Sombras del alma

Melissa Good




Título original: Shadows of the Soul. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Premio Xippy

1


—Matadlos.

El hombre que sujetaba el pergamino levantó la mirada y se apresuró a apartar los ojos al posarlos en el rostro frío y distante de la mujer sentada en el trono por encima de él.

—¿Majestad? —murmuró—. ¿Has dicho...?

—Matadlos —repitió la mujer con tono tajante—. ¿Qué es lo que no has entendido de eso? No tenemos comida suficiente para alimentar bocas inútiles.

—Pero... se les puede enseñar, sin duda.

La mujer echó a un lado la cabeza inmaculadamente peinada, mirando a los ojos a un soldado alto que estaba de pie y firmemente cuadrado allí cerca.

—Mátalo. —Señaló al hombre con un gesto de su mandíbula de líneas perfectas.

—Ama. —El soldado sacó la espada y se acercó al escriba. No hizo ni caso de la expresión de horror y pasmo y echó el brazo hacia atrás, lo lanzó hacia delante y hundió la hoja hasta la empuñadura en el pecho del hombre.

Con un gorgoteo, el escriba cayó al suelo.

El pergamino salió rodando de su mano, tintineando por el suelo. El soldado limpió su espada en la túnica del hombre y se volvió, recogió el pergamino y regresó a la tarima. Subió los escalones a zancadas uniformes y musculosas y se arrodilló a los pies de la mujer que estaba en el trono.

—Ama. —Le ofreció el pergamino.

La mujer se echó hacia atrás la manga bordada y alargó la mano, cerrando los dedos alrededor del objeto de madera. Lo desenrolló y leyó lo que estaba escrito, luego volvió a enrollarlo y lo devolvió.

—Sacadlos de los establos y matadlos. Devolvedles a los tratantes el cuerpo del viejo Octos y decidles que si vuelven a traerme una mercancía inútil como ésa, acabarán todos como él.

—Sí, ama. —El soldado cogió el pergamino y se alzó, caminando hacia atrás y agachando la cabeza hasta que llegó al pie de la tarima. Luego se giró y señaló a otros dos soldados que estaban cerca, dándoles órdenes precisas en voz baja.

Cobraron ánimos y luego lo siguieron, levantaron el cuerpo del mercader entre los dos y lo sacaron a rastras. Su cuerpo dejó un reguero de sangre en las piedras.

No era el primero.

La mujer se recostó en su asiento y posó los brazos en los reposabrazos de madera tallada del trono. Se quedó contemplando pensativa las manchas del suelo y luego las descartó agitando los dedos.

—¿Stanislaus?

—¿Ama? —El senescal del castillo se acercó y se arrodilló a sus pies con una elegancia enérgica en nada parecida a la del soldado. Echó la cabeza canosa hacia atrás y la miró con confianza, seguro de sus habilidades y del valor que tenía para su soberana.

—¿Alguna noticia del norte?

—Un mensajero, ama —replicó Stanislaus de inmediato—. Pero no tiene noticias. Sólo ha dicho que llega Bregos y que todo va bien.

Unos ojos azules tan claros que sólo eran hielo teñido se estrecharon.

—¿Cuándo?

—Esta noche.

Los largos dedos tamborilearon ligeramente sobre la madera del trono.

—Con la venia, ama, he pedido que despejen el cuartel y que preparen los aposentos de Bregos.

En los labios bien formados de la mujer apareció una leve sonrisa carente de humor.

—Sí, seguro que quiere una almohada limpia donde posar la cabeza —replicó—. Bien. Dile al personal que esta noche cenaremos en el comedor público. —Se levantó y su sorprendente estatura se irguió por encima del senescal arrodillado—. Envía las invitaciones de costumbre. Seguro que todo el mundo desea oír lo que nuestro... afortunado... general tiene que contar.

—Ama. —Stanislaus agachó la cabeza como asentimiento.

Los ojos gélidos lo contemplaron un momento y luego la mujer pasó ante la figura arrodillada y bajó los escalones. Los soldados ya cuadrados se pusieron aún más firmes al pasar ella, levantando la barbilla.

Ella ni los miró, pero tomó nota del movimiento y lo aprobó. El soldado más próximo a la entrada se echó hacia delante y abrió la gran puerta de madera. Ella la cruzó y salió al gran vestíbulo con su techo altísimo y abovedado y sus suelos de mármol.

Sus pasos no sonaban. El dobladillo de su toga rozaba ligeramente el suelo al cruzar la silenciosa cámara y subir las escaleras que se alzaban en curva al otro extremo. A mitad de las escaleras, un grito leve y lejano se coló por la ventana cerrada. Se detuvo y ladeó la cabeza para escuchar.

Otro grito, interrumpido bruscamente. La mujer escuchó el silencio durante unos segundos y luego se volvió, pasó por una puerta pequeña y casi oculta y desapareció.


Era un patio desnudo y solitario lleno de figuras exhaustas y asustadas. La mayoría apenas tenían edad suficiente para no ser considerados niños, pero todos tenían la expresión de la desesperación absoluta al mirar a los soldados armados que los rodeaban.

Las puertas de los establos se abrieron y salieron dos soldados arrastrando un cuerpo salpicado de sangre. Lo tiraron al suelo y fueron al abrevadero cercano, donde metieron las manos en el agua y se las lavaron.

Salió otro soldado y cerró la puerta. Se acercó enérgicamente a los esclavos apiñados y los observó. Luego se volvió.

—Traedme una ballesta —ordenó—. Su Majestad desea que los matemos y que exhibamos al mercader que los ha traído como ejemplo de lo que no se debe hacer en el futuro.

Los esclavos soltaron gritos sofocados y se aferraron los unos a los otros. Dos de la fila de delante estaban abrazadas estrechamente, una chica de pelo castaño y otra rubia más baja.

El capitán de la guardia esperó a que le trajeran una ballesta. Luego observó las caras y se fijó en las chicas. Sonrió levemente y señaló a la de pelo castaño.

—Traed a ésa. Aquí.

—¡No! —La chica rubia se aferró al brazo de la de pelo castaño.

Dos soldados se abalanzaron sobre ellas y agarraron a la chica de pelo castaño. Un tercero apartó a la rubia de un empujón con el extremo de la lanza.

—Atrás —gritó el soldado—. ¡Ya te tocará a ti bien pronto!

Los soldados arrastraron a la chica y la pusieron contra un poste de madera, astillado y lleno de marcas, colocado en el centro del espacio. La sujetaron, mirando al capitán con confianza mientras éste apuntaba. La chica se quedó paralizada, con los ojos desorbitados al mirar al capitán.

—¡NO! —volvió a gritar la chica rubia. El tercer soldado la golpeó con el extremo de la lanza, tirándola al suelo—. ¡No! ¡No! ¡¡¡¡Lilaaaa!!!!

La ballesta disparó. La chica se derrumbó cuando los soldados la soltaron, cayó al suelo y se dobló sobre la flecha que le salía del pecho. El capitán se la quedó mirando, luego asintió y empezó a cargar de nuevo la ballesta.

—El siguiente.

Los soldados se acercaron y agarraron a un chico desgarbado, que se debatía inútilmente entre los dos.

—No —susurró la chica rubia—. Oh, no.

—Calla. —Un chico de pelo castaño se arrodilló a su lado, observando angustiado a los guardias—. Shh... ya no puedes hacer nada.

—Era la única que me quedaba de mi familia —susurró la chica—. Oh, dioses...

—Bueno. —El chico sacó valor de alguna parte—. Pronto tú también estarás con ella. Y con el resto de tu familia —le dijo—. Todos lo estaremos.

La ballesta emitió un tañido.

—El siguiente.


Unas manos de dedos largos estaban apoyadas en el parapeto de piedra que daba al matadero. La mujer observó cómo caía otro cuerpo, sumándose a una pila de figuras andrajosas y flacas que los soldados ya habían amontonado a un lado.

Unos inteligentes ojos azules estudiaron a los que quedaban. La mujer avanzó junto al parapeto hasta situarse por encima de donde estaba el capitán. Apoyó el peso en la piedra, evaluando la escena.

Los soldados agarraron a una chica bajita y rubia. Tenía el rostro surcado de lágrimas, pero caminaba entre los hombres con la cabeza alta y sólo se vino abajo al pasar junto a la pila de cuerpos, momento en que alargó la mano hacia un brazo delgado e inerte que sobresalía desde el fondo.

Los hombres la colocaron contra el poste ya empapado de sangre y ella apoyó la cabeza, levantando los ojos al cielo, doloridos, buscando algo.

Nada más que críos inútiles. La mujer morena suspiró, meneando la cabeza. Qué desperdicio.

El capitán de la guardia alzó la ballesta. La mujer que observaba posó la mirada sobre los esclavos que quedaban y luego alzó la mano. Se detuvo un instante y luego se puso los dedos entre los dientes y soltó un agudo silbido.

El capitán pegó un respingo como si se hubiera disparado a sí mismo. Bajó la ballesta, se volvió y la vio.

—Majestad. —Se acercó rápidamente a ella, deteniéndose ante el muro e inclinando la cabeza—. ¿No se ha hecho como deseabas?

—No. —Su voz grave y musical reverberaba ligeramente—. Bregos viene de camino. Necesitan ayuda en las cocinas. —Señaló a los esclavos que quedaban—. Llevadlos allí y limpiad todo esto.

—Ama. —El capitán se tocó la sien con gesto de respeto y se dio la vuelta—. Está bien. Ya habéis oído a Su Majestad —alzó la voz—. Todos estos a la cocina y sacad esa basura de aquí.

La mujer volvió a apoyar el peso en los antebrazos. Los dos soldados soltaron a la chica rubia, que dejó caer los brazos a los lados como si le pesaran el doble que ella. El guardia la empujó para que volviera con los restantes esclavos y ella tropezó, recuperando el equilibrio en el último momento. El guardia volvió a empujarla, obligándola a pasar junto a los hombres del matadero que estaban sacando los cuerpos a rastras.

