La fortuna ayuda a los valientes

Julia Noel Goldman
(Xena's Little Bitch)



Descargo: Los personajes no son míos, sólo me encanta escribir sobre ellos.
Gracias: A los Ex-Guards por los comentarios. Y a Terencio por el título (ya lo creo).
Ojo: En esta historia se describe un amor caliente, ardoroso y apasionado entre mujeres, así que si no os apetece leer una cosa así o si por alguna razón es ilegal que lo hagáis, no lo leáis. Además, la Conquistadora usa mucho la palabra "joder": no existe un equivalente premicénico para el público moderno.
Un poco de información: Ésta es una historia sobre Xena la Conquistadora y un final distinto para el episodio Armagedón Parte 2 de Hércules. Es un poco oscuro, pero no para una historia de la Conquistadora: tiene graves problemas, pero no es una violadora. También es una historia sobre la primera vez y tiene un poco de dolor/consuelo. Y es una historia romántica y una aventura y un relato aleccionador y...
MiladyCo@aol.com

Título original: Fortune Favors the Brave. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Estoy echada en la cama, con la cabeza como un bombo: Ares lleva gritándome toda la noche. Ya falta poco para que amanezca y aunque por fin estoy sola, sé que ahora ya no me voy a dormir. Contemplo el techo de mi enorme cama con dosel y me pregunto por qué es tan importante para ese cabrón que me marche de Corinto antes de que se haga de día. Estoy harta de él. De sus fanfarronadas y sus amenazas, de sus intentos de seducción. ¡Pero qué patético remedo de un dios que se niega a dar la cara! Ahora ya conozco a ese canalla lo suficiente como para saber que si quiere que me vaya de Corinto es que aquí hay algo que vale la pena ver. Claro, que a estas alturas, seguramente lo desafiaría por el mero placer de desafiarlo. Que se joda. Jodeos todos. El dolor me enfurece. Beber me ayudará.

Mi habitación es enorme e incluso con la chimenea encendida, hace frío cuando salgo de debajo de las pieles de mi cama. Cojo una túnica y mi narguile y me siento en la gran butaca junto a la ventana, fumando opio y contemplando la oscuridad. El humo me hace toser y me tapizo la garganta con el vino tinto al que me he aficionado últimamente, mientras la tranquilidad se apodera de mis pensamientos. Mi furia se disipa a medida que mis ojos se acostumbran a la oscuridad. Veo los árboles por la ventana, las montañas cercanas recortadas contra el cielo oscuro. Dejo flotar la mente e imagino que ahí fuera me espera algo. Algo aparte de esta rabia y esta sensación de ir siempre forzada. Y aquí llega Ares de nuevo, susurrando que no me merezco eso, que no lo deseo.

—Eres Xena la Conquistadora —susurra persuasivo dentro de mi cabeza—. No necesitas consuelo, no deseas la paz. ¿Cómo puedes pensar siquiera en eso cuando tienes al alcance de la mano todo aquello por lo que has luchado?

—¡Vete! —grito en voz alta, tirando la botella de vino ya vacía contra la pared, donde se estrella con satisfactorio estrépito—. ¡Déjame en paz, cabrón! ¡Tú no sabes lo que quiero! ¡Ni yo misma sé lo que quiero! ¡Odio gobernar el mundo! ¡Odio a toda esta gente! A ti te odio más que a nadie. Ojalá fueras mortal para poder matarte.

Oigo su rabia:

—Márchate de Corinto esta noche, Xena. Será el principio del fin si no lo haces. Te lo prometo. Sabes que te puedes fiar de mí, Xena. Yo nunca te he mentido.

—Tu voz me da dolor de cabeza. Bievenido sea el fin. ¡VETE!

—Vas a lamentar...

—¡Vete, Ares!

De nuevo sola. Fumo más y empiezo otra botella de vino. Ahora está lloviendo fuera y me pregunto, y no es la primera vez, cómo es la muerte. ¿Tal vez oscuridad para siempre? O dolor, como la voz de Ares lloriqueando en mi cabeza, como la sensación de tener el corazón tan roto como las piernas, o la agonía que me va a suponer continuar viviendo así un solo día más. Una parte de mí podría matarlos a todos si tuviera tiempo, si me apeteciera lo suficiente, pero ya no me apetece. Matarlos si se me acercan, por supuesto, pero no voy buscando pelea. Me conformo con odiarlos. Con eso ya tengo bastante mundo, cabronazo.

¿Qué ocurrirá mañana? ¿El principio del fin de qué? ¿De él, de mí, del mundo? Otra amenaza hueca del dios de la guerra. Pringado. Es hora de hacerme otra cicatriz. Saco el cuchillito de debajo del cojín de mi butaca y me aparto la túnica para destaparme el muslo derecho y ahí están. Cientos de pequeñas marcas en forma de X, en hileras que me dan vueltas y vueltas al muslo. Una por cada vez que he deseado que mi vida terminara. Marquitas que me producen un dolor exquisito y me recuerdan que sigo aquí, que puedo sentir. Viva aunque no lo desee. Hago despacio el primer corte, recojo la sangre con el dedo y me lo chupo: éste es un dolor que puedo identificar. Un dolor que puedo controlar. La línea que cruza la primera es la más difícil y me concentro en el cuchillo, en la sensación que me produce al cortarme despacio la carne: un dolor que sé que disminuirá con el tiempo. Pienso en el pasado, intentando recordar una época en la que sintiera algo. Algo más que odio, miedo, rabia y desesperación. No se me ocurre. Ninguna escena de mi infancia, ningún momento de éxtasis sexual, ni siquiera con mis mayores victorias recuerdo sentir algo más próximo al placer que a la decepción.

Tal vez mañana ocurra algo bueno. Tal vez Ares tiene miedo, por lo desesperado que sonaba. ¿Es eso un destello de esperanza, Conquistadora? No te mereces algo bueno. Me trago las últimas gotas de mi sangre con un poco de vino y me planteo dormir tal vez más tarde. Los sueños ya ni siquiera me molestan. Una parte más de mi realidad que he aceptado. Mis siervas vendrán dentro de nada a vestirme para mi día de ostentaciones pomposas y ejecuciones públicas. A través de una bruma de humo de opio veo que el sol se alza por encima de las montañas y trato de cobrar fuerza de voluntad para enfrentarme al día. Sé que mi rabia me ayudará a superarlo como siempre. No necesito más.

Mientras me pongo a beber el último vaso de mi segunda botella de vino, el cielo se empieza a poner rosado. Por un momento me parece que me voy a echar a llorar y lo reprimo a la fuerza, empujo las lágrimas detrás de todo lo demás. Es fácil. Pero advierto que me siento triste, por un instante tal vez incluso melancólica.

—Puta estúpida —me murmuro a mí misma y lanzo el vaso contra la pared.

Como si respondieran a una señal, entran mis siervas para vestirme. Me quedo sentada en la butaca mientras me cepillan el pelo con delicadeza y se ponen a crear una de sus obras maestras. Recupero el control rápidamente y me coloco la expresión facial que pienso tener todo el día. Cruel indiferencia. Se me da bien.

—Que alguien me traiga más vino —digo. Una de las chicas se inclina y va a buscarlo. Si es voluntad de la Conquistadora... y lo es.

—No lo hagas, Xena —dice su voz en mi cabeza, baja y amenazadora. Es exasperante. Le contesto dentro de mi cabeza:

—Déjame en paz, cabrón. Me tienes harta. Ya me he enterado de tu advertencia. ¡VETE!

—Xena, te estás jugando todo aquello por lo que hemos trabajado. No comprendes el peligro...

—¡Cállate! —grito, en voz alta, por desgracia. Mis siervas siguen vistiéndome, haciendo como que no se han dado cuenta. Tampoco es la primera vez. Noto la presencia de él, que sigue dentro de mi cabeza, pero por ahora está callado. El solo hecho de que esté ahí es enloquecedor, doloroso—. ¡FUERA! —grito lo más fuerte que puedo y desaparece.

Y llega el momento de la pompa y el desfile se pone en marcha. Daremos un espectáculo a estos engendros, a estos enclenques conquistados. Apenas hablo con mi pueblo, pues si no tuviera cuidado, diría parte de lo que siento: os odio a todos y cada uno de vosotros de tal manera que me dan ganas de chillar. Ojalá estuvierais todos muertos con la carne carcomida de gusanos. Mis ojos enferman al miraros y estaría encantada de arrancármelos de la cabeza si creyera que así aliviaría de verdad mi sufrimiento. Pero no soy tan boba. Sé que el mundo existe únicamente para causarme dolor: he vivido la prueba de ello. Y se lo he pagado al mundo con creces. La última vez que sufrí un daño aprendí la lección: si les haces daño tú primero, te ahorras el dolor de su traición.

Todos moriréis algún día, pienso mientras contemplo a la muchedumbre congregada para ver la crucifixión. Me consuela pensarlo. Todos morirán y otros sentirán dolor por ello. Y yo me quedaré mirando. Como miraré a esta chica de la que me han hablado. Joven, bella y llena de esperanza, dicen, ya había conseguido volver a algunos en mi contra antes de que mis hombres la capturaran. Al contrario que muchos de los que están aquí, ella morirá hoy. ¿Cómo se atreve a dar esperanza a nadie? Esperanza, la mayor mentira de todas. A veces, cuando veo niños caminando con sus padres, me dan ganas de agarrarlos y gritarles la verdad: que todo lo que les dirán sus padres es mentira, que la felicidad no existe, que la seguridad no existe, que no existe "algún día" o "un día" o "para siempre". Quiero decirles a estos niños que renuncien a la esperanza ahora, para ahorrarse más adelante el dolor de la horrible decepción. Y odio a sus padres por contarles estas mentiras, cuando conocen la verdad.

El tocado que llevo me da dolor de cuello, pero sólo es un dolor más que añadir al resto. El cabroncete de César comprendía el concepto del espectáculo. El que se montó con su ejecución sí que fue de lo más impactante.

