12


La luna se alzó despacio, asomando por encima de los muros de la fortaleza y derramando su apagada luz plateada sobre las figuras oscuras y los animales que piafaban inquietos. En lo alto, los estandartes se agitaban con la brisa nocturna y el roce de la tela sonaba por encima del leve martilleo metálico de un herrero que estaba trabajando y el ruido del ganado en sus corrales.

En el patio, los hombres estaban a la espera, sujetando las bridas con una mano mientras hacían una última comprobación de las armas que cubrían sus cuerpos protegidos con armadura. El cuero era oscuro y los aperos de los caballos estaban ennegrecidos con hollín del fuego.

La puerta del establo se abrió y un caballo salió al espacio abierto, con los hombros a más de treinta centímetros por encima de los demás y su pelaje de un denso y sedoso color negro que no reflejaba en absoluto la luz de las antorchas, que parecía sumirse en sus oscuras profundidades.

—Está bien, en marcha. —Xena acomodó las rodillas, con una sensación de placer por encontrarse de nuevo a lomos de un caballo. Hacía ya tiempo, y sospechaba que lo iba a pagar con agujetas al final de la noche, pero el ejercicio le apetecía mucho, no obstante. Montar a caballo era algo que llevaba en su ser, y su dominio se notaba en los sutiles movimientos del cuerpo que hicieron girar en círculo al gran semental sin el menor esfuerzo—. Quiero llegar allí, coger a la moza y volver antes de que nadie se dé cuenta de lo que está pasando.

—Ama —la saludó Brendan, y dio la señal. Los hombres montaron, formando alrededor de la reina, que estaba sentada cómodamente en medio de ellos.

—Manteneos juntos. Quiero estar de vuelta mucho antes de que salga el sol —dijo Xena—. Voy a dar una sorpresilla a todo el mundo durante la corte de la mañana y no quiero llegar tarde. —Una presión sobre el hombro la hizo mirar atrás—. ¿Estás lista? —gruñó a los redondos ojos verdes que la miraban a su vez.

Gabrielle estaba sentada detrás de ella en el caballo, con los brazos bien ceñidos alrededor de la cintura de Xena. Lo miraba todo con una sensación de pasmo y maravilla, pero hacía todo lo posible por no mirar hacia el suelo.

—Eso creo.

—¿Eso crees?

Gabrielle se movió un poco.

—Nunca había montado a caballo —dijo, un poco sorprendida de lo grandes que eran una vez estabas encima de ellos.

—Cómo no. Otro ejemplo de virginidad —comentó la reina—. No me puedo creer que haya dejado que me convenzas para que te lleve. Se me deben de estar saliendo los sesos por algún lado. —Sacudiendo la cabeza, cogió las flexibles riendas con una mano y contempló a su pequeño destacamento, captando los destellos de la escasa luz reflejada en los ojos que la observaban. Sospechaba que se estaban preguntando qué pintaba ahí la chiquilla rubia pegada a su espalda tanto como se lo preguntaba ella, pero parecía haberla invadido un espíritu temerario que únicamente la llevó a soltar una carcajada muy seca.

Le gustaba sentir la armadura sobre la piel. El aire frío le daba aún más gusto y, de algún modo, ese montoncito de calor vivo pegado a su espalda parecía encajar. En realidad, tampoco había hecho falta que Gabrielle la convenciera.

—Lo vas a lamentar, sabes.

—¿Sí?

Xena se volvió, sonriendo malévolamente por entre el flequillo oscuro que le caía sobre los ojos.

—Te vas a pasar una semana sin poder juntar las rodillas.

Gabrielle la miró parpadeando.

—Oh.

—Mm. —La reina se echó el manto sobre las rodillas—. Aunque pensándolo bien, a lo mejor no lo lamentas. Depende de lo que creativa que me ponga.

La cabeza rubia se echó a un lado y Gabrielle frunció el entrecejo.

—¿De lo creativa que te pongas?

Xena le echó una mirada.

—Cuando cuente hasta tres, sonrójate —instruyó a su esclava—. Tengo frío en los hombros.

—Oh. —Efectivamente, Gabrielle se sonrojó. Apoyó la mejilla en la espalda de la reina, con una sensación de miedo y emoción por la aventura que iban a vivir, además de un hormigueo sensual en el vientre al comprender lo que había querido decir Xena. No se había esperado que Xena fuera a cambiar de idea cuando bajaban de la torre, pero mientras le abrochaba la armadura a la reina, Xena se volvió de repente y le sujetó la cara, estudiándola intensamente.

Y de repente, iba con ella. Eso fue todo. Confuso, pero Gabrielle estaba segura de que Xena tenía una buena razón.

—Seguro que merece la pena.

La reina se rió por lo bajo y llevó al caballo hasta donde esperaban los demás miembros del equipo de asalto.

—Buenas noches, chicos —saludó al grupo.

—Majestad. —Brendan acercó su caballo a ella y se inclinó en la silla, tan cómodo como ella—. Nos haces un gran honor.

—¿Dejando que me acompañéis? Sí, cierto. No hay de qué —replicó Xena, con una risilla maliciosa—. Vais a cabalgar tras mis faldones reales y a lo mejor, si tenéis suerte, mi pequeña Gabrielle os incluirá en su historia sobre todo este asunto. —Dio una palmada a la esclava en la pierna.

—¿Una historia, mi reina? —preguntó Brendan—. ¿Es que tenemos a una narradora?

—La tenemos. —Xena hizo un gesto a uno de los mozos de cuadra para que abriera una puertecilla poco llamativa oculta en la curva del muro. Tenía el tamaño suficiente para que pasaran montados, si se agachaban. Xena tuvo que agacharse más que nadie, dada su estatura y la del semental, pero lo hizo con elegancia, inclinando el cuerpo a un lado y enderezándose cuando avanzaron por un estrecho pasillo de piedra que terminaba en otras puertas gruesas y reforzadas con barras.

Todos guardaban silencio y sólo se oían los cascos de los caballos al salir en fila india por las puertas abiertas por los mozos que trotaban por delante de ellos. La noche se extendía ante ellos y un sendero poco transitado bajaba desde las puertas por las que acababan de salir hasta el camino. Los ruidos sonaban apagados, el roce y los golpes de los habitantes mezclados con el movimiento inquieto del ganado, mientras pasaban por la ciudad para adentrarse en el campo oscuro.

Xena esperó hasta que hubieron pasado el mercado y las aldeas externas y quedaron ocultos por los árboles de cada lado del camino.

—Ahora escúchame, ratoncito almizclero —le murmuró a Gabrielle volviendo la cabeza.

—No soy un ratoncito almizclero —protestó Gabrielle apaciblemente, echando la cabeza hacia atrás y mirando las estrellas—. Oh... ¡mira!

—¿Qué? —Xena comprobó la zona rápidamente.

—¡No, ahí arriba! —susurró Gabrielle—. ¡Se mueve! —Señaló una estela de luz.

Xena se quedó mirando.

—¡Pide un deseo! —la instó la esclava—. ¡Si pides un deseo al ver una de ésas, se hará realidad!

—Gabrielle —dijo la reina con tono divertido.

—¡Es cierto!

Xena sacudió la cabeza y se rió por lo bajo.

—Diez mil esclavos y he tenido que elegir a ésta. —Suspiró en broma.

El camino estaba vacío ante ellos, tal y como se había esperado. El bosque se extendía a ambos lados y bajaba hasta el valle del río, donde se hacía un poco más ancho al cruzar el vado y entrar en las fértiles tierras del otro lado. La fortaleza de Evgast estaba situada al abrigo de una hondonada del siguiente valle y cualquiera que se acercara era fácilmente visible desde sus murallas de piedra. Tendría que buscar una forma de entrar menos evidente, pero hasta entonces se acomodó y decidió disfrutar simplemente del paseo.

—Bueno.

—¿Mm? —Gabrielle se acercó más.

Uno de los pulgares de la chica la acariciaba sin pensar justo encima del ombligo y a Xena le producía una distracción deliciosa.

—¿Qué has deseado? —preguntó, posando la mano libre en el muslo de la esclava.

—No te lo puedo decir.

Xena volvió la cabeza.

—¿No puedes? —gruñó.

—Si no, no se hará realidad —explicó Gabrielle—. No se lo puedes decir a nadie. —Apoyó la mejilla en el hombro de la reina mientras observaba el panorama—. Qué noche tan bonita hace.

¿Bonita? Xena observó el paisaje. Estaba iluminado por la débil luz de las estrellas y la luna nueva era apenas una franja en el horizonte.

—Si tú lo dices —dijo—. Ahora escucha. Cuando lleguemos donde vamos, te voy a subir a un árbol y vas a mantener la boca cerrada y a esperarnos hasta que volvamos. ¿Entendido?

—Vale.

—Mm... —Xena le acarició el costado de la rodilla a través de las polainas—. Me encanta que me obedezcan sin rechistar —dijo suavemente—. Es una de las razonas por las que quería dominarlo todo.

Gabrielle observó las orejas del caballo que se movían hacia delante y hacia atrás, como si él también estuviera escuchando a Xena.

—¿Qué vas a hacer?

Xena mantenía un ojo a ambos lados del bosque, pues la precaución de una vida entera le despertaba unos instintos que tenía que reconocer que tenía oxidados en el mejor de los casos. De repente, cobró conciencia de que hacía mucho tiempo que no dejaba la seguridad de sus tropas y su fortaleza para moverse por el territorio prácticamente sola.

¿Realmente era buena idea?

