Un solsticio despiadado

Melissa Good




Título original: A Merciless Solstice. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2005


El invierno cubría la tierra. Unas nubes grises tapaban cualquier indicio de cielo azul, el aire estaba húmedo y denso y el viento arrancaba las pocas hojas que quedaban en los árboles y aplastaba la hierba seca y muerta que había cerca del río.

El hielo cubría el río casi por completo, pero tenía un aspecto translúcido que hacía peligroso cruzarlo, y aunque el paisaje se había vestido con la librea gris y plateada de la estación, todavía quedaban algunos restos del otoño recién terminado.

En lo alto de un parapeto de un edificio fortificado, una pequeña figura envuelta en pieles contemplaba la nieve que caía sin parar. Cuando el viento arrastró un puñado de copos blancos por el muro bajo, la figura levantó una mano y atrapó unos cuantos, la bajó y se quedó mirándolos.

Con una sonrisa, la figura sopló para lanzar los copos al aire y se quedó mirando mientras bajaban con sombría tranquilidad, pues el viento se había calmado un momento.

Entonces la puerta que tenía detrás se abrió de golpe y apareció una figura más alta, que se detuvo con los brazos en jarras.

—¿Pero qué Hades estás haciendo? —ladró Xena la Despiadada, mirando sin dar crédito a la figura cubierta de nieve.

Gabrielle se volvió, alzando los brazos.

—¡Mirar la nieve! ¿No es genial? —Se volvió en círculo y sus botas forradas lanzaron montoncitos de nieve a cada lado—. ¡Mira todo esto!

Xena avanzó, se abrió el manto y cubrió a Gabrielle con él, envolviéndola y ahogándola casi en la tela y la piel.

—Ratón almizclero chiflado —dijo, contemplando la cabeza rubia arropada entre sus brazos—. Es nieve. Se te va a congelar ese culito tan lindo que tienes si te quedas aquí fuera.

Gabrielle levantó la mirada hacia ella, parpadeando un poco cuando los copos de nieve se posaron sobre sus pestañas.

—No noto nada de frío —dijo—. A ti no te gusta el invierno, ¿verdad?

—No —afirmó la reina tajantemente—. ¿Qué tiene de bueno? —Miró a su alrededor—. Hace frío. Hace humedad. Está oscuro. No puedo salir a montar. No puedo salir de rapiña. No hay guerra. —Sus ojos se posaron en los de Gabrielle—. ¿Qué tiene eso de divertido?

—Pues... —Gabrielle se mordisqueó el labio por dentro.

—Me tengo que quedar encerrada todo el día —continuó Xena.

—Bueno...

—Mm. —La reina miró a su alrededor con aire taimado—. Por otro lado... las dos nos tenemos que quedar encerradas todo el día. —Ladeó la cabeza y besó a Gabrielle en los labios—. El hedonismo erótico tiene sus ventajas... lo mismo que los ratones almizcleros que aprenden muy deprisa.

La mujer rubia se sonrojó.

Xena se echó a reír, pues había recuperado el buen humor.

—Adentro, cosita astrosa. —Se dio la vuelta y se dirigió a la puerta, lo cual no dio más opción a Gabrielle que echar a andar con ella, puesto que todavía tenía a la mujer más baja envuelta en sus brazos.

Entraron en la torre de la fortaleza y Xena cerró la puerta de una patada al pasar antes de soltar a su acompañante. Se echó el manto hacia atrás por encima de los anchos hombros y se pasó los dedos por el pelo oscuro, dejando caer restos de nieve derretida sobre el suelo de piedra.

Gabrielle se echó la capucha hacia atrás y dio zapatazos en el suelo para quitarse de los pies una cantidad similar de nieve.

—Ya sé que fuera hace frío... es que me parece tan bonito. Todo de plata y blanco, con las ramas... parecen de encaje, sin las hojas. ¿Sabes?

—No. —Xena meneó la cabeza—. Jamás toco el encaje salvo para sonarme la nariz. Me da picores. —Señaló la ancha escalera que llevaba hasta abajo—. A ver a quién podemos aterrorizar. Me parece haber visto abajo a ese montón de viejos que se hacen pasar por mi consejo privado.

Gabrielle trotó detrás de ella.

—Mañana es el solsticio, ¿verdad?

—Sí —replicó Xena, secamente.

—¿Vamos a hacer una fiesta?

—No. —La reina aceleró el paso, bajando los escalones de dos en dos—. No vamos a hacer una asquerosa fiesta de solsticio. —Dirigió una mirada a Gabrielle—. ¿Por qué, es que quieres una?