Es hora de que saquen a la chica. Me da igual que muera. Me da igual que vuelva al pueblo contra mí. Qué puto aburrimiento de ceremonia. Tendría que haberme traído mi frasca de vino.

Ares regresa a mi cabeza.

—Se acabó, Xena. No lo hagas. Márchate ahora.

—Es la chica, ¿verdad? —susurro.

—Deja que te lleve al Olimpo. Deja que te enseñe las estrellas.

—No me vengas con rollos, Ares —digo en mi cabeza al tiempo que observo el revuelo que sé que anuncia la llegada de la chica—. Ya me has enseñado todo lo que tienes que enseñar y me deja fría. Para mí no vales nada.

—No la mires. Diles que la maten y vete.

Dos soldados la sacan a rastras a la luz y la tiran al suelo. Lo único que veo son largos cabellos dorados y ondulados y me levanto y me acerco despacio a la condenada.

—Es tu última oportunidad. Nunca más volverás a saber de mí. Márchate.

—Adiós —digo en mi cabeza mientras bajo los escalones, acercándome más a ella. Ya lo noto, pero no sé qué es. Sólo que tira de mí y que es algo muchísimo más fuerte que cualquier dios. A mi alrededor todo está desenfocado salvo la chica.

—He hecho todo lo que he podido para asegurarme de que no se cumplieran las profecías —susurra él.

La agarro del pelo y la miro a los ojos. Tengo la sensación de moverme muy deprisa por el espacio hacia ella, para acabar... ¡plaf! Justo donde estaba, pero totalmente distinta. Le toco la cara. Siento la ausencia de Ares y sin embargo, lo único que noto es un zumbido en los oídos. No sé qué le digo a la chica, supongo que le suelto amenazas horribles: no me oigo hablar. ¿Está hablando a la multitud? ¿Acaso cree que estos animales tienen mente propia? Es la sensación de sus ojos. Un sentimiento. Un sentimiento nuevo. Les digo que la aten a la cruz y le rompan las piernas. Deseo la muerte a todo el mundo y vuelvo a mi trono. Escucho mientras ella grita de dolor y se la llevan.

Ahora tengo que quedarme mirando durante horas los combates en mi honor. Me aburre. Lo odio. Odio el vestido que llevo y la sensación del sol en los ojos y toda esta pintura en la cara. Poseerlo todo no da auténtico poder: aquí estoy sentada, contemplando estas chorradas, sin poder hacer nada al respecto, deseando únicamente que mi existencia termine. Aprieto la parte interna de mi muñeca contra el brazo del trono hasta hacerme daño y sonrío. Por supuesto, creen que es por el placer que me da la exhibición de sed de sangre. Me debo otra X en la pierna. De repente, ocurre algo interesante: un hombre bajito y rubio intenta robarme el cetro, pero lo atrapan fácilmente y se lo llevan a la mazmorra. Lo interrogaré más tarde. Por desgracia, la diversión se acaba en unos segundos. Volvemos a los combates.

Por fin, tras horas de aguantar este tedio, puedo volver a mis aposentos.

Bebo y doy vueltas por mi dormitorio hasta que oscurece, hablando conmigo misma y fumando opio.

Es la chica, ¿verdad?

Tiene los ojos verdes.

He hecho todo lo que he podido para asegurarme de que no se cumplieran las profecías.

Es la chica, ¿verdad?

Ares se ha ido. Es la chica. Es ella la que lo cambia todo. Cuando la miré a los ojos, sentí. Algo distinto del odio o el dolor. Algo agradable. Joder joder joder joder joder.

Les ordené que colocaran la cruz en un sitio donde pudiera verla desde mi ventana. Así que me siento aquí, vestida con la delicada prenda interior de seda que llevo debajo de mis túnicas ceremoniales, fumando de nuevo y pensando. Mirando la cruz. Desde aquí no la distingo, pero sé que es ella. Que tiene el pelo largo y dorado y que tiene las piernas rotas y que por dentro seguro que ya está suplicando morir. Me da un ataque de tos y podría jurar que me mira directamente, aunque mi ventana está tan oscura como cualquier otra del castillo. No le veo los ojos, pero siento que se encuentran con los míos a través de la noche oscura y vuelvo a tener esa misteriosa sensación. Todo se hace lento y una parte de mí se funde en la butaca y otra parte de mí sale flotando en la brisa hacia esta chica. Sé que son las drogas, pero al mismo tiempo...

De repente, por primera vez en años, siento que tengo elección. Una elección importante. Pero no es una elección, joder. Seguir viviendo una vida en la que preferiría estar muerta antes que soportar un día más o bajar a esa maldita chica de la cruz y ver qué pasa. Además, ¿qué mal pueden hacer esas profecías? Veo que vuelve a dejar caer la cabeza hasta apoyarla en el pecho.

Advierto que de repente se ha formado una tormenta en el cielo oscuro. A los pocos segundos y sin aviso previo, se pone a diluviar. Estalla un trueno casi directamente encima y veo un rayo que prende fuego a un árbol seco. Descalza, cojo mi espada y cruzo rápidamente el pasillo hacia la habitación donde duermen los niños. Son siempre distintos niños, hijos de mis siervos que hacen el turno de noche para la Conquistadora, y golpeo la puerta con la empuñadura de la espada al tiempo que la abro de golpe. Me imagino que debo de parecerles una loca a los niños dormidos, que se levantan al instante, medio vestidos y listos para servirme. Frotándose los ojos para quitarse el sueño, me siguen hacia la tormenta en silencio. Sólo un necio le dirige la palabra a la Conquistadora en medio de la noche.

La lluvia cae a mares y la chica de la cruz está cada vez más cerca. Los niños deben de pensar que estoy loca. Yo que lo estoy. A nuestro alrededor todo parece enorme, las montañas y los árboles, mi castillo. De repente todo está oscuro, espeso y mojado como el musgo, y al instante siguiente todo se ilumina de blanco como por arte de magia. No tardo en encontrarme ante ella, sorprendida al ver que sigue consciente, chorreando agua. El ruido del trueno estalla tan cerca que hasta la gran Conquistadora pega un respingo sobresaltada. Levanto la vista para mirarla, como un fantasma a la luz de los relámpagos. Ante mi asombro, habla.

—Hola. Soy Gabrielle. ¿Has venido a salvarme?

—¿Estás delirando?

—¿Cuánto tiempo llevo aquí fuera?

—Por lo menos doce horas.

—Entonces seguro que estoy delirando.

Hago un gesto señalando las escalas.

—Ayudadme a bajarla.

Subimos y la desatamos y la bajo a cuestas, acunando su cuerpo mojado y tembloroso en mis brazos, con su cabeza apoyada en mi pecho. Envío a uno de los niños por delante para que mande a un sanador a mis habitaciones y el otro niño regresa conmigo, intentando no arrastrar mi espada.

Cuando entramos en el castillo, ella susurra:

—Me has salvado. Te debo una.

Sonrío. Debo de estar más borracha de lo que creía. La llevo a mis aposentos y allí está K'ao Hsin, preparada para cualquier cosa. Deposito a la chica en mi cama. Parece semiconsciente.

—Con la venia, Conquistadora —dice K'ao Hsin. Yo ya estoy regresando a la ventana, a mi botella y mi narguile y la oscuridad de la noche.

—Las piernas rotas y ha estado todo el día colgada de una cruz.

—Gracias, Conquistadora.

Se pone a trabajar. Enciendo mi narguile con un palito ardiente. Más vale aprovechar los servicios de K'ao Hsin ahora que está en Corinto. No es tan poderosa como lo era su madre, pero así y todo tiene unas dotes como no he visto nunca. Controla las cosas por mí en Chin y está de visita en Corinto como todos mis demás regentes, que han venido a la fiesta anual. Pero esta noche, empezará a curar a esta chica. A esta disidente de largo pelo rubio y ojos como la espuma del mar tras una tormenta. A esta chica cuyo poder es tal que Ares se ha rendido sin presentar batalla. A esta chica cuyo nombre desearía recordar. ¿Sabía que era yo al decirme su nombre? ¿Que yo, que la he condenado, también la he salvado? Me vuelvo y veo a K'ao Hsin obligándola a beber, imagino que un calmante para el dolor o un somnífero. Con todo y con eso, se queja en sueños cuando le entablilla las piernas y tengo que apartar la mirada. La noche es negra y llevo días bebiendo y fumando opio sin comer ni dormir. Un cuerpo tan fuerte como el mío puede aguantar mucho maltrato. No parece justo que una sola persona sea así de fuerte. Pero yo no soy como otros hombres. O mujeres, si vamos a eso. Fuera de la ventana es como si hubiera todo tipo de cosas oscuras moviéndose entre las sombras. La tormenta ha pasado tan deprisa como empezó.

K'ao Hsin carraspea detrás de mí.

—¿Sí? —pregunto con impaciencia.

—Ahora dormirá y sentirá poco dolor durante horas. Luego necesitará comer y beber. Vendré a verla mañana y pronto tendrá las piernas curadas. ¿Conquistadora?

—Gracias, K'ao Hsin. En ocasiones como ésta no tienes precio.

—¿Ocasiones como ésta, Conquistadora? —pregunta. Me la quedo mirando.

—Cuando hay huesos rotos que hay que curar deprisa.

—Buenas noches, Conquistadora.

—Buenas noches.

