava en voz baja—. Al hacerme mayor ya no podía hablar con ella.

Xena la miró atentamente.

—¿Os peleabais mucho? —preguntó—. Li y yo sí... a tortas y esas cosas.

—No. —Gabrielle negó una vez con la cabeza—. Lila era más grande que yo... aunque era más joven —contestó—. Además, nos la cargábamos cuando nos peleábamos.

—Ah —murmuró la reina—. Ventajas de no tener padres, supongo.

Los ojos verdes se llenaron de calidez por un instante cuando Gabrielle la miró.

—Sí, supongo.

Xena ya casi saboreaba el secreto, que brillaba levemente a través de la tristeza que se reflejaba en los ojos de Gabrielle.

—¿Tú te llevabas bien con los tuyos? —preguntó—. Creo que yo seguro que volvía loca a mi madre... era esa clase de cría.

Gabrielle se echó hacia atrás y luego se levantó inesperadamente y se puso a recoger las cosas de la comida, dando la espalda a Xena.

—Pues... —Su voz parecía dudosa—. Estaban bien, supongo. Mi madre era muy estricta. Ya sabes.

—La verdad es que no. —Xena se puso las manos detrás de la cabeza y avanzó con cautela, tanteando como si estuviera haciendo esgrima con un adversario muy hábil—. Lo que recuerdo de mi madre... no es mucho —reconoció—. Olores, sobre todo. A cocina. La ceniza del fuego. Especias —dijo la reina—. Tenía... una voz bastante musical. Un poco como la tuya, sólo que más grave.

—Mm —murmuró Gabrielle—. Bueno, la mía no tenía nada de musical. Pero estaba bien. Sólo quería que hiciéramos nuestras tareas, que la casa estuviera en orden, que las cosas estuvieran en su sitio, ese tipo de cosas. No estaba tan mal.

Xena lo digirió.

—¿Y tu padre?

No hubo respuesta.

Los ojos azules de la reina se abrieron un poco más y se puso de lado, echando la cabeza hacia atrás para mirar a la figura inmóvil de su esclava.

—Yo no llegué a conocer al mío —añadió—. Creo que murió.

Los hombros de Gabrielle se agitaron y movieron, como si estuviera tomando aliento. Luego volvió la cabeza y miró a Xena a los ojos.

Ahí estaba el secreto. Xena lo captó en el dolor que rodeaba los ojos de Gabrielle y en su forma de apretar los labios. Había una turbulencia hosca que ya de por sí lo advertía, y decidió ponerle las cosas más fáciles.

—No te llevabas bien con él, ¿eh? Son cosas que pasan. —Adoptó un tono de voz despreocupado—. Pregúntale a Brendan... él sí que tenía una familia que habría dado miedo a Zeus.

Gabrielle bajó la mirada y toqueteó una manzana, con los hombros un poco hundidos.

—No, no nos llevábamos bien —susurró.

Xena se volvió del todo y se levantó, se deslizó por la hierba hasta Gabrielle y le puso un brazo en el hombro.

—Ahí fuera hay cabrones, Gabrielle. Qué más da el grado de parentesco que se pueda tener con alguien —dijo—. A veces hay que dejar eso a un lado. Yo lo sé.

—¿Lo sabes? —La esclava la miró.

La reina asintió.

—Sí. En el pueblo de donde yo era... —Tomó aliento bruscamente—. Pensaron que ganarían un dinero fácil, delatándonos a mi ejército y a mí. —Un mechón de pelo oscuro cayó sobre los claros ojos azules, medio tapándolos—. Quemé ese lugar hasta los cimientos por eso.

—¿Por tus hombres? —murmuró Gabrielle.

—Escucha —dijo Xena con un tono de voz más suave—. Hay dos clases de familia, Gabrielle. La familia en la que naces... ésa no la puedes elegir, y lo más frecuente es que lo único que une a los miembros es la sangre.

—Mm.

—La otra clase es la que eliges tú... cuando te encuentras con gente que quieres que forme parte de tu vida. —Y Xena añadió—: Tú eres esa clase de familia, para mí. —Acarició la mejilla de Gabrielle con los nudillos—. Tú eres eso para mí.

Gabrielle parpadeó unas cuantas veces, luego cogió la mano de Xena, se la llevó a los labios y la besó. Se acercó más, rodeó a la reina con los brazos y la estrechó, hundiendo la cara en la tela que cubría el hombro de Xena.

Un poco sorprendida, la reina dudó, luego cogió a Gabrielle y se la puso torpemente en el regazo. Se dio cuenta de que estaba sucediendo algo relativamente traumático al notar los temblores que estremecían el cuerpo de la chica, pero no tenía ni idea de qué era o de qué debía hacer al respecto.

Eso es lo que consigo al intentar ser agradable, pensó con ironía. La próxima vez, Xena, ponte a charlar del tiempo.

Al cabo de unos minutos, los tensos hombros de Gabrielle se relajaron y soltó aliento, calentando la piel de Xena a través de la tela de su toga.

—Lo que hiciste... ¿por tus hombres? ¿Lo pasaste mal al hacerlo... por tratarse de quien era?

Xena hizo memoria, sorprendida por la pregunta.

—¿Te refieres a que era mi pueblo?

—Sí.

—¿Que si lo pasé mal? —Xena se mordisqueó el labio inferior—. Estaba tan cabreada que creo que ni me lo planteé, la verdad —dijo—. No recordaba a nadie de los de allí... bueno, tal vez a un par de personas. A la única persona que me importaba algo la habían hecho pedazos años antes.

—Oh.

—Pero... —La reina frunció el ceño—. Recuerdo que esa noche, cuando me acosté, entonces sí que lo pensé.

—¿Sí? —murmuró Gabrielle—. A mí también me pesan las cosas en ese momento.

—¿Por la noche?