Frunció el ceño, turbada por la idea. Su plan era relativamente sencillo, en teoría. Se adentraría con su pequeño grupo en las colinas y se colaría en el castillo de Evgast. Éste vivía en el centro del reino, y hacía años que no se veía ni a un triste bandolero por la zona. Estaba segura de que podrían entrar, encontrar a la chica y volver a salir.

¿Pero sería tan fácil? ¿Se estaba engañando? ¿Estaba chiflada por salir y arriesgarse en un loco intento de...?

¿De qué?

No. Desechó la idea. Hacía esto porque sabía que lo iba a hacer bien y...

Xena volvió a fruncir el ceño.

—¿Por qué Hades estoy haciendo esto? —preguntó en voz alta.

Gabrielle supuso que se dirigía a ella y reflexionó sobre la pregunta cuidadosamente.

—¿Porque quieres ayudar al duque y ponerlo de tu parte? —aventuró—. Y es estupendo que lo hagas.

Mm. Xena hizo una señal para que los hombres avanzaran y apretó los costados del semental con las rodillas. El movimiento del caballo cambió del paso al trote largo, y notó que Gabrielle se agarraba a ella de repente con todas sus fuerzas.

—Eso me parece bien —dijo—. Asegúrate de que recuerdas todos los detalles heroicos, ¿mm?

—Ahhhh... —Gabrielle se movía ahora más deprisa de lo que se había movido en toda su vida. El viento le echaba el pelo hacia atrás y parpadeó por el escozor que el aire frío le producía en los ojos—. Eeeeso sssería más fffácil si no mmme ssssubieras a un ááárbol.

Xena le echó un vistazo.

—Estás tartamudeando.

—E... el cabbballo bbbbota.

—Ahh... Puedo hacer que deje de botar. ¿Te gustaría?

Gabrielle asintió enérgicamente.

Xena se rió entre dientes y apretó las rodillas, echándose hacia delante y soltando un leve grito. El caballo echó a correr a galope tendido, alargando el paso mientras los árboles pasaban zumbando a su lado.

—¿Mejor? —le gritó a su pasajera.

—¡Iiiiaaaaauuuuuuuuu! —Gabrielle rodeó el cuerpo de Xena con los brazos y se aferró a ella con todas sus fuerzas. Sentía la risa de la reina y sentía cómo se movía su musculoso cuerpo siguiendo el movimiento del caballo. Daba miedo y era muy incómodo y le daba la sensación de que se iba a caer de un momento a otro.

Y entonces, pensó que si se pegaba a Xena como una lapa y se movía al mismo tiempo que ella, la cosa mejoraría un poquito.

Sólo un poquito.

Atravesaron la noche como un trueno, bajando a toda velocidad por el camino hacia el río. Estaba oscuro y en lo alto, el cielo parecía lleno de estrellas fugaces.

Gabrielle decidió que o iba a ser la mejor aventura de su vida o la peor pesadilla que podría imaginar jamás. Pero si los dioses la escuchaban y le concedían su deseo... entonces Xena y ella estarían bien.

Y... Su cuerpo se fundió un poco más con el de la reina. Xena tenía razón en una cosa.

Iba a ser una historia buenísima.


Xena se arrastró sobre la cresta de la colina, gozando perversamente de la sensación del suelo frío y duro bajo las rodillas y los codos. Pasó despacio por encima de una raíz ya en la cima, se asomó un poco y contempló el valle de debajo.

El pequeño castillo estaba bien iluminado con antorchas y las puertas estaban guardadas por no menos de seis tipos de aspecto fornido, armados con lanzas largas de punta irregular. Xena también advirtió las estrechas troneras de las murallas de piedra, donde distinguía apenas los levísimos destellos de las ballestas montadas en su interior.

Despacio, volvió la cabeza y observó el terreno que rodeaba al edificio, asintiendo un poco al ver el espacio estrictamente despejado que no permitía que ningún intruso se acercara inesperadamente. Buena planificación, por desgracia para ella. Sus ojos siguieron la onda de luz creada por las estrellas en el pequeño arroyo que corría junto a las murallas, que ofrecía más protección y se llevaba los desechos del castillo en su corriente apestosa.

Mm. Xena miró el agua atentamente. Ladeó la cabeza y escuchó intensamente y a lo lejos oyó un fuerte gorgoteo procedente de la loma que había detrás del castillo. Calculó los hombres que llevaba consigo, luego se apartó de la cresta y regresó donde estaban esperando los hombres y Gabrielle.

—Parecen muy atentos en la puerta, ama —comentó Brendan, en voz baja—. Casi como si esperaran problemas.

Sí.

—Evgast sabe que tiene un premio ahí dentro —dijo Xena—. No es inconcebible que Lastay intentara entrar. —Señaló la loma—. Tenemos que dejar los caballos aquí. Llevadlos a ese grupo de árboles de ahí.

Brendan miró.

—¿Sí, ama? ¿Y luego?

—Luego trepamos. —Xena le sonrió con alegre perversidad—. Espero que puedas, viejo. —Le dio una palmadita en la cabeza y echó a andar hacia el grupo de árboles, con Gabrielle siguiéndola calladamente.

—¿Xena? —murmuró la esclava, cuando llegaron a los árboles—. ¿Puedo hacerte una pregunta?

—¿Puedo impedírtelo? —La reina llevó a su gran montura al interior del espacio protegido y ató la brida. Se apartó cuando el resto de los hombres siguieron su ejemplo—. ¿Mm? —Sus dedos encontraron la barbilla de Gabrielle y se la levantaron.

—Claro.

—¿Qué? —preguntó Xena.

—¿No podrías ir a la puerta de entrada y simplemente pedir que te la entreguen?

Xena se la quedó mirando. Con una ceja enarcada.

—Es decir, tú eres la reina. Tendrían que hacerte caso, ¿no? —siguió la esclava.

—Mm. —Xena rodeó los hombros de Gabrielle con el brazo y echó a andar colina arriba con los hombres apiñados a su alrededor—. Podría hacerlo —reconoció—. Pero no quiero.

Avanzaron en silencio por entre los árboles y Xena los guió colina arriba. Gabrielle estuvo callada un ratito y luego volvió a levantar la mirada.

—¿Por qué no?

—Dos razones —contestó la reina—. Primero, porque Evgast ha ido ya tan lejos que puede haberle dicho a su gente que la mate si alguien se acerca al castillo.

—Oh —murmuró Gabrielle—. Caray. Eso sería malo.

—Mm —asintió Xena—. Y segundo, porque para mí la única diversión que hay en esto es burlar a ese cabroncete y robarle su premio ante sus propias narizotas.

—Ah.

—Y tengo la intención de divertirme al máximo esta noche —terminó Xena—. Sobre todo porque creen que estoy ocupada en mis aposentos entregada a rituales hedonistas cuya pobre mente no podría llegar a imaginar siquiera. —Agachó la cabeza mientras caminaba, capturando elegantemente los labios de Gabrielle y explorándolos sin perder el paso ni tropezar con la más mínima ramita—. ¿Comprendido?

Gabrielle asintió.

—Sí, creo que sí.

—Bien. —Xena llegó al final de la cómoda cuesta y soltó a su esclava, examinando el risco de piedras que tenía delante—. Vale. —Flexionó los dedos—. Ahora las cosas se ponen difíciles. Yo voy primero y los demás me seguís. Si os caéis, mantened la boca cerrada. Nada de gritos.

Gabrielle se quedó mirando mientras la reina se soltaba el manto y lo colgaba pulcramente de la rama de un árbol. Iba vestida con su armadura, pero le había añadido polainas tejidas metidas en las botas y una cota de malla de color negro que le cubría los brazos y la hacía casi invisible en la oscuridad.

Xena empezó a trepar por las rocas, eligiendo los asideros con cuidado y moviéndose con tranquila y cauta precisión. Al cabo de un momento, Gabrielle se dio cuenta de que los hombres estaban esperando a que ella empezara, por lo que avanzó apresuradamente, se agarró a las piedras y subió detrás de la reina lo más deprisa que pudo.

Gabrielle no tardó nada en darse cuenta de que no era fácil en absoluto. Xena hacía que pareciera que no costaba casi nada, pero los bordes de las piedras le cortaban las manos y la energía necesaria para izar el cuerpo era casi más de lo que podía soportar. Pero oyó a los hombres que empezaban a trepar tras ella, soltando palabrotas sofocadas, y se sintió un poquito mejor por eso. Era duro para ella, pero al menos pesaba poco. Ellos no.

El camino se hizo más empinado y luchó por agarrarse a un asidero que había usado Xena. La piedra estaba un poco resbaladiza por el aire nocturno y se le escurrió la mano, lo cual la hizo caer contra las rocas con un golpe doloroso.

—Ay —dijo sin voz, recordando la advertencia de Xena.

—¿Estás bien, pequeña? —murmuró Brendan, justo debajo de ella.

—Sí —susurró Gabrielle, recuperando el aliento y sujetándose mejor a la piedra. Tiró de su cuerpo hacia arriba y elevó la mirada, para encontrarse con un par de gélidos ojos azules que la miraban a su vez—. Lo lamento.

—Sí, eres lamentable —dijo la reina mordazmente.

Gabrielle la miró parpadeando, escocida por las palabras. A fin de cuentas, no era como si se hubiera pasado toda la vida subiendo montañas.

—Al menos para esto. —Xena bajó la mano, la agarró por la espalda de la túnica y la izó al siguiente repecho con la misma facilidad que si hubiera sido un saco de trigo—. Me alegro de que tengas otras cosas buenas. Vamos.