La chica miró los cuerpos, luego volvió la cabeza y levantó la mirada hacia el parapeto, hacia la mujer alta, vestida con elegantes sedas, que estaba allí observando.

Por un momento, sus ojos se encontraron.

Luego el soldado empujó de nuevo a la esclava y se la llevaron con los demás.

La mujer morena se quedó mirando un momento más, hasta que desaparecieron. Luego se volvió y regresó a la puerta encastrada en el grueso muro del castillo.


La cocina era inmensa. El techo alto estaba tiznado tras años de humo de los fuegos y en todas partes había grandes mesas de madera rodeadas por esforzados esclavos, en su mayoría mujeres. El capataz metió de un empujón en la estancia a cuatro de los nuevos esclavos y agarró del brazo a una mujer que pasaba.

—Hilda.

La mujer se detuvo y se limpió las manos en el delantal.

—¿Sí, señor?

—Nuevos. Los envía el ama, que espera a Bregos y sus hombres esta noche.

—Aajj. —La mujer se tocó la frente, mirando a los cuatro recién llegados—. ¡Por los dioses, si son unos niños!

El capataz se encogió de hombros.

—Tienen manos y ojos. Que los usen. —Se dio la vuelta y se marchó.

La mujer se volvió y miró a las figuras sucias y marcadas por el viaje, apiñadas contra la pared, que la miraban a su vez.

—Lo que me faltaba. —Su rostro se endureció—. Pero cómo estáis de guarros. Entrad en esa habitación de ahí y lavaos antes de que contaminéis este sitio. —Los llevó hacia una puerta, empujándolos bruscamente para que entraran en una estancia desnuda y fría llena de pilas de piedra—. Alberot, ven a echar una mano.

Un hombre fornido de aspecto cruel se reunió con ella, secándose las manos en un delantal manchado de sangre.

—¿Nuevos?

Hilda asintió.

—Bueno. —Miró a los recién llegados con asco—. Tráeme ropa para ellos. Vosotros quitaos esos andrajos y para cuando vuelva os quiero ver a todos lavados, si queréis saber lo que os conviene. —Se dio la vuelta y se fue, cerrando la puerta tras ella con un estampido hueco.

Los cuatro se miraron con cautela. Al cabo de un momento, el chico de pelo castaño carraspeó y tocó el lado de una pila.

—Creo que será mejor que hagamos lo que han dicho. —Miró a la chica rubia que estaba algo apartada, con el rostro como una máscara silenciosa—. Venga. No querrás empezar con mal pie.

—Déjame en paz. —La chica se soltó la manga que le había cogido y se fue a la pared del fondo, dejándose caer y rodeándose las rodillas con las manos—. A lo mejor si soy bien mala, me matan.

—Oye, ésa no es forma de hablar. —El chico se acercó a ella y se acuclilló a su lado—. Escucha, podríamos haber terminado peor. Al menos aquí seguro que nos dan de comer, no como en el camino.

—Me da igual —susurró la chica.

—Venga. —El chico le puso una mano en el brazo con delicadeza—. No tardarán en volver.

La chica se apartó de él.

—Vete.

—Deberíamos mantenernos unidos —insistió él—. En un lugar como éste, se necesitan amigos. —Se volvió para mirar a los otros—. A mí me cogieron cuando tenía seis años. Lo sé bien. —Se volvió de nuevo a la chica—. ¿Crees que te van a dejar en paz? ¿Crees que te matarán? Para nada. —La zarandeó—. Sólo te harán desear haber muerto hace muchísimo tiempo.

La chica lo miró. Sus claros ojos verdes estaban enrojecidos y agotados.

—Yo lo sé —repitió él—. ¿Crees que no puede ser peor? Créeme, es peor que esto. —Despacio, se subió la manga sucia y marrón y les mostró la parte interna del bíceps. Grabada a fuego en su carne había una marca, rodeada de una cicatriz de piel retorcida—. ¿Esos de fuera? ¿A los que les han clavado las flechas? Esos son los que han tenido suerte.

La chica rubia parpadeó y dos lágrimas le resbalaron por ambos lados de la cara, dejando un surco en la mugre. Hundió la cabeza entre las manos y tragó, apretando tanto los puños que se le veían los huesos a través de la piel con una blancura espantosa.

El chico de pelo castaño miró a su alrededor.

—Echad agua en esa pila, rápido. Antes de que vuelva la vieja. ¡Deprisa!

Tras un momento de indecisión, los otros dos obedecieron, cogieron cubos y empezaron a llenar la pila de agua. El chico los miró y luego se volvió de nuevo a la figura acurrucada contra la pared.

—Oye. ¿Cómo te llamas? —Volvió a tocarle el brazo—. Yo me llamo Toris.

La chica tomó aliento entrecortadamente y se frotó la cara con los nudillos. Lo miró con cansancio por encima del antebrazo.

—Gabrielle.

—¿De dónde eres?

La chica suspiró.

—De Potedaia.

—Yo sé dónde está eso —le dijo Toris—. No está lejos de donde yo soy.

—Estaba —susurró Gabrielle—. Ya no existe. Lo quemaron. —Se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas—. Quemaron a mis padres en el granero. Oí cómo gritaban. —Tomó aliento—. No sé por qué tuvieron que matarlos.

Toris miró a su alrededor.

—Porque no podían utilizarlos. Sólo se llevan a los que pueden utilizar, es por lo único por lo que va a pagar la que gobierna este sitio —le dijo—. Por eso nos estaban matando. Le parecíamos demasiado jóvenes. —Alargó la mano—. Vamos. Haz lo que dicen. Cuando estés bien aquí, podrás pensar qué hacer a continuación.

Gabrielle se lo quedó mirando. En realidad sólo quería cerrar los ojos y que terminara todo. Quedarse dormida y no volver a despertar. El mundo era malévolo y frío y no tenía deseos de seguir existiendo en él, en este castillo oscuro y húmedo lleno de gente que la despreciaba y la odiaba.

Qué cerca había estado. Aún sentía la madera del poste contra el cuello y olía el hedor de la sangre a su alrededor. Si cerraba los ojos, veía el rostro frío y seguro del capitán de la guardia y oía de nuevo ese maldito silbido que le había negado la paz.

Abrió los ojos.

—La mujer de la que hablas, la que gobierna este sitio... ¿era la mujer del parapeto? ¿La que detuvo al hombre de la ballesta?

Toris asintió.

—Es la señora de este sitio y de todas las tierras que lo rodean.

Se oyó un fuerte estrépito desde fuera y pasos que se acercaban.

—Vamos —susurró Toris con urgencia—. No querrás que te peguen. —Le tiró del brazo y esta vez, agotada, ella dejó que la levantara y la llevara a la pila.

Los otros dos ya se habían desnudado y se estaban lavando, con expresión taciturna. Toris se quitó la camisa, exponiendo su carne medio cubierta de viejas abrasiones y cicatrices, además de la del brazo. Dejó caer la camisa al suelo y metió el cuerpo en la pila, luego se irguió y se frotó los brazos para quitarse la mugre.

Con un suspiro, Gabrielle tragó y luego se quitó la andrajosa túnica, sintiendo la fría humedad de la habitación que le atacaba la piel. Cogió agua entre las manos y empezó a lavarse, sin hacer caso de los ojos curiosos de los demás. Metió la cabeza en el agua y se frotó el pelo, luego se irguió y se encogió cuando el líquido frío le corrió por la espalda.

La puerta se abrió de golpe y la vieja regresó, evidentemente enfadada. Tras ella venía una mujer más joven de cara amargada, en cuyas manos dejó un fardo de tela mientras observaba a las cuatro figuras medio vestidas y medio lavadas.

—¿Aún no habéis terminado? Me lo tendría que haber figurado. —Sin avisar, agarró una escoba con un extremo de ramitas desgastadas y la descargó contra ellos, golpeando a la chica más cercana en la cara—. ¡Moveos, cerdos inútiles!

La chica se apartó a rastras, con la mejilla ensangrentada.

—Que se vistan y luego tráelos a los asadores. Al menos podemos usarlos para dar vueltas a los asados. —La mujer más grande empujó hacia las pilas a la más joven que había venido con ella, luego se dio la vuelta y se marchó malhumorada.

—Ya la habéis oído —les dijo ásperamente la mujer más joven—. Deprisa. —A pesar de las palabras, ésta al menos parecía menos dura—. No os conviene que Hilda se enfade. Es una zorra.

Los cuatro se miraron e hicieron un esfuerzo por acelerar, quitándose el máximo posible de suciedad de la piel con el agua fría y sin jabón. Tras ponerse los andrajos zurcidos pero secos que les habían dado, siguieron a su nueva líder por la puerta, entrando de nuevo en el caos.


Los aposentos reales estaban situados en el ala norte de la fortaleza, en lo alto de una torre que tenía sólo dos pasarelas de piedra que la conectaban con el resto del castillo. Una puerta de arco, de gruesa madera con bandas de hierro, cerraba el paso al interior, pero los guardias apostados fuera se apresuraron a abrirla y se echaron a un lado cuando se acercó la ocupante de los aposentos.

Pasó ante ellos y entró en el vestíbulo interior sin decir palabra, aguzando el oído hasta que oyó que la puerta se cerraba tras ella. Dentro reinaba el silencio, las paredes estaban adornadas con tapices y los suelos cubiertos de juncos frescos que crujían ligeramente al caminar sobre ellos.

Al final del vestíbulo, había otra puerta y se detuvo al llegar a ella, posó una mano en la madera y se quedó muy quieta, cerrando los ojos y concentrando todos sus sentidos en lo que la rodeaba.

No oyó nada salvo el crujido de las vigas de encima y el susurro del viento. Abrió la puerta y entró.