Gabrielle asintió.

—Mmff. Pues tengo que esforzarme más —comentó Xena—. Creo que me siento insultada o algo así.

—No cuando estoy contigo —se corrigió la esclava apresuradamente—. Cuando estoy sola.

—Ah. —La reina bajó la mirada y se llenó de encanto al ver la expresión confiada y relajada de Gabrielle—. Bueno, el caso es que cuando lo pensé esa noche, lo pasé mal —confesó.

—¿Sí?

—Sí, y también me cabreé. —Xena meneó la cabeza—. Pero era como si hubiera matado una pequeña parte de mí misma, al hacer aquello, aunque los cabrones se lo merecieran.

Gabrielle asintió despacio, un poquito.

—A mí a veces me cuesta mucho —dijo con tono suave—. Quiero llorar a mi familia... pero hay partes de todo aquello que no... —Una pausa dolorida—. Q... que no echo de menos.

Dejó de hablar y se pegó a Xena.

Bueno, ¿de verdad quería conocer este secreto? Xena se sentía muy cansada y un poco triste.

—¿Gabrielle? —La estrechó un poco más—. No puedo garantizar que tú y yo no acabemos sufriendo con esto... Creo que ya sabes que no soy la persona más segura con la que puedes estar.

Una clara pausa y luego Gabrielle tomó aliento.

—Eso ya lo sé.

—Pero te prometo lo siguiente —dijo la reina con tono tranquilo y claro—. Que mientras estés conmigo y mientras yo pueda, nadie más volverá a hacerte daño si yo lo puedo impedir. —Puso la mano en la mejilla de Gabrielle y la miró a los ojos—. Eres mía.

Las claras pestañas de Gabrielle se agitaron, derramando gotitas cristalinas bajo la luz del sol salpicada de sombras.

—Soy tuya —susurró—. Y te creo.

—Bien. —Xena agachó la cabeza y se besaron.


Gabrielle llevó una palangana de agua a su pequeño cubículo y la depositó. Estaba sola en los aposentos de la reina: Xena se había ido a algún sitio a hablar con alguien y la había dejado para que se lavara y se vistiera para el gran banquete de esa noche.

Miró el bonito vestido que le había dado Xena para que se pusiera, de una rica tela verde, que ahora estaba colocado con cuidado a los pies de su cama, y se acercó despacio y se sentó al lado, apoyando la mano en su suavidad al tiempo que se echaba hacia atrás para pensar.

Las palabras de Xena la habían afectado mucho más de lo que pensaba que había pretendido la reina. Le habían sacudido algo por dentro y le habían traído recuerdos que le revolvían las tripas y hacían que le temblaran las piernas ahí sentada.

Al mirar a Xena a los ojos, en ese jardín, bajo esos árboles maravillosos, se había visto capaz de confiar y, como si cruzara una raya en el camino, lo hizo.

Tenía miedo. Subió los pies a su pequeño camastro y apoyó los codos en los muslos, con la cabeza entre las manos. Qué raro, qué mal le parecía renunciar a todos los vínculos que había sentido por su familia y sustituirlos por este vínculo nuevo y peligroso con una mujer a la que a veces le parecía que apenas conocía.

Y sin embargo... Gabrielle apoyó la barbilla en los pulgares entrelazados, recorriendo con los ojos los pulcros nichos de su pequeño espacio. Y sin embargo, había algo en Xena que merecía su confianza. La pregunta que se tenía que hacer a sí misma era: ¿quería dar todo lo que era a la reina porque la mujer se lo merecía o porque en realidad ella era una niña asustada incapaz de discernir?

¿De verdad se merecía alguien esa clase de confianza?

Gabrielle pensó en Lila y en cómo se sentiría si viera a su hermana entregándose a la mujer que la mandó matar. ¿Qué pensaría Lila de ella?

Haz lo que tengas que hacer para sobrevivir, Bri. Casi oía el eco fantasmal de la voz de su hermana. Nadie lo va a hacer por ti.

Con un suspiro, Gabrielle se levantó del camastro y fue a la palangana de agua, cogiendo un paño de lino y una pequeña barra de jabón que le había lanzado Xena horas antes. Olió el jabón y reprimió una leve sonrisa al recordar el olor de la reina.

Podía mentirse a sí misma y decir que estaba siguiendo el consejo de Lila. Tal vez podría sentirse mejor si pensaba que actuaba exclusivamente por su propio interés, y tal vez eso reduciría la sensación de culpa. Gabrielle frotó el jabón con el paño y empezó a lavarse la cara con él.

Pero lo cierto era que estaba totalmente inmersa en su amor por Xena y era lo bastante honrada como para reconocérselo a sí misma. Quería estar con ella simplemente porque quería estar con ella, quería sentir sus caricias y estar en su presencia y hasta empezaba a apreciar el peculiarísimo sentido del humor de la reina.

¿Era una traición?

—Bueno. —Gabrielle se aclaró la cara y empezó con las manos y los brazos—. ¿Sabes qué? Tal vez lo sea —dijo en voz alta—. Pero no lo puedo evitar. Si lo es, supongo que algún día tendré que presentarme en el Tártaro y dar cuentas de ello.

Terminó de lavarse y miró por la puerta, calculando la hora por la luz que quedaba en la ventana. Pensó que todavía tenía algo de tiempo antes de tener que vestirse, de modo que fue al aparador y se sirvió un poquito de hidromiel que se llevó de vuelta al camastro.

Se sentó y estiró las piernas, agitando los dedos de los pies mientras tomaba un sorbito de su bebida. El embriagador hidromiel le llenó la boca y su rico sabor le hizo emitir un sonido apreciativo al tragarlo. Entonces se le ocurrió una cosa, dejó la copa, se levantó, fue al pequeño baúl y lo abrió. Sacó un fajo de pergamino ajado y una pluma vieja y volvió a su asiento.