Como Xena la llevaba sujeta, el ascenso se hizo mucho más fácil. Gabrielle subió por encima del último tramo de rocas y se tumbó boca abajo al lado de la reina. Al cabo de unos minutos, los otros se reunieron con ellas y se arrastraron para atisbar por encima del risco.

Ahora estaban al otro lado del castillo. Gabrielle vio las murallas de la parte posterior, tan imponentes como las de delante, de superficie gris interrumpida tan sólo por dos puertas guardadas y una especie de corral de madera que cubría un montón de rocas situadas al fondo mismo.

Xena hizo un gesto a Brendan para que avanzara. Señaló a los guardias que estaban en la puerta más cercana a ellos. El veterano soldado asintió y luego retrocedió por la línea, le dio un golpecito en el hombro a uno de los hombres y le indicó que tenía que seguirlo.

Gabrielle los observó mientras se iban y vio cómo su armadura se fundía rápidamente con el oscuro follaje a medida que bajaban poco a poco por la loma. Le resultaba asombroso el silencio con que se movían y observó fascinada apenas un amago de sombra mientras avanzaban a gatas. Se pegó mucho a la oreja de Xena.

—¿Qué van a hacer?

Xena volvió la cabeza y la miró.

—Eliminar a los guardias —dijo.

—Oh. —Gabrielle se quedó mirando un momento más, hasta que el significado de esas palabras caló y le corrió un escalofrío por la espalda—. ¿E...?

—Sí —dijo la reina, con precisión—. Cierra los puñeteros ojos.

Gabrielle le sostuvo la mirada largos segundos. Luego se volvió y apoyó la barbilla en el antebrazo, clavando la mirada en los guardias desprevenidos iluminados por la luz de las antorchas. A esta distancia no eran más que unas figuritas, sus leves movimientos apenas se veían y era imposible distinguir sus facciones.

¿Eso hacía que mirar resultara más fácil? Gabrielle tragó. Podían ser tipos normales, como los hombres que Xena se había traído. Podían ser el hermano de alguien. O el marido. Imaginó la cara de Brendan. O el padre.

Pero no tardarían en ser simplemente cadáveres. Gabrielle no conocía a ninguno de ellos, pero se sentía triste, y se preguntó si era esto lo que le tenía reservado la vida a partir de ahora. ¿Debería acostumbrarse sin más?

¿Podría? Se movió y miró el perfil de Xena. La reina apoyaba el peso en los codos y observaba la fortaleza con ojos tranquilos y alerta. La belleza de sus rasgos fuertes y marcados era evidente incluso a la escasa luz de las estrellas, y Gabrielle volvió a preguntarse cómo era posible que en el interior de la mujer que tenía al lado hubiera tanta sangre y muerte.

Algo más a lo que tendría que acostumbrarse, ¿no? Gabrielle soltó aliento y por un instante deseó no haber pedido venir.

—¿Puedo saltarme este detalle heroico cuando cuente la historia? —murmuró para sí misma meneando levemente la cabeza.

Xena fingió no oírla. Siguió mirando con confianza, observando el ligerísimo movimiento que sabía que eran sus hombres bajando para ocuparse de las cosas. En cuanto los guardias estuvieran muertos, podría entrar por allí, y a estas horas de la noche contar con un período de tiempo seguro para encontrar lo que estaba buscando. Dejaría a dos de sus hombres fuera por si alguien echaba un vistazo a la puerta y todo saldría a pedir de boca para todo el mundo.

Un eco le zumbaba molesto en los oídos. Salvo para los guardias de Evgast, claro. Echó una mirada a Gabrielle y vio el aleteo de las claras pestañas de la chica en un perfil que era la imagen viva de la consternación pensativa.

Maldita sea. Sentir que tenía que justificar sus decisiones era algo que la sacaba de quicio. Xena frunció el ceño y no hizo caso de la esclava, concentrándose en organizar bien su plan.

Pero segundos después, se encontró mirando de nuevo a Gabrielle. La chica había dejado de mirar a los guardias para dedicar su atención a un pequeño escarabajo que tenía delante de la nariz, al que le puso un dedo cauteloso delante y observó mientras subía por encima para continuar su camino.

¿Por qué Hades haría alguien algo así?, se preguntó Xena.

—Eh.

Hubo una breve pero clara vacilación antes de que Gabrielle levantara la mirada hacia ella. Los labios de la esclava estaban curvados en una levísima sonrisa y luego se relajaron mientras esperaba a ver qué quería Xena.

¿Qué quiero de ella?, pensó Xena, contemplando ese rostro dulce e inocente.

—Escucha. —Colocó la punta del dedo índice en la nariz de Gabrielle—. Vivimos en un mundo desagradable. No se puede ser amable con todo el mundo.

—Ya lo sé —dijo Gabrielle—. Pero... —Dirigió la mirada al castillo—. ¿No podrías haberlos atado simplemente?

Xena suspiró.

—No. —Volvió a fijarse en los guardias, vio una sombra que se deslizaba a la derecha de ellos y tomó una bocanada de aire expectante—. Para empezar, no tenemos cuerda —comentó—. Y para continuar... —La reina se calló, con una arruga en el entrecejo—. Ahora ya es demasiado tarde. —Se volvió y apoyó la barbilla en los puños—. Todo el mundo preparado para avanzar.

Gabrielle se debatió consigo misma unos minutos, obligando por fin a sus ojos a clavarse en los guardias. Cerró los puños en el suelo por delante de ella, agarrando dos puñados de hojas y palitos y sintiendo cómo se le clavaban en las palmas.

Uno de los guardias miró a su compañero situado al otro lado de la puerta, haciendo un gesto apenas visible con la lanza. El otro agitó una mano diminuta como respuesta.

Casi se los imaginaba compartiendo un chiste, allí solos en medio de la noche.

Y mientras observaba, incapaz de apartar la mirada, dos sombras se despegaron del suelo y cayeron sobre la puerta. El guardia más próximo a ella hizo amago de reaccionar, luego su lanza cayó al suelo y a continuación él, agarrándose la garganta al caer.

Al otro guardia no le dio ni tiempo de gritar. Estaba de pie y de repente ya no era más que un guiñapo de tela en el duro y frío suelo. La muerte los había alcanzado en silencio y en silencio las sombras oscuras levantaron los cuerpos y los ocultaron en los matorrales de donde habían salido.

—Muy bien —las felicitó Xena en voz baja.

Gabrielle se miró las manos. Despacio, las abrió y dejó caer las hojas, sintiéndose enferma y bastante triste. Entrelazó los dedos y apoyó la frente en ellos, aspirando el olor de la tierra mientras rezaba una pequeña oración a Hades por el viaje de los dos hombres a sus dominios.

—Vamos. —Xena agarró a Gabrielle por la parte de atrás de la túnica y la puso en pie, remontó el risco y empezó a bajar por la loma hacia el castillo—. No querrás perderte la diversión, ¿verdad?

Gabrielle acabó trotando cuesta abajo detrás de la reina, hacia la puerta iluminada por las antorchas. Estuvo a punto de pararse al ver a los dos guardias apostados a cada lado, pero luego se dio cuenta de que eran los hombres de Xena con los tabardos de los guardias.

No se veía ni rastro de los guardias originales mientras se acercaban.

Brendan movió el cerrojo cuando llegaron, abrió la puerta despacio y agachó la cabeza cuando Xena pasó a su lado y se deslizó dentro del castillo.

—Buen trabajo. —La reina le dio una palmadita en la mejilla.

—Sí. Nada mal para un viejo, ¿eh? —Brendan se rió por lo bajo.

La puerta se cerró tras ellos y Gabrielle se encontró en un pequeño patio cerrado donde no había nada salvo una serie de barriles viejos.

—Muy bien —murmuró Xena—. Eso ha sido lo fácil. Separaos. Vosotros dos... —Señaló a dos de los cuatro hombres que quedaban—. Id a la escalera de la torre. Aseguraos de que nadie suba por aquí y nos bloquee la salida.

—Sí, ama. —Los dos hombres se alejaron.

—Vosotros dos, buscad el cuartel y las cuadras —ordenó Xena—. Gabrielle y yo buscaremos a la chica. Cuando silbe, volved aquí preparados para salir pitando.

—Ama. —El más alto se tocó la frente y los dos se fundieron en la oscuridad.

Gabrielle se quedó con Xena a solas en el patio. Notó que se le aceleraba el corazón, pues de repente se dio cuenta de que se iba a ver implicada en el plan que se le había ocurrido a Xena.

No tendría la seguridad de un árbol anónimo donde ocultarse. Iría donde fuera Xena y se arriesgaría a cualquier cosa que la reina tuviera en mente.

Era profundamente terrorífico.

¿Y si hacía algo mal? ¿Y si las pillaban? ¿Y si...?

—Oye. —Xena le dio una palmadita en la mejilla—. Que no te entre el pánico. Nos irá bien. No hay nadie en este sitio que pueda tocarme siquiera. Estás a salvo como un bebé.

Gabrielle la miró parpadeando e intentó proyectar una seguridad que no sentía.

—Vale.

—Vamos. —La reina le puso una mano en el hombro y echó a andar, colocando las botas con cuidado al avanzar por el pasillo—. Nada de chillidos.

Ya. Gabrielle apretó las mandíbulas. Para ella es fácil decirlo.


—¿Dónde está todo el mundo? —susurró Gabrielle, lo más bajito que pudo. Xena y ella estaban al pie de una larga escalera de piedra en espiral dentro de la torre más cercana a la puerta de atrás—. Qué silencio.