La puerta se cerró silenciosamente cuando pasó. Xena se apoyó en ella y se quedó quieta, moviendo tan sólo los ojos al examinar el interior de sus aposentos. Al cabo de un momento se convenció de que nada había sido tocado en su ausencia. Cruzó el suelo cubierto con una lujosa alfombra hasta una cómoda silla que había detrás de una mesa de hierro forjado y se sentó, alcanzando el frasco con tapón que colgaba de un tirador a un lado.

Sus ojos se fijaron con pericia en el tapón antes de quitarlo, se sirvió una copa del contenido y se reclinó en la silla para beberlo.

La estancia estaba colmada de lujosa magnificencia. Esta sala exterior era su habitación de trabajo, la sala pública donde concedía pequeñas audiencias a los ayudantes más próximos a sus intereses. A lo largo de las paredes había una elegante colección de muebles finamente tallados y el techo formaba una alta bóveda, con vigas de madera marcadas y tiznadas de humo. Incrustados en las paredes de piedra había candelabros de hierro forjado, cada uno de los cuales sujetaba una vela en buen estado a la espera de ser encendida al caer la noche.

Una puerta interior llevaba a sus habitaciones privadas. Dos contraventanas de cristales emplomados que daban a un balcón justo detrás de ella dejaban pasar la luz que se derramaba sobre sus hombros y destacaba el bordado de seda de la toga que llevaba.

Un rayo de sol fortuito se metió en su copa, creando una mancha de color rojo sangre sobre la tela que le cubría el muslo. Giró la mano ligeramente, observando cómo corría y se extendía el reflejo. Soltó una suave carcajada y vació la copa, colocándola en la mesa y doblando las manos sobre el regazo justo en el momento en que se oyó un suave golpe en la puerta.

Tomó aliento desde las entrañas antes de hablar, añadiendo una resonancia a su tono que sabía que llegaría hasta fuera.

—Adelante.

La puerta se abrió despacio, revelando la cabeza canosa de uno de sus ayudantes. Éste inclinó la cabeza con respeto y luego entró y cruzó la estancia, deteniéndose al otro lado de la mesa.

—Ama. —Tenía la voz suave y un ligero acento y unos ojos azules sorprendentemente inocentes.

—¿Sí? —Observó su cara—. ¿Qué pasa?

Él le ofreció dos rollos de pergamino.

—Las cuentas de esta estación, Majestad. Las acabamos de terminar.

Xena alargó la mano y se echó hacia delante. Cogió los pergaminos que le ofrecía y se echó hacia atrás de nuevo, colocó uno en la mesa y abrió el otro. Sus ojos leyeron rápidamente lo escrito, luego empezaron de nuevo y lo leyeron más despacio.

Su mirada se alzó para posarse en la cara del hombre. Éste tragó con los ojos parpadeantes.

—Treinta por ciento perdido a causa de los ladrones, ¿eh? —comentó Xena con engañosa suavidad.

—Eso es lo que han dicho los municipios exteriores, sí, Majestad —contestó el contable.

—¿Y tú te lo crees, Yohans?

El hombre se agitó visiblemente.

Xena se levantó y rodeó la mesa. Yohans se encogió cuando pasó por detrás de él, pero se quedó quieto. Ella se movió a su alrededor con un movimiento suave y felino que hacía crujir la seda que cubría su alta figura.

—¿Tú te crees que el treinta por ciento del tributo que me deben ha sido robado, Yohans?

Él soltó aliento.

—La verdad es que no, Majestad —susurró Yohans—. Pero eso es lo que nos han dicho.

Xena se apoyó en la mesa y bajó un poco la cabeza para mirarlo a los ojos.

—¿Tú qué crees que ha pasado en realidad?

Él miró al suelo.

Ella le puso el borde del pergamino en la barbilla y le levantó la cabeza, obligándolo a mirarla. Estaba tembloroso, con espasmos en las manos, tan claramente aterrorizado que ni siquiera podía hablar.

—Yo creo que esas ciudades han mentido.

Él movió la garganta, pero no consiguió emitir sonido alguno.

—Yo creo que tú lo sabías.

Él la miró fijamente. Se oía el castañeteo de sus dientes.

Xena lo contempló impasible. Le entregó el pergamino.

—Vuelve allí, Yohans. Diles a esas ciudades que o encuentran ese treinta por ciento robado o voy a ir yo en persona para cobrárselo en pieles. —Su voz se convirtió en un gruñido ronco—. Las suyas.

Él levantó la mano y aferró el pergamino. Al cabo de un momento, asintió.

—Sí, Majestad.

Ella lo miró mientras se marchaba, con paso espasmódico y lo más deprisa que le permitía su dignidad. Cuando la puerta se cerró tras él, Xena soltó un suspiro, rodeó la mesa y se dejó caer de nuevo en su silla. Apoyó la cabeza en el puño, alzó el frasco con la mano libre y se sirvió otra copa de vino.

En toda justicia, debería enviar una legión para arrancar el tributo de las ciudades fronterizas. Darles una oportunidad, incluso ésta tan pequeña, para desdecirse y remediar el tema era un error y Xena lo sabía. Bebió un sorbo de vino. Pero también sabía que con Bregos en la ciudad, acompañado de las tropas que le eran leales, enviar una legión de sus propios hombres a otra parte sería un error aún más grave.

Justo después de una campaña triunfal, el cabrón podía incluso decidir ir a por todas esta vez y tratar de arrebatarle el trono.

Los ojos claros de Xena se estrecharon. Su rivalidad era bien conocida para cualquiera del reino que tuviera medio cerebro, y hasta ahora Bregos se había mantenido al filo de la navaja, rindiéndole homenaje con bellas palabras al tiempo que se forjaba una base de poder gracias a su indudable capacidad militar y su carisma personal.

En realidad, debería matarlo. Xena bebió otro trago. Pero no cabía duda de que sus conquistas habían enriquecido al reino y ella misma estaba al filo de la navaja al aceptar lo que podía de él al tiempo que mantenía a raya su ambición.

Vació la copa y la dejó en la mesa, contemplando la fina capa roja que quedaba dentro del cristal transparente. Luego, con un movimiento vertiginoso, cogió la copa y la lanzó al otro lado de la estancia, estrellándola al fondo de la chimenea donde ardía un pequeño fuego. Saltaron chispas cuando el fuego purificó el cristal.

Xena se levantó, echando a un lado los papeles de su mesa de trabajo con inquieta impaciencia. Estudió el primero de ellos, luego apartó la pila y los dejó, dirigiéndose a sus aposentos privados.


El fuerte golpe hizo que Gabrielle diera un respingo, aunque le dolía tanto el cuerpo que apenas podía moverlo. Apartó los ojos de la manivela de la que estaba tirando y vio a uno de los que acababan de llegar con ella, el chico que se llamaba Alras, levantándose del suelo.

—Cabrón estúpido.

La actividad de la cocina se había ido acelerando a medida que pasaba el día y ahora estaba en lo peor. Habían empezado a llegar servidores vestidos de librea y se estaban descolgando fuentes de plata de unos ganchos que había en las paredes, para colocarlas en las mesas de trabajo despejadas.

Gabrielle soltó aliento y volvió a su trabajo. Tenía los hombros casi entumecidos por el esfuerzo. Cuando empezaba a tirar de nuevo, una mano se posó en su espalda y se detuvo, pegándose a la piedra con cautela.

—Está bien. —La alta ayudante de cocina había vuelto—. Ya basta... ve a la sala del fondo con todos los demás y come algo.

Gabrielle se vio arrastrada con el resto de los esclavos de la cocina y entró en una sala situada al fondo de la cocina que tenía bancos a lo largo de la pared y aire de haber sido muy usada. La estancia ya se estaba llenando de cuerpos, de caras tiznadas y cansadas que la rodeaban y se dirigían hacia una mesa larga y tosca situada al fondo.

Alras se colocó a su lado, intercambiando con ella una mueca de cansancio. No habían hablado mucho, pero su experiencia común al menos les daba cierta familiaridad mutua y Gabrielle descubrió que se alegraba de verlo. Había perdido contacto con los otros dos, la chica que había estado con Alras y el alto Toris: los carniceros los habían elegido y se los habían llevado hacía ya tiempo.

Llegaron a la mesa y Gabrielle se encontró con que le pasaban un plato y una jarra, vulgares pero en buen estado. Avanzó un poco y un hombre con delantal de cocinero le puso un montón de lonchas de carne y tubérculos asados en el plato, lo cubrió todo con una rodaja de pan y le señaló un barril que tenía detrás.

Dejó el plato y llenó la jarra, luego recogió el plato de madera y esperó a que Alras se reuniera con ella. Se sentaron en un banco del fondo y se colocaron los platos en las rodillas, dejando las jarras en el suelo a su lado.

Por un momento, Gabrielle se limitó a quedarse sentada, agradecida de tener la pared de piedra detrás, apoyándose en ella y dejando que se le relajara el cuerpo. La estancia se iba llenando cada vez más de trabajadores, algunos de los cuales cogían sus platos y se sentaban directamente en el suelo, pues los bancos estaban ocupados.

—No está mal —murmuró Alras, con la boca llena.

Gabrielle miró su plato. En él había una cantidad sorprendente de comida, carne cortada de los asados que se había pasado todo el día cuidando y dos clases de tubérculos. El pan era blando y recién hecho y lo tocó con cansada confusión.

Desde que habían sido capturados por los tratantes, la comida había consistido en cortezas rancias de pan negro y, si tenían suerte, agua. A pesar de su agotamiento y de la bruma del horror emocional, su cuerpo captó la diferencia y sintió que se le hacía la boca agua. Cogió un pedazo de pan y se lo metió en la boca, masticándolo.

Era ligeramente dulce y muy rico.