Se marcha y me quedo sola con la chica. Está tumbada boca arriba, con las piernas entablilladas, vestida... pues sí, efectivamente, con mi camisón preferido, ése tan suave de color azul claro. Está preciosa y mientras la miro desde mi butaca junto a la ventana, me pregunto por qué ahora no la odio. ¿Por qué no reacciono con ella como con todo el mundo: con aborrecimiento o, en el mejor de los casos, indiferencia? Recuerdo que estoy mojada y me despego la seda de la piel, dejándola amontonada al lado de la ventana. Al pasar ante el enorme espejo me veo y me detengo para mirarme a la luz de la vela. Maravillosa. Fría. Menos cicatrices de las que se podría suponer. Mi belleza siempre me perturba, así que intento no mirarme. Como una espada de madera pintada de oro: preciosa de ver, pero inútil en un combate. Despreciable. No quiero gobernar y estoy harta de la guerra y odio todo, absolutamente todo. La miro a los ojos y la oigo decir: "Hola. Soy Gabrielle". Se llama Gabrielle. Qué nombre tan bonito. Cojo una botella de la mesa y echo el brazo hacia atrás, apuntando al espejo, y veo su cara junto a la mía. Quiero tocarla y quiero besarla y se me cae la botella de la mano, estrellándose en el suelo.

—Ayúdame —susurra desde la cama, con los ojos cerrados. Para colmo, hoy se ha pasado horas al sol. Febril, deshidratada y con un dolor espantoso. Me acerco a la cama y me siento a su lado.

—Sí —susurro. Tiene la mano encima de la manta y se la cojo. Sigue con los ojos cerrados y suelta un profundo suspiro. Noto que su mano se amolda a la mía, cálida, seca y fuerte. No me esperaba que fuera a ser así. Pero me gusta. Me gusta el tacto de algo y me gusta que me guste. Aún podría ser una trampa, lo sé. Pero me da gusto. Me doy cuenta de que no la odio porque por alguna razón creo que ella no me odia. O no me odiaría, si me conociera. Gabrielle.

Duerme. La miro. Es preciosa. Sus rasgos son elegantes y sus pechos son perfectos y su pelo es de un tono dorado que no he visto nunca. Lo toco con los dedos y se parece más al satén que a la seda. Me doy cuenta de que no alcanzo el vino y en cambio apago la vela. Me echo a su lado y me quedo dormida, sin soltarle la mano.

Me despierto. Está oscuro y noto a alguien cerca de mí. Es la chica. Gabrielle. Me entra un leve escalofrío de emoción al pensar su nombre. Es como si esa sola palabra fuera la respuesta. Noto que su mano aprieta la mía.

—¿Estás despierta? —susurro.

—Sí. ¿Quién eres?

—Xena.

—Como la Conquistadora. ¿Estamos seguras?

—Más o menos.

La seguridad no existe.

—Me siento a salvo contigo. No tengo fuerzas y no puedo mover las piernas. Por favor, quédate conmigo, Xena.

—Me quedaré —susurro, pensando que esto le parecerá más tarde un sueño provocado por la fiebre, y sin embargo...

La siguiente vez que me despierto la habitación está bañada en un azul grisáceo y turbio por el amanecer. Sigo sujetándole la mano y cuando me vuelvo para mirar, ella me está mirando.

—Buenos días, Xena —dice, con una leve sonrisa.

—Buenos días. ¿A qué viene esa sonrisa?

—Bueno, para empezar, creía que esta mañana iba a estar muerta. Y me da mucho gusto sujetar tu mano.

Me la quedo mirando. Sin querer, le aprieto la mano. Ella me devuelve el apretón y me sonríe.

—¿Cómo te encuentras? —le pregunto.

—Me duelen las piernas. Me duele la cabeza. Tengo hambre.

—A mí también me duele la cabeza. —Me levanto y salgo al pasillo y una vez más golpeo la puerta para despertar a los niños. Les digo que quiero el desayuno y me miran, aterrorizados, tras lo cual salen disparados por el pasillo. Vuelvo a entrar y le digo que ya viene el desayuno.

—Estás desnuda, sabes —me dice.

De mi boca se escapa algo parecido a una carcajada al mirarme y ver que tiene razón. Cojo una gruesa bata marrón colgada detrás de una puerta y me la pongo. Me quedo junto a la ventana y contemplo la mañana gris.

—Oye, Xena, ven aquí —dice. Pero qué bonita es, con esa forma en que se le eleva la comisura derecha de la boca cuando sonríe. Voy y me echo de nuevo a su lado y dejo que me coja la mano. Hace tanto tiempo que no me dejo llevar por el instinto que casi no reconozco que eso es lo que estoy haciendo. Estoy acostumbrada a toda la estrategia y a tener en cuenta los infinitos niveles de posible desastre. Nos quedamos ahí tumbadas y nos miramos.

—Eres la Conquistadora, ¿verdad? —pregunta, no como si se le acabara de ocurrir, sino como si pensara que éste es un buen momento para preguntármelo.

—Lo era hasta anoche —susurro.

—¿Y ahora? —susurra ella.

Se oyen unos golpecitos en la puerta y entran los niños cargados con bandejas de comida. Les digo que acerquen una mesa a la cama y que dejen ahí la comida y se vayan.

Ellos parecen creer que eres la Conquistadora.

—Saben lo que les conviene. —Le sonrío y reflexiono sobre su situación. Necesita incorporarse para comer y está demasiado lejos del cabecero para apoyarse en él sin mover las piernas. No quiero ver la cara de K'ao Hsin si le muevo las piernas, de modo que sólo tengo una opción. Me acerco a la cama y me siento a su lado. Le levanto el cuerpo con cuidado hasta sentarla y me coloco detrás de ella.

—Échate hacia atrás —digo y así lo hace, pero no llega muy lejos, porque mi pecho la mantiene erguida—. ¿Bien?

—Sí —dice, apoyando todo su peso en mí—. Ni te cuento cómo prefiero esto a que me rompan las piernas.

Lleno un plato y se lo pongo en el regazo.

—¿Es que tienes que sacar ese tema todo el tiempo? Ésas no podemos haber sido nosotras. Tú diciendo cosas horribles de mí, yo crucificándote. Ésas eran otras personas.

—Lo siento. Tienes razón. ¿Qué clase de persona sería si dejara que la mujer que ordenó mi muerte me abrazara así? —dice y se pone a comer. Cojo una copa de vino de la mesa y bebo. El silencio cae apacible sobre nosotras mientras ella disfruta del desayuno y yo disfruto de la sensación de su cuerpo pegado al mío. Tiene razón: no está sólo apoyada en mí. De repente, siento un miedo que asciende de lo más recóndito de mí y no me gusta. Me asusta este miedo y lo reprimo. Otra copa de vino. Su pelo huele a lluvia. Nada de esto está sucediendo. Cierro los ojos y me permito captar únicamente el olor de su pelo. No sé cuánto tiempo pasa, pero cuando abro los ojos ya no está comiendo y mis brazos le rodean la cintura.

—Mm, creo que me he quedado dormida —murmuro torpemente—. ¿Has terminado de comer?

—Sí. Gracias. Estaba delicioso.

¡El hombre rubio! Eso es. Tengo que ir a interrogarlo. Ésa es la forma de salir de esta habitación. Le digo que tengo que ir a ocuparme de unas cosas.

—Esperaré aquí —dice, sonriendo por su pequeño chiste: está inmovilizada.

—K'ao Hsin vendrá dentro de poco. ¿Te acuerdas de ella?

—Sí. De Chin. Pelo largo y negro. Hace mucho daño.

—Ésa es. Vale. —Le doy la espalda y busco en mis baúles algo que ponerme. A la mierda con las túnicas ceremoniales. Quiero poder moverme. Encuentro unos pantalones de cuero y una camisa vieja que ni recuerdo, un par de botas. Un cinturón, la espada, estoy lista.

Me detengo en la puerta y me entra la necesidad de decirle algo importante al salir.

—Adiós —digo. Ella sonríe. Ay.

Caminando por mi palacio rumbo a la prisión, recuerdo cuánto odio mi hogar. Oscuro, frío y sucio, es un sitio horrible para vivir. Noto que me estoy enfureciendo sólo de recorrer los pasillos. Cada persona con la que me cruzo agacha la cabeza cuando paso, imposibilitando el contacto visual. Los perros y las gallinas corren sueltos, alrededor de mis piernas. Me duele la cabeza. Dioses, detesto mi vida.

La prisión no es un lugar bonito, pero es mejor que muchas otras que he visto. Al menos está en la superficie, por lo que tiene aire fresco. Los guardias y los presos guardan silencio mientras avanzo por el pasillo de la prisión. El hombre rubio está sentado en su celda y se levanta de un salto al verme.

—¡Xena!

—¿Y quién eres, hombrecillo? —digo, manteniéndome lejos de su alcance fuera de los barrotes.

—Me llamo Iolaus. En otro mundo, soy amigo tuyo.

—Yo no tengo amigos, Iolaus. ¿Qué crees que estabas haciendo ayer?

Realmente no me tiene miedo. Se comporta como si me conociera. Me doy cuenta de que cree que me conoce de verdad, pero sé que no es así. Me desconcierta. A lo mejor está loco de remate.

—Vengo de un mundo ligeramente distinto. Un mundo en el que tú no eres la Conquistadora, sino una heroína. Necesito la Piedra de Cronos para que las cosas vuelvan a su debido cauce.

—Ya. Amigo mío. Intentas ayudar. —Casi me hace gracia.

—No es más que una piedra. Tú no la necesitas. Te la compro.

—Ya. —Está claro que no me creo su extraña historieta.

—Si Gabrielle estuviera aquí, conseguiría que la creyeras.

—¿Gabrielle? —digo, con demasiada agitación para la Conquistadora. La Conquistadora no tiene emociones, ¿recuerdas, Xena? ¡Maldita sea! Necesito una copa.

—Sí. Es tu mejor amiga, tu alma gemela. Es muy convincente, las palabras se le dan bien. Ella haría que lo comprendieras.

—¿Qué aspecto tiene? —Nunca se me ha helado la sangre tanto como en este momento. Imagino que doy miedo.

Ahora se ha puesto nervioso.

—Es... mm... bella. Pelo largo y rubio, ojos verdes, como de mi estatura.

