11


Xena se detuvo al llegar a la entrada de su sala de audiencias y se estiró la manga antes de pasar al interior de la estancia. Estaba bastante llena, pero sus sensibles oídos oyeron cómo se cortaban las conversaciones en curso al ser advertida su presencia. Vio las caras que se volvían hacia ella, observó la profundidad de las reverencias y en sus entrañas estalló un hormigueo de alarma. Saludando a la gente con una elegante inclinación de cabeza, pasó al interior de una sala privada más pequeña que había detrás para recibir el informe de seguridad que sabía que la estaría esperando.

Efectivamente, Alaran ya estaba allí, mirando por la ventana con el ceño fruncido. Se volvió al entrar Xena y se inclinó, luego se irguió cuando se acercó la reina.

—Ama.

Xena lo saludó con la cabeza y luego tomó asiento, entrelazando los dedos y enarcando las cejas.

—¿Y bien?

Alaran frunció los labios.

—Ama, no sé cómo decirte esto.

—Bueno. —La reina hizo entrechocar los pulgares—. Puedes abrir la boca y empezar a hablar o puedo despellejarte y obligarte a gritar la noticia. Elige. —Decidió sonreír, para indicar que no lo decía en serio.

Su jefe de seguridad no pareció muy reconfortado.

—Ama, ha habido... muchos de los soldados se han ido.

Lo último en el mundo que se esperaba oír.

—¿Qué? —Xena se echó hacia delante ligeramente.

—Los hombres de Bregos, mi reina —dijo Alaran—. Ayer... durante la tormenta. Se escaparon de la ciudad.

Xena se puso en pie de repente, sobresaltando a su jefe de seguridad. Se acercó a él, reprimiendo las ganas de agarrarlo por la pechera de la túnica.

—¿Me estás diciendo que la mitad del ejército ha desertado? —dijo suavemente, pero hasta ella se daba cuenta del tono cortante de su voz. Alaran lo oyó sin duda y se puso visiblemente pálido—. ¿La mitad de mi ejército?

Alaran tragó.

—Ellos... no se consideraban tus hombres, ama —le dijo, alzando la cabeza con valor—. Consideraban a Bregos su líder y...

—¿Y? —dijo Xena.

—No querían servir a tus órdenes —terminó Alaran en voz baja—. Se escaparon por las cocinas.

Xena se volvió y fue a la ventana, apoyando las manos a cada lado con lo que le pareció una admirable muestra de control.

—Así que los ayudaron —comentó—. Todo el mundo estaba en el ajo, ¿eh?

—No todo el mundo, ama —dijo Alaran—. Uno de tus hombres lo descubrió, antes del amanecer, y vino a buscarme.

Los claros ojos azules de Xena contemplaron el sol.

—Y tú has esperado para decírmelo.

Alaran se quedó callado. Xena se volvió y lo miró.

—Ama, dijiste... —empezó a decir él.

Xena cruzó la distancia que los separaba en un abrir y cerrar de ojos. Lo agarró y lo levantó en vilo, desatando por fin su genio.

—Estúpido cabrón —gruñó, girándose y estampándolo contra la pared—. No vales ni la ropa que llevas puesta.

A él se le dilató la nariz.

—Ama.

—¿Por cuánto te han comprado, Alaran? ¿Te ofrecieron una hacienda? —Xena lo sostuvo en el sitio con poco esfuerzo—. ¿Con qué te han comprado? ¿Con mierda de vaca? Eso es lo que vales. —Se volvió a medias y lo tiró al suelo.

—¡No! ¡Ama! —Alaran se puso una mano encima de la cabeza, protegiéndose cuando ella se lanzó sobre él—. ¡Eres injusta conmigo!

Xena le pegó una patada con todas sus fuerzas y oyó el crujido cuando él se estrelló en la pared. Lo atrapó al rebotar y volvió a levantarlo, agarrándolo por el cuello con las dos manos.

—¿Que soy injusta contigo? —Apretó—. Tú eres responsable de mi seguridad. Has dejado que la mitad del ejército deserte y has permitido la insurrección en la zona de los esclavos. ¿Que soy injusta contigo?

Él se ahogó e intentó respirar.

—He obtenido más información valiosa de mi doncella en la última media luna que de ti. ¿Por qué? —preguntó Xena mordazmente.

—A...

Le chorreaba sangre de la nariz.

—En ese período has dejado que casi me asesinen dos veces. ¿Y dices que soy injusta contigo? —La voz de Xena se convirtió en un susurro áspero.

Alaran cerró los ojos e inclinó la cabeza, aceptando lo que sabía que iba a ocurrir.

Xena lo soltó y lo dejó caer al suelo. Se arrodilló a su lado y lo agarró del pelo, obligándolo a echar la cabeza hacia atrás. Lo miró fríamente a los ojos, que tenía inyectados en sangre y asustados, llenos de desesperación.

—Ahora —dijo—, dime la verdad.


Gabrielle cruzó el inmenso vestíbulo inferior, deteniéndose un momento para volver a apreciar su grandeza, de camino a los archivos de la fortaleza. Xena le había dicho que fuera allí, para empezar a escuchar.

Xena. Gabrielle se descubrió sonriendo al pensar en su nombre, mientras doblaba por el primer pasillo, contando las puertas hasta llegar a la quinta. Había sido tan increíble despertarse por la mañana con ella y sentir la delicadeza de sus caricias.

Increíble. Gabrielle abrió la puerta empujándola y atisbó dentro. El olor a pergamino la asaltó y reprimió un estornudo al entrar en la sala y mirar a su alrededor. Cerca de las ventanas había una hilera de mesas de madera para los copistas y sus ocupantes levantaron la cabeza cuando entró, mirándola con curiosidad.

—Hola.

El que estaba más cerca de la puerta se levantó y se acercó. Llevaba una recia túnica de trabajo, manchada de tinta, y una pluma, además de otra metida detrás de la oreja.

—Buenos días, señora —la saludó—. ¿Hay algo que pueda hacer por ti o por Su Majestad?

Gabrielle se irguió un poco dentro de su librea negra y dorada.

—Pues sí, la verdad. Su Majestad querría ver las actas de los impuestos de la última cosecha, por favor —dijo—. Gracias.

El hombre sonrió y le dedicó media reverencia, luego se volvió y se puso a hurgar en los estantes. Cada estante estaba lleno de rollos de pergamino y cogió uno y luego otro, examinando su contenido con atención. Gabrielle lo dejó buscando y se paseó por la sala.

Algunos de los estantes tenían etiquetas escritas a mano, trozos de pergamino pegados en los bordes o trozos de madera con letreros más permanentes fijados con pequeños clavos. Informes sobre las tierras de alrededor, en su mayor parte, y vio listas de propiedades y actas de matrimonios... Con curiosidad, Gabrielle cogió una y la abrió, leyendo los nombres escritos dentro con diversas caligrafías.

Ella había sido una de las poquísimas personas de su aldea que sabían leer y escribir. El único motivo por el que su padre le había permitido aprender con el viejo magistrado era porque tenía la esperanza de obligarla a ser la maestra del pueblo, una vez muriera la anciana que había ocupado ese puesto durante muchos años. Era un cargo relativamente bueno y su padre pensaba que así valdría más para el matrimonio.

Aprender a leer había sido como si se le abriera la puerta al mundo, después de pasarse casi un año ahorrando cuartos de dinar para comprarse un pergamino viejo y ajado que llevaba en su interior algo que no tenía precio.

Una historia. Una historia sobre un lugar lejano y unas personas que no vivían en su aldea, ni pensaban como ella, ni se comportaban como las personas que la rodeaban.

Gabrielle recordaba cómo había fantaseado con esa historia y cómo le había despertado la imaginación para intentar crear formas distintas de terminar la historia o acciones distintas para la gente que aparecía en ella o... Aquello había impulsado sus primeros intentos vacilantes de crear sus propios relatos y le había dado un pequeño espacio de luz en una vida por lo demás bastante sosa.

Volvió a colocar el pergamino en su sitio y siguió paseando, hacia el fondo de la sala, donde los estantes estaban más polvorientos y el pergamino era más viejo. Cerca del último de los cubículos encontró una pila de trozos de pergamino muy estropeados y cogió uno, examinándolo con curiosidad.

Era un dibujo, de una pequeña aldea vista desde lo alto de una colina. Estaba hecho con una especie de tinta y en algunos puntos las líneas casi se habían desvanecido. La tierra ondulante en la que se encontraba le resultaba vagamente conocida, pero sabía que el perfil de las chozas y las calles era el de un lugar que nunca había visto.

Le dio la vuelta y vio unas letras al dorso y se acercó más, inclinando el pergamino hacia la ventana para ver mejor. Anf. Pronunció la palabra en voz baja, preguntándose si podría ser la abreviatura de Anfípolis, el pueblo de donde Xena había dicho que era.

—¿Sabrá siquiera que esto está aquí? —murmuró Gabrielle por lo bajo, metiéndose el pergamino debajo del brazo mientras hojeaba algunos otros. Se detuvo al llegar a uno y parpadeó asombradísima al reconocer un tosco boceto de la propia Xena, con un rostro más salvaje y más joven que el que había visto al despertar, bajo un letrero en el que se ofrecían mil dinares por su captura.

Se busca. Gabrielle se quedó mirando las palabras fascinada. Señora de la guerra asesina.

Con discreción, se metió también ese pergamino debajo del brazo, maravillada por la increíble paradoja que era la reina. Se volvió y regresó hacia las mesas, donde su amigo el escriba estaba juntando una ordenada pila de hojas, atándolas juntas con un cordel. Se volvió y se las ofreció, con otra pequeña inclinación.

—Señora, tal y como has pedido.

—Gracias —Gabrielle las cogió—. ¿Cómo te llamas?

El escriba pareció algo sorprendido por la pregunta.