—Vale. —Gabrielle se sentó sobre las piernas y se puso cómoda, luego colocó el pequeño tintero en el borde del camastro y metió la pluma en él. Inclinada sobre su labor, mordisqueó el extremo de la pluma un momento y luego se puso a escribir con caracteres lentos y cuidadosos.


Xena regresó paseando por el patio del castillo, disfrutando de los últimos rayos de sol que iban desapareciendo por detrás de las murallas. El ocaso daba una leve tonalidad morada a la piedra gris y la brisa fría que se estaba levantando le traía el olor a pinos y piceas del otro lado del camino.

Descubrió que sus pasos, increíblemente, la llevaban de vuelta al jardín, y antes de darse cuenta, ya estaba abriendo el portón y entrando en él.

—¿Qué Tártaro hago aquí? —Se volvió en círculo, alzando los brazos y dejándolos caer.

El jardín estaba ahora en penumbra y silencioso, pero los aromas se habían hecho aún más fuertes y resultaban casi abrumadores para su sensible nariz.

Un gran arbusto cercano a la entrada emitía un olor especialmente fuerte, y Xena se acercó a él, examinando las espesas flores blancas apiñadas por toda su superficie. Eran de muchos pétalos y tenían una textura sedosa que a Xena le resultó muy agradable cuando tocó una.

También olían muy bien.

Xena ladeó la cabeza y luego chasqueó los dedos.

—Apuesto a que sé a quién le gustaría un ramo de estas cosas. —Dejó de lado el hecho de que ella, Xena la Despiadada, estaba a punto de coger flores para su novia y se puso al trabajo.

Para empezar, tenía que elegir las mejores. Xena dio vueltas alrededor del arbusto como si fuera una catapulta, buscando entre las flores las más grandes y de forma más perfecta. Cogió una docena, y las recogió en la mano de manera que formasen un primoroso ramo circular.

Xena ahuecó uno o dos pétalos y luego levantó con cuidado la mano y olió el ramo.

—Mm. —Asintió con aprobación, se dio la vuelta y se dirigió al portón. A medio camino, se detuvo, se miró la mano, echó la cabeza hacia atrás y contempló el cielo, luego suspiró y sacudió la cabeza con tal fuerza que le salió el pelo disparado en todas direcciones durante largos segundos—. Estoy perdiendo la cabeza.

Y con ese alegre pensamiento, cruzó con paso firme el portón y bajó por el sendero de piedra hacia las gruesas puertas de madera de la fortaleza. Se abrieron cuando se acercó y saludó inclinando la cabeza con dignidad a los dos guardias de cada lado al pasar junto a ellos con su puñado de vegetación.

—Ah, Majestad. —Stanislaus corrió hacia ella y se detuvo a cierta distancia, mirando las flores con cara de desconcierto—. ¿Hay algún problema? ¿Te envío al jardinero?

Xena se miró la mano y luego lo miró a él.

—No —dijo con aspereza—. ¿Qué quieres?

—Todo está como has pedido en la gran sala, ama. —El senescal se frotó las manos—. Tendremos grandes asados y los nuevos barriles que ha abierto el maestro cervecero son excelentes.

—Bien. —Xena echó a andar de nuevo—. Asegúrate de que tenemos vino en todas las mesas y que todo el mundo tiene comida de sobra para atiborrarse. No quiero que olviden esta fiestecilla.

—Muy bien, ama —asintió Stanislaus—. ¿Doblo la guardia?

Xena se detuvo y se volvió.

—Si quisiera eso, lo habría pedido —gruñó airada—. Esto no es una trampa, imbécil. Tienen que marcharse contentos. A nadie se le van a arrancar las tripas, a nadie se le va a cortar la cabeza... cualquiera de las dos... y esperemos que no tenga que romperle el cuello a nadie —espetó—. Contentos, ¿me entiendes? ¿Contentos?

El senescal parpadeó.

—Yo... perdona, ama. ¡Por supuesto! —dijo—. Es sólo que... —Una pausa—. Creía que esta noche ibas a juzgar a Su Excelencia Evgast.

Xena estrechó los ojos.

—He cambiado de idea. Que se quede esperando en la mazmorra.

—Muy bien, mi reina. —Stanislaus parecía confuso—. Estoy seguro de que tus vasallos estarán contentos de disfrutar de una noche en tu compañía, es sólo que...

—¿Que por lo general cenar conmigo es como comer con víboras? —comentó Xena con tono cáustico.

—Ama...

—Házselo saber a todo el mundo... nadie va a sufrir daño. Esta noche no busco sangre. ¿Comprendido? —dijo la reina—. Incluso los cabrones de Bregos. Están a salvo.

—Comprendido, ama. —Stanislaus retrocedió ligeramente—. Me aseguraré de que se hace correr la voz entre los siervos.

—Bien —gruñó Xena. Alzó la mano y olió sus flores, luego se volvió y avanzó a largas zancadas por el pasillo, dejando atrás el roce de su toga como una estela.


—Y cuando la oscuridad cayó sobre ellos, el viento llevó hasta el malvado duque el sonido de su risa, pero sus hombres no consiguieron recuperar el premio que ellos llevaban hacia la libertad sobre los cascos atronadores de sus caballos.

Gabrielle volvió a masticar la pluma, contemplando sus palabras.

—La valiente reina cabalgaba al frente, trayendo a casa un amor perdido, del frío a la luz y al calor de los brazos de su esposo —continuó, probando el sonido de las palabras, y le gustó la forma en que llenaban el pequeño cubículo en el que estaba—. ¿Eso suena bien?

—A mí me suena genial.

Gabrielle soltó un gritito y se incorporó y luego se relajó al reconocer la voz grave de Xena.