—Mm. —La reina apoyó la mano en la piedra y se inclinó como si estuviera escuchando sus silenciosos secretos—. Cenando, probablemente. —Se irguió, al parecer satisfecha—. No hables. No arrastres los pies o te...

—¿Me los cortas? —sugirió Gabrielle, en un murmullo bajo—. Jo, qué estropicio.

Xena le dio una palmadita en la mejilla.

—Así me gusta. Sigue desarrollando ese sentido del humor. —Empezó a subir por las escaleras, colocando los pies con cautela mientras izaba el cuerpo despacio. Ladeó la cabeza y escuchó, aguzando los oídos para captar el más mínimo sonido procedente de arriba mientras guiaba a Gabrielle.

La torre estaba vacía, casi demasiado vacía. La reina sintió una punzada de nervios mientras seguía subiendo, consciente de la responsabilidad bajita y rubia que llevaba pegada a la cadera.

¿Estaba chiflada por haberse traído a Gabrielle? Xena frunció el ceño y se detuvo en medio de la escalera para levantar la cabeza y examinar lo que conseguía ver del rellano superior. Allí ardía una sola antorcha y oía el leve roce de la llama en la piedra del muro.

No se oía una respiración, no se veía un movimiento que pudiera indicar que había un guardia.

—Mm. —Xena reanudó su sigiloso ascenso, con una mano en el hombro de Gabrielle al doblar la última curva y llegar a la puerta de arriba—. Alto. —Xena se arrodilló y examinó el suelo, tocando con los dedos una mancha oscura que había delante de la puerta. Olió con cuidado, luego se levantó y pegó la oreja a la puerta. Al otro lado detectaba apenas un murmullo de voces graves y el corazón se le aceleró como reacción—. Quédate detrás de mí.

Gabrielle no tenía la menor intención de quedarse en otro sitio. Se ocultó tras la figura reconfortante y sólida de la reina cuando Xena puso la mano sobre el picaporte y lo movió sin hacer ruido. El corazón le latía a tal velocidad que se estaba mareando y se concentró en respirar hondo mientras la puerta de madera se abría ligeramente.

Salió una bocanada de aire que olía a juncos y humo de aceite y el olor cosquilleante de la lana. Tras un momento de inmovilidad absoluta, Xena abrió un poco más la puerta, deslizó el cuerpo dentro y tiró de Gabrielle para meterla detrás de ella.

Querías una aventura, se recordó Gabrielle a sí misma al notar cómo se cerraba la puerta, aislándolas en un pasillo de techo alto abovedado y una serie de puertas encastradas. Pues ya la tienes, así que ahora cállate y haz lo que ella diga.

Había una fina alfombra de lana en el suelo y tapices en las paredes que daban calor al interior. Había antorchas bien puestas en candelabros de pared a intervalos regulares a lo largo de todo el pasillo, pero aparte de eso, estaba vacío. Gabrielle oía apenas unas voces, a lo lejos, y al asomar la cabeza por detrás del codo de Xena también vio otra cosa.

Al final del pasillo había otra puerta, pero ésta era diferente. Tenía barrotes de hierro y un candado grande y pesado aseguraba la entrada, que parecía lo bastante fuerte como para resistir incluso el golpe de un gigante.

Gabrielle se preguntó de repente cómo había sabido la reina dónde tenía que ir exactamente. Quiso preguntárselo, pero un solo vistazo al rostro serio de Xena la convenció de que debía guardarse la lengua dentro de la boca y sus pensamientos para sí misma. Pero sí entendía por qué no había guardias. Nadie podía entrar en esa habitación.

Sin embargo, los barrotes de hierro no parecieron desalentar a la reina. Por alguna razón, eso no le sorprendió gran cosa a Gabrielle.

Xena se volvió y posó las manos sobre los hombros de Gabrielle, con los ojos serios y muy intensos. La echó hacia atrás, pegándola a la pared y dentro de un pequeño nicho. Luego la soltó y le puso un dedo en la nariz a Gabrielle.

—No te muevas —dijo sin voz.

Gabrielle asintió.

Sin hacer ruido, Xena se volvió y bajó por el pasillo. Al acercarse a la primera puerta se detuvo, asomó la cabeza por la esquina y examinó el espacio antes de continuar. Sus movimientos eran ágiles y ligeros y parecía irradiar una vigilancia que Gabrielle percibía desde el final del pasillo.

Había una extraña belleza en todo ello.

Aguantó la respiración cuando Xena llegó a la siguiente entrada y su cuerpo se quedó totalmente inmóvil. Con ojos horrorizados, Gabrielle vio que la puerta se abría, derramando luz de velas al pasillo, y salió un hombre, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

Pasó justo al lado de la mujer alta y morena que estaba pegada a la pared y ni siquiera vio el brazo que le rodeó el cuello y se lo rompió.

El suave crujido golpeó a Gabrielle directamente en la boca del estómago. Vio que el hombre se desplomaba en brazos de Xena y vio la expresión fría de los ojos de la reina mientras metía el cuerpo en un rincón oscuro al otro lado de la puerta.

Ya no había belleza. Gabrielle cerró los ojos para no ver la imagen de los ojos fijos del hombre, que la miraban antes de que se le torciera la cabeza y su vida se extinguiera entre una inhalación y la siguiente.

Con cautela, Xena se asomó a la habitación. Luego se volvió y levantó al desdichado hombre, se puso el cuerpo al hombro como si fuera un saco de trigo y lo tiró dentro de la habitación. Cerró la puerta tras él y se sacudió las manos.

Sus ojos se encontraron con los de Gabrielle. Luego Xena se volvió y continuó pasillo adelante hacia la habitación cerrada.

Era como estar atrapada en una pesadilla. Gabrielle pegó los hombros a la piedra, obligando a su cuerpo a no darse la vuelta y salir corriendo como deseaba hacer con tanta desesperación. No quería estar aquí. No quería ver morir a nadie más, ni ver a Xena poner en práctica esas oscuras habilidades de las que tanto parecía enorgullecerse.

Intentó no pensar en esas mismas manos tocándola. Dándole una palmadita en la mejilla.

Gabrielle se sentía enferma y bastante avergonzada. Bajó la mirada al suelo y rezó para que todo acabara deprisa, antes de que las descubriera alguien más.

Xena llegó a las puertas de hierro y examinó el candado. Estaba muy satisfecha de sí misma hasta ahora, pues había adivinado sin equivocarse la arquitectura de Evgast y recordaba el interior de su castillo, que sólo había visto una vez. Su sentido del oído le decía que todavía no había nadie más en la torre y movió los ojos por el pasillo antes de concentrarse en el candado de hierro que tenía en las manos.

¿Estaba Gabrielle observando lo lista que era? Xena miró hacia donde había dejado a la esclava. Frunció el ceño al advertir la postura de Gabrielle y se preguntó qué Hades de problema podía tener la chiquilla ahora.

Como si notara la mirada de Xena, Gabrielle levantó los ojos, se encontró con los suyos y luego los apartó, incapaz de sostenerle la mirada.

Pero ese breve instante fue suficiente, casi más que suficiente, para hacer que Xena dejara el candado, diera la espalda a la puerta y regresara por el pasillo.

Se olvidó de su misión, se olvidó de la cautiva. Sólo le interesaba la figura pequeña y rubia acurrucada en un rincón oscuro al otro extremo de las paredes de piedra. Llegó donde estaba la chica y alargó la mano, tocándole la cara con gesto interrogante.

Gabrielle se apartó, encogiéndose casi.

Xena sintió... Se quedó mirando a la esclava, pasmada por la descarga de dolor que la atravesó al ver ese leve movimiento. Volvió a alargar la mano y vio que Gabrielle se pegaba a la pared, apartándose de sus dedos.

Ninguna de las dos habló. Xena se miró las manos, luego se volvió y miró la segunda puerta al recordar lo que había hecho. Volvió a mirar a Gabrielle, que contemplaba infelizmente el suelo.

La reina sintió que se le hundían los hombros. Las emociones que tenía dentro eran casi excesivas y el peligro que las rodeaba iba en aumento proporcionalmente. Descubrió que le traían sin cuidado la cautiva o el castillo o Evgast o... el dolor se concentraba directamente en la esclava que tenía ante ella.

Debía volver a su trabajo. Xena se debatió consigo misma. Estaba loca por quedarse aquí plantada. ¡Loca!

De modo que cayó sobre una rodilla en el pasillo, aceptando su locura al tiempo que dejaba que esta necesidad que tenía primara sobre todo lo demás, a pesar de la increíble estupidez que sabía que era. Ahí, al menos, se encontró con unos dulces ojos verdes que la miraban sorprendidos.

Xena alzó la mano, se señaló el pecho y luego señaló a Gabrielle. Se tocó un lado de la boca e hizo un gesto, abriendo y cerrando los dedos en una imitación del habla.

Gabrielle miró nerviosa por el pasillo y luego a ella de nuevo. Las voces sonaban más fuertes y oyó un leve ruido metálico de algo que golpeaba con otra cosa escaleras abajo, cerca del final del pasillo.

Xena no se movió, sin hacer caso del peligro. Alargó la mano, con la palma hacia arriba, sin apartar los ojos del rostro de la esclava.

Gabrielle dudó. No sabía qué le estaba pidiendo Xena, pero al mirar a esos ojos azules, supo que tenía que responder o huir. Con un suspiro pensativo, colocó su palma encima de la mano que le ofrecía Xena.

Cuántas cosas la miraban a su vez. Cuántas emociones tempestuosas.