—Dirk, señora.

Gabrielle le estrechó la mano.

—Hola, Dirk. Yo soy Gabrielle —dijo—. Encantada de conocerte.

Si un áspid se le hubiera puesto a bailar en el hombro, no creía que el hombre pudiera haberse quedado más sorprendido. Le estrechó la mano con cuidado e inclinó la cabeza.

—Un honor, señora. Hemos oído tu nombre.

Seguro. Gabrielle se descubrió sonriendo con ironía.

—Gracias. —Se soltó de su mano y sonrió a sus compañeros escribas y luego se dio la vuelta y salió de la sala de archivos, decidida a regresar en cuanto tuviera un momento libre para explorar más a fondo sus secretos.

El vestíbulo estaba más lleno ahora y descubrió que era el centro disimulado de atención al cruzar el espacio abierto, de camino a la sala de audiencias de la reina con sus actas. Uno de los duques, uno al que recordaba como más o menos amistoso con Xena, se le acercó.

Era asombroso, pensó maravillada, lo bien que conocía Xena a esta gente. Se detuvo cuando el hombre llegó a su lado y lo miró interrogante.

—¿Señor?

—Te deseo buenos días, joven señora. —El duque le hizo una reverencia bastante elaborada—. Soy el duque Lastay y tengo el honor de estar al servicio de la reina.

—Sí, señor, te recuerdo de la fiesta —respondió Gabrielle—. ¿Puedo hacer algo por ti?

—En absoluto... soy yo el que desea hacer algo por ti. ¿Puedo llevarte esas cosas? Deduzco que acudes a ver a la reina —se ofreció Lastay—. Se ha enterado de la terrible noticia y debe de estar de pésimo humor.

Gabrielle aguzó los oídos. Estuvo a punto de preguntarle de qué estaba hablando, pero se contuvo, pensándoselo mejor, y en cambio le entregó las actas.

—Gracias, señor, sí, me dirigía hacia allí —le dijo con mucha seriedad, echando a andar a su lado hacia la sala de audiencias—. ¿Has oído algún otro detalle?

Lastay hizo un gesto negativo con la cabeza, frunciendo los labios con preocupación.

—Sólo lo que ya sabemos todos, joven señora. Me temo que algo malo amenaza a nuestra reina, pues ¿por qué si no decidiría abandonarnos la mitad del ejército? Por nada bueno, de eso estoy seguro.

¿La mitad del ejército????? A Gabrielle se le dilataron los ojos. Seguro que no han sido... No, había visto a Brendan de lejos al salir de la torre. Así que no eran los favoritos de Xena... no eran aquellos a los que había recompensado tan bien apenas dos días antes. La única posibilidad restante era más que evidente.

—¿Malos perdedores, tal vez? —sugirió suavemente.

Lastay suspiró y meneó la cabeza.

—Más que eso, me temo. Nuestra reina ha inquietado a muchos. Su reinado... ah, en fin.

—Bueno, a mí me pareció que demostró lo fuerte que es el otro día —dijo Gabrielle.

—Ah, pero al hacerlo, volvió a demostrar lo solitaria que es su corona, sin un heredero. ¿Y si hubiera sucedido lo peor? —preguntó Lastay astutamente—. Nuestra cultura se basa en la continuidad. Con Su Graciosa Majestad, eso es difícil de determinar.

Gabrielle reflexionó sobre eso.

—Bueno. —Se encogió ligeramente de hombros—. A ver, Xena es la reina porque es la más fuerte. Aunque tuviera un bebé, ese bebé no sería el más fuerte, ¿y cuánto duraría con todo el mundo intentando matarse entre sí? —Miró a Lastay, que se había quedado algo boquiabierto—. Alguien acabaría haciéndose con el poder, porque sería el más fuerte. De modo que tal vez la reina piense que para qué se va a molestar.

Llegaron a las puertas de la sala exterior y los guardias que había a cada lado se apartaron para abrirlas y que pudieran entrar. Lastay estaba callado cuando entraron, llamando la atención de todo los que estaban de pie en la sala, esperando con diversas actitudes de alarma.

—¿Qué ocurre? —preguntó el duque bruscamente.

Le contestó un fuerte estrépito, procedente de la sala interior.

Todo el mundo lo miró y luego a Gabrielle. Con una sensación de náusea, Gabrielle cogió las actas de manos de Lastay y se dirigió a la puerta.

El día no se presentaba bien.


Xena levantó la mirada cuando se abrió la puerta. Sujetaba el cuerpo destrozado de Alaran entre las manos y cuando sus ojos captaron la expresión de Gabrielle, lo soltó y lo dejó caer sin vida al suelo.

El charco de sangre producido por su puñal se extendió despacio a sus pies y por un largo instante, se quedó ahí plantada, mirando a Gabrielle, que se había quedado paralizada. Entonces Xena regresó a su trono y se sentó en él, apoyando las manos manchadas de rojo en las rodillas.

Gabrielle cerró despacio la puerta y se apoyó en ella, presa de una sensación de horror al ver el cadáver. Alaran no le caía bien, pero la visión de sus ojos abiertos y vidriosos le daba ganas de sentarse y vomitar. Apartó la vista de él y miró en cambio a Xena, captando en su rostro una expresión de abatimiento y dolor que la llevó a cruzar la sala hasta la reina.

Xena no levantó la cabeza ni la miró. Contemplaba el cuerpo del jefe de seguridad y soltó aliento.

—Ya te lo dije —musitó por fin—. Cada vez que confío en alguien, pierdo.

Vacilante, Gabrielle le puso una mano en el hombro.

—Xena.

—Todo el mundo tiene un precio, Gabrielle —dijo Xena, con tono distante—. El suyo era una hacienda, de la que ser dueño. —Hizo una pausa—. Nunca me lo pidió a mí. Nunca dijo nada. —Su tono adquirió ahora un matiz de queja agotada—. Me vendió sin más.

Gabrielle notó que el hombro que tenía bajo los dedos se hundía.

—Oh. Caray —murmuró—. No pensé que... —Pero no era cierto, y por eso dejó de hablar antes de continuar con la mentira. Alaran no le había caído bien desde el principio y siempre había pensado que no era tan leal a Xena como parecía—. ¿Cuánto tiempo hacía que...? —Su mirada se posó en el cuerpo y tragó—. ¿Que lo conocías?

Xena contempló la figura tirada y de repente le pegó una patada.

—Demasiado.

Gabrielle se estremeció sin poder evitarlo y se apartó un poco.

—Cabrón —soltó la reina—. Te compraron con un par de vacas y una choza. Escoria.

Gabrielle suspiró apesadumbrada.

—A lo mejor sólo quería tener un lugar que pudiera considerar suyo.

Los claros ojos de Xena se estrecharon.

—¿Y por qué no me lo pidió a mí? —gruñó—. Bien saben los dioses que se atrevía a todo lo demás. —Volvió a dar una patada al cuerpo, haciendo que la mano golpeara la piedra con un ruido húmedo y desagradable.

No podía seguir mirando. Gabrielle se volvió y apoyó la cabeza en la madera del trono.

—A lo mejor tenía miedo —dijo, con tono apagado.

Hubo un momento de silencio, en el que sólo se oyó la respiración de las dos.

—Sí —dijo por fin Xena, con un movimiento curioso e inquieto. La reina volvió la cabeza y miró a Gabrielle con atención—. Bueno, ¿cuál es tu precio, Gabrielle? ¿Cuándo voy a perder contigo?

Gabrielle se vio capturada por esos ojos, por el dolor desnudo que había en ellos.

—Yo no tengo precio —soltó, como reflejo—. Yo no...

—Claro que lo tienes. —Xena se levantó de golpe y se apartó de ella, dirigiéndose a las altas y majestuosas ventanas—. Todo el mundo lo tiene, amiga mía, todo el mundo.

¿Eso es cierto? La rubia se apoyó en el brazo del trono y se lo pensó. ¿Qué la llevaría a ella a volverse contra Xena? ¿Cuál era su precio? ¿Qué podrían darle para que quisiera abandonar a la reina? ¿O hacerle daño? Gabrielle miró hacia la ventana y vio a Xena con la cabeza apoyada en el antepecho en una actitud de desaliento silencioso que la conmovió hasta lo más profundo del alma.

Incapaz de resistir la emoción, Gabrielle se levantó y se acercó donde estaba Xena, pegando el cuerpo a la pared para poder ver el rostro de Xena.

—Lo siento.

Los ojos azules se posaron en ella, tristes y distantes.

—¿Sí? —preguntó la reina—. ¿Por qué?

Gabrielle frotó la piedra con el pulgar.

—Porque... —Carraspeó para librarse de una repentina ronquera—. Mm... porque no hay nada que pueda decir... ninguna promesa que te pueda hacer que signifique nada en realidad. No son más que palabras.

Xena soltó aliento suavemente.

—Mis palabras —continuó Gabrielle—. ¿Y qué valor tienen las palabras de una esclava? ¿O de una pastora? —Se sentó en el alféizar de la ventana, de espaldas a los cristales—. Debería ser fácil comprarme. No tengo nada.

Xena la estaba mirando y Gabrielle lo notaba. Sin embargo, mantuvo la vista en el suelo, sin atreverse a ver qué había en la expresión de la reina.

—Así que... no sé cuál es mi precio, Xena —terminó en un susurro—. Pero sí sé que preferiría morir antes que traicionarte.

Ahora, por fin, alzó la cabeza y se encontró con los ojos de Xena.

—Así que... si tú sabes cuál es mi precio, por favor, no dejes que lo averigüe nunca.

La reina se quedó mirándola un momento, luego se volvió y se sentó en el alféizar al lado de Gabrielle. Se quedaron ahí sentadas juntas en silencio y luego Xena apoyó los codos en las rodillas y dobló las manos cubiertas de sangre. Soltó un levísimo resoplido de risa.