—Oh. —Se volvió y miró hacia la puerta, que ahora ocupaba la alta figura de la reina. Estaba algo despeinada y tenía una mano a la espalda—. Hola. Lo siento. Me he puesto... ya sé que tenía que estar lista, pero me... mm...

—Tranquila —la interrumpió Xena—. Yo también me he distraído un poco. —Señaló el pergamino con la barbilla—. Me gusta eso.

Gabrielle miró las letras y luego miró a su reina con timidez.

—¿Sí? No lo has oído todo, sólo un poquito.

Xena sonrió.

—Ya sé que me va a encantar —dijo—. Escucha... esta noche va a ser una noche algo especial y... —Hizo una pausa—. Cuenta esa historia.

La esclava parpadeó, con expresión algo asustada.

—¿Esta noche? ¿Yo? —farfulló—. ¿A... todo el mundo?

La reina asintió.

Gabrielle sintió que el pánico amenazaba con desbordarla. ¿Que contara su historia? ¿Delante de los nobles? ¿De todo el mundo? Notó que se le caía la mandíbula y que la pluma se le resbalaba de las manos y se puso a respirar más deprisa, al sentir que le faltaba aire.

—Ah... ah...

Xena cruzó el pequeño espacio de una sola zancada y se sentó de golpe junto a su adorable y pequeña, aunque algo histérica amante.

—¡Oye!

—Pe... —consiguió soltar Gabrielle con un hilito de voz.

—Toma. —Xena le puso el puño delante, desesperada por distraerla.

—¿Q... qué?

—Mira. —Xena le empujó la cabeza hacia abajo.

La esclava miró el inesperado ramo de flores blancas. Tomó aire y luego se echó hacia delante y las olió.

—Oh. —Su tono se suavizó—. Caray... qué bonitas son —dijo casi susurrando—. ¿Para qué son? —Sus ojos se alzaron y se encontraron con los de Xena con expresión interrogante e inocente.

Ahora fue a Xena a la que le pareció que le faltaba aire. Tuvo una sensación rarísima, como si se le hubiera pegado la lengua al paladar, y tuvo que carraspear para poder hablar.

—Son para ti —dijo por fin.

Los ojos verdes volvieron a bajar.

—¿Para mí?

—Sí.

Gabrielle alargó la mano y rodeó los tallos con las manos, entrelazando sus dedos con los de Xena. Se inclinó y volvió a olerlas y luego miró a la reina con timidez.

—No tengo que comérmelas, ¿verdad?

Xena soltó una carcajada sorprendida.

—No. —Deslizó la mano libre por el cuello de Gabrielle, levantándole la cara un poco—. Y de verdad que quiero que cuentes esa historia —añadió—. Quiero que esta gente la oiga.

—No... sé si puedo —exclamó Gabrielle.

—Puedes —le dijo la reina, con total seguridad—. Soy la reina y lo digo yo. ¿Recuerdas que te dije que se trata siempre de mí?

Gabrielle asintió.

—Lo recuerdo —asintió—. Está bien. Intentaré hacerlo lo mejor que pueda.

—Así me gusta. —Xena la besó.

Mm. Gabrielle sofocó sus nervios temporalmente y gozó del beso. Intentaría hacerlo lo mejor que pudiera, eso era todo lo que podía hacer.

El aroma de las flores se alzó flotando a su alrededor.


Una pausa más, otra noche más, antes de una entrada más en su gran salón. Xena se quedó entre las sombras del arco de entrada, dedicando su tiempo de costumbre a observar el interior de la sala antes de permitir que los guardias anunciaran su presencia.

Se había quedado aquí muchas veces, por muchas razones.

Pero ésta era la primera vez que no estaba sola. Antes, si tomaba amantes, siempre los enviaba por delante, para que ocuparan su puesto como adornos bonitos cerca de su trono.

Esta vez, sin embargo, la cosa era distinta. Xena miró de reojo a la figura silenciosa que estaba a su lado observando lo que ocurría con ojos curiosos. Gabrielle llevaba el vestido verde que Xena había elegido para ella y su delicado escote le sentaba muy bien. Alrededor del cuello, la chica llevaba un aromático collar hecho con las flores que le había dado Xena, tejido primorosamente por las ingeniosas manos de Gabrielle.

Estaba realmente preciosa. Xena estaba contenta.

—¿Lista? —preguntó, ofreciéndole una mano.

Los ojos de Gabrielle se dilataron un poco, pero la aceptó y rodeó los dedos de la reina con los suyos.

—No, pero no creo que eso te vaya a detener, ¿verdad?

—Je... qué listo el ratoncito almizclero —dijo Xena riendo—. Vamos. —Se acercó a la entrada y le dio un azote en el trasero al guardia, que estuvo a punto de clavarse la lanza—. No te duermas.

—Majestad —chilló el hombre—. ¡No estaba dormido! —Miró al otro lado de su reina, vio a Gabrielle y parpadeó.

Gabrielle le echó una sonrisa tímida pero esperanzada.

—Hola.

—Señora mía.

Xena le dio otro azote en el trasero.

—No. Mía. —Señaló la sala con la barbilla—. Pega ahí unos gritos para que pueda ir a sentarme, preferiblemente con mi amiga en el regazo.

El guardia pareció darse cuenta de que su reina estaba de buen humor, porque la advertencia fue acompañada más de una sonrisa que de una mueca, y sonrió al volverse de nuevo hacia la sala y golpear el suelo con el extremo de la lanza.

—¡Damas y caballeros! —atronó el guardia—. ¡Inclinaos con temor reverencial ante Su Majestad, Xena la Despiadada!