¿Estaba haciendo el estúpido? Estaban en un lugar muy peligroso, ¿cómo podía cuestionar nada de lo que hacía Xena para que lograran salir de él?

Gabrielle tomó aliento, incapaz de apartar los ojos de los de la reina. Sentía que allí había una conexión, con ella, que desafiaba el envoltorio de su juvenil moralidad. No podía negarlo.

Su corazón se entregó, sin querer negarlo, relegando su sentido del bien y del mal para acariciar al espíritu inquieto arrodillado ante ella.

Xena se levantó, le apretó un momento la mano y luego se la soltó. Se quedó mirando a Gabrielle largos segundos, luego alzó el brazo pausadamente y acarició con los nudillos la mejilla de la chica.

Esta vez, Gabrielle no se encogió. Siguió mirando a la reina en silencio, todavía angustiada, pero no se movió cuando los dedos le tocaron la cara.

Satisfecha, Xena asintió, luego se volvió y de nuevo avanzó ágilmente por el pasillo y llegó a la puerta asegurada justo cuando cuatro soldados subieron las escaleras y doblaron la esquina delante de ella.

Atacaron sin vacilar.


Xena no estaba bien equilibrada. Hizo frente al ataque y logró conservar la piel intacta durante los primeros momentos, esos momentos críticos en los que a menudo se perdía la vida junto con la reputación. No perdió el tiempo enfadándose consigo misma, aunque sabía que ella misma se había metido de lleno en este embrollo por su loca necesidad de congraciarse con su esclava.

Merecía que la destriparan por eso, reconoció la reina al tiempo que arrancaba una lanza de manos de uno de los guardias y se ponía a trabajar. Idiota. Idiota. Xena atacó con veloz agilidad, golpeando con la lanza al hombre que tenía más cerca en la cabeza, el pecho y la entrepierna al ritmo de su cántico interior.

Otros dos se le echaron encima. No tenía espacio suficiente para esquivarlos sin caerse por las empinadas escaleras. Sintió un fuerte golpe en la parte posterior de la cabeza y todo se puso oscuro por un momento y los ruidos resonaron con ecos extraños cuando su consciencia se apagó por un instante.

Pero su cuerpo siguió luchando. Se retorció y salió rodando de debajo del hombre, le incrustó un pie en las costillas y se lo quitó de encima con la fuerza de las piernas. El hombre gruñó, el único ruido que había hecho cualquiera de ellos hasta ese momento, y ella se levantó de un salto para descargar un derechazo en redondo contra la cabeza del segundo hombre, que la levantaba en ese instante.

Sus sentidos la avisaron y agarró la mano que intentaba sujetarla por detrás, la retorció, tiró y lanzó a su nuevo adversario hacia el suelo. El hombre cayó, pero la agarró de la pierna al rodar y ella sintió que perdía el equilibrio.

Maldición. Xena lanzó una patada al notar que caía al suelo y oyó el grito cuando conectó con algo. Un cuerpo pesado cayó sobre la parte inferior de su propio cuerpo. Aterrizó y rodó, pero el hombre que tenía encima la tenía atrapada y no tenía dónde hacer palanca para quitárselo de encima. Se quedó paralizada, al oír el ruido del acero encima de su cabeza con una brusquedad sorprendente, y supo que ahora estaba en inesperado peligro mortal.

Se retorció y levantó instintivamente el brazo por encima de la cabeza para protegerse, sabiendo que arrinconada contra la pared no tenía posibilidad de desenvainar la espada. Levantó los ojos y vio cómo descendía la hoja, vio los ojos fríos y resueltos que había detrás y se dio cuenta de que era probable que su locura le fuera a costar la vida.

Bueno, pensó Xena, en ese instante de tranquilidad antes de que la muerte la encontrara. Al menos le había dado tiempo de descubrir lo bien que sentaba un abrazo.

Los brazos del hombre se abatieron y la hoja cortó el aire hacia ella con un movimiento casi ralentizado. Con ese mismo movimiento ralentizado, notó que algo se acercaba, un cuerpo que se movía deprisa y se estampó con el soldado con... la fuerza... necesaria...

Para que la espada se clavara en el hombre que tenía Xena encima de las piernas, en lugar de en ella, y la sangre del soldado saltó en un chorro que los bañó a los dos.

La hoja se enganchó en un hueso. Xena se soltó una pierna, pegó una patada tremenda en la cara al dueño de la espada y oyó el crujido al romperle la mandíbula. El hombre giró y cayó y ella logró soltarse del hombre tirado en el suelo y se levantó de un salto.

Los dos hombres restantes se lanzaron contra ella. Sabía que no tenía tiempo de desenvainar la espada, por lo que los agarró a los dos por la cara, clavándoles los dedos en los ojos, e hizo chocar sus cabezas con fuerza suficiente para romperles el cráneo.

Se desplomaron.

Xena se quedó inmóvil, escuchando atentamente, pero no se oían más pasos en las escaleras.

Se irguió despacio y vio a una figura pequeña acurrucada cerca de los barrotes de hierro, que la miraba a la luz de la antorcha.

Gabrielle.

La esclava se frotó la cara con una mano y se incorporó, levantándose con las piernas flojas. Tenía la piel salpicada de sangre y estaba temblando.

Me ha salvado la vida, cayó en la cuenta Xena, con cierto asombro.

Pero no había tiempo para pensar en eso. Xena se volvió, cogió al primer hombre y lo arrastró a la habitación donde había metido a su otra víctima. Repitió el proceso con los otros tres y sólo entonces se acercó a la puerta reforzada con hierro, donde aún estaba Gabrielle.

Ya es hora de salir pitando de aquí. Xena cogió de nuevo el candado y sacó su delgado puñal de la vaina. Lo hizo girar entre los dedos, luego metió la punta en el candado y cerró los ojos, recuperando una más de sus oxidadas habilidades de un pasado que cada vez parecía más lejano.


La mujer que estaba dentro de la habitación levantó la mirada cuando se abrió la puerta, con los ojos desorbitados de miedo y alarma.

—¡Oh! —Era pequeña, sólo un poquito más alta que Gabrielle, y tenía el pelo largo de color castaño.

—Sshh. —Xena se puso un dedo en los labios—. Vamos. —Estrechó los ojos al ver las evidentes contusiones en la cara de la cautiva y cómo cojeaba al levantarse vacilante y acercarse a la puerta.

—Mi reina —dijo la mujer con voz temblorosa e insegura, posando la mirada en la cara de Gabrielle cuando la esclava asomó por detrás de supuesta salvadora armada—. ¡Corres un gran peligro!

—No, yo no. —Xena tiró de ella sin miramientos para que avanzara—. Pero otra gente sí, si no salimos de aquí. —Dio un empujoncito a Gabrielle para que saliera por delante de ella y se detuvo, escuchando de nuevo antes de continuar. Una vez fuera, se paró, se volvió y cerró la puerta. Cogió el candado y se agachó un poco para asegurarlo.

—¿Estás bien? —preguntó Gabrielle, suavemente.

La mujer contempló la túnica de Gabrielle y luego asintió.

—Todo lo bien que se puede esperar, pero si los hombres del duque nos oyen...

—Perderán las orejas. —Xena terminó su tarea y echó a andar por el pasillo, empujando a las otras dos mujeres por delante de ella—. Moveos.

—Pero, Majestad, ¿es que él no sabe que estás aquí? No me he enterado de que hubiera un banquete...

Xena se detuvo en la puerta del extremo y se volvió para echarle una mirada divertida.

—Lastay tenía que casarse con una vela tan mortecina como él. —Posó la mano en la madera y ladeó la cabeza—. Cállate y sígueme.

La mujer se calló, con expresión ofendida y desconcertada. Gabrielle la observó un momento y luego se acercó más a ella.

—Ha venido a rescatarte —susurró, viendo cómo a la mujer se le dilataban los ojos por la sorpresa—. En serio.

—¿De verdad? —susurró la noble a su vez.

Al captar la mirada fulminante de advertencia de Xena, Gabrielle se limitó a asentir, sonriendo casi al ver que la mujer miraba a la reina con ojos sorprendidos pero agradecidos.

Xena abrió la puerta y la cerró al instante al oír roce de botas en los escalones.

—Ah... no siempre cae sangre a gusto de todos. —Empujó a un lado a Gabrielle y a la dama y desenvainó la espada, la hizo girar con una mano y esperó, con la otra mano ligeramente apoyada en la puerta—. Callaos, no os mováis.

Gabrielle suspiró, se mordió el labio inferior e hizo una mueca.

Xena la miró. Por un instante, sus ojos se encontraron. Luego Xena estrechó los suyos.

—¿Sabes una cosa? —gruñó suavemente—. Eres como un grano en el culo, Gabrielle.

La esclava parpadeó y luego volvió a parpadear cuando la reina envainó la espada.

La puerta se abrió y dos hombres entraron en el pasillo, pasando junto a las tres mujeres silenciosas mientras continuaban su conversación totalmente ajenos a lo que ocurría. Xena esperó a que pasaran ante ella, luego se giró y lanzó el pie, golpeando a los dos hombres en la parte posterior de la cabeza en rápida sucesión.

Con estruendo, cayeron al suelo sin sentido.

Xena soltó un resoplido conteniendo la risa.

—Pero por otro lado... —Agarró a la noble de la manga y la empujó hacia la puerta—. Eso ha sido muy divertido. —Se volvió para agarrar a Gabrielle, pero la esclava ya estaba deslizándose a su lado y, ante su sorpresa, sus dedos se enredaron con los de ella por un instante y se los apretaron.