—¿Esa piedra forma parte de una profecía?

—Probablemente. Es decir, al fin y al cabo pertenecía al padre de los dioses, así que supongo que se habrá escrito mucho sobre ella. Pero para lo que nos interesa hoy, yo sólo la necesito para viajar en el tiempo y salvar a mucha gente.

Casi me hace sonreír, este hombrecillo lleno de grandes sueños. Salvar gente con una piedra. Reconozco que una parte de mí siente curiosidad.

—Háblame de eso de salvar gente, Iolaus.

Se pone a dar vueltas por la celda y el polvo que flota en el aire suelta destellos en las franjas de luz que entran en la estancia por la ventana. Su pelo es dorado brillante cuando le da la luz y nunca he conocido a un hombre con una sonrisa tan encantadora.

—Salvar gente es la cosa más maravillosa del mundo. Ver a alguien en peligro, saber que tienes la fuerza suficiente para salvarlo... Es una sensación tan estupenda como estar enamorado.

Lo miro sin comprender.

—Está bien, ¿cuál es la sensación más agradable que se te ocurre?

—Estar tan borracha que el dolor desaparece —digo antes de poder controlarme. Oh, dioses. ¿Es que la profecía era simplemente que ya no iba a ser capaz de controlar la lengua?

—Vale, yo también conozco esa sensación. Salvar gente es mil veces mejor que eso y encima no te sientes como en el Tártaro a la mañana siguiente.

Casi me echo a reír y entonces me acuerdo: cuando fui a bajar a Gabrielle de la cruz, me preguntó si había venido a rescatarla. Eso me dio gusto, tiene razón. Llevarla al palacio, sabiendo que estaba viva gracias a mí. (Sí, había estado a punto de morir también gracias a mí. Pero eso no viene a cuento ahora.) Abrir los ojos para descubrir mis brazos alrededor de su cintura: eso sí que me dio muchísimo gusto.

—Lo pensaré, hombrecillo —digo, marchándome y cerrando la puerta de la celda detrás de mí. Les digo a los guardias que le traigan comida y lo traten bien. No sé por qué. Tal vez porque no me ha tratado como a la Conquistadora. Me ha tratado como a Xena. Una Xena distinta, pero Xena al fin y al cabo.

Me ocupo de más chorradas. Todos los dirigentes de mi reino quieren que les preste una atención que simplemente no les voy a conceder. Pero algunas tareas sí que necesitan a la Conquistadora, así que paso demasiado tiempo en mi sala del trono, deseando poder irme a fumar opio y mirar por la ventana. Cuando habla cada persona, me repito mentalmente "Me da igual" antes de responder y eso hace que las cosas me resulten soportables. En veinticuatro horas he conocido a dos personas que me han hecho reír. El cabrón de Ares jamás me ha hecho reír. Mañana por la noche es el Baile de la Conquistadora, la fiesta más importante del año en Corinto y el punto culminante de la semana de política y politiqueo. A todo el mundo le hace mucha ilusión, menos a mí. Me niego a tener nada que ver con la organización. Asistiré y no mataré a nadie y eso es lo máximo a lo que pueden aspirar. Ni siquiera prometo no montar una escena horrible. Suerte tienen de estar vivos.

Abro la puerta y veo a Gabrielle dormida en mi cama, todavía boca arriba, pero ya no tiene las piernas entablilladas. Hay muchas otras señales que me indican que K'ao Hsin ha estado aquí. Lo más evidente es el incienso y el olor a velas recién apagadas. La velas que siguen encendidas huelen maravillosamente. Me acerco en silencio a la ventana, quitándome el cinturón y la espada. Me sirvo una copa de vino y enciendo mi narguile. El sol se pone deprisa y todo me resulta raro. Cuando el opio empieza a hacer efecto, siento que me envuelve algo distinto. Pienso en lo bonitos que serán los pechos de Gabrielle al desnudo y luego suelto una risita por haber pensado "serán". Al darme cuenta de la intensidad con que deseo hacerle el amor, siento una oleada de calor por todo el cuerpo. Y las formas en que deseo hacerle el amor... bueno, me sonrojo sólo de imaginarlo.

Recuerdo que me debo una X en el muslo desde ayer, pero no me apetece hacerlo.

—¿Xena? —pregunta. Me derramo el vino en la camisa.

—Hola —digo, girándome en la butaca para que pueda verme la cara desde el otro lado del respaldo—. ¿Cómo estás?

—Mucho mejor. Me duele mucho menos, pero todavía no debo moverme. K'ao Hsin es agradable.

—¿Quieres vino?

—Gracias.

Llevo mis cosas y me siento de nuevo en la cama detrás de ella. Me siento más segura si no la miro a los ojos. Y la sensación de su cuerpo pegado al mío es estupenda. Le sirvo una copa y brindamos.

—Por la vida —dice y yo lo repito, asombrada de que me apetezca brindar por la continuación de la existencia. Le ofrezco el narguile y pregunta qué es. Se lo digo y se lo enciendo. Fuma y tose y dejo el narguile en el suelo, pasándole el brazo derecho por la cintura. Ella coloca su brazo sobre el mío, su mano sobre mi mano. Cierro los ojos y aguanto la respiración cuando apoya la cabeza en mi pecho.

—Háblame de la tuya —digo.

—¿De mi vida?

—Sí. De cómo llegaste hasta aquí desde allí.

Se acomoda contra mí y me doy cuenta de que el opio la ha relajado.

—Me crié en un pueblo llamado Potedaia. Tenía padres y una hermana. Yo odiaba aquel sitio. Quería hacer cosas con mi vida. Un día llegó a mi pueblo un guerrero llamado Joxer que parecía bastante de fiar, así que me marché con él. Viajamos juntos un tiempo, ayudando a la gente cuando podíamos, pero cuando llegamos a Corinto, descubrí gente y cosas que me interesaban mucho y al poco nos separamos. Yo trabajaba en lo que podía. Escribía. Empecé a conocer a muchas personas, hablaba con ellas y fui aprendiendo cómo funcionaba el mundo. Con el tiempo acabé cobrando conciencia política. Era independiente, podía mantenerme yo sola, era valiente y podía luchar. Los más fuertes ayudan a los más débiles y eso hice. Acabé hablando en contra de la Conquistadora, quería devolver el poder al pueblo, recordarle lo que se siente al ser fuerte y capaz... Ya sabes cómo terminó aquello... Te toca a ti.

La mano que descansa sobre la mía empieza a acariciarme lentamente y me pregunto si tiene idea de lo que me hace. Su cuerpo sentado entre mis piernas, la menudez de su cintura. La estrecho más en todos los puntos donde estoy en contacto con ella y comienzo mi pequeña historia.

—No es que me lo planteara. Es decir, no crecí soñando que algún día conquistaría el mundo. Había cosas que se me daban bien. Tenía... dolor. Las cosas fueron encajando de forma más o menos natural. Llamé la atención de ciertas influencias que eran... no muy positivas. Estaba llena de rabia y me sentía arrastrada a luchar y matar y ganar, y tras una victoria lo único que se puede hacer es obtener otra y otra y de repente, si lo haces bien, resulta que estás gobernando el mundo. Pero gobernar el mundo es algo terrible. Nadie te dice que es un asco, porque pocas personas lo han probado, pero es aburrido y te sientes sola y la responsabilidad es terrorífica si te paras a pensarlo, así que intentas no pensarlo. Aparte de prohibir la esclavitud, no había nada que quisiera hacer con el mundo una vez lo tuve en mis manos.

Nos quedamos sentadas en silencio, bebiendo.

—¿Soy tu prisionera, Xena?

Siento que sus dedos me rodean la mano, apretándomela contra su estómago.

—No.

—¿Puedo marcharme si quiero?

—Sí —susurro, cerrando los ojos al notar que se me llenan de lágrimas, por mucho que intente detenerlas. La abrazo estrechamente, hundiendo la cara en su pelo, y me obligo a respirar con calma.

—Me alegro de saberlo —dice, acurrucándose más entre mis brazos.

Mi alivio es como un bálsamo que se derrama desde el cielo sobre nuestros cuerpos. Nos volvemos a quedar en silencio, sintiendo el momento.

—¿Conoces a uno que se llama Iolaus?

—No.

—¿Sabes algo de una profecía que tiene que ver contigo?

Se echa a reír en mis brazos.

—¿Es que hay una? ¡Qué emocionante!

—No lo sé. Es difícil de explicar. —No pienso hablar de Ares. Decir su nombre, dioses, incluso pensarlo... Todavía podría estar observándome—. ¿Tienes la sensación de que me conoces de otro mundo?

—¡Cuántas preguntas, Xena! —dice alegremente.

—Lo siento. ¿Estás cansada?

—Pues sí, la verdad. ¿Me dejas que piense sobre esto último y te responda mañana?

—Claro.

La tumbo con cuidado en la cama y me cambio de ropa. ¿Me voy a dormir porque ella se va a dormir? ¿Estoy cansada? ¿Sin fumar hasta el estupor? ¿Cómo es posible? Mientras apago las velas y me acerco a la cama, mil ideas distintas se entrechocan en mi cerebro. Me alegro de que esté demasiado oscuro para que me vea la cara. Me meto en la cama a su lado, tirando de las mantas para taparnos.

—¿Xena?

—¿Gabrielle?

—¿Te puedo decir una cosa?

—Sí.

—Quiero que sepas... que si tuviera bien las piernas, me arrastraría hasta ti y te abrazaría.

Carraspeo.

—Me alegra saberlo.

Y los dioses saben que intento ir despacio, fingir que es idea mía, que habría tenido las agallas de hacerlo en cualquier caso. Pero simplemente me arrastro hasta ella, le pongo la cabeza en el hombro y el brazo alrededor de la cintura y me quedo dormida a los pocos minutos.