—Con temor reverencial. Eso me gusta —lo felicitó Xena, al pasar a su lado tirando de una complaciente Gabrielle. Siguió sujetando la mano de la chica mientras pasaba con aire majestuoso ante los nobles que le hacían apresuradas reverencias. Al mirar hacia atrás se dio cuenta de que seguramente le estaba dando a su esclava de amor una experiencia que no le apetecía gran cosa, pero Xena pensó que más valía que se fuera acostumbrando.

Agarró la mano de Gabrielle con un poco más de firmeza y caminó más despacio, y por el rabillo del ojo vio que la chica enderezaba los hombros al ver que las reverencias se concentraban en las dos. Al cabo de un momento, Gabrielle volvió la cabeza ligeramente y miró a la reina con cierta aprensión.

Xena le guiñó un ojo y Gabrielle sonrió. Subieron juntas por los escalones de mármol y Xena echó una mirada de aprobación a la mesa principal meticulosamente dispuesta, llena de cristalería y porcelana que relucían a la luz de las velas. Rodeó la mesa y saludó inclinando elegantemente la cabeza a los dos hombres de librea que apartaron su trono y se inclinaron ante ella.

Luego les hizo caso omiso y llevó a Gabrielle al asiento que estaba al lado del suyo, el asiento favorecido, el que Bregos había ansiado.

—Siéntate —dijo y Gabrielle la miró sorprendida.

—¿Aquí?

—Todavía no tengo regazo. Estoy de pie. Así que sí —dijo la reina con tono de guasa. Esperó a que Gabrielle se sentara toda nerviosa y entonces, sólo entonces, se colocó en su sitio y se sentó en su trono. Un precedente, y lo sabía. Nadie se sentaba antes que la reina.

Tras un silencio breve, casi atónito, la gente empezó a moverse, ocupando sus puestos en los asientos que les habían sido asignados en las mesas dispuestas en forma de herradura, con Xena en el vértice mismo. Aparecieron el duque Lastay y su esposa, que subieron despacio los escalones y se inclinaron profundamente ante la reina antes de ocupar su lugar al otro lado de Xena.

—Ama —dijo Lastay con tono grave, con los ojos llenos de risueños destellos oscuros—. Hace una noche estupenda.

—¿Para ti? Seguro. —Xena le sonrió y luego dirigió una mirada a su esposa, sentada al otro lado de él—. ¿Te ha comido la lengua el gato?

—No tenemos animales, Majestad —le aseguró la mujer con mucha seriedad.

Gabrielle se echó a reír suavemente, pero no lo bastante para que Xena no la oyera. La reina se volvió y miró a su esclava a los ojos, haciendo un leve visaje con los suyos.

—Es increíble que pueda pensar lo suficiente como para reproducirse —murmuró por lo bajo.

La esclava se apoyó en el brazo de su asiento más cercano a Xena y la miró.

—Yo no recuerdo haber pensado mucho —le comunicó a la reina con una sonrisa encantadoramente inocente.

Xena estaba bebiendo un sorbo de su copa de vino, recién llenada por el atento vinatero. Se detuvo a medio trago y volvió los ojos hacia su acompañante.

—¿Eso ha sido un chiste sexual? —preguntó.

Gabrielle se sonrojó.

—Pero bueno. —Xena se echó a reír—. Pequeña bacante.

—¿Algún problema, Majestad? —preguntó Lastay, levantando su propia copa para brindar con ella—. Me atrevo a decir que tu damita no se parece en nada a una bacante, ama. Son unas cosas horribles. Mi padre encargó un tapiz donde aparecen dos de ellas.

—¿En serio? —Xena hizo chocar su copa con la de él, periféricamente consciente de los ojos que los observaban con avidez. Bebió otro trago de vino—. No sabía que sentía eso por tu madre y su hermana. No creía que fueran tan feas.

Lastay la miró sorprendido y luego estalló en carcajadas.

—Muy bueno, ama —reconoció—. Me lo he buscado.

Xena se rió y se acomodó en su asiento, observando la sala con una sensación de placer. La gente había empezado a beber las primeras copas de vino y los siervos estaban trayendo fuentes redondas de plata llenas de apetitosos entrantes. Detectaba una sensación de emoción, pero faltaba la habitual atmósfera lúgubre que a menudo causaba su presencia.

La gente la miraba, pero en sus ojos había más curiosidad que odio.

Una novedad. Xena advirtió que también miraban a Gabrielle. Volvió la cabeza ligeramente para hacer lo mismo, cuando uno de los siervos le ofreció a su esclavita de amor una fuente de canapés interesantes cubiertos de cosas que estaba segurísima de que Gabrielle no tenía ni idea de qué eran.

Gabrielle dio un pequeño bocado a un canapé cubierto de pescado picado y lo masticó, alzando las claras cejas con sorpresa y placer ante el sabor. Lo terminó y luego exploró las demás posibilidades, dando cada vez un bocado cauteloso antes de continuar.

Era una ricura. Xena se quedó absorta mirándola mientras vaciaba despacio su copa de vino y la alargó con pereza cuando el vinatero se acercó.

—Es una nueva cosecha, Majestad —dijo el hombre, con su voz grave—. ¿Te gusta?

Xena examinó el color, un intenso granate, luego lo olió y por fin bebió un trago. Tras una pausa pensativa, asintió.

—Muy bueno —lo felicitó—. Dulce. Me gusta. —Indicó la copa de Gabrielle y él la llenó también.

—Gracias, Majestad —dijo el hombre—. Como últimamente no has pedido las botellas de costumbre, pensaba que ya no te agradaban mis uvas —añadió—. Me alegra saber que todavía las aprecias.

Xena lo miró mientras se volvía hacia un lado para llenar la copa de Lastay, y pensó en lo que acababa de decir mientras bebía despacio el vino.

¿Había flojeado en el consumo? O, con más precisión, ¿se había convertido en algo tan habitual para ella que...? La reina frunció el ceño y dejó la copa, arrugando la frente al repasar el pasado reciente. Seguro que no había estado bebiendo tanto, ¿a que no?