No se parecía en nada al de su madre. Gabrielle parpadeó y se tragó el nudo que tenía en la garganta. Volvió a apoyar la cabeza en la piedra y miró a los desconocidos que llenaban la estancia, desoladoramente consciente de lo sola que estaba.

Al menos, en el viaje hasta aquí había tenido a Lila. Cerró los ojos y apretó la mandíbula para contener un gemido. Había ocurrido todo tan deprisa que ni siquiera le había dado tiempo de despedirse de su hermana y en su mente, volvió a ver la expresión de sobresalto de Lila cuando la flecha...

No. Gabrielle se obligó a dejar de pensarlo. Por duro que fuera, sabía que no podía sumirse ahora mismo en el horror de todo aquello. Abrió los ojos y sorbió, pasándose la manga manchada de la túnica por la cara antes de erguirse y volver a centrar su atención en lo que la rodeaba.

Algunas miradas se encontraron con la suya y se sorprendió al ver una tímida curiosidad mezclada con indiferencia y cautela en los ojos que la miraban.

A lo mejor Toris estaba en lo cierto, reflexionó, bajando la mirada y cogiendo una loncha de carne, colocándola sobre un trozo de pan y dándole un mordisco. A lo mejor éste no era el peor sitio donde podría haber terminado, teniendo todo en cuenta.

Tomando aliento temblorosamente, dejó de pensar en su familia por ahora y se concentró en sobrevivir, llenándose el estómago con la abundante comida y sabiendo que tendría tiempo suficiente, largas y solitarias horas en la oscuridad, para llorar.


Xena se detuvo en las sombras de la entrada. Sus ojos recorrieron la gran estancia, donde las velas se agitaban en decenas de candelabros y llenaban el espacio de una luz cálida. Se oía el leve eco del zumbido grave de las conversaciones, pues las mesas de dentro estaban llenas de los nobles de mayor alcurnia que constituían su corte.

En una tarima estaba la mesa principal. Detrás, colocada en el centro mismo, estaba su vistosa silla, bañada en oro y forrada con cómodos almohadones. A cada lado, llegando hasta el final de la mesa, estaban los asientos de honor. Xena tenía por costumbre seleccionar a los que favorecía para que se sentaran allí y la competencia para obtener tal honor era feroz.

Esta noche les había tocado a dos de sus duques, junto con sus esposas. Estaban de pie allí cerca, cuidándose mucho de no acercarse a la tarima sin que ella estuviera presente, pero lo bastante cerca como para indicar a todos que habían sido favorecidos. También allí cerca estaba Jellaus, el músico de la corte, con el arpa metida debajo del brazo.

Había dejado dos asientos vacíos, adelantándose a la entrada cuidadosamente orquestada de su general al regresar. Sabía que Bregos no aparecería hasta que lo hubiera hecho ella, hasta que estuvieran todos sentados y él pudiera entrar con toda la pompa y solemnidad posibles.

Xena suspiró, deseando que la velada ya hubiera acabado, pues la pose amablemente antagonista de Bregos la desquiciaba. Se colocó bien la toga de seda que envolvía su alta figura y avanzó, carraspeando levemente para advertir de su presencia a los guardias de la puerta.

Se pusieron rígidos, mirándola un instante y luego de nuevo al frente. El guardia de la izquierda rodeó con la mano una vara forrada de fieltro y se enderezó, consciente de la importancia de su papel. Alzó el brazo trazando un arco grandioso y ceremonial y golpeó un gong de bronce que había al otro lado de la puerta.

Las voces se callaron.

—Su Majestad, defensora del reino, conquistadora de las tierras lejanas, Xena la Despiadada —vociferó el guardia de la derecha.

Los guardias de la sala se cuadraron. Los nobles inclinaron la cabeza y las mujeres exquisitamente vestidas realizaron reverencias perfectas.

Xena paseó la mirada por encima de todos ellos, haciéndose con el control del momento antes de pasar junto a los guardias y entrar en la sala, caminando a un paso potente y lento en dirección a la mesa elevada.

Al pasar junto a Jellaus, éste cayó de rodillas, agachando la cabeza como homenaje al tiempo que sus dedos acariciaban las cuerdas de su arpa, emitiendo un acorde de música suave. Xena alzó una mano y le tocó la cabeza, revolviéndole un poco el espeso pelo rojizo al pasar y subir los tres escalones hasta la tarima.

Se detuvo ante su asiento, apoyando los dedos en la mesa cubierta con damasco.

—Podéis alzaros. —Esperó a que lo hicieran, captando las miradas intensas y vigilantes que ahora se dirigían a ella—. Esta noche veremos el regreso de nuestro largo tiempo... ausente... general Bregos. —Bajó el tono ligeramente—. Todos os uniréis a mí para darle la bienvenida.

La respuesta fue un grave murmullo de asentimiento. Xena inclinó la cabeza y luego tomó asiento, colocando las manos con precisión sobre los florones dorados de su silla ornamentada y dejando que su falda de seda se acomodara alrededor de sus rodillas. Asintió graciosamente cuando sus duques se acercaron y aceptó sus lugares comunes con una levísima sonrisa.


—Descansad un poco —les dijo el hombre canoso—. Mañana va a haber mucho trabajo.

Gabrielle fue con los demás, siguiendo a la masa de esclavos por un pasillo lleno de corrientes de aire. Al final había una gran puerta que enmarcaba un tramo de escaleras anchas y desgastadas.

Bajaron en fila y en silencio. Al llegar al final de las escaleras y contemplar una gran sala, una mano la agarró del brazo.

—¡Oh! —exclamó Gabrielle—. Toris.

—Shh. Ven. —El chico de pelo castaño la llevó a un lado—. Por aquí.

Gabrielle miró a su alrededor, pero se dio cuenta de que allí no había nadie a quien conociera mejor que a Toris.

—¿Dónde vamos?

Toris dobló una esquina, pasó ante un montón de bañeras apiladas y entró en una zona polvorienta y sin usar de la sala. Gabrielle se relajó cuando vio que los otros dos con los que habían llegado ya estaban allí, sentados contra la pared.

—Hola.

—Hola —murmuró Alras—. Esto está bastante sucio, pero todos los demás sitios ya están ocupados.

—Creo que me da igual. —Gabrielle miró a su alrededor. El suelo estaba cubierto de paja y los únicos muebles sobre los que sentarse eran unos camastros hechos a base de ramas atadas.

—He conseguido esto. —Toris sacó un fardo de tela y les dio a cada uno un saco doblado repleto de zurcidos—. No es mucho.

Gabrielle cogió el saco que le ofrecía y se sentó en uno de los camastros.

—Gracias. Es mejor que nada.

El chico de pelo castaño se sentó frente a ella y todos se quedaron callados un rato, mirándose. Estaban cubiertos de mugre y, en el caso de Toris, de sangre. Gabrielle se sentía diez estaciones más vieja y se imaginaba el aspecto que debía de tener, a juzgar por el estado de sus manos.

Estaba cansada. No sólo cansada de cuerpo, sino también de alma.

A su alrededor, oía a los demás siervos que se movían, preparándose para descansar, lavándose... ah. Gabrielle respiró hondo. Oía el ruido del agua al correr en alguna parte.

—Creo que quiero lavarme —dijo.

Toris hizo una mueca.

—Ya, pues... tienen una jerarquía para eso. Nosotros somos nuevos. Somos los últimos. —Dobló una mano, haciendo un gesto de dolor—. Lo he descubierto por las malas.

Gabrielle suspiró.

—Al menos nos han dado de comer. —Sabía que tenía que encontrar algo que hacer hasta que les tocara el turno de lavarse. La idea de dormir con toda la mugre que tenía encima le estaba dando picores, a pesar de todo lo que le había ocurrido—. ¿Qué tal si intentamos ponernos un poco más cómodos?

Nadie tenía muchas ganas de hacerlo, ella menos que nadie. Pero se movilizaron y se levantaron para registrar el pequeño espacio lleno de corrientes de aire con la mirada.

—Supongo que podemos empezar con algo de paja —dijo Gabrielle—. Parece que tienen mucha.

Toris se unió a ella y se pusieron a recoger montones de paja, trabajando juntos en silencio.


El encargado del vino le rellenó la copa e inclinó la cabeza haciendo una reverencia. Xena lo saludó con una leve sonrisa y luego volvió a prestar atención al duque sentado a su derecha.

—Majestad, claro que apoyamos absolutamente tu postura —le aseguró el duque Lastay—. Tú sabes que mis opiniones sobre la expansión hacia el sur han sido siempre muy entusiastas.

—Por supuesto. —Xena se apoyó en el brazo de su silla—. Dado que tú eres quien más puede ganar gracias a ello. —Añadió una breve sonrisa, desafiándolo a negarlo. No lo hizo. Pero daba igual. Xena comprendía el ansia de tierras que ardía en las entrañas de aquel hombre y no lo culpaba por ello—. Si ocupamos y nos quedamos con todo lo que hay hasta los acantilados, vas a ser un hombre muy atareado.

Lastay se acercó más a ella apoyándose en el brazo de su silla y le devolvió la sonrisa.

—Bienvenida sea la tarea, mi reina. A mí me encanta.

Xena estaba a punto de contestar cuando oyó un crujido y levantó la mirada para ver cómo se abrían de par en par las grandes puertas de entrada.

—Ah. —Se enderezó, irguiéndose en su asiento y recolocándose los pliegues de seda de la toga—. Justo a tiempo.

Uno de los guardias golpeó el suelo tres veces con el extremo de la lanza y el ruido llamó la atención de la sala. Xena colocó las manos con precisión sobre los brazos de la silla e inclinó la cabeza, observando la puerta abierta.

—Con la venia de Su Majestad —voceó el guardia—. Su excelencia, el general de los ejércitos Bregos el Magnífico desea pasar.