A la mañana siguiente tengo muchas cosas que hacer, así que me levanto antes de que ella se despierte. Esta idea lleva un tiempo rondándome por el cerebro, pero en cuanto me despierto lo tengo todo claro. Reuniones reuniones reuniones. Me niego a dar mi opinión sobre los planes para el baile de esta noche, los cambios de última hora en el menú o cualquier otra cosa. Estoy empezando a gritar a la gente que me dejen en paz para cuando regreso a mis aposentos. Gabrielle está sentada en la cama sonriéndome y la comida que he encargado está en la mesa a su lado.

—Tienes un aspecto estupendo —digo.

—Gracias. Ha venido K'ao Hsin. Va a volver esta tarde y dice que para esta noche seguro que puedo moverme sin problemas.

—Qué bien —digo, mientras me quito las botas y las armas, y me siento en la cama a su lado. No tengo excusa para sostenerla mientras come, pero hoy mirarla a la cara no es tan terrorífico. Parece que de verdad estoy comiendo por primera vez desde hace días. Al beber un trago de vino, me doy cuenta de que es mi primer vaso del día.

—Creo que se refería a que, ya sabes, con esto del baile de esta noche, podría levantarme de la cama y asistir. Si, bueno, si alguien me lo pidiera... Creo que a lo mejor K'ao Hsin pensaba que alguien ya me había pedido que fuera al baile... Tal y como lo describió, parece que va a ser la fiesta más maravillosa del mundo.

Gabrielle me mira fijamente, esperando una respuesta. Aterrorizada, intento recordar lo que acaba de decir y encontrarle sentido. El baile. ¿Quiere que le pida que vaya conmigo? ¿Es posible que sea eso lo que está diciendo? Noto que se me sonrojan las mejillas y me oigo decir:

—Gabrielle, si me permites la osadía, ¿me harías el gran honor de asistir al Baile de la Conquistadora conmigo esta noche?

Veo cómo se le oscurecen los ojos poco a poco hasta volverse de color verde oscuro. Ocurre en un segundo y revela una nueva faceta suya. Una faceta apasionada.

—Xena, estaré encantada de aceptar tu invitación.

Comemos. De vez en cuando cruzamos una mirada y resulta tan emocionante y frágil que ni siquiera intentamos expresarlo con palabras. Un riesgo que va más allá del riesgo. Esto no puede ser toda la profecía. Estoy esperando a ver la otra cara de la moneda, por así decir. Cuando terminamos de comer le explico que tengo más cosas que hacer y que me reuniré aquí con ella antes de que empiecen los festejos.

Más reuniones. Mi firma, mi sello, todo tipo de apretones de manos secretos. El único momento del año en que coincidimos todos juntos y debo reconocer que este año me siento casi orgullosa. Confío en estas personas, desde K'ao Hsin hasta Borias, mi regente de las Estepas, pasando por Vercínix de Galia, y probablemente ésta es la primera vez que puedo decir tal cosa con seguridad. Pero, por supuesto, sigue siendo aburridísimo y acaba justo a tiempo para que todo el mundo se prepare para el baile.

Me siento llena de entusiasmo cuando regreso corriendo a mis aposentos. Dioses, ¿es que ésta es la primera cita que he tenido en mi vida? No lo pienses, Xena. Entro en mi habitación y miro en la sala de baño, que está oscura e iluminada por velas, y mis siervas han llenado la enorme bañera de agua caliente. Le hago un gesto a Gabrielle para que se reúna conmigo. Camina despacio, pero camina, y entramos juntas en la sala. El incienso que flota por la pequeña estancia huele a chocolate y nos quedamos quietas y dejamos que las siervas nos desvistan, apartando la mirada en momentos cruciales para darnos intimidad. Espero que no haya visto las cicatrices que tengo en el muslo. Nos metemos en la honda bañera de azulejos y nos sentamos la una frente a la otra, apoyadas en los costados, dejando que se nos acostumbre el cuerpo al agua caliente. Las mujeres que empleo para que me atiendan en el baño nos tocan con absoluta delicadeza y las dos nos entregamos a sus cuidados. Hay trabajos peores en mi reino que lavarle el pelo a la Conquistadora. Son tan profesionales que no dan la menor impresión de notar la presencia de Gabrielle como algo inusual, aunque nunca, en todo el tiempo que hace que me conocen, me han visto con otra persona en mi dormitorio. Lo que no saben es que han pasado más de diez años desde la última vez que mantuve una relación así con alguien. Después de que Borias se enamorara de mí y las cosas se hicieran insoportables hasta un extremo al que yo no podía siquiera enfrentarme, decidí asegurarme de que eso no volviera a ocurrir jamás. Es pasmoso que me perdonara por las cosas que le hice sólo porque me quería, pero todavía no me ha perdonado por tomar las hierbas que garantizarían que lo que él consideraba como su "hijo" no llegara a crecer. Yo no estaba hecha para amar. Eso era evidente. De modo que todo aquello se acabó. Hasta ahora.

La bañera desprende vapor y nos miramos a través de él. Mis siervas nos dan un masaje y es una sensación increíble: mientras observo las manos que tocan los hombros de Gabrielle, noto unas manos fuertes que acarician los míos y por un instante da la impresión de que compartimos un solo cuerpo. Y llevo sin fumar desde... ¿ayer? Cierro los ojos mientras mi sierva me lava el cuerpo y no puedo evitar imaginar que sus manos son las de Gabrielle. Salgo de mi fantasía sobresaltada al notar una caricia en la pierna. La miro a los ojos y sé que es su pie, que tiene la pierna estirada en el fondo de la bañera. Su sonrisa me da ganas de lanzarme por el agua y besarla, pero logro contenerme. Nos ayudan a salir de la bañera y nos sientan en unas toallas cercanas mientras nos secan el pelo y nos cubren la piel con una loción que huele a jacintos. La observo y me doy cuenta de lo mucho que disfruta de este lujo de tratamiento. Nuestros ojos se encuentran por un instante y luego los bajamos. Dejo vagar la vista al azar y acaba posándose en las manos que le frotan la loción en el pecho y el estómago. Dioses, qué bella es. Nunca he visto una mujer tan bella. Qué liso y musculoso tiene el estómago, qué aspecto tan en forma y tan fresco tiene. Levanto la mirada y veo que la suya está clavada en las manos que se mueven por mi propio cuerpo y noto que me sonrojo. Al menos siente curiosidad: puedo hacer mucho con la curiosidad.

Otra sierva ha instalado un biombo que divide mi dormitorio en dos. Me llevan al lado que da a la ventana y me quedo mirando por ella mientras me visten. Pienso de nuevo en el cuchillo que está debajo del cojín de la butaca y por algún motivo la idea de atacarme la carne con la hoja me resulta incomprensible. ¿Qué es lo que espera de esta noche? Bailar. Tendré que pedirle que baile y bailar con ella. Despacio. Eso puedo hacerlo. Asegurarme de que tiene la copa llena en todo momento. Cuando bajo la vista para mirarme, veo que me han puesto polainas de terciopelo azul oscuro con una falda de combate de cuero negro al estilo romano por encima. En la parte de arriba llevo un corpiño ceñido, del mismo terciopelo azul, sin mangas y escotado, mucho más femenino que lo que suelo llevar. Me pongo una espada ceremonial al costado, añado bandas de cuero negro en los brazos y el atuendo me resulta agradable, casi placentero. Pido que me dejen el pelo suelto sobre los hombros y me quedo mirando por la ventana, bebiendo vino mientras terminan de vestir a Gabrielle. Todo lo que estoy haciendo me parece bien. Me siento segura de mis decisiones.

De repente me doy cuenta de que Ares se ha vuelto a colar en mi mente. Susurra:

—Todavía estás a tiempo, Xena. Todavía puedes detener todo esto.

Dentro de mi mente, me echo a reír.

—De verdad debes de pensar que estoy loca. Creía que habías dicho que me ibas a dejar en paz. —Miro por la ventana y me concentro en las montañas lejanas, recordándome que no tiene ningún poder.

—Tu padre murió por su culpa, Xena.

—No sabes de lo que hablas, Ares.

—Una noche, cuando eras niña, vino a mi templo a rezar y me apiadé de él y le hablé. Le hablé de tu gran destino, de las profecías que predecían tu ruina y el principio del fin. Le dije que la chica era la clave. Volvió a casa e intentó matarte. Tu madre lo mató a él primero. De tal madre, tal hija. Olvídate de la chica. No tienes más que pedírmelo y te convertiré en diosa, Xena. Por favor, pídemelo.

—Gracias por la historia. Ya te puedes ir, Ares —digo en mi cabeza. La divinidad. Hace dos días habría preferido estar muerta. Hoy prefiero estar con Gabrielle. Desaparece de mi mente. Espero que esta vez sea para siempre.

—¿Xena?

Me vuelvo para mirarla y si fuera poeta en lugar de una simple idiota, tal vez encontraría las palabras para decirle lo gloriosa que está. Que el ceñido vestido rojo de seda hace que el corazón me palpite al triple de su ritmo normal, que su piel es tan pálida y cremosa en comparación que quiero frotar mi mejilla contra ella en cualquier punto donde me lo permita. Lleva el pelo suelto, salvo por unos cuantos mechones que lleva retirados de la cara, formando una trenza que le cae por la espalda. Por fin me doy cuenta de que también ella está sin palabras y la miro a los ojos, haciendo que me sonría.

—Estás despampanante, Xena —dice por fin.

—Y tú —digo—, eres una visión por la que merece la pena esperar una vida entera.

Le ofrezco el brazo y coloca la mano sobre él. Salimos despacio al pasillo.

—Puedo hacer esto, ¿verdad? —pregunta.

¿Tú? Estas personas jamás me han visto con alguien del brazo en todos los años que me conocen y la última vez que nos vieron a nosotras, yo estaba condenándote a muerte.

—Y se me quedarán mirando e intentarán imaginar qué puede ver la Conquistadora en mí. Y si por algún milagro no me encontraran indigna, Xena, ¿qué verían?

