10


La tormenta aullaba en el exterior. Pero Gabrielle sólo la oía de forma semiconsciente, pues estaba concentrada en su primera exploración del cuerpo de otra persona. La piel de Xena era suave y tenía algo de sedoso, pero como había descubierto Gabrielle, bajo la capa de suavidad había un poder agazapado, músculos y huesos que se agitaban y movían mientras ella intentaba aplicar lo que había aprendido la noche anterior.

Xena hacía ruidos interesantes. Gabrielle descubrió rápidamente que si hacía algo que le gustaba a la reina, ésta ronroneaba. No como un gato, pero era un ruido grave y zumbante que le salía de lo más hondo del pecho. Lo oyó por primera vez cuando cogió tímidamente el pecho de Xena en su mano y lo acarició. Volvió a oírlo cuando sustituyó los dedos por la boca, al principio no muy segura y luego con mayor confianza al pasar la lengua por la areola encogida del pezón.

Resultaba embriagador oír ese sonido. Gabrielle sintió un fuego que prendía sus propias entrañas mientras avanzaba delicadamente, acariciando con la otra mano el otro pecho de la reina al tiempo que los dedos de Xena se movían a ritmo lento por su pelo.

Pegó su cuerpo desnudo al de Xena, regodeándose en el calor que contrastaba con el aire fresco de la habitación. Su muslo se deslizó entre los de la reina y notó una súbita presión cuando su pierna se vio atrapada un instante y luego liberada. Bajó la mano por el costado de Xena, siguiendo la curva de su cadera hasta la pierna, notando ese poder increíble bajo los dedos, y luego trazó una línea por la piel de la parte interna del muslo y oyó otro ronroneo.

Era un poco peligroso, un poco pavoroso. Gabrielle no sabía muy qué estaba haciendo y la posibilidad de hacer algo estúpido o peor aún pesaba sobre su mente mientras se esforzaba por recordar lo que a ella le había dado más gusto, aunque con todo aquel placer las cosas eran más bien una especie de bruma erótica y difusa.

Tenía la esperanza de que Xena también se sintiera así. Gabrielle juró hacer todo lo posible para que así fuera. Sentía un cosquilleo por todo el cuerpo, al recordar lo que había sentido con las caricias seguras de la reina, y cerró los ojos, frotando su cuerpo por el de Xena mientras la exploraba delicadamente.

Esta vez oyó un gruñido. Gabrielle abrió un ojo y levantó la mirada, para encontrarse con la sonrisa fiera de Xena, que la miraba a su vez.

—¿He hecho algo mal? —Tomó aliento.

—Noooooo. —Xena se incorporó usando sólo los músculos del estómago y besó a Gabrielle en la boca—. Ya debería haberme imaginado que alguien que limpia debajo de la cama sabría hacer esto sin problemas. —Acarició la cara de Gabrielle con una mano—. Pero no me muerdas.

—¿Morderte? —Gabrielle parpadeó—. Yo nunca haría eso.

—Buena chica. —Xena la besó de nuevo, gozando del hormigueo que sentía por todas partes. Dejó caer de nuevo el cuerpo y volvió a luchar con su voluntad, tan acostumbrada a llevar la voz cantante que le resultaba difícil quedarse ahí tumbada y dejar que Gabrielle experimentara. Quería agarrar a la chica y mostrarle esto... y esto otro... y así... pero también tenía el deseo igual de fuerte de ver qué sorpresas podría tenerle reservadas Gabrielle.

Como eso. Xena reprimió un gemido cuando la lengua de Gabrielle encontró un punto sensible. Sus manos aferraron las sábanas y sintió que su cuerpo se arqueaba, apretándose contra el de Gabrielle al tiempo que la esclava la empujaba un poco, cambiando el peso al deslizarse hacia abajo. Sus caricias eran vacilantes, pero Xena notaba la reacción en lo más profundo de su vientre y esta vez no reprimió el grave sonido de aprecio.

Notó que Gabrielle hacía una pausa y que el omóplato que tenía bajo la mano izquierda se alzaba cuando respiró hondo antes de que sus atenciones se hicieran muy íntimas. Las caricias ligeras cobraron seguridad cuando ella gimió su aprobación y entonces todo se conectó y perdió la noción de dónde estaba, con el cuerpo doblado alrededor del de Gabrielle en una serie de contracciones repentinas y temblorosas.

Por un momento, no pudo ni respirar. Luego sus pulmones se obligaron a sí mismos a expandirse y aspiró aire en el pecho, soltando un profundo gemido al exhalar. Hacía mucho tiempo que no permitía que alguien le hiciera eso. Soltó un poco a Gabrielle y notó que la propia chica empezaba a respirar de nuevo y cayó en la cuenta difusamente de que seguramente le había vuelto a dar un susto inmenso.

Pero tenía que recuperar el aliento antes de poder ocuparse de eso. Todavía se sentía atravesada de temblores cosquilleantes y notó el tacto suave de Gabrielle, que la acariciaba ligeramente al tiempo que ella acariciaba la cara de la chica, pegada al vientre de Xena.

Cuando sintió que se le calmaba un poco la respiración, tiró de Gabrielle para subirla y la besó, notando el rubor acalorado de la cara de la esclava a través de los dedos.

—Buen trabajo —susurró en una oreja muy rosa—. Me quedo contigo.

Notó que Gabrielle sonreía. Sus manos recorrieron el cuerpo de Gabrielle, advirtiendo la excitación por sus caricias, cosa que la hizo sonreír, al reconocer el principio de un ansia por ella que a la reina le resultaba halagadora al máximo.

Sí. Se la iba a quedar. Xena cerró los ojos cuando unos besos ligeros como una pluma empezaron a subir por su garganta. Sin la menor duda.


Xena estaba tumbada de lado, contemplando la tormenta que sacudía los cristales emplomados de la ventana. No le apetecía nada moverse, y pasó su atención del clima a la visión más interesante que era la figura pequeña de Gabrielle atareada cerca del fuego.

Su nueva compañera de cama estaba haciendo la comida. A Xena más bien le apetecía comerse a Gabrielle, pero reconoció que un cuenco de lo que fuera eso que olía maravillosamente tampoco estaría nada mal como aperitivo.

Tener a alguien que cocinara para ella personalmente, de esta forma, era una experiencia muy novedosa. A la mayoría de los anteriores compañeros de cama de Xena se les daba peor la cocina que a ella y a los demás no les habría confiado una cuchara en su presencia y mucho menos un cuchillo de cortar.

No era que no tuviera siervos, porque los tenía en cantidad. Pero ninguno de ellos quería de verdad hacer cosas por ella. Tenían que hacerlas. Xena estaba convencida de que a Gabrielle le gustaba de verdad hacer cosas por ella y quería hacerlas.

O al menos, eso se había dicho a sí misma.

Pero al observar el perfil de Gabrielle, relajado y sonriente mientras trabajaba, le costó obligarse a creer otra cosa.

—Oye, Gabrielle.

—¿Mm? —La chica apartó la vista de su tarea.

—Ven aquí un momento.

Gabrielle dejó la olla que acababa de remover a un lado del fuego, se levantó y cruzó el suelo de piedra con silenciosos pies descalzos hasta llegar al lado de Xena. Se arrodilló junto a la cama, apartándose el pelo rubio de los ojos, y esperó, observando el rostro de Xena.

Xena alcanzaba con la vista hasta el fondo de las profundidades transparentes de sus ojos. Sinceros. Confiados.

—¿Te gusto?

Sorprendidos.

—Q... —Gabrielle se calló y parpadeó, interiorizando sus pensamientos por un instante—. ¿Que si me gustas?

—Eso te he preguntado, sí —replicó la reina con paciencia—. ¿Y bien?

El rostro de la chica se quedó inmóvil, observando la cara de Xena.

—Que si me gustas —dijo suavemente, casi como si reflexionara—. Me gustaban mis amigos de casa. Me gustaban los corderos. Me gustaba mirar las estrellas por la noche cuando las ovejas estaban pariendo.

¿Qué córcholis quería decir con eso? Xena arrugó el entrecejo.

—Creo que en tu caso, es algo más que que me gustes —continuó Gabrielle, de repente—. Porque siento más por ti que lo que sentía por cualquiera de esas cosas.

Oh. Eso ha sonado muy bien, pensó Xena.

—Ah. Vale. Bien.

—¿Por qué? —preguntó Gabrielle, con curiosidad.

—Por saber —dijo la reina—. No es una situación a la que esté muy acostumbrada —añadió—. A la mayoría de la gente no. Es decir, no le gusto. —Pasó los dedos por el pelo de Gabrielle—. Tenía la esperanza de que a ti sí.

Gabrielle sonrió.

—Pues sí.

—¿Incluso a pesar de que soy una déspota hedonista y tú eres mi esclava indefensa? —preguntó Xena—. ¿Incluso a pesar de que hice matar a tu hermana?

—Tú no mataste a mi hermana —respondió Gabrielle con tono apagado—. Mandaste matar a unos esclavos, una de los cuales resultó ser mi hermana. Eso supone una gran diferencia para mí —dijo—. Y tú no me hiciste esclava. Simplemente me compraste cuando ya lo era.

Xena se lo pensó.

—Has tenido que pensar mucho para llegar a esa conclusión, ¿verdad?

Gabrielle asintió.

Xena le tocó la mejilla.

—Me alegro de que sepas pensar. —Acarició el pómulo de Gabrielle con el pulgar—. Pero tomo nota de que no has negado lo de la déspota hedonista. —En sus ojos apareció un brillo risueño.