Gabrielle, sorprendentemente, dijo que no con la cabeza.

—Me alegro de que no la vayamos a hacer —dijo—. He oído a la gente hablar de ello.

Xena aflojó el paso, luego se detuvo, alargó la mano y sujetó a Gabrielle cuando se puso a su altura. Miró a su alrededor, pero estaban solas en las escaleras, en un gélido pasadizo abovedado de piedra lleno de ecos y de sus propios recuerdos borrosos.

—Alto. Siéntate.

La mujer rubia miró hacia abajo.

—¿Aquí? —preguntó, con tono desconcertado.

—Claro. —Xena tomó asiento en los fríos escalones, colocando las largas piernas unos cuantos más abajo y apoyando los codos en las rodillas—. Ya pasamos tiempo de sobra con el culo sobre almohadones. Le viene bien hacer un esfuerzo.

Gabrielle se sentó a su lado, rodeándose las rodillas con los brazos.

Las dos se quedaron en silencio un rato. Luego Xena dio una palmada en el suelo con una mano, sobresaltando a Gabrielle.

—Bueno —dijo la reina—. Vamos a hablar de fiestas.

—Vale.

Xena esperó, pero en vano.

—¿No te gustan? Sé que eso es mentira, que eres una pequeña juerguista.

—¿Yo? —Gabrielle la miró parpadeando con aire inocente.

—Sí, no me pongas esa cara de mosquista muerta. —La reina soltó un resoplido—. Sobre todo después de ese baile que te marcaste la luna pasada durante mi puñetero jubileo.

La rubia se puso de un atractivo color fresa y el rubor destacó sus ojos verdes vívidamente.

—Bueno... es que dijiste que te aburrías.

Xena se echó a reír a carcajadas, echando la cabeza hacia atrás, y el sonido reverberó por la piedra. Luego volvió a mirar a Gabrielle.

—Bueno. —Se le puso la cara un poco más seria—. Entonces, ¿qué problema tienes?

Gabrielle tardó un poco en contestar y su expresión se tornó pensativa.

—Dime, ¿qué hacían en la granja, matar corderos para el solsticio? —indagó Xena—. ¿Te obligaban a correr desnuda por la nieve? ¿Qué?

—No —contestó Gabrielle por fin—. No era así. No hacíamos nada de eso. —Se movió un poco—. En nuestra aldea siempre se hacía una gran fiesta de solsticio. —Juntó las manos—. Todo el mundo traía algo para el banquete y había... —Dejó de hablar, soltó aliento y empezó de nuevo—. Nos daban... a los niños... pequeños detalles. Un puñado de nueces. Una cinta para el pelo. Ya sabes.

Xena la miró, subió los ojos para contemplar su propio flequillo oscuro y luego miró de nuevo a Gabrielle enarcando ambas cejas.

—Te aseguro que no.

La rubia tensó los labios en una leve sonrisa y asintió.

—El caso es que... —continuó—. Siempre empezaba bien, pero luego corría la cerveza y mi padre se emborrachaba.

—Mmm, je —gruñó Xena—. Sí, es lo que pasa con la cerveza, pero no es tan agradable como con el vino y al día siguiente el palo es mucho peor.

Gabrielle asintió de nuevo.

—Sí. —Apoyó la barbilla en los dedos entrelazados—. Entonces volvía a casa y nos quitaba lo que nos hubieran dado.

—Cretino. ¿Estás segura de que no eres bastarda? —preguntó la reina con toda seriedad—. ¿Un pastor que pasaba por allí, tal vez? ¿Un guapo chico rubio que se coló cuando el viejo estaba durmiendo la mona?

Su compañera se encogió levemente de hombros.

—Si teníamos suerte, sólo nos pegaba —continuó—. Así que... bueno, por eso no me gustan las fiestas de solsticio. —Se irguió—. Recuerdo que cada año esperaba que fuera distinto. —Miró a Xena—. Pero nunca lo era.

—Mmff. —La reina soltó un ruidito como de gato—. Siento habértelo preguntado.

Gabrielle alargó los pies calzados con botas y los posó en otro escalón más bajo, mirándoselos pensativa.

—Sí, yo también.

Xena se echó hacia atrás, apoyando los codos en el escalón de más arriba y cruzando las piernas por los tobillos. Observó el perfil de Gabrielle y frunció el ceño al ver su expresión triste.

—¿Sabes por qué odio yo el solsticio?

—¿Por qué? —preguntó Gabrielle.