—Verían a una mujer sobrecogedoramente bella con un vestido muy provocativo. Una mujer de magnífica presencia y evidentemente alguien de gran importancia porque está con la Conquistadora. Pero no verán lo que veo yo. No podrían vislumbrarlo siquiera.

—Xena —dice mientras caminamos por uno de los numerosos pasillos que tendremos que recorrer para llegar a nuestro destino—, sé exactamente a qué te refieres. —Su mano me aprieta el brazo con más fuerza y por fin llegamos al umbral del gran salón de baile.

Dentro oigo la fiesta. El ruido de cientos de invitados, casi otros tantos siervos, animales y la música de por lo menos tres bandas, cada una de las cuales toca una melodía diferente, sale flotando al vestíbulo. Gabrielle cierra los ojos y levanta la barbilla, para absorberlo todo mejor.

—Odio las fiestas —digo.

—Ésta te gustará. —Me sonríe. Provocativa y cariñosa al mismo tiempo.

—¿Por qué?

—Porque estarás conmigo, evidentemente. Haré que lo pases bien. Te lo prometo. —Esa sonrisa otra vez. Me está matando. Resisto el impulso de caer de rodillas y suplicarle, ni siquiera sé el qué.

Con su mano sobre mi brazo, nos hacemos un gesto de asentimiento y entramos en el gran salón de baile.

Una ola de silencio avanza por la sala cuando mis súbditos vuelven la mirada hacia la entrada elevada. Noto que todos nos examinan, nos toman la medida y nos encuentran impresionantes. En unos segundos, he visto toda la sala: techo alto e inmenso, arañas adornadas de flores silvestres colgadas por encima de una mesa tras otra de invitados. Cientos de personas, vestidas con ropa elegante de alegres colores, que nos miran fijamente.

Nos anuncian.

—Su Majestad Real, Xena la Conquistadora, Destructora de Naciones, Princesa Guerrera de Chin y Anfípolis, Reina de la Galia y las Islas de Britania, Emperatriz de los Territorios Antes Conocidos Como Imperio Romano, Soberana de las Tierras del Sur y del Norte, del Este y del Oeste, Dueña de Grecia, Señora de Todo Cuanto Contempla, Comandante Suprema del Mundo Conocido, y Gabrielle.

Me vuelvo y sonrío a Gabrielle y ella me sonríe a mí. Debajo, la gente estalla en aplausos y la energía del salón es algo que no he experimentado nunca. Las bandas se ponen a tocar de nuevo y la gente que está en los altos balcones de arriba lanza trocitos de papel de colores sobre los festejantes. La mano de Gabrielle me sigue apretando el brazo con fuerza mientras descendemos los escalones y cruzamos despacio el gigantesco salón de baile. La gente nos mira o sonríe o se arrodilla para besarme la mano y la mano de Gabrielle. Ésta está desconcertada y encantada por ello. Hay plataformas a diversas alturas con más mesas a dos lados del salón, donde están las entradas, un estrado en un extremo y el trono de la Conquistadora en el otro. Alrededor de la pista de baile están las bandas y mesas y más mesas de comida y bebida y siervos que corren para rellenar jarras, con los perros ladrando detrás de ellos. Por las paredes cuelgan enredaderas floridas y por todas partes hay cintas de plata. Cada pocos segundos oigo el ruido de cacharros rompiéndose.

Por fin llegamos a nuestra mesa, a un nivel por encima del suelo, expuesta pero aislada. Mi trono es inmenso, con sitio de sobra para las dos, y nos sentamos, contemplando el salón. Es increíble. Sé que si yo hubiera intervenido en lo más mínimo, jamás habría quedado así de bonito. Hace unos días, habría sido una tortura estar aquí sentada rodeada de toda esta gente, todos estos enemigos odiosos. Pero ahora... Me vuelvo para mirar a Gabrielle y ella me mira a mí y rezo para que nadie vea nuestra expresión. Tiene la mano en la mesa y le pongo la mía encima y se la estrecho con fuerza.

—Así que esto es lo que se siente al ser la Conquistadora —dice, con los ojos brillantes de placer.

—Oh, no. Esto es lo que se siente al estar contigo.

—¿Bandas, confeti y cientos de personas atracándose y soltando gritos de borracho? ¿Así es estar conmigo? —pregunta Gabrielle, ladeando la cabeza y mirándome con esa sonrisa increíble.

—No. Música bonita, buena comida y sensación de alegría: así es estar contigo.

Nos sirven un primer plato. No sé lo que es, pero está delicioso. Me siento en armonía con todo lo que ocurre a mi alrededor y sin embargo es como si estuviéramos solas. Le sirvo su primera copa de champán y, por supuesto, le encanta, ¿a quién no? Vercínix me envía cajas desde la Galia y me alegro de que alguien haya tenido la prudencia de asegurarse de que teníamos más que suficiente para el baile.

—Bueno, háblame de este tal Joxer —digo.

—¿Joxer? Pues era un hombre muy agradable, un poco iluso, pero nunca era cruel con nadie. No era gran cosa como guerrero cuando nos conocimos, pero le enseñé a luchar bastante bien con una vara para protegerse. Viajábamos haciendo el bien y yo leía las historias que escribía en las tabernas a cambio de dinares. Fue divertido durante un tiempo.

—¿Por qué rompiste con él?

—¿Romper con él? ¿Con Joxer? No teníamos esa clase de relación. Siempre he querido esperar a la persona adecuada. Sabía que cuando conociera a esa persona, vería su alma y sabría al instante quién era y que era la persona perfecta para mí. Joxer no lo era en absoluto.

—¿En serio? —digo con la voz ronca. Me vibra todo el cuerpo.

—Sí, Xena. Cuando te miré desde esa cruz, ya no llevabas la máscara de la Conquistadora, llevabas tu auténtico rostro. El rostro de una mujer que había conocido mucho dolor y sin embargo se estaba arriesgando y fiándose de su corazón. En ese momento, me enamoré loca e irrefrenablemente de ti y ni por un momento he dudado de la profundidad de mis sentimientos.

Ya no oigo la fiesta a nuestro alrededor y lo único que noto es el contacto de su mano en mi brazo y la intensidad apasionada de sus ojos al encontrarse con los míos. Y entonces dice:

—No me puedo creer que todavía no me hayas besado.

Es la frase más maravillosa que he oído en mi vida pronunciada por otro ser humano y poco a poco me inclino hacia ella hasta que mis labios se encuentran con los suyos. Es como si todo lo que es ella y todo lo que soy yo se encontrara en nuestros labios con una brillante explosión de alegría. Su mano, que estaba en mi brazo, está ahora en mi muslo y su lengua lame delicadamente mis labios hasta que se abren y mi boca la recibe con inmensa ternura. Es un beso tan precioso, tan lleno de amor, que durante generaciones se escribirán canciones proclamando su esplendor.

Me aparto lo suficiente para mirarla a los ojos.

—Te amo, Gabrielle —susurro.

Ella sonríe aún más.

—Lo sé.

—Quiero estar contigo —susurro con insistencia, sintiendo el deseo con tal intensidad que no puedo mirarla a los ojos.

—Esta noche —susurra, rozándome la oreja con los labios y haciéndome sofocar un grito—, después del baile, te lo daré todo y sólo te pediré lo mismo a cambio.

—Me aterrorizas, Gabrielle —susurro.

—Me aterrorizo a mí misma —dice, apartándose para mirarme, con un brillo travieso en los ojos—. ¿Qué es todo eso de una profecía?

—Ah, ¿eso? Nada. —Sonrío.

—Mmmmm. ¿Y eso de una vida anterior? Venga, dímelo, Xena.

—Seguro que no son más que chorradas —digo, bebiéndome de un trago una copa de champán—. Hay dos personas que, cada una por su cuenta, me contaron unas historias sobre ti. Una de ellas quería que me mantuviera lejos de ti. La otra dijo que nos conocía de otra vida, donde yo era... una heroína y tú eras mi alma gemela, y que necesita traer de vuelta ese otro mundo porque éste no es el correcto.

—¿Que éste no es el mundo correcto? Eso de las almas gemelas sí que explicaría muchas cosas —dice—. ¿Por qué debías mantenerte lejos de mí?

—Por las profecías. No sé lo que son, pero creo que empiezo a hacerme una idea.

—Las dos juntas tenemos algo especial. —Gabrielle se mueve sobre el cojín y aprieta su cuerpo contra el mío—. Lo notas, ¿verdad? —me susurra al oído.

—Claro que lo noto —susurro acaloradamente, bajando la cabeza.

Nos sirven más comida y más champán. Nos cogemos de la mano mientras comemos, contemplando a la ruidosa muchedumbre. Le señalo a ciertas personas, le cuento cosas de su vida, cosas que creo que le harán gracia. Me doy cuenta de que ya no me resultan horrendos ni patéticos, sino graciosos o nobles o tristes, depende. Las bandas, que ahora tocan todas la misma canción, se han reunido en el estrado para el baile. Por los bordes del salón veo que están instalando todo tipo de entretenimientos, desde adivinos hasta encantadores de serpientes, gente que puede dibujar tu retrato en unos segundos, y se los señalo todos a Gabrielle. Se le está empezando a subir la bebida.

—Sabes que éste es el Baile de la Conquistadora, ¿no?

—Sí... —dice despacio, mientras se come una porción inmensa de pastel de chocolate.

—Y que yo soy, a fin de cuentas, la Conquistadora.

—Sí... —dice en el mismo tono.

—Pues la tradición es que la Conquistadora inicie el primer baile.

—¡Oh, por favor, pero si hace años que no lo haces! —protesta de inmediato, dándome un puñetazo en broma en el brazo.

—Esta noche es distinto.

—¿Por qué?