La chica bajó la mirada un momento y sus labios esbozaron una sonrisa.

—Me alegro de gustarte, Gabrielle. A pesar de todo eso. —Xena captó la sinceridad de su propia voz y supuso que Gabrielle también la había oído, porque levantó la mirada y se le puso la cara seria—. Me alegro.

Se quedaron mirándose un ratito en silencio.

—Bueno, ¿qué hay de comer? —Xena le dio unos empujoncitos en la tripa con los nudillos—. Te oigo rugir desde aquí.

Gabrielle se miró a sí misma y luego sonrió con timidez.

—Es una sopa que hacía para nosotros cuando estábamos en los pastos —dijo—. Nada del otro mundo.

—No lleva cordero, ¿verdad?

—No. —Gabrielle se levantó y regresó al fuego, donde se puso a dar vueltas a su creación con una cuchara de madera—. Pero comíamos esto y pan con queso. —Sirvió la sopa casera en uno de los cuencos de porcelana y lo dejó en la bandeja, luego cogió con cuidado la rebanada de pan que había tostado al fuego y la puso en un plato, cubriéndola de oloroso queso de cabra. Repasando su obra, cogió la bandeja y la llevó a la cama de Xena.

—Alto ahí... nada de migas en la cama. —Xena sonrió, apartó las sábanas y salió de debajo de ellas, se levantó e hizo un gesto a Gabrielle para que volviera por donde había venido—. Allí. —Cogió su bata y se la puso, atándosela al reunirse con la rubia delante de la chimenea. Se sentó en el cómodo butacón y observó mientras la bandeja quedaba depositada a su lado—. Eso está mejor. —Hizo un gesto señalando—. Siéntate.

Obedientemente, Gabrielle se sirvió un cuenco, así como una rebanada de pan y queso. Se acomodó en la otra butaca, subió las piernas y las cruzó, sentándose encima de ellas, y luego apoyó el pan con queso en una rodilla al tiempo que probaba una cucharada de sopa.

Un fuerte estallido de truenos la obligó a levantar la vista hacia la ventana y al apartar la mirada, se encontró con los ojos de Xena.

La reina la señaló moviendo despacio la cuchara.

—Sabes cocinar. —Indicó la sopa—. Esto supera a cualquier cosa que me haya dado nunca esa pomposa cocinera importada de ahí abajo. —Xena pegó un mordisco al pan con queso y le guiñó un ojo—. Casi te saboreo en ella.

Como era de prever, Gabrielle se sonrojó. Sonrió encantada por las alabanzas y jugó con una cucharada de su propia sopa antes de metérsela en la boca. Pero su mente no paraba de volver a la pregunta de Xena y reflexionó sobre su respuesta mientras las dos seguían comiendo.

Xena tenía razón. Había tenido que pensar mucho para aceptar lo que sentía y comprender la sensación de culpa que aún tenía por ello. Pero tenía que enfrentarse a sí misma con honradez y no podía negar la fuerza de lo que sentía por Xena.

Y aún más, no quería negarla. Una parte muy pragmática de sí misma le decía simplemente que lo más conveniente para ella era seguir en íntimo contacto con Xena, ayudarla, servirla, hacerla feliz. El pragmatismo la ayudaba a calmar la culpabilidad, pero si era de verdad sincera consigo misma, sabía que ese pragmatismo no tenía nada que ver con la emoción profunda, salvaje y apasionada que sentía cada vez que miraba a Xena a los ojos.

¿Que si me gusta?

—¿Xena? —se oyó decir Gabrielle.

—¿Sííííííí? —respondió la reina, con la boca llena de pan y queso.

Gabrielle levantó los ojos y la miró, encontrándose con esos increíbles ojos azules.

—Te quiero.

Xena se la quedó mirando un buen rato. Luego tragó.

—¿Sí?

Gabrielle asintió.

La reina pareció sumirse largo rato en una profunda introspección. Luego sus ojos se posaron en el cuenco que tenía en la mano.

—Bueno —murmuró suavemente—. A lo mejor ése es el ingrediente especial que lleva esto. Ahora sé a qué sabe el amor.

Gabrielle chupó su cuchara presa de un deleite inesperado.

—Qué cosa tan poética acabas de decir.

Xena enarcó una ceja.

—No empieces con eso —advirtió, con una sonrisa que no casaba con el tono.

—Sí, señora. —Gabrielle sonrió a su vez.

—Tampoco empieces con eso.

Sus ojos se encontraron y en el silencio que se hizo entre ellas, los de Xena comunicaron miles de cosas que Gabrielle absorbió llena de felicidad, preguntándose si la reina se daba cuenta siquiera.

Volvió a rugir el trueno y decidió que los días lluviosos empezaban a gustarle muchísimo.


—Cuéntame una historia. —Xena rodeó la cintura de Gabrielle con los brazos y apoyó la cabeza en el respaldo de la butaca. Habían terminado de comer y se había puesto a la rubia en el regazo y ahora estaban relajándose y contemplando la lluvia—. Una historia graciosa.

—¿Graciosa? —repitió Gabrielle.

—Sí, ya sabes... que haga reír. —Xena soltó un brazo y pasó los dedos por las costillas desnudas de Gabrielle.

La reacción fue totalmente inesperada. Gabrielle chilló y casi le dio una convulsión, estallando en un torrente de carcajadas.

—Vaya. —Xena miró a su acompañante con interés—. Pero qué cosquillas. —Repitió el experimento, con los mismos resultados—. Gabbbbrriiieeellle —ronroneó al oído de la chica, riendo por lo bajo.

—Iii... oh, para... por favor. —Gabrielle se agitó, intentando agarrar los ágiles dedos de Xena—. Oooo...

—Jo jo jo. —Xena estaba encantada con esta nueva diversión.

—¡Yau!

Xena se echó a reír.

—¡¡¡Aayyyy!!!

—Eh, en mi oreja no. —Xena seguía riendo, pero le dio un respiro a Gabrielle y detuvo la tortura, volvió a rodear la cintura de la esclava con el brazo y le dio un achuchón—. ¿Lo ves? Ni siquiera has tenido que contarme una historia para hacerme reír.

—Aajjj. —Gabrielle soltó algunas risitas más al tiempo que se frotaba la cara—. Lo siento. Se me había olvidado que tenía tantas... mm... caray. —Tomó aliento con fuerza—. Vale... Mm, una historia graciosa, ¿no?

—Sí. Tiene que ser más graciosa que el ruido que acabas de hacer —le informó Xena—. Así que más vale que se te ocurra algo bueno, porque eso ha sido graciosísimo. —En su cara se formó una sonrisa provocativa—. O si no, tendré que buscarme mi propia diversión otra vez... —Liberó una mano y agitó los dedos.

—Eerrrr. —Gabrielle se calmó—. Bueno, lo intentaré. A ver... ¿te gustaría oír la historia del cerdo Horacio?

—¿El cerdo Horacio? —La reina le echó una mirada—. Ah, ya veo por dónde va a ir esto. —Volvió a agitar los dedos.

—Noo... no. —Gabrielle se apresuró a agarrar la mano amenazadora—. En serio, es gracioso. —Entrelazó instintivamente sus dedos con los de Xena, notando su fuerza cuando la reina los apretó con naturalidad.

—¿Ah, sí? —Xena contempló sus manos entrelazadas con curiosidad—. ¿Qué gracia puede tener un cerdo?

—Cuando lo embadurnas de grasa, mucha —le aseguró Gabrielle.

—¿Grasa? —Una ceja oscura se enarcó con desconfianza—. ¿Untaste a un cerdo de grasa?

—Bueno... más o menos, sí... fue más bien un accidente, pero...

—Vale. Oigámoslo. —Colocó los pies en un pequeño escabel acolchado diseñado para ese fin. Advirtió que Gabrielle no parecía dispuesta a soltarle la mano y, como eso le hacía sentirse bien, Xena no estaba dispuesta a soltarse.

Era muy extraño esto de sentirse bien. Xena hurgó en sus recuerdos e intentó encontrar otro ejemplo y, a pesar de su amplia y variada experiencia vital, tuvo que reconocer que no podía. Sujetar la mano de Gabrielle hacía que se sintiera bien. Estar sentada a su lado hacía que se sintiera bien. Tocarla hacía que se sintiera bien. De hecho, no parecía capaz de soltar a la chiquilla.

Se alegraba de gustarle a Gabrielle. No, se corrigió Xena. De que la quisiera.

Que la quisiera. Bueno, eso también era extraño. Xena no se esperaba que la esclava fuera a decirle eso, por muy cierto que fuera.

O tal vez sí se lo esperaba. Xena parpadeó, presa de una sensación muy poco habitual de confusión. Se había sentido muy bien cuando oyó a Gabrielle decir eso, como nunca se había sentido hasta entonces. Vagamente, creía saber por qué: muchas personas de su pasado le habían dicho eso, pero sabía que ésta era la primera persona a quien había deseado oírselo decir.

Y se lo había dicho.

—¿Xena? —La voz de Gabrielle interrumpió sus reflexiones—. ¿Estás bien?

—Claro. —Xena carraspeó—. ¿Por qué piensas que no? —preguntó bruscamente—. ¿Qué pasa con el cerdo?

—Bueno... —Gabrielle era muy consciente de que se encontraba al alcance de esos malditos dedos—. Es que estaba haciendo ruidos de cerdo y no has reaccionado, así que he pensado...

—¿Qué? —La reina la miró—. No estabas haciendo eso.