—Me recuerda lo vieja que me estoy haciendo. —La reina se reclinó del todo, apoyando la cabeza en el escalón y levantando la vista hacia el hueco abovedado de la escalera.

Su compañera se volvió y alargó la mano, posándola en el muslo de Xena.

—Tú no eres vieja.

La reina se rió con sorna.

—Dice aquí la abuela.

Gabrielle se arrastró un poco hacia ella.

—O sea, supongo que tienes razón, porque el solsticio marca el paso de las estaciones, ¿no? El final de la cosecha y el frío y las cosas que mueren y todo eso —dijo—. Así que supongo que podrías verlo así, como una indicación de que el tiempo pasa.

Xena volvió la cabeza y observó a Gabrielle, con un mechón de pelo oscuro caído sobre un ojo azul.

—Qué va —dijo, al cabo de un momento—. Es que es mi puñetero cumpleaños.

—¿Sí? —A la rubia se le iluminaron los ojos—. ¿En serio?

Xena se puso de lado, la agarró del manto y tiró de ella hasta pegar la nariz a la suya.

—Sí. Y ni se te ocurra pensar cosas raras como regalos o fiestas sorpresa. ¿Entendido? —gruñó—. ¡No quiero que nadie me regale nada!

Gabrielle la miró largamente a los ojos con embeleso, mientras respiraban el mismo aire.

—¿Puedo darte un beso? —preguntó, con ternura—. No tienes por qué decírselo a nadie.

La reina se quedó sin habla, cosa rara en ella, al recibir una vez más un sopapo de su corazón. De modo que se echó hacia delante y aceptó el ofrecimiento, y el calor que éste generó ahuyentó sin esfuerzo el frío de la escalera.

Se separaron y dejó que una sonrisa sincera y tierna curvara sus labios.

—Gracias. —Alargó la mano y le dio una palmadita a Gabrielle en la mejilla—. Y el cabrón de tu padre tiene suerte de estar muerto. Si no, me encargaría de encontrar mil maneras distintas de matarlo y vendería entradas para todas y cada una de ellas.

Las pestañas rubias de Gabrielle aletearon.

—Yo también te quiero, Xena.

Xena le dio un pellizquito en la nariz.

—Venga. —Se levantó de los polvorientos escalones y se sacudió las manos—. Vamos a cancelar la fiesta de solsticio y a cabrear a todo el mundo. —Enredó la mano en la parte de detrás del manto de Gabrielle y la levantó de un tirón.

—¿Podemos hacer eso?

—Soy la reina. Puedo hacer lo que me dé la gana.

—Entonces, ¿puedes hacerme más alta, como hasta aquí?

—Cállate, ratón almizclero.


Gabrielle entró en su habitación, la cruzó y llegó a su ventana. Abrió los postigos, se asomó y el aire frío convirtió su aliento en vapor mientras contemplaba el cielo despejado y cuajado de estrellas.

—Caray. —No sabía si era por el frío o qué, pero las brillantes luces de las alturas le parecían más nítidas que de costumbre y hasta los ruidos de la noche le resultaban fuertes y definidos.

Tras quedarse mirando un momento, volvió a meterse dentro, cerró los postigos y se volvió para contemplar la estancia donde se encontraba. Después de tres lunas de vivir aquí, de vivir como consorte de la reina, todavía sentía un ligero vértigo maravillado al saber que éste era su sitio.

Aquí, esta hermosa habitación de techo alto con sus fuertes suelos de piedra y su elegante y cómodo mobiliario.

Aquí, donde tenía una mesa estupenda en un rincón soleado para escribir, en la que esperaba una pila de pergamino en blanco y un montón de plumas nuevas. Fue hasta allí y se sentó en la silla, pasando la mano por la superficie de la mesa y soltando aliento.

En el borde opuesto había unos cuantos objetos. Unas piedras bonitas, una piña y un muñequito tosco de agujas de pino tejidas entre sí que le había hecho la reina un día mientras paseaban juntas. Gabrielle cogió el muñeco y se quedó mirándolo, se recostó en la silla y pensó en Xena.

Entonces sonrió, dejó el muñeco, cogió una pluma, le afiló la punta, cogió una hoja nueva de pergamino y se puso a escribir.

El silencio se aposentó en la habitación, interrumpido únicamente por el roce de su pluma y el suave aleteo de la llama de la vela atrapada en una corriente de aire que entraba por los bordes de la ventana.


Xena caminaba por los pasillos de la fortaleza, asintiendo con aprobación al ver el aspecto limpio y ordenado del lugar. Se detuvo y contempló un tapiz recién colgado, una escena de campos verdes y gente alegre, con una sonrisa levemente escéptica.