Xena sintió que el calor le cubría toda la mano y le hacía subir un hormigueo por el brazo antes de desaparecer, y se quedó mirando los hombros de Gabrielle que se alejaban delante de ella.

Con media sonrisa, Xena las siguió a las escaleras, poniéndose en cabeza de nuevo rápidamente mientras bajaban. Llegaron al pie de las escaleras y entonces sus sentidos la alertaron y agarró a sus dos protegidas, pegándolas a la pared detrás de ella, tras la curva de las escaleras.

La puerta exterior se abrió de golpe y un escuadrón de soldados entró corriendo, subiendo por las escaleras con aire de urgencia. Desenvainaron las armas a la carrera y las hojas metálicas arañaron la piedra.

Xena mantuvo la espalda pegada a la pared, con un brazo alrededor de las otras dos mujeres. Notaba la tensión rígida de la esposa de Lastay a un lado y, cosa mucho más agradable, la esbelta figura de Gabrielle relajada contra ella al otro.

La clave era permanecer en silencio. Se quedó mirando al último soldado que subía por las escaleras y le envió mensajes mentales para que no mirara hacia abajo.

El hombre tropezó, con las manos ocupadas al intentar sacar la espada de la vaina que llevaba a la cadera. Soltando un taco, se detuvo, sacó el arma de un tirón y, avergonzado, miró a su alrededor furtivamente. Sus ojos bajaron, posándose en las sombras del pie de la escalera, y guiñó los ojos a la escasa luz.

—¡Eh! ¡Imbécil! ¡Muévete! —lo llamó una voz desde arriba.

Soltando otro taco, el soldado dejó lo que creía haber visto y subió al trote por las escaleras.

Xena se relajó ligeramente y esperó hasta que oyó que abrían la puerta de arriba y el ruido de las botas de los hombres al pisar la alfombra del piso superior.

—Vamos —ordenó, abrió la puerta de un tirón y las hizo pasar, cerrándola tras ellas y echando el pestillo.

El patio de fuera estaba vacío y Xena lo cruzó lo más deprisa posible, oyendo leves gritos y ruido de carreras a lo lejos. No le cabía la menor duda de que se había dado la voz de alarma, y se concentró en salir del castillo y volver a los caballos antes de que la fortaleza se convirtiera en una colmena de furiosa actividad.

En la muralla, se detuvo cuando la puerta interior se empezó a abrir y sacó la espada de un solo movimiento al tiempo que abría la puerta del todo de una patada con la punta de la bota.

Apareció una cabeza de halcón y se relajó, saludando con la cabeza al hombre cuando éste se apartó de un salto y las dejó pasar. Xena cerró la puerta de golpe y envainó la espada, contenta al ver que los otros dos guardias que había apostado venían corriendo hacia ella.

—¿Ya estamos todos?

—¡Ama, han dado la alarma! —exclamó el más próximo de los dos hombres—. He oído al capitán de la guardia correr a las puertas...

—Más razón aún para que huyamos en dirección opuesta. —Xena los empujó hacia las puertas exteriores—. Rápido... rápido... —Agarró a la mujer de Lastay y la lanzó en brazos del más grande de los hombres—. Póntela al hombro.

—¡Majestad! —protestó la mujer sofocadamente y soltó un gritito cuando el soldado obedeció a su ama. Xena la agarró de la mandíbula, ahora del revés, y se la apretó.

—Cállate —gruñó la reina—. No he venido aquí a morir.

Con el labio tembloroso, la mujer obedeció. Xena colocó a Gabrielle delante de ella y salieron corriendo hacia la puerta. Se abrió de par en par cuando la alcanzaron y Brendan asomó la cabeza preocupado al oírlos.

—Rápido. Rápido. Rápido —ladró Xena en voz muy baja—. Afuera y a correr.

Cruzaron las puertas y salieron disparados, mientras Brendan apagaba las antorchas que iluminaban el exterior y cerraba las puertas de golpe. La oscuridad los envolvió cuando salieron del sendero pedregoso y se adentraron en los matorrales a la carrera, azotados por el aire frío que llevaba a sus oídos los ruidos de la creciente actividad que había detrás.

Pero Xena sabía que estaban libres. Los guardias de Evgast estarían ahora por todo el castillo, registrándolo antes de intentar buscar en el exterior. Y cuando lo intentaran...

Aguzó los sensibles oídos y oyó el ruido de golpes furiosos en una puerta. Se rió entre dientes y puso una mano en la espalda de Gabrielle, pues la esclava corría justo delante de ella. La oscuridad los tapaba ahora por completo y sólo el leve roce de sus pasos revelaba su posición.

Lo habían conseguido. Xena soltó aliento, consciente sólo en ese momento de lo tensa que había estado. Sintió un ligero escalofrío por todo el cuerpo y notó una clara flojedad en las rodillas que le resultaba irritante y sorprendente al mismo tiempo. No hacía tanto tiempo, ¿no?

—Hemos dejado los carros de heno aparcados justo delante de las puertas del granero, ama —le dijo el alto soldado rubio—. Así tardarán más en perseguirnos.

—Buen trabajo —le dijo la reina secamente.

—Ha sido fácil, contigo ahí, ama —comentó Brendan—. Nosotros sólo hemos posado tan guapos.

Xena recordó ese momento en que había mirado a la muerte a los ojos y llegó Gabrielle y la apartó por ella.

—Sí —resopló—. Una experiencia muy dulce. —Miró a la mujer rubia y esbelta que corría a su lado, de cuyos labios entreabiertos salía un tenue vaho de respiración—. Y con un montón de nueces y miel que no me esperaba.

Gabrielle la miró, tropezó ligeramente cuando se le enganchó el pie en unos hierbajos y estuvo a punto de caerse.

—¡Uaau!

Xena la agarró por detrás de la túnica y le echó una mirada divertida al enderezarla.


Bajaron por la pendiente de rocas, bastante más deprisa que a la subida. Brendan se detuvo en la cima y miró por donde habían venido, antes de bajar corriendo hasta donde estaban atados los caballos.

—No nos siguen antorchas, ama.

—Bien. —Xena desató a su gran semental negro—. Ven aquí. —Tiró de Gabrielle y de repente la sujetó por la cintura y la levantó para sentarla en el caballo—. Delante. No quiero correr el riesgo de cortarte esa linda cabecita si tengo que luchar.

Gabrielle se sujetó a la parte delantera de la silla, echándose hacia delante cuando la reina puso las manos en el arzón de la silla y en la parte trasera y de un salto se sentó detrás de ella. Notó el calor inmediato del cuerpo de Xena pegado a ella y decidió que le gustaba bastante el cambio de posición cuando la reina la rodeó con los brazos y cogió las riendas con las manos.

Se alegraba de que estuvieran todos otra vez a caballo. Se alegraba de que hubieran salido del castillo. Gabrielle tenía la mente tan llena de cosas en que pensar que le costaba concentrarse en alguna concreta. Le dolían las piernas, tanto de correr como de montar a caballo, y tenía los labios cortados por el viento que volvía a soplar con fuerza ahora que se habían puesto en marcha.

Vale. Soltó aliento, haciendo una mueca de dolor cuando el caballo se puso al trote. La esposa de Lastay iba sentada de lado en la silla, sujeta por uno de los hombres, y no parecía estar mucho más cómoda, así que supuso que montar a caballo era una de esas cosas a las que uno se tenía que acostumbrar.

Una cosa más a la que se tendría que acostumbrar. Gabrielle soltó despacio un largo suspiro, posando la mirada en las fuertes manos unidas delante de ella. Al cabo de un momento de inmovilidad, soltó las manos de la silla y cubrió los dedos de Xena con los suyos.

—Eh —sonó la voz de la reina, grave y vibrante detrás de su cabeza—. Entretenme. ¿En qué estás pensando esta vez?

Gabrielle se volvió y la miró, apenas capaz de distinguir sus rasgos en la oscuridad.

—¿De verdad soy como un grano en el culo? —preguntó.

Xena apoyó la barbilla en el pelo revuelto de Gabrielle.

—Sí —dijo—. Pero eres una monada y estoy colada por ti, así que por esta vez te perdono.

Siguieron cabalgando en silencio durante unos minutos.

—Es que... —dijo por fin Gabrielle—. Es que yo no creo que hacer daño a la gente sea el único medio —reconoció suavemente—. La violencia no es la respuesta para todo.

La reina soltó aliento sonoramente.

—Eso es porque eres una pastorcilla joven e ignorante que no tiene ni puñetera idea de qué va la vida.

Gabrielle reflexionó sobre la verdad de esa afirmación.

—Puede —dijo—. Pero sabía lo suficiente para no querer que tú perdieras la tuya. —Su voz sonaba triste y se le hundieron los hombros—. Para lo que haya valido.

Xena ladeó la cabeza y observó a su pequeño enigma rubio. No paraba de hacer daño a Gabrielle y una parte de ella reconocía ese hecho con inquietud. No quería hacerlo, al menos no creía que quisiera, pero ella era quien era y Xena se conocía lo bastante bien como para saber que no era algo que quisiera o pudiera cambiar.

Gabrielle volvió a poner las manos en la silla y se irguió, apartándose un poco de ella.

Eso no le gustó a Xena. Frunció el ceño, dándose cuenta de que quería gustarle a Gabrielle y que quería que la chica quisiera estar con ella. No quería ahuyentarla de su lado, como había hecho con el resto del mundo.

Pero lo estaba haciendo y lo sabía. El problema era que la mera idea le dolía mucho más de lo que se había imaginado en su vida. Cambiarlo supondría cambiarse a sí misma y Xena sabía con certeza que tampoco quería hacer eso.