Gabrielle la miró parpadeando con inocencia.

—¿Sí estabas haciéndolo?

—Oink —gruñó Gabrielle suavemente—. Oink... oink... —Sonrió al ver la expresión de Xena—. Sí, eso estaba haciendo.

—Mmff. —Xena mantuvo la dignidad—. Estaba pensando —dijo—. Haz eso otra vez —le ordenó—. Venga.

Gabrielle resopló y gruñó obedientemente.

Xena intentó disimular la risa.

—Pero qué cosa tan mona. —Se inclinó con indolencia y mordisqueó la oreja de Gabrielle, haciendo que el gruñido se cortara y se convirtiera en un chillidito—. Pero qué cerdito tan gracioso. —Se calló y arrugó el entrecejo—. ¿Eso lo he dicho yo?

Gabrielle se echó a reír suavemente.

—Vale, vale. Sigue con la historia. —La reina volvió a recostarse y prestó atención, dejando a un lado las ideas molestas y confusas que le zumbaban por la cabeza—. Luego a lo mejor vamos abajo para elegir lo que quiero que me hagas de cena.

Gabrielle se giró un poco para poder ver la cara de Xena mientras hablaba. El fuego crepitaba alegremente a su lado y su luz suavizaba los ángulos marcados del rostro de la reina, dándole un aire más delicado. Una ligera sonrisa bailaba en los labios de Xena y Gabrielle sabía que en la suya también había esa misma tensión, y se permitió sentir un instante de emoción que ahora comprendía que era felicidad.

Era una sensación rarísima. No tenía miedo y no estaba preocupada, simplemente estaba muy contenta de estar acurrucada con Xena en este cómodo butacón contando historias al amor de la lumbre.

—Vale, pues érase una vez un cerdo llamado Horacio.

—¿Por qué? —preguntó Xena de repente.

—¿Mm?

—¿Por qué Horacio?

—¿Y por qué no? —preguntó Gabrielle—. Como iba diciendo, el cerdo Horacio se levantó un buen día y...

—¿Le pusiste tú ese nombre?

La esclava dejó de hablar y miró a la reina.

—Mm...

Los ojos azules soltaron un destello risueño.

—Qué mal escucho, ¿eh? —Xena la abrazó un poco más y apoyó la mejilla en la cabeza rubia de Gabrielle—. Lo siento. Venga.

—Érase una vez un cerdo llamado Horacio —salmodió Gabrielle—. Vivía en una granja con todos sus hermanos y hermanas y con su madre, Eunicia.

Xena se echó a reír en silencio.

—A Eunicia le gustaba mordisquear su corral, y a base de morder, hizo un pequeño agujero en el rincón. El agujero era demasiado pequeño para que pudiera pasar Eunicia, pero mordió y mordió y mordió y seguía siendo demasiado pequeño para ella, pero no...

—Para Horacio.

—Justo. —Gabrielle levantó sus manos unidas y se las puso en el pecho—. Así que Horacio, que era un cerdito muy listo, se coló por el agujero y se fue de aventuras. —Seguía notando la risa de Xena—. Todavía no hemos llegado a la parte graciosa.

La reina soltó una risita disimulada.

—Les pusiste nombre a tus cerdos.

—Claro —dijo Gabrielle—. ¿Tú no lo haces?

—Gabrielle, yo no les pongo nombre a las cosas que me voy a comer —le dijo Xena y luego hizo una pausa y sonrió con sorna—. Tú ya venías con nombre, así que eso no cuenta.

Gabrielle metió una mano dentro de la bata de la reina y le hizo cosquillas en las costillas, llevada de un súbito instinto.

—¡Ah! —exclamó Xena—. ¡Oye!

La esclava le volvió a hacer cosquillas.

—Oh, cielos. —Notó que la piel se estremecía bajo sus dedos—. Majestad, creo que tienes cosquillas.

—No es cierto. —Xena intentó agarrar la mano que tenía dentro de la bata—. Nunca las he tenido y jamás las tendré... ¡¡¡oye!!! —Rodeó a Gabrielle entre sus brazos, dado que no conseguía atrapar esos deditos, y la levantó en volandas, se alzó de la butaca y saltó con ella a la cama—. Ahora vamos a ver quién hace cosquillas a quién.

—Oh... oh... oh... ¡jo! —Gabrielle se revolvió, pero la reina le quitó la camisa en un abrir y cerrar de ojos y de repente se vio atacada por unos roces ligeros que empezaron por la parte de detrás de los muslos—. ¡¡¡¡Ooooooooooo!!!!

—Seguro que esto es peor... —Xena soltó una risilla malévola, bajó la mano y le hizo cosquillas detrás de las rodillas.

—¡Aujjjj! —Gabrielle lo confirmó con un aullido torturado—. ¡¡¡¡¡Aaaauuuu!!!!! —Se retorció y se hizo un ovillo y luego tocó a la reina en la parte de atrás de la pierna para devolverle la pelota—. ¡Ja!

—Pero bueno, pedazo de... —Xena se echó a reír, esta vez a carcajadas y con cierto desenfreno—. ¡Me las vas a pagar! ¡No podrás levantarte cuando termine contigo! —Tumbó a Gabrielle boca arriba, le pilló las piernas y luego le atacó las costillas.

La chica soltó un alarido que estuvo a punto de conseguir que a Xena se le saltaran los ojos de las órbitas. Se inclinó a toda prisa y la besó para evitar una repetición, al tiempo que sus dedos traviesos empezaban a moverse más despacio, pasando del juego a la seducción. Cuando levantó la cabeza, miró a Gabrielle a la cara y vio que la chica tenía ahora los ojos cerrados y que su boca sonreía.

Xena trazó un círculo alrededor del ombligo de Gabrielle con la punta del dedo y notó que la superficie empezaba a moverse por la risa. Los neblinosos ojos verdes se abrieron y la miraron. Se sonrieron.

Entonces la chica se soltó una mano y volvió a atacar las costillas de Xena.

—¡¡¡Yaaaay!!! —Xena intentó zafarse, rodando de lado para escapar. Enganchó sus extremidades a las de Gabrielle y lucharon por un trozo de piel, acabando hechas un inesperado ovillo de risas en el centro de la cama.

Xena dejó que se le fuera pasando la risa, sintiéndose agradablemente cansada por el ejercicio tan poco habitual. Rodeó a su nueva compañerita de cama con los brazos y las piernas y la pegó a su cuerpo, con una sensación de puro contento animal extraña por su repentina presencia.

Tenía la vaga sospecha de que podía sentirse realmente feliz.

Al menos por ahora.


—Por esas escaleras no. —Xena señaló en cambio las escaleras principales—. Las odio. Son demasiado estrechas y encima apestan. —Cruzó en cabeza el vestíbulo redondo, apartándose los pliegues de su larga toga para poder andar. La tormenta seguía arreciando allí fuera y por toda la fortaleza soplaba una corriente húmeda que agitaba las antorchas en sus candelabros de pared.

Gabrielle se alegró de seguirla. Miró a su alrededor al bajar por las grandiosas escaleras, asimilando el esplendor de los estrechos tapices tejidos de la pared que alternaban con columnas de hierro y alguna que otra tronera.

—Qué bonito.

—Es una escalera. —Xena miró a su alrededor.

—Pues es mucho más bonita que la escalera que conozco —se corrigió Gabrielle, con una sonrisa. Y, desde luego, era mucho más ancha. Calculó que seis hombres podrían haber subido los escalones codo con codo sin tocarse.

—Ahh... Claro. No te han llevado a hacer la visita pomposa, ¿verdad? —dijo Xena—. Bueno, eso puedo arreglarlo.

—No creo que me llevaran a hacer ninguna visita. Stanislaus me advirtió de que no debía pasear por aquí.

—Ya, ya —murmuró Xena—. No se puede permitir que los esclavos vean todos los rincones, ¿verdad? Podrían encontrar un agujero donde esconderse.

Gabrielle la miró, no muy segura de lo que querían decir el tono o el contenido de lo que había dicho. No sabía si Xena se estaba burlando de los esclavos o si se estaba burlando de Stanislaus y sus normas o qué. Pero sabía que en lo que decía había algo de verdad. Dada una oportunidad, cualquiera de los que había conocido abajo que no tuviera un cargo como el de Stanislaus o la cocinera estaría encantado de ocultarse en un escondrijo si pudiera.

—Mm —gruñó—. Bueno, siempre podrías tratarlos mejor.

Xena la miró.

Gabrielle se encogió ligeramente de hombros.

—O sea, podrías hacer que quisieran estar aquí. Como has dicho, la vida es muy dura ahí fuera. Creo que si la gente eligiera libremente cambiar su libertad por un sitio donde vivir y buena comida, trabajaría mucho mejor.

—Gabrielle, es evidente que has vivido toda tu vida en una granja de pastores. Nadie quiere ser esclavo —añadió la reina con una leve sonrisa para suavizar las duras palabras—. Servidumbre voluntaria... ¿no ves la contradicción?

—Sí la veo. —Gabrielle dio un saltito para seguir las largas zancadas de Xena, admirando su porte orgulloso y erguido y sus elegantes movimientos—. Pero... como decías tú el otro día, ¿no es todo el mundo esclavo de algo en realidad? O sea, mira al ejército.

—No son esclavos —afirmó Xena con firmeza.

—No, pero aceptan trabajar para ti y morir por ti, ¿no?

—A cambio de algo, por supuesto. A cambio de alojamiento, comida y un sueldo —dijo Xena—. Eso no es esclavitud, es un trabajo.