—Le hace falta una buena decapitación. Para darle un poco de color.

—¿Majestad?

Xena se volvió y vio a Stanislaus, su senescal, allí parado.

—¿Qué? —Estrechó los ojos—. No me irás a pedir más sitio para esos nobles gorrones, ¿verdad?

—No, ama. —El hombre mayor sacudió la cabeza enfáticamente—. Sólo quería saber si deseas algo esta noche. —Miró a su alrededor—. Dado que no has querido una cena formal. ¿Le digo a la cocinera que te prepare algo especial?

Xena se puso en jarras.

—¿Por qué? —preguntó—. Ya sabes que yo no celebro el solsticio.

El senescal tuvo la decencia de quedarse cohibido.

—Cierto, ama, eso lo sé, pero pensaba que... tal vez la pequeña...

—Ja. —Xena lanzó la cabeza hacia atrás—. Ya veo lo mucho que sabes. Gabrielle detesta el solsticio tanto como yo —dijo—. Ninguna de las dos queremos nada. Así que, largo.

Con una reverencia, él obedeció y se encaminó a la puerta interior para desaparecer, dejándola en solitario esplendor en medio del pasillo. Con un bufido, Xena siguió paseando, bajó por la escalera principal y se detuvo para echar un vistazo dentro del inmenso salón de banquetes.

Silencio. Como a ella le gustaba. La sala estaba vacía y tranquila, no llena de nobles con su cháchara y sus poses, sus alardes y sus pleitesías. Aunque el ambiente se había puesto mucho más servil desde el intento de golpe, no era tan estúpida como para creer que toda esa gente que en realidad quería verla muerta de repente hubiera cambiado de idea y se hubiera enamorado de ella.

En la vida esas cosas no pasaban.

Xena continuó bajando las escaleras de camino a sus aposentos reales, pensando en lo que acababa de imaginar. Claro, que... posó la mano en el picaporte y sonrió levemente. ¿Acaso no era eso precisamente lo que le había pasado con Gabrielle?

Abrió la puerta, entró y se detuvo para cerrar la puerta y apreciar la refinada elegancia de la habitación circular, todavía un poco demasiado emperifollada para su gusto, pero ya se había acostumbrado. Las paredes estaban cubiertas de tapices y los muebles estaban bien hechos y eran aceptablemente cómodos, de los cuales su preferido era la butaca de respaldo alto que estaba cerca de la chimenea y cuyo asiento había sido hecho a medida para sus largas dimensiones.

Muy agradable.

Xena soltó aliento, advirtiendo que su bata estaba preparada encima de la cama y sus zapatillas estaban colocadas cerca. Una jarra de vino especiado se estaba calentando ya junto al fuego y captó su olor aromático al cruzar la habitación.

Justo como a ella le gustaba. Gabrielle se había negado a dejar que trajera a otro siervo para encargarse de las pequeñas cosas personales que necesitaba, y al cabo de un mes de intentar convencer al ratoncito almizclero, Xena dejó de discutir por ello.

Gabrielle entró desde su habitación, con el pelo húmedo y el cuerpo envuelto en su propia bata.

—Hola.

—No me has esperado para que te lave las orejas. —Xena se abrió la toga y se la quitó por encima de la cabeza, tirándola de cualquier modo a un rincón—. Me podría ofender soberanamente.

—Lo siento. —Gabrielle sacó las manos de detrás de la espalda y le ofreció un pergamino enrollado—. Te he escrito un poema.

Xena enarcó las cejas.

—¿Un poema? —Dio vueltas alrededor de Gabrielle, cómoda con su desnudez—. ¿Es que te parezco una chica aficionada a los poemas?

Gabrielle la seguía con la cabeza como un búho.

—Mm... no... pero yo sí lo soy —explicó—. Tú eres la clase de persona sobre la que escribe poesía la gente como yo.

Xena se detuvo.

—¿Eso es un poema sobre mí?

—Mm... sí.

—¿Es una chochez?

—Más o menos.

La reina colocó los brazos sobre los hombros de Gabrielle.

—Te voy a tener que matar a cosquillas, ¿verdad?

Gabrielle le ofreció de nuevo el pergamino.

—Si no te queda más remedio. ¿Pero puedes leer esto antes?

—Descarada. —Xena la besó en el cuello, se dio la vuelta, cogió su bata de la cama y se la puso antes de regresar, le quitó el pergamino de los dedos a Gabrielle, luego fue a su butaca junto al fuego y se dejó caer en ella.