—¿Qué pasa? —susurró Gabrielle, acercándose más—. ¿Va todo bien?

A que no. Una sonrisa curiosa flotó por el rostro de Xena cuando cayó en la cuenta de que, efectivamente, había ido incrementando poco a poco su consumo a lo largo de las estaciones. ¿Algo con lo que apaciguarse?

—Sólo pensaba en los cambios inmensos e inesperados que has causado en mi vida —le comentó a Gabrielle como sin darle importancia—. Nada serio. Bebe. —Indicó la copa que estaba en la mesa—. Está bueno.

—Mm... vale. —Gabrielle parecía un poco sin aliento. Cogió el vino y lo probó con cautela—. Caray. Qué bueno está.

Xena la miró, con los ojos azules ensombrecidos.

—¿Sabe mejor que yo?

Atrapada con la boca llena de líquido, Gabrielle tenía muy pocas opciones, y por fortuna eligió tragar en lugar de respirar.

—Pe... ah... no.

—Ah. —La reina meneó los hombros, inmensamente satisfecha—. Lo mismo digo. Eso lo explica. —Alzó una mano—. ¡¡¡Jellaus!!! Ven aquí y empieza a tocar. —Su atención volvió a centrarse en Gabrielle—. ¿Sabes bailar?

Agarrando la copa con las dos manos, Gabrielle la miró con los ojos como platos.

—No.

—Sabrás cuando acabe contigo. —Xena sonrió afablemente a su juglar, cuyos hábiles dedos empezaron a rasguear las cuerdas de su arpa.

Gabrielle se quedó inmóvil largo rato, escuchando la belleza de la música y dejando que sus alteradísimos nervios se fueran relajando. El vino estaba muy bueno, tenía un sabor ligero y afrutado que parecía inundarle la nariz al beberlo, y aprovechó la excusa de que estaba haciendo eso precisamente para darle tiempo a su cabeza de ajustarse.

Era como un sueño. Aquí estaba, sentada al lado de la reina, bebiendo vino y comiendo los dioses sabían qué mientras escuchaba cómo tocaba un juglar real.

Y éste era su sitio. Eso era lo asombroso. Este lugar, este asiento le correspondía a ella, y Xena se lo había dejado muy claro a todas las demás personas de la sala.

Uuuf. Gabrielle se relajó, un poquito, preguntándose si le sería posible divertirse esta noche. Todo el mundo estaba de buen humor, incluso Xena, y notaba que hoy la gente estaba mucho menos tensa de lo que había visto jamás a lo largo de su breve etapa de servicio con la reina.

Miró a Xena y vio que el severo perfil se animaba con una sonrisa mientras la reina escuchaba. Xena la miró y sus ojos se encontraron y su sonrisa se hizo más amplia, iluminando su cara y haciéndola parecer mucho más joven de repente.

La sonrisa hizo que Gabrielle le sonriera a su vez y notó una cálida sensación de euforia que estallaba en su interior, haciendo más vivos los colores de la sala y agudizando la sensación de placer que ahora notaba que la invadía. Era una sensación extraña y alegre y despertó viejos recuerdos en su interior, de un tiempo ya pasado en el que su hermana y ella corrían por el prado, persiguiendo a los corderos y riendo.

Caray. Gabrielle alzó impulsivamente su copa hacia la de Xena y la tocó, luego siguió adelante y la llevó a los labios de la reina.

Con una sonrisa equivalente, la reina deslizó el brazo por el de Gabrielle y llevó su copa a la boca de la mujer más menuda.

Bebieron mirándose el alma.

Y ésta, pensó Gabrielle maravillada, era la sensación que producía la felicidad.

Caray.


—¿Todo el mundo ha disfrutado de la cena? —La voz de Xena se alzó por encima del suave murmullo de las conversaciones, deteniéndolas—. Yo sí. —No esperó, porque, francamente, no le interesaba recibir una respuesta—. Ahora pasemos al motivo de que haya hecho esta fiestecilla. —Advirtió que todas las miradas se clavaban en ella—. Todos habéis estado clamando para que nombre a un heredero, por si algún día resulta que uno de esos pequeños intentos de asesinato tiene éxito y ya no tenéis que seguir aguantándome.

—Majestad... no es eso lo que sentimos. —Uno de los duques más ancianos se levantó.

—Oh, calla y siéntate. —Xena añadió una risa para hacerle saber que no lo iba a matar—. Me importan un bledo vuestros sentimientos. —Esperó a que se apagaran las risas bajas—. He decidido daros lo que estabais pidiendo para que dejéis de intentar meterme gilitos inútiles en la cama.

—Ama. —Stanislaus se había colocado cerca de ella y ahora se mesaba la barba.

—Sólo pensábamos en tu felicidad, ama —volvió a intervenir el duque mayor, sin arredrarse.

Xena hizo una mueca.

—He encontrado mi propia felicidad —comentó con tono ligero—. Gracias por intentarlo. No volváis a hacerlo. —Se levantó y palpó detrás del trono, donde había ordenado que colgaran su espada dentro de su gastada vaina de cuero. Al poner la mano encima de ella, la desenvainó y el susurro del acero al rozar el cuero resonó de repente con fuerza en la sala ahora silenciosa.

Salió de detrás de su mesa y descendió los escalones, haciendo molinetes lentos con la espada. El peso le resultaba placentero y familiar, y las miradas de creciente aprensión que la seguían también le resultaban placenteras y familiares.

No se podía consentir que todo el mundo se apoltronara demasiado, ¿verdad? Xena se detuvo en el centro mismo de la sala y esperó, apoyándose la espada en el hombro. Miró por la sala, asegurándose de que toda la atención estaba centrada en ella antes de hablar.