—Porque estoy enamorada y todo el mundo lo nota. De repente, se me aplica una serie de normas totalmente distintas. ¿No sientes la energía? ¿Te crees que normalmente me reciben con aplausos? Todo esto es gracias a ti.

—Vale, bien, iniciaremos el baile.

—¿Cómo tienes las piernas?

—¿Por qué no me las tocas y lo compruebas?

Le sonrío y bajo la mano por su muslo cubierto de seda, llego al borde del vestido y vuelvo a subir la mano por la piel caliente que hay debajo. Ella cierra los ojos y suspira.

—Están estupendas —digo, en cuanto recupero el aliento.

De modo que nos levantamos y le ofrezco el brazo. La música se detiene y todas las miradas se vuelven hacia nosotras mientras bajamos despacio de la tarima y cruzamos el salón de baile hasta la pista. A estas horas todo el mundo está borracho y las miradas de aprecio que dirigen a Gabrielle me llenan de orgullo, no de ira. Noto la emoción indirecta que les entra al vernos, la forma en que a las ancianas se les iluminan los ojos cuando pasamos, como si recordaran una época en que eran jóvenes y estaban enamoradas y el mundo aún tenía posibilidades. Tengo que acordarme de darle las gracias a Ares: si no me hubiera advertido con tanto empeño en contra de Gabrielle, seguro que esas posibilidades seguirían ocultas para mí tras las nubes de humo y los muros de dolor.

Llegamos a la pista de baile y nos hacemos una reverencia mutua, intentando no echarnos a reír. Hace mil años que no bailo. Empieza la música, lenta y romántica, y la cojo entre mis brazos. Aprieto su cuerpo con fuerza contra el mío y la llevo sin esfuerzo dando vueltas por la pista. Es como si nuestros cuerpos estuvieran destinados a ser uno solo y en mi mente surgen de inmediato imágenes de lo que más tarde compartiremos esta noche.

—¿Qué? —me pregunta mientras pasamos girando junto al estrado de los músicos.

—Estoy pensando en esta noche, más tarde. En lo maravilloso que va a ser.

—Oh. Sí —dice, poniéndose coloradísima.

Termina el primer baile y otras parejas se unen a nosotras en la pista. La música empieza de nuevo, todavía lenta, pero llena de alegría, provocándome visiones de campos abiertos, donde persigo a Gabrielle entre las flores mientras su pelo dorado se agita tras ella y ella se ríe.

—Parece que todo el mundo lo está pasando maravillosamente también —dice Gabrielle. La expresión de sus ojos me llena de felicidad.

—Sí —digo—. Aunque hace unos días los habría odiado por eso... ¿Tú sabes lo desdichada que era?

—Sí —susurra—, lo notaba.

La estrecho contra mí y salimos de la pista de baile. Veo que la gente nos mira, me mira, pero no se acerca. Nadie osaría interrumpir mi placer. Rodeándonos con el brazo la una a la otra, paseamos por los bordes de la fiesta, mirando los diversos entretenimientos. Acabamos ante una adivina que nos mira y sonríe.

—Ya conocéis vuestro futuro, ¿verdad?

Miro a Gabrielle, que me está sonriendo.

—Sí, lo conocemos —dice, estrechándome un poco más la cintura.

Nos quedamos mirando los trucos de magia que hace un joven de barba espesa y largo pelo oscuro. Me obligo a mí misma a no intentar averiguar cómo los hace. El champán me ha reducido el dolor de cabeza provocado por el síndrome de abstinencia del opio a la mitad de lo que era antes, pero sé que ahora tengo que dejar de beber: esta noche quiero estar totalmente presente con ella.

Gabrielle me hace un gesto para que baje la cabeza y me susurra al oído:

—¿Podemos irnos?

—¿Estás segura?

—¿Lo has pasado bien como te prometí?

—Sí. Gracias.

—Entonces sí, vámonos.

Decido que nos vamos a escabullir del salón de baile sin llamar la atención, así que la cojo de la mano y sorteo a la multitud hasta una salida disimulada. Es uno de los pasadizos secretos que he creado por todo el palacio y en cuanto entramos, me empuja contra la pared y se pone a besarme, apasionadamente. Noto sus manos calientes sobre mis brazos y apenas puedo respirar. Está negro como la pez y el sonido de la música ya es más apagado.

—Xena —me susurra al oído con insistencia, pegando sus pechos a los míos.

—Sí —susurro a mi vez, pasándole las manos por el pelo y deseando que mis ojos pudieran acostumbrarse a la falta de luz. Mi cuerpo responde como nunca lo ha hecho hasta ahora. La mera sensación de su pelo rozándome la piel del brazo...

—Me he reservado para ti —susurra.

—¿Que has hecho qué?

—Quería —susurra, pasándome ligeramente la lengua por el borde de la oreja—, quería que la primera persona que me tocara fuera la persona a la que había estado esperando. Quería que fuera como esto.

—¿Como qué? —susurro, temblando cuando me acaricia el cuello con la punta de la lengua.

—Dímelo tú, Xena. ¿Cómo es?

—Perfecto.

—Exacto.

—Tengo que verte. Deja que encienda algo.

La suelto a regañadientes y alcanzo la antorcha y el pedernal que deberían estar al lado de la puerta. La enciendo y ahí está Gabrielle, sonrojada, mirándome con los ojos guiñados.

—Eres una preciosidad —digo.

—Las cuadras.

—¿Qué?

—Llévame a las cuadras.

Llevándola de la mano, la guío rápidamente por los pasadizos del palacio. Hice que los pintaran de modo que se parecieran a los pasillos del interior de las pirámides, con toda clase de jeroglíficos. Gabrielle los admira en las sombras mientras avanzamos.

En las cuadras, Gabrielle pide un caballo al mozo. Éste me mira y yo asiento. Poco después le ofrece una bonita yegua gris de crin blanca: precisamente el caballo que yo habría elegido para ella. Se monta y me ofrece la mano. Creo que nadie me ha ayudado a subir a un caballo desde mi padre, cuando yo era muy pequeña. Cojo la mano de Gabrielle, notando su fuerza cuando me sube de un tirón, y al colocarme en la silla detrás de ella, me doy cuenta de que sí que tengo un buen recuerdo de mi infancia. Es cálido. Me pregunto si mi madre lo mató de verdad. Da igual. Gabrielle le pide al mozo que le pase el enorme estandarte de seda morada que está hecho un guiñapo en el suelo y lo coloca sobre el cuello del caballo. Le rodeo la cintura con los brazos y nos vamos.

Al poco, estamos en el camino. Esta noche la luna brilla de nuevo y el cielo está despejado. El caballo mantiene un paso firme y lento debajo de nosotras y me pego a su espalda, acariciándole la cintura con una de las manos que tengo sobre su estómago. La seda es fría y suave. Ella suspira y se pega a mí a su vez.

—¿Dónde vamos? —le susurro al oído.

—A la playa —susurra—. Siempre he soñado que cuando mi auténtico amor y yo... hiciéramos el amor por primera vez, sería en la playa. De noche.

—Qué romántica eres —digo, preguntándome si se ha parado a pensar en la arena.

—No te molesta, ¿verdad?

—En absoluto.

—Bien —dice y pone al caballo a galope corto. El viento agita su pelo y el mío por mi cara y me echo hacia atrás y dejo que la noche me envuelva. Sus músculos se mueven contra mí mientras cabalga, los ruidos y los olores de la noche se mezclan al pasarlos, la única constante es la luna llena que esta noche no parece estar tan lejos. Nos detenemos en seco y me doy cuenta de que estamos en medio de la playa. Ante nosotras el agua reluce negra e infinita, aún más oscura que el cielo en el horizonte. Debajo de nosotras la arena es blanca a la luz de la luna y hay enormes trozos de madera de deriva por todas partes, relucientes como huesos pulidos, proyectando sus sombras intrincadas sobre la arena. Nos quedamos en el caballo y absorbemos el silencio: esta noche no hay nada en ninguna parte salvo nosotras. Mis brazos la estrechan con fuerza y siento el impulso de susurrar su nombre.

—Sí —susurra a su vez como en sueños.

—Éste es el momento perfecto.

—Sí.

Nos volvemos a quedar en silencio. El agua se estremece cuando la toca el viento. Es como si de repente pudiera sentir mi alma. Como si formara una unidad con todo, especialmente con ella.

—La fortuna ayuda a los valientes —susurra.

Poco a poco, me echo hacia delante, deslizando las manos por la seda roja de sus muslos abiertos. La oigo soltar aliento, un leve suspiro, mientras mis manos suben de nuevo por su piel, arrastrando el vestido con ellas. Le acaricio delicadamente los muslos cálidos y desnudos y siento la vibración de mi centro cuando gime y se echa hacia atrás, pegándose a mí.

—Xe... tú... —jadea, echando la mano hacia atrás para cogerme la cabeza y tirando de mí para besarme con ardor. Me siento como si fuera el universo mismo mientras la beso, con una mezcla perfecta de pasión y control. Dejando la mano derecha en su muslo, la izquierda sube por su cuerpo hasta su pecho y cuando lo aprieto con delicadeza, ella gime en mi boca. El caballo avanza un paso inesperadamente y nos agarramos, ella al arzón de la silla, yo a su cintura.

—Baja del caballo —dice y bajo de un salto, subo las manos y vuelvo a cogerla de la cintura, mirándola maravillada a los ojos al tiempo que la levanto del caballo. La bajo despacio y cuando mis labios entran en contacto con su cuello, Gabrielle me rodea la cintura con las piernas. Siento sus manos en mi pelo y levanto la vista para mirarla. Está radiante, con la piel blanca azulada en la noche, los labios oscuros como su vestido, el pelo reluciente.

—Necesito decirte de nuevo lo bella que eres —digo y ella me besa con ternura—. Pero no puedo besarte y estar de pie al mismo tiempo.

—Y mira que dicen que tienes la fuerza de diez hombres. La manta.