—Vale. —Gabrielle levantó la mirada y vio los inmensos estandartes que colgaban del techo bajo el que estaban pasando—. ¿Y pueden dejarlo sin más y marcharse?

No hubo respuesta. Gabrielle miró a la reina, que la observaba con los ojos entornados.

—¿Pueden?

Xena apartó la mirada cuando llegaron al pie de las escaleras, haciendo un leve gesto con la cabeza a los dos guardias que había allí. Se cuadraron y se colocaron la mano en el pecho, con los ojos clavados al frente. Ella señaló un largo y grandioso pasillo que torcía a la derecha y echó a andar por él, callada hasta que pasaron ante las primeras puertas cerradas de madera ornamentada metidas en unos profundos nichos a ambos lados.

—No me gustan los desertores —dijo por fin—. La mayoría de los hombres lo saben.

Gabrielle absorbió las palabras.

—Vale, entonces...

—Gabrielle. —Xena dejó de andar y se volvió hacia ella—. Esta conversación se ha terminado. —Su tono adquirió una seriedad sin compromisos.

La esclava se calló y le devolvió la mirada un momento. Tomó aliento.

—Está bien.

Xena se volvió y siguió andando. Al cabo de unos minutos de silencio, miró hacia atrás, donde Gabrielle la seguía muy callada, con la cabeza algo gacha y los ojos clavados en el suelo de piedra. Las palabras de la esclava la habían irritado y había estado a punto de perder los estribos con la chiquilla.

Tal vez Gabrielle lo sabía. Xena estudió el perfil de la esclava por el rabillo del ojo. Además, estaba diciendo tonterías. Xena no tenía tiempo de escuchar tonterías.

Ya... y estabas pidiendo escuchar una historia sobre cerdos... ¿por?, intervino de repente su molesta conciencia. Para adquirir... datos valiosos sobre las habilidades granjeras de los campesinos del lejano oeste por si decides invadirlos, ¿verdad?

Xena estuvo a punto de tirar a su conciencia de una patada por la tronera más cercana. Cállate, le ordenó. Eso era distinto.

—Disculpa, ¿me has preguntado algo? —dijo Gabrielle, en voz baja.

—No —replicó Xena ásperamente.

—Oh. Perdón.

Siguieron caminando. Al cabo de un ratito, Gabrielle se irguió, echando los hombros hacia atrás y levantando la barbilla.

Xena seguía mirando a la chiquilla por el rabillo del ojo. Entraron en el gran vestíbulo que por un lado daba a los comedores y por el otro a la rampa en cuesta que bajaba hasta la cocina. Se detuvo nada más pasar por la puerta y alargó la mano para agarrar a Gabrielle del hombro.

La rubia se detuvo y esperó.

—Recuerdo la primera vez que entré en este sitio —dijo la reina con voz apagada—. Acababa de vencer al ejército del rey anterior y había decapitado a ese cabrón en el campo de batalla.

Gabrielle se volvió y la miró.

—Estaba cubierta de sangre... de mugre, de mierda de caballo, de todo —continuó Xena—. Y entré aquí, por esa puerta... —Señaló el inmenso umbral de doble puerta—. Tras quince años de no tener hogar, ahora tenía esto. —Se acercó más y echó el brazo por los hombros de Gabrielle—. Tuve que buscar una forma de conservarlo. Algunas de las cosas que hice fueron crueles, y la intención era asustar tanto a la gente que no les quedara más remedio que hacer lo que yo decía sin objeciones.

Gabrielle se relajó ligeramente, al oír las palabras que había bajo esas palabras.

—Muchos hombres murieron para que yo consiguiera esto. —Xena la miró con absoluta seriedad—. No voy a hacer ningún cambio que pueda llevarme a perderlo.

Gabrielle tomó aliento.

—No quería decir eso —replicó suavemente—. Quiero hacerlo más seguro para ti. Quiero que la gente te mire y se sienta feliz de estar aquí. —Una pausa—. Como yo.

Xena sintió que se le cortaba la respiración al quedar atrapada en esa tierna mirada.

—Es... una bonita idea —dijo—. Pero eso no va a pasar nunca, niña. —Sacudió levemente la cabeza y señaló la rampa con la barbilla—. Vamos. A ver en qué lío nos podemos meter.

Tras dudar un instante, Gabrielle decidió abandonar sus argumentos por ahora. Rodeó la cintura de Xena con el brazo y caminó a su lado, reprimiendo una sonrisita al notar que Xena la estrechaba un poco más, casi como si quisiera reconfortarla. Probó a estrechar a su vez a la reina y vio la sonrisa que aparecía en su cara.

—¿Xena?

—¿Mm?

—Siento haberte enfadado. No era mi intención... Sólo quería que pensaras en lo que estaba diciendo.

La reina soltó aliento.

—No me he enfadado —dijo—. Casi me he enfadado, pero no del todo. Tal vez a la próxima. —Soltó a Gabrielle cuando llegaron a la rampa y se colocó bien la toga al acercarse a la entrada.

Los dos guardias que estaban a cada lado del pasillo se cuadraron cuando llegó a su altura. Alzó la mano y se relajaron, siguiendo la figura más menuda de Gabrielle con ojos interesados cuando pasó trotando detrás de la reina.

Este pasillo era más pequeño que los de arriba, pero seguía siendo más grande que los túneles de la cocina. Gabrielle vio largas mesas de caballete colocadas contra las paredes a cada lado y alargó la mano para tocar una con los dedos al pasar.

Zonas de servicio, recordó, donde se depositaban las bandejas de comida y bebida para llevarlas a la sala de banquetes situada medio nivel más arriba. Delante de ella captaba el olor de la cocina, sobre todo el humo de los fuegos y el aroma a carne asada. La cena parecía ser carne de vaca, y aunque habían comido un buen almuerzo, el estómago le rugió sólo de pensarlo.

Gabrielle suspiró.

—¿Eres tú? —Xena se rió por lo bajo—. Voy a ordenar al sanador que te examine para ver si tienes lombrices. —Le revolvió el pelo a Gabrielle afectuosamente—. Será mejor que busquemos algo que sea fácil de cocinar para ti. No quiero que te desmayes de hambre ni nada.

Entraron en la cocina. Los ojos se posaron en ellas con sobresalto y luego prácticamente todo el personal se inclinó o cayó de rodillas.

Xena se detuvo, justo en el umbral, y se puso en jarras. Observó la cocina con un par de ojos azules muy gélidos. Vio señales de un ligero abandono en los rincones y una sensación de disgusto se apoderó de su vientre. De forma fría y deliberada, cruzó la estancia a largas zancadas y fue a los asadores, observándolos atentamente.

Luego se volvió y fulminó a la cocinera con la mirada.

—¿Cuándo fue la última vez que se limpiaron?

—Mm... Majestad. —La cocinera juntó las manos sobre su amplio pecho—. E... esta semana pasada... es que hemos tenido mucho trabajo y...

Xena cruzó la cocina y agarró a la mujer del pelo, levantándole la cabeza y echándosela hacia atrás para obligarla a mirar a la reina a los ojos.

—¿Demasiado trabajo para aseguraros de que no nos morimos de contaminación y suciedad? —gruñó—. Creo que tus prioridades están mal. —Dobló la otra mano y cerró los dedos alrededor de su puñal, apuntando a la mujer debajo de la barbilla—. Y francamente, estoy harta de tu comida.

Gabrielle sabía que sólo tenía unos segundos. Cruzó la estancia a la carrera, llegó al lado de Xena y pasó el brazo por el de la reina, que blandía el puñal, poniéndole una mano en el hombro.

—Majestad —rogó—. Recuerda los juegos. Ha sido caótico.

Xena se quedó paralizada cuando Gabrielle la tocó, allí, en medio de la cocina delante de todos los esclavos. Por suerte, su cuerpo se quedó inmóvil en lugar de reaccionar y eso, sólo eso, fue lo que le salvó la vida a Gabrielle. Volvió los ojos hacia la rubia y dejó salir la rabia.

Gabrielle no apartó la mirada.

—Es cierto. —Se encogió ligerísimamente de hombros—. Pero me quedaré aquí y lo limpiaré.

Eso sacó a Xena de su parálisis.

—Y un Tártaro que vas a hacer eso —dijo con tono cortante, antes de volverse de nuevo hacia la cocinera—. Volveré a bajar mañana por la mañana. Si hay una sola mota de suciedad en este sitio, morirás y cubriré tu puesto con una de las vacas del corral.

A la mujer le temblaba la mandíbula.

Xena la soltó, limpiándose la mano en la blusa de la mujer con cara de asco. Luego volvió su atención sobre Gabrielle, que seguía aferrada a su brazo.

Gabrielle la soltó y se echó hacia atrás, mirándola a la cara. Y esperó.

Xena se dio cuenta de repente de que la chica estaba convencida de que le iba a pegar. Que había decidido actuar sabiendo que el resultado iba a ser el castigo y el dolor. Apretó el puño y vio que Gabrielle cerraba los ojos y que la frente se le tensaba de forma involuntaria. La reina tenía todo el derecho a hacerlo, Xena lo sabía, y sabía que no sólo tenía el derecho, sino que era lo que se esperaba de ella.

Y sin embargo, no pudo. Soltó aliento con un suspiro explosivo y se dio la vuelta. Maldita sea.

Maldita sea.

Se volvió de nuevo y vio que Gabrielle la miraba con una expresión tranquila, cálida... insondable. Eso hizo que se estremeciera, porque estaban pasando cosas en su interior que ni siquiera conseguía empezar a comprender.