—Queríais un heredero —dijo—. Está bien. Lo tendréis. Lastay, ven aquí.

Xena oyó las exclamaciones sofocadas a su alrededor y sonrió tensamente sin dejar de mirar al frente mientras esperaba a que Lastay se colocara bien su elegante capa de seda y bajara para reunirse con ella. Cuando llegó donde estaba ella, cayó de rodillas casi con elegancia y bajó la cabeza.

—Majestad... —protestó débilmente el duque mayor—. ¿Puedo hablar?

—Sólo si quieres que sirvan tu lengua sobre una tostada —replicó Xena amablemente—. Nombro al duque Lastay mi heredero —dijo sonoramente, bajando la espada y golpeándolo en un hombro con ella—. Obtiene el desafortunado privilegio de ser mi sucesor, para gobernar esta tierra todo el tiempo que desee. —Lo golpeó en el otro hombro—. O todo el tiempo que pueda o hasta que huya despavorido. —Le puso la hoja plana encima de la cabeza—. Buena suerte.

Lastay levantó la cabeza con cautela y la miró.

—Gracias, ama.

Xena apartó la espada de su cabeza y la volvió, dándole un golpecito casi afectuoso en la mejilla con la hoja. Luego se la volvió a poner al hombro y le ofreció una mano para levantarlo.

Él la aceptó y ella tiró de él hasta ponerlo en pie. No era tan alto como ella, pero al menos estaba razonablemente bien proporcionado, y mientras lo miraba, se irguió, con una expresión entre resignada y orgullosa.

Muy apropiado, pensó Xena.

Stanislaus golpeó el suelo con su vara.

—¡Aclamad todos al príncipe Lastay! —proclamó a voces.

Xena percibió la vacilación en el aire.

—O cobráis —añadió, haciendo un molinete descarado con la espada.

La sala prorrumpió en gritos y aplausos. Xena le guiñó un ojo a Lastay, luego le dio un azote en el trasero con la espada y señaló hacia la mesa.

—Envía mensajeros —le ordenó a Stanislaus—. Quiero que este anuncio se ponga en cada pueblo que tenga paredes suficientes para pegarlo.

—Ama, tus deseos son órdenes para mí. —Stanislaus le hizo una profunda reverencia—. Haré que el anuncio se propague por todo el reino.

Xena fue a su asiento, envainando la espada antes de volver a sentarse al lado de Gabrielle. Lastay se quedó atrás, rodeado por la gente que acudía a felicitarlo.

—¿Xena? —Gabrielle se arrimó más a ella—. A algunos de estos no les ha gustado nada tu idea.

—Lo sé —le dijo Xena, apoyándose en el brazo de su trono y bajando la voz con tono confidencial—. Verás, su plan era meter a Bregos en mi cama, dejarme preñada y luego, cuando pariera a un crío y ellos pensaran que estaba prácticamente indefensa, me matarían y tendrían a Bregos a sus órdenes para dirigir el ejército mientras ellos hacían de regentes para mi crío.

—Puaajj. —Gabrielle hizo una mueca—. Qué cosa más horrible...

—Mmmm.

—Y ese pobre niño... que crecería sin su madre.

Xena se rió sin humor.

—Le habría ido mejor —le dijo a su esclava—. Tengo tanto instinto maternal como cerebro tenía Bregos. —Alzó la mano y pasó los dedos por el suave pelo de Gabrielle—. ¿Estás preparada para salir ahí y hacerme quedar bien?

Gabrielle se mordió el labio.

—Mm... —Respiró hondo—. Sí, estoy preparada.

Xena observó su cara.

—¿Asustada?

La esclava asintió sin dudar.

—Relájate —le aconsejó la reina—. Incluso si lo haces fatal, nadie de los presentes dirá lo más mínimo. —Agachó la cabeza y se regodeó en un pequeño beso—. Estoy de buen humor, pero nadie quiere arriesgarse. —Su lengua exploró los labios de Gabrielle, saboreando la dulzura del vino que quedaba en ellos.

Sabía que estaba escandalizando a la sala. Deliberadamente, acercó más a Gabrielle, consciente de la respiración que se iba acelerando entre los labios que se encontraban con los suyos. Notó que Gabrielle cambiaba ligeramente de postura y estuvo a punto de perder el control de su propia respiración cuando la mano de la esclava le tocó el costado, acariciándole despacio las costillas a través de la tela de su toga.

Xena levantó la cabeza y abrió los ojos, encontrándose con los ojos verdes de Gabrielle, oscurecidos de deseo, a escasos centímetros de los suyos. La reina logró echarle una sonrisa divertida.

—Reserva eso para más tarde —susurró.

—Vale —susurró Gabrielle a su vez—. Pero me encantaría que ya fuese más tarde.

El rostro de la reina se iluminó con una sonrisa encantadora.

—Y a mí —confesó—. Ve y cuenta mi historia. Luego les enseñaremos a todos estos estirados cómo se baila en plan sexi.

Gabrielle miró al gentío y luego a ella.

—Ooh —murmuró—. Espero poder hacerlo.

—¿Contar la historia o bailar conmigo? —le tomó el pelo Xena.

—Sí.

Xena se echó a reír. Se reclinó en su silla y alargó de nuevo la mano para revolverle el pelo a Gabrielle.

—Ya te lo he dicho... lo vas a hacer muy bien —le aseguró a la chica—. Así que adelante y hazlo.

Gabrielle volvió a respirar hondo, colocó las manos en los brazos de su silla y se levantó.

—Allá voy. —Se apartó de su asiento y volvió a colocarlo en su sitio, luego pasó por detrás del trono de Xena y rodeó la mesa hasta llegar a la parte de delante.

Stanislaus se acercó.

—¿Hay algún problema, ama?

Xena dirigió un ojo azul hacia él.