Xena jugó con la idea de decir que no. Luego controló sus instintos y asintió una sola vez con la cabeza. Como si vieran la señal, entraron dos columnas de guardias militares, formando un pasillo hasta su tarima. Una vez colocados, se oyeron unas fuertes pisadas de botas que se acercaban. Xena mantuvo la expresión neutra cuando la puerta se llenó con un hombre inmenso, bastante por encima del metro ochenta de estatura y con un peso que era el doble del de un hombre normal.

Llevaba una armadura de bronce pulido y una espada sujeta a la espalda con una empuñadura de bronce intrincadamente envuelta en cuero. A pesar de su tamaño, se movía con suma elegancia y una fuerza ágil que demostraba que los adornos eran funcionales, no sólo bonitos.

Xena esperó a que se dirigiera hacia ella, sintiendo una mezcla de lástima y admiración por éste que era el mejor de sus guerreros. Bregos era inteligente, lleno de talento, un hábil jefe en la guerra y un despiadado conquistador de tierras en su nombre y, en general, muy guapo. Sólo tenía una cosa importante en su contra.

Quería su corona. Xena contempló el rostro bello y anguloso que se iba acercando. Sabía que él la estaba mirando con ojos relucientes tras el casco de guerra que llevaba sobre el pelo negro como el azabache. Suspiró de forma inaudible. Vale, dos cosas. También la quería a ella.

—Mi reina. —Bregos se detuvo ante la tarima y cayó sobre una rodilla, tocándose el pecho como saludo aparentemente humilde—. Llevo muchas lunas anhelando este momento.

Los ojos de Xena recorrieron a los presentes, juzgándolos con penetrante intensidad. Dejó que Bregos siguiera de rodillas varios segundos y luego se levantó despacio, rodeó su silla y bajó los cortos escalones de piedra. Se detuvo al final.

—Mi fiel Bregos. Cómo me alegro de verte. —Le tocó el casco con la punta de los dedos—. Háblame de tus conquistas.

Él alzó la cabeza y dejó que sus ojos recorrieran su cuerpo despacio hasta encontrarse con los de ella. Eran oscuros, de un negro casi líquido, llenos de misterio y difíciles de leer.

—Te traigo grandes noticias, ama. En todas las tierras que hay entre donde estamos y el río, ondea tu bandera.

Se alzó un murmullo y hasta Xena enarcó ligeramente las cejas.

—Tu ambición me emociona, Bregos —dijo despacio, ofreciéndole la mano—. Ven. Siéntate a mi lado y cuéntame todos los detalles escabrosos.

Él cogió su mano con la suya, más grande, y la levantó, rozándola con los labios antes de ponerse en pie. Su cuerpo musculoso superaba en estatura con creces a algunos de los guardias y a la mayoría de los nobles, pero la reluciente cabeza morena de Xena estaba casi al mismo nivel que la suya y a pesar de su mayor masa corporal, no conseguía eclipsarla. Ella le dio la espalda y regresó a la tarima, llevándolo hasta el asiento que estaba junto al suyo.

Él se quedó firme hasta que ella tomó asiento y luego se sentó a su lado.

—Descansad —les dijo a sus hombres con un gesto. Se cuadraron y luego se dieron la vuelta y se retiraron, marchando ante la guardia del castillo con arrogante desprecio.

Xena cogió su copa y le dio vueltas mientras el encargado del vino llenaba la copa de Bregos. Éste alzó la suya a su vez y se la presentó. Ella hizo chocar su copa con la de él y los dos bebieron un sorbo. Bregos había estado de campaña seis largas lunas y ella percibía la tensión que lo rodeaba, olía el aroma almizclado del poder mientras la miraba por encima del borde sobre el que se curvaban sus labios. Seis lunas siendo su propio amo y señor, al mando de sus tropas. Sin responder ante nadie y alabando su nombre sólo de dientes para afuera como autoridad para lo que hacía. Notaba el peligro que había en ello, sabiendo que su triunfal éxito en el campo de batalla no hacía sino aumentar el apoyo que tenía en la capital.

El resto de la mesa escuchaba atentamente, fingiendo que no lo hacía.

—Bueno. —Xena mantuvo una actitud relajada—. Háblame de mis nuevas tierras.

—Así lo haré, ama —dijo Bregos suavemente con voz profunda—. Luego, tal vez, tú me contarás qué me he perdido aquí en casa y qué nuevas tienes tú. —Le sonrió—. No has estado lejos de mis pensamientos, a lo largo de todas mis victorias —dijo—. Te ofreceré mis triunfos y luego, tal vez, tú me honrarás ofreciéndome el honor de ser tu campeón.

Xena enarcó una ceja ligeramente, acercándola hacia la línea del nacimiento del pelo.

—Como mi general supremo, ¿no es eso algo que la mayoría daría por supuesto?

—Del reino sin duda, ama —murmuró él—. Del reino.

Xena se reclinó y rodeó su copa con las manos.

—¿Acaso no soy yo el reino?

Él la miró en silencio, con una leve sonrisa enigmática.

—Con un ejército tan victorioso, no tengo necesidad de contar con un campeón personal —afirmó Xena, bebiendo un sorbo de su copa—. A menos que me estés advirtiendo de alguna amenaza, ¿eh, Bregos?

El gran general alzó una mano, devolviendo las sonrisas al duque y su esposa que estaban al otro lado del trono.

—Jamás, ama —le aseguró—. Pero...

Siempre un pero. Xena lo miró con irónico escepticismo.

—Ahora es un gran territorio, Majestad —le recordó Bregos. Abrió la mano y la posó, boca arriba, en el brazo de la silla de ella—. ¿No sería ventajoso para ti contar con una mano derecha fuerte para ayudarte a controlarlo?

Xena era consciente de la atención disimulada que se centraba sobre ellos. Al pueblo le gustaba Bregos. Los nobles le daban su aprobación: era de su clase y se sentían cómodos con él. Mucho más cómodos que con ella, en realidad. Era popular con sus hombres y, en el ámbito personal, era guapo, limpio y bailaba estupendamente. Muchos de los presentes esperaban que lo convirtiera en su consorte y ella lo sabía.

Bregos lo sabía.

Reconocía que había posibilidades mucho peores a la hora de compartir su trono o su cama. El único problema era que Xena no tenía la menor intención de admitir a nadie en su vida.

Jamás.


Por fin le tocó a ella. Gabrielle entró cansinamente en los baños, cuyo suelo de piedra estaba empapado de barro y agua. Había dejado que los otros tres fueran primero, pues quería el momento de paz que le proporcionaría estar a solas. Se volvió hacia el pilón, cuyos lados de madera estaban alisados por el contacto con innumerables manos.

—Vale.

Abrió la tubería del agua y observó mientras el chorro de líquido oscuro y frío llenaba el pilón. En el baño hacía frío y reinaba el silencio. Una sola antorcha se agitaba contra la pared, llenando el aire de olor a madera quemada y brea.

Volvió a poner el tapón y se apoyó en el borde del pilón, viendo un reflejo distorsionado de sí misma en la superficie justo en el momento de meter las manos en el agua. El frío le estremeció la piel, pero cogió el pedacito de jabón que se había encontrado en el suelo y se frotó los brazos, luego consiguió un poco de espuma y la recogió, con unos puñados de agua, para lavarse la cara.

Olía a latón y a tierra. Gabrielle se aclaró la cara, parpadeando para quitarse el escozor de los ojos. Se estremecía por el frío húmedo, pero la sensación de estar limpia era abrumadora y se armó de valor para quitarse los andrajos que llevaba y echarse por encima del borde del pilón, aterrizando de rodillas. El agua subió hasta rodearle el tronco, con una oleada estremecedora de frío, pero aguantó. El jabón le duró lo suficiente para lavarse entera y metió la cabeza debajo del agua para aclarársela antes de salir de un salto del pilón y quedarse de pie desnuda en el suelo con los dientes castañeantes.

El trozo de tela que Toris le había dado era suficiente para cubrirle el cuerpo. Se lo enrolló alrededor y cogió los andrajos para lavarlos lo mejor que pudo y escurrirlos hasta secarlos. Después de sacar toda el agua que pudo, dudó, mirando el pilón y preguntándose cómo sacar el resto del agua. Sus ojos siguieron dos surcos bien marcados en el suelo y se dio cuenta de que tendría que arrastrar el pilón hasta la puerta y vaciarlo fuera.

—Dioses —susurró Gabrielle, preguntándose de dónde iba a sacar fuerzas para hacerlo. Apoyó los antebrazos en el pilón y agachó la cabeza. Por un momento, dejó que los temblores la inundaran y el frío aumentó el dolor de su cuerpo tras aquel día largo y odioso. Cerró los ojos y sintió el calor de las lágrimas al resbalarle por la cara, cayendo heladas al agua.

—Papá. —Su aliento agitó el líquido turbio—. ¿Me despiertas, por favor? —rogó en voz baja—. Dime que sólo es... un mal sueño. Quiero despertarme y oler el té de mamá y oír a las ovejas fuera y escuchar a Li... —Tuvo que callarse, con el pecho sacudido por los sollozos silenciosos. Despacio, cayó de rodillas, luego se volvió y se sentó en el suelo, rodeándose a sí misma con los brazos y rindiéndose por fin al horror.


Ya era tarde cuando acabó la cena. Xena se levantó y esperó a que todo el mundo se apresurara a levantarse e inclinarse y luego saludó a todos con una elegante inclinación de cabeza.

—Nuestro ejército nos ha traído nuevas y ricas tierras —dijo—. Mañana, las reivindicaremos y recompensaremos a los que nos han sido leales.

Se elevó un grave murmullo de aprobación. Casi se podía oler la codicia en el aire.

—¿Tal vez, mi reina, el buen general también recibirá una recompensa que anhela? —preguntó la esposa del duque como se llamara, con tono suave y gentil.

Se alzó otro murmullo y Xena mantuvo una sonrisa cuidadosamente distante en su rostro al oír los susurros.