MALDITA SEA.


Xena estaba alteradísima. Gabrielle estaba sentada en silencio junto al fuego, sacando las cosas que la reina había elegido y decidiendo qué hacer con ellas. Detrás de ella, Xena daba vueltas de un lado a otro, con una agitación tensa tan evidente que a Gabrielle le dolían las muelas sólo de oírla.

Se dio cuenta de que eso la estaba angustiando y se quedó mirando con tristeza una cebolla, sintiendo que tenía el estómago hecho un nudo. En parte era porque sabía que había hecho una cosa, varias cosas, que habían enfurecido a Xena y, aparte de tener miedo de lo que pudiera hacer la reina, se sentía inesperadamente llena de dolor por haber perdido el relajado compañerismo que habían compartido apenas unas horas antes.

Tenía unas ganas absurdas de llorar y eso no tenía nada que ver con la cebolla. Era como aquella vez que rompió el viejo cuenco de mezclas de su madre, el que había heredado de su propia madre. Había sido un accidente, pero Gabrielle vio la pena en los ojos de su madre y supo que no podía hacer nada para devolverle el cuenco hecho añicos.

Así se sentía ahora, como si tuviera en las manos los trozos rotos de algo que acababa de empezar a conocer, sin una forma de volver a juntarlos y repararlos.

Eso la llenaba de tristeza.

Con un suspiro, dejó las verduras y cogió una bandeja. En ella había dos grandes pescados, cuyos ojos ciegos la miraban iracundos a la luz del fuego. El pescado no era algo con lo que tuviera mucha experiencia, puesto que el único río que había cerca de Potedaia servía a la aldea para todo y los peces tendían a mantener las distancias.

Pero de vez en cuando, su padre cambiaba un poco de cordero o una madeja de lana por una ristra de truchas, y había visto cómo las preparaba su madre cuidadosamente. De modo que ahora estudió los pescados, intentando decidir si debía filetearlos o no.

Un ligero choque le hizo dar un respingo. Se volvió y vio a Xena tirada en uno de los butacones, con la cabeza apoyada en el puño y la cara malhumorada. Los fríos ojos azules estaban clavados en Gabrielle y ésta supo que si intentaba filetear algo bajo esa mirada, acabaría perdiendo un pulgar como mínimo.

Bueno, Gabrielle... tú te has metido en esto. Tú has hecho que se enfade. Ahora haz algo al respecto. Gabrielle se armó de valor y se secó las manos, luego se levantó y se acercó a la figura algo agitada de Xena. Los ojos de la reina la siguieron mientras ella se sentaba a su lado y recogía las manos sobre el regazo.

—¿Algún problema? —preguntó Xena, con brusquedad.

Era como si nunca hubieran estado cerca la una de la otra. Gabrielle tuvo que callarse y tragarse un nudo inmenso que se le había formado en la garganta.

—¿Y bien? —ladró la reina.

No. Gabrielle sintió el dolor hasta el fondo de su alma. El cuenco estaba roto. Se levantó sin decir palabra y regresó al fuego, se arrodilló junto a los pescados y cogió un cuchillo pequeño y de hoja redondeada que había preparado antes. Las lágrimas brotaron de sus ojos y cayeron sobre la tabla de madera, oscureciéndola mientras trabajaba en silencio, y su propia respiración le resonaba áspera en los oídos.

Oyó que Xena se levantaba, pero siguió dando la espalda a la reina y con la cabeza gacha incluso al notar la cercana presencia de Xena detrás de ella.

Y entonces estuvo a punto de que se le escurriera el cuchillo y de cortarse cuando la reina se sentó en el suelo justo a su lado. Se arriesgó a echar un vistazo y vio el rostro de Xena tan turbado que le resultó difícil apartar la mirada.

De modo que no lo hizo. Se sentó sobre los talones, se pasó el brazo por los ojos y sorbió.

Xena cogió una judía y la lanzó rabiosa al fuego, observando las chispas que saltaban de ella. Cogió otra y repitió la acción, haciendo una mueca de rabia con los labios.

Bueno. Gabrielle volvió despacio a su tarea. Se preguntó por qué Xena había cambiado su cómoda butaca por el suelo. No parecía que quisiera impedir que Gabrielle siguiera con lo que estaba haciendo, ni que quisiera hablar con ella, ni siquiera mirar el fuego.

Así que, ¿por qué estaba ahí?

Meneando levemente la cabeza, Gabrielle decidió rellenar los pescados y asarlos. Abrió los vientres limpiamente y sacó las entrañas y luego los limpió cuidadosamente con manos que casi no temblaban bajo la mirada severa de la reina.

Luego cogió los trocitos de verduras que había cortado y los metió dentro de los pescados, junto con varios puñados de grano, y luego envolvió cada pescado en un trozo de pergamino húmedo y los colocó al lado del fuego para que se hicieran.

Vale. Gabrielle limpió la bandeja, se levantó y la llevó a una mesa lateral. Se limpió las manos y volvió la cabeza, observando a la figura inmóvil que estaba junto al fuego. Parte de la rabia parecía haberse calmado, pero vio que el puño de Xena, apoyado en su rodilla, no paraba de apretarse y relajarse.

Irguió los hombros y regresó al fuego, sentándose al lado de la reina con las piernas cruzadas.

Durante un rato, las dos se quedaron contemplando las llamas. Luego Gabrielle volvió la cabeza y miró el perfil taciturno que tenía al lado.

—¿Quieres hablar de ello?

Muy despacio, la reina echó la cabeza a un lado y la miró iracunda.

—¿Qué?

Algo encajó.

—¿Quieres hablar de ello o simplemente quieres sacar la espada y cortarme la cabeza, como a los otros? —Gabrielle hizo un esfuerzo para decir esto último—. ¿O tirarme por las escaleras? Seguro que con eso lo consigues y así esto no se pondrá perdido y quien me sustituya no tendrá que limpiarlo.

No tenía ni idea de qué había sido de su miedo. Sólo sabía que había sido sustituido por un valor maníaco y por la intensa necesidad de atravesar esa mirada glacial para encontrar el atisbo vacilante de la amiga que había visto antes.

Por un instante, Xena se la quedó mirando. Luego las largas pestañas oscuras se cerraron y apoyó la cabeza en el brazo, con el cuerpo absolutamente inmóvil.

La necesidad tácita hizo que Gabrielle alargara la mano y la pusiera en el hombro de la reina, sorprendida al notar un estremecimiento de la piel al tocarla.

—Xena —dijo en voz baja.

El sonido vibró en su interior y Xena tuvo que hacer un inmenso esfuerzo para no responder. Sentía el pecho como si se lo estuvieran partiendo, con un dolor tan intenso que tuvo que morderse el labio por dentro hasta que sangró. Quería estar furiosa. Quería atacar y destruir esta cosa que la tenía confusa e insegura y desequilibrada como nunca en su vida.

Y sin embargo, su cuerpo se arrimaba al cálido contacto que sentía en el hombro y deseaba mucho más. Su parte animal, en la que tanto podía confiar normalmente, se estaba desprendiendo de su fiera capa externa y respondiendo de formas totalmente inesperadas, esquivando su voluntad con terca persistencia.

Notó que el brazo de Gabrielle se deslizaba alrededor de sus hombros y luego la presión cuando la chiquilla apoyó la cabeza en su brazo.

Y Xena se vino abajo. Se desprendió de la rabia y aceptó el consuelo que le ofrecía Gabrielle, sintiendo que la tensión acerada que había en su interior se relajaba al dar a su cuerpo lo que éste exigía.

El contacto. Gabrielle le acarició la cara cuando apoyó la cabeza en la de la esclava. Xena dejó de luchar y reconoció ante sí misma, por fin, que había violado su primera y más importante norma. El único juramento que se había hecho a sí misma tras la muerte de Liceus, cuando se aisló del resto de la humanidad.

—Escucha... estoy... sé... que he hecho una estupidez y sé que estás muy enfadada conmigo por ello... pero... Xena, es que...

—Lo sé —susurró Xena con los ojos cerrados—. Has hecho lo que creías correcto.

Gabrielle soltó aliento suavemente.

—Sí —reconoció—. Sé... lo que le haces a la gente que te hace eso. —Tragó audiblemente—. Y... no te culpo si tú...

—Gabrielle. —Xena se sentía apaciblemente exhausta—. Cállate. No te puedo matar.

La esclava se quedó callada.

—Ni siquiera te puedo echar la bronca. Sería tan capaz de tirarte por las escaleras como de volar por encima de la luna en paños menores. —Xena notó que Gabrielle se movía ligeramente y supo que la chiquilla la estaba mirando, seguro que por debajo de ese adorable y espeso flequillo rubio.

—Oh —dijo Gabrielle, con muy poca originalidad—. Mm.

—Además... por Hades. A lo mejor tenías razón —continuó Xena—. Mi ejército... el primero que tuve, se guareció en una cueva durante el primer invierno después de que lo juntara. Yo no tenía ni puta idea de cómo dirigir las cosas y los perdí a casi todos de enfermedad porque no se me ocurrió mantener el sitio limpio.

—Oh.

—Todos esos cuerpos —siguió Xena con tono apagado—. Todavía huelo la muerte... oigo los gritos. —Su tono era distante—. Qué forma de aprender una lección, Gabrielle.

Gabrielle se quedó callada un momento.

—Lo siento.