La reina contempló pensativa la cabeza de Gabrielle. ¿O sí? Una fría ráfaga de viento le dio en el pecho, que Gabrielle ya no le calentaba, y la respuesta a su pregunta se le apareció con una fuerza que no se esperaba.

—Gabrielle.

La esclava la miró de nuevo, esperando en silencio.

—Para mí lo ha valido todo. —Xena saboreó la sinceridad de sus propias palabras—. Gracias. —Soltó una mano de las riendas y la puso en el hombro de Gabrielle—. Soy perro viejo, amiga mía. No creo que a estas alturas me resulte fácil aprender trucos nuevos.

Gabrielle se la quedó mirando y una vez más las sombras grises desaparecieron de sus ojos.

—Bueno... —replicó vacilante—. Supongo que eso me convierte a mí en un cachorrito que no se sabe ningún truco. ¿A lo mejor podemos hacer como un intercambio?

Xena sintió que en su cara aparecía una sonrisa muy inesperada.

—Sí, a lo mejor —asintió, con la voz algo ronca—. A lo mejor podemos. —Sus ojos bajaron para encontrarse con los de la esclava y absorbió el afecto que ahora veía en ellos.

Eso era algo que deseaba. Xena deslizó el brazo alrededor de la cintura de Gabrielle y la estrechó, notando que la chica se acurrucaba contra ella. Se sintió bien. Tenía la fuerte sospecha de que Gabrielle también se sentía bien, a juzgar por la sonrisa inconsciente que tenía la chica en la cara.

¿Hasta dónde estarían dispuestas a llegar las dos para conservar esto? Era una pregunta para la que Xena no tenía respuesta.

Todavía.

Llegaron al camino y pusieron rumbo a casa, evidentemente muy animados, pues Brendan se puso a cantar una canción verde de viaje y los hombres se unieron a él, alzando sus voces broncas que el viento se llevaba bruscamente mientras seguían cabalgando.


Xena miraba la chimenea, observando el aleteo hipnótico de las llamas que consumían una pila nueva de leños recién montada en sus profundidades. Estaba vestida con una abrigosa bata de lana, tras haberse quitado la armadura y haberse bañado, y disfrutaba de la sensación de la tela seca y suave sobre la piel.

La esposa de Lastay estaba sentada en una de las historiadas sillas públicas al otro lado de su sala de audiencias, agotada y sucia, pero agradecida.

—Majestad... —dijo de repente.

—¿Sí? —Xena salió de su ensimismamiento y descansó la cabeza apoyándola en un puño.

—Tengo una gran deuda contigo.

Xena le echó una leve sonrisa.

—Bonita familia tienes —comentó.

La mujer suspiró, alzando por instinto la mano para apartarse un mechón de pelo de la frente.

—Mi señor Evgast es un hombre de mucho carácter, como Su Majestad sin duda ya sabe.

—Es un cretino —respondió Xena apaciblemente—. Y tu marido lo es aún más por no acudir antes a mí y comunicármelo.

La mujer no contestó, pero su silencio era muy elocuente.

Xena cruzó los tobillos y deseó que Gabrielle se diera prisa y regresara de una vez. Como si respondiera a su capricho real, se oyó un golpe suave en la puerta exterior.

—Adelante. —Clavó los ojos en la puerta y notó que le bailaba una sonrisa en los labios cuando se abrió y apareció una cabeza rubia.

Gabrielle abrió la puerta del todo y se echó hacia atrás, para dejar pasar al duque Lastay. Éste vio a su esposa y corrió hacia ella con un grito de alegría, al tiempo que ella se levantaba de un salto y corría a sus brazos. La alegría del tono del duque era franca y sincera, y no pudo evitar sonreír al oírla.

Cerró la puerta, se dio la vuelta y vio que Xena la miraba. Los ojos azules tiraban de ella y cruzó la sala penosamente con las piernas absolutamente doloridas hasta llegar al lado de la reina. Con un suspiro de cansancio, se acomodó en el escabel cercano al sillón real y deseó poder ir a lavarse y echarse.

Xena alargó la mano y le tiró de la oreja.

Gabrielle se irguió y la miró.

—Estás como si se te hubiera sentado encima mi caballo —comentó la reina con tono informal—. Ve a bañarte.

—Majestad —interrumpió Lastay, llamando la atención de la reina al cruzar la sala y caer de rodillas ante ella—. No valgo el regalo que me has hecho. —Posó la frente en el suelo a sus pies, con la voz temblorosa de emoción.

Xena se planteó pegarle una patada en la cabeza. Luego suspiró, reconociendo que puesto que se había tomado tantas molestias para que se congraciara con ella, pegarle una patada en la cara echaría a perder todo ese esfuerzo.

—La próxima vez, confía en mí —dijo—. No te la juegues.

Lastay levantó la mirada hacia ella.

—Gabrielle me ha dicho que has sido tú, en persona, quien la ha liberado, arriesgándolo todo por ello —dijo, en un susurro curiosamente ronco. También había un nuevo brillo en sus ojos que nunca hasta ahora había visto.

—Efectivamente —dijo Xena—. Ya sabes lo que se dice, si quieres que las cosas se hagan bien, hazlas tú mismo —añadió alegremente—. ¿Algún problema?

—No, Majestad —contestó Lastay—. ¿Puedo contárselo a otras personas?

—Claro —replicó la reina—. Ahora coge a tu mujer y lárgate de aquí. Tengo cosas que atender. —Hizo una pausa—. Y ya puedes estar preparado para la corte de mañana. Sin sonrisitas.

Lastay se levantó e hizo una profunda reverencia, luego retrocedió alejándose de ella, ofreciéndole la mano a su dama.

—Estaremos preparados, mi reina. Te lo prometo. —Esperó a que ella se reuniera con él y entonces, sorprendentemente, la levantó en brazos e hizo una reverencia más, tras lo cual fue a la puerta y salió por ella.

—Ja. —Xena tenía una clara sensación de placer por la adulación—. Sabes, Gabrielle, no lo tenía por romántico. Creía que se había casado con ella por sus tierras y para que le diera críos razonablemente guapos.

Gabrielle, que había estado apoyada en el sillón, levantó ahora la mirada.

—Estaba preocupadísimo —le dijo a la reina—. Qué agradable ha sido decirle que su mujer estaba bien. Qué emocionado estaba.

—Mm. —Xena sonrió pensativa.

—Está convencido de que eres maravillosa por haberlo hecho tú misma —añadió la esclava, enredando los dedos en el extremo del cinturón que ceñía la bata de Xena—. Dijo que sabía que habías dicho que te ocuparías de ello, pero que no se esperaba en absoluto que fueras y... mm...

—Lo hiciera. —Xena soltó aliento—. Ya... bueno... —Hizo un repaso de la noche—. Me ha sentado bien.

—A mí no me ha sorprendido.

—No, ¿eh? —Xena cedió al impulso y se puso a acariciar el pelo de Gabrielle—. ¿Le has contado una historia descabellada?

—No. —Gabrielle sintió que el agotamiento empezaba a dominarla. Pasó la mano del cinturón a la pierna de Xena, deseosa de sentir su cálida fuerza—. Sólo le he dicho la verdad.

De repente, Xena quiso ese abrazo. Se levantó, cogió a Gabrielle de la mano y la levantó también. En cuanto la esclava estuvo de pie, la reina la rodeó con los brazos y se recreó en el momento cuando Gabrielle la estrechó a su vez de buen grado. Se había quitado el tabardo y estaba en camisa y polainas, y Xena notaba el calor de su cuerpo que penetraba la bata que llevaba.

Le frotó la espalda a Gabrielle.

—Vamos, ratoncito almizclero.

—No soy un ratón almizclero. —Gabrielle siguió abrazada a Xena.

—Tienes que discutirlo todo, ¿verdad? —Xena cerró la puerta de la habitación interior tras ellas y entonces se detuvo sorprendida. Sobre la gruesa alfombra de piel que había delante de la chimenea estaba preparado un juego de copas de cristal y platos de porcelana y esperando a un lado había una fuente de comida que olía maravillosamente y una botella de vino. La habitación estaba iluminada con velas, que daban un toque romántico a una estancia que creía haber dejado árida y vacía no hacía mucho tiempo—. ¿De dónde Hades ha salido todo esto?

Gabrielle carraspeó ligeramente, agachando un poco la cabeza y sonrojándose.

Xena la miró.

—Yo... mm... —dijo Gabrielle—. He pensado que te gustaría.

Xena miró el panorama parpadeando, repasó cómo había tratado a su joven compañera en el curso de la noche y se dio cuenta de que probablemente lo único que se merecía era un trozo de carbón y una copa de agua de fregar.

—Uuf —murmuró por lo bajo y se dio la vuelta y entrelazó los dedos por detrás del cuello de Gabrielle—. ¿Sabes qué?

—¿Qué? —murmuró Gabrielle.

—Sí que me gusta. —Xena ladeó la cabeza y besó a Gabrielle con efusividad—. Pero creo que la que se lo merece de verdad eres tú. Vamos. —Estrechó a la esclava y la llevó hacia la sala de baño—. Primero, vamos a ponerte algo más cómodo.

Si de verdad hubiera sido un cachorrito, pensó Gabrielle, habría estado meneando el rabito a toda velocidad, incluso con lo cansada que estaba.

Por cansada que estuviera, quería el consuelo del abrazo de Xena. Con sangre o sin ella, quería sentir las manos de la reina en su cuerpo y la sensación de su aliento sobre su piel y la intimidad que era su única sujeción en un mundo que daba mucho miedo.