—¿Quién Tártaro soy yo para juzgar eso?

Gabrielle se levantó y esquivó con cuidado el cuerpo de Alaran al dirigirse al adornado aparador, donde había una palangana y una jarra. Las cogió, rodeando la palangana con cuidado con un brazo, y volvió con ellas. Se colocó a los pies de Xena, arrodillándose ante ella, y echó el contenido de la jarra en la palangana.

Luego levantó la palangana y la puso sobre el pequeño escabel que había al lado de la ventana. Cogió un paño que estaba cerca del escabel y lo metió en el agua, lo escurrió y cogió la mano derecha de Xena con la suya.

Los largos dedos se estremecieron con el contacto, pero Xena no se apartó. Gabrielle se puso a lavar la piel ligeramente helada.

—¿Qué haces? —preguntó Xena, suavemente.

Gabrielle levantó la mirada.

—Lavarte la sangre de las manos.

Inesperadamente, la reina se echó a reír, con un matiz seco y amargo. Apartó la mano de golpe y se levantó, se alejó de Gabrielle a largas zancadas y agarró el cuerpo de Alaran con las dos manos. Lo levantó y se lo echó al hombro, luego fue a la puerta de la sala exterior y la abrió.

—Tomad. —Xena se quitó el cuerpo del hombro y lo tiró al suelo en medio de todos ellos—. Si lo desolláis, uno de vosotros tendrá una bonita alfombra. —Dejó que su mirada fulminara a cada uno de los estremecidos nobles—. Será un conjunto a juego cuando descubra a sus amos.

Girándose en redondo, volvió a entrar en la sala interior y cerró la puerta con tal estruendo que los candelabros de pared temblaron y una copa saltó del aparador y rodó por el suelo. Se detuvo a media zancada al ver a Gabrielle agachada sobre las piedras, lavándolas con el paño con aire de intensa concentración.

—¿Qué estás haciendo?

La esclava miró la superficie enrojecida y luego la miró a ella un instante.

—Limpiar esto.

—No te he pedido que lo limpies —soltó Xena—. ¡Levanta!

Gabrielle dudó, luego se levantó con la palangana, retrocediendo cuando Xena se acercó a ella. Dejó el agua en el aparador y se quedó al lado, observando a la reina que se acercaba.

Gabrielle sintió que se le aceleraba el corazón. Se pegó a la pared, bien consciente de encontrarse atrapada. El momento en que se había despertado con la reina parecía muy lejano y muy antiguo, y por un instante se preguntó si todo aquello no habría sido un error muy, muy grave por parte de las dos.

Xena se detuvo a apenas un brazo de distancia de ella, doblando las manos y mirándola furibunda.

—¿Me tienes miedo?

—Sí —reconoció Gabrielle.

—¿Por qué?

¿Por qué? Gabrielle sintió que el miedo y la rabia se enfrentaban en su interior. ¿Pero qué preguntaba esta mujer? ¿Sabía siquiera lo que estaba diciendo... o le importaba?

—Porque matas a la gente con mucha facilidad y acabas de mencionar que yo podría ser una amenaza para ti —consiguió decir—. ¿No debería tener miedo? ¿Cómo crees que podría sentirme si no? ¿No es eso lo que quieres, que la gente te tenga miedo?

Xena la miró.

—Sí —dijo—. Eso es exactamente lo que quiero. Quiero que todo el mundo me tenga miedo. —Colocó las manos manchadas de sangre a cada lado de la cabeza de Gabrielle y la miró fijamente a los ojos.

Acorralada, Gabrielle sólo pudo quedarse ahí. Su rabia se evaporó, sustituida no por el miedo, sino por una profunda tristeza. Notó que se le llenaban los ojos de lágrimas, pero intentó no parpadear, para que no se le derramaran.

—¿Qué estás pensando, Gabrielle? —preguntó Xena, bruscamente.

Gabrielle tomó aliento, pero no habló, pues sabía que eso traicionaría sus emociones.

—¿Gabrielle? —El tono de la reina bajó peligrosamente—. Te he hecho una pregunta.

La esclava tragó y carraspeó suavemente.

—Estaba... p... pensando que... mm... enamorarse no siempre es bueno —contestó con sinceridad—. Ahora mismo desearía no haberlo hecho.

Se hizo un silencio total en la sala que duró largos segundos. Gabrielle alzó por fin los ojos para encontrarse con los de su torturadora y descubrió en ellos una inesperada tristeza comparable a la suya.

—¿De verdad? —preguntó Xena.

Gabrielle asintió.

—¿Porque he hecho eso? —La reina señaló el suelo.

Gabrielle dijo que no con la cabeza.

—Porque quieres que te tenga miedo —susurró—. Y eso me hace daño.

La mirada de Xena se interiorizó un instante. Luego se apartó de la pared y regresó a su trono, dejándose caer en él y apoyando la cabeza en la mano.

—Pues vete de aquí —le dijo a Gabrielle—. Porque así es como deben ser las cosas.

Gabrielle miró la puerta, sabiendo que sólo tenía que cruzarla para librarse del peligro de esta estancia. Se apartó de la pared y empezó a andar, pero se encontró al lado de Xena en lugar de al otro lado de la sala rumbo a la seguridad.

—He dicho que te vayas —repitió Xena.

Ahora estaba lo bastante cerca como para ver el temblor de los dedos de Xena, apoyados en su frente.

—¿Xena?

—¿Qué? —espetó la reina.

Gabrielle se arrodilló a su lado, se apoyó en el brazo del trono y la miró a los ojos.

—¡He dicho que te vayas! —gritó Xena, pasándose rápidamente la mano libre por la cara—. ¡Ahora!

Pero las lágrimas le dijeron a Gabrielle todo lo que necesitaba saber y el miedo salió de ella con la misma facilidad que su aliento. Con cautela, puso una mano en la rodilla de Xena, sabiendo que se arriesgaba a sufrir un daño horrible y sin que le importara en realidad.

Xena se movió y la agarró, con una mano en cada hombro.

Gabrielle reprimió el pánico y agarró los bíceps de la reina con las manos, mirándola directamente a los ojos.

Estuvieron un rato haciendo equilibrios, al borde de la violencia.

—Lo siento —susurró Gabrielle, amándola a pesar de todo—. Siento haber dicho eso. —Soltó una mano y tocó con ternura la cara de Xena, secando el último rastro de una lágrima—. Por favor, no hagas que me vaya. Quiero estar contigo.

No hubo la menor reacción y luego Xena parpadeó. Soltó los hombros de Gabrielle y dejó caer las manos hasta la cintura de la esclava, mirándola con expresión cansada y perpleja.

—¿Por qué? —preguntó, sacudiendo levemente la cabeza.

Muy buena pregunta. En realidad sólo había dos respuestas sinceras, y admitir un ataque de locura no parecía muy buena idea en ese momento.

—Porque te quiero —dijo, ofreciendo la segunda—. Aunque sé que probablemente no quieres oír eso.

Sorprendentemente, las palabras parecieron relajar a la reina. Movió el cuerpo y soltó aliento. Bajó despacio la cabeza, hasta apoyar la frente en la de Gabrielle.

—¿Por qué dices eso? ¿Crees que preferiría que me dijeras que me odias?

Gabrielle se relajó un poco también.

—No.

Xena suspiró.

—Tal vez lo preferiría —musitó—. Al menos entonces no tendría que preocuparme de que te volvieras en mi contra.

Gabrielle soltó despacio la respiración que había aguantado.

—Xena...

—Sí, lo sé —la interrumpió la reina—. Lo sé. —Despacio, rodeó a Gabrielle con los brazos y la estrechó—. Tú confías en que no te corte la cabeza, lo menos que puedo hacer yo es confiar en que no me vendas al mejor postor. —Se quedó mirando por encima del hombro de Gabrielle, con los ojos clavados en sus propias manos manchadas de rojo—. Pocas opciones, amiga mía. Pocas opciones.

La esclava respiró hondo.

—Bueno... ¿y ahora qué?

Xena apoyó la barbilla en el suave pelo de Gabrielle.

—No lo sé, Gabrielle —reconoció suavemente—. Simplemente no lo sé.

Gabrielle la abrazó, pues no tenía nada más que añadir a eso.

La reina gruñó suavemente.

—Eh. ¿Tienes agua? —Echó la cabeza hacia atrás y miró a la rubia—. Tengo los dedos pegajosos.

—Eso lo puedo arreglar. —Gabrielle consiguió sonreír—. Vamos.

Se dirigieron juntas al aparador. Xena metió las manos en el agua y se quedó mirando mientras Gabrielle se las lavaba.


Gabrielle había retirado la palangana de agua y estaba sentada en un pequeño escabel cerca del borde del estrado de Xena, observando a la reina mientras ésta pensaba. La mujer sentada en el trono llevaba largo tiempo meditando en silencio y sus claros ojos azules se movían inquietos por la sala en un rostro por lo demás inmóvil.

Fuera lo que fuese lo que estaba pensando, al parecer no era muy agradable, a juzgar por la severa mirada.

Gabrielle se sentía algo inútil. Sabía que Xena estaba intentando pensar qué hacer, y también sabía que ella tenía muy poca experiencia o conocimientos para ayudarla a hacerlo. Sin embargo, quedarse ahí sentada sin más tampoco servía para nada y Xena no le había dicho que no pudiera intentar ayudarla, de modo que...

Con un levísimo suspiro, se levantó, subió los escalones hasta lo alto del estrado y se sentó con las piernas cruzadas a los pies de Xena.

Casi de inmediato, Xena se movió y alargó la mano, tirándole de la oreja.

—Hola.

Gabrielle se alegró del reconocimiento. Miró a la reina.

—Las cosas están muy complicadas, ¿verdad?

Xena asintió gravemente.