—Lo que el general reciba como recompensa es algo que queda entre el general y yo.

—Ama, no necesito recompensa alguna salvo tu favor —dijo Bregos, inclinando la cabeza con estudiado gesto cortesano—. Soy tu hombre.

Vaya. Casi tan estupendo como encontrar ratones en el dormitorio. Xena, sin embargo, le sonrió levemente, consciente de las miradas.

—Mi fiel amigo —murmuró—. ¿Qué más podría pedir que una mano derecha fuerte como la tuya?

Bregos sonrió ante el cumplido.

—¿Me permites el honor de acompañarte hasta tus aposentos, mi reina? Ya veo que das por concluida satisfactoriamente la fiesta de esta noche, ¿no es así?

La verdad era que no tenía una manera cortés de negarse. De todas formas, Xena estuvo a punto de hacerlo, pero había aprendido, a lo largo de los años desde que ocupara el trono, a escoger sabiamente sus batallas. Sabía que rechazar a Bregos, en este momento de triunfo evidente, podría poner en duda su favor hacia él, pero también podría poner en peligro el apoyo de los duques a quienes Bregos había enriquecido enormemente gracias a sus conquistas.

Xena sintió que la tensión del largo día se posaba sobre ella. Dirigió a Bregos un breve gesto de asentimiento, se dio la vuelta y bajó los escalones. Bregos se unió a ella y atravesaron la sala el uno al lado del otro, mientras los asistentes se inclinaban ante ellos.

Los dos guardias de la puerta se cuadraron y la miraron cuando pasó a su lado y ella les hizo una pequeña señal con la mano. Se relajaron y siguieron en su puesto, mirando de nuevo al frente para observar la sala mientras se vaciaba.

—Esas cuevas de hierro que has encontrado parecen lucrativas —comentó Xena, mientras sus pisadas hacían crujir ligeramente los juncos—. Seguro que nuestros herreros harán buen uso del material.

—Sí —asintió Bregos con seriedad—. Nuevas armas, para empezar. He reclutado media legión de buenos hombres ansiosos de empuñar la espada. —La miró de reojo—. ¿Cómo has estado tú, mi reina? ¿Van bien las cosas aquí?

—Tan bien como siempre —contestó Xena—. La cosecha ha sido buena y sólo ha habido algunos rumores de ataques procedentes del norte.

—Yo he oído hablar de una nueva amenaza —dijo el general—. Piratas, hombres salvajes que han estado atacando las ciudades río abajo. Me temo que nosotros podríamos ser su siguiente objetivo.

Xena también lo había oído.

—Su último objetivo —afirmó suavemente—. Si es que son tan estúpidos que lo intentan.

Doblaron la esquina y empezaron a subir las escaleras. Bregos se mordió la lengua hasta que llegaron al rellano superior y entonces carraspeó.

—Bien podrían serlo... ama. —Bajó la voz—. A ojos externos, ¿no serían nuestras tierras un premio magnífico? Son ricas y fértiles... y gobernadas por la mano de una mujer sola.

Xena se detuvo ante las puertas que daban a su vestíbulo exterior y se volvió. Lo miró con frialdad mientras la luz de las antorchas producía destellos en sus ojos claros.

—Ellos no te conocen, ama, como te conocemos nosotros. —Bregos frunció los labios—. Es un riesgo.

Xena dejó caer los ojos a un lado, luego alzó la cabeza y le clavó una mirada feroz.

—Correré ese riesgo.

—Ama...

—Buenas noches, Bregos. —Xena se volvió y soltó el cerrojo de la puerta, la abrió y pasó. Cerró la puerta tras ella, cortando sus protestas. Sabía que esto tendría consecuencias, pero su paciencia estaba casi agotada y en estos momentos, le daba igual.

Avanzó y entró en su dormitorio, quitándose los zapatos a patadas mientras se acercaba a la ventana. Las contraventanas estaban abiertas y se apoyó en ellas, dejando que la acariciara el aire fresco de la noche. Estaba saliendo la luna y observó las sombras que se alargaban cuando su luz se derramó por los muros de piedra, tocándola mientras estaba allí de pie y en silencio.

Al cabo de un momento pensativo, se volvió y alzó las manos para soltarse los cierres de la toga, se despojó de la prenda y la dejó en una mullida butaca. Desnuda, se acercó a su baúl y lo abrió. Con impaciencia, echó a un lado las bellas prendas de seda y sacó un fardo de tela oscura más basta que se echó despreocupadamente al hombro.

Sus oídos se aguzaron al oír que alguien se acercaba, pero se relajó de nuevo al identificar las suaves pisadas de Iridia, su sierva personal casi centenaria. Ni siquiera levantó los ojos cuando se abrió la puerta.

—¿Ama? —dijo Iridia con voz temblona—. ¿Vas a necesitar algo?

Xena se volvió al tiempo que sacudía la prenda que había sacado del baúl y se la ponía, atándose los cordones por la parte de delante.

—Nada —le dijo a la mujer—. Vete a la cama, Iridia. —Su mano rodeó una gruesa tira de cuero y la levantó al encaminarse hacia una pequeña puerta disimulada situada al fondo de sus aposentos.

—¡Pero, ama, ya pasa de la medianoche! —protestó la anciana—. ¡Necesitas descansar!

Xena se detuvo con una mano en el marco de la puerta y se volvió para mirarla.

—Vete a la cama, Iridia —repitió—. No tengo madre desde los seis años. No necesito una ahora.

Escarmentada, la mujer bajó la mirada.

—Perdón, ama.

Xena siguió su camino, sin hacer el menor ruido con sus pies descalzos.


Gabrielle se quedó por fin sin lágrimas. Estuvo sentada un rato en el suelo, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en los antebrazos. Le dolía muchísimo la cabeza y tenía el pecho irritado. Pero era consciente de que a su alrededor los ruidos del castillo se iban apagando y sabía que tendría que levantarse y regresar con los demás antes de que alguien la encontrara aquí.

Alzó la cabeza y tomó aliento con cansancio. La antorcha se había ido consumiendo, pero sus ojos se habían adaptado y sacó fuerzas para ponerse en pie y enfrentarse al pilón.

Tenía unas asas en los extremos. Gabrielle dobló las manos y las rodeó con los dedos, sintiendo el hierro que se le clavaba en las palmas. Echó el peso hacia atrás y tiró.

No ocurrió nada. Tiró con más fuerza, empujando contra el suelo con los muslos. La madera del pilón crujió ligeramente, pero por lo demás no se movió en absoluto. Hizo una pausa para descansar, contemplando el pilón con irritación.

Tal vez hubiera otra forma. Gabrielle se volvió y miró a su alrededor, buscando un cubo. Vio uno en un rincón y fue cansinamente hasta allí, lo cogió y regresó al pilón. Llenó el cubo y se dirigió a la puerta, que abrió con el hombro. Le dio una ráfaga de aire, cargada del olor a sangre seca y descomposición, y se dio cuenta de dónde daba la puerta.

El matadero. Gabrielle sintió que sus manos aferraban el cubo y que las recorría un estremecimiento. El patio estaba oscuro, afortunadamente, y se armó de valor para salir y tirar el agua en la tierra.

Cayó con un golpe húmedo. Gabrielle se detuvo y escuchó el eco del lugar, los suaves susurros del viento al pasar por su vacía extensión con un sonido casi como de voces.

¿Sería una de ellas la de Lila?

Con decisión, se volvió y regresó dentro, para repetir el proceso.


La habitación era cuadrada. El suelo era de losas de piedra, sin esteras ni hierba que suavizaran su dureza. A lo largo de la pared se agitaban antorchas en unos candelabros, lanzando sombras huidizas por todas partes.

En el centro de la habitación había una figura totalmente erguida, con las manos alrededor de la empuñadura de una espada. Al cabo de un momento de inmovilidad, la figura se puso en movimiento, trazando con la espada arcos lentos y suaves que seguían una secuencia rítmica.

Los medios círculos se convirtieron en círculos completos y luego estos se convirtieron en ochos serpenteantes. Las manos que sujetaban la espada estaban conectadas a unas fuertes muñecas en las que se marcaban los tendones por el esfuerzo.

La figura avanzó, a pasos cortos, girando en círculo al tiempo que el movimiento de la espada susurraba en el aire. Las estocadas se extendieron hacia fuera, pasando de la parte frontal del alto cuerpo a los lados. Con los músculos tensos, el rostro que estaba detrás del torbellino de la hoja se contrajo en una mueca de concentración.

El acero cortaba el aire con un grito audible.

Las estocadas se hicieron más lentas y luego se detuvieron un instante. Luego la poderosa figura volvió a ponerse en movimiento, lanzándose a un ataque contra un adversario que existía únicamente en su imaginación. La espada soltaba latigazos y cantaba, parando y atacando con una habilidad exquisita.

Con los brazos extendidos y fijos, las piernas abiertas para equilibrarse, la hoja giró en círculo y luego bajó y cortó salvajemente el espacio iluminado por el fuego. El ritmo se aceleró de nuevo y entonces la figura echó a correr, manejando la espada con una sola mano a la carrera.

Vueltas y vueltas alrededor de la habitación. La espada volaba de una mano a otra, la carrera alternaba con brincos que se convertían en volteretas completas que finalizaban en saltos.

Un minuto tras otro, sin pausa y sin aflojar el ritmo. La guerrera repasaba los movimientos y las habilidades y por fin de sus labios chorreantes de sudor escaparon leves gruñidos de esfuerzo. Una acometida final, atravesando la habitación con estocadas largas y potentes que terminaron cerca de la ventana con un último estallido de acero.

Círculos, cada vez más estrechos, cada vez más rápidos.

Luego la figura cayó de rodillas, bajando la espada hasta chocar con la piedra. Una chispa salió despedida de la punta al tiempo que un grito fiero resonaba por toda la estancia.