—Yo también lo sentí. Cuesta mucho encontrar un ejército —comentó la reina—. Gabrielle, puede que la mayor parte del tiempo me comporte como una lunática sedienta de sangre, pero de vez en cuando hay un motivo para ello.

Otro momento de silencio.

—¿Entonces por qué te detuviste ahí abajo?

Ah, sí, ésa es la cuestión.

—Porque tú querías —replicó Xena con sorprendente sinceridad—. Y eso me obligó a detenerme el tiempo suficiente para pensarme dos veces lo que estaba haciendo.

—Oh.

—No me gusta pensar dos veces, Gabrielle —dijo la reina—. Es peligroso.

Gabrielle notaba la presión de la mejilla de Xena en la cabeza y, a pesar de lo que decía la reina, ésta no daba muestras de querer apartarse. A Gabrielle tampoco le apetecía apartarse y pensó que eso era buena señal. Las palabras de Xena la turbaban y la obligaban a pensar mucho en muchas cosas y sobre todo en que el mundo nunca se podía ver en blanco y negro.

Ya no, en cualquier caso.

—Lo siento —repitió suavemente.

—Y yo —replicó Xena—. Porque eso ha hecho que me dé cuenta de una cosa aún más peligrosa. —Soltó aliento con pesadumbre.

—¿El qué? —preguntó Gabrielle, intentando imaginar la respuesta.

—Que estoy enamorada de ti.

Ni siquiera en sus sueños más calenturientos producto de una cena de verduras con especias se podría haber imaginado tal respuesta. Gabrielle sintió que se le desorbitaban los ojos y se quedó mirando el fuego por encima de la rodilla de Xena sumida en una sorpresa total.

—Bft. —Se le escapó un pequeño ronquido de la garganta.

—Mm. Ironía, tu nombre es Xena —musitó la reina. El peligro se presentaba en imágenes en blanco y negro, vívidas en su visión interna. Su cara esbozó una sonrisa irónica y se movió, rodeando a Gabrielle con el brazo y aceptando, por fin, lo que le había ocurrido.

De todas formas, era lo único que podía hacer. Contra esto, contra el poder y la intensidad de lo que sentía por esta pizca de pastorcilla, estaba indefensa como un recién nacido y lo sabía. El peligro no tardaría en llegar. Por ahora, bien podía disfrutar de la felicidad que le ofrecía.

El futuro ya se encargaría de sí mismo.


Gabrielle pinchó el pescado con cautela y decretó que estaba casi hecho. Había mucho silencio en la habitación y el ruido que hacía el fuego le parecía muy fuerte.

Casi tan fuerte como la respiración de Xena, que le calentaba el borde externo de la oreja izquierda. La reina estaba enrollada alrededor de Gabrielle, con la barbilla apoyada en su hombro. Era como llevar un manto vivo, pero intentar no pensar en ese manto vivo estaba haciendo que la preparación de la cena resultara algo precaria.

Ni siquiera sabía por qué intentaba no pensar en ello, salvo que le parecía una lástima quemar un pescado tan bueno. Gabrielle se había dado cuenta hacía unos minutos de que no tenía hambre, que la cena le daba igual y que tenía tal enredo de emociones corriéndole por el cuerpo que no creía que fuera capaz siquiera de tragar.

Los brazos de Xena le rodeaban relajados la cintura y sus piernas rodeaban las de Gabrielle, sentadas como estaban en el suelo delante del fuego. La reina tenía los ojos casi cerrados y parecía disfrutar de la intimidad tanto como Gabrielle.

Me ama. Gabrielle tenía ganas de cantar. Tenía ganas de dar botes en el sitio y de estremecerse de felicidad, pero temía echar a perder la paz soñolienta de Xena si hacía algo más que sonreír. Era un giro de los acontecimientos increíble y muy inesperado tras la tensión de las últimas horas.

—¿Está ya la comida? —El murmullo grave de Xena le hizo cosquillas en la oreja.

—Eso creo, sí —replicó Gabrielle. Volvió la cabeza y se encontró con la nariz pegada a la de la reina. Llena de osadía, inclinó la barbilla y dio un beso a Xena en los labios, notando el movimiento de la suave superficie cuando Xena sonrió. Se detuvo y se apartó un poco para calibrar la reacción de la reina ante su audacia.

Xena se echó hacia atrás y tiró de ella hasta que estuvo medio tumbada en el regazo de la reina. Entonces Xena le devolvió el beso con lenta pasión.

Ooh. Buena reacción. Gabrielle miró a la morena cuando ésta levantó la cabeza, sonriéndole y dejando ver parte de la felicidad que sentía por dentro.

Los ojos de Xena se animaron visiblemente.

Gabrielle se dio cuenta de que el hielo había desaparecido. Alzó la mano y acarició la mejilla de Xena, atravesando con la mirada los expresivos ojos azules de la reina hasta llegar a su alma. La persona que se encontró mirándola a su vez no era lo que se esperaba y su vulnerabilidad y sinceridad la sorprendieron.

Pero Xena parpadeó, casi como si se diera cuenta, y luego le guiñó un ojo al tiempo que señalaba la chimenea.

—Si ya está la comida, vamos a comer —dijo—. Cógela y llévala a la mesa de ahí fuera. Yo voy a buscar algo de beber para acompañar. —Agachó la cabeza y besó a Gabrielle de nuevo, mordisqueándole los labios y explorando delicadamente con la lengua—. ¿Te parece un buen plan?

Gabrielle asomó la punta de la lengua mientras miraba a Xena.

—Me parece genial —asintió.

—Bien. —Xena la levantó. Se puso en pie y se estiró, luego se sacudió y salió del dormitorio a la estancia exterior, dejando que Gabrielle se ocupara de los dos olorosos paquetes de lo que esperaba que fuera pescado hecho.

Gabrielle se enjugó el sudor de la frente, deseando de repente que la ventana estuviera abierta para dejar pasar un poco de aire fresco. Colocó la bandeja de madera y se puso manos a la obra. Los paquetes soltaban vapor, de modo que los sacó con cuidado de las brasas y los puso en la bandeja, apartando los dedos mientras los abría.

Ooh. Al menos olían bien. Gabrielle echó un vistazo dentro, contenta por el estado de sus obras maestras. Con una sonrisa, cogió la bandeja y la llevó a la puerta, pasando por ella a la habitación exterior.

Se detuvo al ver la mesa puesta con velas danzarinas y relucientes copas de cristal. Xena apareció con una botella larga, que puso a la luz, contemplando sus doradas profundidades, y luego le hizo un gesto despreocupado a la esclava para que se acercara.

—Oh.

Xena se detuvo cuando estaba abriendo la botella y la miró con una ceja enarcada.

—¿Oh, qué? —preguntó—. Ven.

Gabrielle se acercó y depositó la bandeja.

—Qué bonito. —Señaló la mesa—. ¿Cómo lo has hecho tan rápido?

—Yo... —Xena llenó elegantemente su copa y luego inclinó la botella para llenar la de Gabrielle—. ...Sé hacer muchas cosas.

—Mm. —Gabrielle empujó la bandeja hasta el centro de la mesa—. Creo que eso ya lo sabía.

—¿Ah, sí? —La reina se rió relajadamente—. Abre esas cosas, a ver qué tenemos.

Gabrielle abrió el pergamino y lo dobló hacia atrás, revelando el pescado que tan bien olía. Sirvió uno en el plato de porcelana que había ante el gran asiento de Xena y luego puso el que quedaba, más pequeño, en su propio plato.

—Oye. —Xena parecía estar de un humor muy alegre—. Me has dado el grande.

—Bueno. —Gabrielle dejó el pergamino en la bandeja—. Tú eres la reina. —Se encontró con los ojos de Xena y le devolvió la sonrisa—. Y eres más grande que yo.

Xena se puso en jarras y miró a la esclava.

—Ya lo creo —dijo, sacudiendo ligeramente la cabeza, y luego se puso detrás de la silla de Gabrielle y la apartó. Y esperó.

Gabrielle miró la silla y luego a ella, sin saber qué pasaba.

—Siéntate —le dijo Xena.

Con cautela, Gabrielle se colocó delante del asiento, muy sorprendida cuando de un empujón la silla quedó debajo de ella y acabó sentada de golpe.

—¡Oh! —Miró por encima del hombro a Xena, que seguía con las manos en el respaldo de la silla—. ¿Por qué has hecho eso?

Xena apoyó los brazos en la madera y sonrió de medio lado.

—Porque es lo que se hace con las mujeres que aprecias —dijo—. Es... mm... lo cortés. —Ocupó su asiento y levantó la copa, cuyas profundidades cristalinas mostraban un profundo color ámbar gracias al rico hidromiel que había servido en ella—. Esto te gusta.

Gabrielle cogió su propia copa y la olió.

—Oh, sí. —Sonrió—. Me gusta. Tienes razón.

Xena alargó su copa hacia Gabrielle.

—Pues por nosotras.

Nosotras. Gabrielle se sintió distinta de repente. Se sintió distinta porque al mirar a Xena a los ojos, supo que la reina la veía de forma distinta, y era un cambio muy agradable. Hizo chocar el borde de su copa con la de Xena.

—Por nosotras —repitió suavemente.

Bebieron, mirándose a la luz de las velas. Gabrielle se irguió un poco en su silla, controlando el impulso de atusarse el despeinado pelo rubio. Dejó la copa, notando el agradable fuego del hidromiel al bajar hasta su estómago.

—¿Quieres oír el resto de la historia del cerdo?