Con una leve sonrisa, Gabrielle cogió sus zapatillas, las llevó y se las puso a Xena en los pies, tras lo cual se dedicó a servir el vino.

—Sabes, estaba pensando.

—Oh-oh.

—Estaba pensando en el solsticio. —Gabrielle trajo una copa humeante y la dejó junto al codo de Xena—. En cómo me quedaba sentada junto a la hoguera, rodeada de toda esa gente que reía, y deseaba que nunca llegara el día siguiente.

Xena se apoyó el pergamino aún enrollado en la mandíbula, bebiendo el vino especiado mientras escuchaba en silencio.

—Ese único momento de sentirme bien se convertiría de nuevo en todo lo malo.

—Casi es mejor no tener un buen momento —comentó Xena apagadamente.

La mujer rubia asintió.

—Así que supongo que por eso este solsticio es tan diferente para mí. —Gabrielle se sentó al lado de Xena, recogiendo las piernas cruzadas por debajo del cuerpo sobre el gran asiento. Miró a la reina a los ojos—. Tú has llenado mi vida de tantas cosas buenas que cada día es como una celebración.

Xena apoyó el codo en el brazo de la butaca y se inclinó hacia ella.

—Sabes, si deseas algo más, pídelo. Yo te lo conseguiré. Por aquello de que soy reina de todo cuanto contemplo.

Gabrielle meneó la cabeza ligeramente.

—Te tengo a ti —dijo—. ¿Qué más podría pedir?

Los ojos azules chispearon risueños.

—Aduladora. —Xena alargó la mano y se la puso en la mejilla—. Serías una señora de la guerra nefasta. —Se levantó, dejando su copa, y fue a la mesa donde estaba un viejo baúl reforzado con hierro—. Sabes, yo también estaba pensando en el solsticio.

—¿Sí?

Xena sacó una cosa del baúl y regresó, se sentó y se volvió hacia Gabrielle con la cara más seria.

—Siempre lo he odiado.

—Sí, eso me has dicho —murmuró Gabrielle.

—Cuando Cortese nos atrapó, Liceus y yo vivimos un tiempo en los fosos de pelea —dijo Xena—. Allí no había gran cosa que hacer salvo luchar e intentar no morir la mayor parte del tiempo. —Posó la mirada en un pequeño paquete que tenía en las manos—. Pero... Li se aficionó a tallar la madera.

—Eso es difícil de hacer.

Xena asintió.

—Es algo casi tan puñetero como yo —comentó—. Pero el caso es... que siguió con ello, y un solsticio... ya no me acuerdo de cuál... me dio esto. —Le entregó el paquete a Gabrielle.

Lo cogió con delicadeza y se lo puso cuidadosamente en el regazo antes de abrir el cuero suave que lo cubría.

—¡Oh! —La luz de las velas reveló un cordero de madera, cuya forma familiar había sido tallada con primor—. Qué bonito.

—Es una tontería y completamente inapropiado para alguien como yo —dijo Xena, en desacuerdo. Dudó un momento y luego juntó las manos—. Pero creo que a ti te pega, y me gustaría que te lo quedaras.

Gabrielle parpadeó sorprendida.

—Pero...

Xena puso dos dedos sobre los labios de Gabrielle.

—Por tonto que sea, lo hizo él —dijo—. Era la única familia que me quedaba... y era el mejor regalo que me habían hecho en mi vida. —Miró a Gabrielle a los ojos—. Hasta que te conocí a ti.

Gabrielle miró el cordero y luego volvió a mirar a Xena.

—Así que eso es el grado máximo de chochez que me vas a sacar esta noche —dijo la reina—. Lo tomas o lo dejas.

Gabrielle dejó el cordero y se levantó, acercándose y rodeándole el cuello a Xena con los brazos.

—Feliz solsticio, Xena. —Besó a la reina con tierna pasión—. Sólo es el primero de muchos.

Xena se la sentó en el regazo y la acunó. Se besaron otra vez y luego se abrazaron estrechamente. Por fin, la reina suspiró, apoyando la cabeza en el hombro de Gabrielle.

—Bueno. A ver. Lo de este poema.

—¿Mm?

—¿Tiene palabras largas?

—Mm... algunas. Pero tú sabes leer palabras largas.

—Sí, pero no me gusta —replicó Xena—. A mí me gustan las cortas.

—¿Sí?

—Sí. Como... te quiero.

—Eso sí que es una chochez.

—Cállate, ratón almizclero.


FIN


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