—Sí, en efecto. —Le acarició distraída el pelo a Gabrielle, entrelazando los dedos con sus claras guedejas—. Bueno, ¿y qué harías tú para solucionarlo, mm? ¿Un festín con chuletas de cordero?

Gabrielle apoyó los codos en las rodillas y la barbilla en los puños.

—Mm... no, no creo —dijo—. A mí me parece que todo el mundo está muy enfadado por algo, pero no logro entender por qué.

Xena la miró con irónico desconcierto.

—Ya.

—Es decir... —La esclava se arrimó un poco más—. No es que aquí las cosas vayan fatal. Todo el mundo parece estar bastante bien, o sea, aparte de los esclavos, y todo es muy bonito y hay mucha abundancia y todo eso.

—Sí —asintió de nuevo la reina—. En eso tienes razón. La cosecha de este año ha sido el doble que la del año pasado y todo el mundo ha conseguido ganar mucho dinero con el excedente.

Gabrielle se mordisqueó el labio por dentro.

—Bien, vale... pues... —Arrugó la frente—. Entonces... ¿cuál es el problema? —Levantó la mirada—. ¿Por qué está todo el mundo tan enfadado? ¿Si todo va tan bien?

Xena miró al otro lado de la sala, posando los ojos en el retrato inmenso, casi de tamaño natural, de ella misma cargada de joyas y sedas que adornaba la pared.

—¿Por qué? —musitó—. Porque me odian, Gabrielle.

—¿Te odian?

La reina asintió.

—Me presenté aquí y derroqué a uno de ellos —comentó—. El tipo al que le quité el trono era rey desde hacía veinte años y su familia llevaba al mando desde que Zeus usaba pañales. —Xena se apoyó en el brazo del trono—. Y llegué yo, una mocosa campesina con una chusma de ejército que arrasó el territorio, y se lo quité todo.

—Oh.

—Me odian. Aunque fuera Afrodita hecha carne y me paseara por las tierras repartiendo pasteles de nueces a los niños, me odiarían, y no puedo hacer absolutamente nada para cambiarlo —concluyó Xena—. Da igual que yo sea mejor gobernante de lo que lo fue jamás el viejo como se llamara y que tengan ahora más desde que me siento en este grano en el culo al que llaman trono.

Gabrielle asimiló todo aquello.

—Pues menuda estupidez —reconoció.

—Sí. —Xena apoyó la cabeza en la mano.

—¿No puedes hacer un trato con ellos?

La reina se quedó en silencio un momento.

—Ningún trato que yo pudiera aceptar jamás. Ahí es donde entraba Bregos. Estaban intentando obligarme a aceptarlo como marido.

—Puaj.

En el rostro de Xena apareció una leve sonrisa.

—Ah, estás empezando a desarrollar gustos finos, ¿eh?

—Te he elegido a ti, ¿no? —se atrevió a bromear Gabrielle, a pesar de la seriedad del momento—. Aunque hubieras aceptado casarte con Bregos... con eso no habrían obtenido de verdad lo que buscaban, ¿no? Tú habrías seguido al mando.

—Mm. —Xena se encogió de hombros a medias—. Creo que pensaban que si me casaba y me asentaba... si tenía unos cuantos críos, a lo mejor me amansaba lo suficiente para que ellos pudieran controlarme. Para que Bregos pudiera controlarme.

Gabrielle la miró.

—¿Tú crees que eso es cierto?

Xena tardó bastante en contestar.

—No lo sé. —Volvió a tirar a Gabrielle de la oreja—. ¿Qué piensas tú?

Su esclava reflexionó sobre la pregunta.

—Yo creo que no —dijo—. Creo que tú... una vez, cuando era pequeña, había un lobo que atacaba a las ovejas cerca de nuestra aldea.

—Gabrielle, has cambiado de dirección tan deprisa que te cuelgan los pechos por el hombro.

—Je je —se rió Gabrielle ligeramente—. No, en serio... los hombres del pueblo se juntaron, con todos los perros, y fueron tras el lobo. —Se rodeó las rodillas con los brazos—. Al cabo de mucho tiempo, lo acorralaron y fueron a matarlo, porque había matado algunas ovejas.

—Razonable —comentó Xena.

—Eso pensaban ellos también —asintió Gabrielle—. Pero cuando lo atacaron, el lobo luchó con ellos con tal ferocidad que tuvieron que huir.

Xena resopló.

—Yo me quedé.

—¿Sí? —La reina sofocó una risa.

—Quería ver si estaba bien o no —confesó Gabrielle—. Así que me escondí detrás de un arbusto, en dirección contraria al viento que soplaba en el agujero donde se había metido el lobo, y esperé y vigilé...

—¿Mm? —Xena se echó hacia delante, intrigada.

—Y al cabo de un rato, salió el lobo, con tres bebés.

—¿Bebés? —Xena enarcó las cejas de golpe—. Yo he oído un viejo cuento romano sobre eso.

—Bebés de lobo —explicó la esclava—. Cachorritos o lobeznos o como se llamen. —Miró a Xena—. La loba era su madre y no quería que nadie les hiciera daño y estaba dispuesta a arriesgar la vida robando las ovejas para que tuvieran suficiente alimento y no murieran.

—Mm.

—Así que yo creo que tú serías así —concluyó Gabrielle—. Creo que serías feroz y no dejarías que nadie hiciera daño a tu bebé ni que te atacaran.

Xena se reclinó, con expresión pensativa.

—Creo que puede que tengas razón —dijo—. Pero jamás lo averiguaremos, porque no tengo la menor intención de reproducirme.

—Oh —dijo la esclava—. Pues qué pena, porque seguro que tendrías unos bebés monísimos.

La reina soltó un bufido elocuente.

—No, tú tendrías unos bebés monísimos. —Le clavó un dedo a Gabrielle—. Yo tendría unos terrores larguiruchos que seguro que destrozaban la fortaleza. En fin. Vamos a dejar de hablar de reproducción y a tratar de pensar qué vamos a hacer ahora.

—Vale —dijo Gabrielle—. ¿Qué les ofrecía Bregos a todos estos tipos? ¿Aparte de un hombre al mando?

Ah. Buena pregunta. Xena echó la cabeza a un lado.

—Seguridad —decidió por fin—. A estos malditos imbéciles amanerados y cubiertos de seda les da un miedo horroroso el cambio. Bregos les ofrecía una oportunidad de hacer planes a largo plazo.

—Oh. ¿Y por qué tú no?

—Porque yo no tengo un órgano masculino del tamaño de un cacahuete pelado con el que prometerles un heredero. —El rostro de Xena se contrajo con una mueca feroz—. Y que me ahorquen si me voy a llevar a uno de ellos a la cama sólo para que se queden todos tranquilitos.

Gabrielle pensó que a ella eso tampoco le haría mucha gracia. Aunque llevaba muy poco tiempo compartiendo la almohada de Xena, descubrió que no le gustaba la menor insinuación de que tuviera que compartirla, sobre todo con alguno de los nobles a los que había conocido hasta ahora.

—Puaj.

—Mm.

—¿Pero no podrías llegar a una especie de acuerdo, con algunos de ellos? ¿Sólo para que se pongan de tu parte? —preguntó Gabrielle—. Ya sé que has dicho que podrías... en fin, obligarlos, pero...

—No me irás a soltar ese discurso sobre la cal y la arena, ¿verdad?

—¿Eh? —Gabrielle frunció el ceño—. ¿Qué tiene que ver eso con hacer un trato?

Xena se levantó y se puso a pasear.

—No quiero hacer un trato, Gabrielle. Quiero traerlos a todos y aliviar mi frustración cortándoles el cuello —dijo—. Jamás respetarán un trato conmigo, así que ¿para qué molestarme?

—¿Lo has intentado alguna vez?

—Gaaabrrieeelle...

La esclava se levantó y se unió a los paseos de la reina.

—Bueno, ¿lo has hecho? ¿Tan malo sería hacer el intento?

Xena se volvió y la miró con exasperación.

—Sí —soltó—. Sería malo para mi imagen, porque todo el mundo sabe que yo no hago tratos.

Las dos dieron vueltas de un lado a otro.

—Bueno. —Gabrielle lo intentó por otro lado—. ¿Tu imagen está funcionando ahora?

Xena suspiró.

—Gabrielle, escucha. —Se detuvo y miró a la esclava. Tras un momento de silencio, frunció el ceño—. A lo mejor podría hablar con Lastay. Ése no está tan mal.

Gabrielle sonrió.

—De hecho... —Xena se puso en jarras—. Creo que tengo algo por lo que estaría dispuesto a tomar partido —dijo—. Sal ahí y dile que entre. Luego quiero que bajes al cuartel y busques a Brendan. Dile que no lo hago responsable por lo de los hombres de Bregos. Quiero verlo lo antes posible, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —dijo Gabrielle. Se volvió y se dirigió a la puerta, con cuidado de esquivar la mancha de sangre del suelo. Se volvió cuando estaba a punto de salir y miró a Xena a los ojos—. Estoy segura de que esto va a funcionar, Xena. Ya lo verás.

Xena la miró mientras salía y en su cara apareció una sonrisa levemente sardónica.

—Lo dudo, pequeña e inocente amiga mía... pero qué Hades. Lo intentaré. Al menos eso retrasará el baño de sangre.

Regresó a su asiento, cruzando las piedras manchadas de sangre, y cogió la copa de vino que había estado bebiendo. Se acomodó en su trono y bebió un trago, repasando mentalmente lo que tenía planeado decir.

Como había dicho, Lastay estaba bien. Procedía de una familia que había obtenido sus tierras cuando ella derrocó al anterior rey. Por esa razón, no formaba parte en realidad de la vieja red nobiliaria del reino, y tampoco estaba predispuesto para preferir al llorón impotente al que había masacrado antes que a ella.