—No. —Xena investigó su plato, levantando el tenedor de plata de dos puntas y abriendo el pescado. La carne era blanda y aromática y los granos de dentro habían absorbido los jugos y se habían ablandado. Olía maravillosamente. Xena cogió un poco de pescado con el tenedor y se lo metió en la boca, saboreándolo despacio antes de tragar—. Quiero hablar de ti. —Pasó la lengua por las puntas del tenedor.

Gabrielle levantó la vista de su plato, algo sorprendida.

—¿De mí? —Dejó el tenedor y bebió un sorbo de hidromiel—. ¿Por qué de mí? Yo creo que sería mucho más interesante hablar de ti.

—¿De mí? —Xena dobló el codo y apoyó la cabeza en el puño mientras miraba al otro lado de la mesa—. Ya lo sabes todo de mí.

—No, no es cierto. —Gabrielle se rió suavemente—. Seguro que si nos conociéramos durante el resto de nuestra vida, seguiría sin saberlo todo de ti. —Dejó la copa.

Xena se metió más pescado en la boca y lo masticó.

—Haces una trucha muy buena, Gabrielle —dijo, cambiando de tema—. ¿Dónde aprendiste a cocinar?

Gabrielle comió algo de grano.

—Pues, —tragó—, supongo que simplemente me aficioné a ello. En la granja no había nada más que se me diera bien —reconoció—. No sé coser, ni hacer cestas, ni tejer... mi padre me dijo que o encontraba algo que pudiera hacer o me... —Gabrielle dejó de hablar durante varios segundos—. Bueno, el caso es que uno de mis amigos de la aldea era hijo de la posadera y consiguió que su madre me enseñara el oficio, más o menos.

Xena observaba a su compañera en silencio, comiendo y pensando.

—¿Gabrielle?

—¿Sí? —Los cálidos ojos verdes se encontraron con los suyos.

—¿Eras más feliz allí o aquí? —preguntó Xena—. No me parece que lo estuvieras pasando muy bien antes de que te atraparan los traficantes de esclavos.

La rubia rodeó la copa con las manos y bebió despacio. Había muchas respuestas para esa pregunta y tenía que decidir cuál era la que merecía oír Xena.

—No estaba mal —contestó por fin, medio encogiéndose de hombros.

—¿Querías quedarte allí? —preguntó Xena.

—No —contestó Gabrielle, tras dudar un instante—. Siempre... Todo el mundo se reía de mí por eso, la verdad, pero siempre quise salir a ver mundo... ya sabes, ver otros sitios, conocer gente... —Miró a Xena—. Y aquí estoy. Supongo que conseguí lo que quería después de todo, ¿no?

—Supongo que sí —murmuró Xena—. Aunque seguro que no era el camino que querías tomar para llegar aquí.

Gabrielle se quedó contemplando el interior de su copa. Pensó en la última noche que había pasado en casa, en los gritos y la rabia que habían hecho que su excursión al río del día siguiente fuera un alivio.

—A veces no puedes elegir el camino —dijo, con los labios tensos—. Pero... si tenía que seguir este camino, me alegro de que me llevara hasta aquí.

—Yo también me alegro —dijo Xena—. Hacía mucho tiempo... que no tenía a alguien con quien pudiera simplemente... hablar. —Se quedó mirando con el ceño fruncido la copa ahora vacía que tenía en las manos—. Se me había olvidado cómo era.

Gabrielle se levantó y cogió la botella de hidromiel, llenando la copa de Xena y luego la suya. Se quedó de pie, acariciando el hombro de Xena con la mano sin decir nada mientras la reina bebía.

—Yo... —Se calló, tomó aliento y empezó otra vez—. Yo tampoco tenía mucha gente con quien hablar allá en casa. La mayoría de mis amigos eran... ninguno quería hacer nada más que quedarse en Potedaia, casarse y tener hijos.

—Ah.

—Pensaban que yo era rara —confesó Gabrielle.

—Y lo eres —le dijo Xena, con los ojos risueños—. Pero a mí me gusta. —Cogió a Gabrielle de la mano y tiró de ella para sentarla en su regazo, rodeándola con un brazo. Cogió un tubérculo de su plato y se lo ofreció a la rubia.

Gabrielle rodeó a Xena con los brazos y aceptó el bocado, estrechándola simplemente porque podía.

Xena dejó su copa y le devolvió el abrazo y luego se quedaron ahí sentadas un rato, abrazadas sin más. Notaba la presión del cuerpo de Gabrielle a su alrededor, y al tomar aliento, el olor de la chica le llenó los pulmones.

Pasó una mano por el costado de Gabrielle y notó un beso ligerísimo en la nuca como respuesta.

El estallido de un trueno las sobresaltó a las dos. Xena se levantó de un salto como pura reacción, sin dejar de sujetar a Gabrielle al tiempo que cogía un cuchillo de la mesa y se agachaba, todo ello antes de que su mente consciente le diera un capón y le señalara la ventana.

—Ueey —exclamó Gabrielle suavemente.

Otro trueno y el exterior del castillo recibió el impacto de un rayo que hizo temblar los platos sobre la mesa y derramó un poco de hidromiel de la copa de Gabrielle. Con un estampido, un cristal de la ventana se rompió y cayó hacia dentro y la habitación se llenó del olor de la tormenta al entrar el viento.

Xena soltó a Gabrielle y se acercó a la ventana, pero se detuvo cuando otro rayo impactó con la parte externa de la fortaleza, rompiendo el resto de los cristales de la ventana.

El granizo se coló dentro, volando por la habitación.

—Mm... Majestad... —Gabrielle nunca había visto una tormenta tan violenta. Ni siquiera la que casi había destruido el redil de las ovejas había sido así de fuerte—. No sé si...

—Yo sí sé. —Xena agarró la botella de hidromiel y a Gabrielle y salió corriendo hacia el dormitorio, esquivando piedras de granizo, cruzó la puerta y la cerró de golpe tras ella—. Que me ahorquen si necesito que Zeus me persiga hasta la cama. —Comprobó los postigos, que seguían firmes, dejó la botella, luego lanzó a Gabrielle a la enorme cama y se tiró detrás de ella.


Tal vez la tormenta de fuera creara un poco de peligro extra. Gabrielle sintió una serie de escalofríos que le atravesaban el cuerpo al caer en la cama, sin tiempo apenas de estirarse antes de que la superficie se combara bajo el peso de Xena cuando la reina se unió a ella.

La luz escasa dibujaba el contorno del cuerpo de la reina al colocarse entre Gabrielle y el fuego. Gabrielle alargó las manos hacia ella cuando su cuerpo reaccionó a la energía que sentía tan cerca. Sus manos tocaron la piel desnuda y se deslizaron por ella, al tiempo que Xena se inclinaba a medias sobre ella, sosteniendo el peso en los codos.

—Bueno. —La voz de Xena era grave—. Éste es un sitio tan bueno como cualquier otro para aguantar la tormenta, ¿no?

Gabrielle notaba la respiración de Xena bajo las manos y sintió que un fuego le prendía las entrañas mientras sus dedos exploraban los poderosos contornos.

—Sí —contestó escuetamente, casi sin oír el traqueteo de las ventanas golpeadas por el granizo.

Su propio corazón prácticamente lo ahogaba y se le aceleró cuando Xena se acercó más, le cogió los cordones de la camisa con los dientes y se los arrancó. Sintió un leve escozor cuando uno de ellos le dio en la garganta y luego el frío cuando una manga se apartó de su hombro, destapándole el pecho.

Esta vez era diferente. Gabrielle dio la bienvenida a los labios que le acariciaban la garganta. Esta vez sólo sentía excitación y la necesidad creciente y un deseo que le quemaba la piel. El miedo no tenía nada que ver con ello. Trazó los contornos de los pechos de Xena con dedos provocativos, a la escucha de ese ronroneo profundo y zumbante, y sonrió cuando se produjo, momentos después.

La mano de Xena se deslizó por su otro hombro, despojándola de la camisa, que bajó hasta su cintura. Gabrielle bajó la cabeza e intercambió caricia por caricia, besuqueando el cuello de Xena y saboreando su piel con lametones desconcertantemente desenfrenados.

Qué gusto daba. Daba todo tanto gusto, y el ansia de recibir más fue en aumento. Deslizó los labios por la superficie sedosa de la piel de Xena, jugando con su sensible pezón al tiempo que notaba una caricia que subía despacio por la parte interna de su muslo.

Xena le mordisqueó el ombligo juguetonamente y ella soltó un chillidito.

Las dos se echaron a reír.

Gabrielle pasó los dedos por el pelo de Xena, encantada al sentir cómo se deslizaba por su piel. Tiró suavemente y ladeó la cabeza, encontrándose con unos labios que se juntaron con los suyos y una lengua que se coló entre ellos, enrollándose alrededor de la suya. Bajó una mano, recorriendo el vientre de Xena, y notó que los músculos se tensaban bajo su caricia.

Ahí había una cicatriz. Gabrielle tomó nota difusamente para preguntar de qué era. Más tarde.

El muslo de Xena se deslizó entre los suyos y de repente se encontró boca arriba, explorada delicadamente. Eso la colocó en una posición perfecta para hacer algo ella misma y dejó vagar los dedos y los labios, tocando y saboreando todo lo que lograba alcanzar.

El rugido de un trueno atravesó la fortaleza, coincidiendo con el rugido de placer que, inesperadamente, emitieron las dos.