Xena la besó en la coronilla con sencillo afecto.

Meneó el rabito.


Gabrielle abrió los ojos y paseó la mirada soñolienta por la gran habitación hasta las ventanas teñidas de rosa. Estaba acurrucada bajo el suave y mullido edredón, pegada al cuerpo de Xena con la cabeza descansando en el hombro de la reina.

Era una sensación... Gabrielle notaba la presión del brazo de Xena, que le rodeaba ligeramente los hombros. Era una sensación distinta de cualquier otra que hubiera conocido en su vida, eso seguro. Por un instante, logró quitarse de la cabeza el hecho de que Xena fuera quien era y regodearse simplemente en la sensación de aceptación que le entraba al despertarse en brazos de la reina.

La parte mala merecía la pena por esto. Gabrielle frotó distraída con el pulgar de lado la piel desnuda de Xena, justo encima de su ombligo. Estaba convencida de que a la reina le gustaba de verdad... de hecho, en el fondo de su corazón sentía que Xena la amaba, a su manera, igual que sabía que ella amaba de verdad a Xena.

A Xena le importaba lo que ella pensara. Gabrielle recordó ese momento en el castillo la noche antes, cuando la reina dio la espalda a su misión sólo por acercarse a ella y tranquilizarla. A sus propios padres nunca les había importado lo que ella pensara. A nadie que hubiera conocido en su vida le había importado lo que ella pensara.

Pero a Xena sí le importaba.

Ella era importante para Xena. Por eso, aunque algunas cosas que hacía la reina la horrorizaban, Gabrielle quería quedarse con ella, estar con ella... para poder despertarse de esta forma y saber que era una parte importante de la vida de otra persona.

Reconoció que era bastante egoísta. Pero también era cierto.

La luz rosada de la ventana aumentó y Gabrielle suspiró, al saber que esto de estar ahí acurrucada acabaría pronto al empezar el día. Tenía la esperanza de que fuera un buen día.

Notó que Xena se empezaba a despertar, pues el cuerpo de la reina se movió y se fue tensando al tiempo que el corazón se le aceleraba bajo la oreja de Gabrielle. Se descubrió deseando oír la voz de Xena, a pesar de su tono a menudo cáustico, y ver sus bonitos ojos azules en cuanto se abrieran.

—Mm —gruñó Xena suavemente—. Hola, ratón almizclero.

Ratón almizclero. Gabrielle suspiró por dentro.

—¿Xena?

—¿Sííííí? —La reina le rascó la espalda con la punta de los dedos, bajando por la columna de Gabrielle con el pulgar.

—¿Qué es un ratón almizclero?

Xena se rió suavemente.

—Es que... me han llamado cosas tontas, como ardillita, pero al menos eso sé lo que es —continuó Gabrielle—. Así que, ¿qué es un ratón almizclero y por qué te recuerdo a uno?

—¿Ardillita? —preguntó Xena, ladeando la cabeza para contemplar los rasgos desaliñados pero adorables de Gabrielle.

La chica asintió, alzando una mano para tocarse la mejilla.

—Cuando era pequeña...

—¿Eras más pequeña? —bromeó Xena, con una sonrisa.

—Vale, cuando era más joven, tenía unos mofletes muy gordos —explicó Gabrielle—. Así que me llamaban ardillita... ardilla... ya sabes. —Hizo una pausa—. ¿O no lo sabes?

—Ahh. —Le acarició la cara con dedos sorprendentemente tiernos—. No te pareces a un ratón almizclero. Es sólo que me gusta cómo suena —le dijo a la esclava—. Pero son bastante monos. Como ratas grandes de pelo bonito. —Y añadió—: Y a mí me llamaban muchas cosas cuando era más joven, pero no te gustaría oír ninguna de ellas.

—Oh —replicó Gabrielle, con suavidad—. Supongo que era peor que ardillita, ¿eh?

—Pues sí. —Xena la acercó más a ella, aspirando hondo cuando sus cuerpos se pegaron—. Zorra, puta... bestia... escoria... —recitó—. Me parece recordar que una vez me llamaron puta zorra capada... eso sí que fue especial.

—Ah.

Xena sonrió levemente, con la mirada perdida por encima de la cabeza de Gabrielle.

—Bueno, acababa de descuartizar al padre de aquel tipo. No se le puede echar en cara, la verdad —dijo—. Era el día en que cumplí trece años y acababa de empezar con el ciclo. Un día pésimo todo él.

Gabrielle levantó la cabeza y se quedó mirando, con los ojos desorbitados, a su compañera de cama.

Xena se encogió de hombros.

—Creo que la cosa más emocionante que me pasó a mí antes de que vinieran los tratantes de esclavos... —dijo Gabrielle—. Fue que nuestro arroyo se desbordó y acabó depositando seis ovejas y el gallinero en nuestro dormitorio.

—Mm. —La reina se rió entre dientes—. Desayuno en la cama por las bravas.

Eso le hizo gracia a Gabrielle y se echó a reír.

Xena parpadeó al oír el sonido ligero y alegre que llenó la habitación. Decidió que le gustaba y estrechó un poco a Gabrielle, sonriendo cuando la chica la abrazó a su vez.

—Muy bien. Basta de bromas antes de desayunar. —Aflojó los brazos y Gabrielle se apartó de ella, estirándose.

—¡Ayay! —exclamó Gabrielle sorprendida al estirar las piernas. Las tenía como dos palitos de pan retorcidos y al moverlas, le subió una descarga de dolor hasta la entrepierna—. ¡Gran Hera!

Xena rodó hasta ella, poniéndole una mano preocupada en el hombro.

—¿Qué te pasa? Anoche no te mordí tan fuerte, ¿verdad?

—Buf... no. —Gabrielle hizo una mueca de dolor, agarrándose los muslos—. Ay.

—Ah. —Xena se incorporó y las sábanas de seda cayeron de su cuerpo desnudo cuando se dio la vuelta y deslizó una mano por debajo de la pierna de Gabrielle—. Mi virgen de los caballos. Es cierto. —Ya notaba los nudos bajo las manos—. Échate.

Gabrielle dejó de intentar incorporarse y se relajó sobre los codos mientras las manos de Xena subían por sus muslos. La luz de la mañana entraba por la ventana y bañaba su figura desnuda, haciendo que Gabrielle se olvidara casi por completo del dolor que tenía en las piernas, absorta en la visión.

Los largos y fuertes dedos le masajeaban los músculos de las piernas, aflojando los nudos y lanzando pequeñas sacudidas de una sensación totalmente distinta a través de ella cuando las manos de la reina empezaron a subir desde sus rodillas. El dolor fue cediendo, aunque no estaba segura en absoluto de si se debía a lo que estaba haciendo Xena o al simple hecho de que era ella la que lo estaba haciendo.

Gabrielle se dio cuenta de repente de la estudiada preocupación que adornaba las facciones de Xena, que tensaba la frente al trabajar, aliviando lo que sin duda la reina debía de considerar una tontería de molestia con la misma habilidad sin alardes que había empleado con las lesiones de Gabrielle después de que casi la capturaran.

—¿Xena?

Los claros ojos azules la miraron.

—Gracias.

Las manos de Xena continuaron su masaje mientras miraba a Gabrielle, con la cabeza morena ladeada ligeramente.

—¿Por qué?

La chica bajó los ojos.

—Por eso. —Indicó los dedos de la reina—. Ya sé que te parece algo... de debilucha... ¿no?

Xena bajó la mirada, con expresión de leve desconcierto.

—¿Debilucha? —Estiró despacio la pierna derecha de Gabrielle y se puso a trabajar con la izquierda—. Gabrielle, no poder andar porque no puedes juntar las rodillas no es de debilucha. —Se rió por lo bajo—. Me acuerdo de la primera vez que monté a caballo... Estuve montando desde el amanecer hasta el anochecer, sin parar. No pude andar durante dos días después de aquello.

Gabrielle agitó los dedos del pie derecho y notó que los calambres estaban ahora mucho mejor.

—Oh.

—No tenía a nadie que me hiciera esto —continuó Xena, con tono más apagado.

Gabrielle la miró.

—Ahora sí tienes a alguien.

Xena alzó los ojos y se encontró con los suyos. Le bailaba una sonrisa en la comisura de los labios.

—Mm —murmuró—. Sólo por eso casi merecería la pena volver a aprender a montar. —Se inclinó y besó a Gabrielle en la parte interna del muslo, atenta para oír, como así fue, la suave inhalación de Gabrielle—. ¿Sabes una cosa, Gabrielle?

Gabrielle tomó aliento entrecortadamente.

—¿Qué?

Xena colocó las manos a ambos lados de las caderas de Gabrielle y se echó hacia delante, mirándola como un gato grande y hambriento, si bien sugestivamente desnudo.

—Que eres la primera persona que conozco por la que he tenido el menor deseo de hacer una cosa así. —Bajó la cabeza y besó a Gabrielle en el ombligo—. Debe de ser amor.

Gabrielle la miró, tratando de recuperar el aliento al tiempo que su cuerpo empezaba a arder. Lo único que veía era a una persona por la que sentía algo tan fuerte que eso eclipsaba todo lo que sabía que era Xena.

—Debe —susurró, alzando la mano para pasar los dedos por el pelo de Xena.

Debe.

Sus labios se juntaron y Gabrielle se dio cuenta de que, como poco, no iba a tener que preocuparse de andar durante un rato.

Lo cual le parecía estupendo.


PARTE 13


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