También era muy listo. Xena descubrió a regañadientes que casi le caía bien. Aunque no tenía sentido hacérselo saber. Clavó una mirada iracunda en la puerta cuando se abrió y vio que Lastay se encogía cuando le dio de lleno.

—Entra —gruñó—. Tenemos que hablar.

Él cerró la puerta e irguió los hombros.

—Sí, ama. —Carraspeó—. Estoy, como siempre, a tu disposición.

Xena se rió entre dientes.

—Gracias. Pero le he prometido a Gabrielle que intentaría hablar antes de disponer de ti, así que ven aquí antes de que me levante y te arrastre de las amígdalas.

Lastay sonrió débilmente y avanzó, como si marchara a su perdición.


Gabrielle bajó trotando las escaleras principales, sintiéndose muy bien por haber logrado que Xena pensara al menos en resolver su problema mediante el diálogo. Sabía que la situación era muy seria, pero en el fondo de su corazón, también estaba convencida de que salir a matar a todo el mundo no era realmente la respuesta adecuada.

Tenía que haber un modo mejor.

Llegó a la planta baja y cruzó el vestíbulo hasta el largo pasillo que llevaba a los patios, sin poder creer que tan pocos días antes hubiera recorrido el mismo camino para ver cómo Xena salvaba a otra esclava. Cuántas cosas habían cambiado.

Ella había cambiado. Gabrielle se colocó bien el tabardo y abrió el pestillo de la puerta, la empujó y salió. Hacía frío, pero también sol, y aspiró una bocanada de aire limpio mientras se dirigía al cuartel.

Los patios estaban tranquilos hoy, y al mirar a la derecha, donde estaba el barracón que había visitado la última vez con Xena, vio que las puertas y los postigos de las ventanas estaban abiertos de par en par, con un evidente aire de abandono. Frunciendo el ceño, Gabrielle giró a la izquierda rumbo al otro barracón, éste claramente mejor cuidado y evidentemente ocupado.

La puerta se abrió cuando llegó a ella y se echó hacia atrás cuando un soldado alto y rubio salió del edificio. El hombre se detuvo al verla y vaciló.

—Señora.

Gabrielle le sonrió.

—Sólo Gabrielle —dijo—. Estoy buscando a Brendan... ¿está dentro?

El hombre alto la miró un momento y luego abrió la puerta y se la sostuvo.

—Está, señora. ¿Vienes de parte de la reina?

—Sí. —Gabrielle observó su cara con atención.

Su sonrisa amable la tranquilizó.

—Entonces eres doblemente bienvenida. Pasa. —La siguió—. ¿Brendan? Un paso al frente, señor. La reina te requiere.

Gabrielle entró y se detuvo. Este barracón era muy distinto del otro.

Muy distinto.


—Siéntate. —Xena indicó el pequeño escabel que había usado Gabrielle. Se quedó mirando a Lastay con los ojos entornados mientras él se acomodaba a su lado y alzaba los ojos hacia los suyos con expresión cauta, pero sorprendentemente sincera—. No estoy contenta.

—Ama, no espero que lo estés —replicó Lastay con calma—. El grado de traición del buen general es ahora evidente para ti.

Xena lo miró.

—¿Tú lo sabías? —preguntó con aire despreocupado, y él juntó las manos. Advirtió que le temblaban.

Hizo una pausa antes de contestar y movió los pies.

—Sí, ama, lo sabía.

La reina se quedó sorprendida. No de que el duque lo supiera, sino de que lo admitiera, conociendo su temperamento. Eso le hizo subir puntos en su estima, aunque sospechaba que él no lo sabía.

—Ah —murmuró—. ¿Debería matarte ahora?

Lastay levantó la cabeza.

—Puedes hacerlo, ama —dijo—. Pero de todos los que profesan arrodillarse ante ti, yo soy el menor de tus enemigos.

—Mm... sí. —A Xena no le quedó más remedio que asentir—. Bueno, salvo por mi pequeña Gabrielle, por supuesto —añadió—. ¿Y qué debería hacer contigo, Lastay? Te he dado tierras... animales... esclavos... el mayordomo del castillo compra tu grano... y tú te vuelves contra mí.

El duque suspiró.

—No, ama. —Meneó la cabeza—. Lo que dices es cierto... has sido más que generosa. He dicho que sabía lo que se tramaba... no que estuviera de acuerdo con ello. Yo podía perderlo todo, si Bregos ganaba.

Xena se levantó y se puso a dar vueltas a su alrededor.

—Eso dices tú —dijo suavemente—. ¿Pero por qué tendría que creerte, Lastay?

Él estaba sudando, incluso con el frío que hacía en la sala.

—Ama, yo nunca te he mentido.

Ella se detuvo justo detrás de él.

—Eso dices tú. —Su mano apareció despacio y la hoja brillante de su puñal se movió mientras ella la hacía girar con agilidad entre los dedos. Vio que movía la espalda y empezaba a respirar con más dificultad y casi olió el miedo que emanaba de su cuerpo.

Puaj.

—Pero en realidad no sé si eso es cierto o no... ¿Verdad? —dijo Xena, pasándole el borde de la hoja por la nuca. Los pelos del cuello se fueron erizando a su paso y vio las gotas de sudor que se formaban en el nacimiento del pelo.

—No, ama —susurró él.

La punta del puñal se detuvo en el centro mismo de su columna, en un pequeño hueco de la base del cráneo, donde con un simple empujón podría penetrar y matarlo. Xena estudió el pequeño encaje de pelo oscuro que bajaba por el centro de su cuello y se imaginó el aspecto que tendría bañado en sangre.

—Lastay —dijo Xena—. No voy a salir huyendo como un perro apaleado.

Él no contestó.

—Soy la gobernante de esta tierra y tengo intención de seguir siéndolo, a toda costa, y eso incluye mataros a todos y cada uno de vosotros y sustituiros por carreteros.

—Sí, ama —dijo Lastay—. Eso lo sé.

Xena se apoyó en el puñal, un poquito.

—¿Qué es lo que quieren, Lastay? —preguntó—. ¿Aparte de otra persona en el trono?

El duque tragó sonoramente. Se frotó los pulgares, tensando el cuerpo para resistir el impulso de moverse o de volverse.

—Tú... —Hizo una pausa—. Tú les revuelves la bilis, ama.

—Ooh. Qué gran sorpresa. —Xena se echó a reír por lo bajo.

Lastay hizo algo inesperado. Se irguió, empujando contra la hoja, que rompió la piel antes de que Xena pudiera apartarla. Luego volvió la cabeza y levantó la mirada hacia ella.

—Ama, tú nos desprecias.

Xena bajó el cuello y lo miró atentamente.

—Sí, es cierto.

—¿Entonces por qué esperas que te seamos leales?

Mm. Xena jugó con el puñal que tenía en la mano y cruzó la sala hasta la jarra de cristal llena de vino. Aprovechó el acto de servirse otra copa para tener tiempo de pensar en eso.

—No lo espero. —Dio vueltas al vino en la copa y bebió un sorbo—. Me odiáis, Lastay.

Él cerró los ojos despacio, luego los abrió y centró la mirada en ella.

—No todos nosotros, ama.

—Ah-ah... nada de mentiras. —Xena lo señaló con el puñal.

—No miento —afirmó Lastay—. Matarme no cambiará ese hecho. Pero sí, ama, la mayoría te odia —dijo—. Denigras su virilidad.

Xena regresó a su trono y se sentó.

—Ah, sí. Xena la Despiadada, capadora real del reino. —Se apoyó la hoja del puñal en el labio inferior—. Lastay, nunca seré la gobernante que desean.

Él soltó un suspiro de alivio.

—No, ama. No lo serás.

La reina le sonrió.

—Pero tú podrías —dijo—. ¿Quieres ser mi heredero?

Al ver la cara del duque, Xena decidió que podría acostumbrarse a ver una reacción distinta del miedo. En realidad, era bastante agradable.

Aunque no se lo iba a reconocer a Gabrielle, por supuesto.

Al menos por ahora.


Gabrielle paseó la vista por el barracón. Había algo de... de salvaje en él que era totalmente distinto del ambiente que había en el cuartel de los hombres de Bregos. En las paredes había pieles de animales y los camastros estaban cubiertos con pieles en lugar de mantas de lana.

Olía a almizcle y a acero y a cuero. Había armadura colgada por todas partes, en perchas de madera, bien cuidada, aunque también bien usada.

En la pared del fondo colgaba un estandarte negro, con un halcón dorado en el centro. Un lado estaba hecho jirones y quemado, pero el cuidado con que estaba conservado era evidente.

Apareció Brendan, que avanzó hacia ella. Iba vestido con un par de calzones de cuero y una camisa de tela de color verde y se iba limpiando las manos con un trapo mientras se acercaba a ella.

—Buenos días, señora.

—Sólo Gabrielle —le corrigió Gabrielle, con una sonrisa—. Su Majestad me ha dicho que venga a buscarte.

En lugar de parecer asustado, Brendar parecía contento por el llamamiento.

—Pues deja que me ponga un tabardo, se...

Gabrielle lo señaló meneando el dedo.

Brendan sonrió.

—Está bien, pues Gabrielle. —Fue a su espacio, situado en la parte delantera del barracón, un lugar de honor evidente—. Jeras, vamos a salir al patio cuando vuelva, para desentumecernos un poco —le dijo al hombre alto y rubio—. Ya es hora de que esta fortaleza vuelva a ser nuestra.

—Sí, señor —asintió Jeras enérgicamente—. ¿Le podrías pedir a Su Majestad que...?

—¿Venga a mirarnos? —Brendan lo miró por encima del hombro.

—Que se una a nosotros —terminó Jeras—. La echamos de menos durante las prácticas.

Gabrielle escuchaba con interés, loca de contento de oír palabras sobre la reina que no estaban llenas de envidia o disgusto.