No era fácil concentrarse y Gabrielle sintió que su cuerpo se arqueaba casi sin control, al tiempo que continuaba sus caricias, y oyó un segundo gemido grave por parte de Xena cuando el cuerpo de la reina se apretó contra el suyo. Las dos estaban sudando, a pesar del frío, y su lengua saboreó la sal de la piel de Xena al recorrer con besos la línea central de su tronco.

No sabía si fue pura suerte o simplemente la fusión natural de su mutua necesidad, pero notó que el cuerpo de Xena se tensaba al mismo tiempo que el suyo respondía a una marea creciente de deseo y sus voces se alzaron en un aullido único. Gabrielle aguantó la respiración mientras las olas agitadas de convulsiones la atravesaban de parte a parte y notó que los músculos de Xena se contraían encima de ella mientras la reina compartía el momento.

Fue impresionante.

Gabrielle esperó a que se apaciguara la intensidad y olisqueó la piel de Xena, deslizando su cuerpo por el de la reina en un éxtasis de pasión vertiginosa. Le parecía que ningún contacto era suficiente y se enrolló alrededor de Xena, deseosa de sentirla por todas partes.

—Mm. —Los labios de Xena estaban cerca de su oreja—. Qué biiieeeennn... Vamos a probar otra vez.

Oh, sí... Gabrielle se rió débilmente. Si en esto consiste ser una esclava de amor, chica, qué subestimado está.

El granizo golpeaba malhumorado las ventanas emplomadas y el viento gemía, impotente contra el fuego que ardía dentro.


Xena se despertó y descubrió que el sol le daba en la cara. Abrió los ojos parpadeando sorprendida y escudriñó la ventana, que mostraba un cielo ya despejado. La tormenta había terminado, al parecer, y el tiempo se había aclarado, todo mientras ella dormía.

Pero el aire era frío, y se dio cuenta de que la tormenta debía de haber traído el comienzo del invierno. Notaba la sequedad del aire, aunque donde ella estaba, se encontraba muy calentita y a gusto.

El edredón contribuía a ello, pero descubrir el cuerpo de Gabrielle encima de ella era lo que le producía el auténtico calor, y contempló la despeinada cabeza rubia con pasmado cariño. Estaba apoyada en su hombro y Gabrielle le había echado por encima un brazo y una pierna, atrapándola con una presión ligera, pero muy evidente.

Cerró los ojos y simplemente se permitió sentir la confianza de ese abrazo.

Era la primera vez, en una vida cargada de experiencias, y se regodeó en ello. Fuera lo que fuese lo que esperaba que fuera el amor, desde luego no era esto. Se movió ligeramente y besó a Gabrielle en la coronilla, notando que se pegaba más a ella como reacción inconsciente.

Ah. Hacía mucho tiempo que no sentía una paz como ésta. Xena abrió despacio los ojos y contempló el techo. Si es que la había sentido alguna vez. Recordaba a medias una época, cuando era muy pequeña, antes de que el terror llegara a Anfípolis. Una cocina caliente, su madre... sus hermanos.

Risas.

Pero eso había sido hacía mucho tiempo y había perdido la capacidad de desear siquiera volver a una época en que lo único que le importaba era estar caliente, bien alimentada y feliz. Xena arrugó levemente el entrecejo. Pero en cierto modo, Gabrielle tocaba esa parte de ella y le hacía recordar lo que había sido tener familia.

¿Eso era bueno? Xena frotó despacio la espalda desnuda de Gabrielle. Sentir cariño por algo suponía arriesgarse a perderlo. Eso lo había aprendido por las malas. ¿Pero no merecía la pena correr ese riesgo? ¿Acaso no llevaba sola suficiente tiempo? Soltó aliento, reconociendo la soledad largo tiempo ignorada de la que se había rodeado con total deliberación.

Bueno, Gabrielle era suya. Xena examinó el perfil de la chica. Suya voluntariamente, además de suya por derecho de propiedad, y al contrario que sus anteriores compañeros de cama, ésta era digna de recibir a cambio su confianza y su amor, porque había demostrado serlo.

En fin.

¿Qué iba a hacer ahora? No podía consentir que Gabrielle siguiera actuando como su doncella, por mucho que detestara la idea de permitir a otro esclavo la entrada a sus aposentos. Tenía que encontrar un puesto para Gabrielle acorde con su posición como amante de Xena.

Xena reconoció que podía nombrarla su consorte sin más, pero... Sus ojos estudiaron la mandíbula ligeramente redondeada. Eso sería un desperdicio de recursos. La chiquilla era inteligente y tenía un talento que Xena sabía que a ella, por desgracia, le faltaba.

Xena decidió meditar un poco la respuesta a su pequeño enigma rubio antes de tomar cualquier decisión. Entretanto, tendría que ordenar a Stanislaus que buscara a otro esclavo para limpiar los suelos, después de que ella reanudara hoy sus actividades habituales. Sabía que el cambio de tiempo la dejaba sin excusas para no atender a sus obligaciones y tenía cosas que hacer y gente a la que acosar después de escaquearse un día de sus deberes estatales.

Y ya iba a empezar tarde. Xena observó la mancha de sol que se arrastraba despacio por el suelo. No recordaba la última vez que había dormido hasta después del amanecer, pero por otro lado... una sonrisa maliciosa... tampoco recordaba la última vez que había pasado la mayor parte de la noche haciendo el amor.

Ah, bueno. Xena echó un último vistazo a la ventana y admitió el hecho de que tenía que levantarse e ir a hacer de reina. Delicadamente, hizo cosquillas a Gabrielle en la espalda, observando el rostro de la chica dormida, que se fue tensando poco a poco al tiempo que su cuerpo se agitaba.

Al cabo de un momento, Gabrielle abrió los ojos y parpadeó un poco y luego levantó la cabeza.

—Mm. —Miró soñolienta a la reina—. Hola.

—Buenos días. —Xena colocó la punta de un dedo en la nariz de la esclava—. Te vas a tener que buscar otra almohada. Yo tengo que ir a tiranizar a las masas.

Gabrielle bajó la mirada.

—Oh. Lo siento. —Se apartó de la reina, colocándose de lado y apoyándose en el codo—. Mm... sí. Tengo mucho que hacer... la habitación exterior está hecha un desastre.

—Ya encontraré a alguien que se ocupe de eso —le dijo Xena—. Quiero que tú hagas otra cosa, dado que eres tan lista, además de mona. —Sonrió cuando un rubor subió por el cuello de Gabrielle, tiñéndola de un encantador tono rosa a la luz del sol—. Quiero que te pasees por la fortaleza... que descubras lo que piensa la gente de verdad.

Gabrielle dudó y luego ladeó la cabeza.

—¿Por qué piensas que puedo hacer eso?

—Pooorqueeee... —La reina recorrió los labios de su compañera de cama con la punta de un dedo—. Si lo puedes hacer conmigo, lo puedes hacer con cualquiera. Todavía se está cociendo algo y quiero saber qué es.

Despacio, Gabrielle asintió.

—Vale. —Alargó la mano y cogió la de Xena, se la llevó a los labios y la besó—. Haré todo lo que pueda. —Rodeó los dedos de la reina con los suyos y se frotó la mejilla con sus nudillos—. Pero no sé si alguien querrá hablar conmigo abajo.

—Tal vez no —murmuró Xena—. Pero te aseguro que los nobles sí querrán. Te ofrecerán el mundo, corderito mío. —Dobló los dedos, estrechando los de la chica—. Cualquier cosa con tal de llegar a mí.

—Mi mundo no es nada si tú no estás en él —contestó Gabrielle con sencillez—. Así que no tienen nada que ofrecerme.

Ooh. Xena se quedó absolutamente encantada.

—Tienes alma de poeta, Gabrielle. ¿De dónde la has sacado? —Y le tomó el pelo—: ¿Alguien se la dejó junto al río?

Gabrielle sonrió melancólica.

La reina se rió por lo bajo y le dio una palmada en el trasero.

—Está bien. En marcha. Tengo que ver los daños que ha causado esa maldita tormenta de anoche. Vamos a sorprender a la corte y a ver en qué lío nos podemos meter. —Apartó las sábanas y salió de la cama, dedicando un momento a estirarse por completo en el aire frío—. Ahhhh.

—Caray.

Xena se volvió y se puso en jarras, enarcando una ceja con aire malicioso.

—Vaya, Gabrielle. ¿Ya estás perdiendo la timidez pastoril?

—No... o sea... —Gabrielle salió apresuradamente de la cama y rodeó a la reina, mirándole la espalda—. Tienes mejor la espalda.

Xena movió el omóplato y probó a doblar el brazo. Ya no le dolía.

—Ah. —Hizo girar el hombro y luego extendió el brazo en diagonal sobre el cuerpo con cuidado—. Vaya, ¿qué te parece? Supongo que pasar un día en la cama puede curar cualquier cosa. —Se rió entre dientes, sacudiendo la cabeza, y se encaminó hacia la sala de baño—. Lástima que no se me ocurriera antes del combate.

Gabrielle se quedó mirándola, hipnotizada por la fuerza ágil que se agitaba bajo la piel de Xena, iluminada por el sol. La herida del hombro estaba cerrada y sólo una línea oscura de puntos señalaba dónde había estado. No había hinchazón, ni irritación, y pronto hasta esa línea oscura habría desaparecido, dejando atrás tan sólo el recuerdo del horror que, en cierto modo, las había unido.

Entonces se acordó de la otra cicatriz y salió trotando detrás de la reina, con un montón de preguntas ya preparadas en la punta de la lengua. Su mundo estaba cambiando una vez más, sólo que esta vez ella formaba parte del cambio y le gustaba.


PARTE 11


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