En el silencio que siguió, las antorchas se agitaban sonoramente, apagando la respiración ligeramente trabajosa.

Xena cerró los ojos y apoyó la frente en la espada. Le vibraba todo el cuerpo, temblando al límite entre el agotamiento y la euforia. Sus manos seguían aferradas a una empuñadura tan caliente que notaba el calor en la cara.

Entró una brisa fresca, levantándole el pelo sudoroso de la frente. Tomó una profunda bocanada de aire, gozando en silencio de la única paz que había conocido su alma en toda su vida, agotada por la única libertad que se permitía desde hacía mucho tiempo.

Parpadeó y levantó la vista, apoyando la mejilla en la espada. Captaba el olor del bronce y del cuero que envolvía la empuñadura y el aroma terroso de la piedra bajo las rodillas.

Su secreto. Xena no pudo evitar sonreír, un poquito. Bajo sus caras togas de seda y su pelo cuidadosamente arreglado, bajo la fachada de frágil realeza, se ocultaba el cuerpo de una guerrera, en perfecta forma por las horas que pasaba a solas en esta misma habitación.

¿Campeón personal? Se le escapó una carcajada suave e irónica. Ella no necesitaba guardaespaldas, no confiaba en ningún soldado abierto al soborno para mantenerse intacta.

Los hombres que le eran leales lo sabían. En su época de señora de la guerra había cabalgado con ellos y había demostrado con incontables cuerpos su habilidad en el mortífero arte de la guerra.

Pero eso era el pasado. Había transcurrido tiempo suficiente para que la gente a la que gobernaba se hubiera olvidado de sus orígenes o no creyera las historias. Para ellos, era su reina, su señora: una figura distante en las alturas que mantenía el poder con inflexible puño de hierro.

Podría haber vivido ese papel. Podría haber aceptado guardias que la mantuvieran a salvo y haber dejado que su habilidad se fuera diluyendo con el tiempo y la vida muelle. Las cocinas conocían muy bien sus gustos y no había nadie que pudiera decirle que no si hubiera querido atiborrarse.

Había elegido otra cosa. Había mantenido la disciplina que había aprendido cuando apenas acababa de salir de la infancia y ahora aprovechaba estas sesiones nocturnas para hacer frente a la tensión y el aislamiento del puesto que se había arrogado.

La habitación en la que estaba tenía una sola puerta, que llevaba a sus aposentos. En otro tiempo, para otro gobernante, la estancia había sido un harén. Ella la había convertido en un espacio desnudo y absolutamente funcional para liberar la energía y la frustración de su vida diaria, a escondidas de ojos curiosos.

Volvió a llenarse de energía y levantó la cabeza, irguiendo el cuerpo y sentándose sobre los talones. Al cabo de un momento, se levantó y fue a la ventana, se sentó en la fría piedra y paseó la mirada por los patios amurallados de piedra de debajo.

Era tarde y el silencio reinaba en la oscuridad. Entonces un destello de luz le llamó la atención y se echó hacia delante, observando cuando la puerta de las cocinas se abrió y salió una pequeña figura. Llevaba un cubo y, mientras ella estaba sentada en su atalaya, la figura vació el cubo y se volvió, apoyándose un momento en la puerta.

Había cansancio en esa postura. Xena observó a la figura con cierta curiosidad, preguntándose por qué había un esclavo trabajando a estas horas. Sin duda, ya se tenían que haber retirado. Se puso un brazo en la rodilla doblada y apoyó la barbilla en él, cuando la figura se irguió y desapareció.

La paz volvió a reinar en el patio. Xena se quedó donde estaba, dejando que se le enfriara el cuerpo y que la brisa secara el sudor que la cubría. Pero otro ruido le llamó la atención y volvió a mirar hacia la puerta, que se abrió de nuevo. La escasa luz del interior se derramó hacia fuera, recortando el cuerpo del esclavo, que esta vez le daba la espalda.

Xena observó cómo la figura salía al patio andando hacia atrás, a todas luces haciendo un esfuerzo físico. El cuerpo tiró con fuerza y apareció el borde del pilón. Con un último tirón, el pilón salió del todo y el esclavo se volvió hacia él con una rabia repentina y visible y lo volcó.

Oyó el leve chapoteo del agua al vaciarse. Ladeó la cabeza y sus ojos siguieron a la pequeña figura de la esclava cuando la mujer —el contorno demostraba claramente que se trataba de una mujer— se apartó del pilón y se dirigió al poste clavado en medio del patio.

Alargó la mano y tocó la madera llena de marcas. Xena no le veía la cara desde donde estaba, pero la rabia tensa y la angustia eran evidentes, y se preguntó quién sería la esclava.

La esclava se acercó más y se apoyó en el poste. Se quedó quieta un momento y luego se echó hacia atrás y, con una violencia sorprendente, descargó el cubo que llevaba en la mano derecha contra la madera con un golpe sólido y resonante.

Xena se sobresaltó un poco por la sorpresa. Su mano aferró la empuñadura de la espada, aunque a esta distancia era evidente que no corría peligro. Observó fascinada mientras la esclava golpeaba una y otra vez con el cubo, hasta que por fin salió volando un trocito del poste.

La esclava se tambaleó ligeramente. Soltó el cubo y recogió el trozo de madera, estudiándolo a la escasa luz procedente de la puerta de la cocina. Cerró la mano a su alrededor y luego se apartó, recogió el cubo ahora abollado y lo tiró dentro del pilón.

¿Y ahora, se preguntó Xena, qué pretendía hacer la mujer? La esclava abrió más la puerta, empujándola del todo, y luego se volvió y se puso a tirar del pilón para volver a meterlo dentro. Por un momento, su cara quedó iluminada por la luz de las antorchas. Xena frunció los labios pensativa cuando el joven perfil le trajo un recuerdo de un momento anterior del día.

Una de las nuevas.

Los andrajos que cubrían a la esclava no tapaban gran cosa. Xena vio la promesa de fuerza en ese cuerpo que acababa de pasar la adolescencia, pero también... Siguió mirando. En su rostro se dibujó una leve sonrisa irónica y apartó la mirada.

Cuando volvió a mirar, la esclava ya había metido el pilón. Fue a la puerta y miró un momento por el patio, luego soltó un suspiro, con los hombros hundidos, y cerró la puerta.

La oscuridad regresó al patio.

Xena siguió en la ventana, mirando pensativa la puerta cerrada. Sacar ese maldito pilón a rastras era, en el mejor de los casos, trabajo para dos personas. ¿Por qué no había pedido ayuda la esclava? ¿Por qué hacerlo sola y por qué ese extraño ataque al poste? ¿Por qué se había llevado ese trozo de madera? ¿Para tener un arma?

Con un suave gruñido, Xena se levantó y envainó la espada, dejando que su mente diera vueltas al enigma mientras envolvía la vaina con las tiras de cuero y salía de la sala de entrenamiento.

Interesante, pensó, contenta de tener algo, por trivial que fuera, que la distrajera de Bregos y sus maquinaciones. Muy interesante.


—Gabrielle.

Hubo un momento de total incomprensión. Notó la dura estructura de ramas clavada en la mejilla y se preguntó dónde estaba.

—¡Gabrielle! —Las sacudidas en el brazo se hicieron insistentes.

Abrió los ojos y levantó la mirada, para encontrarse a Toris acuclillado a su lado y la estancia detrás de él aún en penumbra y silenciosa.

—¿Eh? —Los recuerdos volvieron de golpe, el conocimiento se le asentó en el estómago como una comida indigesta—. Oh.

—Shh. —Toris se sentó con las piernas cruzadas a su lado—. He oído a los cocineros que empezaban a levantarse. Casi está amaneciendo.

Gabrielle se levantó de donde se había desplomado la noche antes para sumirse en un sueño tan profundo que no creía que se hubiera movido ni un centímetro desde entonces.

—Bah. —Se frotó la cara con una mano, tratando de despejarse—. ¿Por qué te has levantado?

—Es que no podía dormir —reconoció él.

—Ah. —Gabrielle se incorporó despacio, mientras todos los músculos de su cuerpo protestaban—. Oh, dioses. —Hizo una mueca de dolor al cruzar las piernas. Pasarse la mitad de la noche medio acuclillada debajo del asador le había causado agujetas en la espalda y los muslos que ahora se lo recordaban a la fuerza.

—Dolorida, ¿eh? —Toris le mostró las manos, que estaban enrojecidas y llenas de ampollas—. Yo también.

Gabrielle se enderezó, notando la desagradable sensación de la columna vertebral al crujir.

—Sí —susurró. Alzó la mirada, observando su oscuro entorno, y se tragó un nudo que se le formó en la garganta—. Sabes, tiene gracia. —Consiguió levantarse—. Siempre había soñado con marcharme de casa y ver lugares distintos.

Toris carraspeó levemente.

—Ahora lo único que quiero es volver allí. —Gabrielle apoyó la cabeza en la mano—. Y nunca podré volver a casa, porque ya no existe. —Se calló, mordiéndose el labio por dentro—. Ya no existe.

Toris le dio unas palmaditas torpes en el hombro.

—Lo sé —dijo—. Es duro.

Duro. Gabrielle se sentía como si estuviera colgada sobre un abismo de desesperanza.

—Odio este lugar —murmuró—. Odio a este gente. Odio cómo te lo quitan todo y les importa un bledo.

Su acompañante se acercó más a ella.

—Sí —dijo—. Eso es lo peor. La que dirige este lugar no tiene corazón. Tanto le daría matarte como mirarte. ¿Viste lo que les pasó a los otros ayer? ¿A tu hermana? Es un animal.

Gabrielle lo recordaba.

—Sí.

—También destruyó a mi familia —le dijo Toris, en voz baja—. Si puedo hacer algo al respecto, lo haré.

—¿Qué? —Gabrielle lo miró, sobresaltada.