—Creo que ella también os echa de menos —intervino suavemente.

Todos los hombres se volvieron para mirarla.

—No hay muchos amigos en esa torre.

Brendan se irguió y fue hasta ella, ladeando la cabeza.

—Yo diría que sólo una, en realidad —le dijo—. Pero no sé si Su Majestad querría venir a pasar el rato en el barro con nosotros.

Gabrielle se limitó a sonreírle.

—¿Es cierto lo de Alaran? —preguntó Jeras de repente.

Eso le borró la sonrisa de la cara. Gabrielle recordó el horror y sintió de nuevo el escalofrío que le corría por la nuca. Era consciente de los hombres que la rodeaban con curiosidad y respiró hondo antes de levantar los ojos para encontrarse con los de Jeras.

—Sí, es cierto.

—Ah —gruñó Brendan—. Tiene que haberle dolido.

Jeras resopló.

—Era un cabrón chaquetero y tú lo sabes, Bren. Esta vez por fin ha dado la cara.

—Sí. —Brendan se colocó bien el tabardo e hizo un gesto a Gabrielle para que fuera delante de él—. No me refería a él. —Siguió a Gabrielle hasta la puerta y la abrió y luego salió con ella al aire frío y seco—. Sé que Su Majestad debe de estar disgustada con nosotros.

Gabrielle echó un vistazo al barracón vacío.

—Me ha dicho que te diga que no te hace responsable de eso.

—No. —Brendan suspiró—. Pero yo sí. —Meneó la cabeza—. Cabrones estúpidos. No reconocen a un líder ni aunque les caiga encima. Demasiado centrados en sus puñeteros egos para pensar como es debido.

—¿Dónde crees que han ido? —preguntó Gabrielle.

—Ahí fuera. —Brendan se protegió los ojos y miró hacia las montañas—. Donde desearía que estuviéramos nosotros, a veces —dijo—. Por muy calientes que sean los catres o por muy buena que sea la comida.

—Entonces... —indagó Gabrielle delicadamente—. ¿Por qué no te has ido con ellos? ¿Si eso es lo que quieres de verdad?

El veterano soldado la miró.

—Si ella fuera, yo la seguiría —dijo—. Todos nosotros.

Gabrielle caminó a su lado un rato en silencio, mientras se acercaban a los muros de piedra y la pesada puerta de madera.

—¿Por qué? —preguntó de repente—. Aquí todo el mundo la odia.

Brendan la detuvo delicadamente justo fuera de la puerta. Se apoyó en el muro y dejó caer sus manos ajadas sobre los muslos.

—¿Por qué? —Y lo pensó—. Sangró por nosotros. —Se miró una cicatriz que tenía en los nudillos—. Estuvo a punto de morir por nosotros.

En cierto modo, eso no le sorprendió a Gabrielle en absoluto.

—Un pueblucho de mala muerte... unos cuantos paramos allí, sin meternos con nadie —continuó Brendan—. Simplemente pedimos comida y algo de cerveza... y pagamos por ello, ya lo creo que pagamos. Pero los del lugar nos reconocieron por un cartel de recompensa y pensaron que se iban a forrar, así que se escabulleron y nos delataron a la guardia.

—Mm —murmuró Gabrielle.

—Pensamos que estábamos muertos. Para recibir la recompensa daba igual. —Brendan alzó la cara hacia el sol—. Nos tenían atados y marcados, medio muertos, cuando Xena nos encontró. Había estado haciendo una expedición de reconocimiento y al volver descubrió que habíamos desaparecido y se montó en el caballo y salió al galope.

Tomó aliento con fuerza.

—Mientras viva, recordaré cómo llegó allí, ella sola contra una legión —dijo—. Luchó y luchó y luchó como un animal salvaje hasta que huyeron con el rabo entre las piernas... y ella nos cortó las cuerdas y nos bajó.

—Caray.

—No había nada que no tuviera cortado o roto. —Brendan meneó despacio la cabeza—. Pero nos salvó. Y además, volvió y quemó ese maldito pueblucho hasta los cimientos por aquello.

Gabrielle recordó ser transportada por un largo tramo de escaleras de piedra bajo la lluvia.

—No descubrimos hasta mucho tiempo después que aquel lugar maldito era el pueblo donde nació.

Oh. Gabrielle se quedó sin aliento de repente, al tiempo que algo que sabía intentaba asomar con fuerza a su consciencia, algo que había oído, algo que...

—Bueno, eso es porque me lo has preguntado, pequeña. No hagamos esperar a Su Majestad. —Brendan le abrió la puerta—. Y, ¿Gabrielle?

Distraída, lo miró.

—¿Sí?

Brendan le puso una mano en el hombro.

—Me alegro muchísimo de que por fin haya encontrado a alguien que la haga reír. Hacía ya demasiado tiempo.

Ese algo que sabía se alejó flotando, fuera de su alcance.

—Gracias. —Gabrielle le sonrió y luego entró por la puerta, con Brendan detrás—. A veces ocurren cosas y no comprendes por qué, pero al final todo sale bien. —Hizo una pausa—. La quiero.

—Y yo. —Brendan le puso la mano en la espalda y echaron a andar hacia el vestíbulo.


—Ama, estoy estupefacto —murmuró por fin Lastay.

—Casi lo dices bien. —Xena se apoyó en el brazo de su trono y cruzó los tobillos.

—¿Ama?

—Olvídalo. —La reina se rió suavemente—. Lastay, no quiero fundar una dinastía. No me apetece que me llamen la reina madre y no tengo la menor intención de casarme con un ricachón almidonado sólo para que esta tierra se quede contenta. ¿Me comprendes?

La actitud del duque había cambiado por completo. Ya no estaba nervioso y ahora su lenguaje corporal revelaba una aprobación cautelosa y un claro interés.

—Creo que sí, mi reina.

La puerta exterior se abrió y Gabrielle se deslizó dentro. Se detuvo al verlos y miró a Xena con expresión interrogante.

—Pasa, genio. —Xena le hizo un gesto para que avanzara—. ¿Has traído a Brendan?

Gabrielle abrió la puerta y se echó a un lado para dejar pasar al veterano soldado. Caminaron juntos hasta el estrado. Gabrielle se alegró de ver que el duque parecía ileso, y ocupó su lugar al lado de Xena, arrodillándose junto al trono mientras la reina reanudaba su conversación.

¿Genio? Recordó de repente ese comentario de pasada.

—De modo que si no voy a parir una camada de cachorros para vosotros, me parece a mí que tengo que dejar claro quién va a ser el desgraciado que se quede con este trabajo cuando yo me harte de él —declaró Xena.

Lastay entrelazó los dedos y apoyó la barbilla en ellos, acurrucado como estaba en el pequeño escabel.

—¿Yo?

Xena asintió.

Brendan se echó a reír por lo bajo y se situó en el primer escalón, una posición que hasta entonces había pertenecido a Alaran.

Lastay se recuperó.

—Pero... Majestad, nosotros... yo creía que le habías dicho al consejo... todo el mundo ha creído siempre que te...

Xena volvió la cabeza y miró a Gabrielle.

—¿Qué te parece, debo dejarle este lugar a alguien que ni siquiera es capaz de terminar una frase?

—Mm. —La propia Gabrielle estaba un poco asombrada por la actitud de Xena—. Yo creía que a las reinas les iba todo eso de las dinastías.

—A esta reina no. —Xena meneó la cabeza—. Ya te lo he dicho, nada de reproducción.

—Pero, ama, ¡te habías planteado tomar consorte! —objetó Lastay—. No es que me sienta más que honrado por tu ofrecimiento, pero que nombres a un heredero... ¡eso ni siquiera se había pensado!

—Sí, bueno. —Xena seguía observando el rostro de Gabrielle—. Eso era antes de que encontrara a alguien con quien quisiera pasar el tiempo.

Se hizo un momento de silencio incómodo. Xena no hizo ni caso y se entretuvo trazando la línea del rubor de Gabrielle, subiendo por el arco de su cuello hasta la mejilla con un dedo ocioso.

—Así que se acabó hablar de consortes, Lastay. ¿Quieres encargarte de ser mi heredero o no?

El duque tomó aliento sonoramente.

—Majestad, sería el mayor de los honores para mí.

—También sería el mayor de los incordios para ti —dijo Xena—. Todo el mundo va a ir a por ti.

—Sí —murmuró él—. Soy consciente.

—Aumentaré tus concesiones de tierras y te daré un estipendio real —dijo la reina, volviendo por fin la cabeza para mirarlo—. Si quieres algo, lo pides. Si descubro que estás conspirando para destronarme, te arranco las tripas. ¿Entendido?

Lastay asintió.

—Majestad, si me permites, usaré su codicia para construir una auténtica base de apoyo a tu reinado. No deseo ese trono. —Sus ojos se posaron en la mancha de sangre del suelo y luego volvieron a su cara—. Pero sobre todo, no deseo que otros lo tengan.

Xena se echó a reír.

—Lastay, sabes que podrías morir por esto. El otro día sin ir más lejos una panda de cretinos me disparó.

Él levantó la cabeza de golpe, con los ojos desorbitados por la sorpresa.

—¿Majestad?

¿Miente? ¿Finge que no lo sabe?, se preguntó Xena.

—Vamos, seguro que te has enterado. Bregos contaba con eso para ganar nuestro pequeño combate.

Lastay se levantó y se puso a dar vueltas por la sala, turbado.

—No... parecían ansiosos por aceptar nuestras apuestas, pero... —Hizo un ruidito, entre un bufido y un escupitajo—. Cabrones.

Xena apoyó la cabeza en el puño y lo miró con cierta diversión.

—Pero no te hirieron, mi reina, así que el plan no les salió bien —fue la conclusión de Lastay.

¿Se lo digo? La reina se debatió con una estrategia poco familiar.