La bajo y cogemos el estandarte de seda morada del caballo, extendiéndolo para descubrir que lleva mi perfil de la nueva moneda de tres dinares bordado en terciopelo negro por un lado. Se echa a reír y le damos la vuelta, luego nos sentamos juntas en medio, contemplando el Golfo de Corinto. Le desato las sandalias y se tumba en la seda. Forcejeo con los nudos de los cordones de mis botas, con la mente inmersa en un torbellino salvaje de imágenes y sentimientos, consciente de que ésta es la última oportunidad que tengo de evitar mi destino. Me vuelvo y miro a Gabrielle, echada boca arriba, con el pelo extendido a su alrededor como los rayos del sol nocturno. ¿Cómo podría plantearme siquiera evitar este destino? Me echo despacio hasta tumbarme a su lado y ella vuelve la cabeza para mirarme.

—Jamás soñé que iba a tener la oportunidad de hacer el amor con la mujer más poderosa del mundo.

—Podría darte Roma como si fuera un collar —bromeo.

—Pero no quiero sólo Roma —dice, sonriendo, con los ojos llorosos.

—Lo sé. Lo quieres todo —susurro.

—Sí —susurra ella.

—Haré todo lo que pueda.

Me inclino sobre ella y la miro a los ojos. Empiezo a preguntarme cómo es posible que algo que me produce tal bienestar pueda ser real y si no será una especie de truco. Con todas mis fuerzas, me quito estas dudas de la cabeza y la beso. El beso me recuerda que no hay forma de dudar de nuestro vínculo. Lo único que se toca son nuestros labios y es como... ¿qué? Mi experiencia es tan limitada y tan lejana que decir que es como nada que haya sentido en mi vida no es decir gran cosa. Sus labios son como joyas, como la piel de un melocotón, como la suave y elegante semilla de una granada. Ansío tocarla, pero esta delicada conexión es tan perfecta por sí misma. Gabrielle suelta levísimos ruiditos de placer y el mar acaricia la orilla y los grillos cantan a lo lejos. Al cabo de muchos minutos, alza la mano y me acaricia la mejilla y la mandíbula, pone los dedos junto a nuestras bocas, tocando el beso. Gimo. Su mano me acaricia el cuello y de repente me agarra con fuerza, pegando mi boca a la suya con más violencia. El beso se hace más torpe, más sexual, y dejo que mi mano le toque la cintura, baje hasta el borde de su vestido y lo levante de nuevo, acariciándole la piel desnuda con la mano. Le pongo la mano en la cadera y ella gime en mi boca. Entonces la toco por todas partes, con manos firmes y tiernas y llenas de fuego. Con la lengua humedezco la seda que le cubre un pecho y le chupo el pezón hasta que gime. Tira de mí para darme otro beso demoledor, luego me acaricia la mejilla con la suya y me susurra al oído:

—Quítate la camisa, Conquistadora.

Me aparto de ella y me quito la camisa y la falda de combate.

—Mucho mejor. Ven aquí —susurra, colocando mi tronco encima del suyo. No puedo evitar gritar al sentir sus manos sobre mi espalda desnuda.

—¡Oh, Gabrielle! Te quiero tanto que no puedo... —Y me besa de nuevo y la seda me roza los pezones y sus manos fuertes, tiernas y callosas me agarran los hombros. Esto es lo que se siente al ser dueña del mundo. Esto es el nacimiento y la muerte y todo lo que hay en medio. De repente, estamos subiéndole el vestido por el cuerpo y quitándoselo por la cabeza y ante mis ojos tengo el nacimiento de Afrodita. Me tumba encima de ella y me cuesta tanto respirar que ni siquiera puedo besarla. Tengo la boca en su hombro y se lo muerdo suavemente. Le pongo la mano en el pecho y se lo cojo con delicadeza, acariciándole el pezón con el pulgar. Se arquea hacia mí y me susurra al oído que tengo que quitarme los pantalones. Vacilo. No tengo elección. Echada en sus brazos, me los desato, me los quito y los tiro en la arena. Gabrielle vuelve a tumbarme encima de ella, obligándome a echarme entera sobre su cuerpo. Suspiramos a la vez y me rodea con los brazos.

—Nunca he conocido una felicidad como ésta, Xena —me susurra al oído al tiempo que me acaricia la espalda y el trasero—. Eres preciosa.

Sonrío en su cuello y me tenso al sentir su mano cerca de las cicatrices de mi muslo. Me pega más a ella y sé que deben de rozarle la piel perfecta, tiene que notar la aspereza de las más recientes. Su mano se mueve debajo de mi trasero, acariciando con ternura las marcas que sobresalen.

—Cuéntamelo —me susurra al oído.

—Tenía que dejar salir el dolor por algún lado —susurro.

—¿Puedo ver? —pregunta con enorme delicadeza al tiempo que se incorpora y me mira a los ojos. Le toco la cara y le digo que sí. Baja la mirada y se le llenan los ojos de lágrimas mientras acaricia las marquitas—. ¿Cuándo?

—Cada vez que el dolor era tan fuerte que no quería estar viva. No me he hecho ninguna desde que nos conocemos.

—Te quiero tanto, Xena —susurra con fervor, inclinándose para besar las cicatrices más recientes. Me estremezco—. Quiero amarte entera, Xena. Por favor, déjame ayudarte a aliviar tu dolor.

Le cojo la cara entre las manos y le doy un beso lento y sensual.

—Ya te lo he dicho —susurro, mordiéndole el borde del labio—. Todo.

Me pone las manos en los hombros y me empuja de nuevo a la seda. El cielo se está aclarando despacio: casi veo colores. Nos miramos fijamente a los ojos mientras se coloca encima de mí, separándome los muslos. Nuestros cuerpos no se tocan en ninguna otra parte cuando coloca su centro sobre mi muslo derecho. Qué húmeda está mi Gabrielle, y mueve las caderas en círculo, extendiendo su jugo por todo mi muslo, por encima de las pequeñas cicatrices.

—Oh, dioses —gimo.

—¿Te gusta? —pregunta, con la voz ronca de deseo.

—Muchísimo.

Doblo las piernas y le rodeo las suyas, envolviéndola entre mis brazos y pegándola a mí. Aunque está encima, la que tiene el control soy yo: le guío las caderas con las manos y empujo suavemente contra ella. Le paso las manos por cada rincón que alcanzo de su cuerpo y es todo perfecto, como si mis manos hubieran sido hechas para tocar su carne cálida. La mano de Gabrielle se desliza entre nuestros cuerpos y me pellizca el pezón suavemente. Gimo y capturo su boca, con la mente hecha un torbellino de emoción. Se frota contra mí, jadeando, y su pelo queda atrapado en nuestro beso. El suave deslizamiento de mi centro sobre su muslo mientras se mueve hacia delante y hacia atrás encima de mí, sus labios en mi cuello y su mano en mi pecho. De repente, me doy cuenta de que estoy a punto de explotar y la embisto ferozmente, mientras sus gritos de pasión resuenan en mi oído.

—Para siempre —jadea—. ¡Prométemelo, Xena!

—¡Sí! —grito—. Tuya para siempre.

Me corro y el campo de estrellas que tengo tras los párpados estalla en fragmentos de plata que caen al suelo a mi alrededor como los fuegos artificiales de la fiesta de Año Nuevo en Chin. Oigo a Gabrielle gritando mi nombre y el mundo se detiene por un instante. Cae de lado, rodeándome aún con los brazos, y abre los ojos para clavarlos en los míos.

—Xena —jadea—, ha sido... ha sido...

—Sí —asiento y la abrazo estrechamente, besando sus labios suaves. Nos quedamos ahí tumbadas mientras el cielo se va iluminando. Oculto la cara en su pelo, temerosa del día—. Gabrielle —digo en voz baja contra su cuello.

—¿Sí? —dice.

—Cuando salga el sol... —No puedo seguir.

—Dime. ¿Qué pasa entonces? —pregunta dulcemente.

—Que ya... ya no seré la Conquistadora.

—¿Qué?

—Lo dejo. He disuelto el imperio y he dado a mis regentes la soberanía de sus propias tierras. A partir del amanecer.

Se aparta ligeramente para mirarme a los ojos. Está sonriendo y me figuro que eso es buena señal. Sus manos en mi cara, sus labios sobre los míos.

—Eso es maravilloso. Me llenas de orgullo.

—¿Seguirás siendo mía? Te daré todo lo que soy, todo lo que tengo. Aunque ya no sea la Conquistadora, sigo siendo más rica de lo que te puedas imaginar.

—Te amo, Xena. Los dinares vienen bien, pero te amaría de cualquier forma, como Conquistadora o campesina o cualquier cosa entre medias. Para mí no hay nadie salvo tú.

Noto que se conmueve con sus propias palabras, sus pezones se endurecen contra mis pechos y siento el calor que se extiende por mi cuerpo.

—¿Y qué ocurre con la piedra? —pregunta.

—Ya no es decisión mía.

—Pero ¿y si funciona, y si este mundo se acaba? ¿Y si ése es el significado de la profecía?

—En los dos mundos estamos juntas, Gabrielle. Todo lo demás me da igual. ¿Y a ti?

—Si en todos los mundos puedo amarte —dice Gabrielle, con una expresión muy seria—, ser amada por ti, que sea en este mundo o no carece de importancia.

—Te adoro, Gabrielle —digo.

—No queda mucho tiempo, Conquistadora. ¿Cómo vas a pasar tus últimos momentos como gobernante del mundo conocido?

—¿Cómo puedes preguntarlo siquiera?

Sonrío y me inclino para besarla, sabiendo ya que los últimos momentos serán los mejores. Nuestros labios se encuentran y noto los primeros rayos del sol acariciándome la piel. Ya no soy la Conquistadora. Vuelvo a ser Xena. Y soy suya para siempre, pase lo que pase. Profecías a mí. Atreveos.


FIN


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