—Shh. —Toris miró a su alrededor—. Olvídalo. Escucha, podemos comer cereales si ayudamos a traer el agua. ¿Quieres? Tengo hambre.

Gabrielle tomó aliento para protestar y entonces notó que le rugía el estómago.

—Vale. —Suspiró—. De todas formas, seguro que me duele menos si me muevo.

Él le ofreció la mano al tiempo que se ponía en pie.

—Vamos.

Ella le cogió la mano y dejó que tirara de ella hasta ponerla en pie.

—Tengo que ir a lavarme la cara —dijo Gabrielle—. Seguro que parezco una oveja a medio esquilar.

Eso hizo sonreír al muchacho moreno.

—Qué va. Vamos. —Se la llevó, sin soltarle la mano.


Xena dejó el trozo de pan y cogió la taza de porcelana para beber un sorbo. Dio vueltas en la boca a la infusión dulce, disfrutando del sabor antes de tragarla.

El sol entraba a raudales por la ventana detrás de ella, calentándole los hombros cubiertos de seda, e hizo una pausa para estirar el cuerpo, apreciando la sensación de bienestar que eso le producía.

Volvió a coger el pan y se detuvo cuando se oyó un leve golpe en la puerta. Ladeó la cabeza ante esta inusual intrusión, sabiendo que muy rara vez la interrumpían tan temprano a menos que hubiera problemas.

Xena estrechó los ojos.

—¿Tan temprano empiezas, Bregos? —murmuró—. Adelante —dijo en voz alta.

Se abrió la puerta y apareció la cabeza canosa de su senescal.

—Ama. —La miró con aprensión—. Concédeme un momento, te lo ruego.

Oh oh.

—Ven aquí, Stanislaus. ¿Cuál es el problema? —preguntó Xena, con tono seco.

El senescal entró y se acercó a su zona de estar cerca de la ventana.

—Ama, una cosa terrible. Han encontrado a Iridia al amanecer al pie de las escaleras de la cocina. Debe de haberse caído por la noche.

Xena juntó los dedos, asimilando esta noticia inesperada.

—¿Muerta? —preguntó.

Stanislaus asintió.

La anciana había sido su sierva personal desde que había ocupado el trono, pero Xena no lamentó demasiado su fallecimiento. Últimamente, Iridia estaba cada vez más preocupona y su comportamiento excesivamente solícito empezaba a sacar de quicio a Xena.

Sin embargo, la cosa sí que le planteaba un problema, porque ahora había que cubrir su puesto. Xena sabía que cualquiera de los demás siervos de más edad, asignados a distintas partes de la fortaleza o al servicio de su corte, se alegraría de ocupar el puesto, pero...

Pero. Todos ellos llevaban tiempo suficiente aquí para haber tomado posiciones y, por la naturaleza de su puesto, su siervo personal tendría acceso a ella de una forma absolutamente íntima.

—¿Tenía familia?

—No, ama. Sus hijos fallecieron hace dos estaciones, cuando la fiebre —murmuró Stanislaus—. Siempre decía que tú eras la única familia que le quedaba.

Una ceja oscura se alzó en arco.

—Una pena. —Xena meneó la cabeza—. Enterradla. —Se le ocurrió una idea—. Asigna su puesto a uno de los nuevos que nos trajeron ayer.

—Pero, ama... —protestó Stanislaus—. Son unos imbéciles. Unos niños. Sin la menor formación. No puedo consentir que tengas que aguantar...

Xena desechó sus protestas con un gesto.

—No requiero tantos cuidados, los dos lo sabemos, Stanislaus. No tardaré en domarlo o destrozarlo. Prefiero tener a un idiota aquí arriba que a alguien que haya tenido ocasión de aceptar un soborno para meterme una víbora en la cama.

Con los labios fruncidos, él reconoció que tenía razón.

—Como tú digas, ama.

Los labios de Xena esbozaron una leve sonrisa burlona.

—Esta vez elígeme a alguien guapo. Si tengo que aguantar la incompetencia, al menos dame algo agradable de ver.

Stanislaus se cruzó de brazos y se tocó la perilla pensativo.

—No hay mucho donde elegir, me temo —comentó, mirando a Xena con aire de disculpa—. Son todos unos campesinos muertos de hambre, señora.

Xena bebió un sorbo de té.

—La pobreza no excluye la belleza, Stanislaus —replicó, con un tono peligrosamente suave—. A menos que a mí me consideres fea. Yo nací en una de esas aldeas de campesinos.

Consciente de su metedura de pata, el senescal se ruborizó.

—No he querido ofenderte, ama. No puedes estar más lejos de la fealdad. —Clavó los ojos en el suelo.

Una risa seca brotó de la mujer, que no le quitaba ojo.

—Mira bien a esos terrones vivientes. A lo mejor te llevas una sorpresa. Ya conoces mis gustos, Stanislaus. Satisfácelos.

—Majestad. —El senescal inclinó la cabeza, se volvió y escapó por la puerta, dejando que Xena terminara de desayunar.

—Mm. —Xena contempló la estancia vacía. La idea de tener algo nuevo y diferente en su entorno más íntimo despertaba su interés y descubrió que estaba más dispuesta a pensar en su posible siervo que en los viejos problemas con Bregos—. ¿Elegirá a la rara?


La cocina, a esa hora temprana, estaba mucho más agradable que la noche anterior. Gabrielle levantó un pesado cubo de agua y lo llevó a la gran olla, vertió su contenido y se apartó para no entorpecer a la cocinera.

—Bien —dio su aprobación la mujer musculosa de mediana edad—. Con esto basta. —Tenía un gran cucharón, que metió en la olla, y empezó a dar vueltas al contenido hirviente.

Gabrielle dejó el cubo en el suelo y miró a su alrededor buscando algo más que hacer, pero los panes estaban hechos y las frutas ya estaban cortadas y preparadas en bandejas. Los demás siervos iban entrando en la zona común y los siguió, bastante contenta de hacerse con una jarra de sidra y un cuenco de madera lleno del espeso cereal con trozos de fruta y una rebanada de pan encima.

Toris había vuelto a desaparecer. Gabrielle lo buscó con la mirada, luego fue a un rincón alejado de la estancia y se sentó en un banco, usando el pan para coger el cereal y comerlo.

Mientras comía, escuchaba las conversaciones que había a su alrededor. Los siervos no paraban de hablar de una de las esclavas ancianas, que se había matado de una caída esa mañana.

—Eso es terrible. —Meneó la cabeza.

—Peor. —El hombre que había estado hablando se volvió hacia ella, limpiándose la boca—. Iridia tenía su propio puesto en el Hades. Pobrecilla.

—En la boca del río Estigia era donde dormía —asintió otra mujer—. Siempre pegaba saltos como una lechuza asustada, sabrán los dioses lo que tuvo que sufrir allí arriba.

—¿Qué hacía? —preguntó Gabrielle, con curiosidad.

La respuesta quedó cortada de cuajo cuando dos de los guardias entraron en la sala común.

—¡Vosotros! —voceó el de más edad—. Todos los que llegasteis ayer, ¡un paso al frente!

Las pocas personas que había alrededor de Gabrielle se la quedaron mirando. Sintiéndose enferma, Gabrielle dejó su cuenco y se levantó, uniéndose a los otros pocos de la caravana de esclavos, y se dirigió vacilante hacia los guardias.

—¿Ahora qué? —susurró.

—Nada bueno. —Alras estaba a su lado—. Que los dioses nos ayuden.

Los guardias los miraron.

—Ratas. —El de más edad sacudió la cabeza—. El hombre éste tiene que estar loco.

—¿Es de mí de quien hablas? —intervino una nueva voz, y los guardias se cuadraron, pegándose a la pared de piedra. Aparecieron dos guardias más, vestidos con la librea real, flanqueando a un hombre ataviado con la vestimenta de seda de un cortesano—. ¿Acaso pones en duda las órdenes reales?

—Mi señor —farfulló el guardia, mortificado.

El hombre de pelo gris no le hizo ni caso, se adelantó y examinó al pequeño grupo mientras los demás esclavos observaban en completo silencio. Fue pasando despacio de uno a otro, mirándolos de arriba abajo con ojos serios.

Se detuvo ante Alras, le puso un dedo en la barbilla y le volvió la cara hacia la luz.

—Ponte allí. —Señaló a la puerta, empujando a Alras antes de seguir por la fila.

Gabrielle era la última de la fila. El hombre se paró delante y ella olió el rico aroma de su vestimenta de seda y el perfume del jabón de rosas que emanaba de su cuerpo cuando alzó una mano y le tocó la mejilla.

Tenía la cara severa y llena de arrugas, pero no percibió crueldad en él. Tenía la nariz bien formada y ojos astutos que se estrecharon un poco cuando se encontraron con los suyos.

Al cabo de un momento, bajó la mano y se volvió, regresando hacia la puerta. Gabrielle soltó un suspiro de alivio absoluto, descubrió que estaba temblando y se esforzó por mantener firmes las rodillas.

El hombre se detuvo al llegar a los guardias. Examinó a Alras, poniéndole una mano en el hombro. El chico lo miró, a todas luces aterrorizado, apretando la mandíbula para que no le castañetearan los dientes.

El hombre bajó la mano y se giró en redondo, volviendo a mirar a la fila de esclavos. Con un suspiro de irritación, meneó la cabeza y señaló a Gabrielle.

—Tú. Ven conmigo.

Gabrielle se lo quedó mirando consternada. Unas manos la empujaron suavemente hacia delante, acompañadas de un susurro.

—Buena suerte —dijo el hombre mayor—. Pobrecita.

Como en un sueño, avanzó tropezando y los guardias de librea la sujetaron por los brazos. Sus ojos se encontraron con los de Alras por un instante y luego la sacaron de un tirón y se la llevaron.


PARTE 2


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