—No le quites méritos a mi fama de ser la persona más dura del reino, mi pequeño duquecito —dijo—. Tenía un agujero en la espalda por el que te habría cabido el puño.

—¡No! —Lastay miró a Gabrielle, por alguna razón—. ¡No es cierto!

Gabrielle asintió solemnemente.

—¿Bregos? —El duque parecía atónito—. ¡Qué locura! ¡Jamás le habrían permitido aceptar la corona de esa forma! Era... —Lastay se calló, incómodo.

—¿Sí? —La voz de Xena había bajado hasta convertirse en un murmullo grave y sonoro. Clavó los ojos en Lastay, sin el menor rastro de humor—. ¿Era qué, Lastay?

Brendan se movió, percibiendo el cambio. Inconscientemente, se acercó un poco más al trono de la reina.

El duque se quedó paralizado.

Gabrielle puso la mano en el brazo del trono de Xena y se apoyó en él.

—Si sabes algo, debes contarlo —intervino suavemente y por primera vez. Su voz sonó aguda y extraña en la gran sala e hizo que Xena volviera la cabeza y se la quedara mirando—. Tienes que empezar a confiar en algo —continuó la esclava, mirando al duque a los ojos—. Y elegir dónde depositas tu lealtad. No puedes jugar a dos bandas.

Lastay se quedó callado y luego suspiró.

—Sí, muchacha. —Regresó al pequeño escabel y se sentó en él, chupándose el labio inferior al tiempo que cruzaba las botas por delante y apoyaba los codos en los muslos, en una postura nada propia de un duque que resultaba casi adolescente por su informalidad.

Xena se echó hacia delante y besó a Gabrielle en los labios. Luego volvió a prestar atención al duque y esperó, dando vueltas a los pulgares delante de ella.

—¿Y bien?

—Bregos era su hombre de paja —dijo Lastay—. Algunos de los grandes terratenientes se juntaron y le ofrecieron el mundo si conseguía llevarte a la cama y dijeron que lo respaldarían. —Jugueteó con uno de los cordones de sus botas de cuero—. No era para ponerlo en tu lugar. —Alzó la cabeza y miró a Xena—. Por mucho que te odien, es el temor a ti lo que mantiene a los enemigos fuera de nuestras fronteras, mi reina, y ninguno de ellos es tan estúpido como para no saberlo.

—¿Incluso con las victorias de Bregos en combate? —preguntó Xena, muy satisfecha por dentro.

—Aún así —dijo el duque—. Así que oír que levantó la mano contra ti, ama, me deja de piedra.

Y Xena no creía que lo hubiera hecho él en realidad, de modo que tenía sentido. Bregos se habría aprovechado gustoso de su herida, pero en realidad no creía que tuviera las agallas o la ambición para intentar hacerse con el gran premio. Aunque le sería cómodo creerlo —eso dejaría limpiamente zanjado ese pequeño misterio— sabía que había piezas de este rompecabezas que todavía no estaban en sus manos.

—¿Por qué no me lo dijiste sin más, Lastay? ¿En lugar de hacer insinuaciones como una solterona haciendo calceta en una esquina? —preguntó Xena—. ¿Qué te jugabas?

Lastay se quedó contemplando el suelo durante largos segundos.

—Tenían a mi esposa, ama —confesó.

Ahora le tocó a Xena quedarse de piedra.

—¿Qué? —Se levantó y fue hasta él, lo agarró por la nuca y lo levantó—. ¡¡¡Idiota!!! ¿Por qué Hades no dijiste nada? —vociferó a pleno pulmón, haciendo temblar los vasos del aparador.

Gabrielle se levantó a toda prisa y se acercó trotando, con Brendan pisándole los talones. Le puso una mano en la espalda a Xena y miró atentamente al duque.

—¿Todavía la tienen? ¡Es horrible!

—Gggaaabbbrriellle —dijo Xena con tono muy grave—. Éste es mi interrogatorio. —Se volvió de nuevo a Lastay—. ¿La tienen? —Lo zarandeó con fuerza.

—N... ¡ama, por favor!

Xena dejó de zarandearlo, cosa que sustituyó por una mirada fulminante.

—Ellos... Es su primo, mi reina. Me dicen que está bien —dijo Lastay—. No tengo motivos para creer que no sea así.

Xena tamborileó con los dedos sobre su frente. Luego se detuvo y ladeó la cabeza.

—¿Quieres recuperarla? —preguntó.

—¡Ama! —protestó el duque—. ¡Es mi amada esposa!

La reina se encogió de hombros.

—Sólo era una pregunta. —Lo soltó—. ¿Brendan?

—¿Majestad? —El soldado se acercó a ella enérgicamente—. ¿Quieres que averigüe dónde tienen a la damita?

—No. Eso me lo va a decir Lastay. Tú reúne a un puñado de hombres a los que no les importe hacer operaciones de tapadillo —le dijo Xena—. Que preparen los caballos para salir cuando oscurezca.

Brendan inclinó la cabeza.

—Los dirigiré yo mismo, ama. —Se volvió y salió rápidamente, cerrando la puerta tras él.

—Te apuesto a que no —murmuró Xena por lo bajo—. Está bien, Lastay. Desembucha.

—Ama... dijeron que no le harían daño. —El duque alzó las manos—. Estoy negociando con ellos para recuperarla... no hay necesidad de que arriesgues a ninguno de los hombres.

—Te equivocas. —Xena dio vueltas por la estancia, moviendo la toga a su alrededor mientras se movía—. Saben que no estabas de acuerdo con ellos, saben que estás aquí dentro hablando conmigo y que todavía no he lanzado tu cuerpo por esa puerta. Tienen algo con que presionarte y eso... —Xena se volvió y lo señaló—. No lo puedo permitir.

Lastay suspiró, con cara rara.

—Lo comprendo, ama.

La reina dio más vueltas.

—Su primo es Evgast, ¿no? Tiene una casa aquí en la ciudad y ese feo montón de piedras que hay al oeste.

—Mis hombres han estado vigilando la casa, ama. No creen que esté ahí —murmuró Lastay.

—Claro que no. Eso sería fácil —resopló Xena—. Está bien. Escucha. Te voy a echar de aquí a patadas y más vale que hagas saber que te encuentras en mi lista de los que la han cagado, ¿comprendido?

El duque asintió.

—¿Para no darles motivos para trasladarla u otra cosa, ama?

—Exactamente. —La reina lo agarró por la parte de atrás de la túnica y echó a andar hacia la puerta—. Intenta mostrarte debidamente asustado y asegúrate de que le dices a todo el mundo lo asquerosa que soy.

Agarró el picaporte y abrió la puerta de golpe.

—¡La próxima vez, te sacaré hecho pedacitos, mosquito descerebrado! —Con un empujón, tiró a Lastay a la sala exterior. Los nobles reunidos se apartaron a toda prisa, y advirtió que se habían llevado el cuerpo de Alaran—. ¿Alguien más? —gruñó.

Una serie de rostros paralizados le devolvieron la mirada.

—Si alguien tiene más quejas, más le vale optar por la vía de Bregos —les dijo la reina con aspereza—. Porque me aperece matar. —Se dio la vuelta y les cerró la puerta de golpe en las narices, luego se giró en redondo y regresó a su asiento a largas zancadas. Se volvió, se colocó bien la falda y se sentó, luego señaló a Gabrielle y dobló el dedo—. Ven aquí.

Gabrielle obedeció.

—Siéntate. —Xena se señaló el regazo.

—¿Segura? —preguntó la esclava.

—No, Xena. Ahora siéntate.

Gabrielle se sentó y se vio envuelta por los brazos de Xena en un maravilloso y sorprendente abrazo.

—Esto se está complicando mucho —dijo.

—No, para nada. —Xena la besó—. Sólo se está poniendo interesante. —Mordisqueó la punta de la nariz de Gabrielle—. Muy interesante. —Se dio cuenta de que era como si se estuviera despertando de una larga siesta.

Ah, sí.


Se estaba poniendo el sol.

Xena estaba en la pasarela superior de piedra fuera de su torre y contemplaba el paisaje, disfrutando del viento fresco que le revolvía el pelo despeinándoselo por completo. Olía el cambio en la brisa, el rico aroma a humo de leña y turba quemada en las chimeneas a medida que el frío caía sobre la tierra.

En algún lugar, a cierta distancia, olía a carne asada.

Eso le dio rabia, con cierto desapego, porque su forma de gobernar les había dado la riqueza que permitía sacrificar el excedente de animales para carne, en lugar de mantenerlos hasta la decrepitud por una última posibilidad de obtener leche o crías. Ella había conseguido eso.

Cuidaba bien de la tierra y, en el fondo de su corazón, sabía que había hecho un buen servicio a la gente que vivía de ella. Sólo había que echar un vistazo a las listas de nacimientos para saberlo.

La puerta se abrió detrás de ella y aguzó los oídos, practicando un jueguecito consigo misma que empleaba para mantener los sentidos en forma.

Unas botas rozaron la piedra. Xena se concentró en el sonido, advirtiendo su ligereza. Captó una ligera inhalación y oyó el roce de la madera de la puerta en un hombro delgado al cerrarse. No se había abierto lo suficiente para dejar pasar a un soldado, los goznes apenas habían crujido una vez, en absoluto las tres veces que eso habría exigido. Por lo tanto, o tenía a un chiquillo a la espalda o algo mucho más agradable.

Los pasos, casi insonoros, se acercaron. El cuero apenas rozaba la piedra y se oía un leve crujido de ropa de lana.

—Ah, Gabrielle. —Xena se apoyó en el parapeto, contemplando con confianza la luz que se iba enrojeciendo—. ¿Has venido a ver una romántica puesta de sol con tu tirana preferida?

La esclava llegó a su lado y puso las manos sobre la piedra.