—¿Te ha parecido que había algún problema, Stanislaus? —preguntó, con un ronroneo seductor.

El hombre tuvo el mérito de sonrojarse.

—No... no, claro que no, ama... sólo me preguntaba si... ah... tu... mm...

—¿Deliciosa esclavita de amor? ¿Sí? —Xena observó a Gabrielle mientras ésta bajaba los escalones, apreciando su delicado contoneo al andar.

—Si necesitaba algo, ama. —Stanislaus suspiró—. Estoy seguro de que no es así.

La reina se echó a reír de nuevo.

—Gabrielle nos va a contar a todos una historia, Stanislaus. Anúnciala. Quiero que todo el mundo se calle y escuche.

El senescal asintió, se dio la vuelta y se dirigió al borde de la plataforma. Se detuvo a los pocos pasos y se volvió de nuevo, regresando al lado de Xena.

—Ama, ¿cómo la llamo?

Xena sabía lo que estaba preguntando. El problema era que ella misma no sabía si conocía la respuesta aún.

—Por su nombre —contestó escuetamente—. Es Gabrielle, por si no te has enterado.

Stanislaus asintió y reemprendió su misión, colocándose en la parte delantera del estrado y golpeando el suelo con su vara para pedir atención.

—Atención, atención.

Gabrielle había llegado al centro de la sala y ahora se volvió, sobresaltada, y lo miró. Al cabo de un segundo, miró indecisa a Xena, como buscando seguridad.

Aah. Xena le hizo un gesto animándola. La chiquilla parecía petrificada, pero supuso que estaría bien una vez hubiera empezado. Al menos eso esperaba. Tenía ganas de oír la puñetera historia.

—Damas y caballeros, Su Gran Majestad, Xena la Despiadada, os ha concedido generosamente que escuchéis una historia de su elección, contada por la favorita de Su Majestad, Gabrielle.

Xena repasó las palabras y decidió no pegarle una patada a Stanislaus por ellas. Se puso cómoda y cruzó las manos sobre el estómago, devolviendo cortésmente los numerosos tipos de miradas lanzadas hacia ella.

Al cabo de un momento, la gente se calmó y concentró su atención en Gabrielle, que, de pie en medio de todos ellos, parecía pequeña, nerviosa y un poco sin aliento.

Vamos. Xena intentó transmitirle un poco de la bravuconería excesiva que ella siempre parecía llevar encima. ¡Hazlo!

Aguantó la respiración, al ver que Gabrielle cerraba los puños y luego los abría, y vio el movimiento de la mandíbula de la chica al lamerse nerviosa los labios.

Se le ocurrió una cosa: ¿era justo pedirle que hiciera esto? Era evidente que la chiquilla no estaba en su elemento, y lo último que deseaba Xena era hacerla quedar como una tonta delante de esta sala llena de cretinos de primera.

No. Xena empezó a levantarse. Lo cancelaría y sacaría a la chiquilla de este apuro. ¿Acaso estaba loca, obligándola a hacer algo para lo que no estaba preparada sólo porque Xena, egoístamente, así lo quería?

Cierto, ella era la reina y estaba en su derecho de hacerlo, pero... Sintiéndose confusa y un poco enfadada, Xena se irguió y se apartó de su trono.

Un sonido la detuvo.

—Deseo contaros una historia. —La voz de Gabrielle se alzó por el aire, juvenil pero firme, con apenas un matiz de temblor en ella—. Es una historia de osadía y peligro, de un viaje en la oscuridad para deshacer un agravio y devolver la libertad a alguien que la había perdido.

Xena se sentó despacio.

—Escuchad mi historia.

Xena escuchó, sin importarle si nadie más lo hacía, y por primera vez en su vida se vio a sí misma a través de los ojos de alguien que la veía como algo muy especial. Oyó el tono maravillado de Gabrielle y absorbió los detalles con avidez, resistiendo apenas las ganas de parar a la chica y decirle que volviera a contar algunos de ellos.

Yo he hecho eso. Sentía un regocijo casi infantil. Yo entré en un castillo y rescaté a una princesa.

—Y entonces, subieron por las escaleras, sigilosas y en silencio, como sombras de venganza se deslizaron por los pasillos.

El tono de Gabrielle había adquirido ahora riqueza y seguridad. Xena sintió que estaba sonriendo. Miró hacia un lado y vio que la esposa de Lastay la estaba mirando. Por un instante, sus ojos se encontraron y en lugar de miedo, Xena vio en ellos un tranquilo agradecimiento.

Eso era distinto. La reina volvió a prestar atención a su esclava, cuyo cuerpo se iba relajando ligeramente al alzar las manos y empezar a usarlas al ritmo de su discurso.

Adorable.

Por fin apartó los ojos del rostro de Gabrielle y miró alrededor, descubriendo a una multitud tan absorta en la historia como ella misma. Les gustaba. Lo notaba. Esto era nuevo.

Sólo mucho más tarde se dio cuenta de que, de hecho, Gabrielle se había saltado algunos detalles. Pero ya la había perdonado por eso.

Ahora mismo, había prometido una lección de baile.

Se levantó y se puso a aplaudir cuando la chica terminó y la sala entera se unió a ella, llenando la estancia de sonido mientras ella bajaba los escalones para recoger a la acalorada y abrumada Gabrielle. Al llegar a ella, la esclava levantó la mirada, observó su cara atentamente y sonrió ante lo que encontró en ella. Xena se sintió arrebatada por un impulso irrefrenable y abrió los brazos, estrechando a Gabrielle con fuerza.

Sentía que había perdido el control por completo.

Gabrielle la estrujó y se agitó pegada a su cuerpo y Xena se dio cuenta de que le daba igual haber perdido el control. Lo único que le importaba estaba contenido en el círculo de sus brazos.

Era terrorífico.

Le encantaba.


PARTE 14


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