—¿Cómo sabías que era yo? —preguntó.

—Sé hacer muchas cosas —replicó Xena—. Una de ellas es saber quién se acerca furtivamente por detrás.

—No me estaba acercando furtivamente. —Gabrielle se apoyó en la piedra, absorbiendo la luz del sol—. Qué bonito, ¿verdad? —dijo, maravillada por el paisaje—. Mira qué dorada es la luz... ¡y esos árboles! Es como si relucieran.

Xena ladeó la cabeza y examinó en cambio el perfil bañado en oro que tenía al lado. Envidiaba la maravilla que se veía en esos neblinosos ojos verdes, algo que ella misma había perdido hacía mucho tiempo. Aunque la vida de Gabrielle hasta ahora no había sido nada fácil, seguía conservando eso.

¿Pero por cuánto tiempo?

Xena volvió a fijarse en el horizonte.

—Te voy a llevar a un sitio privado mío, esta noche —le dijo a la esclava—. Quiero que te quedes ahí y que no te muevas hasta que yo vuelva.

Gabrielle se volvió hacia ella, con desconcierto.

—¿Dónde vas?

¿A una misión inútil? La propia reina no pudo evitar preguntárselo.

—Voy con los hombres que voy a enviar a buscar a la moza de Lastay —le dijo a Gabrielle—. Quiero asegurarme de que se hace bien... sin fallos.

—Oh. —Gabrielle cruzó los brazos encima del parapeto del muro y apoyó la barbilla en las muñecas—. ¿No puedo ir contigo?

—No —soltó la reina, mirándola con severidad—. Es peligroso y probablemente conseguirías que nos maten a todos.

Gabrielle lo aceptó, asintiendo de mala gana, pero guardó silencio, paseando la vista por los árboles iluminados por el sol. Lo que Xena decía era cierto, probablemente, y dado que no tenía la menor idea de cómo merodear por la noche para intentar liberar a una mujer secuestrada, era lógico que se quedara aquí, en un lugar seguro.

Gabrielle suspiró. Sí, era lógico, pero sabía que quedarse sentada en un sitio preguntándose qué estaba pasando y esperando que no ocurriera nada malo iba a ser horrible. ¿Y si ocurría algo? Sus ojos se posaron en el perfil de la reina. ¿Y si le ocurría algo a Xena?

¿Qué haría? Sabía que volver ahora a la zona de los esclavos sería un destino peor que la muerte para ella: allí no tenía amigos, y tampoco entre la nobleza, salvo la mujer a cuyo lado estaba. Sin la protección de Xena, calculaba que su vida podría durar unos días.

¿Unas horas?

—¿Por qué Hades quieres venir conmigo? —preguntó Xena de repente.

Gabrielle dio la espalda al sol y se cruzó de brazos al mirar a la reina.

—Porque no quiero estar aquí si tú no vuelves.

La cejas oscuras de Xena se enarcaron bruscamente.

—¿Qué? ¿Qué te hace pensar que no voy a volver? —La reina se echó a reír—. No es una guerra, Gabrielle. Sólo vamos a hacer un pequeño asalto, nada más.

La esclava encogió un hombro.

—A veces pasan cosas —reconoció suavemente—. ¿Y si vuelve a haber tres flechas?

Xena se volvió también y rodeó con un brazo los hombros de Gabrielle.

—Venga. Ayúdame a ponerme esa armadura. —Echó a andar hacia la puerta—. Eso debería impedir que tres o cuatro de esas malditas lleguen a tocarme la piel. —Pero se sentía conmovida por la sinceridad de la preocupación que notaba en la voz de Gabrielle, aunque lo que la preocupara fuera probablemente su propio pellejo—. Haría falta mucho más que unos costrosos guardias de una fortaleza para llevarme a la pira, amiga mía.

Gabrielle alargó la mano y abrió la puerta.

—Ya lo sé, es que...

Ocurrió tan rápido que ni siquiera lo vio. Hubo un estallido de aire que olía a humanidad sucia y cayó al suelo de piedra cuando Xena la apartó de un empujón.

Las cosas se movían a su alrededor, pero ella se hizo un ovillo por puro instinto y se pegó al muro, tratando de evitar el peligro.

Xena vio el brillo del acero y soltó un grito salvaje, que dejó paralizado al hombre el tiempo suficiente para que ella soltara las manos del cuerpo de Gabrielle y le clavara los dedos en la muñeca de la mano que sujetaba el cuchillo.

Echó el cuerpo hacia atrás, tirando de la figura vestida de cuero, y se giró, aprovechando el impulso para estamparlo contra el muro de piedra del otro lado de la puerta. Notó que los huesos del brazo que tenía bajo los dedos se rompían y oyó el leve golpe metálico del cuchillo al caer al suelo.

Entonces le rodeó el cuello con la otra mano y tocó dos puntos de presión.

El hombre empezó a ahogarse y cayó de rodillas, lo cual le dio ocasión de examinarlo. Se dio cuenta de que era un esclavo de las cocinas, a juzgar por cómo iba vestido. Se echó hacia atrás y lo miró sin emoción mientras el hombre luchaba por respirar, agarrándose el cuello con los dedos sin poder hacer nada.

Gabrielle se levantó apresuradamente del suelo y se aferró a su brazo.

—¡Xena!

—¿Mm? —La reina se limpió las manos en la toga.

—¿Qué haces?

Xena miró al hombre y luego a su esclava.

—Ver cómo muere, ¿por qué?

—Pero... ¡no ha hecho nada! —protestó Gabrielle, con los ojos desorbitados de horror. Reconoció al hombre como uno de los que se ocupaban del ganado en el patio, un tipo tranquilo y amable que se había sentado frente a ella durante una de las pocas comidas que había tomado en las cocinas y que le había sonreído.

—Ha subido hasta aquí, con un cuchillo en las manos —le dijo Xena—. Aquí por eso se muere, Gabrielle. Todo el mundo lo sabe.

—Pero... ¡a lo mejor ha sido un error! —Gabrielle vio que la cara del hombre se ponía azul—. Oh, dioses. —Cayó de rodillas a su lado e intentó facilitarle la lucha—. Dioses... no hagas esto.

—¡Gabrielle!

—¡No! —Las manos de la esclava se posaron impotentes en la cara del hombre—. ¡No te ha hecho nada!

Las manos de Xena se agitaron, al verse atrapada en una sensación de confusión impropia de ella.

—¡Justo! ¡Le he dado yo primero!

—¡Pero no ha atacado!

—¡Lo habría hecho! —A Xena le entró una extraña sensación de rabia y absurdo por todo aquello—. ¡Apártate de él!

—Dioses. —Gabrielle casi sollozaba—. Oh, dioses, por favor, no... —Notó que el hombre se ponía rígido bajo sus manos.

Xena vaciló y entonces miró el cuchillo que estaba en el suelo, a punto de señalarlo como prueba de que lo que estaba haciendo era correcto.

Sus ojos se clavaron en él. Entonces soltó un taco, una sucia blasfemia que estuvo a punto de rajar las piedras, al tiempo que se agachaba junto al hombre, apartando las manos de Gabrielle mientras intentaba encontrar el... punto... exacto...

Al hombre se le pusieron los ojos en blanco, su cuerpo se arqueó y de repente, se desplomó y se relajó, con un estremecimiento.

El jadeo de su respiración resonaba en el parapeto.

Xena se levantó y se acercó al muro, apoyando las manos en él y contemplando los árboles, muy perturbada.

Gabrielle vio que el rostro del hombre se iba poniendo menos amoratado y que su pecho se agitaba a medida que recuperaba la vida, aunque seguía inconsciente. Le entró una inmensa sensación de alivio y se levantó, fue al lado de Xena y la abrazó.

—Gracias. —Estrechó a la reina.

Xena sintió que sus brazos rodeaban a Gabrielle por puro instinto. Miró por encima del hombro de la esclava a la figura tirada en el suelo, estremecida hasta lo más profundo de su ser por el error que había estado a punto de cometer.

—No ha sido por ti —dijo, con voz ronca, siguiendo con los ojos el contorno del cuchillo para pezuñas tirado mudamente en el suelo de piedra. A su lado había un pedazo de algo que podría haber sido una piedra, pero ella sabía que no lo era.

Una pezuña de caballo.

Había una razón para que hubiera alguien aquí arriba, con esas cosas, y hacía tanto tiempo que nadie la consultaba por su habilidad con los animales que se había olvidado por completo de ello.

—Me da igual —le dijo Gabrielle—. Sólo me alegro de que lo hayas hecho. —Sorbió un poco y levantó la mirada hacia Xena—. Tiene que haber algo mejor que la violencia.

Xena la estrechó y apoyó la mejilla en el pelo de Gabrielle. La errónea petición de piedad de la esclava había salvado a Xena de cometer un error estúpido, eso era todo. No había motivo para dejar que creyera que Xena había cambiado de idea como una blandengue.

Y sin embargo, guardó silencio.

Gabrielle la abrazó aún más fuerte y soltó aliento, calentando la piel de Xena cerca del esternón.

Xena la estrujó a su vez y su cuerpo se fue relajando de la tensión del combate. Notó los últimos rayos de sol que le daban en la espalda, calentándole los omóplatos y prolongando sus sombras unidas por la pasarela hasta caer sobre el ganadero, que empezaba a moverse débilmente.

El hombre se sujetó la muñeca rota con la otra mano y rodó de lado, jadeando con fuerza y mirándola con los ojos desorbitados y absolutamente aterrorizados.

Has tenido suerte. Xena soltó aliento y organizó sus ideas. Estaba claro que tenía que asegurarse de que la cámara superior estuviera bien protegida y Gabrielle bien oculta cuando se marchara. A pesar de su petición, la reina sabía que ni en sueños se la iba a llevar al asalto.

Rotundamente no.


PARTE 12


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